Vistas de página en total

jueves, 11 de julio de 2013

Una Sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios

Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Estamos hoy celebrando a San Benito de Nursia, Abad. El hombre que se retiró del mundo para vivir en la soledad de la oración buscando la sabiduría y el conocimiento de Dios. Se le reconoce como padre del monacato del Occidente y por la influencia que tanto él como la Orden Benedictina por él fundada tuvo en Europa se le ha proclamado también como patrono de Europa.
Reflexionando sobre la vida de san Benito y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que en esta fiesta se nos ha proclamado como un eco me ha venido a la mente la parábola del tesoro escondido que nos propone Jesús en el Evangelio. El que encuentra un tesoro será capaz de desprenderse de todo lo que tiene para conseguir ese tesoro que vale más que todas las otras posesiones que en la vida pueda tener.
Es lo que vemos reflejado en la vida de san Benito y a lo que nos invita la Palabra del Señor que hemos escuchado. ‘Si aceptas mis palabras… prestando oído a la sabiduría y atención a la prudencia… y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’, nos decía el libro de los Proverbios en la primera lectura. El tesoro del conocimiento de Dios, del temor del Señor; el más hermoso tesoro que es la más grande sabiduría, conocer a Dios, escuchar su Palabra, dejarnos conducir por su Espíritu.
Ansia de toda persona es crecer en sus conocimientos y en su saber; todos queremos aprender, conocer. Pero no es simplemente un conocimiento de cosas o de historias, aunque bueno es que haya esa inquietud en nuestro interior al menos por esos conocimientos. Pero es que en la medida en que uno va adquiriendo conocimiento - el saber no ocupa lugar, solemos decir con el refrán, y bueno es que aprendamos todo lo que podamos -, va uno como encontrando el sentido de las cosas y de la vida, el verdadero valor que tiene lo que hacemos o lo que poseemos y a la larga iremos buscando conocimientos sólidos que nos den un sentido a la vida.
¿Dónde podemos encontrar ese verdadero sentido y valor de lo que somos y de lo que hacemos? ¿Por qué no pensamos en el que es nuestro Creador que es quien mejor nos puede decir para qué hemos sido creados y en quien podemos encontrar el verdadero sentido de la vida? Necesariamente, tendríamos que decir, que tenemos que ser creyentes buscando a Dios, queriendo escuchar a Dios, queriendo sentir a Dios en nuestra vida.
Por ahí ha de ir esa verdadera sabiduría que buscamos, porque además es en Dios donde vamos a encontrar nuestra verdadera plenitud. Sin Dios andaríamos como desorientados porque sin Dios no encontraríamos el verdadero por qué y para qué de nuestra existencia. Si quitamos a Dios de nuestra vida tenemos el peligro de ir sin rumbo dando bandazos de un lado para otro sin encontrar aquello que nos de verdadera satisfacción. Así encontramos a muchos a nuestro lado. Así cuando decae nuestra fe tenemos el peligro de sentirnos nosotros.
A este pensamiento me lleva la celebración que hoy estamos haciendo de quien lo dejó todo por buscar a Dios. En El encontró la plenitud de su existencia y así consagró su vida a profundizar ese conocimiento y esa sabiduría de Dios en la oración y en el trabajo. Es lo que fue la vida de san Benito. Y si se apartó del mundo porque había encontrado ese tesoro y por alcanzarlo lo daba todo, lo dejaba todo, sabía que en Dios alcanzaría esa plenitud eterna de vivir eternamente con Dios.
En ese sentido iba quizá la pregunta que Pedro le hacía a Jesús en lo que hemos escuchado del Evangelio. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, le preguntaba Pedro a Jesús, ¿qué nos va a tocar?’ ¿Qué buscaba Pedro? En su corazón podían aparecer esas apetencias terrenas de encontrar satisfacciones y premios en esta vida. Jesús le anuncia, sí, la misión que van a tener en medio de la comunidad pero le habla también de esa herencia eterna. No se sentirán solos en este mundo porque si han dejado padre o madre, mujer, hijos o tierras, van a recibir cien veces más y heredarán la vida eterna.
El que se consagra al Señor renunciando a esa parte tan importante de la vida como puede ser una familia, en su entorno va a encontrar a quienes darse y por quienes darse, quienes caminen a su lado y en los que derramarán su amor. Estamos aquí junto a una comunidad de religiosas que por Cristo, por el Evangelio y su Reino, hicieron una renuncia un día, pero a su lado tienen en quien derramar su amor, a quienes aman, en vosotros ancianos y ancianas por ejemplo, como madres o como hijos, derramando y derrochando amor en su entrega y en ese servicio que os prestan. Pero además, no olvidemos, está la esperanza del premio final, del premio eterno, porque saben, sabemos que cuanto están haciendo por los pobres y por los ancianos por Cristo y a Cristo se lo están haciendo, y un día escucharán esa voz del Señor que les dirá, venid, benditas de mi Padre, porque tuve hambre, o era anciano, o estaba solo y abandonado y me cuidaste, me ayudaste, me amaste; pasad al Reino preparado para vosotras desde la creación del mundo.

Busquemos esa sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios. Busquemos ese tesoro y démoslo todo por alcanzarlo.

miércoles, 10 de julio de 2013

Virgen del Carmen

Somos los llamados y enviados del Señor para ser testigos del evangelio

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24; Sal. 32; Mt. 10, 1-7
Son muchos los discípulos que se reúnen en torno a Jesús y lo van siguiendo. Lo hemos venido escuchando en el evangelio. Son siempre unos llamados del Señor, aunque esa llamada se realice de muchas maneras. A algunos los hemos visto llamar de manera especial, otros le siguen porque se sienten cautivados por su Palabra o se admiran ante las obras que va realizando donde se manifiestan las maravillas del Señor, que son también maneras de llamar el Señor.
Pero ahora le vamos a ver hacer una llamada especial. Escoge a doce a los que constituye apóstoles y el evangelista nos da sus nombres. Van a ser sus enviados con una misión muy especial; eso significa en el fondo la palabra ‘apóstol’, el enviado. Y a ellos les confiere también unos poderes especiales para que anuncien el Reino. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, les dice confiándoles esa especial misión con autoridad para expulsar los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Es su misma misión que ahora se va a prolongar en sus enviados, en sus apóstoles.
‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, nos narrará Juan en la aparición de Jesús resucitado en aquel primer día de la semana al atardecer cuando todos están reunidos en el Cenáculo. Es la misión que les confiará un día de ir por todo el mundo. ‘Seréis mis testigos, les dirá, en Jerusalén, en Samaría y hasta los confines de la tierra’, nos relatará san Lucas antes de la Ascensión al cielo.
Fijémonos en esa forma de decir donde forma escalonada comenzarán por Jerusalén y Samaría hasta llegar hasta los confines de la tierra. Hoy le escuchamos decir que solo han de ir a las ovejas descarriadas de Israel. ‘No vayáis a tierra de paganos, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel’.
Pueden resultarnos extrañas estas palabras cuando nosotros conocemos la misión universal de anunciar el Evangelio a toda criatura. Por eso escucharemos en otro momento que El ha sido ‘enviado solo a las ovejas perdidas de Israel’, como le dirá a la mujer cananea. Pero al final del evangelio de Mateo ya nos dirá que hemos de ir a todos los pueblos. ‘Poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos… enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado’.
Es nuestra misión y ha de ser nuestra manera de dar testimonio. Sentimos en nuestro interior la inquietud de que el nombre de Jesús sea conocido hasta los confines de la tierra pero hemos de sentir al mismo tiempo la responsabilidad de ese testimonio vivo que hemos de dar a los que están a nuestro lado. No están reñidos ni puestos de forma opuesta estos sentimientos y esta responsabilidad. Sentimos como nuestra la misión de la Iglesia universal y ese anuncio que se ha de hacer del nombre de Jesús y su evangelio hasta el último rincón de nuestro mundo.
Es importante ese espíritu católico y universal. Es importante toda la contribución que nosotros podamos prestar a la tarea misionera de la Iglesia. Y si fuéramos llamados por el Señor para esa misión con generosidad y disponibilidad habríamos de responder. Sin embargo, ya sabemos, no todos son llamados a esa misión. ¿Eso significa que ya nos podemos dormir en los laureles, como se suele decir, y ya no nos hemos de preocupar de nada más?
Siempre seremos testigos; siempre hemos de dar ese testimonio también a los que están a nuestro lado. Por otra parte sentimos la urgencia de llegar a esos más cercanos a nosotros conscientes de que en nuestro entorno se está enfriando la fe, no tiene tanta vigencia ese testimonio cristiano y se van perdiendo los valores que nos enseña el Evangelio. Hemos de ser conscientes de que esa tarea misionera también hemos de realizarla entre nosotros y con los que están a nuestro lado que viven muchas veces de espaldas a la fe, ajenos al sentido de Cristo y muy alejados de lo que ha de ser una vida cristiana.
Es el mensaje que hoy nos trae la Palabra del Señor para nuestra vida y a la que tenemos que dar respuesta. ¿Cómo estamos siendo testigos de nuestra fe ante los que están a nuestro lado, ya sea familia, ya sean compañeros de trabajo, ya sean las personas con las que convivimos más cerca, o aquellos con los que nos tropezamos cada día en la calle y en toda nuestra vida social?
Somos los enviados del Señor y somos apóstoles de Jesús. Pongámonos en camino.


