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miércoles, 3 de septiembre de 2008

La Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad

1Cor. 3, 1-9
Sal. 32
Lc. 4, 38-44

‘El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a los cautivos la libertad’. Lo hemos escuchado hace pocos días y hoy nos ha servido para proclamar el Aleluya antes del Evangelio. Podíamos decir que es la clave de lo que se nos ha ido proclamando y hemos ido escuchando estos días en el Evangelio: proclamar la Buena Nueva a los pobres y la libertad a los cautivos.
En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha proclamado la Palabra y al salir lo llevan primero a casa de Pedro donde está la suegra con fiebre; Jesús ‘de pie a su lado, increpó la fiebre, y se le pasó; ella levantándose en seguida, se puso a servirles’. A continuación le traen enfermos ‘y poniendo las manos sobre cada uno los iba curando’. Los signos de esa libertad para los cautivos. Jesús que nos sana, nos cura, nos salva, nos levanta de nuestras esclavitudes y postraciones y nos da vida. Sigue tendiéndonos su mano para levantarnos. Sigue iluminándonos con la Buena Noticia de su Palabra.
Pero Jesús no se queda en Cafarnaún. ‘Intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús no se deja acaparar. Jesús tiene que llegar a todos los hombres y a todos los pueblos. ‘También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado’. Y comenta el evangelista que se fue a las sinagogas de Judea. Estaba en Galilea y se va también a Judea. A todos ha de anunciarse el Reino de Dios. Su misión es universal.
En la primera lectura, en la carta a los Corintios, se nos señalan situaciones vividas por aquella comunidad, pero que podemos trasladarnos a nuestras situaciones personales o de nuestras comunidades cristianas, en las que Jesús ha de llegar hasta nosotros igualmente para tomarnos de la mano y levantarnos, sanarnos y salvarnos.
Había problemas en la comunidad de Corinto. Andaban divididos y llenos de conflictos. Pablo les dice que son como niños que andan con envidias y rencillas. Pablo había allí anunciado el primero el evangelio; luego habían venido otros misioneros de la Palabra de Dios y se crearon divisiones. Ahora andaban que si de Pablo o que si Apolo. ‘Cuando uno dice yo estoy por Pablo y otro, yo por Apolo, ¿no sois como cualquiera?’ ¿No sois como niños? ‘Mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, es que os guían los instintos carnales y procedéis como gente cualquiera’, les dice Pablo. Lo importante no es Pablo ni Apolo, sino Dios, el Reino de Dios que se anuncia. ‘Nosotros – Pablo, Apolo, o cualquier misionero - somos colaboradores de Dios, y vosotros el campo de Dios... el edificio de Dios... lo que cuenta es el que hace crecer, Dios, no el que planta o el que riega’.
Así andamos también nosotros con nuestras divisiones, envidias, contiendas... En un nivel personal, pero también en nuestras comunidades, muchas veces en nuestra Iglesia. Es la división grande de la Iglesia, católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, ortodoxos, y mil ramas más. Pero es también lo que sucede en nuestras pequeñas comunidades muchas veces. Que si yo soy mejor, que si tú lo haces de otra manera, que si mi grupo, mi comunidad, los que trabajan en esto o en lo otro, que si aquella persona, que si el cura de aquella parroquia, que si tal movimiento... Muchos orgullos, mucho amor propio, muchos resentimientos, muchas envidias... pero ¿qué es lo que importa? ¿qué yo o los míos sobresalgamos porque hacemos las cosas mejor, o el Reino de Dios?
Pidamos al Espíritu que nos dé el don de la humildad, del amor, de la aceptación mutua, de la valoración de los otros, del respeto mutuo, de la colaboración para tendernos las manos, para caminar juntos, cada uno según sus cualidades y su carisma, pero todos construyendo la misma Iglesia de Dios, el mismo Reino de Dios.
Que el Señor nos sane de nuestras enfermedades, de la parálisis del espíritu, de nuestra ceguera espiritual; que el Señor nos libere de tantas ataduras y esclavitudes nacidas de nuestro amor propio y orgullos heridos; que sintamos en nuestra vida esa Buena Nueva de Salvación que nos hace hombres nuevos; que vivamos con madurez cristiana todas esas situaciones difíciles con las que nos vamos encontrando.

martes, 2 de septiembre de 2008

¿Qué tiene su palabra?

1Cor. 2, 10-16
Sal. 144
Lc. 4, 31-37

‘¿Qué tiene su palabra?’ Comentaban con estupefacción las gentes de Cafarnaún. ‘Se quedaban asombrados porque hablaba con autoridad... da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen...’
‘¿Qué tiene su palabra?’
Ellos lo reconocen. Habla con autoridad. Cómo no iba a hacerlo si El era la Palabra viva de Dios que se había hecho carne. ¿Quién mejor podía hablarnos de Dios? ¿Quién mejor podía revelarnos el misterio de Dios? No hablaba con palabras aprendidas. Era El la Palabra, la Palabra de vida y la Palabra de salvación. No sólo nos enseña, sino que además con su poder y autoridad realiza maravillas. Era un hablar nuevo.
Con ese mismo asombro tenemos que ponernos nosotros ante la Palabra. Con esa misma apertura de corazón, para dejar que esa Palabra ilumine y salve nuestra vida. Que no pongamos resistencias. ‘Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar a voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sí quién eres: el Santo de Dios’.
Nos cuesta muchas veces reconocer y aceptar esa Palabra de vida y salvación que nos llega. Preferimos nuestras palabras o nuestros caminos. Preferimos quedarnos como estábamos. Se nos hace difícil el cambio porque nos duele arrancarnos de aquello a lo que nos habíamos acostumbrado. Cuántos apegos en nuestro corazón. Nos resistimos.
Pidamos la fuerza del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo que nos despierte a la fe y nos ayude a descubrir el misterio de Dios. Es que sin fe las cosas las veríamos de otra manera. Sin la luz del Espíritu Santo no podríamos descubrir todo ese misterio de amor que se nos manifiesta en Jesús. ‘El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios’, nos dice san Pablo.
Si no nos guía el Espíritu de Dios ni podríamos comprender ni ver con claridad. No nos valen para esto sabidurías humanas. ‘Lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es de este mundo, es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos’. Un acto de fe y de reconocimiento.
Sólo podremos conocer a Jesús si nos dejamos conducir por el Espíritu Santo. ‘Nos lo revelará todo’, nos había dicho Jesús mismo. Sin esa fe, no terminaríamos de comprender su misterio. No entenderíamos sus palabras. No significarían nada para nosotros sus obras. ‘A nivel humano uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una locura; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu’.
Que su Espíritu nos ilumine y nos guíe. Que sintamos esa admiración por su Palabra, su autoridad y su poder. Es ‘el Santo de Dios’, que nos salva, que nos llena de vida, que nos arranca del mal y de la muerte, que nos pone en camino de salvación. Demos gracias a Dios.

lunes, 1 de septiembre de 2008

¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?

1Cor. 2, 1-5
Sal. 118
Lc.4, 16-30
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Fue en Nazaret, ‘donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura’. El texto proclamado era de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’.
Y ese fue su principal comentario. Allí estaba el Mesías del Señor, el ungido por el Espíritu Santo – ya sabemos que Mesías y Ungido eran decir lo mismo, porque Mesías era la palabra hebrea precisamente -. Allí estaba quien era la Buena Noticia de salvación para los pobres y para todos. Allí se proclamaba el año de gracia del Señor, el gran jubileo del perdón porque en su sangre derramada íbamos todos a alcanzar el perdón y la remisión de los pecados.
Ya conocemos nosotros por el evangelio cómo en Jesús se daban todas esas señales del Mesías anunciado por los profetas. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntarle si era el Mesías o habían de esperar a otro, la respuesta de Jesús es que vayan y anuncien a Juan lo que han visto y oído, porque en El se estaban cumpliendo todas las señales dadas por los profetas. ‘Los ciegos ven, lo cojos andan, los leprosos son curados y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia’.
Pero, dejando a un lado un comentario más amplio del texto con la reacción de los nazarenos, primero de admiración y de rechazo después, tratemos de escuchar esa Buena Noticia que hoy se nos ha proclamado en el hoy de nuestra vida. Y cuando digo hoy, digo en esta fecha concreta en la que estamos – piensa en el día y la hora concreta en que te estás haciendo esta reflexión -. ¿Podremos decir nosotros también ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’?
Esto es lo que tenemos que hacer para escuchar de verdad en el hoy de nuestra vida esa Buena Noticia de Salvación que es Jesús para nosotros. Miremos cómo se cumple este hoy en nuestra vida. Primero que nada tenemos que reconocer que Jesús está hoy aquí presente entre nosotros de la misa manera proclamando ese año de gracia del Señor. Aquí está ofreciéndonos su Palabra y su Salvación, su gracia salvadora que nos arranca de nuestras cegueras o de nuestra muerte para darnos vida.
Pero tenemos que decir o pensar algo más. Jesús hoy se sigue haciendo presente en nuestro mundo en su Iglesia y en todos nosotros los que creemos en El que nos ha confiado su misma misión. Y la Iglesia puede decir con toda razón ‘hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque la Iglesia sigue haciendo presente su Palabra y toda su obra salvadora.
Porque en la Iglesia se siguen dando las mismas señales que descubríamos en Jesús cuando contemplamos las obras de amor de la Iglesia que libera cautivos, da vista a los ciegos, o levanta a los caídos en tantas obras de misericordia que en sus instituciones, en sus obras benéficas, en la gente comprometida de nuestras cáritas parroquiales, en tantos y tantas religiosos y religiosas comprometidas en esa obra de amor a través de toda la Iglesia, en tantos laicos comprometidos desde su fe en tantas obras sociales a favor de los demás a lo largo de nuestro mundo. Y por ello tenemos que dar gracias a Dios, bendecir al Señor que así se hace presente en nuestras obras de amor.
Y tenemos que pensar en cada uno de nosotros, examinando nuestra vida para ver cómo damos nosotros esas señales de la presencia de Jesús a través de nuestras obras, de nuestro amor, de nuestro compromiso. Porque tenemos que ser esos signos de Jesús para los que nos rodean. Y lo seremos cuando amemos de verdad, cuando nos acerquemos al hermano que sufre, al pobre que nos tiende la mano, al que tiene una carencia de amor y nos está pidiendo nuestro cariño y nuestra atención. Cuántos gestos de amor podemos realizar cada día con los que nos rodean. Cuando seamos capaces de hacerlo, podremos decir como Jesús, ‘hoy se está cumpliendo esta Escritura que acabamos de oír’.
Somos también los ungidos por la fuerza del Espíritu Santo enviados para anunciar esa Buena Noticia de Salvación. Recordemos la unción de nuestro Bautismo y de nuestra confirmación. Proclamemos con nuestra vida y con nuestras obras ese año de gracia y salvación que Jesús nos ofrece.

