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viernes, 27 de julio de 2018

Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida



Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida

Jer. 3, 14-17; Sal.: Jer. 31; Mateo, 13, 18-23
En ocasiones los niños nos parecen impertinentes con sus preguntas; una y otra vez nos están preguntando; ¿por qué? ¿por qué? Nos preguntan una y otra vez, todo lo quieren saber, nos preguntan por todo. Un buen padre que quiere ser en verdad educador de sus hijos trata siempre de responder, es más, trata incluso de fomentar ese interés y esa curiosidad, porque es el camino del aprender y del saber.
No solo es la ‘impertinencia’ de los niños, sino que nos encontramos con personas que siempre están indagando, preguntando, queriendo saber razones, no se conforman con el conocimiento que ya tengan de los hechos o de las cosas sino que quieren saber más; seguro estaréis pensando en una curiosidad malsana que puedan tener algunas personas que lo que preguntan y averiguan les da pie a sus cotilleos, comentarios, criticas, juicios… Pero, aparte de esto, creo que sí es necesario que tengamos cierta curiosidad en el alma, porque queremos saber, porque queremos aprender, porque queremos profundizar en las cosas y no nos contentamos con cualquier respuesta.
Es algo innato en nuestro ser y será lo que de verdad nos hará crecer en la vida, trazarnos metas altas en nuestras más nobles aspiraciones, y nos llevará a esa sabiduría de la vida que en verdad no lleva a la madurez y a una mayor plenitud de nuestra existencia. Personas que se contentan con todo, que no sueñan con algo mejor, que no luchan y se esfuerzan por crecer y madurar, que viven de una manera amorfa su vida, son como personas sin vida; les falta ilusión, les faltan deseos en su alma y se vuelven conformistas que es una forma en cierto modo de morir.
Es hermoso encontrarse personas mayores, que ya quizá por sus años no esperamos que quieran embarcarse en nuevas aventuras de la vida, pero que sin embargo son inquietos, quieren aprender de todo y buscar fuentes de conocimiento y de saber donde sea. Pesarán los años, el cuerpo puede ya encontrarse debilitado pero no les falta vitalidad hasta el último minuto y eso es vivir la vida con intensidad. Nos encontramos sin embargo personas que han llegado ya al tiempo de una jubilación de sus trabajos y las vemos envejecer como a la carrera, porque ya no son capaces de querer emprender algo nuevo, de darle vitalidad a su vida, de darle un sentido y un valor a su vida cuando aun pueden hacer mucho por los demás.
Perdónenme mis amigos que me leen que mi reflexión haya ido tomando estos derroteros. La comencé desde la idea que nos ofrece el evangelio hoy en que los discípulos le preguntan a Jesús por el sentido de las parábolas que ha pronunciado y quieren que se las explique. Ese deseo de saber, de entender más y mejor lo que Jesús les va hablando del Reino de Dios, me llevo a está reflexión de las preguntas que nos hacemos o necesitamos hacernos en la vida.
Y ahora me planteo si esa curiosidad, digámoslo así, ese deseo de saber más y entender claramente las cosas lo tenemos en todo lo que afecte a nuestra fe y a nuestra vida cristiana. Quizá en otros aspectos de la vida tenemos esa curiosidad y deseos de aprender de lo que antes hablábamos, pero en cuanto se refiere a nuestra fe o a nuestra vida cristiana quizás seguimos andando con nuestro conformismo y no entran dentro de nuestras preocupaciones y deseos.
Esa buena tierra preparada de la que nos habla hoy la parábola del sembrador y Jesús nos explica pasa precisamente por ese camino de búsqueda, de deseos de algo nuevo y mejor, de ese roturar nuestro corazón arrancando esas hierbas del conformismo para hacer esa semilla nueva que se echa en la tierra de nuestra vida pueda dar fruto. Hemos de tener deseos de saber más, de conocer mejor, de profundizar más hondamente en las cosas que atañen a nuestra fe que son al mismo tiempo en las cosas más profundas de nuestra vida.
Algunas veces parece que estamos más atentos e interesados en ideas o pensamientos de orden religioso o filosófico que nos puedan venir de acá o de allá y enseguida los presentamos como la panacea de todo lo mejor para nuestra vida, sin antes haber preocupado debidamente de conocer en verdad lo que es nuestra fe y el sentido de nuestra vida cristiana, dando por sentado que ya nos lo sabemos sin haber nunca profundizado en ello. Puede haber cosas buenas y bonitas en esas otras ideas que se nos presentan, pero ¿habremos descubierto de verdad lo bueno y bello que está en el fondo de nuestro sentido cristiano de la vida, de lo que el evangelio nos ofrece?

jueves, 26 de julio de 2018

La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


La fiesta de san Joaquín y santa Ana los abuelos de Jesús una llamada para valorar cuanto recibimos de nuestros mayores como cimiento de la construcción de una sociedad nueva


Hoy celebramos la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María. Una antigua tradición que arranca del siglo II atribuye estos nombres a los padres de la Santísima Virgen María. El culto a Santa Ana ya aparecía en la Iglesia oriental en el siglo IV, aunque sería mas tarde, en torno al siglo X cuando en el Occidente se comenzó a celebrar también la fiesta de san Joaquín que hasta hace pocos años se celebraba en agosto, pero después de las reformas del calendario litúrgico tras el Concilio Vaticano II se unificaron las fiestas del santo matrimonio en esta fecha.
La tradición sitúa la casa de los padres de María en los alrededores del templo de Jerusalén, basándose también en los evangelios apócrifos, muy cerca de donde estaba la piscina probática. Allí se levanta hoy la Iglesia de santa Ana, que nos recuerda también el lugar del nacimiento de María. La iconografía religiosa y cristiana es abundante siguiendo estas tradiciones antes mencionadas.
Como es normal hablar de los padres de María es hablar de los abuelos de Jesús. Es por lo que desde hace años se ha aprovechado también esta fiesta para celebrar a los abuelos, nuestros abuelos, todos los abuelos en lo que entrarían también todas las personas mayores.
Justo es que la sociedad los reconozca. En fin de cuentas en la vida vamos hundiendo nuestras raíces en nuestros antepasados de los que nos gusto o no nos guste somos sus herederos. Muchas veces al pensar en los abuelos de lo primero que nos acordamos son de sus achaques y debilidades. Pero tenemos que aprender a reconocer que la riqueza de nuestra vida, y esa riqueza no son solo los bienes materiales que hayamos heredado de ellos, de ellos lo hemos recibido en la cultura y en el saber, en los valores que nos trasmitieron y en cuantas enseñanzas para la vida ellos nos supieron trasmitir.
Ellos fueron los que antes que nosotros con sus medios y con sus limitaciones también fueron construyendo esta sociedad que hoy nosotros vivimos y que lo que hacemos es continuarla y seguirla desarrollando. Nos creemos los jóvenes que solo valen nuestras cosas y nuestras ideas, lo que nosotros hacemos y a cuantas posibilidades nosotros nos abrimos. Pero ¿sobre qué se está construyendo todo eso? Sobre lo que nuestros antepasados construyeron. Son realmente los cimientos de lo que nosotros queremos construir hoy; como cimientos parece que están enterrados y no los queremos ver, pero son la fortaleza de lo que nosotros ahora podemos vivir.
No podemos olvidar sus valores, no podemos olvidar su espíritu de sacrificio y su abnegación, no podemos olvidar su trabajo muchas veces bastante fatigoso porque quizá no tenían los medios de los que hoy nosotros con nueva técnica nosotros nos podemos aprovechar.
Pero ahí están esos cimientos con su fortaleza, si ellos no hubieran hecho lo que hicieron nosotros ahora no podríamos continuar con la construcción de nuestra sociedad, esa sociedad nueva que entre todos queremos construir. No le quitemos validez a lo que ellos hicieron, sino sepamos descubrir su importancia y la validez que sigue teniendo. Y entendemos que no nos referimos solo a lo material sino a lo que es la vida, toda la vida con todos sus valores, que aun seguimos observando en ellos, nuestros abuelos.
Hemos de saber reconocer y agradecer; hemos de saber corresponder a tanto cariño como pusieron en todo lo que hicieron para nosotros estemos hoy aquí donde estamos; hemos de saber estar cerca de ellos y acompañarlos en estos momentos que para muchos son ya de debilidad. Desgraciadamente la sociedad algunas veces los olvida y también las familias, arrinconándolos a un lado de muchas maneras sin saber reconocer cuanto les debemos. Pero que no sea homenaje de un día que son homenajes fáciles de hacer y que pueden ser efímeros.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este día, vaya estas consideraciones como homenaje, pero también para que con corazón agradecido despertemos y sepamos estar a su lado. Ellos se lo merecen.

