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lunes, 15 de agosto de 2016

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56
María nos hace siempre levantar nuestra mirada a lo alto. Hoy de manera especial cuando celebramos su Asunción al cielo, su glorificación viviendo para siempre en la gloria de Dios nos hace levantar, digo, nuestros ojos a lo alto. Y bien que lo necesitamos.
En una oración con la que la invocamos desde siempre decimos que como andamos en este valle de lágrimas ella vuelva sus ojos misericordiosos sobre nosotros. Pero más aún tenemos que decirle que porque andamos en este valle de lagrimas, sintiendo, sí, su consuelo maternal, ella nos enseñe a levantar nuestra mirada porque necesitamos encontrar metas de luz, rayos de esperanza, ideales que nos animen a emprender esas sendas nuevas que con el evangelio de Jesús podemos y tenemos que encontrar.
Muchas son las cosas que nos encontramos en el camino de la vida y que nos hacen sufrir y a veces perder toda esperanza. Negruras que se nos meten en el alma y que nos llenan de angustias ante un mundo roto en el que vivimos tan lleno de egoísmos y de maldades. El sufrimiento y la angustia de los pobres y de todos los que padecen necesidad, de los que se sienten desplazados en la vida, de los que sufren las injusticias de los demás y se sienten oprimidos, de los que se ven envueltos en violencias y en guerras que todo lo destruyen y destruyen hasta lo más hondo nuestras esperanzas, de los que en este torbellino de la vida caminan sin rumbo y desorientados, de los que se ven arrastrados por tantas cosas que prometen libertad pero que mas bien conducen a las esclavitudes del materialismo y la sensualidad con que se vive la vida tantas veces, y tantas cosas nos tienen que hacer desear encontrar un camino de salvación, algo que nos renueve y nos levante, algo que nos pueda conducir a un mundo nuevo y mejor donde podamos en verdad ser más felices.
Nosotros desde nuestra fe confesamos y decimos que solo en Jesús podemos encontrar esa salvación, esas metas e ideales grandes, esa verdadera libertad que nos dé un sentido a nuestro caminar; solo en Jesús podemos encontrar esa paz en lo más hondo de nosotros mismos porque El es el que nos libera de todas esas esclavitudes, de todas esas cosas que nos atan y al final nos llevarían por caminos de infelicidad.
María nos está señalando ese camino que nos conduce a Jesús, que nos hace encontrar esa verdadera luz de nuestra vida que va a borrar para siempre todas esas tinieblas que nos entenebrecen. Es lo que canta María hoy en su cántico en el encuentro con Isabel. María comienza alabando a Dios que quiso contar con ella, a pesar de que se consideraba a sí misma la más pequeña, la humilde esclava del Señor. Y María canta al Señor dando gracias porque se va a derramar su misericordia sobre todos los hombres que viene a restaurar todo lo que hay roto en el corazón del hombre, pero que viene a ponernos en camino de ese mundo nuevo donde todo será renovado.
Dios ha hecho cosas grandes en ella y no se cansa de proclamarlo y de gracias porque siente que la alegría de esa gracia de Dios en ella se desborda y quiere contagiar a los demás pero ella está viendo también como esa misericordia del Señor va a llegar para siempre a los hombres y mujeres de todos los tiempos, a toda la humanidad tan necesitada de salvación.
Esa misericordia de Dios que así se desborda es ese rayo de luz y de esperanza que todo lo ilumina y todo lo transforma. Comienza un mundo nuevo en el que serán grandes los pequeños y los humildes, pero los que se sienten poderosos se van a ver derribados de esos pedestales del orgullo donde se han subido. Comienza un mundo nuevo en el que tiene que brillar el amor y la ternura, y del que va a ser desterrado todo sufrimiento y todo dolor, porque todos comenzaremos a actuar de manera distinta, todos vamos a ensanchar nuestro corazón en el amor y la misericordia para consolar pero también para hacer con nuestro amor y nuestra solidaridad que se mitiguen esos dolores y sufrimientos.
María está siendo ese primer testimonio de ese mundo nuevo. Para ella no habían distancias cuando se trataba de servir y de ayudar, por eso había caminado desde la lejana Galilea para venir a las montañas de Judá donde sabía que podían necesitarla, donde sabía que ella podía poner el consuelo de su amor.
María, sí, nos está enseñando a levantar nuestra mirada para ver más allá de nuestro yo que podría encerrarse en nuestro egoísmo y aprender a ver allí donde está la necesidad y el sufrimiento donde hemos de poner el bálsamo de nuestro amor y todo nuestro compromiso solidario para ayudar, para levantar, para animar y dar esperanza, para poner remedio allí donde hay una necesidad, para llevar una sonrisa y una palabra de ánimo donde encontramos gentes abrumados en sus tristezas y soledades.
Hoy celebramos la glorificación de María en su Asunción a los cielos. María, la humilde esclava del Señor, como así misma se llamaba, glorificada por su humildad  - el que se humilla será enaltecido, diría Jesús en el evangelio -, glorificada por su fe – dichosa tú que has creído, que le dice su prima Isabel-, glorificada por su amor y su espíritu de servicio, glorificada porque no solo fue dichosa por llevar en su seno al Hijo de Dios, Palabra eterna de Dios que se encarnaba, sino porque supo plantar esa Palabra en su vida mereciendo así la alabanza del mismo Jesús.

Mirar a María hoy en su Asunción es contemplar un camino, es ponernos en camino, es hacer el mismo camino de María que no fue otro que el de Jesús. Un día esperamos nosotros merecer también esa gloria del Señor.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

