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sábado, 16 de julio de 2022

Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor

 


Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor

Miqueas 2, 1-5; Sal 9; Mateo 12, 14-21

La luz nos chirría en los ojos. Vamos a decirlo así, es como una metáfora; empleando esa palabra, chirriar, más bien nos parecería que nos referimos a los oídos, pero quien emplearla así, tal como me salió de entrada. Y es que la luz en ocasiones nos molesta; unos ojos acostumbrados a las sombras y andar entre oscuridades, cuando salen a la luz se ciegan, parece que no pueden ver.

Pero a lo que nos queremos referir no es que no podamos recibir la luz, es que en ocasiones no queremos recibir la luz, preferimos nuestras sombras, así no nos enteramos de la verdad; nos molestan las verdades en la vida, hoy ocasiones en que no queremos escucharlas. Preferimos seguir en nuestras sombras sin ver la realidad; el bien que hacen los que están a nuestro lado nos molesta, no queremos enterarnos, si pudiéramos lo ocultaríamos, porque se puede convertir en una denuncia para nuestra vida, que no siempre opta por esos caminos de bien.

Molestaba Jesús y quieren quitárselo de en medio. Andan tramando cómo quitarlo de en medio, nos dice hoy el evangelio. La presencia de Jesús era en sí misma denuncia para sus vidas. ¿Cómo podría pasar Jesús al lado de una persona que estuviera sufriendo y no la remediara? Hay una forma, cerrar los ojos, para no ver y para no enterarnos. Pero Jesús nos cierra los ojos, Jesús va allí donde está la vida y está el sufrimiento, Jesús abre las puertas y si es necesario deja que le rompan los tejados, para que todo el sufre pueda llegar hasta El. Lo vemos repetidamente en el evangelio.

Ahora han pretendido que Jesús no curara al hombre de la mano paralítica o a aquel que estaba poseído por el mal, porque era sábado, porque estaba en la sinagoga, porque ese día no se puede trabajar, porque la sinagoga no es un consultorio médico sino un lugar para rezar.

Pero Jesús cura a uno y otro, Jesús se acerca a todos los que están sufriendo, aunque tenga que buscarlo en el barullo de la piscina probática, aunque tenga que detenerse por las calles de Jerusalén para fijarse en el ciego que está pidiendo al borde de la calle, aunque pare su camino de subida a Jerusalén porque Bartimeo está gritando al borde del camino desde su ceguera. Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a El.

Ojalá aprendiéramos a ir con los ojos abiertos por la vida, con la antena de nuestra sintonía levantada, con los ojos y oídos atentos para escuchar el clamor de tantos a nuestro lado. Pensamos que todos son felices, porque muchas veces eso queremos aparentar, o porque eso nosotros queremos ver, porque no queremos enterarnos de lo que sucede alrededor.

Hay sufrimiento, hay corazones rotos, hay muchas soledades, hay muchos dramas, hay muchas tensiones entre unos y otros porque no se ha sabido encontrar esa paz interior, hay mucha gente que se siente desorientada y no sabe qué rumbo tomar en la vida. Muchas de las cosas que vemos en ocasiones son escapatorias de las que se valen muchos para calmar o disimular sus angustias o sus sufrimientos. Y nosotros vamos por la vida tan insensibles, pensando siempre que todo marcha bien. ¿Nos chirrían los ojos, como decíamos al principio?

A Jesús no le dejarán actuar en la sinagoga y andan al acecho detrás de él, pero vemos que se va a todas partes y son muchos los que le siguen y a todos cura, a todos sana allá en lo más hondo de sus corazones. Y el evangelista recuerda la profecía del que viene lleno del Espíritu del Señor y no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante. Todo los renueva, todo lo llena de vida, todo lo hace florecer de nuevo, todo lo hace brillar con nueva luz.

¿No nos dice algo todo eso a nosotros? ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos haciendo? Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor.

viernes, 15 de julio de 2022

Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

 


Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is. 38, 10-12; Mateo 12, 1-8

Algunas veces somos incongruentes y contradictorios. Según nos vaya o nos pueda ir, aceptamos o no aquello que nos parece que más nos conviene. Somos los más rebeldes del mundo a todo lo que signifique norma que para nosotros pueda representar imposición, pero nos llenamos de reglamentos, de protocolos, de reglas de todas clases con las que decimos que pretendemos tener todo muy asegurado y en orden para saber en todo momento lo que tenemos que hacer. Y entretenidos andamos con esos protocolos pero hacemos las cosas sin vida, sin hondura, sin encontrarle un hondo significado y valor. ¿De qué nos vale que andemos así?

Pero esto no es nuevo, esto es algo que siempre nos ha sucedido, pero no por eso debemos de contentarnos, relajarnos o no darle importancia. Creo que en nuestra madurez humana hemos de saber encontrar el sentido de las cosas, y darle valor a lo que realmente es primordial. No se trata de rechazar sin más aquello que no nos guste o muchas veces se pueda convertir en una rutina de nuestra vida, sino saberle encontrar el sentido y el valor a lo que hacemos. Siempre tenemos que buscar el valor de la persona, siempre busquemos el mejor trato que podamos tener con los que están a nuestro lado, siempre llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, para saber valorar, para saber descubrir también la riqueza espiritual que podemos encontrar en la otra persona.

Algunos le preguntaban a Jesús si venía a abolir la ley porque quería hacer algo nuevo, pero otros se aferraban a sus costumbres y rituales, aunque algunas veces hubieran perdido su sentido al realizarlas. Ahora andaban muy preocupados por el tema de los ayunos y de las penitencias que habían de imponerse o por los cumplimientos escrupulosos del descanso sabático.

Estaban los estrictos en la ley y en sus normas como eran los fariseos que lo llevaban hasta el escrúpulo más opresivo; había escuchado a Juan, por otra parte, cuando preparaba los caminos del Señor que les invitaba a la conversión para entender y aceptar el mundo nuevo que llegaba, pero para muchos aquellas palabras de Juan parecía que se quedaban en una invitación al ayuno. ¿No pedía Juan la conversión de sus corazones para poder aceptar al Mesías? Aquel enderezar caminos iba con ese sentido de renovación profunda de los corazones, pero quizá con las influencias de los que parecían los mayores cumplidores de la sociedad, como eran los fariseos, todo se había quedado en recordar los ayunos, por aquella austeridad que Juan había vivido en el desierto.