miércoles, 25 de julio de 2018

Que con la intercesión del Apóstol Santiago, patrono de España, se mantenga íntegra la fe cristiana en nuestro pueblo


Que con la intercesión del Apóstol Santiago, patrono de España, se mantenga íntegra la fe cristiana en nuestro pueblo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo, 20, 20-28

Celebrar la fiesta de un apóstol es para todo cristiano un motivo grande de alegría y una preafirmación de nuestra fe y nuestra fe con verdadero sentido eclesial. Fueron los elegidos del Señor a quienes confió la Iglesia y la misión de anunciar su evangelio, su buena nueva de salvación a todos los hombres. Si hasta nosotros ha llegado el anuncio de la Buena Nueva de Jesús fue por esa misión encomendada por Jesús a los apóstoles y que se ha ido continuando ininterrumpidamente a través de los siglos. Confesamos nuestra fe en Jesús y lo hacemos en la Iglesia, con la fe de la Iglesia, con la fe recibida de los apóstoles.
Pero celebrar la fiesta del Apóstol Santiago es para nosotros un motivo de doble alegría, de una alegría aun más honda. Somos los herederos beneficiarios de su predicación en nuestra tierra según hermosa tradición. Así se ha trasmitido a través de los siglos, y tenemos por una parte el Pilar de Zaragoza que sustenta la imagen de la Virgen como señal de su presencia y de la protección de María en los arduos trabajos del anuncio del evangelio por parte del apóstol, pero además tenemos su sepulcro en Compostela que ha mantenido encendida esa llama de la fe en nuestro pueblo, pero que además fue signo para los pueblos de Europa que hasta allí a través de los siglos han peregrinado.
Así lo consideramos nuestro patrono y protector y seguimos pidiendo para que por su intercesión se mantenga íntegra la fe cristiana en nuestro pueblo. Y si un día con su protección nos convertimos en signos evangelizadores no solo en medio de Europa sino también para las tierras del nuevo mundo que se abría a nuestra civilización, ahora no dejemos apagar esa llama de la fe, aunque no sean fáciles los momentos que vivimos donde necesitamos una nueva evangelización de nuestra tierra y nuestras gentes.
No nos vamos a detener ahora en hacer una reseña de cuanto el evangelio nos dice de la figura del hijo del Zebedeo, ni entretenernos en dar motivaciones que nos afirmen la certeza de las tradiciones que nos hablan de la presencia del apóstol en nuestra tierra hispana. Vamos a fijarnos brevemente en algún detalle de lo que nos habla el evangelio y que pueda ayudarnos no solo en el camino de nuestra fe personal sino también de nuestro compromiso con nuestra tierra, nuestro mundo y nuestra Iglesia.
‘¿Podéis beber el cáliz que yo de beber y bautizaron con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?’ Es la pregunta de Jesús a aquellos dos hermanos que llenos de fe, de ilusión, de entusiasmo acuden a Jesús valiéndose de su madre para obtener lugares especiales de honor en el Reino que anuncia Jesús.  Fue quizá el entusiasmo juvenil, igual que un día habían sido valientes y radicales para dejar la barca y las redes, lo que ahora les hace responder afirmativamente a la propuesta de Jesús. ¿Entenderían bien ellos el alcance de las palabras de Jesús?
Beber una copa con alguien no es algo baladí. Beber una copa con alguien entraña una amistad ya consolidada pero que además en cierto modo es promesa y deseo de seguir viviendo en aquella primigenia amistad y comunión. La copa que Jesús les ofrece compartir no es cualquier copa de fiesta, es la copa que Jesús ha de beber y como veremos mas tarde en Getsemaní tanto le cuesta tragar a Jesús. ‘Que pase de mi este cáliz’ pediría Jesús lleno de angustia y hasta terror que le haría sudar sangre en Getsemaní. Es la copa de la que Jesús les está hablando, es un bautismo de sangre el que Jesús les está anunciando.
Una referencia a la pasión y a la pascua. Y la Pascua entrañaba un sacrificio, el sacrificio del cordero pascual, como signo y anticipo de la pascua definitiva en que seria sacrificado el verdadero cordero pascual que es Cristo. Y eso tendrían que irlo aprendiendo. Ahora piden primeros puestos, lugares de honor, pero Jesús les dice que esos lugares pasan por el servicio, por hacerse servidores y esclavos de todos. Es la grandeza de Jesús y la grandeza que Jesús nos ofrece.
Al celebrar la fiesta del apóstol Santiago eso mismo se nos está preguntando a nosotros. ¿Podemos beber el cáliz del Señor, podemos beber de la copa de la Pascua junto a Jesús? y es aquí donde tenemos que ver hasta donde llega nuestro compromiso, hasta donde llega nuestra fe. 
Esa fe que tenemos que confesar en medio de nuestro mundo y donde hoy no es tan fácil. Los tiempos van cambiando, en el mundo en que vivimos no todos aceptan de la misma manera el hecho religioso, no todos entienden lo que es ser cristiano y tanto nos encontraremos gente que va en contra de todo lo que huela a religioso o a cristiano, o también dentro de nuestro propio grupo de los que nos llamamos cristianos lo entendemos de la misma manera y mucho se quedan en una tradición que hay que recordar pero que no implica para nada su vidas.
Se nos hace difícil muchas veces, se nos convierte en un camino cuesta arriba que nos es difícil recorrer; nos entran miedos y cobardías, nos sentimos sin palabras con las que hablar y el testimonio que damos con nuestras vidas no es siempre el apropiado, vamos remando a contracorriente de lo que hace la mayoría en nuestro mundo. Pero es una misión que se nos ha confiado, que Cristo ha puesto también en nuestras manos y que no podemos rehuir.
Aquí queremos pedir hoy la intercesión del apóstol Santiago que ha sido ese faro de luz y ese signo en medio de nuestro mundo a lo largo de los siglos. Y como el apóstol Santiago sintió la presencia de María, la Madre del Señor, en la ardua tarea de la predicación del evangelio en nuestra tierra – signo de ello es el Pilar de Zaragoza – así nosotros sintamos también la presencia amorosa de María en la tarea de la nueva evangelización en la que estamos empeñados.
Quiero concluir aquí como una oración con el texto del himno del Apóstol que estos días se canta con fervor en Compostela:
Santo Adalid, patrón de las Españas,
amigo del Señor:
defiende a tus discípulos queridos,
protege a tu nación.
Las armas victoriosas del cristiano
venimos a templar
en el sagrado y encendido fuego
de tu devoto altar.
Firme y segura como aquella columna
que te entregó la Madre de Jesús;
será en España la Santa fe cristiana,
bien celestial que nos legaste tú.
¡Gloria a Santiago,
patrón insigne!
Gratos tus hijos
hoy te bendicen.
A tus plantas postrados te ofrecemos
la prenda más cordial de nuestro amor.
Defiende a tus discípulos queridos,
protege a tu nación.

