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sábado, 7 de septiembre de 2013

Aprendamos a saborear la ley del Señor llenando nuestro corazón de paz

Col. 1, 21-23; Sal. 53; Lc. 6, 1-5
Un simple gesto como estrujar unas espigas para comer unos granos, como quien coge cualquier fruta que esté en un árbol junto al camino, y vemos los comentarios y reacciones que se produjeron en los fariseos. Era sábado y aquello podía considerarse como romper el descanso sabático, como si el descanso sabático estuviera reñido con el bien del hombre. ‘¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?’, les preguntan. Y ya vemos la respuesta de Jesús en que se manifiesta como el Señor del sábado, de la vida y del hombre, recordando también hechos que se reflejaban en la Escritura y que por el bien de la persona permitían hacer lo que por otra parte podría resultar impensable en el cumplimiento estricto de la ley.
El descanso sabático que esta pensado para dedicar el tiempo para Dios, para su culto, pero que buscaba también el bien de la persona, porque cuando en otras costumbres y leyes no había ningún día de descanso, en la ley del Señor se prescribía ese descanso que tenía que repercutir en el bien de la persona.
Pero ya conocemos la manera de actuar de los fariseos tan legalistas ellos cuando se trataba de exigir a los demás. Como dirá Jesús en otra ocasión ‘ni entran ni dejan entrar’; siempre dispuestos a poner pesadas cargas sobre los hombres de los demás mientras ellos no son capaces ni de mover un dedo para tener compasión con los demás. Y es que lo que era la ley del Señor la habían traducido luego en numerosas normas  y preceptos donde parecía que todo estaba reglamentado y se vivía luego como con un agobio esclavizante ante el hecho de si se cumplía o no la ley del Señor.
Y es que la ley del Señor nunca la podemos ver como una pesada carga que haga insoportable la vida de las personas, sino todo lo contrario; buscando la gloria del Señor estamos buscando siempre el bien del hombre, el bien de la persona, porque nos impedirá hacerle daño y lo que buscará siempre es salvar la dignidad de todo ser humano. Por eso no podemos entrar en el juego de los fariseos quedándonos en minucias y en cosas sin importancia, sino que hemos de aprender a saborear la ley del Señor. Como escuchamos en otros lugares del evangelio Jesús se quejará de esa actitud de los fariseos porque lo que enseñan son preceptos humanos, pero su corazón está lejos de Dios.
‘La ley del Señor es descanso del alma’, decimos en los salmos, y es la sabiduría del pueblo elegido del Señor. Recordamos aquello que decía el autor sagrado preguntándose si habría un pueblo que tuviera una sabiduría tan grande en sus leyes como ellos lo tenían en la ley del Señor.
‘Instrúyeme en el camino de tus mandatos que son mi delicia, los amo profundamente… cuanto anhelo tus decretos, dame vida con tu salvación’, repetimos en los salmos. Muchos textos podríamos recoger para expresar el gozo del creyente cuando cumple la ley del Señor. Así tenemos que aprender a saborear los mandatos del Señor que siempre moverán nuestro corazón a la ternura y a la compasión. Dejarnos instruir por la sabiduría de Dios para encontrar gusto en la ley del Señor, para sentirnos siempre felices cumpliendo los mandamientos de Dios.
Triste es la vida de aquellos que quieren ser muy cumplidores hasta en las más pequeñas cosas, pero luego no son capaces de tener un corazón compasivo y misericordioso con el hermano que está a su lado. Dichoso el que tiene siempre ante sus ojos el mandamiento del Señor porque sabrá siempre buscar lo bueno, lo justo, lo verdadero, lo que es la gloria del Señor, que nunca es ajena al bien del hombre.

Aprendamos, pues, a saborear la ley del Señor, pero viviéndola sin agobios, con mucha paz, porque el Señor conoce muy bien el corazón del hombre.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Apoc. 21, 1-5; Sal. 121; Jn. 10, 22-30
Hoy para nuestra diócesis de Tenerife es una fecha muy especial por cuanto celebramos el aniversario de la consagración de nuestra Catedral, pero además cumpliéndose además su primer centenario; aunque no lo podamos celebrar en el propio templo catedralicio por encontrarse en las obras de restauración de todos conocidas, no deja de tener por eso para los cristianos que formamos parte de esta Iglesia Diocesana una especial relevancia.
Cuando estamos celebrando una fiesta como ésta de la dedicación de la Catedral no lo hacemos solamente desde el orgullo humano que podamos sentir por un templo que pueda ser una expresión de un patrimonio cultural de una comunidad o como un edificio que sea un símbolo importante para la ciudad y como una expresión artística que enriquezca y dé categoría a un lugar determinado, que también, por supuesto, lo puede ser. Pero es algo más lo que los cristianos queremos celebrar.
La catedral no es un templo más; es, podríamos decir, nuestro templo madre porque es la sede del Obispo que como sucesor de los Apóstoles nos preside en la fe y en la caridad y desde él extiende por todos los rincones de nuestra Iglesia su magisterio anunciándonos la Palabra del Señor, el Evangelio de Jesús. De ahí el nombre de catedral que viene de cátedra y cátedra es el lugar desde donde se nos proclama una enseñanza; por eso la catedral es la sede del Obispo, el templo que viene a ser signo muy importante de la unidad de toda la Iglesia en torno a Cristo y a quien lo representa como su Vicario en la Diócesis como verdadero y autentico sucesor de los Apóstoles.
Ya venimos diciendo cosas importantes que nos explican y dan sentido a nuestra celebración y que nos ayudan a vivir con verdadero sentido eclesial nuestra fe en Jesús. Contemplamos esta casa visible, este templo construido, donde nos reunimos y celebramos nuestra fe; luego este templo material, la catedral, viene a ser signo de unión y de comunión, porque no solo ahí somos congregados para celebrar y alimentar nuestra fe, sino que desde esa unión y comunión vamos a manifestarnos como signo de esa Iglesia de Jesús frente al mundo que nos rodea.
Por eso decimos en unos de los prefacios propios de esta fiesta que ‘en esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Allí nos sentimos congregados, allí nos alimentamos de la Palabra que se nos proclama y de los Sacramentos que celebramos, allí unidos y congregados manifestamos esa comunión que con Dios hemos de vivir, pero también de esa comunión de hermanos formamos los que somos una sola familia. Verdadero signo de comunión es para nosotros la catedral que se convierte en una exigencia para ser capaces de llegar a vivir entre nosotros dicha comunión.
Hablamos de ese templo material donde nos reunimos para rendir nuestro culto a Dios pero del que tenemos que trascender para pensar en ese verdadero templo de Dios que nosotros hemos de ser como cristianos y lo que en verdad la Iglesia en si misma lo es en medio del mundo. No nos quedamos en el templo material, necesariamente hemos de pensar en ese templo espiritual que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. En ese templo material con el culto que allí le damos a Dios, con la proclamación de la Palabra y la celebración de los sacramentos vamos edificando ese verdadero templo de Dios que somos nosotros haciendo que resplandezca, entonces, nuestra vida de gloria y de santidad.
Templo aquí en la tierra e Iglesia peregrina en este mundo que viene a ser un signo temporal de la Jerusalén del cielo. Por la santidad con que hemos de manifestarnos los que aun peregrinamos en este mundo, sintiendo de verdad cómo Dios quiere habitar en medio nuestro, queremos ser un signo y un anticipo de esa Jerusalén del cielo que, como nos decía el Apocalipsis, contemplamos como ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. Somos el nuevo pueblo de Dios en el que El quiere habitar, estar para siempre con nosotros; que resplandezcamos, entonces, por la santidad de nuestra vida, para que podamos ser para cuantos nos rodean signos de esa presencia y de ese amor de Dios.
Damos gracias por ser Iglesia; damos gracias por esa Iglesia a la que pertenecemos; nos sentimos en verdadera comunión de iglesia con todos nuestros hermanos que peregrinamos juntos en nuestra tierra; queremos sentirnos reunidos y congregados en esa comunión de Iglesia y pedimos al Señor que pronto de nuevo podamos congregarnos en nuestra Iglesia catedral.

