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sábado, 5 de enero de 2013


Buscamos a Jesús pero es El quien nos ama y quien nos llama

1Jn. 3, 11-21; Sal. 99; Jn. 1, 43-51
Nos acercamos a Jesús por distintos medios o por diferentes caminos podemos llegar hasta El, pero en el fondo tenemos que reconocer que realmente es El quien nos llama y nos lleva junto a El. En el proceso que vamos siguiendo en este primer capítulo del evangelio de Juan es eso lo que podemos descubrir y además hacerlo con gozo, porque grande es el amor que el Señor nos tiene que nos busca y nos llama y quizá se valga de la mediación de otros, pero es porque quiere que estemos con El experimentando y gozando de su amor.
Si ayer veíamos a Andrés y Juan que se van tras Jesús cuando el Bautista se los señala como el Cordero de Dios y Andrés luego llevará a Simón al encuentro con Jesús, ahora en primer momento veremos a Jesús que pasa junto a Felipe y le invita a seguirle. Es el primer llamado así de una forma directa - Jesús le dice ‘Sígueme’ -, aunque en el fondo  ya había una llamada de amor en ese dejar Jesús que Andrés y Juan fueran con El para conocerle.
Y aunque sea Andrés el que le indique a Simón que han encontrado al Mesías, podemos ver ya el amor anterior que Jesús tenía a Simón de manera que en sus primeras palabras, con el cambio de nombre, está indicándole de alguna manera la misión para la que le había escogido. ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan, pero tú te llamarás Cefas (que significa piedra-Pedro)’. Será el nombre por el que ya desde entonces le conoceremos.
Lo mismo sucederá con Natanael. Felipe le dirá cuando se encuentre con su amigo que ‘aquel de quien hablaron Moisés y los profetas lo hemos encontrado: Jesús, el hijo de José, de Nazaret’. Ya hemos escuchado las reticencias de Natanael - quizá por aquello de las clásicas envidias y disputas de pueblos vecinos - pero Jesús le dará a entender de que antes incluso de que Felipe le hablara, ya El lo conocía. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’.
Es la llamada del Señor. Es el amor del Señor que es primero que nuestro amor. Es el Señor el que nos busca porque nos ama y quiere contar con nosotros. Es el Señor que está a nuestro lado incluso cuando pensamos que nadie nos quiere o nos tiene en cuenta. Es el Señor que conoce lo más secreto de nuestro corazón y sabe bien de nuestras inquietudes interiores, o de los interrogantes o dudas que se nos plantean en la vida. Y de una forma u otra el Señor con su amor quiere estar a nuestro lado y ser la respuesta para todo eso que llevamos en el corazón.
Pero este texto del evangelio puede enseñarnos muchas cosas más. Como hemos visto Jesús se ha valido de las mediaciones del Bautista, de Andrés o de Felipe para que otros conocieran a Jesús y se quisieran ir con El. Quiso contar con ellos. ¿Por qué no pensamos que quiere contar con nosotros que podemos ser mediaciones para los demás, para que lleguen a encontrarse también con Jesús? Quiere contar con nosotros.
Si Andrés no hubiera hablado a su hermano Simón, quizá no hubiera ido con Jesús. Si Felipe no lo hubiera hablado a Natanael, insistiéndole incluso cuando había un rechazo por parte de Natanael en querer reconocer a Jesús, no hubiera llegado tampoco hasta Jesús. No tengamos miedo a hablar de Jesús a los demás. Algunas veces somos excesivamente temerosos, tímidos o vergonzosos, pensamos que nos van a rechazar, o nos van a decir no sé cuantas cosas. Hemos de saber tener coraje en el corazón para anunciar el  nombre de Jesús.
Tendríamos aquí que recordar lo que Jesús nos dirá luego en el evangelio de que no hemos de avergonzarnos de su nombre, porque el que se declare por Jesús, El se declarará por él delante del Padre del cielo. Además ya nos dirá también como el Espíritu va a hablar en nuestro corazón y poner palabras en nuestros labios cuando tengamos que dar testimonio del nombre de Jesús.
Qué hermosa confesión de fe en Jesús llegaría a hacer Natanael. Gracias a la insistencia de Felipe. Porque en el fondo siempre estuvo el amor del Señor que nos llama y que nos busca y que se vale de nosotros para que otros también lleguen a confesar su fe en El.

viernes, 4 de enero de 2013


Maestro, queremos saber de ti, queremos conocerte

1Jn. 3, 7-10; Sal. 97; Jn. 1, 35-42
Algunos acudían a Juan porque sus gestos y sus palabras despertaban en sus corazones la esperanza de una pronta venida del Mesías; otros venían preguntando, algo así como a pedirle cuentas, quién era él y por qué hacia lo de bautizar y su estilo de vida; a todos les señalaba que él no era el Mesías, e incluso que en medio de ellos estaba y no lo conocían; en un momento incluso lo señaló de forma directa - lo escuchamos ayer - como el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo dando testimonio de lo que él había sido testigo.
Hoy contemplamos un paso más. Pasa Jesús y lo señala de nuevo a sus discípulos: ‘Este es el Cordero de Dios’, y serán dos de sus discípulos los que se van tras Jesús. La palabra de Juan les había llegado al corazón y querían conocer por sí mismos.
El diálogo que surge entre aquellos dos discípulos y Jesús es muy parco en palabras, pero significará iniciar un camino. ‘¿Qué buscáis?... Rabí, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis’. Y se pusieron en camino.
‘Maestro, ¿dónde vives?’ Queremos saber de ti, queremos conocerte. ¿Dónde vives? ¿quién eres? ¿qué nos dices? ¿qué nos vas a proponer? ¿eres en verdad el Mesías, el Salvador? ‘Maestro, ¿Dónde vives? La pregunta tiene mucha hondura. No buscan una casa o un lugar. Buscan a una persona, buscan una luz, una verdad. Si en verdad eres el Mesías tenemos que conocerte para poner nuestra fe y nuestra confianza en ti.
Algo estaba moviendo el corazón de aquellos discípulos. Había inquietud en sus corazones cuando ya se habían desplazado desde Galilea hasta la orilla del Jordán, probablemente en Judea, para escuchar a Juan y hacer lo que Juan les iba señalando. Disponibilidad tiene que haber en sus corazones para ponerse a caminar. Nos cuesta tanto ponernos a caminar si no estamos bien seguros de alcanzar lo que queremos. Estamos buscando siempre seguridades. ¿Y si me equivoco? ¿y si no es eso lo que busco o lo que a mi me conviene? Y vienen las dudas, y las pegas, y las dificultades que ponemos para emprender algo nuevo, un camino nuevo. Pero en aquellos discípulos había disponibilidad, ansias de algo nuevo, de una vida nueva. Y se fueron con Jesús.
Y vaya si encontraron algo nuevo. Se encontraron allá en lo más hondo de si mismos con Jesús. ‘Vieron donde vivía y se quedaron con el aquel día’, nos dice el evangelista señalándonos además que la hora del encuentro sería como a las cuatro de la tarde.
A las cuatro de la tarde, o a las nueve de la mañana, sea cual sea la hora Jesús está pasando a nuestro lado y también estamos sintiendo quien nos lo señala: ‘Este es el Cordero de Dios’. Probablemente habría más gente escuchando las palabras del Bautista, pero sólo estos dos se fueron con Jesús preguntando, buscando y encontraron. ¿Nos iremos también nosotros detrás de Jesús? ¿Queremos en verdad conocerle más y también le hacemos la pregunta ‘maestro, donde vives’?
Tenemos que estar dispuestos a esa búsqueda de fe, sin prejuicios, sin miedos ni cobardías. Muchos cantos de sirena suenan en nuestros oídos que tratan de distraernos. Muchos podrán decirnos para qué nos metemos en esos líos, porque vete tú a saber en qué puede acabar todo. Muchos quizá temerán la luz porque les puede hacer ver la auténtica realidad de sus vidas que tendrían que transformar. Muchos querrán quedarse en la comodidad de sus rutinas porque nos cuesta emprender caminos nuevos. En muchos podrá mucho el orgullo que han dejado meter en su corazón y no querrán bajar la cabeza para reconocer que sus vidas están sin sentido porque les falta esa luz de la fe.
Aquellos dos discípulos de Juan que a partir de ahora ya serán discípulos de Jesús encontraron la luz y encontraron la vida. Y ya no querrán esa luz sólo para ellos sino que comenzarán a iluminar a los de su entorno. ‘Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra a su hermano Simón y le dice: hemos encontrado al Mesías. Y lo llevó a Jesús’.
No olvidemos nunca que la luz de la fe no la podemos ocultar bajo la mesa sino que tenemos que ponerla bien alta para que alumbre a los demás. Que brille fuerte la luz de tu fe que tanta alegría lleva a tu vida. 

