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sábado, 12 de septiembre de 2015

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

¿Dónde hemos puesto los cimientos de nuestra vida? Bien sabemos que no podemos edificar pensando solamente en lo que van a ser los ornamentos de nuestro edificio. Si no hay un profundo cimiento sobre algo firme sabemos que todo se nos puede venir abajo en cualquier momento o ante cualquier tempestad o tormenta de la vida.
Los cimientos hemos de tenerlos bien anclados en nuestro corazón. Hemos de saber encontrar lo que sean los verdaderos fundamentos de nuestra vida, esos principios que nos den autentico sentido y valor. No nos podemos quedar en superficialidades ni apariencias, porque el brillo exterior pasa y desaparece y solo quedará lo que es la verdadera fortaleza de nuestra vida.
Hay demasiadas vanidades en la vida; corremos y nos afanamos por cosas que son superfluas y efímeras; buscamos la felicidad en las cosas que nos atraen por esos brillos externos y cuando no tenemos una verdadera profundidad en la vida buscamos sucedáneos que nos hagan pasar un buen momento aunque luego nos quede amargor en el corazón. Tenemos el peligro incluso de utilizar esas cosas buenas de la vida como si fueran lo único que merece la pena, pero cuando no le hemos dado un buen sentido y valor a lo que hacemos, o cuando incluso no hemos sabido valorar a las personas con las que estamos sino que en el fondo con ello lo que hacemos es buscarnos a nosotros mismos de una forma egoísta, luego sentiremos un vacío interior que no sabremos en verdad cómo llenarlo de sentido.
Hemos de saber tener verdadera madurez en la vida dándole profundidad a lo que hacemos. Como decíamos, hemos de saber encontrar ese verdadero cimiento de nuestra vida que nos lleve por caminos de plenitud. El cristiano que verdaderamente se ha encontrado con Cristo y su Palabra, que ha descubierto el evangelio como la verdadera luz de su vida, sabrá ir encontrando esos caminos de profundidad. Nos ha hablado Jesús del edificio construido sobre arena o sobre roca. ‘El que se acerca a mi, escucha mis palabras y las pone por obra’, nos dice Jesús.
Lo que nos va enseñando Jesús en el Evangelio es para que encontremos esa verdadera grandeza de nuestra vida. Y si vamos llenando nuestro corazón de esos valores que nos enseña el evangelio daremos auténticos frutos de justicia, de fraternidad, de amor, de paz en nuestras relaciones con los demás creando de verdad un mundo nuevo. Como nos decía hoy Jesús en el Evangelio  ‘lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’. Por eso nos decía Jesús que por los frutos habría de conocérsenos.
Por eso hemos de darle autenticidad a nuestra relación con el Señor. No podemos vivir una religiosidad superficial, ni vamos al encuentro con el Señor para que nos resuelva milagrosamente nuestros problemas. No podemos hacer nuestra expresión religiosa solo de apariencias. La fe que nos lleva al encuentro con el Señor la hemos de vivir desde lo más profundo de nosotros mismos y luego ha de traducirse en las obras buenas y de justicia y amor que tengamos con los demás y nos haga comprometernos con el mundo que nos rodea.
Fundamentemos bien nuestra vida en Cristo. El es la verdadera Roca de nuestra vida.  Con Cristo a nuestro lado, con Cristo en el centro de nuestro corazón, ¿a quien hemos de temer? ¿quién nos puede derrotar?

viernes, 11 de septiembre de 2015

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
El camino de la vida no es algo que hagamos en solitario. Ay de aquel que así quisiera hacerlo queriendo prescindir de todo y de todos. Es cierto que cada uno ha de realizar su propio esfuerzo, caminar sus propios pasos y hacer su propio camino, pero no vamos solos. A nuestro lado siempre hay quien está haciendo camino y en muchas cosas podemos coincidir y lo normal es que quienes van haciendo camino juntos se ayuden, se apoyen, se animen mutuamente y hasta en ocasiones seamos capaces de llevarles las cargas de los demás. Pero el camino que hacemos, la meta que ansiamos necesariamente tendría que hacernos solidarios los unos con los otros.
Esto vivido en un plano meramente humano es realmente hermoso y estimulante. En ese camino vamos construyendo juntos, porque juntos compartimos ilusiones y esperanzas y querríamos poder superar las dificultades propias de ese camino, pero también desearíamos que el camino, o el mundo en el que vivimos y por el que vamos haciendo ese camino, sea cada día mejor dejándoselo así como buena y hermosa herencia a los que vienen detrás de nosotros. Si nos encontramos una piedra o un obstáculo atravesado en el camino no solo nos vamos a preocupar de sortearlo, sino que además quisiéramos quitar ese obstáculo para que no se encuentren con él los que vienen detrás.
Cuando ese camino además lo hacemos desde un sentido distinto y superior, porque queremos seguir los caminos que nos traza el evangelio en el que nuestra meta la tenemos en Cristo y en el Reino de Dios, con mayor razón aun nos damos cuenta que ese camino no lo hacemos solos, que necesitamos sentir esos pasos de los hermanos que caminan junto a nosotros haciendo ese mismo camino, pero que la común esperanza, el mutuo amor  y la fe que nos anima harán que nos sintamos como más obligados, desde el amor, a ayudarnos y a apoyarnos los unos en los otros para hacer ese camino.
Creo que en la onda de lo que estamos reflexionando nos pueden ayudar mucho las palabras que le escuchamos a Jesús hoy en el evangelio. Es cierto que, como nos dice Jesús, un ciego no puede guiar a otro ciego, y va en el sentido de que quitemos el orgullo que nos ciega y nos impide ver la realidad del camino que hacemos. Nunca será desde el pedestal de nuestro orgullo desde el que vamos a caminar junto a los demás. Hemos de sentirnos en ese plan de igual de quienes se sienten hermanos y con humildad sabemos tendernos la mano para apoyarnos como para ofrecer una buena palabra que nos evite esos tropiezos que podamos encontrar en el camino.
Qué hermoso cuando sabemos hacerlo así; que alegría e ilusión nos da el hacer un camino así donde compartimos tanto alegrías como sufrimientos; se nos hace más llevadero el camino y es que haciéndolo así vamos a sentir la compañía y la fuerza del Espíritu del Señor que siempre llenará nuestra vida.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas, 6,27-38
Qué desgraciada hacemos nuestra vida cuando en nuestro orgullo llenamos el corazón de violencias, resentimientos, envidias, desconfianzas. En nuestro orgullo nos cegamos y creemos que porque guardemos rencor y no perdonemos a aquel que nos haya podido ofender somos nosotros los que salimos ganando, pero hemos de reconocer que en el fondo nos sentimos más infelices, más insatisfechos y como suele suceder entramos en una espiral que seguirá generando en nosotros más y más destructores sentimientos.
Es a nosotros a los primeros que nos hacemos daño cuando guardamos en nosotros esos malos sentimientos, aunque nos cueste reconocerlo y que pensemos que acaso todo eso es consecuencia de aquel mal o aquella ofensa que nos hayan hecho. Somos nosotros mismos los que nos estamos haciendo daño guardando esos resentimientos y no perdonando.
Qué hermoso es que lleguemos a sentir verdadera paz en el corazón dejando que no nos afecten esa malquerencia que podamos sufrir siendo generosos para no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer, para olvidar, pasar pagina y llegar incluso a tener la valentía de perdonar. No valoramos lo suficiente esa paz del corazón y por eso no la buscamos de verdad y no ponemos empeño en superar nuestros orgullos.
Y esto es lo que nos enseña Jesús en el sermón de la montaña. Quiere el Señor que mantengamos esa paz en el corazón para que seamos capaces de ser en verdad constructores de paz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita. Hay demasiados orgullos y violencias en el mundo que nos rodea, excesivos resentimientos y rencores, muchas e innecesarias marginaciones y divisiones que nos vamos creando y nos van separando cada vez más.
Por eso Jesús nos enseña a ir sembrando las semillas del amor y de la bondad, del perdón y del olvido de la ofensas, de la autenticidad en la vida que nos lleve a trabajar sinceramente por el bien de los demás. Muchas buenas semillas tenemos que ir sembrando en nuestro mundo que aunque aparentemente muchas veces nos parezca que no dan fruto, quizá pasen un tiempo enterradas en el corazón pero un día han de germinar y producir buenos frutos.
Alguna vez quizá nos ha sucedido que de repente brota en nosotros un buen sentimiento que pensábamos que no erramos capaces de tener, pero que ha sido una buena semilla que alguien un día enterró y ahora germina y comienza a dar fruto. Es la esperanza con la que trabajamos por lo bueno; es la esperanza con que los padres al educar a sus hijos van sembrando esas buenas semillas que quizá no ven brotar tan pronto como quisieran pero que un día han de salir a flote; es la esperanza con que todos hemos de ir siempre haciendo el bien.
Hemos escuchado que Jesús nos habla hoy del amor a los enemigos y del perdón. ‘A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?... Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Queden ahí textualmente las palabras de Jesús que hemos de escuchar en lo más hondo del corazón. Ha de ser esa buena semilla que un día germinará y fructificará.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

