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domingo, 26 de noviembre de 2023

Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, se preocupa de la humanidad, me hace sentir el amor de Dios, el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad

 


Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, se preocupa de la humanidad, me hace sentir el amor de Dios, el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Es una imagen en cierto modo perdida para la gente de hoy porque ya casi ni en imaginación somos capaces de ver un rebaño con sus pastores que cruce nuestros caminos, atraviese nuestros campos o recorra nuestras montañas. Tengo mis años y recuerdo en mis años jóvenes encontrarme en algunos de los pueblos y parroquias por donde estuve esos rebaños que incluso en ocasiones se me atravesaban en los caminos o carreteras en su trashumancia desde las zonas de costa hasta las montañas según la época del año.

Sería ahí donde comprenderíamos la tarea del pastor y su preocupación porque no se pierdan en esas laderas y barrancos algunos de sus animales, el llevarlos allí donde mejores pastos se puedan encontrar, el cuidar y atender a las heridas o a las madres con sus corderitos, el reunirlos en el redil al caer la tarde para evitar los peligros de la noche.

Es la imagen preciosa que se nos propone hoy, primero desde el anuncio del profeta, pero que vemos reflejada en la actitud, en los gestos y en las palabras de Jesús. Pero es la imagen que tenemos que contrastar con nuestros caminos, los caminos de la Iglesia, pero también los caminos de nuestra humanidad también herida y rota pero siempre anhelante en búsqueda de un mundo mejor. ¿Quién nos conducirá por esos nuevos caminos? ¿Quién nos abrirá la mente y los corazones para que descubramos esa luz que nos ilumine o esos pastos de vida que nos alimente para poder alcanzar ese algo nuevo que todos anhelamos?

Cuando hemos estado hablando de esa imagen del rebaño hemos hecho mención a la figura del pastor que conduce a ese rebaño. Necesita nuestra humanidad unos nuevos líderes que nos sepan conducir por caminos de vida y no de muerte. Solos y haciendo nuestro propio camino de una forma individual seguramente difícil nos será alcanzar eso que anhelamos. Surge la inquietud en la humanidad por esos derroteros por donde estamos llevando la vida y muchas veces nos encontramos como desorientados entre tantas cosas distintas que escuchamos, o entre esos diversos caminos que se quieren abrir ante nosotros.

Ahí está, es cierto, nuestra tarea. Ahí está, y grande es la responsabilidad, que tenemos los cristianos, los que creemos en Jesús en poder ofrecer a ese mundo que nos rodea esos nuevos caminos que nos lleven a plenitud y felicidad para todos. No podemos desentendernos. No podemos encerrarnos en el reducto del resto de los que quedamos que podemos tener el peligro de refugiarnos detrás de algunas cosas que pueden ser también buenas, pero no somos capaces de salir a ese mundo llevando nuestra luz, llevando el mensaje del evangelio que sea en verdad luz para nuestro mundo.

No es tarea fácil y nos llenamos de miedos. Pero es una palabra que no podemos callar para que vayamos desterrando tantas sombras y tantos signos de muerte en los que se ha ido envolviendo nuestro mundo, y para que abramos ese camino nuevo de hacer una nueva y mejor humanidad.

Cuando en este último domingo del ciclo litúrgico estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey del Universo ese tiene que ser nuestro compromiso. No vamos a transformar nuestro mundo porque impongamos unas nuevas leyes, que algunos llaman de progreso, pero que de verdad no crean esa nueva humanidad. Nosotros tenemos unos valores que parten del evangelio de Jesús que serán los que verdaderamente realizaran esa transformación del mundo. Es lo que tenemos que contagiar, es de lo que tenemos que impregnar a la humanidad. Es también la manera de decir y de proclamar que Cristo es el verdadero sentido de la vida, el verdadero señor de nuestra historia, en quien podremos alcanzar la mayor plenitud.

Ahí lo tenemos bien reflejado en el texto del Evangelio que en este domingo se nos propone. Dejémonos envolver por el amor y contagiemos de amor. Con ese amor con el que nos acercamos a los demás haciéndonos uno con los que sufren o con los que tienen hambre. Con ese amor que nos hará tener una mirada nueva y limpia y que quitará toda malicia de nuestro corazón para mirar al otro siempre como un hermano al que tenemos que amar. Con ese amor que nos hará buscar siempre el bien, para que todos nos sintamos hermanos que nos entendemos y vivimos en concordia, con quienes compartimos lo mejor que tenemos de nosotros mismos, y nos hará que siempre tengamos un compasivo y misericordioso. Con ese amor que nos llena de esperanza pero también pone paciencia en nuestras actitudes ante las incomprensiones o los desprecios que de los otros podamos sufrir, porque siempre estará el perdón presente en nuestros labios y en nuestro corazón.

Y todo eso lo hacemos, no por nosotros mismos, con nuestras fuerzas o con nuestras habilidades. Tenemos una razón poderosa y es que siempre veremos en el otro el rostro de Jesús, y sabemos que amando al otro estaremos amando a quien por nosotros se dio para que tuviéramos nueva vida. 

Pero sabemos que no somos nosotros los que vamos a transformar el mundo, es la tarea del Espíritu de Jesús que en nosotros está y con quien contamos. Es el Buen Pastor que conduce a su rebaño, que guía a su Iglesia, que se preocupa de la humanidad, el que me hace sentir el amor de Dios en mi vida. 