domingo, 31 de agosto de 2008

Salvar la vida, perder la vida, paradojas del evangelio

Jer. 20, 7-9;
Sal. 62;
Rm. 12, 1-2;
Mt. 16, 21-27

Hablar hoy a la gente de sacrificio, de renuncias o de negaciones resulta a la mayoría chocante e incomprensible. No nos queremos privar de nada. Queremos siempre lo fácil y lo placentero. ¿Por qué tenemos que negarnos nuestros caprichos y apetencias? Soñamos siempre con el triunfo, el disfrute de la vida y de las cosas y es a eso a lo que tendemos. Claro que la felicidad es una buena meta y un buen deseo en la vida. Pero, ¿a qué felicidad o triunfo aspiramos?
Con estas premisas que estamos poniendo, quizá a muchos también les choque el evangelio de este domingo. Primero Jesús habla de subir a Jerusalén donde va a padecer, ser ejecutado y morir, aunque nos habla también de resucitar al tercer día. Luego nos pone unas condiciones para seguirle que nos hablan de renuncia, de cruz y de perder la vida. Podríamos decir que resulta lógica la reacción de Pedro, con todo el amor que sentía por Jesús. No podía permitir que eso lo sucediera a Jesús. Tendrá que apartarlo Jesús de sí y decirle que lo está tentando y que ‘piensa como los hombres y no como Dios’.
Paradojas del Evangelio. Perder para ganar, morir para tener vida, o, como nos dice en otro lugar, enterrar el grano de trigo para que pueda fructificar. ¿Es que acaso lo que Jesús quiere para nosotros es un mundo de dolor y de sufrimiento? De ninguna manera. Claro que Jesús quiere nuestra felicidad. No olvidemos que el mensaje central del Evangelio, el que proclamó allá en el monte, es el de la dicha y la felicidad.
Por eso, la pregunta que ya nos hacíamos. ¿A qué felicidad o triunfo aspiramos? Y nos dice Jesús: ‘¿De qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?’ Por eso nos había dicho: ‘Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará’.
¿Qué podemos entender por salvar la vida o perderla por Él? Salvar la vida sería querer vivirla sólo en provecho propio. Y perder la vida sería ser capaz de entregarla generosamente por una meta, o sea, por Cristo, por los demás. Esta es la paradoja del evangelio que tenemos que saber entender. Jesús nos habla de negarnos a nosotros mismos para tomar la cruz y seguirle. Negarse es pensar menos en uno mismo para vivir más de cara a los demás, vivir para los demás.
Y para eso lo que tenemos que hacer es mirar a Jesús. Es el Señor y se abajó. Es Dios y se hizo hombre. Es nuestra vida y se entregó a la pasión y la muerte por nosotros. Se humilló y Dios lo exaltó de manera que su nombre está sobre todo nombre, como nos diría san Pablo, y llegamos a proclamar que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre. Cuando Pedro escucha a Jesús lo que iba a suceder en la subida a Jerusalén, impresionado quizá por lo de la pasión y la muerte, no escuchó claramente que Jesús hablaba también de resurrección.
También nosotros queremos quitar de nuestra mente y de nuestra vida lo que signifique cruz. Queremos ser felices y en esa lógica humana huimos de la cruz. Como Pedro que quería convencer a Jesús de que no subiera a Jerusalén y se olvidara de esas cosas; o como escuchamos también en el profeta Jeremías. Sintiendo que era el hazmerreír de las gentes que le rechazaban por la profecía que pronuncia quería olvidarse de todo, pero no podía. ‘La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije. No me acordaré más de El, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo pero no podía’.
En las cosas de Dios, en lo que respecta a nuestra vida cristiana, nos cuesta entender estas cosas. Sin embargo miremos cómo actuamos en muchas cosas de nuestra vida cuando hay algo que de verdad nos interesa. Ya nos afanamos de la manera que sea para conseguirla. En lo material, en los disfrutes terrenos sí que hacemos lo que sea por conseguir nuestras metas. ¿Por qué no en lo que atañe a nuestra vida espiritual, en lo que respecta a nuestro seguimiento de Jesús y de nuestra vida cristiana?
Claro que depende de la importancia que nosotros le demos en nuestra vida al hecho de ser cristiano, de llamarse discípulo de Jesús y el lugar que le queremos dar al Evangelio en nuestra existencia. Cuando radicalmente hemos hecho una opción por Jesús porque en verdad lo confesamos como nuestro Salvador, nuestra vida, todo para nosotros, como queríamos confesar el pasado domingo, entonces sí que pondremos a Jesús en el centro de nuestra vida, en la razón de ser de nuestra existencia, de lo que hacemos y de lo que vivimos.
Jesús está proponiendo hoy a sus discípulos lo que son las exigencias de su seguimiento; lo que supone seguirle para poder llegar a la dicha de la vida y de la resurrección. Cuando lleguemos a entenderlo y a tratar de vivirlo seremos las personas más felices y con la felicidad más grande que podamos alcanzar, aunque haya dolores y sufrimientos en la vida.
Es el camino de Jesús y es el camino de sus seguidores, de los que creemos en El. Un camino que pasa por la humanidad y que entonces pasa también por la pasión y la muerte, por el dolor y el sufrimiento de los hermanos que caminan a nuestro lado. Cuando soy seguidor de Jesús ese camino lo asumo - no puedo ser insensible -, ese dolor, esa cruz de mis hermanos es también mi cruz y la tomaré para seguirle, para caminar hasta la vida y la gloria de la resurrección.
Por eso nos ha dicho: ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. ¿Lo entenderemos ahora? ¿Comenzaremos a pensar a la manera de Jesús? San Pablo nos invitaba a ‘presentar nuestros cuerpos como hostia viva santa, agradable a Dios...’; y nos dice también ‘no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente’, por la renovación del corazón para vivir a la manera de Jesús.
Que este sea nuestro culto razonable, la ofrenda de amor que le presentemos al Señor en este día y cada día de nuestra vida.

sábado, 30 de agosto de 2008

Unos talentos para el beneficio de todos

1Cor. 1, 26-31
Sal. 32
Mt. 25, 14-30

La parábola que hoy nos propone Jesús en el Evangelio es una llamada a nuestra responsabilidad ante nuestra vida y ante la sociedad en la que vivimos con todas sus consecuencias. Es la conocida como parábola de los talentos. El hombre que se va al extranjero y reparte entre sus empleados diversa cantidad de talentos, esperando recibir sus ganancias a la vuelta.
Cada uno recibimos en la vida diversos talentos, que son nuestras cualidades, nuestros valores personales, en una palabra lo que somos. Nadie es mayor o menor por los talentos que hemos recibido. Y todos hemos de saber dar gracias a Dios por lo recibido, tomando la vida y lo que somos con total responsabilidad. Está, es cierto, la tentación de unos creerse mayores o mejores que los demás. Pero cada uno tiene su propio valor y su responsabilidad.
Suele decirse que nadie es imprescindible, pero yo me atrevo a añadir que todos sí que somos imprescindibles porque somos necesarios, porque cada uno, el pequeño o el grande, el que tiene más o valores o el que tiene menos ocupa su lugar, tiene su responsabilidad, ha de realizar su función y su misión. Responsabilidad de cara a su propia vida que ha de desarrollar al máximo desde lo que es; pero responsabilidad que sentimos también en esa sociedad, en ese mundo en el que vivimos donde todos tenemos que poner nuestro grano de arena por hacer que cada día sea mejor. No todos podemos hacer lo mismo, pero todos sí que tenemos que contribuir al desarrollo de nuestra sociedad, de ese mundo que Dios desde la creación ha puesto en nuestras manos.
Porque seamos pequeños no tenemos que ocultarnos o quedarnos en un segundo plano. Ya vemos lo que sucede en la parábola con aquel que como tenía poco, lo que hizo fue esconderlo y no lo puso a negociar. Es que además hemos de reconocer que Dios se vale de lo pequeño y en lo pequeño realiza el Señor maravillas. Podríamos recorrer muchas páginas de la Biblia para corroborarlo en la propia historia de la salvación.
Miremos a María. Ella se sintió la pequeña, la humilde esclava del Señor, pero el Señor se fijó en ella, y en ella hizo maravillas. Como María hemos de saber reconocer nuestra pequeñez, pero reconocer también las maravillas que el Señor realiza en nosotros. ‘El Señor hizo en mi maravillas... se fijó en la pequeñez de su esclava’. Dios quiere contar también con nosotros. Y la gloria es siempre para el Señor. Como nos dice san Pablo ‘nadie puede gloriarse en la presencia del Señor’. Y cada uno da gloria al Señor con lo que tiene o con lo que es.
San Pablo, en la carta a los Corintios que estamos proclamando estos días, les recuerda que entre ellos ‘no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los fuertes...’ Así pues no nos podemos gloriar de nuestras grandezas humanas, porque ¿qué somos ante el Señor? Sin embargo Dios quiere contar con nosotros. ‘Así pues, el que se gloría, que se gloríe en el Señor’, termina diciendo el apóstol.
A los que son humildes, pero tienen en su corazón esa disponibilidad para el Señor, Dios se les manifiesta de manera especial y son ricos en su corazón con una Sabiduría que viene de Dios. Humildad no significa uno anularse, sino reconocer lo que Dios ha hecho en nosotros. El verdaderamente humilde no entierra sus talentos por pocos que sean, sino que con su pobreza contribuye como el que más al bien de los demás.
Que así todos demos gloria al Señor reconociendo las maravillas que el Señor realiza en nosotros y por nosotros.

viernes, 29 de agosto de 2008

El Bautista, precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús

El Bautista, precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús
Jer. 1, 17-19
Sal. 70
Mc. 6, 17-29

La liturgia llama a san Juan Bautista ‘precursor del nacimiento y de la muerte’ de Jesús, ‘mártir de la verdad y de la justicia’. El pasado 24 de junio celebrábamos su nacimiento – sólo se celebra el nacimiento de Jesús, la Virgen María y Juan el Bautista – y hoy celebramos su martirio y su muerte.
Precursor del Mesías, precursor de su nacimiento, pues vino a preparar los caminos del Señor y seis meses antes que Jesús celebramos su nacimiento. Con Juan Bautista hacemos el camino del Adviento preparándonos para la Navidad, celebración del nacimiento de Jesús. Era el anunciado por los profetas que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto, como le anunció el ángel a Zacarías.
Como testigo de la verdad y de la justicia se presenta ante el pueblo en su austera figura. Vestido de piel de camello y comiendo saltamontes y miel silvestre allá en el desierto junto al Jordán invitaba a la conversión para preparar el camino del Señor. Con su palabra fuerte iba señalando a cada uno lo que había de hacer, para caminar por caminos de rectitud, de justicia y de amor. ‘Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar del juicio inminente? Dad frutos que prueben vuestra conversión... todo árbol que no da buen fruto va a ser cortado y echado al fuego’.
Y ante la pregunta de qué tenían que hacer les invitaba a compartir ‘el que tenga dos túnicas que le dé al que no tiene ninguna’, a no exigir más de lo establecido, a no usar de la violencia ni a hacer extorsión a nadie. También al rey Herodes ‘le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano’.
Sentía sobre sí la palabra del Señor dicha a Jeremías. ‘Tú cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo... te convierto hoy en plaza fuerte, con columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país... a los reyes y a los príncipes... a los sacerdotes y a las gentes del campo...’ Era un testigo de la verdad y de la justicia.
Pero es precursor de la muerte de Jesús. Su muerte le convierte en mártir, en anuncio y anticipo. ‘Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio’. Se repetirán esas palabras en referencia a Jesús cuando sumos sacerdotes, escribas y fariseos conspiren contra Jesús.
Pero pedíamos también en la oración litúrgica que ‘luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe’. El testimonio de los mártires es fuerza para nosotros ser testigos también. Es lo que tenemos que pedir al Señor. Que con la misma valentía nosotros nos mostremos como testigos de nuestra fe, de la verdad y de la justicia.
Cuando contemplo y celebro el testimonio de los mártires que así han sido ya reconocidos por la Iglesia, quiero pensar también en tantos mártires de hoy a nuestro lado, en nuestro mundo. Tantos testigos de la fe en circunstancias difíciles que en algunos casos llegarán también a derramar su sangre, a entregar su vida. Mártires de nuestro siglo que no conocemos pero que ahí están dando su testimonio.
No son noticias que habitualmente nos trasmitan las agencias de noticias, nos hagan referencias a ellas en los medios de comunicación, televisión, radio o prensa escrita. Pero que si estamos atentos y buscamos en los medios apropiados quizá no pase una semana sin que salga una noticia de estas. Esta misma semana nos llegaba la noticia de sangrientas persecuciones en algunos lugares de la India, donde una religiosa murió quemada viva, otras fueron violadas y maltratadas, obras sociales de la Iglesia arrasadas, sacerdotes huidos y refugiados en casas particulares de cristianos. (visitar Zenit.org: http://www.zenit.org/article-28236?l=spanish)
Son cosas que siguen sucediendo hoy y que tenemos también que conocer. Porque además ahí encontraremos fortaleza para seguir testimoniando nuestra fe en nuestro propio ambiente no siempre propicio a dar ese testimonio. Pidamos al Señor que nos dé fortaleza para dar ese testimonio; que dé fortaleza a la Iglesia y a todos los cristianos sobre todo a los que viven en esos lugares más comprometidos.
Es también la lección que hoy aprendemos de este mártir de la verdad y la justicia que Juan el Bautista, el precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús.

