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viernes, 19 de agosto de 2011

Unos pilares sólidos para nuestra vida, la fe y el amor


Rut, 1, 1.3-6.14-16.22;

Sal. 145;

Mt. 22, 34-40

En alguna ocasión hemos reflexionado cómo un edificio ha de estar solidamente edificado sobre unos buenos cimientos y que los pilares que sustentan toda su estructura ha de tener la necesaria fortaleza para poder sostenerlo frente a los embates de vendavales y tormentas.

Escuchando el evangelio que hoy se nos ha proclamado vemos bien cuáles son esos pilares que han de sustentar todo el edificio de nuestra vida. Son los pilares de la fe en Dios y del amor. Por eso en otro momento Jesús nos habla de los cimientos que han de estar bien plantados en la Palabra de Dios y que metamos hondo en nuestro corazón para llevarla a nuestra vida y que nos permitirá luego caminar con seguridad el camino de nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana. Sin esa fe y sin ese amor nuestra vida carecía de norte, de sentido. Con esa fe y ese amor nuestra vida encontraría su verdadero valor.

Hemos escuchado como alguien se acerca a hacerle una pregunta, aunque nos dice el evangelista que lo hacía para poner a prueba a Jesús. Más allá de esas intenciones no tan puras de aquel fariseo que además entendía de las Escrituras, sin embargo hemos de reconocer que no es tan banal la pregunta y a la larga a nosotros nos puede ayudar. Porque realmente está preguntando por lo más fundamental. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ ¿Qué es lo fundamental que hemos de hacer? ¿cuál lo esencial que ha de dar norte a nuestra vida? ¿Sobre qué tendría que fundamentar mi vida?

Jesús le responde, como hemos escuchado, recordando lo que todo buen judío había de saber porque incluso lo repetían cada día casi como una oración. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’.

Efectivamente, estos dos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo sostienen en verdad toda nuestra vida. Son esos pilares de ese edificio de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Los pilares del amor. A Dios sobre todo y por encima de todo. Y como derivándose de ese amor que le tenemos a Dios tenemos que amar también al prójimo, tenemos que amar a los hermanos. Como ya nos explicará la escritura es que no podemos decir que amamos a Dios si no amamos al hermano que está a nuestro lado. Como nos amamos a nosotros mismos. Pero como nos ama Dios a nosotros, como es el amor de Jesús que es el supremo modelo de nuestro amor.

Ayer escuchábamos al Papa decirle a los jóvenes en su primer encuentro con ellos para la Jornada Mundial de la Juventud cómo habían de cimentar su vida en Cristo que es la verdad absoluta de nuestra vida y el que nos conduce a la verdadera libertad. Recordaba precisamente esa imagen del edificio cimentado en roca firma o en arena, que tantas veces hemos escuchado y que era el evangelio que en ese momento fue proclamado.

Cuando fundamentamos nuestra vida en Cristo y en la ley del Señor, cuando lo centramos todo el amor, ese amor que hemos de tenerle a Dios sobre todas las cosas, como decimos en el primer mandamiento, pero también ese amor al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, nuestra vida camina hacia la plenitud, hacia al auténtica felicidad.

Esa es nuestra sabiduría, la sabiduría de la fe. Es por lo que tenemos que luchar, en lo que hemos de esforzarnos cada día para que nuestra fe sea cada vez más auténtica. El pilar de la fe y el pilar del amor que antes decíamos. Escuchemos esta palabra que nos dice el Señor y plantémosla de verdad en el corazón para que sea centro de nuestra vida y para que demos los frutos que el Señor quiere.

jueves, 18 de agosto de 2011

Vistamos el traje de fiesta del amor para participar en el banquete de bodas del Reino


Jueces, 11, 29-39;

Sal. 39;

Mt. 22, 1-14

‘No endurezcais vuestro corazón; escuchad la voz del Señor’. Es la antífona que nos propone la liturgia como aclamación en el aleluya antes del evangelio hoy. Escuchar al Señor. No endurecer nuestro corazón. Ayer escuchábamos la parábola en que el amo de la viña nos invitaba a ir a trabajar a su viña. Hoy es el rey que celebrar una boda y nos invita a que participemos en el banquete. Pero ya se nos decía que no endurezcamos el corazón sino que escuchemos la invitación del Señor.

Y es que en el relato evangélico ‘los convidados no quisieron ir’. Y a pesar de las insistencias del rey que envía de nuevo a sus criados ‘encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso’. Tenían otras cosas que hacer o se buscaban disculpas para no asistir, sus tierras que atender o sus negocios en los que trabajar.

Somos nosotros también los invitados. ¿Cómo respondemos a esa invitación a participar en el banquete de bodas? Lo primero que se nos ocurre responder a esta pregunta es decir que nosotros sí respondemos a la invitación; ¿cómo no lo vamos a hacer? Pero seamos sinceros en nuestra respuesta y veamos si acaso nosotros también en muchas ocasiones nos buscamos mil disculpas.

¿Qué puede significar ese banquete de bodas al que somos invitados? Ya Jesús cuando comenzaba la parábola decía que ‘el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo’. La imagen de la comida o del banquete, de la fiesta o de la boda es una imagen repetida para hablarnos del reino de Dios. Ya los profetas incluso anunciaban los tiempos mesiánicos como un festin de manjares suculentos, de una mesa preparada con las mejores comidas y los mejores vinos para todos compartir.

¿Qué entraña la celebración de una boda? Fiesta y alegría, compartir una comida o una convivencia de unos y otros en armonía y fiesta; se sienta a la mesa juntos los que se conocen y son amigos, y en caso de no conocerse se hacen las presentaciones mutuas que nos lleven a ese conocimiento y amistad; mucho se comparte en una comida alrededor de una mesa y que es mucho más que los manjares que comamos, porque es la comunicación, la conversación que nos puede llevar a muchas cosas buenas e interesantes.

Podríamos quizá volver a preguntarnos ahora sobre cómo respondemos nosotros a la invitación que se nos hace de participar en el banquete de bodas. Nos damos cuenta que no siempre contribuimos por nuestra parte con todo lo necesario para crear esa hermosa armonía con los que nos rodean, crear ese ambiente de fiesta y de alegría en las relaciones de unos y otros y cómo muchas veces parece que en la vida cada uno vamos por nuestra parte y no somos como los que realmente estamos sentados alrededor de la misma mesa.

Es, pues, esta palabra que hoy estamos escuchando y reflexionando sobre ella para revisar muchas actitudes que se nos meten en el corazón que nos llevan a que no siempre sepamos aceptarnos con sinceridad y buen corazón los unos a los otros. Queremos quizá venir a ese banquete pero no tenemos el traje de fiesta del amor, de la sinceridad, de la comprensión, de la humildad, de la apertura generosa de nuestro corazón. Y para participar en ese banquete del reino son cosas que tenemos que hacer brillar en nuestro corazón.

Todos estamos invitados, pero de muchas cosas tenemos que purificarnos, muchas cosas buenas tenemos que hacer crecer en nuestro corazón, muchas posturas buenas y generosas tenemos que hacer resplandecer en nuestra vida. No endurezcamos el corazón, escuchemos la voz del Señor que nos llama y que nos invita, que quiere que en verdad adornemos nuestro corazón de mucho amor, de mucha comprensión, de mucha generosidad, de mucha alegría. Muchas más cosas podríamos reflexionar sobre este texto pero ya tendremos oportunidad.

miércoles, 17 de agosto de 2011

La riqueza del trabajo en la viña de la vida


Jueces, 9, 6-15;

Sal. 20;

Mt. 20, 1-16

‘Id vosotros también a trabajar a mi vida’. Así una y otra vez, en el amancecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde sale el propietario de la viña en busca de trabajadores para su viña. ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ pregunta los de la última hora. Para todos tiene su denario, su recompensa.