jueves, 3 de enero de 2013


El Cordero que se inmola para quitar el pecado del mundo

1Jn. 2, 29-3, 3; Sal. 97; Jn. 1, 29-34
‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, señala el Bautista a Jesús que viene hacia él. En los breves cinco versículos que hoy hemos escuchado en el evangelio Juan nos dice muchas cosas de Jesús.
Decíamos ayer que en este proceso de conocimiento y reconocimiento de Jesús para proclamar con toda intensidad nuestra fe en El nos íbamos a ir dejando conducir por la Palabra del Señor que se nos va proclamando en estos días. Queremos centrar nuestra fe en Jesús y por eso tenemos que ir creciendo más y más en el conocimiento de su misterio. Todo tiene que guiarnos a esa proclamación de fe que queremos que sea con toda nuestra vida. Pero ¿cómo podemos creer en El si no lo conocemos? La fe es una adhesión total de nuestra vida a Jesús para seguirle y para vivirle, pero no es una fe ciega sino que hemos de irle conociendo más y más.
Como hemos comenzado en nuestra reflexión, Juan lo señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nosotros hemos tomado esa expresión para manifestar nuestra fe y la utilizamos repetidamente en la liturgia y en nuestras oraciones. El Cordero pascual tenía un hondo significado para el pueblo judío. Era el cordero de la pascua que cada año se inmolaba y luego se comía en la cena pascual.
Fue el signo que les dejó Moisés de la Pascua. Con la sangre de los corderos sacrificados se marcaron las puertas de los judíos en aquella primera pascua en Egipto para que al paso del ángel del Señor no fueran exterminados. Era la señal de la pertenencia al pueblo de Dios. Por eso celebrar la pascua cada año comporta el sacrificio de ese cordero pascual que luego se comía en la cena de pascua, como signo y señal de la liberación de Egipto, como signo y señal del Dios que estaba siempre con ellos para liberarles de todo mal.
He aquí que el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios. Está señalando, podemos decir, al Cordero que va a ser inmolado, el Cordero que nos va a redimir de nuestro pecado con su Sangre derramada. Es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. El que va a dar la vida para que nosotros tengamos vida.
Pero Juan lo señala también como el que está lleno del Espíritu Santo. ‘He contemplado al Espíritu Santo que bajaba sobre él como una paloma y se posé sobre El’, dice Juan. ‘El Espíritu del Señor está sobre mi y me ha ungido, nos recordará Jesús en la sinagoga de Nazaret la profecía de Isaías, y me ha enviado para anunciar la Buena Noticia’.
Es Jesús, el Hijo de Dios, como terminará confesando el Bautista, que viene lleno del Espíritu divino para bautizarnos con un bautismo nuevo. ‘Aquel sobre el que veas bajar el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’, nos señala el Bautista que le ha sido revelado en su corazón. Juan bautizaba con agua porque venía a preparar los caminos del Señor. Pero Jesús, lleno del Espíritu Santo, nos va a bautizar con Espíritu Santo para que los que creamos en El tengamos nueva vida y podamos ser hijos de Dios. Ya lo anunciará Jesús a Nicodemo, ‘hay que nacer del agua y del Espíritu’; quienes creen en Jesús así van a recibir ese nuevo bautismo.
Hoy nos ha dicho Juan en su carta cómo nosotros somos hijos de Dios porque así somos amados de Dios. ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Así rotundamente lo afirma el Apóstol. Hemos sido hechos partícipes de la vida de Dios por la unción del Espíritu.
Jesús es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo; Jesús es el que está lleno del Espíritu Santo, porque en Jesús no vemos meramente un hombre; es verdaderamente un hombre, pero es el Hijo de Dios que se ha encarnado para inmolarse por  nosotros, para concedernos el don del Espíritu que nos ha purificado y nos ha llenado de vida para hacernos también a nosotros hijos de Dios. Mucho tenemos que reflexionar con este texto del evangelio y muchas gracias tenemos que dar a Dios porque con la fuerza y la luz del Espíritu podemos conocer más y más a Jesús y crecer en nuestra fe.

miércoles, 2 de enero de 2013


bendito sea el Señor 

que hemos superado las cien mil visitas a este blog. 

todo sea para la gloria del Señor

gracias a quienes nos visitan y lo dan a conocer

En medio de nosotros está y muchas veces no lo sabemos descubrir.

1Jn. 2, 22-28; Sal. 97; Jn. 1, 19-28
‘¿Tú quién eres?’ le preguntan a Juan. Vienen enviados de Jerusalén sacerdotes y levitas. La presencia de Juan en el desierto y las multitudes que acuden a él de todas partes producen inquietud en Jerusalén. ¿Será el Mesías? ¿Será Elías? ¿Habrá aparecido un nuevo profeta? Quieren tener una respuesta que dar.
Juan solamente dice que es la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Cuando le preguntan por qué hace lo de bautizar, solamente les dice: ‘Yo os bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mi, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia’. Se manifiesta su humildad ante el que viene. Lo señala aunque les costará reconocerlo.
‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis’. ¿Nos sucederá a nosotros lo mismo? Estos días hemos venido contemplando el misterio del nacimiento de Jesús. Seguimos aún en el tiempo de la Navidad acercándonos a la Epifanía, que como bien sabemos es la manifestación de Jesús. Ya los ángeles lo señalaron a los pastores y aquel ir de los pastores de Belén hasta el lugar donde había nacido Jesús es un principio de esa epifanía, de esa manifestación de Jesús.
Nosotros los próximos domingos vamos a celebrar esa fiesta grande la Epifanía, primero en el encuentro de aquellos Magos de Oriente que buscan al recién nacido rey de los judíos, y luego cuando celebremos el Bautismo de Jesús. Todo nos tiene que llevar a ese reconocimiento de Jesús que se manifiesta como Salvador de todos los hombres. No solo será el pueblo judío quien alcanzará la salvación, sino que serán todos los pueblos los que vendrán hasta Jesús, como iremos viendo.
Pero ya ahora cada día, en la Palabra que se nos irá proclamando, iremos realizando un proceso de ese acercamiento a Jesús, para descubrirle, para reconocerle, para llegar a confesar en verdad nuestra fe en El. Vamos a intentar ir dando esos pasos al hilo de la Palabra de Dios que cada día se nos irá proclamando para ir abriendo más y más nuestro corazón y nuestra vida a la fe. ¿Lo conocemos? ¿Lo llegamos a reconocer?
En medio de nosotros está. Ya hemos celebrado su nacimiento, lo que es signo para nosotros de cómo Dios quiere nacer en nuestro corazón. Pero quizá no siempre somos capaces de sentir su presencia, escuchar su voz que nos habla allá en lo más profundo de nosotros. Como podía sucederle a aquellas gentes de Belén o de Nazaret que solo veían un niño recién nacido o un joven que crecía en medio de ellos trabajando con su padre en el taller, pero no eran capaces de ir más allá para descubrir el misterio de Dios que estaba en medio de ellos, a nosotros nos puede suceder igual.
Cuántos estos días que hemos celebrado o estamos celebrando la Navidad vemos las imágenes del nacimiento pero se quedamos en eso - unas escenas bonitas o costumbristas con un gran sabor bucólico, y nos fijamos si hemos puesto o no todas las figuritas o si quedaron bien los ríos o las montañas - sin ir más allá para descubrir, para escuchar ese signo de Dios que está ante nuestros ojos. ¡Qué bonito está el nacimiento!, dicen algunos pero no llegan a descubrir a Dios, todo el mensaje de salvación que se nos quiere trasmitir.
Pidámosle al Señor que aprendamos a leer los signos de su presencia. De tantas maneras quiere El hacerse presente en medio de nosotros. Estas escenas que contemplamos en estos días pueden ser un signo que nos lleve a un sentimiento religioso y nos hagan pensar en Dios. Pero hay también un Belén viviente a nuestro lado, en las personas que pasan junto a nosotros, en la gente que sufre de mil maneras, en quienes pasan necesidad o están en la pobreza extrema, que son - y de qué forma maravillosa - una señal de que Dios esta ahí a nuestro lado y hemos de saberle descubrir y reconocer, porque Dios está ahí en esos hermanos a los que tenemos que acoger o ayudar, a los que tenemos que amar y con los que tenemos que compartir.
No lo olvidemos, ‘en medio de nosotros está’ y muchas veces no lo sabemos descubrir.