Jeremías 38, 4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio nos resultan una paradoja que nos llevan de alguna manera – eso al menos parece a primera vista – a una contradicción. Nos pudieran parecer que van en contra de lo que El a lo largo del Evangelio nos viene enseñando. Parece que nos hablara de destrucción, de guerras y enfrentamientos hasta entre hermanos y familias, y de angustias que diera la impresión que nos quita la paz.
¿Es eso lo que realmente produce el evangelio en nosotros? Y cuidado que en nuestras interpretaciones para suavizar las cosas caramelicemos las palabras de Jesús. De entrada en nuestro comentario ir diciendo que ya desde su nacimiento se vió la paradoja que era la vida de Jesús. ¿Verdaderamente es Jesús el Hijo de Dios que se hizo hombre? ¿Cómo le vemos en esa humildad y pobreza que fue su nacimiento que por no tener no se tenía ni una cuna donde recostar al recién nacido? ¿Cómo se nos irá presentando Jesús a lo largo del evangelio?
Ya nos meditará más tarde san Pablo que el que tenía la categoría de Dios tomó la condición de uno de tantos, de un esclavo, sometiéndose a la muerte, y a la muerte más ignominiosa que fue la muerte de Cruz. Ya había anunciado el anciano Simeón de aquel niño que era presentado en el templo que sería signo de contradicción.
Y es efectivamente que la Buena Nueva que Jesús nos anuncia tiene que producir un impacto grande en nuestra vida como para no dejarnos tranquilos. Es cierto que son palabras consoladoras, que nos anuncian paz en nuestros corazones y misericordia para nuestra vida pecadora, pero son anuncio de una transformación grande que tendrá que producirse en nuestra vida y en nuestro mundo. La Buena Noticia que recibimos no es para que todo siga igual, porque entonces no sería una buena noticia sino un constatar como estamos y cómo vamos a seguir.
Escuchar el evangelio nos obliga a ponernos en camino hacia algo nuevo que Jesús nos anuncia y quiere de nosotros. Decimos que el Evangelio nos anuncia el Reino de Dios, pues para que reine de verdad Dios en nuestra vida muchas cosas tienen que cambiar en nosotros, en nuestro mundo, para arrancarnos de una vida de esclavitud y de pecado. Sí, es un fuego transformador que quemará en nosotros todo lo viejo, todo lo que haya de pecado para hacer florecer la nuevo, la vida nueva que brota de la gracia de Jesús. Un incendio nos puede parecer devastador, pero el incendio que Jesús quiere en nuestra vida es purificador, principio de una vida nueva.
Y nos habla Jesús de Bautismo. Qué lástima que cuando escuchamos esa palabra nos quedemos en un rito al que quizá le hayamos desvirtuado su significado verdadero. Bautismo es sumergirnos para significar una muerte en nosotros, de la que renacemos en una vida nueva. No es un simple lavado externo, es algo profundo lo que se tiene que realizar.
Y Jesús cuando habla de su bautismo está hablando de su pascua, de su muerte y resurrección. Es una forma de anunciarnos la pasión lo que nos está diciendo Jesús con estas palabras. Por eso habla, sí, de angustia, porque habla de dolor y de sufrimiento, de muerte. Ya al comienzo de la pasión en Getsemaní pedirá al Padre que pase de Él este cáliz, pero que está dispuesto a seguir adelante, que se haga la voluntad del Padre. Pero la pascua no termina en muerte sino en vida, en resurrección, signo de renovación, de vida nueva.
Y eso es lo que ha de realizarse en nuestra vida cuando escuchamos el evangelio. Como decíamos, es ponernos en camino de vida nueva. Es renovación, es transformación. No todos lo entenderán, como nos cuesta entenderlo y aceptarlo a nosotros también, reconozcámoslo. Y entre los nuestros, entre los que nos rodean, quizá muchas veces en nuestra propia familia, no van a entender el cambio que se produce en nosotros, ese nuevo estilo de vida que queremos vivir, que nos sentimos impelidos a vivir. Y no nos aceptarán, y se enfrentarán a nosotros, y querrán hacernos la vida imposible, y ya sabemos como en la sociedad que no quiere entender las palabras de Jesús podemos estorbar y querrán incluso quitarnos de en medio.
¿No es en cierto modo todas esas cosas que escuchamos ahora mismo, en nuestra propia sociedad, cuando se habla contra la Iglesia, cuando se nos insulta o se nos trata de ridiculizar, cuando se quiere hacer desaparecer todo signo religioso y cristiano, cuando nos quieren imponer sus ideas ateas y materialistas de la vida?
Por eso nos dice Jesús que no ha venido a traer paz sino división. Pero Jesús sí querrá que nosotros no perdamos nunca la paz, aunque por fuera tengamos esas guerras, esas violencias, esos ataques. El estilo de vida del cristiano siempre nos ha de hacer reaccionar en paz, nunca con violencia, siempre con misericordia y comprensión, siempre ofreciendo nuestro camino de amor, aunque no sea entendido.
No son tan paradójicas ni contradictorias las palabras de Jesús, sino que Jesús nos está anunciando como nosotros hemos de ser un signo en medio del mundo, un signo que manifieste lo que es el evangelio; tenemos que ser buena noticia de Jesús en el mundo que nos rodea, aunque suframos violencias, aunque nos vean como una contradicción. Nuestra vida, el testimonio de nuestra vida ha de ser siempre una palabra de amor; hemos de ser siempre signos de ese amor.

sábado, 13 de agosto de 2016

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Habían acudido muchas madres llevando a sus niños a Jesús para que los bendijera. Era una costumbre entre los rabinos. Pero allí están muy celosos del descanso de Jesús sus discípulos más cercanos. No querían que molestaran a Jesús, después quizá de aquellas largas caminatas por los caminos de Galilea y las intensas horas de estar hablando y enseñando a las gentes. No quiere Jesús que les impidan a los niños llegar hasta Él.
Seguro que aquellas bendiciones de Jesús eran bien distintas de las que quizá ritualmente hicieran los letrados y rabinos. Jesús amaba a los niños, les tenía en cuenta, se sentía a gusto entre ellos, nos los ponía como ejemplo de cómo tenemos que ser. ¿Qué ejemplo puede darnos un niño? Podrían pensar algunos. Pero Jesús dice que hay que hacerse como ellos para ser del Reino de los Cielos, para entender lo que es vivir el Reino de Dios.
La sonrisa de un niño cautiva el corazón, la ternura que manifiestan de forma espontánea nos mueve también a nosotros a sentimientos semejantes;  ¿quién no es tierno con un niño? El que no sabe vivir esa ternura es porque quizá ha ennegrecido demasiado el corazón o  lo ha llenado de tantas cosas que ya no hay cabida para el amor. ¿Quién no se conmueve ante la imagen de un niño que camina confiado porque sabe que su padre lo lleva de la mano y con él a su lado nada le puede pasar? La alegría con que el niño se expresa cuando va caminando al lado de aquel en quien confía es contagiosa y nos hace mirar las cosas con otros ojos, con una mirada distinta; no tiene malicia en su corazón y no es capaz de actuar con malicia aunque realice las travesuras de un niño que siempre estaremos dispuestos a perdonar.
Antes nos preguntábamos qué ejemplos nos puede dar un niño y pienso que recordando estas cosas que hemos ido haciendo mención podríamos estar descubriendo, sí, cuantas cosas podemos aprender de un niño. Necesitamos ese corazón puro y limpio para poder contemplar a Dios. Ya nos lo decía Jesús en las bienaventuranzas, ‘dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Y Jesús nos dirá en otro momento advirtiéndonos de qué no les hagamos daño, porque sus Ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios; yo lo traduciría en los ojos puros de un niño podemos contemplar ese rostro de Dios.
¿Por qué no andar nosotros confiados, como si fuéramos de la mano, poniendo toda nuestra vida en las manos de Dios que es nuestro Padre? Recordemos cómo en otro momento Jesús nos hablará de la providencia de Dios que cuida de nosotros que somos sus hijos mucho más que de unas flores que hace florecer en nuestros campos, o unos pajarillos que cruzan nuestros aires y nos alegran con sus cantos.
Sintiendo el amor que Dios nos tiene, que es un amor de Padre, ¿no tendrá que brotar también la ternura en nuestro corazón? Hablábamos de la ternura y de la maravillosa sonrisa del rostro de un niño, y tendríamos que pensar que si lleváramos esa sonrisa en nuestros labios y en nuestro semblante con todo aquel que nos encontráramos en los caminos de la vida, haríamos un mundo mucho más hermoso y capaz de ser feliz.
‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’ eran las palabras de Jesús con las que comenzábamos este comentario. ¡Cuánto podemos aprender!