jueves, 28 de agosto de 2008

Que nunca sea tarde para encontrarte, Señor

1Jn. 4, 7-16
Sal. 88
Mt. 23, 8-12

Todos buscamos a Dios. Hay ansias de plenitud en nuestro corazón pero no sabemos cómo llegar, cómo encontrarlo. Somos limitados y esa inmensidad de lo infinito pareciera que nos queda grande. En nuestra limitación nos sentimos confundidos. Confundimos la plenitud de lo infinito con lo bello y hermoso que nos vamos encontrando en el camino. Confundimos la criatura con el Creador. Nos quedamos en la cosas que vemos a la vera del camino, bellas y hermosas que han sido creadas por Dios, y no terminamos de llegar a Dios. Está también nuestra condición pecadora. Nos encerramos en nuestro egoísmo y no descubrimos lo que es el Amor verdadero.
Pero lo maravilloso no es sólo que nosotros busquemos a Dios, sino que es Dios el que nos busca y nos llama. Nos sale al encuentro. Está en nosotros y no sabemos descubrirlo. Se nos ciegan los ojos y no sabemos verlo. El nos está llamando y somos sordos para escucharle.
Pero aún más quiere que le encontramos – se hace el encontradizo tantas veces con nosotros en el camino de la vida – y nos da su Espíritu para que podamos descubrirle y conocerle. Ya nos decía san Juan en sus cartas: ‘En esto conocemos que permanecemos en El y El en nosotros: en que nos ha dado su Espíritu’. Es el Espíritu de Sabiduría, el Espíritu de Ciencia, el Espíritu del conocimiento de Dios.
Para eso nos ha enviado a su Hijo. Es la revelación del Padre, es la Palabra que nos dice y que se ha hecho carne, es el que va a darnos a conocer a Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Tendríamos que recordar aquellos primeros versículos del evangelio de Juan. ‘Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios... en Ella estaba la Vida y la Vida era la Luz de los hombres... y la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre los hombres... y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad...’
Jesús se acerca al hombre y lo busca para revelarle a Dios. Podríamos recorrer muchas páginas del evangelio. Siempre acercándose a nosotros. Siempre dándonos a conocer el rostro amoroso de Dios. ‘En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de El’. Para que vivamos, para que le conozcamos, para que nos llenemos de El.
Tenemos que ir hasta Jesús. Tenemos que conocerle, escucharle y seguirle. Tenemos que confesar nuestra fe en El para descubrir a Dios, para conocer a Dios, para vivir a Dios. ‘Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios’.
Nos estamos haciendo esta reflexión a la luz de la Palabra de Dios y en la fiesta de san Agustín. El hombre que buscaba a Dios y andaba confundido. Tardó mucho en encontrarlo, porque también se quedaba por el camino, en las criaturas, en las filosofías del mundo de entonces, en lo que creía que era amor pero que nunca le satisfizo ni le llenó. En su corazón había ansias de Dios, buscaba a Dios, no pudo descansar hasta haber encontrado a Dios.
Así lo reconocía él en sus Confesiones. ‘¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera y yo por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti’.
Ilumíname, Señor, para que desaparezcan mis cegueras. Que pueda oír tu voz y se acabe para siempre mi sordera. Que pueda yo saber de ti, conocer tu perfume de vida y nada me aleje de ti. Que tenga yo ansias de ti, y sepa buscarte por tus caminos, encontrarte cuando sales a mi paso. Que no me distraiga, Señor, ni criatura alguna me separe de ti.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Una madre que llora a su hijo muerto y Cristo que nos hace resucitar a la vida

Ecl. 26, 1-4.16-21
Sal. 130
Lc. 7, 11-17

Y vaya si se iba a propagar la noticia no sólo por Galilea – Naín es una ciudad de Galilea – sino que también iba a llegar toda la región de Judea. Jesús había resucitado un muerto. No era sólo ya la curación de una enfermedad, una imposibilidad, sino que le había devuelto la vida. ‘Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo’, clamaban las gentes. Lo que nos recuerda lo que ya había cantado Zacarías en el nacimiento del Bautista. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo...’
‘Jesús se marchó a una ciudad llamada Naín, acompañado de sus discípulos y mucha gente... llevaban a enterrar al hijo único de una viuda...’
¡Cuánta tristeza y desolación para una madre la pérdida de un hijo! Pero si contamos además que era viuda y aquel hijo sería su único sostén en su ancianidad, mayor sería la tristeza y el dolor. Ello incluía una miseria y una pobreza absoluta.
‘Jesús, al verla, se compadeció de ella y le dijo: no llores...’ Aparece el corazón compasivo y misericordioso de Jesús. Jesús consuela y llena de vida; Jesús levanta al caído y hace renacer la fe y la esperanza; con Jesús aparece el amor y la compasión. Jesús nos está manifestando el rostro misericordioso de Dios.
Pero Jesús que viene a dar vida, resucita al que estaba muerto para devolvérselo a su madre. ‘Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: Muchacho, a ti te lo digo, levántate. El muerto se incorporó y se puso a hablar; y Jesús se lo entregó a su madre’. Fue al asombro de las gentes y que todos se pusieran a dar gracias a Dios que los ‘había visitado con su misericordia entrañable, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte... como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y a su descendencia para siempre...’
Muchas lecciones podemos sacar de este texto. Una madre llorosa y suplicante. Estamos proclamando este evangelio en el día de santa Mónica que con sus lágrimas y su oración consiguió la conversión de su marido y su hijo Agustín. Veo en las lágrimas de la viuda de Naín las lágrimas y súplicas de tantas madres por sus hijos y por su familia. Una madre siente siempre todo lo que le pueda suceder a hijo y hace suyos todos sus problemas y dificultades.
Pero está la súplica de tantas madres cristianas que quisieron educar cristianamente a sus hijos y ahora los ven cómo se alejan de Dios, se apartan de la Iglesia y viven quizá una vida bastante diferente de aquello en lo que los quisieron educar. No hablo de memoria sino que tengo en mi mente y en mi corazón tantas confidencias escuchadas y tantas lágrimas que he tratado de enjugar con el consuelo y la esperanza, donde siempre les he puesto como modelo a esta santa mujer que hoy celebramos, santa Mónica.
Tantas lágrimas derramadas por madres a las que se les parte el corazón cuando sus hijos han tomado el camino de la droga, del alcoholismo y hasta de la delincuencia. Por ellas tenemos que rezar y a ellas tenemos que animar con una esperanza cristiana. Una esperanza que consuela y anima en el pensamiento de que la buena semilla sembrada algún día puede brotar y hacer que surjan los buenos frutos que hagan desaparecer los efectos de las malas cizañas que ahora parecen ahogar todo lo bueno en ellos sembrado.
Pero contemplamos también a Jesús adelantándose hasta el féretro para hacer levantar de la muerte a aquel muchacho. Jesús que se adelanta y llegar a nuestra vida tendiéndonos su mano para levantarnos de tantas muertes en las que nosotros caemos cada día. Nos levanta y resucita de la muerte del pecado; nos levanta y nos resucita llevándonos a la vida y al amor. Como hemos escuchado tantas veces a san Juan en sus cartas ‘el que no ama permanece en la muerte... y sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos...’ Dejemos que Jesús nos tienda la mano para levantarnos de nuestra muerte. Hemos permitido que se metiera en nuestro corazón el desamor y el egoísmo, el odio y la venganza, tantas cosas que hacen daño a los demás y nos llenan de muerte. Que Cristo nos resucite y nos llene de vida. Que nos sintamos inundados por el amor. Si amamos es que hemos pasado de la muerte a la vida.

martes, 26 de agosto de 2008

Valores profundos y permanentes

2Tes. 2, 1-3.13-16
Sal. 95
Mt. 23, 23-26

El que se fija sólo en las minucias y olvida lo fundamental o esencial es como el que limpia la copa por fuera para dejarla muy brillante, pero dentro la deja llena de suciedad y porquería. Cuando vas a beber, ¿dónde pones el contenido en el exterior muy limpio o en el interior lleno de basura?
Es lo que echa en cara Jesús a letrados y fariseos, como escuchamos en el evangelio. Por eso los llama hipócritas, porque tienen dos caras, una al exterior muy limpia y agradable pero otra en su interior muy llena de maldad y de engaños. ‘¡Ay de vosotros letrados y fariseos hipócritas que limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno!’
Ya les había dicho: ‘... pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad...’
No podemos olvidar actitudes y valores fundamentales que siempre permanecen: la justicia, la misericordia, la sinceridad y autenticidad en la vida. No sólo se los dice Jesús a los escribas y fariseos de su tiempo, sino que nos lo está diciendo a nosotros también. Cuidemos de no quedarnos en superficialidades, sino ir a lo que es verdaderamente importante. Es una tentación que tenemos todos. Nos hacemos cumplidores de minucias pero descuidamos esos valores fundamentales.
Hay que actuar siempre obrando con justicia y rectitud. Lo bueno, lo recto, lo justo es lo que tenemos que buscar, es por lo que tenemos que actuar. El bien es lo que tiene siempre que prevalecer. No podemos dañar injustamente a nadie bajo ningún concepto.
El corazón hay que llenarlo siempre de compasión, de misericordia, de amor. Es lo que dulcifica la vida. Lo que hace nuestras relaciones más humanas. No podemos ser agrios para los demás, sino que siempre tenemos que dulcificar nuestra relación con humanidad, con amor.
La sinceridad, la verdad, la fidelidad son valores esenciales en la vida. No nos podemos ocultar bajo apariencias que nos desfiguran. Eso es la hipocresía, la doble cara. La fidelidad y la lealtad en nuestra relación, en nuestra palabra son importantes. Nos dan la verdadera fortaleza. Ahí se manifiesta de verdad nuestra personalidad y nuestra grandeza.
¿De qué nos vale fijarnos solamente en minucias en la vida si nos faltan los valores profundos de la vida? Nos llenamos de superficialidades y olvidamos los valores profundos y permanentes. Valores que no están reñidos entre sí sino que se complementan y se enriquecen mutuamente. La justicia y el amor. La sinceridad y verdad con el respeto y la misericordia. La fidelidad y la rectitud con la comprensión. La lealtad con la búsqueda sincera del bien. El arrojo y la valentía con la esperanza.
Que el Señor nos dé esa Sabiduría.

