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domingo, 20 de noviembre de 2016

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Es el grito, la súplica de quien estaba sufriendo el mismo suplicio. Hasta ahora Jesús había guardado silencio ante las imprecaciones, los gritos, las burlas que tantos a su alrededor estaban haciéndole. Le había dicho que si era el Mesías, que si era el elegido de Dios, que si era el rey de los judíos, pero Jesús guardaba silencio.
Aquellas expresiones no eran el grito de la fe; era el grito del orgullo de los que se creían vencedores; era el grito del sarcasmo y de la desconfianza; era quizá el grito de quien se sentía desesperanzado y por si acaso hubiera algo de verdad en lo que aquellos otros decían, estando en el mismo suplicio aunque fuera por propia culpa iba a ver si podía conseguir algo. Por eso Jesús guardaba silencio.
Pero ¿cual sería el sentido del grito del que ya desde entonces llamamos el buen ladrón que sin embargo parecía estar cargado de esperanza? ¿Esperaba quizá que aun en aquellas circunstancias se fuera a restaurar el futuro reino de Israel? ¿Eran nuevas aquellas palabras que hablaban del Rey de los judíos como estaba escrito en el título de la condena clavado a la cabecera de la cruz, o acaso alguna vez estuvo entre aquellas multitudes que le habían escuchado anunciar un reino, el Reino de Dios?
Para empezar en él había humildad porque ya reconocía que si estaba en aquel suplicio era por algo que había hecho mal y era merecedor de aquel castigo. Pero desde la humildad y desde el sufrimiento parecía ser una plegaria sincera, aunque pudiera parecer inconcebible que se pudiera llamar Rey a quien estaba en el suplicio de una cruz. Pero hay cosas que se sintonizan con el corazón y al parecer aquel hombre había sintonizado. Es por lo que había replicado a su compañero de suplicio ‘¿ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada’.
Algo vislumbraba de verdad sobre ese Reinado de Dios en aquel que estaba colgado del mismo patíbulo. Es cierto que para los poderes de este mundo, como sucedía a aquellos sumos sacerdotes, escribas y fariseos que vociferaban alrededor de la cruz, no se entiende un reino a la manera como allí se estaba manifestando. Pero ya Jesús había expresado muchas veces a lo largo del evangelio donde estaba la verdadera grandeza y dignidad y cuales eran las características de ese Reino de Dios que ahora se instauraba. Era, sí, el momento en que se proclamaba y constituía ese Reino de Dios. Aunque pudiera parecer contradictorio era aquel momento el de la victoria del Reino, porque aquella sangre derramaba nos rescataba del poder del maligno, aquella sangre derramada era verdadera purificación del hombre pecador que alcanzaba el perdón y la redención, aquella sangre derramada era el signo del amor más verdadero, de la entrega más absoluta hasta el final, hasta dar la vida como hacían los que de verdad amaban que daban su vida por el amado.
Y aquel ladrón arrepentido aunque estuviera muriendo en el cadalso de la cruz estaba participando de esa victoria. ‘Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso’. El también estaba haciendo un acto de amor cuando con fe había acudido a Jesús para beneficiarse de la sangre redentora. Si más tarde incluso el centurión llegaría a decir que quien moría en la cruz era un inocente, el ladrón arrepentido estaba proclamando en verdad que Jesús es Rey, que Jesús es el Señor. Después de la resurrección así lo llamarán para siempre los discípulos, lo proclamaría Pedro ‘a Éste que habéis crucificado Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Es lo que hoy estamos celebrando. Al concluir el año litúrgico, porque ya el próximo domingo iniciaremos otro ciclo con la celebración del Adviento que da principio a todas las celebraciones del misterio de Cristo a través del año, hoy como una hermosa conclusión proclamamos con la liturgia a Jesucristo Rey del Universo. Es una celebración que viene como a resumir todo el misterio de Cristo que a través de todo el año hemos celebrado.
Queremos nosotros proclamar y celebrar hoy con toda solemnidad que Jesús es Rey, es el único Señor de nuestra vida. Queremos proclamar no solo con esta celebración sino con toda nuestra vida que es verdaderamente el centro de nuestra existencia, en quien encontramos la salvación, en quien encontramos la luz y el sentido de nuestra vida, en quien nos sentimos impulsados a hacer de nuestro mundo en verdad ese Reino de Dios.
 No es una celebración que podamos hacer solamente desde lo externo, sino que tiene que ser algo que en verdad surja desde lo más hondo de nuestra vida. Ya conocemos los caminos que nos señala Jesús a lo largo del evangelio, caminos que necesariamente han de pasar por el amor, por nuestra entrega más profunda al servicio de los demás, por ese compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, por ir construyendo una sociedad desde los valores del evangelio donde todos seamos considerados y valorados, donde nadie tenga que sufrir por sus carencias o por la insolidaridad de los hermanos.
Celebramos a Cristo Rey y en verdad queremos ponernos en el camino del Reino, un reino de amor y de entrega, un reino de humildad y de justicia, un reino de paz y de concordia, un reino de verdad y de sinceridad. Es lo que desde nuestra fe queremos vivir.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús hemos de dar verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza

Apocalipsis 11,4-12; Sal 143; Lucas 20,27-40

No siempre somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es más, hay algunos artículos de nuestra fe y que tendrían que animar fuertemente nuestra esperanza que de alguna manera los dejamos de lado, y poco los tenemos en cuenta en el día a día de nuestra vida. San Pedro en sus cartas nos invita a ese dar razón de nuestra fe, que no solo es tratar de explicárnosla razonablemente porque hay cosas que entran en el ámbito del misterio de Dios y con nuestros razonamientos humanos muchas veces se nos hacen en cierto modo incomprensibles, pero en los que hemos de hacer lo que llamamos el obsequio de nuestra fe, asumiendo y asintiendo a aquello que el Señor nos ha revelado.
Vivimos tan seguros y tan contentos quizá con la vida presente, o tan absorbidos por la materialidad de lo que ahora vivimos, que podemos olvidar en cierto modo esa trascendencia de nuestra existencia que ha de hacer pensar en la vida futura y en la resurrección. Si acaso pensamos quizá ligeramente en ello cuando nos vemos involucrados por la muerte de un ser querido, pero más allá de ahí poco pensamos en ello.
Son artículos de nuestra fe que cuando recitamos el Credo son palabras que también decimos, pero que nos pasan en cierto modo desapercibidas quizá por la rutina con que lo recitamos. ‘Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro… la resurrección de la carne y la vida eterna’, decimos según sea una u otra fórmula con la que recitemos el Credo.
Tendríamos que detenernos más en las palabras que pronunciamos para que no sean solo dichas con los labios, sino también nacidas desde lo más hondo de nosotros mismos, y no solo como un asentimiento de nuestra fe, sino como expresión también de lo que vivimos, de lo que es la trascendencia que le damos a nuestros actos, que le damos a nuestra vida.
El cómo ha de ser esa resurrección, cómo será esa vida eterna, quizá de alguna manera nos interrogue y nos llene de dudas y de preguntas, como hacían los saduceos en el evangelio que hoy hemos visto. Ahí están las respuestas de Jesús, en que nos invita a no hacer comparaciones de lo que es nuestra vida de ahora con lo que será esa vida futura. Pensemos en esa vida futura, en esa vida eterna como un participar de la plenitud de la vida de Dios. Es una plenitud de vida, de luz, de amor, de la gloria de Dios. Es un vivir en una plenitud todo lo más hermoso, de lo más noble, de lo más bello que ahora en este mundo hayamos podido vivir, pero que siempre ha estado limitado por la imperfección del momento presente, pero que en Dios podremos vivir para siempre.
Esos momentos buenos, esas cosas buenas de las que podemos disfrutar ahora en el momento presente no querríamos que se acabaran nunca, pero sabemos de la limitación del tiempo presente, pero en Dios no hay limitación, ni imperfección, ni tiempo porque todo es plenitud de eternidad. Así disfrutaremos de la presencia y de la visión de Dios.
Es difícil hablar de todas estas cosas, pero creemos en la palabra de Jesús, en la promesa de Jesús para quienes han puesto su fe en El. Y nos habla de resurrección y de vida, de no morir para siempre, de un vivir para siempre en Dios, porque seremos habitados en plenitud por Dios y nosotros habitaremos en El. Que con nuestra manera de vivir ahora el tiempo presente siguiendo el camino de Jesús demos verdadera razón de nuestra fe y de nuestra esperanza.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Purifiquemos nuestro corazón de aquellas cosas que nos impiden dar gloria a Dios y llenémoslo de mansedumbre, humildad, paz y amor