El es el Señor y Rey de mi corazón y de toda la humanidad. Es lo que hoy celebramos.


domingo, 20 de noviembre de 2022

Cuando hoy contemplamos la muerte de Jesús en la Cruz para nosotros siempre tiene un sentido porque contemplamos el amor, la vida, la salvación, el verdadero Reino de Dios

 


Cuando hoy contemplamos la muerte de Jesús en la Cruz para nosotros siempre tiene un sentido porque contemplamos el amor, la vida, la salvación, el verdadero Reino de Dios

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43

Parece un relato lleno de contradicciones el que escuchamos hoy en el evangelio, como en cierto modo lo puede ser esta fiesta que hoy celebramos para el mundo en el que hoy vivimos. Como sabemos estamos celebrando a Jesucristo, Rey del Universo, como lo proclama la liturgia, fiesta de Cristo Rey como habitualmente decimos en este último domingo del ciclo litúrgico.

Esto último que decimos porque quizás no sea totalmente comprensible el título de rey para las gentes del mundo de hoy y para muchos sea incluso cuestionable por resabios políticos que pudiera tener cuando no se interprete bien. Pero contradictorio el mismo relato del evangelio porque se está hablando de un rey y lo que contemplamos es a un hombre muriendo en una cruz, aunque lo consideráramos incluso un profeta.

Rey lo proclama el título colocado a la cabecera de la cruz que da el motivo de la condena, aunque en la consideración de quien dictó la sentencia estuvieran sus miedos de ser acusado ante el emperador por dejadez en la defensa de la soberanía de Roma que lo convertiría de alguna manera en una muerte política, aunque por medio estaba la pregunta que le había hecho Pilatos de si era rey, y donde se había proclamado rey de la verdad, lo que aun había cuestionado más al gobernador.

Pero proclamado rey de Israel los propios judíos lo ponen en cuestión porque niegan que sea el Mesías que no puede incluso ni salvarse a sí mismo. ‘Que se salve a sí mismo si él es el Mesías de Dios’, le gritaban. ‘Si eres el Mesías de Dios, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros’, lo insultaba uno de los malhechores.

Sin embargo ante la petición del otro de los malhechores, ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’, Jesús respondía proclamando en verdad cuál era la salvación que venía a ofrecernos y por la que ahora entregándose a la muerte proclamaba en verdad que era rey. ‘En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso’. Quien le reconociera de verdad como el Señor reconociendo lo que era en sí mismo el Reino de Dios que tanto había anunciado, aunque ahora estuviera padeciendo el suplicio de la cruz, podría participar plenamente de su Reino.

Y a esto es en verdad a lo que nos está invitando esta fiesta de Cristo Rey que hoy celebramos, a reconocerlo como el único Señor de nuestra vida, cualesquiera que fuera la circunstancia que estuviéramos viviendo. Nos cuesta cuando nos vemos envueltos en los oscuros túneles de la vida, con nuestras luchas y con nuestros sufrimientos descubrir la luz que verdaderamente nos ilumina. No era fácil para aquel malhechor que estaba crucificado en una cruz como la de Jesús descubrir ese rayo de luz al final del oscuro túnel de sufrimiento y muerte que estaba padeciendo, pero la descubrió y a ella se agarró, podríamos decir, y encontró el camino de la salvación. ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’.

Nos es difícil muchas veces en la vida descubrir y llegar a vivir el mensaje del evangelio. muchas voces contradictorias cantan en torno nuestro aturdiendo nuestros oídos, porque muchos son los reclamos de la vida, muchos son los cantos de sirena que nos ofrecen distintos caminos para encontrar la felicidad, muchas serán las cosas que nos atraen alrededor del camino que queremos emprender para distraernos y alejarnos de la meta que queremos alcanzar, muchas cosas se nos presentan fáciles si nos dejamos arrastrar por las más diversas pasiones sin darnos cuenta que si caemos en sus redes y dependencias estaremos entrando en sendas de esclavitud.

Pero hemos de tener claro el camino, hemos de tener muy presente el evangelio de Jesús, aunque tengamos que pasar por la pascua porque a muchas cosas tengamos que morir, pero buscamos la vida, buscamos la resurrección, buscamos la salvación que solo en Cristo podemos encontrar. 

Cuando hoy contemplamos esta escena de la Cruz para nosotros no resultará nunca una contradicción, para nosotros siempre tiene un sentido porque estamos contemplando el amor, estamos contemplando la vida, estamos encontrando la verdadera salvación. Es el amor que nos abre caminos poniéndonos en caminos de nuevo amor, es el amor que nos llena de vida y de vida en plenitud, es el amor que nos regala la salvación para gozar para siempre de su Reino.

Es cierto que vamos machacados por el camino con muchas heridas y cicatrices de los tropiezos que hayamos tenido en su recorrido porque no siempre supimos ser fieles, porque muchas veces nos dejamos encantar por esos cantos de sirena como antes decíamos, pero tenemos la seguridad de que a quien contemplamos en la cruz es el único Señor de nuestra vida y como aquel malhechor, porque todos nos sentimos malhechores y pecadores, acudimos, ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Es proclamar que Jesús en verdad es el único Señor y Rey de nuestra vida.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?


Algo hizo Jesús para que le proclamemos rey contemplándolo colgado de una cruz, ¿no tendríamos que hacer nosotros lo mismo cuando ponemos nuestra fe en El?

