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sábado, 7 de octubre de 2017

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Rezar el rosario a María es entretejer la vida en el misterio de Cristo con los ojos de María

Hechos 1, 12-14; Sal.: Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

No podemos comprender debidamente toda la grandeza y todo el misterio de María si no es desde el Misterio de Cristo. Ahí está su lugar y ahí está su grandeza. Es la Madre de Jesús, es la Madre de Dios. Dios que se fijó en ella desde toda la eternidad la hizo grande porque quiso hacerla la Madre de Dios. Y entonces la llenó de todas las gracias; por eso el ángel la llamará la llena de gracia, la que ha encontrado gracia ante Dios. Maria, es la llena de Dios, inundada por el Espíritu de tal manera que el fruto de sus entrañas sería el Hijo del Altísimo.
Pero en todo ese misterio de Dios que se desborda en María con toda su gracia está la colaboración del hombre, del ser humano. Y es que María se dejó hacer por Dios; ella fue siempre la disponible para Dios, la que en todo momento supo abrir su corazón a Dios con total disponibilidad, dispuesta siempre al servicio y al amor, dispuesta a dejarse conducir por Dios, dispuesta siempre a plantar la Palabra de Dios en su corazón y hacerla vida, por eso rumiaba en su interior cuanto acontecía para descubrir el misterio de Dios; guardaba todo en su corazón, que nos dice el Evangelio.
Cuando vamos, entonces, nosotros a María es porque queremos ir a Dios y de ella queremos aprender los caminos, de su generosidad, de su disponibilidad, de su espíritu de servicio, de su amor, de su acogida a la Palabra de Dios, de la apertura de su corazón a Dios. Ella siempre nos hará referencia a Dios, al misterio de Cristo. Ella nos conducirá a Dios, señalándonos el camino que no es otro que Cristo mismo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dice a nosotros también como le decía a los sirvientes de las bodas de Caná.
Entonces nosotros con la mirada de María miraremos el misterio de Dios; son los ojos de la madre y son los ojos del amor; es la mirada de la fe, es la mirada que nos ayudará a comprender mejor el misterio de Cristo. Ella que lo guardaba todo en su corazón, como recordábamos, a través de todo ese misterio de Cristo guardado en su corazón nos mira a nosotros y nos enseña a mirar nosotros también la vida y el mundo que nos rodea.
Mirad eso es lo que hacemos cuando rezamos con todo sentido el rosario. Es cierto que es un ir desgranando avemarías como piropos a María, pero tenemos que tener como cristalino de nuestros ojos la mirada de María, que no es otra que el propio misterio de Cristo que ella ha guardado en su corazón.
Por eso mientras vamos desgranando ese puñado de avemarías vamos al mismo tiempo contemplando el misterio de Cristo con los ojos de María, la que guardaba, repito, todo en su corazón. Y si con nuestras avemarías vamos presentándole peticiones a María para que interceda por nosotros ahí estamos poniendo también todo ese misterio de salvación que queremos que llegue a todos los hombres.
Serán los gozos del misterio de Cristo con los gozos y las alegrías de cuantos nos rodean, será el dolor y sufrimiento de la pascua redentora de Cristo que ponemos al lado del dolor de cuantos sufren a nuestro lado o incluso nuestro propio sufrimiento.
Serán los tiempos nuevos de la resurrección y de la plenitud que en Cristo contemplamos con toda esperanza, donde queremos poner también nuestras esperanzas de un mundo de plenitud que solo en Dios podremos alcanzar, pero también las ilusiones y esperanzas por un mundo nuevo que ahora vayamos contrayendo y en lo que nos sentimos comprometidos que con la ayuda de la intercesión de María esperamos que un día podamos realizar.
Hoy estamos celebrando a María en esta hermosa advocación del Rosario queriendo aprender de ella para nuestra oración. Con el Rosario lo hacemos y como todo lo que hacemos con María siempre lo haremos en la contemplación del Misterio de Cristo.
Rezar el santo Rosario
no solo es hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.

viernes, 6 de octubre de 2017

Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor


Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida y correspondamos con las obras de nuestro amor

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

¡Qué desagradecido! Con todo lo que han hecho por él. Así reaccionamos cuando vemos gestos de deslealtad, de desagradecimiento en alguien que, quizá por su necesidad, han hecho mucho por él, pero luego no sabe corresponder. Y no es solamente decir la palabra ‘gracias’, que pareciera que algunas veces cuesta no solo pronunciar sino tenerla como actitud en la vida, sino que las muestras que se dan es como si no sirviera para nada aquello que se ha hecho por esa persona porque sus actitudes y posturas no solo van por otro lado sino que muchas veces se ponen en contra. Lo menos que se le pidiera es que al menos por lealtad no se pusiera a hacer la guerra por su cuenta y en contra.
Pero bueno, ¡cuidado!, que nos es muy fácil juzgar lo que vemos o nos parece ver en los demás, pero que quizá no somos capaces de verlo en nosotros mismos. Tenemos que confesar que no siempre correspondemos al bien que nos hacen. Y no es que yo dé porque tu me diste antes, parecería un intercambio comercial lo bueno que hacemos, pero si es bueno corresponder y necesario saber expresar nuestra gratitud con las actitudes de nuestra vida. Y muchas veces, lo reconocemos, no correspondemos debidamente en nuestras mutuas relaciones, empezando por la misma familia, y luego en todo el ámbito de amistades y gente con la que convivimos de quienes, si somos sinceros, recibimos muchas cosas buenas.
Esto nos lo tendríamos que plantear también de nuestra relación con Dios. ¿Cómo correspondemos a cuanto recibimos de Dios empezando por el don de la vida misma? Es en lo que nos hace pensar lo que escuchamos hoy en el evangelio; la queja, podríamos decir, dolorosa de Jesús contra aquellas ciudades de Galilea donde se había prodigado en sus obras y en sus enseñanzas. Aparece así la debilidad del hombre, pero también el orgullo del que llenamos nuestro corazón para no saber o no querer reconocer las obras de Dios.
Jesús les habla de las enseñanzas, de los milagros, de todo cuanto bueno ha hecho en aquellas ciudades. Cada uno tendríamos que pensar en nosotros mismos para humildemente saber reconocer ese paso y esa presencia de Dios por nuestra vida de tantas maneras. Cada uno ha de pensar en lo que ha sido su experiencia religiosa a través de su vida, desde su niñez, en su juventud, en tantos aspectos de nuestra vida. Seguro que sin con sinceridad miramos nuestra vida tenemos experiencias hermosas que recordar. Momentos quizá que nos motivaron y fueron motor de nuestra vida, pero que luego quizá olvidamos porque nos vemos envueltos en tantas cosas que nos atraen por aquí y por allá que dejamos a un lado a Dios.
Pensemos en esa Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado y que ha llegado a nosotros a través de tantas personas o tantos acontecimientos. Han sido esos profetas, esos hombres de Dios, esos Ángeles del Señor, esos signos de la presencia y de la llamada del Señor que ha llegado a nosotros. ¿Cómo hemos respondido? ¿Acaso la hemos olvidado?
Seamos agradecidos a tanto amor del Señor que de tantas maneras se ha desbordado en nuestra vida.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Ser cristiano para seguir a Jesús no es cualquier cosa y no lo podemos hacer motivados por el entusiasmo de un momento sino conociendo bien sus exigencias


