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sábado, 8 de agosto de 2015

Lléname, Señor, con el don de tu gracia y que nunca pierda mi unión contigo para que sea intensa mi fe

Lléname, Señor, con el don de tu gracia y que nunca pierda mi unión contigo para que sea intensa mi fe

Deut. 6, 4-13; Sal. 17; Mt. 17, 14-19
¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?’ preguntaban los discípulos a Jesús cuando aquel hombre les había traído a tu hijo dominado por un espíritu inmundo, mientras Jesús estaba para el Tabor, y ellos no lo habían podido expulsar.
¿Por qué no podemos conseguir esto?, nos preguntamos tantas veces cuando quizá nos esforzamos por superarnos en nuestras luchas pero no lo conseguimos. Ponemos quizá en un momento determinado empeño, nos hacemos muchas promesas de que vamos a hacer esto o lo otro de esta manera para no enredarnos con nada malo, y viene el momento de la dificultad, viene la tentación y caemos como tontos, no avanzamos, no logramos superar aquellas situaciones, no conseguimos vencen en aquel momento malo. Nos faltó algo, nos fallaron las fuerzas, nos creímos demasiado autosuficientes, pensábamos que nos las sabíamos todas, pero al final nada, tropezamos, no lo logramos, caímos en las redes de siempre; como se suele decir el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y yo diría no dos, sino muchas.
Jesús ya les había dado poder para expulsar los espíritus inmundos cuando los había enviado de dos en dos a anunciar el Reino y en aquella ocasión lo habían logrado; ahora no pudieron y vienen a preguntarle a Jesús qué habían hecho mal, por qué no habían podido. Podíamos decir que Jesús les ayuda a hacer una revisión de vida y la conclusión es que todavía la fe es muy débil. ‘Por vuestra poca fe’, les dice; o como les dirá en el texto paralelo en los otros evangelios, ‘esta clase de demonios solo se expulsa con penitencia y oración’.
Una vez más tenemos que decirnos cómo anda nuestra fe. Podemos tener buenos momentos de fervor, en que nos parece que todo marcha bien, que todo está lleno de luz, que nuestra fe es muy intensa. Pero la fe es una planta muy delicada que tenemos que cuidar mucho. Es un don sobrenatural, por lo que tenemos que reconocer que no es solo cosa nuestra, sino que  tiene que ser apertura por parte de nuestro corazón al don de Dios. Es un regalo de gracia, que tiene que venir muy bien envuelto en nuestro espíritu de oración. Son los mimos de Dios con que tenemos que acoger ese don del Señor.
Y solo si estamos bien fortalecidos en nuestra unión con el Señor podemos conservarla. Y descuidamos fácilmente esa unión con el Señor convirtiendo quizá nuestra oración en una rutina más de nuestra vida; no hacemos de nuestra oración ese encuentro íntimo, vivo y lleno de amor con Dios.
Es el alimento de nuestra fe, no solo porque ahí es donde podemos descubrir profundamente todo ese don del amor del Señor que se manifiesta en nuestra vida, sino que vamos a sentirnos fortalecidos con el Espíritu del Señor que llena más y más nuestra vida, que inunda nuestro corazón a rebosar y que hará que allá por donde vayamos o hagamos lo que hagamos siempre lo vamos a hacer y a vivir desde ese sentido de la fe.
Todo esto me lo digo a mi mismo tantas veces, pero igualmente tantas veces lo olvido y dejo que se debilite mi unión con el Señor y se vea debilitada mi fe. Lléname, Señor, con el don de tu gracia y que nunca pierda mi unión contigo para que sea intensa mi fe.

viernes, 7 de agosto de 2015

La auténtica ganancia en valores es cuando sabemos perder para trabajar generosamente por los demás