martes, 1 de enero de 2013


Días de bendiciones que nos traen con Jesús la paz para todos los hombres

Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21
No queremos que se acabe la Navidad. No nos podemos cansar de la Navidad. Algunos pueden estar cansados de fiestas y otros desearán que las fiestas no se acaben nunca en ese afán de divertirse y pasarlo bien. Claro que todos tenemos deseos de ser felices, pero no es por una fiesta así por lo que nosotros queremos prolongar la navidad. Es que el misterio que estamos celebrando es tan grande, tan maravilloso que queremos seguir sintiendo su miel en nuestro corazón porque es seguir saboreando el amor tan maravilloso que Dios nos tiene.
Estamos en la octava de la Navidad, pero aún nos quedan días para seguir saboreando el espíritu de la navidad hasta que lleguemos a la Epifanía y al Bautismo del Señor. Dios ha venido a nosotros y nos quiere llenar de bendiciones. Por eso nos felicitamos en estos días. No es solo que hagamos fiestas, entre un año nuevo o nos hagamos unos regalos. Nos felicitamos en el amor tan grande que Dios nos tiene que viene a nosotros para traernos la salvación, porque ha vuelto su rostro sobre nosotros y ha derramado gracia y bendiciones sobre nosotros, porque quiere estar a nuestro lado para que no olvidemos nunca el amor y construyamos continuamente la paz.
Y desde las bendiciones de Dios nos sentimos comprometidos a también nosotros llenar de bendiciones a los demás. Volvamos su rostro sobre ellos, como le pedíamos al Señor, y que nuestras miradas, nuestros gestos, nuestras palabras vayan llenas de amor y de paz para todos. No es solo una palabra la que vamos a decir queriendo expresar un buen deseo, sino que sinceramente vamos a volvernos sobre nuestros hermanos los hombres con una mirada nueva y distinta, la mirada de la amistad, de la comprensión, de la paz, del ánimo que levante el espíritu, la mirada llena de la sonrisa del amor.
Sí, que nuestras palabras, nuestras miradas, nuestros gestos sean siempre de bendición, porque digamos bien - eso significar bendecir -, porque hagamos el bien, porque nuestras actitudes y nuestros gestos sean siempre de bien. Todos podemos bendecir; todos debemos bendecir. Se ha perdido esa costumbre de pedir la bendición o de dar la bendición y así nos va en la vida. Retomemos esa bonita costumbre pero llenando de verdadero sentido nuestras bendiciones y que sean para todos.
Y nuestra gran bendición para los demás sea llevar a Jesús. Para que todos se encuentren con Jesús. Para que todos sepan acoger esa bendición de Dios para la humanidad que es Jesús. Para que todos nos abramos a la salvación que Jesús nos ofrece. Hoy, a los ocho días, la octava de la navidad, hemos escuchado en el evangelio que ‘tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’.
Recordamos que el ángel le había dicho a José ‘y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’. Jesús significa ‘Dios nos salva’. Es el Salvador que los ángeles anunciaron a los pastores que había nacido en la ciudad de David. Es el Salvador, la bendición de Dios para la humanidad, como decíamos, porque con Jesús comenzará una humanidad nueva, la humanidad que hunde sus raíces en el amor; la humanidad que se siente amada por Dios que así nos ha enviado a su Hijo, y la humanidad que se comienza a construir desde ese amor de una manera nueva. Es el Jesús que nosotros hemos de llevar en nuestro corazón y que hemos de llevar a los demás, como la más grande bendición de Dios.
Día de bendiciones parece que es éste que estamos celebrando hoy. Porque miramos a la madre, miramos a María. ‘Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’. Nuestra mirada se vuelve hoy de manera especial a María, la madre de Jesús que es la madre de Dios, pero que es también para nosotros una bendición de Dios porque nos la ha dado como madre.
Qué gozo más grande sintió el pueblo cristiano cuando pudo proclamar con toda la firmeza de la fe que verdaderamente María era la Madre de Dios. Es el gozo de los hijos por la madre. Es el gozo que sentimos todos en estos días porque mirando a Jesús, siempre vemos a María a su lado. Qué importante fue el sí de María ante el anuncio del ángel, porque se convirtió en la Madre de Dios, porque Dios quiso contar con ella, con su colaboración, en la tarea de nuestra salvación porque ella nos trajo a Jesús.
Cuando hablamos de María siempre nuestras palabras se quedan cortas para todo lo que de ella quisiéramos decir. Queremos llenarla de bendiciones y alabanzas como hiciera Isabel cuando fue María a visitarla en la montaña, como lo hizo aquella mujer anónima que alabando a Jesús alabó también a la madre que lo trajo al mundo, como lo hiciera Jesús cuando la llama dichosa porque ella sí supo plantar en su corazón la Palabra de Dios para que diera fruto, y como lo han hecho todas las generaciones en la Iglesia a través de los siglos dando cumplimiento a su propia profecía de que ‘dichosa me llamarán todas las generaciones’.
Pero hoy bendecimos a María y una vez más queremos recibir sus bendiciones para nosotros y para nuestro mundo. Sí, que ella nos alcance todas las bendiciones de Dios volviendo su rostro maternal, sus ojos misericordiosos, sobre nosotros sus hijos que aun caminamos por este valle de lágrimas y que ella nos alcance la gracia de la salvación; que ella, reina de la paz, nos alcance ese don preciado de la paz para nuestro mundo que tanto lo necesita.
El primero de enero celebramos ya desde hace muchos años la Jornada Mundial de la Paz. Tenemos que orar por la paz. Tenemos que trabajar por la paz. Tenemos que convertirnos en mensajeros de la paz para nuestro mundo. Los ángeles cantaban la gloria del Señor en el momento del nacimiento de Jesús, pero cantaban también la paz para los hombres a los que Dios ama, la paz para nuestro mundo al que Dios ama. Por eso para nosotros los cristianos no puede ser ajeno a nuestra oración y a nuestro compromiso, y de manera especial estos días, el tema de la paz.
‘Bienaventurados los que trabajan por la paz’, nos dice el Papa, rememorando la bienaventuranza de Jesús, en su mensaje para esta Jornada, que bien merecería la pena una lectura atenta y una amplia reflexión porque es muy hermoso. Alguien ha dicho de este mensaje del Papa que es casi como una pequeña encíclica. No podemos en la brevedad de esta reflexión extendernos en su comentario pero sí destacar y subrayar ese compromiso que como creyentes en Jesús hemos de tener con la paz de nuestro mundo.
Como nos dice en el mismo inicio de su mensaje ‘Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos… los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias, anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos’.
La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente… la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia.
Nos habla de la paz como don de dios y obra y tarea del hombre, de que los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad, de cómo para construir el bien de la paz es necesario un nuevo modelo de desarrollo y de economía, de una educación para la cultura de la paz, y finalmente recordando la oración de san Francisco nos dice que oremos al Señor para que seamos instrumentos de la paz para nuestro mundo para llevar amor donde haya odio, perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda.
Oremos por la paz. Que sea la bendición de Dios que con Jesús llega a nuestra tierra. Paz a los hombres que Dios ama.