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
Algo habrá hecho para que termine así, habremos dicho, pensado o escuchado en más de una ocasión cuando alguien que parecía que iba de triunfador en la vida o al menos así era tenido por muchos vemos que de pronto todas las cosas le van mal y se ve abocado al fracaso más estrepitoso. Lo decimos o pensamos cuando vemos el fracaso de muchos en la vida y, al margen ahora de nuestros sentimientos tradicionales de fe, podríamos decir, o alguno podría incluso con sarcasmo decir en referencia a Jesús y su muerte en la cruz. Un fracaso, cinco días antes las multitudes todavía le aclamaban a su llegada a la ciudad de Jerusalén, y ahora pocos días después un multitud frente al pretorio pide su muerte y además una muerte ignominiosa como es la muerte de cruz.
Pero más INRI, como se suele decir, vamos nosotros y queremos en este domingo proclamar a Jesús como Rey del Universo con este texto del evangelio que nos habla de su muerte en la cruz. Parecen todo contradicciones; los ajenos a nuestra fe cristiana y tantos que luchan contra todo tipo de religión parece que se frotarían gozosos las manos y nos hablarían de absurdos y de contradicciones. ¿Qué clase de rey es proclamado como tal precisamente cuando es ejecutado a muerte? ¿Qué clase de maestro es y qué magisterio nos puede enseñar aquel que por causa de todo lo que enseña es apresado y condenado a muerte? Podríamos decir que son los gozos de los enemigos.
Pero es además que nosotros los cristianos pecamos muchas veces de triunfalistas y queremos copiar la manera de los triunfos del mundo para aplicárselos a Jesús proclamándolo rey y coronándolo con coronas doradas y poniendo sobre sus hombros mantos de terciopelo y armiño, a la manera de los lujos y los oropeles de este mundo. Hemos olvidado quizá las mismas palabras de Jesús que nos decía por una parte que su reino no es de este mundo y que la manera de presentar nuestras grandezas no ha de ser nunca a la manera de los reyes y de los poderosos de este mundo. Conocemos bien las palabras de Jesús pero poco caso le hacemos. Fijémonos como incluso nosotros queremos revestirnos de esas vestiduras de vanidad y de gloria en las que tan distantes nos situamos de lo que fue el camino de Jesús.
Anunciaba es cierto el Reino de Dios pero  nunca las características que nos dio era el de un reino a la manera de los reinos de este mundo; no era desde la ostentación y la búsqueda de grandezas humanas como habíamos de vivir ese reino sino en la búsqueda de la verdadera paz sembrando el auténtico amor en los corazones para vivir en la justicia verdadera que nada la pudiera empañar.
Por eso cuando querían hacerlo rey huía de aquellas manifestaciones y muchas veces las obras maravillosas que hacia no quería que se divulgaran para que no entrara ninguna confusión en el corazón de los que le seguían. Bien conocemos su insistencia a sus discípulos más cercanos para que aprendieran a hacerse los últimos y los servidores de todos y cuando le pedían lugares de honor lo que ofrecía era un bautismo igual que por el que El había de pasar. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Solo permitió que lo aclamaran con cánticos de sabor mesiánico cuando entró en la ciudad santa sabiendo que ya era la recta final hacia la pascua.  Lo más que permitió fue el ir sentado en un borrico como había anunciado el profeta y las aclamaciones inocentes de los niños que proféticamente, como saben hacerlo los inocentes anunciaban la llegada del que venia en nombre del Señor para ser en verdad nuestra salvación.
Algo habrá hecho para terminar así, retomamos las palabras con que iniciamos esta reflexión y no las vamos a dejar caer en saco vacío. Algo había hecho Jesús, es cierto, estar al lado de los pobres y de los que sufren, mezclarse con los pecadores y los que eran considerados la clase más baja de este mundo, prostitutas y publicanos, vivir la cercanía de la gentes para sintonizar la humillación que vivían y enseñarnos así a caminar por esos mismos caminos de humildad, pero para que aprendiéramos nosotros a entrar en una nueva sintonía de amor cuando fuéramos capaces de sintonizar con su corazón, pasar por el mundo haciendo el bien repartiendo amor y misericordia y queriendo poner paz en todos los corazones.
No nos extrañe verlo ahora crucificado entre dos malhechores – entre los últimos de este mundo había preferido vivir - y ser comparado con ellos para recibir las mofas de todos que le contemplan como un perdedor, que ni ahora puede salvarse a si mismo porque no baja de la cruz y parece que entonces poca puede ser la salvación que nos pueda ofrecer.
Pero allí estaba El dando su vida, derramando su sangre  por nosotros y por todos, entregándose en la entrega más sublime del amor que es llegar a ser capaz de dar la vida por los que ama.
Lo que ahora contemplamos es el fruto de lo que hasta entonces había vivido. Alguien, colgado de un mismo madero como El, ha sido capaz de sintonizar con ese amor, ha sido capaz de darse cuenta de que un justo está sufriendo los mismos dolores y el mismo tormento que ellos que han sido malhechores; será el que grite desde lo más hondo de su miseria pero desde donde ha sido capaz de sintonizar con el amor, ‘Jesus, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’.
Ya el nombre con que lo invoca lo dice todo, ‘Jesus’, Dios me salva. Era reconocer en verdad que Jesús es el salvador y esa misma tarde va a recibir esa salvación ‘hoy estarás conmigo en el paraíso’, fue la respuesta de Jesús. Claro que es el Rey y el Salvador, claro que es el Señor y es el Mesías como lo podremos proclamar con toda razón desde la resurrección. ‘A ese Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías’, proclamaría solemnemente Pedro lleno del Espíritu de Jesús en el día de Pentecostés.
Claro que nosotros celebramos que Jesús es Rey, el Rey del Universo como lo proclamamos en esta fiesta de hoy. Pero es que nosotros hemos entendido cual es la manera de su Reino, la manera de ser Rey. Cuidado, pero eso tenemos que vivirlo, eso tenemos que manifestarlo, y por eso tenemos que comenzar a desterrar tanto oropel y tanta vanidad de los que tantas veces nos revestimos incluso en la Iglesia. Serán otros los mantos que tendrán que vestir tantos cuerpos desnudos, serán otras las vestiduras del hombre nuevo del amor de las que tenemos que revestirnos.
No digamos más sino realicémonos en nuestra vida. Tenemos que hacer las mismas cosas que Jesús y que le llevaron a terminar así.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Celebrar que Jesús es el Rey y Señor nos tiene que hacer pensar de cuantas cosas hemos de despojarnos para que seamos en verdad signos de ese Reino de Dios