Que de la misma manera que estamos renovando, reedificando ese templo material, así todos nos sintamos renovados en nuestra fe y en nuestra comunión en torno a Jesús y a su Vicario - así lo llama el concilio en la constitución sobre la Iglesia - el Obispo que nos preside en la fe y en el amor, y en comunión con toda la Iglesia universal y al Papa. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Le escuchamos y nos invita a fiarnos de El para seguirle a dónde nos llame

Col. 1, 9-14; Sal. 97; Lc. 5, 1-11
‘Desde la barca sentado enseñaba a la gente’. Mucha gente se había agolpado a su alrededor. Había aprovechado la barca de Pedro que había llegado de la faena para subirse a ella y desde allí poder enseñar a la gente agolpada a la orilla para escucharle. Su fama se había extendiendo y la gente venía a su encuentro deseosos de escucharle porque sus palabras levantaban esperanza y ponían en rumbo nuevo a la vida.
Como el pescador que lanzaba la red al agua para recoger de la abundancia de peces que pululaban entre las aguas; como el sembrador que lanzaba la semilla en abundancia a la tierra esperando que produjera su fruto. Allí y así contemplamos a Jesús sentado ahora desde la barca enseñando, anunciando el evangelio del Reino de Dios al que todos estaban llamados.
Pero hoy la enseñanza no era solo para aquella multitud que había acudido de todas partes, sino que venía a enseñar a echar la semilla o a lanzar la red, porque iba a confiar a otros esa su misma tarea. Iba a ser momento de llamadas con vocaciones especiales y por eso le dirá a Pedro que reme mar adentro para echar de nuevo la red para pescar. Pedro se había pasado la noche intentando pescar pero no había cogido nada; ahora sería otra la pesca, sería de otra manera. Ahora no sería en las sombras de la noche sino con la luz de un nuevo día. Jesús estaba pidiendo fe en su Palabra y la confianza total de ponerse en sus manos para fiarse de él.
Aunque Pedro duda porque creía que no había nada que pescar sin embargo hay algo que siente en su corazón hacia Jesús que le hace confiar en El. ‘Nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada…’ Pero la pesca iba a ser diferente porque iba a aprender a pescar de otra manera. ‘Pero en tu nombre, por tu palabra, echaré las redes’. Y la pesca fue abundante; y fue necesario pedir la ayuda de los pescadores de las otras barcas; ‘la redada de peces era tan grande que reventaba la red… y los socios de la otra barca vinieron a echarles una mano y llenaron las dos barcas que casi se hundían’.
Sentado desde la barca Jesús había estado enseñando; como un sembrador también había lanzado en abundancia la semilla; ahora se recogían las redes y las cosechas, porque en el corazón de Pedro y de los que lo acompañaban algo estaba pasando. ‘El asombro se había apoderado de ellos’ ante lo que había sucedido. ‘Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: apártate de mi, Señor, que soy un pecador’. Antes había querido comportarse como un pescador avezado que sabía lo que había en aquel mar, pero ahora se había descubierto a sí mismo pecador. Entre sus dudas había comenzado a poner toda su confianza en el Señor fiándose de su Palabra, pero sin llegar a sospechar todas las maravillas que el Señor iba a realizar. Por eso se siente pequeño, se siente pecador.
Pero es que sí va a ser pescador o sembrador, que da igual la palabra, lo que importa es la misión, porque es Jesús el que va a seguir confiando en él, como lo haría también en los otros pescadores, como lo seguirá haciendo a través de los tiempos en los que de la misma manera seguirá llamando. ‘No temas, desde ahora será pescador de hombres’. Ya decíamos que iba a ser el momento de llamadas con especiales vocaciones.
Dios sigue llamando también entre nosotros. Está la primera llamada para que creamos en El, para que confiemos totalmente y nos apoyemos en su Palabra. Como el primer anuncio que iba haciendo por los pueblos y aldeas de Galilea, ‘convertios y creed en la Buena Noticia, creed en el Evangelio’. Es el primer paso, como lo hizo Pedro, cambió su manera de pensar y aunque pensaba que no había peces según sus propios humanos conocimientos, sin embargo se fió. Tenemos que aprender a fiarnos, aunque eso signifique que tengamos que cambiar nuestras ideas o nuestros criterios, porque abramos nuestro corazón a la Buena Nueva que nos anuncia Jesús.

Y cuando le demos nuestro sí, el sí de nuestra fe total y absoluta, nos dejaremos guiar a donde El quiera llevarnos; abriremos los oídos de nuestro corazón para escuchar su llamada e invitación. También nos querrá sembradores, o pescadores de hombres. ¿Cuál va a ser nuestra respuesta? En el texto del evangelio tenemos el ejemplo. ‘Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron’. ¿Seguiremos al Señor a dónde nos llame y nos quiera conducir? Tenemos que descubrir la vocación a la que nos llama. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las señales del Reino de Dios se van cumpliendo

Col. 1, 1-8; Sal. 51; Lc. 4, 38-44
Las señales del Reino de Dios se van cumpliendo. Jesús anuncia el evangelio a los pobres y a los que sufren y son ellos los primeros que se acercan a Jesús para dejarse iluminar y salvar por el mensaje y la presencia de Jesús.
Al salir de la sinagoga se dirigen a la casa de Simón. ‘La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella’. ¿Le están pidiendo realmente un milagro? Simplemente le piden que haga algo por ella. Nos podría hacer pensar y enseñarnos a qué es lo que le pedimos al Señor. La presencia de Jesús va llenando de vida cuando en verdad dejamos que Jesús llegue a nosotros. Llenarnos de vida no es solamente, como comprendemos muy bien aunque algunas veces nos cueste, recibir la salud de nuestro cuerpo. No fue solo el remitirle la fiebre lo que se realizó en aquella mujer. La tomó de la mano y la levantó, y ¿qué hace aquella mujer? ‘Levantándose enseguida, se puso a servirles’.
Comenzó a florecer la flor del amor en el corazón de aquella mujer. Venimos y estamos con Jesús, le pedimos desde nuestras necesidades y desde nuestros problemas y sufrimientos; nos sentimos a gusto en nuestros rezos y en nuestra oración; algunas veces nos puede parecer que el Señor no nos está escuchando en aquello concreto en lo que le pedimos; pero preguntémonos una cosa, después de estar con el Señor en nuestra oración, en nuestras celebraciones - pensemos cuantos momentos de tipo religioso tenemos con el Señor - ¿sentiremos que florece en nosotros la flor del amor y del servicio?
Si en verdad hemos acudido al Señor y nos hemos sentido en su presencia, algo nuevo tendría que brotar en nuestro corazón, ¿o quizá ahogamos nosotros esas nuevas flores que pueden florecer porque seguimos encerrados en nuestro yo? Porque si seguimos encerrados en nosotros mismos con nuestras mismas actitudes egoísta e insolidarias, hemos de reconocer que algo nos estaría fallando. Creo que podría ser una buena pregunta que nos hiciéramos pero con toda sinceridad.
Decíamos que los signos del Reino de los cielos se van cumpliendo. Es en todos aquellos que acuden a Jesús con sus dolencias y enfermedades para que Jesús los cure y será también en esas nuevas actitudes de amor y de servicio que van surgiendo en el corazón, como fue el caso de la suegra de Pedro. Vemos que son muchos los que al atardecer acuden a la puerta para que Jesús los cure. Los poseídos por los demonios lo reconocen y proclaman que Jesús es el Hijo de Dios, como una señal que se están viendo derrotados por el poder y la presencia salvadora de Jesús.
Pero hay otro aspecto que resaltar en este episodio del evangelio. ‘Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando… intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero El les dijo: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios…’ Siempre hemos visto en este detalle de Jesús salirse en la madrugada a un lugar solitario, que se había retirado para la oración, aunque san Lucas no lo menciona; es san Marcos en el lugar paralelo el que nos dice que ‘allí se puso a orar’.
Todo tiene que hacer referencia siempre a Dios; por eso nos es tan necesaria la oración, porque necesitamos de esa unión con Dios, en quien encontramos nuestra vida y nuestra fuerza. Era mucha la gente que le buscaba y deseaba estar con El, pero la unión con el Padre no podía faltar en Jesús, como no nos puede faltar a nosotros por muchas que sean las cosas u ocupaciones que tengamos que hacer.