lunes, 31 de diciembre de 2012


Para que todos vinieran a la fe y creyendo tengamos vida eterna

1Jn. 2, 18-21; Sal. 95; Jn. 1, 1-18
‘Surgió un hombre enviado por Dios… venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe…’ Su nombre era Juan. Se refiere al Bautista.
El Evangelista Juan en este inicio o prólogo de su evangelio quiere dejarnos sentado de forma muy clara quien es Jesús. Cuando termine su evangelio vendrá a decirnos que ‘esto se ha escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis en El vida eterna’.
Ahora nos habla de ‘la Palabra que estaba junto a Dios, la Palabra que era Dios…’ por quien todo fue hecho, como luego proclamaremos nosotros en el Credo de nuestra fe. Y nos habla de vida y de luz. ‘La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre’ para llenarnos de vida, para conducirnos a la plenitud, para derramar su gracia sobre nosotros, para que teniendo fe lleguemos a ser hijos de Dios con la salvación que nos ofrece.
Todo lo que venimos estos días contemplando y celebrando tiene que conducirnos a la fe. Es lo que da sentido a todo lo que hacemos. Tenemos que darle el sí de nuestra fe a todo este misterio de Dios que estamos contemplando. Hoy nos ofrece la liturgia este inicio del evangelio de Juan que, podríamos decir, es más teológico, para que nos reafirmemos bien en nuestra fe en Jesús. Este Niño que contemplamos nacido en Belén es el Hijo de Dios en quien está toda nuestra salvación.
Por eso las celebraciones de estos días no se pueden quedar solamente en lo externo sino que tienen que ayudarnos a que ahondemos más y más en nuestra fe en Jesús. No nos quedamos en lo bullangero o la fiesta superficial, dejándonos arrastrar por el sentido y el estilo de nuestro mundo muchas veces tan superficial que todo lo cambia y lo transforma haciéndole perder su propio y verdadero sentido. Asi nos hemos hecho una navidad muy a lo exterior, muy dejándonos arrastrar por el consumismo de una sociedad materialista y tenemos el peligro de perderle el verdadero sentido y nos quedemos nosotros también solo en cosas externas. Todos tenemos ese peligro.
Por eso es necesario detenernos un poco, reflexionar, dejarnos inundar y conducir por la Palabra de Dios que vamos recibiendo cada día, hacer que todo se haga oración profunda allá desde lo más hondo de nuestro corazón. Es necesario contemplar hondamente todo el misterio de Dios que celebramos.
Nos pudiera suceder que estemos tan rodeados de luz en estos días porque todo quiera hablarnos de la luz que es Jesús para nosotros, y sin embargo permanezcamos en las tinieblas o rechacemos la verdadera luz. De esto nos previene el evangelio que estamos meditando. ‘La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba… y el mundo  no la conoció. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa y los suyos no la recibieron’. Sería muy triste que nos sucediera así. 
Pero a continuación nos seguirá diciendo el evangelio: ‘A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios… nacen de Dios’. Por Jesús nos llega la gracia; en Jesús nos llenaremos de vida. Jesús ha asumido nuestra naturaleza humana para elevarnos, para hacernos partícipes de su vida divina. ‘A los que creen en su bombre les dio poder para ser hijos de Dios’.
Que así sea nuestra fe. No lo olvidemos, sin fe todo carecería de sentido. Sin el sentido de la fe toda la fiesta que podamos haber hecho en estos días se nos quedaría en algo externo y superficial. Demosle hondura a nuestra vida llenándonos de fe.

domingo, 30 de diciembre de 2012


El matrimonio y la familia, un acorde de la música del amor de Dios

1Sam. 1, 20-22.24-28; Sal. 83; 1Jn. 3, 1-2.21-24; Lc. 2, 41-52
‘Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’. El Hijo de Dios que se ha encarnado nace en el seno de una familia y en el seno de una familia crece, como dice el evangelio ‘en sabiduría, estatura (edad, como niño, como adolescente y como joven) y en gracia’. En una familia nació Jesús y en familia pasó la mayor parte de su vida. En la familia Jesús aprendió a rezar, a leer, a trabajar. Y a su vez Jesús dio a la familia dignificación y santidad. Jesús convirtió con su presencia la familia en algo sagrado, convirtió el amor de los esposos en sacramento.
En el marco de las fiestas de Navidad, en medio de las celebraciones del nacimiento de Jesús la liturgia de la Iglesia nos invita hoy a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, aquel hogar en el que Jesús nació y creció. Y contemplar a la Sagrada Familia en ella queremos ver como en un espejo nuestras familias. Por eso hoy es un día especial para las familias cristianas cuando en estos días en nuestra celebración de la navidad del Señor el encuentro de las familias ha tenido tanta importancia y es algo que se ha vivido con especial intensidad en nuestros hogares. Miramos a la sagrada Familia de Nazaret y mucho tenemos que aprender, mucho tenemos que copiar de sus virtudes, de todo lo que era la vida de aquel bendito  hogar.
Allí Jesús, que se quiso hacer en todo semejante a nosotros, en el seno del hogar aprendió y vivió lo más humano y lo más hermoso de nuestra humanidad. Hablar de familia es hablar de amor y de comunión, es hablar de convivencia y de caminar juntos, es hablar de cercanía y de comprensión, es hablar de mutua aceptación y de profundo respeto, es hablar de crecimiento como persona y de cultivo de los valores más trascendentes. La familia es el semillero de la vida, el mejor campo de cultivo de la personalidad del individuo, la raíz más honda que da fuerza y consistencia a nuestra sociedad toda; la familia vivida en profundidad nos hace percibir lo que es la profundidad de Dios, la vida de Dios.
A alguien en una ocasión le escuché decir que el matrimonio y la familia es como un acorde de la música de Dios. Dios es vida y es amor; es vida porque es el que existe por sí mismo y desde siempre, y es amor como ya nos lo dice san Juan en sus cartas; pero Dios es profunda e intima comunión en el misterio de su Trinidad de personas que forman una única unidad en su naturaleza en la que no hay ninguna división; y Dios se hace misericordia y perdón, en su inmensidad se hacer cercano tanto como para vivir en nuestra propia vida.
Cuando el hombre y la mujer llegan a vivir con toda profundidad esa comunión de vida y de amor que es el matrimonio y que se prolonga en la familia podemos decir que están entrando en esa sintonía de Dios, porque en su amor y en todo lo que rodea esa profundidad del amor de su matrimonio no están sino haciéndonos resonar ese acorde de la música de Dios, ese acorde del amor y de la vida y comunión de amor de Dios.
¿Por qué decimos que el matrimonio para nosotros va más allá de lo que pueda ser un contrato de partes, una relación jurídica o un compromiso meramente formal? Para el cristiano que fundamenta toda su vida y, en consecuencia, su relación de amor en Dios, el matrimonio se convierte en sacramento de Dios. El amor matrimonial vivido en toda su profundidad y con todas sus consecuencias de unidad y de comunión se convierte en signo, en manifestación de lo que es el amor el amor de Dios, en presencia del amor de Dios en su propio amor humano. San Pablo hace como una mutua comparación entre el amor del hombre y la mujer con el amor que Cristo tiene por su Iglesia. Sintonía del amor de Dios, acorde de la música del amor infinito de Dios.
Como nos enseñaba el concilio Vaticano II, cuyos cincuenta años de su inauguración estamos conmemorando en este Año de la Fe, en la Gaudium et spes, ‘cuando el Señor sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio… el amor conyugal auténtico es asumido por el amor divino y se rige y se enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia… Cristo permanece en los esposos para que con su mutua entrega se amen con perpetua fidelidad, como El mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella’ (GS48).
Es la gracia con la que el Señor enriquece a los esposos y a las familias cristianas que han puesto en El toda su fe y toda su esperanza y desde su amor quieren vivir su propio amor humano con toda intensidad. Algunas veces los cristianos no hemos reflexionado lo suficiente para ahondar con toda profundidad en la riqueza de lo que es el amor matrimonial y familiar en un sentido cristiano, contemplado desde lo que es como una participación del amor de Dios.
Es triste contemplar a tantos matrimonios rotos y a tantas familias divididas y destrozadas que no hacen sino producir más y más dolor y sufrimiento en sus miembros. Es un dolor y sufrimiento que a todos nos afecta y ante el que no podemos ser insensibles pensado que eso a nosotros no nos pasa o no nos puede pasar. Es necesario, por supuesto, que los que van a contraer matrimonio vayan con la suficiente y necesaria madurez humana y cristiana al sacramento, pero es necesario saber contar luego a lo largo de la vida con la presencia de la gracia del Señor que nunca nos faltará.
Hoy, al contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, como decíamos antes, no podemos menos que mirar a nuestras familias y orar por nuestras familias. Queremos aprender, como decíamos, de aquel Hogar de Nazaret, pero queremos impetrar la gracia y la fuerza del Señor para que nuestros matrimonios cristianos renueven - hagan nuevo  continuamente - su propio amor y contribuyan con todos sus medios a la felicidad de cada uno de los miembros de la familia.
Que se manifiesten de verdad como ese acorde de la música del amor de Dios en la forma como cultivan todos esos valores que harán más fecundo cada día su amor desde la cercanía y la comunión, desde el respeto y la valoración de cada uno de sus miembros, desde el espíritu de servicio y la capacidad de comprensión y perdón, desde la apertura de sus vidas a la trascendencia y desde el cultivo de todos los valores que eleven el espíritu, desde la generosidad de unas manos abiertas para siempre hacer el bien y desde la oblación en el amor de sus propias vidas, aunque sea en el sacrificio, en el día a día de su caminar.
Y esto a todos nos afecta y todos tenemos que poner nuestro granito de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor desde unas familias cada día más felices porque como personas cada uno de nosotros desde todos esos valores que en la familia cultivamos vayamos creciendo más y más en lo que es la riqueza más profunda de nuestra vida y nos hará alcanzar la mayor plenitud, el amor con el que reflejamos lo que es el amor de Dios. 

