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viernes, 4 de noviembre de 2016

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Hagamos una verdadera escala de valores buscando lo más trascendente para nuestra vida y el lugar propio de los valores espirituales que nos elevan y dan un sentido a la existencia

Filipenses 3,17–4,1; Sal 121; Lucas 16,1-8

‘Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. Efectivamente qué habilidosos somos para nuestros negocios, para la búsqueda de nuestras ganancias, para conseguir aquellas cosas materiales que tan fuertemente ansiamos, para encontrar la manera de pasarlo bien, de ser felices a nuestra manera, dejándonos encandilar por tantos señuelos que se nos ofrecen en la vida.
¿Lo seremos para las cosas que son verdaderamente importantes? ¿Lo seremos para aquellas cosas que tiene una trascendencia en nuestra vida que vaya más allá del hoy y ahora en el que vivimos tan inmersos?
Claro que habría que tener una escala de valores clara y ver qué es lo que realmente nosotros consideramos importante y trascendental en la vida, porque ni en eso nos ponemos de acuerdo. Quienes viven la vida desde un puro materialismo será en esas cosas donde pondrán todo su empeño; si no le damos una trascendencia espiritual a nuestra vida y a lo que hacemos, seguro que por esos valores trascendentales no nos preocuparemos ni pondremos todos nuestros esfuerzos en su búsqueda.
Esto es algo que tendría que hacernos pensar, porque nos resulta que incluso aquellos que nos llamamos cristianos porque decimos que tenemos fe en Jesús y queremos ser sus discípulos vivimos en la vida demasiado preocupados por lo material, por lo inmediato, por nuestros placeres terrenos y perdemos de vista lo espiritual, lo trascendente que tiene que tener nuestra vida. Es un contrasentido que vivamos así, lo que nos demuestra quizá el desconocimiento que tenemos del evangelio y de lo que en verdad significa ser cristiano.
Es por eso por lo que muchas no veces no entendemos lo que la Iglesia quiere enseñarnos sobre muchos aspectos de la vida, las directrices o las normas de conducta que nos señala. ¿Pensamos realmente en la resurrección y en la vida eterna? Es un articulo de nuestra fe, pero que tenemos olvidado y que no contemplamos en nuestra manera de actuar como formando parte del sentido de nuestra vida. Y así podríamos pensar en muchas cosas.
La parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio no es que trate de alabar ni justificar la manera injusta como aquel administrador trataba los bienes que tenia a su cuidado, sino es para hacernos pensar en el valor y la importancia que nosotros le damos a las cosas verdaderamente trascendentales para nuestra vida. De ahí esa sentencia con la que concluye Jesús el relato de la parábola y que nos ha servido de punto de partida en nuestra reflexión.
Hagámonos una verdadera escala de valores buscando lo que es más trascendente para nuestra vida; busquemos el lugar propio que han de tener todos los valores espirituales porque son lo que de verdad van a elevarnos y darnos un sentido profundo a nuestra existencia. Dejémonos iluminar por la luz del evangelio.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Filipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Jesús sentado entre publicanos y pecadores. Por allá andan algunos murmurando, juzgando, criticando, condenando. Los publicanos y los pecadores se acercan a Jesús a escucharle. ¿Quiénes mejor que ellos podrían comprender las palabras dejes que nos hablaba del amor y de la misericordia de Dios? ¿En quienes se despertaría mejor la esperanza de una vida nueva que ellos que se sentían malditos y condenados porque todos los consideraban pecadores? Jesús no rehuye a nadie, es más el médico viene para los enfermos, para curarlos; al que se cree ya sano no necesitará del medico.
Por eso Jesús no los rechaza sino, todo lo contrario, los busca. Como a Zaqueo el que estaba subido en la higuera; como a Leví que estaba sentado en el mostrador de los impuestos; como a todos aquellos que se sentaban a la mesa con Jesús, porque Leví había ofrecido un banquete a Jesús y había invitado también a sus amigos, a los que hasta entonces habían sido colegas de profesión.
Pero habrá quien no lo entienda. ‘Ése acoge a los pecadores y come con ellos’. Es no entender lo que es el amor y la misericordia de Dios. Allí se está manifestando en Jesús el rostro de Dios, el corazón misericordioso de Dios. Allí se están sintiendo acogidos y perdonados, inundados por el amor de Dios los pecadores. ¿Qué sentirían en su corazón cuando así se veían acogidos de Dios?
Este texto que estamos comentando con esa actitud de displicencia de los escribas y fariseos nos invita, sí, a analizar cual es la acogida que nosotros hacemos de los pecadores, de los que nos parecen diferentes, de los que viven una vida distinta a la nuestra.
Tenemos que analizar muy bien nuestras actitudes y posturas, porque muchas veces también son farisaicas. Tenemos dobles raseros para medir y aplicamos a unos y a otros según cuales sean en verdad las actitudes que llevamos en el corazón; y nuestro corazón puede estar dividido muchas veces.
En la teoría nos puede parecer muy bien lo que está haciendo Jesús y hasta lo defendemos, pero en la hora de la práctica de cada día, en nuestra relación concreta que tenemos con los demás, tenemos que ver bien si actuamos según el querer de Jesús, según el estilo de misericordia y compasión que nos enseña Jesús. Es una pendiente por la que podemos caer, resbalarnos y acabar entonces también con nuestros prejuicios, nuestras sospechas, nuestras murmuraciones, nuestras condenas.
Pero también es una oportunidad para nosotros ponernos en la piel de aquellos pecadores que eran acogidos por Jesús. Y es que somos pecadores, así tenemos que sentirnos y de esa misma manera hemos de experimentar en nuestra vida ese amor y esa compasión de Jesús.
También hemos de sentirnos acogidos por Jesús a pesar de nuestro pecado; creo que si así nos sintiéramos no tendríamos tanto temor, por ejemplo, al sacramento de la reconciliación; con cuanto temor nos acercamos al sacramento o cómo lo rehuimos muchas veces; y es que no abrimos en verdad nuestro corazón a Dios en esos momentos para sentirnos inundados por su misericordia, para llenarnos de su paz. Vamos quizá muy apesadumbrados y avergonzados por nuestros pecados, pero olvidamos que nos vamos a encontrar en ese momento con la misericordia de Dios. Vamos a recibir su abrazo de perdón y de paz que nos pone en camino de nueva vida; qué alegría tendríamos que experimentar en nuestra alma en esos momentos.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Job 19,1.23-27ª; Sal 24; Filipenses 3,20-21; Juan 14, 1-7