Ahora reclaman a Jesús que sus discípulos no ayunaban o hacían lo que no estaba permitido el sábado cuando arrancaban espigas en el camino para estrujarlas en sus manos y echarse a la boca unos granos. Ante la terquedad y cerrazón de aquellos corazones Jesús les dice que si no recuerdan lo que también está escrito en los profetas, misericordia quiero y no sacrificios. Era difícil de entender para algunos a los que parecía que la ley estaba por encima de todo. ¿De qué me vale todos los sacrificios que yo pueda ofrecer al Señor si mi corazón está encerrado en mi mismo y no soy capaz de tener la mínima compasión con el hermano que sufre a mi lado? ¿De qué me vale ese estricto cumplimiento de la ley si no soy capaz de ser compasivo y misericordioso con los demás?

Miremos si eso nos sigue pasando a nosotros hoy. Yo soy el primero que me miro a mi mismo cuando os hago estas reflexiones y no es que yo brille con mucha luz. No podemos faltar a la Iglesia para ir a misa el domingo, pero no tengo compasión con el que me encuentro en el camino, no soy capaz de perdonar al vecino al que le sigo guardando rencor por algo que me hizo y yo no olvido y al que no le dirijo la palabra. ¿Dónde está esa misericordia en mi vida? ¿Dónde reflejo yo con mis actos la misericordia del Señor de la que tengo que ser signo?

jueves, 14 de julio de 2022

Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

 


Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30

¡Qué cansado estoy! Seguramente lo habremos escuchado más de una vez al amigo, al familiar, o acaso lo hayamos dicho nosotros mismos. Llegamos al final de la tarde después de una jornada de intensa tarea y ya no damos un duro por nosotros mismos, nos sentimos agotados, sin fuerzas, estamos ansiosos por llegar al momento del descanso.

Pero hay otro cansancio anímico que se nos mete en el alma, nos sentimos sin ánimos y ya no es cuestión solo de fuerzas físicas, sino de ese entusiasmo necesario por emprender las cosas; vivimos en medio de tensiones, producidas por el mismo trabajo, pero también por los aconteceres de la vida y cuando vivimos como en una olla de presión al final la válvula si no está bien asegurada puede saltar; y es ese decaimiento que se nos mete en el alma, ese sentirnos quizás como aburridos porque nos agobian los problemas, porque las cosas no nos salen, porque tropezamos siempre en lo mismo, porque nos volvemos a encontrar con aquellas personas que no nos agradan o ya su presencia es un daño para nuestra vida, porque no avanzamos como nosotros quisiéramos, queremos superarnos en tantas cosas pero caemos de nuevo en las mismas rutinas, las mismas malas ‘mañas’, las mismas malas costumbres, y nos sentimos desalentado porque no vemos el avance que quisiéramos en la vida.

Y hoy Jesús nos dice que si estamos cansados y agobiados vayamos a El, es nuestro descanso y nuestra fortaleza. Contar con Jesús, contar a Jesús, eso ha de ser nuestra oración; no vamos solo a recapitular nuestros triunfos y hacer alarde de las cosas buenas que hacemos, como aquel fariseo de la parábola del evangelio cuando subió al templo a orar, sino que vamos a llevar todos esos nuestros agobios y cansancios y a ponerlos a los pies de Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

Algunas veces decimos que cuando vamos a la oración, tenemos que dejar a la puerta todas aquellas cosas que nos pueden distraer de nuestro encuentro con Dios, pero también tenemos que decir que cuando vamos a la oración tenemos que llevar todo eso que es nuestra vida también con nuestros cansancios y con nuestros agobios; para tratar de ello con Jesús, para dejarnos iluminar por su luz, para mirarlos con una mirada distinta – todo eso nos vamos a encontrar – pero también para descansar en el Señor.

Y también nos dice que aprendamos de El. ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Lo necesitamos. Esos mismos agobios de la vida nos ponen nerviosos, aparecen sensibilidades que no somos capaces de controlar; las cosas nos alborotan, nos hace perder la paz, nos sentimos intranquilos, todo nos cansa, nos cuesta ya hasta las más mínimas cosas que hemos de tener o hacer en relación con los nuestros, con los más cercanos, todo nos hiere y nos molesta. Aprendamos de la mansedumbre del corazón de Cristo; aprendamos ese camino de humildad para no alborotarnos con nuestra soberbia que pronto nos exalta y despierta en nosotros violencias que en otro momento no hubiéramos tenido.

Sepamos ir hasta Jesús, que sea auténtica nuestra oración, que haya un encuentro vivo con El, que comencemos a impregnarnos de su paz, que llenemos el corazón de esa mansedumbre; veremos a Dios, nos llenaremos de Dios, haremos brillar la paz de Dios en la tierra.

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

martes, 12 de julio de 2022

Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

 


Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24

A veces no somos lo suficientemente agradecidos; diera la impresión de que nos creemos que lo merecemos todo; y ya no es solo que en el momento en que recibimos algo de los demás nos surja o no la palabra de gratitud, sino que el agradecimiento se ha de manifestar en la actitud que tenemos hacia esas personas que han sido buenas con nosotros. No es que le vayamos a pagar lo que generosamente han hecho, porque no nos lo aceptarían, pero si es necesario tener unas buenas actitudes hacia esas personas que manifiesten que en verdad estamos agradecidos. Es algo muy sutil muchas veces, pero es necesaria esa delicadeza que no siempre tenemos. Pronto olvidamos lo que hemos recibido sin merecimiento. Algunas veces, cuando uno se da cuenta, no sabe como corregir esos olvidos de muestra de nuestra ingratitud y nuestra falta de delicadeza.

Esto que tiene una referencia muy clara a lo que son nuestras relaciones humanas con las personas con las que convivimos nos puede servir también para que recapacitemos y veamos lo que es nuestra relación con Dios y las muestras de agradecimiento que tenemos ante su amor.

¿Nos sucederá a nosotros algo semejante a lo de los leprosos que nos cuenta en una ocasión el evangelio? Habían suplicado al Maestro que les curara y Jesús les envió a que se presentaran a los sacerdotes para cumplir con todos los requisitos de la ley para una vez curados poder ser admitidos de nuevo en la comunidad. Pero uno de aquellos leprosos antes de acudir a cumplir con aquellos requisitos legales, se vino a los pies de Jesús para darle gracias porque lo había curado. ‘¿Los otros nueve dónde están?’ se pregunta Jesús. Nos preguntará que dónde estamos nosotros tras tanto que hemos recibido de sus manos.

