Si no volvéis a ser como niños
Ez. 18, 1-10.13.30-32
Sal. 50
Mt. 19, 13-15
‘Oh Dios, crea en mí un corazón puro’, hemos repetido y pedido en el salmo responsorial. Tenemos que pedirlo con insistencia al Señor, ya que estamos tentados continuamente a manchar nuestro corazón y nuestra vida con el pecado y con la muerte.
La profecía de Ezequiel contrapone la vida y la muerte, el hombre justo que confía en el Señor y quiere ser fiel y el malvado que llena su vida de muerte alejándose de los caminos del Señor. ‘El hombre que es justo, que observa el derecho y la justicia... que no explota a su hermano... que da su pan al hambriento y viste al desnudo... que aparta su mano de la iniquidad... que camina según mis preceptos y guarda mis mandamientos... ese hombre es justo y ciertamente vivirá’.
Mientras el malvado que ‘ha cometido toda clase de abominaciones... que quebranta mis mandamientos... morirá ciertamente y será responsable de sus crímenes’. Pero la invitación del Señor a la conversión es continua. ‘Convertíos y apartaos de todos vuestros crímenes... haceos un corazón y un espíritu nuevo... yo no me complazco en la muerte de nadie. Convertíos y vivid’.
‘Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’, es la bienaventuranza de Jesús. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Un corazón puro para poder conocer y contemplar a Dios. Por eso alaba y bendice Jesús al Padre ‘porque has ocultado estas cosas (el misterio de Dios) a los sabios y entendidos y los has revelado a la gente sencilla’.
Hoy hemos escuchado que llevan a Jesús a unos niños para que los bendiga. Por allá están muy celosos los discípulos del descanso de Jesús y no quieren que molesten al Maestro. Pero ya vemos la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Cómo no va a ser así si ellos son limpios de corazón y podrán ver a Dios? Tenemos que hacernos como niños, limpios de corazón, sin ninguna malicia ni maldad. Estaremos dentro de los parámetros del Reino de Dios.
Ya en otra ocasión cuando los discípulos andan discutiendo quién sería el más importante, o cual alguien se acerca a preguntarle quien va a ser el más importante en el reino de los cielos, ‘Jesús llamó a un niño lo puso en medio y les dijo: Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado’.
Volver a ser niños. Quizá nos preguntamos, ¿cómo podemos volver a ser niños, puros y limpios de corazón, cuando ya no somos niños, cuando ya hemos llenado nuestro corazón de tanta maldad? Tendríamos que escuchar lo que Jesús le decía a Nicodemo de nacer de nuevo. ‘Te aseguro que el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios’ Nacer de nuevo, hacerse niño, nacer de lo alto, ser un hombre nuevo. Pautas necesarias en nuestra vida para ser del Reino de Dios.
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sábado, 16 de agosto de 2008
Si no volvéis a ser como niños
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viernes, 15 de agosto de 2008
La Asunsión de Maria, ejemplo y estímulo para nuestro caminar
‘Apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas’. Es la imagen que mejor refleja, con palabras tomadas del Apocalipsis, la gloria de María que hoy celebramos en su Asunción al cielo. Palabras que tomadas en su sentido original en el Apocalipsis se refieren a la Iglesia pero que la liturgia de la Iglesia aplica a María y es la imagen bella con que la representamos coronada de estrellas y con la luna por pedestal.
Hoy es una fiesta grande de María en su glorificación. Y podemos decir también que hoy es una fiesta grande de la Iglesia. Iglesia peregrina que levanta sus ojos hacia la Iglesia triunfante que ve representada en María. Todos nos gozamos en esta fiesta. Todos nos sentimos estimulados en esta fiesta a proseguir nuestro camino, nuestra peregrinación hasta que lleguemos también nosotros a la gloria del cielo. Todos nos gozamos con María, nuestra Madre, a quien hoy vemos glorificada en el cielo.
Peregrinos somos todos en el camino de la vida. Peregrinos que hacemos camino hacia una meta o un destino. Peregrinar es hacer un camino porque queremos llegar a una meta, que consideramos superior y deseable, y donde esperamos alcanzar lo mejor y lo que nos llene del mayor gozo y plenitud. Camino de peregrinación, que nos supone esfuerzo y superación, porque no siempre es fácil el camino, y si alta y grande es nuestra meta no nos importa el esfuerzo de la superación. Por eso, nos sentimos alentados a hacer el camino, por aquello que esperamos alcanzar, y ahí mismo encontramos fuerza y estímulo.
Un camino que hacemos con nuestro esfuerzo personal pero en el que no nos sentimos solos sino acompañados y estimulados por aquellos que a nuestro lado van haciendo ese mismo camino, o por el ejemplo y la intercesión de aquellos que sabemos que ya han llegado a la meta.
Peregrinar nos abre a la trascendencia. Nos hace mirar más allá y más alto, para no quedarnos atrapados por lo inmediato, aunque disfrutemos de todas las cosas buenas que el mismo camino nos va ofreciendo. Porque si queremos alcanzar una meta es porque en ella esperamos lo mejor. Mientras caminamos no hemos alcanzado la plenitud porque aun no hemos llegado a nuestro destino. Peregrinar, pues, que nos hace mirar hacia esa plenitud de gloria que Dios nos ofrece. Y estamos hablando ya en un sentido de fe y de esperanza cristiana.
Somos Iglesia peregrina que tenemos una meta y una esperanza. Es la esperanza de la vida eterna, de la plenitud del Reino eterno de Dios. Es la esperanza de la gloria de Dios. Somos, pues, Iglesia peregrina que caminamos juntos estimulándonos los unos a los otros, los que ahora vamos haciendo el camino, pero que también nos sentimos estimulados por los mejores que, recorrido el camino, ya han llegado a esa meta, a esa plenitud de gloria.
Hoy estamos contemplando el mejor ejemplo de esa Iglesia que triunfante goza de la plena visión de Dios. Estamos contemplando a quien sabemos que ya vive en esa plenitud de Dios, porque incluso a ella Dios la ha llevado en cuerpo y alma a los cielos. Ella es primicia entre los humanos de los que participan en la gloria del cielo del triunfo de Cristo. Contemplamos a María en su triunfo y en su glorificación.
Es la fiesta que estamos celebrando, la fiesta de la Asunción de María al cielo. María, pues, ejemplo y estímulo en su camino y en su plenitud para nuestro peregrinar. Ella ha llegado ya a la meta de la plenitud, de la gloria del cielo. Por eso, así la contemplamos con esa hermosa imagen que nos propone el Apocalipsis.
Miramos los pasos de María. Queremos seguir sus huellas porque seguir los pasos de María es seguir los pasos del Evangelio, es seguir los pasos de Jesús, que es a donde ella siempre nos conduce. Miramos su caminar y su peregrinar. El evangelio nos habla hoy de su camino hasta la montaña para servir, para derramar amor y gracia allí donde ella se hacía presente y donde con ella también se hacía presente Dios. Con la llegada de María ‘Isabel se llenó del Espíritu Santo y saltaba de alegría la criatura en su vientre’, nos dice el evangelio refiriéndose a Juan.
María, caminante y peregrina, mujer de fe, que se fía plenamente de Dios. Grande tenía que ser su fe para acoger, como ella lo hizo, la Palabra de Dios en su vida, hasta encarnarse en ella para así nacer Dios hecho hombre. ‘Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá’.
¡Qué aliento es María para nuestro peregrinar! Ella es ‘figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada y consuelo y esperanza del pueblo que todavía peregrina en la tierra’, proclamamos en el prefacio. Tenemos que seguir haciendo el camino, pero sabemos que en el cielo tenemos poderosa valedora que nos alcanza toda gracia del Señor para fortalecernos en nuestra debilidad, para guiarnos en nuestro caminar.
Con María aprendemos a mirar a lo alto, a aspirar a las cosas más bellas, a tener ansias de verdadera plenitud. En María vemos realizada la promesa de Dios, promesa que se realizará en nosotros si nos mantenemos en ese camino de fidelidad, de amor, de superación, de entrega generosa como lo hizo María.
Hoy nos gozamos y hacemos fiesta. Aunque nuestro peregrinar algunas veces se haga duro porque son muchos los vientos en contra, muchas son las cosas que nos quieren arrastrar con sus cantos de sirena, miramos hacia lo alto, miramos hacia la meta, miramos la plenitud de Dios que un día podemos alcanzar, y miramos a María que nos espera, que nos estimula y nos alienta, que nos tiende su mano intercediendo como madre amorosa por nosotros, y en la esperanza nos llenamos de alegría y de paz.
Hoy es una fiesta grande de María en su glorificación. Y podemos decir también que hoy es una fiesta grande de la Iglesia. Iglesia peregrina que levanta sus ojos hacia la Iglesia triunfante que ve representada en María. Todos nos gozamos en esta fiesta. Todos nos sentimos estimulados en esta fiesta a proseguir nuestro camino, nuestra peregrinación hasta que lleguemos también nosotros a la gloria del cielo. Todos nos gozamos con María, nuestra Madre, a quien hoy vemos glorificada en el cielo.
Peregrinos somos todos en el camino de la vida. Peregrinos que hacemos camino hacia una meta o un destino. Peregrinar es hacer un camino porque queremos llegar a una meta, que consideramos superior y deseable, y donde esperamos alcanzar lo mejor y lo que nos llene del mayor gozo y plenitud. Camino de peregrinación, que nos supone esfuerzo y superación, porque no siempre es fácil el camino, y si alta y grande es nuestra meta no nos importa el esfuerzo de la superación. Por eso, nos sentimos alentados a hacer el camino, por aquello que esperamos alcanzar, y ahí mismo encontramos fuerza y estímulo.
Un camino que hacemos con nuestro esfuerzo personal pero en el que no nos sentimos solos sino acompañados y estimulados por aquellos que a nuestro lado van haciendo ese mismo camino, o por el ejemplo y la intercesión de aquellos que sabemos que ya han llegado a la meta.
Peregrinar nos abre a la trascendencia. Nos hace mirar más allá y más alto, para no quedarnos atrapados por lo inmediato, aunque disfrutemos de todas las cosas buenas que el mismo camino nos va ofreciendo. Porque si queremos alcanzar una meta es porque en ella esperamos lo mejor. Mientras caminamos no hemos alcanzado la plenitud porque aun no hemos llegado a nuestro destino. Peregrinar, pues, que nos hace mirar hacia esa plenitud de gloria que Dios nos ofrece. Y estamos hablando ya en un sentido de fe y de esperanza cristiana.
Somos Iglesia peregrina que tenemos una meta y una esperanza. Es la esperanza de la vida eterna, de la plenitud del Reino eterno de Dios. Es la esperanza de la gloria de Dios. Somos, pues, Iglesia peregrina que caminamos juntos estimulándonos los unos a los otros, los que ahora vamos haciendo el camino, pero que también nos sentimos estimulados por los mejores que, recorrido el camino, ya han llegado a esa meta, a esa plenitud de gloria.
Hoy estamos contemplando el mejor ejemplo de esa Iglesia que triunfante goza de la plena visión de Dios. Estamos contemplando a quien sabemos que ya vive en esa plenitud de Dios, porque incluso a ella Dios la ha llevado en cuerpo y alma a los cielos. Ella es primicia entre los humanos de los que participan en la gloria del cielo del triunfo de Cristo. Contemplamos a María en su triunfo y en su glorificación.
Es la fiesta que estamos celebrando, la fiesta de la Asunción de María al cielo. María, pues, ejemplo y estímulo en su camino y en su plenitud para nuestro peregrinar. Ella ha llegado ya a la meta de la plenitud, de la gloria del cielo. Por eso, así la contemplamos con esa hermosa imagen que nos propone el Apocalipsis.
Miramos los pasos de María. Queremos seguir sus huellas porque seguir los pasos de María es seguir los pasos del Evangelio, es seguir los pasos de Jesús, que es a donde ella siempre nos conduce. Miramos su caminar y su peregrinar. El evangelio nos habla hoy de su camino hasta la montaña para servir, para derramar amor y gracia allí donde ella se hacía presente y donde con ella también se hacía presente Dios. Con la llegada de María ‘Isabel se llenó del Espíritu Santo y saltaba de alegría la criatura en su vientre’, nos dice el evangelio refiriéndose a Juan.
María, caminante y peregrina, mujer de fe, que se fía plenamente de Dios. Grande tenía que ser su fe para acoger, como ella lo hizo, la Palabra de Dios en su vida, hasta encarnarse en ella para así nacer Dios hecho hombre. ‘Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá’.
¡Qué aliento es María para nuestro peregrinar! Ella es ‘figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada y consuelo y esperanza del pueblo que todavía peregrina en la tierra’, proclamamos en el prefacio. Tenemos que seguir haciendo el camino, pero sabemos que en el cielo tenemos poderosa valedora que nos alcanza toda gracia del Señor para fortalecernos en nuestra debilidad, para guiarnos en nuestro caminar.
Con María aprendemos a mirar a lo alto, a aspirar a las cosas más bellas, a tener ansias de verdadera plenitud. En María vemos realizada la promesa de Dios, promesa que se realizará en nosotros si nos mantenemos en ese camino de fidelidad, de amor, de superación, de entrega generosa como lo hizo María.
Hoy nos gozamos y hacemos fiesta. Aunque nuestro peregrinar algunas veces se haga duro porque son muchos los vientos en contra, muchas son las cosas que nos quieren arrastrar con sus cantos de sirena, miramos hacia lo alto, miramos hacia la meta, miramos la plenitud de Dios que un día podemos alcanzar, y miramos a María que nos espera, que nos estimula y nos alienta, que nos tiende su mano intercediendo como madre amorosa por nosotros, y en la esperanza nos llenamos de alegría y de paz.
jueves, 14 de agosto de 2008
Mansedumbre, humildad, compasión... capacidad para el perdón
Ez. 12, 1-12
Sal. 77
Mt. 18, 21 – 19, 1
Aunque es nuestra piedra de tropezar, como una china que se nos mete en el zapato y nos incomoda, sin embargo he de decir que el mensaje del Evangelio, el mensaje que hoy nos quiere trasmitir Jesús está tan claro que no necesita ningún comentario. Sin embargo digamos algo.
‘Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?... No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete... Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’
Pero, ¿es que tengo que perdonarle otra vez?, nos preguntamos nosotros también tantas veces. Tantas veces que te he perdonado, ¿no serás capaz tú también de perdonar a tu hermano?
Es cierto que cuando nos encontramos con aquel que nos haya hecho daño, nos ha ofendido, ha levantado una calumnia contra nosotros, los sentimientos y resentimientos afloran de nuevo en nuestro corazón. Cuando nos tocan en una herida saltamos y lo que queremos es que la herida se cure, pero aun la piel en la cicatriz queda con una cierta sensibilidad. Pero eso no significa que no hemos de sanarnos de esa herida y olvidarnos de ella, aunque nos cueste.
Claro que el tema del perdón que nos plantea Jesús no es sólo cuestión de nuestra voluntad o de unos sentimientos que queremos cambiar. Hemos de poner de nuestra parte todo lo que podamos. Pero es algo superior. Algo que no podremos lograr sin la ayuda de la gracia de Dios.
No olvidemos cuantas veces Jesús nos dice en el Evangelio que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto... santos como Santo es el Padre del cielo... como el Padre es compasivo...’ Tenemos que parecernos a Dios. ‘Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús’, nos dice el apóstol san Pablo. Llenarnos de la santidad de Dios, de la grandeza de Dios, del amor de Dios, de la vida de Dios.
‘Venid a mí y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón’, nos dice Jesús. Es la mansedumbre y la humildad lo que necesitamos. Los mansos y los humildes poseerán a Dios, y nos llama Jesús dichosos si somos mansos y humildes. La capacidad del perdón está en la humildad. Cuando nos hieren o nos ofenden, no son las palabras en sí, sino que nos sentimos heridos en nuestro amor propio, y aflora el orgullo en nuestro interior, porque nos vemos humillados en aquello que nos ha hecho. No nos veamos humillados sino seamos humildes. La mansedumbre ablanda los corazones y les da capacidad de amar y de perdonar.
Pidamos al Señor que seamos capaces. Que nos llenemos de mansedumbre. Que haya humildad en nuestras vidas porque hayamos puesto mucho amor. El amor es el que nos sana y nos llena de vida. El que nos dará capacidad para perdonar. Desaparecerá esa china del zapato de nuestra vida y podremos caminar con una nueva alegría en nuestro corazón.
Recuerda, pues, cuanto te ha amado Dios y cuanto te ha perdonado, y serás entonces compasivo con el hermano y sabrás perdonar.
Sal. 77
Mt. 18, 21 – 19, 1
Aunque es nuestra piedra de tropezar, como una china que se nos mete en el zapato y nos incomoda, sin embargo he de decir que el mensaje del Evangelio, el mensaje que hoy nos quiere trasmitir Jesús está tan claro que no necesita ningún comentario. Sin embargo digamos algo.
