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domingo, 3 de junio de 2012


Un Misterio de Dios que es Misterio de Amor que se derrama en nuestro corazón

Deut. 4, 32-34.39-40;
 Sal. 32;
 Rm. 8, 14-17;
 Mt. 28, 16-20

Me pidieron que les hablara de Dios, pero  no me salieron las palabras, me quedé callado, me quede en silencio; me encontré ante el Misterio de la inmensidad de Dios que es inalcanzable en nuestras medidas e inexplicable con nuestras palabras humanas. 
Me pidieron que les hablara de Dios y en silencio me puse a reflexionar, a mirar en mi interior y a mirar a mi alrededor, pero aunque no encontrara palabras para explicar lo que me sucedía sí sentía que algo, mejor Alguien, me estaba inundando por dentro y dejando una tremenda paz en mi interior que de ninguna otra manera podía sentir ni alcanzar.
Me pidieron que les hablara de Dios y aunque era inexpresable con palabras sentía una luz que llenaba por dentro, disipando dudas y tinieblas, y elevaba mi espíritu haciendo que sintiera deseos de algo grande, que aunque misterioso en principio me iba haciendo sentir mejor, con mejores sentimientos, con sueños cada vez más hermosos no solo para mi sino que también me hacía pensar en los demás. 
Me pidieron que les hablara de Dios y comencé a mirar alrededor, y me di cuenta de que había mucho sufrimiento, muchas oscuridades en muchos corazones, mucha gente atormentada que se debatía entre sus dudas y sus desilusiones; pero contemplé a otros que venían con ráfagas de luz en sus manos y en su corazón para despertar esperanzas, y estaban como en pie de guerra en el deseo de transformar aquellas situaciones de sufrimiento y de oscuridad; y me daba cuenta que tenían una fuerza interior que les hacía luchar y trabajar por los demás, y que algo venido de lo alto los impulsaba a aquella tarea por hacer un mundo mejor; eran ellos los que ahora me estaban hablando a mí de Dios.
Me pidieron que les hablara de Dios y sentía en mi corazón unos nuevos impulsos de amor, de misericordia, de compasión que me hacían mirar a mi alrededor para ver con una mirada distinta a los que me rodeaban y aquellos que quizá antes podía haber mirado como despreciables ahora los veía con nuevos ojos y sentía en mi corazón impulsos de fraternidad y de comunión para preocuparme con ellos, para sufrir con sus sufrimientos, para compartir lo que soy y lo que tengo, para alegrarme con sus alegrías, para sentir el impulso de tender la mano para comenzar a caminar juntos. 
Me pidieron que les hablara de Dios y aunque ya no sabía decir doctrinas ni ideas preestablecidas sobre las cosas que habitualmente se dicen de Dios, sí estaba sintiendo que mi vida estaba cambiando porque algo había en mí que me hacía sentirme distinto, transformado, con nueva mirada y con nuevos sentimientos. 
Me pidieron que les hablara de Dios pero era Dios el que estaba hablándome a mí, allá en mi interior, en lo más hondo de mi corazón para sentir su grandeza, sí, y su omnipotencia, y su inmensidad, y su poder, pero para sentir que algo de Dios llegaba a mi vida, algo de la divinidad me estaba levantando hacia nuevos horizontes, algo divino estaba dejando huella en mi alma, y al amar yo con un nuevo amor, me daba cuenta que era el amor de Dios el que me estaba transformando y haciendo amar, y mirar, y hacer las cosas de una manera nueva. 
Sentía que Dios estaba en mí; sentía que Dios me amaba con un amor de predilección especial como un padre quiere a su hijo, porque para cada hijo el padre tiene siempre un amor único y especial; sentía que aunque mi vida estaba llena de sombras y abandonos el gozo de la misericordia divina inundaba mi corazón porque en El me sentía liberado de todos esos pesos de mis culpas e infidelidades; sentía y descubría que Dios se estaba dando por mí en un amor que era el más grande porque me daba su vida, entregaba su vida por mí, y me sentía rescatado y a qué precio del abismo en que había caído con mi pecado; sentía finalmente que no me abandonaba sino que El era, es ahora mi fuerza y mi vida para caminar en esa vida nueva que me estaba ofreciendo. 
Es el Misterio de Dios del que no se hablar cuando me preguntan porque las palabras se me hacen cortas y limitadas, pero al que yo siento ahí en mi vida y en mi interior, pero que siento que así también quiere estar en medio del mundo, en el corazón de todos los hombres. 
La Iglesia celebra hoy en su liturgia el domingo, la solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio de Dios que se nos revela en el evangelio y que está presente continuamente en nuestra vida. ‘Proclamamos nuestra fe, como diremos en el prefacio, en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos tres personas distintas de única naturaleza e iguales en su dignidad’. 
Misterio de Dios que nos cuesta entender y explicar con palabras humanas pero a quien continuamente estamos invocando porque en su nombre, en el nombre de la Santísima Trinidad iniciamos todo en nuestra vida y en el nombre de la Santísima Trinidad recibimos continuamente su gracia y su bendición. Fijémonos cómo está siempre presente este misterio de la Trinidad en nuestras oraciones y en nuestra manera de invocar a Dios.
Más que buscar palabras que nos lo hagan inteligible, abramos nuestro corazón a la experiencia de Dios que vivimos cada día y aceptando toda la revelación que Jesús nos hace del Padre y de todo el misterio de Dios; descubramos su presencia en nuestra vida que nos llena de vida y de plenitud, de luz y de esperanza, de fortaleza para nuestro caminar y de amor nuevo con que amar a Dios y a nuestros hermanos; lo podremos ver en muchos hermanos nuestros a nuestro lado y lo podemos sentir en nuestro propio corazón. 
Dejémonos iluminar por ese Espíritu divino que inunda nuestro corazón y tendremos nueva mirada para dirigirnos a Dios y conocerle y amarle cada día más, y tendremos nueva mirada para nuestra propia vida y la vida de los hombres nuestros hermanos que caminan a nuestro lado, a los que vamos a amar con un amor nuevo porque nuestro corazón se llena de la ternura de Dios, de su misericordia y de su amor.
Cuando sintamos a Dios así en nuestra vida y en nuestro corazón descubriremos que ya no nos podemos encerrar en nosotros mismos y en las materialidades y sensualidades mundanas que algunas veces tanto nos han interesado; descubriremos que por una parte nuestro espíritu se levanta y se lanza hacia lo alto, hacia el más allá, hacia la trascendencia que siento que se le da a mi vida, pero descubriré por otra parte que no podré dejar de mirar a los hermanos que están a nuestro lado con los que tendré que compartir mi vida, mi caminar, mi amor.
Es que estaremos sintiendo en nosotros el Espíritu de Dios y ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’, como nos decía el Apóstol. Y siendo hijos de Dios nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás comenzarán a ser distinta. ‘Somos hijos de Dios, y si somos hijos somos también herederos, herederos de dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con El para ser también con El glorificados’.