Es la recriminación que hoy le vemos a hacer a aquellas ciudades de Galilea donde había anunciado la Buena Noticia del Reino de Dios y tantos signos había realizado, Corozaín, Betsaida y la misma Cafarnaún. Y las compara Jesús con otras ciudades que no habían recibido los beneficios de la presencia de Jesús, pero que si en ellas se hubieran realizado los milagros y signos que allí había realizado, seguro que hubieran emprendido el camino de la conversión.

Quizá en el momento en que Jesús había obrado milagros en aquellos lugares, muchos saldrían alabando a Dios que realiza tales cosas. Como tantos que cuando contemplaban las obras de Jesús se deshacían en alabanzas y bendiciones; son los momentos de fervor, que pronto se apagan, pronto nos enfriamos; son los momentos de los buenos propósitos, que cuando pasan unos días y volvemos a la rutina de siempre pronto olvidamos. Nos pasa tantas veces. Son tantas nuestras promesas y propósitos; son tantas las ocasiones en que nos decimos ahora sí voy a cambiar y desde ahora las cosas serán distintas, pero a la vuelta de la esquina volvimos con nuestras rutinas y nuestras malas costumbres.

Decir bonitas palabras es fácil, realizarlo en la vida de cada día, ya es otra cosa; qué pronto volvemos a la rutina, qué pronto volvemos a encerrarnos en nosotros, que pronto nuestra mirada se vuelve turbia otra vez, qué pronto dejamos de ver la presencia del Señor en aquel que nos sale al encuentro en el camino. Qué débiles e inconstantes somos.

Dejémonos envolver por la gracia del Señor que sea la que nos guíe y la que nos de fuerza, la que sea nuestra inspiración y la que nos impulse a actuar sin ningún temor y siempre con corazón agradecido. Cuánto tenemos que orar al Señor para lograrlo.

lunes, 11 de julio de 2022

Vivimos tan inmersos en estas luchas de cada día, de aquí abajo que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de vida eterna que nos da nuestra fe

 


Vivimos tan inmersos en estas luchas de cada día, de aquí abajo que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de vida eterna que nos da nuestra fe

 Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

Algunas veces nos preguntamos y por qué actué yo así, por qué tuve esa reacción airada quizás, altanera y orgullosa, o por qué me desentendí de forma egoísta ante la situación o el problema que se nos planteaba. No vamos a echarle la culpa a nadie, porque quizás denota una inmadurez en nosotros, pero sí hemos de reconocer que en la sociedad en la que estamos, vivimos situaciones tan contradictorias, vemos el actuar de la gente llena de malicia, o también aquellos que se quieren aprovechar de los demás y no hacen nada por si mismos para salir del barranco en el que se han metido, que de alguna manera nosotros reaccionamos, nos sentimos insatisfechos, nos parece que se están aprovechando de nosotros y surgen nuestras iras y violencias, nuestras actitudes y posturas egoístas y parece que hay hasta contradicción dentro de nosotros mismos porque no siempre concuerda lo que decimos y pensamos de lo que luego realmente hacemos.

¿Nos hundimos? ¿Nos sentimos fracasados? Decir en una palabra que no estamos contentos con nosotros mismos. Y no vamos a justificarnos.

Hoy se nos ofrece un hermoso texto del libro de los Proverbios, unos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Nos habla de sensatez, sabiduría, prudencia, rectitud... unos valores que bien necesitamos en el día a día de nuestra vida. Si lo tuviéramos más en cuenta sabríamos actuar con mayor madurez, no nos dejaríamos llevar por el primer impulso, sabríamos leer aquellos acontecimientos de la vida con los que vamos tropezando haciendo una lectura distinta, no mostraríamos esas incongruencias con que tantas veces nos manifestamos en la vida.

Tenemos que aprender a encontrar esa sabiduría de Dios para descubrir ese sentido nuevo que hemos de irle dando a las cosas que realizamos. Sabríamos tener la fortaleza necesaria para sobreponernos en aquellas cosas que nos desagradan, pero para actuar de una manera nueva; no vamos nosotros a actuar de la misma manera que lo hacen todos, porque denotaríamos la poca sabiduría que hay en nosotros y la poca hondura espiritual.

¿Cuál es la razón última por la que nosotros actuamos? No pretendemos buscarnos el agrado del mundo, no buscamos merecimientos para subirnos en pedestales en nuestra vida; es la rectitud con que queremos actuar, pero es también la meta final de hacer más presente en nuestro mundo el Reino de Dios, con la esperanza de que un día lo podremos alcanzar en plenitud.

¿Qué vamos a alcanzar nosotros que lo hemos dejado todo para seguirte?, le preguntan un día a Jesús los discípulos más cercanos. Jesús había hablado de negarse a sí mismos, de ser capaz de renunciar incluso a una familia, o de no tener seguridades humanas en las que apoyarse. Jesús les dirá que si viven en fidelidad, si han sido capaces de desprenderse de todo, no les va a faltar porque para ellos es el ciento por uno, pero hay una promesa final que no podemos olvidar. ‘Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’. Aquí está manifestada la recompensa final, ‘heredará la vida eterna’.

Vivimos tan inmersos en estas luchas de aquí abajo de cada día que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de nuestra vida. ¿Pensamos en verdad en la vida eterna? Y no es cuestión de hacerse imaginaciones de cómo será esa vida eterna, sino fiarnos de la palabra de Jesús que nos habla de que nos prepara unas estancias y vendrá y nos llevará con El, y el Padre y El vendrán y habitarán también nosotros. Es estar en la plenitud de Dios, en la plenitud de la vida de Dios. Y eso para siempre, con la eternidad de Dios.

No lo perdamos de vista en nuestro quehacer de cada día, no lo perdamos de vista en las motivaciones últimas que tenemos para nuestro actuar y vivir la vida cristiana, para superarnos cada día, para llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos enseñe un nuevo actuar. Es vivir la plenitud del Reino de Dios.

domingo, 10 de julio de 2022

La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

 


La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

No es lo mismo ver a alguien que encontrarse con una persona. Habrá sucedido más de una vez vamos por la calle y vemos a alguien a lo lejos, pero buscamos la manera de desviarnos para no encontrarnos con ella. La viste, pero no te encontraste. Muchas razones (¿?) porque no nos apetecía, porque te iban a decir si me veían con esa persona, no era de mi agrado, un día me dijeron, es una latosa y no quiero perder el tiempo… mil razones que nos buscamos, mil disculpas, mil disimulos, mil vueltas y más vueltas.