viernes, 12 de agosto de 2016

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

Amar no siempre es fácil. Hemos de reconocerlo sin miramientos ni complejos. Podemos llamar amar a muchas cosas, pero tendríamos que ver si realmente es amor. Amar entraña un darse, una donación de si mismo, un ir al encuentro del otro, un hacer suyos sus sentimientos porque ya me importa él (o ella) más que yo, no es anularse pero sí aprender a olvidarse de sí mismo, un pensar mas en la felicidad del otro porque será lo que verdaderamente me hará feliz, ser capaz de ser paciente y tener siempre esperanza, es confiar porque sé valorar a quien amo… cuántas cosas podríamos decir y no terminamos de explicar todo lo que significa amar de verdad. 
Y eso cuesta. Y tenemos que aprender a ir al encuentro del otro. Y muchas veces tendremos que decirnos no, aunque nos cueste, para hacer feliz al otro y yo seré entonces de verdad feliz. Cuesta porque en el fondo muchas veces seguimos pensando en nosotros mismos, en lo que podemos obtener, en lo que vamos a recibir y no somos capaces de vaciarnos de verdad. Cuesta porque ir al encuentro del otro significa aceptarle; y eso es aceptarle como es, también con sus limitaciones, pero aún así quiero amarlo. Y eso nos hará felices porque veremos feliz al ser a quien amamos. Por eso decimos que el amor es sublime, es grandioso, es una experiencia espiritual, será algo que nos transformará profundamente nuestro ser.
Por eso cuando encontramos el amor lo dejamos todo. Queremos estar con el amado y queremos que sea para siempre; y no queremos que nada se interponga, y superamos todo lo que haya que superar para seguir disfrutando de esa entrega, de ese amor que nos llenara de verdad por dentro. Amamos y nos sentimos poseídos por ese amor; no es ya poseer sino ser poseído.
No es fácil, nos cuesta. Parece muchas veces que el amor se rompe; quizá no pusimos los buenos cimientos para el encuentro y nos faltó garra en nuestra donación; quizá amenazaban atisbos de egoísmo que todo lo enturbiaban; en medio de la buena semilla que queríamos plantar podía aparecer la cizaña del orgullo, de la vanidad, del amor propio que parecían estropear aquel maravilloso campo del amor; muchas cosas podían confundirnos y hacernos perder la intensidad de la entrega; parecía que todo se podía echar a perder y tenemos el peligro de romperlo todo porque no sabemos superar los cansancios de la intensidad de la entrega.
Y Jesús nos recuerda hoy que el amor es uno y es para siempre. Que tenemos que saber desprendernos de todo para poder darnos totalmente por quien amamos y queremos hacerlo de verdad. Y eso vale para todo nuestro amor cristiano; y eso es especialmente importante en la sublimidad del amor matrimonial.
Y es que Dios está ahí en medio de ese amor; Dios es el que consagra ese amor y nos da la fuerza de su Espíritu para poderlo vivir en su total integridad. Y Dios quiere que no lo olvidemos, que sepamos contar con El; y en ese amor Dios se hace presente y ese amor es sacramento (signo verdadero) de la presencia de Dios. Y con Dios a nuestro lado será más fácil vivir la sublimidad del amor.

jueves, 11 de agosto de 2016

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1
¿Cómo es posible que no seamos capaces de ser misericordiosos con los demás con tantos signos de misericordia que hemos recibido en nuestra vida? Pareciera que olvidamos nuestras debilidades, nuestros fallos y cuantas muestras de comprensión, de paciencia, de misericordia han tenido con nosotros tantas veces.
Nos volvemos en ocasiones insensibles y duros, exigentes más con los otros que con nosotros mismos; olvidamos nuestras limitaciones y los errores que tantas veces hemos cometido en la vida; nos creemos merecedores de todo y nos creemos quizá con derecho a que tengan paciencia con nosotros que erramos una y otra vez y que no siempre mostramos suficientes señales de arrepentimiento y de que seriamente queremos corregirnos.
Desde esas posturas, desde esas actitudes surge el que tanto nos cueste perdonar, el que nos hagamos esa consabida pregunta de si tenemos que estar perdonándole a los demás una y otra vez las cosas con las que nos hayan podido ofender. Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos habla del sentido del verdadero amor y cómo hemos de amar a todos incluso a nuestros enemigos. Recordamos que nos decía que en algo teníamos que diferenciarnos los que pretendíamos seguirle, ser sus discípulos y pertenecer al Reino que El nos anunciaba. Es más nos decía también cómo nuestro amor a los enemigos debería llevarnos también a rezar por ellos.
Entendían fácilmente que teníamos que amarnos como hermanos, que no podíamos dejar de amar a los que nos amaban y nos hacían bien porque era además una forma de ser agradecidos, eso de amar a todos era una forma genérica de hablar, pero cuando llegaban a lo concreto de tener que amar a los que nos habían ofendido eso era cuestión de otro cantar. Les costaba a ellos entenderlo como nos cuesta a nosotros también, hemos de reconocerlo.
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro que refleja también la pregunta que rebrota dentro de nosotros tantas veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Está diciéndonos Jesús cómo tenemos que perdonar siempre. Y para ello nos propone una parábola.
Parábola que nos refleja toda la misericordia que Dios tiene con nosotros, imagen de la misericordia con que nosotros hemos de actuar con los demás. ¿Pero no decimos ‘perdónanos nuestros ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’? Así nos enseño Jesús a orar. Y creo que si rezáramos el padrenuestro con una mínima atención y dijéramos esas palabras con total sinceridad otra forma tendríamos de mirar al hermano que nos haya ofendido. Da la impresión que decimos tan deprisa el padrenuestro que pasamos por alto esa parte del perdón y casi no la decimos para no vernos nosotros comprometidos a perdonar también.
Seamos compasivos y misericordiosos como sabemos bien que Dios es infinitamente compasivo y misericordioso con nosotros que somos tan pecadores. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo en su martirio nos ayuda a descubrir cuales son los auténticos tesoros de la Iglesia en los pobres a los que tenemos que servir

San Lorenzo en su martirio nos ayuda a descubrir cuales son los auténticos tesoros de la Iglesia en los pobres a los que tenemos que servir

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

‘El mundo entero y en todas partes celebra hoy con unánime devoción el triunfo del bienaventurado Lorenzo, y Roma misma llena de alegría admira su fe inquebrantable, pues el mártir, encendido en los rayos del Sol eterno, sostuvo y venció un fuego de este mundo’ así nos dice san Máximo de Turín en una homilía de la fiesta de san Lorenzo.
Hoy 10 de agosto celebramos a san Lorenzo; muchos son los lugares que lo recuerdan y lo celebran. La tradición nos habla de que era originario de Aragón y por eso la ciudad de Huesca lo tiene como patrono, pero su vida transcurrió en Roma donde llegó a ser el Archidiácono del Papa san Sixto al que le seguiría en el martirio días después.
Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la institución del diaconado. Viendo los apóstoles que por sí mismos no podían atender al anuncio del evangelio y al mismo tiempo a la atención de los huérfanos y las viudas deciden con la asistencia del Espíritu Santo elegir a siete varones que serían constituidos como diáconos, como servidores, para la administración de aquellos bienes que los creyentes compartían para la atención de los necesitados.
Era la función que realizaba el diácono Lorenzo en Roma junto al Papa. No solo estaba para servir en la celebración litúrgica al Obispo de Roma, sino que tenia a su cuidado la atención de los pobres y necesitados con los bienes que la comunidad compartía generosamente. Hicimos mención que el Papa Sixto le precedió unos días en su martirio – lo celebramos el día 6 de agosto – y se nos cuenta que cuando fue apresado el Papa y algunos de sus diáconos en la persecución de Diocleciano, Lorenzo quería ir también con el Papa pues en su misión diaconal quería servirle hasta el último momento también en el martirio.
 Pero el papa le señala que debe quedar al cuidado de la Iglesia hasta que Dios lo llame. Y lo invita a distribuir a los pobres los tesoros que habían sido puestos a su cuidado. Habiendo escuchado estas palabras del Papa mencionando los tesoros de la Iglesia, Lorenzo es apresado y le conminan a que entregue todos esos tesoros de la Iglesia. Lorenzo se presentará ante su perseguidor con todos los pobres de Roma a los que había alimentado y cuidado con lo que los fieles habían compartido diciendo que esos eran los tesoros de la Iglesia.
Todos conocemos cual fue la reacción pues fue condenado a muerte y la tradición nos habla de su martirio a fuego lento colocado sobre una parrilla que se ha convertido en signo y en emblema que acompaña siempre su imagen.
Recordar y celebrar el martirio de san Lorenzo como de cualquiera de los mártires que por la fe entregaron su vida nos invita siempre a cantar las alabanzas del Señor, pues son un hermoso testimonio que nos alienta también en el camino de nuestra fe y en nuestra lucha de cada día por mantenernos en fidelidad, por difíciles que sean los momentos que tengamos que vivir.
El martirio nos señala la fortaleza de la fe, porque es el Espíritu del Señor que estará con nosotros para darnos la fuerza de su gracia en esos momentos de tormento. Nuestro martirio no será seguramente ni con el fuego ni con la espada, pero sí necesitamos día a día esa fuerza y esa gracia del Señor en ese camino de superación que hemos de realizar en nosotros, pero para enfrentarnos a los embates del mal que nos tientan de mil maneras para apartarnos del camino recto.
El testimonio de san Lorenzo en el servicio a los pobres, los verdaderos tesoros de la Iglesia nos ha de hacer pensar donde están para nosotros esos tesoros. ¿Es esa la imagen que damos? ¿Es esa la imagen de la Iglesia? Mucho habría que reflexionar y analizar en nuestras conductas en ese sentido y del actuar de la Iglesia, pero hemos de comenzar a valorar también esa labor que hace la Iglesia y no siempre se le reconoce en la atención a los pobres y a los necesitados.
Ahí está toda la labor de Cáritas que no es una ONG más, sino que es el verdadero rostro de la Iglesia servidora de los pobres, porque la labor de Cáritas es la acción de la Iglesia. ¿Quién en estos momentos de crisis que estamos atravesando es la que está dando respuesta continuada y seria a tantas y tantas familias necesitadas que están sufriendo las consecuencias de esta crisis? Creo que tendríamos que conocer mucho más la labor que realiza Cáritas, que en el fondo es la labor que está realizando la Iglesia.

