Vistas de página en total

sábado, 1 de octubre de 2022

Preguntémonos cuál ha de ser nuestra prioridad al hacer el anuncio del evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y si respondemos al estilo de Jesús

 


Preguntémonos cuál ha de ser nuestra prioridad al hacer el anuncio del evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y si respondemos al estilo de Jesús

Job 42,1-3.5-6.12-17; Sal 118; Lucas 10,17, 24

Todos nos sentimos felices y contentos cuando creemos que las cosas nos salen bien, quizá encontramos personas que alaban aquello que nosotros hayamos hecho y no digamos nada si adquiere notoriedad y todo el mundo habla bien. Halaga nuestro ego que nos digan que hacemos cosas buenas, aunque tratamos de disimularlo aflora ese orgullo interior, que también manifestamos externamente si llega el caso, por esas alabanzas que recibimos. Y como solíamos decir por nuestras zonas, cuando no tenemos abuela que nos alabe, nos alabamos nosotros mismos.

Algo así podemos decir que sentían los apóstoles que habían sido enviados con todo poder para hacer el anuncio del Reino, y vienen contándoselo a Jesús. Ha sido un éxito. Hasta los demonios se nos sometían en tu nombre. Y Jesús les dice también ‘estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo’. Pero Jesús quiere hacerles caer en la cuenta de algo mejor. ‘Vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Qué más da las alabanzas que aquí podáis recibir, son efímeras, halagan vuestro ego y vuestra vanidad. Tenemos que pensar en algo más profundo.

Y es que Jesús quiere enseñarles, quiere enseñarnos, cuales son los verdaderos caminos que hemos de recorrer para vivir y para anunciar el Reino de Dios. Y Jesús que todo lo convierte en oración comienza a bendecir y alabar a Dios que es quien realmente se nos revela en los corazones – recordemos lo que le decía a Pedro allá en Cesarea de Filipo que lo que ha confesado no fue porque lo supiera por sí mismo sino porque el Padre del cielo se lo había revelado en el corazón -, pero cuando somos sencillos y somos humildes.

‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños’. No es cuando vamos con nuestra autosuficiencia cuando vamos a encontrarnos con Dios para que El se nos revele en el corazón; es cuando nos hacemos pequeños, cuando nuestro corazón se vacía de nosotros mismos, cuando podemos llenarnos de Dios. Así se nos revela Jesús, así Jesús nos abre a los misterios de Dios.

serán los pobres a los que Jesús se acerca, como había proclamado en aquella profecía de Isaías en la sinagoga de Nazaret, ‘a los pobres se les anuncia una buena noticia’; serán los que sienten muchas limitaciones en su vida, los enfermos, los ciegos, los paralíticos, los leprosos, los que van a encontrar la verdadera liberación en Jesús; serán los que nadie quiere, los que son discriminados por cualquiera causa, aquellos que son llamados publicanos y pecadores, los primeros que van a participar de la mesa de Jesús para celebrar con alegría de fiesta el encuentro con Jesús, recordemos a Zaqueo, recordemos a Leví el publicano y los banquetes que ofrecieron a Jesús y quienes se sentaron a la mesa; serán aquellas multitudes que tienen hambre de pan y hambre de esperanza los que acudirán de todos lados para escuchar su buena noticia pero para ser alimentados con un alimento nuevo, con un pan nuevo que será la propia carne, la propia vida de Jesús.

¿Quiénes son los que hoy también son los primeros en escuchar la Buena Nueva del evangelio de Jesús? ¿Quiénes han de ser los primeros a los que la Iglesia lleve el anuncio del Evangelio? ¿Estaremos actuando a la manera de Jesús? ¿Sentiremos nosotros la dicha y la alegría que nos anuncia hoy Jesús en el evangelio de que nosotros podemos ver lo que tanto ansiaron ver los profetas y reyes del Antiguo Testamento? ¿Cuál es la verdadera alegría que debemos llevar en el corazón? ¿Qué personas son nuestras prioridades a la hora de evangelizar?

viernes, 30 de septiembre de 2022

Detengámonos en la loca carrera y sepamos leer las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, serán las que nos llevarán a la verdadera plenitud de vida

 


Detengámonos en la loca carrera y sepamos leer las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, serán las que nos llevarán a la verdadera plenitud de vida

Job 38,1.12-21; 40, 3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

En los caminos encontramos señales que nos indican la dirección, a donde vamos o donde nos encontramos en cada momento, el tráfico en nuestras carreteras se rige también por unas señales que nos indican los peligros, nos hacen tomar precauciones para evitar accidentes, y nos indican como hemos de ir atentos por esa carretera si queremos llegar hasta la meta que nos hayamos propuesto; en la vida también vamos encontrando señales, unas convencionales en nuestros comportamientos o que nos pueden indicar como hemos de encontrarnos con las personas, o también podemos ir encontrando unas señales, más misteriosas podemos decir, que nos abren a otras dimensiones, que son como llamadas que hemos de atender también para poder entender la vida.

Pero cuando hemos venido hablando de todas estas señales convencionales que dirigen nuestra vida, en el fondo estamos pensando en algo más, unos como signos que nos va poniendo Dios en el camino de la vida, aunque no siempre sepamos interpretarle desde este sentido, que también quieren decirnos algo para nuestra vida en una transcendencia y en un nivel, podríamos decir, superior. Y es como creyentes hemos de saber reconocer que Dios nos va hablando, Dios nos va poniendo señales en el camino de la vida con las que podríamos darle una mayor profundidad a la vida o elevarnos a lo espiritual porque de alguna manera van siendo un encuentro con Dios. Sin embargo, no siempre sabemos leer esas señales, esos signos que Dios pone en nuestro camino.

Muchas veces nos suceden cosas de alguna manera inesperadas y que muchas veces nos trastruecan nuestra vida, nos obligan a cambios, nos pueden producir sufrimientos en el corazón, nos producen unos contratiempos que nos cuesta aceptar y nos hacen hacernos muchas preguntas en nuestro interior, cuando no nos llevan también a una cierta rebeldía espiritual. Creo que con serenidad tenemos, sí, que hacernos preguntas, pero no es necesario buscar culpabilidades que eso es algo que sabemos hacer muy fácilmente, sino qué es lo que querrá decirnos Dios con estas cosas, qué nos estará pidiendo y también, por qué no, qué nos estará ofreciendo.

Es difícil muchas veces en esos momentos tener la serenidad suficiente para hacernos esas preguntas y encontrar respuestas, pero tenemos que intentarlo, poner mucha fe en lo que hacemos, para no llenarnos de amarguras innecesarias y ver lo nuevo y lo bueno que Dios pudiera estar ofreciéndonos. Tendremos que pasar en cierto modo por momentos de desierto y de soledad, pero sepamos mantenernos firmes para en esos momentos saber escuchar la voz de Dios en nuestro corazón. Es una forma de escuchar a Dios.

Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a Corozaín y Betsaida por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. Si en Tiro y en Sidón – ciudades fenicias y en consecuencia de gentiles – se hubieran hecho los signos y prodigios que se habían hecho en aquellas ciudades, seguro que hubieran dado otra respuesta. Y lo mismo le dice a Cafarnaún que se consideraba muy grande e importante por su prosperidad económica pero que no sabia sin embargo descubrir la señal de Dios que en medio de ellos estaba.