Como cuando hacemos preguntas que ya de antemano sabemos la respuesta, pero a ver qué me dice, o a ver la vuelta que le puedo dar, o no queremos entender y volver con la pregunta es dar más vueltas para olvidarnos de lo que sabemos que es lo principal, o queremos que la respuesta coincida con mis intereses, mis planteamientos y nos volvemos retorcidos en lo que preguntamos porque queremos hacer decir lo que a nosotros nos conviene.

Cosas así estamos viendo en el evangelio de hoy. Aquel letrado se acercó a Jesús con una pregunta que para el letrado ya estaba en sí misma contestada. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ ¿Preguntaba por los mandamientos? La primera respuesta que le da Jesús es hacerle repetir lo que todos sabían bien de memoria, lo que estaba escrito en la ley, lo que todo buen judío repetía casi como una oración cada vez que salía o entraba de casa. Pero buscaba recetas, a ver unas cuantas cosas que no sean muy difíciles que yo haga y repita y con eso ya está todo logrado. Pero el mandamiento del Señor no son recetas, no es una simple lista de cosas que tengamos que hacer y ya nos quedamos tranquilos.

 Cuando es el mismo letrado el que ahora tendrá que responder a la pregunta de Jesús sobre lo que está escrito en la ley, ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’, Jesús le dirá que lo haga y que tendrá vida. Pero parece que para él no ha habido la respuesta que buscaba. Por eso preguntará ‘y, ¿quién es mi prójimo?’

Pero al final, cuando hayamos terminado de escuchar todo lo que ahora nos dice Jesús con la parábola, quizá más que preguntarse quién es tu prójimo será preguntarse si uno se comporta como prójimo de aquellos con los que nos encontramos por el camino. Porque no podemos ir por la vida no queriendo ver a las personas para no encontrarnos con ellas, como ya decíamos al principio. Es no tener miedo de encontrarte de frente con esa persona que está gimiendo bajo el peso de su dolor, que está ante tí con sus desgarros en el alma, que lo tenemos ante los ojos no ya tanto con una ropa andrajosa sino quizá con diferencias en la vida que nos pudieran repugnar porque nos vamos haciendo tantas distinciones y diferencias que siempre tenemos que ven algún tipo de andrajo en la otra persona para no querer acercarnos a ella.

Y eres tú, y yo soy el que tiene que portarse como prójimo de esa persona, porque nos ponemos en su cercanía, a su lado, porque sentimos el gemido de su dolor o sus lágrimas nos pueden salpicar y tenemos que ser paño de lágrimas para esa persona, porque tendemos nuestra mano sin ningún temor de contagio (ahora nos saludamos chocando los codos) porque queremos curar sus heridas, porque queremos acompañarle en ese camino que está haciendo, porque vamos a llevarla del brazo en ese estado de recuperación de dignidad que quizás pueda necesitar y nosotros le vamos a ofrecer.

No me entretengo en detalles de la parábola que son de muy rico significado porque ya todos los conocemos y lo habremos meditado muchas veces. Queda esa última pregunta que ahora es Jesús el que la hace, nos la hace. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque la cuestión final no está en haber visto a ese prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él. No nos valen disculpas, no nos valen los rodeos, no nos vale el hacernos los ciegos o desentendidos, lo importante es lo que hacemos. ‘Anda y haz tú lo mismo’, nos dice Jesús.

Y cuando estamos haciendo esto estamos mostrando de verdad lo que es el amor que a Dios le tenemos. Por eso, ya en el mismo texto de la Ley junto a lo que ha de ser, cómo ha de ser el amor que le tengamos a Dios, ‘con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente’, inmediatamente se nos dice, ‘y a tu prójimo como a tí mismo’.

Como nos decía el libro del Deuteronomio, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo…,.ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de tí: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, lo que quiere el Señor es que vivamos con toda dignidad, pero no solo pensando en nosotros mismos sino pensando en la dignidad y grandeza de los demás que por eso siempre merecerán nuestro amor. Es el amor el que en verdad nos hace grandes porque en verdad nos hace parecernos a Dios, tan bien reflejado en su misericordia en la parábola que Jesús nos ofrece. Es lo que en verdad hemos de preocuparnos de hacer.

sábado, 9 de julio de 2022

No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que pretenden confundirnos para que neguemos la verdad de la salvación

 


No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que pretenden confundirnos para que neguemos la verdad de la salvación

 Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

Algunas veces uno tiene la sensación de que la gente tiene miedo; si no, miremos en nuestras calles las puertas y las ventanas de la mayoría de las casas, cerradas, muchas con rejas, los solares vallados, las fincas con cercas, y en muchas casas las alarmas bien señalizadas para que nadie pueda entrar. Se palpa una cierta inseguridad, en algunos sitios quizás con mayor intensidad, pero en todas partes se nota eso en el ambiente.

Pero los miedos no se quedan ahí, en otras muchas más situaciones de la vida andamos con miedo, en sí mismo pensando en el futuro, por otra parte la economía que da vueltas y vueltas y no sabemos si podremos llegar a final de mes, o si el trabajo nos va a durar, o qué van a hacer nuestros jóvenes cuando terminen una carrera; miedos que se meten en la vida y nos crean cierta ansiedad, angustia de la alguna manera.

Miedos cuando tenemos que emprender una tarea y nos sentimos inseguros; cuando tenemos que afrontar responsabilidades y parece que no tenemos mecanismos en nuestro propio interior para asumir lo que tenemos que hacer; o son los interrogantes profundos que surgen en nuestro interior y que no siempre encontramos una respuesta y nos hace caminar inseguros por la vida; o será la responsabilidad o la tarea a la que tenemos que enfrentarnos para que camine la sociedad y sabemos que nos vamos a encontrar muchas dificultades; miedos en nuestra propia vida de fe, en nuestros planteamientos profundos que sabemos que van a ir a contracorriente de lo que se vive en nuestro entorno y las dificultades o la oposición que vamos a encontrar.