Y termina diciéndonos el texto de hoy: ‘Y predicaba en las sinagogas de Judea’. A todos había de anunciar el Reino de Dios. Su presencia salvadora y su Palabra tenía que hacer florecer de manera distinta los corazones de los hombres.

martes, 3 de septiembre de 2013

Bajó Jesús a Cafarnaún allí donde estaba el dolor y la oscuridad

1Tes. 5, 1-6.9-11; Sal. 26; Lc. 4, 31-37
‘Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente’. Es importante este aspecto en que nos habla de que bajó. No es sólo una descripción geográfica lo que nos quiere manifestar sino yo diría un lugar teológico. Como luego Lucas nos hablará insistentemente de su subida a Jerusalén, que culminará con la Pascua y su Ascensión al cielo.
Ayer le escuchábamos en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías. Allí está el que lleno del Espíritu viene a anunciar la Buena Noticia a los pobres y el año de gracia del Señor. ‘El que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen y se hizo hombre’. ¿No reconocemos las palabras del Credo? Es Dios que viene a nosotros. Tanto era su amor que nos envió a su Hijo, que se nos dirá en otro lugar del evangelio. Se hizo hombre; es Emmanuel, Dios con nosotros.
Bajó a Galilea y allí se encuentra con el pueblo creyente; pero allí se encuentra con el hombre en medio de su dolor y sufrimiento del que viene a liberarnos. Ya otro evangelista al hablarnos del comienzo de la actividad de Jesús por Cafarnaún y toda Galilea nos señalará que el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz, como había anunciado el profeta. Jesús, luz del mundo, que viene a iluminar el corazón del hombre. ‘Enseñaba a la gente’, nos dice el evangelista. Escuchábamos ayer en el anuncio del profeta que los ciegos verían la luz, se les abrirían los ojos. Y ya bien sabemos que los milagros que Jesús va realizando son signos de lo que El quiere ir realizando en nuestras vidas.
Jesús enseñaba y curaba; su palabra era luz para los corazones, pero su presencia era una presencia liberadora, una presencia de salvación. Allí donde está el dolor y el mal, allí llega Jesús con su liberación salvadora. ‘Bajó para nuestra salvación’, que confesamos en el Credo.
Los signos comienzan a multiplicarse. ‘Había en la sinagoga un hombre que estaba poseído por un espíritu maligno, que se puso a gritar a voces’. Un hombre atormentado por el mal, esclavizado por el maligno. Jesús, lleno del Espíritu venía ‘para anunciar a los cautivos la libertad… para dar libertad a los oprimidos’, escuchábamos ayer en la sinagoga de Nazaret. Se manifiesta el primer gran signo de esa liberación. Jesús expulsó al demonio de aquel hombre. ‘La gente comentaba estupefacta: ¿Qué tiene su Palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen’. Es el año de gracia del Señor, es la salvación de Dios que llega para todos los hombres.
Y terminará diciéndonos el texto de hoy: ‘Noticias de El (de Jesús) iban llegando a todos los lugares de la comarca’. La Buena Noticia de Jesús comienza a propagarse. Es la Buena Noticia que es anunciada a los pobres y a los que sufren. ‘Los pobres son evangelizados’. Y la gente comienza a reconocer a Jesús. Los que van conociendo las obras de la salvación no pueden callarse, han de comunicarlo a los demás.
‘Bajó Jesús a Cafarnaún’, como comenzamos comentando. Sigue bajando el Señor hasta nosotros; aquí con nosotros quiere estar también y viene a sanar también nuestros corazones atormentados muchas veces con cosas que nos agobian y preocupan; viene el Señor que quiere sanarnos y darnos vida, cuando nos sentimos débiles y con tantas limitaciones que no son solo las limitaciones físicas propias de nuestras enfermedades o muchos años.
Viene el Señor también a sembrar esperanza en nuestros corazones y también tendríamos que llenarnos de alegría con su presencia, con esa Palabra que nos ilumina y que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. Viene el Señor para ser nuestra fortaleza y nos da su Espíritu, y quiere llenarnos de vida y se hace alimento y le podemos comer en la Eucaristía.

No nos contentamos con decir que Jesús bajó a Cafarnaún como nos cuenta el evangelio sino que nosotros también tendríamos que divulgar la noticia por todas partes de que el Señor ha estado, está con nosotros y a nosotros también nos libera de tantas cosas y nos llena de luz y de vida. ‘Noticias de Jesús iban llegando a todos los lugares de la comarca’. ¿Nosotros también compartimos con los demás esa buena noticia de la fe que tenemos en Jesús?