sábado, 29 de diciembre de 2012


Inundados por el Espíritu como Simeón para amar con un amor como el de Jesús

1Jn. 2, 3-11; Sal. 95; Lc. 2, 22-35
Contemplamos de nuevo en el evangelio a un anciano lleno del Espíritu Santo. Si nos fijamos es algo que hemos visto repetido en el principio del evangelio de Lucas. Ahora es el anciano Simeón que sale al encuentro de María y José que van a presentar a Jesús en el templo tal como lo manda la ley de Moisés. Pero hemos contemplado a Isabel llena del Espíritu y a Zacarías que entonaba cánticos de alabanza y bendición a Dios. En medio de todo ello contemplamos también a María.
Hoy es el anciano Simeón, ‘hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel, y el Espíritu Santo moraba en él’.  Sentía en su interior, por esa fuerza del Espíritu, que no moriría sin haber visto al Mesías del Señor. Por eso ahora ‘impulsado por el Espíritu Santo fue al templo’. Y de la misma manera que Isabel había escuchado en su interior la voz del Espíritu que señalaba a su prima como la Madre del Señor y por eso prorrumpe en cánticos y bendiciones, ahora el anciano Simeón reconocerá en aquel niño al Salvador anunciado y esperado y también comienza a alabar al Señor.
Ya puede morir; las promesas del Señor se han cumplido. Ante sus ojos está, lo tiene en sus brazos, ‘el Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel’. Y comenzarán los anuncios proféticos de lo que va significar Jesús en medio de su pueblo, pero también de su pasión con lo que una espada traspasará el alma de María, la madre. ‘Será como bandera discutida… y a ti una espada te traspasará el alma’. Ante Jesús tenemos que hacer una opción radical en la vida. Como nos dirá en otros lugares del evangelio o estamos con El o estamos contra El. Con Jesús no valen las medias tintas, nuestras decisiones tienen que ser claras y firmes.
Se nos manifiesta una vez más la alegría por la salvación que llega para todos los hombres. Como hemos reflexionado más de una vez, la alegría de la fe. Este hombre, el anciano Simeón, lleno del Espíritu, se llena de gozo porque sus ojos han visto al Salvador. Como diría Jesús en una ocasión a los discípulos ‘dichosos porque veis lo que otros desearon ver y no pudieron’. Dichosos nosotros por nuestra fe; dichosos porque en la fe podemos contemplar y celebrar la salvación; dichosos porque hayamos podido celebrar estas fiestas de la navidad llenándonos nosotros también de Dios. Que esa dicha de la fe no se aparte nunca de nuestro corazón. Que el Espíritu cante en nuestro corazón para que sepamos alabar y bendecir al Señor porque su luz puede iluminar nuestra vida.
Como nos decía hoy san Juan en su carta ya nosotros no caminamos en tinieblas, tenemos la luz con nosotros porque tenemos a Jesús. Vivamos en consecuencia siempre en su luz. Y vivir en la luz de Cristo significa vivir en el amor. Por eso Juan nuestra recuerda el mandamiento antiguo y el mandamiento nuevo. Nos recuerda cómo hemos de escuchar y acoger la Palabra y nos invita a vivir al mismo tiempo en el mandamiento nuevo del amor para que andemos siempre en la luz.
‘Quien guarda su Palabra ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud, nos dice. En este conocemos que estamos en El. Quien dice que permanece en El, debe vivir como El vivió’. Y nos recuerda entonces el mandamiento del amor, porque si no amamos de verdad estaríamos en tinieblas. Y si estos días tanto hemos cantado a la luz que nos viene de lo alto, que nos llega con Jesús y su salvación, vivamos en consecuencia en el amor, vivamos amándonos de verdad los unos a los otros.
Sigamos viviendo el gozo de la navidad. Sigamos viviendo en su luz. Aprendamos a vivir para siempre en el amor, porque así podremos alcanzar la plenitud de nuestra vida, esa plenitud que Jesús nos ha venido a traer con su salvación.

viernes, 28 de diciembre de 2012


Los santos inocentes, el misterio de la Cruz y de Belén están cerca

1Jn. 1, 5-2,2; Sal. 123; Mt. 2, 13-18
La primera impresión que nos produce el relato de la matanza de los inocentes que hemos escuchado hoy en el evangelio es de rechazo ante la maldad de Herodes que en su ambición, como sucede tantas veces, quiso quitar de en medio a quien pudiera hacerle sombra o quien pudiera ser un peligro para su soberanía y poder. Son las negruras del corazón del hombre que se ciega ante la ambición del poder o de la riqueza o de cualquiera otra de las pasiones que pueden afectar a la vida del hombre, de toda persona. En cuantas situaciones semejantes nos podemos ver envueltos, o se ve envuelta la vida sobre todo de los que tienen sueños de grandeza y de poder.
Ahí, en ese claroscuro de la vida con sus ambiciones y las maldades del corazón tenemos una hermosa lección que aprender y de la que tendríamos que sacar muchas consecuencias, pero creo que todos comprendemos que el sentido de la fiesta de los Santos Inocentes que celebramos en este día va mucho más allá. Tampoco se puede quedar en lo que popularmente convertimos esta fiesta, que a pesar de la crueldad que se trasluce en este actuar de Herodes, sin embargo la convertimos en un día de bromas y de inocentadas como solemos decir. Tenemos que buscar un sentido mucho más hondo a nuestra celebración.
Es la muerte de unos niños inocentes pero que en realidad lo que quería buscar Herodes era la muerte de aquel ‘recién nacido rey de los judíos’, del que venían hablando los Magos que habían llegado a Jerusalén preguntando por El, como escucharemos dentro de unos días al celebrar la Epifanía del Señor. Podríamos decir que ocuparon el lugar de Jesús, que era a quien realmente perseguía Herodes. Se convierten en un signo de la persecución que sufren los justos, cuando su vida se convierte en un espejo en el que mirarnos, cuando en nosotros lo que existe muchas veces solo es la maldad de nuestro pecado. ‘Acechemos al justo que nos resulta incómodo’, ya habíamos oído hablar al sabio del Antiguo Testamento.
Pero creo que contemplar la crueldad de este martirio de los santos inocentes, en medio del marco de las fiestas de la Navidad del Señor que estamos celebrando, nos viene a recordar cómo la cruz, la pasión y el sufrimiento van a estar muy presentes en nuestra historia de la salvación. Este niño recién nacido que contemplamos en estos días y que por la fe ya sabemos que es nuestro Señor y nuestro Salvador - además así lo anunciaron los ángeles a los pastores - es el que ha venido a traernos la salvación, a redimirnos de nuestro pecado y será en su pasión y muerte en la cruz donde se va a consumar el sacrificio redentor.
No está lejos en la vida del cristiano Belén del Calvario de manera que cuando le contemplamos en Belén estamos viendo a quien es nuestro Salvador y Redentor por el sacrificio de su cruz. Mientras nosotros estos días hemos estado cantado con alegría los villancicos del nacimiento de Jesús, al mismo tiempo en nuestra celebración siempre hemos proclamado el misterio pascual de Cristo donde obtenemos la salvación. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor  Jesús’, hemos proclamado en cada Eucaristía y siempre mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Es el camino de la vida del cristiano, el camino de la Iglesia a lo largo de los siglos, donde nunca ha faltado el sufrimiento, el sacrificio o el martirio de sus mejores hijos. Hoy mismo seguimos escuchando noticias de la muerte de cristianos, simplemente por ese hecho, ser cristianos en distintos lugares del mundo, o de cristianos que tienen que abandonar su casa, su tierra, su patria por los acosos y la persecución que allí están sufriendo. Sea en Nigeria donde estos mismos días de navidad grupos de cristianos han sido masacrados durante las propias celebraciones, o sea en países del Oriente Medio como Siria o Irak donde muchos cristianos han tenido que emigrar a otros lugares a causa de la persecución.
Al celebrar hoy esta fiesta de los Santos Inocentes tengamos un especial recuerdo por los mencionados o tantos otros en distintos lugares del mundo que sufren por el nombre de Jesús, como de alguna manera también sucede en nuestro entorno donde se minusvalora o se quiere ocultar en tantas ocasiones lo que lleve el nombre o el sentido de los cristiano. También a nuestro alrededor se quiere borrar el nombre de Dios de la historia y de la vida de los hombres.  Celebremos la fiesta, porque es el triunfo, de los Santos Inocentes. Los Santos Inocentes de ayer y de hoy nos recuerdan que el misterio de la cruz no está lejos de Belén.