¿Qué nos querrá decir? ¿qué nos querrá enseñar Jesús con esta parábola? Muchas consideraciones podríamos hacernos. La viña, nuestra vida, nuestro mundo, la sociedad en la que estamos. Hay una tarea que realizar. Podemos remontarnos al paraíso cuando Dios al crear al hombre pone el mundo en sus manos para que continúe con la tarea iniciada en la creación. Nos ha dado unos talentos el Señor, una inteligencia, una voluntad. Llenad la tierra y sometedla. Nos ha dado unas capacidades, como nos ha dado también ese precioso valor de la libertad.

Hacen falta jornaleros que trabajen en la viña. El amo de aquella viña los busca una y otra vez. Dios sigue confiando en la capacidad del hombre. El trabajo es un hermoso valor que no solo hace crecer la riqueza de nuestro mundo, sino que primero que nada nos hace crecer a nosotros en ese mismo trabajo.

El hombre se desarrolla en el trabajo que realiza, plasma su vida, salen a flote todas las capacidades del hombre y ya no solo en beneficio propio sino como riqueza de vida para la sociedad en la que vive. El hombre cuando termina su obra no solo fue el fruto en una ganancia material sino que se recrea en la obra que ha realizado, porque allí ha ido plasmando todo su ser. La ganancia material la necesitamos para nuestro sustento pero tendríamos que aprender a amar el trabajo por algo más hondo.

Por eso al comenzar esta reflexión al decir la viña, al mismo tiempo dije nuestra vida, nuestro mundo, la sociedad en la que estamos. Trabajar en la viña a lo que el amor nos llama es enriquecer nuestra propia vida, hacerla crecer, llenarla de valores. Es la responsabilidad con que asumimos nuestra vida y las tareas que tenemos que realizar. Es todo eso que en el crecimiento de nuestra vida personal nos abre también al otro, a la relación mutua y al mutuo enriquecimiento.

No trabajamos solo para nosotros sino que todo trabajo por muy personal que sea siempre está en relación con los otros, con el mundo que nos rodea al que queremos desarrollar y hacer más hermoso cada día, a esa sociedad en la que estamos que queremos también mejorar para que en una pacífica convivencia todos podamos también ser más felices.

Trabajo que hemos de vivir también con sentido de trascendencia. El trabajo de la persona sobrepasa nuestra realidad física y material. Desde esa responsabilidad que tenemos con Dios, podemos decir, desde que El nos ha dado esa capacidad, pero también porque con esos valores que desarrollamos en nuestro trabajo hacemos un mundo nuevo que tendrá su plenitud en el Reino eterno de Dios.

Muchas veces al reflexionar sobre nuestro trabajo lo miramos como una carga, como algo duro, como un pesado yugo. Es cierto que las consecuencias de nuestro pecado lo pueden llenar de negruras y sombras, pero tenemos que mirarlo con mayor hondura y encontrarle esste hermoso sentido del que ahora estamos hablando.

Que nunca el trabajo del hombre sea duro y esclavizante sino que lo llenemos de luz y de creatividad y lo hagamos verdaderamente humano. Y santificándolo con la gracia del Señor podemos también darle un valor y un sentido sobrenatural como camino también de nuestra propia santidad.

Que no nos tengan que decir ‘¿qué hacéis ahí ociosos todo el día sin trabajar?’ Por supuesto que quienes tienen la responsabilidad de nuestra sociedad hagan que haya trabajo para todos. Cuántos son los problemas que se derivan de esa falta de trabajo lo estamos padeciendo ahora con la crisis social que vivimos. Pero también el trabajo que tengamos lo hagamos con responsabilidad y seamos capaces de llenarlo de cosas hermosas.

¿Por qué Cristo, al hacerse hombre, quiso también trabajar con sus manos? Santificó con su presencia y con su trabajo todo el trabajo humano.

martes, 16 de agosto de 2011

El Señor está contigo, vete y salva a Israel


Jueces, 6, 11-24;

Sal. 84;

Mt. 19, 23-30

‘El Señor está contigo… vete, y con tus propias fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo te envío…’ Así le dice el ángel del Señor a Gedeón.

Hemos comenzado a leer el libro de los Jueces que abarca una etapa de la historia de Israel en la que pasan por muchas dificultades. Tiempos atrás han quedado los grandes líderes como Moisés y luego su sucesor Josué y al establecerse en la tierra que el Señor les había prometido se encuentran divididos y confundidos, acosados por los pueblos que ya habitaban aquella tierra y también se habían llenado de muchas infidelidades contra el Señor.

Este es el momento en que sitúa la llamada del Señor a Gedeón para que lidere su pueblo y lo libre de los madianitas. Se sienten desamparados del Señor. Gedeón se siente pequeño ante el Señor para la misión que se le confía. ‘Mi familia es la menor de Manasés y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre’, le replica en su desesperanza al ángel del Señor. ‘Yo estaré contigo…’ le sigue diciendo el Señor. Pide pruebas y poco a poco irá sintiendo que en verdad el Señor está con él. ‘No temas, no morirás… Entonces Gedeón levantó allí un altar al Señor y le puso el nombre del Señor de la paz’.

Podríamos decir que es la historia de una llamada, de una vocación. ¿De la llamada que el Señor nos hace a cada uno de nosotros? ¿De la llamada que el Señor hace a los que El de manera especial escoge con una misión en medio de la Iglesia y del mundo? El que siente la llamada del Señor se mira a sí mismo y se ve pequeño e incapaz de la misión que se le confía.

Nos pasa a todos. Buscamos y pedimos pruebas, seguridad de que es la voluntad del Señor lo que se nos manifiesta. Solamente desde la oración podrá descubrir ese designio de Dios. Por eso también cuando oramos por las vocaciones pedimos al Señor por aquellos a los que el Señor llama para que encuentren esa luz del Señor y esa fuerza de su Espíritu para dar respuesta.

Finalmente Gedeón se fia del Señor y realizará su misión de ser juez en medio de su pueblo, liderándolo para que se vieran libres de los acosos que sufrían. Así lo podemos ver en el resto de Jueces de los que nos habla la Biblia.

Pero la lectura de la Palabra de Dios y la reflexión que nos hacemos nos tiene que valer a cada uno de nosotros, como Palabra que el Señor nos dice hoy y ahora, para descubrir también el testimonio que como creyentes en Jesús hemos de dar en medio de los hermanos. Ya hablábamos de la vocación y con lo que reflexionábamos nos sentimos motivados a orar por las vocaciones y por aquellos a los que el Señor llama.

Pero, cada uno de nosotros ¿no tendría que hacer algo en medio del mundo en el que vivimos? Algunas veces hablamos de tiempos difíciles, de cuánto cuesta dar un testimonio de fe en el mundo que nos rodea, o de todo lo que podemos encontrar enfrente nuestro como oposición al mensaje de Jesús que tendríamos que testimoniar. Las dificultades de los israelitas en medio de los madianitas.