‘Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?... No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete... Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’
Pero, ¿es que tengo que perdonarle otra vez?, nos preguntamos nosotros también tantas veces. Tantas veces que te he perdonado, ¿no serás capaz tú también de perdonar a tu hermano?
Es cierto que cuando nos encontramos con aquel que nos haya hecho daño, nos ha ofendido, ha levantado una calumnia contra nosotros, los sentimientos y resentimientos afloran de nuevo en nuestro corazón. Cuando nos tocan en una herida saltamos y lo que queremos es que la herida se cure, pero aun la piel en la cicatriz queda con una cierta sensibilidad. Pero eso no significa que no hemos de sanarnos de esa herida y olvidarnos de ella, aunque nos cueste.
Claro que el tema del perdón que nos plantea Jesús no es sólo cuestión de nuestra voluntad o de unos sentimientos que queremos cambiar. Hemos de poner de nuestra parte todo lo que podamos. Pero es algo superior. Algo que no podremos lograr sin la ayuda de la gracia de Dios.
No olvidemos cuantas veces Jesús nos dice en el Evangelio que seamos ‘perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto... santos como Santo es el Padre del cielo... como el Padre es compasivo...’ Tenemos que parecernos a Dios. ‘Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús’, nos dice el apóstol san Pablo. Llenarnos de la santidad de Dios, de la grandeza de Dios, del amor de Dios, de la vida de Dios.
‘Venid a mí y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón’, nos dice Jesús. Es la mansedumbre y la humildad lo que necesitamos. Los mansos y los humildes poseerán a Dios, y nos llama Jesús dichosos si somos mansos y humildes. La capacidad del perdón está en la humildad. Cuando nos hieren o nos ofenden, no son las palabras en sí, sino que nos sentimos heridos en nuestro amor propio, y aflora el orgullo en nuestro interior, porque nos vemos humillados en aquello que nos ha hecho. No nos veamos humillados sino seamos humildes. La mansedumbre ablanda los corazones y les da capacidad de amar y de perdonar.
Pidamos al Señor que seamos capaces. Que nos llenemos de mansedumbre. Que haya humildad en nuestras vidas porque hayamos puesto mucho amor. El amor es el que nos sana y nos llena de vida. El que nos dará capacidad para perdonar. Desaparecerá esa china del zapato de nuestra vida y podremos caminar con una nueva alegría en nuestro corazón.
Recuerda, pues, cuanto te ha amado Dios y cuanto te ha perdonado, y serás entonces compasivo con el hermano y sabrás perdonar.
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miércoles, 13 de agosto de 2008
Instrumentos de reconciliación y de paz
Ez. 9, 1-7; 10, 18-22
Sal. 112
Mt. 18, 15-20
‘Dios reconcilió consigo en Cristo al mundo y nos confió el mensaje de la reconciliación’. Cristo vino a traernos la paz y la reconciliación. Con su sangre derramada en la cruz puso en paz todas las cosas y derribó el muro que nos separaba. El odio, el mal, el pecado nos había roto con nosotros mismos y con Dios. Cristo vino a lograrnos la reconciliación.
Y nosotros, reconciliados en El, nos confió el mensaje de la reconciliación, el ministerio de la reconciliación. Quienes hemos descubierto y sentido en nuestras vidas el amor de Dios que nos perdona, tenemos que ser mensajeros de paz y de perdón. Ser un instrumento de Paz. Donde hay odio, allí tengo que llevar amor. Donde hay ofensa, tengo que llevar el perdón. Donde hay discordia, tengo que llevar la unión y la concordia. Donde hay duda, tengo que poner fe. Donde hay error, tengo que llevar la verdad. Donde hay desesperación, tengo que llevar la alegría. Donde hay tinieblas, tengo que llevar la luz. Así pedía san Francisco de Asís en hermosa oración. Cuántas veces la habremos rezado. Es nuestra tarea y nuestra misión como seguidor de Jesús allí donde esté y sea necesaria esa reconciliación.
Hoy el evangelio nos ha hablado de la corrección fraterna. Es una consecuencia del amor. Porque amo al hermano tengo que hacer todo lo posible porque él viva también esa paz en su corazón, alejando de sí todo error y todo mal. Pero Jesús nos da unas pautas para esa corrección fraterna. Primero nos dice vete a solas con él. ‘Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos’. Busca cómo ganártelo para el bien. Si no te hace caso nos dice Jesús ayúdate de otros hermanos que con el mismo espíritu vayan también a él. Si no, será la comunidad. Pero hay que dar los pasos.
No la podemos hacer de cualquier manera. Nunca podré ir a ayudar al hermano desde mi autosuficiencia o desde mi orgullo de creerme mejor. Si voy con amor tengo que ir con humildad. Yo soy también pecador y tantas veces yerro también en mi vida. podré acercarme al hermano para ayudarle a quitar la paja de su ojo, reconociendo que quizá en mi vida hay o ha habido muchas veces tremendas vigas de errores y pecados. Es la humildad del que ama y se sabe también pecador lo que mejor puede convencer al hermano, lo que mejor puede ayudarle. No olvidemos tenemos que ser instrumentos de paz y de amor.
El evangelio de hoy nos habla también de otras dos cosas. La autoridad que confía Jesús a su Iglesia para atar y para desatar, para el perdón de los pecados. ‘Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo’. Cuando recibimos el perdón en la Iglesia, en el sacramento de la Reconciliación y del perdón, estamos recibiendo el perdón de Dios, si con la debida humildad y arrepentimiento nos hemos acercado al sacramento.
Y finalmente nos habla también del valor y del poder de la oración cuando la hacemos en unión con los hermanos. ‘Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo’. Es importante y necesaria nuestra oración personal, porque cada uno en el interior de su corazón ha de saber encontrarse con el Padre del cielo para escucharle y para pedirle, para darle gracias y para alabarle y bendecirle.
Pero Jesús nos dice que cuando oramos unidos a los hermanos todavía nuestra oración tiene más garantía de ser escuchada. Y ¿por qué? ‘Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Donde nos unimos y nos amamos allí está Dios, allí está Jesús. Ojalá sepamos vivir en esa comunión de hermanos; ojalá sepamos vivir también con profunda comunión de hermanos nuestra oración; ojalá sepamos descubrir esa presencia maravillosa de Jesús allí donde estemos dos o tres reunidos en su nombre.
¿No va a estar también cuando estamos reunidos como verdadera comunidad cristiana, en verdadera comunión de hermanos?
Sal. 112
Mt. 18, 15-20
‘Dios reconcilió consigo en Cristo al mundo y nos confió el mensaje de la reconciliación’. Cristo vino a traernos la paz y la reconciliación. Con su sangre derramada en la cruz puso en paz todas las cosas y derribó el muro que nos separaba. El odio, el mal, el pecado nos había roto con nosotros mismos y con Dios. Cristo vino a lograrnos la reconciliación.
Y nosotros, reconciliados en El, nos confió el mensaje de la reconciliación, el ministerio de la reconciliación. Quienes hemos descubierto y sentido en nuestras vidas el amor de Dios que nos perdona, tenemos que ser mensajeros de paz y de perdón. Ser un instrumento de Paz. Donde hay odio, allí tengo que llevar amor. Donde hay ofensa, tengo que llevar el perdón. Donde hay discordia, tengo que llevar la unión y la concordia. Donde hay duda, tengo que poner fe. Donde hay error, tengo que llevar la verdad. Donde hay desesperación, tengo que llevar la alegría. Donde hay tinieblas, tengo que llevar la luz. Así pedía san Francisco de Asís en hermosa oración. Cuántas veces la habremos rezado. Es nuestra tarea y nuestra misión como seguidor de Jesús allí donde esté y sea necesaria esa reconciliación.
Hoy el evangelio nos ha hablado de la corrección fraterna. Es una consecuencia del amor. Porque amo al hermano tengo que hacer todo lo posible porque él viva también esa paz en su corazón, alejando de sí todo error y todo mal. Pero Jesús nos da unas pautas para esa corrección fraterna. Primero nos dice vete a solas con él. ‘Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos’. Busca cómo ganártelo para el bien. Si no te hace caso nos dice Jesús ayúdate de otros hermanos que con el mismo espíritu vayan también a él. Si no, será la comunidad. Pero hay que dar los pasos.
No la podemos hacer de cualquier manera. Nunca podré ir a ayudar al hermano desde mi autosuficiencia o desde mi orgullo de creerme mejor. Si voy con amor tengo que ir con humildad. Yo soy también pecador y tantas veces yerro también en mi vida. podré acercarme al hermano para ayudarle a quitar la paja de su ojo, reconociendo que quizá en mi vida hay o ha habido muchas veces tremendas vigas de errores y pecados. Es la humildad del que ama y se sabe también pecador lo que mejor puede convencer al hermano, lo que mejor puede ayudarle. No olvidemos tenemos que ser instrumentos de paz y de amor.
El evangelio de hoy nos habla también de otras dos cosas. La autoridad que confía Jesús a su Iglesia para atar y para desatar, para el perdón de los pecados. ‘Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo’. Cuando recibimos el perdón en la Iglesia, en el sacramento de la Reconciliación y del perdón, estamos recibiendo el perdón de Dios, si con la debida humildad y arrepentimiento nos hemos acercado al sacramento.
Y finalmente nos habla también del valor y del poder de la oración cuando la hacemos en unión con los hermanos. ‘Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo’. Es importante y necesaria nuestra oración personal, porque cada uno en el interior de su corazón ha de saber encontrarse con el Padre del cielo para escucharle y para pedirle, para darle gracias y para alabarle y bendecirle.
Pero Jesús nos dice que cuando oramos unidos a los hermanos todavía nuestra oración tiene más garantía de ser escuchada. Y ¿por qué? ‘Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Donde nos unimos y nos amamos allí está Dios, allí está Jesús. Ojalá sepamos vivir en esa comunión de hermanos; ojalá sepamos vivir también con profunda comunión de hermanos nuestra oración; ojalá sepamos descubrir esa presencia maravillosa de Jesús allí donde estemos dos o tres reunidos en su nombre.
¿No va a estar también cuando estamos reunidos como verdadera comunidad cristiana, en verdadera comunión de hermanos?
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martes, 12 de agosto de 2008
Me supo en la boca como la miel
Ez. 2, 8-3, 4
Sal. 118
Mt. 18, 1-5.10.12-14
‘Hijo de Adán, como lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la Casa de Israel... y diles mis palabras’. Así el Señor en una visión se la manifiesta a Ezequiel, a quien había elegido como profeta – ‘se apoyó sobre mí la mano del Señor’, escuchamos ayer – y le hace comer el libro de la Palabra de Dios. ‘Abrí la boca y me dio a comer el volumen’.
Es muy significativa la imagen profética. El profeta que va a decir la Palabra del Señor tiene antes que comer esa Palabra de Dios. No podrá trasmitir lo que antes no haya asimilado. ‘Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel’. Por eso en el salmo hemos recitado: ‘¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!... mi alegría es el camino de tus preceptos... son mi delicia... más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata... dulce al paladar más que miel en la boca... mi herencia perpetua... alegría de mi corazón...’
Imagen muy significativa que primero que nadie tenemos que escuchar quienes tenemos la misión de anunciar la Palabra del Señor. No puedo anunciar lo que antes no haya yo escuchado en mi corazón. Con temblor me atrevo a anunciar la Palabra del Señor y con la responsabilidad de haberla asumido primero en mi vida. Soy el primer oyente de la Palabra que anuncio. Eso trato de hacer siempre haciendo oración con esa Palabra antes que anunciarla. Miro mi vida y veo mis limitaciones y cómo no siempre planto como debo esa Palabra del Señor en mi vida y siento la responsabilidad del anti-testimonio que pueda dar mi vida, en la que no siempre se traduce la Palabra del Señor. Que el Señor me ilumine para que me deje transformar por su Palabra. Que no me atreva nunca a anunciarla sin antes yo haberla comido en mi corazón.
Pero todos tenemos que acercarnos con ese amor y responsabilidad a la Palabra de Dios. Todos tenemos que comerla para asimilarla totalmente en nuestra vida. Todos tenemos que descubrir y sentir esa delicia que tienen que ser para nosotros las palabras que nos dirige el Señor.
El Apocalipsis recogiendo esta misma imagen de comer el libro de la Palabra del Señor dice que la palabra es dulce al paladar, pero le produce ardor en el estómago. ‘Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro del ángel y me lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor’. Es dulce la Palabra del Señor, es nuestra delicia, pero es también Palabra llega a la realidad de nuestra vida, señalando lo que hay que corregir, que mejorar, que cambiar, que hacer nuevo. Y eso producirá siempre desgarro en nuestro interior. Como la medicina que nos escuece en la herida, pero que nos sana.
Así tenemos que dejar que la Palabra llegue a nosotros deseando esa salud y esa salvación. Es una Palabra viva que nos arranca del mal y de la muerte y nos llena de vida. No nos resistamos a la Palabra de Dios. No temamos que la Palabra denuncie el mal que hay en nuestra vida. Por muy dulce que sea a nuestro paladar, porque nos trae toda la dulzura de Dios, no puede ser una dormidera para nuestra conciencia y, por otra parte, no puede dejar de arrancar de nosotros el mal que se haya penetrado en nuestro corazón.
Que siempre podamos decir ‘¡Qué dulce es al paladar tu palabra, y alegría para mi corazón!’
Sal. 118
Mt. 18, 1-5.10.12-14
‘Hijo de Adán, como lo que tienes ahí, cómete este volumen y vete a hablar a la Casa de Israel... y diles mis palabras’. Así el Señor en una visión se la manifiesta a Ezequiel, a quien había elegido como profeta – ‘se apoyó sobre mí la mano del Señor’, escuchamos ayer – y le hace comer el libro de la Palabra de Dios. ‘Abrí la boca y me dio a comer el volumen’.
Es muy significativa la imagen profética. El profeta que va a decir la Palabra del Señor tiene antes que comer esa Palabra de Dios. No podrá trasmitir lo que antes no haya asimilado. ‘Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel’. Por eso en el salmo hemos recitado: ‘¡Qué dulce, Señor, es al paladar tu promesa!... mi alegría es el camino de tus preceptos... son mi delicia... más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata... dulce al paladar más que miel en la boca... mi herencia perpetua... alegría de mi corazón...’
Imagen muy significativa que primero que nadie tenemos que escuchar quienes tenemos la misión de anunciar la Palabra del Señor. No puedo anunciar lo que antes no haya yo escuchado en mi corazón. Con temblor me atrevo a anunciar la Palabra del Señor y con la responsabilidad de haberla asumido primero en mi vida. Soy el primer oyente de la Palabra que anuncio. Eso trato de hacer siempre haciendo oración con esa Palabra antes que anunciarla. Miro mi vida y veo mis limitaciones y cómo no siempre planto como debo esa Palabra del Señor en mi vida y siento la responsabilidad del anti-testimonio que pueda dar mi vida, en la que no siempre se traduce la Palabra del Señor. Que el Señor me ilumine para que me deje transformar por su Palabra. Que no me atreva nunca a anunciarla sin antes yo haberla comido en mi corazón.
Pero todos tenemos que acercarnos con ese amor y responsabilidad a la Palabra de Dios. Todos tenemos que comerla para asimilarla totalmente en nuestra vida. Todos tenemos que descubrir y sentir esa delicia que tienen que ser para nosotros las palabras que nos dirige el Señor.
El Apocalipsis recogiendo esta misma imagen de comer el libro de la Palabra del Señor dice que la palabra es dulce al paladar, pero le produce ardor en el estómago. ‘Toma, cómetelo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel. Tomé el libro del ángel y me lo comí. Y resultó dulce como la miel en mi boca, pero cuando lo hube comido, se llenaron mis entrañas de amargor’. Es dulce la Palabra del Señor, es nuestra delicia, pero es también Palabra llega a la realidad de nuestra vida, señalando lo que hay que corregir, que mejorar, que cambiar, que hacer nuevo. Y eso producirá siempre desgarro en nuestro interior. Como la medicina que nos escuece en la herida, pero que nos sana.
Así tenemos que dejar que la Palabra llegue a nosotros deseando esa salud y esa salvación. Es una Palabra viva que nos arranca del mal y de la muerte y nos llena de vida. No nos resistamos a la Palabra de Dios. No temamos que la Palabra denuncie el mal que hay en nuestra vida. Por muy dulce que sea a nuestro paladar, porque nos trae toda la dulzura de Dios, no puede ser una dormidera para nuestra conciencia y, por otra parte, no puede dejar de arrancar de nosotros el mal que se haya penetrado en nuestro corazón.
Que siempre podamos decir ‘¡Qué dulce es al paladar tu palabra, y alegría para mi corazón!’