Ser cristiano para seguir a Jesús no es cualquier cosa y no lo podemos hacer motivados por el entusiasmo de un momento sino conociendo bien sus exigencias

 Nehemías 2,1-8; Sal 136; Lucas 9,57-62

Nos sucede que en ocasiones actuamos movidos por el entusiasmo de un momento. Por supuesto que es bueno poner entusiasmo en lo que hacemos y tener ilusiones y sueños en la vida porque al menos significa que tenemos esperanzas, que ansiamos y deseamos algo mejor por lo que nos gustaría luchar. Pero actuar siempre solo desde esa motivación del entusiasmo momentáneo nos puede conducir a desencantos y desilusiones cuando se nos apague ese flash que en un momento determinado nos hizo ver las cosas demasiado bellas en nuestros sueños.
Seguro que conocemos en nuestro entorno más de uno que parece que se va a comer el mundo en un momento determinado después de alguna grata experiencia, pero que poco a poco se fue desinflando cuando en la realidad de la vida vio que las dificultades no desaparecían sino que más parecía que cada vez eran mayores.
Soñar es bueno y hasta es necesario, pero al mismo tiempo tenemos que poner los pies sobra la tierra que pisamos para ver bien las posibilidades, o estudiar detenidamente si merece la pena entusiasmarnos por aquello porque realmente va a ser algo permanente en la vida. Es necesario ver bien nuestras capacidades, hacer un buen análisis de nuestra vida y nuestras cualidades, ver a lo que nos comprometemos y si vamos a contar con la fuerza para llevarlo adelante con constancia. No nos podemos tomar las cosas a la ligera, o actuar solo desde un ‘pronto’ momentáneo.
Hoy el evangelio nos habla de tres individuos que querían seguir a Jesús o a los que Jesús invitaba a seguirle. Con entusiasmo parece que quieren estar con Jesús y seguirle, pero por una parte Jesús les hace ver la realidad y también sus exigencias. Ni pueden ir a seguir a Jesús buscando seguridades para su vida, porque el seguimiento de Jesús tiene unas exigencias, por ejemplo de austeridad, ni puede ser un querer nada a dos aguas, para seguirle y estar con él cuando les conviene y cuando aparecen en la vida otras cosas que nos atraigan hacer como apartados estancos para seguir por su cuenta su camino.
A uno le habla de la austeridad con que ha de vivir porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. ¿Seremos capaces de ese desprendimiento y de esa pobreza y austeridad de vida? Ni seguridades ni apariencias, ni conatos de poder y ostentación, sino siempre espíritu de desprendimiento y de servicio para saber hacerse el ultimo y el servidor de todos. Y se podrían recordar otros textos del evangelio en este mismo sentido. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a ser el servidor de todos.
Cuando nos disponemos a erguir a Jesús tenemos que hacerlo con toda la radicalidad de nuestra vida. No valen seguimientos a medias. Por eso a los otros les habla de que los muertos entierren a sus muertos y que el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no vale para el Reino de Dios. No podemos seguir apeteciendo las sombras de la muerte, no podemos seguir añorando otros tiempos y otros momentos, no podemos estar mirando atrás con el desconsuelo de lo que dejamos.
No vamos a seguir a Jesús solo por el entusiasmo de un momento de fervor, porque luego nos vienen los cansancios, los recuerdos, la huella que quedo en nuestra alma de aquello que vivíamos y podíamos seguir añorando, la búsqueda de seguridades o de reconocimiento de lo que hacemos. Seguir a Jesús implica y complica mucho nuestra vida, por eso tenemos que estar bien seguros del paso que damos cuando decimos que queremos seguirle y ser sus discípulos. Ser cristiano no es cualquier cosa.

martes, 3 de octubre de 2017

Nuestra tarea es construir no destruir, por eso pongamos los cimientos del amor para que nuestras reacciones estén alejadas de toda violencia y orgullo

Nuestra tarea es construir no destruir, por eso pongamos los cimientos del amor para que nuestras reacciones estén alejadas de toda violencia y orgullo

Zacarías 8,20-23; Sal 86; Lucas 9,51-56
¿Cómo reaccionamos cuando ponemos mucho empeño en conseguir o realizar algo pero encontramos una fuerte oposición que nos echa abajo todos nuestros planes? Es cierto que no todos reaccionamos de la misma manera. Habrá quien se resigne pasivamente y desista de luchar por aquello que desea, como habrá quien sea paciente y perseverante y se mantenga alerta y vigilante buscando nuevas formas nuevos caminos para conseguirlo.
Pero bien sabemos que no siempre reaccionamos de buenas maneras sino que muchas veces reaccionamos con violencia que puede manifestarse de muchas maneras, protestando airadamente, tratando de destruir con nuestras palabras y quizá con nuestras acciones a quienes tratan de oponerse; queremos resolver con la violencia aquello que no podemos conseguir de buenas maneras y eso lo vemos en muchos aspectos de la vida y en muchas cosas que suceden en nuestra sociedad.
Cosas así van manifestando nuestra madurez humana y también el sentido cristiano que le damos a la vida a la hora de enfrentarnos a problemas y dificultades. El hombre maduro reflexiona, sabe buscar cauces y caminos de rectitud y responsabilidad para afrontar las cosas, no pierde la serenidad ni el buen espíritu ni la paz en su alma. No es fácil, sobre todo para quienes tienen un carácter más impulsivo, quienes quieren conseguir todo a la primera, pero es ahí donde tiene que irse manifestando de verdad nuestra madurez humana.
También decíamos se manifiesta nuestro sentido cristiano y como nos hemos dejado impregnar por el espíritu de Cristo que siempre será de paz y nunca de violencia, siempre será por los caminos de la sencillez y de la humildad y nunca dejándonos arrastrar por nuestros orgullos ni por la ira. Algo en lo que tenemos que ir aprendiendo, ejercitándonos, tratando de superar obstáculos pero también los impulsos de nuestro carácter, creciendo más y más como personas y como seguidores de Jesús.
Jesús había tomado la decisión de subir a Jerusalén. Sabía que llegaba el tiempo de su Pascua; así lo había ido anunciando a sus discípulos y lo repetiría por el camino. En esta ocasión había decidido atravesar a través de Samaría. Y ya conocemos que los samaritanos y los judíos no se entendían, y no aceptaban a los que subían a Jerusalén por aquel camino. Han de pernoctar en algún lugar y Jesús les pide a sus discípulos que busquen algún hospedaje, pero son rechazados. Algunos de los discípulos reaccionan de mala manera.
Aunque no terminaban de entender el por qué de Jesús quería subir a Jerusalén en aquella ocasión, sin embargo su amor por Jesús era grande y el que Jesús fuera rechazado por alguien era algo que les sentaba mal. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?’ Santiago y Juan se llevarían el apellido de hijos de trueno a causa de su carácter tan impulsivo. Pero no es ese el camino de Jesús. No ha venido para destruir sino para salvar.
¿Cuál es nuestra tarea? ¿Destruir o construir? Nuestro carácter impulsivo, nuestra manera de actuar, el dejarnos llevar por resentimientos y rencores, la envidia que tantas veces nos corroe por dentro cuando vemos que a otros le van las cosas bien, el orgullo herido porque somos rechazados y humillados, nos vuelve tantas veces destructivos. Pero nuestra tarea es construir, por eso pongamos siempre los cimientos del amor en nuestra vida y nuestras reacciones serán bien distintas.