  

martes, 9 de agosto de 2016

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Hay personas en la vida que saben ser previsoras y están pendientes y vigilantes ante lo que pueda suceder o los imprevistos que en la vida nos puedan aparecer. Personas que saben planificar bien su vida, que sin ser avariciosos saber guardar para estar preparados ante lo que pueda suceder, que saben controlarse que porque hoy tengan mucho puedan pensar que ya todo está resuelto para siempre y saben hacer entonces sus ahorros, tener sus previsiones; bien sabemos de cuantos siempre viven al día y casi lo tienen como filosofía de su vida y tanto tienen tanto gastan viviendo alegremente.
Ya digo no es necesario ser avariciosos para acaparar para tener por tener sin saber disfrutar de lo que se tiene, pero creo que sí es importante que sepamos planificarnos nuestra vida, tengamos objetivos por los que vayamos a luchar y trabajar y seamos capaces de ver las posibilidades que tenemos y hacer los acopios necesarios para poder llegar a cabo la tarea; es señal de un buen administrador y en fin de cuentas eso somos de nuestra vida, unos administradores de esa vida que se ha puesto en nuestras manos; más lo podemos decir cuando vivimos con trascendencia nuestra vida, que tampoco tiene su meta y su fin en los días que en este mundo vivamos.
Podíamos decir que en este sentido quiere hacernos reflexionar hoy Jesús con su parábola. Habla de una boda, de la llegada del novio que todos esperan con la ilusión de la fiesta y los preparativos necesarios, de unas jóvenes encargadas de iluminar el camino y con sus lámparas iluminar también luego la fiesta. Pero no todas las jóvenes fueron lo suficientemente previsoras; la mitad de ellas se contentó con llevar el aceite para que en aquel momento las lámparas iluminaran, no previeron que el novio podía tardar, como luego la fiesta se podía alargar y era necesario tener suficiente aceite para que las lámparas se mantuvieran encendidas. Cuando llegó el novio después de la tardanza ya sus lámparas no iluminaban, no tenían aceite para recebar la lámpara. No pudieron entrar a la fiesta porque mientras fueron a comprar la reserva ya la puerta de la fiesta se cerró.
Tiene, por supuesto, la parábola un sentido escatológico que nos hace pensar en el final de los tiempos, en la vida futura que nos espera, y en el momento en que hemos de presentarnos delante del Señor con nuestra lámpara encendida. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Se mantendrá encendida hasta ese momento final esa lámpara de nuestra vida? ¿Habremos mantenido y alimentado suficientemente nuestra fe? ¿Cuáles son las obras de nuestro amor, qué hemos hecho de nuestra vida? son preguntas que surgen al hilo de la parábola.
Claro que también tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida, de la vigilancia y de la responsabilidad con que hemos de vivir cada momento, de la seriedad con que nos vamos tomando cada una de nuestras responsabilidades y obligaciones, y del desarrollo que hemos de hacer de nuestra talentos, de nuestros valores.
Estamos llamados a iluminar desde ese sentido profundo de la vida que tenemos por nuestra fe en Jesús y esa luz no se puede apagar; pero esa luz no se mantendrá encendida para iluminarnos no solo nosotros sino a los demás si no la alimentamos. Es ese espíritu nuestro que tenemos que entrenar y fortalecer, es la espiritualidad con que hemos de dotar nuestra vida, es esa unión con la gracia del Señor que significará tanto una escucha de su Palabra como un fortalecimiento con los sacramentos, es la oración con que diariamente alimentamos y fortalecemos nuestro espíritu.
Mantengamos encendidas nuestras lámparas porque tenemos que iluminar nuestro mundo.

lunes, 8 de agosto de 2016

La vida hemos de vivirla con responsabilidad que hemos de asumir con todas sus consecuencias para nosotros mismos y en nuestra relación con los demás

La vida hemos de vivirla con responsabilidad que hemos de asumir con todas sus consecuencias para nosotros mismos y en nuestra relación con los demás

Ez. 1, 2-5. 24-2, 1; Sal. 148; Mt. 17, 21-26
La vida hemos de vivirla con responsabilidad. Tenemos responsabilidades con nosotros mismos, con lo que somos y con lo que tenemos en nuestras manos, con nuestra propia vida que hemos de cuidar y tratar de vivirla con la mayor dignidad, con los talentos, los valores, las cualidades y capacidades que tenemos en nosotros y que hemos de saber desarrollar.
Pero no todo se centra en nosotros mismos, porque en nuestro entorno está la familia, a la que pertenecemos como hijos o la que hemos formado cuando hemos hecho una opción de vida en convivencia con nuestra pareja – como suele decirse hoy – cuando hemos creado un hogar o una familia. Ahí tampoco podemos desatender nuestras responsabilidades porque la familia se está creando y construyendo día a día; está el cuidado que tenemos por los nuestros, está el procurar la felicidad de cada uno de sus miembros, pero también el ayudar al desarrollo de los valores y capacidades de cada uno, a la realización como persona de cada uno de sus miembros, en lo que hemos de contribuir. Mucho más podríamos decir y reflexionar en este apartado de responsabilidades.
Pero ahí no se acaba el campo de nuestras responsabilidades. Vivimos inmersos en medio de una sociedad, donde desarrollamos nuestra vida, donde entramos en relación con otras personas, donde nos ganamos el pan de cada día en el desempeño de un trabajo, de la que recibimos muchos pero a la que nosotros también aportamos con lo que somos, nuestro trabajo, el desarrollo de nuestros valores, la contribución que hacemos para que nuestro mundo sea mejor, la felicidad que queremos sembrar en el corazón de los demás, la paz que queremos construir en nuestras familias, en nuestros ambientes, con aquellos con los que nos relacionamos.
No nos podemos desentender de ese mundo en el que vivimos. Es la contribución de nuestra vida al desarrollo de los demás, a la mejora de ese mundo en el que vivimos y todos queremos ser felices. Amplio es el campo que se abre ante nosotros y del que no podemos huir  acobardados porque sea mucha la tarea. Somos responsables de ese mundo, de esa sociedad en la que vivimos, de lo que hemos recibido de nuestros mayores y de los demás, pero donde tenemos que sembrar nuestra semilla, poner la contribución de nuestra vida.
Me he hecho esta reflexión partiendo del evangelio que escuchamos que nos habla de la pregunta que le hicieron a Pedro que si Jesús no pagaba el impuesto de las dos dracmas para la contribución del culto del templo. Nos hace pensar, como hemos venido reflexionando, sobre esa responsabilidad que tenemos de contribuir todos al bien de nuestra sociedad. Será esa contribución económica para poder tener los medios necesarios para todo eso que hay que realizar en muchos aspectos, pero no se termina ahí nuestra responsabilidad. Es, es cierto, una responsabilidad grave que no podemos rehuir y todos hemos de contribuir según nuestros medios con total responsabilidad, pero es mucho más lo que podemos hacer, como hemos venido reflexionando.
Hay un aspecto más en este campo de responsabilidades y es nuestro lugar en medio de la comunidad cristiana, la responsabilidad que tenemos como miembros de la Iglesia. Algo que nos llevaría a más amplias consideraciones y en lo que muchas veces hemos  reflexionado y seguiremos tratando en otras ocasiones.

