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viernes, 16 de diciembre de 2016

Juan Bautista una lámpara en nuestro camino de adviento que nos descubre los nuevos caminos que hemos de recorrer para el encuentro profundo con el Señor y con los demás

Juan Bautista una lámpara en nuestro camino de adviento que nos descubre los nuevos caminos que hemos de recorrer para el encuentro profundo con el Señor y con los demás

Isaías 56,1-3a.6-8; Sal 66; Juan 5,33-36
‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad’, les dice Jesús. Como nos dice el principio del evangelio ‘vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz,  a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino testigo de la luz’. Ahora nos dice el evangelista que ‘él ha dado testimonio de la verdad’.
Así se presentaba Juan en el desierto a la orilla del Jordán. Su figura austera, su palabra valiente lo convertían en testigo. Como hoy nos dice el evangelio era la lámpara que estaba junto al sendero para señalarnos el camino. ‘Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz’.
Era la voz que gritaba en el desierto, era el que venia a preparar el camino del Señor, por eso había que enderezar todo lo torcido, igualar todo lo escabroso, nivelar todas las hendiduras, abrir camino en  los desiertos y en las montañas. Ya los desiertos que los caminos que se abrieran en los desiertos parecerían hermosos senderos entre los vergeles floridos y los árboles llenos de frutos. Y es que cuando el camino se hace con esperanza por muy duro que sea en si mismo para el que lo recorre con esa esperanza de lo que se va a encontrar ya será un camino jubiloso y en el que todo parece que ayuda a recorrerlo con sentido. ‘Oráculo del Señor que reúne a los dispersos de Israel, y reunirá otros a los ya reunidos’, nos decía hoy el profeta.
Vamos escuchando esta palabra del Señor en este camino que nosotros vamos recorriendo en este tiempo de Adviento. Un camino que hacemos llenos de esperanza; un camino en que ya se van pregustando las mieles de lo que nos vamos a encontrar, por eso es un camino que hacemos también llenos de alegría.
Llenos de alegría por el encuentro que vamos a vivir con el Señor, y ya estamos saboreando su dulzura; pero llenos de alegría porque es un camino que tiene que ir haciendo que nos encontremos con los demás. Como decía el profeta ‘reúne a los dispersos de Israel y reunirá a otros a los ya reunidos’. No es un camino que hagamos solos, es el peregrinar del pueblo de Dios donde unidos en la misma fe y en la misma esperanza nos vamos reencontrando los unos con los otros.
Hermosa tarea que tenemos que realizar. Ese encuentro algunas veces podría resultarnos costoso, porque todos tenemos nuestras pegas, todos tenemos aristas con las que nos podemos dañar los unos a los otros. Esa imagen del Bautista que nos invita a enderezar lo tortuoso de los caminos o arreglar los escabroso que podamos encontrar en nuestras sendas podríamos traducirlo en esas cosas que pueden hacer escabrosa nuestra vida por nuestro carácter o nuestra manera de ser, por las rutinas con que hemos llenado nuestra vida o las malas costumbres que nos dañan mutuamente.
Dejémonos iluminar por esa lámpara en el camino de nuestro Adviento que es Juan el Bautista para que lleguemos a encontrarnos con la verdadera luz. Esa lámpara que nos señala caminos, que nos hace ver con mayor claridad nuestros pasos, que nos descubre con su luz esos tropiezos que tenemos en nuestra vida, que nos conducirá a una mirada nueva y distinta a los que nos rodean para que nos sintamos todos unidos y reunidos en el Señor.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Que no se frustre el plan de Dios en nosotros preparándonos solo para una navidad superficial y consumista de la que hayamos desterrado la presencia salvadora del Señor

Que no se frustre el plan de Dios en nosotros preparándonos solo para una navidad superficial y consumista de la que hayamos desterrado la presencia salvadora del Señor

Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30
‘¿Qué salisteis a ver en el desierto?’, pregunta Jesús tras marchar la embajada que había venido de parte de Juan. Y es que Jesús comenzó a hablar de Juan el Bautista. ‘ Él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti’. Y habla de él como el mayor de los hombres nacido de mujer, nos dice que es profeta y más que profeta, reconoce como se hace pequeño pero es grande porque grande fue su misión. Y nos comenta el evangelista que los publicanos y los pecadores que lo habían escuchado y se habían bautizado con Juan en el Jordán se llenaron de alegría, mientras que los fariseos y los maestros de la ley que no habían aceptado su bautismo, frustraron el plan de Dios en sus vidas.
Aquí nos viene bien preguntarnos cuando ahora estamos haciendo este camino de Adviento, de preparación también de la venida del Señor, cómo acogemos y aceptamos en nuestra vida la Palabra del Señor. La figura de Juan va apareciendo delante de nosotros al ritmo de la liturgia de estos días como mensajero del Señor que viene a preparar sus caminos en nuestra vida.
Sí, en nuestra vida, porque somos nosotros los que hemos de preparar nuestro corazón para acoger al Señor en nuestra vida. Cada uno ha de pensar en este sentido en si mismo cuando escuchamos la Palabra del Señor. Y cada uno ha de mirar su corazón, su vida, sus actitudes, sus apegos, sus tropiezos concretos que retrasan ese actuar de la gracia de Dios en nosotros.
Que no se frustre el plan de Dios en mi vida. Y lo frustramos cuando seguimos con nuestras superficialidades, cuando simplemente nos dejamos arrastrar por el ambiente y por lo que todos hacen, por esos falsos oropeles de vanidad que nos presenta el mundo y que nos encandilan, por esas luces engañosas en las que creemos que tenemos la luz y el sentido de nuestra vida pero que realmente nos conducen a la oscuridad. 
Estos días en nuestros ambientes todo suena a navidad, todo nos quiere hablar de navidad, pero ¿de qué navidad nos habla? ¿Nos habla en verdad de la navidad como nacimiento del Señor, como llegada del Emmanuel a nuestra vida para dejarnos transformar por su gracia?
Puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas buenas en lo que se vive en estos días, porque es bueno que se viva con alegría, que las personas nos encontremos, que las familias se reúnan, que tengamos buenos deseos de paz y de felicidad para todos, que en el fondo deseos un mundo distinto y muy lleno de vida. pero cuidado nos confundamos porque por ahí anda rondando también el consumismo y el materialismo, por ahí anda rondando una navidad muy ecléctica y que se puede quedar en superficial, por ahí puede andar rondando una navidad muy laica de la que se quita todo sentimiento religioso y al final puede ser una navidad sin Jesús, una navidad sin Dios.
Que todas esas cosas buenas que afloran en estos días en nuestras relaciones humanas las hagamos brotar de donde tiene que brotar la verdadera alegría de la navidad y es el hecho de que Dios se haya querido hacer hombre, se haya encarnado en el seno de María y haya querido nacer hombre entre los hombres para ser nuestra salvación.
No lo podemos perder de vista. Es lo que tiene que dar verdadera profundidad a nuestras celebraciones festivas, porque es ahí donde tienen su origen y su fundamento. Es así como nos vamos a llenar de la gracia del Señor. Es así como daremos pasos para que no se frustre el plan de Dios en nosotros. Escuchemos al mensajero que viene a preparar el camino para que en verdad nos encontremos con el Señor.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mensajeros de evangelio tenemos que ser también llevando a los demás la Buena Noticia del amor que Dios nos tiene y reconociéndole como el único Señor de nuestra vida

Mensajeros de evangelio tenemos que ser también llevando a los demás la Buena Noticia del amor que Dios nos tiene y reconociéndole como el único Señor de nuestra vida