sábado, 2 de junio de 2012


Sólo con la humildad de quien se abre sinceramente a Dios, podemos descubrir su revelación
Judas, 17.20-25; Sal.62; Mc. 11, 27-33
Queremos hacer la fe razonable y razonada, fundamentándola en razonamientos humanos que le den la autoridad o el valor; sin ir en contra de nuestra razón, porque Dios nos ha dado también capacidad y deseos de buscarle y poder atisbarle, sin embargo la fe es algo más.
La fe es confianza porque es fiarse; la fe nos trasciende porque entra en otras esferas superiores a nuestros razonamientos humanos; la fe nos abre al misterio porque a Dios no lo podemos encerrar en nuestros razonamientos o categorías humanas; pero la fe al mismo tiempo nos abre a la plenitud llenando nuestro espíritu desde lo más hondo porque es llenarnos de Dios, dejarnos conducir por Dios, entrar en la órbita del conocimiento de Dios.
La fe y nuestra relación con Dios no es cosa que podamos manipular a nuestro gusto o manejar a nuestro antojo. La fe es entrar en una relación personal con Dios, al que no vemos con los ojos de la cara, pero sin embargo somos capaces de aceptarle y fiarnos de El porque a Dios sí que lo podemos sentir en nosotros, en lo más íntimo y profundo de nosotros pero no para anularnos, sino para llenarnos de plenitud. Claro que cuando queremos que Dios sea como a nosotros nos apetezca no lo vamos a encontrar, porque sólo con la humildad de quien se abre sinceramente a Dios es como podemos descubrir su revelación.
Cuánto les costaba a los judíos, sobre todo a los dirigentes y principales entre el pueblo, conocer y aceptar a Jesús. Los vemos continuamente buscando razonamientos, justificaciones, autoridad que ratifique las obras que Jesús realiza. No son capaces de ver el actuar de Dios en Jesús porque además ellos se habían hecho otra idea de lo que sería el Mesías y no habían llegado a descubrir el misterio de Dios.
Hoy vemos que una vez más le piden explicaciones. ‘Se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos del Consejo del Sanedrín y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Los versículos anteriores a este pasaje que estamos comentando nos hablan de la expulsión de los vendedores del templo, que siendo la casa de oración la habían convertido, como les diría Jesús, en una cueva de ladrones.
Mucho era lo que Jesús quería purificar en aquel pueblo que no era solo el que vendieran o no vendieran palomas o los animales de los sacrificios en el templo. Había mucha manipulación por parte de las autoridades judías y ya conocemos cómo Jesús les criticaba que quisieran imponer pesadas cargas al pueblo en una multitud de ritualidades, mientras en sus vidas no había auténtica sinceridad. La sinceridad del corazón era lo que Jesús buscaba en aquellas gentes porque eso, como veremos en otros pasajes, solo los sencillos de corazón, los pequeños y los humildes recibirán la revelación de Dios.
Es cómo nosotros también tenemos que purificar nuestro corazón; es la humildad con que tenemos que acercarnos a Dios para conocerle tal como El se nos revela. Jesús no responde a aquellas personas interesadas sino que les hace una contra-pregunta para hacerles ver la incongruencia con que andan en su vida, por lo que no contestarán a la pregunta de Jesús.
Que el Señor nos conceda un corazón puro y humilde para que podamos acercarnos con sinceridad al misterio de Dios y podamos sentir en lo más hondo de nuestro corazón su presencia y su amor que nos llena e inunda de bendiciones.

viernes, 1 de junio de 2012


Tenemos un Sumo Sacerdote grande que ha atravesado los cielos, Cristo Jesús

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hebreos, 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘A ti, Jesús, te alaban las naciones; que a tu reino nos llevas, y en ti cobra esperanza nuestra súplica, único mediador de cielo y tierra… Ungido por el Padre, Jesucristo, eterno Sacerdote, reconcilias al cielo con la tierra, los hombres y los ángeles te adoren… cantan tu gloria, Cristo sacerdote, los cielos y la tierra; a  ti que por amor te hiciste hombre y al Padre como víctima te ofrendas…’
Es parte de los himnos con que la liturgia canta a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que hoy celebra la Iglesia. Único mediador de cielo y tierra, Ungido por el Padre eterno Sacerdote. Así contemplamos hoy a Jesucristo.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo’, nos invita la carta a los Hebreos. ¿Cuál es la función del sacerdote? Como nos señala la misma carta ‘está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados…’
Cristo Jesús, uno como nosotros porque es verdaderamente hombre, está como único Mediador, como Sacerdote eterna que ha ofrecido el sacrificio definitivo de la nueva Alianza con el valor infinito de su Sangre porque es al mismo tiempo verdadero Hijo de Dios. ‘Se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote’. Para gloria de Dios Jesucristo fue constituido Sacerdote, en bien del género humano para hacernos llegar su salvación el Hijo único de Dios  es Sumo y Eterno Sacerdote.
El ha ofrecido el sacrificio definitivo de la Nueva y Eterna Alianza sellada con su Sangre, que nosotros actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Así es el Sacerdote pero también es la Víctima porque a sí mismo se ofrece y su propio cuerpo es el Altar del Sacrificio. 
Por eso cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, unimos en nuestra celebración a aquellos que participan del Sacerdocio de Cristo en el sacerdocio ministerial, para dispensar la gracia de esos misterios santos en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos.
Hoy es, pues, una fiesta del Sacerdocio de Cristo, de todos los bautizados que participamos de su sacerdocio porque con Cristo hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes por la unción del Espíritu, pero de manera especial de los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial en el Orden Sagrado. Por eso en la oración litúrgica pedimos que ‘conceda a quienes El eligió para ministros y dispensadores de los misterios santos la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido’.
Un día que los sacerdotes vivimos de manera especial recordando y dando gracias a Dios por el don recibido al ser llamados y elegidos del Señor para este ministerio aunque no seamos merecedores de ello; un día que se convierte también en llamada a nuestro corazón para que generosamente respondamos a esa gracia del Señor y luchemos para ser cada día más santos para que dignamente ejerzamos este ministerio.
Pero es un día también en que la comunidad cristiana ha de tener en cuenta a sus sacerdotes en su oración. Para la gloria del Señor y en bien de la Iglesia, de la comunidad cristiana queremos responder a esa sublime llamada del Señor, pero necesitamos contar con el auxilio y la gracia de Dios. Es por eso que la comunidad cristiana tiene que estar con sus sacerdotes y rezar por ellos.
El Sacerdote no es un dirigente más como pueda haber tantos dirigentes en el ámbito de la vida civil. El sacerdote ha recibido una misión del Señor y participa de la misión de Cristo Buen Pastor. Y para ejercer esa misión de pastor ha de contar con la gracia del Señor. Por eso el pueblo cristiano tiene que orar por los sacerdotes para que sean fieles a su ministerio con una vida santa. Y han de orar también por las vocaciones para que sean muchos los llamados del Señor que respondan a esa invitación de gracia. 