martes, 9 de julio de 2013

Que se nos abran nuestros oídos para escuchar su Palabra

Gén. 32, 22-32; Sal. 16; Mt. 9, 32-38
‘Echó el demonio y el mudo habló’. Pero las reacciones son diversas. Por una parte ‘la gente decía admirada: nunca se ha visto en Israel cosa igual’ mientras los fariseos achacaban al poder del jefe de los demonios lo que Jesús hacía. Mientras Jesús seguirá ‘recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias’.
Reacciones diversas, las tenemos nosotros también. Jesús quiere sanarnos, salvarnos; continuamente nos está ofreciendo su Palabra, su gracia, su misericordia y nosotros no terminamos de vivir santamente como tendríamos que vivir. Nos hacemos oídos sordos. Como diría Jesús en otra ocasión ‘no hay peor ciego que el que no quiere ver’, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Necesitaríamos también que Jesús llegase hasta nosotros y nos pusiese su mano en nuestro corazón, en nuestra vida, para que terminemos de comenzar a ver, de terminar de abrir nuestros oídos para escuchar. Jesús quiere, pero no siempre somos nosotros los que queremos.
Es significativo este milagro que estamos comentando que ha hecho Jesús. Precisamente las señales que anunciaban los profetas para los tiempos mesiánicos van por este camino. Ello entraba en lo que decía el profeta Isaías en aquel texto que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret. Eran las señales por las que habían de reconocer que Jesús estaba lleno del Espíritu del Señor que ungido por Dios era enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres y la liberación para todos. Cuando Juan envíe a sus discípulos a preguntar si era Jesús el que había de esperar, esos fueron los signos que Jesús realizó. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído…’ les diría Jesús.
Un día el profeta Isaías había dicho ‘aquel día los sordos oirán las palabras del libro, los ojos del ciego verán sin tinieblas ni oscuridad, volverán los humildes a alegrarse con el Señor y los más pobres exultarán con el santo de Israel’. Es lo que vamos viendo que se realiza en el Evangelio.
‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me abriste el oído… entonces yo digo: Aquí estoy, para hacer lo que está escrito en el libro sobre mí’, rezamos con los salmos. Y es lo que tenemos que pedirle al Señor. Que nos abra nuestros oídos de nuestro corazón para escucharle, para escuchar su Palabra. Cuánto nos cuesta. Hemos de poner toda nuestra fe para decirle sí. Para escuchar y para aceptar, para plantar en nuestro corazón.
Hemos visto en el evangelio en la reacción de aquellos fariseos los que nos querían escuchar ni aceptar. Ante sus ojos se estaban realizando las maravillas del Señor pero no eran capaces de descubrirlas; se cerraban a la fe; se cerraban a la acción de Dios. Más aún tenían tan lleno de malicia su corazón que no solo no eran capaces de descubrir y aceptar esa acción de Dios, sino que incluso lo mezclaban con el mal, atribuían al poder del maligno la acción maravillosa de Dios que se realizaba en Jesús.
Son las malas interpretaciones que hacemos muchas veces de la Palabra que el Señor nos dirige; porque nos falta humildad para aceptar lo que Dios nos dice o nos pide; porque también llenamos nuestro corazón de malicia y vemos intenciones torcidas en los demás o en lo que se nos pueda decir; porque nos resistimos a ese cambio del corazón, a ese cambio de actitudes, a corregir todo eso que nos ciega o nos cierra no solo los ojos y oídos sino el corazón. Por eso con humildad y queriendo poner también mucho amor acudimos a Jesús para que nos sane, para que nos cure todo ese mal que llevamos tantas veces por dentro, para que llegue la salvación a nuestra vida.

Una última consideración en torno a este evangelio, aunque es un aspecto al que se hacía mención ya en el evangelio del domingo. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonados, como ovejas sin pastor’. Por eso invita a que roguemos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies. Recemos, sí, para que sean muchos los llamados, sean muchas las vocaciones; pero recemos también para que sepamos siempre aceptar esa Palabra que de parte del Señor nos hacen llegar los pastores que en el nombre de Jesús y con la fuerza de su Espíritu están conduciendo a la Iglesia. Que tengamos fe y humildad para escuchar la Buena Nueva que nos anuncian, el Evangelio de Jesús que nos trasmiten.

lunes, 8 de julio de 2013

Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados

Por la fe en Jesús somos resucitados de la muerte de nuestros pecados

Gén. 28, 10-22; Sal. 90; Mt. 9, 18-26
‘¡Animo, hija! Tu fe te ha curado’, le dice Jesús a aquella mujer que con fe se ha acercado a Jesús y se ha atrevido a tocar la orla de su manto para curarse.
¿Cómo no iba a sentir una alegría grande en el alma, lo mismo que Jairo cuando su hija vuelve a la vida? Es lo que comentábamos el pasado sábado al hilo de las palabras de Jesús cuando le vienen a preguntar por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían los discípulos de Juan y lo fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto, estar tristes, los amigos del novio, mientras el novio está con ellos celebrando la fiesta de bodas?’
No caben las tristezas en nuestra fe. En el Señor nos sentimos salvados. Quien es salvado de un inminente peligro se llenará de alegría y le querrá manifestar de mil maneras su agradecimiento y su gozo a quien lo haya salvado. Pensemos en quien está a punto de morir ahogado, por ejemplo, quien se despeña por un barranco, pero en el último momento aparece una mano salvadora que lo libra de aquel peligro y muerte segura. Cuántas serán las manifestaciones de alegría.
No nos extraña lo que nos decía el evangelista al final del texto del evangelio que acabamos de escuchar. ‘La noticia se divulgó por toda aquella comarca’. La alegría de la mujer liberada de aquella enfermedad y hemorragias, el gozo grande de aquella familia que había visto ya muerta a su hija, pero que ahora podían sentirla llena de vida junto a ellos tenía que divulgarse, tenía que correr de boca en boca para que todos la conocieran y participaran de esa alegría.
La mujer había acudido llena de fe y ahora Jesús alababa su fe. ‘Tu fe te ha curado’. Aunque temblorosa se había atrevido primero a tocar el manto de Jesús por detrás y luego, al verse descubierta, a reconocerlo. Ella lo sabía, se lo decía su fe, que con solo tocar la orla de su manto llegaría esa gracia salvadora a su vida que la liberaría de la enfermedad y así con esa fe había llegado hasta Jesús.
Aquel personaje, del que Mateo no nos da nombre, aunque por san Lucas sabemos que se llamaba Jairo, había acudido lleno de confianza a Jesús con la certeza de que el más mínimo gesto de Jesús salvaría a su hija. ‘Mi hija está a punto de morir. Pero ven tú, pon la mano en la cabeza y vivirá’, le había pedido lleno de confianza a Jesús. Según el relato del otro evangelista mientras iban de camino les habían venido a decir que no molestaran más al maestro porque la niña había muerto, pero Jesús le había dicho que bastaba con que tuviera fe. Ahora cuando llegan a la casa se encuentran con los lloros de las plañideras y todo el alboroto que se produce en una hora así, pero Jesús los echa afuera porque les dice ‘la niña no está muerta sino dormida’. Algunos se ríen porque no creen en la palabra de Jesús, pero aquel hombre seguía confiando en Jesús y la niña volverá a la vida.
Jesús nos está pidiendo fe a nosotros también. Podemos acudir a El desde nuestros males y nuestras impurezas y pecados, desde nuestras muertes y oscuridades que sabemos que en El encontraremos siempre vida, luz, salvación. La imagen de la mujer con aquellos flujos de sangre, cosa que era para los judíos una impureza de la que había que purificarse, nos está hablando de la mancha de nuestro pecado del que Jesús viene a purificarnos. Jesús habla de la muerte como de un sueño, pero también nos hablará del pecado como de muerte en nuestra vida. Del sueño podemos despertar, pero de la muerte del pecado necesitamos resucitar y eso solo podemos hacer con Cristo cuando nos unimos a El en su misterio pascual, de su muerte y resurrección. Es la salvación que Jesús nos ofrece.

