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sábado, 6 de octubre de 2018

Desde las cosas pequeñas y sencillas de cada día realizadas con amor podemos hacer que nuestro día sea maravilloso y sea maravilloso también para los que están a nuestro lado



Desde las cosas pequeñas y sencillas de cada día realizadas con amor podemos hacer que nuestro día sea maravilloso y sea maravilloso también para los que están a nuestro lado

 Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118; Lucas 10, 17-24

Habían regresado los apóstoles enviados y los discípulos de aquella misión que Jesús les había confiado. Venían alegres, con la satisfacción en su corazón de lo que habían realizado, del mensaje anunciado, de la respuesta que en aquella gente sencilla a la que habían sido enviados habían tenido. Y Jesús se llena también del gozo del Espíritu y da gracias al Padre.
Qué gozo más grande sentimos en nuestro corazón que nos es difícil de transcribir con palabras cuando hemos cumplido con nuestro deber, cuando hemos hecho el bien, cuando hemos sido capaces de transmitir un mensaje de paz y de esperanza a los que están atribulados a nuestro lado. Sentimos gozo en el corazón y hasta podríamos sentir la tentación del orgullo, pero si sabemos enfocar las cosas por el camino bueno podemos superar esos orgullos y autosuficiencias. Hemos de saber dirigir nuestro gozo y nuestra alabanza al Señor, reconocer su mano y su presencia, reconocer las maravillas que el Señor realiza a través de las cosas sencillas que nosotros podamos hacer con su inspiración.
Y Jesús da gracias al Padre porque son los pequeños y los sencillos los que primero han acogido la Palabra; y Jesús da gracias al Padre porque así en los pequeños y en los sencillos El quiere revelarse y manifestarse; y Jesús nos está enseñando a dar gracias al Padre por en esas cosas pequeñas y sencillas que nosotros podemos realizar hemos de saber descubrir la mano poderosa de Dios. Dios quiere manifestarse también en eso pequeño y sencillo que nosotros realicemos cuando nosotros sabemos tener la fe suficiente para iniciar lo que hacemos en su nombre.
Podemos tener el peligro y la tentación de no valorar las cosas pequeñas y sin embargo tienen un valor grande cuando las hacemos con amor, como podemos tener también esa tentación de no saber valorar a los pequeños y sencillos y las cosas que puedan realizar. Estamos más atentos quizá a las cosas extraordinarias, a lo que llamamos milagros porque nos parecen espectaculares, pero el milagro está en lo pequeño que podemos hacer y que hemos de reconocer que algunas veces nos cuesta también realizar.
Ser fiel en lo pequeño y realizarlo extraordinariamente bien es el milagro que hemos de realizar cada día. Porque podemos ser descuidados en esas cosas sencillas y simplemente nos podemos dejar llevar por la rutina y la desgana. Y sin embargo con ese pequeño detalle que realicemos podemos hacer que florezca la sonrisa en el corazón de alguien lo que significa como está floreciendo la esperanza y la ilusión en ese corazón.
Y hacer que eso se produzca en un corazón atormentado, sufriente, agobiado es algo maravilloso y que si somos capaces de hacerlo tenemos que darle gracias a Dios porque es una forma de ir sembrando vida. Es el milagro que cada día podemos hacer, son las cosas maravillosas que Dios realiza en medio de los hombres a través nuestro. Así podemos hacer que cada día nuestro sea maravilloso, pero podemos hacer también que sea maravilloso para los que están a nuestro lado. Demos gracias a Dios con el corazón lleno de la alegría del Espíritu.

viernes, 5 de octubre de 2018

Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor


Una buena ocasión para detenernos, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios y emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor

Deuteronomio 8, 7-18; Sal: 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21 Mateo 7, 7-11

Es algo que nos suele suceder. Somos muy prontos para pedir ayuda en nuestras necesidades o problemas, pero tenemos el peligro de que pronto olvidemos a quien nos socorrió, quien estuvo a nuestro lado, quien nos prestó su ayuda y su apoyo cuando más lo necesitábamos. Es de corazón noble el ser agradecidos, pero tenemos el peligro de hacernos unos engreídos y pensar que todo lo conseguimos por nuestras fuerzas y capacidades o por nuestro valor y olvidamos pronto cuando éramos débiles y necesitados y pedimos ayuda.
Son cosas que nos pueden pasar y que observamos en muchas ocasiones en nuestro entorno o pasivamente lo hemos sufrido, cuando hemos ayudado a alguien y no ha sido agradecido con nosotros, sino que más bien se ha mostrado arrogante y engreído creyéndose que se valía solo por si mismo.
Esto que sucede con demasiada frecuencia – y no digo que todos sean o seamos así – en nuestras relaciones humanas nos sucede también en nuestra relación con Dios. Aquí podríamos recordar aquel episodio del evangelio de los diez leprosos que fueron curados en el camino, pero que solo uno volvió hasta Jesús para darle gracias.
Hoy la liturgia nos ofrece en este principio de temporada una jornada de petición, de reconciliación y de acción de gracias. Hemos recomenzado al menos en nuestro hemisferio después de las vacaciones de verano las diversas tareas de nuestra vida ordinaria, como puede ser la vuelta al curso escolar o el recomienzo después de terminar la recolección de las cosechas de muchas de las actividades de la agricultura, y la iglesia nos ofrece esta jornada de oración especial, como hemos mencionado.
Los textos que nos ofrece la liturgia son bellos. Desde aquel recordatorio de Moisés al pueblo para que cuando se establecieran en la tierra que Dios les había prometido y comenzaran a prosperar en sus trabajos y tareas y en el bienestar de su vida no olvidaran que fueron esclavos en Egipto y peregrinos por el desierto de lo que el Señor les liberó y no se olvidaran del Señor su Dios. Como decíamos antes, nos sucede igual. Cuando llegan días y tiempos de prosperidad qué pronto nos olvidamos de Dios, qué pronto nos volvemos autosuficientes y engreídos para pensar que solo por nosotros mismos nos valemos y no necesitamos de la mano poderosa y llena de amor de Dios que nos protege y está con nosotros.
Nos hablan también los textos de hoy de la necesidad de la oración pero de la confianza con que hemos de orar en todo momento a Dios nuestro Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis…’ y nos recuerda Jesús que Dios es nuestro Padre y un padre siempre dará lo mejor a sus hijos.
Y bueno es también que reconozcamos nuestras debilidades que nos llevan al desencuentro con Dios y con los hermanos en tantas ocasiones que llenamos nuestro corazón de orgullo, de egoísmo y de insolidaridad. Nos pide san Pablo que nos reconciliemos los unos con los otros porque sepamos aceptarnos y perdonarnos para acogernos mutuamente en el amor, pero que también nos dejemos reconciliar con Dios, que nos ofrece siempre su amor y su perdón.
Una buena ocasión para detenernos un poco, renovar nuestros sentimientos de gratitud hacia Dios para emprender nuestra tarea siempre queriendo hacerlo en el nombre del Señor. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor en nuestra vida que como cantaba María el Poderoso hace cosas maravillosas en nuestra pequeñez.