jueves, 31 de mayo de 2012

La visita de María a Isabel es la visita de Dios que nos ofrece su salvación

Sofonías, 3, 14-18; Sal.: Os. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
‘Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos…’
Palabras llenas de júbilo del profeta que anuncian la llegada de la salvación para el pueblo de Israel. Palabras de júbilo que nos ofrece la liturgia en esta fiesta de la visitación de María a su prima Isabel, signo y señal al mismo tiempo que imagen de la presencia del Dios que llega con su salvación para todos los hombres.
María visita a su prima Isabel, tras haber escuchado el anuncio que el ángel le hizo a María de su maternidad divina; como una señal de la veracidad de la Palabra que llega de parte del Señor a María se le anuncia que también su prima Isabel va a ser madre. Ante la noticia, y movida por el amor del corazón de María, corre hasta la montaña para ir a visitar a su prima Isabel.
Pero podemos decir que no es sólo la visita de María, sino la visita de Dios, del Dios que viene a nuestro encuentro para ofrecernos vida y salvación y que ya se está realizando en el seno de María donde se ha encarnado el Hijo de Dios y se está gestando el nacimiento de Jesús. Pero con María llega a Dios a aquella casa de la montaña y con ella llega la gracia y la salvación.
‘En cuanto Isabel oyó el saludo de María saltó la criatura en su vientre’, como cuenta el evangelista que se verá corroborado por las palabras de Isabel. Llega la gracia de Dios que santifica en primer lugar a Juan, aún en el seno de Isabel, y que va a ser el varón más grande de los nacidos de mujer, como diría un día Jesús de él. Pero es Isabel también la que se llena de Dios, del Espíritu divino. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’
María es la llena de gracia que va derramando gracia allá por donde vaya. Está llena de Dios, como le había dicho el ángel en la anunciación, y es a Dios a quien María lleva allá donde se encuentra. ‘El Señor está contigo’, le dijo el ángel, y allá donde vaya María ella llevará a Dios. Por eso a María la podemos contemplar como trasmisora de Dios y como camino hacia la salvación; por eso María siempre nos estará conduciendo a Dios para que hagamos en todo lo que Dios nos diga, lo que Dios nos pida. ‘Haced lo que Él os diga’, les dijo a los sirvientes de Caná. Es lo que siempre escucharemos a María.
María reconoce humilde y agradecida las maravillas que Dios hace en ella que se siente pequeña, pero que sabe que Dios la está haciendo grande cuando la hace su madre. Su vida es todo un cántico de alabanza y de acción de gracias por las maravillas que en ella Dios realiza. ‘Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes en mí y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’ Sabe y reconoce María las maravillas que Dios en ella realiza, pero sabe María que a través de ella, en el hijo que lleva en sus entrañas que es el Hijo de Dios, se va a manifestar la misericordia y el amor del Señor para todos los hombres.
María se siente transformada por Dios; es la pequeña que Dios hace grande, pero es la señal de la transformación que Dios quiere realizar en todos los hombres con el Reino de Dios que en Jesús se va a constituir y realizar. Es la exaltación de los humildes, es la transformación de los corazones, es el mundo nuevo que va a comenzar  donde ‘los poderosos serán derribados de sus tronos y a los hambrientos se les colmará de bienes’.
Es el signo, es la señal que contemplamos en la visita de María a Isabel que es la visita de Dios a la humanidad para ofrecerle la salvación. Es lo que hoy nosotros celebramos pero es lo que queremos vivir. Celebrar la visita de María a Isabel es recibir también nosotros esa visita de Dios a través de la contemplación de María. Es comenzar nosotros a sentir también en nuestra vida esa gracia y esa salvación que llega a nosotros, dejando que nuestro corazón también se transforme y se llene de vida y de gracia.
‘Llevaste el gozo y la salvación, con la visita de María, a la casa de Isabel, concédenos ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu para poder llevar a Cristo a los hermanos, proclamar las grandezas del Señor con nuestra alabanza y llevar por los caminos de santidad a todos los hombres’. Así pedimos en la oración litúrgica de esta celebración. Nosotros también hemos de saber ir a los demás llevando a Dios como lo hacía María. Nosotros hemos de aprender de la misma manera a llenarnos de Dios, a llenarnos de su gracia para vivir una vida santa y nuestro encuentro con los demás sea siempre una visita de Dios. 

miércoles, 30 de mayo de 2012


Amaos unos a otros de corazón e intensamente

1Pd. 1, 18-25; Sal. 147; Mc. 10, 32-45
En los sacrificios de la antigua Alianza se ofrecían sacrificios de animales o de cosas materiales como ofrendas que se hacían al Altísimo como holocausto de acción de gracias o como reparación. Sin embargo el cordero que se sacrificaba en la pascua todos los años más que nada era una señal de lo que Dios había hecho por el pueblo que lo había liberado de la esclavitud de Egipto.
Pero todo eso esa anticipo y preparación de lo que había de venir. Quien iba a derramar su Sangre en sacrificio sería Jesús convirtiéndose así en nuestro salvador y redentor. Desde Cristo todo iba a ser distinto, porque era El el verdadero Cordero Pascual inmolado para nuestra salvación. El sería el que nos iba a rescatar, como nos dice hoy san Pedro, ‘no con bienes efímeros, con oro o con plata, sino a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha’.
Es lo que hemos venido celebrando de manera intensa en el tiempo de pascua que hemos recién concluido. Es lo que celebramos cada vez que nos reunimos en Eucaristía que hacemos memorial de su pasión y su muerte en la cruz y de su resurrección. Es lo que continuamente tenemos que recordar para dar gracias y para recordar el valor grande de nuestra vida cuando hemos sido rescatados a precio de la Sangre de Cristo. Como nos sigue diciendo en el texto hoy proclamado ‘por Cristo vosotros creéis en Dios que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza’. Con todo lo que significa poner toda nuestra fe y nuestra esperanza en Dios y las repercusiones que ha de tener para nuestra vida.
Pero  nos recuerda algo importante también hoy el apóstol Pedro en su carta y es la consecuencia de vida que hemos de vivir a partir de que hemos sido así redimidos. ‘Ahora que estáis purificados por vuestra respuesta a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’.
Nos recuerda el mandamiento del amor que ha de ser nuestro distintivo para siempre. Y es que quienes hemos experimentado en nuestra vida lo que es el amor de Dios que nos rescatado y redimido por la Sangre de Cristo, no nos queda otra respuesta que la del amor. Y el amor que le hemos de tener a Dios ha de ser en su estilo, a su manera, como es el amor que Dios nos tiene, como tantas veces hemos reflexionado.
En el evangelio hemos escuchado el anuncio que hace de su entrega y de su pasión mientras van subiendo a Jerusalén. Un detalle curioso es que parece como si Jesús tuviera prisa por llegar a Jerusalén para su entrega, porque nos dice que iba delante, adelantándose a los discípulos y estos le seguían extrañados. Las prisas del amor, podríamos decir.
Pero es en este momento y circunstancia cuando aquellos dos discípulos vienen pidiendo primeros puestos. Ya hemos reflexionada ampliamente en muchas ocasiones el diálogo entre Jesús y Santiago y Juan. Pero fijémonos en la reacción del resto de los discípulos que no entienden, que dejan en cierto modo de llenar de envidia y celos sus corazones.
Pero allí está Jesús con el mensaje y la enseñanza. ¿Queréis primeros puestos? ¿Queréis ser los primeros? Hay que hacerse servidor y esclavo de todos. Recuerda Jesús la ley del amor que es la que tiene que guiar nuestra vida, como ya también hemos venido hoy reflexionando. No pueden ser otros los intereses; no puede ser otro el estilo de nuestro vivir. Es el amor que nos lleva a olvidarnos de nosotros mismos para amar, para buscar el bien del otro, para servir, para darnos por los demás. Como nos decía Pedro hoy en su carta ‘habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente’. Que así sea siempre en nuestra vida.

martes, 29 de mayo de 2012


El evangelio no es una noticia cualquiera sino la Buena Noticia

1Pd. 1, 10-16; Sal. 97; Mc. 10, 28-31
El evangelio para el cristiano no es una simple noticia cualquiera que nos da cuenta de una historia pero que se queda ahí en el simple relato. Ya la palabra mismo lo dice porque evangelio es ‘la buena noticia’, repito no una noticia cualquiera, sino la gran noticia que no nos puede dejar impasibles o insensibles ante lo que se nos quiere trasmitir. Es una Buena Noticia, la ‘gran’ Buena Noticia de nuestra salvación.
Así tenemos que recibirla y acogerla porque para nosotros es vida, porque significa salvación y quien de verdad se siente salvado a partir de ese momento ya su vida no puede seguir igual. Quien ha sido salvado de un gran peligro seguro que a partir de esa experiencia de salvación ya evitará ponerse en el mismo peligro, en la misma situación. Así tiene que repercutir la Buena Noticia del Evangelio en nuestra vida.
Es, en cierto modo, lo que trata de decirnos hoy el Apóstol Pedro en la carta que estamos escuchando. Parte de que es una buena noticia que de alguna manera estaba anunciada y prevista. Nos habla de los profetas. ‘La salvación fue el tema que investigaron y escrutaron los profetas, los que predecían la gracia destinada a vosotros’, nos dice. Lo que anunciaban los profetas no eran simplemente hecho antiguos, sino que ellos daban señales y signos de la salvación que nos había de venir por Jesucristo, muerto y resucitado.
En esa óptica escuchamos y profundizamos en el Antiguo Testamento y todo lo anunciado por los profetas. Todo tenía referencia al momento final de la plenitud que en Cristo nos había de llegar. ‘Se les reveló que aquello que trataban no era para su tiempo sino para el vuestro’, les dice el apóstol Pedro. Es el Evangelio, la Buena Nueva de Salvación que en Cristo llega a nuestra vida.
Pero eso tiene sus exigencias. Como decíamos antes, quien ha tenido la experiencia de sentirse salvado, ahora su vida será distinta. ‘Por eso, nos dice, estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo’. Quien ha sido liberado del pecado por la muerte y la resurrección de Jesús no puede seguir en el mismo camino del pecado, sino que su vida tiene que cambiar. Ahora lo que se le pide es una vida santa. Es la santidad de amor y de gracia que tendría que brillar en nuestra vida.
Nosotros acabamos de pasar por la experiencia de la Pascua que hemos tratado de vivir con toda intensidad. Durante cincuenta días hemos prolongado su celebración, como nos pide la Iglesia, hasta llegar a la culminación de la Pascua en la fiesta de Pentecostés que celebramos el domingo. Y ¿ahora qué? Podríamos preguntarnos.
Ya ha pasado la Pascua ¿y eso significa que hemos de mermar en nuestra atención y tensión espiritual? Tenemos ese peligro al decir que volvemos al tiempo ordinario, que se convierta para nosotros no solo en un cambio de color litúrgico, sino en un abandonar toda esa tensión espiritual que hemos vivido queriendo ser cada día más santos.
Y eso  no tendría que suceder. Todo este camino que hemos recorrido no lo podemos echar a perder, aunque esa sea la tentación más fácil y más pronta que aparezca en nuestra vida. Tiene que ser todo lo que hemos vivido un paso grande e importante en nuestro camino de santidad. Por eso con la misma intensidad tenemos que seguir viviendo nuestra vida cristiana, con la misma atención hemos de querer escuchar la Palabra de Dios, con la misma fuerza hemos de seguir orando y viviendo los sacramentos de gracia que alimentan nuestra vida.
Como nos dice el apóstol, ‘como hijos obedientes, no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los día de vuestra ignorancia. El que os llamó es Santo; como El, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: seréis santos, porque yo soy santo’. Es lo que tenemos que vivir.