Apocalipsis 10,8-11; Sal 118;  Lucas 19,45-48

Hay gestos que contemplamos o en los demás o nosotros mismos realizamos que nos dicen más que muchas palabras. Por eso es importante que no solo vayamos repitiendo buenas palabras o buenos consejos como cosas, por así decirlo, aprendidas de memoria, sino que lo que vivimos lo traduzcamos a los hechos de nuestra vida porque el testimonio de lo que hacemos y vivimos convence más que muchos sermones les podamos predicar a los demás. Con esos gestos expresamos lo que llevamos dentro, lo que verdaderamente sentimos en nuestro corazón, reflejan lo que es el sentido que le damos a nuestra vida.
Por eso de los milagros Jesús decimos que son signos, y es incluso la palabra que emplea uno de los evangelistas. Pero lo que va haciendo Jesús, su cercanía con todos especialmente con los que sufren, los que son menospreciados y discriminados, los que no eran tenidos en cuenta en aquella sociedad se convierten en verdadero signo de lo que es el amor que Dios nos tiene.
Pero en algunos momentos Jesús tiene gestos y signos especiales, como cuando no solo cura al leproso sino que extiende su mano y lo toca, saltándose todas las reglas y normas prescritas para la relación con esos enfermos. Hoy en el evangelio vemos uno de esos gestos o signos de Jesús, cuando expulsa a los vendedores del templo.
Ya nos dice el evangelista que Jesús enseñaba todos los días en el templo y que el pueblo entero estaba pendiente de sus labios. Cuando habla del pueblo entero está hablándonos, es cierto, de toda clase de personas, pero en especial de los humildes y sencillos que son los que más abiertos están a la Palabra de Dios. Pero bien vemos que no todos los que andaban por el templo escuchaban con la misma actitud a Jesús.
‘Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio’. Ya sabemos como andaban al acecho, escuchando a Jesús pero para hacer sus interpretaciones, para ver en qué podían cogerlo para acusarlo. La Palabra de Jesús hería sus corazones llenos de orgullo y de soberbia, y cuando se tienen esas actitudes no se puede escuchar bien.
Pero por otra parte estaban los que andaban a lo suyo, a sus intereses, a sus negocios. Eran los cambistas por una parte, porque las ofrendas al templo habría que hacerlo en el dinero que aceptaba el templo y allá andaban ellos con sus intereses y sus ambiciones de lucro. Pero estaban por todas partes los que hacían las ofertas de sus animales para los sacrificios. Todo era un negocio, aquello era un mercado, lejos estaba de ser lo que verdaderamente había de ser el templo, una casa de oración.
Y ahí contemplamos el gesto de Jesús echando a los vendedores del templo y derribando las mesas de los cambistas. El templo había de ser purificado para que fuera en verdad una casa de oración. No gustará a muchos el gesto de Jesús, pero muchos se sentirán interpelados, algunos descubrirán la necesidad de purificarse desde lo más hondo acogiéndose a la misericordia del Señor para tener unas actitudes.
A nosotros también tiene que interpelarnos. Somos nosotros ese verdadero templo de Dios, porque así hemos sido consagrados desde nuestro bautismo. Pero muchas cosas hemos dejado ir metiendo en nuestro corazón que lo mancha y que nos hace descubrir la necesidad de una verdadera purificación. También se nos meten en nuestro interior ambiciones materialistas que nos ciegan, orgullos que nos atenazan el corazón, violencias interiores que nos hacen perder la paz. No siempre nuestro corazón tiene la suficiente paz y serenidad para escuchar a Dios, para sentir su presencia.
Necesitamos glorificar a Dios con nuestras vidas porque siempre todo en nosotros ha de ser para la mayor gloria de Dios. Quitemos aquellas cosas que nos estorban, arranquemos de nosotros esas pasiones que nos ciegan, llenemos nuestro corazón de mansedumbre, de paz, de humildad, de amor y todo lo que hagamos será siempre para la gloria de Dios.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Nos cegamos y no reconocemos el paso salvador de Dios por nuestra vida que se manifiesta en tantos signos de su presencia que va dejando junto a nosotros

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44
Cuando tenemos el presentimiento de que algo va a suceder, o podemos prever de una forma cierta algún acontecimiento que quizá no nos sea muy grato, nos llenamos de incertidumbre, en cierto modo las angustias se pueden apoderar de nosotros o lloramos de impotencia al ver que quizá no hemos conseguido aquello por lo que habíamos luchado. Son momentos en cierto modo difíciles, que nos llenan de tristeza, y que tenemos también la tentación del desaliento en medio de nuestras luchas y esfuerzos quizá por conseguir algo mejor no solo para nosotros sino también para los demás.
¿Cómo se sentía Jesús al contemplar la ciudad de Jerusalén a la que llegaba una vez más y contemplaba hermosa ante si desde el bacón del monte de los Olivos? Hemos venido siguiendo el camino de Jesús en su subida a Jerusalén. Una subida que El sabía bien que iba a tener un especial significado; había ido anunciando a sus discípulos todo lo que iba a suceder en cumplimiento de las Escrituras y que se iba a convertir en una pascua muy especial no solo para El sino para toda la humanidad.
Hoy le contemplamos llorando enfrente de la ciudad que contempla desde el monte de los Olivos. Allí está como conmemoración un pequeño templo con un ventanal muy hermoso sobre la ciudad y que se llama así precisamente, ‘Dominus flevit’, donde Jesús lloró. Era el presentimiento de la pascua cercana que iba a ser un verdadero paso de Dios en medio de la historia de la humanidad porque era en verdad un paso salvador. No era solo la tentación de la incertidumbre o del desaliento lo que Jesús podría sentir en aquellos momentos. Eran mucho más las lágrimas de Jesús sobre la ciudad santa de Jerusalén.
Allí contemplando la ciudad Jesús recuerda cuantas veces ha recorrido sus calles, cuantas veces ha predicado y enseñado en la explanada del templo, cuantas veces se había ido derramando la gracia misericordiosa de Dios sobre ellos con los signos que realizaba, curando enfermos, haciendo caminar a los inválidos o dando la vista a los ciegos. Pero aquella ciudad permanecía en su ceguera, las sombras del rechazo, de la duda, de la indiferencia, de la cobardía seguían entenebreciendo sus vidas. Y Jesús entraría en la ciudad santa para celebrar su Pascua, porque sobre ella y sobre todos los hombres derramaría su sangre salvadora.
Y Jesús llora porque no han sabido ver el paso de Dios en medio de ellos, no han querido escuchar su Palabra y no se han hecho merecedores de la gracia que Dios tan generosamente derramaba sobre ellos. ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos… no reconociste el momento de mi venida…’ Jesús está previendo también la destrucción y la desolación que una vez más arrasará la ciudad santa. Algo bien doloroso para todo judío sería el ver destruida su ciudad. Pero es otra la destrucción que Jesús está viendo en el corazón de aquel pueblo, de aquellas gentes.
Y de nosotros ¿qué podrá decir el Señor? ¿Habremos reconocido el momento de gracia que continuamente nos regala? También nosotros tenemos el peligro de cegarnos y no saber reconocer la presencia del Señor, no saber escuchar esa Palabra que directamente nos dice al corazón a través de tantos medios. No nos podemos quedar en lamentarnos por aquella ciudad que no supo reconocer la presencia de Dios en medio de ellos, sino que tenemos que mirarnos a nosotros. Cuantas señales va dejando el Señor de su paso por nuestra vida, cuantas llamadas nos va haciendo continuamente que no siempre sabemos reconocer y no siempre es buena nuestra respuesta.
Es una llamada nueva que hoy nos hace el Señor. Es una invitación a descubrir la gracia del Señor. Es un toque de atención que hoy nos hace para que seamos capaces de reconocer ese paso salvador de Dios por nuestra vida.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