La auténtica ganancia en valores es cuando sabemos perder para trabajar generosamente por los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
‘¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?’ Una pregunta que hace pensar; una pregunta que hizo cambiar el rumbo de la vida a muchos, de lo que brotarían muchas vidas santas.
Siempre decimos que tenemos que hacernos una escala de valores en la vida para darle mayor importancia y valor a lo que lo tiene. Claro que cada uno se hace su escala de valores; hay cosas a las que quizá tú das menos importancia, pero por las que otros serían capaces de dar la vida. Así, por supuesto, nos encontraremos con diversas opiniones o diversas maneras de entender la vida. Pero todos deberíamos tener bien claro cuál es nuestra propia escala de valores.
Hoy nos habla Jesús de perder la vida o de ganarla. Todos queremos ganarla, por supuesto, pero Jesús nos está diciendo que hemos de ser capaces de perderla para poderla ganar. Nos podría parecer un contrasentido. ¿Cómo perdiendo vamos a ganar? Hemos de entender muy bien lo que significa para Jesús perder la vida. No es gastarla de manera inútil, como cuando perdemos el tiempo porque no lo sabemos aprovechar. Pero el tiempo lo perdemos también cuando somos capaces de no hacer cosas que nos puedan reportar ganancias materiales a nosotros - eso llamaríamos perder porque no ganamos - pero sin embargo somos capaces de gastarlo por los demás. ¿Cuál sería la verdadera pérdida y la verdadera ganancia? Y es que tendríamos que decir que en todo lo que hacemos generosa y altruistamente por los demás significa en verdad una ganancia de las más auténticas.
Jesús nos está hablando de entregarnos, de darnos por amor. Es lo que El hizo. Va delante de nosotros dándonos ejemplo. Por eso hoy nos hablará que para seguirle a El tenemos que ser capaces de tomar la cruz, ser capaces de negarnos a nosotros mismos. ‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’.
Sin embargo fácilmente vamos obsesionados por la vida por alcanzar grandezas, influencias, honores, riquezas, poder. Queremos ponernos en un pedestal. Vemos en la vida cuántas luchas y cuántos esfuerzos por conseguir esos objetivos. Incluso en aquellas funciones en que se debería estar al servicio de la comunidad porque hayamos optamos por ese puesto o esa función porque tenemos una inquietud interior por hacer que nuestra sociedad, nuestro mundo sea mejor, sin embargo vemos cuántas veces solapadamente o también de manera abierta hay luchas por el poder, por las influencias de todo tipo, por las ganancias materiales.
Vemos cuanta corrupción de este tipo se nos va introduciendo en nuestra sociedad y en los que tendrían que ser nuestros dirigentes. La opción por el servicio cuesta porque es una cosa que hay que hacer de una forma desinteresada, y en nuestro corazón aparecen fácilmente las ambiciones y las vanidades de la vida. Cuánta vigilancia de si mismos han de tener los que quieren servir desinteresadamente a los demás en el servicio de la comunidad. Y es que seguimos queriendo ganarnos el mundo entero, pero, ¿en el fondo así no estaríamos arruinando nuestra propia vida?
Pensemos en lo que nos dice Jesús que nos vale para todas las situaciones de la vida.

jueves, 6 de agosto de 2015

Contemplando la transfiguración del Señor nos sentimos igualmente transfigurados y con su luz queremos transfigurar nuestro mundo


Contemplando la transfiguración del Señor nos sentimos igualmente transfigurados y con su luz queremos transfigurar nuestro mundo