Hay momentos en la vida en que afloran los sentimientos y las emociones, ya sea por cosas o acontecimientos que nos impresionan o nos agradan o ya sea porque el recuerdo nos trae al presente momentos vividos con intensidad o personas que no estando ya con nosotros sin embargo fueron importantes en nuestra vida. Hoy es uno de esos días en que por los recuerdos en este caso de los seres queridos que ya no están con nosotros somos fáciles a los momentos emotivos y salen a flote todas nuestras emociones más sentimentales.
Son importantes en nuestra vida esas emociones o ese revivir los sentimientos gratos que hayamos vivido y que no podemos ni tenemos que reprimir. Pero hay algo más nosotros que marca la pauta de nuestra vida, el sentido de nuestro vivir que son esos principios fundamentales que nos rigen y es también el sentido de trascendencia espiritual que le damos a nuestra existencia. Es donde de una forma razonable aparece nuestra fe, esa fe que nos da sentido y que nos da valor; esa fe que encauza por un buen sentido esas emociones y esos sentimientos.
Es así como hemos de darle un verdadero sentido espiritual y cristiano, llenos de trascendencia, al recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, que hoy de una manera especial la Iglesia no invita a conmemorar. Es lo que llamamos el día de difuntos, pero que hemos de saber vivir desde nuestra esperanza cristiana. No será entonces un solo recuerdo lleno de dolor, aunque esa pena de la separación de nuestros seres queridos siempre la tengamos en el corazón. Es algo más y a lo que tenemos que darle una verdadera profundidad cristiana.
No pensamos los cristianos en los muertos como seres que ya desaparecieron para siempre y que se ven consumidos en la nada. Los cristianos vivimos en una esperanza de resurrección y de vida eterna. Los cristianos damos una trascendencia a nuestra viva que nos hace mirar más allá del umbral de la muerte. Para nosotros quienes han muerto a la realidad de este mundo viven, porque nosotros creemos en la vida eterna porque creemos en la palabra de Jesús.
Se queda envuelta de alguna manera por las sombras del misterio como va a ser esa vida eterna, pero en nuestras ansias y sed de Dios y de plenitud tenemos la esperanza de poder vivir esa plenitud en Dios. Por eso nuestro recuerdo cargado de sentimientos y emociones se hace oración, porque uniéndonos a Dios en nuestra oración de alguna manera nos sentimos unidos a quienes tenemos la esperanza de que vivan en Dios para siempre.
Nuestra oración se hace acción de gracias recordando cuanto de bueno vivimos en este mundo con esos seres queridos que ahora recordamos y cuanto recibimos y aprendimos de ellos. Y nuestra oración se hace también suplica e intercesión porque, sabiendo que todos somos limitados y llenos de debilidades, ahora pedimos el perdón y la misericordia divina sobre esos seres amados para que puedan vivir para siempre esa plenitud en Dios que llamamos cielo.
Nuestro recuerdo y oración se nutre en la esperanza y llena aún más de esperanza nuestra vida, porque ansiamos que un día podemos gozar todos juntos de esa plenitud de Dios en el cielo. ‘Recibelos en tu reino, pedimos a Dios en nuestra oración, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’.

martes, 1 de noviembre de 2016

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Hace unos días escuchábamos a uno que se acercaba a Jesús para preguntarle si era muchos o pocos los que se salvaban. Jesús le habla del camino estrecho que hay que seguir y es como de alguna manera recordar todo lo que había hablado a lo largo del Evangelio del Reino de Dios que anunciaba y que se constituía con El.
Me vino a la memoria este texto y esta pregunta que le hacen a Jesús cuando hoy estamos celebrando la fiesta de Todos los Santos y hemos contemplado las descripciones que nos hace el libro del Apocalipsis. ‘Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Pero siguen las preguntas y la pregunta se escucha en el mismo Apocalipsis. ‘Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?... Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’.
Los que vienen de la gran tribulación. No es solo una referencia a los mártires, aunque era algo que estaba muy presente en el momento de redactar el Apocalipsis en medio de las múltiples persecuciones que ya sufrían los que creían en Jesús, sino que está refiriéndose, es cierto, a todos los que caminando por este mundo, muchas veces tan complejo, han sabido dar testimonio de su fe, han querido vivir con toda radicalidad el mensaje de Jesús, el mensaje de las Bienaventuranzas.
Camino estrecho, recordábamos antes, del que Jesús les había hablado a sus discípulos en la respuesta que hacia a aquella pregunta. Camino de cruz y de negarse a si mismo, como nos dirá en otras ocasiones. Camino que es camino de amor y cuando hay amor de verdad en nuestros corazones sabremos ponernos siempre a la altura del que sufre, del que lucha, del que quizá pasa necesidad en las múltiples carencias que le da la vida, o del que sabe hacerse pobre porque en solidaridad sabe compartirlo todo con los demás.
Es el camino de los que mantienen su corazón alejado de toda malicia y de toda pasión; es el camino de los que saben mantener la paz en su corazón en medio de un mundo de violencias y con sus gestos, con sus palabras, con las pequeñas cosas que hacen cada día se convierten en verdaderos constructores de la paz; es el camino de los que saben hacerse misericordia porque han sabido poner junto a su corazón a los hermanos que sufren para ofrecer un consuelo, una palabra de aliento, un gesto de verdadera solidaridad, un compartir con los demás lo que son y lo que tienen, aunque tengan que despojarse de si mismos.
Es el camino que muchas veces se hace difícil porque dar testimonio de una fe y de unos valores lo convierte a uno en signo de contradicción con el mundo le rodea, y los signos de contradicción no son aceptados sino más bien rechazados porque se convierten en un testimonio muy fuerte que se enfrenta con lo que viven los que simplemente se dejan llevar por la vida. Así se convertirá en un camino quizá de persecución, pero al que no tememos porque quien va delante de nosotros ha dado testimonio de su amor, de un amor supremo que le ha llevado hasta la cruz.
Esos son los que vienen de la gran tribulación y hoy contemplamos como una multitud incontable en el Reino de los cielos cantando las alabanzas del Señor. Es lo que hoy celebramos, a aquellos que nos han precedido en el camino de la vida dando verdadero testimonio de su fe y de su amor, de su vivencia del evangelio y de seguir el camino de Jesús. Es lo que hoy celebramos, y tendríamos que celebrar también a tantos que en medio nuestro, aunque quizá muchas veces nuestros ojos se cieguen y no sepamos reconocerlos, ahí están también dando ese testimonio, ahí están en medio de la gran tribulación esforzándose cada día por vivir con mayor intensidad lo que es el Reino de Dios y construyendo así un mundo nuevo. 
Son para nosotros testimonio y estimulo, sintiéndonos así impulsados a seguir su ejemplo y a construir cada día ese Reino de Dios; son para nosotros también intercesores que nos alcanzan del Señor esa gracia que necesitamos. A ellos acudimos para que nos ayuden a sentir lo que es la misericordia del Señor en nuestras vidas. No sabemos ser siempre fieles y nuestra vida está llena de debilidades que nos hacen inconstantes en el seguir ese camino y que muchas veces también nos hacen tropezar con el pecado. Que ellos con su intercesión nos alcancen como se pide hoy en la oración liturgia el sentir sobre nosotros la misericordia y el perdón del Señor.