jueves, 4 de octubre de 2018

El discípulo de Jesús ha de manifestarse en todo momento como mensajero de paz con nuestras palabras, nuestros gestos y las pequeñas cosas de cada día


El discípulo de Jesús ha de manifestarse en todo momento como mensajero de paz con nuestras palabras, nuestros gestos y las pequeñas cosas de cada día

Job. 19, 21-27; Sal 26; Lucas 10, 1-12

Las costumbres van cambiando o desapareciendo, pero recuerdo lo que de niño nos enseñaban o simplemente escuchábamos a nuestros mayores cuando se tocaba en la puerta de una casa, al respondernos desde dentro ¿quién es?, el que llamaba respondía con una palabra ‘la paz… la paz de Dios’. Una señal de educación y corrección es cierto pero que en el fondo era algo que quería significar mucho; quien llegaba a la casa venía en son de paz, venía con la paz y la paz era lo que se quería encontrar.
Ojalá fuéramos con esa actitud siempre por la vida. Hemos de reconocer que muchas veces vamos demasiado airados, con mucha violencia acumulada dentro de nosotros que ante el mínimo roce hace saltar fácilmente la chispa. Son detalles que manifestamos en muchas reacciones ante cualquier cosa, fácilmente levantamos la voz y gritamos, tenemos una frase dura con la que contestar; ante cualquier cosa que no nos guste o vaya en contra de nuestras apreciaciones o nos parezca que se interponga en lo que estamos haciendo saltamos con violencia, que muchas veces, es cierto, se queda en palabras, pero que está expresando toda esa ira contenida que llevamos dentro.
Podríamos fijarnos en muchos detalles de nuestra vida de cada día, pienso por ejemplo en la circulación con nuestros vehículos cuantas cosas le decimos al conductor que haya hecho alguna maniobra que se interponga en nuestro paso, como podíamos pensar en tantos otros contratiempos que nos van surgiendo continuamente.
Si nos preguntan decimos que nosotros somos personas de paz y somos capaces de hacer manifestaciones grandilocuentes defendiendo la paz, pero vayamos a cualquier manifestación en la que reivindiquemos algo y observemos cómo nos comportamos, y en qué suelen terminar esas manifestaciones que decimos que son pacificas. Nos cuesta el diálogo y el entendimiento, nos cuesta reconocer que podemos equivocarnos y que el otro tiene la razón sobre lo que discutimos, nos acaloramos con facilidad.
Me he extendido mucho en este preámbulo del comentario evangélico que queremos hacer, pero es bueno que aterricemos en cosas concretas de la vida que hemos de saber iluminar con la luz del evangelio. 
Globalmente el texto del evangelio de hoy nos  habla del envío que hace Jesús de sus primeros discípulos y apóstoles a anunciar el Reino. Y se extiende Jesús en una serie de recomendaciones de cómo han de hacerlo. Y creo que una recomendación importante es este mensaje de paz que han de llevar no solo con sus palabras sino con sus actitudes y comportamientos. Han de ir confiados en Dios y no en sus propias capacidades, se han de manifestar con pobreza de tal manera que han de dejar que sean acogidos por los demás, y en medio siempre la paz. Es una característica importante del Reino de Dios que anuncian. Por eso ha de ser su primera palabra y su principal anuncio.
Ya previene Jesús que en alguna ocasión no van a ser acogidos, sino más bien rechazados y no van a encontrar esa paz de la acogida. Su reacción ha de ser siempre la de la paz. Nunca han de responder queriendo imponer su mensaje, si no lo reciben han de marchar a otro lugar a hacer el mismo anuncio.
¿Seremos hoy los discípulos de Jesús verdaderos mensajeros de paz? No se nos pide que hagamos grandes cosas sino que en esas pequeñas cosas de cada día, allí donde estamos y convivimos con los más cercanos a nosotros siempre hemos de presentarnos como hombres y mujeres de paz. La paz de Dios ha de ser nuestra respuesta y nuestra actitud. Celebramos hoy a san Francisco cuya vida fue y sigue siendo todo un verdadero instrumento de paz para el mundo.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Es importante en la vida ser maduros de verdad para mantener el ritmo aunque no veamos resultados y ser perseverantes con la esperanza de alcanzar la meta


Es importante en la vida ser maduros de verdad para mantener el ritmo aunque no veamos resultados y ser perseverantes con la esperanza de alcanzar la meta

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

Caminamos muchas veces en la vida a partir de impulsos momentáneos, pero que nos hacen en muchas ocasiones inestables e inconstantes. Cuando nos falla aquel primer impulso nos desinflamos; en el momento de fervor y entusiasmo nos comemos el mundo, nos hacemos mil proyectos en la cabeza, todo lo vemos fácil y ya nos parece que estamos tocando con la mano el triunfo; pero de la misma manera nos desinflamos ante la menor dificultad, nos sentimos cansados, perdemos las ganas de luchar, todo nos parece negro y nos dan ganas de tirar la toalla para irnos a otra cosa o a otra parte, porque parece que aquello en lo que pusimos al principio tanto entusiasmo fue solo un sueño o una utopía inalcanzable.
Es difícil la serenidad, es difícil ser maduros de verdad para mantener un ritmo aunque algunas veces no veamos resultados, es difícil mantener la constancia y la perseverancia para tener la esperanza de que al final lo conseguiremos. El que persevere hasta el final, nos dice Jesús, se salvará. El que persevere a pesar de las dificultades o del trabajo que algunas veces se nos puede hacer duro, es el que puede llegar a conseguir algo que en verdad merezca la pena. El esfuerzo que mantenemos hace valioso lo que trabajamos; y esto en todos los aspectos de la vida.
Tenemos que tener sueños, trazarnos metas porque eso nos ayuda a caminar, a avanzar, a no quedarnos en lo que ya está trillado de siempre; pero al mismo tiempo tenemos que ser realistas, poner los pies sobre la tierra analizando nuestras posibilidades, siendo conscientes de las dificultades que encontraremos y el esfuerzo que tenemos que realizar, no estar mirando siempre para atrás para añorar lo que quizá tuvimos que dejar, no entreteniéndonos en cosas superfluas e innecesarias, buscando lo que de verdad tiene valor aunque nos cueste.
No podemos andar en la vida como si siempre estuviéramos cansados, aunque también tenemos que programarnos nuestro descanso, como quien dice, para recargar pilas, pero sin perder de vista la meta que nos hemos trazado. Desgraciadamente vemos en la vida mucha gente que se siente cansada, que se desinfla fácilmente, que pierde la ilusión, y es que estamos por otra parte creando generaciones a las que pretendemos darle todo hecho y no los hemos educado en el valor del sacrificio y del esfuerzo.
En el texto del evangelio de hoy aparece el episodio en que diversos jóvenes quieren seguir a Jesús o a los que Jesús invita a seguirle. Por una parte uno esta dispuesto a todo por seguir a Jesús, ‘Maestro, te seguiré a donde vayas’. Pero Jesús le hace reflexionar, le hace poner los pies sobre la tierra invitándole a pensárselo mejor, porque seguir a Jesús no significa que va a tener siempre el camino fácil, y ha de saberlo. Por eso Jesús le dice: Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. Con ello Jesús le hace ser realista, diciéndole que no todo es fácil y que seguir a Jesús no es para tener una vida fácil o de éxitos.
Por otra parte Jesús invita a otros, que estarían dispuestos a seguir a Jesús, pero quieren antes resolver sus problemas, dejar las cosas arregladas, pidiendo como plazos para seguir a Jesús. Y aquí Jesús es radical como  nos dirá en otro momento o con El o contra El. Si decimos que queremos seguir a Jesús o somos invitados a ello, hemos de saber hacer como un día Pedro y los otros primeros discípulos que lo dejaron todo para seguir a Jesús. Por eso ahora le dice ‘deja que los muertos entierren a sus muertos’, o como le dice al otro ‘el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es digno de mi’.
Como decíamos al principio de nuestra reflexión es el realismo con que nos trazamos nuestras metas o ponemos ideales en nuestra vida, pero es la perseverancia aunque vayamos encontrando tropiezos en el camino de la vida. Como decíamos, nos vale en todos los aspectos de la vida, es muy importante cuando hacemos nuestra opción de fe por Jesús para seguirle para ser su discípulo de verdad.