lunes, 2 de septiembre de 2013

Una Palabra que nos inquieta y nos mueve a transformar el corazón

1Tes. 4, 13-17; Sal. 95; Lc. 4, 16-30
Siguiendo el ritmo de la lectura continuada que hacemos en la Eucaristía de cada día hoy comenzamos a escuchar el evangelio de san Lucas que se prolongará hasta que concluya el tiempo ordinario.
Es el evangelio que venimos escuchando los domingos en el ciclo C, pero en la abundancia de la Palabra de Dios que el concilio Vaticano II quiso que se nos proclamara cada día, ahora más ampliamente hacemos una lectura continuada. Es fruto de la Constitución sobre la reforma de la sagrada Liturgia que precisamente en este año se cumplirán los cincuenta años de su promulgación y que tanto beneficio ha tenido para la Iglesia. Tenemos que dar gracias a Dios por la riqueza que significa el que cada día podamos escuchar la Palabra del Señor haciendo un recorrido por toda la Sagrada Escritura y lo podamos hacer escuchándola en nuestra propia lengua o idioma.
Partimos en esta lectura continuada de la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, por cuando que los capítulos anteriores se refieren más al nacimiento y a la infancia de Jesús que leemos en el Adviento y Navidad. Jesús inicia lo que llamamos su vida pública y el evangelista nos lo presenta acudiendo a la sinagoga de Nazaret, su pueblo, un sábado. Ya Jesús había comenzado a ser conocido, según la referencia que se hace a su predicación y a las obras que había realizado en Cafarnaún.
En la sinagoga al levantarse Jesús a hacer la lectura de la Palabra de Dios y hacer su comentario podíamos decir que surgen sentimientos encontrados; como hemos explicado en otras ocasiones, aunque había un encargado de la Sinagoga, se podía invitar a otros para que hicieran la lectura de la Escritura y su comentario para dirigir la oración. En primer lugar admiración y orgullo; es Jesús el hijo de José, el carpintero, como se le conocía allí; entre ellos estaban sus parientes; el hecho de que llegaran noticias de que en otros lugares Jesús enseñaba a la gente anunciando el Reino de Dios y estuviera ya realizando obras maravillosas también podía suscitar esperanzas en sus corazones. Como suele suceder entre nosotros en nuestras comunidades cristianas cuando vemos a alguien cercano a nosotros que realice una acción semejante.
Pero pronto va a surgir la inquietud porque Jesús no les está diciendo lo que ellos quieren oír. Ha leído un texto de Isaías en cierto modo muy revolucionario porque anuncia un tiempo nuevo donde se va a realizar una transformación muy grande. Y El les dice: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Allí se está manifestando quien está lleno del Espíritu del Señor. Y un mundo nuevo ha de comenzar; se proclama el año de gracia del Señor, la amnistía total que traería el perdón para siempre y un nuevo sentido de vida que traería la verdadera libertad; ya nadie tendría que sentirse oprimido por nadie; ya nadie tendría que hacer sufrir a los otros; ya todos tendrían que estar dispuestos al perdón y a un nuevo estilo y sentido de vida.
Eso significaría que muchas cosas tendrían que cambiar en los corazones de los hombres, pero también en la manera de actuar y de relacionarnos los unos con los otros. Y esos cambios que afectan a lo profundo de la persona algunas veces no nos gustan, porque estamos acostumbrados a nuestras rutinas y mejor es dejar que las cosas sigan como están en lugar de meternos en complicaciones. Yo no tengo nada que cambiar nos decimos evitando quizá hacernos una buena reflexión y examen de nuestra vida. Cuando se nos dice algo que toca la fibra de nuestra conciencia haciéndonos ver que tenemos que dejar atrás muchas cosas, que tenemos que cambiar desde lo más hondo de nosotros mismos, ya nos gusta menos.
Con lo bueno que hubiera sido que Jesús les hubiera dicho palabras bonitas y hubiera hecho algunos milagros entre ellos. Pero les dice que esa salvación va a ser para todos y les recuerda que hace falta una fe muy profunda; que en tiempos de Elías o Eliseo habían muchas viudas o muchos leprosos en Israel y sin embargo fueron atendidos o curados otros que no eran precisamente del pueblo judío pero que tuvieron suficiente fe para recibir esa gracia del Señor. Como hemos escuchado al final se soliviantaron y se pusieron furiosos y quisieron arrojarlo por un barranco. ‘Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba’, no pudieron hacerle nada.
Pero de todo esto tenemos que hacer una lectura para nosotros, para nuestra vida. ¿Cuál es nuestra reacción ante la Palabra de Dios? ¿nos sucederá a veces como a aquellas gentes de Nazaret? También nos gusta que nos digan cosas que halaguen nuestros oídos y que no nos comprometan mucho. Hemos de reconocer que cuando la Palabra llega directa a nuestra vida y a nuestro corazón señalándonos cosas que en verdad tenemos que transformar, a veces preferimos hacernos oídos sordos ante esa Palabra. Con sinceridad tenemos que ponernos delante del Señor y sentirnos interpelados por su Palabra sin ningún miedo y sin hacernos ninguna reserva.
Ese mensaje de Jesús en la sinagoga de Nazaret es para nosotros también y hemos de dejar transformarnos por el Espíritu del Señor que también quiere llenar nuestros corazones. Ya nunca más nosotros podemos ser opresores de los demás con nuestra manera de ser, nuestras violencias o nuestro desamor. Ya para siempre hemos de saber vivir esa amnistía del Señor, porque igual que queremos ser perdonados también nosotros siempre hemos de estar dispuestos a perdonar, a ser comprensivos y misericordiosos con los que nos rodean.

Dejemos que la Palabra del Señor llegue a nuestro corazón y el Espíritu transforme nuestros corazones.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un amor primero, universal y sin esperar recompensa

Eclesiastico, 3, 19-21.30-31; Sal. 67; Hb. 12, 18-19.22-24; Lc. 14, 1.7-14
Lo que nos dice hoy el evangelio, al menos en su primera parte, nos pueden parecer unas normas elementales de urbanidad y buenas maneras a la hora de sentarnos a la mesa cuando somos invitados. Pero si nos detenemos un poco a reflexionar lo que nos dice Jesús y las sentencias que nos da como conclusión podemos descubrir algo elemental, sí, pero fundamental para nuestro comportamiento como cristianos.
Jesús aprovecha cualquier ocasión para dejarnos su mensaje siempre con la novedad del evangelio, de la buena nueva de salvación que para nosotros es su palabra y su presencia. Jesús observa la manera de actuar de aquellos que han sido invitados también a la mesa, aunque ya el evangelista nos dice que ellos estaban también al acecho de lo que Jesús hiciera o dijera. ‘Notando, nos dice, que los invitados escogían los primeros puestos’. Cuántos codazos y carreras nos damos en la vida por los lugares de honor. Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy, porque las ambiciones del corazón siguen estando presentes. Cuantos ejemplos podríamos poner de la vida de cada día en todos los ambientes.
El mensaje que Jesús nos está dejando en este episodio es uno con el mensaje repetido del evangelio en cuanto a la manera de actuar y de vivir de los que le siguen. Me recuerda el fondo de este mensaje la reflexión que en cierta ocasión escuché de cómo había de ser nuestro amor para ser semejante al amor que el Señor nos tiene. El amor verdadero es un amor primero, un amor universal y un amor sin esperar recompensa, como lo es el amor de Dios.
Un amor primero porque el amor siempre se adelanta, no está esperando a ser amado para amar. Si amar es darse, no espera a que le den, sino antes se da él. Así es el amor de Dios, un amor primero, porque como nos enseña san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo para liberarnos de nuestros pecados’. Dios se adelantó en su amor hacia nosotros, cuando nosotros estábamos en nuestro pecado; se adelantó a amarnos enviándonos a su Hijo para llenarnos de su amor. No es otra cosa la redención y la salvación que recibimos en Jesús.
Así tiene que ser nuestro amor en que no esperamos a ser amados sino que nosotros amamos porque ahí está la esencialidad del amor, en la generosidad para darse siempre y primero. Por eso nuestro amor es un amor universal, un amor a todos sin distinción; ya nos enseñará Jesús que hemos de amar a los enemigos también o a aquellos que nos hayan hecho daño. Recordemos todo el mensaje del Sermón del Monte.
Y en esa generosidad y disponibilidad del amor, y en esa universalidad, amamos no porque pensemos cobrarnos ese amor que le tenemos a los demás, sino que somos capaces de amar sin esperar recompensa. Lo contrario sería, podríamos decir, como una compraventa de nuestro amor, o de las cosas buenas que nosotros hagamos por los demás. No sería un amor generoso porque no sería un amor gratuito.
Yo diría que en ese sentido está lo que Jesús nos está enseñando hoy. No buscamos reconocimientos ni honores; por eso nos dice que no pretendamos puestos principales en la mesa; ‘vete a sentarte en el último puesto’, nos dice Jesús. En consonancia está lo que le escuchábamos al sabio del Antiguo Testamento en la primera lectura: ‘Hijo mio, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios’.
¿No nos recuerda esto lo que Jesús les dijera a los discípulos cuando discutían por los primeros puestos? ‘El que quiera ser primero y principal hágase el último y el servidor de todos’. Hoy nos deja Jesús casi como un resumen la hermosa sentencia: ‘Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Nos lo repetirá más veces en el evangelio.
Pero todo eso se viene a completar con lo que finalmente nos enseñará Jesús. ¿A quién hemos de buscar cuando vamos a dar una comida o un banquete? ¿A quién principalmente hemos de hacer el bien? ¿A quién nos puede corresponder? Como decíamos antes fijándonos en el estilo del amor de Dios para convertirlo en nuestra manera de amar, amamos sin buscar recompensa. ‘Por eso, cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Pero hemos de reconocer una cosa. ¡Cuánto nos cuesta llegar a pensar así y actuar de esta manera! Pensemos en el día a día de nuestra vida y de nuestras relaciones con los demás. Cuánto nos gusta que nos reconozcan las cosas buenas que hacemos y que se sientan agradecidos hacia nosotros nosotros por lo que hayamos podido hacer por ellos. Qué sí, que estamos buscando reconocimientos, que nos digan lo buenos que somos, que reconozcan lo que un día hicimos por ellos, que nos estén eternamente agradecidos. Se nos cae la baba cuando  nos dan una plaquita. Nos quejamos fácilmente, ‘mira tú ése cómo se porta conmigo, con todo lo que yo he hecho por él…’ Cuantas veces lo pensamos en nuestro interior si nos sentimos desairados por algo o por alguien; y no solo lo pensamos sino que de alguna manera lo manifestamos.
Ya habremos escuchado aquello de ‘haz bien, y no mires a quien’. Lo importante es lo bueno que tú hagas a favor de los demás. Y no lo hagamos nunca esperando una recompensa o un reconocimiento. Dale más bien gracias a Dios que ha puesto esa capacidad de amor en tu corazón y sé siempre generoso con los otros. Y siempre con mucha humildad, porque si dejas meter el orgullo en el corazón, si te llenas de soberbia porque no te lo reconocen, estás maleando todo eso bueno que hayas podido hacer.
‘Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rezábamos en el salmo, rebosando de alegría’. Que sintamos en nuestro corazón siempre la alegría del amor que repartimos con generosidad. No esperamos a ser amados para amar, sino que nuestro amor vaya siempre por delante. Seamos los primeros en hacer el bien, sin que nos lo pidan, porque rebosemos de generosidad en nuestro corazón.
Tenemos tantas oportunidades si queremos de ser generosos y de hacer el bien. Llena siempre tu corazón de compasión y de misericordia. Adelántate a ver donde está quizá la necesidad, donde puedes tener el detalle de tu delicadeza de amor y haz el bien calladamente. Tu mano derecha no ha de saber lo que hace tu mano izquierda, pero Dios que ve nuestro corazón te premiará y lo hará con una recompensa eterna. Atesora un tesoro en el cielo, como escuchamos en el evangelio. ‘Te pagarán cuando resuciten los muertos’, que nos decía Jesús en el evangelio. Y esa paga de vida eterna sí que es valiosa. 