El mensaje de las bienaventuranzas siempre es totalmente desconcertante. Parece que no se pudieran decir unas palabras así. Son incomprensibles para nuestra manera humana de entender y nos queremos dar muchas explicaciones.
El texto de Lucas es más breve y escueto, pero podríamos decir también que más duro. Simplemente nos dice: ‘dichosos los pobres… dichosos los que tienen hambre… dichosos los que lloran…’ Parece que eso no se puede decir. ¿Qué dicha pueden tener los que nada tienen, los que lloran y sufren o los que no tienen que comer? De la misma manera que sus ‘ayes’ o lamentaciones. ‘¡Ay de vosotros, los ricos… ay de vosotros, los que ahora estáis saciados… ay de vosotros los que ahora reís…!’
Y nos dice que de los pobres es el Reino de los cielos, que los que lloran encontrarán consuelo, o los que tienen hambre quedarán saciados, de la misma manera que se lamenta de los ricos porque ya tienen todo su consuelo en las cosas que tienen, o de los que están saciados terminarán teniendo hambre, o los que ahora ríen harán duelo y llorarán.
¿Qué nos dice Jesús? ¿Qué promete? Nos está hablando del Reino de los cielos, nos está hablando de un mundo nuevo, nos está hablando de la esperanza de que un día todo esto cambiará y será distinto.
La pobreza será siempre pobreza y será dolorosa, es cierto, pero quizá podremos aprender a valorar lo que es verdaderamente importante y donde habremos de poner nuestro corazón; desde nuestro sufrimiento quizá podremos aprender a mirar con mirada nueva a los demás y entender mejor el sufrimiento de los otros y compartiendo ese dolor encontrar una esperanza que nos dé verdadero consuelo; desde nuestras necesidades aprenderemos a compartir y el pan compartido aunque sea poco será menos amargo.
Es un mundo nuevo, es un estilo nuevo que será difícil de comprender para los que se sienten ya saciados y hasta hartos en si mismos y en lo que tienen. Es un mundo nuevo en el que descubriremos nuestros vacíos cuando queremos llenar la vida simplemente de cosas y no hemos sabido valorar a las personas ni lo que es una verdadera amistad.
Es un mundo nuevo en el que la más pequeña flor hará brillar los ojos con un nuevo resplandor y el más pequeño detalle de amor que tengamos con los demás va a resplandecer con un brillo especial y podrá llenar de alegría y de dicha muchos corazones.
Cuando nos encontramos con personas a nuestro lado que saben compartir parece que nuestra vida se llena de luz, hay en nosotros un nuevo resplandor porque renace la esperanza, porque nos damos cuenta que podemos hacer un mundo mejor, porque vamos venciendo todo mal y todo egoísmo.
Es el estilo nuevo del Reino de Dios; es el estilo nuevo que ponemos en nuestra vida cuado tenemos a Dios como único centro de nuestra existencia, el único Señor de nuestra vida. Escuchemos de verdad el mensaje de Jesús y pongamos el espíritu de las bienaventuranzas en el estilo y sentido de nuestra vida. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

‘Celebremos con devoción en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias’. Así proclama una de las antífonas de la liturgia en este día de Natividad de la Virgen María.
Con María se derramaron todas las bendiciones de Dios para toda la humanidad. Con María nos llegó Jesús. Ella es como la aurora que anuncia la llegada de la salvación. María es bendita de Dios, la bendecida del Señor con todas las gracias. ‘Llena eres de gracia porque el Señor está contigo’, le dijo el ángel en la Anunciación. El Señor se fijó en María, la escogió y predestinó desde toda la eternidad para que fuese la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. En sus purísimas entrañas habría de encarnarse el Hijo de Dios y así nos llegaría el Salvador, así llegaría la salvación para toda la humanidad.  
Justo es que nos alegremos en su nacimiento por todo lo que iba a significar para la humanidad. Si en la vida nuestra de cada día recordamos y celebramos el día de nuestro nacimiento y festejamos el cumpleaños de aquellos seres cercanos y queridos de nosotros, con razón nosotros tenemos que festejar el cumpleaños de María, celebrar su nacimiento como hoy lo hacemos.
Muchas son las advocaciones con que la invocamos en este día en nuestras Iglesias. Por mencionar advocaciones cercanas en mi geografía particular la llamamos Virgen de la Luz y Virgen de los Remedios, aunque también se celebran otras fiestas de la Virgen en su patronazgo sobre pueblos y regiones en nuestro entorno, como es la Virgen del Pino en nuestra diócesis hermana de Canarias. Da igual el nombre con que la invoquemos, porque quiere expresar un vínculo de especial devoción o queremos resaltar de alguna manera lo que María puede significar en el camino de nuestra vida. Lo importante es el amor que le tenemos porque es la madre, la Madre del Señor y también nuestra madre.
Y como los buenos hijos que quiere alegrar el corazón de la madre al ofrecerle las flores de nuestro amor y nuestro cariño lo queremos expresar también sintiéndola cercana a nosotros, pero queriendo acercarnos nosotros a ella no solo para manifestarle nuestras cuitas y deseos sino también para escucharla y sentirla cerca de nuestro corazón como los hijos hacen siempre con las madres.
Escuchamos a María que siempre nos está mostrando a Jesús y señalando el camino que nos lleva a Jesús. Con ella siempre encontraremos a Jesús y en El nuestra vida y nuestra salvación. Así nos lo muestra el evangelio cuando los pastores, los magos de oriente o las gentes de Belén o los ancianos del templo hasta ella se acercan; encontrarán siempre a Jesús. Pero a ella la contemplamos también siguiendo los pasos de Jesús para plantar la Palabra de Dios en su corazón igual que un día el Verbo de Dios se había encarnado en sus entrañas. Y a ella la contemplaremos también al lado de Jesús en el momento supremo de la entrega, del sacrificio; allí junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre.
¿No serán esos los caminos que María nos está señalando ya desde el día de su nacimiento? seguir esos caminos que ella nos señala será, pues, la mejor forma de presentarle nuestra felicitación en su nacimiento, hacerle la más hermosa ofrenda de amor filial. Amemos así a María, sintamos amor tan cercano, tan dentro de nuestro corazón, y escuchemos y sigamos el camino que nos señala que nos llevará siempre hasta Jesús.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