¿Nos cruzamos de brazos? ¿Silenciamos el testimonio que tendríamos que dar de nuestra fe, de nuestro sentido cristiano de la vida? Como los israelitas ¿nos escondemos en el lagar de nuestros miedos, como hemos escuchado, por miedo al que dirán o a la oposición que podamos encontrar? Quizá pensamos, yo ¿qué puedo hacer? Si yo no valgo nada, si yo no sé; yo con mis años ¿a dónde voy a ir? ¿quién me va a escuchar?

Creo que esta Palabra que hoy estamos escuchando y meditando es una palabra que nos quita miedos, nos da fortaleza, nos hace sentir la seguridad de la presencia del Señor. ‘Yo estoy contigo’, también nos dice el Señor. Somos enviados en medio del mundo como testigos, como apóstoles, como misioneros de nuestra fe; no nos podemos acobardar porque con nosotros está siempre la fuerza del Espíritu del Señor. Podemos decir una palabra, encender una luz de esperanza, estimular con un testimonio por pequeño que sea; podemos mirar nosotros a lo alto dando transcedencia a nuestra vida, y enseñar a los que están a nuestro lado a que pongan ideales grandes en sus vidas.

Que el Señor nos acompañe y fortalezca en ese testimonio cristiano que hemos de dar. Que sintamos de verdad que el Señor es nuestra paz. Que nos estimule también el testimonio que vamos a contemplar en estos días de tantos jóvenes venidos de todas partes para proclamar su fe en Cristo resucitado.

lunes, 15 de agosto de 2011

Miramos al cielo en la Asunción de María, como primicia de nuestra glorificación


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;

Sal. 44;

1Cor. 15, 20-27;

Lc. 1, 39-56

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les recriminaron los ángeles a los apóstoles el día de la Ascensión cuando extasiados vieron a Jesús subir al cielo. Era una forma de ponerlos en camino porque eran ellos ahora los enviados una vez que recibieran la fuerza del Espíritu Santo prometido.

Sin embargo hoy sí quiero yo quedarme en cierto modo plantado mirando al cielo, cuando estamos celebrando la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma al cielo. Que me permitan los ángeles, sí, quedarme mirando a lo alto, no para desentenderme de mi misión sino porque de alguna manera me quedo como soñando en la meta a la que estamos llamados a tender, anhelando poder un día llegar a ella. Como el atleta que mira, aunque sea a lo lejos, la meta hacia la que corre en su carrera, miro al cielo sí, contemplando hoy a María, porque siento que ella es la primicia de esa glorificación que un día nosotros esperamos alcanzar. ‘Figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada’, como decimos en el prefacio.

Contemplar y celebrar, como hacemos en este día, la Asunción de la Virgen nos llena de esperanza, nos hace contemplar la meta del camino a recorrer y nos hace sentirnos seguros en ese camino que hacemos porque tenemos la certeza de aquello a lo que estamos llamados. La liturgia nos dice precisamente que ‘ella (María) es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’.

Claro que esta esperanza, además de poner alas en los pies para recorrer solícitos este camino que ahora nos toca caminar, al mismo tiempo se convierte para nosotros en exigencia de fidelidad y de santidad. A María la contemplamos glorificada, pero ella es la virgen fiel y llena de santidad y de amor. Por caminos de fidelidad y de amor hemos nosotros de caminar a pesar de nuestras debilidades y tentaciones, en medio de las luchas y esfuerzos que cada día hemos de realizar por ir reflejando esa santidad en nuestra vida.

Cuánto tenemos que aprender de María en el día a día de nuestra vida. María, mujer creyente, siempre abierta a Dios, a su misterio y a su voluntad; María, la Madre que nos enseña a decir sí a todo lo que es la voluntad de Dios, como ella supo hacerlo; María, la virgen prudente que mantuvo siempre encendida la lámpara de su fe en su corazón lleno de esperanza; María, la madre del amor siempre dispuesta a la entrega y al servicio que la vemos correr hasta la montaña para amar y para servir. Así la contemplamos hoy en el evangelio.

Cuando queremos copiar en nosotros todas esas virtudes que vemos reflejarse con tanta claridad en María nos vemos y nos sentimos tan débiles y cómo algunas veces nuestro camino se llena de obstáculos, de dudas, de peligros de todo tipo, de tentaciones de encerrarnos en nosotros mismos para pensar sólo en nosotros y nos parece que no seremos capaces de recorrer esos caminos de santidad, de entrega y de amor.

María también se interrogaba por dentro ante todo aquello que le sucedía. Rumiaba todo lo que iba sucediendo allá en lo íntimo de su corazón. Estaba abierta a Dios pero se pone a considerar bien las palabras del ángel; decir sí a todo aquel misterio inmenso que Dios le proponía de ser la Madre del Salvador le podía hacer pensar en lo anunciado por los profetas acerca de los sufrimientos como varón de dolores del Mesías; la presencia de María al pie de la cruz en medio de tanto sufrimiento y dolor en la muerte de su Hijo era una espada grande que le atravesaba el alma, como le había anunciado el anciano Simeón. Pero María era la mujer fiel, la que estaba allí firme al pie de la cruz como madre de dolor pero como madre llena de fe que era capaz de hacer una ofrenda de amor de todo el sufrimiento de su corazón uniéndose al dolor redentor de Jesús. Es la madre que nos enseña la obediencia de la fe.

La vemos, entonces, caminar delante de nosotros enseñándonos a hacer ese camino de fidelidad, de entrega, de amor. Aunque muchas sean las dificultades, las tentaciones o los peligros que nos acechen, está a nuestro lado para fortalecernos con su presencia maternal y la gracia del Señor. Como madre siempre nos estará señalando cuales son los caminos que nos lleven hasta Jesús. Como madre nos estará enseñando a mantener también nuestras lámparas siempre encendidas, las lámparas de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra responsabilidad, de nuestro trabajo por todo lo bueno, señalándonos también dónde podemos encontrar ese aceite de la gracia que nos haga mantener esas lámparas encendidas.

Y como madre intercesora que tenemos ya en el cielo glorificada junto a Dios - ¿no quieren siempre la madre lo mejor para sus hijos y piden lo que sea necesario para que ellos alcancen la mayor dicha y felicidad? – nos alcanzará, entonces, toda esa gracia que necesitamos, toda esa gracia que nos fortalezca para que recorramos ese camino de santidad, toda esa gracia que nos ayude a mantener esa lámpara encendida en nuestra vida, para poder entrar en las bodas del Reino.

domingo, 14 de agosto de 2011

Señor, tenemos en casa un mundo lleno de sufrimiento…


Is. 56, 1.6-7;

Sal. 66;

Rom. 11, 13-15.29-32;

Mt. 15, 21-28

‘¡Mujer, qué grande es tu fe!’ le dice finalmente Jesús a la mujer cananea. ‘Que sea como tú quieres’. En otra ocasión Jesús había exclamado: ‘No he encontrado en nadie tanta fe en Israel!’ Fue al centurión que venía suplicándole por su criado enfermo, pero que no se sentía digno de que Jesús entrase en su casa.

Dos ocasiones en que Jesús alaba la fe quienes acuden a El; y en estas dos ocasiones, no serán judíos sino gentiles, una la mujer cananea y el otro un centurión romano, los que merecerán esta alabanza de Jesús por su fe. Lo cual es también significativo de cómo la salvación de Jesús ha de llegar a todos los hombres de cualquier raza o condición.