sábado, 31 de agosto de 2013

El evangelio una escuela de valores para todo hombre

1Tes. 4, 9-11; Sal. 97; Mt. 25, 14-30
El mensaje del evangelio, que ilumina la vida nuestra de cada día, nos va haciendo resaltar esos valores humanos que nos van engrandeciendo cada día más y que se convierten en camino de santificación para nuestra vida.
Hemos de estar muy atentos a todo lo que vamos escuchando en el evangelio que nunca es ajeno o indiferente a lo que es nuestra vida de cada día y hemos de saber escuchar su mensaje no como palabras bonitas que nos encantan en los oídos al escucharlas, sino como semilla de vida y de gracia para nuestra vida.
Cuando escuchábamos ayer la parábola de las lámparas encendidas se nos estaba hablando, por ejemplo ya que serían muchas las cosas que habría que destacar, de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida y la constancia y perseverancia en lo que nos proponemos hacer, aunque nos sea dificultoso; se nos hablaba de una esperanza que no es pasividad sino más bien de una esperanza que nos empuja y nos impulsa a la vigilancia y el cumplimiento de nuestros deberes sin cansarnos nunca.
Hoy hemos escuchado otra parábola de Jesús, la parábola que llamamos de los talentos. Unos talentos que en diferentes cantidades un hombre confía a sus empleados para que los administren mientras él está de viaje. Diferente será la forma de actuar de aquellos empleados porque mientras unos con responsabilidad los pusieron en producción, el otro, lleno de miedo, lo ocultó para no perder el talento que se le había confiado, pensando que así era mejor, pero no obteniendo ningún beneficio como se esperaba de él.
La parábola se expresa en términos materiales o pecuniarios, pero no olvidemos que siempre es como un ejemplo que luego ha de trascender en nuestra vida para saberla aplicar a todo lo que es la realidad de nuestra existencia. Pero de algo importante nos está hablando y creo que todos hemos de saber deducir desde un primer momento, es la responsabilidad con que hemos de asumir nuestra vida y todo lo que tenemos en nuestras manos, ya sean los bienes materiales que poseamos como todos esos otros valores y cualidades de las que está adornada nuestra vida.
Nada de eso lo podemos encerrar en nosotros mismos sino que hemos de pensar en la responsabilidad que hemos de asumir no solo ante nosotros y nuestra propia conciencia, sino también en una referencia a ese mundo en el que vivimos, donde desarrollamos nuestra vida, y donde tenemos que compartir no solo lo que tenemos sino también y principalmente lo que somos.
Podemos pensar en ese mundo con toda la riqueza de la vida y todos sus valores que Dios ha puesto en nuestras manos - y lo hacemos desde una actitud creyente -, pero pensamos también en nuestra vida personal. Un mundo que tenemos que desarrollar y mejorar, una riqueza que contiene ese mundo que no es para unos pocos, sino que es algo de toda la humanidad y que hemos de saber respetar y hacer que en verdad beneficie a toda la humanidad. Cuantas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para la responsabilidad con que hemos de vivir en medio de ese mundo y de esa sociedad de la cual no podemos desentendernos. ¿Muchas veces no nos cruzaremos demasiado de brazos desentendiéndonos del mundo y de la sociedad que nos rodea o en la cual vivimos?
Y pensamos en nuestros valores y cualidades, lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que hemos recibido y nos ha enriquecido personalmente que no pueden ser como un adorno que pongamos solo para nosotros para llenarnos de vanidad. Todo eso ha de tener una repercusión en los demás, en lo que podemos hacer por los otros, con lo que podemos enriquecer su vida para hacerlos más felices, en todo lo que tenemos que compartir para no quedarnos nunca en una actitud egoísta.
Y todos tenemos unos valores, unas cualidades, unos talentos. No puedo encerrarme en mi mismo pensando que solo son para mi, ni puedo encerrarme en mi mismo diciendo que yo no valgo nada. Con humildad y con espíritu también de acción de gracias hemos de saber reconocer lo que valemos. Seamos quienes seamos, tengamos la edad que tengamos o incluso las limitaciones físicas que puedan acompañarnos a causa de los años, siempre hay algo que yo pueda ofrecer a los demás. Porque somos mayores o porque tenemos unas limitaciones físicas podríamos tener la tentación de que no valemos, pero lejos de nosotros ese pensamiento. Nuestro yo y nuestra persona es algo mucho más hondo y más valioso que todo eso. No reconocerlo podría hasta convertirse en un orgullo que tendríamos que quitar de nuestra vida.