En este texto del evangelio en que vemos cómo Jesús en la sinagoga cura al hombre que tenía el brazo con parálisis a pesar de ser sábado, no termina uno de entender la postura y la actitud de los escribas y fariseos que daba la impresión que no buscaban el bien de aquel hombre. Para ellos primaba más la ley y la norma que la persona, que aunque con aquel precepto se buscaba el que se diera gloria al Señor en el sábado sin embargo olvidaban que damos gloria al Señor más profundamente cuando buscamos el bien del hombre.
Pero, ¿buscaremos siempre nosotros el bien de las personas en el actuar de nuestra vida? Es cierto que vemos despertar en nuestra sociedad unos nuevos aires de solidaridad y nos sentimos afectados por el sufrimiento de nuestro mundo y vemos surgir muchos movimientos con ese sentido de solidaridad. Testigo de esto son también las redes sociales que se llenan de mensajes cuando se ve alguna situación de injusticia o cuando sale a relucir el sufrimiento de tantos inocentes y que de alguna manera nos hacen salir de nuestro letargo. Eso es bueno, lo considero como algo positivo que se ve en el resurgir de nuestra sociedad y hay que saber valorarlo.
En esas situaciones más notorias - estos días estamos viendo esos movimientos de solidaridad ante esa avalancha de emigrantes que huyendo de las guerras tocan a las puertas de Europa o los que cruzan el Mediterráneo que se ha llenado también de cadáveres provenientes de África - parece que hay un nuevo despertar, pero hemos de cuidar el día a día que vivimos con los más cercanos a nosotros y que tenemos el peligro de cerrar los ojos o no quererlos ver.
Pesan aún muchas parálisis en nuestra mente cuando de manera cercana tocan a las puertas de nuestra solidaridad. Si en el evangelio contemplamos aquellas reservas que se hacían los escribas y fariseos ante lo que Jesús pudiera hacer o no aquel sábado en la sinagoga, también en nuestra mente podemos hacernos nuestras reservas cuando se nos acerca alguien por la calle solicitándonos una ayuda o una limosna o los contemplamos a las puertas de nuestras Iglesia, por ejemplo.
Seamos sinceros con nosotros mismos y enfrentémonos con esa parálisis de nuestra mente tan llena de sospechas, de desconfianzas, o con las que quisiéramos dar lecciones de cómo hacer las cosas, pero quizá nosotros no movemos un dedo. Es la realidad que pesa en nuestro interior tan lleno de suspicacias y que tiende a que cerremos los ojos para no ver, que pasemos de largo para que no nos molesten o hieran nuestra sensibilidad, o no nos distraigan de aquellas cosas que decimos que tenemos que hacer porque ahora voy a mi trabajo, porque ahora yo voy a Misa y que no me molesten, porque ahora yo estoy ocupado en mis cosas y así tantas y tantas disculpas que nos buscamos y nos inventamos.
¿Qué es lo que realmente tenemos que hacer? Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos, transforme nuestro corazón endurecido en el orgullo por un corazón de carne lleno de misericordia. Actuaríamos de una forma distinta, tendríamos otra mirada y nuestra solidaridad sería verdaderamente eficiente.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Isaías 35, 4-7ª;Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
‘Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará’. Viene el Señor y viene en persona; viene el Señor y llega la salvación. Así anuncia claro y valiente el profeta. Pero ¿todos verán y sentirán esa salvación anunciada, esa venida del Señor? Por eso el profeta sigue diciendo que han de abrirse los ojos del ciego, los oídos del sordo, que lo verán como una señal cuando los desiertos se llenen de aguas y de manantiales y todo lo reseco comience a reverdecer.
Las imágenes que nos ofrece el profeta son como las de un poeta - hemos de reconocer incluso la belleza literaria de sus palabras - porque los poetas utilizando las mismas palabras que nosotros utilizamos todos los días sin embargo les dan un significado más profundo, un significado muchas veces que nos parece oculto y que hemos de saber interpretar, saber leer en su sentido. Es la manera en que ahora nos está hablando el profeta. Todo tiene su sentido y su significado. Nos invita a ser fuertes y alejar de nosotros toda cobardía y todo temor.
Y es que ante ese anuncio que nosotros también hacemos algunos quizá sigan preguntándose ¿y dónde está Dios? Hace unos días era el grito amargo de un amigo que está pasando por verdadero drama familiar y me hacia, me gritaba esa pregunta. ¿Dónde está Dios? Yo no creo en Dios, me decía, porque no lo veo ahora que lo necesito y que grito por El.
¿Dónde está Dios? quizá muchos se hayan preguntado ante estas imágenes que hemos visto estos mismos días de esas familias que huyen de la guerra y cruzan mares y países y se ven encerrados ante unas fronteras que no se les abren.
¿Dónde está Dios? más de uno se habrá preguntado cuando hemos visto esa imagen del niño muerto en la orilla de la playa cuando su familia quería atravesar los mares y naufragaban ya casi a las puertas de poder conseguirlo. Es una pregunta, un grito que quizá oímos resonar repetido en muchas gargantas y en muchos corazones en sus tormentos, en sus sufrimientos, en las injusticias humanas que sufren.
Los sufrimientos de tantos inocentes que contemplamos a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, los tormentos y sufrimientos que quizá podamos sufrir nosotros también en nuestros cuerpos doloridos por enfermedades o en nuestro espíritu pueden cegarnos y nos pueden algo así como incapacitar para ver la luz, para encontrar respuestas, para encontrar a Dios, a quien buscamos quizá como un solucionador de problemas que con su varita mágica nos vaya sacando de esos precipicios en que nos vemos abocados.
Pero recordemos las imágenes del profeta cuando nos decía que venía Dios con su salvación. Nos hablaba de que era necesario abrir los ojos ciegos o destapar los oídos cerrados para poder ver y para poder oír. Imágenes que son las señales de la llegada del Reino, de la llegada del Mesías Salvador.
¿Dónde están esos ojos ciegos, tenemos que preguntarnos, esos oídos cerrados? Quizá vamos buscando el milagro que abra los ojos de los ciegos que haya a nuestro alrededor en el mundo, o de esas personas que no oyen ni pueden hablar por deficiencias orgánicas que puedan tener en su cuerpo. Pero ¿no tendríamos más bien que mirarnos a nosotros mismos y ver la ceguera o la sordera que pudiera haber en nuestro espíritu, en nuestro corazón?
Ese es el signo del que nos habla verdaderamente el profeta y que vemos realizar a Jesús en el evangelio. ‘Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos’. Y aquel hombre se dejó hacer. ‘El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’. Necesitamos que nos toque el Señor - ‘metió los dedos en los oídos y la saliva le tocó la lengua -, que la mano del Señor llegue a nosotros. Pero llegará esa mano del Señor como El quiera. Porque somos muy reticentes y queremos que las cosas se hagan a nuestra manera, como a nosotros nos gustaría.
Y ahí en esas amarguras que tenemos en nuestra vida, esas cosas que nos duelen y que nos hacen gritar incluso hasta algunas veces contra Dios - no temamos reconocerlo, que tenemos dudas, que nos hacemos preguntas, que nos rebelamos interiormente - tratemos de abrir los ojos para ver al Señor, para escuchar en nuestro corazón esa palabra que nos dice que nos tengamos miedo ni nos acobardemos, que seamos valientes aunque haya muchas negruras en nuestra vida, porque ante nosotros se pueden abrir caminos nuevos. Quizá muchas veces nos cueste encontrarlos pero no desesperemos que la Palabra del Señor es veraz y es fiel y la Palabra del Señor se cumple. Tratemos de sintonizar con el Señor aunque muchos sean los ruidos que haya en las ondas amargas de la vida porque El dejará oír su voz, nos hará sentir su salvación.
Entendemos las palabras casi poéticas del profeta, pero que son verdaderos signos y señales para nuestra vida. Y la vida florecerá; no sabemos cómo porque el desierto nos parece demasiado erial, un día brotarán esos manantiales de gracia que reverdecerán el campo de nuestra vida y florecerá la gracia del Señor en nosotros para que en verdad podamos dar frutos.
Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Effetá’, nos dice también a nosotros tocando nuestra vida con su gracia.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Lo verdaderamente importante es la persona y la gloria de Dios está en buscar siempre la dignidad y grandeza del ser humano