lunes, 28 de mayo de 2012


Qué dichosos nos sentimos de poder tener fe

1Pd. 1, 3-9; Sal. 110; Mc. 10, 17-27
¡Qué dichosos nos sentimos de poder tener fe! Alguien podrá no estar de acuerdo con esta afirmación, porque incluso querrá liberarse de la fe como si fuese un peso muy grande sobre su vida. Pero sigo afirmando qué dicha poder tener fe. No es un peso pesado, no es una carga pesada; es una dicha, es un camino de plenitud y felicidad para mí.
Primero, porque tengo la dicha de poder conocer y encontrarme con el Dios que me ama, y de qué manera; y en El encuentro vida y salvación. Me siento agradecido porque es mi creador y aún más siento en mi vida la salvación que me ofrece con la que me libera de cuanto pueda atarme y esclavizarme, como lo hace al final el pecado cuando lo dejo entrar en mi vida.
Además me da un sentido de trascendencia a mi vida que no se queda encerrada en el tiempo presente sino que me llena de esperanza de vida eterna, de vida en plenitud. No lucho por una recompensa que se queda reducida al espacio ni a los límites del tiempo presente o de las cosas que son caducas, sino que lleno mi corazón con la esperanza de una plenitud.
Por eso cuando en la vida tenga que enfrentarme a momentos malos, por los problemas que vayan apareciendo en mi vida, por lo dificultoso que pueda ser en ocasiones la relación con los demás, o por los malos tragos por los que tenga que pasar como consecuencia de la debilidad de la vida misma o de relación difícil que pueda tener con los demás, no me siento abrumado y sin esperanza; sé que puedo encontrar una fuerza que me ayude a luchar y a superar esos malos momentos y siempre habrá una luz que se encienda en mi corazón para ver las cosas con otro sentido y valor.
Mi corazón no se llenará de amargura ante un destino irremediable, sino que sabré descubrir y ver la mano providente y amorosa de Dios que me ayuda, que está a mi lado, que me da la fuerza y la gracia que necesito en ese camino de mi vida. Además mi corazón se llena de esperanza desde la confianza que pongo en Dios por encima de todas las cosas. Cuando falta esa fe y esa esperanza todo será difícil y costará mucho encontrar una luz que dé un sentido y un valor a lo que sea la situación de mi vida.
Hoy, cuando hemos comenzado a leer la carta de san Pedro, vemos lo que nos ha dicho como una bendición a Dios por la fe. Hemos retomado el tiempo ordinario con la lectura de la carta de Pedro y el evangelio de Marcos. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, que os está reservada en el cielo…’
Es cierto que esa fe tiene sus exigencias y no es por otra parte como una dormidera que me cierre los ojos ante las dificultades que encuentre en la vida. Pero cuando tenemos esperanzas de plenitud y de una dicha grande no nos importan esas pruebas que tengamos que sufrir porque en la esperanza encontramos fuerza para llegar al final. La esperanza de la gracia de Dios que nos acompaña y está a nuestro lado en todo momento para hacernos llegar a esa meta de plenitud. Como nos dice el apóstol ‘alegraos de que tengáis que sufrir un poco en pruebas diversas; así la comprobación de vuestra fe – de más precio que el oro que aunque perecedero lo aquilatan a fuego – llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo’.
¡Qué dichosos nos sentimos de poder tener fe!, como decíamos al principio. Busquemos alcanzar la vida eterna, como nos enseña el evangelio, no dejando apegar nuestro corazón a las cosas terrenas que serán un peso muerto que nos arrastrará hacia abajo y nos impedirá mirar bien alto, para alcanzar la meta de nuestra fe en Cristo Jesús. 