Pidamos con fe a Jesús esa resurrección para nuestra vida. Pidamos esa salvación reconociendo cuanto de muerte hay en nosotros a causa de nuestro pecado. Vayamos a Jesús para llenarnos de su gracia que El nos regala en sus sacramentos con los que nos hacemos participes de su muerte y resurrección, nos llena de la gracia salvadora para nuestra vida. Que no decaiga de ninguna manera nuestra fe en El.

domingo, 7 de julio de 2013

pongámonos en camino de construir el reino de dios

Pongámonos en camino de construir el Reino de Dios

Is. 66, 10-14; Sal. 65; Gál. 6, 14-18; Lc. 10, 1-2.17-20
‘¡Poneos en camino!’, les dice Jesús a aquellos ‘setenta y dos discípulos que envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir El’. Iban a ser como los precursores de su camino. Iban subiendo a Jerusalén pero seguían haciendo el anuncio del Reino allá por donde iban. Nos recuerda el principio del Evangelio. El Bautista había salido también al desierto a preparar los caminos; era el precursor del Mesías con una misión muy clara y muy concreta.
Ahora de semejante manera, podríamos decir, Jesús envía a estos discípulos también con una misión muy clara y muy concreta. Los había ido preparando; no solo a los doce, sino al grupo más amplio de los discípulos que lo seguían y estaban con El. Ya les había indicado el sentido de su subida a Jerusalén y se había puesto en camino. Les había ido señalando algunas características de cómo habían de ser sus discípulos, lejos de la violencia o imposición, con disponibilidad total y radical, siempre caminando hacia adelante para ir abriendo el surco y realizar la siembra de la semilla de la Palabra de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ Ahora los envía completando las instrucciones. Conscientes de la abundancia de la mies y de la escasez de los obreros, por eso el camino que habían de hacer en el nombre del Señor lo habían de iniciar invocando al Señor. ‘La mies es abundante y los obreros pocos; rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies’. Eran ellos los ahora enviados que en el nombre y con la gracia del Señor habían de salir a hacer también ese primer anuncio del Reino de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ y lo primero que ha de aparecer es su disponibilidad y su confianza. No van dotados de medios humanos y la tarea tampoco ha de ser fácil. ‘Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’. Ya cuando los apóstoles habían ido a buscar alojamiento se encontraron oposición. Ahora y en adelante no les va a faltar.
Escasos de medios humanos quizá, porque han de ir vacíos de apoyos externos, sin embargo han de llevar el corazón lleno de Dios y de su paz que es la verdadera riqueza. ‘Decid primero: paz a esta casa’. Es el primer anuncio y saludo. Como los ángeles en Belén en su nacimiento. También había pobreza de medios, era un simple establo y unos pobres pastores que cuidaban sus rebaños pero allí resonaba el anuncio de la paz.
La misión de Jesús es siempre una misión de paz. Es lo que nos viene a traer Jesús. La misión del discípulo de Jesús ha de ser igualmente siempre una misión de paz: nuestros gestos, nuestras miradas, nuestras palabras, nuestras actitudes siempre han de ser anunciadoras de paz; es lo que nosotros hemos de llevar a los demás, a ese mundo que nos rodea obsesionado quizá por otras cosas, añorando quizá tiempos o lugares de abundancia o satisfacciones inmediatas, pero olvidándose de la verdadera paz del corazón que es lo primero que tendríamos que buscar.
No son los bienes materiales o las riquezas humanas los que nos van a dar la verdadera paz; hemos de buscarla en lo más hondo de nosotros mismos y en otros valores de mayor importancia y nos lleven a la verdadera plenitud; hemos de saber sentirla en el corazón donde el Señor siempre depositará esa semilla de la paz que hemos de hacer crecer. Es un don de Dios al tiempo que una tarea. Por eso, el verdadero discípulo de Jesús con sus palabras y con su vida siempre ha de estar haciendo ese anuncio de paz, siempre ha de ser misionero de la paz, siempre ha de estar comprometido en ser constructor de la paz allí donde esté.
‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Es el anuncio pero son también las señales del Reino que ya se están dando. Es la acogida, el compartir, el curar y consolar; es la paz que se va sembrando en los corazones, es el amor que comienza a florecer; es el mal que se va arrancando del corazón, es el reconocimiento de la presencia del Señor. Ahí se están dando las señales del Reino de Dios que llega, pero tarea en la que nos hemos de comprometer.
Cuando regresaron de nuevo al encuentro con Jesús sus corazones desbordaban de alegría y de paz; se sentían satisfechos y alegres por la misión que habían cumplido. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Pero Jesús les advierte que estén alegres no por las satisfacciones o reconocimientos humanos que pudieran tener, sino porque sus nombres estaban inscritos en el cielo.
Siempre nos está recordando Jesús lo esencial; nunca nos podemos dejar cautivar por vanidades humanas que nos llenen de orgullo, sino que nuestra mirada ha de estar puesta en el cielo, en la vida eterna junto a Dios. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice. Allí será donde verdaderamente seremos ensalzados, que es lo importante; es el premio de la vida eterna en la plenitud del Reino de los cielos. Qué bien nos viene recordar estas palabras de Jesús ya que somos tan dados a la búsqueda de esos reconocimientos.
Este envío que Jesús hace de estos setenta y dos discípulos tendría que hacernos pensar mucho. No simplemente estamos recordando lo que entonces hizo Jesús. Estamos celebrando aquí y ahora la misión que a nosotros Jesús también nos confía. No es una palabra que nos suene antigua lo que ahora estamos escuchando sino que es una Palabra, la Palabra que Dios hoy, aquí y ahora a nosotros nos está diciendo.
Como aquellos setenta y dos discípulos a nosotros Jesús también nos dice: ‘¡Poneos en camino!’ y tenemos que ir por delante, tenemos que ser precursores, con nuestra palabra, con nuestros gestos, con nuestro actuar, con nuestra vida, de ese Reino de Dios que está cerca, que está en medio de nosotros; reino de Dios que hemos de descubrir y que hemos de hacer florecer. Constatar esas señales del Reino de Dios que ya se están dando entre nosotros cuando somos capaces de compartir y de sentir preocupación por los demás, o cuando vamos sembrando pequeñas semillas de paz allí donde estamos con nuestros gestos, con nuestra mirada, con nuestra sonrisa, con nuestras palabras, con nuestra forma nueva de actuar.
Nos queremos más cada día, es porque el Reino de Dios se está haciendo presente entre nosotros; nos esforzamos por vivir en paz y en armonía, y estamos dando señales de que el Reino de Dios es importante para nosotros; sentimos dolor en el corazón por los que tienen tantas carencias a nuestro lado y ponemos nuestro granito de arena para remediarlo, es señal de que el Reino de Dios se está adueñando de nuestro corazón; somos capaces de tener una palabra amigable con el vecino o con el que está a nuestro lado, le llevamos una sonrisa al que sufre, o ponemos un poquito de ilusión en el corazón de quien parece que pierde la esperanza, estamos sembrando semillas del Reino de Dios que harán florecer un día un mundo nuevo y mejor.
Tengamos esperanza de que esas pequeñas cosas que queremos hacer a cada momento un día vayan a hacer florecer la vida en el corazón de muchos a quienes se les han roto las ilusiones y las esperanzas. Así iremos construyendo el Reino de Dios, así iremos sembrando la paz de Dios en el corazón de los hombres y haremos un mundo mejor.