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lunes, 11 de agosto de 2008
Meta, camino y esperanza: la gloria del Señor
Meta, camino y esperanza: la gloria del Señor
Ez. 1, 2-5.24-2,1
Sal. 148
Mt. 17, 21-26
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’. Así cantamos la alabanza y la gloria del Señor unidos a los ángeles y a los santos cuando tomamos palabras de la misma Biblia en los profetas o el Apocalipsis en la celebración de la Eucaristía.
Todo está lleno de la gloria del Señor. Todo para la gloria del Señor. Todas las criaturas bendicen y alaban al Señor: ‘los ángeles del cielo, los reyes y los pueblos del orbe, los príncipes y los jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Hoy hemos comenzado a escuchar en la primera lectura de la misa diaria la profecía de Ezequiel. Lo haremos durante dos semanas. ‘En el año quinto de la deportación del rey Joaquín... vino la palabra del Señor a Ezequiel... en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar. Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor...’ Así con esa precisión histórica nos relata cómo el Señor le escogió para la misión profética. ‘Se apoyó sobre mí la mano del Señor’.
Eran tiempos difíciles y duros para los judíos. Habían sido llevados a la cautividad lejos de su tierra. No tenían reyes ni profetas; no tenían donde dar culto al Señor porque el templo había sido profanado; la ciudad santa de Jerusalén había sido destruida. La palabra del profeta tenía que ser una palabra de vida y de esperanza, una palabra que les animara y les ilusionara. Por eso el profeta les habla de la gloria de Dios que contempla en una visión. No podían dar culto al Señor, pero la gloria del Señor no se apagaría nunca. Todo tiene que seguir siendo un cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Es difícil expresar con palabras humanas lo que es la gloria del Señor. Por eso el profeta se vale de imágenes y comparaciones: resplandores y relampagueos, estruendos como terremotos y luces brillantes. ‘Era la apariencia visible de la gloria del Señor’, dice el profeta no encontrando las palabras adecuadas para expresarlo.
Esa gloria del Señor se nos manifiesta ahora en Jesucristo. Estamos llamados a vivir su gloria. Un día podremos contemplar su gloria en el cielo. Es nuestra meta y nuestra esperanza. A eso aspiramos y a eso ansiamos fiados de la Palabra del Señor que nos lo anuncia. Estos días, cuando contemplábamos la gloria del Señor que se manifestaba en el Tabor, decíamos que era un rayo de esperanza para nuestras vidas, porque así podríamos contemplar en el cielo la gloria del Señor, porque además así también nosotros nos veríamos transformados por la gracia.
‘Dios nos llama por medio de su Evangelio para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo’. Fue la aclamación del aleluya al Evangelio. Sea nuestra la gloria de Jesucristo. Y Cristo nos manifiesta ahora la gloria del Señor viviendo en medio nuestro, caminando por los caminos de Galilea y Palestina, padeciendo y muriendo por nosotros en la cruz y resucitando. Así contemplamos a Jesús cercano, mostrándonos lo que es el amor de Dios que es manifestarnos su gloria. Así contemplamos a Jesús viviendo como uno de nosotros y sometiéndose a las leyes de este mundo. Como un judío más paga sus tributos. Lo contemplamos en el evangelio de hoy.
Está junto a nosotros y nos enseña. Está junto a nosotros y levanta nuestra esperanza. Está junto a nosotros y nos inunda con su amor. Está junto a nosotros y por El, y con El, y en El damos todo honor y toda gloria a Dios Padre para siempre. No son solo las palabras que repetimos en la Misa, en el momento culminante de la Ofrenda, sino que es la ofrenda de toda nuestra vida y en cada instante, porque siempre queremos dar gloria al Señor. Un día podremos cantar esa gloria eterna en el cielo. Es nuestra meta, nuestro camino y nuestra esperanza.
Ez. 1, 2-5.24-2,1
Sal. 148
Mt. 17, 21-26
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’. Así cantamos la alabanza y la gloria del Señor unidos a los ángeles y a los santos cuando tomamos palabras de la misma Biblia en los profetas o el Apocalipsis en la celebración de la Eucaristía.
Todo está lleno de la gloria del Señor. Todo para la gloria del Señor. Todas las criaturas bendicen y alaban al Señor: ‘los ángeles del cielo, los reyes y los pueblos del orbe, los príncipes y los jefes del mundo, los jóvenes y también las doncellas, los viejos junto con los niños. Alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Hoy hemos comenzado a escuchar en la primera lectura de la misa diaria la profecía de Ezequiel. Lo haremos durante dos semanas. ‘En el año quinto de la deportación del rey Joaquín... vino la palabra del Señor a Ezequiel... en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar. Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor...’ Así con esa precisión histórica nos relata cómo el Señor le escogió para la misión profética. ‘Se apoyó sobre mí la mano del Señor’.
Eran tiempos difíciles y duros para los judíos. Habían sido llevados a la cautividad lejos de su tierra. No tenían reyes ni profetas; no tenían donde dar culto al Señor porque el templo había sido profanado; la ciudad santa de Jerusalén había sido destruida. La palabra del profeta tenía que ser una palabra de vida y de esperanza, una palabra que les animara y les ilusionara. Por eso el profeta les habla de la gloria de Dios que contempla en una visión. No podían dar culto al Señor, pero la gloria del Señor no se apagaría nunca. Todo tiene que seguir siendo un cántico de alabanza a la gloria del Señor.
Es difícil expresar con palabras humanas lo que es la gloria del Señor. Por eso el profeta se vale de imágenes y comparaciones: resplandores y relampagueos, estruendos como terremotos y luces brillantes. ‘Era la apariencia visible de la gloria del Señor’, dice el profeta no encontrando las palabras adecuadas para expresarlo.
Esa gloria del Señor se nos manifiesta ahora en Jesucristo. Estamos llamados a vivir su gloria. Un día podremos contemplar su gloria en el cielo. Es nuestra meta y nuestra esperanza. A eso aspiramos y a eso ansiamos fiados de la Palabra del Señor que nos lo anuncia. Estos días, cuando contemplábamos la gloria del Señor que se manifestaba en el Tabor, decíamos que era un rayo de esperanza para nuestras vidas, porque así podríamos contemplar en el cielo la gloria del Señor, porque además así también nosotros nos veríamos transformados por la gracia.
‘Dios nos llama por medio de su Evangelio para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo’. Fue la aclamación del aleluya al Evangelio. Sea nuestra la gloria de Jesucristo. Y Cristo nos manifiesta ahora la gloria del Señor viviendo en medio nuestro, caminando por los caminos de Galilea y Palestina, padeciendo y muriendo por nosotros en la cruz y resucitando. Así contemplamos a Jesús cercano, mostrándonos lo que es el amor de Dios que es manifestarnos su gloria. Así contemplamos a Jesús viviendo como uno de nosotros y sometiéndose a las leyes de este mundo. Como un judío más paga sus tributos. Lo contemplamos en el evangelio de hoy.
Está junto a nosotros y nos enseña. Está junto a nosotros y levanta nuestra esperanza. Está junto a nosotros y nos inunda con su amor. Está junto a nosotros y por El, y con El, y en El damos todo honor y toda gloria a Dios Padre para siempre. No son solo las palabras que repetimos en la Misa, en el momento culminante de la Ofrenda, sino que es la ofrenda de toda nuestra vida y en cada instante, porque siempre queremos dar gloria al Señor. Un día podremos cantar esa gloria eterna en el cielo. Es nuestra meta, nuestro camino y nuestra esperanza.
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domingo, 10 de agosto de 2008
Una experiencia de Dios que nos transforma

1Rey. 19, 9-13
Sal. 84
Rom. 9, 1-5
Mt. 14, 22-33
A todos nos gustaría que el camino de la vida fuera fácil, viviéramos sin agobios ni problemas, sin sobresaltos, tuviéramos más o menos resueltas nuestras necesidades con nuestro trabajo, todos nos lleváramos bien y viviéramos en paz. Aunque sabemos que es un sueño y que la vida está llena de luchas y dificultades, nos exige un esfuerzo continuo.
Igualmente lo deseamos para nuestra vida cristiana: nos gustaría no tener dificultades y las tentaciones; nos gustaría poder avanzar en nuestra vida espiritual que nos lleve cada vez mejor a Dios. Nos gustaría otro mundo, otra experiencia, que viviéramos una mayor unidad entre nosotros, que nos amáramos más, que no tuviéramos viento en contra. Algunas veces pensamos qué es lo que hacemos o lo que tendríamos que hacer como cristianos en este mundo que nos ha tocado vivir. Ojalá fuéramos capaces de descubrir la presencia de Dios en todo momento sin dudas ni confusiones.
Quizá muchos no se planteen nada de esto, sino que se contentan con vivir la rutina de cada día, dejándose llevar, dejándose arrastrar por lo que todos hacen y no se preguntan ni desean nada más. Les molesta incluso que se les haga una reflexión profunda. Para algunos, eso de ser cristiano, del evangelio, de la fe, les dice poca cosa, porque quizá no han vivido, o no han descubierto, lo que es ser cristiano de verdad.
Cuando vienen las dificultades, o se hacen pasotas, o huyen y lo abandonan todo (lo mejor es olvidarse de la fe, piensan algunos), o se amargan, porque no se sabe como afrontar esos problemas de la vida, o no se ha tenido una experiencia espiritual honda e intensa que dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de dos experiencias de dificultades. Por una parte, Elías huye a la montaña, porque grandes eran las dificultades que tiene para realizar su misión profética. No entramos ahora en detalles pero ese es el contexto. Y por otra, vemos a los discípulos bregando con dificultad en el lago porque tenían el viento en contra, y estaban llenos de temores y miedos como para ver fantasmas por todos lados. Una experiencia de Dios en los dos casos hace que todo cambie en sus vidas.
Elías buscaba a Dios. Se sentía impotente en su misión y quería morir. Quería encontrarlo en cosas portentosas, de las que incluso se había valido en su misión como profeta. La imagen que se nos presenta en el texto, con hondo significado, es que Dios no estaba en la tormenta, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego, no estaba en el viento. Cuando hace silencio para ser capaz de escuchar un susurro se dará cuenta de la presencia de Dios: ‘al sentirlo Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso a la entrada de la cueva’, que era una forma de expresar que había descubierto que estaba en la presencia de Dios; presencia que le impulsará a volver para seguir con la fuerza de Dios desarrollando su misión.
Los discípulos llenos de miedo creen ver un fantasma, porque se veían solos y les parecía que la dificultad en la que se encontraban superaba sus fuerzas. Jesús se les manifiesta sobre el agua y sobre la tormenta, les habla – ‘soy yo, les dice, no temáis’ – y le tiende la mano a Pedro para que no se hunda. El estaba allí aunque ellos estaban llenos de confusión en su interior. Pero cuando lo descubren, escuchan su voz, sienten su mano amiga, proclamarán su fe. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, confiesan. Todo cambia.
Necesitamos vivir esa experiencia de Dios. Hacer silencio en nuestro corazón para descubrirle y para escucharle. Muchas veces nos habla como en un susurro. Pero quizá nosotros estamos preocupados por decirle tantas cosas, por pedirle tantas cosas que no abrimos nuestros oídos para escucharle, para sentirle. ‘Soy yo’, nos dice. ‘¿Por qué dudáis?’ Es el Señor. Esa expresión ‘Yo soy’, es el nombre de Dios que se revela en el Antiguo Testamento. Yo soy, yo estoy contigo, nos está diciendo el Señor.
Creo que necesitamos aprender a orar. Pero aprender a orar no es simplemente aprender a recitar rezos y oraciones con las que nosotros decimos muchas cosas a Dios. Aprender a orar es aprender a escuchar, aprender a hacer silencio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida. Como Elías allá en lo alto de la montaña. Sin temor a que los silencios nos incomoden, o nos resulten largos, o pensemos que es tiempo perdido cuando tantas cosas tenemos que decirle a Dios.
En esa escucha de Dios entenderemos que Dios nos ha puesto en este mundo concreto y ahí también está El, y El también ama a ese mundo. Y aunque tengamos muchos vientos en contra, tenemos que remar, tenemos que sembrar la semilla, tenemos que dar nuestro testimonio, tenemos que manifestarnos como testigos, tenemos que transformarlo, así como nosotros nos hemos dejado transformar.
Descubriremos la misión que nos confía y el sentido de nuestra presencia en este nuestro mundo. Se acabarán las dudas y las confusiones. Y comenzaremos a amar a nuestros hermanos con el mismo amor que Dios les tiene. Y nos llenaremos de paciencia, pero también de ardor, de fuego en nuestro corazón para llevar la luz de la fe, para llevar ese amor de Dios a los demás.
Sal. 84
Rom. 9, 1-5
Mt. 14, 22-33
A todos nos gustaría que el camino de la vida fuera fácil, viviéramos sin agobios ni problemas, sin sobresaltos, tuviéramos más o menos resueltas nuestras necesidades con nuestro trabajo, todos nos lleváramos bien y viviéramos en paz. Aunque sabemos que es un sueño y que la vida está llena de luchas y dificultades, nos exige un esfuerzo continuo.
Igualmente lo deseamos para nuestra vida cristiana: nos gustaría no tener dificultades y las tentaciones; nos gustaría poder avanzar en nuestra vida espiritual que nos lleve cada vez mejor a Dios. Nos gustaría otro mundo, otra experiencia, que viviéramos una mayor unidad entre nosotros, que nos amáramos más, que no tuviéramos viento en contra. Algunas veces pensamos qué es lo que hacemos o lo que tendríamos que hacer como cristianos en este mundo que nos ha tocado vivir. Ojalá fuéramos capaces de descubrir la presencia de Dios en todo momento sin dudas ni confusiones.
Quizá muchos no se planteen nada de esto, sino que se contentan con vivir la rutina de cada día, dejándose llevar, dejándose arrastrar por lo que todos hacen y no se preguntan ni desean nada más. Les molesta incluso que se les haga una reflexión profunda. Para algunos, eso de ser cristiano, del evangelio, de la fe, les dice poca cosa, porque quizá no han vivido, o no han descubierto, lo que es ser cristiano de verdad.
Cuando vienen las dificultades, o se hacen pasotas, o huyen y lo abandonan todo (lo mejor es olvidarse de la fe, piensan algunos), o se amargan, porque no se sabe como afrontar esos problemas de la vida, o no se ha tenido una experiencia espiritual honda e intensa que dé un sentido y un valor a la vida y a lo que hacemos.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de dos experiencias de dificultades. Por una parte, Elías huye a la montaña, porque grandes eran las dificultades que tiene para realizar su misión profética. No entramos ahora en detalles pero ese es el contexto. Y por otra, vemos a los discípulos bregando con dificultad en el lago porque tenían el viento en contra, y estaban llenos de temores y miedos como para ver fantasmas por todos lados. Una experiencia de Dios en los dos casos hace que todo cambie en sus vidas.
Elías buscaba a Dios. Se sentía impotente en su misión y quería morir. Quería encontrarlo en cosas portentosas, de las que incluso se había valido en su misión como profeta. La imagen que se nos presenta en el texto, con hondo significado, es que Dios no estaba en la tormenta, no estaba en el terremoto, no estaba en el fuego, no estaba en el viento. Cuando hace silencio para ser capaz de escuchar un susurro se dará cuenta de la presencia de Dios: ‘al sentirlo Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso a la entrada de la cueva’, que era una forma de expresar que había descubierto que estaba en la presencia de Dios; presencia que le impulsará a volver para seguir con la fuerza de Dios desarrollando su misión.
Los discípulos llenos de miedo creen ver un fantasma, porque se veían solos y les parecía que la dificultad en la que se encontraban superaba sus fuerzas. Jesús se les manifiesta sobre el agua y sobre la tormenta, les habla – ‘soy yo, les dice, no temáis’ – y le tiende la mano a Pedro para que no se hunda. El estaba allí aunque ellos estaban llenos de confusión en su interior. Pero cuando lo descubren, escuchan su voz, sienten su mano amiga, proclamarán su fe. ‘Realmente eres Hijo de Dios’, confiesan. Todo cambia.
Necesitamos vivir esa experiencia de Dios. Hacer silencio en nuestro corazón para descubrirle y para escucharle. Muchas veces nos habla como en un susurro. Pero quizá nosotros estamos preocupados por decirle tantas cosas, por pedirle tantas cosas que no abrimos nuestros oídos para escucharle, para sentirle. ‘Soy yo’, nos dice. ‘¿Por qué dudáis?’ Es el Señor. Esa expresión ‘Yo soy’, es el nombre de Dios que se revela en el Antiguo Testamento. Yo soy, yo estoy contigo, nos está diciendo el Señor.
Creo que necesitamos aprender a orar. Pero aprender a orar no es simplemente aprender a recitar rezos y oraciones con las que nosotros decimos muchas cosas a Dios. Aprender a orar es aprender a escuchar, aprender a hacer silencio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida. Como Elías allá en lo alto de la montaña. Sin temor a que los silencios nos incomoden, o nos resulten largos, o pensemos que es tiempo perdido cuando tantas cosas tenemos que decirle a Dios.
