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jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


jueves, 16 de marzo de 2017

Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual y trascendente

Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual y trascendente

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
Algunas veces nos sentimos tan llenos y tan satisfechos con las cosas materiales que nos parece que ni nada nos puede dar mejor felicidad, ni nunca se nos va a terminar todo eso que poseemos y a lo que nos apegamos. Pensando solo en disfrutar de esos bienes nos cegamos de tal manera que ni somos capaces de ver lo que pueda haber en nuestro entorno ni de pensar en algo superior a eso material de lo que disfrutamos y que nos de una mayor trascendencia a nuestra vida. Nos sentimos llenos, satisfechos, insaciables porque siempre querríamos tener mas y poder incluso de disfrutar de mas cosas, todo se nos queda en esas satisfacciones que llene o satisfaga nuestros sentidos y perdemos un aspecto muy importante de nuestra vida que es todo lo espiritual.
Había un hombre rico que vestía de púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día. No pensaba en ninguna otra cosa, no era capaz de ver algo distinto y que pudiera darle un sentido nuevo a lo que hacia. Así comienza la parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio. Y a ese hombre rico se contrapone el pobre mendigo que nada tenía, con su cuerpo cubierto de llagas, tirado a la puerta del rico del que no recibía ni la más mísera migaja, sin ningún consuelo humano, y que solamente unos perros le lamían las heridas de sus llagas.
Una parábola que comienza haciéndonos una descripción de situaciones que se siguen dando hoy, en las que nosotros podemos estar cayendo. Descripción dramática de cuanto sucede en nuestro mundo dividido por la pobreza y por tantas miserias que lo azotan de una forma o de otra.
Ya en estos primeros párrafos de la parábola con esta descripción que nos hace tendría que hacernos pensar en los graves problemas de nuestro mundo, pero puede ser un acercamiento también a esas actitudes y posturas que podrían aparecer en el día a día de nuestra vida. Como aquel hombre rico también tenemos la tentación de cerrar los ojos, de mirar para otra parte, de pasar por la calle insensible a muchas miserias que podríamos contemplar en nuestro entorno si fuéramos capaces de abrir nuestros ojos de manera distinta. Si se despertara un poquito nuestra sensibilidad para ver y mirar de manera distinta lo que nos rodea, a los que nos rodean, ya estaríamos sacando una hermosa lección de esta parábola.
Una parábola por otra parte con la que Jesús quiere también abrirnos a la trascendencia de nuestra vida. Nos habla de la muerte tanto del pobre Lázaro como del rico y nos habla de una situación que va más allá de la muerte, y que nos quiere abrir también a una trascendencia espiritual de nuestra vida, de lo que hacemos.
Nos está hablando también de la salvación eterna. Aquel hombre desde el abismo en que se ve sumergido ahora en la eternidad cuando ha vivido hasta entonces una vida al margen de Dios quiere encontrar consuelo y alivio para sus penas. Ha vivido lejos de Dios y lejos de Dios permanecerá por toda la eternidad. No quiere sin embargo que le suceda de manera semejante a sus hermanos que aun viven en este mundo y suplica para Abrahán envíe a Lázaro que con apariciones milagrosas avise a sus hermanos para que cambien de sentido de vida cuando aun tienen tiempo.
Tienen a Moisés y a los profetas que son los que han de escuchar, le responde Abrahán. Es una expresión con la que se quiere señalar cómo en la vida tenemos tantos mensajeros de Dios a quien podemos escuchar, tenemos la Palabra de Dios que resuena continuamente y a la tantas veces hacemos oídos sordos, tenemos el medio de saber darle esa trascendencia a nuestra vida dándole un sentido espiritual también a lo que hacemos y abriendo nuestro corazón a Dios poder en verdad cambiar nuestra vida.
Somos muy dados a buscar las cosas milagrosas y extraordinarias porque parece que eso si nos llamaría más nuestra atención y olvidamos ese verdadero milagro de amor que es el que cada día podamos escuchar la Palabra del Señor que desde la Biblia, desde la celebración sagrada, desde el magisterio de la Iglesia puede llegar de verdad a nosotros si abrimos nuestro corazón a Dios.
Vaciemos nuestro corazón y nuestra vida de tantos ruidos que en la posesión y en la satisfacción de las cosas materiales nos insensibilizan para abrirnos a lo espiritual, para darle verdadera trascendencia a nuestra vida, para abrirnos de verdad a Dios y a su Palabra.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

El mensaje de las bienaventuranzas siempre es totalmente desconcertante. Parece que no se pudieran decir unas palabras así. Son incomprensibles para nuestra manera humana de entender y nos queremos dar muchas explicaciones.
El texto de Lucas es más breve y escueto, pero podríamos decir también que más duro. Simplemente nos dice: ‘dichosos los pobres… dichosos los que tienen hambre… dichosos los que lloran…’ Parece que eso no se puede decir. ¿Qué dicha pueden tener los que nada tienen, los que lloran y sufren o los que no tienen que comer? De la misma manera que sus ‘ayes’ o lamentaciones. ‘¡Ay de vosotros, los ricos… ay de vosotros, los que ahora estáis saciados… ay de vosotros los que ahora reís…!’
Y nos dice que de los pobres es el Reino de los cielos, que los que lloran encontrarán consuelo, o los que tienen hambre quedarán saciados, de la misma manera que se lamenta de los ricos porque ya tienen todo su consuelo en las cosas que tienen, o de los que están saciados terminarán teniendo hambre, o los que ahora ríen harán duelo y llorarán.
¿Qué nos dice Jesús? ¿Qué promete? Nos está hablando del Reino de los cielos, nos está hablando de un mundo nuevo, nos está hablando de la esperanza de que un día todo esto cambiará y será distinto.
La pobreza será siempre pobreza y será dolorosa, es cierto, pero quizá podremos aprender a valorar lo que es verdaderamente importante y donde habremos de poner nuestro corazón; desde nuestro sufrimiento quizá podremos aprender a mirar con mirada nueva a los demás y entender mejor el sufrimiento de los otros y compartiendo ese dolor encontrar una esperanza que nos dé verdadero consuelo; desde nuestras necesidades aprenderemos a compartir y el pan compartido aunque sea poco será menos amargo.
Es un mundo nuevo, es un estilo nuevo que será difícil de comprender para los que se sienten ya saciados y hasta hartos en si mismos y en lo que tienen. Es un mundo nuevo en el que descubriremos nuestros vacíos cuando queremos llenar la vida simplemente de cosas y no hemos sabido valorar a las personas ni lo que es una verdadera amistad.
Es un mundo nuevo en el que la más pequeña flor hará brillar los ojos con un nuevo resplandor y el más pequeño detalle de amor que tengamos con los demás va a resplandecer con un brillo especial y podrá llenar de alegría y de dicha muchos corazones.
Cuando nos encontramos con personas a nuestro lado que saben compartir parece que nuestra vida se llena de luz, hay en nosotros un nuevo resplandor porque renace la esperanza, porque nos damos cuenta que podemos hacer un mundo mejor, porque vamos venciendo todo mal y todo egoísmo.
Es el estilo nuevo del Reino de Dios; es el estilo nuevo que ponemos en nuestra vida cuado tenemos a Dios como único centro de nuestra existencia, el único Señor de nuestra vida. Escuchemos de verdad el mensaje de Jesús y pongamos el espíritu de las bienaventuranzas en el estilo y sentido de nuestra vida.