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domingo, 10 de septiembre de 2017

Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo.

Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo

Ezequiel 33, 7-9 Sal 94 Romanos 13, 8-10 Mateo 18, 15-20
Un centinela es algo más que un adorno bonito que pongamos en las puertas de algún palacio importante para retrotraernos a otras épocas  quizá más guerreras pero que en nuestra imaginación hayamos llenado de romanticismo y poesía. El centinela es un vigilante colocado en un lugar estratégico desde donde pudiera dar la alerta ante cualquier peligro que pudiera atentar contra la población.
Siguen habiendo guardaespaldas y guardias de seguridad, pero hay mucho más de eso que podamos ver con nuestros ojos. Hoy aunque les demos otros nombres y otros aparentes cometidos esa vigilancia se realiza y con mucha responsabilidad en muchos hilos, digámoslo así, que mueven el ritmo de nuestro mundo. Serán vigilancias y alertas electrónicas o con otros medios más sofisticados, pero siguen teniendo su función.
¿Por qué comienzo hablando de todo esto? El profeta que nos ofrece hoy la liturgia en la primera lectura de la Palabra de Dios nos habla de ello. Pero quiere darle un sentido más amplio y que va más allá del hecho de darnos unas alertas ante algunos peligros materiales que pudieran afectarnos. Nos habla de unos vigías que como profetas están para en nombre de Dios alertarnos del mal en el que podemos caer, pero al mismo tiempo para señalarnos los caminos de luz por los que hemos de transitar.
Es el vigía que alerta pero es la voz que nos trae la Palabra de Dios que viene a iluminar nuestra vida. Es el vigía pero que también como un arcángel Rafael viene a caminar con nosotros y acompañarnos en los caminos de la vida, para ayudarnos a hacer esos caminos de luz y de amor que tendríamos que recorrer en una fidelidad al Señor.
¿Una referencia a los que tienen una misión muy concreta dentro de la comunidad cristiana para acompañarnos y ayudarnos a hacer el camino de la fe alertándonos y previniéndonos con el anuncio de la Buena Nueva de salvación? Sí, es cierto, pero creo que quiere decirnos algo más.
Es el camino que juntos hemos de hacer en la vida, pero en el que todos tenemos que ser esos compañeros de camino los unos de los otros, y por eso mismo aceptándonos y respetándonos sin embargo nos ayudamos cuando vemos algo que nos puede hacer tropezar, o cuando dejamos manchar nuestra vida por tantos lodos del camino que nos pueden hacer tanto daño.
Hoy Jesús en el evangelio nos está hablando de esa corrección de hermanos que hemos de hacernos los unos a los otros precisamente en nombre de ese amor que nos hace hermanos. Cuando nos amamos de verdad, cuando nos sentimos hermanos nos ayudamos; no estamos al acecho a ver en que puede tropezar el otro para echárselo en cara y tratar de hacernos nosotros los justos. Eso no es amor de hermanos.
Como hermanos somos comprensivos con los demás, alejamos de nuestros sentimientos el juicio y la condena, nos respetamos mutuamente conociendo nuestra propia debilidad, nos tendemos la mano y nos ayudamos a superar nuestros baches; aceptamos que nos ayuden a descubrir nuestros tropiezos en ese afán y deseo de superación que siempre tenemos muy latente en nuestro corazón.
Hemos de reconocer, sin embargo, que es fácil decirlo pero hacerlo nos cuesta más; y por una cosa muy sencilla, porque no siempre nos amamos de verdad, somos auténticos en nuestro amor, y fácilmente aparecen en nuestro interior los orgullos y las vanidades, y cuando nos podemos ver perjudicados por los otros nos es difícil aceptarlo y actuar desde esos valores. Es nuestra tarea, y en eso hemos de estar vigilantes sobre nosotros mismos para no  nos inoculemos esos venenos de desconfianzas y de orgullos, de resentimientos y de juicios, porque realmente nos haríamos mucho daño a nosotros mismos.
Como decíamos al principio eso de ser centinela no es un adorno más o menos romántico, sino que tiene que ser una actitud que tengamos primero que nada con nosotros mismos, y luego también en nuestro amor por los demás buscando siempre lo bueno para ayudarnos en lo mejor.
Como nos dice también hoy la carta de san Pablo a los Romanos ‘A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley’. Si nos tomáramos en serio lo de basar nuestras mutuas relaciones en una amistad verdadera y en un auténtico amor de hermanos, qué distintos seriamos, qué felices podríamos ser, qué mundo más hermoso estaríamos construyendo.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Dios quiere siempre el bien del hombre y que alcancemos la plenitud de la felicidad con un corazón lleno de paz

Dios quiere siempre el bien del hombre y que alcancemos la plenitud de la felicidad con un corazón lleno de paz

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5
Lo que le importa a Dios es el hombre. En el bien del hombre está la gloria de Dios. Dios es el que nos ha hecho grandes y nos quiere felices porque seamos capaces de vivir en plenitud todos esos dones que nos ha regalado.
Algunas veces los hombres erramos en nuestras apreciaciones. Aunque en nuestro corazón tendría que predominar toda esa semilla de bien y de bondad que Dios ha sembrado en nosotros, en razón de uno de esos maravillosos dones de los que Dios nos dotó, la libertad, somos nosotros los que escogemos un camino egoísta creyéndonos dioses de nosotros mismos. Quiere que vivamos en plenitud pero no somos perfectos, porque no somos dioses, y en el uso de nuestra inteligencia y libertad nos creamos confusiones en  nosotros mismos que nos llevan a la confusión y al mal, aunque en nuestro error pensemos que es el bien y que es lo mejor.
Por eso en nuestro interior nos rebelamos contra esa ley positiva inscrita en nuestro corazón que nos quiere conducir por ese camino del bien y queremos hacer nuestras opciones, nuestros caminos; en nuestra confusión pensamos que esa ley divina inscrita en nuestros corazones coarta la libertad del hombre, cuando realmente lo que quiere es darnos cauces para que caminemos por esos caminos de plenitud no solo para nosotros mismos sino también para el bien de los demás. Sustituimos la ley del amor que Dios ha inscrito en nuestros corazones por la ley de nuestro orgullo y egoísmo que no mira sino solo para nuestro yo y lo que contradiga nuestro yo, ya queremos eliminarlo de nuestra existencia.
¿Qué nos sucede muchas veces en nuestras relaciones con los demás? Caminamos caminos de dicha y felicidad cuando sabemos aceptarnos, ayudarnos, tendernos la mano, caminar el uno junto al otro, buscando siempre el bien, lo bueno y lo justo. Pero muchas veces nuestras vidas dan un giro inesperado; llegó un momento de desacuerdo, quizá tuvimos que reprocharnos algo que no hicimos bien y olvidamos lo que es le debilidad de cada uno y como en nombre de esa debilidad podemos equivocarnos, no aceptamos humildemente lo que él otro quiso decirnos buscando lo bueno, quizá en nuestro orgullo se nos subió el tono de nuestras reconvenciones, y ya comenzamos a poner barreras, a crear distancias, a apartar de nuestro camino aquel con el que nos sentimos heridos porque nos dijo algo que no nos gustaba, destruimos todo lo hermoso que antes habíamos vivido.
Es una lastima que no encontremos caminos de entendimiento, que nos encerremos en nosotros mismos pensando que nos valemos solo por nosotros. ¿Buscamos el bien de la persona o el halago de nuestro orgullo egoísta? Cuanto nos cuesta bajarnos de nuestros pedestales y con humildad sabernos poner a la misma altura del otro. Siempre tendríamos que haber estado a la misma altura, pero tenemos esa vanidosa tentación de querer estar por encima y tener siempre la razón.
El Señor cuando ha inscrito en nuestros corazones la ley del amor es porque sabe que por ese camino siempre estaremos encontrando el bien del hombre, de todo hombre, de toda persona. Es lo que quiere de nosotros y por eso nos traza sus cauces, nos da sus leyes y mandamientos para que sepamos como no podemos nunca atentar contra el otro, como siempre tenemos que sabernos aceptar y comprender y eso nos ha de llevar al perdón, porque es así como vamos a encontrar esa plenitud que es la paz del corazón.
No perdamos nunca esa paz. Será así como podremos cantar verdaderamente la gloria del Señor. Lo que importa a  Dios, lo que es la gloria de Dios, es el bien y la plenitud del hombre, la felicidad de un corazón lleno de paz.

viernes, 8 de septiembre de 2017

‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.

Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Romanos 8, 28-30; Mateo 1, 1-16.18-23
Hoy es un día especial en el que felicitamos a María, un día en que nos felicitamos con María. Como lo hacemos con la madre al celebrar su onomástica o su cumpleaños. No solo la felicitamos sino que nos felicitamos con ella porque es nuestra Madre, nos alegramos con su alegría, nos alegramos por tenerla por madre, nos gozamos y felicitamos a nosotros mismos por su amor. En el día del cumpleaños de la madre cuantos recuerdos afloran no solo a nuestra mente sino también a nuestro corazón; rememoramos su vida pero rememoramos sintiendo una vez más en nosotros su amor, ese amor que se ha derramado desde la madre sobre sus hijos cada uno de los días de su vida.
Y eso es lo que hoy queremos celebrar con María. Durante el año muchas fiestas hacemos en su honor recordando las maravillas que el Señor hizo en ella; celebramos muchas fiestas en su honor porque es recordar el amor que nos tiene y de que de una forma maravillosa va derramando sobre nosotros; cada una de esas fiestas es como un hito en nuestra historia o en la historia de nuestra Iglesia por esa presencia especial de María.
La recordamos y acompañamos en su dolor sintiendo así su amor sobre nosotros al que queremos corresponder, pero queremos caminar con ella en su espíritu de servicio para caminar como ella fue al encuentro de Isabel nosotros ir también al encuentro con los demás; la vemos a nuestro lado como estuvo con los discípulos en el cenáculo y sentimos como ella nos impulsa una y otra vez para que nos abramos al espíritu del Señor. Y así podemos recordar tantos momentos de nuestra vida y de la presencia de María junto a nosotros; por eso la invocamos con tantos nombres que no quieren ser sino la expresión de lo que ella significa para nosotros y como nosotros así la sentimos en nuestra vida y en nuestra historia.
Pero hoy es un día muy especial, es su cumpleaños, es la fecha de su nacimiento, es el momento en que recordamos aquella niña que abrió sus ojos a la luz de este mundo en un día así, y que fue la alegría y la esperanza para sus padres, a quienes invocamos y recordamos como Joaquín y como Ana, aunque el evangelio no nos hable de ellos. Cuando nace un niño cuantas esperanzas se abren en las puertas de la vida. ¿Qué será de este niño? Quizás siempre pensamos en medio de las alegrías de su nacimiento y eso sería también lo que surgió en aquellos corazones en aquella casa perdida en las callejuelas de Jerusalén a las espaldas del templo. Allí hoy un hermoso templo nos recuerda el nacimiento de María y muy cerca de la piscina probática cercana a la puerta por donde entraban las ovejas y animales para los sacrificios del templo, de ahí el hombre de la piscina, probática, de las ovejas. Todo pudiera ser muy significativo.
Quizá la incertidumbre del futuro aunque fuera muy lleno de esperanzas era lo que predominaba en aquel hogar y entre familiares y amigos ante el nacimiento de aquella niña. Pero nosotros bien sabemos que había brotado un renuevo del tronco de Jesé  de donde había de florecer un vástago que nos traería la salvación. Comenzaban a cumplirse los anuncios del profeta. Ya los santos padres desde la antigüedad vieron en el nacimiento de esta niño ese renuevo del tronco de Jesé y el principio de ese vástago de salvación que había de florecer; así lo han expresado incluso los artistas de todos los tiempos en sus imágenes y hasta en los versos llenos de poesía con que se ha querido honrar a María en su nacimiento. ‘Cuando nació la Virgen María el mundo se iluminó, ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, rezamos con las antífonas de la liturgia de este día.
Aquella niña iba a ser la bendecida del Señor porque bendito para nosotros iba a ser el fruto de su vientre que nos traería la salvación. Así nosotros celebramos con alegría su natividad, el nacimiento de María. Nuestros pueblos en este día celebran su fiesta con diversas invocaciones en su honor, siendo nuestro socorro y el remedio de nuestras vida, siendo la luz que nos ilumina por nos anuncia y nos trae la verdadera luz. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella’.
Felicidades María, es tu cumpleaños. Contigo nos alegramos y nos felicitamos porque a través de ti nos llego la salvación; contigo nos alegramos y felicitamos como Jesús quiso dárnosla como Madre; contigo nos alegramos y felicitamos porque tu nacimiento es la aurora que nos anuncia el gran día de la salvación que nos llegará por tu Hijo Jesús.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezca tenebrosas o nos resulten desconocidas porque lo hacemos con la confianza en el nombre de Jesús

Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezca tenebrosas o nos resulten desconocidas porque lo hacemos con la confianza en el nombre de Jesús

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11
El trabajo a veces parece que nos da fruto fácil, vemos su productividad, pero hay ocasiones en que se nos hace difícil, no conseguimos aquello que anhelamos, no vemos los frutos de aquello que hemos invertido, ya sea nuestro tiempo o nuestro esfuerzo, o ya sean los medios materiales que hemos empleado o gastado en hacer producir aquello en lo que estamos; pensamos en un agricultor con sus duras tareas en el campo, con todo lo que tiene que emplear para obtener unos frutos, pero que un día aparece la cosecha destrozada, un mal tiempo, unos temporales, o cualquier plaga que le pueda afectar. Es el que invierte en una empresa o en un negocio, pero no da la productividad deseada y viene los desalientos ante el fracaso, el animo que se busca donde sea para volver a empezar y mantener la lucha y la tarea diaria.
Desaliento, amargura quizá en algunos momentos, pérdida de la esperanza y la ilusión, agobios interiores que nos hacen perder la paz, sentimientos en algunos momentos de inutilidad o incapacidad para realizar aquella tarea… son cosas que nos van apareciendo y que tenemos que saber superar buscando la fuerza allí donde podamos encontrarla, pidiendo la ayuda que necesitamos y quizá alguien nos pueda ofrecer, teniendo esa fortaleza interior para a pesar de todo no sentirnos derrotados.
‘Hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ le dice Pedro a Jesús cuando después de haber estado enseñando a la gente sentado en la barca le pide que reme mar adentro y vuelva a echar las redes para pescar. El conocía aquel lago y sabia que había ocasiones en que parecía que los peces se ocultaban; así habían estado aquella noche y no habían cogido nada, ahora estaban limpiando y guardando las redes para otra ocasión en otra jornada. El sabe que ahora es imposible.
Sin embargo se fía de Jesús. Por tu palabra, porque tú nos lo pides, porque tú nos lo dices vamos lago adentro otra vez y echaré las redes. Podía haberle dicho, si tú no entiendes de estas cosas de la pesca, cómo nos pide esto ahora. Sin embargo se fía de la palabra de Jesús. La Palabra de Jesús les cautivaba, como a todas aquellas gentes que se habían reunido allí a la orilla del lago temprano para escucharle, como la gente que le seguía por los caminos, como los que acudían a la sinagoga, como todos aquellos que no los dejaban tranquilos ni en casa cuando estaban descansando o se iban tras ellos a los descampados. Algo había en la Palabra de Jesús, en su voz, en su mirada, en su presencia y no se podían resistir.
‘Pero por tu palabra echaré las redes’. La maravilla se había realizado. La redada era tan grande que tuvieron que pedir ayuda a los compañeros de las otras barcas. No salían de su asombro. Las redes reventaban donde hacia poco  no habían podido coger nada. Pero se habían atrevido a confiar en la palabra de Jesús; no habían tenido miedo de remar mar adentro; el cansancio no les impidió recomenzar de nuevo la tarea. Ahora se sentían pequeños, pecadores. ‘Apártate de mi que soy un hombre pecador’, le decía Pedro postrado a los pies de Jesús. Pero Jesús seguía confiando en ellos. ‘Os haré pescadores de hombres…’ pescadores de otros mares.
Antes hacíamos referencia a momentos y experiencias humanas en que podemos sentir el desaliento cuando no conseguimos aquello que deseamos y decíamos como hemos de buscar esa fuerza interior que nos impida decaer, que nos lance una y otra vez a seguir adelante.
Lo podemos ver también en referencia a nuestro actuar como cristianos, a nuestra tarea de Iglesia. Cuántos campos se nos abren delante de nosotros en los que podríamos o tendríamos que trabajar. En muchas ocasiones también podemos sentir el desaliento ante la tarea tan grande que tenemos por delante o por los pocos frutos que nos parece que conseguimos de nuestra trabajo. El fruto, para empezar, no somos nosotros los que tenemos que medirlo, porque lo que sucede en el corazón de cada hombre al que llevamos el mensaje, nosotros no lo sabemos, pero Dios ve el corazón de los hombres.
Tenemos que saber remar mar adentro en la vida aunque las aguas nos parezcan tenebrosas o nos resulten desconocidas. No vamos en nuestra tarea en nuestro nombre, sino en el nombre de Jesús; no lo podemos olvidar, hemos de tenerlo muy en cuenta. Tenemos que aprender a confiar y también a saber contar con los demás. No es tarea que realicemos solos; la tarea de la Iglesia es una tarea comunitaria y cuando trabajamos lo estamos haciendo siempre en comunión con los demás. Pero también de forma explicita hemos de saber contar con otros. El Señor se puede valer de nosotros para que alguien se agregue también a esa tarea evangelizadora; démosle la oportunidad.
No lo olvidemos, lo hacemos en el nombre del Señor. ‘En tu nombre echaré las redes’. El Señor quiere seguir contando con nosotros para que seamos pescadores de esos otros mares.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y saber encontrar nuevos caminos de encuentro con nuestro mundo