En esa escucha de Dios entenderemos que Dios nos ha puesto en este mundo concreto y ahí también está El, y El también ama a ese mundo. Y aunque tengamos muchos vientos en contra, tenemos que remar, tenemos que sembrar la semilla, tenemos que dar nuestro testimonio, tenemos que manifestarnos como testigos, tenemos que transformarlo, así como nosotros nos hemos dejado transformar.
Descubriremos la misión que nos confía y el sentido de nuestra presencia en este nuestro mundo. Se acabarán las dudas y las confusiones. Y comenzaremos a amar a nuestros hermanos con el mismo amor que Dios les tiene. Y nos llenaremos de paciencia, pero también de ardor, de fuego en nuestro corazón para llevar la luz de la fe, para llevar ese amor de Dios a los demás.
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sábado, 9 de agosto de 2008
Una vez aquilatado recibirá la corona de gloria
Eclesiástico, 51, 1-8
Sal. 30
Mt. 10, 28-33
‘Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Es la aclamación al evangelio hoy proclamado, tomada de la carta del apóstol Santiago.
Quizá no nos gusten demasiado las pruebas y las dificultades. Nos sentimos mal mientras somos probados. Pero la dificultad nos pone a prueba, nos purifica, aquilata nuestra fe y nuestra vida cristiana. Como el oro que es purificado a fuego en el crisol, es aquilatado, para eliminar todas las escorias, todas las impurezas, todos los defectos y pueda resplandecer con todo su brillo.
Nos es dura la prueba. Pasar por el fuego tiene que dolernos. Pero es un fuego purificador. O si queremos otros ejemplo, cuando tenemos que limpiar algo en lo que está incrustada fuertemente la suciedad, tenemos que emplearnos con fuerza, raspar con fuerza a la vez que delicadamente para poder arrancar aquella suciedad. Le duele a aquel objeto, si pudiera quejarse, de ser así raspado, pulido, para poder purificarlo bien. Nos duelen las pruebas, pero nos purifican, nos aquilatan, nos hace que resplandezca más la luz de nuestra fe o de nuestra vida cristiana.
No temamos ese pequeño sufrimiento en comparación del suplicio eterno de la condenación. Por eso nos dice Jesús en el evangelio: ‘No temáis a los que puedan matar el cuerpo, pero no pueden arrancarte la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno’. Bien lo entendieron los mártires. No temieron perder la vida terrena con tal de mantenerse en la fidelidad y alcanzar la vida eterna. ‘Aquel que quiere ganar su vida, la perderá, nos dice el Señor; pero el que la pierda por mí alcanzará la vida eterna’. Y hoy nos dice también: ‘Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo me declararé a su favor delante de mi Padre celestial’.
Además, hay una cosa. No estamos solos en nuestra lucha contra el mal. Tenemos la certeza de la asistencia de su Espíritu. El es nuestra fortaleza y el que nos mantendrá en la vida. ‘Se pone de nuestra parte...’ Está con nosotros.
Pero todo esto tiene que llevarnos a un paso más. A saber ser agradecidos por esa presencia el Señor y su Espíritu en nuestra vida, que es nuestra fortaleza. Por eso como nos decía el libro del Eclesiástico: ‘Te doy gracias, Rey y Señor, a ti te alabo, oh Dios Salvador mío, doy gracias a tu nombre’.
¡Cuántas veces olvidamos el dar gracias! En los momentos de dificultad, de tentación o de prueba pedimos al Señor que nos ayude, que esté con nosotros, pero cuando pasa ese momento y todo marcha ya normalidad fácilmente olvidamos a quien ha sido nuestra fortaleza y nuestro auxilio. ‘Fuiste protector y apoyo para mí y libraste mi cuerpo de la muerte... frente a los que me cercaban, fuiste mi apoyo y me libraste, por tu gran misericordia y por tu nombre... Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia y de tus obras desde siempre, de qué tú libras a los que en ti esperan...’
Que sepamos volver a dar gracias al Señor. ¡Cuántos motivos tenemos para darle gracias! Todos tenemos la experiencia de tantas veces que nos hemos visto probados en la vida y el Señor ha estado con nosotros para librarnos y darnos vida.
Sal. 30
Mt. 10, 28-33
‘Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida’. Es la aclamación al evangelio hoy proclamado, tomada de la carta del apóstol Santiago.
Quizá no nos gusten demasiado las pruebas y las dificultades. Nos sentimos mal mientras somos probados. Pero la dificultad nos pone a prueba, nos purifica, aquilata nuestra fe y nuestra vida cristiana. Como el oro que es purificado a fuego en el crisol, es aquilatado, para eliminar todas las escorias, todas las impurezas, todos los defectos y pueda resplandecer con todo su brillo.
Nos es dura la prueba. Pasar por el fuego tiene que dolernos. Pero es un fuego purificador. O si queremos otros ejemplo, cuando tenemos que limpiar algo en lo que está incrustada fuertemente la suciedad, tenemos que emplearnos con fuerza, raspar con fuerza a la vez que delicadamente para poder arrancar aquella suciedad. Le duele a aquel objeto, si pudiera quejarse, de ser así raspado, pulido, para poder purificarlo bien. Nos duelen las pruebas, pero nos purifican, nos aquilatan, nos hace que resplandezca más la luz de nuestra fe o de nuestra vida cristiana.
No temamos ese pequeño sufrimiento en comparación del suplicio eterno de la condenación. Por eso nos dice Jesús en el evangelio: ‘No temáis a los que puedan matar el cuerpo, pero no pueden arrancarte la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno’. Bien lo entendieron los mártires. No temieron perder la vida terrena con tal de mantenerse en la fidelidad y alcanzar la vida eterna. ‘Aquel que quiere ganar su vida, la perderá, nos dice el Señor; pero el que la pierda por mí alcanzará la vida eterna’. Y hoy nos dice también: ‘Si alguno se declara a mi favor delante de los hombres, yo me declararé a su favor delante de mi Padre celestial’.
Además, hay una cosa. No estamos solos en nuestra lucha contra el mal. Tenemos la certeza de la asistencia de su Espíritu. El es nuestra fortaleza y el que nos mantendrá en la vida. ‘Se pone de nuestra parte...’ Está con nosotros.
Pero todo esto tiene que llevarnos a un paso más. A saber ser agradecidos por esa presencia el Señor y su Espíritu en nuestra vida, que es nuestra fortaleza. Por eso como nos decía el libro del Eclesiástico: ‘Te doy gracias, Rey y Señor, a ti te alabo, oh Dios Salvador mío, doy gracias a tu nombre’.
¡Cuántas veces olvidamos el dar gracias! En los momentos de dificultad, de tentación o de prueba pedimos al Señor que nos ayude, que esté con nosotros, pero cuando pasa ese momento y todo marcha ya normalidad fácilmente olvidamos a quien ha sido nuestra fortaleza y nuestro auxilio. ‘Fuiste protector y apoyo para mí y libraste mi cuerpo de la muerte... frente a los que me cercaban, fuiste mi apoyo y me libraste, por tu gran misericordia y por tu nombre... Entonces me acordé, Señor, de tu misericordia y de tus obras desde siempre, de qué tú libras a los que en ti esperan...’
Que sepamos volver a dar gracias al Señor. ¡Cuántos motivos tenemos para darle gracias! Todos tenemos la experiencia de tantas veces que nos hemos visto probados en la vida y el Señor ha estado con nosotros para librarnos y darnos vida.
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viernes, 8 de agosto de 2008
¿Glorias humanas o gloria eterna?
Nahum, 1, 15; 2, 2; 3, 1-3.6-7
Sal.: Deut. 32, 35-41
Mt. 16, 24-28
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?’ ¿Cuál es la vida que queremos ganar, por la que merece la pena dejarlo todo? Nos repetimos la pregunta, aunque tendría que ser algo que los cristianos tengamos muy claro. Pero nos cuesta asumirlo. Seguimos haciendo nuestras comparaciones.
Ayer escuchábamos a Jesús que, después de la hermosa profesión de fe de Pedro, anuncia ‘a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Vimos la reacción de Pedro, a quien no le cabía en la cabeza que a Jesús le pudieran pasar esas cosas.
Pero Jesús sigue diciéndonos que el discípulo sigue los pasos de su Maestro. Que si El tendría que padecer y morir era para darnos vida y salvación. Y si nosotros queremos alcanzar esa vida que El nos ofrece hemos de pasar también por ese camino de la cruz. Alcanzar esa vida significa dejar a un lado todo lo que pudiera entorpecernos el camino para llegar a ella; luego habría que renunciar a cosas que, aunque nos pareciera que nos iban a dar unas satisfacciones prontas, sin embargo es mejor llegar a la meta final.
‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierde por mí, la encontrará’.
Alcanzar la vida que Jesús nos ofrece, que es una vida en plenitud, una vida sin fin, eterna, de gozo y de gloria en el cielo, nos exige seguir el camino del Evangelio. Un camino de santidad del que tenemos que alejar todo pecado y toda tentación. Somos tentados continuamente, muchas cosas quieren seducirnos, arrastrarnos. Tenemos que saber decir no; tenemos que negarnos a nuestro capricho o a nuestro orgullo; tenemos que controlar nuestras pasiones, para enderezar toda nuestra vida a lo mejor, a la plenitud, a la santidad de Dios.
Estos días los medios de comunicación nos están hablando continuamente de las Olimpiadas. Hoy mismo es su inauguración. Y allí contemplamos a unos atletas que luchas y se esfuerzan por llegar a la meta, por ser los mejores, por alcanzar el premio, el honor de subir al podio y llevarse las medallas. Pero para llegar allí han debido de pasar por camino de entrenamiento, de preparación, que les ha exigido enormes sacrificios y renuncias. Porque su meta estaba en las olimpiadas y en alcanzar una medalla.
Si por estas glorias humanas el atleta es capaz de sacrificarse, de renunciar a muchas comodidades, entrenarse duramente, ¿qué no tendríamos que estar dispuestos a hacer por alcanzar, no una gloria humana, que siempre es efímera, sino por alcanzar la meta de la gloria eterna?
Hace unos días cuando celebrábamos la Transfiguración del Señor, decíamos que era para nosotros un motivo de esperanza, porque en Cristo transfigurado vemos la gloria que un día se nos dará. Vivamos en esa esperanza. Tomemos el camino de Jesús. Esforcémonos por alcanzar esa meta, aunque ahora tengamos que sufrir un poco como nos dice el apóstol, porque la gloria que se nos dará bien merece la pena.
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?’
Sal.: Deut. 32, 35-41
Mt. 16, 24-28
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra su vida?’ ¿Cuál es la vida que queremos ganar, por la que merece la pena dejarlo todo? Nos repetimos la pregunta, aunque tendría que ser algo que los cristianos tengamos muy claro. Pero nos cuesta asumirlo. Seguimos haciendo nuestras comparaciones.
Ayer escuchábamos a Jesús que, después de la hermosa profesión de fe de Pedro, anuncia ‘a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Vimos la reacción de Pedro, a quien no le cabía en la cabeza que a Jesús le pudieran pasar esas cosas.
Pero Jesús sigue diciéndonos que el discípulo sigue los pasos de su Maestro. Que si El tendría que padecer y morir era para darnos vida y salvación. Y si nosotros queremos alcanzar esa vida que El nos ofrece hemos de pasar también por ese camino de la cruz. Alcanzar esa vida significa dejar a un lado todo lo que pudiera entorpecernos el camino para llegar a ella; luego habría que renunciar a cosas que, aunque nos pareciera que nos iban a dar unas satisfacciones prontas, sin embargo es mejor llegar a la meta final.
‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierde por mí, la encontrará’.
Alcanzar la vida que Jesús nos ofrece, que es una vida en plenitud, una vida sin fin, eterna, de gozo y de gloria en el cielo, nos exige seguir el camino del Evangelio. Un camino de santidad del que tenemos que alejar todo pecado y toda tentación. Somos tentados continuamente, muchas cosas quieren seducirnos, arrastrarnos. Tenemos que saber decir no; tenemos que negarnos a nuestro capricho o a nuestro orgullo; tenemos que controlar nuestras pasiones, para enderezar toda nuestra vida a lo mejor, a la plenitud, a la santidad de Dios.
Estos días los medios de comunicación nos están hablando continuamente de las Olimpiadas. Hoy mismo es su inauguración. Y allí contemplamos a unos atletas que luchas y se esfuerzan por llegar a la meta, por ser los mejores, por alcanzar el premio, el honor de subir al podio y llevarse las medallas. Pero para llegar allí han debido de pasar por camino de entrenamiento, de preparación, que les ha exigido enormes sacrificios y renuncias. Porque su meta estaba en las olimpiadas y en alcanzar una medalla.
Si por estas glorias humanas el atleta es capaz de sacrificarse, de renunciar a muchas comodidades, entrenarse duramente, ¿qué no tendríamos que estar dispuestos a hacer por alcanzar, no una gloria humana, que siempre es efímera, sino por alcanzar la meta de la gloria eterna?
Hace unos días cuando celebrábamos la Transfiguración del Señor, decíamos que era para nosotros un motivo de esperanza, porque en Cristo transfigurado vemos la gloria que un día se nos dará. Vivamos en esa esperanza. Tomemos el camino de Jesús. Esforcémonos por alcanzar esa meta, aunque ahora tengamos que sufrir un poco como nos dice el apóstol, porque la gloria que se nos dará bien merece la pena.
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?’
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jueves, 7 de agosto de 2008
Confesar la fe con todas sus consecuencias
Jer. 31, 31-34
Sal. 50
Mat. 16, 13-23
¡Qué difícil se nos hace a veces vivir nuestra fe hasta sus últimas consecuencias! Nos es fácil expresarla o confesarla en momentos de fervor o en momentos de intensa religiosidad, como por ejemplo en una celebración muy vivida. Pero expresarla en la totalidad de la vida, en cada momento y en cada circunstancia no nos es a veces tan fácil. Vivir con actitud profunda de fe en los momentos difíciles, en la hora del compromiso, cuando tenemos que perdonar a los demás y amar a todos incluso al que nos haya hecho daño, eso nos cuesta más.
Me da pie a este comentario el texto del Evangelio proclamado en este día. Jesús se había con sus discípulos muy al norte de Palestina, casi saliéndose ya de los límites de Israel, en Cesarea de Filipo. Estaba con una cierta intimidad con los apóstoles y charlando con ellos quiere saber qué es lo que la gente opina de El. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas...’ es la respuesta de los discípulos. Pero Jesús quiere saber más. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ahí está pronta la respuesta de Pedro que es toda una confesión de fe en su entusiasmo y su amor por Jesús. ‘Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Felicita Jesús la respuesta de Pedro, pero le dice que eso no lo sabe por sí mismo. ‘¡Dichoso, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Y le anuncia Jesús a Pedro su misión. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... y te daré las llaves del Reino de los cielos...’
Pero ‘les mandó que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. No quería que hubiera confusiones sabiendo cuál era el concepto de Mesías que en aquel momento el pueblo tenía. Y también los propios discípulos, como vamos a ver. Comienza a instruirlos. ‘Tenía que subir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y tenia que ser ejecutado y resucitar al tercer día'.
Es lo que ahora no comprenden. Tenían fe en Jesús como hacer una hermosa confesión de fe como la de Pedro. Pero que ser el Mesías entrañase una entrega y un sacrificio hasta la muerte, que tuviera que ser ejecutado y morir en una cruz, era algo que ya no podían entender. Por eso ‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Jesús tendrá que quitárselo de encima diciéndole que ‘no piensa como Dios sino como los hombres’.
Era difícil entender lo del sacrificio y lo de la muerte. Como a nosotros nos cuesta también entender todas las consecuencias de la fe. Que esa fe que tenemos en Jesús implique un compromiso hasta la muerte, que tengamos que olvidarnos de nosotros mismos y cargar con nuestra cruz, que tengamos que amar a todos y perdonar a todos no una, ni siete, sino setenta veces siete, que tengamos que dar la cara por nuestra fe sin importarnos lo que nos digan o nos hagan, es lo que no nos es tan fácil de entender o vivir, como le sucedía a Pedro.
Pidamos al Señor que nos dé la fortaleza de la fe. Pidamos al Señor que nos conceda el don de su Espíritu para que tengamos fuerza para dar la cara, para proclamar nuestra condición de creyente y cristiano con nuestras palabras y con nuestras actitudes y posturas.
¡Cuántas consecuencias ha de tener en nuestra vida nuestra actitud de creyentes y cristianos! No podemos ser cristianos de sacristía, o de puertas adentro de nuestras Iglesias. Tenemos que manifestarnos como tales en la familia, en el matrimonio, en el trabajo, en la vida social, en la vida pública. Nos acompaña la fortaleza del Espíritu del Señor. No lo olvidemos.
Tenemos ante nosotros como ejemplo y estímulo el testimonio de tantos confesores y mártires con su vida santa y con el derramamiento también de sangre por el nombre de Jesús.
