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sábado, 1 de julio de 2017

Del centurión aprendemos a ser humildes y nunca creernos merecedores de todo poniendo toda nuestra confianza y esperanza en la Palabra de Jesús

Del centurión aprendemos a ser humildes y nunca creernos merecedores de todo poniendo toda nuestra confianza y esperanza en la Palabra de Jesús

Génesis 18,1-15; Sal 1; Mateo 8,5-17
A veces solo necesitamos quien nos escuche, a quien podamos contarle con confianza nuestra situación, nuestros problemas; no es que busquemos quizás en ese momento soluciones inmediatas, pero el desahogo de lo que es nuestra preocupación, del dolor que llevamos dentro de nosotros, es para nosotros suficiente, es lo verdaderamente importante. Después pueden venir las soluciones o puede venir la fortaleza y la paz que sentimos en nuestro interior porque fuimos escuchados y parece que ya nos encontramos distintos; después puede aflorar una fe fuerte que nos hace confiar en que podemos salir de aquella situación o podemos ver una luz al final del túnel de la vida en que nos vemos metidos.
Pero importante es esa confianza que hemos encontrado al ser escuchados. Cuánto necesitamos todos de eso en la vida para no sentirnos solos, para no vernos hundidos, para descubrir que hay tablas de salvación a las que podemos agarrarnos para seguir luchando contra esos embates que nos da el mar de la vida.
Hoy vemos llegar hasta Jesús a un hombre que viene a contarle sus preocupaciones, el problema grande que tiene en su casa. El no es judío. En principio no parece que venga pidiendo nada. Solo cuenta lo que le pasa y encuentra una palabra de respuesta. Una respuesta que quizás no esperaba. Era un gentil, un romano en medio de los judíos donde se sabía que no eran queridos ni aceptados, pero aun así acude a Jesús porque ha encontrado la confianza de que va a ser escuchado.
La respuesta de Jesús le coge descolocado porque no era lo que esperaba. ‘Voy yo a curarlo’. Aflora ahora todo lo mejor que lleva dentro de sí. Aparece patente su fe y su humildad. No esperaba él que Jesús quisiera ir a su casa. Sabe su condición, no es judío, y el que Jesús quisiera ir a su casa lo considera algo grande y de lo que no es merecedor. No se considera digno. Como un día dijera Isabel ante la visita de María, ‘¿Quién son yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Ahora dirá el centurión ¿Quién soy yo para que Dios mismo venga a mi casa? Ahí está su humildad, y ahí está la grandeza de aquel hombre.
Pero está también su fe. Confía en la Palabra de Jesús. Será de ahora en adelante un ejemplo de cómo hemos de confiar en la Palabra de Jesús, de manera que convertimos sus palabras en modelo de oración para nosotros. Sabe de la fuerza poderosa de la Palabra de Jesús. No necesita nada más, no son necesarios signos externos, basta solo su palabra con toda su autoridad. Su fe es fuerte, porque su fe es humilde. Su fe es grande porque nace de un corazón humilde, de quien se sabe pequeño e indigno, pero aun así sigue confiando porque cree sobre todo en el amor de Dios.
Cuántas cosas nos dice todo esto. Cuánto ejemplo para nosotros, para que aprendamos a ser humildes, para que no nos creamos nunca merecedores de todo que al final ni damos gracias, para que pongamos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor, para que aprendamos a dejarnos conducir por la fuerza el Espíritu.
No son necesarios más comentarios. Escuchemos y contemplemos. Abramos los oídos de nuestro corazón y plantemos su Palabra en nosotros. Los que creen se convertirán en hijos de Dios. Y no olvidemos de tener un corazón abierto y acogedor para escuchar a tantos que pasan a nuestro lado con sus preocupaciones y problemas.

viernes, 30 de junio de 2017

Abre los ojos y mira más allá para ver a quien te está diciendo ‘si quieres…’, puedes ayudarme a disfrutar de las cosas buenas de la vida

Abre los ojos y mira más allá para ver a quien te está diciendo ‘si quieres…’, puedes ayudarme a disfrutar de las cosas buenas de la vida

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4
Me acaba de llegar un mensaje por las redes sociales ahora tan de moda. ‘Oye… abre los ojos… mira hacia arriba… disfruta de las cosas buenas que tiene la vida…’ Así decía. Bello mensaje que nos invita a mirar alto, que nos invita a ver la bueno que hay en la vida, a ver lo bueno que hay alrededor. Agradezco el mensaje. Pero me lleva a más.
Abrir los ojos… vamos demasiado ensimismados en la vida, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y tenemos el peligro, es cierto, de llenarnos de pesimismo algunas veces; las cosas no nos salen, bien tenemos problemas, nos agobiamos en nuestras preocupaciones, pero nos hace falta mirar más allá, mirar más alto, poner luz y color en los ojos para ver las cosas de otra manera.
Nos invita, es cierto, a que disfrutemos de todas esas cosas buenas que tenemos en la vida; disfrutemos del mismo hecho de vivir, de poder relacionarnos, de tener gente que nos quiere, de tener amigos que están a nuestro lado. Pero no nos lo quedemos para nosotros solos. Hay personas en nuestro entorno que quizá necesiten también un toque de atención como el que nos hacen a nosotros; hay personas que necesitan que les prestes atención, que les contagies esas ganas de vivir, que llenes de luz y color también sus vidas.
Y eso lo puedes hacer interesándote por ellos, mirándoles a la cara, dejando que lleguen a ti. Quizá necesitamos bajar; sí, bajar porque no subimos en un pedestal, nos ponemos en otra altura, nos sentimos nosotros felices y no nos damos cuenta de que alguien está tendiéndonos la mano para que compartamos con ellos un poco de esa nuestra felicidad. Podemos ayudarles a comprender que ellos también pueden, tienen derecho, a disfrutar de la vida. Y tenemos que hacerlo posible.
Hoy escuchamos en el evangelio que Jesús bajó del monte y hay mucha gente que le sigue. Jesús siempre rodeado de la gente, que deja que la gente se acerque a El, que va al encuentro de las personas. Pero el evangelio nos habla de un leproso que se acerca a Jesús. Ya sabemos; los leprosos no podían estar en medio de la gente, tenían que vivir aislados, lejos de las demás personas. Problema de impureza legal, problemas de contagios, diríamos hoy.
Pero aquel hombre se atreve a acercarse a Jesús y le lleva una petición. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Ya sabemos muy bien lo que hizo Jesús. Pero esto me da para pensar muchas cosas. ¿Habrá alguien que de alguna manera se esté acercando a nosotros para decirnos ‘si quieres, puedes ayudarme’? Claro que tendríamos que plantear si dejamos que los demás se acerquen a nosotros o si nosotros nos hacemos cercanos a la gente. Tendríamos quizá que preguntarnos si somos capaces de captar que alguien en ese camino que vamos haciendo nos pueda estar haciendo esa petición. Porque quizá somos tan insensibles que no nos damos cuenta.
Me quedo aquí, con esos interrogantes, con esas preguntas que tengo que hacerme a mí mismo. Y aquello que decíamos al principio con aquel mensaje, miremos a lo alto, aprendamos a mirar a nuestro alrededor, ayudemos también a los que están a nuestro lado a que disfruten de las cosas buenas y bellas de la vida. Y para eso prestemos atención a cuantos están ahí a nuestro lado. No les pongamos barreras como al leproso, miremos más allá de esas distancias que quizá haya por medio. Podremos ver a alguien que nos esté tendiendo la mano y diciéndonos ‘si quieres…’

jueves, 29 de junio de 2017

La fe nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados en Jesús, nuestro único Salvador, y expresar nuestro compromiso de amor por el Reino de Dios