domingo, 27 de mayo de 2012


Que el fuego del Espíritu incendie nuestro mundo de su amor

Hechos, 2, 1-11;
 Sal. 103;
 1Cor. 12, 3-7.12-13;
 Jn. 20, 19-23
Seguían los discípulos reunidos en el Cenáculo. Aquel primer día de la semana cuando la Pascua aún no había llegado para ellos a su plenitud, ‘estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Había llegado Jesús, había soplado sobre ellos para darles su Espíritu. ‘Y ellos se llenaron de alegría al ver a Jesús’.
Ahora Jesús había ascendido al cielo y les había pedido que permanecieran en Jerusalén. ‘No os alejéis de Jerusalén, les había dicho antes de la Ascensión; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre de la que yo os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’. Allí en el cenáculo se habían quedado y ahora llegaba la plenitud de la Pascua. Era el paso definitivo del Señor, el Espíritu Santo descendía sobre ellos. Las puertas ya no podían quedar cerradas nunca más.
‘Se llenaron de Espíritu Santo’ y ya no había dificultad para que todos pudieran entender la Buena Noticia. Ni puertas cerradas, ni obstáculos de lenguas extranjeras porque todos entendían. ‘Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua’, exclamaban aquellos que estaban en Jerusalén procecentes de tantos lugares y lenguas distintas.
‘Para llevar a plenitud el misterio pascual enviaste hoy al Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo’, proclamaremos hoy en nuestra acción de gracias. Es lo que hoy estamos celebrando, la Pascua del Espíritu. Es también el paso de Dios por nuestra vida. Y llenos del Espíritu participamos ya plenamente del misterio de Cristo; llenos del Espíritu quedamos inundados de vida divina para ser hijos de Dios.
A los discípulos Jesús les había anunciado que en pocos días serían bautizados con Espíritu Santo. En el agua y el Espíritu fuimos nosotros bautizados, como le decía Jesús a Nicodemo, para renacer a una vida nueva, para poder no sólo contemplar y entender sino vivir en plenitud el Reino de Dios; bautizados en el agua y en el Espíritu comenzamos a ser hijos de Dios. En el Sacramento de la Confirmación recibimos ese don del Espíritu en plenitud para ser esos testigos de Cristo y de su evangelio en medio de nuestro mundo.
Inundados del Espíritu ya podemos proclamar para siempre y a los cuatro vientos que Jesús es el Señor. Y cuando llegamos a reconocer que Jesús es el Señor ya nuestro actuar es distinto porque nuevos valores y virtudes comienzan a resplandecer en nuestra vida y porque en Cristo nos sentiremos para siempre liberados de todas las ataduras que nos esclavizan cuando convertimos las cosas o los deseos, las pasiones o las materialidades de la vida en dueños y señores de nuestra vida. Con la fuerza del Espíritu nos sentimos liberados con la libertad de los que nos sabemos hijos de Dios.
Por eso cuando nos sentimos llenos de los dones del Espíritu nuestra vida comienza a florecer con los nuevos y hermosos frutos del amor, de la paz, de la generosidad, de la bondad, de la justicia, de la comprensión, de la misericordia, del respeto, del perdón. Floreciendo los frutos del Espíritu en nuestra vida nos queremos más y nos sentimos más hermanos; floreciendo en nosotros los frutos del Espíritu sentiremos una responsabilidad nueva de cara a nuestra vida y a nuestro mundo y comenzaremos a trabajar con más ahinco por la justicia, por la verdad, por la paz, por hacer un mundo mejor y más justo; floreciendo en nuestro corazón los frutos del Espíritu nos llenaremos de la ternura divina, de la misericordia y de la compasión para saber estar al lado del que sufre, para consolar y limpiar sus lágrimas, para compartir y ayudarle a caminar con nueva dignidad.
Las puertas también se nos abren y ya no habrá barreras que nos impidan acercarnos a los demás con el anuncio de lo que llevamos dentro. La presencia del Espíritu vencerá todas nuestras cobardías y con valentía nos hemos de convertir en misioneros de la Buena Nueva del Evangelio. Allí salió Pedro y los demás apóstoles a la calle para proclamar ante la multitud que expectante se había reunido porque había escuchado unos signos o señales extrañas, que aquel Jesús a quien habían crucificado – hacía poco más de cincuenta días – Dios lo había constituido Mesías y Señor, había resucitado de entre los muertos y era el único nombre en quien podríamos encontrar la salvación.
Aunque nos pudiera parecer un mundo adverso el que nos rodea – ¿no era adverso aquel pueblo que había llevado a Jesús hasta la cruz? – sin embargo también puede estar expectante a nuestro alrededor ante el anuncio que les podamos hacer, o ante las señales que podamos dar con nuestra vida de esa fe que decimos que tenemos en Jesús y en su evangelio. Hemos de tener palabras valientes para hacer ese anuncio de Jesús, de su salvación, de su evangelio, del Dios Padre que nos ama; pero hemos de saber dar señales con nuestra vida de esa fe que profesamos.
Los apóstoles, llenos del Espíritu, eran capaces de hablar a aquel pueblo expectante, aunque las lenguas pudieran parecer extrañas, y todos los entendían. Nosotros podemos hablar con el lenguaje de nuestra vida llena de amor y de compromiso serio por la verdad, la justicia y la paz, y todos podrán entender el mensaje. Muchas veces pudiera parecer que no nos escuchan o no nos entienden porque quizá falten en nuestra vida las obras del amor que confirmen la palabra que tratamos de anunciar.
Ante los problemas y los sufrimientos de nuestros hermanos ya no nos podemos quedar insensibles o indiferentes y con los brazos cruzados; ante la situación difícil que pasa nuestro mundo en sus carencias materiales o en las carencias de valores del espíritu que también son muchas, nosotros tenemos que comprometernos de un modo nuevo porque hemos de saber sembrar esperanza y despertar la ilusión en todos para luchar por hacer un mundo nuevo y mejor que entre todos podemos lograr.
¡Cuánto podemos hacer! ¡Cuánto tenemos que hacer! Cristo en nuestras manos ha puesto el testigo para que no nos desentendamos de nuestro mundo, sino que vayamos a él llevando una buena nueva de salvación. Tenemos que ser esos testigos del mundo nuevo que nosotros llamamos Reino de Dios, el Reino de Dios que Cristo vino a instituir y por el que nosotros hemos de trabajar.
El Espiritu está en nosotros y con nosotros. El Espíritu está de nuestra parte para que tengamos la fuerza y la valentía de dar ese testimonio que el mundo necesita y nos pide. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. No pongamos resistencia a la acción del Espíritu en nosotros. El Señor quiere derramar sus dones sobre nosotros con la fuerza de su Espíritu y tendrán que comenzar a florecer esos nuevos frutos del Espíritu en nuestra vida.
Ven, Espíritu Santo, le pedimos una vez más, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. El Espíritu del Señor ya ha venido inundando nuestros corazones, que ese fuego del amor incendie nuestro mundo de la vida nueva del Espíritu.

sábado, 26 de mayo de 2012


Dejémonos guiar por el Espíritu para que florezcan sus frutos en nosotros

Hechos, 28, 16-20.30-31; Sal. 10; Jn. 21, 20-25
Hoy escuchamos el final del evangelio de san Juan con ese episodio, casi una anécdota, de la pregunta de Pedro acerca de lo que le iba a pasar a Juan. Jesús le había anunciado a Pedro lo que sería su muerte, como ayer escuchamos; ‘cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’, que le dijo Jesús. Y como comenta el evangelista ‘estaba aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’.
Pero Pedro intrigado pregunta por lo que le sucedería ‘al discípulo que Jesús tanto quería, el mismo que en la cena se había apoyado en el pecho de Jesús’. Pero ya vemos que a eso Jesús responde con una evasiva que daría lugar a curiosos comentarios sobre la muerte o no muerte de Juan, ya que según la tradición murió ya muy anciano.
Como había dicho el evangelista en versículos anteriores – probablemente donde era el final del evangelio, pues este último capítulo se considera como un apéndice escrito por los discípulos del evangelista – ‘todas estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Es lo que quiere trasmitirnos el evangelio, la palabra de Dios que cada día se nos proclama y escuchamos en lo más hondo de nuestro corazón; que crezca más y más nuestra fe en Jesús y vayamos dando frutos de vida eterna.
Frutos de vida eterna, los frutos del Espíritu que pedimos con intensidad estos días mientras nos preparamos para la Pascua del Espíritu. Como nos enseña el Apóstol en nosotros han de brillar los frutos del Espíritu. Los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus impulsos y deseos; si ahora vivimos según el espíritu, dejémonos guiar por el Espíritu’. Lejos de nosotros las obras de la carne, las obras de las tinieblas y el pecado.
El Espíritu del Señor viene a nosotros y renovará totalmente nuestra vida. Es un nacer de nuevo, cuando nos hemos unido a Jesús por el agua y por el Espíritu, como le decía Jesús a Nicodemo. Y entonces en nosotros esas obras buenas son las que tienen que resplandecer. ‘El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo’.
Llenos del Espíritu del Señor en nosotros lo que tiene que reinar es el amor y la paz, la alegría y la mansedumbre, la fe verdadera y la vida recta. Llenos de gozo en el Espíritu sentiremos en nuestro corazón una paz que en el mundo no podremos encontrar; con la fortaleza del Espíritu seremos pacientes y perseverantes en nuestra lucha contra el mal y en nuestra búsqueda de la bondad y la justicia; conducidos por el Espíritu del Señor estaremos buscando siempre hacer lo bueno y nos olvidaremos de nosotros mismos por hacer más felices a los que nos rodean, siendo capaces de sacrificarnos y de darnos con generosidad; iluminados por la sabiduría del Espíritu tendremos siempre la palabra buena que decir al otro para ayudarle y para valorarle, el pensamiento puro que aleja de nosotros toda mala sospecha o desconfianza, la generosidad del corazón para compartir y consolar para que nadie sufra.
‘Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos… reparte tus siete dones según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito, salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno… Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor…’  Haz florecer en nosotros los frutos del Espíritu.