martes, 24 de julio de 2018

Gestos nuevos, actitudes nuevas, posturas nuevas que sean verdaderos signos de comunión en el Reino de Dios que vivimos


Gestos nuevos, actitudes nuevas, posturas nuevas que sean verdaderos signos de comunión en el Reino de Dios que vivimos

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 84; Mateo 12,46-50

Como siempre Jesús está rodeado de gente, les enseña, cura sus enfermedades, bendice a los niños, escucha suplicas y lamentos, todos acuden a Jesús. No les dejan tiempo ni para comer. Algunas veces cuesta llegar hasta El pero todos desean hacerlo. Será la mujer que le toca la orla del manto por detrás pensado que Jesús ni se dará cuenta, o serán los que llevan al paralítico en una camilla que terminaran por romper el techo por encima de donde está Jesús para bajarlo hasta su presencia.
 Ahora son su madre y sus parientes los que llegan hasta Jesús pero no pueden acceder hasta donde está El; la prudencia de una madre hace que se queden fuera y serán otros los que le llevan la noticia a Jesús diciéndole que fuera están su madre y sus hermanos esperándole. Entendemos que en el leguaje semítico la referencia a los hermanos no se trata de los hijos de una misma madre, sino es referencia a los familiares, lo que diríamos hoy los primos; muchas veces los primos son en la vida de una persona más que los mismos hermanos según qué circunstancias de la vida hayamos vivido.
Parecería lo normal que Jesús dejase todo lo que estaba haciendo para venir al encuentro de su madre y de sus parientes, pero Jesús sigue enseñando. Pero no es un desprecio, no lo podemos mirar así, sino es la lección que Jesús quiere darnos. Su misión es el anuncio y la construcción del Reino de Dios, y todo hecho y toda circunstancia es propicia para hacer ese anuncio, para indicarnos las características que hemos de vivir de ese Reino de Dios. No es poner en un segundo termino a la familia, precisamente Jesús hablará fuerte contra aquellos que porque donan sus bienes al templo y al culto, se permiten ya abandonar para siempre a sus padres.
Ahora Jesús quiere hablarnos de esa nueva comunión que tendría que existir entre quienes queremos vivir el Reino de Dios. Bien sabemos, lo tenemos en la experiencia de la vida, como muchas veces en nuestras mutuas relaciones se van creando vínculos muy fuertes no solo con los que son de nuestra misma carne y sangre, sino que somos capaces de amarnos y queremos, sentirnos en verdadera comunión quienes en la vida nos hemos relacionado con fuerza y hemos sabido convivir y trabajar juntos. ‘Los hay que son más afectos que un hermano’, ya nos decían los libros sapienciales del antiguo testamento.
Es el nuevo sentido de familia, de sentirnos verdaderamente hermanos que tiene que haber entre los que seguimos a Jesús. Quizá se ha repetido como una muletilla inacabable lo de ‘hermanos’. Pero quizá no siempre hemos sentido verdaderamente ese afecto de hermanos entre todos los que seguimos a Jesús. Nos queda mucho para vivir con toda intensidad el sentido del Reino de Dios.
Nos decimos hermanos, pero andamos divididos, y no pienso ya en el desgarro de la Iglesia a través de los siglos en lo que llamamos las diferentes iglesias cristianas; es ese desgarro que se produce en aquellos que tenemos cerca, los que pertenecemos a una misma comunidad, a una misma parroquia, a una misma diócesis. Vivimos en la distancia los unos de los otros como si fuéramos desconocidos, y lo peor es que algunas veces incluso haciéndonos la guerra los unos a los otros. Grupos parroquiales enfrentados, o en los que cada uno va por su lado y no se tiene en cuenta lo que los otros grupos hacen como si no fuera cosa nuestra.
Pensemos, por ejemplo, en la forma o el lugar en que nos situamos cuando acudimos al templo para las celebraciones, vamos a nuestro sitio, vamos a nuestro rincón, nos ponemos a distancia, parece que un banco lleno de gente nos agobia y nos buscamos otro rincón.
Muchas actitudes, muchas posturas, muchos gestos tenemos que cambiar y hacer nuevos para expresar de verdad esa comunión de hermanos.

lunes, 23 de julio de 2018

Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor


Una vid cargada de frutos es imagen de la vida y de la fe que está llena de vida y resplandeciente de amor