No  nos quedemos quietos, pongámonos en camino como nos pide hoy el Señor y nuestros nombres estarán inscritos en el cielo.

sábado, 6 de julio de 2013

ODRE NUEVO PARA VINO NUEVO POR LA CONVERSION

Odre nuevo para el vino nuevo por la conversión de nuestro corazón al evangelio

Gén. 27, 1-5.15-29; Sal. 134; Mt. 9, 14-17
Seguir a Jesús y estar con Jesús es entrar en caminos de vida nueva y de alegría y gozo grande en el alma. Si en verdad queremos seguir a Jesús nuestra vida tiene que ser distinta; no es cuestión solo de hacer algunos arreglitos para que las cosas sigan de la misma manera. Cuando por la fe nos decidimos por Jesús, por seguirle, por vivirle todo tiene que cambiar, es una vida nueva en la que entramos y radicalmente hemos de hacer una transformación de nuestra vida.
No olvidemos que en su primer anuncio del Reino de Dios El nos pedía conversión. No son palabras bonitas o palabras circunstanciales porque llegaba el Mesías y se podría vislumbrar algo nuevo. Su invitación es clara y radical, conversión y fe. Y cuando hablamos de conversión estamos hablando de dar una vuelta total a nuestra vida, un cambio de rumbo radical. Y si llegamos a esa actitud profunda de conversión es porque ponemos toda nuestra fe en El. Esa es la Buena Noticia, ese es el Evangelio que hemos de creer y hemos de vivir, al que hemos de convertir totalmente el corazón.
De ahí las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio. Por allí vienen diciéndole si sus discípulos, los que le siguen, ayunan o no ayunan, porque los discípulos de Juan ayunan y hacen penitencia y los discípulos de los fariseos son totalmente estrictos en sus ayunos. Pero Jesús les dice que si están participando en la fiesta de bodas de su amigo, ¿será posible que estén con caras tristes o caras de duelo? Si están participando en la fiesta de las bodas del amigo, lo normal es que estén con cara de fiesta, con alegría en el corazón. Y ese, nos dice, ha de ser el actuar de sus discípulos, la alegría y la fiesta porque nos hemos encontrado con Jesús y estamos queriendo vivir su vida y su salvación.
Esto realmente tendría que hacernos pensar mucho a los cristianos que parece muchas veces que vamos por la vida siempre con caras de duelo. No terminamos de manifestar ante el mundo la alegría de nuestra fe; es más, parece que algunas veces hasta queremos ocultarla, como si nos diera miedo manifestar que hemos puesto toda nuestra fe en Jesús y en El hemos encontrado el sentido de mayor plenitud para nuestra vida. Sí, hemos de manifestar felices de nuestra fe, convencidos y alegres por nuestra fe.
Pero nos está diciendo algo más Jesús en la respuesta que le da a los que venían con aquellas preguntas sobre el ayuno de sus discípulos. Nos habla de la novedad de vida que hemos de vivir desde que creemos en El y la radicalidad con que hemos de actuar en nuestra conversión a El y al evangelio. No valen remiendos, componendas, arreglitos para quedar bien o salir del paso. Cuando optamos por Jesús lo damos todo por El.
Cómo  nos gustan esos arreglitos y componendas. Yo ya cumplo, decimos, porque quizá hacemos en algún momento alguna cosa buena. Pero no se trata de cumplimientos, buscando unos límites mínimos a los que tenemos que llegar o a unas rayas que no podemos traspasar. Es algo más profundo el seguimiento de Jesús porque es una vida que tenemos que vivir. Y cuando andamos con esos raquitismos de límites mínimos o rayas que no podemos traspasar estamos indicando la pobreza de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy nos habla claramente de no poner remiendos que siempre nos van a dejar una peor figura. Hoy nos habla de odres nuevos para vino nuevo. Es la vida nueva del evangelio; es la vida nueva de la gracia; es el sentido y el estilo del evangelio; es la manera de vivir de Jesús, porque no queremos hacer otra cosa que parecernos a Jesús; más aún, configurarnos con Cristo porque es su misma vida la que vamos a vivir.

Recordemos aquel primer milagro que Jesús realizó en Caná de Galilea; el vino nuevo que Jesús ofreció en aquella boda. Ya nos decía el evangelista que tras ese primer signo muchos creyeron en El. Bebamos ese vino nuevo que Cristo nos ofrece en el Evangelio; vivamos esa vida nueva de la gracia con la que transforma nuestra vida; seamos ese odre nuevo para ese vino nuevo porque en verdad convirtamos nuestro corazón al Señor.

viernes, 5 de julio de 2013

los que tienen un corazon limpio

Los que tienen un corazón limpio de maldad disfrutarán de la misericordia

Gén. 23, 1-4.19; 24, 1-8.62-67; Sal. 105; Mt. 9, 9-13
La dureza del corazón nos impide ver y conocer lo que es la misericordia. Lo estamos viendo en algunos de los que rodeaban a Jesús. Ayer se nos manifestaba la misericordia de Dios en Jesús cuando no solo curaba al paralítico que llevaron a su presencia, sino que principalmente le daba la paz del perdón.
‘Perdonados son tus pecados’, fueron las palabras de Jesús que no llegaron a comprender aquellos letrados que siempre estaban como con la vara en alto para juzgar y condenar. Pero Jesús manifiesta que El ha venido a hacer presente el amor misericordioso de Dios, que ya se nos manifestaba en el Antiguo Testamento también como ‘compasivo y misericordioso, lento a la ira  y rico en clemencia’.
Por el mismo camino va el mensaje del evangelio de hoy. Primero, porque Jesús busca a la persona, no le importa la condición que tenga o como sea, porque por encima de todo está su amor; llama a Mateo para que le siga y forme parte del grupo de los Doce; no le importa a Jesús la mala fama que puedan tener los recaudadores de impuestos, ni que sea alguien considerado algo así como un paria de la sociedad, tal era el desprecio que los judíos sentían por los recaudadores de impuestos que los llamaban publicanos y pecadores. Jesús quiere contar con Mateo, en el que veremos una disponibilidad admirable. ‘Se levantó y lo siguió’.
Pero se sigue manifestando el amor y la misericordia de Jesús en lo que sigue a continuación. Se sienta a la mesa en casa de Mateo y ‘muchos publicanos y pecadores que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos’. Y aparecen de nuevo los corazones cerrados que no saben comprender lo que es la misericordia. ‘Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: ¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ Es la incapacidad de ver y comprender lo que es la misericordia. Y aparece el juicio, y aparece la condena.
‘Aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’. Es que el Señor nos ama, aunque nosotros seamos pecadores; El ha venido para traernos la salvación. Jesús es la oferta eterna e infinita del amor de Dios que se derrama sobre nosotros que somos pecadores. Nos manifiesta el rostro misericordioso de Dios. Es el médico que nos viene a curar, a sanar, a salvar, a dar vida.
‘Aprended…’ nos dice el Señor. Damos gracias a Dios porque en Jesús se  nos manifiesta su misericordia y su amor y nos sentimos confortados en lo más hondo de nosotros mismos. Nos sentimos pecadores y en cierto modo abrumados por  nuestros pecados e infidelidades, pero al mismo tiempo estamos viendo esa mano de misericordia que se tiende hasta nosotros para levantarnos. Jesús en su amor quiere seguir contando con nosotros porque nos ama y sabe que en su amor nos sentimos redimidos, renovados, con ansias de nueva vida.
Pero hemos de aprender, como nos dice hoy Jesús, porque esas tienen que ser nuestras actitudes, los valores por los que rijamos nuestra vida, nuestra nueva manera de actuar. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar si somos también pecadores? ¿Por qué vamos a cerrar nuestro corazón y no aprender a tener también misericordia y compasión hacia los demás, como queremos que tengan misericordia y compasión con nosotros, como Dios tiene compasión y misericordia con nosotros?