¿Nos habremos parado a pensar en las señales que Dios ha ido poniendo en nuestro camino a lo largo de la vida y que no hemos sabido leer? Si nos detenemos un poquito a pensar creo que tendríamos que reconocer muchas señales del amor que Dios nos tiene, pero que no hemos sabido hacer caso. Estamos a tiempo. Sepamos detenernos. Sepamos abrir los ojos y el corazón, sepamos dejarnos dirigir por las señales de Dios, oigamos en verdad lo que el Señor nos dice en el corazón.

jueves, 29 de septiembre de 2022

Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

 


Al celebrar a los santos arcángeles que Dios nos alcance ver a esos ángeles que a nuestro lado nos elevan y nos estimulan y nos llenan de nueva espiritualidad

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Algunas veces nos encontramos con personas que nos parecen extraordinarias por sus valores reflejados en posturas o en actuaciones valientes en la vida que aunque parezcan ir a contracorriente de lo que habitualmente vivimos sin embargo nos llaman la atención, pero es que además descubrimos que en esas personas hay como una hondura espiritual que crean en ellas un algo muy especial y con quien ciertamente aunque sus posturas o su actuar sean un interrogante en nuestra vida, sin embargo parece que trasmiten una paz que nos hace sentirnos bien. En algunos sitios y en expresiones muy coloquiales se suele decir que estas personas tienen un ángel. Solemos decir algunas veces que nos encontramos Ángeles en nuestra vida caminando a nuestro lado.

¿Creemos en los ángeles? Quizá cuando nos encontramos personas así, tan espirituales, parece que nos inducen de verdad a creer en los ángeles. Es lo que hoy y el próximo 2 de octubre con la liturgia de la Iglesia celebramos. Hoy de manera especial hacemos memoria de los arcángeles san Miguel, san Gabriel y san Rafael.  Hay una referencia especial a ellos en la Biblia y en especial en el Evangelio para san Miguel y san Gabriel, y san Rafael en el Antiguo Testamento en el Libro de Tobías.

Hoy mismo hemos escuchado en el texto del evangelio que se nos ofrece – el encuentro de Natanael con Jesús a pesar de sus reticencias cuando Felipe le habla de Jesús – que ‘veremos el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. Ya en muchos momentos del evangelio aparece la figura de los ángeles; no solo es el ángel Gabriel el que primero anuncia a Zacarías el Nacimiento del Precursor del Mesías sino también a María que de ella va a nacer el Hijo de Dios.

Serán los ángeles los que cantan la gloria de Dios en su nacimiento anunciando a los pastores que en la ciudad de David les ha nacido un salvador. Serán los ángeles que sirven a Jesús después que el ángel tentador lo haya abandonado en el monte de la cuarentena.  En el momento del inicio de la pasión en Getsemaní será el ángel del Señor el que acompañe a Jesús como consuelo. Más tarde serán los ángeles los encargados de anunciar a las mujeres que no busquen entre los muertos al que ha resucitado. Y como anuncia Jesús serán enviados los Ángeles a los cuatro vientos para reunir a los elegidos y acompañarán al Hijo del Hombre en su venida definitiva con gran poder y gloria, como los ángeles de los niños inocentes estarán contemplando en el cielo el rostro de Dios.

Son los ángeles de Dios que también están junto a nosotros en el camino de la vida inspirándonos lo bueno y haciéndonos sentir la presencia de Dios. Eso lo celebraremos con más intensidad el dos de octubre cuando celebremos los santos ángeles custodios. Pero eso no impide que hoy nos unamos a la liturgia celestial para cantar con los ángeles y con los arcángeles y con todos los coros celestiales la gloria del Señor como lo hacemos en nuestra liturgia de cada día en la celebración de la Eucaristía. Del cánticos de los ángeles en el nacimiento de Jesús tomamos prestadas sus palabras – ‘gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama’ - para entonar también el cántico de gloria y de alabanza cuando iniciamos la Eucaristía. Y deseamos que por mano de su ángel sea presentada nuestra ofrenda en el cielo para que así sea siempre todo para honor y gloria del Señor.

Pero como decíamos al principio debemos tener ojos de fe, ojos limpios de malicia, para descubrir a esos ángeles que Dios pone a nuestro lado en el camino de la vida en esas personas buenas, que con sus valores y también con la profundidad de sus vidas quieren elevarnos a nosotros a que descubramos metas más altas, caminos más grandiosos. Tenemos que dar gracias a Dios porque pone tantas personas buenas a nuestro lado que nos estimulan y nos impulsan a que vivamos una vida distinta, a que arranquemos de nosotros toda malicia, a que llenemos nuestra existencia de una verdadera espiritualidad.

Ojalá seamos capaces de ver ese cielo abierto con esos Ángeles significados en tantas personas buenas que a nuestro lado elevan nuestro espíritu y nos hacen gozar también de la gloria y la presencia del Señor.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Sígueme, nos está diciendo Jesús, hay un anuncio que hacer, una buena noticia que transmitir, un Reino nuevo que construir, no nos dejemos arrastrar por los apegos y ataduras

 


Sígueme, nos está diciendo Jesús, hay un anuncio que hacer, una buena noticia que transmitir, un Reino nuevo que construir, no nos dejemos arrastrar por los apegos y ataduras

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

‘Levanten la mano quienes estén dispuestos a echar una mano…’ nos dijeron alguna vez en el colegio, en una reunión, en un momento dado en que estaban pidiendo voluntarios para hacer un determinado trabajo. Siempre había gente dispuesta, que levantaban pronto la mano; pero sabemos también que algunos se lo pensaban entre aquel primer momento de fervor, llamémoslo así, y cuando se iba a realizar la tarea. Ahora parecía más difícil, para hacer esas cosas sería necesario, bueno yo dispongo hasta… (Y se señalaba una hora hasta donde se estaba dispuesto). Al conocer la realidad de lo que había de hacerse, el ver quizás que otros se quedaban mirando y se lo pasaban bien sin tener que ir ahora a hacer algo que llevaría su esfuerzo y su trabajo, o quizá pensábamos que en casa pudieran estar preocupados por nosotros y teníamos que haber avisado… y así no sé cuantas cosas más, parece que se pueden ir diluyendo aquellos entusiasmos generosos del principio cuando levantamos la mano para ofrecernos.

Es cierto que cuando vamos a emprender una tarea es normal que sepamos en qué nos vamos a comprometer, que nos pensemos mucho si nosotros seremos capaces de realizarlo, con qué medios vamos a contar, de donde podemos sacar los recursos que necesitamos. Entra dentro de lo humano, y también de lo que tendría que ser una planificación seria. Pero el evangelio de hoy parece que quiere plantearnos otras cosas.

El episodio nos habla de unos individuos que se ofrecen para seguir a Jesús o que son invitados por El para seguirle. ‘Te seguiré a donde quiera que vayas’, es su disponibilidad. ¿Hasta dónde llegará? Jesús les plantea las exigencias de ese seguimiento. ¿Qué buscaban? ¿Qué buscamos?