martes, 2 de octubre de 2018

Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino… respétalo y obedécelo…


Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino respétalo y obedécelo…

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10

‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. …’
Hoy celebramos el Santo Ángel de la Guarda. Los que somos mayores quizás recordamos las oraciones que nos enseñaron de pequeños al santo Ángel de la Guarda, pidiendo su compañía y su presencia que nos protegiese en todo momento, de noche y de día. oraciones que se nos han quedado quizás lejanas en el recuerdo, si acaso no olvidadas, pero seguramente ya nunca rezadas, porque en las carreras de la vida nos parece que ya no necesitamos ninguna protección o que por nosotros mismos ya cuidamos de guardarnos. Las generaciones jóvenes quizá no han tenido la oportunidad de pensar en el ángel de la guarda, o acaso más se duerman con el WhatsApp en la mano que con una oración en su mente y en su corazón.
Sin embargo hoy es fácil escuchar hablar de espíritus malignos con sus malas influencias y cosas por el estilo dejándose arrastrar por cosas que dicen resucitar de tradiciones que llaman ancestrales o por no sé qué otras influencias. Florecen de nuevo los santeros o como queramos llamarlos que se dicen poseídos de unos dones especiales que pueden liberarnos de malos espíritus y no sé cuantas supersticiones más muchas veces movidas vete a saber por qué intereses.
Sin embargo no queremos oír hablar de ese Ángel de la Guarda que Dios ha puesto junto a nosotros, que nos protege y nos inspira en nuestro corazón tantas cosas buenas. Es el que nos conduce por los caminos del bien, el que allá en nuestro interior despierta nuestra conciencia ante las tentaciones del mal que nos acechan por todas partes. Es un signo de la presencia de Dios en nuestra vida que siempre nos acompaña y nos llena de bendiciones.
El texto sagrado que hemos mencionado al principio y que hoy nos ofrece la Palabra de Dios hace referencia en concreto a lo que el pueblo de Israel vivió en su peregrinación por el desierto. ‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado...’ Y recordamos como en la Biblia se nos habla tantas veces del Ángel del Señor que se les manifiesta a los antiguos Patriarcas para significar la presencia de Dios que les habla.
Ojalá nosotros sepamos sentir esa presencia divina en nosotros, ese espíritu celestial que nos protege, nos guía, nos ilumina, inspira en nuestro corazón el deseo de cosas buenas, nos previene contra el mal y nos hace sentir la fortaleza de Dios en la tentación. Muchas veces casi sin darnos cuenta sentimos esa presencia divina en nosotros porque sentimos el deseo de algo buena, o nos surge una buena inspiración de algo en lo que quizás nosotros ni habíamos pensado. ¿Por qué no pensar en esa inspiración del ángel celestial que está junto a nosotros?

lunes, 1 de octubre de 2018

La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita



La espontaneidad y la disponibilidad generosa para hacer siempre lo bueno hará en verdad que nuestra vida se llene de luz, para contagiar al mundo que tanto lo necesita

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Probablemente a nadie le gusta que lo traten como a un niño. Hasta los mismos niños en la medida en que van creciendo siempre están aspirando a ser mayores, para que los traten como mayores y para tener su propia autonomía y en la manera de ver las cosas su propia libertad para sentirse mayores, hacer lo que cada uno quiere y no sentir que nadie les impone lo que deben hacer o como deben actuar. Esos deseos de autonomía, de libertad, de sentirse mayores es algo que llevamos innato dentro de nosotros.
Pero, sin embargo, en ocasiones pareciera que quisiéramos seguir siendo niños – quizá por aquello de rehuir responsabilidades – o quisiéramos seguir siendo niños porque parece que necesitamos de una ternura y de un cariño que en la medida en que vamos siendo mayores quizás no nos expresan con la misma intensidad los que están a nuestro lado, pero deseamos esa ternura, esos mimos o cariños que puedan tener con nosotros. Podría parecer incongruencias pero cosas así algunas veces nos suceden.
Pero también hay otros aspectos de inocencia, de espontaneidad, o de unos deseos de búsqueda y en cierto modo aventura que quizá algunas veces añoramos; pero también podríamos tener en cuenta esa inocencia o esa ausencia de malicia que tiene un niño, esa visión quizá idílica en que todo le pueda parecer bueno y hermoso y le hace darse, ser generoso, expresar espontáneamente esos gestos de cariño hacia aquellos que quiere y que le quieren, esa disponibilidad natural para acercarse al otro sin prejuicios y sin desconfianza, con lo que una vida así parece siempre hermosa y en esas pequeñas cosas nos presentamos felices y con nuestra felicidad y con nuestra sonrisa hacemos felices a los demás.
Con lo que estamos diciendo parece que no es tan malo seguir siendo niños, manifestarnos como niños y con una vida de la que desterremos malicias y prejuicios parece que haríamos un mundo más feliz. Esa sonrisa espontánea e inocente del que no tiene malicia ni se deja influir por desconfianzas parece que nos gana el corazón y nos contagia y pudiera ser que nos impulsara a vivir también con esa sonrisa en el corazón y sentimos que nuestro mundo seria mucho mejor si así desterráramos esos prejuicios y desconfianzas, esas malicias que nos harían mirar con unos ojos enrevesados a los que están a nuestro lado.
Esa espontaneidad, esa disponibilidad generosa a hacer siempre cosas buenas haría en verdad que nuestro corazón y nuestra vida se llenara de luz, una luz que contagiaría a nuestro mundo que tanto lo necesita.
Cuando los discípulos andaban discutiendo sobre quien era el más grande, Jesús puso un niño en medio de ellos y les dijo que había que hacerse como un niño, que había que saber acoger a un niño, que quien se hiciera pequeño en el servicio y en el amor, en la humildad y en la sencillez estaría entendiendo lo que era ser grande en el Reino de los cielos. Un poco, podíamos decir, que Jesús les echa un jarro de agua fría sobre ellos cuando estaban aspirando a grandezas y ya andaban incluso con discusiones entre ellos a causa de sus ambiciones.
Antes decíamos que no queríamos que nos trataran como  niños, que aspirábamos siempre a ser grandes, pero en nuestra reflexión fuimos derivando hasta descubrir la belleza de la vida que en un niño podemos descubrir. Es lo que Jesús nos quiere hacer ver. Con ambiciones que nos enfrentan, con apetencias que nos llenan de trampas y malicias no vamos a ninguna parte. Con disponibilidad, con generosidad, con sencillez, con gestos pequeños, con una sonrisa, con un detalle podemos llegar lejos. Es el camino que hemos de saber recorrer, que muchas veces nos cuesta tanto por la carga de ambiciones, de orgullos, de apetencias, de malicias que llevamos en nuestro corazón.
‘Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos’, no lograréis entender de verdad lo que significa vivir el Reino de Dios.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones



Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Ojalá todos tuviéramos la clarividencia suficiente para saber hacer una buena lectura de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o que acaecen en nuestro entorno. Admiramos a esas personas que saben discernir claramente y con objetividad cuanto sucede. Suelen ser personas reflexivas que saben rumiar lo que ven o lo que escuchan, personas en las que encontramos una profundidad y madurez elogiables en sus pensamientos, en su decirnos las cosas y que nos ayudan a que podamos comprender el por qué de cuanto sucede y de alguna manera nos están previniendo ante lo que pueda suceder para ayudarnos a estar preparados para que seamos capaces de actuar con madurez.
Ojalá fuéramos todos así, pero ojalá al menos no nos falten a nuestro lado esas personas que nos puedan ayudar a abrir nuestros ojos, a darle un contenido profundo a nuestra vida y a que aprendamos a actuar siempre con rectitud y madurez.
Desde una lectura creyente de la vida y de cuanto nos sucede o podemos contemplar esas personas podemos decir que están llenos del Espíritu divino, están empapados de la sabiduría de Dios. Esa fue la misión de los profetas. Algunas veces nos quedamos con la idea que el profeta es el que es capaz de predecir el futuro, pero profeta es mucho más que eso. Es el que sabe tener la mirada de Dios, es la persona que se ha dejado inundar por el Espíritu divino sabiendo, pues, tener en su vida esos ojos de Dios para mirar y para comprender la vida y cuanto nos sucede.
Así los profetas antiguos leían la historia que estaban viviendo con esos ojos y sabiduría de Dios para saber interpretar en esos acontecimientos el querer de Dios, la rectitud con que habían de vivir sus vidas, los caminos por los que habían de transcurrir los pasos que en la historia había de dar el pueblo de Dios en su fidelidad a la Alianza con el Señor. Desde esa mirada llena de Dios les hacían anuncios de lo que habían de ser esos tiempos nuevos por los que habían de luchar en su fidelidad a los caminos que el Señor trazaba para sus vidas.
El episodio que nos narra la primera lectura de hoy se nos habla de aquellos a los que Moisés infundió ese espíritu de Dios, pero no era para que fueran profetas simplemente anunciadores de futuro, sino para que fueran esos hombres llenos del Espíritu ayudaran a Moisés en el gobierno, por así decirlo, del pueblo que peregrinaba por el desierto y al que Moisés por si solo no podía atender en sus reclamaciones de justicia.
Iban a ser esos hombres llenos de rectitud y justicia, en quienes se había infundido el Espíritu que ayudarían al pueblo a vivir en esa rectitud y justicia. ‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, le dice Moisés a Josué cuando viene a decirle que dos que no estaban en el grupo cuando ritualmente Moisés les había infundido el Espíritu, sin embargo andaban profetizando por el campamento.
Es el sentido también del episodio del evangelio cuando Juan viene diciéndole a Jesús que en sus andanzas se habían encontrado a algunos que sin ser del grupo de los discípulos sin embargo andaban expulsando los demonios en el nombre de Jesús y ellos se lo habían querido impedir. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, había dicho Moisés. Pero sus palabras sí podemos decir que son proféticas. Con Jesús eso es posible, a partir de Jesús esto se hace realidad en nuestra vida. El cristiano es el que está lleno del Espíritu del Señor. Como un don se nos ha dado en el Bautismo y sobre todo en el sacramento de la confirmación. ‘Por esta señal recibe el don del Espíritu Santo’, no dijo el Obispo al imponernos sus manos y ungirnos con el crisma santo. Desde esa unción del Espíritu todo cristiano se ha convertido también en profeta en medio del pueblo de Dios. Somos un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes.
Es nuestra identidad, es nuestra misión, es el ser de nuestra vida. Si al principio hablamos de cómo admiramos a esas personas que saben tener esa mirada especial con el que saben descubrir el sentido de las cosas, el valor de lo que vivimos y con clarividencia saben encontrar esos caminos de rectitud y justicia para nuestras vidas, tendríamos que decir que en eso habríamos todos de resplandecer. Es la espiritualidad de la que tendría que estar impregnado todo cristiano, es ese sentido de la fe con que hemos de vivir nuestra vida, es esa nueva mirada que hemos de saber tener sobre las cosas y cuanto sucede para descubrir el sentido de Dios, ese nuevo sentido con que hemos de vivir cada cosas y cada momento.
De esas personas que saben tener ese sentido decimos que son espirituales, porque miran con los ojos del Espíritu, saben mirar desde el corazón y saben descubrir la cara más hermosa de las cosas y de la vida. Tendríamos que ser todos así de espirituales, hombres del Espíritu, personas llenas de Dios. Es un don de Dios que como semilla está sembrada en nuestro corazón, pero que hemos de saber cultivar. No basta solo echar la semilla en la tierra, sino que hemos de realizar todas las tareas del cultivo para poder obtener el mejor fruto.
Es lo que muchas veces nos falta a nosotros los cristianos, que no siempre somos los hombres reflexivos y de oración que tendríamos que hacer, no siempre saber rumiar en nuestro interior cuanto a nosotros llegar para sacar lo mejor de cuanto recibimos, como lo mejor de nosotros mismos. En nosotros tiene que haber esa clarividencia, en nosotros ha de haber esa mirada nueva, en nosotros tiene que haber esa profundidad de vida, en nosotros ha de resplandecer esa espiritualidad que nace de Cristo que habita en nuestros corazones.


sábado, 29 de septiembre de 2018

Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles



Dejémonos sentir así mirados por Dios con su mirada de amor abriendo nuestro corazón a sus designios de amor cuando celebramos la fiesta de los Santos Arcángeles