La fe nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados en Jesús, nuestro único Salvador, y expresar nuestro compromiso de amor por el Reino de Dios

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
Aunque a veces nos creemos que llegamos a conocer las cosas o las personas siempre por nosotros mismos, bien sabemos que siempre hay algo, siempre hay alguien que de alguna manera es mediación para nosotros para que lleguemos a ese conocimiento; circunstancias especiales, personas que nos ayudan en el encuentro, cosas que vemos en las acciones de los demás que nos llevan a interrogantes que nos plantean cuestiones importantes para nosotros. Interactuamos entre unos y otros y siempre hay una relación que nos lleva a otra relación.
Fue como Pedro llego a conocer a Jesús. Su hermano Andrés que había llegado hasta Jesús por el testimonio del Bautista, después de tener un encuentro con Jesús – en este caso acompañado por Juan el Zebedeo – es el primero que le habla de Jesús. ‘Hemos encontrado al Mesías’, le dice, y lo llevo a Jesús. Y Jesús desde ese primer encuentro ya le señala que habrá una misión para él. ‘Tu eres Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas (Pedro)’.
Más tarde como  nos narrarán los sinópticos en la orilla del lago estaban por un lado Andrés y Simón, y por otro lado los hermanos Zebedeos, y pasará Jesús y les invitará a ser pescadores de hombres. Habrían ya escuchado a Jesús en aquellos primeros anuncios que hacia del Reino de Dios que llegaba y para el que había que convertirse y creer en la Buena Nueva que Jesús significaba; en sus corazones habría ya esa inquietud por el Mesías que se esperaba y ahora sus esperanzas afloraban de nuevo con el profeta de Nazaret, será por eso por lo que lo dejarán todo por seguir a Jesús.
Se reconocerá indigno y pecador ante las maravillas que realiza Jesús cuando ha puesto toda su confianza en El. Por tu nombre, porque tu lo dices, por tu Palabra echaré las redes, había respondido Pedro a la invitación de Jesús aquel día en el lago cuando nada habían cogido la  noche anterior, y ante la maravilla de aquella pesca tan abundante se siente pecador y no se considera digno de estar al lado de Jesús, pero Jesús sigue confiando en él, ‘serás pescador de hombres’.
Su fe, su confianza, su entusiasmo va creciendo día a día después de las diversas experiencias que va teniendo con Jesús el Tabor, la resurrección de la hija de Jairo, y le llevará a decir un día que estará siempre con El, que no lo abandonará, aunque todos lo abandonen, porque El tiene Palabras de vida eterna. Aunque porfíe lo mismo en otros momentos trascendentales su debilidad le podrá y llegará incluso a decir un día, por temor, que no lo conoce, pero Jesús sigue confiando en él, sigue confiando en quien se siente cogido del amor de Jesús. ‘¿Me amas?... Tu lo sabes todo, tu sabes que te amo… apacienta mis ovejas…’
Es el Pedro que un día había llegado a hacer una hermosa confesión de fe cuando Jesús pregunta lo que la gente piensa de El, y lo que ellos mismos piensan de Jesús después de tanto que ha estado con ellos. ‘Tu eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. Pero aquello Pedro no lo había conocido por si mismo; había habido una revelación del Padre allá en lo hondo del corazón, porque de lo contrario no podría afirmar tales cosas. Pedro se había dejado conducir por el Espíritu de Dios. Ese Espíritu de Jesús que le inundaría para poder llegar a ser el que en nombre de Jesús fuera piedra fundamental de la comunidad que nacía, piedra sobre la que se fundamentaría la Iglesia.
Pedro es la piedra por su fe, y en la fe de Pedro nos apoyamos nosotros sintiéndonos en plena comunión con su sucesor el Papa y con toda la fe de la Iglesia. Será así como hacemos Iglesia, como nos constituimos en Iglesia. No como una organización más, al estilo y a la manera de las organizaciones del mundo, sino como una comunidad de fe.
Es la fe lo que nos une, lo que nos hace Iglesia. Es lo que tendríamos que expresar de manera clara ante el mundo que nos rodea. Demasiado aparecemos ante los ojos del mundo como una organización llena de poder, pero nuestro único poder es la fe que nos une, que nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados de verdad en Jesús. Ese es el sentido que tiene ser iglesia, es así como hemos de manifestarnos, es así como tenemos que expresar nuestro compromiso de amor ante el mundo que nos rodea.
No olvidemos que a través nuestro otros muchos pueden llegar al conocimiento de Jesús. Nuestro testimonio tiene que ser esa mediación que conduzca a todos hasta Jesús para que en verdad entre todos constituyamos y construyamos el Reino de Dios.

miércoles, 28 de junio de 2017

Siempre hemos de fijarnos en la autenticidad y en la congruencia entre las palabras y la vida para que no nos engañen las vanidades ni los falsos oropeles de palabras bonitas

Siempre hemos de fijarnos en la autenticidad y en la congruencia entre las palabras y la vida para que no nos engañen las vanidades ni los falsos oropeles de palabras bonitas

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20
En nuestra cultura popular hay muchos refranes que nos reflejan una sabiduría natural y muy llena de certezas que con pocas palabras nos ofrecen claras sentencias y mensajes. Han nacido quizá de esa reflexión de gente sencilla que en sus cortos expresiones nos reflejan maneras de pensar muy llenas de sabiduría.
Escuchando a lo que Jesús quiere prevenirnos con sus palabras en el evangelio de hoy me ha venido a la mente aquello de que ‘una cosa es predicar y otra cosa es dar trigo’. Somos muy dados a buenas y bonitas palabras, somos capaces de sentenciar sobre muchos asuntos y hasta querer establecer doctrina sobre comportamientos y sobre mil cosas, podemos decir maravillas, pero el realizarlo en la propia vida, ya es cosa de otro cantar, como se suele decir también.
Es una tendencia fácil que podemos tener muchos y quienes tienen quizás una responsabilidad ante la sociedad, en su formación o en la administración de sus asuntos, esto es una cosa que nos sale fácilmente a flote. Decimos muy bien cómo tienen que ser las cosas, pero en la práctica quizá hasta hacemos lo contrario buscándonos mil justificaciones.
Por eso bien sabemos todos que la mejor enseñanza que podemos dar es el testimonio de nuestra vida. Como nos dice Jesús hoy ‘por sus frutos los conoceréis’. El árbol se conoce por sus frutos, pero ese árbol y esos frutos que nos produce también hemos de cuidarlo debidamente. Muchas veces nos puede suceder que los frutos son apariencia. ¿Quién no se ha encontrado con un árbol que a la vista se nos presente precioso en el colorido y abundancia de sus frutos, pero que luego pronto nos encontraremos que todos esos frutos están dañados? Ya sabemos de la manzana muy bella externamente en su colorido, pero que al partirla nos encontramos que dentro está dañada y llena incluso de podredumbre.
Es la rectitud con que hemos de presentarnos en todos  los aspectos de la vida. Es la congruencia con que hemos de actuar poniendo en una verdadera sintonía nuestras palabras y nuestras obras. Es la autenticidad que tiene que brillar en nosotros para que lo que hacemos lo hagamos con verdad y responsabilidad y no nos quedemos en las apariencias de una vida virtuosa quizá externamente pero con el corazón muy maleado con perversas intenciones. Cuántas cosas podríamos decir en este sentido. Cómo tenemos que cuidar la autenticidad de nuestras palabras, reflejadas en la verdad de una vida.
Jesús nos previene hoy de los falsos profetas. Y es que en el seno de la comunidad cristiana también nos pueden suceder estas vanidades. Es el discernimiento que ha de hacer la comunidad de quienes se presentan como pastores con piel de oveja, pero que en el fondo son lobos rapaces que lo que quieren es destruir. Hay un ‘sensus fidei’, un sentido de la fe en el corazón del pueblo cristiano que es el que nos hace discernir para darnos cuenta donde pueden estar aquellos que nos lleven al error no solo ya en la materia de la fe y la doctrina sino en lo que ha de ser nuestra práctica de vida cristiana.
Siempre tenemos que fijarnos en la autenticidad de una vida, en esa unión y congruencia entre las palabras y la vida; que nunca las vanidades ni los falsos oropeles de palabras bonitas nos engañen.