Lo verdaderamente importante es la persona y la gloria de Dios está en buscar siempre la dignidad y grandeza del ser humano

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

Lo verdaderamente importante es la persona. Dicho así es algo que nadie sería capaz de negar, todos estaríamos de acuerdo. Pero hemos de reconocer que luego en el día a día de la vida no es fácil que eso sea así.
Instituciones, organismos, leyes, reglamentos, las cosas que poseemos o que ansiamos… parece muchas veces que son más importantes. La ley hay que cumplirla, el reglamento no lo podemos olvidar, la organización hay que cuidarla al máximo como si fuera lo principal y así tantas y tantas cosas. Sucede en el ámbito de todo tipo de instituciones, de organizaciones, sociales o religiosas, hay que reconocerlo. Pero incluso podemos descender a esas cosas que nos suceden cada día como un imprevisto o un accidente; ¿muchas veces por qué es lo primero que preguntamos?  Un accidente, y ¿el coche como quedó?, preguntamos enseguida; luego como para contentarnos decimos, bueno, si a ti no te pasó nada, o no hubo daños personales…
¿Qué nos dice el evangelio? ¿qué nos viene a enseñar Jesús? ¿cuál ha de ser nuestra manera de actuar en cristiano? Como decíamos al principio, lo verdaderamente importante es la persona. La gloria de Dios se manifiesta en la grandeza y en la dignidad del hombre. No es algo que debamos enfrentar. De ninguna manera. Si queremos fijarnos desde la primera página de la Biblia cuando se nos narra la creación, es cierto con ese lenguaje tan peculiar en sus imágenes, se nos pone como centro de esa creación al hombre. Es la criatura en la que Dios más se goza. Como dice el texto sagrado, si bien Dios vio que era bueno todo cuanto iba creando, al crear al hombre dirá, ‘y vio Dios que era muy bueno’.
Buscamos como creyentes la gloria de Dios, pero no lo podemos hacer olvidando al hombre. Glorificamos al Creador cuando valoramos y tenemos en cuenta la dignidad y la grandeza del ser humano. Por eso el creyente cristiano ha de ser el primero, ha de estar en primera fila en la defensa del hombre, de la dignidad de la persona. Nos tiene que doler en el alma cuando se menoscaba o se desprecia la dignidad de cualquier persona. Siempre hemos de estar buscando su bien, porque ese ha de ser nuestro gran gozo. Y nada puede estar por encima de esa dignidad de la persona. Y si los seres humanos para regular nuestra convivencia necesitamos organizarnos, darnos leyes que regulen nuestra pacífica y justa convivencia ha de ser siempre teniendo en cuenta esa dignidad. No se tratará de cumplir por cumplir, de reglamentar por reglamentar, sino siempre buscando el bien de la persona.
Vienen hoy a Jesús los fariseos quejándose de que los discípulos no cumplen con la ley del descanso sabático por comer unas espigas mientras van por el campo, porque eso se consideraría un trabajo. Esa manera de ver las normas y las leyes, que es cierto estaban puestas en búsqueda del bien de la persona, del descanso del hombre de sus trabajos, se convierte en una esclavitud insoportable. Por eso Jesús dirá que el hombre, la persona está por encima de todo y que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’.
En cuántas cosas se tendría que traducir todo esto en nuestra vida.