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Una hermosa imagen de la vida la que nos ofrece el evangelio de hoy; una hermosa imagen de la fe que está llena de vida, tenemos que concluir. Es la imagen de la vid, bien enraizada, bien cuidada, podada convenientemente y cultivada con todo mimo que en consecuencia nos ofrecerá sus frutos.
En mi tierra en estos días podemos contemplar en nuestros campos las vides exuberantes que comienzan a dejarnos ver sus frutos; crecen frondosamente aunque el agricultor sabe cómo quitar los ramajes innecesarios, los sarmientos que no van a dar fruto para que los que comienzan a ofrecernos los primeros racimos reciben el calor del sol necesario para llegar a la mejor maduración. Mucho podríamos comentar de tanto mimo y tanto cuidado de los agricultores en sus cultivos y que pueden ser buena imagen del cuidado de nuestra vida de fe.
No nos sirven unos sarmientos muertos sino unas vides llenas de vida. Es lo que tiene que ser nuestra fe; no la podemos dejar morir y muchas veces por falta de cuidado se nos seca, se nos muere y al final nos quedamos sin nada llenos de oscuridad y de muerte. Igual que de nada nos sirven unos terrenos heredados que en otro tiempo ofrecieron hermosas cosechas si ahora no los cuidamos, no podemos contentarnos con decir que hemos heredado una fe que nos dieron nuestros padres si ahora nosotros no la cuidamos para poderla vivir y hacer que dé fruto en el momento en que vivimos.
Una fe bien enraizada y se lo debemos a nuestros padres que nos la trasmitieron; una fe bien enraizada que ahonda sus raíces en la Iglesia y cuanto ella nos ofrece para seguirla manteniendo viva; una fe bien enraizada porque seguimos plantando en lo más hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que ilumina y alimenta nuestra vida; una fe bien enraizada porque la Eucaristía es nuestro alimento, porque los sacramentos nos ayudan y nos purifican para ir arrancando de nosotros  todo el pecado que tantas veces nos ahoga y nos quiere llenar de muerte.
Hoy nos dice Jesús que sin El nada podemos hacer, nada podemos ser. Es la savia divina de la gracia que llega a nuestra vida; es la participación en el misterio pascual de Cristo que cada día queremos hacer presente en nosotros dando muerte al pecado y queriendo siempre renacer a vida nueva. Sin Cristo nada podemos ser, porque El es nuestra única verdad y es nuestra vida. Sin Cristo nada podemos hacer porque siempre en su nombre hemos de iniciar cuanto hagamos para que todo sea siempre para la gloria de Dios.
Florecerán así los racimos de buenas obras en nuestra vida; podremos en verdad dar fruto en ese compromiso con que vivimos nuestras vidas siempre dispuestas al bien, siempre dispuestas al servicio, siempre disponibles para el amor. Son frutos que han de responder al hoy y ahora de nuestro tiempo con sus expectativas y con sus exigencias.
Que seamos en verdad esa vid cargada de frutos, unos frutos que nos alimenten y nos enriquezcan en el hoy de nuestra vida e iluminen también a los hombres de hoy; no olvidemos que hemos de ser signos en medio del mundo que hoy vivimos. Que estemos en verdad llenos de vida porque estemos llenos de amor.

domingo, 22 de julio de 2018

También necesitamos descansar, irnos a solas con Jesús a un sitio tranquilo y apartado para aprender a tener una mirada distinta y a entrar en una nueva sintonía


También necesitamos descansar, irnos a solas con Jesús a un sitio tranquilo y apartado para aprender a tener una mirada distinta  y a entrar en una nueva sintonía

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

Imaginemos que esta época de verano nos aparece un buen amigo que nos invita a que pasemos un fin de semana en su casa de la playa o del campo; en medio de los rigores del calor de este tiempo veraniego – al menos en nuestro hemisferio, que ya se que por América donde también me siguen estas reflexiones es invierno – seguro que nos sentiremos muy felices de aceptar  y poder disfrutar de este tiempo de relax y de descanso.
Seguramente que lo trataríamos de aprovechar muy bien para descansar, aunque ya sé que algunos regresan mas cansados del tiempo de verano porque son tantas las actividades en las que quieren participar que al final el descanso se puede convertir en un agobio. No es que el descanso sea simplemente un tiempo para no hacer nada, pero si para hacer un parón en nuestras actividades habituales y aprovechar para el compartir y convivir con la familia y con los amigos dedicando tiempo también a cosas que nos ayuden a cultivar el espíritu.
También puede ser una ocasión en que liberados de las tareas habituales podamos dedicar más tiempo a los demás. Creo que conocemos o hemos oído hablar en alguna ocasión de personas que dedican este tiempo para implicarse en obras sociales, habiendo incluso quienes marchan a países del tercer mundo para realizar alguna labor a favor de las gentes de esos lugares; amigos conozco que se van a América o también a África desde ONG’S que altruistamente dedican tiempo y medios a ayudar en esos lugares.
Necesitamos cultivarnos y crecer en el espíritu y puede ser una hermosa ocasión para ello, sobre todo cuando generosamente nos damos por los demás. Cuando lo hacemos así aprendemos a mirar la vida de otra manera, contemplar las necesidades o problemas de los demás con otra mirada, con otros ojos y podemos hacer una lectura de la vida bien provechosa para nosotros mismos.
Al hilo de estas consideraciones alguien podría pensar a qué viene todo esto y qué relación puede tener con la Palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo, ya que en estas semillas de cada día tenemos siempre muy presente la Palabra que cada día la liturgia de la Iglesia nos proclama.
Dicho de una forma rápida y pronta, mira por dónde hoy vemos que Jesús se lleva de vacaciones a los apóstoles. Nos dice el evangelista que al regreso de los apóstoles de aquella misión que Jesús les había encomendado y cuando están contando cuanto les ha sucedido, es tanta la gente que se agolpa que no tienen tiempo ni para comer.
Y Jesús en la barca se los quiere llevar a un sitio lejano y tranquilo para descansar. Vacaciones. Eran momentos de intensa convivencia, de diálogo y de enseñanzas especificas por parte de Jesús a los apóstoles, es el tiempo de estar con Jesús en mayor intimidad, es tiempo de cultivo espiritual y de crecimiento en el Espíritu.
Pero allí van a aprender a mirar la vida y a las personas de nueva manera, a darle importancia a las personas, a abrir el oído para escuchar los lamentos y gritos del corazón, a aprender a tener una nueva sensibilidad para saber actuar de otra manera cuando en la vida vamos tan deprisa sin ni siquiera fijarnos con aquellos que nos cruzamos.
 Cuantas veces pasa a nuestro lado hasta el amigo más querido y no lo vemos porque estamos entretenidos en nuestras cosas. La imagen del que va caminando con los ojos fijos en una pantalla para chatear por WhatsApp con el más lejano pero que no vemos al que está cercano y pasa junto a nosotros es bien significativa y descriptiva de cómo vamos hoy por la vida.
‘Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma’.
También, sí, necesitamos nosotros descansar; también necesitamos irnos a solas con Jesús, como dice el evangelista, a un sitio tranquilo y apartado. No se necesitará quizá hacer largos recorridos, sino que hemos de saber encontrar ese tiempo y ese lugar, por muchas que sean las cosas  que tenemos que hacer, por muchas que sean las actividades en las que estamos implicados, por muchas que sean nuestras responsabilidades y obligaciones.
Necesitamos tiempo para comer, para reflexionar, para escuchar en nuestro interior, para mirarnos por dentro, para dejarnos aconsejar, para encontrar esa luz que disipe tantas tinieblas, para que aprendamos a tener una mirada distinta, para que seamos capaces de aprender a sintonizar más y mejor con los demás.
No nos escudemos en nuestras amistades lejanas que cultivamos con las redes sociales, aunque eso puede ser muy bueno también, sino que aprendamos a mirar al que tenemos cerca, al amigo de siempre quizá, al vecino con el que nos cruzamos en la escalera o en la calle, con ese familiar que solo nos vemos de cuando en cuando. Algunos parámetros tendremos que cambiar, pero necesitamos esa mirada nueva también sobre nuestra vida.
Muchas cosas nos puede sugerir este evangelio que estamos reflexionando. Dedícale tiempo a la reflexión para escuchar a Dios en tu corazón. Decíamos al principio lo bueno que era que un amigo nos invitara a un fin de semana a descansar en su casa de la playa o del campo. Hay un amigo que nos está invitando y no necesitamos muchas cosas para irlo a pasar con El.
Con razón rezábamos con el salmo ‘El Señor es mi pastor, nada me falta: En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas…’