Pero hoy por tres veces nos dice Jesús en el evangelio que no tengamos miedo. En este corto texto nos aparece tres veces, pero si hacemos una lectura de conjunto del evangelio veremos que esa invitación a la confianza y a la paz, a no tener miedo, será algo que se repite muchas veces. Los ángeles a los pastores, el ángel de la anunciación a María, en los momentos de dudas de los que se acercaban a Jesús, en las apariciones de Cristo resucitado. Y es que la buena noticia de Jesús es una noticia de paz, una invitación a la confianza, un hacer que nos sintamos seguros porque nos sentimos amados. ¿Qué más queremos? Esto tendría que ser ya por sí mismos suficientes motivos para la esperanza y para la alegría del cristiano, superando todos los miedos.

Hoy les está hablando Jesús a los discípulos de algo muy concreto como son las situaciones en las que se van a encontrar cuando vayan anunciando el evangelio. No será fácil, habrá oposición, quien no quiera escuchar, quien se oponga incluso a que hagamos el anuncio, y vendrán las persecuciones, incluso la muerte. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo.

La luz del evangelio no puede taparse para dejar que el mundo siga a oscuras, incluso aquello que quieren hacer que permanezca mas oculto, se dará a conocer, se publicará, y la voz del evangelio seguirá su camino y seguirá resonando. ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma’. Lo importante es que nos den muerte a nosotros mismos porque nos suman en la muerte de la negación de Cristo. Los sufrimientos corporales, nada son frente a la alegría del anuncio. Y además Dios es el Padre bueno en quien podemos confiar y con nosotros estará. Y nos recuerda lo de la providencia de Dios que si protege a los pájaros del cielo o las flores del campo, ¿qué no hará por sus hijos?

No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que puedan hacer contra nosotros que lo que pretenden es confundirnos para que neguemos la verdad que es nuestra salvación. No hemos de temer porque el Espíritu del Señor estará siempre con nosotros. Es una valentía nueva que sentiremos en nuestro interior; es la valentía con que vamos a afrontar la vida, y las responsabilidades, y la tarea que tenemos que hacer en nuestro mundo para que sea mejor. Con nosotros está el Señor.

viernes, 8 de julio de 2022

La fortaleza del amor y de la esperanza con la fuerza del Espíritu nos hará perseverantes, porque solo el que persevere hasta el final podrá disfrutar de los laureles de la victoria

 


La fortaleza del amor y de la esperanza con la fuerza del Espíritu nos hará perseverantes, porque solo el que persevere hasta el final podrá disfrutar de los laureles de la victoria

Oseas 14, 2-10; Sal 50; Mateo 10, 16-23

Mantener a todo trance la fidelidad a una misión, a una responsabilidad o a unos valores y principios, aunque tendría que ser lo que expresara y manifestara la madurez de una persona, hemos de reconocer que no siempre es tarea fácil. Hay ocasiones en que se nos pone cuesta arriba, porque ser fiel a una misión podrá significar tener un mundo adverso y en contra que nos pone dificultades; son muchas las cosas que nos pueden distraer de nuestra responsabilidad y cuando decimos distraer podemos pensar en cosas que nos atraen, que nos ofrecen otros contravalores, que nos tientan de alguna manera para hacer dejación de aquello que es nuestra responsabilidad; no siempre vamos a ser bien entendidos por los que están en nuestro entorno o muchas veces aquello que pretendemos desarrollar nos hace caminar como a contracorriente de lo que habitualmente se hace o se vive.

El camino de maduración de la persona ha de prepararlo para enfrentarse a esas diversas situaciones y ha de hacerlo sentirse fuerte para desarrollar su responsabilidad o su misión. Es lo que Jesús va haciendo con el grupo de los discípulos más cercanos, aquellos que un día han de recibir la misión de continuar la obra de Jesús. Aquella Buena Nueva que Jesús está anunciando ha de ser Buena Nueva para todos, para las gentes de todos los lugares y de todos los tiempos. Y Jesús les está diciendo que no es fácil, que incluso van a tener que sufrir por mantener aquella fidelidad, por hacer ese anuncio que el mundo no siempre comprenderá y se va a poner enfrente.

Van a ser enviados como ovejas en medio de lobos; y han de saber enfrentarse a esa situación, pero el estilo no va a ser utilizar las mismas armas que el mundo utiliza. Se ha de estar, sí, con el ojo avizor, pero caminamos desde la sencillez y la humildad del amor, que es toda nuestra fortaleza. Esa fortaleza del amor y de la esperanza que nos hará perseverantes, porque solo el que persevere hasta el final podrá ver los laureles de la victoria.

¿Dónde encontrar esa fuerza para la perseverancia, lo que nos va a hacernos mantener en la esperanza a pesar de todas las turbulencias que en el mundo podamos encontrar? No nos deja solos. Nos promete la fuerza de su Espíritu. Aquel Espíritu divino del que estaba lleno Jesús para anunciar esa buena nueva en aquel mundo que para El también fue tan adverso. Aquel Espíritu que un día le condujera al desierto antes de comenzar su actividad apostólica para comprender lo que iba a ser la tentación, pero también lo que era la fortaleza que le venía del cielo para alcanzar la victoria; aquel Espíritu que conducía a Jesús por aquellos caminos haciendo siempre el bien y anunciando la alegría y la esperanza de la salvación de un mundo nuevo; aquel Espíritu en cuyas manos se pondría en la hora de la victoria final, aunque para el mundo pudiera parecer la hora de la derrota y de la muerte.

Es el Espíritu que nos conduce, que conduce a su Iglesia, que nos inspira, que nos da fortaleza, que pone palabras en nuestros labios y fortaleza en el corazón, que nos libera de todo mal y de toda esclavitud, que nos libera de cegueras y de esclavitudes, que abre nuestros oídos para escuchar en el corazón la voz de Dios y nuestros labios para hacer valientes el anuncio de la Buena Nueva.

Es el Espíritu que ha conducido a la Iglesia de todos los tiempos y a pesar de las tormentas por las que ha tenido que pasar, sigue ahora en pleno siglo XXI haciendo el mismo anuncio del Evangelio; es el Espíritu que dio fortaleza a los mártires o puso la sabiduría de Dios en cuantos confesaban con valentía su fe; es el Espíritu que sigue haciendo resplandecer la santidad de la Iglesia aunque todos seamos pecadores.

‘Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará’.

jueves, 7 de julio de 2022

Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

 


Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Sal 79; Mateo 10, 7-15

¿Qué beneficio tengo yo de todo esto que estoy haciendo? ¿Cuánto gano? Son preguntas que nos hacemos, son preguntas que nos pueden definir por dentro. ¿Seremos capaces de hacerlo de forma gratuita sin ganar nada? Hemos mercantilizado demasiado la vida, lo que hacemos, aquello por lo que nos movemos; siempre aparecen unos intereses por medio, intereses que muchas veces se quedan en lo material o lo económico.