Ya sabemos, el evangelio nos hace pensar en todos esos valores que hay en nosotros y que no podemos enterrar. Démosle gracias a Dios por esa luz que es para nuestra vida el evangelio y como nos hace engrandecernos porque nos llena de dignidad.

viernes, 30 de agosto de 2013

Nos lamentamos porque no teníamos las lámparas encendidas…

1Tes. 4, 1-8; Sal. 96; Mt. 25, 1-13
Con qué sensación de desconcierto y hasta de ridículo se queda uno cuando pudo haber conseguido algo, pero por un descuido, por no haberse esforzado lo suficiente quizá, o por alguna otra razón de la que uno se siente culpable, no lo ha conseguido, se ha quedado a las puertas, como se suele decir, con la miel en los labios.
Nos sucede en muchas situaciones de la vida; un examen que pudimos aprobar si hubiéramos aprovechado más el tiempo que tenemos conciencia de que lo perdimos sin ninguna justificación; una meta en algo, ya sea en lo deportivo o ya sea en la carrera de la vida, que no pudimos alcanzar porque preferimos la vida fácil y sin complicaciones y no nos preparamos lo suficiente.
Luego vienen los lamentos y los llantos, echándonos veinte mil culpas cuando ya no tenemos remedio; pudimos haberlo conseguido y no lo logramos; y vienen los propósitos, eso no me volverá a pasar, ya aprendí la lección, pero quizá los errores se siguen repitiendo porque seguimos en nuestro tren de la comodidad y del mínimo esfuerzo.
¿Nos estará reflejando esto, situaciones así, la parábola que acabamos de escuchar? Bien entendemos que la parábola es una bonito lección para muchas situaciones, también en el lado más humano de la vida, por las que podemos pasar. Pero nos está hablando también de nuestra salvación eterna, de nuestra pertenencia y vivencia del Reino de los cielos.
Unas jóvenes, diez doncellas, que lo que tenían que hacer era esperar al novio que llegaba para la boda, pero teniendo bien preparadas las lámparas con las que se iba a iluminar el camino de llegada y se iba a adornar la sala del banquete. Pero ya escuchamos, unas cuantas no fueron lo suficientemente sensatas y no tenían aderezadas debidamente sus lámparas porque no tenían suficiente aceite, combustible, para que las lámparas permanecieran encendidas. Y la puerta se les cerró en sus narices, hablando vulgarmente, y cuando debían de estar dentro en el banquete de bodas, se tuvieron que quedar fuera, por no mantener encendidas sus lámparas. ¿Cómo se sentirían? ¿frustradas? ¿desconcertadas? ¿tirándose de los pelos, como se suele decir? ¿echándose mil culpas por no haber sido previsoras? Pero se quedaron fuera.
Viene el Señor a nuestra vida, y podemos pensar en el momento final de nuestra existencia que nunca sabemos cuando va a suceder; pero viene el Señor a nuestra vida y en cada momento y cualquier situación que vivamos si lo hacemos con fe tendríamos que sentir su presencia. ¿Cómo estamos preparados para ese momento final? ¿cómo está de ardiente nuestra fe para saber descubrir la presencia del Señor que llega a nuestra vida con su gracia?
En muchas ocasiones vivimos adormilados. ‘El esposo tardaba y les entró sueño a todas’, que decía la parábola. Vivimos entretenidos en nuestra vida con nuestras cosas, con nuestras preocupaciones, con la lucha de cada día y no pensamos en esa presencia del Señor que llega a nosotros; ya tendremos tiempo de pensar en ello en otro momento, nos decimos; ahora nos preocupan más otras cosas y las expresiones religiosas y de fe las dejamos para otro momento.
Nos hemos propuesto quizá en la vida irnos superando en muchas cosas en esa tarea ascética de ir purificándonos, creciendo espiritualmente, sintiéndonos fuertes frente a las tentaciones que nos pueden venir porque queremos ser mejores, comportarnos más como cristianos; y quizá nos creemos fuertes, pensamos que ahora no nos va a venir la tentación, dejamos para otro rato ese momento de oración donde sentiríamos esa fuerza del Señor y cuando menos lo pensemos nos encontramos con la prueba y la tentación, y nos dejamos arrastrar, y retrocedemos lo que habíamos avanzado en ese camino de superación porque volvimos con nuestro pecado.
Nos hace falta tener la lámpara encendida y el suficiente aceite que nos alimente en la oración, en la frecuencia de sacramentos, en la reflexión que nos hagamos sobre nuestra vida, en la escucha allá en lo hondo del corazón de la Palabra del Señor. El Señor nos llama, quiere hacerse presente en nuestra vida, tenemos que estar con la fe despierta y el espíritu bien dispuesto.
Luego nos sentimos mal, porque podíamos haber hecho y no hicimos, por desgana o por rutina dejamos de hacer aquella oración de cada día; teníamos en nuestra mano la gracia del Señor pero andábamos preocupados más por otras cosas. Y luego también vienen las lamentaciones, los arrepentimientos y los propósitos. Y el Señor sigue esperándonos, sigue contando con nosotros, sigue regalándonos su gracia. No la echemos en saco roto porque El siempre quiere reconocernos, porque El siempre nos ama con amor eterno.

jueves, 29 de agosto de 2013

Como el Bautista, mártir de la verdad y de la justicia, luchemos valerosamente por la confesión de nuestra fe

Jer. 1, 17-19; Sal. 70; Mc. 6, 17-29
‘Cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo… frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y a la gente del campo… no te podrán, yo estoy contigo para librarte’. Fue lo que escuchó un día el profeta Jeremías, aquel que había sido escogido desde el seno materno como profeta de las naciones.
Es lo que ahora realizó también aquel que había nacido para ser profeta del Altísimo, que había sido consagrado ya en el seno de su madre en la visita de María a su prima Isabel cuando la criatura saltó de alegría en su vientre, y a quien hoy vemos y celebramos no solo como Precursor del Nacimiento de Jesús sino también de su muerte siendo mártir de la verdad y de la justicia, como lo llama la liturgia en esta fiesta.
Preparando los caminos del Señor había administrado un bautismo de agua que purificara las conciencias de quienes se preparaban para la llegada del Mesías, pero había anunciado a quien vendría a bautizar con Espíritu Santo y fuego. A Juan no se le había preguntado, como luego se haría con los discípulos que querían ocupar primeros puestos, si estaba dispuesto a ser bautizado en un bautismo como el de Jesús, pero había pasado también por ese bautismo de sangre como testigo de la verdad y de la justicia. Había sabido hacerse el último y el servidor de todos. ‘El tiene que crecer y yo tengo que menguar’, había dicho dando paso a Jesús.
Es lo que hoy estamos celebrando, el martirio de Juan Bautista. Ya hemos escuchado el relato del evangelio donde le vemos como ese profeta de la verdad y de la justicia sin temor ante reyes y príncipes denunciando el mal como una invitación a la conversión. No había sido escuchado, aunque Herodes dijera que respetara a Juan porque sabía que era un hombre honrado y santo, pero sí se le había querido hacer callar para siempre decapitando su cabeza, pero su martirio sería supremo y permanente testimonio de esa verdad y de esa justicia que proclamara, no solo con su palabra sino ahora también con el martirio de su vida.
Hay una hermosa y permanente lección para nosotros en esta celebración y en la Palabra que nos ha sido proclamada. No vamos a detenernos hoy, como quizá muchas veces hemos hecho al reflexionar sobre este texto, en las negruras de las cobardías y los respetos humanos que desencadenan como en cascada un torbellino de injusticia y de muerte. Queremos más bien fijarnos en ese testimonio permanente de luz y de vida que se  nos ofrece desde la voz valiente del Bautista y esa fidelidad hasta el final a la verdad y a la justicia que podemos contemplar en la figura de Juan. ‘El dio su sangre como supremo testimonio del nombre de Cristo’, proclamamos en la acción de gracias del prefacio de este día.
Frente a las oscuridades que se nos meten en el alma con tantos temores el testimonio del Bautista nos enseña y nos estimula a esa valentía que tenemos que manifestar como creyentes en Jesús frente a un mundo que trata de ocultar de la forma que sea el nombre de Jesús y los valores del evangelio. Que por la intercesión de Juan Bautista, que murió mártir de la verdad y la justicia, pedíamos en la oración litúrgica, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe.
Una confesión de nuestra fe que no nos hemos de reducir a proclamar entre los que ya tenemos esa misma fe en nuestras celebraciones litúrgicas dentro de la Iglesia, sino que hemos de proclamar fuera, ante el mundo muchas veces indiferente y otras hostil, con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida. Algunas veces somos temerosos, pero escuchamos lo que nos decía el Señor por el profeta: ‘No les tengas miedo, que si no yo te meteré miedo de ellos… lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’.
Si el Señor está con nosotros, ¿a quién hemos de temer? Si el Espíritu Santo fortalece nuestra vida, ¿por qué nos vamos a acobardar? No hemos de temer. De nosotros es el Reino de los cielos. Recordemos la bienaventuranza como lo hacíamos con el aleluya del Evangelio: ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos’.