Sal. 50
Mat. 16, 13-23
¡Qué difícil se nos hace a veces vivir nuestra fe hasta sus últimas consecuencias! Nos es fácil expresarla o confesarla en momentos de fervor o en momentos de intensa religiosidad, como por ejemplo en una celebración muy vivida. Pero expresarla en la totalidad de la vida, en cada momento y en cada circunstancia no nos es a veces tan fácil. Vivir con actitud profunda de fe en los momentos difíciles, en la hora del compromiso, cuando tenemos que perdonar a los demás y amar a todos incluso al que nos haya hecho daño, eso nos cuesta más.
Me da pie a este comentario el texto del Evangelio proclamado en este día. Jesús se había con sus discípulos muy al norte de Palestina, casi saliéndose ya de los límites de Israel, en Cesarea de Filipo. Estaba con una cierta intimidad con los apóstoles y charlando con ellos quiere saber qué es lo que la gente opina de El. ‘Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas...’ es la respuesta de los discípulos. Pero Jesús quiere saber más. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Ahí está pronta la respuesta de Pedro que es toda una confesión de fe en su entusiasmo y su amor por Jesús. ‘Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Felicita Jesús la respuesta de Pedro, pero le dice que eso no lo sabe por sí mismo. ‘¡Dichoso, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Y le anuncia Jesús a Pedro su misión. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... y te daré las llaves del Reino de los cielos...’
Pero ‘les mandó que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. No quería que hubiera confusiones sabiendo cuál era el concepto de Mesías que en aquel momento el pueblo tenía. Y también los propios discípulos, como vamos a ver. Comienza a instruirlos. ‘Tenía que subir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y tenia que ser ejecutado y resucitar al tercer día'.
Es lo que ahora no comprenden. Tenían fe en Jesús como hacer una hermosa confesión de fe como la de Pedro. Pero que ser el Mesías entrañase una entrega y un sacrificio hasta la muerte, que tuviera que ser ejecutado y morir en una cruz, era algo que ya no podían entender. Por eso ‘Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte’. Jesús tendrá que quitárselo de encima diciéndole que ‘no piensa como Dios sino como los hombres’.
Era difícil entender lo del sacrificio y lo de la muerte. Como a nosotros nos cuesta también entender todas las consecuencias de la fe. Que esa fe que tenemos en Jesús implique un compromiso hasta la muerte, que tengamos que olvidarnos de nosotros mismos y cargar con nuestra cruz, que tengamos que amar a todos y perdonar a todos no una, ni siete, sino setenta veces siete, que tengamos que dar la cara por nuestra fe sin importarnos lo que nos digan o nos hagan, es lo que no nos es tan fácil de entender o vivir, como le sucedía a Pedro.
Pidamos al Señor que nos dé la fortaleza de la fe. Pidamos al Señor que nos conceda el don de su Espíritu para que tengamos fuerza para dar la cara, para proclamar nuestra condición de creyente y cristiano con nuestras palabras y con nuestras actitudes y posturas.
¡Cuántas consecuencias ha de tener en nuestra vida nuestra actitud de creyentes y cristianos! No podemos ser cristianos de sacristía, o de puertas adentro de nuestras Iglesias. Tenemos que manifestarnos como tales en la familia, en el matrimonio, en el trabajo, en la vida social, en la vida pública. Nos acompaña la fortaleza del Espíritu del Señor. No lo olvidemos.
Tenemos ante nosotros como ejemplo y estímulo el testimonio de tantos confesores y mártires con su vida santa y con el derramamiento también de sangre por el nombre de Jesús.
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La transfiguración del Señor nos transfigura
Daniel, 7, 9-10.13-14
Sal.96
2Ped. 1, 16-19
Mt. 17, 1-9
‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Así comienza diciéndonos el evangelista. ¿A qué se los llevó a una montaña alta? Solamente Lucas nos dice que los llevó a orar.
Era algo habitual a Jesús, pasarse las noches en oración, retirarse a lugares solitarios y apartados para orar. Nos lo repite el evangelio. Los discípulos veían orar a su Maestro y por eso en alguna ocasión le piden: ‘Enséñanos a orar’. Lo contemplamos en oración, como fue en el huerto de Getsemaní siendo testigos estos mismos tres discípulos Pedro, Santiago y Juan. Allí fue una oración dolorosa, de agonía y sufrimiento ante la pasión que se avecinaba. ‘Que pase de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad sino la tuya’.
Hoy le contemplamos en lo alto de la montaña, que situamos en el Tabor en medio de las llanuras de Yesrael en Galilea. ¿Cómo fue su oración? Por lo que contemplamos a continuación podemos deducir. ‘Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Se manifestaba la gloria de Dios en su unión íntima y profunda de su oración con el Padre. Qué gozo poder contemplar la gloria de Dios. Así podía exclamar Pedro: ‘¡Qué bien se está aquí!’ Ya no quería bajar de la montaña. Se sentía él también inundado de la gloria de Dios. Y no era para menos.
La liturgia de este día nos ayuda a ahondar en el significado de la Transfiguración. ‘Fortaleció la fe de los apóstoles...’ nos dice el prefacio. ‘En la gloriosa Transfiguración de tu Hijo confirmaste los misterios de la fe...’ dijimos en la oración. Aquel Jesús que los discípulos comenzaban a vislumbrar como alguien que venía de Dios – ‘quien no viene de Dios no puede hacer las obras que tú haces’, le dijo Nicodemo, ‘un profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaría el pueblo sencillo, ‘nadie ha hablado como El...’ decían otros, ‘tú tienes palabras de vida eterna’, confesaría Pedro – ahora lo contemplan resplandeciente con la gloria de Dios.
Pero será voz del cielo quien lo venga a confirmar todo. ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle’. Así se le estaba señalando desde el cielo. Es el Hijo de Dios. A quien tenemos que escuchar y seguir. El que va a ser nuestro Salvador y nuestra vida. El que va a hacernos partícipes de la vida de Dios para hacernos a nosotros también hijos.
Por eso la transfiguración es también un mensaje de esperanza. ‘Alentó la esperanza de la Iglesia, al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya’, que cantaremos en el prefacio. ‘Prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos’, que rezamos en la oración. Nosotros también estamos llamados a participar de su gloria. Nosotros estamos llamados a ser hijos en el Hijo. Un día vamos a llenarnos de su luz en plenitud para siempre en el cielo.
Cristo había dicho ‘Yo soy la luz del mundo’, y ahora lo contemplamos resplandeciente de luz. Pero también nos había dicho ‘vosotros sois la luz del mundo’, y quiere que nosotros nos llenemos de su luz para que también iluminemos nuestro mundo. Por eso le pedimos que su luz nos ilumine.
Que la luz de la transfiguración transfigure también nuestras vidas.
Que la luz del transfiguración abra nuestro corazón para que escuchando al hijo nos hagamos hijos y podamos ser también coherederos de su gloria.
Que la luz de la transfiguración limpie nuestros pecados, como pedimos en la oración sobre las ofrendas.
Que la luz de la transfiguración nos transforme en imagen de su Hijo, cuya gloria se ha manifestado en el misterio de la Transfiguración.
Sal.96
2Ped. 1, 16-19
Mt. 17, 1-9
‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta’. Así comienza diciéndonos el evangelista. ¿A qué se los llevó a una montaña alta? Solamente Lucas nos dice que los llevó a orar.
Era algo habitual a Jesús, pasarse las noches en oración, retirarse a lugares solitarios y apartados para orar. Nos lo repite el evangelio. Los discípulos veían orar a su Maestro y por eso en alguna ocasión le piden: ‘Enséñanos a orar’. Lo contemplamos en oración, como fue en el huerto de Getsemaní siendo testigos estos mismos tres discípulos Pedro, Santiago y Juan. Allí fue una oración dolorosa, de agonía y sufrimiento ante la pasión que se avecinaba. ‘Que pase de mí este cáliz... pero no se haga mi voluntad sino la tuya’.
Hoy le contemplamos en lo alto de la montaña, que situamos en el Tabor en medio de las llanuras de Yesrael en Galilea. ¿Cómo fue su oración? Por lo que contemplamos a continuación podemos deducir. ‘Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Se manifestaba la gloria de Dios en su unión íntima y profunda de su oración con el Padre. Qué gozo poder contemplar la gloria de Dios. Así podía exclamar Pedro: ‘¡Qué bien se está aquí!’ Ya no quería bajar de la montaña. Se sentía él también inundado de la gloria de Dios. Y no era para menos.
La liturgia de este día nos ayuda a ahondar en el significado de la Transfiguración. ‘Fortaleció la fe de los apóstoles...’ nos dice el prefacio. ‘En la gloriosa Transfiguración de tu Hijo confirmaste los misterios de la fe...’ dijimos en la oración. Aquel Jesús que los discípulos comenzaban a vislumbrar como alguien que venía de Dios – ‘quien no viene de Dios no puede hacer las obras que tú haces’, le dijo Nicodemo, ‘un profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaría el pueblo sencillo, ‘nadie ha hablado como El...’ decían otros, ‘tú tienes palabras de vida eterna’, confesaría Pedro – ahora lo contemplan resplandeciente con la gloria de Dios.
Pero será voz del cielo quien lo venga a confirmar todo. ‘Este es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle’. Así se le estaba señalando desde el cielo. Es el Hijo de Dios. A quien tenemos que escuchar y seguir. El que va a ser nuestro Salvador y nuestra vida. El que va a hacernos partícipes de la vida de Dios para hacernos a nosotros también hijos.
Por eso la transfiguración es también un mensaje de esperanza. ‘Alentó la esperanza de la Iglesia, al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya’, que cantaremos en el prefacio. ‘Prefiguraste maravillosamente nuestra perfecta adopción como hijos tuyos’, que rezamos en la oración. Nosotros también estamos llamados a participar de su gloria. Nosotros estamos llamados a ser hijos en el Hijo. Un día vamos a llenarnos de su luz en plenitud para siempre en el cielo.
Cristo había dicho ‘Yo soy la luz del mundo’, y ahora lo contemplamos resplandeciente de luz. Pero también nos había dicho ‘vosotros sois la luz del mundo’, y quiere que nosotros nos llenemos de su luz para que también iluminemos nuestro mundo. Por eso le pedimos que su luz nos ilumine.
Que la luz de la transfiguración transfigure también nuestras vidas.
Que la luz del transfiguración abra nuestro corazón para que escuchando al hijo nos hagamos hijos y podamos ser también coherederos de su gloria.
Que la luz de la transfiguración limpie nuestros pecados, como pedimos en la oración sobre las ofrendas.
Que la luz de la transfiguración nos transforme en imagen de su Hijo, cuya gloria se ha manifestado en el misterio de la Transfiguración.
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martes, 5 de agosto de 2008
María, imagen de la nueva Jerusalén, morada de Dios entre nosotros
Apc. 21, 1-5
Sal. tomado de Jud. 15, 9-10
Lc. 11, 27-18
‘Tú eres el orgullo de nuestro pueblo’, aclamaba el pueblo de Israel a Judit porque les había dado la victoria contra sus enemigos, y siempre se recordarían las hazañas que el Señor realizó por su mano. Así la liturgia de la Iglesia toma estas palabras para ensalzar y engrandecer a María, como aquellas otras que nos recuerda el evangelio de aquella mujer anónima que en medio de la multitud levantó su voz para ensalzar a la Madre de Jesús. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!’
Hoy la liturgia, en este cinco de agosto, celebra la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. Una de las cuatro Basílicas mayores de la Urbe, y que fue mandada construir por el Papa Sixto III, después de que en un sueño recibiera inspiración divina para construirla. Se le señaló el sitio de la edificación por el lugar que amaneciera nevado el 5 de agosto en el caluroso verano romano. Fue en una de las colinas romanas, el Esquilino, donde se realizó el prodigio y allí se levantó este primer templo en Occidente en honor de María, a la que recientemente el Concilio de Éfeso había reconocido y proclamado como Madre de Dios. De ahí que en este día en muchos lugares se celebre la fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves, como sucede en la Isla de La Palma y otros tantos sitios.
Toda la liturgia de este día es cántico de alabanza a María valiéndose precisamente de lo proclamado en la Palabra de Dios. El libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia en ‘la ciudad santa bajada del cielo, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo... es la morada de Dios entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos’. Triunfo de la Iglesia, morada de Dios, que nos hace presente a Dios, que nos santifica con la presencia de Dios.
Pero la liturgia quiere ver en ellas una figura de María. María es la mejor figura de la Iglesia, porque nos presenta la dignidad más grande a la que somos llamados cuando Dios quiere morar también en nuestro corazón y cuando nos pone en camino de esa santidad que nosotros también hemos de vivir.
¿De quién mejor podemos copiar esa santidad que de María? ¿Quién mejor que María nos puede significar lo que es ser esa morada de Dios, que quiso encarnarse en sus entrañas?
El que no cabía en la inmensidad de toda la creación, del cielo y de la tierra, quiso sin embargo morar en las entrañas de María. ¿Es que acaso el constructor no puede tener la posibilidad de morar en aquella morada que ha construido? Así reflexionaba san Cirilo de Alejandría en su homilía del Concilio de Éfeso que proclamó a María como la Madre de Dios.
Si tomamos las palabras del Antiguo Testamento y las palabras del Apocalipsis para cantar las alabanzas de María, ¡cómo no tomar las palabras de Jesús que también se convierten en una alabanza de su madre en la réplica aquella mujer anónima de la bienaventuranza de María!
‘¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!’ María fue la que escuchó y plantó la Palabra de Dios en su corazón y la puso en práctica. No sólo María prestó, podríamos decir, sus entrañas de mujer y madre para que en ellas se encarnase la Palabra de Dios que quería plantar su tienda entre nosotros y naciese el Hijo de Dios hecho hombre, sino que además fue la que día a día seguía plantando en su corazón todo lo que el Señor le iba manifestando en los acontecimientos de su vida. ‘María guardaba todo esto en su corazón’, nos repite el evangelista Lucas en los hechos de la Infancia de Jesús.
Es lo que tenemos que aprender de María. Morada de Dios, en la que habita Dios, tierra buena donde se sembró cada día la semilla de la Palabra de Dios. Lo fue María y lo tenemos que ser nosotros, imagen de la Iglesia e imagen y espejo en el que tenemos que mirarnos cada uno de nosotros. Ella es imagen y modelo de lo que nosotros tenemos que ser. Ella es Madre que nos hace nacer para esa vida nueva y nos enseña a plantar en nosotros esa semilla que ha de producir fruto al ciento por uno.
Que resplandezca así en nosotros la santidad de María, blanca y pura como la más resplandeciente nieve que refleja los mejores brillos del cielo. Imitando así a María es cómo realmente cantaremos su mejor alabanza.
Sal. tomado de Jud. 15, 9-10
Lc. 11, 27-18
‘Tú eres el orgullo de nuestro pueblo’, aclamaba el pueblo de Israel a Judit porque les había dado la victoria contra sus enemigos, y siempre se recordarían las hazañas que el Señor realizó por su mano. Así la liturgia de la Iglesia toma estas palabras para ensalzar y engrandecer a María, como aquellas otras que nos recuerda el evangelio de aquella mujer anónima que en medio de la multitud levantó su voz para ensalzar a la Madre de Jesús. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!’
Hoy la liturgia, en este cinco de agosto, celebra la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. Una de las cuatro Basílicas mayores de la Urbe, y que fue mandada construir por el Papa Sixto III, después de que en un sueño recibiera inspiración divina para construirla. Se le señaló el sitio de la edificación por el lugar que amaneciera nevado el 5 de agosto en el caluroso verano romano. Fue en una de las colinas romanas, el Esquilino, donde se realizó el prodigio y allí se levantó este primer templo en Occidente en honor de María, a la que recientemente el Concilio de Éfeso había reconocido y proclamado como Madre de Dios. De ahí que en este día en muchos lugares se celebre la fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves, como sucede en la Isla de La Palma y otros tantos sitios.
Toda la liturgia de este día es cántico de alabanza a María valiéndose precisamente de lo proclamado en la Palabra de Dios. El libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia en ‘la ciudad santa bajada del cielo, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo... es la morada de Dios entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos’. Triunfo de la Iglesia, morada de Dios, que nos hace presente a Dios, que nos santifica con la presencia de Dios.
Pero la liturgia quiere ver en ellas una figura de María. María es la mejor figura de la Iglesia, porque nos presenta la dignidad más grande a la que somos llamados cuando Dios quiere morar también en nuestro corazón y cuando nos pone en camino de esa santidad que nosotros también hemos de vivir.
¿De quién mejor podemos copiar esa santidad que de María? ¿Quién mejor que María nos puede significar lo que es ser esa morada de Dios, que quiso encarnarse en sus entrañas?