Queremos que nos paguen, o queremos pagar cuando alguien nos hace algo con lo que nos puede ayudar. Nos parece que pagando ya no quedamos en deuda por algo que gratuitamente se nos ha dado o regalado; no nos queda la deuda de que tengamos nosotros que actuar de la misma manera con esa persona. Hasta los favores se pagan o queremos pagar con favores. Es la espiral en la que nos vemos envueltos. Algunos no llegan a entender que se hagan las cosas gratuitamente, porque todo ha de tener su pago. Nos cuesta entender lo gratuito.

Y cuidado que esto se nos puede meter hasta en lo más sagrado. Tenemos que pagar nuestras promesas, porque lo que hacemos muchas veces con Dios se parece más a un contrato de compraventa que a una relación de amor. Si me concedes esto – y vaya ahí la curación de un dolor o una enfermedad, tener suerte en un examen, que gane nuestro equipo, o sacarnos la lotería… - yo te prometo que… y vienen las promesas, los regalos que le tenemos que hacer a Dios, y lo en deuda que nos sentimos y que tenemos que pagar.

Y hoy viene y nos dice Jesús ‘lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’. Es el envió que Jesús hace de sus discípulos, a aquellos doce apóstoles que había escogido, para que vayan a anunciar el Reino. Y es cuando Jesús habla de esa gratuidad. Es ese nuevo estilo y sentido de hacer las cosas. Les ha dado, es cierto, autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios. Como ya hemos expresado en más de una ocasión son los signos con los que se ha de manifestar que ha llegado el Reino de Dios. Y es que todo aquello que han sentido en sus vidas cuando se han puesto a seguir a Jesús y han ido viendo como sus vidas se transformaban, es lo que ahora tienen que ir realizando con los demás. Es el regalo de Dios.

Por eso no han de ir apoyándose en lo material, en su poder particular o en su propia sabiduría, no van a ir comprando voluntades con lo que tienen, sino que han de ir, por así decirlo, con las manos vacías de cosas materiales. Ni dinero en la bolsa, ni túnicas ni sandalias de repuesto, ni previsiones de riquezas para tener donde hospedarse. Solo un bastón para el camino. Por eso se hospedarán donde los acojan y los reciban, porque siempre se han de manifestar como mensajeros de paz, no mensajeros de ningún otro poder humano. Ellos simplemente van a repartir el regalo de Dios porque se sienten regalados por Dios. Y es que lo gratuito es una señal precisamente de esa llegada del Reino de Dios.

Escuchemos lo que nos dice Jesús y nosotros seguimos con nuestras aspiraciones y sueños de grandezas, nuestras manifestaciones de poder, nuestro apoyo en lo material para todo lo que hagamos, nuestra poca confianza en la Providencia divina, nuestras búsquedas de seguridades y garantías. ¿Dónde estamos confiando en la gratuidad de lo que Dios nos ofrece y que de la misma manera nosotros tenemos que hacerlo? Muchas veces la Iglesia también se ha dejado seducir por la manera de obrar de nuestro mundo y pareciera que confiamos más en los medios que podamos tener que en la acción del Espíritu que es el que guía en verdad la Iglesia.

¿No necesitaremos ponernos con sinceridad ante Dios y ante su Palabra para aprender a actuar a la manera de Jesús, a la manera del evangelio?

miércoles, 6 de julio de 2022

El Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, sino hacer que los hombres nos amemos más y reflejemos en nuestra vida los valores del Reino

 


El Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, sino hacer que los hombres nos amemos más y reflejemos en nuestra vida los valores del Reino

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7

En nuestras sistemas de estudio de hoy, sobre todo en determinadas carreras, hay algo por lo que todos tienen que pasar antes de que se les considere unos verdaderos profesionales; son los llamados becarios, los años de prácticas que tiene que pasar quien ha estudiado derecho para poder ser admitido como verdadero abogado y así en muchas profesiones, que como unos auténticos aprendices, a pesar de los estudios realizados tienen que realizar.

Pudiera parecer que es algo así lo que Jesús está haciendo con los discípulos y en especial a aquellos que escoge como apóstoles. El envío que realiza Jesús y que hoy escuchamos, son como unos tiempos de prácticas pensamos. Por supuesto, fueron unos momentos de auténtica maduración de los escogidos por Jesús, pero no era enviarlos como unos alumnos en prácticas, aunque pasado el tiempo volvieran a estar con Jesús, sino un autentico envío ahora solamente dentro de Israel pero premonitorio del envío universal que Jesús hará al final del evangelio.

Era un auténtico envío, porque quien está disfrutando de lo bueno, tiene que hacer partícipe de ello a los demás. Disfrutaban de la presencia y de la enseñanza de Jesús quienes un día le habían seguido y ahora estaban siempre con El. Aquello había de compartirlo con los demás. Jesús escoge a doce entre todos los discípulos que le seguían a los que va a constituir apóstoles, sus enviados.

Serán los que estarán siempre con Jesús siendo testigos de sus enseñanzas y de la construcción del Reino de Dios, como han de ser luego testigos de su Pascua y de su resurrección. Recordemos que cuando hay que sustituir al hijo de la perdición que lo había traicionado, el criterio que van a tener el resto de los apóstoles allá en el Cenáculo antes de Pentecostés, es que sea uno que haya sido testigo desde el principio de la obra y de la vida de Jesús.

Ahora han de salir a hacer el mismo anuncio de Jesús. Desde el comienzo ésa había sido la gran noticia, se hacía presente, estaba cerca el Reino de Dios. Es lo que ellos han de manifestar y no solo con sus palabras sino con los signos que ellos también van a realizar. ‘Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Así ha comenzado diciéndonoslo el texto del Evangelio de hoy antes de darnos los nombres de los Doce. ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’.

Es el anuncio del Reino de Dios que llega, es la buena noticia del Reino de Dios que se va a proclamar no solo con la palabra de los enviados sino con los signos que van realizando. Sentir que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida, significará la destrucción de todo vestigio del mal. Allí donde está Dios no podemos permitir el mal, allí donde reina el amor no se puede hacer presente el egoísmo y el desamor, allí donde se proclama el Reino de Dios tiene que brillar el amor y la paz.