¿Vamos a ofrecernos para hacer méritos? ¿Vamos a ofrecernos porque quizás están en buenas disposiciones y junto a personas que tienen algún valor o influencia, con el tiempo podremos salir ganando, tener algún beneficio? ¿Y si no se tuvieran en cuenta luego esos méritos, si no pudiera luego tener algún beneficio de lo que he hecho, estaría dispuesto de la misma manera? ¿Serán esas espontaneidades una forma de hacer carrera? Bueno, son preguntas sin mala intención…

Jesús les recuerda que ‘las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. Otra tiene que ser, entonces, la disponibilidad. Les habla por otra parte que cuando emprendemos el camino no podemos ir dejando ataduras detrás; pueden parecer duras las palabras de Jesús de no despedirse de la familia o no enterrar sus muertos, pero nuestra mirada tiene que ser siempre adelante, nuestro camino es un camino de vida y no de muerte, es un camino de nueva libertad que nos hace realmente grandes, aunque nos parezca que somos pequeños, es el camino del servicio generoso y donde únicamente tenemos que detenernos es para levantar al herido y hacerle encontrar nueva vida.

‘Sígueme’, le dice Jesús a aquel indeciso, ‘vete a anunciar el Reino’. No nos caben indecisiones, es un camino de valientes capaces de despojarse no solo de cosas sino hasta de su yo. Tenemos la tentación de seguir mirando para detrás, de lo que pudimos hacer o de la otra manera que podríamos tener de hacer las cosas, pero ahora tenemos que dejarnos coger por la novedad que nos ofrece Jesús, dejando que sea su Espíritu el que nos guíe y fortalezca.

Sígueme, nos está diciendo a nosotros también, hay un anuncio que hacer, una buena noticia que anunciar, un Reino nuevo que construir; es la tarea que tenemos por delante y la invitación que nos está haciendo Jesús. ¿Hasta dónde vamos a llegar?

martes, 27 de septiembre de 2022

Afrontemos el camino de la vida con decisión, fieles a la meta que queremos conseguir y no dejándonos vencer por las dificultades que encontremos

 


Afrontemos el camino de la vida con decisión, fieles a la meta que queremos conseguir y no dejándonos vencer por las dificultades que encontremos

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

La vida está llena de decisiones que vamos dando continuamente que muchas veces tomamos sobre la marcha, según nos van surgiendo las cosas, pero hay ocasiones en que nos vemos obligados a detenernos un poco a pensar y ver las consecuencias de aquellas decisiones que vamos tomando. No son simplemente los cruces de calles o caminos que se van abriendo en la materialidad del recorrido que vamos haciendo, sino que en cierto modo son verdadera encrucijadas de la vida que nos obligan a pensarnos bien la decisión que hemos de tomar.

Muchas veces los que están a nuestro lado no entienden, pero nosotros podemos tener razones hondas que nos motivan a la decisión que hemos de tomar, aunque en ocasiones sea difícil y comprometida; ahí en lo hondo de nosotros mismos tenemos esas razones o esos ‘porqué’ que nos hacen tomar esa decisión. Pero si lo tenemos claro, si hemos considerado bien los ‘pro’ y los ‘contra’, luego tendríamos que se consecuentes con la decisión tomada afrontando lo duro que se nos puede hacer el camino, asumiendo que no siempre es fácil, pero que con nosotros con madurez y firmeza nos decidimos por ese camino.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén. Es cierto que se acercaba la fiesta de la pascua y para entonces muchos judíos de todas las regiones de Palestina o incluso de la diáspora se acercaban a Jerusalén. Pero Jesús sabe que esta subida va a tener un carácter especial, va a haber para El una verdadera Pascua, que será ya desde entonces para nosotros nuestra pascua. En un momento el evangelista nos dirá que parece que Jesús lleva prisa, porque va por delante, poco menos que tirando del grupo. Sabe cuál es su pascua, donde está su pascua.

A los discípulos más cercanos les irá anunciando qué es lo que le va a suceder en Jerusalén, y aunque los discípulos no entienda, o en alguna ocasión alguno, en este caso Pedro, trate de disuadirlo porque a El eso no le puede pasar, el continúa el camino. No serán solo los discípulos lo que no entiendan el por qué de aquella subida, sino que incluso en el camino va a encontrar dificultades, porque algunos – los samaritanos – no le reciben bien e incluso rechazan que Jesús y sus discípulos se pudieran hospedar en su pueblo. Pero la respuesta de Jesús no es quitarse de en medio de la forma que sea a quien pueda parecer un obstáculo, por eso cuando algunos de los apóstoles muy orgullosos de si mismos quieran que Jesús haga bajar fuego del cielo para castigarlos, Jesús se desentenderá de esos deseos violentos de los discípulos y seguirá con decisión adelante.

Una imagen, estas reacciones de los discípulos, que nos reflejan también lo que nosotros llevamos por dentro. No nos gusta que nos hablen de cruz y de sufrimiento, no terminamos de entender su sentido y su valor, cuántas veces queremos quitarnos de encima del hombro esa cruz; pero tampoco nos gusta que nos rechacen o no nos acepten, de la misma manera que en muchas ocasiones cuando encontramos oposición a nuestro alrededor por algo que queremos o tenemos que hacer, bien que se nos levanta el gallito de nuestro orgullo y de nuestro amor propio y nos ponemos a cacarear, que si pudiéramos los quitaríamos de en medio.

¿Cómo afrontamos nosotros las cruces que se nos presentan en la vida? ¿Cuál es nuestra reacción después de una decisión de vida tomada cuando nos encontramos con dificultades para llevarla a cabo? ¿Seremos los que a la menor dificultad tiramos la toalla y nos vamos a otra cosa? ¿Iremos dejando los caminos a medio recorrer por las dificultades que entrañan o seguiremos con decisión hasta alcanzar la meta final?

lunes, 26 de septiembre de 2022

Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

 


Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Me van a decir algunos que no, pero hemos de reconocer que queremos ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes, en una palabra, que queremos ser los mejores en todo; y no es porque nos estemos esforzando quizás mucho por ser los mejores, pero que venga alguien y ocupe en lugar nuestro aquel lugar con el que soñábamos, que venga alguien y quede por delante nosotros porque en la carrera corrió más, o porque supo ser más sagaz para ponerse por delante y no hubo manera que nosotros le venciéramos; nos sentimos mal, en cierto modo humillados si nos relegaron a un segundo puesto cuando nosotros creíamos que teníamos asegurado el primer puesto.

En esa andaban los discípulos de Jesús, aquellos que andaban más cerca de Jesús en todo momento, aquellos a los que Jesús había elegido para ser sus enviados. Ahora andaban discutiendo por quien valía más, quien era el primero en aquel grupo ya fuera porque se creyeran los más antiguos, los primeros que comenzaron a seguir a Jesús, o porque se consideraban con más derechos o privilegios que los demás para ocupar los primeros puestos cuando Jesús no estuviera. Como nosotros cuando en la vida nos vamos dando empujones porque queremos salir bien en la foto… a ver cuanto más cerca que podamos del personaje que consideramos principal.

¿Esos codazos y esas zancadillas tienen sentido en un grupo de hermanos? ¿Qué sentido y que valor tiene que andemos en esas carreras, con esos empujones cuando formamos parte de una misma humanidad que entre todos tendríamos que preocuparnos de hacer que cada día sea más humanidad? Cuando vemos que Dios nos ha puesto el mundo en nuestras manos para que entre todos los hagamos caminar, no tienen sentido nuestras rivalidades ni nuestras envidias, nuestros orgullos o mal disimulado amor propio cuando tendríamos que aprender a valor lo que realmente cada uno vale y la función que cada uno tiene en ese mundo que es de todos.