Habrá otros momentos en que Jesús pida la fe de quienes acuden a El y les diga también que conforme a su fe se cumpla lo que desean. Pero serán siempre momentos en que con humildad grande se acercan a Jesús. Serán los que se sienten pequeños y humildes los que son más gratos a Dios y a los que el Señor se manifestará de manera especial. Sólo los pequeños y los sencillos tendrán ojos para ver a Dios, tendrán los ojos limpios para descubrir sin engaño ni confusión los misterios de Dios.

Los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios, proclamará Jesús en las Bienaventuranzas. Bendice Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos de corazón. ‘Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’.

Y serán las gente sencillas y humildes los que van a poner todas sus esperanzas en Jesús, y le seguirán, y estarán con El, y a El le abrirán su corazón con las miserias de su vida. Con ellos Jesús será misericordioso, manifestará lo que es la grandeza de su corazón que es el amor y es la misericordia. Y recordemos también cómo será de los que se hacen como niños, sencillos y humildes de corazón, abiertos a la sabiduría de Dios de los que es el Reino de los cielos.

En estos domingos hemos escuchado que los pobres y los hambrientos de pan y de Dios, los que tenían el corazón roto y el cuerpo lleno de sufrimiento, los que tenían ansias de algo distinto en su alma eran los que seguían a Jesús por partes incluso en los descampados porque en El encontraban todas las razones para poner toda su esperanza.

Es lo que contemplamos hoy en este pasaje del evangelio. Jesús camina por territorios que ya están fuera de Israel. Una mujer cananea, como hemos escuchado, que tiene una hija muy enferma acude a Jesús llena de fe y con una confianza total. ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. E insiste en su súplica una y otra vez. No teme ser despreciada porque es humilde, constante, perseverante, con una fe total en que Jesús puede curarla. Y la alabanza final de Jesús: ‘¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas. Y en aquel momento quedó curada su hija’.

Ya hemos reflexionado recientemente sobre este evangelio. http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/2011/08/admirable-fe-y-hermosa-oracion.html Y aprendemos mucho para nuestra manera de acercarnos al Señor: con humildad y confianza. ‘Pedid y recibiréis’, nos había enseñado Jesús; ‘llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, a quien llama se le abre…’ Dios es un Padre bueno y misericordioso y con esa confianza al mismo tiempo que humildad nos acercamos a El en todo momento y por todos los motivos.

Unas veces iremos suplicando en nuestras necesidades – qué pobres somos delante del Señor -; muchas veces tenemos que aprender también a ir en acción de gracias – no lo podemos olvidar -; siempre con el gozo en el corazón de encontrarnos con El para llenarnos de su gracia, de su presencia, de su vida. La riqueza de su gracia y la inmensidad de su amor nos inundará. Siempre saldremos confortados de su presencia si con fe acudimos a El.

Con el salmo tenemos que aprender a alabar al Señor y a alabarlo unidos a todos los pueblos y a todas las gentes. ‘Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben’. Todos los pueblos, todos los hombres están llamados a cantar esa alabanza del Señor; todos los pueblos, todos los hombres están llamados a la fe y a conocer al Señor.

Es hermoso el mensaje en este sentido del profeta Isaías que escuchamos en la primera lectura. Todos están llamados a venir al monte santo, a la casa del Señor, al encuentro con el Señor. Como dice el profeta ‘a los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores… los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

Lo vemos palpablemente reflejado en este texto del evangelio de hoy, porque aquella mujer llena de fe merecerá la gracia del Señor de ver curada a su hija. Toda una señal, todo un signo de esa universalidad de la salvación que Jesús nos ofrece. Que todos los pueblos alaben el nombre del Señor. Y recordamos lo que Jesús decía después de la alabanza que hizo de la fe del centurión a quien hacíamos antes mención. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en la mesa del Reino de los cielos’.

Por eso cuando los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio serán enviados a todo el mundo, a toda la creación. Todos los pueblos están llamados a cantar la gloria y la alabanza del Señor.

Qué hermoso cuando podemos sentir la universalidad, la catolicidad de nuestra fe porque nos encontremos cantando y celebrando nuestra fe unidos a personas de distintos lugares, quizá cada uno en su lengua y con lo que son las expresiones propias de su lugar de origen. Estos días en Madrid, con las Jornadas mundiales de la Juventud, se va a tener una expresión viva, una manifestación muy clara de esa universalidad de nuestra fe en Jesús. Se van a reunir jóvenes venidos prácticamente de todos los países del mundo para tener ese encuentro que va a ser un encuentro vivo con Cristo.

Tenemos que alegrarnos que se pueda realizar un acto así en nuestra tierra española que puede valernos muy bien para revitalizar la fe de tantos que por distintos motivos hayan podido ahogar la fe en su corazón. En nuestro mundo y en la cultura que se vive hoy, donde se va cayendo en la indiferencia religiosa o se quieren apagar todos los brillos de la cruz salvadora de Jesús, este encuentro de miles de jóvenes creyentes en Jesús va a ser un grito que nos despierte, un testimonio vibrante que pueda sacar a nuestra sociedad de esa modorra e indiferencia espiritual.

Recemos todos para que se obtengan esos frutos de gracia para cuantos estos días participan en este encuentro, pero que sean frutos de gracia para toda nuestra sociedad para que muchos lleguen a descubrir desde la humildad del corazon que sólo en Cristo está la verdadera salvación del hombre.

Supliquemos a la manera de aquella mujer cananea, con su misma humildad; Señor, tenemos en casa, en nuestro mundo, en nuestra sociedad, muchos enfermos en su espíritu, con su corazón roto, vacío, destrozado por muchos sufrimientos… ten compasión de nosotros, tiende tu mano hacia nosotros y cúranos, danos tu salvación. Que encontremos tu luz.

sábado, 13 de agosto de 2011

Lejos de nosotros abandonar al Señor, con alegría serviremos al Señor


Josué, 24, 14-29;

Sal. 15;

Mt. 19, 13-15

‘Elegid hoy a quien queréis servir… lejos de nosotros abandonar al Señor… serviremos al Señor. ¡Es nuestro Dios!’

Josué les había recordado toda la historia sagrada en que Dios se había volcado sobre su pueblo, como recordábamos ayer, y ahora a la entrada a la tierra que el Señor les había prometido les hace ese planteamiento. ‘Si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quien queréis servir…’ Los habitantes de Canaán tenían sus dioses, al establecerse allí podían escoger servir a esos dioses, acomodándose a las costumbres y leyes de aquellas tierras. Pero el pueblo que reconoce cuánto ha hecho el Señor por ellos en su larga historia, exclamará: ‘Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses. El Señor nuestro Dios es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto… serviremos al Señor ¡Es nuestro Dios!’

Hacen su elección. Su heredad es el Señor, como hemos dicho en el salmo responsorial. ‘Tú eres, Señor, mi heredad… mi suerte está en tu mano… tengo siempre presente al Señor… me enseñarás el sendero de la vida…’ Qué hermoso que sepamos poner así toda nuestra confianza en el Señor para dejarnos guiar siempre por El. Es un gozo grande confiar en el Señor. Es nuestra alegría, la más grande, la que nos llena de mayor plenitud y felicidad.

Una hermosa lección para nosotros. También nosotros nos vemos tentados de seguir unos caminos que no son los caminos del Señor. Cuántas veces nos dejamos seducir por señuelos que nos engañan y confunden. Hay cosas a nuestro alrededor que nos atraen y desvían nuestro camino.