No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y saber encontrar nuevos caminos de encuentro con nuestro mundo

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4,38-44

Algunas veces nos sale a flote un cierto regusto conservador que casi sin darnos cuenta llevamos dentro de nosotros. Nos sentimos a gusto en una cosa, en una situación, en un lugar o incluso en un trabajo y no sentimos la inquietud o la curiosidad de buscar algo distinto o algo nuevo. Nos parece un riesgo que no queremos correr. Si estamos tan bien aquí por qué vamos a buscar otra cosa, pensamos. Tenemos miedo a lo mejor y nos contentamos con lo simplemente bueno, por miedo quizá a perderlo y quedarnos sin nada.
Nos sucede en muchas situaciones de la vida cuando nos falta ese deseo de superación y crecimiento; perdemos la ilusión y las ganas de mejorar quedándonos en lo de siempre; terminamos siendo incapaces de seguir poniéndonos metas altas por las que luchar, porque nos puede mas la desgana y caemos en la rutina de lo de siempre. Y la vida tiene que renovarse, como se renuevan constantemente las células de nuestro cuerpo. Necesitamos ese empuje del espíritu joven y emprendedor.
Hoy Jesús en el texto del evangelio de este día nos da un buen ejemplo que nos vale en esa tarea de superación personal en que todos hemos de vivir, pero también en la tarea de evangelización en la que tenemos que estar comprometidos. La iban muy bien las cosas a Jesús en Cafarnaún, iba los sábados a la sinagoga a enseñar, la gente se quedaba admirada de sus palabras, realizaba signos que corroboraban la veracidad del mensaje que les trasmitía, podía realizar la tarea de la caridad en todo su esplendor cuando le llevaban enfermos para que los curase, pero Jesús quiere marcharse a otro lugar.
A la mañana siguiente - nos dice el evangelista y eso es más que una expresión cronológica – Jesús se va al descampado – otro evangelista al narrarnos paralelamente este mismo hecho nos dice que se fue a solar a orar – y allí van a buscarlo. Quieren retenerlo, que se quede con ellos, allí puede seguir haciendo tantas cosas buenas, a ellos les gusta escucharle, pero Jesús les dice que tiene que ir también a otros lugares. Por muy cómodo que estuviera en Cafarnaún en casa de Pedro su misión era más amplia, más universal. Comenzará su recorrido por todos los pueblos y aldeas de Galilea; en esa ocasión nos dice el evangelista que llegó también a las sinagogas de Judea.
Ya lo hemos dicho. Nos sentimos a gusto en nuestro circulo de siempre, donde creemos que allí están los buenos, los buenos de siempre; nos cuesta salir, y al encuentro de otra gente nueva, de otras personas, a esos que quizá llamamos alejados, pero que quizá están lejos porque a ellos nunca ha llegado el mensaje.
Sucede en nuestra iglesia, sucede en nuestras parroquias; nos contentamos con los que ya vienen y con ellos queremos trabajar, nos sentimos a gusto en las cosas que ya hacemos de siempre, pero ¿y los otros? ¿Y esos que nunca vienen, o vienen de forma ocasional? ¿Para ellos no hay también una palabra de luz, de vida, un anuncio de salvación, un anuncio de Jesús, un anuncio de buena nueva?
Hoy en nuestras iglesias, en nuestras parroquias estamos viendo mucho un cartel que nos dice EN SALIDA. Pero tengo miedo que se quede en palabras, en buenos deseos, y no seamos capaces de llegar mas allá de los de siempre, de los muros de nuestras iglesias; no terminamos de llegar a esos lugares apartados y no es solo físicamente porque muchas veces los tenemos en la misma plaza del pueblo, de esas gentes que no tienen noticia de Jesús.
Tenemos que salir, ir de verdad al encuentro de los otros con ese mensaje del evangelio, aunque sean muchas las dificultades; quizá ahí encontremos una respuesta más generosa que la que dan los de siempre, los que siempre estamos metidos en nuestras iglesias. No podemos seguir siendo conservadores en la hora de la tarea de la nueva evangelización y tenemos que saber encontrar nuevos caminos de encuentro con los hombres y mujeres de nuestro mundo.

martes, 5 de septiembre de 2017

Los que seguimos a Jesús hemos de expresar con nuestra rectitud y con nuestro amor la congruencia entre nuestra fe y las obras de nuestra vida

Los que seguimos a Jesús hemos de expresar con nuestra rectitud y con nuestro amor la congruencia entre nuestra fe y las obras de nuestra vida

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37
Cuando vemos a una persona convencida de verdad de lo que habla, que se cree realmente lo que está diciendo, porque además es que lo que nos dice lo vemos reflejado en su vida, sentimos admiración por esa persona; podremos estar de acuerdo o no con lo que nos dice, pero admiramos su honradez, su rectitud, la congruencia entre sus palabras y su vida.
Ojalá siempre en la vida fuéramos así de congruentes, porque significa como en el fondo buscamos una rectitud para nuestras vidas. Eso significa también cómo tenemos que aprender a aceptarnos y respetarnos, porque siempre hay algo bueno que podemos aprender, que nos puede servir de base para esa colaboración en la tarea de hacer que nuestro mundo sea mejor. Muchas veces nos encerramos demasiado en nuestras ideas y pensamientos como si fuéramos los poseedores de una absoluta verdad.
Hemos de saber ser abiertos de espíritu para descubrir toda belleza, toda bondad, todo lo bueno y justo que podamos encontrar en los demás. Hemos de saber estar abiertos a una sabiduría superior que levante nuestro espíritu, amplíe nuestros horizontes, nos descubra nuevos caminos; es la forma cómo nos abrimos también a la buena nueva de Jesús, sabiendo admirarnos de su bondad y de su rectitud, dejándonos empapar por su sabiduría para descubrir esos nuevos horizontes que nos llenan de una nueva trascendencia, poniendo metas altas y grandes en nuestro corazón.
La gente, nos dice el evangelio, estaba admirada ante Jesús, ante sus palabras pero también ante su vida, ante sus hechos, sus gestos, sus signos. La admiración nos pone en camino de poder llegar a cosas nuevas, a nuevos planteamientos, a nuevas actitudes y posturas. Cuando ya no somos capaces de admirarnos por nada, parece como si envejeciéramos porque damos la impresión que venimos de vuelta de todo porque nos creemos que lo hemos visto todo y nada nuevo podemos encontrar.
La gente estaba admiraba porque les hablaba con autoridad; les hablaba de un mundo nuevo en el que se verían liberados de todo mal y esclavitud, y ahí estaban las señales que mostraba y los signos que realizaba. Había hablado en la sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta de cómo los oprimidos se verían liberados en una nueva libertad, y ahora está realizando el signo, libera del mal aquel hombre poseído por un espíritu maligno.
El evangelio habla de endemoniados según el lenguaje y la manera de entender de las gentes de aquella época, pero está queriendo significarnos como muchas veces nosotros hemos dejado llenar nuestro corazón de mal, de odio, de malicia, de malquerencia hacia los otros, de envidias, recelos y desconfianzas. Cómo nuestra vida se entenebrece cuando dejamos que mal ocupe nuestro corazón. Jesús quiere liberarnos de todo eso, quiere darnos la verdadera paz, porque comencemos a llenar nuestro corazón de amor, de apertura a los otros y de cercanía con todos.
Es el milagro que día a día quiere realizar en nosotros, pero hemos de dejarnos transformar por Jesús. Quienes nos decimos creyentes en Jesús no lo podemos decir solo de palabra sino que tenemos que manifestarlo en esa vida llena de rectitud y de amor; es la congruencia que tiene que haber en nosotros con la que en verdad podemos convencer a los demás de que se puede hacer un mundo nuevo y mejor.