viernes, 25 de mayo de 2012


Pedro apacienta a la Iglesia de Dios con el Espíritu recibido de Jesús

Hechos, 25, 13-21; Sal. 102; Jn. 21, 15-19
La escena que nos presenta hoy el evangelio acontece inmediatamente después de la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades en una de las manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos. El texto de la pesca milagrosa ya lo escuchamos y meditamos en uno de los domingos de Pascua.
Podríamos fijarnos en varios aspectos que contemplamos en la respuesta de Pedro ante las preguntas de Jesús como son su humildad y el amor grande que sentía por Jesús. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’, es la pregunta repetida hasta tres veces. Y hasta tres veces Pedro le repite y porfía una y otra vez su amor, como tantas veces se lo había manifestado a pesar de sus impulsos y debilidades. ‘Te seguiré a donde quieras, incluso hasta la muerte’, había porfiado antes de la pasión. Ahora responde con amor, sí, pero con una humildad grande; la humildad de quien se siente débil a pesar de todo su amor. ‘Sí, Señor, tu sabes que te quiero’, le repite una y otra vez.
Con humildad se había postrado en otra ocasión ante Jesús después de contemplar las maravillas de Dios en la otra pesca milagrosa que nos narra san Lucas. ‘Apártate de mi, que soy un pecador’, había dicho entonces. Seguro que no quería separarse de Jesús, pero contemplaba las maravillas de Dios que en Jesús se estaban realizando y no se sentía digno, por eso la respuesta llena de humildad. Como ahora, no se atreve a decir muchas cosas sino que Jesús, que conoce bien el corazón, sabe de su amor.
En aquella pesca milagrosa tras la expresión de humildad de Pedro recibió una llamada él y los que estaban con él en la barca. ‘Ven conmigo, no temas, desde ahora serás pescador de hombres’, como ya un día les dijera también allá en la orilla del lago. Pero ahora, tras esta pesca milagrosa, y tras esta porfía humilde de amor, Jesús le va a confiar una misión. Un día cambiándole el nombre le había dicho que era Pedro, porque sería la piedra sobre la que fundaría su Iglesia. Ahora le dice ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, como una confirmación de lo que ya le había anunciado.
Con este texto y el que mañana escucharemos terminamos la lectura del Evangelio de Juan, que ha sido el evangelio que fundamentalmente se ha venido proclamando en este tiempo de Pascua tanto en los domingos como en las lecturas de los día de en medio de la semana. Y es que ya estamos concluyendo también el tiempo de pascua que culminará e domingo de Pentecostés.
Este episodio del evangelio que viene como a marcar la constitución plena de la Iglesia con la misión que Jesús confía a Pedro en medio de la comunidad lo unimos perfectamente a este plan que hemos venido siguiendo durante esta semana de preparación para la fiesta de Pentecostés contemplando lo que es la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en lo que es la vida de la Iglesia. Si Pedro recibe esa especial misión de Jesús de ser la piedra, el pastor que guíe y conduzca, con la autoridad de Cristo, a la Iglesia, es porque Pedro, y en él sus sucesores, reciben una especial asistencia del Espíritu Santo para su misión.
Nada sería Pedro, ni nada sería la Iglesia si no fuera por esa acción del Espíritu Santo en ella. Ni Pedro es un dirigente más como podríamos contemplar en el ámbito de la sociedad civil, ni la Iglesia es una simple sociedad con unas miras y unos fines humanos. En Pedro, contemplamos al que en nombre de Jesús preside la comunidad cristiana en la fe y en el amor, y en la Iglesia contemplamos esa comunidad de gracia y salvación que Cristo quiso constituir con todos los que creemos en El y que se convierte en el gran sacramento, signo de la salvación de Dios para todos los hombres. No nos conducimos desde unos intereses o planteamientos humanos, sino que sentimos la obra de gracia que Dios en la Iglesia realiza por esa especial acción del Espíritu Santo.
Ya hemos reflexionado cómo nos sentimos congregados en Iglesia, en comunidad cristiana, convocados por el Espíritu Santo y por la acción del Espíritu logramos esa unidad y comunión de amor que entre nosotros ha de haber. Pero si la Iglesia es ese cauce de la gracia salvadora de Cristo para todos los hombres, por la acción de sus pastores, por la Palabra que se proclama y los sacramentos que celebramos, es precisamente por esa gracia y esa acción del Espíritu Santo.
Invoquemos, pues, al Espíritu que nos guíe, que asista y conduzca a su Iglesia, que ilumine y fortalezca con sus carismas a los pastores de la Iglesia para que siempre se pueda realizar la obra de Cristo, la obra de la salvación para todos los hombres.

jueves, 24 de mayo de 2012


Llenos del Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu

Hechos, 22, 30; 23, 6-11; Sal. 15; Jn. 17, 20-26
‘Padre santo… no sólo por ellos ruego, sino por los que crean en mi por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me has enviado’.
Es la oración de Jesús por la unidad de los creyentes. Muchas veces hemos meditado estas palabras de Jesús y orado con ellos pidiendo por la deseada unidad de todos los cristianos, de todos los que creemos en Jesús. Unidad en nosotros como es la unidad y comunión entre las tres divinas personas de la Santísima Trinidad. Unidad entre los que creemos en el  nombre de Jesús como el mejor testimonio de nuestra fe, para que el mundo crea.
Así manifestamos la gloria de Dios; así nos llenamos nosotros de la gloria de Dios; así sentimos en nosotros el amor que Dios nos tiene. ‘De modo que el mundo sepa que tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí’.
Unidad y amor que significa y se expresa por la comunión que seamos capaces de vivir entre nosotros; cuánto nos cuesta amarnos y aceptarnos, desprendernos de nuestro yo para ser capaz de entrar en comunión con el otro y ser capaces de decir con verdad nosotros; cuánto nos cuesta comprendernos y perdonarnos. Si no hay esa aceptación y respeto, esa comprensión y capacidad de perdonarnos no podemos decir que nos amamos de verdad. Y el listón lo tenemos bien alto porque el modelo de ese amor y de esa comunión es el amor de Dios y la comunión entre Jesús y el Padre, y entre las tres divinas Personas de la Santísima Trinidad.
No significa que no lo podamos alcanzar. Es nuestra lucha. Pero ha sido también la oración que Jesús ha hecho por nosotros. Pero es además la fuerza de su Espíritu que Dios nos da. Es el Espíritu del amor y de la comunión; es el Espíritu que viene a ponernos en paz cuando nos trae el perdón y nos hace instrumentos de perdón. Cuando Jesús resucitado en la tarde de aquel primer día de la semana les da el Espíritu a los apóstoles reunidos en el Cenáculo, se los da para el perdón de los pecados, como camino de ese amor y de esa comunión nueva que entre sus discípulos ha de haber para siempre.
Será entonces el Espíritu Santo el que nos congrega en unidad y nos ayuda con su fuerza y con su gracia para que vivamos en esa unidad y comunión entre nosotros. Es lo que expresamos siempre en la Eucaristía. ‘Con la fuerza del Espíritu Santo das vida y santificas todo y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta su ocaso’. Es, pues, el Espíritu que nos da vida y santifica el que nos congrega en unidad para poder celebrar la Eucaristía.
Pero es que además por la fuerza del Espíritu a los que participamos de esa Eucaristía nos hace vivir en unidad. ‘Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu’, decimos en la tercera plegaria eucarística. O como pedimos humildemente en la segunda plegaria ‘que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo’.
Bien nos viene recordar lo que es la oración de la Iglesia, la oración con que oramos cada vez que nos reunimos para celebrar la Eucaristía porque además de expresar lo que es la fe de la Iglesia nos ayuda a que sea algo hondo que vivimos y que por otra parte nuestra celebración no sea sin más una repetición de palabras que pueda quedarse en un rito vacío en el que no pongamos toda nuestra vida. Que en la oración de la Iglesia y con la oración de Jesús logremos esa tan deseada unidad entre todos los creyentes.
Por otra parte en este camino de preparación para la Pascua de Pentecostés que con cierta intensidad queremos hacer estos días, todo esto  nos impulse a orar con fervor, con una oración salida de verdad de nuestro corazón invocando al Espíritu del Señor para que se derrame de verdad en nuestra vida y en este Pentecostés haya de verdad una Pascua del Espíritu en nosotros. 