Celebrar que Jesús es el Rey y Señor nos tiene que hacer pensar de cuantas cosas hemos de despojarnos para que seamos en verdad signos de ese Reino de Dios

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33-37

‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ es la pregunta del gobernador a quien traían acusándolo de proclamarse el rey de los judíos. Pero quizá Pilatos estaría preguntándose en su interior qué fundamento tenía aquella acusación porque no había oído hablar él con todos los medios de información que tenia de revueltas ni revoluciones, de luchas ni de ejércitos derrotados porque sus legiones en nada de eso habían participado desde que de alguna manera habían sentado sus dominios sobre aquella tierra. Sabía, es cierto, que aquella tierra era levantisca, que grupúsculos de celotes hacían sus escaramuzas y soliviantaban a la gente, pero de éste que ahora presentaban nada sabía.
Las respuestas de Jesús nada le ayudaban. ‘¿Lo dices por ti mismo o porque otros te lo han dicho de mi?’, había sido la respuesta. ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho?’, sería la réplica de Pilatos. Seguía sin entender. Y ahora Jesús le habla de reinos de otros mundos, de reinos que no necesitan ni de guardias ni de ejércitos, y le habla de la verdad. Dados eran los romanos también a las filosofías por eso cuando Jesús le habla de que es Rey porque para eso ha venido al mundo, para ser testigo de la verdad, no quiere meterse en esos berenjenales, y aunque hace la pregunta no espera por la respuesta, ‘¿y qué es la verdad?’.
A quien medianamente fuera capaz de seguir lógicas humanas le resulta incomprensible que acusen a Jesús de querer hacerse rey, y rey a la manera de los poderes de este mundo. Mucho les había repetido Jesús a los discípulos que le seguían de cerca, que ni se preocuparan de primeros puestos ni de poderes, aunque en el corazón de ellos tuvieran esa ambición, y que entre ellos seria grande de verdad el que fuera capaz de hacerse el último y el servidor de todos. ‘No podéis hacer como hacen los poderosos de este mundo’, viene a decirles Jesús.
Por otra parte si en alguna ocasión las gentes se habían entusiasmado con Jesús y habían querido hacerlo rey, como allá en el descampado cuando lo de los panes, él se había ido solo a la montaña apartándose de aquella multitud enardecida y a los discípulos más cercanos los habían enviado de vuelta a Cafarnaún metiéndolos en una barca. Por otra parte si hace pocos días habían cantado hosannas y aleluyas en su honor en la bajada del monte de los Olivos y entrada en la ciudad, humilde se había presentado simplemente montado en un borrico, que no es animal que precisamente nos hable de poder, sino más bien de trabajo y de servicio.
Hemos de tener en cuenta todas estas cosas para entender lo incomprensible de este episodio ante Pilatos y podríamos recorrer más páginas del evangelio recordando el sentido que El le daba al Reino de Dios anunciado y que nos lo reflejaba en las diferentes imágenes de las parábolas, o recordando como nos deja como distintito el amor, un amor universal también a los que nos consideren enemigos y donde el perdón tenia que ser siempre un presupuesto principal.
El Reino de Dios, porque es a quien tenemos que proclamar en verdad como Señor y centro de nuestra vida, va por otros derroteros que no se apoyan en el poder, la superioridad, las grandezas humanas ni las vanidades que nos llenen de oropeles. Aunque tenemos que reconocer que sigue siendo una tentación para los que seguimos a Jesús en todos los tiempos y también podemos tenerla en nuestro tiempo de querer hacer del grupo de los queremos seguir a Jesús, un manifestación de poder y de grandezas humanas, que ya nos hemos rodeado de demasiados brillos de joyas y grandezas queriendo equipararnos incluso con los poderosos de este mundo. Y Jesús bien nos previno para que no cayéramos en esa tentación.
El reino de Dios ha de pasar por caminos de sencillez y de humildad como el de Belén, de generosidad y de servicio como el de la ultima cena donde veremos a Jesús postrado a los pies de los discípulos para lavárselos, caminos que no son ajenos a la entrega hasta el limite sin limites de dar la vida aunque vayan aparejado con el dolor y el sufrimiento como es el camino del calvario y de la cruz. Su reino es verdad no es a la manera de los reinos de este mundo.
Tiene la Iglesia que terminarlo de entender de una vez por todas. Cuando digo la Iglesia enseguida pensamos en la Iglesia institución, que también, sino en la Iglesia que somos todos los que seguimos a Jesús. Porque no lo entendemos seguimos nosotros como aquellos primeros discípulos dándonos codazos los unos a los otros, porque no nos aceptamos, porque no valoramos lo que los otros puedan hacer, porque siguen existiendo ambiciones y sueños en nuestro corazón que están bien lejos de los caminos del Evangelio.
Por ahí van nuestras divisiones, por ahí va nuestra incapacidad para perdonar, por ahí van las discriminaciones que seguimos haciéndonos los unos a los otros, por ahí va que sigamos nosotros mirando de reojo, no comprendiendo lo que los otros de bueno pueden hacer, con nuestras suspicacias y desconfianzas, con nuestras carreras para ver quien está más alto o viste mejores ropajes.
De cuantas cosas tenemos que despojarnos cuando queremos celebrar de verdad esta fiesta de Cristo Rey. Es que tienen que rechinar muchas cosas, cuando vemos a Jesús ante Pilatos despojado de todo y diciéndonos que El es Rey, mientras nosotros seguimos con nuestros orgullos y vanidades de todo tipo. Es incomprensible que celebremos así la festividad de Jesús Rey del Universo.