lunes, 25 de agosto de 2008

Contad las maravillas del Señor a todas las naciones

Tes. 1, 1-8.11-12
Sal. 95
Mt. 23, 13-22

‘Contad las maravillas del Señor a todas las naciones’, nos dice el salmo de hoy. Todo el salmo es un cántico de alabanza al Señor. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra, cantad al Señor, bendecid su nombre…’ Tenemos que bendecir y alabar al Señor, porque ‘es grande el Señor y muy digno de alabanza…’
Nuestra alabanza al Señor son nuestros cánticos y nuestras bendiciones. Pero alabamos también al Señor cuando contamos a los demás las maravillas del Señor Que todos conozcan que el Señor es grande y hace maravillas. Cuando damos a conocer las obras maravillosas que el Señor realiza en mí – recordemos el cántico de María – estamos también cantando la alabanza del Señor.
De la misma manera que cuando alguien hace algo heroico y extraordinario lo damos a conocer a los demás, porque en sí mismo es un reconocimiento de la bondad de las personas que son capaces de hacer cosas buenas y hasta heroicas; pero es también un estímulo y un ejemplo para los demás. Y con ello estamos contribuyendo a ese reconocimiento y a esa alabanza merecida de quien realizó algo bueno. Así nosotros con el Señor. Reconocemos sus maravillas y las contamos a los demás para que todos puedan entonar ese cántico de alabanza al Señor.
Es lo que de alguna manera está haciendo Pablo en el comienzo de la segunda carta a los Tesalonicenses. Vamos a escuchar esta carta en la lectura continuada en la Eucaristía de estos días. Pablo ama mucho a aquella comunidad, ‘os que forman la Iglesia de Dios’ en Tesalónica, pues allí anunció el evangelio cuando cruza de Asia Menor hasta Macedonia, y a ellos dirigirá varias cartas de las que conservamos dos en el Nuevo Testamento.
Se siente orgulloso de aquella comunidad. ‘Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las Iglesias de Dios…’ Es ese 'contar las maravillas de Dios a todas las naciones’ y da gracias a Dios por ellos. Resalta Pablo que ‘vuestra fe crece vigorosamente y vuestro amor mutuo – de cada uno por todos y de todos por cada uno – sigue aumentando’. Y aunque vengan dificultades, tentaciones o persecuciones – era normal en aquellas pequeñas comunidades en medio de un mundo pagano, y surgiendo como surgían de las comunidades judías muy hostiles al anuncio del Evangelio – ‘vuestra fe permanece constante…’
Por eso pide al Señor por aquella comunidad ‘para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe’. Y todo ello, ¿para qué? Todo siempre para la gloria de Dios. ‘Para que así Jesús nuestro Dios sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de El’.
Pidamos, pues, que nosotros crezcamos de igual manera vigorosamente en nuestra fe y en nuestro amor. Esa fe que, como hemos reflexionado recientemente, envuelva totalmente nuestra vida. Esa fe que se mantenga firme en nuestro corazón y no tambalee nunca a pesar de los embates de un mundo indiferente y algunas veces también hostil. Y que la luz del amor no solo llene nuestra vida sino que también transforme ese mundo que nos rodea. Vivamos en el amor; querámonos de verdad los unos a los otros; tengamos muchas muestras de amor y de amistad para con los que nos rodean, si en algún momento ha decaído nuestro amor hasta herir o molestar al hermano, seamos capaces de pedir perdón para encontrar pronto la reconciliación y la paz.
Que con nuestra fe, nuestro amor, nuestro testimonio cristiano estemos en verdad contando a los demás las maravillas del Señor, pero estemos también cantando la alabanza del Señor para quien sea siempre todo honor y toda gloria.

domingo, 24 de agosto de 2008

Una confesión de fe con toda la vida

Is. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
¡Qué pasada las preguntas de Jesús a los apóstoles! Primero, qué es lo que opina la gente de él, y luego más directamente qué es lo que piensan ellos. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Preguntas comprometidas.
Eran momentos de una mayor intimidad, podríamos decir, pues habían llegado a la región de Cesarea de Filipo, que quedaba realmente fuera del territorio palestino y era la oportunidad, lejos del agobio de las multitudes que lo seguían, para hablar más en un tú a tú entre Jesús y los apóstoles. Ellos podían captar lo que eran los comentarios de las gentes que acudían a Jesús, que le escuchaban sus enseñanzas, o que eran testigos o beneficiarios de sus milagros y era lo que Jesús preguntaba aunque como veremos era algo más lo que Jesús buscaba.
Ya en alguna ocasión el evangelio habla de la admiración de la gente por Jesús. ‘Nadie ha hablado como él, con tal autoridad... un gran profeta ha aparecido entre nosotros... este hombre tiene que venir de Dios porque si no, no podría hacer las obras que hace...’ Vemos la respuesta de los apóstoles: ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’.
Pero el trato hace el conocimiento y ese trato y conocimiento creciente hace brotar la flor de la amistad y del amor. Con los apóstoles Jesús había mantenido una mayor cercanía. Estaban siempre con El. Con Jesús iban a todas partes. A ellos les explicaba con mayor detalle las parábolas y sus enseñanzas. Eran testigos excepcionales de las obras de Jesús y de sus milagros. Por eso, sería importante la respuesta más personal que ellos pudieran dar. Ya conocemos la respuesta de Pedro que tantas veces hemos reflexionado.
Preguntas que también tienen que hacernos reflexionar a nosotros. A los que nos sentimos más cerca de la Iglesia y queremos vivir más intensamente nuestra vida cristiana, porque queremos seguir más de cerca de Jesús, y a aquellos que ocasionalmente hoy tengan la oportunidad y escuchen (o lean) este evangelio y comentario que estamos haciendo. ¿Qué dice la gente o qué decimos nosotros de Jesús? ¿Qué significa en nuestra vida? ¿Cuál es la confesión de fe personal que podemos hacer?
No es bueno hacer juicios sobre la fe o las actitudes profundas que tengan las personas para vivir. Más que juicio sobre los demás es pregunta sobre mí mismo, lo que me hago. Si la pregunta nos la dirigiera Jesús hoy a nosotros, ¿cuál sería nuestra respuesta? Como decía aquella gente que Jesús eran un profeta de otro tiempo – mencionaban a profetas que ya habían muerto -, ¿acaso también nosotros pensaremos en Jesús como si fuera un personaje de otro tiempo? ¿Habremos captado a un Jesús vivo, presente en nuestra vida y que viene a ser quien de verdad mueva toda mi vida en un nuevo estilo de ser y de actuar?
No nos vale sólo que hagamos o demos una respuesta totalmente fiel a lo que hemos aprendido en el catecismo o en la teología. A Jesús no lo podemos encerrar en una definición. La respuesta que estaba dando Pedro era una respuesta vital. En lo que Pedro estaba diciendo, estaba poniendo toda su vida, todo su sentido de vivir. Y es a donde tenemos que llegar nosotros. Una respuesta y una confesión de fe que envuelva toda nuestra vida.
Pero ya antes decíamos que el trato hace el conocimiento y el trato y el conocimiento hacen crecer la flor de la amistad y del amor. Así tiene que ser nuestra relación con Jesús. Jesús, Dios no puede ser algo de lo que echemos mano en un momento determinado porque tenemos un problema, queremos recordar un difunto o ahora tengo un especial momento de fervor. Mi trato y relación con Dios, con Jesús tiene que ser algo más intenso, más vivido intensamente. Como quien cultiva una amistad. Tenemos que llegar a un conocimiento cada vez más intenso de Jesús. Tenemos que hacer que Jesús esté de verdad presente en cada instante de mi vida. por ahí tiene que ir nuestra respuesta y nuestra confesión de fe.
Jesús y los apóstoles se habían ido a un lugar apartado donde estar más a solas, donde entrar en esa relación más intensa. Es lo que nosotros tenemos que saber buscar con nuestra oración, con nuestra lectura atenta y fiel cada día del Evangelio, de la Biblia, de la Palabra del Señor. Es lo que tenemos que saber buscar con momentos de mayor interioridad y reflexión, para ir rumiando ahí en el corazón todo eso que vamos recibiendo del Señor, todo lo que El nos va hablando por tantos medios, por los mismos acontecimientos de la vida.
La respuesta de Pedro es una hermosa y vivida confesión de fe. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. No eran solamente unas palabras. Era toda una opción que Pedro estaba haciendo porque estaba confesando que Jesús, el Hijo de Dios, era en verdad la salvación de su vida, era el Mesías.
Y ya vemos que de aquella confesión de fe nació la Iglesia. A partir de esa confesión de fe, a Pedro se le confía una nueva misión. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...’ Iba a ser piedra de aquella nueva comunidad que nacía, aquella comunidad de los que confesaban así esa fe en Jesús. Esa nueva comunidad, la Iglesia, que tan importante iba a ser para el mantenimiento de la fe en Jesús, para su propagación, para su extensión por todo el mundo. Un día serían enviado por todo el mundo para anunciar esa misma fe.
Ahí en la Iglesia - aquí en la Iglesia, tenemos que decir -, tenemos ese punto de encuentro para conocer a Jesús, para llegar a Jesús, para alimentar nuestra fe en Jesús. Pedro tenía la misión de ser piedra de unión de esa Iglesia y también la de confirmar la fe de todos los creyentes en Jesús.
‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!’, le dice Jesús. Felicidades, Pedro, por tu fe. Dichoso por su fe; dichoso porque abrió su corazón a Dios para recibir esa revelación del Padre; dichoso por confesar así esa fe. Es la dicha con la que nosotros también hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Es la dicha y el gozo hondo de sentirnos y manifestarnos creyentes ante todos los hombres. No la ocultemos, no la disimulemos, ni la oscurezcamos. Vivamos la alegría de nuestra fe, de nuestra amistad y de nuestro amor por Jesús.

sábado, 23 de agosto de 2008

Despojémonos para hacernos los últimos

Ez. 43, 1-7
Sal.84
Mt. 23, 1-12

La contemplación de las actitudes y la manera de actuar de los doctores de la ley y de los fariseos le lleva a Jesús a decirnos cuál es el estilo que tiene que imperar en la comunidad de los que le seguimos, en los que creemos en El. Una actitud de sencillez y humildad, una actitud de servicio y de amor. Pidamos al Señor que sea eso lo que resplandezca en su Iglesia.
Nos viene a decir Jesús que hagamos lo que nos dicen, porque siempre nos dirán cosas buenas, pero que no hagamos como ellos. ‘Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar’. Muchas normas y preceptos descritos minuciosamente, pero lejos de lo que realmente es la voluntad de Dios y ellos no están dispuestos a cumplirlos.
Un camino de sencillez y de humildad frente a la apariencia y la vanidad que les guía. Vanidad incluso en sus vestiduras que llenan de flecos y franjas, filacterias y anchas franjas en sus mantos, para decir que son cumplidores de la ley. Búsqueda de honores y de reconocimientos buscando ‘los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas, y que la gente les haga reverencias por la calle y los llame maestros’.
El estilo que Jesús quiere para sus discípulos es el de la humildad y el del servicio. No es grande el que más alto está u ocupa un puesto más destacado, sino el que sabe agacharse y ocupar el último lugar para servir. Nos lo enseñó El mismo que no vino a ser servido sino a servir. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será servido’.
¡Cuánto cuesta la humildad de abajarnos y ponernos en nuestro sitio! Claro que pensamos siempre y primero que nuestro sitio está delante y en lo más alto. Cómo me voy a rebajar. Es que encima tengo que agacharme y rebajarme hasta incluso ser yo el primero en pedir perdón... cuántas veces nos viene la tentación y pensamos así. Un recuerdo que me viene al pensamiento ahora; para entrar en la basílica de la Natividad en Belén hay que agacharse, porque la puerta es muy bajita y no podrá entrar nunca un hombre de pie derecho. Para entrar en el lugar del Santo Sepulcro en Jerusalén sucede lo mismo. Para llegar hasta Jesús siempre tenemos que ir por el camino de la humildad.
Y Jesús da unas recomendaciones: ‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro... no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra... no os dejéis llamar jefes ni consejeros... uno solo es vuestro Maestro... vuestro Padre del cielo... vuestro consejero, Cristo...’ Y nosotros buscamos títulos y reconocimientos. Y a los sacerdotes nos gusta (¡!) que nos llamen ‘padre’. Qué lejos de lo que nos dice Jesús.
Pidamos al Señor que en la Iglesia entendamos y lleguemos a vivir estas palabras de Jesús. Que siempre sea nuestro estilo el del amor, el servicio, la humildad. Que nos despojemos de nuestros flecos y franjas, de nuestras ostentosidades, lujos y apariencias, tan lejanas del espíritu del Evangelio. Que huyamos de los lugares de honor y de los reconocimientos. Que no temamos despojarnos nosotros, porque de lo contrario serán otros los que nos despojarán como ha sucedido tantas veces en la historia por no vivir el evangelio de Jesús.
Que seamos en verdad la Iglesia pobre y de los pobres, la Iglesia humilde que no lleva dinero en la faja ni busca bastones para el camino. La Iglesia que solo busca a su Señor y se agacha y humilla también haciéndose pequeña y pobre para poder llegar hasta El. Que sean esas las actitudes profundas que tengamos todos en nuestro corazón, pero que las reflejemos en el actuar de nuestra vida.