No enterremos el don de la fe sino hagámoslo fructificar profundizando en su conocimiento y trasmitiéndolo a los demás

No enterremos el don de la fe sino hagámoslo fructificar profundizando en su conocimiento y trasmitiéndolo a los demás

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

Están cerca de Jerusalén. Una subida que Jesús había anunciado muchas veces y preparado a sus discípulos para todo lo que iba a suceder. No todos entienden. El Reino de Dios anunciado por Jesús lo entienden de distinta manera; algunos siguen pensando en hechos espectaculares, poco menos que en ejércitos vencedores que arrojasen a los romanos de su tierra; a todo esto se unía el sentido del fin del mundo que ellos tenían, poco menos que apariciones celestiales. ¿Les hace eso perder la tensión de la vida? ¿La tensión y la atención que de tener respecto a sus responsabilidades de cada día? ¿Al propio sentido de sus vidas y de lo que han de hacer?
También nosotros nos podemos llenar de sueños y perder la intensidad que hemos de darle a la vida de cada día. Fácil es el abandono de nuestras responsabilidades, no mantener la tensión en el desarrollo de nuestras cualidades y valores, o no terminar de ver lo que cada uno hemos de hacer desde nuestra condición, desde nuestros valores para mejorar nuestro mundo.
A aquellos discípulos que le seguían como a nosotros ahora Jesús nos propone una parábola. Es la parábola que nos narra san Mateo como los talentos entregados a sus servidores, pero que san Lucas nos habla de las onzas de oro repartidas entre sus empleados mientras el rey está fuera. Entendemos siempre ambas parábolas como el desarrollo que cada uno ha de realizar de sus propios talentos y valores, el cultivo de sus cualidades no solo en beneficio propio sino también para mejorar nuestra sociedad y el mundo en que vivimos.
En esa onza oro, con el valor que puede representar, quiero pensar en algo más. Quiero hoy pensar en ese don de la fe que Dios nos ha regalado, ha puesto en nuestro corazón. Hablamos de la fe como esa respuesta personal que damos al don del amor de Dios, pero tenemos que hablar de la fe como ese don sobrenatural que Dios ha puesto en nuestro corazón. No es cuestión solo de nuestra voluntariedad en la respuesta que damos, sino sobre todo es ese sentir ese don maravilloso de Dios, ese don sobrenatural que Dios ha sembrado en nuestro corazón.
Es un regalo de Dios, pero que como esos dones y cualidades, esos valores de la vida de los antes hablábamos también hemos de cultivar y se han de manifestar los frutos en nuestra vida pero que también enriquecen a los que están a nuestro lado. Cultivar la fe que es querer mantener cada día una mayor unión con el Señor; cultivar la fe que es conocer qué es lo que nosotros creemos y a qué nos lleva esa fe que tenemos en Dios; cultivar la fe que es el conocimiento del credo, pero que, aunque sea un misterio, tratar de razonar y comprender cada vez mejor el sentido de cada uno de los artículos de nuestra fe.
Es algo en lo que fácilmente fallamos la mayoría de los cristianos. Hemos enterrado ese don de la fe; decimos que tenemos fe, que creemos desde siempre, que nadie cree mas que nosotros, que creemos en aquello que nuestros padres nos enseñaron, pero no nos hemos preocupado por estudiar seriamente lo que creemos; no somos capaces de dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza; no sabemos llevar a la práctica de nuestra vida de cada día, a nuestras actitudes, a nuestras posturas, a lo que cada día vivimos ese sentido de la fe.
Hemos enterrado ese don de la fe y no somos capaces de compartirla sabiendo trasmitirla con todo sentido a los demás, los padres a los hijos, los amigos unos a otros, con nuestros vecinos con nuestros compañeros de trabajo. Algunos dicen que es algo tan personal que no hay que manifestarla públicamente y lo que hacen es ahogar su fe; será el miedo al que dirán, será una falta de valentía para dar testimonio de lo que creemos, será la falta de claridad porque realmente desconocemos lo que es nuestra fe, será el temer comprometernos con nuestras posturas, serán, pues, tantos antitestimonios que realmente entonces estamos dando.
Cuidemos nuestra fe, alimentemos nuestra fe, cultivemos nuestra fe, seamos capaces de contagiar nuestra fe a lo que nos rodean.

martes, 15 de noviembre de 2016

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Apocalipsis 3,1-6.14-22; Sal 14; Lucas 19,1-10

Jesús sigue atravesando la ciudad de Jericó. Siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para el encuentro, siempre buscando a quien necesita una mano que lo levante, una voz que lo anime, siempre buscando al pecador como el médico que atiende al enfermo.
Cuánto tendríamos que aprender. Jesús fue capaz de mirar a lo alto de la higuera, donde nadie podía imaginar que estuviera Zaqueo. Nos enseña a levantar la mirada. Vamos demasiado mirando a ras de tierra pero solo vemos lo que nos interesa, o vamos tan encerrados en nosotros mismos que aunque llevemos los ojos abiertos no somos capaces de ver y mirar la realidad que nos rodea.
Pero Jesús no pasó de largo, se detuvo, se dirigió a Zaqueo, le habló, quería hospedarse en su casa. Algunas veces podemos ver las cosas pero no mirarlas con atención, o desentendernos y pasar de largo. Si nos detenemos y miramos podemos complicarnos; si nos ponemos a hablar con aquel que encontramos solo y que quizá esté ansioso de que alguien se interese por él, quizá nos pueda parecer que perdemos el tiempo y tenemos tantas cosas que hacer o tenemos prisa por llegar a otro lugar, pero siempre estaremos pasando de largo, evitando detenernos, evitando complicarnos.
Eran momentos de salvación y de vida. Jesús invita, nos busca, ofrece, pero nosotros hemos de dar la respuesta.Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.. Zaqueo no se hizo oídos sordos a la invitación de Jesús; bajó enseguida de la higuera y le abrió las puertas de su casa. Y con Jesús llegó la salvación a aquella casa.
Jesús tiene muchas formas de llamarnos y de invitarnos a nosotros. Quizá nos está llamando desde esa persona que está al borde del camino, de esa persona que quizá esté esperando que nos fijemos en ella y le prestemos atención. No somos nosotros los que le vamos a dar a esa persona aunque nos pudiera parecer que el detenernos para ver su necesidad o sus deseos nos va a obligar a dar de lo nuestro. No es solo lo que nosotros le demos, sino lo que vamos a recibir.
Y ya es recibir el hecho de que seamos capaces de detenernos de nuestras carreras, comenzar a dejar de mirarnos a nosotros mismos para comenzar a mirar a los demás y sus necesidades y escuchar de sus problemas. Ya estaremos recibiendo porque nuestro corazón está cambiando, porque están naciendo en nosotros actitudes nuevas, porque estamos aprendiendo a actuar como actuaba Jesús. Y ahí está la llamada del Señor, ahí está la invitación a que tengamos otro sentido de vida. Ahí está llegando también la salvación a nuestra vida, porque está llegando Jesús.
A partir de aquel momento todo fue distinto para Zaqueo. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. ¿Comenzará a ser distinta también nuestra vida a partir del momento en que nos encontremos con Jesús a través del hermano con quien nos detenemos a hablar, a quien comenzamos a escuchar, con quien comenzamos a tener una nueva solidaridad? ¿Se podrá decir de nosotros lo mismo?