martes, 27 de junio de 2017

Un camino de leal humanidad sin escalones ni pedestales, sin barreras ni distancias sino hecho de cercanía y tierna humanidad


Un camino de leal humanidad sin escalones ni pedestales, sin barreras ni distancias sino hecho de cercanía y tierna humanidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
¿A ti te gustaría que te hicieran, que te trataran cómo tú haces, cómo tú tratas a los demás? Ya sabemos como nos sentimos heridos ante la más mínima palabra que nos digan que nos pueda parecer ofensiva; cualquier gesto displicente que tengan con nosotros algunas veces hasta sin mala intención nos hiere y nos molesta. Sin embargo nuestro lenguaje no siempre es lo más delicado, nuestros gestos no son siempre agradables con todos, porque quizás cuando alguien no nos cae muy bien o no es de nuestra cuerda nos mostramos distantes con ellos, haciendo marcar diferencias, manteniendo las distancias, y como decimos tantas veces poniéndonos en nuestro lugar.
Pero ¿eso es de verdad ponernos en nuestro lugar? ¿Nuestro lugar está en los pedestales, en las distancias que pongamos ante los demás, en la displicencia o incluso la violencia con que tratemos a los otros? Es un camino que no nos lleva a ninguna parte buena, aunque en nuestro orgullos nos creamos crecidos y nos consideremos importantes.
En un camino de leal humanidad esos no serían los modos. Formamos parte de una misma humanidad y no tenemos por qué ponernos a hacer distinciones o colocarnos en distintos escalones. Incluso el que mayor responsabilidad tuviera hacia los demás por la función que ocupara en la sociedad, tendría que ser y mostrarse como el mejor servidor de todos. Es la cercanía la que nos hace más humanos, porque nos hace querernos y aceptarnos, incluso con nuestras limitaciones o con las debilidades que nos pudieran hacer tropezar tantas veces en la vida.
No es el camino de la imposición y de las exigencias hacia los otros los que nos puede hacer grandes ni lo que nos va a hacer importantes en la vida. Siempre recordaremos y valoraremos más a una persona cercana, a una persona humilde y sencilla, a una persona que sabe tener gestos sencillos pero cargados de cariño hacia nosotros. Los que se muestran displicentes, exigentes, violentos para imponer sus criterios o formas de actuar ya por si mismos se están alejando de nosotros.
Nos lo recuerda Jesús hoy. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Nos cuesta muchas veces, porque son tantos los sentimientos encontrados dentro de nosotros. Pero hemos de superarnos aunque eso nos cueste esfuerzo, saber negarnos a nosotros mismos, sacrificar nuestro amor propio y nuestro orgullo.
Por eso hoy Jesús nos habla de camino estrecho. No es que Jesús quiera que las cosas sean dificultosas para nosotros, pero caminar por un camino estrecho exige esfuerzo, constancia, atención para no salirnos de la vía que hemos de transitar. Es lo que nos pide Jesús. No nos podemos dejar simplemente llevar por lo que nos venga en gana, sino ver bien las metas, los ideales, lo que en verdad queremos de la vida para que todos seamos en conjunto más felices.
Escuchemos en lo hondo de nosotros mismos esa palabra de Jesús. Busquemos juntos ese camino de felicidad que nos lleve a una plenitud de vida para todos. No es bienestar por bienestar porque nos apoyemos en cosas o bienes materiales, sino porque busquemos los valores más hondos, más espirituales, más trascendentales que son los que nos llevaran a una mejor plenitud de vida.

lunes, 26 de junio de 2017

Que nunca se interpongan las cataratas del orgullo y el amor propio entre nosotros y la relación con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad

Que nunca se interpongan las cataratas del orgullo y el amor propio entre nosotros y la relación con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Quienes hemos tenido en la vida la experiencia de tener cataratas en los ojos, después de la cirugía que extirpó esa catarata seguramente recordamos el cambio que se operó en nuestra visión. Casi sin darnos cuenta en la medida en que crecía la catarata en nuestros ojos la visión se iba difuminando, los ojos perdían claridad y capacidad para apreciar los detalles y los colores; pero casi nos habíamos acostumbrado a aquella visión borrosa. Al recuperar la visión nos dimos cuenta de la belleza de los colores, la calidad de los detalles que podíamos apreciar, la visión nueva que teníamos a partir de ese momento de la cosas con una mayor claridad.
En la vida vamos con demasiadas cataratas en los ojos, y ya no es esa cortina que se ha formado en la lente de nuestra retina; es el velo que desde intenciones sesgadas quizá hemos ido interponiendo entre nosotros y los demás, y la visión no ya borrosa sino muchas veces maligna que nos hacemos de las cosas y de las personas. Excesivas cataratas y lentes con colores distorsionados nos ponemos en la vida con nuestros prejuicios y con nuestras sospechas, desde nuestros orgullos o desde la miopía de nuestros egoísmos, desde esos destellos de vanidad y de amor propio con que miramos a nuestro alrededor, y desde tantas malicias con que maleamos nuestro corazón y con eso la visión de los demás.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la humildad con que hemos de caminar en la vida, reconociendo que muchas motas, que muchos errores, que muchas cosas no buenas se nos apegan demasiado fácilmente a nuestro corazón, para que así no aprendamos a juzgar ni a condenar a los demás porque quizás nos parezca que no hacen las cosas bien o que también pueden cometer errores.
Ese camino de humildad nos hace ser menos exigentes y más comprensivos; ese camino  nos hace acercarnos con sencillez junto al hermano para saber caminar juntos ayudándonos mutuamente en nuestras cojeras, en nuestras limitaciones; el ayudar al hermano a pesar de mis limitaciones estimula al otro, y a mi me hace fuerte en mi luchas por superar mis propios defectos y debilidades. El camino que en la vida hacemos acompañados es más estimulante y nos levanta los ojos del espíritu para ver metas más altas a las que podemos llegar.
El orgulloso que camina solo y ni acompaña ni se deja acompañar, solo se quedará en su caída porque no tendrá nadie a su lado porque a todos ha apartado con su orgullo. Aprendamos esos caminos de humildad, acompañemos abajándonos si es necesario hasta la altura del otro, y dejemos acompañar acomodándonos también al paso del que esta a nuestro lado y nos tiende la mano para seguir el camino.
Que nunca se interpongan esas cataratas del orgullo entre nosotros y la relación que hemos de tener con los demás, porque solo caminaremos caminos de tinieblas y de oscuridad.

domingo, 25 de junio de 2017

Nada nos puede paralizar en nuestro testimonio cristiano haciendo siempre anuncio de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús en toda su radicalidad con la fuerza de su Espíritu

Nada nos puede paralizar en nuestro testimonio cristiano haciendo siempre anuncio de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús en toda su radicalidad con la fuerza de su Espíritu