Cuánto nos gustan los protagonismos, que aparezcamos nosotros, que parezca que somos los únicos salvadores, que acapararemos todos los méritos, que nos pongan sobre pedestales. Y cuando aparece alguien que nos pueda dar sombra o quitar protagonismo nos recomemos por dentro y surgen los recelos y las envidias, el desprestigiar o el quitar méritos, creyendo que somos los únicos que podemos hacerlo.

Y Jesús nos da la gran lección, a la chita callando, como se suele decir. Solamente cogió un niño y lo puso en medio de ellos y les digo que todos teníamos que comenzar por ser como niños. ¿Nos quiere infantilizar Jesús? Ni mucho menos. Necesitamos de la virtud de la humildad y de la sencillez, el espíritu abierto de un niño que con todos se junta y con todos juega y reaviva sus sueños, en el que no caben personalismos porque aun en él no hemos despertado los orgullos y los sueños de grandiosidades, que se deja querer y a todos ofrece la limpieza de sus ojos.

Pero nos dice aun algo más Jesús, no solo hemos de ser como ellos sino también saber acogerlos a ellos, aunque nos parezcan pequeños y nada nos exijan. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Cuantas veces vamos por la vida apabullando a todo el que nos parece menos, a todo el que nos parece pequeño e insignificante. ¡Qué sabes hacer tú!, le decimos a aquel que nos parece inferior, ¿me vas a dar lecciones a mi?

Y Jesús nos está diciendo que nos dan lecciones los niños, que nos dan lecciones los pequeños, que nos dan lecciones aquellos que menos consideramos y a los que quizá no queremos dejar que hagan algo para que no ocupen nuestro lugar. Por allá vinieron a decirle a Jesús que a uno que no de su grupo pero que también echaba demonios en nombre de Jesús se lo habían querido prohibir. ‘El que no está con nosotros, está a favor nuestro’, les viene a decir a Jesús para que nadie se crea el único protagonista o el único que sabe hacer las cosas bien.

Qué distinto es el estilo de Jesús; qué amplitud de miras tiene su corazón; qué apertura a lo bueno, venga de donde venga, porque siempre será construir el Reino de Dios; en qué caminos nuevos nos está poniendo Jesús. No se trata de carreras para ver quien llega primero, sino para ver quien es el que mejor sirve a los demás.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

 


Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

 Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva del paisaje que tenemos delante o del cuadro que nos están presentando, podremos ver el detalle de la realidad o todo se nos puede diluir y desfigurar ocultando a nuestros ojos lo que desde otro lugar se vería con mayor claridad o mejor perspectiva.

Pero no vamos a contemplar paisajes ni obras de arte, se trata de contemplar la realidad de la vida que muchas veces se nos difumina y se nos hace turbia dejando de ver lo que tenemos crudamente delante de nosotros. ¿Cuál sería la mejor perspectiva o el mejor punto de vista?

Estamos ante un capítulo del evangelio que creo que nos podría ayudar. El samaritano vio al herido y se detuvo junto a él mientras el sacerdote y el levita dieron un rodeo para evitar encontrarse de frente con el hombre caído y disculparse de no haberle visto o de no haberle atendido; el padre vio al hijo pródigo que volvía a casa aun estando lejos, mientras el hermano mayor rehuyó entrar en la casa porque no quería encontrarse con el hermano y así crecerse en sus protestas y exigencias; Jesús ve a los discípulos y los llama uno por uno por su nombre, ve a la multitud que se ha congregado a su alrededor y se pone a enseñarles y a curar enfermos, como cuando Dios ve desde el cielo el sufrimiento de su pueblo y decide bajar para enviar quien los libere de la esclavitud. Hay quien ve y hay quien no quiere ver.

Es lo que concretamente vemos en el evangelio que hoy se nos ofrece; allí está el rico enfrascado en sus banquetes y sus fiestas y no es capaz de ver al pobre Lázaro que está en su misma puerta hambriento y cubierto de llagas. ¿Qué es lo que está cambiando la perspectiva y a uno cierra los ojos, mientras otros son capaces de detenerse para llenarse de compasión ante el sufrimiento de los demás?

El que se encierra en sí mismo, no piensa sino en si mismo, rehuye la posibilidad de manchar sus ropajes, tendrá siempre los ojos cerrados para los demás y no será capaz de descubrir lo que tiene en su misma puerta por donde entra y sale todos los días. Cuando nos sentimos instalados o acomodados en nuestras cosas o en nuestras rutinas perdemos la verdadera perspectiva que nos lleva a descubrir a los demás. Son muchas las cosas que nos pueden hacer que nos sintamos instalados y ya no queramos ver otra cosa.

Tantos apegos del corazón que nos quitan la verdadera libertad interior. Serán las riquezas o serán los caprichos de la vida, serán nuestras comodidades o nuestras rutinas, serán tantas baratijas de la vida que nos entretienen y nos roban nuestro tiempo o nuestra voluntad, serán tantas cosas que nos vuelven insensibles y nos impiden llenar de compasión el corazón para poder tener la mejor visión de manera que ya no importan las distancias para descubrir allí donde está aquel que necesita de nosotros.

Algo nos está queriendo decir hoy el evangelio. Cuántas veces en la vida damos rodeos, cuántas veces no queremos acercarnos para no encontrarnos, cuántas veces pensamos que nos valemos por nosotros mismos y no necesitamos de nadie y por eso no terminamos de prestar atención a lo que hay a nuestro alrededor, cuántas veces vamos ensimismados en nuestras preocupaciones o en nuestros intereses porque no queremos llegar tarde a aquellas cosas que habíamos convertido en prioritarias incluso por encima de las personas.

Al final quizás las circunstancias de la vida nos obligan a detenernos y comenzamos a darnos cuenta de lo que podíamos haber hecho y no hicimos, nos damos cuenta que no son las cosas sino las personas lo que nos debería haber importado que tendrían que ser las realmente prioritarias, nos damos cuenta de que por mucho que nos sintamos fuertes con lo que tengamos realmente estamos siempre necesitados de la mano de los demás.

Nos hace falta una nueva visión, una nueva perspectiva, algo que realmente nos despierte y nos haga abrir los ojos. No es necesario que pidamos milagros extraordinarios, que estemos corriendo de un lugar para otro buscando apariciones milagrosas; algunas veces nos parece que ese es el recurso fácil y que pronto daría resultados; pudieran convertirse en luces fugaces de un día o de un momento, pero que no son los que realmente van a mover el corazón.

Aquel hombre desde el abismo, cuando ahora ya había comenzado de alguna manera a pensar en los demás, todavía pensaba que con apariciones milagrosas sus hermanos podrían cambiar de vida para que no cayeran en el abismo en el que él estaba. ‘Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento… que si un muerto va a ellos, se arrepentirán…’ Pero Abrahán le contestará: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’.

Ahí tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que si la plantamos bien en el corazón nos transformará. Será el Evangelio, la buena noticia de Jesús, lo que en verdad transformará nuestros corazones. Es la semilla que hemos de plantar en nuestro corazón dejando que eche raíces en nosotros para que surja una nueva vida.