lunes, 2 de octubre de 2017

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10
‘A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en sus caminos’. Quizá en principio estas palabras simplemente nos recuerden los argumentos con que el diablo tentaba a Jesús cuando le pedía que se tirara del pináculo del templo abajo porque nada le pasaría. No olvidemos que el tentador estaba tratando de argumentarle con palabras propias de la Escritura. Ya lo hemos de tener en cuenta en las tentaciones que sufrimos que nos vienen envueltas en apariencias de bien, lo decimos como en un paréntesis pero que también es importante. Pero siguiendo con lo que comentamos esas palabras es con las que Dios prometía acompañar a Moisés y su pueblo en el camino del desierto hacia la tierra prometida.
Pero bien podemos recordar estas palabras, como lo hace la liturgia de este día en que celebramos a los santos Ángeles Custodios, como el signo y la señal de que Dios nos acompaña en nuestro caminar y para eso junto a nosotros el ángel del Señor nos recuerda esa presencia divina.
Los que somos mayores recordamos como nos enseñaban desde pequeños a rezar en la noche invocando la presencia del ángel custodio que velaba nuestro sueño. No sé si hoy se enseñará algo de eso a nuestros niños, pero creo que es algo que no podemos dejar de lado. Dios ha querido hacernos sentir su presencia, su gracia y su fuerza con el santo ángel que acompaña nuestra vida. Nos inspira lo bueno, nos recuerda lo malo de lo que hemos de apartarnos, nos impulsa al bien; allá en lo hondo de nuestra conciencia lo sentimos si tenemos la mínima sensibilidad espiritual.
Ya sé que a las gentes de nuestro tiempo le gusta más pensar en las buenas ‘vibras’ que podamos tener, o  no sé cuantas cosas nos inventamos para decir que estamos o no estamos en buena onda. Quizá hasta nos podamos atrever a hablar del espíritu de nuestros muertos que está ahí en el aire o no sé donde para acompañarnos o recordarnos cosas. Unos espiritismos que no sé de donde aparecen pero que tienen ciertos resabios paganos bien ajenos a lo que tendría que ser nuestro sentir cristiano.
Cuanto nos cuesta tener una verdadera espiritualidad que hunda de verdad sus raíces en Dios al que tenemos que saber buscar y que quiere hacerse presente en nosotros y en nuestra vida para ser nuestra verdadera fuerza para nuestro caminar. Recientemente hemos comentado cómo, en la Escritura nos aparece repetidas veces, Dios se hace presente junto a los hombres en el ángel del Señor que se les manifiesta. Algo de eso decíamos en la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Dios se hace presente en nosotros por medio de sus ángeles.
Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos Ángeles Custodios. ‘El ángel del Señor acampa junto a sus fieles y los protege’, rezamos en los salmos. O podemos recordar aquel ángel con un incensario de oro que estaba junto al altar, como nos dice el Apocalipsis, para que junto al humo aromatizado de aquel incensario subieran por mano de su ángel las oraciones de los santos. De ello le hablaba también el arcángel Rafael a Tobías, diciéndole que su misión era presentar ante el trono de Dios sus oraciones.
Son los Ángeles de Dios que nos protegen, que nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de tantos peligros en la vida. Casualidades decimos en ocasiones sobre cosas que nos suceden, suerte o como dicen ahora buena ‘vibra’, el azar o no sé que cosas podemos pensar, pero ¿por qué no pensar en el ángel del Señor que custodia nuestra vida y nos trae la gracia del Señor? Ellos que están siempre contemplando el rostro de Dios nos hacen brillar la luz del rostro divino sobre nosotros para protegernos de mal. No infantilicemos la imagen del ángel custodio, porque no solo en nuestra niñez sino en toda nuestra vida está siempre acompañándonos. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Incongruencias de la vida; estamos demasiado llenos de incongruencias, de falta de autenticidad y sinceridad no solo en las palabras sino en la vida misma. Decimos prometemos, tenemos bonitas palabras que luego no se corresponden con lo que hacemos.
Nos sentimos defraudados tantas veces de lo que vemos en los demás, de esa falta de autenticidad. Demasiada vanidad, demasiado buscar bonitas apariencias pero luego en nuestro interior no somos como aparentamos, en el actuar de la vida no hacemos aquello que decimos. Nos sentimos defraudados de los demás porque quizá tampoco somos tan sinceros con nosotros mismos, y preferimos ver la paja del ojo ajeno que la viga que llevamos en el nuestro, porque somos nosotros los incongruentes. Y la vanidad y la apariencia está en nosotros sin tener que fijarnos en los demás, pero nos cuesta mirarnos con sinceridad.
De alguna forma nos está denunciando eso el evangelio que escuchamos en este domingo. Por allí está el niño bueno, el hijo que no quiere quedar mal con su padre y cuando este le pide que haga algo responderá de palabra positivamente, pero que luego pronto lo olvidará y no hará lo que le pide su padre; mientras el otro, que parece un rebelde porque siempre está diciendo que no a todo, de esa forma le responde a su padre, aunque luego se dé cuenta de su error y lo corrige yendo a hacer lo que le pide su padre.
Jesús les está hablando muy claramente a sus oyentes judíos. ¿Qué había sido realmente la historia del pueblo judío? En momentos de fervor, o cuando habían salido de malos trances allí estaban prometiendo ser fieles a la Alianza del Sinaí, pero qué pronto caían en la idolatría, qué pronto se olvidaban de sus buenos propósitos, qué pronto se olvidaban de los caminos del Señor a pesar de tantos profetas que iban apareciendo como jalones en la historia de su pueblo.
Pero Jesús no solo quiere recordarles su pasado que ya lo hará también con otras parábolas sino que les está hablando del momento presente. Por allá andaban los buenos, los cumplidores, los que se fijaban en la hierbabuena y en el comino para pagar los impuestos, los que no dejaban de lavarse las manos cuando volvían de la plaza por si acaso hubieran tocado algo que les llevase a la impureza legal, pero que sus corazones, sus actitudes internas están llenas de maldad, de desprecios hacia los otros, de discriminaciones y de juicios siempre condenatorios en su corazón contra los demás.
Pero Jesús les dice que en el Reino de los cielos se les van a adelantar los publicanos y las prostitutas. Estas palabras tuvieron que resultarles muy desconcertantes a los que le escuchaban. Allí estaban, como bien nos señala el evangelista, los ancianos del Sanedrín y los sumos sacerdotes. Venía a trastocarles todas sus ideas, a hacerles reconocer la incongruencia que había en sus vidas, la falsedad y la hipocresía en las que estaban envueltos. Aquellos publicanos y prostitutas es cierto que eran pecadores, pero estaban más dispuestos a la conversión que todos ellos. Y ejemplos tenemos en el evangelio.
¿Pero no nos sucederá actualmente a nosotros de la misma manera? Los que venimos a Misa, los que decimos que nos sentimos más cerca de la Iglesia, los que nos consideramos muy religiosos y no dejamos de faltar a cualquier acto religioso que se organice en nuestros templos, cuando salimos de todo eso ¿cómo vamos por la vida? ¿No nos pudiera suceder que ni siquiera nos detenemos a mirar a aquellos que nos están tendiendo la mano a la puerta de la Iglesia? ¿seremos de aquellos que pasamos de largo por la plaza o por las esquinas de nuestras calles donde vemos grupos que ya en nuestro interior consideramos indeseables, con malas costumbres y hasta pasamos con cierto miedo como a la huída por ellos?
En muchas cosas concretas podríamos pensar, en muchas actitudes y posturas que tomamos ante el que consideramos diferente o desconocido, o ante tantos de los que vamos desconfiando en la vida.
Qué bueno sería recordar lo que san Pablo les decía a los Filipenses en ese hermoso texto que hoy nos ofrece la liturgia. Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
No creo que sea necesario mucho comentario. No es necesario decir mucho más. Mirémonos como en un espejo en esas palabras de la Escritura, pero con sinceridad, sin disimulos, no tratando de maquillar nuestras actitudes y posturas. Seamos capaces de ver la incongruencia de nuestras vidas, la diferencia entre esto tan hermoso que nos propone la Palabra de Dios y las actitudes no tan rectos ni justas, las posturas en que  nos situamos en nuestros pedestales, las insolidaridades, orgullos y vanidades con que vamos tantas veces por la vida.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón para que no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir que pasan por una nueva apertura a los demás