¿No tendríamos que pararnos a pensar un poquito en todas estas cosas? A alguno, o a muchos, le arderá y le dolerá la conciencia y queremos quitarnos esas ideas de encima, como Pedro que quería quitarle a Jesús de la cabeza la idea de que tenía que ir a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles que le darían muerte. Nosotros tenemos que escuchar bien las palabras de Jesús y aunque nos cueste este camino mirar que detrás de la cruz siempre estará la resurrección y la vida.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Ez. 34, 11-12. 15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
Llegamos a la finalización del año litúrgico. De entrada decir, porque alguien podría decir que nos queda más de un mes para que finalice el año, que el ritmo de la liturgia no sigue exactamente el ritmo del año natural. El ritmo de la liturgia de las celebraciones de los cristianos gira en torno a Cristo, como lo es toda la vida del cristiano.
En cada ciclo anual celebramos los grandes misterios de nuestra redención teniendo como centro del todo la celebración de la Pascua, la celebración de la muerte y la resurrección del Señor. En torno a ello giran todas las conmemoraciones que hacemos del misterio de Cristo en lo que por una parte tenemos siempre unos tiempos que nos preparan y otros tiempos que nos prolongan la celebración del gran misterio de Cristo.
Comenzaremos un nuevo ciclo preparándonos para la celebración del nacimiento de Cristo en las semanas del Adviento que ya iniciaremos el próximo domingo, por eso ahora concluyen el ritmo anual de todas las celebraciones. Y en este último domingo, casi como un compendio de todo lo que hemos venido celebrando proclamamos a Jesucristo Señor y Rey del Universo.
Y su reino no tendrá fin, le había dicho el ángel de la Anunciación a María en Nazaret. Y Jesús había comenzado su tarea pública la llegada del Reino de Dios que estaba cerca y eso nos exigía el creer y convertirnos en esa Buena Nueva. Sí, era una buena nueva, una buena noticia lo que Jesús proclamaba, la llegada del Reino de Dios.
Había que creer en la Palabra que Jesús era y pronunciaba para nosotros y nos exigía una transformación del corazón; un darle la vuelta total al corazón – no eran simplemente arreglitos o remiendos lo que habríamos de hacer - para hacer que en verdad en el Reino de Dios se centrara nuestra vida. Fue el anuncio continúo que siguió realizando en toda su vida; las parábolas, los signos que realizaba, toda la profundidad de su mensaje eran un irnos señalando las características de ese Reino de Dios.
Su entrega hasta la muerte fue la expresión más sublime de lo que habría de significar en nuestra vida el Reino de Dios. No era ya solo el Rey de los judíos, como puso Pilatos en el letrero de la sentencia, sino que se convertía así en el Rey de toda la creación. Se había rebajado como uno de tantos, como un esclavo porque su vida toda era un servicio – no había venido a ser servido sino a servir, le diría a los discípulos – hasta someterse a la muerte mas ignominiosa, la muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó y su nombre está por encima de todo nombre en el cielo, en la tierra, en el abismo, como cantarían las primeras comunidades cristianas y san Pablo  nos recoge en sus cartas, y toda lengua proclamará por siempre que Jesús es el Señor. A El la gloria y el imperio, como proclamaremos en la liturgia.
Ese es su trono y la corona de su gloria, el amor y el servicio, la entrega hasta la muerte y el amor y la gracia que derramará ya para siempre sobre todos. Lo proclamamos el Señor; Dios lo constituyó Señor y Mesías, como nos diría san Pedro. Y ahora nosotros hemos de reconocerlo actuando y viviendo en el mismo sentido. Solo podremos proclamar que El es el Señor si nosotros amamos con su mismo amor, y nos hacemos servidores de los demás porque es ahí donde está nuestra grandeza.
Será entonces cómo lo reconoceremos como el Señor, en la fracción del pan y en el amor. La fracción del pan que nos lo hará Eucaristía, ofrenda de amor para siempre; la fracción del pan que realizaremos con nuestra vida cuando nos hacemos pan, cuando nos fraccionamos para los demás, cuando nos hacemos los últimos y los servidores, cuando abramos los ojos de verdad para verle a El en el hambriento y en el pobre, en el que está solo y en el que está sometido a toda clase de sufrimientos, cuando trabajemos por la armonía y la fraternidad para crear la verdadera paz entre los hombres, cuando arranquemos de nuestro corazón toda malicia para mirar con ojos nuevos a todo aquel con quien nos crucemos en el camino, cuando seamos capaces de bajarnos de nuestras cabalgaduras de soberbia y de orgullo para ponernos humildes a los pies del hermano para curar sus heridas, cuando no nos importe sufrir la incomprensión de los demás porque nos hacemos los últimos porque hemos descubierto quizás lo que otros no han descubierto que nuestra verdadera grandeza está en hacernos los últimos y servidores de todos.
Es entonces cuando estamos proclamando que en verdad Jesús es nuestro Rey y nuestro Señor, porque queremos vivir en su Reino, porque queremos vivir esas actitudes y valores nuevos que nos ha enseñado en el evangelio, cuando hemos sabido despojarnos de tantos mantos que disfrazan la realidad de nuestro corazón para saber ser humildes y estar siempre a la altura del otro.
Venid, vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, escucharemos que nos dirá Jesús porque le hemos sabido descubrir de verdad y caminar siempre a su lado cuando hemos caminado al lado del hermano sea quien sea, pero que para nosotros será siempre un hermano.
Así proclamamos hoy que Jesús es Rey del Universo, es nuestro Señor por su Sangre derramada y por su Cuerpo entregado. Es nuestro Salvador, es el Camino y es la Vida, es la Verdad de nuestra vida y el sentido del hombre y del mundo. Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor, porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