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro 1, 16-19; Marcos 9, 2-10
Contemplamos hoy la transfiguración del Señor en el Tabor para nosotros sentirnos igualmente transfigurados y con esa luz transfiguremos nuestro mundo. Así vengo a resumir el sentido de esta fiesta que hoy celebramos. La experiencia de la transfiguración nos transfigura y es semilla de transfiguración para cuantos nos rodean. Y hemos de decir que si no llegamos a esto es porque nos falta intensidad en esa experiencia de transfiguración.
En la vida suele tener uno en momentos determinados experiencias muy fuertes que nos marcan y dejan huella en nosotros de manera que nuestra vida a partir de ese momento ya no es igual. Un accidente en el que nos hemos visto envueltos y que quizá puso en peligro nuestra vida, un acontecimiento impactante acaecido a nuestro lado o en las personas con quienes tenemos una especial relación, un momento de oscuridad y crisis que nos lo ha hecho pasar mal pero en el que luego se nos abrió una luz que lo cambió todo, el testimonio heroico de alguien a nuestro lado o del que hemos tenido noticias… cosas que nos suceden o que suceden en nuestro entorno y que se convierten en experiencias fuertes en nuestra vida. Fueron para nosotros un rayo de luz que nos hizo ver las cosas de otra manera y ya nuestra vida fue distinta.
Algo así les sucedió a Pedro, Santiago y Juan en lo alto del Tabor de manera que Pedro ya se quería quedar allí para siempre. ‘¡Qué bien se está aquí!’, y ya no quería bajar del Tabor. Jesús les había invitado a subir con El a aquella montaña alta en medio de las llanuras de Galilea. Cuando Jesús se iba a solas a estos sitios apartados es porque buscaba el lugar propicio para la oración y en momentos que iban a ser muy trascendentales en su existencia en medio de nosotros lo vemos que busca esos lugares y momentos para la oración.
Iban a emprender el camino de subida a Jerusalén y ya había comenzado a anunciarles a los discípulos lo que iba a significar aquella subida; era la subida para la Pascua, pero no iba a ser una pascua como la de todos los años en que se contentaban con recordar y celebrar aquella pascua de la salida de Egipto de sus padres. Iba a ser su Pascua, iba a ser el paso definitivo del Dios de la Salvación en medio de la historia de los hombres. Y aquella pascua iba a significar pasión y muerte, porque ya no sería el cordero sacrificado en recuerdo de la antigua pascua, sino que iba a ser la sangre definitiva derramada para la salvación de los hombres; habría pasión y habría cruz, habría muerte pero también se vislumbraba la luz de la resurrección.
Era la oración de Jesús, mientras sus discípulos como siempre andaban medio dormidos porque aun no habían aprendido a entrar en la intensidad de la oración de Jesús. Era la oración que transfiguraba a Jesús y de El emanaban todos los resplandores de su gloria. Aquel Jesús que iba a padecer estaba lleno de la gloria de Dios. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’, era la voz que iban a oír los discípulos mientras ellos también se veían envueltos en la gloria del Señor como se veían todos envueltos en aquella nube que lo cubría todo. Y ellos sintieron sin terminar de comprenderlo del todo la gloria del Señor que les envolvía.
Era una experiencia nueva la que estaban viviendo. Se querían quedar en aquellos gozos y en medio de aquellos resplandores. Pero Jesús les dice que hay que bajar de la montaña, hay que volver a los caminos de la vida, pero ahora iluminados por aquellos resplandores; había que volver hasta los hombres sus hermanos para llevar aquella luz, para transformarlos también con la luz nueva, con lo vida nueva del evangelio que había de anunciar.
No sería ahora, sería más tarde, después que sucediera aquella pascua, después de la resurrección cuando tendrían que comenzar a hablar. Ellos no lo entienden pero acatan la palabra de Jesús. ¿No les había dicho la voz venida desde el cielo que habían de escuchar a Jesús? Es el camino nuevo de transfiguración que van a emprender.
Es lo que hoy nosotros queremos vivir. Tenemos que aprender a subir al Tabor de la oración para tener profundamente esa experiencia de Dios que nos transforme, que nos ilumine, que nos transfigure también a nosotros, que ahora nos ponga en camino para llevar esa luz, para hacer ese anuncio de pascua, para comenzar a transfigurar a nuestro mundo. Tras aquella experiencia los discípulos se sintieron marcados y de una manera especial escogidos y se lanzarían por el mundo hasta sus últimos confines para llevar ese anuncio de Buena Nueva, ese anuncio de salvación.
En esa experiencia fuerte de Dios que tiene que ser nuestra oración de cada día, que tiene que ser siempre nuestra celebración de la Eucaristía también nos sentimos fortalecidos con la fuerza del Espíritu para que se acaben nuestras dudas, para que desaparezcan nuestros miedos y cobardías, para que desterremos de nosotros todo tipo de complejos y temores, para que vayamos haciendo ese anuncio claro y valiente de Jesús y su salvación a nuestro mundo. Con nosotros está, a nosotros nos transfigura y a través de nosotros quiere que se transfigure nuestro mundo para hacerlo imagen del Reino de Dios.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Disponibilidad humilde para la misericordia en nuestro corazón que nos hace experimentar con mayor gozo la misericordia del Señor