viernes, 4 de septiembre de 2015

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Uno que es mayor no entiende mucho de las modas de hoy cuando ve a los jóvenes que por moda o snobismo utilizan esos pantalones rotos adrede, que incluso ya se compran así en la tienda o llena de remiendos. Como digo, ya uno va siendo mayor, y recuerda en su niñez aquellos años difíciles en que con los retazos de los pantalones del padre o del hermano mayor se hacían los pantalones del hijo mejor, o cuando no quedaba más remedio ver a nuestras madres poniendo remiendos en el pantalón o la camisa en la que habíamos hecho un siete, un roto; sentíamos un cierto pudor el ponernos una ropa así pero no nos quedaba más remedio que utilizar el remiendo, y valga el juego de palabras. ¿Esas nuevas modas podrían ser un síntoma de ese nuevo sentido de vivir del hoy de nuestro mundo?
Pero yo diría que lo malo no son los remiendos que podamos hacernos por necesidad o por capricho en la ropa que llevemos puesta, sino que la vida misma esté llena de remiendos. Y creo que todos nos entendemos. Es cierto que no somos buenos, o al menos dejamos meterse muchas cosas que no son tan buenas en nuestra vida. La persona que quiere crecer en lo humano y en lo espiritual trata de corregir, de arrancarse de esas malas costumbres o de esas cosas malas que se nos van apegando en la vida. No podemos andar con remiendos, con parches sino que hemos de hacer una transformación radical de nuestra vida.
Y es cierto también que nos cuesta, aunque también es cierto que tenemos el peligro de no poner todo nuestro empeño y esfuerzo en transformar nuestra vida; nos consentimos esto por aquí, aquello otro por allá; decimos que son cosas menores que no tienen importancia, pero bien sabemos que así no avanzaremos de verdad en ese crecimiento de nuestra vida; bien sabemos que las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz, porque si dejemos la más mínima raíz aquello volverá a brotar en nosotros.
De eso quiere hablarnos Jesús hoy, es la imagen que nos propone. Recordemos que en su anuncio en la sinagoga de Nazaret con aquel texto de Isaías hablaba de una amnistía, de un año de gracia del Señor. Era un anuncio de una vida nueva, de una renovación total; por eso nos decía que venía a traernos la liberación, y que todo lo malo había de ser transformado. Nos habla Jesús de un mundo nuevo y de una vida nueva. Quien ha sido liberado ya no querrá llevar jamás cadenas de nuevo. No querrá caer de nuevo en la esclavitud. Por eso no nos valen los remiendos, sino que todo ha de ser transformado para vivir una vida nueva. Es la necesaria radicalidad en el seguimiento de Jesús. Pero cuánto nos cuesta.
Es la novedad del evangelio que nos hace hombres nuevos. Y eso tenemos que traducirlo en el día a día de nuestra vida, en las cosas que hacemos y que vivimos. Eso tenemos que traducirlo en ese nuevo sentido de vivir, de encontrarme con los demás, de nuestra relación con Dios, de nuestro sentido de comunión, de nuestro vivir en Iglesia. Cuántas cosas tenemos que transformar en nosotros mismos, para que luego logremos esa transformación de nuestro mundo. Pero esto hemos de vivirlo de una forma radical. Mucho podríamos decir también de esa Iglesia nueva que hemos de vivir que manifieste verdaderamente el rostro misericordioso de Cristo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

El Señor sigue contando con nosotros aunque nos sintamos indignos para que lancemos las redes del Reino en nuevos mares que se abran ante nuestra vida

El Señor sigue contando con nosotros aunque nos sintamos indignos para que lancemos las redes del Reino en nuevos mares que se abran ante nuestra vida

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Unas barcas, unas redes, unos pescadores en sus faenas, el lago de Tiberíades, las gentes que se agolpan ansiosas de escuchar al nuevo profeta, Jesús que les enseña sentado desde la barca, una invitación a hacer nuevas pescas. Es el cuadro que nos ofrece el evangelio.
Había enseñado Jesús en la sinagoga pero ahora viene al encuentro de la gente, allí donde realizan sus tareas, allí donde la gente hace su vida; en la orilla del lago, donde llegan los pescadores ofrecen lo recogido en la pesca y repasan sus redes para nuevas tareas; allí donde la gente se reúne, charla y comparte. Son muchos los que ante la fama de las palabras y obras de Jesús vienen a estar con El y escucharle. Son tantos que será necesario encontrar un lugar desde el que todos puedan verle y oír su Palabra. Necesitará de la barca Pedro y Jesús quiere contar con su colaboración.
Es el anuncio del Reino que ha de plantarse allí donde la gente hace su vida, en lo que es la vida de cada día porque el Reino de Dios que Jesús anuncia no está lejos de la vida de los hombres, porque está dentro de nosotros y en nuestra vida de cada día se ha de manifestar. Así llega Jesús hasta nosotros, así viene a hacerse presente en nuestra vida, así se ha de construir el Reino en este mundo en el que vivimos.
Pero Jesús quiere enseñarnos algo más. No nos quedamos en lo de siempre sino que tenemos que abrir fronteras nuevas. Aunque sean diversas las cosas o aunque nos parezca que es imposible lograrlo. Es necesaria una apertura y una disponibilidad para dejarse conducir hacia nuevas pescas, aunque nos pareciera que en aquel mar ya no hay nada que pescar.
Es lo que Jesús le pide a Pedro y los primeros discípulos. Hay que remar mar adentro y echar de nuevo las redes para pescar. Aunque otras veces no hayamos podido hacer nada. Pedro sabía de aquellas aguas y de lo infructuosa que había sido la noche anterior, pero se dejó conducir por el corazón que le hacia confiar en la palabra de Jesús aunque su cabeza le dijera que allí no había nada que hacer. ‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Es en el nombre de Jesús, confiando en su Palabra, aunque el no supiera cómo se iba a lograr algo.
Y la redada de peces fue grande. Fue necesario pedir ayuda a los compañeros de las otras barcas. Pero aquella pequeña o grande llama de fe que había en su corazón le despertó a cosas más grandes. Se sintió pequeño y pecador, indigno de estar en la presencia de Jesús y de ser su colaborador. ‘Apártate de mi, Señor, que soy un pecador’. Pero Jesús quería seguir contando con él. Sigue confiando. No temas; desde ahora serás pescador de hombres’.
Jesús cuenta con nosotros. Es necesario que le demos el sí de nuestra confianza, de nuestra fe y nos dejemos guiar. Anchos mares se abren ante nosotros donde también hemos de seguir haciendo el anuncio del Reino, donde tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Nos sentiremos pequeños, incapaces, indignos, pecadores pero el Señor sigue contando contigo y conmigo. No sabemos en algún momento donde estará ese campo donde sembrar la semilla. Confiemos y dejémonos guiar porque El abrirá nuevos horizontes a nuestra vida. Estemos atentos a su voz.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

El encuentro con Jesús despierta la verdadera fe, nos abre a la actitud del servicio y nos hace querer llevarlo a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4,38-44