lunes, 4 de septiembre de 2017

¿Puedo quedarme con los brazos cruzados sin hacer nada cuando los pobres de mi entorno siguen sin escuchar la Buena Nueva de gracia y salvación?


¿Puedo quedarme con los brazos cruzados sin hacer nada cuando los pobres de mi entorno siguen sin escuchar la Buena Nueva de gracia y salvación?

Tesalonicenses 4, 13-17; Sal 95; Lucas, 4, 16-30
‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’, les dice Jesús a la gente de Nazaret cuando aquel sábado fue a la sinagoga. Había proclamado el texto de Isaías: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Y es todo el comentario que hace.
¿Podríamos decir lo mismo nosotros hoy? Es la pregunta que siempre me hago. ‘Me ha enviado a anuncia la Buena Nueva a los pobres…’ decía Isaías. Hemos sido enviados a anunciar la Buena Nueva a los pobres, los pobres de este mundo, los pobres de hoy, los pobres que están en nuestro entorno igual que los que están lejos… ¿Hacemos ese anuncio realmente?
Miro en mi entorno. Pobres… sí, gente con pocos recursos, que pasa necesidades, que tiene problemas para que el dinero les alcance hasta final de mes aun sin derrocharlo. Pobres… y pensamos en todos esos que lo pasan mal, pero no nos podemos quedar ahí. Miro en mi entorno… algunas veces no sabemos realmente los problemas que tiene la gente porque cada uno andamos metidos en nuestras cosas. Pero hay tantas pobrezas si queremos abrir bien los ojos.
Pobres… y ve uno caminar a la gente sin ilusión metidos en sus rutinas de cada día que casi parece que no apetezcan más, gentes sin esperanza, sin ser capaces de darle trascendencia a sus vidas, sino que se quedan en el día a día de ahora y hoy. Pobres… uno no sabe bien lo que hay alrededor pero vemos caminar a la gente sin fe, sin Dios, materializados, o solo pensando en pasarlo bien sin más y como sea.
Pobres… y pasan a nuestro lado y ni los miramos ni nos miran, cada uno a sus cosas, nadie se interesa por nadie, hemos perdido las motivaciones y razones de una buena vecindad; ya no somos vecinos, somos personas que vivimos unas al lado de las otras porque las casas están contiguas pero nada más, no hay relaciones, no hay trato, no hay conocimiento mutuo. Y eso son pobrezas porque son carencias fuertes las que afloran en sus vidas, en nuestras vidas también porque no somos capaces de hacer nada para que esas cosas cambien.
Y podríamos seguir fijándonos mucho mas en todo lo que hay en nuestro entorno y de lo que no nos enteramos porque ya no somos capaces de mirar, no sabemos mirar, andamos como ciegos. Mientras estos escribiendo esta reflexión mis ojos están recorriendo mi calle, mi barrio, mis alrededores, cada una de sus casas, detrás de cuyas puertas no sé realmente lo que hay o lo que pasa. Quizá yo sea también uno de esos pobres por la pobreza de mi reacción y por tantas cosas que no hago.
Y en el evangelio hemos leído ese texto de Isaías que proclamaba Jesús en la sinagoga de Nazaret y del que decía que esa escritura se estaba cumpliendo allí. ‘Me ha enviado a anuncia la Buena Nueva a los pobres…’ Y yo me pregunto ¿Quién les hace ese anuncio de Buena Nueva a esos pobres que están en nuestro entorno? ¿Habrán escuchado alguna vez ese anuncio a pesar de que se digan cristianos y hayan bautizado a sus hijos y todo eso que se suele hacer?
Quien haya escuchado ese anuncio de Buena Nueva se tiene que sentir liberado, transformado, con una alegría y una esperanza nueva en sus corazones, que les tiene que llevar a una nueva forma de vivir. Lamentablemente la mayoría de los cristianos no es eso de lo que damos señales. Nos falta alegría y esperanza y nuestra vida sigue siendo igual de fría y rutinaria, por no decir sigue llena de tantas ataduras y esclavitudes. Me temo que algo nos está fallando para que no se cumpla esa Palabra de Jesús en nosotros, hoy y aquí.
¿Puedo quedarme con los brazos cruzados sin hacer nada cuando los pobres de mi entorno siguen sin escuchar esa Buena Nueva de gracia y salvación? Hoy se está diciendo y repitiendo en nuestra Iglesia que estamos en salida camino de una nueva evangelización. ¿Ciertamente le vamos a hacer ese anuncio de Buena Noticia a esos pobres que nos rodean o nos quedaremos en bonitas palabras, buenos deseos, y simples gestos?

domingo, 3 de septiembre de 2017

Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y sueños para vestirnos más de cruz, de amor, de entrega, de compromiso, del Espíritu del Señor que nos transforme para también transformar nuestro mundo

Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y sueños para vestirnos más de cruz, de amor, de entrega, de compromiso, del Espíritu del Señor que nos transforme para también transformar nuestro mundo