lunes, 14 de noviembre de 2016

Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos los oídos, pero tenemos que escucharlos con buena disposición para mirar, escuchar, tender la mano, ayudar a caminar

Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos los oídos, pero tenemos que escucharlos con buena disposición para mirar, escuchar, tender la mano, ayudar a caminar

 Apocalipsis 1,1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18,35-43

Rodeado de gente, de los discípulos que lo seguían a todas partes pero también de aquellos que salen a su encuentro, Jesús va llegando a Jericó. Pocos se dan cuenta quizá, entusiasmados por seguir o querer escuchar a Jesús, de que allí, al borde del camino, hay un ciego pidiendo limosna.
Era algo habitual encontrárselos en los caminos queriendo mover a compasión a los caminantes que se acercan a la ciudad; la ceguera algo muy corriente en aquellos lugares muy luminosos en el valle del Jordán conducía inevitablemente a la pobreza al impedirles realizar algún trabajo. La gente que iba a lo suyo al final pasa a su lado sin casi percibir su existencia.
Nos pasa tantas veces; vamos a lo nuestro, ensimismados en nuestras cosas, en nuestros pensamientos o en nuestras tareas, al calor quizá de nuestras necesidades más o menos cubiertas, o simplemente atareados en conseguir lo mejor para nosotros. Casi no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta de los que están al borde del camino de la vida. O mejor no verlos para tener que sentir inquietudes dentro de nosotros que no nos dejarían tranquilos. O nos acostumbramos a verlos que nos damos mil disculpas para no hacer nada o incluso culpabilizarlos por la situación en la que viven. Pensemos en cuantos juicios pasan por nuestra mente en este sentido tantas veces.
Pero Jesús nos está enseñando a caminar por los caminos de la vida, caminando El junto a nosotros. Al oír el tumulto el ciego pregunta qué es lo que pasa. El que pasa por el camino es Jesús el de Nazaret. Jesús pasando por el camino, a nuestro lado y al lado de los que nada tienen, pero al lado también de aquellos que quizá vivimos tan insensibilizados que no nos damos cuenta o no queremos ver a los que están al borde del camino.
Se pone a gritar el ciego, pero quieren acallarlo. Les molesta. Pero él grita más fuerte. ‘¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!’ Molestan esos gritos y queremos de mil maneras acallarlos. Pero a Jesús no les molesta, es más, quiere hacérnoslos oír. Quiere que el ciego no esté al borde del camino sino allí en medio de todos. Que todos los vean, que alguien se mueva a compasión para al menos traerlo. Que sus gritos nos interroguen, nos muevan a hacer algo; que comencemos al menos por mirarlos y tenderles una mano. Pasamos tantas veces sin querer mirar. ¿Quiénes serán los ciegos?
Ya sabemos lo que Jesús hizo. Pero ¿qué es lo que nosotros vamos a hacer? Es la gran pregunta que tenemos que hacernos. Es la decisión que hemos de tomar. No nos vale decir que seguimos a Jesús de cerca si no tomamos sus mismas actitudes y comportamientos, si no comenzamos a mojarnos, a comprometernos, a tenderle la mano, a mirar de frente la realidad que nos grita.
¿Seremos capaces de decir como le dijo Jesús a aquel ciego de Jericó ‘qué quieres que haga por ti’? Pudiera ser que nos diera miedo hacer esa pregunta porque ya sería un principio de compromiso. Preferimos muchas veces prejuzgar, ir con nuestras ideas por delante, nuestras soluciones, pero no sabemos realmente lo que los otros puedan necesitar. Por eso hacer esa pregunta es comprometida, porque será olvidarnos quizá de las respuestas que llevábamos preparadas para escuchar el planteamiento real que la situación, las personas nos pueden hacer. Y eso nos puede suceder en muchas ocasiones de la vida, en nuestras relaciones mutuas.
El ciego del borde del camino nos está interrogando. Los gritos de los que sufren a nuestro lado pueden herirnos nuestros oídos, pero tenemos que escucharlos. En nosotros debe haber una buena disposición para mirar, para escuchar, para tender la mano, para ayudar a caminar.

domingo, 13 de noviembre de 2016

En un mundo lleno de oscuridades los cristianos tenemos una luz que ilumine y transforme la realidad de nuestro mundo

En un mundo lleno de oscuridades los cristianos tenemos una luz que ilumine y transforme la realidad de nuestro mundo

Malaquías 4, 1-2ª; Sal 97; 2Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19
Todos sabemos bien que el texto del evangelio no es una simple crónica que el evangelista fuera haciendo de los hechos de Jesús en el momento en que iban sucediendo. Jesús envió a sus discípulos a predicar, a anunciar la Buena Nueva que había sido El con su vida, su muerte y resurrección para el mundo. Fue lo que comenzaron a hacer los apóstoles y los discípulos cumpliendo la misión de Jesús.
El texto de los evangelios surgió de esa predicación y catequesis que los apóstoles y primeros discípulos iban haciendo recordando los hechos y los dichos de Jesús para ir iluminando sus vidas en el momento concreto que iban viviendo. Surgieron los que fueron recopilando ese mensaje de Jesús y, como el mismo Lucas nos dice,   muchos son los que lo fueron haciendo.
Respondían al momento que vivían. Cuando Lucas nos trasmite su evangelio ya muchas de aquellas cosas anunciadas por Jesús se habían ido sucediendo, la destrucción de Jerusalén, el comienzo de las persecuciones; los momentos ya no tan fáciles que iban viviendo aquellos primeros cristianos iban siendo iluminados en el recuerdo del mensaje de Jesús. Se iba así iluminando aquel momento concreto que vivían, de la misma manera que hoy sigue iluminando nuestro momento actual. Siempre es luz para nuestra vida el evangelio de Jesús.
Nosotros también hoy en los momentos que vivimos podemos sentir la tentación del pesimismo y del desaliento por la situación de nuestro mundo, por los problemas que van  surgiendo, las dificultades con que nos encontramos los cristianos. Cuántos problemas siguen entenebreciendo nuestro mundo de hoy. Guerras y violencias, desorientación a todos los niveles que algunas veces no sabemos ni a donde vamos, destrucción de nuestra sociedad con la pérdida de valores y de principios, materialismo que nos agarrota y nos encierra haciéndonos insolidarios e injustos con nuestros semejantes, catástrofes naturales que siembran dolor en distintos lugares del mundo, injusticias cuando vemos tanta insolidaridad en los que podrían hacer tanto para que nuestro mundo fuera mejor, trato muchas veces injusto para los que quieren ser buenos y ser fieles que se transforma luego en persecuciones y hasta en martirio de los buenos.
Pero no podemos dejar que las sombras inunden nuestra vida haciéndonos perder la esperanza. Siempre hay rayos de luz, personas buenas, gente comprometida y solidaria, inquietud en muchos corazones con el deseo de que nuestro mundo sea mejor; aunque algunas veces nos pueda parecer que esas cosas pasan desapercibidas tenemos que saber descubrir esas buenas semillas con las que también vamos construyendo el reino de Dios. Tiene que haber esperanza en nuestro corazón.
El texto del evangelio de hoy nos ilumina. ‘Cuidado que nadie os engañe… no tengáis pánico… así tendréis ocasión de dar testimonio’. En nuestro entorno nos encontramos muchas veces profetas de calamidades; habrá quien nos venga hasta diciendo que estamos en el fin del mundo porque esto ya no hay quien lo arregle. Cuantas veces a lo largo de nuestra vida hemos escuchado anuncios de este tipo. O cuantas veces ante las catástrofes naturales que ocurren tenemos una visión apocalíptica de la historia que puede crear incluso una histeria colectiva.
Pero Jesús quiere que no perdamos la paz en el corazón. Los momentos pueden ser difíciles, como los ha habido también a lo largo de todos los tiempos, pero ahí los que creemos en El tenemos que dar un testimonio, tenemos una tarea que realizar, llevamos una luz con nosotros con la que tenemos que iluminar ese mundo. ‘Así tendréis ocasión de dar testimonio’, escuchábamos que nos decía.
No podemos hacer como aquellos cristianos de Tesalónica a los que escribe Pablo – es la segunda lectura de hoy – que porque pensaban que llegaba el fin del mundo ya no tenían que trabajar. ‘El que no trabaja que no coma’, viene a decirles Pablo.Pues a esos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan’. Que tenemos que ser ese administrador fiel que está atento a sus responsabilidades hasta el ultimo minuto, como nos dirá Jesús en otra ocasión.
Es la esperanza con que tenemos que afrontar las situaciones que vivimos en la vida. Es el compromiso de nuestra fe que tendrá que manifestarse en nuestras obras, pero también en las buenas actitudes que tengamos ante la vida, ante la sociedad, ante los demás y ante los problemas que nos pueden ir surgiendo. ¿Que tenemos problemas o que incluso somos mal vistos o perseguidos por la sociedad que nos rodea? Ya Jesús nos lo anunció, pero nos aseguró la asistencia y la fuerza del Espíritu que no nos faltará.
Aprendamos a dejarnos iluminar por el Evangelio, a hacer una lectura del evangelio plasmándolo en nuestra vida y convirtiéndolo en luz de esas situaciones o problemas en los que nos veamos inmersos. Con la luz del evangelio sentiremos como se va transformando nuestro corazón, pero cómo podemos ir también transformando nuestro mundo.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