 

sábado, 24 de septiembre de 2022

No edulcoremos tanto el anuncio del evangelio que al final pierda su sabor y no llegue a ser en verdad la sal de la tierra

 


No edulcoremos tanto el anuncio del evangelio que al final pierda su sabor y no llegue a ser en verdad la sal de la tierra

 Eclesiastés 11, 9 – 12, 8; Sal 89; Lucas 9, 43b-45

Cuando estamos en momentos luminosos no nos gusta que nos hablen de sombras; cuando las cosas nos parece que marchan bien y de alguna manera todo parece fácil no queremos ni barruntar que haya momentos en que las cosas cambien y vengan momentos de dificultad. Ya quisiéramos que todo marchara bien siempre, pero si nos paramos un poco a pensar nos damos cuenta de experiencias vividas donde todo se puede torcer y haber un cambio de dirección.

Por eso ahora que todo el mundo parece que está interesado por Jesús, que la gente le sigue, sale a su encuentro cuando va por distintos lugares, se arremolinan en torno a él en cualquier lugar y cualquier circunstancia, les sorprende que Jesús les diga que todo aquello un día va a cambiar y que incluso lo perseguirán a El hasta la muerte. ‘Meteos bien en los oídos estas palabras, les decía: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres’. Y el evangelista nos dice que ‘ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’.

Será el principio de los anuncios que les irá haciendo Jesús. Pero ellos se sentían desconcertados, porque además Jesús lo hablaba con toda naturalidad, como si fuera tan natural que las cosas tuvieran que terminar así. Y es que Jesús tenía clara cuál era su misión, el evangelio que tenía que anunciar, y que esa buena noticia iba a tener rechazo. Y Jesús es fiel, porque su vida es una vida de entrega; el amor es lo que predomina sobre todo y desde ese amor está dispuesto a entregarse a la muerte, si fuera necesario.

Qué distinto a lo que nosotros solemos hacer; cuantas componendas queremos hacer para que lo que decimos, por ejemplo, no parezca tan duro; cuántas vueltas le damos a nuestras palabras, y eso nos sucede también en nuestra predicación, porque no queremos hacer lo que no sea políticamente correcto, como se suele decir. Cómo doramos nuestras palabras convirtiéndolas en baratijas, porque todo queremos edulcorarlo para que nadie se sienta mal, porque no queremos ir a contracorriente, para que no nos cojan manía porque nosotros decimos la verdad, y vienen las cobardías, los pasos atrás, los arreglos, y no terminamos de ser lo valientes que tendríamos que ser.

Al final terminamos pareciéndonos al mundo que nos rodea, al final enfriamos tanto la buena noticia de salvación que tenemos que trasmitir que pierde toda su fuerza, al final queremos tener tan contentos a todos que el evangelio no llega a ser el revulsivo que tendría que ser en medio de nuestro mundo, deja de ser evangelio. Es triste que seamos así y no nos dejemos conducir de verdad por la fuerza del Espíritu.

Nos sigue costando también a nosotros entender entero el mensaje de Jesús. Cuando hoy escuchamos el evangelio y vemos que a los apóstoles les costaba entender las palabras de Jesús hasta los juzgamos y poco menos que lo condenamos, porque decimos que todo está tan claro que cómo es posible que no le entendieran. Pero, ¿qué es lo que estamos haciendo nosotros? ¿No nos sucederá a nosotros lo mismo cuando ponemos reservas y límites prefabricados a nuestra entrega? ¿No estaremos haciendo igual cuando quizá no hablamos claramente de algunas cosas para no molestar a la gente que nos rodea en el mundo? ¿Tendremos miedo también de que nos encasille el mundo que nos rodea porque les resultamos incómodos?

Seamos valientes para afrontar lo que significa la pascua; seamos valientes para plasmar de verdad en nosotros el mensaje de Jesús y vivir su misma entrega; seamos valientes para dar ese testimonio claro de lo que es el verdadero amor; seamos valientes y no edulcoremos el evangelio sino presentémoslo en toda la realidad de su contenido.

viernes, 23 de septiembre de 2022

La respuesta de la fe no son palabras aprendidas sino posicionamientos serios que tomamos ante Jesús aunque comprometan nuestra vida

 q


La respuesta de la fe no son palabras aprendidas sino posicionamientos serios que tomamos ante Jesús aunque comprometan nuestra vida

Eclesiastés 3, 1-11; Sal 143; Lucas 9, 18-22

Si alguien llega y a bote pronto nos pregunta que nos definamos, que hablemos de nosotros mismos, que digamos como somos, no sé si siempre seremos capaces de ir más allá de generalidades sobre nuestra persona y, salvo que seamos una persona que verdaderamente nos conozcamos y podamos decir en verdad quienes o como somos, nos quedaremos casi sin palabras con las que definirnos en profundidad.

Otra cosa suele suceder con frecuencia que cuando preguntamos por alguien fácilmente nos vayamos de la lengua y comencemos a decir muchas cosas simplemente porque las hayamos oído, más que el hecho de que realmente la conozcamos. Quizás hablar de los demás, pero no por lo que nosotros profundamente conozcamos de la persona, sino más bien dejándonos influir por cosas que hayamos oído, nos resulte más fácil, pero realmente no siempre podamos decir que la conocemos en profundidad. Es un tema difícil. Es algo complicado porque muchas veces, repito, de una forma o de otra nos quedemos en generalidades.

¿Será de alguna manera lo que le sucedió a los apóstoles cuando Jesús les hizo una pregunta semejante sobre El? Cuando se trataba de reflejar lo que la gente decía de Jesús fueron capaces de decir muchas cosas. Que la gente decía que era un gran profeta, como los antiguos grandes profetas – ‘nunca hemos visto cosa igual y nadie ha hablado como este hombre’, decían algunos -; que era como Juan Bautista, aquel profeta que todos habían conocido allá en las orillas del Jordán; que se parecía a Elías o a Jeremías, y así cosas por el estilo.

Pero cuando Jesús les preguntó directamente qué es lo que pensaban ellos, ya no sabían qué contestar, y como suele suceder en estas ocasiones, el silencio se apoderó de la situación y me imagino las miradas de soslayo que se dirigían unos a otros para que alguien comenzar a decir algo.’Vosotros, ¿quién decís que soy yo?’, preguntaba Jesús.

El silencio se apoderó de todos, porque era más fácil decir lo que los otros decían, que decir algo que pudieran llevar en el corazón y que de alguna manera los comprometiera. Cuántas veces nos sucede, nos preguntan algo, pero cuando de nuestra respuesta depende un posicionamiento que hemos de tomar, nos quedamos callados, tratamos de rehuir el bulto, daremos vueltas o nos pondremos a hacer dibujitos en el suelo o en lo que tengamos entre manos para no dar una respuesta que nos comprometa. Que esto nos sucede muchas veces, en muchas situaciones, lo tenemos que reconocer. No queremos comprometernos.

Será Pedro el que se adelante a responder. El estaba siempre pronto y grande era la fe que había puesto en Jesús. muchas pruebas le había dado Jesús de sus preferencias y de cómo confiaba en él, muchos momentos había tenido en que se había sentido pequeño ante su presencia como en aquella ocasión de la pesca en el lago cuando todos creían que lo que pedía Jesús era un imposible, que ahora se adelante para dar su respuesta. Para Pedro Jesús era algo muy importante, y como diría en otra ocasión estaba dispuesto incluso a dar su vida por El.