Al celebrar a Cristo Rey nos ponemos en el camino del Reino, camino que ha de pasar por el amor, la entrega más profunda al servicio de los demás, el compromiso por un mundo mejor

2Samuel 5,1-3; Sal 121; Colosenses 1,12-20; Lucas 23,35-43
‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Es el grito, la súplica de quien estaba sufriendo el mismo suplicio. Hasta ahora Jesús había guardado silencio ante las imprecaciones, los gritos, las burlas que tantos a su alrededor estaban haciéndole. Le había dicho que si era el Mesías, que si era el elegido de Dios, que si era el rey de los judíos, pero Jesús guardaba silencio.
Aquellas expresiones no eran el grito de la fe; era el grito del orgullo de los que se creían vencedores; era el grito del sarcasmo y de la desconfianza; era quizá el grito de quien se sentía desesperanzado y por si acaso hubiera algo de verdad en lo que aquellos otros decían, estando en el mismo suplicio aunque fuera por propia culpa iba a ver si podía conseguir algo. Por eso Jesús guardaba silencio.
Pero ¿cual sería el sentido del grito del que ya desde entonces llamamos el buen ladrón que sin embargo parecía estar cargado de esperanza? ¿Esperaba quizá que aun en aquellas circunstancias se fuera a restaurar el futuro reino de Israel? ¿Eran nuevas aquellas palabras que hablaban del Rey de los judíos como estaba escrito en el título de la condena clavado a la cabecera de la cruz, o acaso alguna vez estuvo entre aquellas multitudes que le habían escuchado anunciar un reino, el Reino de Dios?
Para empezar en él había humildad porque ya reconocía que si estaba en aquel suplicio era por algo que había hecho mal y era merecedor de aquel castigo. Pero desde la humildad y desde el sufrimiento parecía ser una plegaria sincera, aunque pudiera parecer inconcebible que se pudiera llamar Rey a quien estaba en el suplicio de una cruz. Pero hay cosas que se sintonizan con el corazón y al parecer aquel hombre había sintonizado. Es por lo que había replicado a su compañero de suplicio ‘¿ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada’.
Algo vislumbraba de verdad sobre ese Reinado de Dios en aquel que estaba colgado del mismo patíbulo. Es cierto que para los poderes de este mundo, como sucedía a aquellos sumos sacerdotes, escribas y fariseos que vociferaban alrededor de la cruz, no se entiende un reino a la manera como allí se estaba manifestando. Pero ya Jesús había expresado muchas veces a lo largo del evangelio donde estaba la verdadera grandeza y dignidad y cuales eran las características de ese Reino de Dios que ahora se instauraba. Era, sí, el momento en que se proclamaba y constituía ese Reino de Dios. Aunque pudiera parecer contradictorio era aquel momento el de la victoria del Reino, porque aquella sangre derramaba nos rescataba del poder del maligno, aquella sangre derramada era verdadera purificación del hombre pecador que alcanzaba el perdón y la redención, aquella sangre derramada era el signo del amor más verdadero, de la entrega más absoluta hasta el final, hasta dar la vida como hacían los que de verdad amaban que daban su vida por el amado.
Y aquel ladrón arrepentido aunque estuviera muriendo en el cadalso de la cruz estaba participando de esa victoria. ‘Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso’. El también estaba haciendo un acto de amor cuando con fe había acudido a Jesús para beneficiarse de la sangre redentora. Si más tarde incluso el centurión llegaría a decir que quien moría en la cruz era un inocente, el ladrón arrepentido estaba proclamando en verdad que Jesús es Rey, que Jesús es el Señor. Después de la resurrección así lo llamarán para siempre los discípulos, lo proclamaría Pedro ‘a Éste que habéis crucificado Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Es lo que hoy estamos celebrando. Al concluir el año litúrgico, porque ya el próximo domingo iniciaremos otro ciclo con la celebración del Adviento que da principio a todas las celebraciones del misterio de Cristo a través del año, hoy como una hermosa conclusión proclamamos con la liturgia a Jesucristo Rey del Universo. Es una celebración que viene como a resumir todo el misterio de Cristo que a través de todo el año hemos celebrado.
Queremos nosotros proclamar y celebrar hoy con toda solemnidad que Jesús es Rey, es el único Señor de nuestra vida. Queremos proclamar no solo con esta celebración sino con toda nuestra vida que es verdaderamente el centro de nuestra existencia, en quien encontramos la salvación, en quien encontramos la luz y el sentido de nuestra vida, en quien nos sentimos impulsados a hacer de nuestro mundo en verdad ese Reino de Dios.
 No es una celebración que podamos hacer solamente desde lo externo, sino que tiene que ser algo que en verdad surja desde lo más hondo de nuestra vida. Ya conocemos los caminos que nos señala Jesús a lo largo del evangelio, caminos que necesariamente han de pasar por el amor, por nuestra entrega más profunda al servicio de los demás, por ese compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, por ir construyendo una sociedad desde los valores del evangelio donde todos seamos considerados y valorados, donde nadie tenga que sufrir por sus carencias o por la insolidaridad de los hermanos.
Celebramos a Cristo Rey y en verdad queremos ponernos en el camino del Reino, un reino de amor y de entrega, un reino de humildad y de justicia, un reino de paz y de concordia, un reino de verdad y de sinceridad. Es lo que desde nuestra fe queremos vivir.