Sabemos que de Dios siempre nos podemos fiar porque nos escucha como un Padre amoroso pero aprendamos a tener esas mismas actitudes hacia los demás

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18,1-8

¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende? En el camino de la vida muchas veces nos sentimos frustrados en nuestras relaciones con los demás; quizá en quien más confiábamos cuando más lo necesitamos nos volvió la espalda, se olvidó de nosotros o como se suele decir se hizo el olvidado, siempre tenía cosas que hacer o atender y no tenía tiempo para nosotros. Es cierto que no podemos ponernos pesimistas y pensar que todas las personas actúan así, pero basta que en una ocasión hayamos sentido esa frustración para que ya comencemos a ver las cosas oscuras.
Son experiencias humanas y desagradables por las que a veces tenemos que pasar, pero creo que tenemos que seguir creyendo en la humanidad y que hay personas que sí estarán pendientes de nosotros o al menos estarán dispuestas a escucharnos.
Al menos intentemos que nosotros no seamos de esa manera, que seamos capaces de poner humanidad en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás y llenemos nuestro corazón de misericordia y de compasión. Que no hagamos las cosas por mero cumplimiento ni por quitarnos a los latosos, como solemos decir, de encima, sino que haya verdadero amor en nuestro corazón y aprendamos a ser solidarios con los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión de la que quiero aprender para mi mismo a partir de la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Es cierto que la intención primera de la parábola, como el mismo evangelista nos indica, es hablarnos de nuestra perseverancia en la oración, en nuestra relación con Dios porque El es el único que nunca nos falla, porque es el Padre bueno y misericordioso que siempre atiende a sus hijos. Pero he querido incidir en este aspecto humano de nuestras relaciones porque creo que tenemos mucho que aprender para nuestro trato con los demás y para la confianza mutua que nos hemos de tener unos y otros.
Nos habla la parábola de la viuda que acudía al juez una y otra vez para que le hiciera justicia.  No nos da razones el evangelio de por qué aquel juez que actuaba tan injustamente no la atendía. Pero no es difícil encontrar esas sus llamadas justificaciones. Cuántas veces en nuestra justicia humana se da largas y largas a un asunto que podría resolverse fácilmente.
Cuántas veces nosotros también damos largas a la respuesta que quizá nos están pidiendo desde nuestros seres queridos más cercanos o desde las personas con las que tenemos alguna relación. Cuántas veces también nos hacemos oídos sordos a lo que nos piden; cuántas veces nos buscamos mil disculpas para no ser solidarios de corazón con aquellas personas en necesidad que acuden tendiéndonos la mano para pedirnos una ayuda o vemos tiradas por los caminos de la vida; cuántas veces nos encerramos en nuestros orgullos y no otorgamos un generoso perdón a quien nos haya podido ofender. Juzgamos fácilmente a aquel juez injusto pero no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos que tantas veces quizá en nuestra insolidaridad y también con un corazón injusto hacemos peor.
¿De quien nos podemos fiar porque sabemos que siempre nos atiende?, era la pregunta con la que iniciábamos esta reflexión. Ya sabemos como en Dios tenemos la respuesta porque es un Dios de amor y de misericordia. Acudamos con confianza y con perseverancia en nuestra oración y aprendamos a tener ese corazón compasivo y misericordioso siempre para con los demás. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

La espera con el encuentro definitivo con el Señor al final de nuestros días ha de estar llena de esperanza pero al mismo tiempo nos hace estar vigilantes en el amor

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17,26-37

Un lenguaje misterioso con un sentido apocalíptico que nos habla del final de los tiempos y de la manifestación final del Hijo del Hombre es el que escuchamos hoy en el evangelio. Decimos apocalíptico y entendemos que se nos habla de ese misterio del día final, pero que la misma palabra indica que es también una invitación a la esperanza.
Por nuestra condición pecadora, tan repetitiva en nuestra vida, es fácil que nos llenemos de temor ante esos momentos finales, de la misma manera que en cierto modo nos llenamos de cierto temor cuando pensamos en el final de nuestros días, en la hora de nuestra muerte. Sin embargo es una hora que siempre tendríamos que pensar con esperanza; sí, con esperanza, porque ¿con quien nos vamos a encontrar? ¿No nos vamos a encontrar con un padre misericordioso como tantas veces Jesús nos ha hablado en el evangelio?
Es cierto que aquel hijo pródigo que volvía a la casa del padre venía con su espíritu lleno de temores porque reconocía que no se había comportado como buen hijo, pero en el fondo de su corazón estaba la esperanza en la bondad de su padre que de una forma o de otra le recibiría; luego se encontraría que el padre le acogía con un abrazo de amor y de perdón que llena de paz su corazón y hacia fiesta por la vuelta del hijo perdido pero encontrado, que había muerto pero que había vuelto al encuentro de la vida. Es lo que tendría que predominar en nuestro corazón, y también llenarnos de esperanza en ese encuentro con la vida definitiva porque es el encuentro con el Padre que nos recibe con amor y que más que juzgarnos y condenarnos nos ofrece el abrazo del perdón para llenar nuestro corazón de paz.
Ciertamente que la descripción que nos hace Jesús está llena de misterio en sus imágenes, porque nos dice que no sabemos ni el día ni la hora, pero es de alguna manera estar invitándonos a la vigilancia, a no dejarnos caer en la modorra de la rutina en la que nos vamos acostumbrando a las cosas y bajamos fácilmente la guardia. ‘Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre’ y nos recuerda los tiempos de Noé o la destrucción de Sodoma y Gomorra.
Hemos de estar atentos y eso significa estar vigilantes en el amor, no bajando la guardia en el cumplimiento de nuestras obligaciones, seguir en la tensión de nuestro compromiso por querer hacer que nuestro mundo sea mejor, trabajar seriamente para hacer que los demás puedan ser más felices cada día, seguir sembrando las semillas del amor que harán que nuestro mundo sea más humano y haya más paz entre unos y otros.
Esperamos la venida del Señor. Nos lo enseña el evangelio, nos lo recuerda la liturgia cada día, lo expresamos en el credo de nuestra fe, y tenemos que vivirlo cada día de nuestra vida. Esperamos ese encuentro con el Señor donde esperamos oír de sus labios ‘venid, vosotros, benditos de mi Padre, a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Cultivemos nuestra vida interior fortaleciendo nuestra espiritualidad, abiertos a Dios y a su Palabra, dispuestos siempre a dar profundo testimonio