Disfrutemos de la misericordia de Dios siendo nosotros misericordiosos con los demás; llenemos nuestro corazón de ternura, de comprensión, de compasión y nos sentiremos con paz. Quien es receloso y resentido, quien está con el ojo avizor para juzgar y para condenar a los demás en lo más mínimo no podrá tener paz en su corazón, no sabrá disfrutar de la paz que el Señor quiere concedernos. Por eso, los limpios de corazón verán a Dios, que nos decía Jesús en las bienaventuranzas. Con ese corazón abierto y limpio de maldad aprenderemos de verdad a saborear el amor y la misericordia de Dios.

jueves, 4 de julio de 2013

Reconozcamos las maravillas del Señor al regalarnos su perdón

Reconozcamos las maravillas del Señor al regalarnos su perdón

Gén. 22, 1-19; Sal. 114; Mt. 9, 1-8
‘La gente se quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad’. Es la reacción de la gente sencilla ante lo que había sucedido. Pero no todos habían reaccionado de la misma manera. No siempre somos capaces de ver y reconocer las maravillas del Señor. Es necesario abrir los ojos de la fe para descubrir que es lo que realmente el Señor quiere ofrecernos, cuál es lo mejor.
Le han llevado un paralítico a Jesús para que lo cure. Mateo es más escueto que Lucas en los detalles al narrarnos este episodio. En lo esencial coincide el mensaje y se resalta la fe de los que llevaron el paralítico a los pies de Jesús. Pero lo primero que Jesús ofrece aquel hombre paralítico acostado en su camilla es el perdón. ‘Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: ¡ánimo, hijo! Tus pecados están perdonados’. Y es aquí donde está la primera reacción de algunos letrados.
Recuerdo un hecho; un sacerdote iba por una carretera cuando ve un tumulto de gente en la orilla y muchos coches que se han detenido. Como se percató de que había sucedido algún accidente también se detuvo. Había un hombre al que habían sacado del agua con síntomas de ahogamiento y muchos alrededor trataban de auxiliarlo. El Sacerdote se acercó también y viendo que la situación era grave llegó con su mano a la frente del accidentado y lo ungió con el óleo del sacramento y le dio la absolución. La gente que estaba alrededor lo miró extrañado porque esperaba que quien llegaba pudiera ofrecerle otro auxilio sanitario en la situación en que estaba, pero no entendían lo que el sacerdote había realizado. Pensaban quizá que no era aquello lo que aquel hombre necesitaba sino un auxilio médico. ¿Qué sería lo más importante que aquel hombre necesitaría?
Recordé este hecho al escuchar la reacción de los letrados ante lo que Jesús estaba ofreciendo a aquel paralítico. Les hubiera parecido más normal y hasta más fácil quizá que Jesús hubiera curado a aquel hombre de su invalidez. Pero no era lo que en principio había hecho Jesús. Había perdonado sus pecados. Motivo incluso para llamarlo poco menos que blasfemo porque pensaban que Jesús se estaba atribuyendo unos poderes divinos que ellos pensaban que no tenía.
¿Qué esperamos nosotros de Jesús cuando acudimos a El? ¿qué es lo que buscamos? Con qué facilidad solo pensamos en auxilios temporales o materiales. Como aquellos hombres para quienes lo único que podía necesitar aquel hombre que se debatía entre la vida y la muerte eran unos auxilios sanitarios. La salvación que Jesús nos ofrece es algo mucho más hondo y más importante para nuestra vida.
Claro que le tenemos que pedir al Señor también desde nuestras necesidades materiales o desde el dolor y el sufrimiento de nuestra enfermedad o nuestras limitaciones físicas. Hemos de saber contar con El y a El acudimos con fe y con confianza. Los que llevaban al paralítico para que Jesús lo curara iban con su corazón lleno de fe, de manera que el evangelista nos destacará que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres.
Pero cuando Jesús nos remedia en esas necesidades materiales o nos ayuda en esas situaciones de limitación o carencias en las que podamos vivir, nos está queriendo abrir los ojos para que veamos más allá y nos demos cuenta de esas otras limitaciones, sufrimientos o muerte que podamos tener dentro de nuestro corazón. Los milagros que Jesús realiza son signos de ese otro milagro de gracia que Jesús quiere realizar dentro del corazón del hombre cuando nos ofrece su salvación.
‘¿Por qué pensáis así?’ les dice Jesús. ‘¿Qué es más fácil decir: tus pecados están perdonados o decir levántate y anda?’ ¿Quién puede darnos o quitarnos la vida sino Dios? ¿Quién es el que puede milagrosamente curarnos de nuestra enfermedad sino Dios? ‘Pues, para que veáis que el Hijo de Hombre tiene poder para perdonar pecados - dijo dirigiéndose al paralítico -: ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’.

Démosle gracias al Señor que tales maravillas quiere realizar en nuestra vida cuando nos ofrece y nos regala su perdón.

miércoles, 3 de julio de 2013

las dudas de santo tomas nos hacen proclamar nuestra fe

Cimentados en la fe de los Apóstoles las dudas de Santo Tomás nos hacen proclamar firmemente la fe

Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20, 24-29
El pasado sábado, cuando celebrábamos la fiesta de los apóstoles san Pedro y san Pablo, escuchábamos a Jesús que nos hablaba de la piedra sobre la que iba a fundamentar su Iglesia, en referencia al apóstol Pedro. Hoy cuando estamos celebrando la fiesta de otro apóstol, Santo Tomás, hemos escuchado en la carta a los Efesios que san Pablo nos habla de que estamos ‘cimentados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas’ y nos recuerda que ‘el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.
Es la importancia que le damos en la Iglesia a las fiestas de los Apóstoles. Somos una Iglesia, cuya una de sus características es ser precisamente apostólica. Somos herederos de la fe de los apóstoles; en ellos entroncamos nuestra fe para llegar a Cristo que es verdaderamente la piedra angular de nuestra fe, porque es en Cristo en quien encontramos la salvación.
En Cristo quedamos ensamblados, como nos dice san Pablo, para formar ese edificio de de nuestra fe, ese edificio que es la Iglesia en la que vivimos, celebramos y alimentamos nuestra fe. A través de los Apóstoles nos ha llegado el conocimiento de esa fe, el conocimiento de Cristo, puesto que a ellos se les confió la misión de ir por el mundo anunciando el evangelio, anunciando el nombre de Jesús, el único en quien encontramos la salvación, porque no hay ningún otro nombre que nos pueda salvar.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Su figura, en lo poco incluso que nos dice el evangelio de él, es para nosotros estimulando, porque le vemos como uno de nosotros con sus dudas y preguntas, con sus deseos de ver claramente aunque no siempre lo conseguía y también con su búsqueda de una verdad que incluso él quería palpar con sus propias manos. Sus dudas e interrogantes nos ayudarán a proclamar con mayor intensidad nuestra fe.
Serán las preguntas que le hace a Jesús en la última cena, cuando le pide que le enseñe el camino para ir al Padre. Jesús les está hablando de conocer al Padre y de ir al Padre y es por lo que surge ese interrogante dentro de él queriendo saber bien a donde va y conocer el camino. Ya sabemos la respuesta de Jesús; el camino es Jesús mismo porque conociendo a Jesús conoceríamos también al Padre.
La duda vendrá más tarde después de la resurrección. No estaba presente cuando Cristo resucitado se les manifiesta por primera vez en el cenáculo y ante la insistencia del resto de los apóstoles de que Jesús resucitado ha estado allí, el pide poder tocar y palpar con sus dedos y con sus manos las llagas de la cruz de Jesús. En el encuentro definitivo con Jesús surgirá la hermosa confesión de fe, ejemplo y modelo de la confesión y proclamación de nuestra fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’
Queremos nosotros proclamar nuestra fe y hacerlo con firmeza y claridad, pero ya sabemos cómo tantas veces las dudas se nos meten en el alma y se nos ciegan los ojos del corazón. Hoy miramos a Tomas y aprendemos de él. Aprendemos incluso en aquello que él no supo hacer que fue fiarse de los que le decían que estaba vivo y que lo habían visto. Hemos de aprender a fiarnos, es aspecto fundamental de nuestra fe, y confiamos en aquellos que desde lo que han vivido y experimentado nos quieren trasmitir.
No es cerrar los ojos de una forma obtusa, sino fiarnos y abrir nuestro corazón, porque así llegará Dios a nosotros y podremos al final también experimentarlo por nosotros mismos allá en lo hondo del corazón. Si cerramos nuestra mente, si no aprendemos a fiarnos, si  no aprendemos a tener confianza, nos estaremos cerrando al misterio de la fe; si no somos capaces de aceptar lo que los hermanos creyentes tratan de trasmitirnos desde su vida, nos estamos cerrando al misterio de Dios y difícil será que lleguemos a experimentarlo también nosotros en el corazón y a hacer en consecuencia de una forma personal nuestra confesión de fe.
Al final de la misa vamos a pedir que ‘cuantos hemos confesado por la fe a Jesús como nuestro Dios y Señor, como santo Tomás, le sigamos proclamando ante los hombres con nuestra vida y nuestras obras’.


martes, 2 de julio de 2013

que se despierte nuestra fe

Que se despierte nuestra fe, aunque parezca que el Señor está dormido está siempre a nuestro lado

Gén. 19, 15-29; Sal. Sal. 25; Mt. 8, 23-27
‘Jesús subió a la barca y los discípulos lo siguieron’. Está el hecho cronológico o histórico como nos parezca decir de querer cruzar el lago en barca de un lugar a otro como ya se nos adelantaba en versículos anteriores.
Pero en el relato ha ido apareciendo cómo se le iban agregando discípulos a Jesús, gente que al escuchar sus palabras y sobre todo ver su vida querían seguirle, querían estar con él. En los versículos anteriores, paralelos al texto que escuchábamos el pasado domingo, habíamos visto algunos que voluntariamente se ofrecían para seguir a Jesús - ‘te seguiré adonde vayas’, le había dicho uno - mientras a otros los invitaba Jesús a seguirle.
Es por aquí, en este aspecto de los discípulos que querían seguir a Jesús o a los que Jesús invitaba a seguirle, es por donde vamos a hacer la lectura de este episodio que hemos escuchado. ‘Jesús subió a la barca y los discípulos lo siguieron’. Nosotros también queremos subirnos a la barca, queremos ir con Jesús, nos embarcamos en esa tarea hermosa e ilusionante de querer vivir como un verdadero discípulo de Jesús.
Muchas veces también cuando comentamos este episodio hablamos de esa barca que es la Iglesia en la que estamos todos embarcados y que también se ve zarandeada por las olas de la vida, de las dificultades, de las tentaciones que vamos soportando cuando deseamos seguir a Jesús y ser fieles. Es cierto que nos gustaría que, dado que nos hemos decidido por seguir a Jesús y hemos optado por el camino del evangelio, el camino no se nos hiciera difícil; con nuestro entusiasmo y con nuestro amor queremos vivir nuestra vida cristiana, pero bien sabemos las tentaciones que hemos de soportar.
Queremos, es cierto, hacer esa travesía con Jesús, todo lo que es nuestra vida cristiana; queremos ir plasmando en nuestra vida todo lo que nos va enseñando Jesús en el evangelio; querríamos vivir con un amor como el que El nos tiene y nos enseña, pero bien sabemos que nos cuesta, que aparecen las tentaciones y las dificultades; bien sabemos que nos vienen los cansancios y las rutinas y fácilmente nos puede suceder en ocasiones que todo lo veamos oscuro.
Cuando surgió el temporal fuerte en medio del lago - lo que era en cierto modo habitual en aquel mar de Galilea por las corrientes de los vientos y las temperaturas extremas que en aquella depresión del Jordán aparecen con frecuencia - los discípulos asustados se sintieron como si Jesús no fuera con ellos y tuvieran peligro de hundirse en medio de aquel vendaval. ‘De pronto se levantó un temporal tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas, mientras Jesús dormía’.
Es cuando gritan asustados despertando a Jesús. ‘¡Señor, sálvanos que nos hundimos!’ Estaban tan asustados que les parecía que iban a perecer mientras Jesús no hacia nada por ellos. Nos sucede cuando nos vemos envueltos en problemas y la vida se nos hace cuesta arriba; nos parece todo tan negro que creemos que no vamos a salir de aquella situación. Nos pasa en muchos aspectos de nuestra vida: problemas familiares, problemas en el trabajo, situación social en la que vivimos, contratiempos en la convivencia con los que nos rodean. Muchas son las situaciones y las circunstancias.
‘¡Cobardes!’, les dice Jesús. ‘¡Qué poca fe!’ Con Jesús llegaría la calma. Acobardados nos vemos en los caminos de la vida. ¿Sabremos ver y sentir la presencia de Jesús y con El a nuestro lado no perder nunca la paz? ¿Nos faltará fe para darnos cuenta de que no nos falta la presencia de Jesús en el camino de nuestra vida y lo que tenemos que hacer es invocarle? Algunas veces, es cierto, no parece que seamos creyentes, porque la fe parece que se oculta y no actuamos como personas de fe.

Tenemos que despertar nuestra fe. Tenemos que darnos cuenta de la presencia de Dios continuamente a nuestro lado. Tenemos que ser conscientes de que la gracia del Señor nunca nos va a faltar. Que se despierte nuestra fe. Que aunque nos parezca que el Señor está dormido, El está siempre a nuestro lado. No dudemos en nuestro seguimiento de Jesús. Vayamos con El cruzando siempre los mares de la vida y dejando la estela de nuestra fe.

lunes, 1 de julio de 2013

Ejemplo de oración de Abrahán, el amigo de Dios, que intercedía por la salvación del pueblo pecador