Zacarías 2,5-9.14-15ª; Sal.: Jr 31,10.11-12ab.13; Lucas 9,43b-45

Hay ocasiones en que por muy claras que nos digan las cosas no logramos entender; también nos sucede que en ocasiones es porque no queremos entender. Lo mismo que cuando una persona nos dice que no la entendemos porque nos está explicando sus problemas y sus puntos de vista, pero nosotros quizá le aconsejamos lo contrario o cosa distinta a la solución que aquella persona busca para su problema; quizá lo que aquella persona quiere es que nosotros le demos la razón donde nosotros vemos que no la tiene o que la solución no es lo que ella propone, y entonces nos dice que no la entendemos.
De una forma o de otra, en situaciones parecidas de cerrazón de la mente por nuestra parte que no queremos escuchar o de cerrazón de la mente de la otra persona que no acepta que nosotros opinemos distinto nos encontramos muchas veces. Tenemos que aprender a abrir nuestra mente, escuchar y aceptar aquello que incluso no nos gusta o pudiera ir en contra de los sueños o ilusiones que nos habíamos trazado. Con una apertura de la mente así muchas frustraciones nos ahorraríamos y aceptando la realidad, escuchando lo que nos dicen podremos hacer que la vida para todos sea mejor.
Hoy nos dice el evangelio cómo a los discípulos en ocasiones les costaba entender las palabras de Jesús. Sobre todo cuando lo que Jesús les proponía o anunciaba no estaba en línea con falsas e ilusorias expectativas que se habían creado en su mente. Entusiasmados estaban por Jesús, por aquel nuevo estilo de vida que Jesús les proponía, por las esperanzas que se abrían en sus corazones, por ese mundo nuevo y distinto que vislumbraban, tanto era que comenzaban a verlo como el cumplimiento de todas las promesas de los profetas y ya estaban comenzando a creer que era el Mesías anunciado y prometido.
Pero ellos se habían forjado por otra parte, por un mal entendimiento de las palabras de los profetas, unas expectativas del Mesías que lo convertían más en un guerrero y en un libertador político que lo que realmente era la misión del Mesías y que Jesús quería trasmitirles. Por eso no entraba en sus cabezas que el Hijo del Hombre hubiera de padecer. Por eso les costaba entender las palabras de Jesús.
Si nos hacemos esta reflexión no es solo para conocer o juzgar lo que le sucedía a los discípulos en torno a la figura de Jesús, sino para ver como esas cosas reflejan también lo que nos puede suceder a nosotros. No siempre sabemos entender el evangelio de Jesús, no siempre llegamos a escuchar con toda sinceridad sus palabras en nuestro corazón. Nos hacemos una idea de religión, nos planteamos desde nuestros intereses o ilusiones lo que es la vida cristiana, vamos poniendo pegas a lo que Jesús nos dice para aceptar aquellas cosas que nos convengan pero no dejamos siempre que se transforme nuestra vida por el espíritu del evangelio.
Pidamos al Espíritu del Señor que nos abra el corazón, nuestra mente, nuestro entendimiento, los oídos del alma para escucharle y para aceptarle de verdad. No tengamos miedo ni de plantearle nuestras dudas o nuestras quejas allá en la interioridad y la intimidad de nuestra oración, pero no tengamos miedo a las actitudes nuevas que Jesús nos puede pedir. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. Que esa apertura a las palabras de Jesús nos conduzca a una apertura también de nuestra vida y de nuestro corazón a cuantos nos rodean para saber hacer un camino juntos en la vida.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Los Ángeles y los arcángeles nos ayudan a sentir la permanente presencia del amor de Dios en nuestra vida y con ellos queremos cantar eternamente la gloria del Señor

Los Ángeles y los arcángeles nos ayudan a sentir la permanente presencia del amor de Dios en nuestra vida y con ellos queremos cantar eternamente la gloria del Señor