lunes, 31 de octubre de 2016

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

Entra en lo habitual de nuestras relaciones humanas que nos agrade estar con aquellos que son nuestros amigos o personas queridas y que haya una mayor sintonía y una mayor relación con personas cercanas a nosotros en su manera de ser, de pensar o de actuar en la vida. No seria humano, por supuesto, evitar o descartar a quienes no entren en estas características, pero es cierto que con esas personas mantenemos quizá una relación no tan cordial. Forma parte esto de lo que es nuestra convivencia de cada día, nuestra relación con los demás.
Pero aquí aparece sencillamente lo que forma parte de nuestra característica del ser cristiano, seguidor de Jesús; la novedad, por así decirlo, que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos dice hoy Jesús. Lo habían invitado a comer en la casa de un fariseo principal; como hemos venido escuchando los fariseos estaban al acecho, pero Jesús estaba también observando lo que iba sucediendo.
Ya había hecho unos comentarios y advertencias en torno al hecho de quienes andaban buscando como fuera sentarse en los primeros y principales puestos de la mesa. Ahora viendo quienes eran los que estaban invitados a aquel convite, los amigos del dueño de la casa como era natural, es cuando nos lanza el mensaje. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
No nos dice Jesús que sea malo el que nos reunamos con nuestros amigos y con aquellos con quienes tenemos unas relaciones más cordiales, pero nos está proponiendo nuevas metas dentro de lo que es el sentido del Reino de Dios donde todos nos sentimos hermanos como miembros de una misma familia. Y es que nuestro corazón tiene que estar abierto a todos, no solo a los cercanos, no solo a los que nos puedan corresponder.
Es por lo que nos da esta pauta. ¿Vas a invitar a alguien a comer? Es una acto de generosidad por tu parte que normalmente se va a ver correspondida por aquellos a quienes invitamos. Claro, cuando pueden hacerlo, cuando están quizá en el mismo nivel que nosotros. Lo que muchas veces hace que nuestras relaciones se convierten en un te doy para que tú me des a mi.  Como nos dice Jesús ‘corresponderán invitándote y quedarás pagado’.
Pero ¿y si nada tienen como podrán corresponder para invitarte a ti de la misma manera? Es aquí donde nuestra generosidad aparecerá más altruista, porque no damos para que nos den. Damos, porque generosamente queremos compartir, damos porque hay un amor generoso y altruista en nuestro corazón. Aunque bien sabemos que la gratitud de los pobres se manifestará de formas bien maravillosas que no irán por correspondencias materiales.
Todo esto va en la onda del sentido del amor del que Jesús nos ha venido hablando largamente en el evangelio, cuando nos habla del amor a los enemigos, de perdón a los que nos ofenden, de la generosidad que siempre ha de haber en nuestro corazón. ¿Por qué amamos? ¿Por  qué somos generosos con los demás para compartir? ¿Dónde tiene que estar la raíz del verdadero amor? 

domingo, 30 de octubre de 2016

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Sab.11, 23 - 12, 2; Sal 144;  2Tes. 1, 11 - 2, 2; Lc. 19, 1-10
Hay ocasiones en que queremos encontrarnos con alguien, pero al mismo tiempo parece que no queremos encontrarnos. Sí. Hay como ciertos miedos dentro de nosotros. Vemos tantas barreras que nos parece imposible saltarlas; pero si las saltamos, ¿qué nos vamos a encontrar? ¿Tendrá la otra persona también deseo de encontrarse con nosotros? Y vienen los prejuicios, los miedos, las barreras que ponemos que muchas veces decimos que están en los otros, pero que quizá están en nosotros mismos. Necesitamos quizá un empujón, una señal, algo que nos de confianza, que nos haga abrirnos, dar el paso.
Zaqueo quería conocer a Jesús. Era bajo de estatura y era mucha la gente y no podía alcanzar a verlo. Pero ¿era solo eso o era una excusa? Era un recaudador de impuestos, y él bien sabía lo mal mirado que estaba por la gente; los llamaban publicanos, que era como decirles que eran pecadores públicos; tenían fama de ser ladrones y enriquecerse con el dinero de los impuestos que sobrecargaban en su beneficio. Con su baja estatura y él desprecio que sospechaba que la gente le tenía, nadie iba a hacerle sitio para poder ver a Jesús tranquilamente. Sus miedos, sus barreras; no solo las que le ponía la gente, sino las que él mismo se ponía. Pero sentía curiosidad.
Encontró una estrategia, se adelantó y se subió a una higuera; lo vería pasar oculto entre las hojas, nadie se iba a fijar en él, y no tenía que mezclarse con la gente. No se meterían con él. Y allí estaba tranquilo viendo a Jesús que se acercaba, nadie se fijaba en él, pero he aquí que es Jesús el que se detiene ante la higuera y se dirige a él. Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No se lo creía. Lo había descubierto. Pero es que además se auto invitaba a su casa. No lo esperaba. Pero era su ocasión, podía recibirle en su casa y bajó enseguida y preparó un banquete para Jesús y los discípulos que iban con El.
El encuentro se había realizado. Lo había en cierto modo deseado, no sabía cómo podría realizarse y allí estaba ante Jesús sentado a su mesa. La barrera se había derrumbado. La gente podía hablar lo que quisiera, pero Jesús estaba en su casa.
¿Qué sucedió en aquella comida? El encuentro había sido tan profundo que había llegado la salvación a aquella casa. Y la salvación se estaba haciendo presente en el corazón de Zaqueo. Y desde aquel momento las cosas ya no iban a ser de la misma manera. Las barreras se habían derrumbado pero no era solamente que habían caído los obstáculos para poder ver Zaqueo a Jesús, sino que las barreras habían caído en su corazón.
En medio de todo aquello Zaqueo se había puesto en pie ante Jesús. ‘Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Era su corazón el que estaban dando la vuelta a todo. Se despojaba, restituia en justicia, compartía generosamente con los demás. El dinero que había sido tan importante para él hasta ese momento ahora dejaba de serlo porque había encontrado la verdadera riqueza, el autentico tesoro.
Era Jesús que estaba allí. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán’, había proclamado Jesús. Zaqueo había abierto de par en par las puertas de su casa para que llegara Jesús, para que llegara la salvación. Nada impedía ya que entrara la salvación a aquella vida. Auténticamente las barreras se habían derrumbado, porque la gracia del Señor había actuado.
Al principio hablábamos de cómo queremos encontrarnos con los demás pero muchas veces nos da miedo. Es la experiencia de la que partimos para este comentario y reflexión. Pero ahora veamos lo de ese encuentro en nuestros deseos de encuentro con Jesús. Tenemos tantas barreras, ponemos en ocasiones tantos obstáculos que arrancan de nosotros mismos.
Deseamos, sí, pero no sé si es que tememos vernos luego cogido por Jesús. Tenemos miedos a las radicalidades, a esas cosas de las que tendríamos quizá que despojarnos, porque sabemos que si nos encontramos de verdad con Jesús las cosas en nuestra vida tienen que ser distintas. Y con mil disculpas, como aquello que era bajo de estatura, vamos dando largas, lo dejamos para otra ocasión, decimos que tenemos que pensárnoslo y no terminamos de abrir nuestras puertas a Cristo.
Jesús nos está diciendo también a nosotros hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero nosotros seguimos en nuestras alturas, en nuestros pedestales o en la higuera de nuestras cobardías porque quizá seguimos ocultándonos, porque quizá tenemos miedo de lo que puedan pensar los demás.
Y no damos la cara, ocultamos tantas veces nuestra fe, o tenemos miedo que conozcan nuestras debilidades. Pero somos humanos y como tales tenemos que presentarnos, como tales tenemos que ir hasta Jesús. Es la gracia la que hará el milagro de transformarnos, pero nosotros tenemos que dejar que Jesús se hospede en nuestra casa, llegue a nuestra vida, entre en nuestro corazón.
¿Podremos decir también después de este encuentro con Jesús y con su palabra ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida?