Tenemos que hacer nuestra elección también. Y hacerla con gozo y con entusiasmo. Es importante esa alegría y ese entusiasmo que nos da nuestra fe, nuestro seguimiento de Jesús. Aunque por lo que vemos en ocasiones en algunos cristianos parece como siguieran a Jesús con amargura. Me gustan los rostros serenos y alegres en los cristianos, que reflejen esa alegría de nuestro corazón por ser cristianos y tener fe.

‘Lejos de nosotros abandonar al Señor… abandonar sus caminos… Serviremos al Señor’, decimos nosotros también. Y nos dejamos enseñar por El, nos dejamos conducir por su Espíritu, porque El lo es todo para nosotros. Servir al Señor no tiene sentido de esclavitud ni mucho menos. Es amarle, es escucharle, es seguir sus caminos, es buscar en todo y siempre la gloria del Señor. ‘Tú eres, Señor, mi heredad… mi suerte está en tu mano’, le decimos también.

Y a El nos acercamos con humildad y sencillez. Como los niños que se confían. Es el texto del evangelio que hoy hemos escuchado. Las madres le llevan a Jesús a sus hijos pequeños para que los bendiga. Por allá están los discípulos muy celosos de que molesten al Señor; y ahora esos chiquillos que todo lo revuelven, como pensamos nosotros algunas veces. ‘Los discípulos los regañaban’, dice el evangelista. Pero Jesús está atento a todo. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el Reino de los cielos’.

Por eso queremos hacernos niños en la sencillez y humildad para acercarnos nosotros a Jesús y participar de su Reino. Será algo que Jesús recordará en otras ocasiones también. Cuando andan los discípulos con sus orgullos y aspiraciones ambiciosas buscando grandezas o primeros puestos. Hacerse niño, hacerse pequeño, hacerse el último es lo que Jesús nos enseña una y otra vez. Así queremos acercarnos a Jesús para aprender de El, para dejarnos conducir, con ansias de conocerle y seguirle, para convertirlo de verdad en el centro de nuestra vida.

viernes, 12 de agosto de 2011

Damos gracias a Dios por nuestra historia sagrada


Josué, 24, 1-13;

Sal. 135;

Mt. 19, 3-32

Cuando era niño en la escuela o en el colegio había una hora de clase que nos gustaba a todos; era la clase de historia sagrada en la que se nos narraban las historias de los personajes de la Biblia, la historia de Israel, y tanto del Antiguo Testamento como también de los evangelios contados así en forma de historia. Era algo ameno pero que nos dejaba grandes enseñanzas porque de alguna manera se nos estaba contando la historia de nuestra fe.

Es lo que le hemos escuchado hoy a Josué. Han entrado ya en la tierra prometida y él quiere hacer que el pueblo proclame su fe en el Dios que les ha salvado y conducido hasta aquella tierra, queriendo además que sea una respuesta libre pero bien firme, como mañana escucharemos. Lo que hoy se nos ha narrado en el texto es es recuerdo de la historia del pueblo de Israel haciendo resaltar en cada momento la presencia y la intervención de Dios en su propia historia. Es un pueblo creyente que sabe leer su vida y su historia desde su fe y descubre esa presencia del Señor que nunca les ha abandonado.

Desde Abraham y todos los patriarcas, su salida de Egipto, el paso del mar Rojo y su largo camino por el desierto hasta establecerse ahora en la tierra que Dios les había prometido, el Señor ha estado siempre presente, llamando, alentando, conduciendo, enseñando, corrigiendo, castigando incluso sus infidelidades, pero perdonando siempre amándolos sobremanera porque son su pueblo y El es su Dios.

Historia sagrada la llamamos porque desde nuestro sentido creyente vemos siempre esa mano del Dios presente en medio de su pueblo. Pero todos tenemos nuestra historia sagrada. Bueno sería que cada uno la recordáramos. Es nuestra historia personal, aunque enraizada en una familia y también en la pertenencia a un pueblo determinado, o una sociedad en la que hemos hecho y hacemos nuestra vida. Y decimos también historia sagrada la nuestra porque como creyentes hemos de saber leer la historia de nuestra vida a la luz de la fe y descubrir también esa presencia de Dios con nosotros.

Sería un buen ejercicio, por llamarlo de alguna manera, que nos vendría bien hacerlo más de una vez en la vida. Entonces descubriríamos por cuántas cosas tenemos que darle gracias a Dios, porque es tanto lo que el Señor nos ha regalado. Desde nuestro nacimiento y nuestro bautismo, desde la familia en la que nacimos y fuimos educados, desde todo ese proceso de crecimiento y maduración de nuestra vida en todos sus aspectos, nuestra niñez o nuestra juventud, nuestra vida adulta y lo que ahora somos y vivimos. Sepamos descubrir la acción y la presencia de Dios ahí en nuestra vida concreta.

Aunque haya habido momentos en nuestra vida que quizá no contábamos tanto con el Señor porque nuestra fe era muy elemental o quizá se había enfriado en nuestra vida; aunque quizá hayamos vivido momentos de infidelidad y pecado, no olvidemos que todos somos pecadores; aunque haya habido momentos muy difíciles y con muchos problemas que quizá nos volvieron rebeldes o con reacciones como muy especiales. Dios ha estado siempre ahí a nuestro lado, no nos ha abandonado, sino que siempre con lazos de amor ha querido atraernos hacia El para que sintamos su amor y su protección.

Quizá podamos haber tenido momentos especiales, experiencias especiales en que Dios nos habló a nuestro corazón. El nos habla por muchos caminos, en una celebración religiosa, en una lectura especial que hayamos hecho, en un consejo que alguien nos dio, en un momento de reflexión… de muchas formas, pero quizá podemos recordar esa luz especial que iluminó nuestra conciencia, nuestro corazón y nos hizo sentir ese calor del amor de Dios en nosotros.

Cada uno tenemos nuestra especial historia sagrada por la que tenemos que dar gracias a Dios. En el salmo, como respuesta a la Palabra que se nos iba proclamando, y haciendo precisamente un recuerdo de esa historia sagrada, fuimos dando gracias a Dios ‘porque es eterna su misericordia’. Hágamoslo muchas veces allá desde lo hondo del corazón. Que crezca nuestra fe. Que crezca el amor con que respondemos a Dios.

jueves, 11 de agosto de 2011

La grandeza del corazón que se manifiesta en la compasión y el perdón


Josué, 3, 7-10.11-13-17;

Sal. 113;

Mt. 18, 21-19, 1

Una señal clara de la grandeza de un corazón es su capacidad de compasión y de misericordia. Algunas veces en la vida nos la vamos dando de duros y nos volvemos inflexibles e intransigentes.

Y hay quizá quien piense que en el orgullo de su autosuficiencia, poniéndose por encima de todo y de todos, manifiesta mejor su hombría y su poder porque así marca las distancias con los demás subiéndose en el pedestal de su orgullo. Querrá ser hombría, o como quiera llamársele, pero no es humanidad.

Y las relaciones entre las personas, las verdaderas relaciones, tienen que estar llenas de humanidad; humanidad que no podrá nacer sino de un corazón bueno, un corazón bondadoso, capaz de amar y compadecerse, para ser comprensivo y misericordioso con los demás. Qué distintas serían las relaciones entre nosotros cuando tenemos esa generosidad de corazón para comprendernos y perdonarnos.

Es una de las cosas que quiere enseñarnos la parábola. Jesús la propone desde una pregunta que hace Pedro, después que ha escuchado hablar a Jesús del amor que hemos de tenernos para ser capaces de ayudarnos incluso con la corrección fraterna. Y ya sabemos que hay ocasiones en que nos corregimos con amor los unos a los otros, pero quizá no se da el paso a un verdadero cambio del corazón y de las actitudes, y se vuelve una y otra vez a tropezar en la misma piedra, como se suele decir, en lo que molestamos u ofendemos a los demás.

‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Ya conocemos bien la respuesta de Jesús por que en esas setenta veces siete está queriendo decirnos que siempre tenemos que perdonar al hermano. Y es que si no somos capaces de perdonarnos nos hacemos la vida imposible los unos a los otros.

Es cierto que no tendríamos que ofendernos, pero ahí está nuestra debilidad. Pero frente a esa debilidad tendría que estar un corazón generoso capaz de comprender y de perdonar, capaz de mirarse a sí mismo antes de tirar la piedra contra el hermano, porque también tenemos vigas en nuestros ojos, tantas veces también ofendemos a los demás, pero sobre todo tendríamos que aprender desde la veces que nos hemos sentido perdonados por el Señor.

La parábola está clara y fácil de entender. Diferente actitud y diferente corazón entre uno y otros. Grandes eran las diferencias de las deudas, pero precisamente al que le debían menos, pero le habían perdonado mayor cantidad, más intransigente se había vuelto y más duro era su corazón. Creo que entendemos fácilmente que no nos quedamos en unas deudas simplemente de orden económico, sino que es una forma de hablar en la parábola para hablarnos de esas ofensas que nos hacemos mutuamente o de cómo ofendemos a Dios.

Una hermosa lección para la vida que tendríamos que aprender bien. Confieso que siento dolor en mi corazón cuando contemplo a personas que no son capaces de perdonar y están martirizándose continuamente en su interior guardando un rencor, algunas veces por cosas bien insulsas; pienso que ese encerrarse en esos rencores guardados en el corazón poco menos que eternamente lo que hace es atormentarnos más y más; aunque se diga que tienen el gusto de no querer perdonar al otro para fastidiarlo y estarle recordando con nuestra actitud inmisericorde lo que ha hecho mal o aquello en lo que nos ha ofendido, quien realmente está sufriendo es el que guarda ese rencor.

Qué paz se siente en el alma cuando se tiene la valentía de perdonar. Paz y valentía, sí; la valentía nacida de la generosidad y del amor, que nos llena de verdadera paz en el alma. Aprendamos, por otra parte, a saborear el ser perdonados con la paz que nos da el Señor cuando es misericordioso con nosotros, para que así seamos capaces de tener esa generosidad y esa grandeza de corazón para saber perdonar a los demás.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Una espiritualidad para la entrega generosa de nosotros mismos

2Cor. 9, 6-10;

Sal. 111;

Jn. 12, 24-26

Vive la vida, nos suelen decir los amigos o los que nos rodean. Y por vivir la vida se entiende el disfrutar de todo y sin poner ninguna cortapisa, el que alejarnos de todo lo que nos pueda ocasionar preocupación o problemas, porque para qué vamos a complicarnos la vida, y en el pensar en uno mismo como si uno fuero lo único imporante o el centro del mundo. En ese sentido hay muchos refranes o frases hechas, que no es necesario traer ahora aquí. En esa manera habitual como entendemos la vida, o lo que vemos a nuestro alrededor, eso de sufrir o morir para poder vivir es algo que no se entiende. Encontramos facilmente un sentido de la vida así a nuestro alrededor y a pesar de que nos digamos cristianos es algo de lo que fácilmente nos podemos contagiar.

Hoy nos dice Jesús: ‘Os aseguro, que si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto…’ Cuesta entenderlo y asumirlo. Pero miremos a Jesús si en verdad nos decimos cristianos, creyentes en El y nos daremos cuenta que con estas palabras nos está reflejando lo que fue su vida. Ya sabemos que el camino de la pasión y de la cruz es algo que nos cuesta aceptar. Pero es su camino. Como tantas veces hemos dicho era algo que Pedro quería quitarle de la cabeza a Jesús.

Jesús nos viene a enseñar cómo nuestra mayor dicha y felicidad está en darnos, en ser capaces de entregarnos por los demás aunque tengamos que olvidarnos de nosotros mismos; que cuando hagamos felices a los demás es cuando más felices podemos llegar a ser nosotros. La grandeza espiritual de una persona pasa por ahí, por esa generosidad del corazón.

Pero a esa hondura no se llega de cualquier manera. Tenemos que dejarnos impregnar profundamente por el Espíritu de Jesús. Es necesario para un cristiano que quiere ser fiel de verdad a su fe el que cada día nos vayamos empapando más y más del evangelio. Para llegar a vivir en una entrega como nos enseña Jesús no es simplemente hacer lo que a mi buenamente se me ocurra, por asi decirlo, lo que pueda hacer con buena voluntad, sino que es necesario fortalecernos en el Señor. sólo con El es como podemos descubrir lo que tiene que ser nuestra entrega y nuestro amor y tener la fuerza para poder vivirlo.

Algunas veces cuando vemos una persona entregada y sacrificada por los demás y que además lo vive con alegría, nos preguntamos cómo es posible que puedan vivir con ese entusiasmo esa entrega y esa generosidad. Tenemos que descubrir allá en lo más hondo de esas personas que son personas de una espiritualidad grande porque viven muy unidas al Señor. Es eso profundo lo que tenemos que descubrir.

Es lo que podemos descubrir en la entrega hasta el sacrificio y la muerte de los mártires. Hoy celebramos a san Lorenzo, diácono y mártir. Con qué generosidad vivía su vida en el servicio de los pobres a los que atendía. Cuando le piden que les enseñe las riquezas de la Iglesia en aquellos momentos de persecusión, él les presenta a los pobres de Roma a los que atiende generosamente. Esa es su riqueza y la riqueza de la Iglesia, la entrega por amor a los demás.

Si en momentos difíciles asi, de persecusión, él tiene esa entereza tiene que ser por su fe profunda, por su grande espiritualidad, de su unión con Cristo para vivir un amor como el de Cristo. Un amor que le llevaba a despreciar su propia vida, a no temer la muerte, por el nombre de Jesús porque sabía bien donde estaba su riqueza y el premio que el Señor le concedería.

Es lo que tenemos que aprender nosotros. Es en lo que tenemos que ahondar cada día más en nuestra vida cristiana. Ese empaparnos del Evangelio, ese dejarnos impregnar y conducir por el Espíritu de Jesús. Y eso lo iremos logrando en la medida en que sepamos vivir unidos a Cristo en nuestra oración. Una oración de encuentro vivo, profundo, intimo, lleno de amor con el Señor. Que nunca nuestra oración sean rezos rutinarios. Que seamos capaces de darle hondura a nuestros encuentros con el Señor, en la oración o en la participación y celebración de la Eucaristía. Así florecerá esa generosidad del corazón para llegar a olvidarnos de nosotros mismos por darnos por los demás.

martes, 9 de agosto de 2011

Queremos que su luz ni se merme ni se apague nunca


Os. 2, 16-17.21-22;

Sal. 44;

Mt. 25, 1-13

¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Cuando eschamos la parábola nos puede parecer absurdo lo que le sucedió a aquellas doncellas que habían de tener encendida la lámpara para cuando llegara el novio a la boda. Esa era su tarea. Su misión. Para eso las habían enviado al camino con aquellas lámparas que iluminasen la llegada del esposo. Pero se durmieron. No fueron previsoras. Cuando necesitaron la luz no tenían aceite suficiente para alimentar las lámparas.

