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lunes, 10 de agosto de 2015
Entregarnos, darnos desde el servicio, desde el compartir, desde la generosidad de corazón, en silencio, quemando la vida en el amor
lunes, 29 de agosto de 2011
El Bautista testigo de la verdad y de la justicia con su vida y con su muerte
Jer. 1, 17-19;
Sal. 70;
Mc. 6, 17-29
‘Precursor del nacimiento y de la muerte de Jesús’, lo proclama la liturgia en este día en que celebramos el martirio de Juan Bautista, cuyo relato hemos escuchado en el evangelio. Pero aún dice más porque lo llama también ‘mártir de la verdad y de la justicia’.
El 24 de junio celebrábamos su nacimiento en una clara referencia al nacimiento de Jesús, cuya natividad celebramos seis meses después. El ángel Gabriel vino a hacer a María el anuncio de la Encarnación a los seis meses del anuncio del ángel a Zacarías en el templo. Y, por otra parte, de manera especial contemplamos la figura del Bautista en el tiempo del Adviento en la cercanía de Navidad, porque su figura de Precursor del Mesías nos ayuda en ese momento litúrgico para avivar nuestra esperanza y prepararnos para el nacimiento de Jesús.
Pero cuando ahora estamos celebrando en este día su martirio lo contemplamos también como nos dice la liturgia como ‘Precursor de la muerte de Jesús’. Juan fue con toda su vida un testigo de la verdad que anunciaba la luz que llegaba a este mundo. Y ese testimonio lo llevó hasta el final, hasta la entrega en el sacrificio y en la muerte.
Fiel a la palabra que anunciaba no tuvo temor ante los poderosos para denunciar siempre lo que era malo e invitar al camino del bien y de la justicia. Igual que le señalaba el camino de rectitud, de justicia y de amor que habían de vivir, como nos cuenta el evangelio, a todos aquellos que venían hasta él para bautizarse en el Jordán como una señal la predisposición a prepararse para la inminente llegada del Mesias que él anunciaba ya cercana, no temió denunciar la maldad del corazón de Herodes que le llevó a la prisión y luego a la muerte al ser decapitado.
Un testigo fue Juan con su vida y con su muerte. ‘Mártir – testigo, que eso significa la palabra – de la verdad y de la justicia’, como nos dice la liturgia hoy. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos’, anunciaría Jesús en las Bienaventuranzas, que además hemos recordado como antífona del Aleluya antes del Evangelio. En Juan vemos cumplida, realizada esa bienaventuranza. Vislumbraba lo que era el Reino de Dios que venía a instaurar Jesús y él mismo se preparaba con la vida de austeridad y penitencia en el desierto, lo mismo que invitaba a la conversión a los que acudían a él. Vino él a vivir en plenitud ese reino de Dios; de él fue el reino de los cielos, porque dio su vida por la causa de la justicia.
Cuando nosotros hoy celebramos esta memoria litúrgica del martirio del Bautista éste es el mensaje que hemos de aprender a llevar a nuestra vida. Escuchar la palabra de Juan que nos invita a la conversión; pero contemplar esa Palabra de Dios plantada hondamente en la vida del Bautista para aprender a llevarla nosotros de la misma manera a nuestra vida. También nosotros hemos de ser esos testigos de la verdad y de la justicia. Ese amor a la verdad, esa lucha por la justicia es algo de lo que tiene que estar impregnada nuestra vida para que lleguemos a confesar no solo de palabra sino con toda nuestra vida, con nuestras actitudes y nuestros actos esa fe que nosotros tenemos en Jesús para vivir su evangelio.
Algunas veces nos puede costar, hacérsenos difícil ese anuncio y ese testimonio. Pero en nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor que es Espíritu de fortaleza. En la primera lectura hemos escuchado a Jeremías, que, como nos decía ayer, sentía arder en su corazón la Palabra del Señor que no podía callar. Hoy el profeta escucha esa palabra de Dios que le anima y le fortalece: ‘No les tengas miedo… yo te convierto en plaza fuerte, en columna de hierro… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte…’
Así tenemos la certeza de la fortaleza del Señor en nuestra vida para ser esos testigos de la verdad, de la justicia, de la luz, del amor.
sábado, 29 de agosto de 2009
Con el Bautista testigos de la verdad con nuestra confesión de fe

Sal. 70
Mc. 6, 17-29
El evangelio nos hace el relato del martirio de Juan el Bautista. Profeta que anunciaba la Palabra de la verdad para preparar el camino del Señor a todos iba diciendo lo que tenían que cambiar en su vida, denunciando lo malo y estimulando para lo bueno. Como suele suceder a los buenos y a los profetas pronto se encontrarán a quienes no agraden sus palabras. El Bautista denunciaba la vida irregular de Herodes y a instancias de Herodías Juan estaba en la cárcel, y ya conocemos su fin.