Creo que ésta tendría que ser la gran lección y el gran mensaje que recibiéramos en este día. Hemos de ser valientes para salir al mundo, aunque nos sea hostil, a hacer ese anuncio del nombre de Jesús como nuestro único Salvador. Que la intercesión de san Juan Bautista nos alcance esa valentía para el testimonio de nuestra fe. Que no temamos el pasar nosotros también por ese Bautismo del testimonio hasta en los momentos más dificiles que nos hace unirnos con la pasión y muerte de Jesús para vivir en plenitud su pascua. 

miércoles, 28 de agosto de 2013

Siempre hay en el fondo del corazón del hombre sed de Dios

1Jn. 4, 7-16; Sal. 88; Mt. 23, 8-12
 ‘Renueva en tu Iglesia el Espíritu que infundiste en tu obispo San Agustín’. Así hemos pedido en la oración de la liturgia de este día de san Agustín. Que tengamos en verdad sed de Dios, fuente de la verdadera sabiduría, como lo tenía san Agustín y así llenemos nuestro corazón del amor verdadero, del amor de Dios.
En el fondo del corazón del hombre siempre hay sed de Dios, aunque no lo queramos reconocer o, confundidos, lo busquemos por caminos errados. Seamos como seamos siempre hay en el corazón del hombre una sed de más que no podemos satisfacer de cualquiera manera, deseamos lo mejor, buscamos lo bueno, queremos el bien y la justicia, hay en el fondo de todo una búsqueda de la verdad, hay una sed de algo que nos llene en plenitud que muchas veces no sabemos donde encontrar.
Esos deseos queremos satisfacerlos por nosotros mismos o en lo que nos parece que tengamos más cercano y tenemos el peligro y tentación de quedarnos en cosas materiales o terrenas que nos dan satisfacciones efímeras. Por eso es necesario saber elevarnos para no quedarnos en lo material, porque tampoco somos solo algo material, porque hay un espíritu que nos eleva; somos seres espirituales aunque no sepamos a veces encontrar nuestra verdadera espiritualidad.
Cuando con sinceridad emprendemos ese camino de búsqueda, Dios viene a nuestro encuentro y si sabemos dejarnos guiar podemos elevarnos para poder llegar a encontrar a Dios, o a dejarnos encontrar por Dios. Nosotros lo buscamos porque hay ese deseo en nosotros, pero en el fondo es Dios el que nos busca, el que viene a nuestro encuentro. Tenemos que dejarnos encontrar por Dios. Es el camino de una verdadera espiritualidad, porque por muy buenas intenciones que nosotros podamos tener siempre tenemos el peligro de confundirnos, confundir nuestras luces terrenas con la verdadera Luz y no lleguemos a encontrar a Dios. Sólo Dios es capaz de saciar la sed de verdad y amor que todo hombre tiene en sí, ya que Dios es la fuente de la sabiduría y del amor verdadero.
San Agustín, a quien hoy estamos celebrando, de quien estamos haciendo memoria litúrgica, fue un buscador de la verdad; durante muchos años recorrió sus propios caminos y en los placeres del mundo o en las filosofías de su época le parecía encontrar la verdad o aquello que pudiera dar satisfacción a lo que buscaba, pero se sentía insatisfecho y que seguía siempre a oscuras.
Hasta que, como reconoce en el libro de sus Confesiones, fue capaz de entrar en su propio interior para poner orden y claridad a su vida y encontrarse de verdad con Dios. ‘Habiéndome convencido, reconoce, de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable…’ Se encontró con la luz de la verdad, se encontró con Dios.
‘¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era capaz aún de verlo’. Hermosas palabras de san Agustín - muchas más podríamos citar de sus Confesiones - que nos van describiendo ese camino que le llevó a encontrarse con Dios y como en Dios mismo se sentía fortalecido con su gracia para hacer ese camino, para llegar a encontrarse vivamente con Jesús, camino, verdad y vida siempre para el hombre.
Como recordábamos al principio de nuestra reflexión y pedíamos en la oración litúrgica que en verdad busquemos a Dios, tengamos verdadera sed de Dios, fuente de la sabiduría y le busquemos como el único amor verdadero. Cuando uno tiene sed va a la fuente y trata de calmar su sed en esa agua viva. Que así seamos capaces de llenarnos e inundarnos de Dios y de su amor.
Qué importante vivir con toda intensidad la vida de la gracia alimentándonos de Dios en la oración, en su Palabra, en los Sacramentos. Con qué intensidad tendríamos que vivir esos momentos de encuentro con Dios concentrándonos de verdad en lo que hacemos y vivimos.

Nada tendría que distraernos ni apartarnos de El. Muchos ruidos no solo externos sino muchas veces dentro de nuestro corazón nos pueden distraer y hemos de tener sumo cuidado para que no suceda. El evitar esas cosas externas que nos puedan distraer tenemos que cuidarlo entre todos. Pero cada uno en su interior ha de centrar su pensamiento y su corazón en Dios, porque nada hay más importante en ese momento para nosotros que estar con el Señor.  Cómo hemos de cuidar, entonces, nuestras celebraciones donde escuchamos su Palabra, donde nos llenamos de su gracia, donde vivimos su presencia, donde bebemos en esa fuente de vida eterna. 