Jeremías 20, 10-13; Sal 68; Romanos 5,12-15; Romanos 5,12-15
Algunas veces los miedos nos paralizan; nos quedamos sin saber qué hacer, todo se nos vuelve oscuro. Una situación imprevista quizás, algo inesperado que nos sucede, las cosas se nos vuelven en contra y todo son dificultades, y surge el miedo al fracaso, a lo que nos pueda suceder, a tener que remontar situaciones incómodas y difíciles por las que quizás no habíamos pasado, y da la impresión de que comenzamos a recular, a no hacer aquello que quizás era nuestro compromiso, a no emprender aquello con lo que habíamos soñado, a quedarnos en retaguardia como a la defensiva.
Cosas así nos pueden pasar en muchos aspectos de la vida de cada día, en el ámbito familiar, en nuestro trabajo, en la relación con los que están cerca de nosotros, allá en lo más intimo de nosotros mismos en nuestra tarea de crecimiento y maduración personal y también en el ámbito de nuestra fe, nuestra vida religiosa y nuestro compromiso cristiano.
Un mal momento que pasamos en nuestras relaciones personales, un mal entendimiento con un amigo que quizás nos hace frente y se opone a algo en lo que antes parecía que siempre estábamos de acuerdo, todo ese mundo de nuestro trabajo, de nuestras responsabilidades que muchas veces se vuelve tan cambiante… son situaciones a las que nos tenemos que enfrentar en ocasiones y en donde nos sentimos débiles y sin saber qué hacer, y donde nos acobardamos ante las dificultades, contratiempos y demás mareas en contra.
No tendríamos que paralizarnos sino saber afrontar con madurez esas situaciones que se nos presentan y tratar de mantener ese ritmo de esfuerzo, de superación, de capacidad incluso de sacrificio para poder sacar adelante aquello que nos proponemos y que son metas de nuestra vida. Pienso en esos aspectos humanos de nuestra vida de cada día y pienso en todo lo que son nuestros compromisos como persona y como cristianos. Ha de aparecer ahí la madurez de nuestra vida, de nuestra persona, la madurez y la fortaleza de nuestra fe también.
La vida no es fácil; los compromisos que vamos asumiendo en ocasiones nos traen dificultades; la tarea que como cristiano he de realizar en medio de nuestro mundo como compromiso de una fe personal y madura vivida en el seno de la comunidad tiene también sus dificultades. Ya nos lo anuncia Jesús en el Evangelio y nos promete la fuerza de su Espíritu.
Hoy nos habla Jesús, y nos lo repite varias veces, de que no tengamos miedo. El anuncio y el testimonio que hemos de dar han de ser siempre valiente. El mensaje que hemos de trasmitir no se puede ocultar. Habrá quien no lo entienda; encontraremos oposición, pero nuestra tarea el clara y el compromiso que hemos de vivir no lo podemos rehuir.
La oposición la podemos encontrar en quienes no piensan como nosotros, o en aquellos para quienes nuestras palabras o el testimonio que nosotros ofrecemos se pueden convertir en una denuncia de las obras de las tinieblas en las que viven. No nos extrañe que nos ofrezcan resistencia, que traten de acallarnos de la manera que sea o que se busquen razones o no sé que fuerzas para oponerse a nuestro mensaje.
La oposición está en ese ambiente descristianizado, que parece que viene de vuelta, que en otros momentos quizás vivieron en nuestros valores, pero que no resistieron los embates del mal y se dejaron seducir. Es el nuevo laicismo que se nos presenta en nuestra sociedad, es el nuevo mundo sin dios al que le molesta todo lo que suene a trascendencia, a espiritualidad, a sentido cristiano de la vida.
Pero muchas veces esa oposición la encontramos en los que nos parecen que son de los nuestros, en quienes quizás siguen viviendo unos sentimientos religiosos, pero que lo hacen a su manera, sin compromiso, que no entienden por qué hay que entregarse tanto, que se contentan con las rutinas de cada día, que viven quizás una vida religiosa y cristiana en la tibieza. Tampoco van a entender la radicalidad del mensaje del evangelio, porque nos dicen que siempre han vivido así y no han necesitado de nada más.
Y Jesús nos dice que no temamos, que nos mostremos valientes, que no tengamos miedo incluso a los que nos puedan quitar la vida del cuerpo. Jesús nos está pidiendo que seamos capaces de dar la cara por El, que El está siempre a nuestro lado y se pondrá de nuestra parte ante nuestro Padre del cielo.
Ser cristiano no lo podemos vivir de cualquier manera. No nos pueden paralizar los miedos que nos puedan aparecer por aquí o por allá sino que hemos de saber mantenernos firmes en nuestra fe. Hemos de manifestar la verdadera madurez de nuestra vida humana y cristiana. Con nosotros está la fuerza del Espíritu que nos hace verdaderamente espirituales y nos da esa fortaleza y sabiduría que nos viene de Dios.

sábado, 24 de junio de 2017

El nacimiento de Juan Bautista nos recuerda a la Voz que anuncia la llegada de la Palabra y nos compromete a ser misioneros, apóstoles y voz que anuncia la única palabra de Salvación

El nacimiento de Juan Bautista nos recuerda a la Voz que anuncia la llegada de la Palabra y nos compromete a ser misioneros, apóstoles y voz que anuncia la única palabra de Salvación

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
Escuchar una voz no es simplemente escuchar unos sonidos inconexos sino que cuando escuchamos una vez lo que pretendemos es escuchar una palabra. Podemos producir sonidos con nuestra garganta o nuestras cuerdas vocales, pero lo importante es cuando conseguimos pronunciar una palabra e hilvanar un mensaje. El niño comienza a producir sonidos guturales pero estamos deseando escuchar cuando llegue ya a balbucear una palabra y qué gozo cuando la primera palabra que pronuncia es papá o mamá.
Hoy estamos celebrando el que iba a ser la voz, la voz que anunciara la llegada de la Palabra. Hoy celebramos el nacimiento de Juan Bautista, como habían anunciado los profetas y el definiría de si mismo, la voz que grita en el desierto para preparar el camino del Señor.
En torno al nacimiento del que iba a ser esa voz se suceden diversos hechos como signos de lo que en realidad iba a significar su nacimiento. Hay palabras de anuncio y hay silencios, hay cánticos de alabanza y sobresalto y alegría de las gentes. El ángel le anuncia en el templo a su padre Zacarías el nacimiento de quien venia con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar y para convertir, para atraer a los hijos dispersos y para ser precursor de la llegada de la salvación para todos. Grande es la sorpresa de Zacarías que no se lo puede creer y se queda mudo ante el sobresalto que se produce en su corazón con tales anuncios.
Pero con la llegada del que iba a ser la voz también Zacarías prorrumpe en cánticos de alabanza que seguramente se habían ido gestando también en su tiempo de silencio, rumiando en su interior todo aquel misterio de Dios que aun no terminaba de comprender. Pero su cántico de alabanza se hace también cántico profético porque va a señalar al niño recién nacido como el profeta del Altísimo porque irá delante del Señor preparando sus caminos.
Juan es la voz, sí, pero que da paso a la Palabra; la Palabra eterna de Dios que en Dios está desde toda la eternidad y por quien se hizo todo cuanto esta hecho, pero que ahora viene a plantar su tienda entre nosotros, aunque las tinieblas la rechacen, pero que va a ser esa Palabra viva y Palabra de vida que a todos venga a dar nueva vida porque a cuantos la reciben los hará hijos de Dios.
Hoy nos alegramos con el nacimiento de Juan, porque va a resonar esa voz que dará paso a la Palabra, a la Palabra de la salvación. Hoy nos alegramos con el nacimiento de quien viene a abrir caminos de conversión y de reconciliación, de quien viene a despertar nuestras conciencias y descubramos nuestros valles de abatimiento o nuestras montañas de orgullo, nuestros caminos retorcidos y desorientados en la duda y en la confusión y seamos capaces de bañarnos en el baño de la purificación para poder vestirnos el vestido nuevo de la vida y de la gracia.
Hoy todo el mundo se alegra en esta fiesta de san Juan, fiesta muy rodeada es cierto de muchos ritos ancestrales del fuego y de la luz en torno a este inicio de verano. No nos podemos quedar en una fiesta pagana, aunque utilicemos la imagen de un santo, sino que quienes tenemos marcada nuestra vida desde nuestra fe cristiana hemos de saberle dar un verdadero valor y sentido.
Nos alegramos con todos en este día de fiesta pero hemos de saber recibir el mensaje que este día del nacimiento de Juan Bautista ha de tener para nosotros. Yo diría que hemos de recibir el testigo de manos o de la voz, si queremos decir así, de Juan Bautista. También nosotros hemos de ser voz que resuene como la de Juan en medio de nuestro mundo y nuestra sociedad medio paganizada; hacer resonar nuestra voz para que se escuche la Palabra, para que de manos de Juan Bautista vayamos hasta el Salvador del que él es profeta.
Es el anuncio siempre nuevo que tenemos que hacer los creyentes en medio del mundo. Misioneros de la Buena Nueva del Evangelio, profetas con nuestros gestos y palabras, evangelizadores con el testimonio de nuestra vida, anunciadores siempre con nuestra voz como la de Juan de la única Palabra que nos trae la salvación.


