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martes, 26 de junio de 2018

Somos más humanos cuando nos tratamos con amor y al mismo tiempo nos hacemos divinos en nuestro amor al llenarnos de Dios y de su amor sobrenatural



Somos más humanos cuando nos tratamos con amor y al mismo tiempo nos hacemos divinos en nuestro amor al llenarnos de Dios y de su amor sobrenatural

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Qué displicentes nos ponemos en ocasiones con los que están cercanos a nosotros; quizá por aquello de la confianza nos pasamos, como se dice ahora, y no solo no somos delicados en el trato con ellos sino que en ocasiones nos volvemos exigentes y hasta fácilmente nos brotan los malos modos. Y estoy pensando en esas personas cercanas a nosotros por lazos familias, por la amistad y confianza que nos tenemos, o por la cercanía que da la convivencia de cada día con los que viven a nuestro lado o por razones de trabajo.
No digamos nada con las personas que miramos a mayor distancia, las barreras que ponemos, la cerrazón con que vamos por la vida, las discriminaciones de una forma o de otra que vamos haciendo. Luego a la hora de hablar quizá nos quejamos de que no hay comunicación hoy entre la gente, que cada uno va por su lado, que ya no podemos confiar en la gente porque vemos todo turbio y todo son desconfianzas y recelos; marcamos limites y territorio de la misma manera que marcamos a las personas y por su apariencia o por nuestros prejuicios vamos catalogando cuanto nos rodea.
Claro que si notamos que alguien no tiene confianza con nosotros, que mantienen sus reservas frente a nosotros, o en un momento determinado no fuimos tratados como a nosotros nos hubiera gustado, no halagaron nuestras vanidades o nos hicieron bajar de nuestros pedestales, ahí surgen nuestros juicios, nuestros receles y resentimientos y hacemos la vida y la convivencia imposible. ¿Qué estamos poniendo de positivo por nuestra parte?, tendríamos que preguntarnos.
Hoy nos dice Jesús una cosa muy sencilla. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Ahí está el secreto de la vida y de una buena convivencia. Qué menos podemos hacer. Nos gusta que nos traten bien, pues tratemos bien a los demás; nos agrada que nos valoren o nos tengan en cuenta, valoremos a los demás, contemos con ellos, ofrezcamos generosamente nuestra amistad; queríamos un mundo donde todos nos entendiéramos, pues pongamos nuestra parte en ese entendimiento, en esa armonía, en esa paz. Es algo tan sencillo y natural como hacer lo bueno a los demás que nos gustaría que hicieran con nosotros.
Acabo de recibir un mensaje, de esos que nos vienen por facebook a través de una imagen, que dice lo siguiente: ‘Enamórate de la vida, de lo que te rodea, de lo que haces, de quien eres. Tómate tiempo para hacer cosas que hagan que tu corazón… ¡Sonría!’ Sí, que sonría nuestro corazón porque vayamos siempre de positivos por la vida, porque amamos la vida y cuanto nos rodea, porque nos amamos a nosotros mismos, y con un amor semejante queremos también a los demás. Sonreirá nuestro corazón, pero haremos también que cuantos están a nuestro lado sonrían también.
Todo ese amor humano, cuando nos amamos y nos tratamos bien somos más humanos, se ve engrandecido cuando contemplamos el amor de Dios, el amor que el Señor nos tiene, que nos ama y nos perdona, que está a nuestro lado aunque nosotros nos olvidemos de el, que nos ofrece caminos de reconciliación y nos invita al encuentro con El pero que seamos al mismo tiempo capaces de encontrarnos con los demás. Un amor que se hace sobrenatural con el amor de Dios, a quien queremos amar con un amor igual.
Pongamos a Dios en el centro de nuestro amor y nuestro amor será siempre generoso con cuantos nos rodean.

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