El que no cabía en la inmensidad de toda la creación, del cielo y de la tierra, quiso sin embargo morar en las entrañas de María. ¿Es que acaso el constructor no puede tener la posibilidad de morar en aquella morada que ha construido? Así reflexionaba san Cirilo de Alejandría en su homilía del Concilio de Éfeso que proclamó a María como la Madre de Dios.
Si tomamos las palabras del Antiguo Testamento y las palabras del Apocalipsis para cantar las alabanzas de María, ¡cómo no tomar las palabras de Jesús que también se convierten en una alabanza de su madre en la réplica aquella mujer anónima de la bienaventuranza de María!
‘¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!’ María fue la que escuchó y plantó la Palabra de Dios en su corazón y la puso en práctica. No sólo María prestó, podríamos decir, sus entrañas de mujer y madre para que en ellas se encarnase la Palabra de Dios que quería plantar su tienda entre nosotros y naciese el Hijo de Dios hecho hombre, sino que además fue la que día a día seguía plantando en su corazón todo lo que el Señor le iba manifestando en los acontecimientos de su vida. ‘María guardaba todo esto en su corazón’, nos repite el evangelista Lucas en los hechos de la Infancia de Jesús.
Es lo que tenemos que aprender de María. Morada de Dios, en la que habita Dios, tierra buena donde se sembró cada día la semilla de la Palabra de Dios. Lo fue María y lo tenemos que ser nosotros, imagen de la Iglesia e imagen y espejo en el que tenemos que mirarnos cada uno de nosotros. Ella es imagen y modelo de lo que nosotros tenemos que ser. Ella es Madre que nos hace nacer para esa vida nueva y nos enseña a plantar en nosotros esa semilla que ha de producir fruto al ciento por uno.
Que resplandezca así en nosotros la santidad de María, blanca y pura como la más resplandeciente nieve que refleja los mejores brillos del cielo. Imitando así a María es cómo realmente cantaremos su mejor alabanza.
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lunes, 4 de agosto de 2008
La travesía se nos hace difícil y nos llenamos de dudas
Jer. 28, 1-17
Sal. 118
Mt. 14, 22-36
‘Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente’.
Se preveía una travesía normal y tranquila. Tantas veces ellos habían atravesado las aguas del lago en sus pescas de día y de noche. Sin embargo, las previsiones no se cumplieron. Pronto comenzaron a tener dificultades porque ‘la barca iba sacudida por las olas porque el viento era contrario’. Comenzaron las dudas y los miedos. Creían ver fantasmas e intentaban hasta lo inimaginable. Comenzaron a perder la fe.
No sabían, o no eran capaces de caer en la cuenta, de que Jesús no les había dejado solos; que aquello que les parecía un fantasma era Cristo mismo que venía a su encuentro. Nada tenían que temer. Jesús estaba tendiéndole la mano a Pedro para que no pusiera en duda las palabras del Maestro y no se hundiera en las aguas. Al final, después del reproche de Jesús - ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’ – terminarían haciendo una hermosa profesión de fe: ‘Realmente eres Hijo de Dios’.
Esta también puede ser la travesía del camino de nuestra fe. Jesús nos ha puesto en camino. Se tendría que suponer que todo tendría que ir bien. Somos personas de fe. Nos alimentamos cada día de su Palabra y la gracia de los sacramentos nos acompaña. Sabemos cuál es el camino que hemos de seguir y conocemos bien los mandamientos del Señor. Tenemos trazado un rumbo para nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús.
Pero la travesía se nos hace muchas veces costosa y muy llena de dificultades. También nos asaltan nuestros miedos y nuestras dudas. En nuestra ceguera para no descubrir de verdad a Jesús algunas veces llenamos de fantasmas nuestra cabeza. En ocasiones no medimos los peligros y nos ponemos en trance de tentación y de caída por nuestra flaqueza o por querer confiar demasiado en nosotros mismos. Yo sé lo que tengo que hacer, me digo tantas veces. No volveré a meter la pata, afirmamos fiados demasiado de nuestro saber o de nuestra voluntad. Nos creemos fuertes y no medimos la fuerza del tentación al mal que nos acecha. Nos hundimos tantas veces dejándonos arrastrar una y otra vez por el mal y el pecado.
¿Qué nos pasa? ¿Habremos perdido la fe o se nos habrá debilitado? ¿Habremos puesto más confianza en nosotros mismos que en la gracia del Señor? ¿Habremos aflojado la intensidad de nuestra oración? Hoy unas palabras que quizá nos han pasado desapercibidas cuando hemos escuchado el evangelio. ‘Después de despedir a la gente, Jesús subió a solas al monte para orar’. Allí estuvo hasta la madrugada cuando vino a dar con los discípulos que bregaban contra el viento en medio del lago. ¿Nos hará falta irnos a solas también muchas veces al monte o al desierto de nuestro interior para orar, para encontrarnos con el Señor?
Tenemos que reafirmar nuestra fe en Jesús. Sentir que El tantas veces nos tiende la mano para no dejarnos hundir en medio de las olas de la vida. Tenemos que dejar al menos la orla de su manto, de su vida toque nuestras almas para sentirnos revivificados y curados. Pero todo eso lo sabremos descubrir y vivir si hay ese hábito de oración en nuestra vida. Porque en esa oración aprenderemos a descubrirle y a escucharle, a sentir su fuerza y a verle con los ojos de nuestra fe siempre a nuestro lado, aunque haga oscuro, porque haya noche en nuestra vida.
Que se despierte nuestra fe. El despejará todas nuestras dudas y nos fortalecerá en nuestras debilidades.
Sal. 118
Mt. 14, 22-36
‘Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras el despedía a la gente’.
Se preveía una travesía normal y tranquila. Tantas veces ellos habían atravesado las aguas del lago en sus pescas de día y de noche. Sin embargo, las previsiones no se cumplieron. Pronto comenzaron a tener dificultades porque ‘la barca iba sacudida por las olas porque el viento era contrario’. Comenzaron las dudas y los miedos. Creían ver fantasmas e intentaban hasta lo inimaginable. Comenzaron a perder la fe.
No sabían, o no eran capaces de caer en la cuenta, de que Jesús no les había dejado solos; que aquello que les parecía un fantasma era Cristo mismo que venía a su encuentro. Nada tenían que temer. Jesús estaba tendiéndole la mano a Pedro para que no pusiera en duda las palabras del Maestro y no se hundiera en las aguas. Al final, después del reproche de Jesús - ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’ – terminarían haciendo una hermosa profesión de fe: ‘Realmente eres Hijo de Dios’.
Esta también puede ser la travesía del camino de nuestra fe. Jesús nos ha puesto en camino. Se tendría que suponer que todo tendría que ir bien. Somos personas de fe. Nos alimentamos cada día de su Palabra y la gracia de los sacramentos nos acompaña. Sabemos cuál es el camino que hemos de seguir y conocemos bien los mandamientos del Señor. Tenemos trazado un rumbo para nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús.
Pero la travesía se nos hace muchas veces costosa y muy llena de dificultades. También nos asaltan nuestros miedos y nuestras dudas. En nuestra ceguera para no descubrir de verdad a Jesús algunas veces llenamos de fantasmas nuestra cabeza. En ocasiones no medimos los peligros y nos ponemos en trance de tentación y de caída por nuestra flaqueza o por querer confiar demasiado en nosotros mismos. Yo sé lo que tengo que hacer, me digo tantas veces. No volveré a meter la pata, afirmamos fiados demasiado de nuestro saber o de nuestra voluntad. Nos creemos fuertes y no medimos la fuerza del tentación al mal que nos acecha. Nos hundimos tantas veces dejándonos arrastrar una y otra vez por el mal y el pecado.
¿Qué nos pasa? ¿Habremos perdido la fe o se nos habrá debilitado? ¿Habremos puesto más confianza en nosotros mismos que en la gracia del Señor? ¿Habremos aflojado la intensidad de nuestra oración? Hoy unas palabras que quizá nos han pasado desapercibidas cuando hemos escuchado el evangelio. ‘Después de despedir a la gente, Jesús subió a solas al monte para orar’. Allí estuvo hasta la madrugada cuando vino a dar con los discípulos que bregaban contra el viento en medio del lago. ¿Nos hará falta irnos a solas también muchas veces al monte o al desierto de nuestro interior para orar, para encontrarnos con el Señor?
Tenemos que reafirmar nuestra fe en Jesús. Sentir que El tantas veces nos tiende la mano para no dejarnos hundir en medio de las olas de la vida. Tenemos que dejar al menos la orla de su manto, de su vida toque nuestras almas para sentirnos revivificados y curados. Pero todo eso lo sabremos descubrir y vivir si hay ese hábito de oración en nuestra vida. Porque en esa oración aprenderemos a descubrirle y a escucharle, a sentir su fuerza y a verle con los ojos de nuestra fe siempre a nuestro lado, aunque haga oscuro, porque haya noche en nuestra vida.
Que se despierte nuestra fe. El despejará todas nuestras dudas y nos fortalecerá en nuestras debilidades.
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domingo, 3 de agosto de 2008
Cinco panes y dos peces...
Isaías, 5, 1-3
Sal. 144
Rom. 8, 35.37-39
Mt. 14, 13-21
De entrada dos cosas vienen a mi pensamiento desde la escucha de esta Palabra de hoy. Por una parte estamos acostumbrados a tener que pagar por todo. En el mundo de interrelaciones e intercambios en el que vivimos pareciera que todo se hiciera siempre por un interés, todo tuviera que pagarse y nada se pudiera hacer de forma gratuita. Pero nos dice el Señor: 'Sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero; venid... comed sin pagar vino y leche de balde’.
Y por otra parte cuáles son las satisfacciones que buscamos en la vida y si entre ellas está algo que tenga un valor permanente y duradero. Luego continúa diciéndonos: ‘¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?’
Por una parte, el ofrecimiento de algo gratuito, ‘de balde’. La gratuidad, un valor que hay que recuperar. Y por otra parte, gastar nuestra vida en algo que nos dé hondura. Frente a la superficialidad de las satisfacciones prontas y simplemente sensibles buscar aquello que nos dé la más honda plenitud. Cosa que no es fácil de entender muchas veces porque sólo queremos ver aquello que es palpable con nuestras manos o sentidos, y aquello que nos dé satisfacciones o ganancias prontas aunque sean pasajeras.
‘Escuchadme atentos... inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis’, nos dice el Señor. Una invitación a ir hasta Jesús. Es la fuente del agua viva que saciará plenamente la sed más honda que pueda haber en el corazón del hombre. El quiere hacerse alimento para nosotros que nos dé vida eterna. Busquemos a Jesús. El nos sanará y nos salvará. El nos muestra su amor y su compasión, un amor del que nada nos podrá separar. El quiere darnos vida – una vida que dura para siempre – y quiere alimentarnos con lo más hondo, que para eso se nos da El mismo como comida y alimento en la Eucaristía. Vayamos, pues, hasta Jesús.
Así lo contemplamos hoy en el Evangelio. Se ha ido a un lugar tranquilo y apartado, pero allí se encuentra con una multitud que le busca y que le sigue. ‘Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista. Jesús está siempre disponible para nosotros cuando vayamos a El. Aunque se haya ido a aquel lugar tranquilo y apartado a descansar, no se cruza de brazos, porque su amor le hace estar atento siempre a las necesidades de los demás.
Pero su presencia y su actuar con aquella multitud quiere decirnos muchas cosas. Quiere que le sigamos pero no quiere que seamos unos seguidores pasivos. Nos implica y nos compromete; nos hace ver la realidad y buscar soluciones, nos hace ponernos manos a la obra aunque sea desde la pobreza de sólo nuestros cinco panes.
Los discípulos le piden a Jesús que despida a la gente porque es tarde y están en despoblado y allí no tienen dónde ni qué comer. Una mirada a la realidad. Pero Jesús les replica: ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’. Pero no tienen sino ‘cinco panes y dos peces, ¿qué es eso para tantos?’ Y allí se manifiesta el amor de Jesús. ‘Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente’. Jesús que cuenta con nosotros. Jesús que bendice nuestra disponibilidad y nuestra generosidad. Alguien ha ofrecido los cinco panes y los dos peces. Pero Jesús realiza el milagro. Todos podrán comer y hasta sobrará.
Jesús nos alimenta con su amor, pero Jesús está despertando nuestro corazón para el amor, para la generosidad, para la disponibilidad, para el compartir. Un amor que nos implica y nos compromete. Un amor que no nos podrá dejar con los brazos cruzados.
Cuando miramos alrededor contemplamos también mucha hambre y mucha necesidad. Podemos pensar en tantos y tantos que carecen de todo, que carecen de lo más elemental para su vida, como pueda ser la comida, el vestido o donde habitar. Pero también podemos contemplar otras hambres y carencias. Un mundo árido donde falta el amor. Un mundo sin rumbo porque no tiene esperanza. Un mundo triste y desolado porque ha perdido la ilusión y el deseo de vivir las cosas más hondas. Un mundo falto de paz y tan lleno de violencia... Podríamos seguir fijándonos en muchas más cosas y carencias.
¿No podemos hacer nada nosotros para remediar esa situación de nuestro mundo? Tenemos en nuestras alforjas cinco panes y dos peces, o muchas cosas más, porque no nos faltan esas cosas elementales, pero también porque desde esa fe que tenemos en Jesús no nos falta amor, esperanza, ilusión, alegría, paz en nuestro corazón. ¿Nos vamos a quedar con esos cinco panes y dos peces de nuestro amor y de nuestra esperanza sólo para nosotros? ¿No tendríamos que compartirlo generosamente con los demás?
¡Cuánto podemos hacer allí donde estamos y donde vivimos! Aunque nuestro campo de acción sea muy limitado, por las razones que sean, siempre podemos y tenemos que repartir esos cinco panes y dos peces con tantos que están cerca de nosotros. Seguro que sentiremos la alegría y la felicidad más honda en nuestro corazón que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Eso sí que es alimento que nos da hartura.
Sal. 144
Rom. 8, 35.37-39
Mt. 14, 13-21
De entrada dos cosas vienen a mi pensamiento desde la escucha de esta Palabra de hoy. Por una parte estamos acostumbrados a tener que pagar por todo. En el mundo de interrelaciones e intercambios en el que vivimos pareciera que todo se hiciera siempre por un interés, todo tuviera que pagarse y nada se pudiera hacer de forma gratuita. Pero nos dice el Señor: 'Sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero; venid... comed sin pagar vino y leche de balde’.
Y por otra parte cuáles son las satisfacciones que buscamos en la vida y si entre ellas está algo que tenga un valor permanente y duradero. Luego continúa diciéndonos: ‘¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?’
Por una parte, el ofrecimiento de algo gratuito, ‘de balde’. La gratuidad, un valor que hay que recuperar. Y por otra parte, gastar nuestra vida en algo que nos dé hondura. Frente a la superficialidad de las satisfacciones prontas y simplemente sensibles buscar aquello que nos dé la más honda plenitud. Cosa que no es fácil de entender muchas veces porque sólo queremos ver aquello que es palpable con nuestras manos o sentidos, y aquello que nos dé satisfacciones o ganancias prontas aunque sean pasajeras.
‘Escuchadme atentos... inclinad el oído, venid a mí; escuchadme y viviréis’, nos dice el Señor. Una invitación a ir hasta Jesús. Es la fuente del agua viva que saciará plenamente la sed más honda que pueda haber en el corazón del hombre. El quiere hacerse alimento para nosotros que nos dé vida eterna. Busquemos a Jesús. El nos sanará y nos salvará. El nos muestra su amor y su compasión, un amor del que nada nos podrá separar. El quiere darnos vida – una vida que dura para siempre – y quiere alimentarnos con lo más hondo, que para eso se nos da El mismo como comida y alimento en la Eucaristía. Vayamos, pues, hasta Jesús.
Así lo contemplamos hoy en el Evangelio. Se ha ido a un lugar tranquilo y apartado, pero allí se encuentra con una multitud que le busca y que le sigue. ‘Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista. Jesús está siempre disponible para nosotros cuando vayamos a El. Aunque se haya ido a aquel lugar tranquilo y apartado a descansar, no se cruza de brazos, porque su amor le hace estar atento siempre a las necesidades de los demás.
Pero su presencia y su actuar con aquella multitud quiere decirnos muchas cosas. Quiere que le sigamos pero no quiere que seamos unos seguidores pasivos. Nos implica y nos compromete; nos hace ver la realidad y buscar soluciones, nos hace ponernos manos a la obra aunque sea desde la pobreza de sólo nuestros cinco panes.
Los discípulos le piden a Jesús que despida a la gente porque es tarde y están en despoblado y allí no tienen dónde ni qué comer. Una mirada a la realidad. Pero Jesús les replica: ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’. Pero no tienen sino ‘cinco panes y dos peces, ¿qué es eso para tantos?’ Y allí se manifiesta el amor de Jesús. ‘Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente’. Jesús que cuenta con nosotros. Jesús que bendice nuestra disponibilidad y nuestra generosidad. Alguien ha ofrecido los cinco panes y los dos peces. Pero Jesús realiza el milagro. Todos podrán comer y hasta sobrará.