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Una mirada puede ser en ocasiones algo decisivo en la vida. Alguna vez casi sin darnos cuenta presentimos que alguien nos está mirando, quizás nos sorprende, quizás sentimos como un reparo a que nos miren y quisiéramos ocultarnos, quizás nos agrade la sensación de paz que percibimos y que nos agrada porque parece que a nosotros nos llena de paz, otras veces nos interroga y parece como si se nos metiera en lo más hondo de nosotros descubriendo lo más intimo o lo más secreto que guardamos dentro de nosotros mismos.
Hay, es cierto, personas que hablan contigo y no te miran, otras veces somos nosotros los que rehuimos la mirada como queriendo ocultar algo, pero en el fondo nos agrada sentirnos mirados, o que cuando nos hablen nos miren a la cara, nos miren a los ojos. Sensaciones diversas pueden producirse en nosotros, pero también sentimos con agradecimiento esa mirada de estímulo que parece que nos está diciendo adelante, o una mirada puede ser que nos haga cambiar hasta la intención de lo que estamos haciendo y de alguna manera nos hace recomponer nuestras posturas o nuestra manera de ser o de hacer. Es más importante de lo que parece o de lo que queramos aceptar la mirada que recibimos de los demás, como importante puede ser los otros nuestra mirada.
¿Y las miradas de Jesús? sería una buena reflexión recorrer las páginas del evangelio fijándonos al detalle en la mirada de Jesús. Es un tema que me agrada y que muchas veces he reflexionado también. Hoy se nos habla de una mirada de Jesús en el evangelio que fue muy importante.
Felipe le había anunciado a Natanael que habían encontrado al anunciado por los profetas y esperado con tantas esperanzas hasta ahora nunca cumplidas por el pueblo de Israel. Y le señala en concreto a Jesús de Nazaret. No sin ciertas reticencias se acerca a Jesús, porque de Nazaret no puede salir nada bueno – rencillas y envidias de pueblos vecinos – y cuando se acerca Jesús se le queda mirándole. Y esa mirada de Jesús va acompañada de una alabanza. Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Saludo recibido con ciertas reservas por parte de Natanael. ‘¿De qué me conoces?’ Y Jesús le habla de una mirada. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’.
Fueron suficientes esas palabras, pero también la sensación que había sentido porque en aquel momento, que no sabemos qué es lo que había sucedido, sin embargo se había sentido mirado. Una mirada de la que quizá entonces no se había enterado, pero saber que le habían mirado en aquellas circunstancias, le hizo cambiar totalmente su actitud. Le había hecho dar un vuelco total a su vida, a sus predisposiciones, a sus actitudes, y del rechazo del principio había nacido ahora una profesión de fe. ‘Rabí – le dice ya reconociéndolo como maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’  concluyendo con una hermosa confesión de fe’.
Qué importante había sido aquella mirada. Lo que expresábamos al principio, miradas que interrogan, miradas que penetran hasta lo mas hondo, miradas que nos transforman, miradas que nos hacen tener una nueva visión y nos abren un nuevo camino. Algunas veces somos conscientes, otras veces nos pasan desapercibidas, miradas que tenemos que aprender a recibir y apreciar, miradas de las que en ocasiones nos tendríamos que dejar llevar en lo que suscitan en nuestro corazón. Mucho podríamos seguir reflexionando.
Hoy queremos sentir la mirada de Dios sobre nosotros en esta fiesta que celebramos de los santos Arcángeles, san Miguel, san Rafael, san Gabriel. Podríamos atrevernos a decir siguiendo con nuestra reflexión precedente que de alguna manera son la mirada de Dios sobre nosotros. Misión de los Ángeles y de los arcángeles es hacernos sentir la presencia de Dios con la misión que nos confía y con las señales de su presencia que nos acompañan.
Mirada de Gabriel a María para trasmitirle la misión y el encargo que Dios le confiaba para hacerla su madre; mirada de Rafael a Tobías para ayudarle a encontrar los caminos de Dios, caminos que conducen siempre a la salvación; mirada de Miguel el arcángel que nos habla del poder y de la gloria del Señor que nunca podemos mancillar con nuestro pecado porque su presencia nos hace sentir la fuerza y el poder del Señor en nuestra lucha contra el mal y contra el pecado. Dejémonos sentir así mirados por Dios abriendo nuestro corazón a sus designios de amor.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida


Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143; Lucas 9,18-22

Nunca podemos separar nuestra fe en Jesús de su pasión y de su cruz, de su pascua. Y no es solo una imagen o un recuerdo, sino que tiene que ser una actitud de la vida, una manera también de vivir nuestra fe.
Habíamos escuchado ayer en el relato anterior cómo Herodes anda confundido sobre la figura de Jesús. La confusión en cierto modo que tenían las gentes ante lo que Jesús hacia y decía. Herodes con sus cargos de conciencia sentía el temor y el temblor por lo que había hecho, por lo que andaba con los recelos de si era Juan Bautista, al que había mandado matar, que había vuelto a aparecer. Pero es la confusión de las gentes que miran a Jesús como un gran profeta y hacen sus comparaciones con los profetas antiguos o con el mismo Juan el Bautista a quien todos habían conocido.
Mientras Jesús camina por Galilea les hace la pregunta a los discípulos. ¿Quién dice la gente que soy yo?’ Y ya escuchamos las respuestas de los apóstoles. Pero Jesús quiere saber algo más, hasta donde llega la fe aquellos que tiene más cerca, de aquellos a los que un día confiará la misión de continuar con el anuncio de la Buena Noticia del Reino. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Ya escuchamos cómo será Pedro el que haga la profesión de fe. ‘El Mesías de Dios’. Pero también vemos cómo Jesús les prohíbe terminantemente que se lo digan a nadie.
Si Jesús ha venido con una misión, es el Hijo de Dios que nos trae la salvación, es el Ungido del Señor, como habían anunciado los profetas y El mismo lo había proclamado en la Sinagoga de Nazaret, parece que no tiene sentido que ahora que los discípulos más cercanos lo reconocen como lo hace Pedro, eso tendría que darse a conocer, tendrían todos que saberlo y reconocerlo. Pero Jesús no quiere, ¿qué sentido tiene?
Es el sentido de la confusión que se podría seguir creando, porque los judíos tenían una manera de ver al Mesías que era como un jefe liberador poco menos que con sus ejércitos que le iba a dar la libertad al pueblo de Israel, pero ellos pensaban primero que nada en la liberación del pueblo opresor. Y es ahí a donde Jesús no quiere llegar. Cuando allá en el desierto después del milagro de la multiplicación de los panes quieren hacerle rey, Jesús se esconde en la montaña.
Ahora Jesús les explica a los discípulos lo que tienen bien que entender aunque sea algo que les va a costar mucho. El Mesías, y emplea la expresión del Hijo del Hombre ya utilizada por los profetas tiene que padecer, va a ser entregado, va a ser ejecutado y morir, aunque al tercer día vencerá de la muerte y resucitará. Entender que Jesús es el Hijo de Dios no lo podemos separar de su Pascua, lo tenemos que ver siempre con el prisma de su pasión y de su muerte como victoria sobre la muerte y sobre el mal. Porque la vida de Jesús es entrega, y el que se entrega muere a si mismo para dar vida a los demás.
Su pasión y su muerte no serán un sufrimiento cualquiera aunque sea el mayor de los sufrimientos, porque todo ha de entenderse desde la entrega del amor. Es la ofrenda, es el sacrificio, es el amor que se entrega, es el amor que engendra vida, es el amor que nos trae la salvación. Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su Hijo único para que todos tengamos vida.
Tenemos que mirar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser entonces para siempre el sentido de nuestra vida. Es la visión de la fe verdadera, es la visión con la que confesamos nuestra fe en Jesús; por eso siempre tendremos al lado la cruz, aunque sabemos que tras la cruz está resplandeciendo siempre la victoria de la resurrección, la victoria del amor. Y eso es lo que siempre tiene que ser nuestra vida.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos


Deseamos conocer a Jesús pero no con un conocimiento superficial sino de manera que transforme totalmente sentimientos, actitudes y comportamientos

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89; Lucas 9,7-9

‘A mi me gustaría conocer a esa persona…’ pensamos en alguna ocasión e incluso lo manifestamos cuando vemos a alguien que nos llama la atención por sus valores, sus cualidades, la manera de actuar en su vida. Quisiéramos conocer porque quisiéramos quizá entrar en una relación de amistad, porque queremos aprender de esa persona, porque la admiramos y nos parece que sea un honor para nosotros entrar en su círculo de amistad, porque nos agrada su presencia y con ella nos sentiríamos a gusto. Claro que puede estar una simple curiosidad, o en nuestras malicias pudiera haber segundas intenciones no siempre quizá muy buenas.
La gente quería conocer con Jesús, le agradaba estar con Jesús, escucharle, seguirle; por eso vemos como se arremolinan en torno a El como dice el evangelista que en ocasiones no le dejaban tiempo ni para comer, o se agolpaban para escucharle a la puerta de su casa y dentro de ella, que nadie más podía acercarse a Jesús, o se apretujan tanto que todo el mundo lo toca y le da ocasión a aquella mujer para tocar con fe la orla de su manto, o son tantos los que acuden a escucharle que tiene que subirse en una barca para más fácilmente hablar a la multitud; multitudes le seguían cuando escuchan el sermón del monte, o cuando le siguen hasta el desierto olvidándose incluso de llevar suficientes provisiones y ya se encargará Jesús de darles milagrosamente de comer.
En ocasiones el evangelio nos hablará de alguien que va de noche a la casa de Jesús para en la tranquilidad de noche y sin que nadie moleste poder hablar con El, como es el caso de Nicodemo. Buscaba a Jesús porque quería conocerlo, pero no era un conocimiento externo, por así decirlo, sino era algo más hondo porque estaba interesado por lo que enseñaba Jesús y cómo se manifestaba, descubriendo que algo de Dios había en El.
El evangelio nos habla hoy de un personaje que tenía ganas de conocer a Jesús. Se trata de Herodes. ¿Por qué quería conocer a Jesús? conocemos de sus andanzas por decirlo de alguna manera y de su estilo de vida; sabemos bien lo que había pasado con Juan Bautista que proféticamente había denunciado su estilo de vida y eso le había llevado por las instigaciones de Herodías a la cárcel y finalmente a ser decapitado. Sin embargo en esos momentos nos dice también que a Herodes le agradaba escuchar a Juan, pero había sido más fuerte la pasión que le dominaba y al final Juan había perdido la vida.
¿Serían remordimientos por lo que había hecho? Alguna vez pensaba en sus delirios si acaso Jesús no era Juan que había vuelto a la vida, como también algunos comparaban a Jesús con Juan. Incluso en ocasiones a Jesús le habían llegado rumores de que Herodes buscaba a Jesús, ante lo que Jesús se había manifestado valiente y sin miedo, aunque algunos le decían que tuviera cuidado con Herodes.
Herodes no sabía a qué atenerse, nos dice el evangelista, pero ahí nos deja la constancia de esos sus deseos, que nos valgan para nuestra reflexión personal y plantearnos seriamente si nosotros queremos conocer a Jesús. Nos pudiera parecer baladí esto que he expresado, pero hay algo en lo que hemos de caer en la cuenta. Somos cristianos, pero no siempre terminamos de conocer a Jesús; somos cristianos y nuestro conocimiento de Jesús se nos puede quedar en algo superficial que no trasciende totalmente a nuestra vida, que no se manifiesta en nuestra vida y comportamientos.
El conocimiento que necesitamos tener de Jesús tiene que ser algo hondo, algo que nos llegue muy dentro y motive y transforme nuestra vida. Es el conocimiento que nos ayuda a llegar a una fe autentica y comprometida; es el conocimiento que envuelva totalmente nuestra vida para nuestros sentimientos sean como lo de Jesús, nuestras actitudes sean las de Jesús, el sentido de nuestra vida se vea transformado desde Jesús.
¿Queremos también conocer a Jesús? Que no sea simple curiosidad.


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, autosuficiencia y amor propio, para que podamos encontrar el amor de los demás y llenarnos de Dios


Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, autosuficiencia y amor propio, para que podamos encontrar el amor de los demás y llenarnos de Dios

Proverbios 30,5-9; Sal 118; Lucas 9,1-6

Se encuentra uno en la vida caminantes que con su mochila al hombre van recorriendo pueblos y ciudades, se meten en los más variados caminos y senderos o los vemos intentando subir ya sea altas montañas por aquello de conquistar las alturas o ya sea para atravesando esos lugares ir en búsqueda de sitios nuevos que conocer, lugares que visitar o gente con la que relacionarse en un hermoso intercambio de culturas. Es hermoso ponerse en camino; es un riesgo y una aventura, pero también es una riqueza para la vida si sabemos ir con los ojos bien abiertos para empaparnos no solo de la belleza de las ciudades o de los paisajes sino de la riqueza que nos ofrece cada uno desde su cultura y desde la sabiduría que todos llevamos dentro.
Pero cuando observamos a esos caminantes o senderistas de la vida vemos también el bagaje que llevan consigo; los vemos con mochilas grandes y sobrecargadas porque parece que quieren llevar consigo todas las comodidades de su casa, y los veremos cansinos y agotados que parece que ya no pueden caminar ni avanzar por el peso que llevan tras de si en sus espaldas; pero lo vemos también ligeros de equipaje que llevan solo lo justo y lo necesario para hacer el camino, los que les hace caminar ligeros en su paso sin el agobio de pesadas mochilas y están dispuestos no solo al sacrificio de comodidades que han sabido dejar atrás, sino abiertos y dispuestos a recibir lo que se les ofrezca a lo largo del camino en el que van enriqueciéndose mucho más en un sencillo intercambio con quienes se encuentran o en quienes le reciben. ¿Qué será mejor? Juzgues ustedes, y vean donde encontrarán mayor riqueza para sus vidas.
En el pasaje que hoy nos ofrece el evangelio se nos habla del envío que Jesús hace de sus discípulos como apóstoles para hacen el anuncio del Reino. ‘Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’  Nos dice que les dio autoridad y los envió a predicar, a proclamar el Reino. Les dio la autoridad que está siempre al servicio del bien. ‘Sobre toda clase de demonios y a curar enfermedades’. Es la señal de la liberación del mal, es la señal del servicio del bien, son las señales en que se manifiesta el Reino de Dios. Autoridad aquí no significa poder como muchas veces lo entendemos, no olvidemos que nos dirá que el primero y principal ha de ser el último y el servidor de todos. Es el sentido del servicio. Es el estilo del anuncio del Reino, lo que han de predicar y lo que han de anunciar.
Pero hay otras señales en las recomendaciones que les hace. No han de llevar la mochila demasiado cargada, en el símil de lo que veníamos antes hablando. Cuando Jesús les dice ‘no llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto, quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio…’ así, con el símil del caminante del que veníamos hablando, lo podemos entender mejor.
La fuerza del anuncio del Reino está en la propia Palabra que anuncian, pero una palabra que va acompañada de señales, no solo de lo que han de hacer por los demás, sino desde su propio estilo de vida. Es el signo de la humildad y de la pobreza; no es el poder de lo que nosotros podamos aparentar cargados con inmensas mochilas de poder sino que es la sencillez de nuestros gestos, el desprendimiento de nuestra vida, la generosidad de nuestro corazón, nuestra apertura a los demás. Es ahí donde ofrecemos el mensaje, es ahí donde vemos la presencia del Espíritu del Señor, es así como se manifiesta la presencia amorosa de Dios.
Descarguemos las mochilas de nuestra vida de tantas vanidades y orgullos, de tanta autosuficiencia y amor propio, para que también sepamos encontrar el amor de los demás al que tantas veces nos cerramos en nuestra autocomplacencia y así  nos llenaremos de Dios.