Cultivemos nuestra vida interior fortaleciendo nuestra espiritualidad, abiertos a Dios y a su Palabra, dispuestos siempre a dar profundo testimonio

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17,20-25

Las cosas espectaculares y extraordinarias nos llaman la atención. Cada día en nuestro entorno se van sucediendo multitud de cosas y hasta acontecimientos, pero como entran en lo que podríamos llamar la rutina de cada día por su sencillez, por lo ordinario de la vida, pero casi no les prestamos atención. Pero nos dicen que acaeció algo extraordinario y enseguida queremos saber, queremos ver y poco menos que queremos palpar aquello que ha sucedido. En las cosas pequeñas, sencillas, ordinarias de la vida casi no nos fijamos ni le prestamos atención, pero por las cosas extraordinarias corremos como locos de un lado para otro.
Eso en todos los ámbitos, en nuestra vida social y en las relaciones con los demás, en los acontecimientos de la vida llamémosla política, en las cosas de la familia, en el trabajo de cada día, en nuestra vida personal, en el ámbito de lo religioso o de las cosas que atañen a la fe.
En este aspecto cuando oímos hablar de milagros ya los rumores y comentarios corren como un relámpago de un sitio para otro; un día nos hablan de algo extraordinario, de unas luces que aparecen, de unas supuestas apariciones o revelaciones misteriosas y ya hasta los medios de comunicación lo convierten en seguida en noticia y correrán los reporteros a encontrar el más llamativo enfoque y a ver como nuestra noticia es la primera y la mas espectacular y nosotros trataremos de saber mas, enterarnos de lo que pasa y cosas así. Y así andamos de aquí para allá, un día pendiente de una cosa y al otro día buscando a ver donde haya algo espectacular que nos pueda llamar la atención.
Lo tremendo es cuando toda nuestra religiosidad y nuestra espiritualidad se fundamentan en cosas de este tipo. Porque lo espectacular y extraordinario será transitorio y pronto ya no llamará la atención, y nos quedaremos como vacíos y sin saber en qué fundamentar de verdad nuestra fe más genuina. Es la superficialidad con que vivimos nuestra espiritualidad y lo que habría de ser nuestra vida cristiana. Nos quedamos con el relámpago, podríamos decir, de lo llamativo externamente, pero en lo hondo de nosotros mismos estamos vacíos y sin algo en lo que de verdad fundamentarnos.   
Tenemos que darle hondura a nuestra fe, a nuestra vida cristiana, tener una verdadera espiritualidad. No nos podemos quedar en lo externo y lo superficial, sino que tenemos que vivirlo allá desde lo más hondo de nosotros mismos. De esto nos previene hoy Jesús en el evangelio. ‘l reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros’. El Reino de Dios, lo que es nuestra vida cristiana tendremos que expresarlo con la totalidad de nuestra vida y externamente también hemos de dar señales de lo que es nuestra fe, de lo que queremos vivir. Pero será algo que vivamos en la profundidad de nuestro corazón, en lo más hondo de nosotros mismos.
Es la vida interior que hemos de cultivar. Porque de ahí de lo más hondo de nosotros mismos es desde donde tenemos que proclamar que el Señor es el único Dios de nuestra vida.  Es lo que va a motivar de verdad, darle hondura a lo que hacemos, a lo que queremos vivir; será desde ahí, desde lo más hondo de nosotros mismos, desde donde viviremos nuestros valores, arrancarán nuestros principios, encontraremos lo que será en verdad el motor de nuestra vida.
Eso nos hará personas reflexivas, personas de oración, abiertos a Dios, dispuestos a escuchar su Palabra, dejándonos conducir de verdad por el Espíritu del Señor. Es donde vamos a encontrar la necesaria profundidad de nuestra vida que nos hará sentirnos seguros y fuertes en nuestra fe, dispuestos siempre a dar testimonio.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

Si escuchamos la palabra ‘catedral’ todos más o menos tenemos una idea a lo que nos estamos refiriendo aunque muchas veces nos quedemos en la idea de esa iglesia grandiosa, quizá monumental por el arte en que ha sido construida y que existe sobre todo en grandes ciudades; más o menos sabemos que tiene como referencia al Obispo porque viene a ser el centro de ese territorio que es la diócesis en la que está; pero algunas veces existe una confusión entre lo que es una catedral y lo que es un monumento como sucede en algún sitio que llaman catedral a una iglesia simplemente por su carácter monumental sin realmente serlo; nos sucede en alguna ciudad de nuestras islas.
Pero si nos fijamos en el sentido de la palabra y su concomitancia con palabras semejantes, como pueda ser catedrático ya vamos entendiendo su sentido porque la referencia o raíz de la palabra está en la cátedra. La cátedra es el lugar desde donde enseña el profesor, el catedrático; es el lugar del maestro, del que enseña y al que acuden los discípulos, los que le siguen, para aprender de su enseñanza.
La catedral es, pues, la sede de la cátedra de nuestro maestro en la fe que es el Obispo. La catedral hace entonces referencia a la Diócesis, esa porción del pueblo de Dios en un territorio determinado que es presidido y guiado por su Obispo, como verdadero sucesor de los apóstoles, y que con su enseñanza es nuestro maestro en la fe. Ya sea monumento o ya sea un sencillo templo por ser la sede del Obispo la catedral es la cátedra que nos congrega para alimentar nuestra fe bajo la guía del Obispo, como pastor en nombre de Cristo de la Diócesis y para celebrar el culto y la gloria del Señor.
¿Por qué me hago todas estas explicaciones? Es que en este día celebramos la fiesta de una catedral importante para toda la Iglesia. Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Catedral y Basílica de san Juan de Letrán en Roma. ¿Por qué tiene importancia? Porque es catedral de Roma, es la sede del Obispo de Roma, en consecuencia del Papa, la catedral del Papa.
Estamos acostumbrados a ver al Papa en el Vaticano, en la Basílica de san Pedro y nos puede parecer que esa es la Catedral de Roma, pero no es así. No siempre el Papa vivió en el Vaticano, pues durante siglos vivió en los palacios de Letrán que están junto a la Catedral Basílica de san Juan de Letrán. Por circunstancias de la historia que no nos vamos ahora a detener a explicar se vino al Vaticano, pero la sede del Obispo de Roma sigue siendo siempre san Juan de Letrán. Es algo que muchas veces los cristianos desconocemos y que necesitamos aclarar porque muchas veces incluso los medios de comunicación nos confunden por ignorancia de los que nos trasmiten las noticias.
Es, pues, esta fiesta que hoy celebra la liturgia de la Iglesia algo importante para todos los cristianos y que hemos de vivir con hondo sentido eclesial sintiéndonos en verdadera comunión de iglesia con el Papa como vicario de Cristo en la tierra y pastor también de toda la Iglesia. Creo que puede ser una buena ocasión para que viviendo esa comunión eclesial también nuestra oración se eleve al Señor por toda la Iglesia, por sus pastores, y en este día de manera especial por el Papa.
Es una ocasión, y esto daría para otras más amplias reflexiones, y pensar cómo nosotros somos ese verdadero templo del Espíritu Santo, morada de Dios, porque en el bautismo así fuimos consagrados, y desde lo más hondo de nuestro corazón saber ofrecer un verdadero culto al Señor desde la santidad de nuestra vida y desde nuestras buenas obras cantar la gloria del Señor.