Hay encuentros en la vida que nos producen gran impacto y, podíamos decir, que dejan marcada la vida para siempre. Momentos especiales que son como un toque interior que nos despertara para ver la realidad de forma distinta y a partir de entonces parece que ya no todo es igual ni lo vemos de la misma manera.
Es lo que sucedió en Galilea con la aparición de Jesús en medio de ellos con su palabra, con sus signos, con sus llamadas que iban produciendo gran impacto en la gente que se iba encontrando con El de forma que comenzaban a pensar distinto, a ver la realidad de las cosas y de la vida con una nueva visión y que les hacía sentirse atraídos por Jesús para seguirle para ir a donde fuera El. Así tendría que sucedernos en nuestro interior y en toda nuestra vida si vivimos con intensidad nuestro encuentro con El.
Lo vemos hoy en el evangelio. Jesús se había presentado en la sinagoga de Nazaret, pero ahora viene a Cafarnaún y también enseña en la sinagoga; allí no solo es el anuncio que hace con sus palabras del Reino nuevo de Dios, sino los signos que realiza. La gente se siente impactada porque nadie ha hablado como El ni ha realizado los signos que Jesús hacía. Y comienzan nuevas actitudes y nuevas posturas ante la vida.
Encontrarnos con Jesús nos lleva a que también deseemos que los demás se encuentren con El, y si en Jesús hemos encontrado una luz que nos da vida, queremos también que esa luz llegue a los demás. Lo vemos en distintos lugares del evangelio en que quienes se han encontrado con Jesús lo comunican a los demás, pero hoy vemos que lo llevan a casa de Simón porque la suegra de Simón está en cama con fiebre y quieren que Jesús llegue hasta allí. Primera reacción llevar a Jesús a los demás o que los demás se encuentren también con Jesús.
Pero el sentirnos transformados por Cristo con su vida y su salvación nos lleva también a unas nuevas actitudes de servicio. La suegra de Simón al sentirse curada por Jesús se levantó y se puso a servirles. Una reacción importante es la de sentir que hemos de ser servidores de los demás.
Será lo que vemos con la gente que con esa misma fe y actitud nueva se convierten en servidores de los demás, trayéndolos hasta Jesús para que la salvación de Jesús pueda llegar a todos los sufren. ‘Los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban’.
Pero fundamentalmente ese encuentro con Jesús va a despertar en nosotros la verdadera fe. Es lo importante. No es solo sentirnos deslumbrados por su luz, por su actuar, por sus palabras, sino comenzar a creer en Jesús más allá incluso de los milagros que podamos contemplar reconociendo que Jesús es el Hijo de Dios. ‘De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’.
Y Jesús marcha a otros lugares porque también en los otros sitios se ha de anunciar el Reino de Dios. La gente intentaba retenerlo porque querían estar siempre con Jesús. Es el deseo y el gozo que sentimos cuando hemos descubierto algo grande, cuando nos hemos encontrado con alguien que ha llenado nuestra vida.
Queremos quedarnos con El, queremos que El se quede con nosotros como si fuera solo para nosotros. Tenemos la tentación de volvernos acaparadores; nos pasa muchas veces en la vida, en la amistad que tengamos con los demás, como si fuéramos únicos. Pero tenemos que compartir, tenemos que dejar que Jesús llegue a los demás; es más, tenemos que nosotros poner todo lo que sea de nuestra parte para que los demás también puedan llenarse de esa luz, puedan disfrutar del encuentro con Jesús.

martes, 1 de septiembre de 2015

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

Allí donde hay un cristiano siempre ha de vencer y reinar el bien, la verdad, la justicia, la paz

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Bajó Jesús a Cafarnaún, ayer lo contemplábamos en la sinagoga de Nazaret, y allí en la sinagoga enseñaba a las gentes los sábados. Aquella nueva forma de enseñar llenaba a todos de admiración. Las noticias corrían de boca en boca y acudían a escucharle y a ver las obras que hacía. Porque hablaba con autoridad.
Había comenzado Jesús anunciando la llegada del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret, como una presentación programática, había dicho cuales eran las señales del Reino de Dios. Comenzaba un mundo nuevo en que todos nos veríamos liberados de esclavitudes y opresiones, empezando por lo más hondo de nosotros mismos. La liberación de las limitaciones corporales era signo de esa liberación interior que hay que hacer en nuestro interior. Con un corazón renovado nuestro mundo será distinto. No comenzamos desde fuera sino desde dentro del corazón del hombre. El mundo había de ser renovado para hacer desaparecer todo mal porque además llegaba el perdón de Dios.
Ahora contemplamos cómo esas señales se van realizando en Jesús. Es la fuerza de su Palabra con la que anuncia de una manera nueva el Reino de Dios. Pero es también ese mal que va siendo vencido, por mucha resistencia que opongamos. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo y al ver y escuchar a Jesús se pone a la defensiva, quiere rechazar la acción de Jesús. Pero allí está el poder de Dios que manifiesta su soberanía sobre todo. El espíritu inmundo es arrojado de aquel hombre. Allí donde está Jesús siempre vence el bien sobre el mal.
Escuchamos también nosotros a Jesús. Cada día dejamos que su Palabra se vaya plantando en nuestro corazón y hemos de sentir paso a paso esa renovación que ha de irse produciendo en nosotros. Hemos de ir dando señales de ese Reinado de Dios en nuestra vida, porque con nuestra vida, con nuestros actos, con nuestros gestos vamos dando señales de esa presencia de Dios en nosotros.
Pero si decíamos antes que allí donde está Jesús el bien vence el mal, tendríamos que decir también que allí donde está un cristiano siempre tiene que vencer el bien, la bondad, la verdad, la justicia. No podemos dejar que el mal se apodere de nuestro mundo; hemos de ir sembrando siempre la buena semilla; hemos de ir llenando día a día nuestro mundo de más amor, de mayor justicia, de una paz más profunda en todos los corazones y en las relaciones entre unos y otros; no podemos dejar que la mentira, la falsedad, la hipocresía, la vanidad se apoderen de nuestro mundo.
Es nuestra tarea porque somos otros cristos, porque para eso hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Preocupémonos de sembrar cada día esa buena semilla en nuestro corazón y en aquellos que nos rodean y así iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