domingo, 7 de agosto de 2016

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19; Lucas 12, 32-48
En la vida tenemos responsabilidades que tenemos que asumir y en las que no nos podemos dormir; nos hacemos planes, nos trazamos objetivos; el hombre maduro y responsable siempre estará buscando cómo mejorar las cosas, como pueda hacer que las cosas para los suyos, con aquellos que están a su cargo o con los que tiene una especial responsabilidad, ya sea la familia o ya sea aquellos cuyo trabajo pueda depender también de su actuación y su responsabilidad, puedan marchar bien y hacer que puedan tener una vida mejor. Actuando con responsabilidad no hace dejación de sus obligaciones, no se duerme, no espera que otros hagan sino que también será capaz de tener iniciativas o buscar formas de que todo funcione bien.
Las responsabilidades de la vida nos hacen estar vigilantes, atentos. Eso, como decíamos, es parte y es expresión de la madurez de la persona y de la madurez con que afrontamos los problemas de la vida. Es cierto que en esas materias de orden material o donde toque el aspecto económico parece que nos hacen ser más astutos, y quizá en otros aspectos de la vida personal y de la vida espiritual no prestemos tanta atención.
Jesús en el evangelio nos va trazando unas líneas de vida, ayudándonos a descubrir unos valores, queriendo hacer que busquemos lo que es verdaderamente principal e importante en la vida, abriéndonos caminos de vida, descubriéndonos lo que es el sentido del Reino de Dios que nos anuncia y que ha de ser el sentido de nuestra vida.
Cuando lo vamos escuchando, al tiempo que contemplamos su actuar, nos sentimos entusiasmados y nos entran deseos de vivir ese estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece, nos hacemos nuestros propósitos y nuestros planes e incluso comenzamos a dar pasos en ese seguimiento de Cristo queriendo vivir tal como Jesús nos ofrece. 
Pero ya sabemos bien lo que nos sucede y que nos aparece enseguida la inconstancia, pronto nos cansamos, tenemos el peligro de olvidar aquello que nos habíamos propuesto y baja la intensidad de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. Tenemos, ya sabemos, muchos altibajos en la vida y en este caso en la vida espiritual.
Todos recocemos esa experiencia de nuestra vida; después de una semana santa vivida con fervor nos propusimos muchas cosas, o fueron unos ejercicios espirituales que hicimos de los que salimos con muchos propósitos, o aquel cursillo al que asistimos o aquellas jornadas en las que participamos compartiendo con otras muchas personas que también veíamos cómo querían con entusiasmo vivir su compromiso en la iglesia y en medio del mundo. Salimos con mucho entusiasmo en aquellos momentos, pero luego pronto ‘como era en el principio, ahora y siempre…
Hoy Jesús nos habla de tener ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas. Nos recuerda aquella parábola de las doncellas prudentes y de las doncellas necias, las que llevaron aceite suficiente aparte, y las que llevaron raquíticamente el poquito que podía contener el pequeño depósito de la lámpara. O nos habla del dueño de la casa que no sabe por donde puede atacar el ladrón, pero que estará vigilante y tendrá bien cerradas las puertas para que no se pueda introducir en la casa. O nos habla del administrador fiel y solicito que se le ha confiado la administración de una casa o de una hacienda y que ha de estar atento para que todo funcione bien, porque esa es su responsabilidad.
Podemos reflexionar e interpretar estas palabras en un sentido escatológico pensando en ese momento final de nuestra vida y en el momento en que tengamos que presentarnos ante Dios para dar cuenta de lo que ha sido nuestra vida. Pero creo que de una forma concreta el mensaje que se nos trasmite quiere que pensemos en el día a día de nuestra vida y cómo ahora en este momento estamos dando respuesta a lo que Jesús nos va pidiendo en el evangelio.
Estas palabras de Jesús han surgido tras aquellas consideraciones que se nos hacía para que no nos dejáramos seducir por la codicia de la vida, la codicia y el deseo de la posesión de bienes materiales. En las primeras palabras que hoy hemos escuchado se nos invita a guardar nuestro tesoro donde los ladrones no nos lo puedan robar, diciéndonos que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. Y ante esa situación que podría parecerle difícil a los discípulos Jesús se expresa con toda su ternura - ‘no temas, pequeño rebaño’, les dice - para que pongamos toda nuestra confianza en el Padre bueno del cielo.
No nos podemos cruzar de brazos ni nos podemos quedar aletargados sin saber qué hacer por mucho que sea la necesidad o el trabajo que se abre ante nosotros; la vigilancia y la espera no son pasivas en el cristiano.
Son los oídos atentos para escuchar la Palabra, pero son los ojos abiertos para mirar la vida y mirar nuestro mundo; son nuestras manos ágiles y siempre dispuestas para trabajar y es nuestro corazón siempre abierto para compartir con generosidad; es esa apertura de nuestra para ver la necesidad y es la disposición para abrir caminos de compromiso; es la sintonía de nuestro espíritu para captar esa voz y esa presencia de Dios, son nuestros pies siempre dispuestos a caminar para sembrar la paz, para hacer el bien, para ir a construir ese mundo nuevo.
Es la responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de su seguimiento, nos tomamos en serio la vida que vivimos en todos sus aspectos.

sábado, 6 de agosto de 2016

Aprendamos a subir a la montaña del Tabor de nuestra oración, de nuestra interioridad, del silencio para sentir la presencia y dejarnos iluminar por la luz de Dios

Aprendamos a subir a la montaña del Tabor de nuestra oración, de nuestra interioridad, del silencio para sentir la presencia y dejarnos iluminar por la luz de Dios