sábado, 29 de octubre de 2016

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

Filipenses 1,18b-26; Sal 41; Lucas 14,1.7-11

¿A quien le amarga un dulce? Suele decirse para expresar como nuestro ego se siente contento por dentro sacando a flote lo mejor de nuestros orgullos cuando alguien nos alaba algo que hayamos hecho, cuando nos tienen en cuenta o en buena consideración. Cuando nos queremos manifestar humildes y no dar importancia a lo que hacemos siempre nos aparecerá alguien que nos diga que tenemos que aprender a valorarnos más, hacer florecer nuestra autoestima y saber poner sobre la mesa lo que nosotros valemos y hasta lo importantes que podamos ser.
Un poco con una cosa y otra algunas veces se nos crean algunos conflictos interiores y no sabemos quizá por donde salir, por otra parte nos halaga que nos consideren y podemos sentir la tentación de buscar esos halagos, esos reconocimientos, y esas buenas consideraciones que los demás tengan de nosotros. ¿Qué hacer? ¿cómo actuar? ¿qué nos podría iluminar el evangelio de Jesús en estos aspectos?
A Jesús lo habían invitado a comer en casa de un hombre principal. Y ya el evangelista nos dice que estaban al acecho, incluso con lo que ayer nos decía el evangelio de que era sábado y por allí había un hombre enfermo de hidropesía. Pero ahora es Jesús el que se fija en la actitud de los comensales, porque comienzan poco menos que a darse codazos por ponerse en el lugar principal de la mesa. Es cuando surge la palabra de Jesús.
‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto…’  Y nos enseña Jesús que no temamos ocupar los últimos puestos. Y terminará diciéndonos: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Ya sabemos que en esto de los banquetes y de las comidas tiene sus protocolos, y quien ha de ocupar uno u otro lugar. Jesús no va por el camino de los protocolos que al final son reglas encorsetadas que quizá pretendan no crear conflictos de orden, pero que en el fondo algunos recelos o envidias pueden provocar.
El camino de Jesús va por otros derroteros porque es un camino de sencillez y de humildad. Un camino del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas. Un camino ajeno a las vanidades de la vida y al vivir de las apariencias. Un camino de verdad en el que nos manifestamos como somos, pero en el que siempre hemos de saber ir con una actitud de servicio. Ese es el camino que nos hace verdaderamente grandes con la verdadera grandeza que ha de buscar toda persona; ese es el camino en el que van a resplandecer los verdaderos valores que llevemos en el corazón.


viernes, 28 de octubre de 2016

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Hoy la iglesia celebra la fiesta de los santos Simón Cananeo y Judas Tadeo. Pero, ¿sabemos quienes son estos santos? Perdónenme que comience con esta pregunta que algunos podrían considerar innecesario, pero si preguntamos a mucha gente de nuestro entorno no sé si te dirán algo de Simón Cananeo, pero de Judas Tadeo te dirán que es un santo muy milagroso al que le pedimos trabajo y no sé cuantas cosas más en nuestras dificultades. Pero ¿es que un cristiano se puede quedar simplemente con eso?
De entrada hemos de decir que estamos refiriéndonos a dos de los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Así aparecen nominados en las diferentes listas que nos ofrecen los evangelistas y también en los Hechos de los Apóstoles.
Si a San Simón se le llama el Cananeo o en otro de los evangelistas el Celote, puede hacer referencia quizá a aquel grupo radical que no aceptaba el dominio de los romanos y que luchaban contra la dominación extranjera, o podemos referirnos también al otro sentido de ambas palabras que habla del celo de la fe, siendo personas inconformistas que querían vivir radicalmente su fe judía.  Quizá desde esa inquietud fuera escogido por Jesús entre todos los que le seguían para que formara parte de aquel grupo de los Doce a los que llamamos Apóstoles.  
Según la tradición habría predicado en Egipto, luego en Mesopotamia y Persia, junto con San Judas apóstol, donde habría sufrido el martirio, Murió según unos crucificado, según otros habría sufrido el martirio de la sierra. De una y otra forma lo representan las antiguas reproducciones iconográficas.
De san Judas Tadeo, o el de Santiago como se menciona en otro momento poco nos dice el evangelio también. Hay una pregunta que hace a Jesús en la cena de por qué se ha revelado a ellos y no a todos, en referencia a cómo Jesús al grupo de los Doce les hablaba con una intimidad especial y les revelaba con mayor intensidad todo el misterio de Dios que en El se encerraba. Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. 
Sobre su actividad apostólica, Nicéforo Calixto dice que Predicó en varias regiones de Palestina (Judea, Galilea, Samaria, Idumea), después en las ciudades de Arabia, en todo el territorio de Siria y Mesopotamia y, por último, en Edesa donde murió. La tradición recogida en los martirologios romanos, el de Beda y el de Ación, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, San Judas y San Simón fueron martirizados en Persia. También el Breviario Romano dice que evangelizó Mesopotamia y Persia y que murió mártir.
He querido hoy en la fiesta de estos santos apóstoles hacer este comentario tomándolo de diversas fuentes porque creo que necesitamos ahondar un poco más en los santos que veneramos y no quedarnos en cosas muy simples como pueda ser lo más o menos milagrosos que puedan ser, como muchas veces nos sucede en nuestra religiosidad popular.
Primero que nada hemos de poner interés en conocer lo que fue la vida de los santos y como ellos son testimonio de lo que ha de ser nuestro seguimiento de Jesús, nuestra vida cristiana, que es mucho más que acudir a un santo para pedirle desde nuestras necesidades el milagro de que nos socorran. Hemos de contar, sí, con su intercesión, pero para algo mucho más hondo como es la búsqueda de nuestro seguimiento de Jesús y cómo hemos de alcanzar la gracia de la santidad de nuestra vida.
En estos momentos en que en nuestra Iglesia estamos queriendo implicarnos más y mejor en la tarea de la nueva evangelización que la festividad de estos santos apóstoles sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora en la que seriamente hemos de comprometernos. Decimos que hoy la tarea es inmensa y es difícil en el mundo en que vivimos, pero ¿hemos pensado en la dificultad que ellos tuvieron en medio de un mundo pagano y cómo en su pobreza fueron capaces de llegar a lugares lejanos en el anuncio del Evangelio?