Daniel 7, 9-10.13-14; Sal 137, 1-5; Juan 1, 47-51
Tradicionalmente decimos que este día del 29 de septiembre es el día de san Miguel Arcángel, pero tras la reforma del calendario litúrgico después del concilio Vaticano II en este día se unificaron las fiestas de los tres Arcángeles, por lo que en este día celebramos también a san Gabriel y san Rafael.
La tradición bíblica y también tradicionalmente en la Iglesia cuando hablamos de los ángeles hablamos de los mensajeros de Dios. Como tales aparecen repetidamente en la Escritura Sagrada pero también como un signo de la presencia y del poder del Señor. Como decimos en la teología y en el catecismo son espíritus puros que están en la presencia de Dios alabando y cantando siempre la gloria del Señor. Pero al mismo tiempo están junto a nosotros, como lo celebraremos también en los próximos días, como mensajeros divinos que están a nuestro lado con su protección y para hacernos sentir las inspiraciones del Señor en nuestro corazón.
Pero tal como aparece en la Biblia diferenciamos entre los ángeles y los arcángeles, por cuanto estos aparecen con una misión especial para hacer presente la presencia y la gracia del Señor y para trasmitirnos su voluntad o su fortaleza que nos llena de vida y nos sana o nos preserva de toda tentación y peligro. La presencia de Dios junto a aquellos grandes patriarcas del Antiguo Testamento normalmente son señalados como el Ángel de Dios, el Ángel del Señor que se les manifiesta. Signos, pues, junto a nosotros de la presencia de Dios y de su amor que siempre nos protege.
Así nos aparecerá Gabriel como especial mensajero divino, junto al sacerdote Zacarías para anunciarle el nacimiento de su hijo y su misión, pero luego también junto a María para manifestarle como estaba llena de Dios y de su gracia – había encontrado gracia a los ojos de Dios como le dice como si fuera su nombre – y cómo  había sido la elegida de Dios para que se engendrase en sus entrañas el Hijo de Dios que se hacia Hijo del Hombre, Emmanuel, Dios con nosotros. Mensaje sublime y trascendental para la salvación del Señor y para la renovación del mundo que también nosotros hemos de escuchar.
Será Rafael, Medicina de Dios como lo llama san Gregorio Magno, para acompañar a Tobías su camino, inspirarle lo mejor para su vida y traerle la salud para los ojos ciegos de su padre. Significativa ese presencia del Ángel del Señor caminante a nuestro lado en los caminos de la vida acompañando nuestros pasos, inspirándonos los mejores deseos y acciones y trayéndonos la gracia de Dios que nos sana y que nos salva.
Finalmente nos fijaremos en san Miguel, el arcángel que aparece en la lucha de Dios contra el mal para vencer y para dominar al enemigo malo. Así aparecerá en el libro de los profetas, pero volverá aparecer en el Apocalipsis y en quien hemos de sentir esa especial protección y fortaleza de Dios en nuestra lucha contra el mal y el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ es el significado de su nombre y con la presencia del espíritu divina a nuestro lado nada podrá apartarnos del amor de Dios, como diría el apóstol san Pablo.
Es lo que hoy estamos celebrando en esta fiesta de los santos Arcángeles Miguel Gabriel y Rafael.  Que esto nos ayude a sentir esa protección divina, nos haga escuchar en nuestro interior esa inspiración a lo bueno que ellos siempre nos trasmiten y nos sintamos fortalecidos en nuestra lucha contra el mal. Que nos ayuden a descubrir esa presencia de Dios permanente junto a nosotros de la misma manera que ellos están siempre contemplando el rostro de Dios en el cielo. Que con los ángeles y los arcángeles, y con todos los coros celestiales, como proclamamos en la liturgia, nosotros nos unamos a ese cántico celestial para que con toda nuestra vida siempre estemos buscando la gloria de Dios y cantando sus alabanzas para su gloria.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Es necesaria la apertura del corazón, es necesario abrir los resquicios del alma para que penetre la fe porque será la luz que nos haga conocerle y conociéndole vivirle

Es necesaria la apertura del corazón, es necesario abrir los resquicios del alma para que penetre la fe porque será la luz que nos haga conocerle y conociéndole vivirle

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’ se pregunta Herodes; y el evangelista añade a continuación: ‘Y tenía ganas de ver a Jesús’. Había oído hablar de Jesús, de su predicación por toda Galilea, de los signos que realizaba, de lo que la gente comentaba de Jesús, del entusiasmo del pueblo a quien veían como un profeta y acaso el anunciado Mesías; eran sus esperanzas.
Por eso Herodes quiere conocer a Jesús. Además en su conciencia pesa y lo recuerda que había encarcelado a Juan y lo había mandado decapitar en la cárcel. Le había resultado incomodo por lo que le decía y la mujer con la que convivía conspiraba contra él. Ahora oye hablar de un nuevo profeta, y en el fondo el sigue siendo un judío, y siente deseos de conocerle.
¿Por qué quería conocerle? Es la pregunta importante, aunque cuando se encuentre entre jolgorios y fiestas olvide los buenos deseos que haya en su corazón y cuando llegue el momento de encontrarse con Jesús se lo tome a broma y al final lo tome como un loco.
Todo esto me hace reflexionar en los deseos o aspiraciones que yo tenga en el corazón también en relación con Jesús. Algunas veces también siente uno inquietud en su corazón - ¿solo algunas veces? – y también andamos en caminos de búsquedas. Nos sucede como sucede a tantos en nuestro entorno.
Algunas veces se suscitan en el corazón de los hombres esos buenos deseos. Y abr muchos que también quieran conocer a Jesús. Y tratan de leer todo lo que caiga en sus manos, provenga de donde provenga, se dejan deslumbrar por cuestiones llamativas que puedan aparecer en la literatura acerca de Jesús haciendo múltiples mezcolanzas. Los medios de comunicación ofrecen en ocasiones noticias sobre descubrimientos de cosas arqueológicas que puedan tener relación con Jesús y quizás mostremos interés por esas cosas. O quizá en su buen deseo no se dejen arrastrar por esas cuestiones llamativas y se tomen más en serio el conocimiento que puedan adquirir quizá hasta emprendiendo unos estudios serios.
¿Solo ese será el camino para conocer a Jesús? Algunos nos dirán que no podemos cerrarnos a todas las posibilidades y hasta nos dirán que en el camino que hasta ahora hemos empleado la Iglesia ha tratado de ocultar muchas cosas que no interesarían poniendo o buscando no sé que razonamientos o intenciones ocultas y torcidas que haya detrás de todo eso. Cuantas veces habremos visto en noticias o en redes sociales hablarnos del descubrimiento sobre Jesús que haría temblar los cimientos de la Iglesia. Y la gente fácilmente se cree esas cosas que realmente han estado ahí desde siempre como pudiera ser lo que los evangelios apócrifos que no nos dicen nada nuevo porque siempre se han conocido sus fantasías.
Muchas cosas podríamos comentar en este sentido, pero en razón de la brevedad de la página de un blogs no tienen cabida en este momento. Pero sí hemos de decir que a Jesús no solo podemos ir a buscarlo como quien va en búsqueda de conocer a un personaje histórico. Es cierto que forma parte de la historia de la humanidad, pero es una historia distinta, porque a Jesús solo si vamos con la apertura de unos ojos que no temen el misterio de la fe es como podremos conocerlo.
Jesús no es solo unas historias que tenemos que leer, sino que tratar de conocer a Jesús es meternos en una vida que se va a hacer vida también en nosotros. Solo cuando le abramos las puertas de nuestra vida y de nuestro corazón es como podremos conocerle y conocerle seré encontrarnos con El como quien se encuentra con la vida verdadera. Es necesaria esa apertura de nuestro corazón, es necesario abrir los resquicios de nuestra alma para que penetre la fe en nosotros porque será la que nos dará la verdadera luz que nos haga conocerle y, como decíamos, conociéndole vivirle.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor, nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren


Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor,  nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6 Lucas 9,1-6
‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Un día se habían sentido atraídos por la palabra y la persona de Jesús, le habían escuchado, les daba gusto estar con él, las esperanzas renacían en sus corazones, sentían que en verdad siguiendo a Jesús era posible un mundo nuevo y mejor.
Jesús les anunciaba el Reino de Dios y les iba dando las señales en que había de manifestarse ese Reinado de Dios, los hombres se amarían de verdad y se sentirían hermanos, el sufrimiento era mitigado con el amor de todos, el mal tendría que desaparecer de ese mundo si sus corazones eran transformados por el amor, algo nuevo tendría que comenzar a vivirse entre todos porque todos centraban sus vidas en Dios.
Eso habrían de comenzar a vivirlo ellos mismos, lo estaban intentando hacer cuando se sentían unidos en torno a Jesús, pero esa buena noticia había de llevarse a los demás, había de anunciarse a todos para que en todos renacieran las esperanzas y todos comenzaran a vivir en ese estilo y sentido nuevo. Ahora Jesús los envía. Han de anunciar el Reino, han de anunciar ese mundo nuevo, han de hacer posible que allí por donde estén se vaya realizando ese mundo nuevo, ese nuevo sentido de vivir.
El amor habría de comenzar a florecer de nuevo en medio de los hombres porque tendrían que hacer desaparecer todo mal, arrancar el odio y la malquerencia de los corazones, desterrar los orgullos y las envidias, que nunca mas apareciesen los brotes de cizaña de las discordias o de los egoísmos. Era lo que Jesús les mandaba realizar.
Las expresiones que emplea el evangelio son muy propias de algunos de los signos externos que habían de realizar pero eran muy significativas de lo que habían de ser las señales de ese reino nuevo que se habría de vivir. El anuncio no ha de ser solo de palabra sino con obras, y habla de curar enfermos y de expulsar demonios.
Curar enfermos no es solo levantarlos de la cama si en ella están postrados; la cercanía y la presencia nuestra junto a un enfermo ha de ser siempre una presencia de vida y de amor y quien se siente amado se está comenzando a llenar de vida, se está comenzando a sanar. Las cegueras de las que nos habla el evangelio, la invalidez de algunos miembros corporales, la sordera que nos impide comunicarnos o la lepra que aísla a los que la padecen son bien significativas de ese mal que hay dentro de nosotros tantas veces y del que tenemos que liberarnos, o del que tenemos que ayudar a liberarse a quienes lo padecen.
Por eso nuestra presencia tiene que ser signo de liberación porque aquel que sufre y al que nos acercamos se siente amado cuando nos interesamos por él. Y no hay mejor cosa que nos ayude a superarnos a nosotros mismos que el sentirnos valorados por alguien. Cuanto podemos hacer en este sentido, cuanto tenemos que hacer. A cuantos tenemos que ayudar a levantarse de su postración porque se sientan valorados y amados de verdad.
Qué hermosa tarea tenemos en nuestras manos, en nuestra presencia, en nuestra cercanía a los demás. Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar. Jesús a nosotros también nos envía con esa misión. Realizando esos gestos que quizá nos puedan parecer sencillos estamos anunciando el Reino, estamos proclamando la buena nueva de Jesús.


martes, 26 de septiembre de 2017

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Dios si luego no lo manifestamos en las obras de fe y de amor de toda nuestra vida

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

Eso yo ya lo sé, decimos o escuchamos decir tantas veces. Alguien que nos hace una recomendación, algo que tratamos de enseñar a alguien y que puede afectar a su comportamiento, nos lo sabemos, nos creemos que no necesitamos que nadie nos diga algo. Pero de saber a hacer va un trecho, como se suele decir. Una cosa es que nos sepamos las cosas y otra cosa es que las pongamos en práctica, esa sea nuestra manera de hacer y de actuar. Con todo lo que sabemos el mundo tendría que ir sobre ruedas, pero bien vemos cómo va, o mejor, bien vemos como es nuestra manera de actuar en el diario de nuestra vida.
Conscientes o inconscientes, sabiendo lo que hacemos, o simplemente olvidándonos de lo que deberíamos hacer, influenciados por nuestras propias pasiones o simplemente dejándonos llevar por lo que todos hacen, lo cierto es que muchas veces hay un trecho bien grande entre lo que decimos que sabemos y lo que realmente luego hacemos. Será nuestra inconstancia, o será nuestra debilidad, el  miedo a ir contracorriente de lo que todo el mundo hace o nuestras propias apetencias interiores, pero así vamos caminando por la vida.
Hay mucha gente alrededor de Jesús que quiere escucharle. Tanto que llega su madre y sus parientes y no pueden acceder a Jesús. Alguien se acercará para decirle que por allí están su madre y sus hermanos – en aquella terminología semita en que se llamaba hermano a todo pariente cercano – y Jesús no es que no quiera atender a los suyos que llegan hasta El; quiere hacernos comprender que si importantes son los lazos de la sangre y que siempre hemos de valorar, hay otros lazos que se crean entre nosotros para producir una verdadera comunión que es la fe en la Palabra de Dios que se hace vida en nosotros.
Nos dice el evangelista que Jesús mirando en su derredor y contemplando a cuantos quieren escuchar su Palabra les responde. Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’.
Quienes creemos en Jesús formamos una nueva comunidad; la fe en Jesús crea entre nosotros una nueva comunión; escuchamos su Palabra y dejamos que fecunde nuestra vida; escuchamos su Palabra y nos dejamos transformar por ella. Pero bien sabemos que escuchar no es solo oír unos sonidos que llegan a nuestros oídos; escuchar es dejar que esa Palabra que se nos trasmite llegue a lo más hondo de nosotros para hacerse vida en nosotros; como la comida con que nos alimentamos que se transforma en esa energía que nos hace mantener la vida de nuestro cuerpo, la Palabra es ese alimento que se hace vida en nosotros y se manifiesta por las obras nuevas que realizamos.
No es solo saberla, oírla, sino que escucharla es hacerla vida en nosotros.  No nos basta decir que la sabemos porque la hemos oído y la hemos quizá hasta grabado en nuestra memoria; no la grabamos en la memoria sino en la vida, haciéndola vida nuestra. Ella será también nuestra fortaleza porque nos llena del Espíritu de Dios para hacer frente a las debilidades, las tentaciones, los cansancios, las desesperanzas y desilusiones, la rutina y todo cuando pueda querer quitarle vida.
Aprendamos de María ‘la que guardaba todas las cosas en su corazón’; aprendamos de María que merecería un día la alabanza de que había creído y todo aquello en lo que había creído se cumplía; aprendamos de María de la que Jesús también decía que era dichosa porque guardaba en su corazón la Palabra de Dios y la ponía en práctica.