viernes, 23 de junio de 2017

Hoy miramos a Jesús y contemplamos su Corazón, que es contemplar su vida, su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan

Hoy miramos a Jesús y contemplamos su Corazón, que es contemplar su vida, su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan

Deut. 7, 6-11; Sal 102; 1Jn 4, 7-16; Mt. 11, 25-30
Cuántas cosas hermosas se dicen entre sí los enamorados; rebuscan las más bellas palabras, se inventan las más originales imágenes, todo se vuelve romanticismo y poesía para expresar el amor que siente el uno por el otro, para expresar cómo el uno para el otro es vida de su vida, cómo lo lleva guardado en lo más hondo de su corazón, cómo quieren vivir una comunión eterna de amor de manera que nada les separe.
Estaréis pensando que me habré vuelto romántico al comenzar esta reflexión de hoy, pero es que quiero partir de esa hermosa realidad del amor humano, para considerar qué grande es el amor que Dios nos tiene y como tenemos que corresponder a ese amor. Esa imagen romántica del corazón, podríamos decir así, que empleamos en nuestro lenguaje humano para expresar la hondura del amor humano es la misma que hoy nos ofrece la iglesia para hablarnos del amor de Jesús por nosotros.
Hoy celebramos el sagrado Corazón de Jesús. Hoy estamos queriendo considerar lo hermoso del amor de Dios para con nosotros que así se manifiesta en Jesús, por eso queremos contemplar su corazón. Llegamos hoy a considerar y contemplar la sublimidad de la mística del amor. Hoy queremos levantarnos más y más en esa escala del amor para llegar a la más profunda comunión mística con Dios.
El amor siempre lleva a la comunión con el amado, quienes se aman quieren permanecer unidos y que nada los separe, llegan como a sentir y vivir como en un único corazón, porque así es la comunión de pensamientos, de sentimientos, de acciones que expresan esa profunda unión. Los que se aman se sienten como protegidos el uno en el otro, porque saben que su amor no les fallará y eso siempre será un aliciente para esa lucha y esa conquista de su mismo, para ese su crecimiento personal, para esa fortaleza contra las adversidades y problemas que surjan, para lograr no solo su propia felicidad sino también de cuantos le rodean.
Y todo eso lo sentimos en el amor de Dios. El nunca nos falla, su amor es fiel y es eterno, no solo nos ha amado desde toda la eternidad sino que nos seguirá amando por toda la eternidad. Unidos en el amor de Dios vamos a tener vida en plenitud, vida eterna la llamamos, porque nos estamos haciendo participes del ser de Dios. En el amor permanente de Dios que está siempre no solo junto a nosotros sino en nosotros, porque quiere habitar en nuestro corazón, sentiremos su fortaleza contra toda adversidad y todo cansancio en nuestras luchas. Estimulados en ese amor de Dios estaremos en continuo crecimiento interior y la felicidad mas honda que jamás ser humano podrá alcanzar porque nos llenamos de la dicha de Dios.
Hoy miramos a Jesús y contemplamos su corazón, que es algo más que contemplar un órgano del cuerpo, porque estamos contemplando su vida, estamos contemplando su cercanía, su amor, su ternura, su misericordia y compasión que nunca nos fallan, su protección, su gracia que inunda para siempre nuestra vida y para eso nos da la fuerza de su Espíritu.
No nos quedamos en romanticismos, es cierto; experimentamos en nosotros toda la fuerza del amor de Dios y queremos corresponder a ese amor que nos lleve a la más profunda comunión, que será con Dios, pero que necesariamente nos va a llevar a esa nueva comunión con nuestros hermanos, para quienes siempre en el amor querremos lo mejor.

jueves, 22 de junio de 2017

No reces el padrenuestro simplemente recitando sus palabras, sino saborea el calor del amor de un padre al que quiere corresponder un hijo cautivado por ese amor

No reces el padrenuestro simplemente recitando sus palabras, sino saborea el calor del amor de un padre al que quiere corresponder un hijo cautivado por ese amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15
Hay cosas que nos suceden repetidamente, palabras que repetimos todos los días, pensamientos e ideas que afloran en nuestra mente una y otra vez, pero que terminamos de acostumbrarnos a ellas y al final no terminan de hacer mella en nosotros cuando realmente tendríamos que sentirnos totalmente transformados si dejáramos que de verdad impactaran en nuestro corazón y nuestra vida. Lo malo es acostumbrarse a las cosas y convertirlas en rutina; les hacemos perder su valor y su sentido, serán cosas que pasaran por nuestra vida pero de manera tan superficial que no dejarán huella.
¿Será que vivimos la vida demasiado alocada? Todo son carreras y prisas y no nos damos tiempo para saborear lo que de verdad en bueno y sabroso para nuestra vida. Es la superficialidad en la que podemos caer y que tiene una pendiente muy fuerte y peligrosas que nos arrastra al sin sentido de perder el valor de lo que tiene que ser verdaderamente importante y trascendental para nosotros.
Terrible que esto nos sucede en el ámbito de nuestra fe, de nuestra religiosidad, de nuestra relación con Dios. Cuanto daño nos hace esa superficialidad en este aspecto. Seguimos diciendo que somos creyentes, pero no le damos hondura a nuestra vida desde la fuerza de la fe.
Somos creyentes pero no terminamos de mantener una relación intima y profunda con nuestro Hacedor. Somos creyentes y aunque quizás sabemos muchas cosas en el orden de la fe y del evangelio, no terminamos de dejarnos envolver por la presencia de Dios en nuestra vida, en nuestro quehacer, en los pensamientos más íntimos de nuestro corazón y en nuestra relación con los demás. Somos creyentes y nuestra relación con Dios es esporádica, quizás mas cuando nos vemos en dificultades problemas o sufrimientos, y aunque decimos que rezamos nuestra oración se ha hecho superficial y rutinaria, contentándonos con repetir unas formulas de oración.
No quiere Jesús que en sus discípulos sea así. El nos está descubriendo la maravilla del misterio de Dios que nos envuelve con su amor. Quiere que sintamos y experimentemos en nosotros su presencia y su amor y que nuestra relación con El sea la de los hijos. Tenemos que ser los hijos que nos gozamos de la presencia y del amor del Padre en todo momento, y por eso queremos vivir en su amor, queremos expresarle en todo momento nuestro amor desde lo más profundo de nosotros mismos. Es lo que tenemos que aprender a saborear en la forma de oración que nos enseño; es más que una forma, es un estilo nuevo, una nueva vivencia del amor de Dios que sentimos en nosotros y al que queremos corresponder.
Muchas veces queremos explicar el padrenuestro; hoy simplemente quiero decirte, rézalo de nuevo, mejor aun, saboréalo de nuevo diciéndolo muy despacito sintiendo todo el calor del amor de un padre al que quiere corresponder un hijo también cautivado por ese amor.