jueves, 27 de octubre de 2016

Jesús nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida y nos pide una respuesta

Jesús nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida y nos pide una respuesta

Efesios 6,10-20; Sal 143; Lucas 13,31-35

En su subida a Jerusalén se le acercan unos fariseos para decirle que tenga cuidado, que se vaya por otra parte, porque Herodes anda buscándolo para matarlo. Presente tenían lo que le había sucedido a Juan a quien todos admiraban, pero que un día Herodes lo había encarcelado y al final por las insidias de Herodías había sido decapitado.
Pero Jesús no teme. Es fiel a su camino y a su misión. Sabe que ha de subir a Jerusalén aunque es consciente también de lo que en Jerusalén va a suceder. Pero como les dice ‘no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’. Por eso seguirá actuando, anunciando el Reino aunque no todos lo quieran comprender, realizando los signos del Reino expresados en aquellos milagros que realiza ‘curando enfermos y echando demonios’.
Aunque se duele por Jerusalén. Más tarde cuando llegue a la ciudad y la contemple hermosa ante sus ojos desde la bajada del monte de los olivos, llorará por Jerusalén. Pero sigue buscando que se conviertan a su palabra. ‘¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido’.
Ahí está su recorrido una y otra vez por las calles de Jerusalén, sus enseñanzas en el templo donde enseñaba en el templo y con total libertad y autoridad, las curaciones milagrosas que realiza, los ciegos que comienzan a ver como aquel ciego de nacimiento que pedía limosna en la calle y es enviado a la piscina de Siloé a lavar sus ojos, o los paralíticos que son levantados de su camilla como el de la piscina Probática que esperaba el movimiento de las aguas.
En aquella ciudad, sin embargo, será rechazado hasta ser llevado a la muerte. Pero es su pascua, la que El viene anunciando continuamente, pero con decisión sigue su camino hacia Jerusalén. Entrará en Jerusalén y será aclamado como bendito que viene en el nombre del Señor. Los niños y la gente sencilla alfombrarán el camino a su paso entre cánticos de alabanza. Pero será también rechazado, muchos son los que instigan contra El.
‘¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido’. ¿Nos dirá eso también a nosotros? Nos busca, nos llama, nos va dejando señales de su paso en el camino de nuestra vida. Algunas veces nos podemos cegar y no ver esas señales, sordos y no escuchar su palabra.
Tenemos que recordar, repasar lo que va siendo nuestra vida, esas cosas buenas que nos suceden sin que las busquemos, esas inspiraciones que sentimos dentro de nosotros para hacer el bien en un momento de terminado, esas llamadas que vamos sintiendo en nuestro corazón. Ahí está la palabra buena de un amigo, ese pensamiento que en un momento nos vino a la cabeza, eso que sucedió y que nos impresionó y llamó nuestra atención, llamadas del Señor, presencia del Señor, avisos de nuestro Ángel de la Guarda.
Demos respuesta. Realicemos esos signos también en nosotros que pudieran ayudar a los que están a nuestro lado. No temamos implicarnos en cosas buenas aunque muchos no las comprendan. Sigamos fieles a nuestros principios y a los valores que hemos aprendido en el evangelio.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La salvación es un don de Dios pero hemos de dar señales de que se ha hecho vida en nosotros por los nuevos valores y actitudes con que nos manifestamos

La salvación es un don de Dios pero hemos de dar señales de que se ha hecho vida en nosotros por los nuevos valores y actitudes con que nos manifestamos

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha’, nos dice Jesús. Pareciera que nos arroja un jarro de agua fría. Alguien se había acercado a Jesús a preguntarle si eran muchos o pocos los que se salvaban. Era algo como decir ¿yo podré estar en el número de los que se salven? ¿Qué tendría que hacer?
Una pregunta quizá en el mismo sentido de la que ya algunos le habían hecho en otro momento porque en el fondo es la inquietud de todos. ¿Qué tengo que hacer? Escuchaban a Jesús, como nosotros también queremos escucharlo, y Jesús les hablaba del Reino de Dios; Jesús despertaba esperanzas de vida eterna en sus corazones, con Jesús sentían, como sentimos nosotros, deseos de poder vivir en plenitud de vida con El. Y por eso surge la pregunta sobre lo que tenemos que hacer y si es fácil conseguirlo o no.
Y Jesús nos habla de esforzarnos, de ponernos en camino, aunque la puerta pueda parecer estrecha. ¿Es que Jesús nos está poniendo dificultades? ¿No decimos que la salvación es una gracia, una acción gratuita de Dios que nos la ofrece porque es Jesús el que ha muerto por nosotros? Es cierto, es un don de Dios, pero un don de Dios que hemos de aceptar, querer vivir; hemos de dar señales de que vivimos esa salvación.
Luego nuestra vida no puede ser igual que antes, hay una transformación en nosotros que hemos de querer realizar, es un poner a vivir unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de actuar. Quienes sienten en su vida lo que es el amor de Dios que nos ama y nos perdona, que nos hace sus hijos y nos confía vivir en su reino, han de mostrar que son hijos, que se sienten amados de Dios, que se gozan en su perdón y en su gracia, que ahora están viviendo una vida nueva, que se sienten de verdad en el Reino de Dios.
Es la respuesta de nuestra parte, es el esfuerzo de superación que cada día hemos de realizar, es el querer en verdad arrancar esas raíces de maldad, de egoísmo, de violencia, de orgullo que aun pueden quedar en nosotros. Y es que nos aparece continuamente la tentación, que venceremos por la gracia de Dios, pero que hemos de poner nuestra parte para no dejarnos arrastrar por esa maldad que nos engaña y nos tienta.
Claro vemos a nuestro lado gente que camina sin esos esfuerzos, para quienes parece que la vida es un camino ancho, que se dejan arrastrar por esas seducciones del mal, que parece que son felices en medio de sus orgullos y violencias, en sus vanidades y en su egoísmo. Todo eso nos pudiera  hacer dudar, nos tienta. Hemos de tener claro cual es nuestra meta y el camino que hemos de seguir. No nos valen apariencias y vanidades, no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que hemos de poner nuestro empeño de plantar en nuestra vida lo que es la voluntad del Señor y cumplirla. Aunque nos parezca duro el camino, sin embargo sabemos la vida en plenitud que vamos a alcanzar. Hacia esa meta queremos caminar.