Isaías 45 y 6b-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23
Por los frutos se conoce el árbol y por las obras podemos conocer a los demás. Juan el Bautista estaba ya en la cárcel por las intrigas de Herodías y por la cobardía de Herodes que decía que lo tenía en gran aprecio y le gustaba escucharle, pero porque no le agradaban las denuncias que Juan le hacía lo había encarcelado.
Hasta la cárcel, a través quizá de sus discípulos le llegaban noticias de la actividad de Jesús sobre todo por Galilea donde especialmente realizaba su labor. Quizá los discípulos de Juan se preguntaban y le preguntaban a Juan sobre el sentido de lo que Jesús hacia y si acaso sería el Mesías anunciado.
Ya algunos discípulos de Juan se habían ido con Jesús; recordamos cómo Andrés y Juan, el hermano de Santiago, se habían ido detrás de Jesús cuando Juan lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, probablemente después de la experiencia del bautismo de Jesús, allá en el Jordán.
Ahora Juan envía a algunos de los discípulos que aun le siguen a que le pregunten a Jesús si es el que había de venir, o aun tendrían que esperar a otro. Jesús no responde directamente en principio al planteamiento que le hacen de parte de Juan sino que sigue realizando la labor que siempre realizaba; hasta Jesús llegan siempre los corazones atormentados, los cuerpos llenos de dolor y de limitaciones, los espíritus inquietos que siguen buscando esperanzas por los que seguir buscando y luchando.
Jesús cura a los enfermos que hay a su alrededor; serán aquellos cuerpo atormentados por el dolor, o será sus espíritus ansiosos de nueva vida, para todos Jesús tiene una Palabra de vida, una Buena Nueva que anunciarles, porque lo que hace es manifestarles una y otra vez que el amor de Dios nunca falla y Dios quiere hacer presente en nuestros corazones y en nuestro mundo; es el anuncio del Reino, de que en verdad tenemos que tener al Señor como único Dios de nuestra vida.
Es lo que finalmente les dirá también a los enviados de Juan. Id y anunciad, id a contar a Juan lo que habéis visto y oído… vienen a buscar respuestas para sus interrogantes y los convierte en mensajeros; han de ser los que lleven también la Buena Noticia a Juan, han de ser los que han de seguir propagando esa buena noticia para todos los hombres.
Como dirá el evangelista más tarde, lo que han visto con sus ojos, lo que han palpado en su vida, han de comunicarlo, han de anunciarlo. Es lo mismo que responderán los apóstoles cuando les prohíban hablar de Jesús, no pueden callar lo que han visto y lo que han oído, lo que ha sido una experiencia profunda en sus vidas no pueden callarlo, tienen que trasmitirlo a los demás.
Mensajeros de evangelio, de buenas nuevas, evangelizadores tenemos que ser también nosotros. Recordemos las experiencias más profundas que hayamos tenido en el camino de nuestra fe; todos habremos tenido un momento especial de nuestras vidas donde hemos recibido, palpado en nuestras vidas esa Buena Nueva de Dios, esa experiencia del amor de Dios en nuestras vidas.
Con esa experiencia tenemos que ir a los demás, aunque ha de continuamente una experiencia que vayamos renovando en nuestras vidas. Por eso será tan importante que continuamente estemos abiertos a Dios, en sintonía con Dios en nuestra oración, en nuestra escucha interior para sentir la voz de Dios en nuestro corazón, en ese apertura de nuestros ojos para saber leer con fe cuanto nos sucede y aprendamos a leer lo que Dios nos dice en los acontecimientos, a ver y experimentar continuamente esa presencia de Dios que nos llega a través de lo que nos sucede, de las personas que están a nuestro lado, de esa buena palabra que escuchemos, de ese acontecimiento quizá doloroso que nos pueda suceder.
Con ojos de fe hemos de saber experimentar a Dios y con la valentía de la fe hemos de saber llevarlo a los demás, anunciarlo a cuantos nos rodean. 

martes, 13 de diciembre de 2016

Muy prontos para decir que si y prometer muchas cosas buenas e igualmente prontos para olvidarlo y no cumplir con lo prometido o lo que se nos ha encomendado

Muy prontos para decir que si y prometer muchas cosas buenas e igualmente prontos para olvidarlo y no cumplir con lo prometido o lo que se nos ha encomendado

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32
Qué va a saber ese pobre desgraciado, si no tiene ni donde caerse muerto, es un ignorante, qué es lo que nos puede decir… expresiones así las hemos escuchado o acaso quizá también se nos hayan podido escapar en alguna ocasión, o al menos pensarlo en nuestro interior. Desde nuestro orgullo, nuestra autosuficiencia, nuestra soberbia nos creemos más sabios, nos creemos más perfectos, los demás son unos desgraciados o unos ignorantes, ¿qué nos pueden enseñar? ¿Qué nos pueden decir? Vamos fácilmente en la vida de sobrados, nos creemos los cumplidores, pero quizá todo se nos queda en palabras; miramos por encima del hombro a los demás y quizá nos quedamos en apariencias, o seguimos recordando errores pasados, como si nosotros siempre hubiéramos sido perfectos.
Tendríamos que aprender a mirar de otra manera a los demás, porque quizá esos que nosotros despreciamos, como nos dice Jesús hoy en el evangelio, nos tomen la delantera en el Reino de los cielos. No tenemos derecho a juzgar ni a condenar a nadie. Bien sabemos que grandes pecadores cuando se convirtieron al Señor dejaron su mala vida y luego su vida resplandeció de frutos de santidad.
Tendría que haber más humildad en nuestro corazón, más respeto hacia los otros, y aprender a mirar con nuevos y distintos ojos a los demás valorando los pasos que puedan estar dando en su vida, también con sus dificultades, para ser mejores. ¿O es que acaso nosotros no tenemos que esforzarnos también cuando queremos ser mejores, cuando queremos superar nuestros defectos y debilidades, o los errores que hemos cometido? ¿Acaso podemos tirar la primera piedra?
Hoy Jesús con toda su intencionalidad para que sepamos hacer una lectura correcta primero que nada de nuestra propia vida, nos propone una pequeña parábola. Un padre que envía a sus hijos a trabajar en sus campos, uno que parece muy obediente le dirá que sí al padre pero pronto se olvidará de lo encomendado y de su promesa, mientras el que primero había dicho que no, pronto se arrepentirá y hará lo que su padre le ha encomendado. Son las fluctuaciones de nuestra propia vida; muy prontos para decir que si y prometer muchas cosas buenas e igualmente prontos para olvidarlo y no cumplir con lo prometido o lo que se nos ha encomendado.
Por eso dirá Jesús que los publicanos y las prostitutas se nos adelantarán en el Reino de Dios. Algo que le dolería mucho a los que le escuchaban sobre todo escribas y fariseos tan cumplidores en la apariencia, pero tan olvidadizos de las cosas verdaderamente importantes. Bien vemos en el evangelio que los que primero están para escuchar y para seguir a Jesús serán precisamente los pecadores, porque en la palabra de Jesús encontrarán toda la palabra de esperanza que les anuncia la salvación, mientras que aquellos que se creían los custodios de la ley del Señor no querrán acercarse a Jesús para escucharle con toda sinceridad y deseo de verdadera conversión de sus vidas.
Podríamos encontrar muchas resonancias de este texto en otros momentos del evangelio, ya fuera los publicanos que se acercan a Jesús y le siguen como Zaqueo, como Leví, los pecadores como aquellas diversas mujeres que desde su pecado se acercaron a Jesús con todo su amor porque en El encontrarían la paz y el perdón. Pero nos resuenan como un eco también otras parábolas, como la llamada comúnmente del hijo pródigo, donde el hijo mayor, aparentemente tan cumplidor porque se había quedado en la finca con su padre, sin embargo su corazón estaba bien lejos en sus resentimientos no solo hacia el hermano que no aceptaba a su vuelta, sino también con el padre al que le quería echar en cara muchas cosas.
Y nosotros, ¿Qué? ¿Cuáles son nuestras actitudes? ¿Cómo es la mirada que tenemos hacia los demás? ¿Cuál es la verdadera respuesta que damos a las llamadas del Señor?