Por eso, la pronta respuesta de Pedro. Para él Jesús era el Mesías, aunque no sabía cómo decirlo o cómo expresarlo. Pero sentirá en su corazón una inspiración de algo más allá de lo que con sus palabras se pudiera entender. ‘¡Tu eres el Mesías de Dios!’ Era como un grito que salía de su corazón. Era la voz fuerte del Padre que se lo estaba revelando allá en su corazón, porque como le diría Jesús que por sí mismo El no lo hubiera podido decir. Un día la voz del Padre así lo había proclamado junto al Jordán; también en lo alto de la montaña se había oído la voz del cielo, cuando tan entusiasmados estaban por estar con El para siempre contemplando aquella gloria. Ahora lo balbuceaba con un grito que le salía del corazón. ‘¡Tú eres el Mesías de Dios!’

Pero la pregunta se nos está haciendo a nosotros hoy. ¿Qué respuesta seríamos capaces de dar? Pero que no sean palabras aprendidas de memoria, que no sea repetir lo que otros hayan dicho, que sean palabras que nos salgan de lo  hondo de nosotros mismos, palabras que comprometan nuestra vida. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a responder? Porque hoy escuchamos seguir diciendo a Jesús que ‘el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. ¿Estaremos nosotros dispuestos a llegar a confesar con nuestra vida este Cristo de la Pascua?

jueves, 22 de septiembre de 2022

Con curiosidad en el corazón dejémonos sorprender e interpelar por la presencia de Jesús y demos pasos para escucharle de verdad lo más íntimo de nosotros mismos

 


Con curiosidad en el corazón dejémonos sorprender e interpelar por la presencia de Jesús y demos pasos para escucharle de verdad lo más íntimo de nosotros mismos

Eclesiastés 1, 2-11; Sal 89;  Lucas 9, 7-9

Siempre lo hemos dicho, hay curiosidades y hay curiosidades. Cuantas veces quizás de niño nos mandaron callar, ‘no seas curioso’ nos dijeron porque siempre andábamos preguntando y preguntando cansando al más paciente con nuestras curiosidades, cuantas veces nos han dicho ‘en eso no te metas, no seas curioso’ porque quizás molestaba nuestra curiosidad o porque tratábamos de entrar en cosas que no se podían o ‘no convenía’ sacar a la luz; cuántas curiosidades en ocasiones para nuestros juicios o nuestros prejuicios, para la crítica o para la condena. Curiosidades vanas que nada nos dicen ni nada nos van a ayudar como personas.

Pero no es lo mismo la curiosidad del que quiere aprender, y se interroga y busca porque quiere entrar respuestas, cosa que tendríamos que alentar porque quizás es lo que nos va haciendo crecer por dentro; es la curiosidad del que quiere conocer otras cosas y otros mundos, es la curiosidad del caminante que busca no solo paisajes sino encuentros con otros o con algo nuevo y distinto, del que quiere dejarse sorprender, del que quiere profundizar y quiere en verdad madurar en la vida, del que quiere encontrar respuestas a los interrogantes profundos que todos llevamos dentro, del que quiere avanzar en sus conocimientos intelectualmente, haciendo ciencia, del que quiere ciertamente encontrar la verdad. No es una curiosidad malsana, sino una curiosidad madura y que nos hará maduros cada día más.

¿Cuáles son nuestras curiosidades? ¿Realmente tenemos esa curiosidad para dejarnos sorprender por algo nuevo y que incluso pudiera cambiarnos la vida cuando nos hace descubrir algo nuevo?

Hoy nos habla el evangelio de la curiosidad de Herodes que tenía ganas, dice, de conocer a Jesús. Había oído hablar de Jesús, de lo que enseñaba y de lo que hacía, pero quizá en su conciencia sintiera los aldabonazos de su cobardía cuando mandó matar al Bautista, con el que ahora en cierto modo comparaban a Jesús. Quería conocer a Jesús pero no daba pasos para llegar a ese conocimiento y a ese encuentro.

Hay otra curiosidad que nos aparece en el evangelio, es Zaqueo, el que se subió a la higuera porque al menos desde allí podía ver a Jesús a su paso por Jericó. Pero había dado un paso, al menos lo había intentado subiéndose a la higuera para verlo a su paso. Pero además se dejó sorprender por Jesús que lo descubrió allá entre las hojas de la higuera. Y había sabido escuchar la auto-invitación de Jesús para hospedarse en su casa. Bajó corriendo y contento porque incluso había logrado más de lo que esperaba. Jesús se iba a hospedar en su casa, y ya sabemos lo que pasó después.

Y es aquí donde hoy nos sentimos interpelado por ese evangelio de Jesús y dejarnos sorprender. ¿Tendremos también esa curiosidad por conocer a Jesús? Y no importa que nos consideremos ya muy cristianos, que sabemos mucho de religión y de todas esas cosas, ¿tenemos aun curiosidad por conocer a Jesús? No vamos a divertirnos como intentaría más tarde Herodes cuando tuvo la oportunidad de tener a Jesús en su palacio, cuando se lo envió Pilatos, donde quería que Jesús hiciera alguno de aquellos portentos que hacía allí delante de su corte.

Nuestra curiosidad tiene que ir por otros caminos, una curiosidad por Jesús que siempre tiene que estar presente en nuestra vida, por mucho que nos digamos que ya sabemos muchas cosas. Dejémonos sorprender por esa presencia de Jesús. Dejémonos interpelar por su presencia en nuestra vida. Dejemos que nos hable al corazón y comencemos a dar pasos, a subirnos si queremos a la higuera o a bajar corriendo para abrirle las puertas de nuestra casa, pero vayamos en búsqueda que nos vamos a encontrar que es Jesús el que viene en búsqueda de nosotros. No temamos a lo que nos pueda comprometer.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Descubramos nuestro lugar dentro de la Iglesia donde el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida

 


Descubramos nuestro lugar dentro de la Iglesia donde el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida somos lo mismo, hacemos lo mismo, y por así decirlo también no nos gustan las mismas cosas. Y es que en la tareas de la vida cada uno desempeñamos nuestra función; son muchas las cosas que marcan nuestras inclinaciones y nuestros gustos, de ahí que cada uno desempeñe un rol diferente en la vida; no todos podemos ser carpinteros, ni todos abogados; distintas circunstancias van marcando nuestros gustos y nuestros deseos, las diversas capacidades de las personas harán que unas nos desarrollemos por un camino, mientras otros realizarán cosas distintas.

Ese variopinto conjunto irá creando una unidad, porque todos cada uno desde su lugar contribuirá al bien común. Aunque obtengamos unos beneficios personales de aquellas tareas que realicemos que contribuirán a nuestra propio desarrollo pero también al mantenimiento de los suyos y sus cosas, la contribución maravillosa, tenemos que decirlo así, es lo que hacemos que beneficia a la comunidad, a la sociedad, al mundo en que vivimos.

Cada uno parte de su propio ser, de su propia realidad, con las luces o con las sombras que pudiera haber en su vida, con sus valores y sus capacidades, con su fortaleza y también contando con su propia debilidad. Nadie será ajeno a esa tarea, y lo que tenemos que saber descubrir es el respeto y valoración que tengamos por cada persona en lo que en sí mismo es. Por eso, por otra parte, cada uno ha de descubrir su propia vocación, que es algo mucho más hermoso que un destino que se nos marque, porque será aquello que construyamos en nosotros mismos y que está al servicio del bien común.