sábado, 21 de julio de 2018

En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús



En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús

Miqueas 2,1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21
Los fariseos querían acabar con Jesús. Como dirá Jesús en otro momento, su hora no ha llegado. Se marcha Jesús a lugares descampados, pero allí lo sigue la gente y Jesús no deja de seguir realizando los signos del reino curando a los enfermos de todo tipo de mal. No es una huida, es el momento del silencio, por eso les dice a los que ha curado que no lo divulguen. Pero su silencio grita. Las señales del amor no se pueden ocultar. ¿Qué haríamos nosotros?
Queremos caminar en la vida con buena voluntad y con buenos deseos. En nuestra sangre, por así decirlo, llevamos la semilla de querer hacer siempre el bien. Nos cuesta. Es en nosotros que aparece la tentación del cansancio o del desánimo; rebrotan en nosotros en ocasiones ambiciones, orgullos, amor propio y un cierto egoísmo mal disimulado. Será por otra parte que nos encontramos con gente que no nos entiende, o gente que se opone a nuestros planteamientos. En ocasiones no solo se nos hace difícil seguir con nuestros planes y deseos de hacer el bien, sino que casi se nos hace imposible. Parece que nadamos contracorriente de cómo andan los caminos del mundo que nos rodea que no nos entiende o que va a lo suyo. ¿Será también el momento del silencio?
En nuestro nivel personal de nuestras luchas y nuestros deseos de superación o en la realización de unos compromisos concretos nacidos de la fe que tenemos en >Jesús y que sentimos que no nos podemos cruzar de brazos. Pero es también la tarea de la Iglesia que no siempre es entendida y comprendida. Muchas veces parece que es una voz que grita en el desierto de nuestro mundo y pocos quieren escuchar.
Uno mira a su alrededor y por un lado ve lo que la Iglesia quiere realizar, su compromiso con el evangelio que no solo es anunciarlo con palabras, sino también con los signos de sus obras, pero por otra parte ve a tanta gente indiferente que ni se entera de lo que hace la Iglesia y a quienes no termina de llegar su mensaje. Se puede sentir el desaliento, podemos tener la tentación de quedarnos en el silencio, pero no un silencio que grite.
Estos días hemos escuchado los momentos difíciles que esta pasando la Iglesia de Nicaragua por ponerse evangélicamente al lado del pueblo que sufre. Han sido agresiones a la gente sencilla pero que ha llegado también a agresiones a sacerdotes y obispos; pero han sido también insultos desde las mas altas instancias que quieren confundir al pueblo. Pero la Iglesia ahí está, ahí sigue, al lado de los que sufren, sufriendo también en silencio, pero no dejando de luchar y trabajar para que las cosas mejoren. No es entendido por muchos, se crea confusión en mucha gente. Pero ahí está la presencia de la Iglesia signo del amor de Dios a su pueblo.
‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi alnado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. Nos ha recordado hoy el evangelista estas palabras de Isaías, ante el momento que vivía Jesús. Nos lo recuerda hoy la Palabra de Dios en el momento en que vivimos, en situaciones personales, o en las diversas situaciones que vive la Iglesia en su tarea a lo largo del mundo.
En silencio quizá, pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús.

viernes, 20 de julio de 2018

Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias



Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38; Mateo 12,1-8

Las intransigencias no ayudan nada al crecimiento de la persona; ya sea en las posturas intransigentes que tomemos con los demás, ya sean incluso aquellos que están a nuestro cuidado, ya sea en nosotros mismos porque de alguna manera es como si nos encorsetaran o nos encorsetáramos a nosotros mismos.
No es difícil encontrarnos con posturas así en la vida en nuestras relaciones con los demás. Dicen que tienen sus principios o su visión de la vida y todo lo quieren reglamentar conforme a sus ideas queriendo imponérselo a los demás. Podríamos pensar en personas de un cierto tinte conservador que quieren mantener a toda costa su visión de las cosas que entienden que no pueden cambiar, pero es que en este mundo de libertades que ahora vivimos y donde tantos nos vienen diciendo que hay que cambiar todo pero conforme a sus ideas o maneras de plantear la vida también se vuelven intransigentes porque si las cosas no son de la manera nueva que ellos plantean, nada sirve, o quieren hacer desaparecer de la forma que sea a quienes tienen otras ideas o planteamientos.
La intransigencia nos puede venir por todos lados cuando queremos, no ofrecer, sino imponer nuestra manera de ver las cosas. Pensemos en cuanto de todo esto esta sucediendo en nuestra sociedad. Hoy se habla mucho de diálogo y de entendimientos pero para algunos no hay más dialogo que imponer sus pensamientos, sus ideas, la manera de hacer las cosas; si quieres ofrecerle otra visión ya no hay dialogo y ya todo se rompe. ¿Estaremos en verdad construyendo con la aportación de todos, o lo que vale es destruir sea como sea lo que no va con mis ideas? A veces parece que hay más un afán destructivo.
Cuando leo el evangelio y trato de reflexionar sobre él, intento trasponer de alguna manera aquellas situaciones que se nos reflejan en él en situaciones similares que de alguna manera estemos viviendo hoy. No es fácil muchas veces, pero es un intento de leer con nuevos ojos, a la luz del evangelio también, las situaciones que vivimos hoy.
Como decíamos en el evangelio vemos la intransigencia de los fariseos a la hora de cumplir con el descanso sabático. El hecho de que los discípulos al paso por un trigal arranquen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos, ya lo interpretan como el trabajo de la siega. Es sábado y no se puede realizar ningún trabajo; así se muestran intransigentes.
Jesús quiere darnos un sentido más liberador a lo que hacemos, también al culto que le demos al Señor. Dios siempre quiere el bien del hombre, y la gloria del Señor está en que hagamos que en verdad los hombres seamos más felices y en consecuencia seamos mejores. Serán los caminos del amor y de la misericordia los que hemos de transitar; es lo que tiene que prevalecer en el corazón. Y eso ha de llevarnos a entendernos y a comprendernos, a no volvernos ni recelosos ni intransigentes con los que caminan a nuestro lado sino siempre abrirnos a la comprensión y a la misericordia.
Nos exigiremos a nosotros mismos en nuestro crecimiento personal pero siempre hemos de tener el corazón lleno de ternura y de amor para quienes están a nuestro lado. Por eso siempre arrancaremos de nosotros sentimientos de desconfianzas, de recelos, de resentimientos, de orgullo y de amor propio, dispuestos siempre a la misericordia y al perdón porque es lo que cada día estamos recibiendo del Señor. Qué distinto seria nuestro mundo si llegáramos a esa capacidad de entendimiento y de armonía, de ser capaces de construir juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 19 de julio de 2018

El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor


El corazón de Cristo un corazón siempre abierto que nos reconforta y nos llena de vida y nos pone en camino de lo mejor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