Gén. 18, 16-33; Sal. 102; Mt. 8 18-22
Es hermosa la relación que se mantiene entre Dios y Abrahán. La Biblia usa un lenguaje antropomórfico (lenguaje que emplea figuras humanas como imagen de la divinidad) para presentarnos a Dios y su relación de amistad con Abrahán; se le manifiesta Dios en la figura de unos personajes humanos a los que en su hospitalidad Abrahán acoge en su tienda y con los que dialoga.
Es el texto hermoso que hubiéramos escuchado el pasado sábado en que Dios se le manifiesta ‘junto a la encina de Mambré mientras él estaba sentado junto a su tienda. Alzó la vista y vio a tres hombres en pie frente a él. Al verlos corrió a su encuentro desde la puerta de su tienda y se prosternó en tierra…’ Es una imagen clásica en una pintura que se nos representa para hablarnos incluso de la Trinidad de Dios.
Entonces Dios le anuncia a Abrahán que finalmente va a ser padre, cumpliendo la promesa que le había hecho. ‘Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo’, le anuncia Dios. Hoy escuchamos el anuncio del castigo de Sodoma a causa de su maldad y pecado. Parece como que Dios quiere contar con Abrahán diciéndole lo que va a hacer. Pero se establece un hermoso diálogo y puja entre Abrahán y Dios puesto que el patriarca quiere salvar a toda costa a aquella gente del castigo de Dios. Es una hermosa oración de intercesión en la que va pujando a la baja para que en virtud de los pocos justos que haya en la ciudad se vea liberada del castigo.
Creo que en todo esto que estamos subrayando hay un hermoso mensaje y lección para nosotros. Nos está hablando del sentido de nuestra relación con el Señor y de nuestra oración. Nos prosternamos ante Dios reconociendo su grandeza e inmensidad, porque eso no lo podemos nunca olvidar, pero Dios nos da suficiente confianza, por así decirlo, en su amor como para que mantengamos con El una relación de confianza, esperanza y, podríamos decir, amistad. Ya nos dirá Jesús que no nos llama siervos sino que nos llama amigos porque El ha descargado todo lo que lleva en su corazón en nosotros revelándose a sí mismo y revelándonos a Dios. De ahí lo entrañable que ha de ser siempre nuestra oración al Señor, porque, como decía santa Teresa, estamos tratando con aquel que sabemos que nos ama.
Y aquí quisiera fijarme además en lo que hemos escuchado de esa oración de intercesión de Abrahán por aquel pueblo pecador. Algo que hemos de tener en cuenta en nuestra oración, en la que nosotros vamos a acudir a Dios pidiendo por nosotros, sino que nuestro corazón ha de estar abierto a las necesidades de los demás, para rezar a Dios por ellos. Pero en este caso, además, para rezar por los pecadores. Tendríamos que convertirnos con nuestra oración siempre en intercesores que, aunque nos sentimos nosotros también pecadores, pidamos por la conversión de los pecadores. Como lo hizo Abrahán que intercedía por aquel pueblo que sabía que Dios iba a castigar. Como lo hizo Jesús desde la cruz en la que no solo perdonaba a los que lo estaban crucificando sino que además intercedía por ellos al Padre disculpándolos incluso porque no sabían lo que hacían.
Me viene a la memoria el recuerdo de la Virgen, atenta siempre a las necesidades de los demás como la vemos en el evangelio. Pero si nos fijamos en las grandes apariciones de la Virgen y como constancia quedan esos lugares emblemáticos de la devoción a la Virgen, ella siempre nos pide que recemos por los pecadores y por la conversión del mundo. Podíamos citar a Lourdes y Fátima porque eso le pedía ella tanto a Bernardita en Lourdes como a los pastorcitos de Fátima; pero de igual manera en otros lugares a lo largo y ancho del mundo.

Tomemos ese ejemplo que hoy nos da Abrahán. Recojamos esa petición que nos hace la Virgen. Démosle ese sentido hermoso de intercesión a nuestra oración, pero de intercesión en especial por los pecadores. Seamos esos amigos de Dios por la intensidad y la intimidad de nuestra oración y que nos hagamos intercesores que pedimos por la conversión de los pecadores.

domingo, 30 de junio de 2013

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén y con Jesús nosotros queremos caminar

1Reyes, 19, 16.19-21; Sal. 15; Gál. 5, 1.13-18; Lc. 9, 51-62
‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo… Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Hay momentos que son decisivos en los que hay que tomar una determinación y no se puede uno andar con excusas para quedarse atrás o dejar las decisiones para otros momentos. Jesús sabía lo que significaba su subida a Jerusalén. Más adelante le veremos anunciar lo que va a suceder e incluso en momentos los discípulos se extrañarán de su determinación de manera que iba delante de ellos como si fuera con prisa.
Nos enseña mucho este pasaje del evangelio. El mensaje lo tenemos en esa determinación de Jesús pero en lo que luego va sucediendo o le va pidiendo a quienes se acercan a El porque quieren seguirlo. No podemos andar ni con medias tintas ni tampoco dejándonos arrastrar por los malos momentos que nos pueden hacer reaccionar de malos modos. Es lo que veremos que va sucediendo y que será para nosotros como una hermosa parábola, o un hermoso mensaje para muchos momentos y determinaciones que hemos de tomar en la vida.
Digo reaccionar de malos modos porque fácilmente nos puede suceder cuando nos llevan la contraria o se enfrentan a nuestras decisiones. Hemos de saber sobreponernos en los momentos difíciles en los que podamos encontrar oposición desde algún ángulo o faceta de la vida. No tendríamos que perder la paz en el corazón para dejarnos arrastrar por posturas o gestos violentos. Como les sucedió en ese primer momento a los discípulos.
‘Envió mensajeros por delante, dice el evangelista. De camino entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no los recibieron, porque se dirigía a Jerusalén’. Vuelven a aparecer las consabidas desconfianzas, reticencias y enfrentamientos entre judíos y samaritanos, como hemos visto en otra ocasión. Y la reacción de los discípulos fue la violencia, los malos modos que decíamos.
Santiago y Juan - los hijos del trueno como los llamaría Jesús - ya estaban dispuestos a castigos divinos. ‘¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?’ Muy subidos andaban ellos en los pedestales de los poderes que les había dado Jesús cuando los envió a predicar. Pero ésa no es la manera de actuar de Jesús ni de quien se dice discípulo de Jesús y quiere seguirle. ‘El se volvió y los regañó’.
Jesús va delante en su subida a Jerusalén enseñándonos el camino. Ya entendemos que no era el camino geográfico que todos conocerían bien porque muchas veces habían hecho. Es el camino del seguimiento de Jesús. Y si no podemos responder con violencia a los contratiempos que tengamos que sufrir en la vida también hemos de aprender también que siguiendo a Jesús no buscamos ni apoyos humanos ni que se nos resuelvan milagrosamente aquellas situaciones difíciles o problemas con que nos encontremos. Seguimos a Jesús porque lo amamos y queremos seguir sus huellas empapándonos de su vida, aunque ello signifique que las comodidades no van a estar de nuestro lado. Será necesario un desprendimiento y una austeridad en la vida que nos hará encontrar el verdadero valor de lo que hacemos al seguir a Jesús.
‘Te seguiré adonde vayas’, le dice uno que se ofrece por sí mismo para seguir a Jesús. ‘Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’, fue la respuesta de Jesús. No sabemos si aquel voluntario al final siguió o no siguió a Jesús, pero ahí nos ha dejado ver Jesús cual ha de ser nuestra actitud profunda. Porque estemos con Jesús no significa que tengamos de antemano todos los problemas resueltos. Eso nos creemos algunas veces cuando decimos que el Señor no nos escucha o que a tanto bueno como nosotros hacemos no encontramos luego una compensación de suerte o de beneficio en la vida ordinaria. ¿Por qué buscamos a Jesús y queremos seguirle? ¿Simplemente para tener suerte en la vida?
Jesús cuando ha tomado esa determinación de subir a Jerusalén aún no esta enseñando más. Nada la detiene en el camino. No deja las cosas para mejores momentos. Nuestras dudas e indecisiones nos hacen andar muchas veces así. Encontramos disculpas siempre para dejar las cosas para otro momento. Ya habrá tiempo, pensamos muchas veces.
Ahora es Jesús el que invita a alguien a seguirle, pero éste quiere dejar arregladas todas las cosas antes de seguir a Jesús. ‘Déjame primero ir a enterrar a mi padre’. A lo que Jesús radicalmente le dirá: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios’. Será doloroso en ocasiones arrancarse de donde estamos o de lo que estamos haciendo, pero si el Señor nos habla en el corazón y nos llama con prontitud hemos de seguirle. Lo contrario sería quedarnos en situación de muerte y nosotros estamos llamados a la vida y a sembrar vida.
El que ha emprendido el camino tiene su mirada puesta en la meta y en lo que tiene por delante. No nos vale estarnos parando para mirar atrás a ver lo que hemos dejado. Si emprendemos una tarea es en esa tarea en lo que tenemos que empeñarnos. No nos valen añoranzas de lo que hicimos en otra ocasión o el pensar que tenemos que hacer como hacíamos antes. Ni nos vale estar contando todo lo que hicimos en otra ocasión. Es un camino de vida y el vivir ese seguimiento de Jesús nos renueva.
‘Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia… El que echa mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios’. Nos encontramos muchas veces con actitudes y posturas de añoranza en esta tarea del cristiano en medio del mundo y de la Iglesia. Las mismas dificultades que vamos encontrando en el momento presente nos hacen estar echando esa mirada atrás pero tenemos que saber responder en el ahora y el hoy de nuestra vida y tarea a ese reto que se nos plantea del anuncio del Reino. Los problemas son los de hoy, no los de ayer, y las respuestas tenemos que darlas hoy porque el mensaje del Evangelio es Buena Noticia en cada momento en que se proclama.
Es una tarea y una respuesta que no damos por nosotros mismos, cualquiera que sea la situación. Es dejar al Espíritu divino que actúe en nuestra vida y a través de nosotros vaya actuando con su gracia en nuestro mundo. Por eso siempre en nuestro seguimiento de Jesús vamos invocando el Espíritu divino en todo momento para que nos dé la fuerza de su gracia, para que nos ilumine y fortalezca en cada momento.
Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén y con Jesús nosotros queremos caminar sin búsquedas interesadas, con generosidad de corazón, con decisión y sin retrasar nuestra respuesta dejándonos iluminar por su Espíritu con la novedad del Evangelio, la buena noticia que nosotros queremos hoy trasmitir. Que no nos falte nunca la fuerza del Espíritu.