jueves, 27 de diciembre de 2012


Con el evangelista Juan hagamos la carrera a porfía por el amor

1Jn. 1, 1-4; Sal. 96; Jn. 20, 2-8
La escena del evangelio parece una carrera de porfía por el amor. Ante la comunicación de María Magdalena de que se habían llevado el Cuerpo de Jesús del sepulcro corren los dos discípulos que tanto amaban al Señor hasta el sepulcro. Una carrera de amor, a ver quien más le ama. Ya conocemos el entusiasmo de Pedro por Jesús que está dispuesto a todo  por El, aunque luego vengan las debilidades, pero de Juan ya se dice que era el discípulo amado.
Y bien nos manifiesta Juan en el evangelio cómo conoce el corazón de Cristo. Allí junto a su corazón se había recostado en la última cena, a la hora de las confidencias y las despedidas. Con qué profundidad nos hablará de Jesús en su evangelio. Como dice una antífona de esta fiesta ‘éste es el apóstol que durante la cena reclinó su cabeza en el pecho del Señor. Este es el apóstol que conoció los secretos divinos y difundió la palabra de vida por toda la tierra’.
Justo es, pues, que celebremos a san Juan, el hijo del Zebedeo, el discípulo amado de Jesús, en esta cercanía de la Navidad, como lo estamos haciendo hoy. Lo celebramos y queremos aprender de él a amar a Jesús, con toda la intensidad con que lo amaba, que fue el único discípulo que llegó hasta el pie de la cruz, para recibir allí como un testamento a guardar y a cumplir el regalo de una madre, la madre de Jesús que iba a ser desde entonces la madre de todos los hombres; en Juan nos vemos todos representados, y cuando él recibe a María y la lleva a su casa, nos la estaba llevando a nuestra casa, a la casa de todos los que desde entonces íbamos a ser sus hijos.
No podía menos Juan que trasmitirnos todo aquello que llevaba en su corazón desde ese conocimiento profundo que tiene de Jesús. Hoy hemos comenzado a leer su primera carta que continuaremos leyendo todo este tiempo de navidad y ya en el comienzo  nos dice: ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, la Palabra de la Vida (pues la Vida se hizo visible) nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os la anunciamos’.
Vayamos a beber a la fuente; vayamos allí donde podemos alcanzar ese conocimiento profundo de Cristo, de todo el misterio de Dios. Juan nos trasmite la Palabra de Dios, la Palabra de la Vida. El la conoció, la palpó, la vivió y ahora nos la trasmite. Cómo tenemos que acudir a la Escritura Santa que para nosotros es Palabra de Dios, es Palabra de Vida que nos llena de vida. Si nos empapamos del Evangelio, si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios que nos lo revela ahí en nuestro corazón, nosotros podemos llegar a palpar también esa Palabra de la Vida, nosotros podemos llegar a palpar profundamente a Jesús, y no hace falta que sea con los sentidos, sino que lo hacemos desde el corazón.
Que crezca así nuestra fe, esa adhesión profunda y total que  nosotros queremos hacer a Cristo y a su misterio de salvación. Qué dicha que podamos creer, tener fe, porque cuando ponemos toda nuestra fe en el Señor nuestra vida se llenará siempre de alegría y de paz. Hoy nos ha dicho san Juan en su carta: ‘os escribimos esto para que nuestra alegría se completa’. Sí, nuestra alegría sea completa desde esa fe que tenemos.
Recordamos que Isabel llamó a María dichosa porque tenía fe. Es lo que nosotros hemos de experimentar en el corazón. No entiendo que nos digamos creyentes y vivamos llenos de tristezas y de amarguras. ¿Para qué nos sirve entonces la fe? La fe tiene que llenarnos de paz, darnos seguridad en la vida, hacernos sentir el gozo de la salvación, sentirnos dichosos porque nos sabemos amados de Dios. Es la alegría de la que nos habla hoy Juan. Seguro que en todo momento fue lo que él vivió y experimentó en su vida desde todo ese conocimiento profundo que él tenía de Jesús.
Desde la fe que tenemos en Jesús hagamos esa carrera por el amor, por el amor que le tenemos a Jesús y para que todos los hombres conozcan también el amor que Dios nos tiene.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Tras el nacimiento de Jesús celebramos con júbilo el triunfo del martirio de san Esteban