miércoles, 21 de junio de 2017

Frente a la tentación del orgullo y la vanidad que todo lo corroe tengamos actitudes de humildad y sencillez que nos hagan verdaderos servidores de los demás

Frente a la tentación del orgullo y la vanidad que todo lo corroe tengamos actitudes de humildad y sencillez que nos hagan verdaderos servidores de los demás

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
La vanidad es un mal compañero de la vida. Aunque el vanidoso se crea el rey del mundo, se ponga por encima de los demás, se cree que es el único que hace bien las cosas, sin embargo es algo que nos destruye por dentro como siempre destruye el orgullo y a la larga no nos hace enteramente felices, merma nuestras relaciones con los demás y en cierto modo nos vamos como aislando del trato afable con los semejantes.
Es una tentación fácil que se nos puede meter por dentro cuando nos consideramos indispensables, nos creemos perfectos, y tendemos a poner siempre en un escalón más alto que los que nos rodean. Surge el desprecio y la discriminación porque no con todos queremos mezclarnos porque no los consideramos tan dignos como  nosotros. Nos llenamos de apariencias y simulaciones, porque no queremos dejar que se trasparenten nuestros defectos, y nos sentimos heridos por la envidia cuando vemos a otros que pueden sobresalir sobre nosotros, y más aun cuando alguien nos quiere hacer caer en la cuenta de la vanidad de la vida.
Es bueno que recapacitemos sobre estas cosas que sutilmente pueden envolver nuestras relaciones y nuestro trato con los demás. Nuestro estilo tiene que ser de otra manera. Es lo que Jesús quiere hacernos reflexionar hoy con su palabra. Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’, les dice a quienes quieren seguirle. Y es que estas actitudes vanidosas se nos pueden meter también en los actos de nuestra vida religiosa.
Hace referencia Jesús de manera especial en el ayuno, las limosnas y las oraciones, fijándose en las actitudes y posturas de los fariseos. No hacer las cosas para que nos vean los que nos rodean y nos digan lo buenos que somos. Ya nos dirá que lo que hace tu mano izquierda que no se entere la derecha, para decirnos como calladamente hagamos el bien. Si alguien nota que hacemos el bien, que sea para la gloria de Dios, para que glorifiquen al Señor, como nos dirá en otra ocasión. Pero no es cuestión de ir tocando campanillas delante de nosotros para llamar la atención cuando vamos a hacer el bien.
Son las actitudes de humildad y sencillez que han de llenar nuestra vida. La generosidad ha de nacer de lo hondo del corazón y desde lo hondo del corazón daremos gloria al Señor con todo aquello bueno que hacemos. Pero  nuestras posturas no han de ser predicarnos a nosotros mismos buscando la gloria de los hombres, los reconocimientos humanos. Es una tentación que tenemos. Cuantos están buscando que le pongan una plaquita allí donde hicieron una cosa buena para que todos sepan cuantas cosas hicieron. Vanidades mundanas que nos quieren llevar a aparecer en primera fila para que todos se fijen en nosotros.
Ya nos dirá el Señor en otra ocasión que no acumulemos tesoros en la tierra donde todo se corroe, sino que atesoremos tesoros en el cielo. Si los tesoros y los oropeles mundanos nos corroen el corazón, porque fácilmente buscando esos oropeles y reconocimientos nos pueden llevar a mucha corrupción, a mucha manipulación de los que nos rodean.
Cuanto daño nos hacemos y cuanto daño podemos hacer a los demás. Tenemos tantos ejemplos de ese tipo de cosas en lo que nos cuentan cada día los medios de comunicación de la corrupción que tanto daño hace en nuestra sociedad. Tenemos que darle la vuelta y comencemos dentro de nuestro corazón.

martes, 20 de junio de 2017

: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo,

No somos amigos solo de nuestros amigos, sino que nuestro corazón tiene que tener una apertura universal

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
A veces en los perfiles de las redes sociales cuando uno trata de definirse o alguien pretende decir cosas buenas de alguien se encuentra uno con esta referencia, ‘es o soy amigo de mis amigos’. Y yo me pregunto ¿nada mas que amigo de tus amigos? Alguna dirá que eso es ya gran cosa, porque alguno no saber ni ser amigo de sus amigos. Pero ¿no habrá ahí una cierta limitación, una manera de encerrarse en un círculo y de ahí no salir en búsqueda de algo más?
De alguna manera ese es el ritmo y el estilo que se vive habitualmente; tenemos nuestro círculo de amistades, además de la familia, o aquellas personas con las que convivimos o nos relacionamos cada día por razones de vecindad, de trabajo u otras relaciones sociales.
Nos llevamos bien, somos buenos, intentamos llevarnos bien con los que están a nuestro lado. Pero bien sabemos cuanto nos duele cualquier desaire que nos hagan y como muchas veces pesa mucho en nosotros el orgullo y el amor propio. Y así vamos marcando a la gente, a éste sí, y aquel no lo soporto. Y estaremos recordando siempre cualquier contratiempo que hayamos tenido en alguna ocasión, para echarlo en cara cuando haga falta, y rehuimos el saludo, volvemos la cara al paso de aquellas personas que en alguna ocasión hayan hecho algo que no nos ha gustado.
Qué difícil es olvidar, aunque digamos que perdonamos, porque siempre tendremos presente, habrá ya una marca para toda la vida. Es nuestra realidad, lo que se vive en nuestro entorno y lo que nos sentimos nosotros tentados a hacer de la misma manera.
Jesús hoy viene a romper nuestros esquemas. Ya nos dice que no podemos hacer lo que hace todo el mundo, que en nosotros tiene que haber algo distinto y superior. No vamos a saludar solo a los que nos saludan siempre, ni hacer el bien solo a los que nos hayan hecho el bien. Eso lo hace cualquiera. Como nos dice Jesús hoy eso lo hacen también los paganos. Pero nosotros estamos llamados a algo distinto y superior.
Y nos habla del perdón y del amor a nuestros enemigos. Un amor que nos ha de llevar incluso a rezar por aquellos que nos hayan podido hacer mal. No es fácil, pero si queremos seguir el mandato del amor de Jesús ese es un hermoso paso que hemos de saber dar, porque cuando rezamos por alguien significa que ya estamos comenzando a amarlo.
Y es que Jesús nos pone un modelo sublime, lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en su propia entrega. Ya sabemos que para nosotros Jesús es el rostro misericordioso de Dios. Por eso hoy nos dirá que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso con nosotros.
Es la sublimidad del amor cristiano. No somos amigos solo de nuestros amigos, sino que nuestro corazón tiene que tener una apertura universal. Son las metas grandes del Evangelio. Es el estilo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que hemos de vivir

lunes, 19 de junio de 2017

Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae y nos lleva a un mundo de violencia


Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae y nos lleva a un mundo de violencia

