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miércoles, 22 de agosto de 2012


La humilde esclava del Señor fue exaltada como Reina del universo
Is. 9, 1-6; Sal. 112; Lc. 1, 26-38

Esta fiesta de María Reina del Universo fue introducida en la liturgia romana por el Papa Pío XII en 1954, el año mariano, celebrándose el 31 de mayo como culminación del mes mariano que era el mes de mayo. Fue el papa Pablo VI tras la reforma conciliar de la liturgia y del calendario de fiestas de la Iglesia el que traslado la fiesta de María Reina al 22 de agosto, en medio de las fiestas de la glorificación de María celebrada el 15 de Agosto y siendo así casi como una octava de la fiesta de la Asunción.

Hemos de ver, pues, esta fiesta en el marco de las celebraciones en que contemplamos a María glorificada participando ya plenamente de la gloria del cielo llevada por su Hijo Jesús. ‘La Virgen Inmaculada, enseña el concilio Vaticano II, terminad el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada como Reina del Universo, para que se asemeje más a su Hijo, Señor de señores, y vencedor del pecado y de la muerte’.

Reina gloriosa podemos llamar y contemplar a María, desde su humildad exaltada a la gloria del cielo. En la tierra fue la humilde esclava del Señor. Y si Jesús nos diría que sería grande e importante, sería el primero en el reino de los cielos el que se hiciera el último y el servidor de todos, qué podemos decir de María, la que se llamó a sí mismo la humilde esclava del Señor - lo escuchamos en el evangelio -, para ser la servidora fiel y humilde que buscaba siempre el bien y siempre la gloria del Señor. Siendo la última la podemos contemplar como la primera, siendo la servidora la podemos contemplar entonces como la Reina.

Reina madre la podemos llamar también porque dio a luz al Rey de cielo y tierra, el rey mesiánico que se sienta sobre el trono de David y su reino. Por eso en la liturgia hoy así la invocamos y ese fue el sentido de la oración litúrgica de esta fiesta; ‘nos has dado como madre y como reina a la madre de tu Unigénito’.

María es también la reina suplicante ya que ‘exaltada sobre los ángeles, reina gloriosa con su Hijo, intercediendo por todos los hombres como abogada de gracia y reina del universo’, como la cantamos en el prefacio. Recordamos a la reina Esther, figura de María la reina suplicante, que se atreve a acercarse hasta el trono del rey para interceder por su pueblo. Así María, es la madre y es la reina intercesora que como abogada nuestra está siempre intercediendo por sus hijos.

Finalmente decir que la podemos contemplar como reina tipo de la gloria futura de la Iglesia. Ya en la fiesta de la Asunción reconocíamos que se convertía en esperanza para el pueblo aún peregrino en la tierra, y podemos decir hoy al verla así glorificada como reina en el cielo que es imagen de la plenitud que un día la Iglesia vivirá.

Somos un pueblo de reyes, como nos enseña san Pedro en sus cartas, y en María reina contemplamos lo que es la plenitud de ese Reino de Dios que a todos nos hace reyes por nuestra configuración con Cristo. Cómo no verlo realizado en plenitud en María y en ella ver la imagen de la plenitud que un día la Iglesia alcanzará.

Nos alegramos y nos gozamos, festejamos a María y le queremos mostrar todo nuestro amor. Pero contemplando toda esta gloria de María, su humildad y su santidad, su amor de madre y la protección que ella realiza sobre nosotros desde el cielo, al mismo tiempo nos sentimos elevados con María; elevados para imitar sus virtudes y su santidad, para parecernos a María, para llenar nuestro corazón de humildad y de amor porque es el mejor camino para acercarnos a la gloria de Dios.

No olvidemos nunca, y para ello no dejemos de mirar a María, que la humildad es el mejor camino que nos lleva hasta Dios, que el servicio en el amor es el que nos hace verdaderamente grandes, y que en la ternura con que llenamos nuestro corazón a la manera de María hemos de hacer que todos quepan en él, porque nunca hagamos discriminación en nuestra vida y que si algunos han de ser los preferidos han de ser los pobres y los que los demás consideren los últimos porque así nos pareceremos más a María y seremos mejores hijos de Dios.