martes, 25 de octubre de 2016

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

Nuestra presencia quizá silenciosa ha de ser como la mostaza o la levadura fermento y contagio de valores nuevos que vivimos desde el Reino de Dios

 Efesios 5,21-33; Sal 18; Lucas 13,18-21

El evangelio nunca es para adormecernos; no nos podemos quedar en la belleza literaria que en sus páginas podamos encontrar, ni acudimos al evangelio como un entretenimiento más de nuestra vida. El evangelio siempre crea inquietud en el corazón porque siempre el evangelio está abriendo horizontes en nuestra vida, sembrando inquietud en el corazón, despertándonos de nuestras modorras, señalándonos cosas que hemos de purificar y sembrando nueva inquietud de vida en nosotros.
Por eso nunca es repetitivo en nuestra vida ni lo podemos convertir en una rutina; nunca ante el evangelio podemos tener la postura de ‘eso ya me lo sé’ o ‘qué nuevo me va a decir o descubrir’. Siempre el evangelio es novedad, ‘Buena Nueva’, es una buena noticia (y las noticias no pueden ser nunca viejas porque no serían noticia) para nuestra vida.
Se convierte así el evangelio en nosotros en ese grano de mostaza que no solo desde su pequeñez hace nacer un arbusto grande en el que puedan incluso cobijarse muchos animalitos, sino es también ese nuevo sabor - ¿para qué utilizamos la mostaza sino para darle sabor a nuestras comidas? – tanto a nuestra vida como a nuestro mundo.
Es el evangelio esa levadura de la vida; levadura que nos pudiera parecer insignificante, porque nunca es grande la cantidad que se añade a la masa sino en proporción a su volumen, pero que calladamente va haciendo fermentar esa masa, va a ir haciendo fermentar un nuevo sentido, un nuevo sabor primero a nuestra vida y luego también a través nuestro a ese mundo en el que vivimos.
Por eso decíamos el evangelio no nos adormece, sino que hará fermentar en nosotros esas nuevas actitudes, esos nuevos valores, esa nueva forma de actuar en el estilo del Reino de Dios. En esa inquietud, entonces, tenemos que preguntarnos si nosotros estamos dejando actuar esa levadura en nuestra vida, si nos estamos dejando transformar. Nos hace revisarnos continuamente porque queremos mejorar, porque queremos impregnarnos más y más de evangelio y hemos de cuidar entonces aquellas cosas que pudiera haber en nosotros y contrarrestar lo bueno que tendría que producir en nosotros la levadura del evangelio.
Pero en esa inquietud también nos planteamos cómo los creyentes estamos siendo levadura con nuestra presencia en medio del mundo. Nuestra presencia no tendrían que pasar inadvertida, y no porque vayamos haciendo cosas extraordinarias o milagros, sino por los efectos que tendrían que estar produciéndose en los demás. Tendríamos que ser contagio de evangelio allí donde estemos porque desde dentro vayamos impregnando de esos valores del evangelio a los que estén a nuestro lado. Nuestra presencia tiene que influir, pero desgraciadamente más bien nosotros nos dejamos influir por los contravalores que nos pueda presentar el mundo.
Presencia callada y silenciosa quizá la que nosotros tengamos en nuestros ambientes, pero una presencia que se ha de ir haciendo notar por aquello bueno que contagiamos en los demás. No gritamos desde signos externos ni por voces aparatosas, sino que contagiamos con nuestra vida, con nuestro amor esa fe que nosotros vivimos. Quizá quienes estén a nuestro lado tendrían que preguntarse qué hay en nosotros que a ellos les hace cambiar, les hace ver las cosas de forma distinta, les hace actuar también de una forma nueva.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.

domingo, 23 de octubre de 2016

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

No pongamos nunca barreras entre nosotros y los demás para que podamos encontrarnos de verdad con Dios