martes, 25 de septiembre de 2018

Somos la familia de Jesús, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica


Somos la familia de Jesús, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

Sin querer minusvalorar a la que es nuestra madre real, la que nos ha dado la vida y nos ha criado, y de la misma manera sin querer poner en un segundo término a los que son nuestros hermanos de carne y sangre, hijos de los mismos padres, e igualmente en referencia a cualquier otro familiar, tenemos la experiencia por nosotros mismos o por lo que quizá hemos observado en personas de nuestro entorno, hay personas con las que nos sentimos tan vinculados como si fueran nuestros mismos padres, nuestra misma madre o hermanos.
Han ocupado un lugar tan importante en nuestra vida, porque han estado a nuestro lado cuando los hemos necesitado, o porque han influido en nosotros con el ejemplo o el testimonio de su vida, o hemos entrado en una relación tan estrecha que, repito, son para nosotros como una de los más cercanos a nosotros. ‘Ha sido un padre para mi’, habremos escuchado, ‘la quiero como a mi misma madre’, quizá nosotros mismos hayamos dicho en referencia a alguien con quien nos sentimos estrechamente vinculados. ‘Hay amigos que son más afectos que un hermano…’ se nos dice también en los libros sapienciales y lo habremos vivido quizás en nuestra propia vida por los lazos tan estrechos que hemos establecido en nombre de la amistad.
Hoy Jesús nos quiere hablar de quienes formamos su nueva y verdadera familia. Han acudido a ver a Jesús su madre y sus hermanos, nos dice el evangelio que ya sabemos que lo de hermanos es una referencia a los familiares cercanos porque así era en la cultura semita y judía que se vivía entonces. Siempre en principio nos sentimos desconcertados ante la reacción de Jesús preguntándose quienes son su madre y sus hermanos. Como decíamos antes no es una minusvaloración de los lazos familiares, no es un rechazo a su madre ni a su familia. Es enseñarnos como ha de abrirse nuestra mentalidad la capacidad de nuestro amor y los grados de comunión que hemos de vivir con los demás.
Nos trasmite el evangelio las palabras de Jesús cuando le anuncian la presencia de su familia. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. No se rompen los vínculos familiares, porque Jesús no viene a eliminar el mandamiento del Señor del amor a los padres. Es una apertura nueva de nuestro corazón y de nuestra vida. Igual que ya se nos había hablado de los que sin nacer de la carne ni de la sangre comenzamos por la fe y la fuerza del Espíritu a ser los hijos de Dios, ahora se nos habla de quienes formamos la familia de Jesús. ‘A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios’.
Es la fe en la Palabra la que por la fuerza del Espíritu nos hace hijos de Dios. Es la fe en esa Palabra que plantamos en nuestro corazón, no solo escuchándola sino poniéndola por obra la que nos hace participes de esa nueva comunión, de esos nuevos vínculos de comunión que a todos nos unen. Así nos tendríamos que sentir, así nos sentimos unidos a Jesús y queremos vivir su misma vida. Así porque nos hemos unidos a Jesús y viviendo su misma vida nos sentimos unidos en el amor con nuestros hermanos.
María sigue siendo para nosotros ese ejemplo de cómo acogemos esa Palabra de Dios; María nos está señalando con su acogida a la Palabra de Dios como nosotros hemos de plantarla en nuestro corazón. Merecería ella la alabanza de Jesús. Que nosotros podamos también merecerla y seamos en verdad la familia de Jesús.


lunes, 24 de septiembre de 2018

El encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás


El encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás

Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

Es verdad, a nadie se le ocurre encender una luz para taparla y no dejar que nos ilumine. Donde hay oscuridad queremos luz, nos valemos de lámparas, buscamos la mejor manera de estar iluminados.
Ya sé que me van a decir  que hacemos juegos de luces, que medio las ocultamos o difuminamos según necesitemos para nuestra ornamentación, que tratamos de disimularla para que no nos dé directamente, que buscamos jugar con los contrastes para resaltar aquello que tengamos en mente. Está bien, todo eso forma parte de nuestra ornamentación, y buscamos nuestros fines y nuestros medios jugando con las luces y las oscuridades, pretendemos hacer algo bello o lograr algo artístico, y entramos en manipulaciones de luces y de sombras, y hacemos juegos para hacernos aparecer algo que se nos presente como algo irreal, ilusorio o imaginativo; incluso en el tratamiento de las imágenes jugamos con la luz y con el resaltar unos nuevos colores que nos transporten a nuevas imaginaciones.
¿Todo esto que estamos diciendo entra en contradicción con lo que expresábamos al principio de nuestros deseos de luz, y de nuestro querer apartarnos de la oscuridad? Cada uno si quiere hágase sus propias conclusiones, pero seguro que permanecen en nosotros esos deseos de luz, de encontrar esa luz y ya nos estaremos refiriendo a algo más que una luz física que nos haga ver con los ojos de la cara para pensar en otra luz interior que nos haga ver con mayor profundidad. Sin embargo muchas veces nos preocupamos más de esa luz exterior que de lo que interiormente podamos necesitar. Y es aquí donde entra el mensaje del evangelio, que nos habla de una luz que nos ilumina y de una luz con la que nosotros también tenemos que iluminar.
Es aquí donde tendríamos que comenzar a pensar en lo que Jesús y el mensaje del evangelio significa o va a significar en nuestra vida, qué es lo que nosotros tenemos que buscar en Jesús y qué es lo que nosotros encontremos en el mensaje del evangelio. Cómo el encuentro con Jesús va a significar el encuentro con la luz y cuando nos sentimos iluminados y envueltos por esa luz tenemos que llevarla también a los demás.
No podemos confundir la luz de Jesús con otras luces que nos engañen. Y es aquí donde tenemos que pensar en las manipulaciones de la luz. Podemos encontrar a nuestro lado quienes manipulen la luz para hacernos vez luces donde no hay sino oscuridad, vez luces engañosas que nos confunden o que nos hacen ver cosas distintas a lo que tiene que ser la verdad de nuestra vida, esa verdad que solo podemos encontrar en el evangelio de Jesús.
Hay muchas cosas en nuestro entorno que nos pueden llevar a esa confusión, que nos pueden hacer ver cosas que no son la autentica realidad y llenan de confusión nuestra vida. Vamos a recibir muchos fogonazos de luces que nos deslumbran y que muchas veces pueden ser demasiado interesados. Pueden comenzar a subrayar cosas que nos llenen de miedos, de incertidumbres, de dudas y que nos puedan hacer pensar que todo está corrompido, que todo está lleno de maldad, que incluso en aquellas cosas buenas que muchos hacen hay intenciones ocultas o cosas que se quieren ocultar para que no nos encontremos con la verdad. Y podemos perder la paz, la serenidad que necesitamos en nuestro espíritu.
Busquemos la verdadera luz, busquemos a Jesús y dejémonos encontrar por El, tengamos un encuentro vivo con el Evangelio y con la Palabra de Dios, dejémonos conducir por el Espíritu divino que nos guía, nos enseña, nos ilumina y nos conduce a los caminos de la verdadera vida.