Es de lo que tiene que ser también nuestra tarea de Iglesia, que constituimos todos los que tenemos una misma fe en Jesús; esa fe nos une, como esa fe ha sido una llamada y una respuesta, esa fe que nos hará descubrir también nuestro lugar y esa contribución que vamos a aportar desde lo que uno es en si mismo, pero también desde los dones recibidos. Es lo que también llamamos vocación desde un sentido cristiano. Vocación porque hay una llamada a la que tenemos que responder, vocación porque hay unos dones que hemos recibido que no podemos guardarnos para nosotros mismos sino que hemos de aportarnos también al bien de la Iglesia.

Hoy que estamos celebrando la fiesta del apóstol san Mateo es lo que contemplamos tanto en el evangelio como en la lectura de la carta del apóstol. Jesús quiere contar con nosotros, aunque algunos no nos consideren dignos, porque lo que nos va a dignificar es esa llamada que recibimos y la gracia que Dios deposita en nosotros.

Podría pensarse que era Leví el último en quien podríamos tener en cuenta para que fuera llamado a ser uno de los apóstoles del Señor. Era un publicano, un recaudador de impuestos, y ya solo por esa tarea que desempañaba en la vida era mal considerado en aquella sociedad judía; se les consideraba unos ladrones, eran unos colaboracionistas, por la función que desempeñaban, de poder opresor, porque aquellos impuestos irían destinados a quien ejercía el poder dominante, por eso los llamaban publicanos.

Pero Jesús quiso contar con Leví, nuestro san Mateo que hoy celebramos, que luego nos trasmitiría el evangelio de Jesús. Destaca la prontitud de la respuesta, la disponibilidad de una vida, la generosidad de su corazón para desprenderse de todo para seguir a Jesús, ese corazón abierto en el que seguían cabiendo aquellos que con él habían convivido y ejercido conjuntamente la misma profesión. Es el banquete que le vemos celebrar, como nos cuenta el evangelio.

Es así cómo el Señor quiere contar con nosotros, con lo que somos y con lo que es nuestra vida, con lo que son nuestras capacidades y nuestros valores, con aquellas personas que están a nuestro lado y ese mundo nuevo también al que nos abrimos. Ahí y desde ahí también tenemos una tarea que realizar. Es lo que tenemos que aprender a descubrir, saber encontrar ese lugar que hemos de ocupar en medio del pueblo de Dios desde lo que es nuestra vida. ¿Has pensado cuál es tu lugar dentro de la Iglesia?

martes, 20 de septiembre de 2022

Tenemos que ser como la madre de Jesús, ser ante los demás la madre de Jesús recorriendo como ella y señalando también el camino de la escucha de la Palabra de Dios

 


Tenemos que ser como la madre de Jesús, ser ante los demás la madre de Jesús recorriendo como ella y señalando también el camino de la escucha de la Palabra de Dios

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

¿Quién no necesita a una madre o a unos hermanos a su lado en determinados momentos? Nos queremos hacer fuertes y autosuficientes y decimos que no necesitamos de nadie, que nosotros solos nos valemos, que sabemos lo que tenemos que hacer, que no somos unos niños que necesitan ser llevados de la mano; pero quizá en nuestro interior necesitamos momentos así, aunque quizás queremos que nadie nos vea porque parece que eso haría que nos sentimos débiles y necesitados; pero lo necesitamos.

Será también la madre que viene, que nos ha dejado correr por nuestra cuenta, que confía en nosotros y sabemos que sabemos ir solos por la vida, pero es la madre que viene y que no se deja notar, pero ahí está en la lejanía observando o a nuestro lado en silencio sin decir nada, pero cuánto nos sentimos reconfortados sabiendo que está ahí, que nos mira y que podemos mirarla y aunque no nos crucemos palabras con la mirada nos decimos tantas cosas.

Hoy nos habla el evangelio de la presencia de María y los familiares allí donde Jesús está predicando rodeado de gente, como siempre solía ocurrir. Algunas veces este evangelio nos desconcierta, pero algo muy hondo que quiere decirnos. ¿Por qué esa presencia de María? ¿Necesitaría el hijo de la presencia de la madre en momentos como aquellos? ¿Por qué esa búsqueda? Es lo que le anuncian a Jesús sin más.

Nos recuerda otras búsquedas de María, como cuando se quedó en el templo en medio de los doctores. Allí llegó María y como madre recriminó al hijo y le hizo las clásicas preguntas del por qué de lo que había hecho. Ahora es una presencia silenciosa, como aquello que antes decíamos de la presencia de la madre que mira, que observa, que se alegra de lo que hace su hijo, de verlo volar por sí mismo. Aunque quizá esa presencia se María se dé la vuelta sobre sí misma, y será María la que nos servirá de ejemplo.

Efectivamente Jesús va a preguntarse, va a preguntar a los que le escuchan, nos va a preguntar a nosotros. ¿Quiénes son mi madre y quiénes son mis hermanos? Jesús nos va a manifestar lo que significaba aquella presencia de María. El evangelista al hacernos este relato que nos puede parecer tan insignificante, podría estar recordando lo que ya había escrito sobre María.

¿Quién era María? ¿Cuáles eran los valores o las actitudes de María? La había presentado, allá en Nazaret, como la que estaba llena de Dios, la llena de gracia, la que había encontrado la sonrisa de Dios; Dios se complacía en María. Es que ella era la disponible para Dios; esa es su predisposición y esas eran sus actitudes. Ella se consideraba a sí misma como la esclava del Señor para que en ella se realizara lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, era la presentación que el Evangelista hiciera de María, aunque luego casi poco más se hablara de ella en el Evangelio.

Ahora aparece la figura de María, la figura de la Madre. ¿Quién era su madre? Todos aquellos que hicieran como su madre, todos aquellos que estuvieran dispuestos también a plantar la Palabra de Dios en sus corazones, todos aquellos que se abrieran a Dios como lo había hecho María. Es lo que señala Jesús, es lo que está diciendo a aquella gente, y lo que está diciendo de aquella gente. Aquellos que venían a escucharle, aquellos que como tierra buena abrían sus corazones a la semilla, aquellos que escuchando a Jesús emprendían el camino del Reino de Dios.

Seremos como la madre de Jesús, seremos ante los demás la madre de Jesús que como ella recorremos y señalamos también el camino. Somos, tenemos que ser la madre y los hermanos de Jesús. Está poniendo en nuestras manos un testigo que tenemos que transmitir en la carrera con los demás, dejar también en las manos de los demás. ¿Será así cómo nosotros animemos a la manera de la madre, a los que caminan a nuestro lado para seguir a Jesús?

lunes, 19 de septiembre de 2022

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

 


Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar, no dejemos que nos manipulen esa luz

Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

¿Para qué quiero una lámpara por muy valiosa y artística que sea si cuando todo está a oscuras no la puedo encender o no me dejan encenderla? Por muy maravillosa que sea no me vale que solo sea un adorno, la quiero para que ilumine, y para eso además he de colocarla en el lugar más oportuno para que la luz se expanda con toda intensidad.

Eso tendríamos que ser nosotros, los cristianos; ya Jesús nos dirá en otro lugar que nosotros hemos de ser la luz del mundo, hoy nos vuelve a insistir en lo mismo, la lámpara tiene que iluminar y así nosotros tenemos que iluminar, no podemos ocultar la luz, porque no tendría sentido. ¿Será acaso que nos hemos pensado que somos solo un adorno?