Cuando Jesús nos propone una parábola no pretende solamente contarnos un episodio de un cuento muy bonito que nos agrade y nos entretenga. Jesús no es un simple narrador de cuentos. Con las parábolas El nos hablaba del Reino. La función de la parábola es enseñarnos y hacernos pensar. Hacer que intentemos vernos reflejados de alguna manera en los personajes de la parábola.

Por eso las preguntas que nos hacíamos al principio. ¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Claro que tenemos que pensar de qué luz se trata, cuales son esas lámparas que tenemos en nuestras manos y cuál es el combustible, el aceite que las haga mantener encendidas.

Ya lo decíamos, Jesús con las parábolas nos hablaba del Reino. ‘Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo’. Costumbres de la época que le valen a Jesús para darnos un mensaje de cómo hemos de vivir el Reino de los cielos, el Reino de Dios.

Continuamente nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Nos pedía desde el principio creer y convertirnos porque el Reino de Dios estaba cerca. Ha venido Jesús a instaurarlo, a inaugurarlo en nuestra vida. Cuando le hemos dado nuestro sí a Jesús, el sí de nuestra fe, hemos entrado en el Reino; cuando nos hemos unido a El por el Bautismo, hemos recibido el don del Reino de Dios plantándolo en nuestro corazón.

El Reino de Dios es vida. Reconocemos a Dios como nuestro Rey y Señor y El nos da el don de su vida por la fuerza del Espíritu y en virtud de la salvación, de la redención de Cristo. Y comenzamos, entonces, a vivir una vida nueva. Como una luz que hemos plantado en nuestro corazón y ya las cosas las vemos y las vivimos de manera nueva. Digo las cosas, lo que es nuestra vida, nuestro ser, lo que hacemos o lo que deseamos. Todo es distinto porque ya Dios ocupa el centro de nuestra existencia.

No nos importan luchas o trabajos, no tememos tentaciones o peligros, porque tenemos a Dios en el centro de nuestra vida. Ya hay un nuevo sentido, un nuevo existir, porque ya para siempre vivimos desde el amor. Y queremos que eso sea para siempre. Queremos que esa luz no merme ni se apague.

Decíamos que no nos importan luchas ni trabajos y no tememos tentaciones ni peligros, pero sabemos que ahí están. Que habrá cosas que nos distraigan, nos quieran alejar del rumbo que hemos querido darle a la vida, que nos adormecen para hacernos olvidar lo que es importante, que nos quieren arrastrar por otros caminos que no son precisamente los de la vida y del amor, sino los del mal y del pecado. Y todas esas cosas ponen en peligro la luz.

Tenemos que saber buscar donde alimentar esa luz; tenemos que tratar de que esa luz no se apague. Tenemos que saber buscar esa gracia de Dios que nos alimenta, que nos fortalece, que nos previene contra el mal y el pecado. Y esa gracia la encontramos en Dios, es un regalo de Dios que hemos de saber valorar y aprovechar.

Canales de gracia los tenemos en los sacramentos; canales abundantes de gracia encontramos en nuestra oración, en nuestra unión con el Señor; canales de gracia y de vida los tenemos en la Palabra que el Señor nos dice cada día, y que tenemos que saber escuchar, plantar en nuestro corazón. Si nos fallan esos canales, si rompemos esa conexión con la gracia del Señor porque abandonamos nuestra oración, porque no vivimos los sacramentos con toda hondura, porque no escuchamos su Palabra, esa luz se nos extinguirá. Sabemos donde podemos alimentarla, acudamos confiados al Señor. No nos durmamos para que podamos mantener encendida esa vida en nosotros.

Que un día podamos entrar en el banquete eterno de las Bodas del Reino de los cielos. Que el Señor nos reconozca porque hemos sabido tenerle como centro de nuestra vida y a pesar de nuestras debilidades siempre hemos sabido acudir a El; muchas veces quizá para pedirle perdón por nuestras infidelidades, nuestros olvidos y abandonos; muchas veces invocándole para obtener su gracia; siempre queriendo cantar sus alabanzar, queriendo cantar desde lo más hondo de nosotros la gloria del Señor.

Tenemos hoy el testimonio de quien un día encontró esa luz, porque la buscaba y porque el Señor la llamó y la iluminó, y ya nunca se apagó esa luz y esa vida en su corazón siendo capaz incluso de dar su vida a causa de su fe, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir.

lunes, 8 de agosto de 2011

Teme al Señor tu Dios y sigue sus caminos…


Deut. 10, 12-22;

Sal. 147;

Mt. 17, 21-26

Ahora Israel, ¿qué es lo que te exige el Señor tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y le ames…’ Así nos comenzaba a decir el texto que hemos escuchado del Deuteronomio hoy en la primera lectura.

Comentar que hemos ido escuchando los primeros libros de la Biblia, el Génesis, el Exodo, el Lévitico, Números en diversos textos de la historia de los patriarcas, de la salida de Egipto y su camino por el desierto hacia la Tierra Prometida.

El texto que hoy hemos escuchado es del Deuteronomio que es el quinto libro de ese conjunto que se llama el Pentateuco, los libros de la ley, la Torá, como dicen los judíos. Este libro está redactado como si fueran grandes discursos de Moisés al pueblo recordándoles la ley del Señor y cómo han de vivir al establecerse en la tierra que el Señor les va a dar. Sólo vamos leyendo textos escogidos en la imposibilidad de leer capítulo a capítulo todos y cada uno de los libros. En pocos días veremos ya la entrada del pueblo peregrino en Palestina.

El texto hoy proclamado tiene un hermoso mensaje. Como recordábamos Moisés se pregunta ‘¿qué es lo que te exige el Señor, tu Dios?’ ¿Cuál es lo fundamental, el principal mandamiento? ‘Que temas al Señor tu Dios, sigas sus caminos y le ames…’ Servir al Señor con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo los mandamientos del Señor.

Mandamientos del Señor, como nos dice, que son para nuestro bien. Sí, quizá alguno podría preguntarse, ¿y qué gano yo con cumplir los mandamientos del Señor? Pues como nos dice son para nuestro bien, son el camino de la mayor dicha y felicidad del hombre. Es nuestro gozo sentirnos amados del Señor y corresponderle con nuestro amor.

Como nos dice, es nuestro orgullo servir y amar al Señor. Por eso nos pide que no endurezcamos el corazón. ‘Circuncidad vuestro corazón, no endurezcais vuestra cerviz…’ La circuncición no puede ser un rito externo, corporal solamente, sino que tiene que ser desde el corazón. De cuántas cosas tenemos que purificar nuestro corazón, cuántas actitudes egoistas, insolidarias y orgullosas tenemos que arrancar de él. Será algo que luego van a repetir continuamente los profetas.

Pero hay algo importante que se nos resalta en este texto. Ese servir y amor al Señor tiene que pasar por el amor y la misericordia que tengamos con los demás. Dios ‘hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero, dándole pan y vestido’. Por eso nos dice: ‘Amaréis al forastero, porque forastero fuiste en Egipto…’ y el Señor hizo maravillas en vuestro favor. Pues de la misma manera tenemos que actuar. Será lo que luego Jesús nos enseñará en el evangelio, el amor a todos.