lunes, 25 de septiembre de 2017

La luz crece en la medida en que la compartimos por eso tenemos que con entusiasmo contagiar a nuestro mundo de la verdad y de la luz del Evangelio

La luz crece en la medida en que la compartimos por eso tenemos que con entusiasmo contagiar a nuestro mundo de la verdad y de la luz del Evangelio

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

La luz crece en la medida en que la compartimos. Si nos la guardamos para nosotros y no dejamos que otros puedan iluminarse con esa luz lo que hacemos es oscurecerlo todo. Imaginemos que estamos en medio de una densa oscuridad, pero nosotros tenemos una lámpara encendida si con nuestra luz ayudamos a que otros puedan encender sus lámparas veremos cómo la luz va creciendo y todo puede llegar a llenarse de intensa claridad. Por eso no nos la podemos guardar, no la podemos ocultar para solo iluminarnos nosotros aunque tengamos que correr el riesgo de que al compartirla pudiera verse amenazada su llama por los vientos que corren, pero al compartirla se hace más fuerte y puede llegar a dar mejor resplandor.
Es lo que somos y lo que tenemos en la vida. no nos podemos encerrar en nosotros mismos, no podemos actuar nunca de forma egoísta e insolidaria queriendo eso bueno solo para nosotros; nuestra dicha estará en ver que ese bien llega a los demás y hará surgir nuevas plantas de bien, de bondad, de responsabilidad en la vida haciéndola cada día más preciosa. Todo lo bueno que tengamos y seamos capaces de compartir veremos como fructificará y muchas plantas bonitas de bondad que Irán surgiendo en nuestro entorno. Tenemos que ser optimistas, tenemos que creer en que la bondad se puede multiplicar, que lo bueno que hay en nosotros puede contagiar a los demás. Dichosos contagios.
Es lo que hemos de hacer con nuestra fe. Nos hemos acostumbrado quizá a escuchar las palabras de Jesús enviando a sus discípulos por el mundo a anunciar la Buena Nueva que ya lo oímos como si eso no nos afectara a nosotros. Siempre tenemos que escuchar la Palabra de Jesús como una noticia nueva y buena para nuestra vida; hemos de saber descubrir en cada momento lo que es la novedad del evangelio y no acostumbrarnos a sus palabras que entonces ya no serán evangelio para nosotros ni para el mundo que nos rodea. Esas palabras de Jesús nos afectan, tienen que comprometernos en cada momento.
Con la imagen de la luz que hoy nos ofrece y que nos habla de que la luz no la podemos ocultar debajo de la cama ni debajo de un cajón, sino que tenemos que ponerla muy alta para que ilumine a todos, nos está diciendo lo que tenemos que hacer en todo momento con esa luz de la fe que ilumina nuestra vida. Tenemos que iluminar a los demás, tenemos que trasmitir esa buena noticia del evangelio, nuestra vida resplandeciente por las obras del amor tiene que ser signo de salvación para cuando nos rodean, tenemos que ser evangelio para los demás por esa fe que encarnamos en nuestra vida.
Hemos descuidado demasiado esa responsabilidad de la trasmisión de la luz del evangelio a los demás; nuestro mundo parece que se llena de sombras porque pareciera que prevalece un mundo de violencia y de mentira, un mundo insolidario y de hipocresía, un mundo de desconfianzas y de odios, un mundo roto dividido y tan lleno de materialismo que ha perdido el sentido de lo espiritual. No cargamos las tintas, pero es una realidad que nos rodea y que nos puede contagiar, aunque es cierto también que a veces nos encontramos luces buenas que tintinean por aquí y por allá. Tendríamos que aprovechar mejor esos leves destellos de cosas buenas y justas que siempre aparecen para resaltarlo y sirva de estimulo para buscar la luz verdadera que encontramos en Jesús.
¿Qué hemos hecho del evangelio en el que creemos y que decimos que es el sentido de nuestra vida? ¿Cómo es que no hemos contagiado más a ese mundo de los valores del evangelio? 

domingo, 24 de septiembre de 2017

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

El amor y la generosidad nos desconciertan pero no olvidemos que nuestras obras de amor tienen que signos provocadores de una nueva humanidad