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
Cuanto nos cuesta ir por la vida actuando en positivo e intentar alejarnos de la espiral de lo negativo de las cosas que nos rodean y nos atraer para que entremos también en esa espiral que cada vez se irá agrandando mal. ¿Cómo salir? ¿Cómo romper esa espiral? ¿Cómo sustraernos de esa fuerza que nos hace violencia y que nos atrapa?
Ahí está la tarea donde mostremos nuestra madurez humana, donde vamos a manifestar cuales son en verdad nuestros sentimientos, nuestras actitudes, nuestros valores. Mantenerse en la integridad cuando nos envuelve la corrupción y el mal, es una tarea admirable de madurez humana y de verdadera entereza.
Sustraernos de ese mundo de violencia que nos envuelve algunas veces nos puede parecer imposible porque tendemos a responder en la misma línea que nos atacan pero no queremos quedarnos en menos y aumentaremos más y más los grados de violencia. Yo no me voy a quedar por debajo pensamos y buscamos la manera de reaccionar donde contentemos nuestro orgullo y nuestro amor propio y entramos fácilmente en esa espiral. Sobre muchas cosas, muchos aspectos de la vida nos darían pie para hablar desde esta reflexión que nos hacemos.
Y todo esto que lo reflexionamos desde el sentido mas humano que le queramos dar a nuestra vida, se ve iluminado con el mensaje cristiano, con el mensaje de Jesús, los ideales que El nos propone. Es el ideal del amor que nos humaniza, es el sentido del amor fraternal que nos hace mirarnos con ojos distintos, es la meta de la perfección que nos propone en un camino de plenitud.
No podemos ser fieras los unos para con los otros. Hemos de envolver nuestra vida de verdadera humanidad. Y siendo verdaderamente humanos nos damos cuenta, sí de nuestras debilidades, pero por eso mismo nos llenamos de comprensión hacia el otro, porque nos damos cuenta lo que a nosotros nos cuesta superarnos y cuantas veces en nuestra debilidad nosotros también hemos cometido errores y habremos hecho daño a los demás.
Por eso es tan importante la capacidad de perdón que tengamos en la vida, porque nosotros también hemos sido perdonados muchas veces. Con el perdón desde la fuerza del amor es como seremos capaces de romper esa espiral que con su fuerza nos atrae, nos lleva a un mundo de violencia y nos puede llevar a cosas cada vez peores. Es la generosidad de nuestro espíritu que nos hace verdaderamente grandes.
Es el camino que nos lleva a una plenitud de humanidad y nos hace parecernos más al Dios que nos ama y que es siempre compasivo y misericordioso con nosotros. Ayudémonos mutuamente a lograr esa humanidad de nuestro espíritu. Es lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

domingo, 18 de junio de 2017

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

Deut. 8,2-3.14b-16ª; Sal. 147; 1Cor. 10,16-17; Jn. 6,51-58
Los recuerdos nos acompañan. Nos hacen revivir cosas que para nosotros han sido importantes, en ocasiones nos hacen recobrar la ilusión y la esperanza porque en el recuerdo de lo que vivimos nos sentimos motivados para mantener nuestras luchas, nuestros esfuerzos, seguir haciendo el camino de la vida; también el recuerdo quizá de momentos que no fueron tan agradables o de cosas que nos pudieron causar problemas y sufrimientos, ahora nos sirven de lección en ese magisterio de la vida misma para no tener quizás esos mismos tropiezos o para aprender a reaccionar de forma distinta ante lo que ahora se nos va presentando.
Es bueno recordar esos acontecimientos que han sido importantes en nuestra vida. Cada uno tenemos nuestros propios recuerdos y experiencias. Aunque caminamos en el momento presente vislumbrando un futuro que siempre queremos que sea mejor estamos rodeados de recuerdos; que no son simplemente objetos físicos, imágenes o cosas de orden material que quizás acumulamos en nuestro entorno, sino que es algo que llevamos muy dentro, muy grabado en nosotros y se convierten en emociones, sentimientos, certezas, deseos e impulsos que nos siguen dando vida desde lo más hondo de nosotros. Esos recuerdos nos hacen sentirnos fuertes e impulsan nuestra voluntad a seguir soñando con cosas grandes y haciendo esos sueños realidad.
A raíz de estas consideraciones que me estoy haciendo sobre lo importantes que son para nosotros los recuerdos de lo vivido, se me ocurre hacerme una pregunta: ¿Cómo serían los recuerdos que los discípulos conservaban de Jesús? De entrada decir que lo que nos narran los evangelistas es esa recopilación, por decirle de alguna manera, que en los primeros momentos hicieron de todo cuanto recordaban de Jesús. Es cierto que Jesús les mandó hablar de todo ello a todas las gentes en su envío misionero, pero de algunas cosas en especial les dijo claramente que habrían de hacer lo mismo, y que habrían de hacerlo en memoria suya.
Y aquí quiero pensar de manea especial en todo lo acaecido en la ultima cena, pues si primero les lavó los pies a los discípulos que con El estaban sentados a la mesa, les diría que ellos habrían de hacer lo mismo lavándose los pies los unos a los otros. Pero es que además el signo de aquella comida pascual que allí estaban celebrando habría de hacerlo hasta el final de los tiempos.
Allí estaba el pan como signo de su Cuerpo entregado y estaba la copa llena de vino que habría de ser signo para siempre de su Sangre derramada para la salvación de todos los hombres. Serían para siempre el signo de su pascua, de su entrega, de su amor en la expresión más suprema del amor que era entregar su vida. Y esto habrían de hacerlo para siempre en memoria suya, por eso como más tarde nos explicaría san Pablo cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos haciendo memoria de la muerte de Señor hasta que vuelva.
Es el memorial del Señor, así llamamos para siempre nuestra celebración de la pascua de Jesús, porque será algo más que memoria, algo más que revivir, porque es hacer presente, es vivir de nuevo su pascua, es sentir su presencia, es llenarnos para siempre de su vida.
Nos preguntábamos como seria la memoria, el recuerdo que los discípulos hacían de Jesús. Ahí lo tenemos bien reflejado para siempre en lo que para siempre será para nosotros la Eucaristía. No es un rito que hacemos en memoria, es mucho más. Es comenzar de nuevo a vivir en nosotros todo lo que significa la entrega de Jesús, la pascua de Jesús; y recordamos sus palabras, hacemos memoria de todo aquello que Jesús fue haciendo y diciendo en su caminar en medio de los judíos.
Pero no es el recuerdo de algo lejano, es mucho más. Es mucho más porque estamos metiendo en nuestro corazón aquellas cosas que Jesús hacia y decía, estamos sintiendo como se va haciendo vida en nosotros, como nos sentimos de nuevo impulsados a caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchando sus palabras, realizando sus mismos gestos y acciones.
Y entonces sentimos la urgencia de realizar aquello que de manera especial nos mando el Señor, lavarnos los pies los unos a los otros. Ahí tiene que estar expresado todo lo que va a ser nuestro amor, nuestro compromiso por los demás, nuestro compartir y nuestra solidaridad, nuestro trabajo por la justicia y la búsqueda de todo lo bueno que continuamente tenemos que hacer por el hermano.
Celebramos el memorial del Señor cada vez que celebramos la Eucaristía y de Cristo nos alimentamos; nos alimentamos porque le comemos, le comemos en la Eucaristía y le comemos en la Palabra que plantamos hondo en nosotros; nos alimentamos porque el nos ofrece el pan de vida que nos dará vida para siempre y a partir de cada eucaristía y llenos de esa vida que El nos da comenzaremos a repartir vida, a llenar de vida a los demás desde nuestro compromiso de amor. Nunca la Eucaristía que celebramos va a estar lejos de nuestra vida ni de la vida de los demás.
En el recuerdo del Señor, en el memorial del Señor que celebramos, estaremos sintiendo una vez mas todo lo que ha hecho en nosotros a lo largo de nuestra vida y nos sentiremos impulsados con una nueva fuerza, con una nueva vitalidad para seguir viviendo el camino de Jesús, haciendo memoria del paso del Señor por nosotros y para la vida del mundo, celebrando así la pascua del Señor.
Haced vosotros lo mismo, haced esto en memoria mía, nos dice el Señor. Eso hoy en esta fiesta grande de la Eucaristía que es la fiesta del Corpus lo queremos celebrar, lo queremos proclamar cuando llevemos a Cristo mismo en la Eucaristía por nuestras calles y plazas, pero es que eso significa y es compromiso de cómo tenemos que ir al encuentro de Cristo en los demás, en los que sufren, en todos los hombres y mujeres que son nuestros hermanos.