domingo, 23 de septiembre de 2018

La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono sino el espíritu de servicio y acogida que tengamos hacia los demás


La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono sino el espíritu de servicio y acogida que tengamos hacia los demás

Sabiduría 2, 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Intuimos que se nos quiere decir algo pero no llegamos a captar su sentido, lo que se nos quiere decir; seguimos ensimismados en nuestros pensamientos, en nuestras ideas que por muy claro que nos hablen o nos expliquen no vemos más allá de lo que tenemos en la cabeza; hay como una cerrazón, consciente o inconsciente, en cierto modo como un miedo porque parece que aquello que podemos descubrir nos puede hacer daño, nos puede hacer sufrir, es como una defensa ante lo desconocido en lo que no queremos meternos porque preferimos seguir donde estamos o como estamos.
Nos dice hoy el evangelio que Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos’. Aprovechaba Jesús la soledad de aquellos caminos, apartado de las multitudes que pronto se les unían cuando llegaban a las villas y pueblos de Galilea, para ir explicándoles todo lo que le iba a suceder.
Les hablaba claramente, o al menos eso es lo que nosotros vemos tras el filtro del tiempo y de las cosas ya acontecidas, pero ellos no sabían entender, pero también le daba miedo preguntarles; el miedo a lo desconocido, el miedo a lo que pudiera contrariarles, el mido ante el sufrimiento propio o ajeno. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’.
Cuando ya no están las explicaciones de Jesús ellos van entretenidos en sus conversaciones que manifiestan de verdad lo que son sus deseos, sus intereses, o las ambiciones que encierran en sus corazones. Iban discutiendo por el camino, nos dirá el evangelista. ¿Qué es lo que discutían?
Será Jesús de nuevo el que los haga recapacitar cuando llegan a Cafarnaún y ya están en casa. ‘¿De qué discutíais por el camino?’, pregunta Jesús pero nadie quiere responder. Ahora les da vergüenza. Habían venido discutiendo de quien iba a ser el primero y principal entre ellos. Como los hijos que se ponen a discutir cual será la parte de la herencia que le toque a cada uno cuando el padre se muera, y cual es la mejor y la que aspira a tener cada uno, aunque el padre esté vivo todavía. Son cosas que en muchos aspectos se siguen repitiendo una y otra vez cuando nos dejamos arrastrar por las ambiciones del corazón.
Pacientemente una vez más Jesús se pondrá a explicarles lo que ya tantas veces les había dicho. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Y ¿eso que significa? Pues sencillamente lo que expresan las palabras. La grandeza no está en el aparentar en los primeros lugares. La grandeza no la da un sitio, un sillón o un trono.
La grandeza la llevamos en el alma con la actitud que nosotros tengamos por el amor que sepamos poner en la vida. Por eso lo importante no es ser el más que brilla en medio de oropeles o por tener el dominio sobre las cosas o sobre las personas. La grandeza está en el bien que hagas aunque eso signifique olvidarte de ti mismo. La grandeza está en el servicio y si para servir te tienes que poner por debajo, te tienes que poner en el ultimo lugar, pues ponte allí, que será así como resplandecerá tu grandeza.
Cuánto tendríamos que aprender de todo esto cuando vemos lo que son las ambiciones de la gente que solo busca poder, para imponer, para manipular, para hacer las cosas a su capricho, para buscar su brillo sin importarle el bien de todos, el servicio a esa comunidad o a esa sociedad a la que se deben y que los ha colocado en ese lugar para el servicio del bien común. Pero lo que queremos es que prevalezcan nuestras ideas porque son las únicas que valen, y lo que queremos poner por encima de todo es nuestro orgullo personal. Y no nos importa lo que piense o lo que opine el otro; si es un contrincante lo de él nunca sirve para nada, porque yo soy el que tengo el poder y yo domino y parece que mi verdad será la única absoluta.
Y Jesús a los discípulos les puso el ejemplo de un niño. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Y hoy no nos lo propone como ejemplo de sencillez y de disponibilidad, eso lo hará en otro momento; hoy nos dice cómo tenemos que ser capaces de acoger a un pequeño, a un niño. Eso que parece que no vale nada; así eran considerados los niños en aquella sociedad, que en algunos aspectos no hemos cambiado mucho. Se trata de acoger lo que parece pequeño e insignificante, como es acoger un niño.
Así tenemos que sabernos acoger todos unos a otros, no por su apariencias, los oropeles que les rodeen, o lo que nos parezca que son sus saberes. Es acoger a la persona, aunque nos parezca pequeña; es acoger y respetar a todos, también a los insignificantes de manera que desaparezcan para siempre las discriminaciones; es tener en cuenta al otro y sus opiniones aunque nos parezcan distintas a las nuestras; es saber contar con todos dejando que cada uno sea capaz de poner su granito de arena.
De alguna manera Jesús les está diciendo que de eso es de lo que les hablaba El por el camino aunque ellos no lo entendían ni lo querían entender. El sube a Jerusalén en un camino de servicio y de entrega, aunque eso parezca que signifique sufrimiento, dolor y muerte, pero que es un camino de vida. Será así después de esos momentos de humillación y de pasión cuando de verdad lo van a reconocer como Señor y como Dios. Pero nos dice que ese tiene que ser también nuestro camino.