viernes, 22 de agosto de 2008

Las joyas de la corona de María

Is. 9, 1-6
Sal. 112
Lc. 1, 26-38

Hace ocho días contemplábamos ‘una figura portentosa aparecida en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’. Era la imagen bella del Apocalipsis que la liturgia aplicaba a María en su Asunción y glorificación en el cielo.
Hoy queremos seguir cantando la alabanza de María, en esta como octava de su Asunción al cielo, y la llamamos y la invocamos, como tantas veces decimos en las oraciones de la piedad popular ‘Reina y Madre de misericordia’. Así la proclamamos y la celebramos en este día. Es la Madre de Dios, que es también nuestra madre. Para ella la mejor alabanza y los mejores cantos, los más bellos piropos y las más fervientes oraciones. Así la contemplamos glorificada y viviendo ya en plenitud el Reino de los cielos, porque el Señor Dios, su Hijo, la liberó de la muerte y la llevó gloriosa al cielo.
María, Reina de los santos, de los mártires, de los apóstoles, de los confesores, de los vírgenes. Así la llamamos y la invocamos y así la queremos representar en nuestras imágenes, porque para ella que es nuestra Madre queremos lo mejor y la queremos ver cómo la más bella coronada de gracia y santidad.
En nuestra piedad y en nuestra más tierna devoción a María queremos vestirla con las mejores galas y por eso sus imágenes van cubiertas con los más hermosos mantos, la adornamos de nuestras mejores joyas y la coronamos con suntuosas coronas porque siempre la queremos ver como nuestra Madre y nuestra Reina.
Pero ¿cuáles son las más hermosas joyas que adornan a María y las gloriosas coronas? No sabemos como mejor honrarla y terminamos por cubrirla con esas riquezas humanas, ella la que se hizo pobre y humilde para ser siempre la servidora del Señor y de los pobres, la que cantó al Señor que derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes.
Su más grandiosa corona y sus joyas más hermosas son su santidad y todas las virtudes que la adornan. ‘Llena de gracia’, la llama el ángel de la Anunciación, ‘porque has encontrado gracia ante el Señor’. Esa es la belleza de María, esas son sus joyas y esa es su más hermosa corona.
Cuando nosotros queremos honrarla y mostrarle todo nuestro amor, las mejores joyas que podamos ofrecerle serán siempre la imitación que hagamos de su santidad y de sus virtudes. Copiar a María en nosotros; vestirnos de María, pero no externamente sino porque en la santidad de nuestra vida, estemos reflejando e imitando su santidad. Que seamos buenos hijos de María y así nosotros nos engastemos en su corona como bellas joyas porque resplandezcamos por nuestro amor y nuestro espíritu de servicio, por la paz que llevemos en el corazón y con la que contagiemos a los demás, por la búsqueda de todo lo bueno y por el resplandor de la verdad de nuestra vida. Que así brillemos en nuestra santidad.
‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella. Salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros’.

jueves, 21 de agosto de 2008

Tengo preparado el banquete, venid a la boda vestidos con el traje de fiesta

Ez. 36, 23-28
Sal. 50
Mt. 22, 1-14

‘Volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. La parábola que Jesús propone en primer lugar es una lectura de lo que ha sido la historia del pueblo de Israel – fijémonos que se dirige de manera especial a ‘los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ – a quien Dios en un amor de predilección especial quiso ofrecer el banquete de la salvación, pero que luego vemos que ofrece a todos los hombres de cualquier nación y lugar.
El pueblo de Israel no supo escuchar ni aceptar la Palabra que Dios le ofrecía, por eso escuchamos al profeta que hace un anuncio de esa salvación para todos los hombres. ‘Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra’.
Hagamos una lectura sobre nuestra propia historia y sobre nuestra propia vida. Todos somos invitados a ese banquete de la salvación. Decir que es muy hermosa la imagen que nos ofrece la parábola comparando el Reino de los cielos a un banquete de bodas. Un banquete preparado y al que somos invitados. ‘Mandó sus criados para que avisaran a los convidados... tengo preparado el banquete y todo está a punto. Venid a la boda... Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda...’
Somos invitados al banquete del Reino de los cielos y será el Señor el que nos vista el traje de fiesta para participar en él. Había anunciado el profeta: ‘Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os dará un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu...’
Hemos de dejarnos purificar por la gracia del Señor. No son nuestros méritos los que os hacen acreedores de poder participar en ese banquete del reino de los cielos, sino que en el Señor el que nos invita y nos purifica para que podamos participar en él. Su voz nos llama continuamente. Su Palabra nos ilumina. La gracia de los sacramentos nos purifica y nos fortalece.
De cuántas manera llega la gracia del Señor a nuestra vida cada día. En esa Palabra que resuena y nosotros tenemos la posibilidad de escuchar. En tantos momentos de gracia que vamos recibiendo, en hechos, acontecimientos, gestos y señales que suceden a nuestro alrededor y que no son otra cosa que llamada del Señor.
Vistámonos del traje de fiesta, del traje de la gracia para hacernos dignos de participar en el banquete. Vivamos nuestra vida en comunión de amor con nuestros hermanos. Abramos nuestro corazón al amor y la compasión en el compartir con los demás. Descubramos al Señor que llega a nuestra vida y que hemos de saber descubrir de manera especial en los pobres, los humildes, los que sufren. Son llamadas del Señor. Invitaciones a la gracia que no hemos de desoír.
No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’. Es la advertencia, la llamada, la invitación.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Id también vosotros a mi viña...

Ez. 34, 1-11
Sal. 22
Mt. 20, 1-16

¿Qué decir de esta parábola que nos propone Jesús en el evangelio de los trabajadores llamados a su viña a distintas horas? Sencillamente que Dios nos quiere a todos en su viña. Nos irá llamando en distintas horas de nuestra vida, pero lo que quiere es que todos estemos en su viña del Reino de los cielos. ‘Salió al amanecer... otra vez a media mañana... hacia mediodía y a media tarde... al caer la tarde... id también vosotros a mi viña’.
Unos desde la más temprana edad mamaron, por decirlo así, en sus padres cristianos y en su familia el don de la fe y del amor de Dios, y otros en su pubertad o en su juventud, en la edad madura de la vida adulta o quizá en los últimos años de su vida, han ido recibiendo esa llamada del Señor. Las circunstancias han hecho que no lo hayamos conocido siempre desde la primera hora, pero El si ha estado llamándonos en las distintas horas. Lo importante es que respondamos en la hora que el Seños nos invite a participar de su viña. Y a todos nos ofrece un denario. ‘Se ajustaron con él en un denario...’
¿Qué significa ese denario que nos ofrece? ¿En qué consiste ese pago que nos da por la respuesta a pertenecer y trabajar en su viña?
Sencillamente tenemos que decir, la vida eterna. No son pagos con premios y ganancias humanas. Son regalos de plenitud. ¿Qué nos ofrece el Señor? ¿En qué consiste ese cielo que nos ofrece? Vivir a Dios, vivir la vida de Dios en plenitud, la visión de Dios, la posesión eterna de Dios. Esta es su heredad. Y todo eso en plenitud. Es la plenitud de la dicha del cielo, de la posesión de Dios, de la visión de Dios, de ese llenarnos de la vida de Dios para estar en Dios.
Algunas veces cuando pensamos en el cielo estamos pensando en nuestras categorías humanas. Unos méritos que nos ganamos y a quien tenga más méritos más se le da. Pienso que en el cielo no hay esas categorías. Porque si el cielo es la posesión de Dios, cuando tenemos a Dios, lo tendremos siempre en plenitud. Cuando gocemos de la visión de Dios, será una visión de Dios en plenitud. Cuando gocemos de la vida de Dios, ese gozo, esa felicidad es en plenitud, porque en el cielo no puede ser de otra manera.
Quizá cuando estamos pensando en eso desde aquí abajo, nos sucede un poco como a los obreros de la parábola. ‘...nosotros hemos aguantado todo el peso del día y el bochorno’. Pero pienso que cuando ya gocemos de Dios no nos caben las sombras de la envidia o del resentimiento porque a mí me da igual, menos o más según mis medidas, que al otro. Simplemente gozamos de Dios y lo hacemos en plenitud. Por eso lo importante es esa respuesta que nosotros le demos a esa invitación que el Señor nos hace.
Dios nos gana siempre en generosidad. El amor que Dios nos tiene es por igual para todos. No caben esas categorías de diferenciaciones ni de méritos. Porque además la salvación no es por lo que nosotros merezcamos, sino por lo que el Señor en su infinita bondad quiere ofrecernos. La salvación es un regalo que El nos da, es gracia. Y Dios es siempre más generoso que todo lo generoso que nosotros podamos ser.
Que alcancemos ese denario de Dios. Que vivamos y trabajemos en su viña y así gozaremos de la plenitud de Dios. Démosle gracias a Dios porque así nos quiere hacer partícipes de su vida y de su gloria.

martes, 19 de agosto de 2008

Con su pobreza enriquecernos a todos...

Ez. 28, 1-10
Dt. 32, 26-28.30.35-36
Mt. 19, 23-30

‘Creedme: difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos’. Una afirmación tajante y rotunda de Jesús, de manera que los discípulos espantados se preguntan: ‘Entonces, ¿quién puede salvarse?’
La afirmación de Jesús viene a continuación del hecho que comentábamos ayer. El joven que cuando Jesús le propone vender todo lo que tiene para dar el dinero a los padre y luego seguirle, se va ‘triste, porque era rico’. Por eso Jesús incluso pondrá la comparación de que ‘más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Agujas se llamaban las puertas pequeñas que había en las murallas de la ciudad, en las que por su estrechez no podía pasar un camello con toda su carga.
El profeta Ezequiel que hoy hemos escuchado también en nombre del Señor habla contra aquellas ciudades y aquellos hombres que se habían llenado de orgullo por sus riquezas. Era proverbial la riqueza de los fenicios, al norte de Israel, donde estaban las ciudades de Tiro y Sidón a las que hoy se dirige el profeta. Eran unos grandes mercaderes y esa tarea del comercio les había hecho amasar inmensas fortunas.
Es por lo que el profeta les dice: ‘Se hinchó tu corazón y dijiste: soy Dios entronizado en solio de dioses en el corazón del mar... con tu talento, con tu habilidad, te hiciste una fortuna, acumulaste oro y plata en tus tesoros... ibas acrecentando tu fortuna y tu fortuna te llenó de presunción...’
Todos conocemos las actitudes presuntuosas de quienes han amasado fortunas y por eso se creen poderosos por encima de todos, como para dominar a todos y manejarlos a su antojo por la fuerza y el poder del dinero. Es la tentación del dinero, pero que quienes quizá con pobres y nada tienen en su ambición sueñan también con tener un día tal poderío económico para así sentirse halagados por todos.
El Señor nos libre de esas tentaciones. Que nuestro espíritu y nuestro corazón sea humilde y nunca apeguemos nuestro corazón a las cosas materiales y terrenas. ‘Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre, para con su pobreza enriquecernos a todos’. Así nos enseña el apóstol en sus cartas.
Así lo contemplamos en el evangelio. Serían muchos los textos en los que podemos contemplar a Jesús así. El que no vino a ser servido sino a servir, lo contemplamos en el oficio de los sirvientes, a los pies de sus discípulos. ‘Me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy; si yo os he lavado los pies, os he dado ejemplo para que vosotros también lo hagáis’. Es el ejemplo, la lección que nos da Jesús. Es el estilo de los que vivimos o queremos vivir en su reino.
Pedro todavía se atreve a preguntar a Jesús: ‘Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos va a tocar?’ Jesús nos dará siempre lo mejor. Y lo mejor es poder vivir a Dios y teniendo a Dios lo tenemos todo y además en abundancia. ‘El que por mí deja casa, hermanos y hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’. No dejamos las cosas haciéndonos pobres para enriquecernos con bienes o riquezas materiales. El premio lo tenemos en la vida eterna, que es lo importante. Y la vida eterna es poseer a Dios.
Terminará diciendo Jesús: ‘Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros’.