Creo que todo esto tiene que ayudarnos a reflexionar. Reconocemos las maravillas que el Señor hace a favor nuestro y le amamos, pero ya sabemos cómo y donde tenemos que manifestarle nuestro amor.

domingo, 7 de agosto de 2011

Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor


1Reyes, 19, 9.11-13;

Sal. 84;

Rm. 9, 1-5;

Mt. 14, 22-33

Se habían ido a un sitio apartado y tranquilo. Se las prometían felices, como se suele decir. Iban a estar con Jesús sólo los discípulos más cercanos. Pero al llegar se encontraron un gentío grande. Y como siempre había aflorado el corazón lleno de ternura y de misericordia de Jesús. Había comenzado por curar a los enfermos que le traían y terminó multiplicando el pan para que todos comieran.

Ahora había enviado a los discípulos en barca de nuevo a la otra orilla mientras El despedía a la gente. Por allá andaban ya queriéndolo hacer rey. Pero se había ido a la montaña a solas para orar. Un gesto que vemos repetidas veces en el evangelio. Se va a orar en la noche con el Padre y de madrugada lo encuentran en descampado, se lleva a algunos de sus discípulos para que participen en su oración como en el Tabor, o los lleva para en una intimidad grande instruirlos y cada día lo vayan conociendo más y creyendo más en El. Ahora se había ido a solas. ¡Qué lecciones nos da! Era su alimento como hacer la voluntad del Padre, según había dicho en otra ocasión.

A la montaña y al desierto se había ido Elías, como escuchamos en la primera lectura. ¿Buscaba a Dios? ¿Quería fortaleza y consuelo? Más bien quería que Dios le quitara la vida. Quería morir. Era el único profeta en Israel y todo se volvía en su contra. ¿Quería un milagro extraordinario que le confirmara que lo que estaba haciendo estaba bien? Allí estaba en el Horeb, el monte de Dios como Moisés. ¿Quería sentir una manifestación portentosa de Dios como cuando la zarza ardiente?

Y Dios se le va a manifestar. ‘Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!’. Se suceden huracanes y tormentas, vientos recios, terremotos y fuego que todo lo devoraba. Pero allí no estaba el Señor. Así se había manifestado a los israelitas en el desierto al pie del Sinaí. Pero no era así como Elías iba a sentir al Señor. ‘Se oyó una brisa tenue y Elias salió y se cubrió el rostro’. Y Elías sintió la fortaleza del Señor que le confirmaba en su misión. Volvería a Israel con la fuerza del Señor con él. Seguiría con su misión.

Mientras Jesús está en el monte lleno de la gloria del Señor, los discípulos van bregando duramente en la travesía del lago. ‘El viento era contrario y la barca iba sacudida por las olas’. Remaban y remaban pero nada avanzaban.

Remamos, queremos avanzar, queremos vivir nuestra fidelidad al Señor, y nuestra entrega se nos hace costosa. Las dificultades se nos amontonan en ocasiones, las tentaciones son fuertes, nos cuesta superarnos en tantas cosas que quisiéramos que en la vida nos marcharan mejor. Quisiéramos ser más santos alejando de nosotros el pecado, pero siempre nos aparece la tentación que no sabemos superar. En ocasiones nos sentimos igual que Elías como si fuéramos los únicos profetas en Israel. En otros momentos todo se nos hace noche oscura y nos parece que ya ni Dios nos escucha.

Pero allí sobre aquel mar embravecido viene Jesús. Camina sobre el agua. Donde todo nos pueda parecer borrascoso allí está el Señor. Es el Señor que está por encima de la tormenta porque es el Señor todopoderoso, pero es el Señor que llega como un tenue susurro a nuestro corazón. Algunas veces no lo sabemos ver; nos confundimos como los discípulos que ‘creían ver un fantasma’.

Tenemos que abrir los ojos de la fe, los oídos del alma para reconocerle y para escuchar su palabra suave y fuerte a la vez, su palabra que nos alivia en la tormenta de nuestro corazón o nos hace sentir la paz que supera todos los temores. ‘Soy yo, no temáis’. Palabras que nos recuerdan la pascua. Fue su saludo pascual repetido en todas sus apariciones, a las mujeres, en el cenáculo, en distintos momentos. Y será la palabra que siempre sentiremos hondamente en el alma. Con Jesús en medio de ellos, en la misma barca, volverá de nuevo la calma y renacerá la fe en los corazones. ‘Amanió el viento’.

Pedro, como siempre querrá adelantarse hasta Jesús caminando también él sobre las olas, pero aunque quiere, duda y se hunde. ‘¡Qué poca fe! ¿por qué has dudado?’ Pero allí está el Señor que le tiende su mano. Ya aprenderá la lección y después de la resurrección no temerá lanzarse al agua para llegar el primero.

Queremos, y en momentos de fervor, desearíamos comprometernos con tantas cosas, pero luego nos viene pronto la debilidad, la flaqueza, la duda, la flojera de nuestra fe y nos parece que nos hundimos. Quizá sentimos que no todos comprenden lo que estamos haciendo, o que es poca cosa lo que hacemos ante tanto que hay que hacer; o nos encontramos vientos en contra, oposición, gente que querría nuestro mundo o nuestra sociedad caminara por otros caminos y no quieren quizá que hagamos a Dios presente en nuestro mundo.

Hay tantos, ahora mismo, que no entienden que el Papa venga a reunirse con jóvenes de todo el mundo en Madrid en las próximas Jornadas mundiales de la juventud. Hay mucha gente que se opone por los más variopintos motivos. Que se hagan otras cosas, que no se gaste dinero en eso, que hay otros problemas más urgentes, dicen; es que quizá les puedan chirriar los oídos cuando el Papa les hable de Cristo a los jóvenes de nuestro mundo, o moleste que haya tantos que se sientan enamorados y entusiasmados por Jesús y por dar su testimonio. ¿No lo merecerá todo eso por nuestra fe en Jesús y su anuncio?

Pero ahí está siempre el Señor que nos tiende su mano, que nos acompaña con su gracia. Ahí está el Señor que se quiere hacer presente en nuestra vida y a través nuestro, por nuestro testimonio, en nuestro mundo. ‘Los que estaban en la barca se postraron ante El, diciendo: Realmente eres Hijo de Dios’.

Es lo que nosotros tenemos que proclamar con valentía. Hacen falta esos testimonios en nuestro mundo. Convencidos de nuestra fe porque hemos experimentado tantas veces la presencia y la gracia del Señor en nuestra vida tenemos que gritarla en medio del mundo. Allí donde estamos, pero ante todos sin ningun temor y sin acomplejarnos.

Estas Jornadas Mundiales de la Juventud van a ser ese grito también frente a nuestra sociedad tan secularida y materialista, tan indiferente a lo religioso, tan relativista que en nada que le dé trascendencia a su vida quiere creer. Muchos son los jóvenes que van a tener un encuentro profundo y vivo con Cristo y hasta muchas vocaciones pueden surgir para nuestra Iglesia. Todos tenemos que sentir como algo nuestro toda esta fiesta de Cristo con nuestros jóvenes y de nuestros jóvenes con Cristo, aunque ya nosotros peinemos canas o seamos mayores. Es cuestión de fe y de sentirnos Iglesia. Y todo esto tiene que estar muy presente en nuestra oración.

Sea que vayamos a solas a la montaña de nuestra oración o que participemos con los hermanos de la comunidad en nuestras celebraciones, busquemos siempre ese encuentro vivo con el Señor, que quizá como un tenue susurro va a llegar a nuestro corazón y nuestra vida. ‘¡El Señor va a pasar!’ Sentiremos su paz y nos sentiremos fortalecidos para ir a ese mar muchas veces embravecido de la vida pero con la fuerza del Señor a proclamar nuestro testimonio.