2Pedro 1,16-19; Sal 96; Lucas 9, 28b-36

‘Maestro, ¡qué bien se está aquí!’ y no era para menos. La experiencia que estaba viviendo Simón Pedro era única e irrepetible. Nunca había llegado a tener una visión así. La gloria del Señor se estaba manifestando ante él y casi no se lo podía creer.
Jesús se los había llevado a aquella montaña alta. Seguramente les había costado la subida, pero ahora podían decir que había merecido la pena. Y no eran las bellezas de las llanuras de Yesrael que desde allí se contemplaban lo que le causaba admiración. Era algo distinto lo que estaba sucediendo y de lo que eran testigos y que transformaría sus vidas. Con él habían ido también los dos hermanos Zebedeos. Eran los tres discípulos escogidos de manera especial por Jesús para ser testigos de momentos extraordinarios como lo que ahora estaba sucediendo.
Había subido para orar en la montaña, como a Jesús le gustaba; solía ir a lugares apartados y tranquilos, porque la experiencia de Dios es difícil de captarla en medio de bullicios y ruidos. Como Elías que se había ido a la montaña y allí sintió la presencia de Dios; como Moisés que subía a lo alto de la montaña de Dios o del Sinaí; como Abraham que también en soledad del silencio escuchaba y recibía a Dios en su tienda. Ahora Jesús se había transfigurado con la gloria de Dios. Su rostro resplandecía; sus vestidos resplandecían; todo era luz y esplendor; y allí estaban también Moisés y Elías. ‘¡qué bien se está aquí!’
Cuando uno se deja iluminar por la luz de Jesús esa luz no puede dejar de brillar en tu vida. Como Moisés cuando contempló a Dios en la montaña y luego siempre su rostro resplandecía. Disfrutamos de la presencia de Dios en la montaña de la oración, en los momentos especiales que Dios nos concede en que podemos experimentar su presencia en nosotros, pero con esa luz tenemos que ir a los demás. Es tan importante ese momento de encuentro vivo con el Señor para escucharlo, para dejarnos iluminar por El.
La experiencia de la alta montaña aun se había terminado porque los envolvió una nube sino de la inmensidad de la presencia de Dios. Escucharían una voz que señalaba a Jesús como el Hijo amado del Padre.  ‘Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Era ahora la experiencia que llenaría de fuerza sus vidas. Vendrían momentos duros y difíciles; Jesús anunciaba una y otra la experiencia de la pascua que El habría de vivir. Para eso era su próxima subida a Jerusalén y bien necesitaban ellos llevar bien asumida en sus vidas esta experiencia única que habían vivido ahora en lo alto de la montaña. Ahora habían de bajar de nuevo a la llanura de la vida, al día a día por aquellos caminos nuevos que se abrían ante ellos.
Tenemos que vivir nosotros la experiencia de la transfiguración para llenarnos de luz y poder resplandecer con esa luz y llevarla a los demás. Las tinieblas se resisten a la luz. Como dice el principio del evangelio de Juan las tinieblas no la recibieron. Es de lo que tenemos que tener conciencia en nuestro camino para fortalecernos en esa luz, en esa fe y poder dar así testimonio.
Cuánto tenemos que aprender a subir a la montaña del Tabor, que es nuestra oración, que es ese nuestro cuarto interior, que es ese momento de recogimiento e interioridad que cada día hemos de saber tener, que es ese silencio que hemos de saber hacer en medio de los bullicios y ruidos de la vida, para tener esa experiencia de luz, de vida, de Dios.


viernes, 5 de agosto de 2016

Que la Virgen de las Nieves extienda su manto protector de manera especial sobre sus hijos que en la Isla de la Palma padecen la catástrofe del incendio forestal que asola su tierra

Que la Virgen de las Nieves extienda su manto protector de manera especial sobre sus hijos que en la Isla de la Palma padecen la catástrofe del incendio forestal que asola su tierra

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
Hoy es una fiesta de la Virgen que tiene una hermosa resonancia popular y un hermoso significado, aunque en su origen fuera fiesta eminentemente eclesial pues es la Dedicación de la Basílica Mayor de Santa María en el monte Esquilino de Roma. Fue, sin embargo, en su origen la primera Iglesia dedicada a María, la Madre de Dios, en el occidente cristiano.
La tradición envuelve en hermosas leyendas la construcción de este templo con el sueño del Papa que le impelía a edificar una Iglesia en Roma donde apareciera el suelo nevado en pleno mes de agosto. Es así como se enmarca el solar donde sería levantada lo que es hoy la hermosísima Basílica de Santa María la Mayor, una de las cuatro Basílicas Mayores o Papales que existen en la Urbe romana. Allí se venera el Icono de Santa María, Salus populi romani, que bien sabemos que el Papa Francisco va a venerar con frecuencia y en especial antes y después de cada uno de sus viajes apostólicos por el mundo.
Decíamos que la fiesta de la Virgen de este día tiene una fuerte resonancia popular sobre todo en la Advocación de la Virgen de las Nieves. Son muchos los lugares que veneran a María con esta Advocación que nos habla de la pureza de María y nos impulsa a seguir sus mismos caminos de santidad y de gracia. No podemos menos de recordar hoy aquí en mi tierra canaria a la Isla de La Palma que la venera como Patrona en esta Advocación de la Virgen de las Nieves, sobre todo en estos momentos angustiosos que se viven en aquella isla con el incendio forestal que va devastando sin control los montes de la isla y poniendo en peligro sus poblaciones.
Queremos pedir con todo el amor de nuestra alma que María extienda su manto protector sobre la isla y sus habitantes y como tantas veces se han visto liberados de tantos peligros ella ahora una vez extienda su protección sobre todos ellos y encuentren la forma de controlar y detener tal catástrofe que se abate sobre la isla. Grande es el amor que los palmeros sienten por su madre y patrona y son muchos los que se congregan hoy en su santuario para invocarla y celebrarla, aunque muchos también se hayan visto imposibilitados para ir a visitarla por las circunstancias que viven. Que María les conceda hacerles sentir paz en sus corazones y la alegría del control de tan devastador fuego que va calcinando sus montes y poniendo en peligro sus vidas.
En otras circunstancias me hubiera detenido en esta reflexión que diariamente os ofrezco en considerar muchas cosas que podemos y tenemos que aprender de María, porque siempre a la Madre tenemos que imitar y muchas son las cosas que de ella podemos aprender. Hoy simplemente quiero invitar a cuantos lean esta página de mi blogs a que eleven una oración especial por los habitantes de aquella bella isla en las duras circunstancias que vive en estos momentos, y por quien ha fallecido desempeñando su labor de luchar contra este incendio.
Que la amargura de las circunstancias negras o difíciles por las que pasamos en ocasiones no nos oscurezca las mentes ni endurezca los corazones, sino que en todo momento sintamos la protección de quien nos ama como Madre y siempre nos querrá llevar hasta la paz de Jesús.

jueves, 4 de agosto de 2016

Como Pedro, como María aprendamos a vaciar nuestro corazón para que se llene de Dios y podamos vislumbrar su misterio de amor

Como Pedro, como María aprendamos a vaciar nuestro corazón para que se llene de Dios y podamos vislumbrar su misterio de amor

Jeremías 31,31-34; Sal 50; Mateo 16,13-23

Jesús camina con sus discípulos más cercanos por territorios fronterizos al norte de Galilea en las cercanías de Fenicia; un momento propicio para hablar con ellos con una mayor intimidad y confianza, para instruirles con mayor detalle y para que surjan preguntas hondas que hagan salir al exterior con palabras interrogantes profundos que pueda haber en sus corazones.
Estaba el amor que sentían por Jesús en esa amistad creciente que da el frecuente trato y la compañía; estaba el entusiasmo que también brotaba en ellos ante los signos que realizaba, los milagros que hacia, las cosas extraordinarias que iban descubriendo en El; estaban por otra parte las manifestaciones de la gente sencilla que lo veían como un profeta, acaso como el Mesías esperado, pero era normal que siguieran las dudas, que surgieran interrogantes, que pensaran incluso en su futuro en ese camino que habían emprendido al seguirle y estar con El.
Jesús quiere hacer aflorar todo eso que llevan en su corazón y que lo expresen verbalmente, porque es el camino de aclarar ideas y dudas y de profundizar en ese conocimiento que van teniendo de El. De ahí esas preguntas. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
La primera pregunta era fácil de responder porque solo bastaba recordar todas las cosas que la gente decía de El cuando contemplaban sus milagros o escuchaban sus enseñanzas. Pero cuando la pregunta va directa a saber lo que tú piensas es más comprometido. Quizá no sabían qué responder y nadie se atrevía a dar la primera respuesta. Pero no hacia falta porque allí estaba Simón Pedro como siempre dispuesto a adelantarse, porque además era grande el amor que sentía por Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’.
Y surge la alabanza de Jesús. Has dicho bien, vas por buen camino en tu respuesta. Pero esa respuesta no es cosa tuya, que tú hayas pensado por ti mismo. Podías intuirlo, podías tener esa sospecha dentro de ti, pero en tu corazón ha hablado alguien para revelarte quien soy. ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
El amor de Pedro por Jesús había hecho que se dejara conducir por el Espíritu divino. ‘No te lo ha revelado nadie de carne y hueso…’ Es necesario abrir el corazón, abrirse con disponibilidad total para Dios. Solo así, vaciándonos de nosotros mismos podremos llenarnos de Dios, podremos sentir el amor de Dios en nuestros corazones y será entonces cuando podremos llegar a conocer a Dios, penetrar más profundamente en el misterio de Dios. Ya dirá Jesús en otro momento, dando gracias al Padre, porque los sencillos y los pobres alcanzarán la revelación de Dios.
Mientras estemos llenando nuestro corazón de cosas que nos apropian – no somos nosotros los que al final nos apropiamos de las cosas, sino que las cosas se apropian de nosotros – mientras sigamos encerrados en nuestras ideas preconcebidas, mientras permanezca en nosotros ese orgullo de que nos sabemos todas las cosas, no podremos alcanzar a vislumbrar ese misterio de Dios. Es lo que le vemos hacer ahora a Pedro, como se lo vimos hacer a María, la llena de la gracia, la llena de Dios, porque se hizo humilde y se hizo pequeña y lo único que le importaba era descubrir lo que era la voluntad de Dios para plantarla en su corazón. Pensemos como ha de ser nuestra oración, nuestro trato íntimo con el Señor.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Esa ‘cananea’ puede significar el refugiado, el inmigrante, el que de es de otra raza y tantos con quienes no nos queremos relacionar y tanta desconfianza les tenemos