Hechos, 6, 8-10; 7, 54-59; Sal. 30; Mt. 10, 17-22
En la oración final de la Eucaristía de esta fiesta daremos gracias al Señor por la abundancia de su misericordia ‘pues nos salvas por el nacimiento de tu Hijo y nos llenas de júbilo por el triunfo de tu mártir san Esteban’.
Creo que con esta oración, entre otras de la liturgia de este día, se expresa el sentido de esta fiesta del martirio de san Esteban precisamente al día siguiente de la celebración del Nacimiento de Jesús. Podría parecer que estando dentro de la octava de la Natividad del Señor todo tendría que girar en torno a esta fiesta grande que celebramos sin embargo la liturgia nos presente en este primer día la celebración de san Esteban, el protomártir.
Por ahí podría venir la clave de esta celebración; por eso pediremos llenarnos de júbilo en el triunfo del martirio de san Esteban. Sí, es un triunfo, es la manifestación de una victoria. Fue el primero en derramar su sangre por Jesús. Como anunciaría Jesús a lo largo del evangelio y hoy una vez más lo hemos escuchado ‘os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas, os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio de mi ante ellos y ante los gentiles’.
Es lo que vemos ahí casi en los comienzos de la Iglesia en Esteban. ‘Todos os odiarán por mi nombre, pero el que persevere hasta el final, salvará’. Es la manifestación de un triunfo y una victoria, como la de Cristo. Nos conviene recordarlo ahora que estamos celebrando su nacimiento, porque así miramos el camino y la meta. Hoy contemplamos al primer testigo, el protomártir.
Había sido elegido por los apóstoles para formar parte del grupo de los siete diáconos, cuando ante el crecimiento de la Iglesia y también de los problemas y necesidades se decide elegir a estos siete para el servicio de la comunidad en especial para la atención de los huérfanos y las viudas. Pero pronto no será sólo ése el servicio que van a prestar a la comunidad, porque veremos a Esteban, ‘lleno de gracia y de poder’, discutir con los judíos en las sinagogas de manera que no había quien pudiera hacerle frente a sus razonamientos anunciando a Jesús en quien se cumplían las Escrituras. Es el servicio de la Palabra, el servicio misionero del anuncio, como veremos en algún otro diácono como Felipe.
Era un hombre lleno del Espíritu Santo, que se dejaba conducir por el fuego y el ardor del Espíritu. Pero su testimonio no se quedó en el servicio de la caridad a los necesitados sino que fue más allá en el anuncio de la Palabra y en el testimonio que daría con su sangre por el nombre de Jesús.
Ya escuchamos el relato de su muerte en el martirio, que se nos cuenta casi como en paralelo como la muerte de Jesús. Le persiguen, le llevan ante los tribunales, ante el Sanedrín, pero no teme, tal como Jesús nos había enseñado. ‘No tengáis miedo: el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Y El ve al Espíritu Santo junto a él, siente la presencia de Jesús, contempla ensimismado la gloria del cielo que el Señor le tiene reservada. Por eso ante los que le acusan y le apedrean repetirá al estilo de Jesús ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’. En el momento de su muerte se pondrá en las manos de Jesús, como Cristo en la Cruz se había puesto en las manos del Padre. ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’.  Será el primer testigo, el primer mártir.
Muchas lecciones para nuestra vida. Seguir las huellas de Jesús ha de ser nuestra tarea. Dejarnos inundar por el Espíritu para llenarnos de su amor; sentirnos fortalecidos por el Espíritu en el testimonio que ante el mundo hemos de dar; poner siempre nuestra vida, nuestros actos en la manos del Señor, porque en nadie podemos sentirnos más seguros.
Es necesario dar un testimonio valiente de nuestra fe, aunque los que nos rodean no lo entiendan; mantener la integridad de nuestra fe y ser constantes a la hora de vivirla y de testimoniarla; sentirnos fortalecidos por la fuerza del Espíritu cuando nos vengan las contrariedades o los tiempos adversos que no nos faltarán con la certeza de que podemos vencer las fuerzas del maligno. Si mantenemos integra y firme nuestra fe seremos también vencedores, seremos los testigos necesarios para que el mundo crea y se acerque a Jesús. 

martes, 25 de diciembre de 2012


Nos ha amanecido un día sagrado, una gran luz ha bajado a la tierra

‘Nos amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra’. El amanecer de este día es distinto. El Sol no se ha quedado en lo alto del cielo, sino que ha bajado hasta la tierra para darle a todo un nuevo resplandor. La noche se había convertido en día y en el amanecer de este nuevo día tenemos al Sol en medio de nosotros.
Escuchábamos en la misma víspera del nacimiento del Señor que así lo cantaba Zacarías en el nacimiento del Bautista. Dios ha visitado a su pueblo, el sol que nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los viven en tinieblas y en sombra de muerte. Es un día nuevo; es un día distinto. Es navidad, es el día del nacimiento de Jesús en Belén, que es el día en que Dios quiso poner su tienda entre nosotros. Venid, adoremos al Señor porque una gran luz, la única luz que nos ilumina de verdad, ha bajado a la tierra, como decíamos en la antífona.
En medio de la noche cuando todo se llenó de resplandor en el nacimiento de Jesús - ¿cómo no iba a llenarse de resplandor si allí estaba la luz del mundo? - los ángeles entonaron el cántico de toda la creación para anunciar a los pastores que había nacido el Salvador. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo, proclamaban: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Y les dio las señales de cómo lo iban a encontrar. No tenían que ir a palacios ni a lugares importantes. Habían de buscar un pesebre y un niño recostado en él envuelto en pañales.
Y los pastores creyeron. Los pobres y sencillos tienen un especial olfato para las cosas de Dios y sus maravillas. Los poderosos, los sabios y los entendidos les cuesta más; cuando llegaron los magos a Jerusalén preguntando por el recién nacido tuvieron que ponerse a estudiar en las Escrituras. Y es cierto que las Escrituras los condujeron a Belén. Pero ahora los pastores, los sencillos, se fían de las palabras del ángel. ‘Vayamos derechos a Belén, a ver eso que nos ha pasado y nos ha comunicado el ángel’. Ya ellos estaban viviendo el acontecimiento, ‘a ver eso que ha pasado’ comentan.
Y se van corriendo derechos a Belén siguiendo las indicaciones del ángel y allí encontraron todo como les habían dicho. ‘Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre’. Todo será admiración y alabanzas. Contaban una y otra vez todo lo sucedido. Los pobres se alegran en el Señor porque a ellos se les ha comunicado la Buena Noticia. ¿No nos recordará lo que Jesús luego nos dirá con los profetas en la sinagoga de Nazaret?
Nosotros en esta mañana también hemos venido a Belén, también hemos venido al encuentro con el Señor. También creemos y también queremos adorar. Queremos proclamar bien alto  y bien fuerte nuestra fe. Lo que nos han contando, lo que los profetas nos habían anunciado, lo que en la tradición de la Iglesia se nos ha ido comunicando y enseñando a través de los siglos, para lo que nos hemos ido preparando a lo largo del Adviento lo vemos cumplido delante de nuestros ojos.
Abrimos los ojos de la fe. Aquí está el Señor. Este niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre es nuestro Salvador. ¿No decíamos que estamos necesitados de salvación? ¿No hemos venido reconociendo que en nuestra vida hay oscuridades, que nos llenamos de dudas en ocasiones, que algunas veces parece que hemos pedido la esperanza, que nos desalentamos tantas veces en nuestras luchas porque parece que el mal puede más que  nosotros? Aquí tenemos nuestro Salvador. Sí, nuestro Salvador, porque solo en Jesús vamos a encontrar la verdadera luz; solo en Jesús encontramos el aliento que nos anime en nuestros desalientos, solo en Jesús encontramos el perdón para tantas veces que hemos caído, que hemos errado el camino o por nosotros hemos querido tomar otro alejándonos de los caminos del Señor; solo en Jesús vamos a tener la fuerza para esa lucha de cada día por hacer un mundo mejor, solo en Jesús vamos a encontrar esa gracia que nos da nueva vida. Es quien nos ha redimido y dado nueva vida con el perdón de nuestros pecados.
Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Este Jesús es el Ungido del Señor, el Mesías de Dios anunciado por los profetas, el Cristo en quien encontramos nuestra Salvación. Es el Señor, es quien, como diría después de Pentecostés Pedro, a quien Dios había constituido Señor y Mesías, resucitándolo de entre los muertos. Lo reconocemos como nuestro Señor, como el Hijo de Dios que el Padre ha enviado para ser nuestro Salvador. Tanto nos amo Dios que nos envió a su Hijo. Ahora nosotros lo reconocemos, ahora nosotros confesamos nuestra fe.
Es la noticia que nos ha convocado para venir hasta Belén, para venir al encuentro con Jesús en esta fiesta grande de su nacimiento. Pero es la noticia de la que nosotros también tenemos que hablar, tenemos que comunicar a los demás. Lo que ahora estamos viviendo no se puede quedar encerrado en estas cuatro paredes, lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como dirían mas tarde los apóstoles. Lo que es hoy nuestra alegría porque en Jesús se satisfacen todas nuestras esperanzas, en El encontramos todo el sentido y la alegría de nuestra vida no lo podemos callar.
Y no es solamente que estos días nos felicitemos o nos digamos feliz navidad, sino que tiene que ser algo mucho mas hondo que unas palabras lo que tenemos que trasmitir. Nuestra vida ha de ser signo en medio de los demás, como unas estrellas bien puestas en lo alto, que anuncien a la humanidad la salvación que nos trae Jesús.  
No todos a nuestro alrededor viven de igual manera la navidad. Para algunos son solamente unas fiestas que aprovechan para el descanso o la diversión o para el encuentro de los amigos o las familias. Quizás andan a oscuras porque la fe se les ha debilitado o la han perdido. Y es ahí donde tenemos que llevar nuestra luz, o menor, la luz de Jesús.
Es la fe que tenemos que despertar en los demás para que también vayan al encuentro con Jesús, para que todos se dejen iluminar por esa luz. Nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestra manera de vivir la navidad, como la forma como nos enfrentamos a los problemas o nos comprometemos con nuestro mundo por hacerlo mejor, tiene que ser una luz que ilumina, una estrella que guié, un ángel anunciador que les conduzca a Belén, que les haga encontrarse con Jesús. Ese tendría que ser nuestro compromiso de navidad.
Nos ha amanecido un día sagrado. Ha aparecido la gracia y la bondad de Dios. Llega el Salvador, llega la salvación para nuestro mundo. Ha brillado bien alta la luz que nos anuncia el nacimiento de Jesús. Seamos luz que ilumine y conduzca a nuestro mundo a ese encuentro con Jesús. 