Isaías 55,6-9; Sal 141; Filipenses 1, 20c-24. 27; Mateo 20, 1-16
En un mundo en que parece que cada uno va a lo suyo y nos encontramos con tantos que no se preocupan de los demás sino solo de sus intereses, y a lo sumo de las personas que caen bajo sus responsabilidad, nos desconcierta el encontrarnos con personas generosas que hasta se olvidan de si mismos en su deseo de ayudar y de compartir lo que tienen y lo que son con los demás.
No es solo ya el preocuparse de actuar de manera justa haciendo que cada uno tenga lo que en justicia se le debe, sino que van más allá en su generosidad. Personas desprendidas, que no miran por sus ganancias, que hacen suyo el sufrimiento de los demás, que no puede permitir desde la sinceridad de su conciencia que alguien pueda estar pasando necesidad si está de su parte ayudarle. Algunos lo llaman altruismo, o lo llamamos también solidaridad, pero todo es fruto del amor.
Y aunque algunas veces no lo veamos o no lo queramos ver hay muchas personas así en el mundo y que son los que realmente lo están haciendo mejor. Pero encontrarnos con personas así nos desconcierta cuando quizá sentimos en nuestro interior muchos ramalazos de egoísmo y cuando nos dicen que la caridad empieza por uno mismo. Es cierto que tenemos que amarnos porque de lo contrario no seriamos capaces de amar a los demás, pero la generosidad del que se olvida de sí mismo pensando siempre en los demás muchas veces nos deja descolocados.
Yo creo que, entre otros muchos mensajes que podríamos aprender de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el sentido de la misma va por ese camino. Es la generosidad de aquel hombre que no solo se preocupó de que tuvieran trabajo – lo que es un acto también de justicia – aquellos obreros desocupados a cualquier hora del día que los encontrara en la plaza, sino el hecho de darle igualmente el salario digno para aquellas personas fuera la hora en que hubieran comenzado a trabajar. ‘¿Es que vas a tener envidia porque yo soy bueno?’, le responde a aquellos que le dicen que no es justo que les dé a todos igual, cuando les está dando lo que en justicia había contratado con ellos.
Son los caminos de Dios que muchas veces nos cuesta comprender. Ya nos decía en el texto de Isaías que nuestros caminos no son sus caminos y nuestros planes no son sus planes. Los planes y los caminos de Dios nos superan, y nos superan precisamente desde el amor. Es el Señor compasivo y misericordioso que tantas veces hemos escuchado en la Biblia y repetido con nuestros salmos.
Es el camino de la misericordia que tanto nos cuesta comprender y vivir. Es muy fácil emplear la palabra misericordia, pero ser misericordioso de verdad desde el corazón ya no lo es tanto. Pensamos en la justicia, pensamos en que lo pague el que lo hizo, y ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras trabas para ser verdaderamente compasivos con los demás de manera que obremos con auténtica misericordia porque pongamos amor de verdad en el corazón y con ese amor seamos capaces de mirar al que ha errado o al pecador que ha hecho mal.
Cuantas veces habremos contrapuesto el amor, la caridad y la justicia preguntándonos cuál es más principal o más importante. No están reñidos el amor y la justicia ni mucho menos, pero el amor va mucho más allá cuando se nos ofrece la misericordia del perdón, la generosidad del que da más de lo que incluso en justicia merecemos, porque nos hace entrar en la plenitud de Dios que es Amor.
Si Dios es misericordioso y nos perdona, por qué nosotros los hombres tenemos que poner penitencias y reparaciones que lo que hacen es marcar con nuevos pesos en su conciencia al que ha hecho mal y se ha arrepentido. Ya nos enseña Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre es compasivo. Y ese es el camino de la perfección que nos propone.
Es el camino que hemos de aprender a vivir. Ya sé que esas cosas nos desconciertan como decíamos al principio porque quizá nuestra mirada turbia muchas veces nos hace sentirnos incapaces de actuar con esa generosidad; pero entrar en esa órbita del amor y de la generosidad, no nos hace olvidar la justicia, por supuesto, pero es que nos está regalando algo más de lo que ya en justicia merece toda la dignidad del hombre porque el amor nos está elevando a un estadio superior.
¿Seremos capaces de actuar siempre de esa generosidad? Probemos a poner mucho amor en el corazón, ese amor que nos hace respetar y valorar a toda persona, a reconocer su dignidad, a procurar siempre el bien, a buscar que toda persona pueda ser feliz porque se sienta amado y se sienta regalado con nuestro amor. Eso lo podremos hacer siempre con la fuerza del Espíritu del Señor que anima nuestra vida.
No olvidemos que siempre hemos de dar testimonio del amor pero es que nuestras obras de generosidad han de ser signos provocadores que nos recuerden que podemos hacer entre todos una nueva humanidad.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

Sembremos cada día en nosotros y en el mundo en que vivimos la semilla de la Palabra desde un testimonio valiente porque la luz no se puede ocultar y la semilla se ha de sembrar

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15

‘Se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo…’ y esta es la ocasión en que nos dice el evangelista Lucas que Jesús les propone una parábola.
Mucha gente se le juntaba a Jesús, crecía el número de los que le seguían para escucharle, pero ¿cómo lo escuchaban? ¿Cómo acogían en su corazón aquella semilla que Jesús iba sembrando? Como el sembrador que tira a voleo la semilla mientras va caminando Jesús va dejando su palabra en aquellos corazones. ¿Fructificará de la misma manera en todos ellos?
Algunos seguían a Jesús esporádicamente; pasaba Jesús por su pueblo, les hablaba en la sinagoga, en los cruces de los caminos o en las plazas, y a todos les gustaban las palabras de Jesús. Sentían deseos de seguir escuchándole, se iban detrás de él, pero pronto volverían a sus faenas, regresarían a sus casas, se iban a encontrar con los problemas de cada día, ¿seguirían recordando las palabras de Jesús?
Algunos con curiosidad se acercaban a Jesús porque habían oído hablar muchas cosas de él. Le escuchaban con interés o inquisidores para ver lo que decía y si acaso aquello les convencía, pero pronto quizá el interés se desvanecía, no les llegaba a convencer, tenían dudas de quien realmente fuera Jesús, quizá pronto lo olvidaran o acaso fueran de aquellos que formarían parte de otro nuevo grupo como de oposición que se iba formando. ¿No terminaba de convencerles aquel nuevo profeta? ¿No veían que se cumplieran en él las expectativas que tenían sobre el futuro Mesías de Israel? El estilo pacifico de Jesús quizá no era lo que buscaban para luchar contra los opresores del pueblo.
Así unos le escuchaban y pronto se quedaban atrás, otros le seguían durante un tiempo con cierto entusiasmo que pronto se podría enfriar, solo algunas permanecían fieles, sembraban en su corazón aquellas esperanzas que la Palabra de Jesús les suscitaba.
Pero es que eso tenemos que verlo en nosotros. Cuántos son los que cada semana escuchan la proclamación del evangelio, pero cuántos son también los que cuando atraviesan de nuevo la puerta de la iglesia que les lleva a la calle ya lo olvidaron todo.
Cuántos son los que con cierto fervor escuchamos la palabra, pero las tareas de la vida cotidiana, la familia, el trabajo, los problemas que se viven en la sociedad nos absorben de tal manera que olvidamos pronto, o no sabemos encontrar luz en esa palabra que se nos ha proclamado para esos problemas de la vida de cada día.
Cuántos quizá los que queremos ser sinceros y queremos vivir todo eso, pero estamos envueltos en tantos problemas personales que no sabemos como salir de ellos o como en esa palabra encontrar esa fuerza que necesitamos para caminar y para luchar, para superarnos y para lograr ser mejores cada día.
Claro que tendríamos que ser de los de la buena tierra, porque acojamos esa semilla, esa Palabra y como María la guardemos en el corazón para rumiarla, para sacarle de verdad fruto porque en ella encontremos esa luz y esa fuerza para ese nuestro camino diario. No es fácil la tarea, porque ya sabemos cuantas cosas los llaman la atención por todas partes, nos atraen y nos distraen, pero hemos de centrarnos de verdad en esa Palabra que es vida para nosotros. Es lo que nos dice Jesús de dar fruto, diverso quizá según la capacidad de cada uno, pero fruto en fin de cuentas porque queremos en verdad llenarnos de la gracia del Señor.
Sembremos cada día en nosotros esa semilla de la Palabra; sembremos cada día en los que nos rodean, en el mundo que vivimos esa buena semilla desde ese testimonio claro y valiente que nosotros demos, pero también desde esa palabra que tenemos que atrevernos a decir porque la luz no se puede ocultar, porque la semilla se ha de sembrar.