Tienen autoridad para expulsar espíritus inmundos, nos dice el evangelista; tenemos que hacer que desaparezca de nuestra vida ese espíritu del mal. Las curaciones y milagros van a ser una señal, pero no solo de que se acaba ese sufrimiento físico de la enfermedad, sino que arrancamos el mal y el pecado de lo más hondo de nosotros mismos, de nuestros corazones.

Es la misión que a nosotros se nos ha confiado, es la tarea que nosotros hemos de realizar, son las señales que tenemos que ir mostrando al mundo, es la lucha por la transformación de nuestros corazones, es la obra de ir haciendo que cada día más resplandezca el amor.

¿Estaremos dando señales de todo eso nosotros los cristianos? ¿En nosotros, en nuestra vida de cristianos, en la obra de la Iglesia se manifiesta de verdad que vivimos el Reino de Dios? Y el Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, el Reino de Dios es hacer que los hombres nos amemos más y expresemos reflejados en nuestras vida esos valores del Reino de Dios.

No son unas prácticas que realizamos sino una vida que hemos de vivir.

martes, 5 de julio de 2022

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 


Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo realizando los signos del Reino de Dios para que alcance esa luz y encuentre de nuevo el sabor del evangelio

 Oseas 8, 4-7. 11. 13; Sal 113; Mateo 9, 32-38

Los signos del Reino de Dios se van prodigando en la medida en que avanzamos por las páginas del evangelio. Aquellas señales anunciadas por los profetas y que Jesús mismo nos recuerda cuando proclama la profecía de Isaías en la Sinagoga de Nazaret se van cumpliendo. Escuchamos el relato de la resurrección de la hija de Jairo, como la curación de la hemorroísa que se había acercado con fe a Jesús queriendo tocarle al menos la orla de su manto; se van sucediendo relatos de curaciones de ciegos a los que se les devuelve la vista o como es el caso que escuchamos hoy en el evangelio será un hombre atenazado por el espíritu del maligno y que no podía hablar el que ahora es curado por Jesús para que pueda manifestarse y expresarse con entera libertad.

Son los signos que nos liberan, y no solo de enfermedades o limitaciones físicas, sino de ese mal que más hondo mora en nosotros y del que Jesús quiere liberarnos. Son muchos los que acercan hasta Jesús para ver la liberación y la salvación en sus vidas. Es el signo y señal de que algo nuevo está comenzando, que una nueva primavera de vida va brotando con el paso y la presencia de Jesús. Será clara la liberación que Jesús quiere hacer en nosotros y van brotando semillas nuevas de ese Reino de Dios que abre horizontes, en encamina para un mundo nuevo.

La gente decía admirada que nunca había visto cosas igual, aunque por otra parte haya algunos que quieren negar lo evidente y lo que quieren es socavar los cimientos de la confianza que la gente sencilla y humilde ha puesto en Jesús. Siempre estarán al acecho los fariseos y maestros de la ley para hacernos su interpretación, que lo que Jesús hace no es con el dedo de Dios, con el poder de Dios, sino con el poder del príncipe de los demonios. Como Jesús les hará ver en alguna ocasión, todo reino dividido se destruye a sí mismo, luego son incomprensibles y sin sentido las palabras de los que quiere enturbiar la acción de Jesús que va así realizando el Reino de Dios.

Hoy le contemplamos recorriendo las ciudades y las aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando esos signos que nos manifiesta que ya el Reino de Dios está entre nosotros. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Pero realizaba los signos, curaba de toda clase de enfermedad, iba transformando el corazón de los hombres y mujeres que le rodeaban y le escuchaban, porque algo nuevo, una vida nueva iba brotando en ellos.

¿Cómo estamos haciendo presente el Reino de Dios hoy en este mundo concreto que nos ha tocado vivir? ¿Estaremos haciendo resplandecer de verdad esos signos del Reino de Dios que se han de ir manifestando en nuestra vida? Tenemos que ser un signo bien palpable en medio de nuestro mundo, donde también muchos se sienten extenuados, desorientados, abandonados. Es nuestra tarea.

Hemos de caminar también en medio de nuestro mundo, como Jesús caminaba en medio de aquellos pueblos de Galilea y toda Palestina, realizando de la misma manera esos signos del Reino de Dios para que el mundo alcance esa luz, para que tantos se dejen iluminar y renovar por esa luz y encuentren de nuevo el sabor del evangelio. Por eso nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. No lo podemos olvidar. Un amplio campo que se abre ante nosotros y por el que también debemos orar, como nos está pidiendo hoy Jesús. ‘La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’.

Estemos atentos a esto que nos dice Jesús hoy en el evangelio. También tenemos que orar, por la abundancia de trabajadores, pero también por la realidad de ese mundo en medio del cual estamos. Será nuestra oración lo que lo vivificará porque hará que se derrame el Espíritu del Señor sobre él.

lunes, 4 de julio de 2022

Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

 


Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26

Una mano tendida puede tener diversos significados; puede ser la mano que con violencia viene en mi contra para hacerme daño, o puede ser la mano pacífica que viene en sones de paz con su saludo; puede ser la mano desconfiada y que está a la defensiva, ocultando negruras interiores, o puede ser la mano dadivosa en el compartir y en el dar generosamente.

A manera de anécdota puedo decir que mi perrito es muy sensible ante la mano que se le acerca; si viene de un desconocido desconfía y se pone en guardia para la defensa o para el ataque, pero si es una mano que se deja caer pacíficamente la lame como señal de amistad dándole permiso, por decirlo así, para que le acaricie. ¿Desconfiamos nosotros también y nos ponemos a la defensiva ante una mano que se nos acerca? ¿Ofrecemos generosamente nuestra mano como signo de amistad y de paz y como señal de la vida que queremos también compartir?

En el evangelio de hoy aparece repetidamente la señal de la mano. ‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá’, le suplica aquel jefe de los judíos que acude a Jesús desde la desesperación y la angustia de su niña que está en las ultimas. Al final, cuando llegue Jesús a la casa de Jairo, mientras aparta a las plañideras y todos lo que hacían llanto diciendo que la niña no está muerta sino dormida, la tomará de la mano y se la dará a sus padres llena de vida.

Pero en medio aparece otro personaje mientras van de camino. Será una mujer la que tenderá su mano para tocar al menos la orla del manto de Jesús también desde la angustia de su enfermedad que la volvía impura y que con su gesto podía hacer incluso impuro a Jesús, por dejarse tocar por una mujer que sufre de fuertes hemorragias.