Jeremías 31,1-7; Sal.:  Jr. 31,10-13; Mateo 15,21-28

‘¡Ten compasión de mí, Señor, hijo de David…!’ grita una mujer cananea detrás de Jesús. Está fuera del territorio de Israel, se ha ido más al norte, a territorios de Fenicia, en la zona de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, no judía ni de religión judía, que se ha enterado de la presencia de Jesús y hasta donde había llegado su fama, va detrás de Jesús gritando con insistencia. Hasta los discípulos que acompañan a Jesús interceden, quizá por quitarse de encima las molestias de aquellos gritos.
Parece que Jesús les sigue la corriente a lo que en su interior quizá pensaban los discípulos como buenos judíos con la respuesta que da, pues para los judíos la salvación era solo para ellos. Quien no fuera judío no pertenecía al pueblo de Dios y no merecería esa salvación. Pero la fe de aquella mujer es grande, porque se postra ante Jesús, no le importan las humillaciones que pueda sufrir si al menos una migaja de compasión llega a ella y se le cura su hija.
Jesús sentirá admiración por la fe y la humildad de aquella mujer. Lo que ha pedido se le ha concedido, su hija se ha curado, pero es mucho lo que ha llegado a aquella casa, a aquellos corazones. Aquella mujer era cananea y merece la alabanza de su Jesús por su fe. Nos recuerda otra alabanza a la fe de alguien por parte de Jesús; fue al centurión, también un pagano, y Jesús decía que no había encontrado en nadie en todo Israel tanta fe como en aquel hombre.
A la hora de sacar enseñanzas para nuestra vida pensamos en nuestra fe y en nuestra humildad; ojalá fuese al menos como unas migajas de la fe aquellas personas. Nos hace preguntarnos por nuestra fe, por nuestra oración, por nuestra confianza. Pero creo que puede hacernos pensar en mucho más.
Cuántas veces discriminamos también en este ámbito de la fe y hacemos juicios sobre la fe de los demás; desconfiamos de la fe de los otros, nos parece que ‘esos’ qué fe van a tener;  y en ‘esos’ podemos poner tantos nombres y situaciones, que si son unos incultos, que esos pobrecitos no saben nada y qué fe van a tener, que si esos no son de los que vienen a la iglesia habitualmente; y podemos llegar a más porque discriminamos, juzgamos y hasta nos atrevemos a hacer nuestros juicios de valor sobre la fe de las personas que son de otra religión, que son de otro país, que son de una determinada condición o raza. Y Jesús en el evangelio alaba la fe de una cananea y de un centurión romano, ambos paganos y no de religión judía. Y nosotros nos creemos los mejores y con la ‘unica’ fe verdadera.
Claro que podemos ampliar mucho más nuestra reflexión a todo un ámbito social donde también hacemos nuestras discriminaciones. Esa ‘cananea’ puede significar el refugio, el inmigrante, el que viene de otro país, el que de es de otra raza, tantos otros a los que miramos sobre el hombro, con los que no nos queremos mezclar ni relacionar, a los que tanta desconfianza tenemos. Y aquí cada uno mire en su derredor y mírese a si mismo para ver con sinceridad cual es el trato que le damos a tantos ‘desconocidos’ que se acercan a nosotros pidiendo quizá una ayuda, o queriendo entrar en relación con nosotros. Cada uno examínese a si mismo con total sinceridad.

martes, 2 de agosto de 2016

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! necesitamos escuchar de labios de Jesús y en nombre de Jesús hemos de saber decirlo a los demás

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! necesitamos escuchar de labios de Jesús y en nombre de Jesús hemos de saber decirlo a los demás

Jer. 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101;  Mateo 14,22-36

‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Qué paz sentirían en su espíritu, a pesar de sus temores y sus dudas, cuando escucharon la voz de Jesús, cuando escucharon sus palabras. Una palabra de ánimo, una mano tendida, un brazo sobre nuestros hombros cuando nos parece que nos sentimos hundidos, nos parece que no vemos salidas, que los problemas nos abruman, que la vida se nos vuelve oscura por las dificultades, cuánto bien nos hace. Tenemos seguramente la experiencia de sentirnos en esas soledades y ver aparecer ese amigo, esa persona que se puso a nuestro lado, que nos ofreció una mirada de comprensión y cariño, de quien escuchamos una palabra de ánimo. Qué triste es sentirse en soledad sin notar la presencia de alguien a tu lado, sin esa palabra amiga que te dé ánimo.
Así iban luchando los apóstoles con lago embravecido y el viento en contra. Y Jesús no estaba con ellos. Cualquier cosa les llenaba de temor; por eso la presencia de Cristo que camina sobre el agua en principio les hace temer. Creen ver un fantasma. Pero la voz de Jesús es inconfundible. ‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Aunque todavía Pedro que siempre se adelanta a todos quiere confirmar algo más. ‘Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua’. Y aun con sus inseguridades y sus miedos camina hasta Jesús, aunque la duda le hace hundirse. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’, le dirá Jesús.
En esos mares embravecidos de la vida necesitamos esa presencia de Jesús. ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?, también nos dice Jesús a nosotros, porque aunque sabemos bien que El está con nosotros siempre, nos lo ha prometido, nos llenamos de dudas tantas veces y también todo se nos vuelve oscuro. Cuántos momentos duros pasamos en la vida y lo peor es que nos parece que nos sentimos solos por nuestra falta de fe. El Señor llega a nosotros de muchas maneras y quiere hacerse presente en nuestra vida. Cuántas señales hemos de saber descubrir de su presencia.
Al final si permanecemos en nuestra fe en El nos llenaremos de paz, sentiremos el gozo en nuestro corazón porque podemos seguir haciendo nuestra travesía a pesar de las dificultades. Quizá la solución de nuestros problemas no es como nosotros habíamos pensado, pero el Señor nos abre caminos delante de nuestra vida. Es necesario confiarnos, estar atentos a esa presencia, a esa voz, a ese camino nuevo que se abre delante de nosotros.
Pero quiero pensar en algo más, aunque fuera brevemente. Desde la experiencia que tenemos de sentir esa presencia del Señor que llega a nosotros por tan diversos caminos – quizá fue un amigo que estuvo a nuestro lado, un acontecimiento, una palabra que escuchamos – hemos de descubrir cómo nosotros podemos ser también ese signo, esa señal, esa luz para los demás. Nosotros podemos tener también esa palabra, tender esa mano, hacer salir de su soledad a alguien que está en esa situación a nuestro lado. Tenemos el peligro y la tentación que ver solo nuestras oscuridades y no ver las soledades que puedan estar pasando otros a nuestro lado.
‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ necesitamos escuchar de labios de Jesús. Es lo que en nombre de Jesús también nosotros podemos decir a los demás.