‘Mártir de la verdad y de la justicia’, lo llama la liturgia en la oración de este día. Testigo de la verdad, testigo de la vida y que por ello dio su vida. Lo contemplamos en este día en el supremo testimonio por el nombre de Cristo derramando su sangre, entregando su vida. Un anticipo de la Pascua de Cristo, en la que el Bautista ya está bebiendo el cáliz del martirio.
A través del año litúrgico en distintos momentos nos va apareciendo la figura de Juan con los que se ve complementando la presentación de su vida y su misión. En el Adviento lo vemos como Precursor del Mesías, ‘la voz que clamaba en el desierto para preparar el camino del Señor’. Es la presencia del profeta que anuncia y que prepara los corazones.
En su nacimiento ‘será motivo de alegría para muchos’, como se nos dice en el prefacio de la Misa de hoy. Por la montaña corrió la noticia y todos venían a felicitar a Isabel por la gracia que le había hecho el Señor y, como ya hemos meditado en otras ocasiones, la gente se preguntaba ‘¿qué va a ser de este niño?’ Zacarías lo proclamaría en su cántico de acción de gracias y bendición a Dios como ‘el profeta del Altísimo… que preparará para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre otros momentos volveremos a encontrarlo en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Será testigo de la manifestación de la gloria del Señor cuando ‘al salir del agua el Espíritu vino sobre Jesús en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre’ señalando a Jesús como su Hijo amado. Pero será a continuación después de esa experiencia cuando lo señale a sus discípulos.
Le habían preguntado en embajada desde Jerusalén quién era él, si el Mesías, si un profeta, su Elias o alguno de los antiguos profetas, y el sólo decía que era ‘la voz que grita en el desierto’, y que lo único que quería era menguar él para que creciera el que había de venir. Por eso señala a los discípulos ‘éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, y había dejado que Juan y Andrés se fueran con Jesús. Más tarde desde la cárcel enviará a otros discípulos para que vayan a Jesús a preguntarle ‘si era El quien había de venir, o habían de esperar a otro’: no es que Juan no supiese quien era Jesús pero lo que deseaba era que sus discípulos lo conociesen y se fuesen también con Jesús. Su misión, dar paso a Jesús.
Ahora es el momento del supremo testimonio. ‘Nos enseña de palabra y da testimonio con su sangre’, como decimos en la liturgia. ‘Dio con su sangre supremo testimonio por el nombre de Cristo’. Como decíamos antes, es un anticipo de la Pascua. Normalmente pensamos en Juan como Precursor del Mesías, pero la liturgia lo llama ‘Precursor de su nacimiento y de su muerte’. Con su muerte está anunciando la muerte de Cristo; con su inmolación y su propia pascua está anticipándonos la Pascua de Jesús, que será la nueva y definitiva Pascua.
Si en el desierto escuchábamos su invitación a la conversión ahora con el testimonio de su martirio nos está invitando a una profunda confesión de fe. Entonces decía a la gente que habían de caminar por sendas de rectitud, de justicia y de solidaridad; la gente la preguntaba ‘¿qué tenemos que hacer?’ y él iba señalando a cada uno cómo había de actuar honradamente en su vida y en su profesión y cómo tenía que compartir con los demás. Ahora el valor y la fortaleza de su martirio nos pide una valiente confesión de fue por nuestra parte.
Recogemos las palabras de Jeremías y las hacemos como dichas para nosotros. El Señor le había confiado también una misión donde le pedía ser fuerte. ‘Ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo…yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Con nuestra fe somos ‘plaza fuerte, colmena de hierro, muralla de bronce’. Tenemos la seguridad de la fortaleza y la gracia del Señor para dar el testimonio de nuestra fe. Es la confesión de fe a la que nos invita hoy la fiesta del martirio del Bautista.