Jeremías 20, 7-9; Sal 62; Romanos, 12, 1-2; Mateo 16, 21-27
Se sentían confundidos. A Pedro y a los discípulos no les cabía en la cabeza lo que Jesús les estaba diciendo. Cuántas veces cuando nos hacemos una idea de algo, nos parece tan clara nuestra manera de ver las cosas que nos cuesta aceptar que van a ser o tienen que ser de otra manera.
Nos creamos nuestros sueños y nos creemos nuestros sueños como si ya fuesen una realidad. Idealizamos las cosas, las personas, los mismos hechos que suceden o que han sucedido y los engrandecemos de tal manera que en cierto modo los cambiamos. Pensemos en nuestros recuerdos de hechos que nos han pasado, sobre todo si han sido hace ya años; nos creamos casi un mito, porque nada puede haber tan hermoso como aquello que vivimos.
Es lo que nos sucede con acontecimientos de nuestra historia mas o menos cercana que ahora no somos capaces de comparar con lo que ahora nos esta sucediendo aunque quizás sea mas importante o mas grandioso. Fiestas como las de antes ya no se hacen, decimos tantas veces; aquellas aventuras que vivimos en nuestra juventud, aquello si era vivir, ahora la vida es más aburrida, idealizamos.
Y lo mismo de los sueños de futuro, de lo que pensamos que puede suceder, de las historias que en nuestra mente nos creamos pero para el futuro, muchas veces sin fundamento, o idealizando aquello tan bueno que nos puede suceder. Ahora nos dicen que eso no va a ser así, que las cosas tienen que ser de otra manera y no lo aceptamos, nos rebelamos y nos ponemos en contra de todo, nos entran los malos humores y hasta quizá nos deprimimos.
Me he extendido en toda esta consideración previa porque comparo de alguna manera lo que le sucedía a los discípulos en aquel momento con situaciones en las que nos podemos ver envueltos en la vida.
Como escuchábamos el pasado domingo ante las preguntas de Jesús Pedro había hecho una afirmación muy rotunda, una hermosa confesión de fe. Había proclamado que Jesús era el Mesías. En la mentalidad judía de la época, conforme a las esperanzas que tenían de la venida del Mesías, sería un triunfador, que daría la libertad y la salvación al pueblo. En consecuencia no cabrían sufrimientos, muertes martiriales, sino todo lo contrario. Y era lo que ahora no les cabía en la cabeza de los anuncios que Jesús estaba haciendo. Aunque ya en otras ocasiones se los había anunciado, pero ellos no entendían.
Si Pedro quiere quitarle de la cabeza a Jesús, en sus idealizaciones, de que el Mesías había de padecer, es Jesús el que quiere que Pedro y los discípulos terminen de cambiar su mentalidad, comprendan de verdad la misión de Jesús. Jesús le dirá que incluso está siendo para él como el diablo tentador. Allá en el desierto antes del inicio de su vida pública ya el diablo le había tentado con la posesión de todos los poderes del mundo, pero Jesús lo había rechazado. Ahora Pedro parece que le hace el juego a Satanás, por eso Jesús le dice con palabras duras que se aparte de él.
El Reino que Jesús anunciaba, como ya tantas veces les había explicado, aunque había de realizarse en sus vidas concretas y en su mundo concreto, sin embargo no era a la manera de los reinos de este mundo. Era una transformación desde el amor, de sus vidas y de la vida de su mundo. Y el amor es entrega, es darse sin medidas ni limites. Por eso Jesús les habla de la cruz.

La cruz podría significar tormento, suplicio. En si misma era un duro castigo. Pero Jesús nos habla de la cruz no como algo que nos impongan sino como algo que nosotros asumimos porque queremos caminar por caminos de amor y no siempre será fácil. No es que busquemos el sufrimiento por el sufrimiento porque eso no tendría sentido. Es otra la manera de tomar la cruz, de asumir la cruz.
Nos cuesta asumirla en nosotros mismos cuando tenemos que desprendernos de nuestro yo egoísta para darnos a los demás; nos cuesta asumirla por nosotros mismos cuando nos encontramos con los dolores y sufrimientos de la vida que podrían ser un sin sentido; nos costara asumirla cuando nos vamos a encontrar quienes no nos acepten o no acepten los planteamientos de vida que nosotros asumimos.
Pero cuando queremos emprender ese camino de amor, a la manera del amor de Jesús, las cosas tienen un nuevo sentido, será algo que nos llevará a una plenitud distinta, nuestros actos y nuestra vida pueden ser camino de salvación para los demás cuando nos entregamos generosamente. Es el camino que Jesús quiere que emprendamos siguiendo sus pasos, amando como El amó. Tenemos que dejarnos seducir por su amor.
Llegaba ya la hora en que los discípulos habrían de comprender bien lo significaba seguir el camino de Jesús. Y aquella subida a Jerusalén había de ser trascendental. Eran importantes aquellos pasos y habían de darse con seguridad. Pero no solo a los discípulos de aquella época; esto tenemos que escucharlo también los discípulos de hoy. Nos hemos creado mitos, nos hemos construido grandiosidades, soñamos con una cristiandad dominadora del mundo. No solo lo soñamos sino que así nos ven también desde fuera, como si quisiéramos imponer, como si la iglesia fuera un dominio y un poder hasta a la manera de los políticos.
Algo se nos ha trastabillado con el paso de la historia y quizás Jesús tenga que venir a decirnos como a Pedro que andamos equivocados, que el sentido de la Iglesia tiene que ser otro, que lo que los cristianos tenemos que presentar ha de ser de otra manera, que la cruz ha de estar presente en nuestra vida pero por todo el amor que nosotros pongamos en nuestra entrega y en nuestro darnos por los demás.
Tenemos que desprendernos de tantos oropeles y vestirnos más de cruz, mas de amor, mas de entrega, mas de compromiso, mas del Espíritu del Señor que nos transforme para que pueda también transformar nuestro mundo. Nuestro estilo de vivir tiene que ser bien distinto si seguimos los pasos del evangelio. Mucho tenemos que pensar en el camino de Jesús, en cómo estamos tomando la cruz para seguir sus pasos.

sábado, 2 de septiembre de 2017

La responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano y ante quien nos ha dado la vida y es la razón de ser de nuestra existencia

La responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano y ante quien nos ha dado la vida y es la razón de ser de nuestra existencia

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30
Es cierto que no todos los trabajos son iguales pero creo que en todos hemos de saber descubrir su dignidad, porque lo que es más hermoso del trabajo es la persona que lo realiza y que en él se realiza. Cada uno realizará su trabajo según sus posibilidades, sus capacidades y también, por qué no tenerlo en cuenta, según el ritmo de nuestra propia sociedad que creará unos u otros trabajos en mayor o en menos intensidad y que hará que quizá no todos puedan desarrollar todas sus posibilidades y habilidades.
Ya hemos venido reflexionando de alguna manera sobre esto en momentos pasados para saber descubrir su grandeza y la grandeza del ser humano que lo realiza. Hemos de saber encontrar esa satisfacción personal en lo que realizamos sintiendo el gozo también de su productividad que no es solo material. No hemos ni de temer ni de minusvalorar aquellos trabajos que nos parezcan más pequeños o más humildes, porque cada uno contribuirá desde ese lugar al camino de la sociedad y al desarrollo de todos sus componentes.
La misma intensidad de amor y de esfuerzo en realizarlo con la mayor perfección ha de poner en su trabajo el que quizá solo tiene el encargo de mantener la limpieza del lugar, como el científico que trabaja en el laboratorio o entre la más alta tecnología, o el investigador que pueda realizar los más profundos descubrimientos del ser humano.
Es la responsabilidad de la vida muy presente allá en lo más hondo de nuestra conciencia como ser humano; es la responsabilidad que sentimos ante quien nos ha dado la vida, somos creyentes y pensamos en el Creador que nos dio el ser, y al que un día rendiremos cuentas de lo que hemos hecho de nuestra vida.
Como creyentes no hemos de perder de vista la trascendencia de nuestra vida que va más allá de lo que ahora en este mundo podamos vivir y la responsabilidad que tenemos ante los demás seres humanos con quien convivimos y compartimos la vida de este mundo; hay una trascendencia espiritual que nos lleva hasta Dios, a quien como creyentes que somos consideramos como el verdadero centro y sentido de nuestra vida.
De esto nos habla Jesús hoy. Nos propone la parábola de los talentos, que tantas veces habremos reflexionado. Nos habla de esa responsabilidad que ante la vida tenemos en aquellos valores de los que hemos sido dotados, en esa función que en la vida desempeñamos ya sea en el ámbito familiar, en el mundo del trabajo, en la vida social, en la colaboración y crecimiento de nuestra comunidad. No nos podemos cruzar de brazos, no podemos arrojar la toalla por las dificultades que encontremos, no podemos enterrar nuestros talentos por muy insignificantes que nos parezcan, no nos podemos considerar unos seres pasivo de nuestra sociedad por lo poco que nos consideremos que valemos. Todos tenemos nuestra función, nuestro lugar, nuestro granito de arena que aportar.
Una parábola para leerla y rumiarla muchas veces mirándonos y examinándonos con atención, en lo que hacemos y lo que podríamos hacer, en los valores que tenemos y todo el desarrollo que tendríamos que darle a nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea mejor; de nuestro pequeño grano de arena puede depender que se logren cosas hermosas para nuestro mundo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy


Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad, no dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13
‘Bueno, con eso será suficiente, ¿para qué llevar más? Y si hace falta ya tendremos oportunidad de conseguir como sea algo más por allí o se busca donde comprarlo...’ Así quizá habremos pensado en alguna ocasión cuando teníamos que preparar algo que tendríamos que utilizar luego y luego nuestros cálculos nos salieron fallidos porque no fue suficiente lo que teníamos.
O es la tentación que tenemos tantas veces de dejar para otro momento algo que tenemos que hacer porque decimos que tenemos tiempo y luego el tiempo se nos echa encima y andamos con apuros al final. Siempre recuerdo lo que me decía mi madre, ‘guarda que comer y no qué hacer’, para que fuéramos previsores de futuro y prepara las cosas a tiempo no dejándolas para después, como sentimos la tentación tantas veces porque quizá ahora en este momento estamos entretenidos en otras cosas.
Es una vigilancia cargada de responsabilidad que hemos de saber tener en la vida. aunque sabemos quizá de nuestras posibilidades, de nuestras capacidades, la vida está hecha de muchas circunstancias que no siempre dependen de nosotros mismos, porque vivimos en relación con los demás, porque son diversos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno que no dependen de nosotros, porque no sabemos lo que van a hacer los demás, pero nosotros tenemos nuestra responsabilidad y esa responsabilidad nos tiene que llevar a ese cumplimiento de deberes y obligaciones, a esa vigilancia para no perder la oportunidad de lo bueno que vamos teniendo en la vida.
Son los pensamientos que afloran en mí al escuchar esta parábola que nos propone Jesús de las doncellas que han de salir con sus lámparas encendidas para la llegada del novio a la boda. Una parábola que en su literalidad hemos de entender desde las costumbres de la época y las circunstancias que se Vivian entonces, que hacen necesario ese tener luz en los caminos cercanos a la casa de la novia para cuando llegara el novio con sus amigos a la boda; eran las amigas de la novia las encargadas de iluminar con lámparas de aceite aquellos caminos y había que ser previsoras para tener aceite suficiente porque no sabían realmente la tardanza y aquellas lámparas iban también a servir para iluminar la sala de la boda. Ya conocemos el desarrollo de la parábola con las tardanzas, la falta de aceite y la imposibilidad de tenerlo a tiempo, que hizo que se quedaran sin boda aquellas doncellas.
Nos quiere hablar Jesús de la trascendencia de la vida y de ese momento final de nuestra historia personal para el que hemos de estar preparados. Llega el Señor a nuestra vida, un día nos hemos de presentar ante El y hemos de estar dispuestos y preparados. Pero no solo es el momento final sino el día a día de nuestra vida, con nuestras responsabilidades, con nuestras tareas, con la hermosura del trabajo humano, como en otras ocasiones hemos reflexionado.
No podemos desatender nuestra vida. Es el cuidado personal en nuestro propio desarrollo y es el cuidado personal en como hemos de prepararnos para la vida. es una lástima como pasamos adormecidos muchos momentos de la vida en los que tendríamos que estarnos preparando, desarrollando nuestras cualidades y capacidades, poniendo los cimientos de una sólida formación, cuidando nuestros estudios que nos capacitan siempre para algo más y algo mejor. Que lástima tantos momentos de juventud desaprovechados y que crean tantas lagunas en nuestra vida de las que nos daremos cuenta cuando ya sea quizá demasiado tarde.
El tema nos da para muchas mas reflexiones – no queremos alargarnos – que nos hablan de la responsabilidad de cada día de nuestra vida, de nuestro hoy con las tareas que tenemos que realizar, la familia en la que vivimos, el trabajo que desempeñados, la apertura a la sociedad en la que vivimos, el bien que podemos hacer, lo que podemos contribuir a nuestra propia comunidad… Mantengamos la lámpara encendida, tengamos el suficiente aceite, desempeñemos nuestra responsabilidad. No dejemos para mañana lo que tenemos que hacer hoy.

jueves, 31 de agosto de 2017

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

Jesús está recordándonos el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestra laboriosidad y responsabilidad tenemos que realizar y con nuestra creatividad embellecemos también la vida de los demás

1Tesalonicenses 3, 7-13; Sal 89; Mateo 24, 42-51
Hace unos días una persona me hacia un comentario en referencia a otra persona que decía que no le preocupaba el trabajo porque con las prestaciones sociales que recibía ya tenia lo suficiente para vivir bien; más allá de la critica, no sé si con intenciones corrosivas, que hacia esta persona pues se notaba que entre ellos no se llevaban muy bien, me vale este hecho para esta reflexión que me quiero hacer sobre la responsabilidad con que tenemos que enfrentarnos a la vida, la responsabilidad de nuestro trabajo.
Ya sé que en el fondo podemos tener esas apetencias de vivir sin hacer nada si tenemos los medios suficientes para poderlo hacer, pero esa ociosidad de la vida creo que puede ser síntoma, o si no al menos lo crea, de un vació interior en el que no le hemos sabido dar un sentido a la vida. Yo diría que tenemos una responsabilidad con la vida misma que hemos recibido. Y aquello que somos, aquellos valores y posibilidades que podamos tener en la vida tenemos que desarrollarlos. Porque nos hace crecer a nosotros mismos, y no solo en el hecho de tener unas ganancias con las que lograr un bienestar.
El bienestar no es solo la posesión de una serie de cosas que nos puedan hacer la vida fácil, el bienestar es algo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos. Y lo logramos desde esa responsabilidad con que asumimos la vida, lo logramos cuando vemos que nuestra vida es útil y no ya para nosotros mismos sino también para los demás, para la sociedad en la que vivimos.
La satisfacción de la creatividad de nuestra vida en aquello que hacemos y que vivimos es lo que mas hondamente nos puede hacer disfrutar. Es la satisfacción del artista que ve su obra terminada, contemplada y admirada por todos. Pero tendríamos que decir que todos somos ese artista en aquello que sabemos hacer, en aquello que realizamos con nuestro trabajo, en aquello con concluimos con nuestra responsabilidad. No nos sentiremos vacíos, sentiremos dentro de nosotros el más hondo bienestar, aparte de esos otros frutos materiales que obtenemos con la realización de nuestro trabajo.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de estar preparados, atentos y vigilantes viviendo la responsabilidad de nuestra vida. Nos habla de la trascendencia de nuestra vida y de ese punto final de nuestra historia. Estad en vela…, Estad. también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre…’  
Pero está queriéndonos recordar también el ahora de nuestra historia que entre todos con nuestras laboriosidad, con nuestra responsabilidad tenemos que realizar. Es la vigilancia de nuestra responsabilidad, de nuestra laboriosidad, de la creatividad de nuestra vida con que podemos embellecer también la existencia de los demás.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