lunes, 31 de agosto de 2015

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

Tes. 4, 13-17; Sal. ; Lucas, 4,16-30

 ‘No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza’. No podemos ser hombres sin esperanza. Este texto lo hemos escuchado y meditado muchas veces. Es de la carta de san Pablo a los Tesalonicenses; está hablando de los últimos tiempos, pero también del sentido de la muerte para el cristiano, pero creo que tendría que ayudarnos a reflexionar para todos los sentidos de nuestra vida.
‘Lo último que se pierde es la esperanza’, es un dicho que se suele repetir en medio de los agobios y problemas que nos va ofreciendo la vida. Pero, ¿qué esperanza tenemos? ¿vivimos con esperanza? Algunos parece que ya han perdido lo ultimo que les quedaba porque han perdido la esperanza.
Hablamos de la esperanza y de la trascendencia de nuestra vida. Los cristianos pensamos en el más allá y en la vida eterna; ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza en el Señor, fiándonos de su Palabra. Aunque quizá muchos que se llaman cristianos han perdido ese sentido de trascendencia y en lo menos que piensan es en la vida eterna, absortos solo en este mundo terreno. Hemos pedido un sentido espiritual de la vida y nos hemos materializado demasiado. Ya no le damos autentico sentido de esperanza a nuestra vida.
Necesitamos de esa virtud, necesitamos de ejercitar la esperanza en nuestra vida en esas cosas concretas que vivimos en cada momento en el sentido más humano. Esperamos porque confiamos; confiamos en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras cualidades; como tenemos que aprender a confiar en los demás, a valorar a los otros, sentir que ellos también son capaces pero no solo sentirlo nosotros sino hacérselo sentir a los demás; confiamos en la posibilidades que tiene nuestro mundo porque no podemos ser derrotistas sino que en esa confianza tenemos la esperanza de que las cosas pueden cambiar, pueden mejorar, podemos salir de ese túnel oscuro en el que a veces parece que estamos metidos.
Si no tenemos confianza, si no esperamos nada de nosotros mismos ni de los demás, nuestra vida se hace oscura y difícil; es difícil andar entre tinieblas y así vamos caminando cuando hemos perdido la esperanza. Por eso tenemos que aprender a confiar y a tener esperanza.
Y como creyentes en medio de toda esa esperanza humana sentimos la presencia de Dios, del Dios que ha venido hasta nosotros para ayudarnos a hacer un mundo nuevo. Hoy en el evangelio hemos escuchado la proclama que Jesús hace de su misión allí en la sinagoga de Nazaret leyendo aquel texto de Isaías.
Las cegueras y oscuridades pueden desaparecer de la vida; esas imposibilidades que nos limitan y nos impiden caminar con autonomía y libertad van a desaparecer; aquellas negruras que nos corroen el alma cuando hemos dejado meter el mal dentro de nosotros se van a transformar en luz. Es lo que nos anuncia Jesús con su presencia y nos dice ‘esta escritura que acabáis de hoy se cumple hoy’. Ahí tenemos a Jesús nuestro liberador, nuestro redentor, el que nos llena de su gracia. Viene a proclamar la amnistía y la liberación con el año de gracia del Señor.
Para eso murió y resucitó. Por eso nos decía san Pablo que no podíamos perder la esperanza porque creemos en que Jesús ha muerto y resucitado y nosotros resucitaremos con El. Pongamos esperanza en nuestra vida.

domingo, 30 de agosto de 2015

Plantemos con profundidad la Palabra del Señor en nosotros nos hará vivir con intensidad cada momento y el amor a los demás

Plantemos con profundidad la Palabra del Señor en nosotros nos hará vivir con intensidad cada momento y el amor a los demás

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23
Algunas veces tenemos la tentación de ocultarnos tras el cumplimiento formal de las leyes, normas o reglamentos, de las costumbres y tradiciones o de lo que todo el mundo hace para disimular o disculpar el vacío interior que podamos tener o la superficialidad con que vivimos la vida. No buscamos lo importante, sino que con el cumplimiento formal de las cosas ya pensamos que lo tenemos todo hecho. Tenemos quizá miedo a ese profundizar en el sentido de lo que hacemos porque así pensamos que podemos rehuir un compromiso mayor en nuestra vida.
Así convertimos en rutinas muchas cosas a las que quizá tendríamos que darle gran valor buscando su sentido verdadero y así hacemos por otra parte que nuestra vida real de cada día vaya por unos caminos bastante lejanos del compromiso de nuestra fe. Es lo que hace todo el mundo, quizá nos decimos para disculparnos, pero eso ya está señalando esa superficialidad con la que vivimos. ¿Lo hace todo el mundo pero es lo verdaderamente importante? ¿Lo hace todo el mundo simplemente como una rutina sin fijarnos bien cuál es la voluntad del Señor?
Eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y cristiana - y hemos de reconocer que se da con demasiada frecuencia - pero eso se puede dar en la realización de lo que es nuestra vida de cada día, nuestra vida familiar, el sentido del trabajo que realizamos, el desarrollo de nuestra profesión, la convivencia con los demás, y así en muchos aspectos.
Tenemos el peligro y es fácil dejarse llevar por la tentación del mínimo esfuerzo y entonces en la vida nos vamos contentando siempre con los mínimos. Es la mejor manera para no avanzar, para no crecer, para no trazarnos metas altas, para no esforzarnos por superarnos, para caer por la pendiente de la rutina, para dejarnos engullir por la superficialidad en la vida. El camino de la vida tiene sus exigencias si queremos vivirlo en plenitud; porque vivirlo en plenitud no es dejarnos arrastrar por lo que vaya saliendo en cada momento, ni simplemente estar buscando la manera de pasarlo bien.
Cuando digo pasarlo bien no significa que no tengamos que desear ser felices, lo que hemos de saber encontrar el camino auténtico que nos lleve a una verdadera felicidad, una felicidad en lo más hondo de nosotros mismos. Cuando vamos caminando así por la vida quizá nos moleste que a nuestro lado haya personas que se esfuercen, que traten de superarse cada día más, que quieran darle profundidad a su vida; son un espejo en el que no nos gusta mirarnos y entonces comenzamos a fijarnos en cosas insustanciales, o estamos al acecho.
Es lo que nos está denunciando el evangelio de este domingo con el relato que nos hace de las quejas o de las preguntas insustanciales que le hacen a Jesús. Los fariseos muy leguleyos y cumplidores de las cosas mínimas están al acecho de lo que hacen los que siguen a Jesús, sus discípulos. Y allá vienen con la queja de si los discípulos no se lavaban las manos  cuando llegaban de la plaza antes de comer, esto es, según ellos comían con manos impuras, porque habían podido tocar algo que se considerase impuro y ya eso hacía impura la persona. Y comiendo con manos impuras, estaban metiendo esa impureza en su corazón. Lo que podía ser una buena norma de higiene para evitar cualquier contagio de enfermedad, lo convertían en una ley religiosa y su incumplimiento en un motivo de pecado.
Es cuando surge, entonces, la queja de Jesús. Es Jesús el que se queja de ellos por la superficialidad de sus vidas. Y lo que hace Jesús es recordarles las palabras del profeta. ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Se aferraban a sus tradiciones y no eran capaces de ver lo que era lo fundamental. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Por eso Jesús les hace mirar al interior de su corazón. ¿Qué es lo que realmente tenemos en el corazón? Si hay cosas buenas en nuestro interior, seguro que lo que obraremos será siempre lo bueno, pero si tenemos el corazón lleno de malos sentimientos con esos sentimientos trataremos a los demás. Es lo que tenemos que analizar, ver cómo anda nuestro corazón y arrancar de él toda malicia y toda maldad.
Por eso les dice claramente: ‘Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
El hombre, la persona que quiere darle profundidad a su vida se examina, revisa sus actitudes, mira cuales son sus sentimientos, trata de purificar de verdad su corazón. Y el espejo en el que tenemos que mirarnos es la ley del Señor, la Palabra de Dios. Es la que nos va a dar los verdaderos criterios, el verdadero sentido, la autentica senda de nuestro caminar. Como nos decía hay el apóstol Santiago: ‘Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos’. Y a continuación el apóstol nos señala el camino del amor por donde hemos de caminar, que es lo que nos enseña esa Palabra de Dios que hemos de plantar en nuestro corazón. Es el camino que nos trae la salvación.
Entonces obraremos rectamente, seremos verdaderamente humanos en nuestras relaciones con los demás, estaremos buscando siempre el bien y la verdad, le daremos verdadera profundidad a nuestra vida. No haremos las cosas por mero cumplimiento sino que aprendemos a darle toda la intensidad del amor a lo que vamos haciendo; se alejarán de nosotros las rutinas y superficialidades y seremos capaces de mostrar toda la dignidad y grandeza de nuestro corazón.