sábado, 17 de junio de 2017

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad para ganarnos el respeto de todos

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad  para ganarnos el respeto de todos

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hay personas que parece que para hacerse creíbles en lo que hablan no saben decir dos afirmaciones seguidas sin que por medio pongan como si fuera una muletilla ‘te lo juro’. ¿Será quizás que ellos desconfían de todo el mundo, no creen nunca lo que la gente les dice y necesitan así afirmarse en lo que hablan con un juramento? ¿Será acaso que ellos mismos no se creen creíbles porque quizá muchas veces hayan engañado a los demás con sus afirmaciones? Sea de una forma o de otra, o por la razón que sea, esa muletilla está siempre en sus labios y creo que habría que hacerse una buena consideración en esas rutinas que se nos meten en la vida.
Jurar es una afirmación muy seria en la que para, por así decirlo, ratificar nuestra veracidad nos apoyamos en la autoridad de alguien que por si mismo es creíble y vendría a ratificar aquello que nosotros decimos. ¿No seria suficiente nuestra propia veracidad, que nos hagamos creíbles por la sinceridad que siempre expresamos en nuestras palabras y en nuestra vida, y por la rectitud con que siempre nos manifestamos?
En el mundo laico y secularizado en que vivimos hoy también es normal que escuchemos en las formulas de juramentos la expresión que se jura o se promete por el propio honor. Sin embargo en el ámbito de los creyentes el juramento tiene además de hacerlo uno desde su propia honorabilidad el poner por testigo de la veracidad de lo que afirmamos o con lo que nos comprometemos al mismo Dios.
En un mundo en que se siente la presencia de Dios en la vida el juramento se hace por Dios, poniendo por testigo a Dios de lo que decimos o prometemos. Lo que para el creyente lo eleva a una mayor solemnidad y que en consecuencia tendríamos que hacerlo con una mayor seriedad y responsabilidad.
De ahí que siempre se nos ha enseñado que no solo no debemos jurar en falso, es decir con mentira o sin intención de cumplir lo que prometemos, sino que tampoco debe hacerse irresponsablemente y por frivolidad. Es una consideración que tendríamos que hacernos con toda seriedad.
Algunas veces nos comportamos de manera infantil en lo que hacemos o decimos y vivimos con excesiva superficialidad.  Por delante ha de estar siempre nuestra honorabilidad y la sinceridad, la autenticidad con que vivimos siempre nuestra vida. Si vivimos una vida autentica y sincera no necesitaremos estar apoyándonos en juramentos para corroborar la verdad que decimos. De esa manera hemos de presuponer siempre la verdad y sinceridad de los otros, siendo capaces de aceptarnos y respetarnos. Hagamos que confien en nosotros sabiendo nosotros tener confianza en los demás.
De esto nos habla Jesús hoy en el texto del evangelio. Comienza recordándonos la gravedad de un juramento en falso, para terminar diciéndonos que a nosotros nos basta decir sí o no. Es lo que hemos venido reflexionando.
En ocasiones quizá por la gravedad del asunto que se trata o en determinadas circunstancias quizá sea necesario llegar al juramento, pero que siempre sea con verdad, en justicia y en verdadera necesidad. No olvidemos que como creyentes estamos poniendo a Dios por testigo de lo bueno que hacemos o decimos.

viernes, 16 de junio de 2017

Cuidemos de vivir superficialmente la vida rodeados de vanidades, disimulos y apariencias porque nuestro orgullo y amor propio nos pueden jugar malas pasadas

Cuidemos de vivir superficialmente la vida rodeados de vanidades, disimulos y apariencias porque nuestro orgullo y amor propio nos pueden jugar malas pasadas

2Corintios 4, 7-15; Sal 115; Mateo 5, 27-32
La fidelidad igual que las otras virtudes que hemos de cultivar en la vida no las hemos de vivir como algo meramente formal y externo. Es cierto que en aquello que hacemos se manifiesta la que llevamos dentro y esa fidelidad también hemos de expresarla con gestos, con actos positivos que vivamos en nuestra vida, pero hemos de cuidarnos muy mucho de que se solo se quede en esa apariencia o formalidad externa, porque las actitudes de nuestro corazón, nuestros pensamientos interiores estén muy lejos de eso que aparentemente queremos manifestar. Somos muchas veces verdaderos maestros para el disimulo, para la apariencia en nuestras vanidades o en nuestros orgullos.
No nos vale decir si con nuestras palabras si nuestros hechos, nuestros pensamientos y deseos o lo que llevamos en el corazón está muy lejos o en contradicción con ese si que manifestamos en las promesas o en las palabras. De la misma manera que tenemos que cuidar el evitar todo aquello que pueda mermar de alguna manera esa fidelidad.
Muchas veces nos decimos eso no tiene importancia, total es un mal pensamiento que le viene a uno en un momento determinado, pero si no sabemos enfrentarnos a ese peligro o tentación terminamos cayendo por la resbaladiza pendiente que nos va enfriando en nuestros planteamos y primigenios deseos. Es una lucha, es cierto, pero que merece la pena mantener para conseguir esa fidelidad o esa virtud que adorne profundamente nuestra vida.
Esto forma parte de ese crecimiento humano, de esa maduración de nuestra personalidad en la que hemos de empeñarnos cada día. Nos cuesta, porque son muchos los señuelos que nos aparecen por aquí o por allá. Pero hemos de mantener esa pureza de nuestro corazón, esa entereza de nuestra vida, esa fidelidad a nosotros mismos y a lo que son nuestros compromisos, y todos entendemos bien que hablamos también en esa fidelidad en el amor. Tenemos que arrancar de raíz en nuestra vida aquellas cosas que pudieran poner en peligro nuestra fidelidad.
Es la fidelidad de los amigos, la lealtad que hemos de mantenernos unos con otros, pero hoy se nos está hablando también de esa fidelidad en el amor matrimonial. Somos débiles, lo reconocemos, y nos pueden aparecer los cansancios, los atractivos diferentes por un lado o por otro, en el mundo en que vivimos casi nos hemos acostumbrado a esa infidelidad, a esos enfriamientos en el amor, a esas rupturas que ya lo vemos todo por igual. Vivimos muchas veces en un mundo muy superficial y cuando vivimos superficialmente nos rodeamos de muchas vanidades, disimulos, apariencias y tenemos el peligro de que prevalezcan nuestros orgullos y nuestro amor propio.
Pero es algo que hemos de cuidar mucho, comenzando por no tomar nunca decisiones precipitadas y antes de un compromiso hemos de aclarar muy bien lo que queremos, si es en verdad el amor de nuestra vida analizándolo todo muy bien y nuestra capacidad para ese compromiso de fidelidad. Es el análisis también cuidadoso que hemos de hacer cuando nos venga la duda, la debilidad, la tentación pues tras un mal momento que todos podemos tener vienen decisiones de las que luego nos podemos arrepentir. Con demasiada superficialidad vivimos muchas veces las diferentes circunstancias de la vida.
De todo esto nos ha hablado hoy Jesús en el evangelio. Les invito a que leamos con detenimiento de nuevo la cita del texto que hoy se nos ofrece. Tratemos de descubrir la hondura con que Jesús quiere que vivamos nuestra vida.