lunes, 12 de diciembre de 2016

Preparémonos para celebrar una Navidad donde en verdad hagamos más presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo frente a los que celebran una Navidad sin Dios

Preparémonos para celebrar una Navidad donde en verdad hagamos más presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo frente a los que celebran una Navidad sin Dios

Números 24,2-7.15-17ª; Sal 24; Mateo 21,23-27

‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ Allí se acercaron las autoridades del pueblo de Israel y las autoridades del templo a preguntarle a Jesús por qué enseñaba en público. No era Jesús del grupo de los letrados de Israel, no había pasado por sus escuelas rabínicas para aprender la ley y poder luego enseñarla. Sin embargo Jesús lo hacia con autoridad como el propio pueblo reconocía porque no hablaba como los letrados o escribas que parecía que hablasen con cosas aprendidas de memoria; Jesús lo hacía con autoridad.
Nosotros lo entendemos, pero quizá a ellos les costara más entender, porque tenían sus leyes y sus normas, y Jesús les resultaba incomodo por la libertad con que hablaba, la renovación que quería que se produjera en sus corazones y no se quedara todo en meros cumplimientos. ¿Nos puede pasar a nosotros también? Algunas veces nos incomoda la Palabra del Señor y también de alguna manera queremos eludirla, no darla por escuchada.
Jesús ahora no les responde a lo que plantean, no quiere entrar en esas disquisiciones innecesarias, pero sí les plantea una cuestión que puede llegar a mayor profundidad. ‘El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?’ Se debaten ellos en qué respuesta pueden darle, porque realmente Jesús quiere que reconozcan la misión que había tenido Juan Bautista, y como Precursor cómo había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Eso seria también entonces reconocer la autoridad de Jesús que ellos no querían reconocer.
Debates innecesarios en las cuestiones de fe y de religión en las que muchas veces quizá nos entretenemos, pero no queremos quizá ir al fondo. Tenemos que en verdad abrirnos al misterio de Dios abrir nuestro corazón para sentir a Dios en nosotros. Tenemos que abrir los oídos del alma para escuchar su Palabra, una Palabra que hemos de plantar en nuestro corazón y en nuestra vida. Recordemos lo que Jesús nos dirá en otras ocasiones, que no importa que digamos muchas veces ‘¡Señor, Señor!’ sino que escuchemos la Palabra de Dios, la plantemos en nuestro corazón, la pongamos en práctica.
Este camino de Adviento que vamos haciendo a eso tendría que ayudarnos para no quedarnos en una navidad hecha solamente de cosas externas, de adornos bonitos y de jubilosas canciones. Pensemos de verdad qué es lo que vamos a celebrar en la navidad: es el misterio de Dios que se hace hombre, que es Emmanuel, que es Dios con nosotros, que así se hace presente en nuestra vida y así hemos de hacerlo presente en nuestro mundo.
Tenemos el peligro de hablar mucho de Navidad, celebrar grandes fiestas porque es Navidad y nos olvidemos de Dios. Muchos celebran una navidad sin Dios y eso no es Navidad. Celebremos, porque lo ponemos de verdad en el centro de nuestra vida, ese Misterio de Dios que se hace carne, que se hace hombre.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Hemos de preguntarnos cuáles son los signos que estamos dando de que queremos celebrar una navidad autentica que sea anuncio de esperanza para nuestro mundo

Hemos de preguntarnos cuáles son los signos que estamos dando de que queremos celebrar una navidad autentica que sea anuncio de esperanza para nuestro mundo

 Isaías 35,1-6a.10; Sal 145; Santiago 5,7-10; Mateo 11,2-11
‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’, le manda a preguntar Juan desde la cárcel a Jesús. ¿Eres en verdad el Mesías? Yo había invitado a la gente a prepararse a tu venida, pero ahora ¿qué signos, qué señales das de que eres en verdad el Mesías?
Una interesante pregunta que le hace Juan a través de sus discípulos, pero que podría ser también muy significativa que nos la hagamos a nosotros mismos. Juan allá en la orilla del Jordán en el desierto con la austeridad de su vida y con la firmeza y rotundidad de sus palabras había querido preparar los caminos del Señor, cumpliéndose en él lo anunciado por los profetas. ¿Le entrarían dudas a Juan si en verdad aquel profeta de Nazaret era el Mesías? ¿O quizá eran las dudas de los discípulos de Juan que aun le quedaban cercano a pesar de estar en la cárcel porque podría parecerles que no respondía exactamente a lo que Juan les había anunciado?
Conocemos la respuesta de Jesús, aquellos signos que realizaba. ‘Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’. Allí se estaban cumpliendo los anuncios de los profetas. Aquellas imágenes que describía Isaías, aquello mismo que Jesús había proclamado en la Sinagoga de Nazaret, allí se estaba cumpliendo en los signos que realizaba. .
Este evangelio que ahora en el marco del Adviento estamos escuchando no es solo una proclamación de que en verdad Jesús es el Mesías y en consecuencia de alguna manera nos ayuda a nosotros a proclamar nuestra fe, sino que nos sirve para algo más. Y es que esa Buena Nueva también nosotros tenemos que seguirla escuchando y seguirla proclamando. Porque a nosotros no solo nos ayuda a clarificar nuestra fe, a descubrir los signos de Jesús, a reconocer que en verdad es el Señor y el Mesías, a quien reconocemos por los signos que realizaba pero a quien bien sabemos que Dios así lo había constituido por su resurrección de entre los muertos, sino que además nos viene a recordar cómo esa Buena Nueva también tenemos que seguirla anunciando a los pobres, tenemos que seguirla anunciando al mundo que nos rodea.
Queremos vivir y proclamar nuestra fe en el hoy de nuestra vida y en la realidad concreta del mundo en el que vivimos. Un mundo también lleno de muchos sufrimientos y de muchas angustias, en los pobres, en los enfermos, en los que nada tienen, en los que ven amenazadas sus vidas desde el hambre, la miseria o las guerras, en tantos que viven sin esperanza y desorientados sin tener un rumbo en la vida, en los que tienen sus vidas llenas de negruras, de tinieblas, de dudas, de incertidumbre ante el futuro, en los que viven en un materialismo atroz sin saber darle una trascendencia a su vida.
Ese mundo que quizá camina a tientas por tantas oscuridad, que no sabe a quien creer porque se presentan tantos queriendo darles esperanzas desde los programas de todo tipo que les presentan; ese mundo que quizá por la dureza en la que vive hace que se vuelva indiferente sin querer creer en nada; ese mundo que quizá busca unos signos y tenemos que saber si somos capaces de mostrárselos.
Por dura que sea la tarea no nos podemos desentender. Por difícil que nos parezca el anuncio del Evangelio no nos podemos callar. No podemos dejar que esas sombras entenebrezcan nuestra vida y también nosotros comencemos a dudar. Hemos de presentar con claridad ese anuncio del evangelio, de esa esperanza nueva y verdadera para nuestro mundo. Tenemos que darles señales.
Es nuestra tarea. Es la tarea de la Iglesia. La pregunta que le hacían los discípulos de Juan a Jesús también el mundo nos la haced. Y la respuesta tenemos que dársela a la manera que lo hizo Jesús, mostrándoles los signos de la verdad de nuestro evangelio. ‘Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’. Tenemos que mostrarles las obras de nuestro amor. Es lo que hará creíble nuestro anuncio.
Miremos entonces cuales son las obras del amor, las obras de misericordia que nosotros practicamos. Ya sabemos que lo que hace la mano derecha no lo debe saber la izquierda, pero eso no quita que demos gloria al Señor mostrando también como vamos en la vida empapados de ese amor.
Ahí están las obras de nuestra Iglesia, madre compasiva y misericordiosa; podemos recordar en nuestra cercanía la labor que realiza Cáritas en nuestras parroquias en la atención de tantas necesidades de tantas personas que nos tienden su mano pidiéndonos ayuda; y no es solo una labor asistencial la que se realiza sino es todo el entramado de proyectos y de obras en búsqueda de una mayor justicia para todos, en tantos programas de desarrollo personal y comunitario que se realizan, en el deseo y la lucha para que todas las personas vivan con una mayor dignidad. Y Cáritas puede realizar esa labor porque detrás están tantos voluntarios que dedican su tiempo, su saber, y hasta sus bienes. Caritas es la comunicación cristiana de bienes de la propia comunidad cristiana que comparte, que se solidariza, que se da por los demás.
Claro que por otra parte podríamos hacer una lista interminable de obras de la Iglesia en tantas y tantas comunidades religiosas que atienden a los ancianos, a los enfermos que nadie quiere y que cuida de día y de noche en sus propias instituciones o personalmente incluso en los domicilios, y en tantas y tantas obras más.
La Iglesia ante la pregunta, semejante a la de aquellos discípulos de Juan, que nos puede hacer el mundo que nos rodea, tenemos que señalarles esos signos de nuestro amor que darán autenticidad al evangelio que anunciamos, que ya no solo lo hacemos con nuestras palabras sino con nuestras obras y con el testimonio de nuestra vida.
No quiero alargarme pero en el fondo detrás de todo esto está la pregunta personal que se nos hace a nosotros o que nosotros personalmente tendremos que hacernos. ¿Cuáles son en verdad los signos que damos y realizamos de nuestra fe en Jesús? Una buena reflexión que tendríamos que hacernos en esta preparación para la navidad, para que hagamos una navidad auténtica, y que sea un verdadero signo de esperanza para nuestro mundo.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Hagamos ese silencio que se siente en la montaña y en el desierto y podremos escuchar a Dios, podremos en verdad sentir su presencia