miércoles, 23 de mayo de 2012


Santifícalos en la verdad con la fuerza del Espíritu

Hechos, 20, 28-38; Sal. 67; Jn. 17, 11-19
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como  nosotros… santifícalos en la verdad… por ellos me consagro yo para que también ellos se consagren en la verdad…’
El corazón se llena de gozo, de ánimo, de esperanza escuchando esta oración de Jesús al Padre. ‘Mientras yo estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste y los custodiaba…’ Jesús vuelve al Padre pero quiere que quienes creemos en El nos sintamos seguros en nuestro camino de fidelidad y de amor. Ora al Padre por nosotros. Tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por  nosotros sentado a la derecha de Dios. Lo hemos visto subir al cielo, cuando hemos celebrado la Ascensión, pero sabemos que no nos deja solos ni abandonados a nuestra suerte. ‘Santifícalos en la verdad’, pide al Padre.
Jesús nos ha prometido que nos enviaría el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y de la santificación. Es lo que vamos a celebrar el domingo y para lo que queremos prepararnos bien, para recibir los dones del Espíritu que nos llenen de vida y de santidad. Como ya recordábamos con el Catecismo los dones del Espíritu vienen a mover nuestros corazones para que seamos dóciles a las inspiraciones divinas que nos conduzcan por caminos de santidad y nos aparten de todo mal y de todo peligro.
Hemos sido consagrados con el Espíritu Santo en nuestro Bautismo – un signo de ellos fue la unción con el Crisma santo – para llenarnos de la gracia santificante que nos hacía hijos de Dios. Ya por nuestra condición de bautizados somos unos consagrados, somos ungidos, y como consagrados tenemos que ser santos. Una y otra palabra, consagrado y santo, vienen a significar de manera semejante como hemos sido separados del mal para que nuestra vida y nuestras obras sean siempre las del bien. Consagrados, separados del  mal, arrancados del mal, para que seamos santos.
Pero a lo largo de la vida la gracia del Espíritu que vamos recibiendo en cada  momento nos va disponiendo para el bien; son las gracias actuales que van moviendo continuamente nuestro corazón y nuestra vida para preservar aquella gracia santificante que nos consagró y podamos vivir siempre santamente.
Son esas inspiraciones del Espíritu que sentimos tantas veces en nuestro interior para que hagamos el bien, para que venzamos la tentación, para que superemos el pecado y el mal que continuamente nos acechan. Si nos acecha así el tentador atrayéndonos al pecado, al mismo tiempo no nos faltará la gracia del Espíritu para que podamos vencer esa tentación. Es la gracia del Espíritu que nos hace santos en cada momento de nuestra vida.
Cuando estamos hablando de los dones del Espíritu podemos decir son esos regalos que nos da el Espíritu para ayudarnos a vivir la gracia de Dios. Ya hemos hablado muchas veces del don de la sabiduría, pero podemos hablar también del don de la fortaleza que nos ayuda en la perseverancia, que es como una fuerza sobrenatural que nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades y tentaciones que sin duda encontraremos en nuestro caminar hacia Dios.
Pidamos, sí, que venga el Espíritu Santo sobre nosotros y nos llene de sus dones; que nos conceda también el don de la piedad y del temor de de Dios, para que seamos constantes en nuestra oración pidiendo la gracia del Señor, pero que también infunda en nuestro corazón ese horror al pecado para que no ofendamos nunca al Señor que tanto nos ama.
Ven, Espíritu divino… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento… Ven, Espíritu divino y fortalece nuestra vida con tu gracia que nos santifique en la verdad.

martes, 22 de mayo de 2012


Que venga sobre nosotros el Espíritu divino que nos ayude a alcanzar la vida eterna

Hechos, 20, 17-27; Sal. 67; Jn. 17, 1-11
‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique…’ comienza así la oración sacerdotal de Jesús con la que concluye la última cena en vísperas de comenzar la pasión de Jesús, su glorificación.
Hemos venido escuchando cómo Jesús va desnudando su corazón y el corazón del Padre en la larga conversación con sus discípulos al terminar la última cena. Toda esa ternura de Dios que se manifiesta en Jesús para con nosotros se hace oración en labios de Jesús pidiendo por sus discípulos. Y todo para la gloria de Dios, porque siempre Jesús lo que quiere es hacer la voluntad del Padre.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra y he coronado la obra que me encomendaste… he manifestado tu Nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti… han conocido verdaderamente que yo salí de ti y han creído que tú me has enviado…’
Así se manifiesta lo que es la vida eterna que quiere darnos: ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo’. Así confesando nuestra fe en Jesús podemos alcanzar la vida eterna. Es lo que quiere para nosotros. Es lo que nos ofrece. Es lo que podemos alcanzar por nuestra fe en Jesús. Y es lo que nosotros hemos de anunciar, comunicar al mundo que nos rodea.
Siguen resonando en nuestros oídos las palabras de Jesús antes de la Ascensión con la misión que nos confió. ‘Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura. El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará’. Y nos envía con la fuerza de su Espíritu a ser testigos de esa vida eterna, a anunciar el nombre de Jesús para que creyendo alcancemos todos la vida eterna. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra’.
Y la misión de ser testigos es para que anunciemos lo que nosotros creemos y vivimos, para que todos puedan alcanzar esa vida eterna, creyendo en Dios, reconociendo el nombre de Jesús como el enviado de Dios y nuestro único salvador. No hay otro nombre en el que podamos alcanzar la salvación.
Los hechos de los apóstoles nos cuentan cómo después que Jesús subió al cielo los apóstoles se reunieron en el Cenáculo con María, la Madre de Jesús, y algunas otras mujeres esperando el cumplimiento de la promesa de Jesús. Ese cuadro de los discípulos reunidos, y reunidos con María, en oración aguardando y pidiendo la venida del Espíritu Santo es el cuadro que nosotros hemos de repetir con la misma fe y con el mismo ardor.
Es lo que con intensidad hemos de querer vivir esta semana de espera hasta Pentecostés. Avivando nuestra fe, llenando de esperanza nuestro corazón, deseando ardientemente llenarnos del Espíritu de Dios, que queme en nuestros corazones para purificarlos todo lo que quede de maldad en nuestra vida, iluminándonos con la luz de Dios.
‘Ven, Espíritu Santo, rezamos con las oraciones de la liturgia, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo’. Que se repartan sobre nuestra vida los dones del Espíritu que nos hagan saborear todo el misterio de Dios, que nos llene de la sabiduría de Dios, que nos haga conocer a Dios para alcanzar así la vida eterna.
Como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica  La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo… Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.’.
Es la súplica, la oración confiada e insistente que hacemos al Señor en estos días previos a Pentecostés y ha de ser siempre la oración del cristiano.

lunes, 21 de mayo de 2012


¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe?

Hechos, 19, 1-8; Sal. 67; Jn. 16, 29-33
‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. Es la respuesta de aquellos judíos de Éfeso a los que Pablo les pregunta si habían recibido el Espíritu Santo cuando recibieron el bautismo.
Pablo ha emprendido un nuevo viaje apostólico, el tercero, y atravesando la meseta del Asia Menor, de Turquía llegó a Éfeso, donde había estado brevemente en su segundo viaje, cuando les prometió que volvería. Ahora se detendrá más tiempo en aquella ciudad muy floreciente y rica y de un gran nivel cultural.
Al llegar encuentra a un grupo de discípulos, que realmente son discípulos de Juan el Bautista, cuyo bautismo es el único que habían recibido. Por eso no han oído hablar del Espíritu Santo ni lo han recibido. De ahí la respuesta que le dan a Pablo. ‘Juan Bautizaba para que se convirtieran, diciendo al pueblo que creyera en el que iba a venir después de él, esto es, en Jesús’. Y los instruye. ‘Se bautizaron en el nombre de Jesús, el Señor y les impuso las manos y el Espíritu Santo vino sobre ellos y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’.
¿Hemos oído hablar del Espíritu Santo? Será quizá una pregunta innecesaria, porque no solo estamos bautizados, sino que también hemos recibido el don del Espíritu en el Sacramento de la Confirmación. Pero es bueno que reflexionemos sobre ello, porque realmente hemos de reconocer que es el gran desconocido para una gran mayoría de cristianos. Estamos iniciando la semana que nos lleva a Pentecostés que es la Pascua del Espíritu, y realmente deberíamos prepararnos bien. En las reflexiones que nos vayamos haciendo estos días, al hilo de la Palabra de Dios y de lo que escuchemos en el Evangelio iremos profundizando para que nos preparemos debidamente para la gran fiesta de Pentecostés.
El Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, verdadero Dios con el Padre y con el Hijo. La gran promesa que Jesús nos hace de enviarnos su Espíritu, el Espíritu divino, el Espíritu Santo que nos guiará hasta la verdad plena, que moverá nuestro corazón llenándonos de la vida divina y que por su fuerza nos hace hijos de Dios.
No es una devoción más que esté de moda, como suele suceder en muchas devociones de muchos cristianos. El Espíritu Santo está presente y actuando en la vida del cristiano y en la vida de toda la Iglesia para llenarnos de la gracia divina que nos fortalece y nos hace partícipes de la vida divina, de la vida de Dios.
No podemos decir Jesús es Señor si no es por la acción del Espíritu Santo. Y es el Espíritu Santo el que ha inundado nuestros corazones en el Bautismo y nos permite llamar Padre a Dios, porque por la acción del Espíritu Santo en el Bautismo nos hemos hecho hijos de Dios.
Fijémonos cómo en cada uno de los sacramentos vemos esa acción del Espíritu Santo. En cada sacramento hay una epiclesis, una invocación del Espíritu Santo para que se pueda realizar la gracia propia de cada sacramento. Fijémonos cómo en la misa el Sacerdote impone las manos sobre la ofrenda del pan y del vino para que por la acción del Espíritu Santo ese pan y ese vino sean para nosotros ya el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así en cada uno de los sacramentos.
Vayamos estos días invocando una y otra vez, cada vez más conscientes de lo que hacemos al Espíritu divino que venga sobre nosotros y nos llene de sus dones. Y que por la respuesta que vayamos dando a esa acción del Espíritu Santo seamos cada día más santos y florezcan más y más los frutos del Espíritu en nosotros. 