lunes, 18 de agosto de 2008

Que por la fuerza del Espíritu lleguemos a un amor desinteresado y generoso

Ez. 24, 15-24
Sal.50
Mt. 19, 16-22

Un joven bueno y cumplidor, insatisfecho que busca algo más, pero incapaz de dar el paso definitivo. Así me atrevo a considera al joven rico del que nos habla el evangelio.
‘Se acercó a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’. Ahí está manifestando su insatisfacción por lo que hasta entonces hacía. Quería algo más. Ante la propuesta de Jesús de cumplir los mandamientos, ‘no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo’, responde: ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’ Era un joven bueno y cumplidor. Uno de los evangelistas especifica que Jesús se le quedó mirando. Una mirada de cariño y de admiración. ¡Claro que tiene uno que admirarse ante un joven que cumple los mandamientos y que es bueno!
Pero él sigue deseando algo más – ‘¿qué me falta?’ - y Jesús se lo propone: ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego vente conmigo’.
Aquí llegó el momento de la indecisión, donde no fue capaz de dar el paso definitivo. ‘Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico’.
Cuando llega este momento solemos cargar las tintas sobre el joven rico, porque no fue capaz de dar el paso siguiente. Pero, con sinceridad, yo me pregunto, ¿es que nosotros somos mejores?, ¿acaso nosotros damos también siempre ese paso que nos pide Jesús para llegar hasta el final? ¡Qué fácil es mirar y juzgar a los demás y qué difícil es mirarnos a nosotros mismos!
También nosotros decimos muchas veces, yo no mato ni robo, yo no tengo pecados. Puede ser cierto, y no soy quién para dudarlo, que cumplamos fielmente los mandamientos uno por uno. Somos quizá cumplidores, pero nos falta la entrega de nuestro amor, la generosidad de nuestro espíritu, el desprendimiento de nuestros apegos. No es solo necesario un cumplimiento formal, pero que puede ser frío y falto de espíritu. Es la exquisita delicadeza de nuestro amor. Es una generosidad sin límites.
Jesús proclamó en la primera de sus bienaventuranzas: ‘Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos’. Que por la fuerza del Espíritu nos hagamos pobres; que por la fuerza del Espíritu seamos capaces de vivir como si no poseyéramos; por la fuerza del Espíritu que seamos desprendidos con generosidad para compartir desinteresadamente; que por la fuerza del Espíritu nos arranquemos de nuestros apegos, de nuestro yo egoísta e insolidario.
¡Cuántas cosas ‘mías’ tenemos de las que nos cuesta desapegarnos! ¡Cuántas cosas tenemos que vender! Miremos con ojos sinceros nuestra vida.
Porque sí cumplimos porque queremos cumplir los mandamientos formalmente, no queremos hacer daño a nadie de forma consciente, pero no es sólo eso. Hay algo más hondo que tiene que estar por debajo de todo ese cumplir, en el fondo de ese no querer hacer daño a los demás. Es el espíritu del amor. Porque no ayudo o comparto simplemente para que mañana me ayudes a mí o compartas conmigo, porque tú lo hiciste ayer. Eso es irnos pagándonos mutuamente las cosas buenas que nos hacemos. Amar es hacerlo como lo hizo Jesús con generosidad, desinteresadamente, aunque no seamos correspondidos en nuestro amor.
Es lo que quizá le faltó a aquel joven, pero también quizá nos falta muchas veces a nosotros. Que la fuerza del Espíritu del Señor nos ilumine y nos fortalezca para que seamos capaces de atesorar ese tesoro en el cielo.

domingo, 17 de agosto de 2008

La fe de una mujer cananea

La fe de una mujer cananea
La Palabra de Dios quiere siempre iluminarnos en nuestra vida concreta, en las situaciones nuevas que vivimos cada día. Es una Palabra viva y de vida. Por eso, ante ella tenemos que ponernos con sinceridad y apertura de corazón desde esa realidad concreta que vivimos. Es importante esa sinceridad de nuestra vida y esa escucha con corazón abierto.
Digo situaciones nuevas que vivimos cada día, porque esa es nuestra realidad hoy. Pienso en este mundo cambiante que estamos viviendo. Vemos cómo cada día van cambiando las costumbres y ya no todo es igual, por mucho que nosotros nos empeñemos; cómo cada día nos vamos encontrando con gente nueva, gente que ha venido de otros países; cómo ya no pensamos todos de la misma manera, y cada uno tiene su opinión sobre la vida, la sociedad, la solución de los problemas que nos encontramos; cómo no todos entienden la religión de la misma forma, observamos a nuestro lado a gente de otras religiones y nos tocan incluso a la puerta los que vienen a ofrecernos cada día su forma de entender la religión. Y así muchas cosas más.
¿Qué hacemos ante todo eso? Tenemos la tentación de mirar de reojo a la gente nueva que viene a vivir en nuestra tierra; puede aparecer el miedo, los recelos o la desconfianza a todo y a todos; podemos encerrarnos en nuestro grupito y en los que piensan como nosotros y aislarnos; tenemos también el peligro de dejarnos influir por cualquier novedad o cualquier cosa que nos digan... Muchas reacciones y posturas. Pero, me pregunto, ¿por qué no miramos lo bueno que puede haber en todo eso? ¿Por qué no se establecen unas relaciones humanas y de respeto entre todos? ¿Cuál ha de ser mi postura como cristiano que sigo a Jesús?
En el evangelio contemplamos una situación algo semejante. ‘Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y de Sidón’. Eso estaba ya fuera de los límites de Israel. Quienes allí vivían no eran principalmente los judíos. Eran cananeos. Y contemplamos que ‘una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.
Lo que sucede a continuación nos choca un poco y nos cuesta en principio entender. La reacción que manifiesta Jesús de entrada aparece como la normal de cualquier judío que no quiere mezclarse con los gentiles y se creían que la salvación sólo les pertenecía a ellos. Pero tenemos que descubrir algo más. La lectura nos la da el final de este relato. Porque tras el diálogo, un tanto duro, que se cruza entre Jesús y aquella mujer, Jesús terminará reconociendo la fe grande de aquella mujer. ‘Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas’.
Jesús valora la fe de esta mujer, que no es judía. ‘¡Qué grande es tu fe!’ Nos hace recordar también otro caso, cuando el centurión romano, un pagano, viene también hasta Jesús con una fe ilimitada a pedir la curación de su criado. ‘No he encontrado en Israel en nadie tanta fe’, diría Jesús entonces.
¿Qué nos está enseñando Jesús? Primero que nada que tenemos que saber valorar lo bueno de los demás venga de donde venga. No valen prejuicios ni actitudes previas de desconfianza. Nos parece tantas veces que nosotros somos los únicos que saber hacer cosas buenas. Nos hemos encerrado tanto en nosotros mismos que ya no tenemos ojos para ver lo bueno de los demás. Pero en toda persona, sea quien sea, piense como piense, provenga de donde provenga, hay muchas cosas buenas. Tenemos que valorar a los demás. No nos podemos creer únicos. Quizá nos haga falta una apertura de corazón hacia los otros, hacia todos, para descubrir la dignidad y lo bueno de cada persona.
Es necesario, pues, también saber descubrir y valorar la fe que tienen las otras personas, sean quienes sean. No tenemos la exclusividad de la fe. Hemos de ser muy respetuosos siempre de la fe de los demás, aunque nos parezca que es una fe sencilla. Muchas veces esas personas, aunque no sean cristianos, en su coherencia de vida y hasta en su compromiso pudieran darnos un ejemplo y un testimonio grande a quienes venimos mucho a la Iglesia y nos llamamos cristianos, pero quizá no vivimos tan congruentemente nuestra fe.
Hay algo más que podemos encontrar en esta Palabra hoy proclamada. La universalidad de la fe y de la salvación. También esta mujer cananea, que no es judía, como lo fue el centurión romano al que hacíamos antes referencia, es beneficiaria de la salvación que nos ofrece Jesús. No es exclusividad del pueblo judío. Lo cual podemos encontrar ya en Isaías, en la primera lectura hoy proclamada. ‘A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo y para amar el nombre del Señor y ser sus servidores y perseveran en mi alianza...guardando el derecho y practicando la justicia... los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración...’ nos decía el profeta.
Jesús quiere que a todos los hombres alcance su salvación y por todos El ha ofrecido su Sangre derramada en la Cruz. Si con las actitudes que vemos reflejadas en la mujer cananea, o como nos ha dicho el profeta Isaías acudimos al Señor, de El siempre obtendremos la salvación porque así de generoso es el corazón del Señor para con nosotros.
En la mujer cananea, por ejemplo, podemos admirar su fe, su confianza, su humildad, su perseverancia. Nada le hace desistir de la confianza que ha puesto en el Señor. Humildemente espera alcanzar aunque sea lo que se caiga de la mesa. Es perseverante en su súplica hasta alcanzar lo que pide, como nos enseñará Jesús tantas veces en el Evangelio.
Creo que este doble mensaje que hemos escuchado puede valernos mucho para el día a día de nuestra vida. Unas actitudes nuevas en nuestra relación con los demás, con una apertura más amplia de nuestra mirada y nuestro corazón, por una parte. Y por otra parte ese deseo de que la salvación de Jesús pueda alcanzar a todos los hombres, lo que nos llevaría a un compromiso más serio de ese anuncio del evangelio a todos los que nos rodean, para que todos puedan vivir esa gracia y salvación que Jesús nos ofrece.

sábado, 16 de agosto de 2008

Si no volvéis a ser como niños

Si no volvéis a ser como niños
Ez. 18, 1-10.13.30-32
Sal. 50
Mt. 19, 13-15

‘Oh Dios, crea en mí un corazón puro’, hemos repetido y pedido en el salmo responsorial. Tenemos que pedirlo con insistencia al Señor, ya que estamos tentados continuamente a manchar nuestro corazón y nuestra vida con el pecado y con la muerte.
La profecía de Ezequiel contrapone la vida y la muerte, el hombre justo que confía en el Señor y quiere ser fiel y el malvado que llena su vida de muerte alejándose de los caminos del Señor. ‘El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia... que no explota a su hermano... que da su pan al hambriento y viste al desnudo... que aparta su mano de la iniquidad... que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos... ese hombre es justo y ciertamente vivirá’.
Mientras el malvado que ‘ha cometido toda clase de abominaciones... que quebranta mis mandamientos... morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes’. Pero la invitación del Señor a la conversión es continua. ‘Convertíos y apartaos de todos vuestros crímenes... haceos un corazón y un espíritu nuevo... yo no me complazco en la muerte de nadie. Convertíos y vivid’.
‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’
, es la bienaventuranza de Jesús. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Un corazón puro para poder conocer y contemplar a Dios. Por eso alaba y bendice Jesús al Padre ‘porque has ocultado estas cosas (el misterio de Dios) a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’.
Hoy hemos escuchado que llevan a Jesús a unos niños para que los bendiga. Por allá están muy celosos los discípulos del descanso de Jesús y no quieren que molesten al Maestro. Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Cómo no va a ser así si ellos son limpios de corazón y podrán ver a Dios? Tenemos que hacernos como niños, limpios de corazón, sin ninguna malicia ni maldad. Estaremos dentro de los parámetros del Reino de Dios.
Ya en otra ocasión cuando los discípulos andan discutiendo quién sería el más importante, o cual alguien se acerca a preguntarle quien va a ser el más importante en el reino de los cielos, ‘Jesús llamó a un niño lo puso en medio y les dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado’.
Volver a ser niños. Quizá nos preguntamos, ¿cómo podemos volver a ser niños, puros y limpios de corazón, cuando ya no somos niños, cuando ya hemos llenado nuestro corazón de tanta maldad? Tendríamos que escuchar lo que Jesús le decía a Nicodemo de nacer de nuevo. ‘Te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios’ Nacer de nuevo, hacerse niño, nacer de lo alto, ser un hombre nuevo. Pautas necesarias en nuestra vida para ser del Reino de Dios.