Hagamos ese silencio que se siente en la montaña y en el desierto y podremos escuchar a Dios, podremos en verdad sentir su presencia

Eclesiástico 48,1-4.9-11; Sal 79; Mateo 17,10-13

‘¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?’, le preguntan los discípulos a Jesús. Quizá venían impresionados por lo que habían contemplado en el Tabor. Junto a Jesús transfigurado habían aparecido las figuras de Moisés y Elías. Eran el símbolo de la Ley y los Profetas, sobre la que se fundamentaba la fe de todo israelita.
Moisés les había dado la ley, los mandamientos, allá en el Sinaí en nombre de Dios, que era la pauta de vida por la que había de regirse su existencia. Era el símbolo de la ley de Dios, de lo que era la voluntad de Dios que se habían plasmado en la Alianza.
Elías, por su parte era el símbolo de lo que significaban los profetas en la historia del pueblo de Dios. Los profetas, hombres de Dios, habían de ayudar al pueblo con sus enseñanzas a mantenerse fieles a la Alianza, preservando la fe de Israel de todo peligro. Elías había sido el gran profeta en momentos difíciles en la historia del pueblo de Israel que luchaba con todos sus medios por preservar la fe en el único Dios de la Alianza, frente a los baales, falsos dioses, que pretendían imponer al pueblo de Dios desde la influencia de las naciones vecinas. Extensamente se nos habla de él en los Libros de los Reyes y hoy la liturgia nos ofrece una reflexión de un sabio del Antiguo Testamento en los libros llamados sapienciales.
Un profeta había anunciado que Elías había de venir antes de la llegada del Mesías para ayudar al pueblo a prepararse en la fidelidad a Dios como lo había hecho en la historia. Y veremos más adelante cuando el ángel se le aparezca a Zacarías para anunciarle el nacimiento del Precursor del Señor, Juan el Bautista, le dirá que viene con el poder y el espíritu de Elías para preparar a Dios un pueblo bien dispuesto. 
En las interpretaciones de los escribas y maestros de la ley pensaban en una presencia física de nuevo de Elías en el mundo y Jesús viene a ayudarnos a comprender cómo en el Bautista se manifestaba ese poder y ese espíritu del profeta Elías. ‘Elías vendrá, les dice Jesús, y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’.  Y ya el evangelista nos dice que comprendieron que Jesús se estaba refiriendo al Bautista.
La liturgia del Adviento nos va ayudando a realizar nuestro camino hacia el encuentro con el Señor presentándonos a los profetas y a Juan Bautista, profeta y más que profeta que diría Jesús de él. Fijarnos en Elías nos ayuda a considerar nuestra fe, nuestra fidelidad al Señor. El luchaba contra los falsos dioses, los ídolos que se pretendían imponer en el Reino de Israel; le valió persecuciones, pero se sintió siempre lleno de Dios.
Conocida es su experiencia de Dios que allá en el Horeb tuvo. El pan y la jarra de agua que el ángel del Señor le ofrecía, su experiencia mística sintiendo el paso de Dios junto a El fueron su fuerza para mantenerse en la fidelidad y seguir ayudando al pueblo caminar en esa misma fidelidad.
Son caminos que nosotros hemos de recorrer también. Podemos sentir también esa presencia mística de Dios si nos abrimos al misterio y nos dejamos inundar por su inmensidad. Es la profundidad que hemos de darle a nuestra oración que no sea simplemente repetir unos rezados.
Hagamos ese silencio que se siente en la montaña y en el desierto y podremos escuchar a Dios, podremos en verdad sentir su presencia. Pero hemos de alejarnos de muchos ruidos que nos ofrece hoy la vida. Parece que rehuimos el silencio y siempre queremos que esté sonando algo a nuestro lado. Apaguemos esos ruidos, esas voces, esas músicas que nos distraen, abramos la sintonía de Dios en nuestra vida y experimentando a Dios nuestra fe crecerá, nuestra fidelidad se mantendrá hasta el final.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Isaías 48,17-19; Sal 1; Mateo 11,16-19

Hay gente que nunca está contenta con nada; pareciera que llevaran el espíritu de la contradicción dentro de ellos; nada le satisface sean las cosas en un sentido o en otro, siempre está a la contra. Y no es el descontento de la superación, del que quiere mejorar en su vida y no aun le pudiera parecer que no ha conseguido sus metas y por eso quiere más, pero para sí, para su superación de cosas que en su vida podrían estar mejor.
Es el que está descontento siempre con los demás, juzgando interiormente, muchas veces hasta queriendo desprestigiar al otro para no reconocer lo bueno que puedan hacer los demás. Y es que muchas veces queremos hacer a los demás a semejanza nuestra, queremos que las cosas sean de mi opinión o de mi gusto, pero quizá al final ni eso quieren porque buscarán como seguir incordiando a los otros.
¿Nos pasará algo así en el camino de la fe, de nuestra vida cristiana? ¿Nos pasará de alguna manera de esa forma en nuestra relación con la Iglesia? También muchas veces decimos este cura me gusta y aquel me cae antipático, voy a esta Iglesia porque aquí sí hacen las cosas bien, porque las hacen a mi gusto, y nos alejamos de otros lugares de culto porque nos pueden parecer fuera de época, por decirlo de una manera suave.
Y juzgamos y hasta condenamos, pero quizá no ponemos nada de nuestra parte para hacer que las cosas mejoren para todos, no expresamos nuestras ideas o  manera de ver las cosas allí donde se puedan aprovechar para mejorar las cosas. Esto nos daría para un extenso comentario, porque muchas veces aunque críticos somos quizá demasiado negativos o demasiado pasivos.
Jesús se encontró con gente así. Ya vemos cómo muchos estaban al acecho a ver cómo lo cogían en sus palabras, cómo muchos estaban observando siempre lo que hacia para buscar por donde condenarle, cómo le hacían preguntas capciosas, no en el afán de querer aprender sino simplemente por llevar la contraria y ver cómo lo podrían atrapar en contradicciones.
Hoy Jesús nos dice en el evangelio que la gente de su generación son como niños que juegan en la plaza, pero llenos de malicia para ver como echar la trampa a los demás. No les gustaba Juan por la austeridad con que se presentaba allá en el desierto invitando a una verdadera conversión del corazón para preparar los caminos del Señor, pero ahora tampoco querían aceptar a Jesús porque sus palabras y sus gestos quizá le hacían plantearse cosas muy serias allá en lo hondo del corazón.
La austeridad de Juan les molestaba porque ellos pretendían seguir en sus comodidades y sus rutinas, pero a Jesús que se acerca a los pecadores y come con ellos lo llaman comilón y borracho. Olvidan que el medico viene para curar a los enfermos y que el pastor ha de buscar siempre la oveja perdida, y que el padre pacientemente está buscando y esperando la vuelta del hijo que había tirado su vida por la borda.
Y nosotros, ¿cómo aceptamos a Jesús y la Buena Nueva del Reino de Dios que nos anuncia? ¿Cómo aceptamos los vientos del Espíritu que van guiando hoy a la Iglesia a través de tantos gestos proféticos de nuestro Papa Francisco? ¿Cómo nos enfrentamos allá desde lo más hondo del corazón y con sinceridad al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida? ¿Estaremos también siempre en espíritu de contradicción para no aceptar, para juzgar y para condenar?