sábado, 29 de junio de 2013

Con la fe de Pedro nació la Iglesia y en comunión con Pedro vivimos nuestra fe en Jesús

Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19
Con la fe de Pedro nació la Iglesia y en comunión con Pedro vivimos con seguridad y certeza la fe de la Iglesia en Jesús. Casi como un eslogan resumimos así el mensaje que nos trasmite la festividad que hoy estamos celebrando.
Con alegría está toda la Iglesia celebrando hoy la solemnidad de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo. ‘Tú nos llenas de santa alegría en la celebración de la fiesta de san Pedro y san Pablo’, hemos expresado en la oración litúrgica. O como diremos en el prefacio expresando nuestra acción de gracias al Señor ‘en los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a la Iglesia un motivo de alegría’.
Hemos escuchado en el evangelio cómo Pedro confiesa su fe en Jesús. Había preguntado, como ya recientemente hemos meditado también, qué pensaba la gente de Jesús y luego les había trasladado directamente la pregunta a aquellos discípulos más cercanos, a aquellos Doce que había llamado de manera especial para constituirlos apóstoles. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ya hemos escuchado y meditado muchas veces la respuesta de Pedro. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. No lo respondía Pedro por sí mismo, aunque mucho hubiera aprendido al estar al lado de Jesús y grande fuera su amor y entusiasmo por El. Esto era revelación de Dios allá en lo más hondo de su corazón. ‘Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’.
Había sentido Pedro en su corazón esa revelación de Dios y se había dejado conducir por el Espíritu que le revelaba en su corazón el misterio de Jesús. Por eso podía hacer tan hermosa confesión de fe. Allí está el Ungido de Dios, el Mesías de Dios, el Hijo del Dios vivo. Con qué seguridad lo podía afirmar Pedro. Cuánto tenemos nosotros que aprender. Si abrimos nuestro corazón a la fe el Señor se nos revelará también allá en lo más hondo de nuestro corazón.
No son sólo nuestros razonamientos aunque Dios nos dio capacidad en nuestra inteligencia y nuestra voluntad para elevar nuestro corazón y nuestro espíritu a Dios, pero pesan como un lastre tantas cosas que nos arrastran hacia abajo y nos nublan los ojos del corazón. Cómo tenemos que aprender a contar con Dios y dejarnos conducir. El Señor va poniendo muchas señales en nuestro camino para que lo encontremos y deja a nuestro lado quienes en su nombre nos ayuden y nos orienten para encontrar ese camino.
Y con la fe de Pedro nació la Iglesia. Claro que tenemos que decir para aclarlo bien que la Iglesia nace del corazón de Cristo que nos convoca y nos llama y en su sangre redentora derriba los muros que nos separan para que podamos llegar a vivir esa necesario comunión de fe y de amor que es la Iglesia. Pero tras esta confesión de fe de Pedro se nos manifiesta claramente lo que es la voluntad de Cristo, lo que quiere para nosotros los que ponemos toda nuestra fe en El.
‘Tú eres piedra - Pedro - y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… y a ti, Pedro, - a tí que eres la piedra - te daré las llaves del Reino de los cielos…’ Cristo nos quiere en Iglesia;      Cristo nos quiere en comunión; Cristo nos quiere una familia, nos quiere hermanos; Cristo quiere que ese amor que nos tengamos nos haga ser un edificio sólido y nos deja un fundamento, un punto de unión, una señal de esa comunión que tiene que haber, de ese ser Iglesia, que es Pedro. Y es en Pedro, la piedra, que pondrá como fundamento de su Iglesia. La piedra angular es Cristo, pero en el cimiento está Pedro que estará unido a Cristo porque ya ha confesado su fe en El.
Tenemos que ser Iglesia. Así nos quiere Jesús. ¿Queremos otro motivo? Su mandamiento del amor. Porque nos amamos, y con un amor nuevo y distinto porque es un amor como el de Jesús, necesariamente tenemos que sentirnos en comunión, necesariamente tiene que haber unión entre todos los que creemos en Jesús, tenemos que ser Iglesia. Y en esa comunión entre nosotros, pero en esa comunión con el que es la piedra y el fundamento tenemos asegurada nuestra fe. El tiene las llaves; él es el que nos trasmite, y lo hace con toda fiabilidad, todos los fundamentos de esa fe en Jesús. Es en la tradición de la Iglesia, en el magisterio de la Iglesia trasmitido a través de los siglos - eso viene a significar lo de la tradición de la Iglesia - donde tenemos la garantía de esa fe en Jesús, de que se nos está trasmitiendo la verdad de Jesús.
Eso tenemos que expresarlo y vivirlo de muchas maneras y en toda circunstancia. En la liturgia lo expresamos claramente cuando confesamos nuestra fe en la Iglesia, una santa, católica y apostólica. Una Iglesia universal, pero una Iglesia enraizada en la fe de los apóstoles; por eso decimos apostólica. ‘Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida por toda la tierra, y con el Papa y con nuestro Obispo y con todos los que en ella cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad’, que decimos en la plegaria eucarística.
‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, que pedíamos en la oración de esta fiesta. Que crezca nuestra fe y nuestra comunión de Iglesia. Hoy que de manera especial celebramos el día del Papa, porque miramos a Pedro y en Pedro a sus sucesores como Obispos de Roma, pero como pastores de la Iglesia universal según la voluntad de Cristo. Damos gracias a Dios por el Papa, por nuestro Papa actual Francisco en quien tenemos que sentirnos en íntima comunión, pero con corazón agradecido por aquellos Papas que a lo largo de nuestra vida hemos conocido y han ido conduciendo guiados por el Espíritu en los últimos tiempos a la Iglesia de Dios.
Que el Espíritu divino esté en el corazón del Papa en esa misión que tiene para toda la Iglesia y le dé la fortaleza que necesita para conducir el pueblo de Dios en nuestro tiempo. Oremos por el Papa.