domingo, 4 de enero de 2015

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

‘Bendito sea Dios… que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones… nos eligió… nos predestinó… a que fuésemos santos… a que fuésemos sus hijos adoptivos… nos colmó de la gracia en el Amado…
Sí, tenemos que bendecir al Señor. Nos ha regalado tanto. Es tanto el amor que nos tiene. Estos días lo estamos viviendo con toda intensidad. Estos días estamos sintiendo la ternura de Dios que así nos ama. Elegidos y amados de Dios, escogidos de manera especial desde toda la eternidad para que fuésemos sus hijos. Y nos regala su gracia.  Y nos quiere santos, pero está con nosotros en su infinita misericordia derramando efusivamente su gracia para que podamos vivir en esa santidad.
Tenemos que bendecir al Señor sin cansarnos. Cómo en su amor se nos revela y nos hace partícipes de su sabiduría eterna. Porque nos da su Espíritu podemos conocerle. Porque nos da su Espíritu podemos gozarnos en su amor. Porque nos da su Espíritu podemos participar de su gloria. Es nuestra luz, nuestra vida, nuestra gloria; lo es todo para nosotros. Así tenemos que acogerle, recibirle, dejar que plante su tienda en nosotros, porque en nosotros quiere habitar.  A los que le reciben les hace hijos de Dios, como hemos escuchado en el Evangelio; a los que le acogen les revela el misterio de Dios, porque El es nuestra revelación, la revelación de Dios para nosotros.
Es hermosa la reflexión que se hace san Pablo en la carta a los Efesios. El siente también el gozo en su corazón cuando ve la fe de aquella comunidad. ‘Yo que he oído hablar de vuestra fe no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en nuestra oración’. Y lo hace el apóstol en el deseo de que sigan creciendo en la fe, de que siga creciendo el amor en sus corazones, de que sigan dando testimonio de manera que todos se hagan boca de lo que es la fe y la vida de aquella comunidad.
¿Será así nuestra fe? ¿Será algo de todo esto lo que estamos viviendo con toda intensidad estos días de la celebración de la Navidad?  Que aprendamos a bendecir a Dios, porque es una forma de reconocer su amor y su gracia. Pero que seamos capaces de abrir nuestro corazón en la oración para que todos tengan su cabida en ella. San Pablo reza por aquella comunidad de Éfeso dando gracias por los testimonios hermosos de fe que contempla en ellos. Es lo que nosotros tenemos que aprender a hacer también bendecir al Señor por los testimonios de fe que vemos en tantos a nuestro lado que se manifiestan de muchas maneras.
Aprendamos a rezar por los otros, a dar gracias a Dios por los otros, dar gracias por tantos testimonios hermosos que recibimos de tantos hermanos a nuestro lado. Sepamos tener ojos luminosos para ver y reconocer la fe de los demás. Sepamos tener un corazón amplio, grande, siempre abierto para que en él quepan todos y en nuestra oración los tengamos en cuenta a todos. 