Jesús nos alimenta con su amor, pero Jesús está despertando nuestro corazón para el amor, para la generosidad, para la disponibilidad, para el compartir. Un amor que nos implica y nos compromete. Un amor que no nos podrá dejar con los brazos cruzados.
Cuando miramos alrededor contemplamos también mucha hambre y mucha necesidad. Podemos pensar en tantos y tantos que carecen de todo, que carecen de lo más elemental para su vida, como pueda ser la comida, el vestido o donde habitar. Pero también podemos contemplar otras hambres y carencias. Un mundo árido donde falta el amor. Un mundo sin rumbo porque no tiene esperanza. Un mundo triste y desolado porque ha perdido la ilusión y el deseo de vivir las cosas más hondas. Un mundo falto de paz y tan lleno de violencia... Podríamos seguir fijándonos en muchas más cosas y carencias.
¿No podemos hacer nada nosotros para remediar esa situación de nuestro mundo? Tenemos en nuestras alforjas cinco panes y dos peces, o muchas cosas más, porque no nos faltan esas cosas elementales, pero también porque desde esa fe que tenemos en Jesús no nos falta amor, esperanza, ilusión, alegría, paz en nuestro corazón. ¿Nos vamos a quedar con esos cinco panes y dos peces de nuestro amor y de nuestra esperanza sólo para nosotros? ¿No tendríamos que compartirlo generosamente con los demás?
¡Cuánto podemos hacer allí donde estamos y donde vivimos! Aunque nuestro campo de acción sea muy limitado, por las razones que sean, siempre podemos y tenemos que repartir esos cinco panes y dos peces con tantos que están cerca de nosotros. Seguro que sentiremos la alegría y la felicidad más honda en nuestro corazón que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Eso sí que es alimento que nos da hartura.
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sábado, 2 de agosto de 2008
La maldad nos llena de muerte, pero Cristo nos da vida
La maldad nos llena de muerte, pero Cristo nos da vida
Jer. 26, 11-16.24
Sal. 68
Mt. 14, 1-12
La maldad y el pecado siempre nos llenan de muerte. La rectitud de corazón y el amor siempre será un camino que nos lleva a la vida. Cuánta negrura somos capaces de meter en nuestro corazón cuando arrancamos de él el amor y dejamos que la maldad se apodere de nosotros. Pero también de cuánta luz podemos llenarnos si dejamos que se introduzcan en nosotros los resplandores del amor y de una vida recta.
La página del evangelio que comentamos, el martirio de Juan Bautista, nos lo refleja. Negruras y muerte vemos en la vida licenciosa que vive Herodes y que el Bautista denuncia. Todo vendrá luego como en cascada. La cárcel de Juan, el intento o deseos de darle muerte; los miedos y temores pero también los respetos humanos; el odio, el resentimiento, la envidia, la venganza y los malos deseos, lo vemos reflejado en Herodes, Herodías y todo su entorno. Todo es muerte en el corazón de aquellas personas. No era Juan el que estaba en la muerte, aunque perdiera la vida, sino aquellos que se la arrebataron.
A contraluz aparece Juan con su rectitud de conciencia, con su pureza de corazón, y con el sufrimiento que le lleva a la cárcel y al martirio. Pero en él no hay muerte sino vida. Aunque haya que pasar un poco en esta vida terrena, como nos enseña el apóstol. Es un testigo de la verdad, de la justicia, del bien, de la rectitud de vida. Testigo hasta dar la vida.
Una súplica surge en mi corazón. Que no me llene nunca de muerte. Que no deje que las tinieblas se introduzcan en mi corazón. Que me mantenga siempre en un camino de rectitud y de bien. Que me mantenga alejado del odio que mata el alma. Que sea capaz de poner amor allí donde haya odio y rencor. Que sea siempre instrumento de paz y de concordia. Que haga brillar siempre la justicia y luche por liberar a todos los que se sientes esclavizados.
‘¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo mi alma?... No temáis a los que puedan matar el cuerpo; temed más bien al que puede enviaros con cuerpo y alma al infierno’. Son palabras de Jesús. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, de ellos es el reino de los cielos’, nos anuncia en las bienaventuranzas. Busquemos lo que es más importante y por lo que merece dar la vida. No temamos la muerte que nos lleva a la vida. ‘Cuando amamos sabemos que pasamos de la muerte a la vida’, nos dice san Juan en sus cartas.
Cristo viene a darnos vida, a arrancarnos de las garras de la muerte, a liberarnos de la peor de las esclavitudes que atan nuestro espíritu. Escuchemos su voz. Sigamos su camino. Dejémonos liberar por su gracia. El dio la vida para arrancarnos de la muerte y darnos una vida que no se acaba, una vida sin fin.
Jer. 26, 11-16.24
Sal. 68
Mt. 14, 1-12
La maldad y el pecado siempre nos llenan de muerte. La rectitud de corazón y el amor siempre será un camino que nos lleva a la vida. Cuánta negrura somos capaces de meter en nuestro corazón cuando arrancamos de él el amor y dejamos que la maldad se apodere de nosotros. Pero también de cuánta luz podemos llenarnos si dejamos que se introduzcan en nosotros los resplandores del amor y de una vida recta.
La página del evangelio que comentamos, el martirio de Juan Bautista, nos lo refleja. Negruras y muerte vemos en la vida licenciosa que vive Herodes y que el Bautista denuncia. Todo vendrá luego como en cascada. La cárcel de Juan, el intento o deseos de darle muerte; los miedos y temores pero también los respetos humanos; el odio, el resentimiento, la envidia, la venganza y los malos deseos, lo vemos reflejado en Herodes, Herodías y todo su entorno. Todo es muerte en el corazón de aquellas personas. No era Juan el que estaba en la muerte, aunque perdiera la vida, sino aquellos que se la arrebataron.
A contraluz aparece Juan con su rectitud de conciencia, con su pureza de corazón, y con el sufrimiento que le lleva a la cárcel y al martirio. Pero en él no hay muerte sino vida. Aunque haya que pasar un poco en esta vida terrena, como nos enseña el apóstol. Es un testigo de la verdad, de la justicia, del bien, de la rectitud de vida. Testigo hasta dar la vida.
Una súplica surge en mi corazón. Que no me llene nunca de muerte. Que no deje que las tinieblas se introduzcan en mi corazón. Que me mantenga siempre en un camino de rectitud y de bien. Que me mantenga alejado del odio que mata el alma. Que sea capaz de poner amor allí donde haya odio y rencor. Que sea siempre instrumento de paz y de concordia. Que haga brillar siempre la justicia y luche por liberar a todos los que se sientes esclavizados.
‘¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo mi alma?... No temáis a los que puedan matar el cuerpo; temed más bien al que puede enviaros con cuerpo y alma al infierno’. Son palabras de Jesús. ‘Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, de ellos es el reino de los cielos’, nos anuncia en las bienaventuranzas. Busquemos lo que es más importante y por lo que merece dar la vida. No temamos la muerte que nos lleva a la vida. ‘Cuando amamos sabemos que pasamos de la muerte a la vida’, nos dice san Juan en sus cartas.
Cristo viene a darnos vida, a arrancarnos de las garras de la muerte, a liberarnos de la peor de las esclavitudes que atan nuestro espíritu. Escuchemos su voz. Sigamos su camino. Dejémonos liberar por su gracia. El dio la vida para arrancarnos de la muerte y darnos una vida que no se acaba, una vida sin fin.
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viernes, 1 de agosto de 2008
La Palabra del Señor permanece para siempre
Jer. 26, 1-9
Sal. 68
Mt. 13, 54-58
‘La palabra del Señor permanece para siempre y esa palabra es el evangelio que os anunciamos’. Es la aclamación al evangelio proclamado y es también nuestra súplica humilde y confiada. Es también la fe que queremos proclamar ante esa Palabra, que para nosotros es palabra de vida y de salvación.
Que aprendamos a escuchar la Palabra y plantarla en nuestro corazón; que sepamos acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Fe en la Palabra del Señor. Fe para acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Porque no es lo que nosotros queramos escuchar, ni buscamos palabras que nos halaguen el oído o nuestros sentimientos. Sería una actitud negativa y manipuladora de la Palabra del Señor: escuchar solo lo que nos gusta o nos agrade, rechazando lo que pueda ponernos el dedo en la llaga de nuestra vida.
Es una tentación que todos podemos sufrir ante la Palabra que se nos proclama. Les sucedía a los vecinos de Nazaret ante la presencia de Jesús como escuchamos en el evangelio. Se admiraban ante la presencia y el actuar de Jesús. Era uno de su pueblo, que ahora era reconocido por todas partes. Conocido en Cafarnaún y por todas las aldeas de Galilea, la gente se agolpaba a escuchar a Jesús.
Ahora está en medio de ellos. Quizá les gustaría que hiciera allí los milagros que sabían que hacía por todas partes. Pero andaban con cierta desconfianza. ‘¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos (parientes) Santiago, José, Simón y Judas?’ Y seguían haciéndose preguntas. ‘¿De donde saca esa sabiduría y esos milagros?’
Ellos también estarían pensando en un Mesías triunfante, al frente de grandes ejércitos para liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Pero ese Mesías tendría que aparecer de una forma espectacular. Y a Jesús lo conocían de siempre. Con ellos había estado siempre desde niño, correteando por los caminos de Nazaret y haciendo su vida en medio de ellos. Por eso desconfían. ‘¿De donde saca todo eso?’ Les hubiera gustado verlo de otra manera, que dijera o hiciera otras cosas.
Lo mismo le había sucedido al profeta Jeremías. Sus palabras no eran palabras halagadoras, sino de denuncia ante el camino que habían escogido lejos de la fidelidad a la Alianza. Se estaban destruyendo a sí mismos. El profeta denuncia y anuncia las calamidades que van a pasar porque el templo y la ciudad van a ser destruidas si siguen por ese camino. Quieren quitarlo de en medio. No quieren que siga diciendo esas cosas en el mismo templo. ‘Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Pero, ¿no nos pasará a nosotros de manera semejante? ¿Cuál es la actitud profunda que tenemos ante la Palabra del Señor que se nos proclama? También buscamos palabras bonitas y halagadores, predicadores de renombre y que nos hablen con pomposidad. Nos gustaría escuchar palabras que nos adormezcan. Y cuando no nos agrada también comenzamos a tener actitudes pasivas y negativas. Es un rollo. Se alarga demasiado. No sabe hablar. Es un pesado. Debería decirnos otras cosas. Tendría que ser más ameno. Y así no sé cuántas cosas más con las que pretendemos que lo que se nos dice se acomode a nuestros gustos.
En el evangelio dice que ‘Jesús en Nazaret no hizo muchos milagros, porque les faltaba fe’. Y les denuncia Jesús: ‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Nos falta fe para descubrir lo que es la Palabra de Dios para nuestra vida, para descubrir el mensaje de vida y salvación que siempre se nos trasmite. Nos hace falta fe para ponernos con actitud humilde y acogedora ante la Palabra que se nos proclama. Es necesario que vayamos con un corazón más abierto a la escucha.
Tenemos que desterrar de nosotros las malas hierbas, los pedruscos o la dureza del corazón para que seamos en verdad tierra buena. Tenemos que abrir los oídos del corazón para escuchar. Que Dios se nos manifiesta y nos habla no por los caminos que nosotros queramos, sino como El quiera hacerse oír y llegar a nosotros. No podemos tener prejuicios ante quien nos anuncia la Palabra de Dios, sino tratar siempre de descubrir esa Palabra de Vida que el Señor quiere siempre trasmitirnos. Que no busquemos grandiosidades o cosas espectaculares porque el Señor se nos manifiesta en lo pequeño y en lo sencillo. Que siempre será para nosotros una Buena Noticia de Salvación la que llegue a nuestra vida.
Sal. 68
Mt. 13, 54-58
‘La palabra del Señor permanece para siempre y esa palabra es el evangelio que os anunciamos’. Es la aclamación al evangelio proclamado y es también nuestra súplica humilde y confiada. Es también la fe que queremos proclamar ante esa Palabra, que para nosotros es palabra de vida y de salvación.
Que aprendamos a escuchar la Palabra y plantarla en nuestro corazón; que sepamos acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Fe en la Palabra del Señor. Fe para acogerla tal como el Señor nos la trasmite. Porque no es lo que nosotros queramos escuchar, ni buscamos palabras que nos halaguen el oído o nuestros sentimientos. Sería una actitud negativa y manipuladora de la Palabra del Señor: escuchar solo lo que nos gusta o nos agrade, rechazando lo que pueda ponernos el dedo en la llaga de nuestra vida.
Es una tentación que todos podemos sufrir ante la Palabra que se nos proclama. Les sucedía a los vecinos de Nazaret ante la presencia de Jesús como escuchamos en el evangelio. Se admiraban ante la presencia y el actuar de Jesús. Era uno de su pueblo, que ahora era reconocido por todas partes. Conocido en Cafarnaún y por todas las aldeas de Galilea, la gente se agolpaba a escuchar a Jesús.
Ahora está en medio de ellos. Quizá les gustaría que hiciera allí los milagros que sabían que hacía por todas partes. Pero andaban con cierta desconfianza. ‘¿No es este el hijo del carpintero? ¿No es su madre María y sus hermanos (parientes) Santiago, José, Simón y Judas?’ Y seguían haciéndose preguntas. ‘¿De donde saca esa sabiduría y esos milagros?’
Ellos también estarían pensando en un Mesías triunfante, al frente de grandes ejércitos para liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Pero ese Mesías tendría que aparecer de una forma espectacular. Y a Jesús lo conocían de siempre. Con ellos había estado siempre desde niño, correteando por los caminos de Nazaret y haciendo su vida en medio de ellos. Por eso desconfían. ‘¿De donde saca todo eso?’ Les hubiera gustado verlo de otra manera, que dijera o hiciera otras cosas.
Lo mismo le había sucedido al profeta Jeremías. Sus palabras no eran palabras halagadoras, sino de denuncia ante el camino que habían escogido lejos de la fidelidad a la Alianza. Se estaban destruyendo a sí mismos. El profeta denuncia y anuncia las calamidades que van a pasar porque el templo y la ciudad van a ser destruidas si siguen por ese camino. Quieren quitarlo de en medio. No quieren que siga diciendo esas cosas en el mismo templo. ‘Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor’.
Pero, ¿no nos pasará a nosotros de manera semejante? ¿Cuál es la actitud profunda que tenemos ante la Palabra del Señor que se nos proclama? También buscamos palabras bonitas y halagadores, predicadores de renombre y que nos hablen con pomposidad. Nos gustaría escuchar palabras que nos adormezcan. Y cuando no nos agrada también comenzamos a tener actitudes pasivas y negativas. Es un rollo. Se alarga demasiado. No sabe hablar. Es un pesado. Debería decirnos otras cosas. Tendría que ser más ameno. Y así no sé cuántas cosas más con las que pretendemos que lo que se nos dice se acomode a nuestros gustos.
En el evangelio dice que ‘Jesús en Nazaret no hizo muchos milagros, porque les faltaba fe’. Y les denuncia Jesús: ‘Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta’. Nos falta fe para descubrir lo que es la Palabra de Dios para nuestra vida, para descubrir el mensaje de vida y salvación que siempre se nos trasmite. Nos hace falta fe para ponernos con actitud humilde y acogedora ante la Palabra que se nos proclama. Es necesario que vayamos con un corazón más abierto a la escucha.
Tenemos que desterrar de nosotros las malas hierbas, los pedruscos o la dureza del corazón para que seamos en verdad tierra buena. Tenemos que abrir los oídos del corazón para escuchar. Que Dios se nos manifiesta y nos habla no por los caminos que nosotros queramos, sino como El quiera hacerse oír y llegar a nosotros. No podemos tener prejuicios ante quien nos anuncia la Palabra de Dios, sino tratar siempre de descubrir esa Palabra de Vida que el Señor quiere siempre trasmitirnos. Que no busquemos grandiosidades o cosas espectaculares porque el Señor se nos manifiesta en lo pequeño y en lo sencillo. Que siempre será para nosotros una Buena Noticia de Salvación la que llegue a nuestra vida.
jueves, 31 de julio de 2008
Como está el barro en manos del alfarero
Jer. 18, 1-6
Sal. 145
Mt. 13, 47-53
Estamos acostumbrados a que el profeta Jeremías nos hable no sólo con palabras, sino también con gestos o signos tomados de la vida. En esta ocasión el Señor le pide que baje al taller del alfarero.