Que sensación más agradable se tiene cuando en medio de los agobios y cansancios de la vida encuentra uno la puerta de un amigo abierta para acogerte y poder entrar y sentarte simplemente a su lado. En ocasiones no necesitaremos incluso palabras sino que nos basta la seguridad de esa puerta abierta donde podemos entrar sin llamar, porque sabemos que allí habrá siempre un lugar donde nos podamos sentir a gusto, sentarnos placidamente y saber que allí está la presencia del amigo.
Lo habremos deseado y habremos quizá también tenido esa experiencia. Allí está el amigo que nos acoge y nos escucha; que nos ofrece una copa de amistad y un asiento donde poder sentarnos a su lado. Quizá solo se haya sentido el silencio, pero en el corazón hemos sentido mucho más, porque hemos sentido del calor de la amistad y de la comprensión, en su mirada hemos escuchado esa palabra de animo que necesitamos, y ante él no sentimos la vergüenza de nuestros errores o tropiezos porque sabemos que siempre está esa mano que nos levanta, esos pasos que nos acompañan, ese silencio quizás que nos comprende. Se siente uno renacer.
Esta experiencia humana a la que nos estamos refiriendo que ya en si mismo es una gran experiencia espiritual. No es solo la regeneración de un cuerpo cansado que busca un lugar de descanso. No siempre es el cansancio físico el que mas nos daña, sino esa otra sensación de nuestro espíritu que no encuentra paz, que se siente insatisfecho, que necesita una serenidad para ver las cosas con mejor luminosidad, que está turbado en medio de tantas luchas, esfuerzos, desasosiegos, incomprensiones que nos llevan al desánimo y hasta los deseos de abandono.
Nos parece sentirnos vacíos por dentro y sin una ruta clara en la vida que nos haga tener unas pautas que seguir. Por eso necesitamos ese descanso que no es solo un paran en la actividad física, sino un ser capaces de mirarnos a nosotros mismos cara a cara para encontrarnos a nosotros mismos. Y necesitamos ese alguien que nos acompañe, que nos quite temores, que nos dé seguridad y aplomo en lo que queremos conseguir.
En toda esa turbulencia espiritual en la que nos vemos inmersos desde nuestra fe sabemos que hay alguien que viene a nuestro encuentro, que nos abre las puertas de su corazón, que nos va a dar esa paz que tanto necesitamos y que no sabemos encontrar por otros caminos.
Hoy escuchamos esas palabras tan sencillas pero que tanto ánimo nos dan que nos dice Jesús. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’.
¿Queremos más? Ahí está el corazón de Cristo con su mansedumbre, su humildad, su amor. Es un corazón siempre abierto. No hay puertas que lo cierren porque el amor no tiene puertas, es un hogar siempre abierto, es la dulzura y la paz que tanto necesitamos. Con seguridad, con certeza podemos ir siempre hasta Jesús. Nos acoge, nos escucha, nos reconforta, nos perdona y nos llena de gracia, nos da nueva vida, nos pone siempre en camino de lo mejor.
Jesús nos dice que aprendamos de El. ¿Aprenderemos a ser también corazón siempre abierto para los demás? En el mundo de agobios y carreras en el que vivimos, en un mundo tan llene de acritud y violencia que nos rodea, ¿por qué no probamos a ser nosotros corazones llenos de mansedumbre y de paz donde los que están cerca de nosotros puedan encontrar también alivio y descanso? Será un camino para llevarlos hasta Jesús.

miércoles, 18 de julio de 2018

Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús


Vaciemos nuestro corazón de vanidades y ambiciones de grandezas para sintonizar mejor con el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

Cuánta sabiduría nos encontramos muchas veces en la gente sencilla, que quizá por su apariencia nos puedan parecer personas incultas que no tienen grandes estudios ni títulos universitarios, pero en lo que han ido aprendiendo de la vida, rumiando en su interior nos enseñan maravillosas lecciones con sentencias que en pocas palabras nos dan la clave de vivencias hermosas. No nos ofrecerán sesudas reflexiones alimentadas en corrientes de pensamiento filosófico o ideológico, pero nos enseñan cosas vividas, cosas de la vida que han experimentado en si mismos y que han rumiado en su interior plasmando así no solo su pensamiento sino su corazón.
Y es que el verdadero sabio de la vida lo aprende de la vida misma, pero de ese mascar en silencio una y otra vez los hechos o acontecimientos vividos y son capaces de expresarlo en pocas palabras, pero si muy llenas de sabiduría. No digo que no tengamos que iluminar nuestra vida e ir adquiriendo una formación a través de estudios y enseñanzas de quienes han desarrollado su vida por los derroteros de la filosofía o de estudios superiores. Pero ellos también tendrían que saber trasmitirnos en la sencillez ese su saber para que en verdad puedan ayudarnos.
Pero serán los sencillos y los limpios de corazón los que podrán saborear mejor el valor y la importancia de las cosas sencillas; serán los que tendrán un corazón más disponible, más abierto para recibir y captar todo aquello que les trasciende y les eleva. Por eso serán también los de corazón humilde y sencillo los que más abiertos estén a Dios y a su misterio de amor, porque son los que mejor saben sintonizar con el amor verdadero.
Un corazón orgulloso se encierra en su yo y se cree bastarse a si mismo; la vanidad y el orgullo nos encandilan y ciegan para no dejarnos ver las cosas que son verdaderamente bellas. Por eso el orgulloso no podrá saborear de verdad la vida a partir de las cosas sencillas; su aspiración a las grandezas y vanidades le hace olvidar lo que verdaderamente le puede hacer feliz; aunque dé apariencias de felicidad, al final sentirá que su corazón está frío y vacío.
Hoy escuchamos a Jesús decir que da gracias al Padre porque ha revelado los misterios de Dios a la gente sencilla y humilde. Eran los que de verdad estaban abiertos a Dios, y porque su corazón lo habían vaciado de ambiciones y deseos de grandezas humanas podían tener mejor esperanza y sintonizar mejor con el misterio de Dios. Que tengamos nosotros un corazón así, que nos vaciemos de esas vanidades, que busquemos lo que de verdad nos llena, que en nuestra pobreza tengamos puesto nuestro corazón siempre en las manos de Dios.
‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’, termina diciéndonos hoy Jesús en el evangelio. El se nos quiere revelar, El quiere meternos en el misterio de Dios, pero solo sintonizaremos con Jesús y con su amor cuando tengamos ese corazón humilde y sencillo, ese corazón puro del que hayamos desterrado vanidades y orgullos.

martes, 17 de julio de 2018

No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado


No seamos insensibles a lo extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado

Isaías 7, 1-9; Sal. 47; Mateo 11,20-24

Estamos atentos y pendientes de los sucesos extraordinarios que puedan acaecer y corremos enseguida tras ellos, pero no somos sensibles al extraordinario de las cosas ordinarias que suceden cada día a nuestro lado.
Creo que tendríamos que ser más sensibles a lo extraordinario de lo sencillo y de lo humilde. Pero esas cosas nos pasan desapercibidas. Quizá por parecernos naturales no les prestamos atención pero la fidelidad de cada día en las cosas pequeñas, en los pequeños detalles son cosas que tendríamos que saber apreciar y valorar, es más, destacar porque son los hermosos testimonios que de verdad nos impulsan a ser mejores.
Es el pequeño gesto, el detalle que nos parece insignificante, pero que va construyendo cada día ese nuestro mundo para hacerlo mejor. Esa sonrisa de un niño que nos llega al alma, esa mirada atenta que quizá no vemos de aquel que nos quiere pero que es presencia que está pendiente de que no nos pase nada, ese trabajo callado y sacrificado de la madre que nos tiene preparadas las cosas a nuestro gusto para vernos felices, ese pequeño gesto de la persona que con la que nos cruzamos que nos cede el paso y lo hace con una sonrisa en su semblante… cosas que nos parecen tremendamente naturales pero que van con una carga inmensa de amor.
¿Por qué no nos paramos un poco a pensar en esos detalles que tienen con nosotros esas personas que nos rodean o con las que nos cruzamos cada día aunque ni las vemos porque vamos demasiado ensimismados en nuestros pensamientos? Mencioné antes algunas cosas a manera de ejemplo, pero seguramente podremos descubrir muchos más si prestamos atención a la vida. Son los milagros que tenemos que saber apreciar y que como decíamos antes son los que van construyendo calladamente un mundo mejor. Si abriéramos un poquito más los ojos seriamos capaces de admirarlos y de intentar copiarlos también en nuestra vida.
No seamos ciegos a esas maravillas de las cosas sencillas, de los pequeños gestos, de ese amor callado pero grande que podemos encontrar cada día en tantos que nos rodean. Todo eso nos está hablando también de Dios, todo eso son llamadas de Dios a las que tenemos que corresponder.
El evangelio de hoy nos muestra a Jesús que se queja de las gentes de Corozaín, Betsaida y Cafarnaún porque no han sabido descubrir las maravillas de Dios en las obras que Jesús realizaba. Acudían a Jesús con sus enfermos como venían de todas partes para que Jesús los curase, pero les pasaba como que se habían acostumbrado a aquella acción de Jesús y ya no eran capaces de descubrir la acción de Dios y la respuesta de fe era insuficiente. ‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho casi todos sus milagros, porque no se habían convertido’.
Que no nos recrimine Jesús a nosotros por nuestra ceguera y nuestra insensibilidad. Que abramos en verdad los ojos para descubrir tantos gestos de humanidad, de amor, de solidaridad que se suceden a nuestro lado. No busquemos cosas grandes sino fijemos en esos pequeños signos de amor que encontramos en los sencillos y en los pobres que sencillamente saben compartir, tienen generosidad en su corazón a pesar de que haya pobreza en su vida, que viven en la cercanía del hermano que sufre y saben acompañarlos en silencio y estar siempre en actitud de servicio.
Lo podemos ver en el vecino que cuida a su vecina desinteresadamente, en el que es capaz de pasar una noche junto a un enfermo que esta solo aunque no sea su familiar, en el que acompaña el dolor de quien ha perdido un ser querido mostrándole su cercanía y su afecto; lo podemos ver en el joven que en la noche va a acompañar a los andan tirados en la calle y les ofrece un café pero más el calor de su presencia; lo podemos ver en el niño que deja su juguete al compañero que está solo y con quien no juega nadie; lo podemos ver en la persona que abre las puertas de su casa al extraño que llega pidiendo ayuda y al que antes se le han cerrado muchas puertas.
Son las cosas maravillosas de lo sencillo, de lo humilde y de lo realizado en silencio sin que nadie lo vea, pero con el que hacemos el mundo un poquito mejor cada día.

lunes, 16 de julio de 2018

Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Al norte de las llanuras de Galilea surge una cadena montañosa que se extiende en sus estribaciones hasta las orillas mismas del Mediterráneo. Son los montes del Carmelo de singular importancia en diferentes momentos de la antigua historia de Israel. Entre muchas cosas destaca la referencia que estos montes tuvieron para el profeta Elías pues allí se refugió en momentos difíciles de idolatría a los baales del reino del Norte, o reino de Israel. Como su mismo nombre indica en el significado de la palabra son montes de especial belleza, como un jardín florido que se levanta desde las llanuras del Esdrelón, y que nos pueden servir muy bien como una hermosa referencia a la belleza de la santidad de Maria.
Hacemos esta referencia histórica porque de ahí surgió el que en los tiempos de las Cruzadas, a finales del siglo XII muchos cruzados que habían ido hasta Palestina para liberar la tierra donde nació y vivió Jesús del dominio de los otomanos, al tiempo que también muchos peregrinos que iban a la tierra de Jesús optaron por quedarse para vivir como anacoretas escogiendo precisamente por su referencia Elías estos montes del Carmelo.
Poco a poco fueron surgiendo grupos y comunidades de vida eremitita en las laderas del Carmelo hasta que posteriormente se les diera una regla de vida que dio origen a lo que llamamos los monjes del Carmelo, los Carmelitas. Pronto en la devoción mariana de aquellos monjes colocaron una imagen de la Virgen en alguna de aquellas grutas que les servían de oratorios, y fue el origen por así decirlo de la Virgen del Monte Carmelo. El Carmelo, pues, se convirtió en el huerto florido de María, en el jardín donde íbamos a aprender de sus virtudes y de su santidad.
En su nombre más femenino pronto se le comenzaría a decir Carmen, mientras el nombre masculino de Carmelo era que el que se daba a los varones que querían llevar esta advocación mariana en su nombre. Devoción a María con esta advocación que pronto con la multiplicación de los monjes y su extensión por otros lugares hizo que también se propagara, siendo una de las advocaciones de María más queridas y más, por así decirlo, celebradas.
Esta devoción a la Virgen del Carmen tiene como una característica muy principal la imitación a María. Imitar a María es vestirse de María, significativamente en el hábito o en el escapulario, pero que bien entendemos que ha de tener una mayor profundidad al copiar las virtudes de María en nuestra vida. Es el hábito o el escapulario, porque aunque hoy se nos haya quedado reducido a un pequeño trozo de tela con la imagen de María que ponemos sobre nuestro pecho su origen era algo mucho más amplio.
El escapulario en su origen era como un sobrevestido que se ponía sobre la ropa habitual y que si en principio era como una prevención para no manchar los ropajes que se llevaban a causa de los trabajos que se realizasen, como ese era el escapulario, el delantal diríamos hoy, que se ponían los monjes del Carmelo en sus trabajos conventuales quienes querían vivir una vida semejante a la de aquellos monjes imitando a María lo imponían sobre sus vestimentas, convirtiéndose así en el hábito del Carmen.
Por eso como decíamos la devoción a la Virgen del Carmen es sobre todo de imitación de María. ¿A quien mejor podemos imitar en su fe y en su amor, en la escucha de la Palabra y en el amor a Dios como verdadero centro de su vida, en la generosidad y en el servicio, en el desprendimiento y vaciamiento interior y en la santidad? Vestidos de María, pues, queremos prevenirnos de las manchas que más dañan nuestra vida, los vicios y pecados.
Sí, nos queremos vestir de la belleza de María, de sus virtudes y de su santidad. Y es que quienes nos decimos sus hijos, llevamos al cuelo su medalla o su escapulario, o una imagen suya en nuestra cartera, tenemos que pensar que hemos de hacerlo con dignidad. No podemos mezclar esa imagen de María con nuestro vicio y nuestro pecado, sino que esa imagen tiene que ser para nosotros siempre un recuerdo y una exigencia de una vida más santa. Vestirnos de María es desprender el olor de María en sus virtudes en nosotros.
En la devoción a María se nos habla muchas veces de cómo María no va a permitir que quien lleve su escapulario pueda morir en pecado y ella le dará la gracia de arrepentirse antes de su muerte. Clásico es el cuadro de la Virgen del Carmen que está en nuestra Iglesias donde vemos a María queriendo sacar a las almas del purgatorio para llevarlas a la presencia de Dios en el cielo. Y es que quien con sinceridad de corazón lleva esa imagen de la virgen consigo de una forma o de otra, seguro que en su corazón sentirá el movimiento de la gracia que le impulsa a la conversión, a volver su vida a la gracia del Señor.
Escuchemos en nuestro corazón la palabra de María que siempre nos estará diciendo como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’; María siempre nos conducirá hasta Jesús para que le escuchemos, para que nos dejemos inundar por su gracia y su perdón. No nos hagamos sordos a la palabra de María, ‘haced lo que El os diga’. Desprendamos de nosotros ese perfume del jardín de María adornándonos con todas sus virtudes.