sábado, 22 de agosto de 2009

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles


Is. 9, 1-6
Sal.117
Lc. 1, 26-38



‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles… Reina del cielo, alégrate…’, la aclama la Iglesia en los himnos de su liturgia. Y nosotros le rezamos y la aclamamos: ‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ Reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de las vírgenes… reina de la paz, reina de la familia, reina de todos los hombres… reina de la gracia, reina de la vida… le aclamamos y le suplicamos en letanía diciéndole una y otra vez ‘ruega por nosotros’.
‘Aleluya, aleluya, el Señor es nuestro Rey…’ reza un canto de la liturgia. Nuestro único Rey es el Señor, nuestro Dios. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de un hijo le dice: ‘y darás a luz un hijo… y se llamará el Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Lo había anunciado el profeta: ‘Lleva a hombros el Principado, y es su nombre Maravilla de Consejero… Príncipe de la Paz… para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y su Reino’.
Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, donde reconoceremos la Señorío y la Soberanía de Dios sobre toda la creación. Un Reino de Dios donde todos participamos, por el que trabajamos los que creemos y seguimos a Jesús. Cristo nos llama a participar en su Reino y nos hace reyes; unidos a Cristo desde nuestro Bautismo con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Y participamos de su Reino, perteneceremos a ese Reino en la medida en que aprendamos a ser grandes pero desde el servicio y la humildad, sólo haciéndonos los últimos y los servidores de todos.
Hoy proclamamos a María Reino y Señora nuestra. Cuándo mejor que al celebrar la octava de su glorificación al cielo en su Asunción a los cielos. Cuando meditamos el misterio de Cristo y unido a Cristo el misterio de María en el rezo del rosario, después de haber meditado en uno de sus misterios en la Asunción de María al cielo, a continuación la contemplamos como Reina y Señora de toda la creación.
Es lo que hoy en esta fiesta queremos proclamar. María Reina, partícipe del Reinado de Cristo, su Hijo, pero porque ella es la primera que reconoce ese Señorío de Dios sobre su vida. Alaba y ensalza al Señor que es grande. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador’, es el comienzo de su cántico de alabanza y reconocimiento de lo que son las obras de Dios en su vida. Pero María es la que es toda para Dios. Dijo ‘Sí’ a Dios porque por encima de todo está siempre la voluntad de Dios. Y María es la que se hace la última y la servidora de todos y del Señor, porque ella no se ve a sí misma, sino como la humilde esclava del Señor. ‘Hágase (fiat) en mí según tu Palabra. Aquí está la esclava del Señor’.
Maria se una a Cristo más que ninguna otra criatura. Por eso participa como nadie en el Reinado de su Hijo y nosotros que la amamos – Jesús, su Hijo, nos la dejó como Madre al pie de la Cruz – no podemos menos que llamarla Reina y Señora nuestra.
María, nuestra Reina, está de pie, a la derecha de Cristo, al pie de la cruz, enjoyada de oro, vestida de perlas y brocado’, como la proclaman las antífonas de la liturgia.

viernes, 22 de agosto de 2008

Las joyas de la corona de María

Is. 9, 1-6
Sal. 112
Lc. 1, 26-38

Hace ocho días contemplábamos ‘una figura portentosa aparecida en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’. Era la imagen bella del Apocalipsis que la liturgia aplicaba a María en su Asunción y glorificación en el cielo.
Hoy queremos seguir cantando la alabanza de María, en esta como octava de su Asunción al cielo, y la llamamos y la invocamos, como tantas veces decimos en las oraciones de la piedad popular ‘Reina y Madre de misericordia’. Así la proclamamos y la celebramos en este día. Es la Madre de Dios, que es también nuestra madre. Para ella la mejor alabanza y los mejores cantos, los más bellos piropos y las más fervientes oraciones. Así la contemplamos glorificada y viviendo ya en plenitud el Reino de los cielos, porque el Señor Dios, su Hijo, la liberó de la muerte y la llevó gloriosa al cielo.
María, Reina de los santos, de los mártires, de los apóstoles, de los confesores, de los vírgenes. Así la llamamos y la invocamos y así la queremos representar en nuestras imágenes, porque para ella que es nuestra Madre queremos lo mejor y la queremos ver cómo la más bella coronada de gracia y santidad.
En nuestra piedad y en nuestra más tierna devoción a María queremos vestirla con las mejores galas y por eso sus imágenes van cubiertas con los más hermosos mantos, la adornamos de nuestras mejores joyas y la coronamos con suntuosas coronas porque siempre la queremos ver como nuestra Madre y nuestra Reina.
Pero ¿cuáles son las más hermosas joyas que adornan a María y las gloriosas coronas? No sabemos como mejor honrarla y terminamos por cubrirla con esas riquezas humanas, ella la que se hizo pobre y humilde para ser siempre la servidora del Señor y de los pobres, la que cantó al Señor que derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes.
Su más grandiosa corona y sus joyas más hermosas son su santidad y todas las virtudes que la adornan. ‘Llena de gracia’, la llama el ángel de la Anunciación, ‘porque has encontrado gracia ante el Señor’. Esa es la belleza de María, esas son sus joyas y esa es su más hermosa corona.
Cuando nosotros queremos honrarla y mostrarle todo nuestro amor, las mejores joyas que podamos ofrecerle serán siempre la imitación que hagamos de su santidad y de sus virtudes. Copiar a María en nosotros; vestirnos de María, pero no externamente sino porque en la santidad de nuestra vida, estemos reflejando e imitando su santidad. Que seamos buenos hijos de María y así nosotros nos engastemos en su corona como bellas joyas porque resplandezcamos por nuestro amor y nuestro espíritu de servicio, por la paz que llevemos en el corazón y con la que contagiemos a los demás, por la búsqueda de todo lo bueno y por el resplandor de la verdad de nuestra vida. Que así brillemos en nuestra santidad.
‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, Virgen gloriosa, entre todas la más bella. Salve, oh hermosa doncella, ruega a Cristo por nosotros’.