¿Qué es lo que ve? Al alfarero haciendo pacientemente su trabajo, haciendo y rehaciendo cuantas veces sea necesario su vasija para que quede perfecta. Antes ha escogido la arcilla mejor, la ha amasado con sus manos estrujando una y otra vez aquel barro que ha formado, luego ha comenzado, ayudado por el torno, a darle forma a la arcilla preparada; ha retocado por aquí, ha mejorado por allá, ha pulido donde era necesario porque quizá era demasiado material, así pacientemente hasta que ha quedado a su gusto y la ha metido en horno para que se cueza y tome la necesaria consistencia para su uso.
¿Qué le dice el Señor? ‘¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como el alfarero? Mirad: como está este barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’.
En las manos del Señor. El nos ha creado. Ha insuflado su vida en nosotros para que tengamos vida. Ya el Génesis al hablarnos de la creación nos dice ‘el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo’. Todos entendemos que es una imagen y una forma de hablar. Pero nosotros los creyentes decimos que Dios nos ha creado, Dios nos ha dado la vida.
Pero decimos algo más. Dios nos ha dado la vida y nos sigue creando día a día porque día a día seguimos estando en sus manos. Pensamos, cuantas cosas nos ha sucedido en la vida, cómo nos hemos ido haciendo. No somos los mismos que cuando éramos niños, ni cuando adolescentes o jóvenes, y muchas cosas nos han ido sucediendo a través de la vida que nos han ido formando y haciendo como somos hoy.
Pero como creyentes creemos en la mano providente de Dios. Y en todos esos acontecimientos de la vida vemos la mano de Dios que nos ha ido formando. Amasados por las manos de Dios. Con cosas que nos han hecho crecer; cosas que nos han sucedido y nos han purificado; acontecimientos que nos han hecho madurar. Pero Dios que ha ido actuando en nuestra vida a través de esos acontecimientos, esos años vividos, esas personas que han estado a nuestro lado, esos sufrimientos que nos han purificado, esa alegría que ha hecho respirar con hondura el corazón.
No siempre quizá nos hemos dejado hacer por Dios, porque nos hemos resistido a muchas llamadas del Señor que se nos han manifestado en tantas cosas, sobre todo en aquellas que nos podían hacer sufrir. Muchas veces nos hemos querido hacer sólo a nuestra propia imagen y semejanza. Nos hemos resistido hasta incluso en ocasiones oponernos al plan de Dios. Pero Dios ha seguido amasando nuestro barro, y ahí esta la vasija de nuestra vida. Quizá no tan perfecta por nuestras resistencias y nuestros caprichos.
Queremos ser ese barro en manos del alfarero divino. Queremos ponernos en la manos de Dios para dejarnos amasar y hacer por El. Aunque nos cueste. Los dedos de Dios retuercen nuestro barro o el fuego del amor divino quiere quemar muchas escorias. Dios se vale de muchas cosas para hacernos llegar su gracia, que nos purifica, que nos dignifica, que nos hace bellos porque quiere hacernos a su imagen y semejanza, que nos hace lo más grande que un ser humano puede soñar, porque nos hace hijos de Dios. Que todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.
Sal. 145
Mt. 13, 47-53
Estamos acostumbrados a que el profeta Jeremías nos hable no sólo con palabras, sino también con gestos o signos tomados de la vida. En esta ocasión el Señor le pide que baje al taller del alfarero.
¿Qué es lo que ve? Al alfarero haciendo pacientemente su trabajo, haciendo y rehaciendo cuantas veces sea necesario su vasija para que quede perfecta. Antes ha escogido la arcilla mejor, la ha amasado con sus manos estrujando una y otra vez aquel barro que ha formado, luego ha comenzado, ayudado por el torno, a darle forma a la arcilla preparada; ha retocado por aquí, ha mejorado por allá, ha pulido donde era necesario porque quizá era demasiado material, así pacientemente hasta que ha quedado a su gusto y la ha metido en horno para que se cueza y tome la necesaria consistencia para su uso.
¿Qué le dice el Señor? ‘¿Y no podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como el alfarero? Mirad: como está este barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel’.
En las manos del Señor. El nos ha creado. Ha insuflado su vida en nosotros para que tengamos vida. Ya el Génesis al hablarnos de la creación nos dice ‘el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo’. Todos entendemos que es una imagen y una forma de hablar. Pero nosotros los creyentes decimos que Dios nos ha creado, Dios nos ha dado la vida.
Pero decimos algo más. Dios nos ha dado la vida y nos sigue creando día a día porque día a día seguimos estando en sus manos. Pensamos, cuantas cosas nos ha sucedido en la vida, cómo nos hemos ido haciendo. No somos los mismos que cuando éramos niños, ni cuando adolescentes o jóvenes, y muchas cosas nos han ido sucediendo a través de la vida que nos han ido formando y haciendo como somos hoy.
Pero como creyentes creemos en la mano providente de Dios. Y en todos esos acontecimientos de la vida vemos la mano de Dios que nos ha ido formando. Amasados por las manos de Dios. Con cosas que nos han hecho crecer; cosas que nos han sucedido y nos han purificado; acontecimientos que nos han hecho madurar. Pero Dios que ha ido actuando en nuestra vida a través de esos acontecimientos, esos años vividos, esas personas que han estado a nuestro lado, esos sufrimientos que nos han purificado, esa alegría que ha hecho respirar con hondura el corazón.
No siempre quizá nos hemos dejado hacer por Dios, porque nos hemos resistido a muchas llamadas del Señor que se nos han manifestado en tantas cosas, sobre todo en aquellas que nos podían hacer sufrir. Muchas veces nos hemos querido hacer sólo a nuestra propia imagen y semejanza. Nos hemos resistido hasta incluso en ocasiones oponernos al plan de Dios. Pero Dios ha seguido amasando nuestro barro, y ahí esta la vasija de nuestra vida. Quizá no tan perfecta por nuestras resistencias y nuestros caprichos.
Queremos ser ese barro en manos del alfarero divino. Queremos ponernos en la manos de Dios para dejarnos amasar y hacer por El. Aunque nos cueste. Los dedos de Dios retuercen nuestro barro o el fuego del amor divino quiere quemar muchas escorias. Dios se vale de muchas cosas para hacernos llegar su gracia, que nos purifica, que nos dignifica, que nos hace bellos porque quiere hacernos a su imagen y semejanza, que nos hace lo más grande que un ser humano puede soñar, porque nos hace hijos de Dios. Que todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.
miércoles, 30 de julio de 2008
Te pondré como muralla de bronce inexpugnable
Te pondré como muralla de bronce inexpugnable
Jer. 15, 10.16-21
Sal.58
Mt. 13, 44-46
Duro y difícil se le hacía al profeta Jeremías cumplir su misión. Pero la había asumido y quería ser fiel. ‘Tu nombre fue pronunciado sobre mí’. Se había resistido cuando el Señor le había llamado. ‘Soy sólo un muchacho y no sé hablar’, había dicho. Pero el Señor había puesto palabras en su boca y fuego en su corazón para cumplir su misión.
Era todo un signo de contradicción en medio del pueblo. Le rechazaban y no querían escucharle. Les hablaba con signos y palabras. Pero le perseguían, le ultrajaban, se burlaban de él, le metían en la mazmorra. ‘Ni he prestado ni me han prestado y todos me maldicen...’
Pero El quería ser fiel y cumplir con su misión. ‘Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón’, razona el profeta. Pero el Señor estaba a su lado. ‘Si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca’. Y el Señor le dice que tenga cuidado para no dejarse seducir. ‘Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte...’
Es también nuestra lucha y nuestra fatiga. Es el camino de nuestra fe y el camino de la misión que el Señor nos confía y en el que muchas veces nos sentimos débiles e incapaces. Queremos ser fieles. Queremos cumplir con la misión que el Señor os ha encomendado, pero sentimos tantas flaquezas en nuestro interior.
Queremos bebernos también las palabras del Señor. Pero las tentaciones de todo tipo nos acechan y nos abruman. Nos sentimos también acosados por todas partes. Pero queremos caminar en la fidelidad. Nos queremos apoyar también en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro...’ como dijimos en el salmo. Cada día pedimos al Señor ‘no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’.
Con el Señor nos sentimos fuertes en todos los embates. Pero incluso en nuestra misma oración algunas veces nos sentimos tentados, porque aunque decimos que el Señor es nuestra fortaleza y nuestro alcázar, algunas veces dudamos. Pensamos que no somos capaces de superar la tentación, de mantenernos en el camino bueno. Por eso también tenemos que superar y vencer esa tentación de la desconfianza y de la falta de fe.
Nosotros hemos encontrado el tesoro escondido, hemos comprado la perla preciosa. Cristo es la alegría de nuestro corazón. Nosotros hemos encontrado a Cristo y El nos da la fuerza de su Espíritu. No luchamos solos, con nosotros está el Espíritu del Señor que nos anima, nos consuela, nos fortalece, nos da vida. Nos sentimos seguros en el Señor. ‘Dios es mi refugio en el peligro... estoy velando contigo, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar...’ Con el Señor de nuestra parte hemos de sentirnos como ‘muralla de bronce inexpugnable’, porque nuestra fortaleza está en el Señor.
martes, 29 de julio de 2008
la verdadera devoción a los santos
Muchas veces cuando nos acercamos a los santos pareciera que sólo acudimos a ellos de una forma que podríamos llamar egoísta, porque sólo pensamos en su protección, en los milagros o cosas extraordinarias que a favor nuestro y de nuestras necesidades puedan hacernos. Es necesario que ahondemos un poco en lo que pueda significar la devoción que tengamos a los santos.
Primero que nada nos manifiestan la santidad de Dios que se refleja en su vida santa y que son entonces una muestra de la fecundidad de la Iglesia y de su vitalidad. La Iglesia es fecunda en la santidad de sus miembros y eso la hace estar llena de vida y de obras de amor y de santidad. La fecundidad de una tierra o la fecundidad de una planta, por fijarnos en alguna cosa, se manifiesta en los frutos que produce. Los frutos de la Iglesia es el amor y la santidad de sus miembros. Frutos de amor que resplandecen de manera especial en la santidad. Todos estamos llamados a ser santos y eso es lo que la Iglesia quiere producir en nosotros. Cuando resplandece la santidad de uno de sus miembros está resplandeciendo entonces la fecundidad de la Iglesia.
Pero esa santidad que contemplamos en los santos se convierte para todos en un ejemplo, un aliciente, un estímulo en ese camino de vida que hemos de vivir. La presencia de los santos a nuestro lado se convierte para nosotros en un aliento en medio de nuestras luchas, en medio de la carrera que hemos de hacer hacia esa meta de la santidad. Contemplar a uno como nosotros que ha llegado a esa corona de gloria nos estimula, nos alienta para que no desfallezcamos, para que nos mantengamos firmes en esa fe y en ese amor que nos conducen a la santidad.
Primero que nada nos manifiestan la santidad de Dios que se refleja en su vida santa y que son entonces una muestra de la fecundidad de la Iglesia y de su vitalidad. La Iglesia es fecunda en la santidad de sus miembros y eso la hace estar llena de vida y de obras de amor y de santidad. La fecundidad de una tierra o la fecundidad de una planta, por fijarnos en alguna cosa, se manifiesta en los frutos que produce. Los frutos de la Iglesia es el amor y la santidad de sus miembros. Frutos de amor que resplandecen de manera especial en la santidad. Todos estamos llamados a ser santos y eso es lo que la Iglesia quiere producir en nosotros. Cuando resplandece la santidad de uno de sus miembros está resplandeciendo entonces la fecundidad de la Iglesia.
Pero esa santidad que contemplamos en los santos se convierte para todos en un ejemplo, un aliciente, un estímulo en ese camino de vida que hemos de vivir. La presencia de los santos a nuestro lado se convierte para nosotros en un aliento en medio de nuestras luchas, en medio de la carrera que hemos de hacer hacia esa meta de la santidad. Contemplar a uno como nosotros que ha llegado a esa corona de gloria nos estimula, nos alienta para que no desfallezcamos, para que nos mantengamos firmes en esa fe y en ese amor que nos conducen a la santidad.
A los que aman se les abren las puertas para Dios
A los que aman se les abren las puertas para Dios
1Jn. 4, 7,-16
Sal. 33
Jn. 11, 19-27
A los que aman se les abren las puertas para Dios. Esto nos viene a decir la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado y quisiera dejar como mensaje resumen en esta fiesta de santa Marta que hoy estamos celebrando.
El amor nos abre las puertas a Dios. Cuando amamos y amamos de verdad entramos en la onda de la sintonía de Dios. Es la mejor manera. Queremos conocer a Dios, queremos entrar en su sintonía, e igual que nos pasa cuando queremos sintonizar una emisora sea de radio o televisión, que hemos de buscar la onda exacta donde nos trasmite la señal, así cuando queremos llegar a Dios, o cuando queremos que Dios llegue a nuestra vida, entremos en la onda del amor. Entrando en esa onda de amor, llegaremos a Dios y llegaremos a conocer lo que es el amor verdadero, el más puro y el que nos dará mayor plenitud en nuestra vida.
Ya nos lo decía san Juan en este hermoso texto de su primera carta que se nos ha proclamado. ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor’. Por eso más adelante nos seguía diciendo el apóstol. ‘Si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección’. Por eso decía que desde el amor sintonizamos con Dios, se nos abren las puertas de nuestra vida a Dios. ‘Si nos amamos... Dios permanece en nosotros...’, podremos conocer a Dios, podremos llenarnos de Dios.
Podremos sintonizar con Dios porque Dios es amor. Podremos llegar a descubrir el amor más grande y más perfecto, porque entonces descubriremos todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Porque aunque nos parezca que somos nosotros los que hemos empezado a amar, es Dios el que nos ha amado primero. Porque como nos dice el apóstol ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y nos envió a su hijo para librarnos de nuestros pecados’. Un amor generoso, sin límites, un amor altruista, un amor fiel del Señor aunque nosotros no le correspondamos.
Y entonces amaremos con amor como el suyo. Un amor primero, un amor sin límites, y un amor sin esperar recompensa. Eso lo podremos descubrir y podremos luego vivirlo desde El y con El, cuando nos sentimos amados así por El. Esa es una característica del amor cristiano. Que amamos siempre aunque no seamos amados ni recompensados por aquellos a los que amamos, porque amamos generosamente. Amamos sin poner límites a nuestro amor, con amor generoso y universal.
Me estoy haciendo esta reflexión en esta fiesta de santa Marta que estamos celebrando porque este texto de la primera carta de san Juan que estamos comentando es el que nos ofrece la liturgia como primera lectura en nuestra celebración. Y es que además podemos verlo reflejado perfectamente en la vida de santa Marta, en esa virtud de la hospitalidad que resalta sobre todo en lo que el evangelio nos reseña de su vida.
Miramos hoy a santa Marta, la mujer de las puertas abiertas, la mujer que resplandece por su hospitalidad, la mujer que resplandeció por su amor. Es lo que nos cuenta el evangelio de ella. Una mujer de su tiempo dedicada por entero a las tareas del hogar, pero una mujer de un corazón grande para acoger y amar con la mejor de las hospitalidades. Por eso sus puertas estaban abiertas para Dios.
Con qué gusto, podríamos decir, llegaba Jesús a aquel hogar de Betania donde tan maravillosamente se sentía acogido. Betania era y sigue significando un remanso de paz y de amor. En el camino que conducía a Jerusalén, se convertiría en lugar de parada obligatoria, porque allí estaban siempre aquellos hermanos, Lázaro, Marta y María, con las puertas abiertas; allí estaban aquellos corazones generosos y llenos de amor para acoger. Iba y venía seguramente Jesús y sus discípulos de Jerusalén a Betania y de Betania a Jerusalén en sus estancias en la ciudad santa. En algun momento determinado nos lo da a entender el evangelio. Y desde el camino de Betania bajaba Jesús por el monte de los Olivos cuando su entrada en Jerusalén, camino de la Pascua, de su Pascua definitiva y eterna.
Desde su amor Marta conoció a Jesús y creció su fe en El. Marta suplica confiada a Jesús cuando Lázaro está enfermo: ‘el que amas está enfermo’, le manda a decir. Como sigue confiando en Jesús aunque su hermano hubiera muerto, ‘porque sé que todo lo que le pidas a Dios te lo concederá’. Y Marta terminará haciendo una hermosa profesión de fe, tras el anuncio de resurrección y de vida para quienes creen en Jesús. ‘¿Crees esto?’, le preguntaba Jesús, y ella respondía: ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir’.
El Señor nos ofrece el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, como cantamos en uno de los prefacios de los santos. Aquí tenemos hoy el ejemplo de santa Marta, ejemplo de fe y ejemplo de amor. Queremos copiar su fe, para reconocer a Jesús, el Mesías de Dios, el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo, pero para reconocer a Jesús también nuestros hermanos porque todo lo que le hagamos a uno de estos pequeños a mí me lo hicisteis, que nos enseñaría Jesús. y queremos imitarla también en su amor generoso y hospitalario.
Que Santa Marta nos alcance del Señor ese don del amor, para que así siempre le abramos las puertas para Dios.
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