Ecle. 35, 15b-17. 20-22ª; Sal 33; 2Tm. 4, 6-8. 16-18; Lc. 18, 9-14
El fariseo no sabe encontrar a Dios, porque tampoco es capaz de encontrar a su prójimo. Habían subido un fariseo y un publicano al templo para orar. Sus actitudes y sus posturas eran bien distintas. Jesús, no dice el evangelista, propone esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás’.
Allí el fariseo había hecho sus oraciones, o mejor, lo que él creía que habían de ser sus oraciones; había tratado de justificarse a si mismo en la complacencia egoísta y orgullosa de lo que él consideraba sus méritos, pero no había encontrado a Dios. Por mucho que quisiera justificarse a si mismo no bajó a su casa justificado. Había interpuesto excesivas barreras, se había subido en demasiados pedestales, no había sido capaz de postrarse humilde ante Dios.
Pero no solo no había abierto su corazón a Dios sino que lo había cerrado para el prójimo. Hacia el otro solo eran desprecios y condenas. No solo estaba su autocomplacencia proclamando orgulloso cuanto hacia, sino que no era capaz de ver nada de luz en el otro. Sus ojos, los ojos de su corazón estaban cegados con el orgullo que le llevaba a despreciar a los demás. No hacia sino cerrar puertas y cuando cerramos las puertas a los demás se las estamos cerrando a Dios.
Cuántas veces nos creemos buenos y vamos poniendo por delante nuestros méritos. Nadie hace lo que yo hago, pensamos en tantas ocasiones; nos creemos insustituibles; nadie entiende las cosas como nosotros ni es capaz de hacerlas tan bien como yo las hago. Algunas veces queremos darnos un barniz de humildad pero enseguida aparece el resabio de nuestro orgullo y hasta tratamos de justificar aquellos errores que hayamos cometido. Cuánto nos cuesta agachar la cabeza, doblar el lomo para reconocer que los otros también saben hacer las cosas, también son capaces y hasta se entregan con más generosidad que nosotros.
Tampoco queremos doblar nuestra rodilla ante Dios. Nos hablan hoy tanto de valorarnos a nosotros mismos que ya tenemos el peligro de no necesitar a Dios. Podemos hacerlo con nuestras fuerzas, con nuestras capacidades, todo es cuestión de voluntad nos decimos. Y podemos terminar olvidándonos de Dios, prescindiendo de Dios. Creemos tener tantos medios a nuestro alcance que materializamos nuestra vida, perdemos un sentido de espiritualidad y de trascendencia, convertimos nuestro yo y nuestro saber en el dios de nuestra vida.
Es la pendiente resbaladiza por la caemos desde la altura de los pedestales en los que nos hemos subido. Y cuando olvidamos a Dios y ya no lo tenemos como verdadero centro de nuestra vida, tampoco pensamos en el valor y la importancia de las otras personas que caminan a nuestro lado. Ya no seremos capaces de encontrar al prójimo, porque no veremos como verdadero prójimo al que camina a nuestro lado. El no ser capaces de ver al prójimo nos impide encontrarnos con Dios, pero el olvidar a Dios nos hace incapaces de encontrarnos profundamente con el prójimo.
Aquel hombre había subido en su autosuficiencia al templo para colocarse en un pedestal, y había bajado más solo del templo porque era incapaz de encontrarse con los demás. Muchas soledades que nos creamos en nuestras autosuficiencias y en nuestros orgullos. Nos creamos distancias hacia los demás, ponemos barreras y terminamos caminando solos porque ni siquiera en Dios vamos a saber encontrar lo que pueda llenar de verdad nuestro corazón.
Mientras, nos dice la parábola, el publicano en su humildad abría su corazón a Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, pedía y reconocía humilde. El publicano solo se fía del amor y de la misericordia de Dios. Experimentará en su corazón esa misericordia. Bajó a su casa rusticado, nos dice la parábola. Bajó a su casa, a los suyos, al encuentro con los demás.
Podemos completar esta idea con otras imágenes del evangelio. El publicano Zaqueo cuando recibió en su casa a Jesús celebró un banquete, abrió su casa, su corazón no solo a Jesús sino a los demás. El publicano Leví cuando se encontró con Jesús y Jesús le invitó a seguirle celebró también un banquete y en la mesa estaban sentados Jesús y sus discípulos, pero también los amigos del publicano, porque el encuentro con Jesús no le impidió, sino todo lo contrario, el ir también al encuentro de los demás.
Siempre la alegría del encuentro con Jesús ha de llevarnos a ir al encuentro con los demás con quienes vamos a compartir esa alegría, con quienes vamos a mostrarnos misericordiosos como Dios ha sido compasivo y misericordioso con nosotros. Y es que desde ese encuentro con los demás con quienes compartimos lo mejor de nuestra vida – nunca podrá ser un encuentro ni orgulloso ni egoísta – nos llevará más profundamente a vivir a Dios.



sábado, 22 de octubre de 2016

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

En cuanto nos sucede aunque sean cosas que nos parecen negativas seamos capaces de descubrir el amor del Señor que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Algo habrá hecho para que le sucedan esas cosas… Alguna vez habremos escuchado algo así o acaso también se nos ha pasado por el pensamiento cuando vemos desgracias o cosas desagradables que les puedan suceder a personas de nuestro entorno. Es el grito angustiado que brota del corazón de aquel a quien le sucede una desgracia o se ve, por ejemplo, sometido a una enfermedad maligna. ¿Por qué a mí? ¿Qué es lo que he hecho yo?
Es el concepto, no muy en sentido cristiano, que tenemos de la enfermedad o de las desgracias que nos suceden como un castigo. Como puede ser también el sentimiento que nos puede surgir dentro de nosotros cuando vemos las injusticias de este mundo, las maldades que tanto daño hacen a los demás y pensamos cómo Dios no los castiga y los arranca de la vida para que no sigan haciendo tanto mal.
Es lo que le vinieron a contar a Jesús por unos sucesos lamentables que habían sucedido en el entorno del templo por unas revueltas contra los romanos y la actuación del gobernador que las había sofocado derramando sangre incluso dentro del mismo templo; por eso se habla de la mezcla de la sangre de aquellos galileos con la sangre de los sacrificios.
Jesús quiere hacerles reflexionar, recordando también a los que habían muerto cuando se había caído una torre en la fuente de Siloé alcanzando a algunos que allí se encontraban y que había encontrado la muerte. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ les pregunta Jesús. ‘¿Pensáis que aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?’
Aprovecha Jesús para invitarnos una vez más a la conversión, a mirarnos a nosotros mismos, a ver la realidad de nuestra vida en lugar de juzgar a los demás, a ser capaces de darnos cuenta de aquellas cosas que en nosotros habría que mejorar.
Y nos habla de cómo Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Para eso nos propone una pequeña parábola. El dueño de la vida que viene a buscar frutos en la higuera pero que como no encuentra quiere arrancarla de raíz; pero allá está el verdadero agricultor que pacientemente sigue esperando y cavará en su entorno, la abonará debidamente confiando que al próximo año dé fruto. Así el Señor en nuestra vida. Es la paciencia de Dios con nosotros frente a tantas irregularidades de nuestra vida; es la espera de Dios que sigue regándonos con su amor. Cada uno ha de pensar en la realidad de lo que es y ha sido su propia vida; cuánto hemos recibido del Señor y el poco fruto que damos cuando no somos capaces de mantenernos en fidelidad, no somos constantes en nuestra respuesta, tantas negatividades como sigue habiendo en nuestra vida.
Que sea otra la mirada que tengamos ante lo que nos sucede y siempre seamos capaces de ver la mirada amorosa de Dios sobre nosotros que nos llama una y otra vez a que nos convirtamos a El. Seamos capaces también de tener una mirada distinta sobre cuanto nos sucede para descubrir siempre en ello un signo del amor de Dios que nos cuida, nos busca y nos ofrece continuamente vida.

viernes, 21 de octubre de 2016

Como creyentes en Jesús también tenemos una mirada distinta para leer los signos de los tiempos y una forma de actuar desde los valores del evangelio

Como creyentes en Jesús también tenemos una mirada distinta para leer los signos de los tiempos y una forma de actuar desde los valores del evangelio