domingo, 15 de julio de 2018

Nuestro vivir no es ser un árbol sin hojas y sin frutos sino que llenos de vida compartimos la riqueza de nuestro yo y nuestra fe con los demás



Nuestro vivir no es ser un árbol sin hojas y sin frutos sino que llenos de vida compartimos la riqueza de nuestro yo y nuestra fe con los demás

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Vivir no es simplemente dejar pasar las horas, dejar pasar los días. Una vida así en esa pasividad no tiene aliciente, es como una vida sin sentido. Qué somos, qué vivimos, para qué vivimos son preguntas que están en lo hondo del corazón de cada persona. Un por qué y un para qué. Una vida dejada pasar así es como un árbol sin hojas y sin frutos.
No es simplemente un adorno. Es la riqueza que cada uno desde su yo más profundo da al mundo en el que vive, con lo que enriquece el mundo. Por eso no es estar mano sobre mano. Yo diría que aunque nos parezca que ya hemos dado lo nuestro a lo largo de los muchos o pocos años de nuestra vida. Vivir tiene que ser un florecer continuo, y cuando la planta da flores es porque anuncia frutos.
Me atrevo a pensar que eso tiene que ser siempre nuestra vida. Como un aparte que me surge al hilo de esta reflexión hay personas que cuando se jubilan en cierto modo se mueren. Ya he trabajado, ya he producido, se dicen, qué más puedo hacer yo, y se quedan en una inacción; todos conocemos personas que tras la jubilación porque aun no han encontrado un por qué más para su vida en esos momentos comienzan a desmejorarse, comienzan a aparecer las enfermedades, comienzan los aburrimientos y se van consumiendo lentamente. Pensaron quizá que ya no valían para nada más.
Y mientras hay vida seguimos valiendo en todo cuanto podemos seguir contribuyendo a la misma vida, a la familia y al mundo en que vivimos. Quizá me he alejado un tanto de propósito primero de esta reflexión a la luz del evangelio.
Tenemos una misión en la vida, vivir y hacer vivir; vivir desde nuestro yo con todas las circunstancias de nuestros valores personales que enriquecen nuestro yo y vivir para los demás. La propia vocación, el sentido de misión da sentido a la vida de cada persona. No solo, yo diría, vivimos con los demás –lo cual ya es verdaderamente importante – sino vivimos también para los demás. Esa riqueza de nuestra vida – y no hablo ahora de lo material – ha de enriquecer también a los demás.
Los discípulos seguían a Jesús. Según le escuchaban, contemplaban sus signos, descubrían su vida se iban con El; además Jesús los iba llamando también, los iba invitando a seguirle. Pero no era solamente estar con todo lo importante que es; todo aquello que ellos iban recibiendo había de llevarlo a los demás. Es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Eran sus discípulos pero tenían una misión. Jesús los llama y los envía, de dos en dos, como nos dice el evangelista.
‘Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto...’
Van con la misión de la paz y de la vida. Será su saludo y será el regalo que lleven a cuantos encuentren. El anuncio es que llega el Reino de Dios, está cerca, ahí lo tenemos en nuestros corazones si creemos en esa Buena Noticia. Ellos lo estaban viviendo junto a Jesús; señales de ello era esa pequeña comunidad, ese pequeño grupo que se iba congregando en torno a Jesús, pero signos eran también como se iba venciendo el mal. Jesús curaba a los enfermos y era lo que ellos ahora también debían hacer.
Pero ese sanar, ese curar era mucho más que desapareciese una enfermedad o una limitación física que se pudiera tener en el cuerpo, parálisis, ceguera, lepra o cualquier otro tipo de enfermedad. Es que se despertaba la fe y con la fe tenían que nacer unas actitudes nuevas; con la fe tenia que nacer una nueva cercanía entre todos, porque tendríamos que destruir todas aquellas barreras que desde nuestro corazón tantas veces podemos poner a los demás.
Hay barreras en la vida peores que la ceguera de unos ojos, la lepra que nos aísla, o la parálisis que no nos deja caminar. Cuantas cosas nos hacen ciegos para no ver lo bueno de los demás, con cuantos odios y resentimientos, envidias y orgullos mal curados nos recomemos por dentro y apartándonos de los demás, cuanto mal puede salir por nuestros labios con nuestras palabras violentas, con nuestras criticas o nuestros juicios condenatorios de los otros; cuantas veces nos vemos paralizados en nuestro egoísmo y nuestra insolidaridad cuando dejamos de pensar en los demás para pensar solo en nosotros mismos y los que a nosotros nos satisfaga; cuantas veces en nuestra pasividad e inactividad dejamos de hacer fructificar nuestra vida y sus valores impidiendo que los demás se beneficien de esa riqueza que hay en nuestra vida.
Tenemos que curar y tenemos que curarnos para que podamos llevar vida para hacer que nuestro mundo sea mejor. Y esa es la misión que Jesús nos confía, porque a nosotros también nos está enviando. No podemos cruzarnos de brazos, pensar que no somos capaces o no tenemos nada que hacer.
Siempre hay una semilla que sembrar, una buena palabra que decir, una mano que tender para ayudar a levantarse al caído, una sonrisa que compartir para llevar el amor y la paz de Dios que hay en nuestro corazón también a los demás. Si no lo hiciéramos nuestra vida y nuestra fe estarían muertas; dejemos que Jesús, el Señor, nos resucite y nos llene de nuevo de ilusión y de esperanza para tener vida y poder dar vida.