jueves, 8 de diciembre de 2016

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

En María Inmaculada aprendemos lo que es la sabiduría del amor realizando en nuestra vida y para nuestro mundo el proyecto del amor de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
El proyecto de Dios es un proyecto de amor.  No puede ser de otra manera porque Dios es amor. Es lo que ha querido desde toda la eternidad para el hombre. Y a pesar de tantos rechazos por parte del hombre que en su orgullo se cree Dios cuando lo que hace es encerrarse en si mismo en su egoísmo – lo más lejano de Dios – sigue buscándonos y sigue ofreciéndonos su proyecto de amor. Y el amor es el que hace feliz al hombre. Es en ese amor de Dios donde podremos alcanzar la mayor felicidad y la más hermosa sabiduría.
Esta fiesta de María que hoy celebramos, su Inmaculada Concepción, es lo que nos viene a expresar de manera contundente. María es aquella mujer anunciada ya en los albores de la humanidad, en las primeras páginas del Génesis, cuya descendencia iba a vencer el mal a fuerza de bien, a fuerza de amor.
El texto que hemos escuchado del Génesis viene a describirnos ese rechazo del hombre a lo que es el proyecto de amor de Dios. Decimos es el relato del pecado del primer hombre, pero es el relato del pecado de todo hombre, de toda la humanidad pecadora que tantas veces va a la contra del proyecto de Dios. Siempre aparece nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia que cree sabérselo todo pero que nos encierra en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, en no pensar sino en nosotros mismos rompiendo así el proyecto de Dios.
Pero el amor de Dios es perseverante, es un amor eterno que no se cansa nunca de amarnos a pesar de nuestros rechazos y desamores. Nos ofrece una salvación. Hoy el Génesis nos habla de esa descendencia de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. Llegaba el momento culminante de la historia, la plenitud de los tiempos que nos dice san Pablo, y Dios había de elegir a una mujer que fuera la madre de quien nos trajera la salvación.
Si la redención significaba limpiarnos de toda culpa para hacer un hombre nuevo de vida pura e inmaculada inundada por el amor, aquella mujer que habría de ser la madre del Redentor tendría que ser pura e inmaculada inundada también de ese amor. Dios podía hacerlo y quiso hacerlo y a María la preservo de toda culpa de pecado en virtud de los méritos de su Hijo, y es por eso que ella es ya Inmaculada desde su Concepción. Y es la fiesta que hoy celebramos. Por eso la llamamos también tiernamente la Purísima.
Entra en juego toda la intensidad del amor de Dios cuyo proyecto se ha de realizar en plenitud en el hijo de la mujer, en el Hijo de María que seria al mismo tiempo el Hijo del Altísimo, como le diría el ángel allá en la anunciación en Nazaret. Y es María la ‘llena de gracia’ – es de alguna manera el nombre que le da el ángel -, la que está inundada de Dios – ‘has encontrado gracia ante Dios’ -, de su vida y santidad, y de su amor, la que está abierta desde lo más hondo de si misma al proyecto de Dios, a lo que es la voluntad de Dios. ‘Hagase en mí según tu palabra’, que le responde María al Ángel de la Anunciación.
Es el proyecto de amor de Dios que se ha de seguir realizando en el hombre y en el mundo. Tanto nos amó Dios que nos dio a su Hijo único y Jesús en la plenitud de su amor por nosotros se ha entregado para redimirnos, para limpiarnos y hacernos resplandecientes por la gracia, para hacernos caminar en una vida nueva que es la vida de la plenitud en el amor.
Es el proyecto de amor que nosotros ahora hemos de vivir amando con un amor como el de Dios. El amor verdadero siempre tendrá un toque de Dios, siempre tendrá una resonancia divina en nuestra vida. Por eso cuando amamos de verdad, porque nos entregamos sin reservas y somos capaces de hacerlo en las características que Jesús nos enseña en el Evangelio estaremos siendo signos de ese amor de Dios en medio del mundo y de alguna manera estaremos como divinizándonos porque ese amor nos hace disfrutar de la vida de Dios. Entrando en la órbita de ese amor, y lo hacemos cuando creemos de verdad en Jesús y queremos vivir su misma vida, el Espíritu nos hace hijos, nos convertimos en verdad en hijos amados de Dios.
Sería la mejor ofrenda que le haríamos a María, que le haríamos a la Madre en este día de su fiesta, como tendría que ser el compromiso que de esta celebración surgiera en nosotros para vivir siempre según ese proyecto de amor de Dios. ¿No decimos que queremos hacer un mundo mejor? ¿No es ese nuestro empeño? Es el amor verdadero, decíamos antes, el que verdaderamente nos hace felices. Vivamos en ese amor y no solo sentiremos dentro de nosotros la dicha de ser capaces de amar, sino que estaremos contribuyendo a la dicha y a la felicidad de cuantos nos rodean. Si amamos así seguro que iremos quitando de nuestra vida y de nuestro mundo todos los signos de muerte con que tantas veces llenamos nuestra existencia desde nuestros orgullos y falsas sabidurías.
Aprendamos de verdad lo que es la sabiduría del amor, estaremos aprendiendo lo que es la sabiduría de Dios, y estaremos realizando su proyecto de amor como lo hizo María, la que se vació de si misma para llenarse de Dios.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios… Jesús no nos falla nunca

Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios… Jesús no nos falla nunca

Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

¡Qué reconfortante es encontrar un hombro amigo sobre el que descansar y desahogar todas nuestras preocupaciones y agobios! Es algo que necesitamos en la vida, ese amigo, esa persona que nos aprecia y nos escucha, que está a nuestro lado y que quizá sabe guardar silencio hasta que nosotros rompamos en nuestro desahogo, esa persona que tiene la buena palabra de ánimo para que sigamos adelante, para que no desfallezcamos en nuestras luchas, para que no tiremos la toalla cansado por nuestros agobios. Quien tiene un amigo así puede decir que ha encontrado un bello tesoro.
Vamos muchas veces por la vida demasiado solos, a pesar de que tengamos muchos amigos y conocidos, de que utilicemos los modernos medios de las redes sociales para entrar en contacto con todo el mundo, aun cuando aparentemos que las cosas nos van bien y que vamos irradiando felicidad, tras esa fachada nos podemos encontrar cosas solitarios, llenos de amarguras, que se encierran en si mismos, que no han encontrado aun ese amigo del alma en quien confiar y en quien confiarse, porque hay muchas cosas que nos guardamos dentro de nosotros y las sabemos quizá disimular muy bien para mantener quizá una apariencia.
En el camino de la vida, aunque nos creamos muy autosuficientes, necesitamos sin embargo un punto de apoyo que nos dé ánimo y nos impulse a seguir caminando siempre con ilusión, con fuerza, con esperanza. El camino, es cierto, lo tiene que hacer uno, pero esa palabra de amigo, ese hombre en el que nos apoyamos y quizá derramamos nuestras lágrimas, ese oído que nos escucha una y otra vez, esa mirada que nos llega al alma, es como ese bastón que nos sirve de apoyo para evitar peligros y caídas pero que también nos sirve de impulso cuando la pendiente se nos puede hacer cuesta arriba llena de durezas y dificultades. Humanamente es algo que nos gratifica.
Hay alguien en quien siempre podemos confiar y que siempre no solo está a la espera de que vayamos confiados a él, sino que además se adelanta hasta nosotros para tendernos su mano, decirnos su palabra, darnos su fuerza, ser nuestro descanso. Hoy lo escuchamos en el evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso…’ Nuestro alivio, nuestra fuerza, nuestro modelo, nuestro descanso. Ahí está Jesús siempre a nuestro lado, ofreciéndonos su vida, ofreciéndonos su descanso.
Casi no es necesario decir nada más, sino sentir su presencia, dejarnos inundar por su gracia y por su amor. El nunca nos fallará. Ha prometido que estará con nosotros siempre, y siempre podamos contar con El. Es más, El quiere habitar en nosotros si lo amamos y guardamos su camino.
Y una última palabra en esta reflexión. Piensa como puedes ser tú también para los que están a tu lado ese punto de apoyo, ese hombro en el que descansar, ese oído que siempre escuche, esos labios que siempre tengan una palabra de ánimo para los demás.

martes, 6 de diciembre de 2016

Jesús nos está enseñando que nunca podemos dejar al caído abandonado al borde del camino y son muchas las actitudes del corazón que tenemos que cambiar

Jesús nos está enseñando que nunca podemos dejar al caído abandonado al borde del camino y son muchas las actitudes del corazón que tenemos que cambiar

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

Cuántas veces decimos ‘él se lo buscó, que él ahora se las arregle’. Son posturas que tomamos algunas veces en las que queremos desentendernos de los problemas de los demás; quizá habíamos intentado ayudar, pero no se dejó ayudar, ahora lo vemos con problemas, alejado, quizá solo sin que nadie haga por él, pero nosotros tampoco en nuestro orgullo quizá malherido tampoco ahora queremos hacer nada.
Con cosas que nos suceden, que suceden quizá en tantas en nuestro entorno cuando no somos solidarios, cuando cada uno va a lo suyo, cuando por las heridas que quizá recibimos en la vida ahora nos convertimos en unos resentidos y ya no queremos hacer nada por nadie, porque, encima nos tratamos de justificar, son unos desagradecidos que no aprecian lo que uno hace por los demás.
Pero ¿realmente son posturas humanas? ¿Es correcto actuar así? ¿Podemos ir por la vida con esos resentimientos que nos amargan, que nos encierran en nosotros mismos, que nos vuelven egoístas e insolidarios? Por el más mínimo sentido de humanidad no tendríamos que ser así, porque bien sabemos que en nuestro orgullo también muchas veces no nos dejamos ayudar.
Pero ¿es ese el actuar de Dios para con nosotros? Cuantas veces nos apartamos del camino desoyendo las llamadas que mil lados nos hace el Señor. Pero queremos construir nuestra vida a nuestro aire, no queremos muchas veces reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida, orgullos no queremos que el Señor nos trace unas sendas por donde habríamos de caminar viviendo una paz muy grande en nuestro corazón y en nuestra relación con los demás; en fin de cuentas los mandamientos no nos tratan de coartar nuestra libertad, sino trazarnos las sendas por donde verdaderamente seriamos felices y haríamos también felices a los demás.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del pastor que busca la oveja perdida y descarriada. Deja a las noventa y nueve en el aprisco o en el establo, para ir a buscar la que se había extraviado. Y nos habla de la alegría del cielo cuando la encuentra, de la alegría del padre que recibe al hijo descarriado que vuelve a casa.
‘Suponed, nos dice, que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado’. Y nos dice Jesús que nuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni el más pequeñuelo.
Así es el amor del Padre, el amor que Dios nos tiene. Así nos muestra lo que es su corazón misericordioso y compasivo. Así nos invita a disfrutar de su amor. Pero así quiere también que nosotros tengamos nuevas actitudes, actitudes buenas y positivas para con los demás. No nos podemos desentender de nadie, a nadie hemos de dejar solo en sus angustias, en sus soledades, quizá en la negrura del mal en el que se ha metido.
Sin embargo muchas veces parece que no queremos mezclarnos con esas personas para no vernos comprometidos, para que no piensen que nosotros somos igual, porque nos puede parecer muy repugnante lo que haya hecho esa persona, porque quizá el ambiente manda y los medios también hacen sus juicios mediáticos que nos pueden influir. Y no somos capaces de ver su corazón, su sufrimiento, su soledad, las oscuridades en que se ve envuelta su vida. Tenemos la luz en nuestra mano y no somos capaces de ofrecerla.
Y decimos que somos buenos y cumplidores, pero dejamos al caído abandonado a la orilla del camino. Mucho tenemos que revisar, en nuestras actitudes; muchos tenemos que revisar también en nuestras estructuras de Iglesia en ocasiones muy legalistas pero muy poco misericordiosas. Todos tenemos que revisarnos, porque hablar podemos decir maravillas, pero luego en la manera de actuar estaremos muy distantes de lo que decimos. Y eso nos puede pasar también en el seno de la Iglesia.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…’ Es el anuncio del profeta que escuchamos en este inicio de la segunda semana del Adviento. No hemos de temer, viene el Señor.
Viene el Señor transformándolo todo. Como los ciegos que comienzan a ver, los sordos que pueden ya escuchar los sonidos y entenderse con los demás, los cojos y todos los discapacitados que comienzan a moverse por sí mismos, los corazones que se llenan de gracia y de alegría porque encuentran la paz del perdón. 
Si en la sinagoga de Nazaret Jesús había dicho que todo lo anunciado por el profeta y estaban escuchando en aquel momento allí estaba ahora sucediendo, lo mismo podemos decir hoy cuando escuchamos el evangelio. Vemos cumplidas las promesas de los profetas. El paralítico alcanza el perdón y el movimiento de sus piernas de manera que ya incluso podrá cargar su camilla. Pero ¿estaremos viendo el cumplimiento de esa Palabra en el hoy de nuestra vida?
El evangelio nos describe un hecho bien significativo. Un paralítico que querrá acudir con fe a Jesús pero que por si mismo no puede hacerlo. Unos voluntarios que también con fe en Jesús y con un buen corazón lo hacen llegar hasta los pies de Jesús a pesar de todas las dificultades; la gente se agolpa a la puerta y en su deseo de escuchar a Jesús están impidiendo que otros puedan llegar también hasta Jesús; pero para aquellos hombres de buena voluntad nada habrá que les impida cumplir su propósito. Por allá además algunos que sospechan – están al acecho -, que juzgan, que condenan – esto es una blasfemia porque quien puede perdonar pecados sino Dios -, y en medio de todo Jesús que llega con su salvación, que trae vida, que trae perdón, que quiere llenar nuestro corazón de paz, que quiere que en verdad seamos capaces de llegar a todos porque nada nos lo impida.
Ya hemos escuchado el desarrollo de la escena y cómo aquel hombre encontró la salud para poder ir al encuentro con los demás, pero encontrar la paz y el perdón para su espíritu. Pero como nos preguntábamos hace un momento ¿se estará cumpliendo esta Palabra también en nosotros?
Reconociendo nuestras debilidades, las deficiencias con que se llena nuestra vida cuando nos sentimos esclavizados por el pecado, también nosotros queremos ir a Jesús. Nada tendría que detenernos. Si grande es nuestra fe y nuestro deseo de alcanzar la liberación que nos trae Jesús hemos de saber valernos de todos los medios que tengamos a nuestro alcance, hemos de tener también la suficiente humildad para dejarnos ayudar. A veces no somos humildes para reconocer nuestras limitaciones, nuestras discapacidades que no son solo las físicas sino aquellas cosas que hemos dejado meter en nosotros y nos impiden un encuentro con los demás.
Pero pensemos en algo más, sabiendo como Jesús nos ha liberado con su perdón. ¿Seremos capaces de hacer como aquellos camilleros que llevaron al paralítico hasta Jesús saltando todos los obstáculos? Ahora somos nosotros los que tenemos que ayudar a los demás. Encontraremos dificultades, barreras que saltar, oposición en quien no querrá quizá dejarnos actuar, pero tenemos que seguir adelante. Lo que gratis nosotros hemos recibido también hemos de ser capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás para que también encuentren la salvación, la luz, la alegría de sus vidas, la paz.
Muchos caminos concretos nos está proponiendo Jesús delante de nosotros desde este evangelio que hemos escuchado. En nosotros está ahora la respuesta.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Necesitamos hoy profetas que nos despierten a ser una nueva humanidad y al mismo tiempo convertirnos en ecos de esa voz profética por los signos de nuestra vida