lunes, 24 de diciembre de 2012


Rebosamos de alegría porque nos ha nacido un Salvador

Is. 9, 1-3.5-6; Sal. 95; Tito, 2, 11-14; Lc. 2, 1-14
Confieso que siento ganas de comenzar esta reflexión cantando. ¿No tienen ganas ustedes también de cantar? ‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, como les anunciaba el ángel a los pastores, como repetimos muchas veces nosotros en esta noche santa y luminosa del nacimiento del Señor.
Todo es una invitación a la alegría, ‘porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado’. La noche se ha llenado de resplandor y en el cielo brillan con un brillo especial las estrellas y es que ‘el sol nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’, como había proclamado Zacarías proféticamente. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres’. Las promesas se han cumplido. ‘Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, le había dicho Isabel a María. Y aquí está su cumplimiento. ¿No tenemos mil motivos para cantar y para rebosar de alegría?
La gloria del Señor nos envuelve a nosotros también de claridad. Y aunque nos sobrecogen las maravillas del Señor, la grandeza del momento que vivimos ya de nosotros desaparece el temor, porque ha llegado el que nos viene a traer la paz, el que derrama el amor infinito de Dios en nuestros corazones y nos viene a llenar de nueva vida.
Es grande el misterio que esta noche contemplamos. Pero mira cómo son las cosas de Dios, este misterio no se manifiesta ni se realiza en medio de grandezas humanas. Así son las cosas de Dios. No es en las riquezas de los palacios, ni en el esplendor de los magníficos templos que los hombres levantar para dar culto al Creador, sino en un lugar pequeño y humilde, como fue Belén, como fue aquel establo, como es en aquel pesebre donde está recostado el niño envuelto en pañales, como les anuncia el ángel a los pastores, donde se realiza el misterio.
La página del evangelio no puede ser más sencilla, pero nos está señalando el misterio maravilloso de la Encarnación de Dios que nace hecho hombre como un niño en medio de la más absoluta pobreza para ser el Emmanuel, Dios con nosotros. Cuando los profetas anunciaban como hemos venido escuchando en el Adviento y nos invitaban a la alegría ‘porque el Señor ha cancelado tu condena y el Señor será el Rey de Israel en medio de ti, es un guerrero que salva’, quizá podíamos haber pensado en palacios reales o en ejércitos victoriosos.
Pero aquí está el misterio maravilloso de Dios. Ahí contemplamos a ese niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en medio de la pobreza de quien nada tiene, ni había sitio para él en la posada de Belén y allá aquel pequeño establo se tuvieron que ir sus padres María y José, que es el Mesías de Dios, que es el Hijo de Dios, que es nuestro Salvador.
Quizá hemos llenado de demasiada poesía el lugar de Belén y del nacimiento de Jesús y no terminamos de captar la maravilla y la grandeza del amor de Dios que se manifiesta, sí, en lo pequeño y en la pobreza, que por otra parte nos estará enseñando muchas cosas. Miremos, pues, ese mundo de pobreza que nos rodea y tratemos también de descubrir a Cristo en él; ahí también tenemos que encontrar a Cristo, ahí tiene que resplandecer la luz de Cristo. El nacimiento de Jesús en Belén nos tiene que hacer tener una mirada nueva a cuanto nos rodea. Nos enseñará también a hacer una lectura con ojos de fe de cuanto nos sucede o de la realidad de la vida de cada día.
¿Quién es ese niño que contemplamos envuelto en pañales y recostado en un pesebre? ¿Quién es el que viene y que con tanta esperanza estábamos esperando? Es el Señor y es el Salvador; es el Mesías anunciado y con tantas ansias esperado. Es quien viene a traernos la salvación, y cuando decimos que viene a traernos la salvación no es como cosa del pasado, sino que esa salvación se hace presente hoy y ahora en nuestra vida y para nuestro mundo.
Hemos repetido muchas veces que teníamos que sentirnos necesitados de salvación. Pues ha llegado nuestro salvador que cancela la deuda de nuestro pecado porque nos trae la gracia y el perdón. Ha llegado quien viene a iluminar nuestra vida, porque cuando hablamos esta noche de resplandores y de luz no lo hacemos como palabras bonitas y llenas de poesía sino como una realidad de auténtica salvación para nuestra vida, para nuestro mundo.
En Jesús encontramos la fuerza y la gracia para esa lucha de nuestra vida de cada día en muchas ocasiones tan dura; en El se despiertan todas nuestras esperanzas para nuestro corazón tan desilusionado y lleno de tinieblas en muchas ocasiones; en El comenzamos a vislumbrar que de verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor; en El sentimos que podemos ponernos de pie para vivir con un corazón libre y con un corazón siempre dispuesto a amar y hacer lo bueno.
Ese gozo de esa esperanza renacida en nuestros corazones con el nacimiento de Jesús es algo que hemos de también llevar a los demás; tenemos que contagiar de esa esperanza a tantos corazones que tienen rotas sus ilusiones y desesperanzas. Es el Salvador de todos los hombres; es una salvación que a todos los hombres ha de alcanzar. Tenemos que ser portadores de la Buena Noticia que trasmitieron los ángeles a los pastores, tenemos que ser nosotros evangelio para el mundo que nos rodea porque tenemos que anunciarle y hacerlo con nuestra propia vida además de con nuestras palabras que Jesús es en quien de verdad encontramos la salvación.
Tenemos que ser luz para los demás, luz que refleje a Cristo. Estos días todo se llena de luz porque celebramos la navidad, pero quizá muchos se sienten confundidos porque se quedan en las luces externas y efímeras y no han encontrado la verdadera luz que nos trae Cristo, la verdadera luz que es Cristo y su evangelio. No nos quedemos en luces de adorno sino vayamos en búsqueda de la verdadera luz. Celebramos la navidad pero no nos dejamos iluminar por la luz de Jesús, esa es la incongruencia grande en que vivimos. Y frente a todo eso nosotros los que creemos en Jesús tenemos que ser un signo auténtico de esa verdadera luz. Así hemos de manifestar y proclamar nuestra fe.
También quisiera en esta noche santa del nacimiento del Señor quisiera dar gracias a Dios porque aun en medio de tantas oscuridades que amenazan nuestro mundo, sin embargo podemos percibir destellos de luz en muchas personas buenas, en muchas personas generosas y solidarias, en muchas personas de buena voluntad que hacen el bien, pero en muchas personas que viven un compromiso por los demás y son capaces de compartir y trabajar seriamente por remediar necesidades, o por hacer un mundo mejor. No todo es oscuridad, también hay resplandores de fe y de amor. Son semillas de luz, son semillas del evangelio que van aflorando y por lo que tenemos que dar gracias al Señor.
‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, queremos, sí, cantar porque estamos llenos de gozo y alegría grande en esta noche en que celebramos el nacimiento del Señor. Sentimos que nace una nueva vida en nosotros. Vivamos esta navidad con toda intensidad conscientes de que en verdad podemos hacer un mundo mejor. Hagamos resplandecer en medio de nuestro mundo la luz verdadera que ilumina nuestra vida. Que así hagamos en verdad una navidad más feliz para todo nuestro mundo.