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Hoy estamos pendientes de las noticias cuando al final nos dan los pronósticos del tiempo para el día que sigue; los meteorólogos nos hacen sus predicciones, nos ponen las cartas de isobaras, nos muestran fotografías de satélite y nos dicen que tiempo habrá. Pero recordamos bien cómo los viejos del lugar sin tener esos adelantos científicos nos hacían también sus predicciones por una serie de signos que ellos descubrían en la atmósfera, en las nubes en las montañas o según fueran de poniente o no trataban de vislumbrar el horizonte para decirnos el tiempo que iba a venir. En unos y otros los signos del tiempo nos hacían o hacen ver lo que podía o no pasar.
Era la lectura de los signos del cielo, en este caso entendiendo el cielo como el firmamento y todo lo que hiciera referencia a la meteorología. Pero tendríamos que aprender a leer otros signos de los tiempos; ya los futurólogos se encargan de hacerlo, o los comentaristas sociales, económicos o políticos están tratando de descubrir en aquellas cosas que van sucediendo los tiempos que se avecinan, en este caso por donde va a ir a la vida social, económica o política de nuestra sociedad. Mucha gente trata de discernir en lo que sucede lo que es el futuro de nuestra sociedad.
Pero ¿nos tenemos que quedar en esas predicciones sean de un signo o de otro que ya sean metereólogos o comentaristas políticos nos puedan decir en esa lectura de los signos de los tiempos? ¿Tendríamos quizá que buscar algo de mayor trascendencia y tratar de hacer una lectura de la vida, de la historia o del tiempo presente también desde el sentido creyente? ¿Dios querrá hablarnos también a través esos signos de los tiempos, para que descubramos en el acontecer de cada día una señal de lo que Dios quiere de nosotros, de lo que Dios nos pide?
Todos tenemos nuestro lugar en la historia y la historia no la construyen solo los grandes personajes, sino que cada uno de nosotros va construyendo esa historia de cada día, y no solo en su propia vida sino también con una influencia en ese mundo que le rodea. Y ahí hemos de tener una mirada creyente para ser capaces también de ver la vida y la historia que construimos con los ojos de Dios.
Sí, una mirada creyente, para saber descubrir ese actuar de Dios, que aun cuando respeta nuestra autonomía y libertad porque El nos la ha dado, sin embargo está inspirando en nuestro corazón una forma de actuar, una manera distinta de hacer las cosas. Y cuando nos llamamos creyentes y nos llamamos cristianos es porque esa inspiración la encontramos en el evangelio y en sus valores.
Ojalá sepamos de verdad abrir los ojos de la fe; abramos nuestro corazón a la acción del Espíritu de Dios que nos ilumina, que nos guía, que nos hace descubrir también cuantas cosas buenas podemos realizar. No nos podemos cruzar de brazos ante el devenir de la historia y ante lo que los otros quieran realizar de nuestro mundo.
Nosotros también hemos de actuar, también tenemos un cariz que darle a la vida, a los acontecimientos, a cuanto sucede a nuestro alrededor. Ese sentido creyente de nuestra vida nos hace ver las cosas con una mirada distinta, pero también nos compromete a un actuar de una forma distinta. Nosotros desde nuestra condición de creyentes también tenemos que dejar nuestra impronta en la historia. Necesitamos ser valientes y dejarnos conducir por el Espíritu de Dios.

jueves, 20 de octubre de 2016

Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya

Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya

Efesios 3,14-21; Sal 32; Lucas 12,49-53

En la experiencia de la vida todos nos habremos encontrado con personas que parecen un torbellino; personas inquietas que no se detienen ante nada, personas que siempre están buscando cómo mejor hacer las cosas, que luchan y se esfuerzan a pesar de que puedan encontrar dificultades o todo un mundo en contra; tienen claras sus ideas, sus objetivos y metas y son incansables en su lucha por conseguirlos. Parece que tienen un fuego interior que les quema por dentro en ese ardor que sienten en su lucha por lo mejor pero que al mismo tiempo parece que contagian o quieren contagiar a cuantos están a su lado.
Junto a ellos no cabe la pasividad, en ellos parece que nunca hay cansancios, nos inquietan a nosotros también y entre muchas posibles reacciones de alguna manera quisiéramos parecernos a ellos. Sin embargo también constatamos que muchas veces en el entorno de estas personas se crean ciertas divisiones o enfrentamientos que pudieran caer en la violencia porque hay a quienes les molestan posturas así y se puede crear esa división o enfrentamiento, como decíamos. Los vemos en la vida social, en la política, en las familias, en muchas partes vemos surgir personas así con inquietud y fuego en el corazón y podemos ver también las distintas reacciones que se producen.
¿No será de esto o algo así de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio? ¿No es eso lo que vemos en Jesús, en sus palabras, en su actuar, en el anuncio que hace del Reino de Dios? ¿No nos estará queriendo llevar a eso Jesús con sus palabras?
En una interpretación excesivamente literal de las palabras de Jesús muchas veces nos pareciera que están en contradicción con otros mensajes del evangelio, porque en una interpretación así diera la impresión que Jesús busca la violencia y no la paz, la división en lugar del amor y la comunión. No queremos hacer rebajas en las palabras de Jesús ni en sus planteamientos, pero hemos de saber entender su significado y también las consecuencias que para nosotros puedan tener.
‘He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! nos dice Jesús. Es ese fuego del amor que ha de producir en nosotros esa inquietud. Es ese fuego ardiente por el Reino de Dios al que hemos de buscar y por el que tenemos que luchar para hacer que se vaya implantando en nuestro mundo. Es esa inquietud en nuestro corazón porque quien ha encontrado a Jesús ya no podrá quedarse con los brazos cruzados para siempre, sino que tendrá que arremangarse y ponerse en camino, como nos decía ayer, para hacer ese anuncio de la Buena Nueva del Reino.
Quien está lleno del amor de Jesús ha de ir prendiendo esa llama del amor allá donde vaya. Su amor que le hará buscar siempre el bien y la justicia, que le hará bajarse de la cabalgadura de su orgullo para ponerse siempre a servir al necesitado, a llevar consuelo al que está triste, a mostrar la misericordia del Señor con la compasión y el amor de su corazón, que no le permitirá quedarse insensible ante el que sufre o pasa necesidad, que no puede quedarse con los brazos cruzados con la injusticia que ve brotar por todas partes en nuestro mundo. Y un amor así ha de contagiar, como el fuego se ha de ir prendiendo en el corazón de los demás.
No siempre será comprendido.  Habrá muchos que le dirán que no hace falta llegar a tanto para ser bueno. Muchos serán los conformistas que tratarán de calmarse en ese fuego que le brota por dentro. En muchas ocasiones la oposición le va a venir quizá de los más cercanos. Es lo que nos está diciendo Jesús que con su presencia se produce división. Como había anunciado proféticamente el anciano Simeón allá en el templo será ‘un signo de contradicción’ y muchos tendrán que decantarse ante El.
Fue el camino de Jesús. Será nuestro camino de pascua si en verdad nosotros optamos por los valores del Reino, si en verdad nos sentimos comprometidos en el amor de Jesús.