viernes, 15 de agosto de 2008

La Asunsión de Maria, ejemplo y estímulo para nuestro caminar

‘Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas’. Es la imagen que mejor refleja, con palabras tomadas del Apocalipsis, la gloria de María que hoy celebramos en su Asunción al cielo. Palabras que tomadas en su sentido original en el Apocalipsis se refieren a la Iglesia pero que la liturgia de la Iglesia aplica a María y es la imagen bella con que la representamos coronada de estrellas y con la luna por pedestal.
Hoy es una fiesta grande de María en su glorificación. Y podemos decir también que hoy es una fiesta grande de la Iglesia. Iglesia peregrina que levanta sus ojos hacia la Iglesia triunfante que ve representada en María. Todos nos gozamos en esta fiesta. Todos nos sentimos estimulados en esta fiesta a proseguir nuestro camino, nuestra peregrinación hasta que lleguemos también nosotros a la gloria del cielo. Todos nos gozamos con María, nuestra Madre, a quien hoy vemos glorificada en el cielo.
Peregrinos somos todos en el camino de la vida. Peregrinos que hacemos camino hacia una meta o un destino. Peregrinar es hacer un camino porque queremos llegar a una meta, que consideramos superior y deseable, y donde esperamos alcanzar lo mejor y lo que nos llene del mayor gozo y plenitud. Camino de peregrinación, que nos supone esfuerzo y superación, porque no siempre es fácil el camino, y si alta y grande es nuestra meta no nos importa el esfuerzo de la superación. Por eso, nos sentimos alentados a hacer el camino, por aquello que esperamos alcanzar, y ahí mismo encontramos fuerza y estímulo.
Un camino que hacemos con nuestro esfuerzo personal pero en el que no nos sentimos solos sino acompañados y estimulados por aquellos que a nuestro lado van haciendo ese mismo camino, o por el ejemplo y la intercesión de aquellos que sabemos que ya han llegado a la meta.
Peregrinar nos abre a la trascendencia. Nos hace mirar más allá y más alto, para no quedarnos atrapados por lo inmediato, aunque disfrutemos de todas las cosas buenas que el mismo camino nos va ofreciendo. Porque si queremos alcanzar una meta es porque en ella esperamos lo mejor. Mientras caminamos no hemos alcanzado la plenitud porque aun no hemos llegado a nuestro destino. Peregrinar, pues, que nos hace mirar hacia esa plenitud de gloria que Dios nos ofrece. Y estamos hablando ya en un sentido de fe y de esperanza cristiana.
Somos Iglesia peregrina que tenemos una meta y una esperanza. Es la esperanza de la vida eterna, de la plenitud del Reino eterno de Dios. Es la esperanza de la gloria de Dios. Somos, pues, Iglesia peregrina que caminamos juntos estimulándonos los unos a los otros, los que ahora vamos haciendo el camino, pero que también nos sentimos estimulados por los mejores que, recorrido el camino, ya han llegado a esa meta, a esa plenitud de gloria.
Hoy estamos contemplando el mejor ejemplo de esa Iglesia que triunfante goza de la plena visión de Dios. Estamos contemplando a quien sabemos que ya vive en esa plenitud de Dios, porque incluso a ella Dios la ha llevado en cuerpo y alma a los cielos. Ella es primicia entre los humanos de los que participan en la gloria del cielo del triunfo de Cristo. Contemplamos a María en su triunfo y en su glorificación.
Es la fiesta que estamos celebrando, la fiesta de la Asunción de María al cielo. María, pues, ejemplo y estímulo en su camino y en su plenitud para nuestro peregrinar. Ella ha llegado ya a la meta de la plenitud, de la gloria del cielo. Por eso, así la contemplamos con esa hermosa imagen que nos propone el Apocalipsis.
Miramos los pasos de María. Queremos seguir sus huellas porque seguir los pasos de María es seguir los pasos del Evangelio, es seguir los pasos de Jesús, que es a donde ella siempre nos conduce. Miramos su caminar y su peregrinar. El evangelio nos habla hoy de su camino hasta la montaña para servir, para derramar amor y gracia allí donde ella se hacía presente y donde con ella también se hacía presente Dios. Con la llegada de María ‘Isabel se llenó del Espíritu Santo y saltaba de alegría la criatura en su vientre’, nos dice el evangelio refiriéndose a Juan.
María, caminante y peregrina, mujer de fe, que se fía plenamente de Dios. Grande tenía que ser su fe para acoger, como ella lo hizo, la Palabra de Dios en su vida, hasta encarnarse en ella para así nacer Dios hecho hombre. ‘Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá’.
¡Qué aliento es María para nuestro peregrinar! Ella es ‘figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada y consuelo y esperanza del pueblo que todavía peregrina en la tierra’, proclamamos en el prefacio. Tenemos que seguir haciendo el camino, pero sabemos que en el cielo tenemos poderosa valedora que nos alcanza toda gracia del Señor para fortalecernos en nuestra debilidad, para guiarnos en nuestro caminar.
Con María aprendemos a mirar a lo alto, a aspirar a las cosas más bellas, a tener ansias de verdadera plenitud. En María vemos realizada la promesa de Dios, promesa que se realizará en nosotros si nos mantenemos en ese camino de fidelidad, de amor, de superación, de entrega generosa como lo hizo María.
Hoy nos gozamos y hacemos fiesta. Aunque nuestro peregrinar algunas veces se haga duro porque son muchos los vientos en contra, muchas son las cosas que nos quieren arrastrar con sus cantos de sirena, miramos hacia lo alto, miramos hacia la meta, miramos la plenitud de Dios que un día podemos alcanzar, y miramos a María que nos espera, que nos estimula y nos alienta, que nos tiende su mano intercediendo como madre amorosa por nosotros, y en la esperanza nos llenamos de alegría y de paz.

jueves, 14 de agosto de 2008

Mansedumbre, humildad, compasión... capacidad para el perdón

Ez. 12, 1-12
Sal. 77
Mt. 18, 21 – 19, 1

Aunque es nuestra piedra de tropezar, como una china que se nos mete en el zapato y nos incomoda, sin embargo he de decir que el mensaje del Evangelio, el mensaje que hoy nos quiere trasmitir Jesús está tan claro que no necesita ningún comentario. Sin embargo digamos algo.
‘Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?... No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete... Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’
Pero, ¿es que tengo que perdonarle otra vez?, nos preguntamos nosotros también tantas veces. Tantas veces que te he perdonado, ¿no serás capaz tú también de perdonar a tu hermano?
Es cierto que cuando nos encontramos con aquel que nos haya hecho daño, nos ha ofendido, ha levantado una calumnia contra nosotros, los sentimientos y resentimientos afloran de nuevo en nuestro corazón. Cuando nos tocan en una herida saltamos y lo que queremos es que la herida se cure, pero aun la piel en la cicatriz queda con una cierta sensibilidad. Pero eso no significa que no hemos de sanarnos de esa herida y olvidarnos de ella, aunque nos cueste.
Claro que el tema del perdón que nos plantea Jesús no es sólo cuestión de nuestra voluntad o de unos sentimientos que queremos cambiar. Hemos de poner de nuestra parte todo lo que podamos. Pero es algo superior. Algo que no podremos lograr sin la ayuda de la gracia de Dios.
No olvidemos cuantas veces Jesús nos dice en el Evangelio que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto... santos como Santo es el Padre del cielo... como el Padre es compasivo...’ Tenemos que parecernos a Dios. ‘Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús’, nos dice el apóstol san Pablo. Llenarnos de la santidad de Dios, de la grandeza de Dios, del amor de Dios, de la vida de Dios.
‘Venid a mí y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón’, nos dice Jesús. Es la mansedumbre y la humildad lo que necesitamos. Los mansos y los humildes poseerán a Dios, y nos llama Jesús dichosos si somos mansos y humildes. La capacidad del perdón está en la humildad. Cuando nos hieren o nos ofenden, no son las palabras en sí, sino que nos sentimos heridos en nuestro amor propio, y aflora el orgullo en nuestro interior, porque nos vemos humillados en aquello que nos ha hecho. No nos veamos humillados sino seamos humildes. La mansedumbre ablanda los corazones y les da capacidad de amar y de perdonar.
Pidamos al Señor que seamos capaces. Que nos llenemos de mansedumbre. Que haya humildad en nuestras vidas porque hayamos puesto mucho amor. El amor es el que nos sana y nos llena de vida. El que nos dará capacidad para perdonar. Desaparecerá esa china del zapato de nuestra vida y podremos caminar con una nueva alegría en nuestro corazón.
Recuerda, pues, cuanto te ha amado Dios y cuanto te ha perdonado, y serás entonces compasivo con el hermano y sabrás perdonar.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Instrumentos de reconciliación y de paz

Ez. 9, 1-7; 10, 18-22
Sal. 112
Mt. 18, 15-20

‘Dios reconcilió consigo en Cristo al mundo y nos confió el mensaje de la reconciliación’.
Cristo vino a traernos la paz y la reconciliación. Con su sangre derramada en la cruz puso en paz todas las cosas y derribó el muro que nos separaba. El odio, el mal, el pecado nos había roto con nosotros mismos y con Dios. Cristo vino a lograrnos la reconciliación.
Y nosotros, reconciliados en El, nos confió el mensaje de la reconciliación, el ministerio de la reconciliación. Quienes hemos descubierto y sentido en nuestras vidas el amor de Dios que nos perdona, tenemos que ser mensajeros de paz y de perdón. Ser un instrumento de Paz. Donde hay odio, allí tengo que llevar amor. Donde hay ofensa, tengo que llevar el perdón. Donde hay discordia, tengo que llevar la unión y la concordia. Donde hay duda, tengo que poner fe. Donde hay error, tengo que llevar la verdad. Donde hay desesperación, tengo que llevar la alegría. Donde hay tinieblas, tengo que llevar la luz. Así pedía san Francisco de Asís en hermosa oración. Cuántas veces la habremos rezado. Es nuestra tarea y nuestra misión como seguidor de Jesús allí donde esté y sea necesaria esa reconciliación.
Hoy el evangelio nos ha hablado de la corrección fraterna. Es una consecuencia del amor. Porque amo al hermano tengo que hacer todo lo posible porque él viva también esa paz en su corazón, alejando de sí todo error y todo mal. Pero Jesús nos da unas pautas para esa corrección fraterna. Primero nos dice vete a solas con él. ‘Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos’. Busca cómo ganártelo para el bien. Si no te hace caso nos dice Jesús ayúdate de otros hermanos que con el mismo espíritu vayan también a él. Si no, será la comunidad. Pero hay que dar los pasos.
No la podemos hacer de cualquier manera. Nunca podré ir a ayudar al hermano desde mi autosuficiencia o desde mi orgullo de creerme mejor. Si voy con amor tengo que ir con humildad. Yo soy también pecador y tantas veces yerro también en mi vida. podré acercarme al hermano para ayudarle a quitar la paja de su ojo, reconociendo que quizá en mi vida hay o ha habido muchas veces tremendas vigas de errores y pecados. Es la humildad del que ama y se sabe también pecador lo que mejor puede convencer al hermano, lo que mejor puede ayudarle. No olvidemos tenemos que ser instrumentos de paz y de amor.
El evangelio de hoy nos habla también de otras dos cosas. La autoridad que confía Jesús a su Iglesia para atar y para desatar, para el perdón de los pecados. ‘Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo’. Cuando recibimos el perdón en la Iglesia, en el sacramento de la Reconciliación y del perdón, estamos recibiendo el perdón de Dios, si con la debida humildad y arrepentimiento nos hemos acercado al sacramento.
Y finalmente nos habla también del valor y del poder de la oración cuando la hacemos en unión con los hermanos. ‘Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo’. Es importante y necesaria nuestra oración personal, porque cada uno en el interior de su corazón ha de saber encontrarse con el Padre del cielo para escucharle y para pedirle, para darle gracias y para alabarle y bendecirle.
Pero Jesús nos dice que cuando oramos unidos a los hermanos todavía nuestra oración tiene más garantía de ser escuchada. Y ¿por qué? ‘Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Donde nos unimos y nos amamos allí está Dios, allí está Jesús. Ojalá sepamos vivir en esa comunión de hermanos; ojalá sepamos vivir también con profunda comunión de hermanos nuestra oración; ojalá sepamos descubrir esa presencia maravillosa de Jesús allí donde estemos dos o tres reunidos en su nombre.
¿No va a estar también cuando estamos reunidos como verdadera comunidad cristiana, en verdadera comunión de hermanos?