domingo, 20 de mayo de 2012


Ascensión de Jesús camino de nuestra ascensión y compromiso de testimonio

Hechos, 1, 1-11;
 Sal. 46;
 Ef. 4, 1-13;
 Mc. 16, 15-20
‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ Fue como la recriminación de los ángeles a los apóstoles que se habían quedado plantados, extasiados, sin saber qué hacer o qué decir como cuando surge una despedida repentina y dolorosa de alguien a quien queremos y nos parece que no vamos a ver más.
Aunque nos puedan recriminar en muchas ocasiones de que seguimos mirando mucho al cielo y tendríamos que mirar más a la tierra y a los que están a nuestro lado, sin embargo hoy en nuestra celebración de la fiesta de la Ascención queremos mirar al cielo porque queremos alabar y cantar la gloria del Señor, nos sentimos impulsados a lo alto y a lo grande cuando contemplamos el triunfo y la gloria del Señor, pero de ahí tomamos fuerzas también para el caminar del día a día de nuestra fe y de nuestra vida en esa mirada al suelo, a nuestro mundo donde tenemos que seguir haciendo presente al Señor.
Es una fiesta hermosa la Ascensión del Señor y siempre estuvo como muy enraizada en el pueblo cristiano. Una celebración que se vivía con mucha solemnidad. No es para menos. Es  contemplar cómo Cristo nos abre el camino en esa esperanza del cielo con que vivimos en el deseo de unirnos plenamente al Señor. ‘Ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su reino… para hacernos compartir su divinidad’, como proclamaremos en el prefacio. Eso nos llena de gozo y es motivo de fiesta grande como siempre ha querido celebrarlo el pueblo cristiano.
Contemplamos a Cristo, el Hijo del Dios eterno que, enviado por el Padre al mundo para nuestra salvación, ahora vuelve al Padre, como El mismo nos repite en el Evangelio. Recordemos, por ejemplo, lo que nos decia el evangelista Juan cuando iba a comenzar la pasión de Jesús. ‘Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo…’ Pasar de este mundo al Padre. En las manos del Padre se había puesto, quien había venido a cumplir la voluntad del Padre, y llega la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora de la glorificación. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’, como le hemos escuchado estos días en el evangelio. Vuelve al Padre, asciende al cielo, como hoy celebramos, pero no nos deja solos, no nos deja huérfanos.
‘El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse’, le dijeron los ángeles a los apóstoles. Es nuestra esperanza, la esperanza que alienta nuestra vida. ‘Volverá como le habéis visto marcharse’. Y le gritamos con la liturgia ‘¡Ven, Señor Jesús!’; y seguimos caminando por este mundo ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; y seguimos celebrando el misterio pascual de Cristo ‘mientras esperamos su gloriosa venida y le ofrecemos en nuestra acción de gracias el sacrificio vivo y santo’ de la Eucaristía. Por eso, cuando anunciamos y proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado al mismo tiempo estamos pidiéndole ‘Ven, Señor Jesús!’
Volverá el Señor, viene el Señor; se sigue haciendo presente entre  nosotros aunque de una forma nueva. Volverá el Señor, viene el Señor y hemos recibido una misión. Tenemos que ser sus testigos; tenemos que hacerle presente; tenemos que hacer posible por el testimonio de nuestra vida que así como nosotros por la fe lo vemos y lo sentimos, también el mundo crea y pueda llegar a verle y descubrirle. Es la tarea del creyente, la tarea del cristiano cuando damos testimonio con nuestra vida, cuando nos hacemos verdaderos testigos de Jesús.
Y es que en Jesús, por la fe que tenemos en El, nos hacemos una misma cosa con Cristo, formando en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Por eso, quien nos vea a nosotros necesita ver a Cristo, tiene que ver a Cristo. Nosotros por el testimonio de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestro amor hacemos presente a Cristo para el mundo que nos rodea y que no ha llegado a verlo.
¿Cómo lo tenemos que hacer? ¿de qué forma lo van a descubrir los que nos rodean, los que van a ver nuestra vida? San Pablo nos pedía que viviéramos ‘conforme a la vocación a la que hemos sido convocados’. Y nos decía: ‘sed humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espiritu con el vínculo de la paz’. Virtudes y valores en los que hemos de resplandecer. Ya Jesús cuando pedía la unidad de todos los que creyeran en El, esa unidad era condición necesaria para que el mundo crea. ‘Que sean uno para que el mundo crea’, pedía Jesús.
Con nuestra humildad y con nuestro amor, con nuestra comprensión y con el querernos de verdad los unos a los otros, con nuestro mutuo respeto, con nuestra generosidad y disponibilidad siempre para el amor, para el servicio, para el perdón, con nuestro compromiso sincero por la paz desterrando todo tipo de violencia y enojo, desterrando resentimientos y envidias, estamos dando señales a los que nos vean de que Dios está con nosotros, de que nuestra fe es auténtica, de que lo que le hablamos de Cristo es una verdad que impregna y llena totalmente nuestra vida dándole verdadero sentido y valor. Todas las otras cosas de ninguna manera ayudarán a que puedan ver a Dios.
El evangelio dice que ‘ellos fueron a pregonar el evangelio por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Anunciamos a Jesús, proclamamos su nombre como el único en el que encontramos las salvación. Pero tenemos que manifestar esas señales que confirmen la palabra que anunciamos. Y ya sabemos cuáles son las señales en el amor que nosotros hemos de dar. El Señor estará con nosotros dándonos su gracia, dándonos la fuerza de su Espíritu para que se puedan manifestar esas señales del amor que lo hagan presente. El es nuestra fuerza.
Viene, sigue viniendo el Señor hoy a nuestra vida y a nuestro mundo, pero depende de nosotros que el mundo pueda llegar a descubrirlo. Por eso nos decía Jesús que teníamos que ser testigos; para eso nos deja la fuerza de su Espíritu; así se cumplirá aquello que nos dice de que está siempre con nosotros hasta la consumación del mundo.
La ascensión de Jesús nos hace mirar hacia arriba, porque miramos a la meta, porque queremos sentirnos elevados con Cristo por nuestra unión con El, pero al mismo tiempo nos hace caminar en medio de nuestro mundo haciendo presente a Cristo. Es nuestro compromiso; es la forma de celebrar de forma auténtica la Ascensión del Señor.