lunes, 1 de agosto de 2016

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

Jeremías 28,1-17; Sal 118; Mateo 14,13-21

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos invitan a actuar nosotros con igual amor y misericordia con los demás. Sería incongruente y en cierta manera casi imposible que cuando hemos experimentado en nuestra vida lo bueno que es Dios con nosotros, no actuemos nosotros de la misma manera.
Todo el evangelio es una manifestación clara y palpable de la misericordia de Dios. El evangelio es el anuncio de la Buena Nueva de que Dios nos ama. Ahí está su mensaje principal. Aquello que san Juan tan bellamente nos resume, ‘tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo’.
Y es lo que los evangelistas tratan de irnos explicando en la medida en que nos relatan los hechos y las palabras de Jesús. Porque no solo son sus palabras, es la vida misma de Cristo, traspasada del  amor de Dios, la que se nos refleja en sus obras, en su actuar, en cómo se acerca a nosotros que nos vemos reflejados en aquellas multitudes que acudían a El, en aquellos pobres, en los enfermos, en todos los aquejados con tantos males que se acercan a Jesús.
Hoy contemplamos en el evangelio uno de esos momentos de Jesús. Se ha retirado Jesús con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario y tranquilo, se ha ido en barca atravesando el lago, pero al desembarcar se encuentra una multitud que le espera. Aparece el corazón misericordioso de Jesús. Sintió lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se puso a enseñarles, a curar a los enfermos, pero no se acaba ahí su actuar lleno de misericordia.
Aquella gente ha ido de lejos, están en lugar apartado y en descampado, las pocas provisiones que podían haber llevado se les habrán terminado, hay que darle de comer a aquella multitud. Y Jesús que ha estado mostrando su amor  compasivo y misericordioso quiere actúen ahora sus discípulos. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice. Los discípulos han de actuar con el mismo corazón misericordioso y así han de actuar también con aquella multitud, aunque no saben qué hacer. Están lejos, ellos tampoco tienen provisiones - aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces – pero Jesús les enseña cómo tienen que actuar. Será necesario desprenderse de eso poco que tienen, han de poner mucho amor y con la fe todo se resolverá. Ya hemos escuchado cómo acaba el episodio y toda aquella multitud como hasta hartarse.
‘Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’ también tratamos nosotros de disculparnos tantas veces cuando nos vemos apremiados por la necesidad o la mayor pobreza de los que nos rodean. ¿No estará sucediendo cada día cuando miramos el bolsillo para buscar esa pequeña moneda que ponemos en la colecta de Cáritas? ¿No será lo que escuchamos en tantos o nosotros quizá hasta llegamos a pensar que no podemos hacer nada por resolver esa pobreza que vemos a nuestro alrededor y han de ser otros los que solucionen los problemas? ¿No será esa la reacción ante el problema de los inmigrantes y de los refugiados que decimos que Europa no puede soportar tanta presión como está recibiendo en tantos que llegan a sus fronteras?
Bien sabemos que no todos piensan así y su actuar es otro porque son capaces de poner sus cinco panes y dos peces a disposición de los demás. Es ese desprendimiento, esa solidaridad desde lo más hondo del corazón lo que irá transformando nuestro mundo. Pero tenemos que dejarnos nosotros transformar, llenar nuestro corazón de misericordia, abrir de verdad nuestro espíritu para aquello que el Señor nos va pidiendo en cada momento. Mucho podemos hacer. Mucho tenemos que hacer. Experimentemos en nuestro corazón ese amor de Dios y nos sentiremos transformados y aprenderemos a actuar también con la misma misericordia para con los demás.

domingo, 31 de julio de 2016

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
Por aquello de la responsabilidad con que hemos de asumir la vida y todas sus obligaciones tenemos la tentación de vivir muy obsesionados por la consecución de unos bienes materiales con los que podamos afrontar esas necesidades que tenemos y cumplir con nuestras responsabilidades. Enfrentarnos a las responsabilidades de la vida, podíamos decir, es nuestra obligación; lograr una vida digna y lo mejor posible para nosotros y para nuestra familia forma parte del día a día de nuestra existencia. Pero hay una tenue línea roja que nos puede llevar a convertirlo en obsesión y al final en avaricia porque lo que queremos es acaparar y acaparar porque con eso creemos que tenemos nuestras seguridades.
Es cierto, hay que decirlo, que forma parte de las exigencias del evangelio que queremos vivir el desarrollo total de nuestras capacidades y valores, que el talento que tenemos en nuestras manos no lo podemos enterrar porque eso sí que seria dejación e irresponsabilidad, y que en consecuencia hemos de saber hacer fructificar nuestra vida en el desarrollo de esos valores que poseemos. Pero eso nunca debe encerrarnos en nosotros mismos, y ese es un peligro y tentación que tenemos.
El cumplimiento de nuestras responsabilidades y el desarrollo de nuestros valores no deben encerrarnos en el egoísmo y la insolidaridad; tenemos el peligro de la codicia, de la avaricia que nos encierra y nos vuelve duros e inhumanos. Pareciera que todo el objetivo está en la ganancia y la acumulación de bienes y riquezas. Y eso puede traernos muchas connotaciones negativas desde el endurecimiento de nuestro corazón, el aislamiento por desconfianza hacia los que nos pueden hacer mermar nuestras ganancias, la insolidaridad que nos hace pensar primero en nosotros mismos y nos cierra los ojos a las necesidades que puedan estar pasando los demás, a la larga la injusticia porque queremos hacernos dueños absolutos de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos no solo para nosotros sino para bien de toda la humanidad.
Es lo que hoy Jesús nos quiere hacer reflexionar en el evangelio.  ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Nuestra vida vale mucho más que unos bienes o riquezas que podamos poseer; la riqueza más grande está en nuestro yo cuando se abre a un nosotros, en esos valores que hay en nosotros que nos hacen desprendidos, generosos, abiertos al compartir, con un corazón compasivo y lleno de misericordia, comprometidos seriamente con lo bueno y con lo justo para bien de todos. El cumplimiento de nuestras responsabilidades no  nos puede encerrar en la codicia, sino abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia con los demás.
Y Jesús nos propone la parábola de aquel hombre rico que le iban muy bien las cosas pero que solo pensaba en agrandar sus graneros para olvidarse de todo y de todos y solo pensar en si mismo viviendo su vida a su manera. Pero eso acumulado un día se acabará más pronto o más tarde, como le sucede al hombre de la parábola de forma inesperada. ¿Qué le queda de su vida cuando solo ha pensado en la posesión de esos bienes materiales? Solo ha sabido cultivar lo material de una forma avariciosa y cuando le faltan esas cosas su vida estará vacía y sin sentido.
Pensemos, sí, qué huella vamos a dejar nosotros en nuestra sociedad a nuestro paso por el mundo. ¿Por qué nos van a recordar? ¿Porque vivimos encerrados en el castillo de nuestro yo aislándonos de los demás y consentidos en el orgullo de esas vanidades que un día se disiparán como humo? Tendrá que ser otra la sombra que proyectemos sobre nuestro mundo, tendrá que ser otro el buen olor que dejemos a nuestro paso si sabemos cultivar los buenos valores; no será con las manos vacías cómo  nos presentemos ante Dios el día en que El nos llame a su presencia.
Hoy termina diciéndonos Jesús ‘así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’. Como nos dirá en otro lugar del evangelio acumulemos ‘tesoros en el cielo donde los ladrones no los roban ni la polilla los corroe’. Por ahí han de caminar las grandes responsabilidades de la vida y es ahí donde encontraremos la verdadera seguridad.