Así las tinieblas querrán ahogar esa luz. Ya nos dice el principio del evangelio de Juan que la luz brilla en medio de la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió, la rechazó. Y sutilmente eso quieren hacer algunos de la fe, de la Iglesia, de la religión, del cristianismo. Como un residuo que quedara de otras épocas, y se la quieren presentar como si fuera una pieza de arqueología; bueno algunas veces parece que le dan más importancia a las piezas de arqueología que a los valores y a los principios cristianos.

Son unas tradiciones, como si nada tuviera que ver con el momento presente y si recordamos algo es como del tiempo pasado. Fijémonos en qué han querido mucho transformar nuestras fiestas religiosas en una tradiciones que celebramos como un folklorismo, nos han convertido nuestras expresiones de fe en puro folklore y romería. Nos quedamos tantas veces en puros ritualismos y convertimos nuestras celebraciones en un protocolo que cumplir, porque eso está bien y queda bonito. Y lo malo es que nosotros los cristianos nos dejamos, lo permitimos, y no terminamos de sacar a flote toda la profundidad que tendrían que tener nuestras expresiones religiosas cultuales.

Es la luz que se quiere ocultar; es la luz que rodeamos de tantos adornos que al final son un impedimento para que llegue nítida esa luz a todos; como pasa con tantas lámparas que con tantos adornos ya no nos sirven para alumbrar.

No ocultemos nuestra luz, no ocultemos nuestra fe, no temamos a los vientos que podamos encontrar en contra; estemos atentos para no dejarnos manipular; seamos valientes y dejemos de una vez todas esas cobardías que tantas veces nos encierran; demos valientemente razón de nuestra fe y de nuestra esperanza. Que el mundo nos necesita, aunque nos digan lo contrario porque se encuentran envueltos en muchas tinieblas, en muchas oscuridades.

Y nosotros tenemos una palabra que decir, un testimonio que dar, una esperanza que despertar, una luz con la que iluminar; pero nuestras cobardías, nuestros arreglos para que no se lo tomen a mal, nuestros disimulos para que no nos digan que vamos haciendo proselitismo; al final ni proselitismo ni nada porque en nuestras cobardías nos encerramos y ocultamos la luz. ¿Dónde está aquella luz que pusieron en nuestras manos en el momento de nuestro Bautismo? ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿La habremos dejado apagar?

Y quiero terminar con unos hermosos párrafos de nuestro Papa Francisco. ‘¡Pero que hermosa es esta misión de dar luz al mundo! Pero es una misión que nosotros tenemos. Es hermosa… También es hermoso conservar la luz que hemos recibido de Jesús. Custodiarla, conservarla. El cristiano tendría que ser una persona luminosa, que lleva luz, siempre da luz, una luz que no es suya, sino que es un regalo de Dios, un regalo de Jesús. Y nosotros llevamos esta luz adelante. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano solo de nombre, que no lleva la luz. Una vida sin sentido. Pero yo quisiera preguntaros ahora: ¿Cómo queréis vivir vosotros? ¿Como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? ¿Encendida o apagada? ¿Cómo queréis vivir? Pero no se escucha bien aquí. ¡Lámpara encendida!, ¿eh? Y es precisamente Dios el que nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámpara encendida! Esta es la vocación cristiana’ (Papa Francisco. Ángelus del 9 de febrero de 2014).

domingo, 18 de septiembre de 2022

Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está a nuestro lado

 


Seamos felices no porque tengamos los bolsillos rebosantes, sino porque logremos una sonrisa de felicidad de alguien que está loa nuestro lado

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

¿Qué uso le damos nosotros a los bienes materiales, a las riquezas? ¿Qué prioridad tienen en nuestra vida? es lo que fundamentalmente nos está planteando hoy el evangelio. Las riquezas y los bienes materiales muchas veces nos sirven para la ostentación y para la vanidad; se convierten en cierto modo para nosotros en un signo de nuestro poder porque nos sentimos tan dueños de esos bienes materiales que nos creemos que con ello podemos comprar todo aquello que nos hace felices.

¿Qué es lo que nos hace felices en la vida? ¿Seremos en verdad felices por la posesión de aquellas cosas que al final terminarán posesionándose de nosotros y haciéndonos sus servidores y sus esclavos? Una pescadilla que se muerde el rabo y al final termina dando vueltas sobre si misma. Es la muestra de nuestro egoísmo más rabioso y esclavizante.

Esto nos tiene que hacer pensar y reflexionar sobre los valores que en verdad imperan en nuestra vida. Y es que fácilmente nos cegamos y no terminamos de comprender el verdadero valor de lo que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos confió su obra creadora para que nosotros hiciéramos crecer y desarrollar ese mundo que había creado. No nos quiere Dios con las manos en los bolsillos de la inoperancia; creced, multiplicaos, dominad la tierra, nos dice en el momento de la creación; por eso nos condena si enterramos el talento que ha puesto en nuestras manos, y recordamos otros pasajes del evangelio.

Pero no nos quiere Dios con las manos en los bolsillos del acaparamiento egoísta y solo para nosotros de la riqueza que generamos en ese mundo. No somos dueños sino administradores; no es la ganancia personal lo que tendría que importar, sino el bien de la humanidad al que contribuimos con nuestro trabajo y con los frutos que de él obtengamos; a aquel hombre rico que ya solo se preocupaba de darse buena vida porque sus graneros y bodegas estaban rebosantes de nada le sirvió porque la misma vida se le fue de las manos, ¿de quien iba a ser todo aquello que había acumulado?

Es el sentido por el que va hoy el evangelio que hemos escuchado. Comienza proponiéndonos una parábola que siempre nos ha costado entender; un administrador a quien se le pide cuentas de su gestión; no ha sido justa la gestión que hasta entonces había venido realizando; no nos habla de que haya generado riquezas injustas para él mismo, pero su relación con los deudores de su amo hasta entonces no había sido buena; buscando quizá encontrar comprensión y misericordia cuando fuera despedido, trata de arreglar el monto de aquellas deudas; finalmente es alabado no por su mala gestión, sino por la astucia con la que ahora ha actuado.

La clave nos la está dando las palabras con las que Jesús continúa su comentario sobre el uso que hemos de hacer de los bienes y riquezas de este mundo; unos bienes y unas riquezas nos viene a decir que pueden manchar nuestra manos y nuestro corazón cuando de forma egoísta y avariciosa los utilizamos; por eso nos dice Jesús en un lenguaje propio del momento, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

Ganaos amigos, nos dice, en la utilización que hagamos de esos bienes. No pensemos avariciosamente solo en nosotros mismos, no busquemos simplemente el acumular para llenar nuestros graneros, nuestras bodegas o nuestros bolsillos; pensemos que esa riqueza generada en el propio desarrollo de ese mundo que Dios ha puesto en nuestras manos no es solo para nuestro propio beneficio.

Sepamos ser buenos administradores  sabiendo ser fiel en las cosas pequeñas o en las cosas que puedan tener un valor secundario, es donde vamos a obtener la verdadera ganancia, la verdadera riqueza, lo que va a dar verdadero valor a nuestra vida, lo que nos conducirá por verdaderos caminos de plenitud y de felicidad. ¿Seremos más felices porque tengamos nuestros bolsillos bien llenos, o porque logremos una sonrisa de felicidad en alguien que está a nuestro lado?

Nos daremos cuenta de qué es lo que nos dará la más profunda libertad y nos llenará de la más honda felicidad. Por eso nos dirá finalmente que no podemos servir a dos señores… ‘no podéis servir a Dios y al dinero’.