martes, 27 de agosto de 2013

Autenticidad, verdad, sinceridad que nos alejen de la vanidad y de la hipocresía

1Tes. 2, 1-8; Sal. 138; Mt. 23, 23-26
Cuando celebrábamos el pasado sábado la fiesta del Apóstol san Bartolomé escuchábamos en el evangelio las palabras de alabanza de Jesús en su encuentro con Natanael: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’.
Qué hermosa sensación sentimos en nosotros cuando nos encontramos a un hombre que se manifiesta con total autenticidad, sin ningún tipo de doblez ni de falsedad. Se siente uno a gusto con personas así y de alguna forma nos sentimos estimulados a imitarles en la rectitud de sus vidas y en su sinceridad.
Por el contrario cuando nos encontramos con alguien que no es sincero, y no ya solo en sus palabras, sino en las actitudes y posturas que toma en la vida, hay como un rechazo dentro de nosotros, porque parece que nos sintiéramos heridos por dentro porque nos parece que aquella persona quiera engañarnos con sus actitudes y posturas falsas.
Una persona que obra con rectitud y sinceridad y que al mismo tiempo se manifiesta con humildad y sencillez ante los demás porque no va haciendo gala de aquellas cosas que hace, pero que además tiene buen corazón para los que están a su lado, es para nosotros un espejo en el que mirarnos y de alguna manera al sentirnos atraídos por esa sinceridad de su vida queremos como imitarla y parecernos a ella porque son valores que nos atraen y nos convencen. La rectitud en personas así nunca se convertirá en intolerancia sino que serán capaces de ser comprensivos con todos porque nunca se sentirán superiores a nadie ni mejores que los demás por ese su buen obrar.
Es lo que viene a denunciar hoy Jesús en el evangelio. No soporta Jesús la hipocresía de quien hace alarde de ser cumplidor en cosas que son minucias, pero que luego no son capaces de tener compasión y misericordia en su corazón. Por eso les señala Jesús que antes de proponerse ante los demás como ejemplo y como modelo, se miren bien por dentro para alejar de si toda vanidad y toda falsedad, porque lo que importa no es la apariencia externa que queramos presentar sino ese corazón puro y limpio que tengamos en nuestro interior.
Los fariseos se querían presentar siempre ante los demás como cumplidores estrictos, dándole importancia a minucias que tenían menos importancia olvidándose de lo que verdaderamente tendrían que buscar. ‘Descuidáis lo más grave de la ley, les dice Jesús, la justicia, la compasión y la sinceridad. Esto es lo que habría que practicar, sin descuidar lo otro’. Es cierto que Jesús nos dice que El no viene a abolir la ley y se ha de cumplir y ser fiel hasta en las cosas pequeñas, pero nos dice también que viene a darle la plenitud del amor. ‘Justicia, compasión y sinceridad’, nos dice hoy.
‘¡Ay de vosotros, guías ciegos… letrados y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosantes de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera’. Son fuertes las palabras de Jesús que escuchábamos ya ayer y aún mañana en el evangelio se volverá a insistir en lo mismo, cuando haga la comparación de los sepulcros blanqueados.
Por eso el auténtico cristiano, el auténtico creyente en Jesus no se manifestará nunca desde la arrogancia ni la vanidad, nunca se presentará orgulloso como modelo para nadie, sino que callada y humildemente hará siempre el bien, buscando siempre lo bueno, llenando su corazón de ternura y misericordia para así parecernos más al corazón de Dios. Qué lástima y qué triste los que van siempre alardeando de las cosas buenas que hayan podido hacer porque en su orgullo y vanidad lo que van buscando son reconocimientos humanos y no serán gratos para Dios.
 Sepamos ser fieles a lo que es la voluntad del Señor que se nos manifiesta en lo que son los mandamientos de Dios. Por eso hemos de tener siempre nuestro corazón abierto a la Palabra de Dios para descubrir su voluntad. Pero busquemos la plenitud del amor y vivámoslo en la sinceridad de nuestra vida, con autenticidad y verdad, alejando de nosotros toda vanidad e hipocresía. El Señor conoce lo que hay dentro de nuestro corazón.

lunes, 26 de agosto de 2013

Ven, bendito de mi Padre a heredar el reino porque me diste tu amor

Mt. 25, 31-46
‘Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’, responde Jesús. Nos está hablando del juicio final; ‘venid, benditos de mi Padre… estaba hambriento… estaba enfermo… era forastero… y me diste de comer… me acogiste y me curaste…’
Nos está señalando donde podemos verle, encontrarle, atenderle, mostrarle nuestro amor. Por la fe pensamos en todo el inmenso misterio de Dios que lo llena todo y que nos hace sentirle en todas partes. Le damos el sí de nuestra fe y nos postramos ante El en adoración reconociendo su presencia. Por la fe podemos descubrirle y sentirle de forma maravillosa en los sacramento teniendo la certeza de que ahí está el Señor y podemos alimentarnos de El y adorarle en la Eucaristía o podemos sentir su amor que nos perdona y restaura nuestra vida llenándonos de su vida.
Pero no sólo ahí ha querido hacerse presente el Señor. Tenemos, sí, que despertar nuestra fe y vivirla con toda intensidad, pero al mismo tiempo tenemos que abrirnos al amor  y uniendo esa fe y ese amor podemos verle, sentirle, palparle y mostrarle todo nuestro amor. Será entonces cuando le descubrimos en el amor, cuando le vamos a mostrar nuestro amor en el pobre o el que sufre a nuestro lado. Es de lo que nos está hablando hoy en el evangelio. Y será tan esencial descubrir esa presencia que de ello va a depender toda nuestra felicidad eterna.
Para nosotros se abre la heredad del reino de los cielos cuando lleguemos a descubrir esa presencia de Jesús en el hambriento, en el que sufre, en el que está solo y abandonado, en el enfermo o en el peregrino o forastero que llega a nuestra vida. Porque amando a ese hambriento y dándole de comer estaremos de verdad amando a Jesús y mereciendo entonces que se nos abran las puertas del reino de los cielos.
Es lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. Tiene que hacernos pensar esto que estamos escuchando y tendremos entonces que aprender a descubrir esa presencia de Jesús y a manifestarle nuestro amor. Muchas veces somos más devotos para quedarnos extasiados ante una imagen religiosa que para quedarnos extasiados y llenos de amor ante una imagen viva de Jesús en el pobre que se acerca a nosotros tendiéndonos su mano y solicitando nuestro amor.
Estamos escuchando y meditando este hermoso mensaje del evangelio cuando estamos celebrando a una santa que supo comprender a la perfección este hermoso mensaje. Hoy celebramos a Santa Teresa Jornet e Ibars fundadora con el venerable P. Saturnino de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y patrona de la Ancianidad.
Dios fue perfilando con suma delicadeza el alma de Teresa Jornet forjando su espíritu para llegar a entregarse como ella lo hizo a la acogida y atención de los ancianos desamparados. Su vocación se fue clarificando poco a poco en su vida pasando por numerosas pruebas que la fueron conduciendo desde el magisterio para el que se había preparado en sus estudios, por la vida contemplativa que tuvo que abandonar porque en los tiempos difíciles que le tocó vivir, a mediados del siglo XIX, le impidieron consagrarse por ese camino, para terminar según los planes de la providencia divina fundando la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Supo realizar en su vida lo que hoy nos enseña el evangelio, porque supo descubrir esa presencia de Jesús en el anciano desamparado y allí puso todo su amor al Señor en su servicio. No vamos a extendernos ahora en el recorrido de su vida y de la fundación de la Congregación, sino que su testimonio nos sirva a nosotros de estímulo para que como ella sepamos abrir los ojos para descubrir a Cristo que llega a nosotros en el hermano que pasa a nuestro lado y sobre todo en la persona que sufre o pasa necesidad.

Ojalá podamos escuchar al final de los tiempos esas palabras de Jesús, ‘ven, bendito de mi Padre, porque tuve hambre, estaba solo, mi corazón estaba lleno de amarguras y tú me atendiste, me consolaste, me diste todo tu amor’.