1Tesalonicenses 2,9-13; Sal 138; Mateo 23,27-32

‘Señor, tú me sondeas y me conoces… ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro’. A los ojos del Señor no nos podemos ocultar. Quizá podemos intentarlo en nuestra relación con los demás y vivir sujetos a la apariencia y al disimulo, pero allá en lo secreto de nuestro corazón no nos podemos engañar, ni podemos engañar a Dios. El nos conoce hasta lo más profundo.
Necesitamos sinceridad en la vida. Algunas veces parece que hasta queremos engañarnos a nosotros mismos, porque no queremos reconocer la realidad de nuestra persona, de nuestra vida. algunas veces no nos atrevemos a mirarnos de frente; hay cosas que no nos gustan de nuestra vida, pero tratamos de disimularlas, como el avestruz ponemos la cabeza debajo del ala, porque pensamos que así pasa el peligro, pero la realidad de lo que somos con nuestros valores y con nuestros defectos está ahí.
Es cierto que tenemos que ser positivos en la vida, ver cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, lo que podemos hacer, lo que somos capaces de hacer. Seguro que hay muchas cosas buenas en nosotros, pero que también tenemos el peligro de que no las hayamos descubierto. Quizá tengan que venir momentos malos, de dificultad, para que saquemos toda esa fuerza interior que tenemos y con lo que somos capaces de superar muchas cosas. Pero creo que tenemos que ponernos a pensar en eso bueno que hay en nosotros, nuestros sueños, nuestros ideales, aquellas metas por las que nos gustaría luchar.
No podemos ocultar lo que valemos, no podemos enterrar el talento que hay en nuestra vida; seríamos desagradecidos. Con esa positividad en nosotros podemos llegar muy lejos, a grandes cosas; pongámonos metas que nos ilusionen y nos hagan levantar la mirada para ver más allá de lo presente que muchas veces pudiera estar lleno de oscuridades.
Pero mirar más allá de esas oscuridades porque nos pongamos buenas y altas metas no significa que no miremos nuestra realidad completa, también con nuestras deficiencias, nuestras limitaciones, nuestros tropiezos, el carácter que tengamos, o los tormentos que pudiera haber en ocasiones en nuestro interior. No quisiéramos que hubiera esos tormentos, esas limitaciones o defectos, pero ahí están y de ahí también tenemos que partir sabiendo aceptar lo que somos y tratando por supuesto de superarnos.
No es que vayamos pregonando lo que son nuestros defectos ante todo el mundo, pero no podemos poner cara de ‘niños buenos’ cuando quizá haya tantas malicias que enturbian nuestro interior. No aparentemos lo que somos, pero porque aceptemos lo que somos no significa que no tengamos que superarnos, crecer, purificarnos interiormente, transformar nuestro corazón tantas veces malicioso.
Es la tarea de nuestro crecimiento interior que tenemos que saber emprender, en lo que tenemos que empeñarnos. No nos podemos contentar con decir es que yo soy así y no puedo cambiar, sino que tengo que saber poner mi empeño y mi esfuerzo para ir dando esos necesarios pasos que nos vayan transformando. Y podemos, y seremos capaces, y tenemos fuerza en nosotros para realizarlo. La fuerza de todo eso otro bueno que hay en nosotros nos ayuda, nos impulsa.
Jesús denuncia la actitud de aquellos que no eran capaces de reconocer los errores de su vida, sino que Vivian de apariencias mientras su corazón estaba lleno de maldades. Ciegos guías de ciegos, como les dice Jesús en una ocasión. Trataban de ser guías en medio del pueblo porque por su posición social así se lo creían ellos, pero eran tan ciegos para no reconocer sus errores, las maldades que llevaban en su corazón, y no se dejaban interpelar por la Palabra de Dios, por la Palabra de Jesús que siempre era Palabra de vida y salvación. Que no nos sucede a nosotros igual. Cerca de nosotros está siempre esa mirada de Jesús que nos alienta, nos hace ver la realidad de nuestra vida y siempre en nosotros deseos de grandeza y superación.


martes, 29 de agosto de 2017

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

El martirio del Bautista nos está alentando para que seamos valientes en hacer nuestro anuncio del Evangelio y ser testimonio verdadero del Reino ante el mundo que nos rodea

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Marcos 6, 17-29
Alguna vez nos abr sucedido; mantenemos una buena relación con las personas que nos rodean, somos buenos amigos y expresamos la confianza y la amistad de muchas maneras. Todo parece ir sobre ruedas, pero en un momento determinado viste algo en tu amigo que no era de tu agrado, algo que eras conciente de que no era bueno y tu amigo quizás iba descarrilando su vida por aquella postura, por aquella actitud, por aquello que tu veías que no era bueno.
Y hablaste con él, le dijiste lo que pensabas, trataste en buena conciencia de hacerle reflexionar sobre lo que hacia y tú pensabas que debía corregir; pero tu amigo se lo tomó a mal, no le gusto, no te perdonó que le dijeras aquella verdad de su vida que él no quería reconocer, y las relaciones se distanciaron, la amistad se enfrió, y pudo llegar el caso que el que era tu amigo ahora se convirtió en tu enemigo. Tú hiciste lo que creías correcto, y en buena amistad pensabas que debías tener ese gesto de amistad y de corrección con tu amigo, pero  no lo aceptó.
Muchas cosas así pasan en la vida, cuando no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan decir los que están a nuestro lado; casos conocemos de familias rotas, de vecinos enfrentados y que no se hablan, amistades que se han perdido.
Me gusta cuando leo el evangelio y reflexiono sobre él, pensando primero que nada en como aplicarlo a mi vida, ver esas situaciones humanas que aparecen en el fondo de los hechos que nos narra el evangelista reflejadas en lo que nos sucede en la vida. Es una forma también de aplicarnos bien el evangelio y que la luz que nos ofrece sea esa buena noticia salvadora también para nuestra vida en esas situaciones concretas que vivimos.
Hoy estamos celebrando el martirio de Juan Bautista. El evangelio nos lo relata con muchos detalles. Pero ahí estamos viendo también esas situaciones humanas que nosotros vivimos. El evangelista parece que nos dice cosas contradictorias de las relaciones entre Herodes y Juan Bautista. En principio nos dice que Herodes tenia en buena consideración a Juan, le gusta escucharlo, lo respetaba y lo consideraba un hombre bueno, honrado y santo.
Pero cuando Juan le señala lo que es la corrupción que hay en su vida, a Herodes no le gusta; cuando mas en concreto le dice que no es licito vivir como lo está haciendo con Herodías la mujer de su hermano, todo se vuelve en contra de Juan. Es encarcelado y Herodías estará buscando la ocasión para acabar con Juan.
Los papeles se dieron la vuelta. Y aunque Herodes parecía mantener una actuación un tanto neutral buscando la manera de cómo liberar a Juan, llegará en momento en que las corrupciones y cobardías de Herodes caerán como en cascada para terminar por decapitar a Juan. Ya nos lo ha contado el evangelio, la fiesta que preparó Herodes para su corte, el baile de Salomé y las promesas fatídicas de Herodes de querer ofrecer hasta la mitad de su reino si la bailarina se lo pedía, que desencadena la muerte de Juan. Los efectos de la fiesta y todo lo que la rodea, las promesas locas de mentes ebrias y sin sentido, los respetos humanos que nos llenan de cobardías, cómo se parece a tantas cosas que hacemos y decimos en las locuras de nuestra vida.
Toda esa parte negativa del relato en los malquereres contra Juan y las locuras y cobardías de Herodes tendrían que hacernos pensar en momentos semejantes en que nos vemos envueltos nosotros de la misma manera. Pero frente está la rectitud, la honradez, la fidelidad de Juan que mantiene firme su palabra y su anuncio de verdad y de justicia.
Cuanto tendríamos que aprender nosotros también que tantas veces nos acobardamos y  nos callamos por miedo a lo que puedan pensar, a lo que nos puedan decir, o como nos puedan tratar según las posturas que nosotros tomamos en la vida. Es la valentía que necesitamos tener los cristianos para hacer ese anuncio de la Buena Noticia salvadora del Evangelio a nuestro mundo. No nos entenderán, nos perseguirán incluso, dirán de nosotros todo menos cosas bonitas, pero necesitamos hacer ese anuncio del bien y de la verdad con valentía, dar ese testimonio de nuestra vida.

lunes, 28 de agosto de 2017

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

Nuestra tarea y compromiso como creyentes en Jesús es construir un mundo mejor apoyándonos mutuamente para que nadie sufra la manipulación injusta de los demás