martes, 8 de noviembre de 2016

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

En las normas habituales de cortesía cuando alguien nos muestra su gratitud por algo que nosotros hayamos hecho en su favor respondemos quitándole importancia a lo que hemos hecho diciéndole que no tiene por qué darnos las gracias, que era nuestro deber u obligación y expresiones semejantes en que queremos expresarnos con humildad. Lo decimos con corrección, aunque quizá alguna vez en nuestro interior sentimos el gozo de ser reconocidos, de que se nos valore aquello que hemos hecho y por el contra si no nos dan esas muestras de gratitud de alguna manera nos sentimos mal o pensamos quizá interiormente que las personas son desagradecidas.
Claro que tenemos que ser agradecidos por aquello que nos hagan al tiempo que hemos de saber valorar siempre lo bueno que hacen los demás, de la misma manera que nuestra autoestima se crece cuando nos valoran; pero también hemos de tener en cuenta que lo bueno que hacemos no ha de ser desde el orgullo de ir ganando méritos o hacer las cosas simplemente por lo que dirán. Cuando hacemos el bien, simplemente el gozo que hemos de sentir es la satisfacción del bien que hacemos y nunca buscando alabanzas o recompensas.
De alguna manera es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio. ‘Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’. Se manifiesta así la actitud de servicio que ha de predominar en nuestra vida y el saber comprender también que esos valores que hay en nosotros, esas cualidades de las que estamos adornados han de servirnos siempre para ese servicio o ese bien que podamos hacer a los demás. No es una simple obligación o un deber aunque en aquellos puestos de responsabilidad que tengamos en nuestra vida hayamos de asumir nuestras obligaciones dándoles siempre un toque de humanidad. Es también un compromiso nacido desde el amor.
Eso entraña que no podemos enterrar nuestros valores ni actuar solo desde el interés del bien que yo pueda obtener. Esos valores son la riqueza de nuestra personalidad pero es una riqueza que hemos de saber compartir con los otros. El talento no se entierra, como nos enseña Jesús en otras parábolas del evangelio, sino que hemos de saber desarrollar lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que son nuestras posibilidades, nuestras cualidades para sacarle, si, el mejor partido. Y siempre en esa actitud de servicio y de generosidad diciendo, como nos enseña el evangelio, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No es una simple cortesía lo que tenemos que hacer. Es el espíritu que ha de guiar nuestra vida, el sentido de servicio que nace del amor que ha de adornar nuestra existencia. Es un compromiso para nosotros con lo que queremos hacer nuestro mundo mejor. Ponemos nuestro granito de arena cuando actuamos desde la gratuidad, desde la generosidad, desde el deseo de hacer el bien. Es algo que hemos de saber ir contagiando a quienes están a nuestro lado de manera que crezca y crezca la espiral del amor que es el que hará que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Es necesario despertar la fe en nuestro corazón para mirar siempre a lo alto pero que siempre nos compromete a ser mejores y hacer mejor nuestro mundo de cada día

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay ocasiones en que nos parece que nos sentimos aturdidos ante la tarea que tenemos por delante, y no me refiero solamente a las ocupaciones o responsabilidades que tenemos que afrontar en la vida, los trabajos de cada día, las obligaciones familiares, todo lo que se refiera a nuestra profesión o los compromisos que vamos adquiriendo hacia o con los demás – cosas importantes, es cierto, y que tenemos que afrontar con responsabilidad -, sino algo más hondo que atañe a lo más profundo de nuestro ser, nuestra personalidad, nuestra espiritualidad, el compromiso de nuestra fe.
Nos sentimos aturdidos, decía, porque nos parece ingente nuestra tarea, el camino de superación y crecimiento que tenemos por delante, que hemos de desarrollar. Y ya decía no son solo nuestras tareas o responsabilidades. Nos sentimos débiles y nos parece que no tenemos fuerza para afrontarlo. ¿Qué podemos hacer? ¿dónde encontraremos las fuerzas para ello?
Jesús en su contacto con sus discípulos iba señalándoles aquellas cosas en las que habían de irse superando, aquello que tenía que evitar, o lo que habrían de vivir con toda intensidad si en verdad querían entrar en el Reino de Dios. Los vemos en ocasiones impresionados e impactados por las palabras de Jesús, les parece imposible. Es lo que hoy escuchamos. Les ha hablado de Jesús del daño del escándalo que tendrían que evitar porque nunca su conducta, sus palabras, lo que hicieran tendría que conducir a los demás y menos a los más débiles a verse en la ocasión, en la tentación del pecado. ‘Tened cuidado’, les dice Jesús.
Y les habla también del perdón que generosamente han de conceder siempre al hermano que te haya ofendido, aunque fuera reiterativo en sus ofensas; ¿cuántas veces hemos de perdonar al que nos haya ofendido?, es la pregunta que también nosotros tantas veces nos hacemos. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás’.
Ya sabemos cuanto nos cuesta. Es entonces cuando surge la petición de los discípulos a Jesús. Les parece que no tienen fe, no tienen fuerza suficiente para seguir ese camino. ‘Auméntanos la fe’, le piden.
¿La fe nos lo va a resolver todo? ¿la fe es la que nos da fuerza? La fe nos hace confiar en Dios; la fe nos da seguridad de que no nos faltará esa fuerza de Dios, esa gracia de Dios; la fe es la que nos ayudará, nos motivará para que nos mantengamos firmes; la fe nos iluminará para ver el camino, para ver lo que tenemos que hacer; la fe nos dará sentido a lo que hacemos; la fe nos hará centrar toda nuestra vida en Dios.
Es la fe que nos ayuda a caminar, la fe que nos hace que nunca nos sintamos solos, la fe que nos hace creer que podemos no por nosotros mismos solamente sino por la fuerza que nos viene de Dios, la fe que nos hace superar problemas, la fe que nos levanta el animo cuando estamos decaídos, la fe que nos hace mirar a lo alto y buscar metas grandes para nuestra vida, la fe que nos compromete en un mundo nuevo y mejor.
No plantaremos moreras en el mar, pero si nos hace posible que transformemos nuestro mundo, como se transformará también nuestro corazón; es la fe que nos hace mejores porque al abrir nuestro corazón a Dios lo estaremos abriendo también a los demás. Es la fe que nos lleva al encuentro, a la aceptación, al respeto, a la comprensión, que es capaz de dar el perdón siempre con toda generosidad; es la fe que nos hace humildes pero que nos descubre la mayor grandeza del amor. Es la fe que nos pone en el camino del amor.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lc. 20, 27-38
Hay momentos en que ya sea por los problemas que tengamos, los agobios que nos ofrezca la vida o porque sencillamente surgen esas preguntas en nuestro interior si somos reflexivos, nos planteamos el por qué de nuestra existencia, el sentido que pueda tener lo que hacemos o lo que sufrimos; es, en cierto modo, preguntarnos a donde vamos y cual es el término o la meta del camino que vamos haciendo.
Cuando surgen los problemas parece que todo se nos vuelve oscuro y nos parece tenebroso el camino que vamos haciendo porque nos parece un sin sentido lo que estamos viviendo; queremos ser felices, es un ansia que todos llevamos dentro, y esos problemas que nos agobian no nos dejan ser felices, y nos parece que si no conseguimos ahora esa dicha y esa felicidad todo lo que hacemos carece de sentido.
Si nos falta una esperanza, una esperanza que nacerá del sentido que le hayamos dado o encontrado a la vida que vivimos, es por lo que quizá en la desesperanza ya no queremos vivir; todo parece un abismo en el que no vemos un final, o más que un final, una finalidad. Es duro vivir sin esperanza, vivir sin trascendencia, vivir pensando que solo es lo que ahora vivimos y que muchas veces se nos hace muy duro y difícil.
Cuesta muchas veces encontrar respuestas porque no siempre nuestras ciencias y saberes nos dan respuesta; desde muchos lados se nos quieren dar respuestas y así están las respuestas que nos han intentado dar los pensadores de todos los tiempos; es la eterna pregunta que siempre tendremos en nuestro interior y cuya respuesta se nos puede volver oscura si no encontramos una luz que nos dé un verdadero y profundo sentido.
Para mí, y lo quiero decir humildemente porque aun así muchas veces nos cuesta comprender y no quiero ser más sabio que nadie, la respuesta la encuentro, la intuyo en la fe que tengo en Jesús. Es lo que humildemente puedo ofrecer. Para mí Jesús es la verdad de Dios, la manifestación hecha carne de la Sabiduría divina, y ¿quién mejor que el que nos ha creado nos puede desvelar en la medida en que seamos capaces de entenderlo todo el misterio de nuestra vida, todo el sentido de nuestra existencia? En Cristo se revela la verdad del hombre al tiempo que se nos revela el misterio de Dios.
‘Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia’, nos dirá en algún lugar del evangelio. Y nos proclamará que El es la vida y quien cree en El tendrá vida para siempre. Es Jesús es el que viene a darnos sentido y plenitud a la vida del hombre porque nos ofrece su vida, nos hace participes de la vida eterna. Jesús nos revela al Dios de la vida y del amor. ¿No querrá entonces vida para siempre para nosotros?