Es la mano de la súplica llena de esperanza que se salta todas las barreras porque quiere llegar hasta donde está la vida, donde pueda encontrar la salud y la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús cuando rebuscando entre la multitud que lo apretujaba quien lo había tocado aquella mujer se atreverá a decir que ha sido ella quien ha tocado el borde de su manto para encontrar la salvación.

Ahí está la mano tendida de Jesús que nos trae vida y salvación, que nos libera de todas las impurezas y ataduras, que nos resucita y nos levanta de todos nuestros sueños oscuros para que podamos tener nueva vida, nos pone en camino de vida y de salvación.

Mucho tendríamos que aprender de este evangelio para el signo de nuestras manos, para el actuar de nuestras manos como señal de lo que hacemos y somos con nuestra vida. muchas veces nuestras manos han marchado ensombrecidas por sueños de muerte y de violencia; muchas veces nuestras manos han sido puños cerrados que no quieren dejar escapar nada de lo que pueden contener; muchas veces nuestras manos se han convertido en barreras que separan y apartan, que aíslan, que ponen a un lado, que discriminan porque no se quien juntar con las de otro color o las de otra raza; muchas veces nuestras manos se ocultan porque encierran negruras impuras de los malos deseos y son muestras de la ambición que todo lo quiere acaparar, llevan escondidas los cuchillos de la traición y de la violencia, no quieren ofrecerse limpias como signos de paz.

Que nuestras manos sean siempre de bendición y de vida, de consuelo para los que sufren y paño que limpie las lágrimas de los que lloran, muestren la cercanía de nuestro corazón y el valor que le damos a todo el que está a nuestro lado o se acerca a nosotros, están siempre abiertas y limpias de toda malicia, y sean cauces generosos de nuestro compartir, se cogerse de la manos de los demás para sentir y expresar la comunión que entre todos queremos construir, y se extiendan ampliamente para acoger a todos en un abrazo de paz.

domingo, 3 de julio de 2022

Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

 


Somos testigos y misioneros de la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar para conseguir un mundo de justicia y de paz desde la transformación de nuestros corazones

Isaías 66, 10-14c; Sal 65; Gálatas 6, 14-18; Lucas 10, 1-12. 17-20

En todos los ámbitos de la sociedad nos solemos encontrar con semejantes problemas; aunque a veces pueda dar la sensación de que la gente tiene ganas de participar en la vida de la sociedad y nos encontramos con variadas iniciativas en el movimiento social, sin embargo en la general a la gente le cuesta implicarse, participar, formar parte de grupos de trabajo en el ámbito social; como se suele decir muchas, somos siempre los mismos. Y sin embargo tendríamos que ser conscientes de que la sociedad la constituimos todos y todos tendríamos que implicarnos más en su construcción.

Hoy el evangelio nos está invitando a esa implicación, a esa generosidad y disponibilidad por nuestra parte para ofrecer nuestro tiempo, nuestra presencia, nuestro trabajo, nuestras iniciativas en ese camino. Aunque el evangelio incide principalmente en ese anuncio del evangelio al que Jesús envía a aquellos setenta y dos discípulos escogidos de entre todos los seguidores de Jesús, creo que entendemos que tiene que ser la implicación que en todos los ámbitos de la sociedad hemos de tener todos.

Jesús en su subida a Jerusalén, en la que está inmerso el relato del evangelio de Lucas que vamos escuchando, va enseñando a sus discípulos cuál ha de ser su tarea, la respuesta que han de aprender a dar a la misión que Jesús a todos les va a confiar. Parece este pasaje como un adelanto del envío final que Jesús hará en su Ascensión de sus discípulos por todo el mundo para el anuncio del evangelio. Ahora les envía a aquellos lugares cercanos en donde Jesús ha de ir presentarse como buena noticia y que ahora a sus discípulos les toca abrir caminos.

Pero antes del envío Jesús hace una constatación para lo que invita también a orar a sus  discípulos. La tarea es inmensa, ‘la mies es mucha pero los obreros son pocos, rogad al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies’.

La tarea es inmensa constatamos nosotros hoy también; pero no solo pensamos quizás en esa falta de sacerdotes, de vocaciones especiales a esa tarea misionera en la Iglesia y en el mundo, tantos agentes de pastoral – catequistas, agentes de cáritas, visitadores de enfermos, agentes de movimientos cristianos de la familia, de la juventud… - tan necesarios en nuestras comunidades, sino que constatamos quizás también que falta la presencia de cristianos auténticos ahí en medio de esa sociedad, testigos en nuestras familias, en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, en la diferentes profesiones donde es necesario que brille la luz del evangelio; serán médicos cristianos, serán maestros cristianos, serán periodistas cristianos, serán empresarios cristianos, serán profesionales bien marcados por el sentido cristiano que ahí en su medio y en su lugar sean testigos, den testimonio del nombre de Jesús para hacer brillar la luz del evangelio, el Reino de Dios.

‘Poneos en camino’. Es la buena noticia de la paz que tenemos que anunciar. ¿No fue ese el primer anuncio que hicieron los ángeles allá en los campos de Belén a la hora del nacimiento de Jesús? y es que quienes nos vamos a sentir envueltos por el mensaje de Jesús un mundo nuevo tenemos que construir donde brilla paz porque brille el amor y la justicia; un mundo donde brille la paz porque desaparecen las vanidades y las falsedades de la vida para vivir en autenticidad nuestro ser humano como personas; un mundo donde brille la paz porque desterramos las violencias y los odios para vivir una auténtica reconciliación.

Nos pide Jesús que vayamos con la pobreza de nuestros pobres medios porque nada vamos a imponer sino a contagiar desde la autenticidad de nuestras vidas. Algunas veces pensamos que desde la imposición de unas leyes o de unos preceptos vamos a conseguir un mundo de justicia y de paz, pero es desde la transformación de nuestros corazones desde podemos lograrlos en verdad. Vamos a ofrecer no solo una palabra, sino el testimonio de una vida; vamos con el anuncio de la paz, pero no vamos a imponer la paz; vamos con la disponibilidad de nuestro corazón donde también sabremos aceptar lo bueno que recibamos de los demás.

‘Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

¿Sentiremos en verdad la urgencia del anuncio del Evangelio en nuestro mundo? ¿En qué medida somos capaces de comprometernos? ¿Somos conscientes de que tenemos que ser una Iglesia misionera en medio del mundo hoy también? ‘Poneos en camino’, nos está pidiendo Jesús hoy.