domingo, 23 de noviembre de 2014

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Ez. 34, 11-12.15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
El primer anuncio que hace Jesús es la llegada del Reino de Dios. Había que prepararse para reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre toda la creación. Es lo que hoy en esta fiesta que culmina el año litúrgico queremos celebrar, Jesús es Señor, Jesús es el Rey del universo. Como decía san Pedro en el inicio de su predicación apostólica ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muertos’.
A lo largo del evangelio vemos como Jesús centró su predicación y la realización de sus signos en anunciar la inminencia de la soberanía de Dios. Lo proclama a través de sus parábolas; se hace presente a través de los signos que realiza, expulsión de demonios, curación de enfermos, resurrección de los muertos; se va a realizar en su anonadamiento (kénosis) hasta la muerte en la cruz y por su resurrección de entre los muertos; se actualiza constantemente con la fuerza del Espíritu y se convierte en objeto de esperanza final para los creyentes en Jesús y para humanidad entera.
Todo es una proclamación de la soberanía de Dios. Jesús es el Señor. La Iglesia continúa ahora la obra salvadora y liberadora de Jesús cuando los que creemos en Jesús le reconocemos como nuestro Rey y Señor y queremos realizar su misma obra, vivir su misma vida, impregnarnos de su mismo amor. Y esto lo celebramos hoy con toda solemnidad porque queremos vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
No dejamos de valorar todo lo que pueda ser el esfuerzo del hombre que busca a Dios, tiene ansias de Dios y quiere conocer a Dios. Es cierto que es un ansia y un deseo de trascendencia y de infinito que anida en el corazón de todo hombre. Pero sí tenemos que afirmar que realmente todo parte de la búsqueda de Dios al hombre. Es el Señor el que nos busca y el que nos llama, el que nos regala y manifiesta su amor y quiere en verdad llevarnos hasta El. A ello, es cierto, hemos de dar una respuesta, pero es el amor infinito de Dios el que nos ha enviado a su Hijo Jesús para llevarnos por caminos de vida y de salvación. Tanto amó Dios al mundo, tanto amó Dios al hombre…
Fijémonos en la Palabra de Dios. ¿Qué nos decía el profeta Ezequiel? ‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… yo mismo apacentaré a mis ovejas…’ Es hermoso este texto del profeta y mucho tendríamos que meditarlo para reconocer ese amor del Señor y aprender a darle gracias.
Y contemplamos a Jesús, el Buen Pastor, como tantas veces hemos meditado, que cuida a sus ovejas, las conoce por su nombre, busca a la perdida, nos alimenta y da la vida por sus ovejas, como tantas veces nos ha explicado en el evangelio. No podíamos menos que repetir en el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… porque tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término’. Es nuestra respuesta hecha oración y nuestra acción de gracias.
Pero a tanto amor del Señor se ha de corresponder nuestra respuesta hecha vida. Es de lo que vamos a ser examinados al final del tiempo. De ello nos habla el evangelio. ¿Habremos vivido nosotros esa soberanía de Dios en nuestra vida? ¿Nos habremos sentido en verdad guiados por Cristo como verdadero pastor de nuestra vida, reconociendo su voz y dejándonos conducir y alimentar por El? ¿Habremos dado señales de que en verdad vivíamos el Reino de Dios? ¿Por qué cosas se nos va a preguntar? Ahí está la clave.
Sencillamente tendríamos que decir que ‘para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos’. Sí, no nos va a preguntar el Señor, y cuidado que nos puede parecer paradójico pero no nos escandalicemos, si rezaste mucho o rezaste poco, cuántas promesas hiciste o cuántas velas encendiste delante del altar, cuántos ramos de flores llevaste a la Iglesia para que estuviera bonito el altar o a cuántas procesiones asististe. Nos va a preguntar si pasaste por la vida de los hermanos, si te detuviste junto a la vida de los hermanos, si dedicaste tiempo para escucharlos o para darles consuelo, si compartiste con ellos tu comida o lo que tenías, si los acompañaste en su dolor y sufrimiento y fuiste capaz de desvivirte por ellos. Como decía san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor’. Vivir, pues, el Reino de Dios es pasar por la vida de los hermanos.
¿No es eso lo que nos ha dicho hoy el evangelio? Como un estribillo repetido por cuatro veces ya sea en afirmación o en pregunta se nos ha dicho: ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Seis puntos o seis aspectos que se nos han repetido cuatro veces en el evangelio. ¿Cómo tenemos que buscar a Dios? ¿Cómo tenemos que encontrar a Dios? ‘Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Por eso  nos dirá: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Estaremos heredando el Reino, viviendo el Reino cuando seamos capaces de entrar en esa órbita del amor. La persona de Jesús, la persona que es Dios se identifica con la persona que necesita ser ayudada. Jesús se esconde en cada ser humano necesitado de amor. Cualquier cosa que sea hecha a un necesitado, crea amor. Y este amor nos une a Cristo. Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, sólo una posesión contará y será importante: el amor.
Ya nos damos cuenta que no es un amor cualquiera del que estamos hablando; no es pura filantropía. Es que cuando estamos queriendo amar de esta manera, de forma que seamos capaces de llegar a ver a Jesús en el hermano, es porque estamos queriendo amar con un amor como el de Jesús. Así nos lo dejó como distintivo por el cual habría de reconocérsenos. Mucho tenemos que estar unidos a Jesús, mucho tenemos que llenarnos de Dios para ser capaces de un amor de este calibre.
Claro que necesitamos rezar, orar a Dios, alimentarnos de los sacramentos para recibir esa gracia, para sentir la fuerza de su Espíritu para poder hacerlo.  Pero no nos refugiamos en nuestros rezos o en nuestras misas para olvidarnos o desentendernos de los demás. De ninguna manera, porque eso no tendría sentido. Es que nunca nuestra oración la separaremos de los hermanos a los que tenemos que amar; nunca nuestra eucaristía o los sacramentos que celebremos nos hará vivir aislados de los demás, sino todo lo contrario.
Acordémonos que si no estamos reconciliados en el amor con los hermanos, Jesús nos dice que dejemos la ofrenda allí a un lado del altar y vayamos primero a vivir esa reconciliación de amor con los hermanos, porque a todos tenemos que traerlos en el corazón cuando venimos a Dios para amarlos como un amor como el de Dios.
¿Entenderemos ahora bien lo que ha de significar esta celebración que hoy estamos viviendo proclamando a Jesucristo Rey del universo? Esa soberanía de Dios la vamos a vivir de verdad cuando todos hayamos sido capaces de pasar por la vida de los demás. Un paso que nunca podrá ser indiferente y frío, sino que siempre tendrá que ser un paso de amor y de solidaridad.