sábado, 29 de agosto de 2015

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

La voz que gritaba en el desierto gritó más fuerte desde el silencio de Maqueronte cuando se le quería acallar

1Tesalonicenses 4,13-18; Sal 95; Marcos 6, 17-29

Era la voz que gritaba en el desierto; fue la voz que gritó desde el silencio de la fortaleza de Maqueronte aun cuando se le quería hacer callar.
Los profetas habían anunciado al que iba a venir a preparar los caminos del Señor. ‘Una voz grita en el desierto: Preparad los caminos del Señor…’  Y había surgido un hombre, enviado por Dios, su nombre era Juan, vestido de piel de camello y se alimentaba de miel silvestre. A él acudían de todas partes. Los invitaba a la conversión, a la transformación de sus vidas porque llegaba el que había de venir. El solo era la voz que anunciaba la llegada de la Palabra. El no era el Mesías ni el Salvador sino el que había de venir para traernos la salvación como Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Su misión era solo ser el precursor. Había que enderezar los caminos y allanar los valles, que todo lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Su voz resonaba en las conciencias.  El Bautismo al que invitaba tenía que indicar la voluntad de enderezar el corazón y la vida convirtiéndose de verdad al Señor y reconociendo lo malo que podía haber en sus conciencias. A cada uno le iba diciendo por donde había de enderezar su vida. Denunciaba lo que fuera injusto o a quien obraba el mal. Había que quemar en la hoguera todo lo que hubiera de malo en los corazones. Su voz era molesta en ocasiones; desde Jerusalén enviaban embajadas para saber quién era o con qué autoridad se atrevía a predicar.
No es extraño que molestara también al tirano, al que vivía solamente para los placeres y las orgías y más si su vida era irregular. Incitado por Herodías a quien le molestaban más las palabras del profeta, Herodes terminó encerrándolo en la mazmorra para hacerle acallar su voz. Pero su garganta silenciada pronunciaba el grito más clamoroso y que iba a ser recordado en la historia. El testimonio de su vida le hizo testigo para siempre para que para siempre se escuchara su voz.
Hoy celebramos el martirio de Juan, escuchamos su grito clamoroso. Cuando se rueda por la pendiente del mal se terminará cayendo en lo más profundo del pecado del que nos costará más arrancarnos; cuando se entra en esa espiral de oscuridades en la vida, maldades y de injusticias cada vez nos llevará más lejos de donde podamos hallar la luz. Es el camino de la vida llena de pasiones desordenadas, de cobardías y temores humanos que terminó en estaciones de injusticia y de muerte en la vida de Herodes. Tenía un cierto respeto temeroso a la voz del Bautista, pero pudo más en él la pasión y la injusticia que había anidado en su hogar y en su corazón alimentada por envidias y resentimientos.
Ante nosotros está hoy la voz que nos grita en nombre del Señor a través de la figura de Juan en su martirio y que nos invita a salirnos de los caminos del mal para que realicemos una verdadera conversión del corazón. Es la llamada que nos invita a la valentía de saber arrancar de nuestro corazón todas las negruras del pecado para que brille en nosotros para siempre la luz. No nos valen las cobardías ni los respetos humanos cuando se trata de hacer el bien y seguir los caminos del evangelio; el Espíritu del Señor está con nosotros para darnos esa gracia y ese don de la fortaleza para mantenernos firmes siempre en los caminos del Señor.
El testimonio de nuestra vida tiene que ser grito, quizá muchas veces silencioso, en el testimonio callado de nuestra vida de cada día llena de rectitud y siempre sobreabundante de amor.

viernes, 28 de agosto de 2015

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

Nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia y nos hace estar activos en nuestras responsabilidades

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Hay personas que mientras esperan algo que va a suceder se llenan de miedos y temores y hasta la angustia envuelve su espíritu. Personas quizá temerosas en si mismas por un estado de ánimo pesimista en que piensan que puede ser malo lo que les vaya a suceder, o personas que no tienen verdadera paz en su alma porque quizá la conciencia les pese por algún motivo. Pero ese no ha de ser el sentido y el estilo de la auténtica esperanza cristiana.
Antes que nada porque en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza sabemos que es Alguien que nos ama; porque tenemos la seguridad de que en ese amor encontraremos también perdón y salvación para nuestros pecados y alcanzaremos la verdadera paz del Espíritu; y porque nuestra esperanza, porque la tenemos puesta en el Señor, da optimismo a nuestra vida, esperando siempre la mejor, y queriendo siempre pensar y ver lo mejor.
Pero nuestra esperanza no es pasividad sino que entraña una actitud de vigilancia que nos hace estar activos en nuestras responsabilidades; es más, sentimos la exigencia de la responsabilidad de la vida que vivimos y eso nos hará buscar siempre lo bueno, luchar por lo que es justo y vivir con auténtica sinceridad en nuestra vida. La esperanza no nos hace desentendernos de nuestras responsabilidades actuales, sino que aviva la intensidad con que vivimos la vida haciéndola verdaderamente fructífera también con aires de trascendencia.
Jesús nos habla de la parábola de las doncellas que esperaban la llegada del novio para la boda; no podían descuidar el tener todo debidamente preparado para la llegada del novio y pudiera realizarse el banquete de bodas con toda su luminosidad. Es hermoso el significado de esa luz de optimismo y alegría con que hemos de vivir la vida de cada día sobre todo cuando tenemos siempre la certeza de tener al Señor con nosotros.
 Por eso nos habla de las lámparas que habían de permanecer encendidas, pero para lo que era necesario tener el suficiente aceite que las mantuviera siempre encendidas. No se podían descuidar, no podían dormirse en la espera, no podía actuar solo movidas por el miedo y el temor, todo había de ser deseo efectivo de poder participar en esa fiesta de luz. Nos habla, entonces, de nuestras responsabilidades, como en esa trascendencia que desde nuestra vida de creyentes le damos a nuestra vida el aceite que alimenta nuestra vida es la oración que nos alcanza la gracia del Señor.
Nos hace hacernos preguntas. ¿Vivimos movidos por el temor o por el amor en nuestra esperanza? ¿Hay una vigilancia activa, una esperanza viva en lo que hacemos cumpliendo fielmente nuestras responsabilidades? ¿De verdad nos preocupamos de alimentar nuestra vida, que no nos falte ese aceite de nuestra oración para alcanzar la gracia del Señor que nos haga mantener viva nuestra esperanza, desarrollar plenamente nuestras responsabilidades viviendo todos nuestros valores?