martes, 12 de agosto de 2008

Me supo en la boca como la miel

Ez. 2, 8-3, 4
Sal. 118
Mt. 18, 1-5.10.12-14

‘Hijo de Adán, como lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la Casa de Israel... y diles mis palabras’. Así el Señor en una visión se la manifiesta a Ezequiel, a quien había elegido como profeta – ‘se apoyó sobre mí la mano del Señor’, escuchamos ayer – y le hace comer el libro de la Palabra de Dios. ‘Abrí la boca y me dio a comer el volumen’.
Es muy significativa la imagen profética. El profeta que va a decir la Palabra del Señor tiene antes que comer esa Palabra de Dios. No podrá trasmitir lo que antes no haya asimilado. ‘Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel’. Por eso en el salmo hemos recitado: ‘¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!... mi alegría es el camino de tus preceptos... son mi delicia... más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata... dulce al paladar más que miel en la boca... mi herencia perpetua... alegría de mi corazón...’
Imagen muy significativa que primero que nadie tenemos que escuchar quienes tenemos la misión de anunciar la Palabra del Señor. No puedo anunciar lo que antes no haya yo escuchado en mi corazón. Con temblor me atrevo a anunciar la Palabra del Señor y con la responsabilidad de haberla asumido primero en mi vida. Soy el primer oyente de la Palabra que anuncio. Eso trato de hacer siempre haciendo oración con esa Palabra antes que anunciarla. Miro mi vida y veo mis limitaciones y cómo no siempre planto como debo esa Palabra del Señor en mi vida y siento la responsabilidad del anti-testimonio que pueda dar mi vida, en la que no siempre se traduce la Palabra del Señor. Que el Señor me ilumine para que me deje transformar por su Palabra. Que no me atreva nunca a anunciarla sin antes yo haberla comido en mi corazón.
Pero todos tenemos que acercarnos con ese amor y responsabilidad a la Palabra de Dios. Todos tenemos que comerla para asimilarla totalmente en nuestra vida. Todos tenemos que descubrir y sentir esa delicia que tienen que ser para nosotros las palabras que nos dirige el Señor.
El Apocalipsis recogiendo esta misma imagen de comer el libro de la Palabra del Señor dice que la palabra es dulce al paladar, pero le produce ardor en el estómago. ‘Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro del ángel y me lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor’. Es dulce la Palabra del Señor, es nuestra delicia, pero es también Palabra llega a la realidad de nuestra vida, señalando lo que hay que corregir, que mejorar, que cambiar, que hacer nuevo. Y eso producirá siempre desgarro en nuestro interior. Como la medicina que nos escuece en la herida, pero que nos sana.
Así tenemos que dejar que la Palabra llegue a nosotros deseando esa salud y esa salvación. Es una Palabra viva que nos arranca del mal y de la muerte y nos llena de vida. No nos resistamos a la Palabra de Dios. No temamos que la Palabra denuncie el mal que hay en nuestra vida. Por muy dulce que sea a nuestro paladar, porque nos trae toda la dulzura de Dios, no puede ser una dormidera para nuestra conciencia y, por otra parte, no puede dejar de arrancar de nosotros el mal que se haya penetrado en nuestro corazón.
Que siempre podamos decir ‘¡Qué dulce es al paladar tu palabra, y alegría para mi corazón!’

lunes, 11 de agosto de 2008

Meta, camino y esperanza: la gloria del Señor

Meta, camino y esperanza: la gloria del Señor
Ez. 1, 2-5.24-2,1
Sal. 148
Mt. 17, 21-26

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’. Así cantamos la alabanza y la gloria del Señor unidos a los ángeles y a los santos cuando tomamos palabras de la misma Biblia en los profetas o el Apocalipsis en la celebración de la Eucaristía.
Todo está lleno de la gloria del Señor. Todo para la gloria del Señor. Todas las criaturas bendicen y alaban al Señor: ‘los ángeles del cielo, los reyes y los pueblos del orbe, los príncipes y los jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Hoy hemos comenzado a escuchar en la primera lectura de la misa diaria la profecía de Ezequiel. Lo haremos durante dos semanas. ‘En el año quinto de la deportación del rey Joaquín... vino la palabra del Señor a Ezequiel... en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar. Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor...’ Así con esa precisión histórica nos relata cómo el Señor le escogió para la misión profética. ‘Se apoyó sobre mí la mano del Señor’.
Eran tiempos difíciles y duros para los judíos. Habían sido llevados a la cautividad lejos de su tierra. No tenían reyes ni profetas; no tenían donde dar culto al Señor porque el templo había sido profanado; la ciudad santa de Jerusalén había sido destruida. La palabra del profeta tenía que ser una palabra de vida y de esperanza, una palabra que les animara y les ilusionara. Por eso el profeta les habla de la gloria de Dios que contempla en una visión. No podían dar culto al Señor, pero la gloria del Señor no se apagaría nunca. Todo tiene que seguir siendo un cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Es difícil expresar con palabras humanas lo que es la gloria del Señor. Por eso el profeta se vale de imágenes y comparaciones: resplandores y relampagueos, estruendos como terremotos y luces brillantes. ‘Era la apariencia visible de la gloria del Señor’, dice el profeta no encontrando las palabras adecuadas para expresarlo.
Esa gloria del Señor se nos manifiesta ahora en Jesucristo. Estamos llamados a vivir su gloria. Un día podremos contemplar su gloria en el cielo. Es nuestra meta y nuestra esperanza. A eso aspiramos y a eso ansiamos fiados de la Palabra del Señor que nos lo anuncia. Estos días, cuando contemplábamos la gloria del Señor que se manifestaba en el Tabor, decíamos que era un rayo de esperanza para nuestras vidas, porque así podríamos contemplar en el cielo la gloria del Señor, porque además así también nosotros nos veríamos transformados por la gracia.
‘Dios nos llama por medio de su Evangelio para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo’. Fue la aclamación del aleluya al Evangelio. Sea nuestra la gloria de Jesucristo. Y Cristo nos manifiesta ahora la gloria del Señor viviendo en medio nuestro, caminando por los caminos de Galilea y Palestina, padeciendo y muriendo por nosotros en la cruz y resucitando. Así contemplamos a Jesús cercano, mostrándonos lo que es el amor de Dios que es manifestarnos su gloria. Así contemplamos a Jesús viviendo como uno de nosotros y sometiéndose a las leyes de este mundo. Como un judío más paga sus tributos. Lo contemplamos en el evangelio de hoy.
Está junto a nosotros y nos enseña. Está junto a nosotros y levanta nuestra esperanza. Está junto a nosotros y nos inunda con su amor. Está junto a nosotros y por El, y con El, y en El damos todo honor y toda gloria a Dios Padre para siempre. No son solo las palabras que repetimos en la Misa, en el momento culminante de la Ofrenda, sino que es la ofrenda de toda nuestra vida y en cada instante, porque siempre queremos dar gloria al Señor. Un día podremos cantar esa gloria eterna en el cielo. Es nuestra meta, nuestro camino y nuestra esperanza.

domingo, 10 de agosto de 2008

Una experiencia de Dios que nos transforma


1Rey. 19, 9-13
Sal. 84
Rom. 9, 1-5
Mt. 14, 22-33

A todos nos gustaría que el camino de la vida fuera fácil, viviéramos sin agobios ni problemas, sin sobresaltos, tuviéramos más o menos resueltas nuestras necesidades con nuestro trabajo, todos nos lleváramos bien y viviéramos en paz. Aunque sabemos que es un sueño y que la vida está llena de luchas y dificultades, nos exige un esfuerzo continuo.
Igualmente lo deseamos para nuestra vida cristiana: nos gustaría no tener dificultades y las tentaciones; nos gustaría poder avanzar en nuestra vida espiritual que nos lleve cada vez mejor a Dios. Nos gustaría otro mundo, otra experiencia, que viviéramos una mayor unidad entre nosotros, que nos amáramos más, que no tuviéramos viento en contra. Algunas veces pensamos qué es lo que hacemos o lo que tendríamos que hacer como cristianos en este mundo que nos ha tocado vivir. Ojalá fuéramos capaces de descubrir la presencia de Dios en todo momento sin dudas ni confusiones.
Quizá muchos no se planteen nada de esto, sino que se contentan con vivir la rutina de cada día, dejándose llevar, dejándose arrastrar por lo que todos hacen y no se preguntan ni desean nada más. Les molesta incluso que se les haga una reflexión profunda. Para algunos, eso de ser cristiano, del evangelio, de la fe, les dice poca cosa, porque quizá no han vivido, o no han descubierto, lo que es ser cristiano de verdad.
Cuando vienen las dificultades, o se hacen pasotas, o huyen y lo abandonan todo (lo mejor es olvidarse de la fe, piensan algunos), o se amargan, porque no se sabe como afrontar esos problemas de la vida, o no se ha tenido una experiencia espiritual honda e intensa que dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de dos experiencias de dificultades. Por una parte, Elías huye a la montaña, porque grandes eran las dificultades que tiene para realizar su misión profética. No entramos ahora en detalles pero ese es el contexto. Y por otra, vemos a los discípulos bregando con dificultad en el lago porque tenían el viento en contra, y estaban llenos de temores y miedos como para ver fantasmas por todos lados. Una experiencia de Dios en los dos casos hace que todo cambie en sus vidas.
Elías buscaba a Dios. Se sentía impotente en su misión y quería morir. Quería encontrarlo en cosas portentosas, de las que incluso se había valido en su misión como profeta. La imagen que se nos presenta en el texto, con hondo significado, es que Dios no estaba en la tormenta, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego, no estaba en el viento. Cuando hace silencio para ser capaz de escuchar un susurro se dará cuenta de la presencia de Dios: ‘al sentirlo Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso a la entrada de la cueva’, que era una forma de expresar que había descubierto que estaba en la presencia de Dios; presencia que le impulsará a volver para seguir con la fuerza de Dios desarrollando su misión.
Los discípulos llenos de miedo creen ver un fantasma, porque se veían solos y les parecía que la dificultad en la que se encontraban superaba sus fuerzas. Jesús se les manifiesta sobre el agua y sobre la tormenta, les habla – ‘soy yo, les dice, no temáis’ – y le tiende la mano a Pedro para que no se hunda. El estaba allí aunque ellos estaban llenos de confusión en su interior. Pero cuando lo descubren, escuchan su voz, sienten su mano amiga, proclamarán su fe. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, confiesan. Todo cambia.
Necesitamos vivir esa experiencia de Dios. Hacer silencio en nuestro corazón para descubrirle y para escucharle. Muchas veces nos habla como en un susurro. Pero quizá nosotros estamos preocupados por decirle tantas cosas, por pedirle tantas cosas que no abrimos nuestros oídos para escucharle, para sentirle. ‘Soy yo’, nos dice. ‘¿Por qué dudáis?’ Es el Señor. Esa expresión ‘Yo soy’, es el nombre de Dios que se revela en el Antiguo Testamento. Yo soy, yo estoy contigo, nos está diciendo el Señor.
Creo que necesitamos aprender a orar. Pero aprender a orar no es simplemente aprender a recitar rezos y oraciones con las que nosotros decimos muchas cosas a Dios. Aprender a orar es aprender a escuchar, aprender a hacer silencio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida. Como Elías allá en lo alto de la montaña. Sin temor a que los silencios nos incomoden, o nos resulten largos, o pensemos que es tiempo perdido cuando tantas cosas tenemos que decirle a Dios.
En esa escucha de Dios entenderemos que Dios nos ha puesto en este mundo concreto y ahí también está El, y El también ama a ese mundo. Y aunque tengamos muchos vientos en contra, tenemos que remar, tenemos que sembrar la semilla, tenemos que dar nuestro testimonio, tenemos que manifestarnos como testigos, tenemos que transformarlo, así como nosotros nos hemos dejado transformar.
Descubriremos la misión que nos confía y el sentido de nuestra presencia en este nuestro mundo. Se acabarán las dudas y las confusiones. Y comenzaremos a amar a nuestros hermanos con el mismo amor que Dios les tiene. Y nos llenaremos de paciencia, pero también de ardor, de fuego en nuestro corazón para llevar la luz de la fe, para llevar ese amor de Dios a los demás.