Isaías 11,1-10; Sal 71; Romanos 15,4-9; Mateo 3,1-12
¿Necesitaremos profetas en el mundo de hoy? ¿Hará falta que surja un profeta en medio de nosotros que con sus signos y palabras trate de despertar a los hombres y mujeres de Dios? Alguno podrá pensar que eso de los profetas son cosas de otros tiempos. Hoy con nuestro mundo tan tecnológico, tan informatizado, tan globalizado como en el que vivimos no podemos pensar en profetas porque no necesitaríamos de esas cosas, o personajes, que nos suenan a cosas y personajes de otros tiempos.
Pero creo que a pesar de todo ello en la experiencia de la vida sí podemos recordar sucesos, acontecimientos, personas que nos llaman la atención por lo que nos dicen, por su manera de actuar, o porque quizá nos parezca que van a contracorriente del ritmo de vida que vivimos y quizá pronto los dejamos caer en el olvido y entretenidos en otros juegos, vamos a decirlo así, no les prestamos atención pero seguramente nos estarán diciendo con sus hechos o con sus palabras muchas cosas importantes. Pareciera que nada nos sorprende ni nos llama la atención en la loca carrera que vivimos.
En un mundo de tan rápidas comunicaciones, por ejemplo, donde podemos estar en contacto al instante con personas del otro lado del planeta o recibir noticias en el mismo momento que están sucediendo por muy sorpresivas que fueran, o recibir comunicación de satélites o sondas espaciales que están ya casi perdidos en el espacio, sin embargo podemos tener el peligro de vivir en una tremenda soledad y no ser capaces de comunicarnos con el que está a nuestro lado.
Tantos medios, tantas cosas que tenemos a nuestra mano y sin embargo tenemos el peligro de endurecernos dentro de nosotros mismos poniendo costras que impidan la comunicación, la relación con quien está a nuestro lado y necesita que le prestemos atención en su soledad o en sus necesidades básicas, de subsistencia quizá. ¿Quién podrá despertarnos, hacernos ver esa realidad que tenemos quizá tan cercana y hacer que pongamos más humanidad en nuestras relaciones con quienes tenemos cercanos y quizá ya ni nos damos cuenta de sus sufrimientos? ¿Habrá algún profeta que nos llame la atención y nos despierte?
En este segundo domingo de Adviento la liturgia desde el evangelio nos presenta la figura de Juan Bautista. Alguien que apareció allá en el desierto en la orilla del Jordán y que nos llamó la atención y trató de despertar a aquel pueblo en un momento que iba a ser el punto culminante de la historia cumpliéndose lo que eran todas sus esperanzas. Profeta y más que profeta, diría más tarde Jesús de él.
El profetismo era algo muy presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Dios. Grandes profetas habían aparecido continuamente en medio del pueblo como los que recordamos porque conservamos sus profecías en el libro sagrado, pero era, repito, algo muy presente siempre en la historia de la salvación.
Aquellos hombres que Dios iba suscitando en medio del pueblo, en las diferentes circunstancias en que iban viviendo y por una parte les recordaban la Alianza de Dios con su pueblo y por otra parte mantenían despierta la esperanza en el Mesías que iba a venir. Hombres surgidos en medio del pueblo que se convertían con sus signos y con su palabra en voceros de Dios normalmente en torno al templo de Jerusalén o los otros santuarios repartidos por toda su geografía aunque no fueran sacerdotes o incomodaran a las autoridades religiosas constituidas ya fuera en el reino del norte, Israel, o en el reino de Judá.
Ahora había aparecido Juan en el desierto con grandes signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión. Su figura y sus palabras les recordaban lo ya habían anunciado los profetas como Isaías de la voz que iba a surgir en el desierto para preparar los caminos del Señor. ‘Convertíos, les decía, porque está cerca el Reino de los cielos’. Y aunque habían de realizar el signo purificatorio y penitencial de sumergirse en las aguas del Jordán la invitación radical era a la conversión, al cambio de vida, a enderezar los caminos, allanar los valles, preparar las calzadas para el Señor que venía y estaba cerca. Su bautismo era solo un signo de esa conversión del corazón, porque habría de venir el que bautizara con Espíritu Santo y fuego, anunciando así ya un nuevo bautismo. 
Acudían de todas partes. Su palabra, sus gestos, su manera de vivir eran las señales del profeta que llamaban la atención y todos se llegaban hasta el Jordán. ¿Será un profeta? Se preguntaban y le preguntaban. ¿Será el Mesías que ha de venir? ¿Quién eres tú? Le vinieron a preguntar incluso de parte de las autoridades religiosas de Jerusalén como vemos en otros pasajes del evangelio. Y la gente estaba alerta, estaba atenta, y muchos querían en verdad prepararse y se convirtieron en discípulos de Juan.
Como nos preguntábamos al principio, ¿necesitaremos nosotros un profeta como Juan Bautista? Si queremos abrir los ojos de la fe no solo responderemos que sí lo necesitamos, sino que además también podríamos descubrir muchos signos y llamadas de parte del Señor en este momento de la historia que vivimos.
Tenemos, sí, la Palabra de Dios que se nos proclama cada día y con especial intensidad en este tiempo de Adviento, tenemos acontecimientos que se suceden en nuestro mundo en estos mismos tiempos que tendríamos que saber leer con ojos de fe, podemos descubrir figuras con voz profética que nos están llamando en las puertas de nuestras conciencias y a las que tendríamos que prestar más atención, está quizá también en nosotros, los que quizá estamos más cerca de la Iglesia, esa responsabilidad que tenemos de hacer el anuncio con nuestra vida, con nuestras palabras, con nuestros gestos, con nuestra solidaridad abriendo en verdad nuestro corazón a ese mundo que nos rodea y necesita una voz, una luz, alguien que haga el anuncio del evangelio.
Ahí está, si queremos escuchar, esa llamada continua del Señor que nosotros tenemos que escuchar y de la que tenemos que hacernos eco para los demás. Creo que este puede ser el gran mensaje que escuchemos en este segundo domingo de adviento mientras caminamos con esperanza al encuentro con el Señor en la cercana Navidad para poder vivirla con todo sentido.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Somos nosotros también apóstoles enviados a sanar a nuestro mundo con el anuncio del Evangelio del Reino creando lazos de amistad y encuentro entre todos