1Tes. 1,1-5.8b-10; Sal 149; Mateo 23,13-22
Hay gente que siempre sabe quedar bien sin importarle la verdad y la sinceridad de la vida sino que o bien llenarán su vida de vanidades para hacer creer a los demás lo que realmente no son, o saben utilizar las palabras y los razonamientos para arrimar el ascua a su sardina y tendrán siempre razones con sofismas que traten de justificar sus posturas y lo que hacen convirtiéndose así en unos manipuladores de los demás. Ellos son siempre los buenos, los que saben hacer las cosas, los que tienen razón para hacer lo que hacen sin importarle el daño que quizás puedan hacer a los demás. Ven las cosas, la vida desde la óptica solo del color de su cristal y no son capaces de descubrir lo bueno o los razonamientos que puedan tener los demás.
Una vida rodeada de personas así nos resulta incomoda; nos sentimos manipulados o que al menos traten de manipularnos; vemos a la gente que solo le interesan sus ganancias o sus razones que solo les favorezcan a ellos; gente que nos damos cuenta que su trato es injusto con los demás y muchos incautos caen en sus redes; gente que busca solo sus ganancias ya sean económicas o de poder para así mejor poder manipular a los demás desde quizás sus puestos de influencia en razón de responsabilidades que tienen pero que desempeñan muchas veces solo para beneficio propio y no para el bien de toda la comunidad.
Son las luchas que nos vamos encontrando en la vida cuando tratamos de ser justos, sinceros, leales, pero no encontramos la correspondencia en los demás. Podemos sentir la tentación de dejarnos arrastrar o cerrar los ojos o eso injusto que estamos viendo, pero nuestra conciencia no nos deja tranquilos y nos llama a actuar; todo parece una lucha entre el mal y el bien y a veces incluso podemos sentirnos sin fuerzas. Esas manipulaciones algunas veces nos vienen de las personas que nosotros menos pensábamos que pudieran actuar así, porque siempre se nos presentan con una buena sonrisa o con aureolas de honradez y pronto vemos que son bien ficticias.
Ahí tiene que florecer la honradez y la rectitud de nuestra vida, para no dejarnos nosotros manipular ni permitir que otros sean manipulados; ahí con nuestra rectitud y lealtad tenemos que convertirnos en denuncia de se mal con que tantos injustamente tratan de manipularnos; ahí tenemos que saber apoyarnos los que trabajamos en la misma línea de honradez y de rectitud; no podemos permitir que el mal siga venciendo en nuestro mundo; tenemos que seguir actuando responsablemente y hacer que brillo lo bueno y lo justo, la sinceridad de la vida y que se terminen de desterrar de nuestro mundo esas vanidades, orgullos y tratos injustos.
Como cristianos no nos podemos cruzar de brazos. Nuestra tarea es sembrar nuestro mundo de esos valores que nos enseña el evangelio de Jesús. Nuestro compromiso es construir ese mundo más justo no permitiendo que nadie sufra las injusticias de los demás. Y ahí tenemos que saber apoyarnos mutuamente todos los que trabajamos por esa justicia, aceptando siempre lo bueno que viene de los demás para hacer entre todos ese mundo mejor.
Nosotros desde nuestra fe en Jesús, desde donde vivimos ese compromiso, desde donde recibimos esa luz que nos hacer ver las cosas con claridad, y con la fuerza de su gracia que no nos abandona tenemos que empeñarnos en hacer ese mundo mejor. Los que creemos en Jesús de ninguna manera podemos cruzarnos de brazos ante es injusticia que sufre nuestro mundo.

domingo, 27 de agosto de 2017

Es necesario que nos dejemos interpelar por Jesús para nos definamos ante El para ser verdadera levadura de nuestro mundo por nuestra fe y nuestro amor

Es necesario que nos dejemos interpelar por Jesús para nos definamos ante El para ser verdadera levadura de nuestro mundo por nuestra fe y nuestro amor

Isaías 22, 19-23; Sal 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20
Alguna vez nos ha sucedido que charlando con un amigo, al que quizá apreciamos mucho y con el que tenemos gran confianza, de repente nos sorprende con una pregunta que parece que se sale de lo normal o es de cosas que ya damos por supuestas, pero que en la seriedad y sorpresa de la pregunta nos deja descolocados y en principio no sabemos ni cómo responder.
Y tú, ¿qué piensas de mi? ¿Cómo me ves? No es una pregunta retórica, se convierte en algo serio y de importancia porque nuestro amigo está esperando lo que le vamos a decir, qué es lo que le vamos a responder. En nuestra amistad y en nuestra confianza nos conocemos pero en un momento así no encontramos palabras para responder.  Probablemente comencemos con generalidades, pero la mirada sostenida de nuestro amigo nos quiere hacer decir más cosas, algo que salga de lo más profundo de nosotros, el concepto o la idea que nosotros tenemos de él.
No cuesta en ocasiones definirnos, o más bien, tratar de definir al otro, al amigo. Será el momento de expresar nuestro aprecio más profundo, de sacar esa verdad del otro que llevamos dentro de nosotros y que muchas veces no queremos definir. Seguro que después de esos momentos de sinceridad crecerá más nuestra amistad, el aprecio que sentimos por ese amigo y habrá unos lazos nuevos que nos unan en nuestra amistad.
Algo así les sucedió a los discípulos cuando Jesús los interpela con la pregunta ‘y vosotros ¿qué pensáis de mi?’ Jesús había estado de alguna manera buscando aquel momento, se los había llevado lejos muy al norte de Galilea, estaban ya casi rondando los territorios de Fenicia – por allí había estado en el episodio de la mujer cananea que contemplamos la semana pasada – ahora estaban en las cercanías de aquellas ciudades nuevas que Herodes o los gobernadores romanos habían hecho construir en honor del César, estaban por Cesarea de Filipo.
Ya hemos escuchado primero las divagaciones de las repuestas queriendo expresar lo que la gente pensaba de Jesús, que si era un profeta, que si era como Elías o alguno de los antiguos grandes profetas, que si era Juan Bautista que había vuelto a la vida, pero no llegaban al punto que Jesús quería preguntarles. Se sentían interpelados por Jesús y no sabían cómo responder. Estaban como descolocados. Por eso Jesús insiste, ‘vosotros, ¿qué pensáis de mi?’. Ya escuchamos a Pedro que será ahora el que primero salte y que hará una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Y ya sabemos todo lo que Jesús fue diciéndoles luego.
Pero somos nosotros los que hoy nos sentimos interpelados. Es a nosotros a quien Jesús hace la pregunta. Somos los que tenemos que responder, pero no con palabras aprendidas de memoria que pueden sonar a divagaciones. Jesús busca la sinceridad de nuestra vida en nuestra respuesta. Lo que nosotros sentimos, lo que de verdad conocemos de Jesús, lo que significa realmente en nuestra vida. No puede ser que andemos de aquí para allá, como andaban aquellos discípulos tras de Jesús por los caminos de Galilea y de toda Palestina y realmente no supieran dar una respuesta a Jesús.
Hoy tenemos que sentirnos de verdad interpelados por Jesús; nos interpela en nuestra fe y en como la manifestamos. No podemos quedarnos en el recuerdo de un personaje histórico, por muy importante que haya sido; no nos podemos quedar en la exterior y comenzar a hablar de él, de sus milagros o de las cosas que hacia como si fueran anécdotas que recordamos y contamos; a estas alturas no nos podemos quedar en decir que es un misterio que no entendemos y no seamos capaces de dar más razón de lo que creemos, de lo que es nuestra fe.
Es importante la respuesta que nos demos porque eso marcará nuestro actuar y nuestra vida; no nos podemos quedar en aquello que muchos jóvenes dicen, es que es un amigo y lo es todo, porque seguro que Jesús quiere ser mucho más que todo eso, aunque él en el evangelio nos diga que nos llama amigos, porque no nos quiere siervos.
Muchas veces quizás nos preguntamos que es lo que pasa en nuestro mundo o en nuestra iglesia, porque a pesar de que seamos tantos los que decimos que creemos en Jesús no se termina de ver que seamos esa semilla, esa levadura que transforme nuestro mundo, esa sal que le de un saber nuevo a nuestra sociedad, siendo tantos los cristianos. Parecemos muchas veces cristianos sin sabor, sal o levadura que ha perdido su virtualidad que ya no produce los efectos que tendría que producir en la masa de nuestro mundo. Y es que quizás no nos hemos definido de verdad ante Jesús; no es solo que definamos a Jesús manifestando cual es su verdad, sino que nosotros nos definamos ante Jesús tomando autentica postura ante Él.
Es importante que nos sintamos interpelados, que sea de verdad una cuestión que incluso nos llegue a quitar el sueño, que sintamos que Jesús nos está haciendo esa pregunta para que nos definamos ante El. Y entonces con nuestra vida reflejemos de verdad lo que es nuestra fe, lo que significa Jesús en nuestra vida, lo que esa Buena Noticia del Reino que Jesús nos anuncia está en verdad produciendo en nosotros. Así somos cristianos tan fríos, tan poco comprometidos que no transformamos nuestro mundo como verdadera levadura en la masa.