¿Qué es lo que va haciendo a lo largo del evangelio? ¿Qué es lo que nos va ofreciendo? Proclama el año de gracia del Señor porque con El llega la amnistía, el perdón total para darnos vida para siempre. No quiere la muerte para nosotros y nos arranca de toda esclavitud. Nos quiere libres de ataduras para que podamos vivir en su plenitud, que todo eso mejor que ansiamos en lo más hondo del corazón podamos alcanzarlo en plenitud, porque ninguna sombra lo oscurezca ni ningún pecado lo manche.
Desde ese anuncio de vida en plenitud que Jesús nos hace y nos ofrece miraremos nuestra propia vida con otros ojos, con otro sentido. Es cierto que toda esa plenitud que deseamos no la podemos alcanzar ahora y aquí porque nuestra vida se llena de muchas sombras, pero no nos falta la esperanza de que un día podremos vivirlo en plenitud. Nuestra vida terrena, el hoy de nuestra vida se puede ver ensombrecido por los problemas y los agobios de la vida, pero siempre veremos al final ese faro de luz de la vida en plenitud que desde nuestra fe en Jesús se nos revela.
Como decían los jóvenes Macabeos que escuchábamos en la primera lectura de este domingo cuando eran martirizados por su fe, ‘tú, malvado, nos quitarás la vida presente… pero el rey del universo nos resucitará para una vida eterna… Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará’.
Desde esa esperanza de vida eterna ya no nos importan tanto los sufrimientos de la vida presente porque ansiamos y esperamos esa vida en plenitud que Dios nos dará. No andamos ahora haciendo especulaciones o dejándonos llevar por la imaginación para saber o describir cómo será esa vida futura, sino que sabiendo que será vivir en Dios para siempre y siendo Dios amor es alcanzar la plenitud más grande que podamos imaginar. No caben aquellas especulaciones que se hacían los saduceos cuando vinieron con sus preguntas a Jesús porque ellos negaban la resurrección. Solo es cuestión de fiarnos de Dios.
Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en el credo. Es lo que nos da esperanza y nos hace trascender nuestra vida. Desde esa esperanza encontramos ese apoyo, esa fuerza y ese sentido para nuestro caminar aunque muchas veces ese camino se nos pueda llenar de oscuridades y tinieblas. Miramos hacia Jesús y en El encontramos la luz. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Filipenses 4,10-19; Sal 111; Lucas 16,9-15
Una cosa es la utilización de las cosas materiales que tenemos a nuestro alcance en lo que es el desarrollo de nuestra vida de cada día y otra cosa es que esas cosas nos dominen y nos convirtamos en esclavos de ellas. Es una tentación y un peligro. Parece que no supiéramos vivir ni hacer nada sin esos medios y poco a poco se nos va creando una dependencia que termina esclavizándonos.
Normalmente cuando hablamos de esto parece que nos refiriéramos únicamente al dinero o la riqueza con la tentación de la codicia y volvernos avariciosos de tener y de poseer cosas, de las que al final ni le sacamos utilidad para nuestra vida. Pero el campo de esas dependencias que nos creamos es amplio y se traduce en muchas cosas que tenemos o que queremos tener, que usamos y sin las cuales no nos podemos pasar.
Es cierto que la vida nos va ofreciendo cada día más medios que de alguna manera nos facilitan muchas cosas, una vida más cómoda, una mejor forma de relacionarnos con los demás, unos medios que nos facilitan el estar en contacto con los seres queridos. Pensemos en todos los medios electrónicos de los que disponemos para comunicarnos, para mantener una relación más fácil y fluida incluso con los que están lejos de nosotros. Ya sabemos todos muchos de las redes sociales.
Pero todo eso tendría que ser medio para facilitarnos el encuentro, la cercanía, la comunicación, el conocimiento de otras realidades y de otras personas. Eso está bien y es bueno que tengamos esos medios. Pero cuidado que se conviertan en refugios que quizá nos aíslen de los que están más cercanos a nosotros; cuidado que nos atemos a esos medios o a esas cosas y desatendamos lo que tenemos más cerca o lo que son nuestras obligaciones; cuidado se nos conviertan en una dependencia tal que nos ponemos inquietos en el momento en que nos falten o no los podamos usar porque nos pueda parecer que ya no somos nada sin ellos; cuidado los convirtamos en dioses de nuestras vidas.
Todos conocemos casos de quienes desatienden sus obligaciones y su trabajo por estar todo el día dependiendo del whatsApp; muchas imágenes vemos de personas que están juntas, porque están unas al lado de otras pero están muy distantes entre si porque cada uno solo está pendiente de su whatsApp; nos sucede que estamos en una conversación de amigos y de repente todo se detiene porque sonó el tic de un móvil y ya aquella persona se aisló y se desentendió de los que estaban a su lado. Así se podrían seguir poniendo muchos ejemplos.
Son las dependencias que nos vamos creando en la vida; son los nuevos ídolos de nuestra existencia; son esas nuevas esclavitudes que nos van apareciendo y que de alguna manera nos van subyugando.
Esta reflexión que me estoy haciendo sobre esas cosas concretas que nos pueden pasar cada día, me la hago partiendo de lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio, de cómo hemos de saber sacar provecho positivo de las riquezas o de los bienes materiales que tenemos en la vida, pero que nunca pueden convertirse en nuestros dioses.
Que nada de todos esos medios que la vida de hoy nos ofrece nos alejen de Dios, sino que todo lo contrario con esas cosas podamos también cantar y proclamar la gloria del Señor. Que nada de esas cosas nos hagan olvidar nuestras responsabilidades, ni nos aparten de aquellos que tenemos a nuestro lado, aunque también nos valgan para contactar y comunicarnos con otras personas más lejanas creando nuevos vínculos de amistad y de fraternidad.