Somos nosotros también apóstoles enviados a sanar a nuestro mundo con el anuncio del Evangelio del Reino creando lazos de amistad y encuentro entre todos

 Isaías 30,19-21.23-26; Sal 146; Mateo 9,35–10,1.6-8

‘Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias… Y llamando a sus doce discípulos los envió con estas instrucciones: Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis…’
Lo mismo que realiza Jesús lo confía a sus discípulos. Ha llamado a doce y los ha constituido apóstoles, sus enviados. Han de realizar su misma misión. El anuncio de la Buena Nueva del Reino, como lo hacia Jesús. Y les da poder para realizar las mismas señales, los mismos signos que realiza El, curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios.
Son los signos de que llega el Reinado de Dios. Si Dios es nuestro único Señor no podemos permitir que el mal se enseñoree de nuestra vida. No podemos servir a dos señores, nos dirá Jesús en otra ocasión. Como un signo de que eso es posible Jesús quiere ir quitando todo lo que pueda hacer sufrir o esclavizar al hombre. Algo que físicamente nos hace sufrir son las enfermedades y todas las limitaciones físicas que podamos padecer; nada nos puede aislar ni de Dios ni de los demás. Nada de muerte puede imperar en nuestra vida.
El anuncio de la Buena Nueva del Reino es un anuncio de vida; nos viene a traer el perdón y la paz, viene a poner amor en nuestro corazón, viene a destruir las barreras que nos puedan impedir acercarnos los unos a los otros; son los signos que Jesús va realizando cuando va curando todas las enfermedades y todas las dolencias.
Por ejemplo, el curar de la lepra incluía que el que la había padecido pudiera volver de nuevo a reintegrarse a su familia y a su comunidad. La lepra era una barrera que aislaba, que separaba de los demás, porque el contagiado con esa enfermedad no podía vivir ni con su familia ni en el seno de la comunidad, había de marchar a sitios aislados. El sufrimiento no eso solo lo físico del dolor de la enfermedad, sino ese sufrimiento de verse aislado de todos.
Jesús viene a romper esas barreras. Muchas veces nosotros en la vida nos aislamos o aislamos a gente de nuestro entorno. Nos aislamos porque no nos comunicamos, porque nos encerramos en nosotros mismos, porque nuestro egoísmo y nuestro orgullo nos separan de los demás, porque quizá nos hacemos intratables para los otros por nuestra manera de ser. O aislamos a los demás porque cuantas barreras creamos cuando nos ponemos a hacer distinciones por su manera de pensar, por su manera de ser, por su condición social o por el lugar de donde procede o donde vive; aislamos a los demás cuando juzgamos a los demás y condenamos desde las apariencias, cuando marcamos a la gente con las que no nos queremos tratar, y así cuantas cosas.
Con Jesús, queriendo vivir en el Reino de Dios, eso no nos lo podemos permitir, esa no puede ser nuestra manera de actuar. Jesús quiere curar nuestro corazón para que lo llenemos de humildad y de amor, para que podamos ir al encuentro con los demás y abramos también nuestra vida para que los otros puedan llegar hasta nosotros. Y eso nos dará la paz más hermosa que podamos sentir, cuando nos damos y amamos y al mismo tiempo sabemos sentirnos amados de los demás.
Es la tarea que hemos de realizar en nosotros cuando escuchamos el Evangelio de Jesús pero es la tarea que nosotros hemos de realizar anunciando ese Reino de Dios a los demás no solo con nuestras palabras sino con los signos de nuestra vida, nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras acciones concretas. Hemos de ir dejándonos curar por el Señor y curando a los demás cuando vamos poniendo paz y entendimiento entre todos. Es el evangelio que Jesús nos confía que hemos de anunciar. Lo que hemos recibido gratis, hemos de anunciarlo gratis también. Todo es gracia.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Purifiquemos nuestra fe con la iluminación del Espíritu para ver cual es la salud y la salvación que Jesús quiere ofrecernos

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31
‘¿Creeis que puedo hacerlo?’, pregunta Jesús a aquellos dos ciegos que venían gritando detrás de El. Pudiera parecer una pregunta innecesaria. Si aquellos hombres así gritaban detrás de Jesús era porque tenían la esperanza de que Jesús les podía curar. A ellos habrían llegado noticias de cómo Jesús había curado a otros enfermos, había hecho caminar a los paralíticos, limpiado a leprosos que se habían reincorporado a la vida de su familia, hablar a los mudos y también a muchos ciegos les había devuelto la visión. Tenían esperanza de que Jesús a ellos también los curara, les devolviera la vista.
Pero Jesús pregunta ‘¿creeis que puedo hacerlo?’. Tantas veces Jesús les había dicho a los que acudían a él y dudaban ‘basta que tengas fe’. Se lo había dicho a Jairo cuando iba a curar a la hija enferma pero por el camino le habían dicho que había muerto. Se lo dijo a la mujer de las hemorragias que con fe se había acercado a Jesús por detrás para tocar su manto y Jesús le dice ‘tu fe te ha curado’.
¿Quién los curaba? ¿Quién hacia el milagro? El poder divino estaba en Jesús, pero era necesario que se pusiera toda la fe en él. Como aquel hombre que no era judío, era un centurión romano, pero estaba seguro que la palabra de Jesús podía sanar a su criado enfermo; una palabra, una orden como él estaba acostumbrado a dar para que sus soldados o sus criados obedecieran, y con esa palabra de Jesús su criado podía curarse.
Se podía acudir a Jesús viendo solo en El al taumaturgo capaz de hacer cosas maravillosas, pero no ver la acción de Dios en El. Se podía acudir a Jesús como quien acude a un mago que con sus hechicerías hace cosas extraordinarias que nos encandilan y nos pueden confundir. Pero había que acudir a Jesús con otra fe. Lo que se realizaba en Jesús era obra de Dios, eran los signos y señales de lo más hondo y profundo que Dios quiere realizar en nuestra vida.
Jesús con su pregunta está calibrando la fe de aquellos hombres. Habían gritado ‘ten compasión de nosotros, Jesús, hijo de David’ y con esa expresión se estaban manifestando resonancias mesiánicas. Pero no era solo pensar en un Mesías como el que tantos esperaban en un sentido guerrero y liberador de opresiones de poderes extranjeros.
Habría que reconocer en Jesús a quien estaba lleno del Espíritu divino que le había enviado a realizar el año de gracia del Señor y como signo y señal los enfermos serian liberados de sus males, de sus dolores y sufrimientos, pero habría de nacer un mundo nuevo de libertad, de amor, de paz, de gracia y de santidad. Lo que Jesús quería realizar era mucho más que liberarnos de una enfermedad corporal o de unas limitaciones físicas, porque quiere liberarnos del mal más profundo que nos ata y nos esclaviza que es el pecado. No cabían dudas. Habría que tener la certeza de la fe, y de una fe madura y profunda.
Acudimos a Jesús, acudimos a Dios tantas veces y decimos que lo hacemos con fe, pero quizá nuestro corazón pudiera estar lleno de dudas y de confusiones. Tenemos que madurar nuestra fe. Tenemos que aprender a poner toda nuestra confianza en Dios. Tenemos que buscar allá en lo más profundo de nosotros esa presencia de Dios que nos ama, que nos salva, que nos llena de vida, que nos pone en camino de algo nuevo. Que de ninguna manera se nos debilite nuestra fe.
Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor en ese camino de la fe; dejemos que el Espíritu del Señor hable desde lo más profundo de nosotros cuando nos dirigimos a Dios en nuestra oración para saber hacer la mejor oración porque El sabe bien lo que mejor nos conviene. Sí, con la fuerza y la luz del Espíritu sabemos bien que Jesús puede curarnos, que en Jesús tenemos nuestra salvación.