Disponibilidad humilde para la misericordia en nuestro corazón que nos hace experimentar con mayor gozo la misericordia del Señor

Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35; Sal 105; Mateo 15,21-28
Aquella mujer era perseverante porque era una mujer de una fe grande. Tenía toda la confianza en que iba a ser escuchada y eso le daba perseverancia en su oración, en su petición aunque en principio no pareciera ser atendida. Lo que la hacía ser una mujer humilde, como humildes son los que se sienten pobres y necesitados. No son exigencias sino es confianza llena de humildad. Se sentía pobre y no digna, pero sabía de quien se confiaba.
Cuánto tenemos que aprender de la mujer cananea. Tenía una hija enferma y sabía que Jesús podía curarla. Pero sabía también cual era la relación que había entre los judíos y los que no fueran tales. Aun así se siente como el cachorrillo que está rondando bajo la mesa esperando que caiga algo de las manos de sus amos. Es la humildad con que acude aquella mujer hasta Jesús. Por eso insiste, persevera en su petición. Iba detrás gritando: ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Hasta los discípulos se convierten en intercesores, aunque solo fuera por quitársela de encima ante tantos lloros y gritos. Pero la fe de aquella mujer se ganará el corazón de Cristo.
Nos recuerda la petición del centurión para que Jesús cure a su criado. También es un pagano el que viene a pedirle a Jesús y en este caso Jesús se ofrece para ir a su casa a curarlo. Pero con la petición y la seguridad de ser escuchado está la humildad de aquel hombre que no se siente digno de que Jesús entre en su casa. ‘Basta una palabra tuya y mi criado quedará sano’, le dice a Jesús. Y Jesús alabará también la fe aquel hombre como es el caso de la mujer cananea. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.
Nosotros, podríamos decir, tenemos todavía muchos más motivos de confianza para acudir a Jesús. Somos los hijos, los que hemos experimentado en nuestra vida tantas veces el amor que el Señor nos tiene. Nos da confianza, pero no nos ha de faltar la humildad. Nos acogemos a la misericordia del Señor porque sabemos que somos pecadores e indignos. Queremos aprender a llenar también nuestro corazón de misericordia para nosotros alcanzar misericordia. Quien experimenta la misericordia en su vida está más capacitado para tener misericordia con los demás; de la misma manera quien tiene esa disponibilidad para la misericordia en su corazón podrá experimentar con mayor gozo la misericordia que tienen con él.
Tenemos que ser capaces de llenar de estos sentimientos el mundo en el que vivimos. Fácilmente nos hacemos duros e insensibles quizá como consecuencia de la dureza de la vida misma; pero hemos de romper ese círculo de insensibilidad y ser capaces de comenzar a poner ternura en nuestras mutuas relaciones. Puede ser que muchas veces choquemos contra un muro de insensibilidad, pero podemos socavarlo con nuestra ternura, con paciencia, poniendo amor, no cansándonos en nuestra lucha porque sabemos que podemos alcanzar la victoria. Es la tan necesaria perseverancia en aquello que emprendamos en la vida.
Y todo esto lo hacemos movidos desde nuestra fe que es capaz de mover montañas, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio. Siempre con la humildad en el corazón como buen carril que nos conduzca a conseguir nuestros buenos deseos.

martes, 4 de agosto de 2015

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36
Jesús siempre viene a nuestro encuentro cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos. Creo que es algo que no deberíamos olvidar. Sobre todo cuando nos sentimos solos o en los peores momentos de nuestra vida. Nos parece que no podemos, que no avanzamos, que no alcanzamos las metas propuestas, pues abramos bien los ojos de la fe y descubramos su presencia; no nos engañemos, no pensemos en fantasmas, como tampoco estemos buscando hechos especialmente milagrosos, porque llega el Señor cuando menos lo esperamos y de la manera quizá que menos pensamos.
Cuantos miedos nos atenazan en la vida que nos hacen perder el pie, perder la paz. Todo se nos vuelve oscuro porque los problemas pueden ser muchos y quizá duros, o porque nos habíamos trazados unos planes que quizá no eran verdaderamente los planes de Dios, sus designios divinos. Y se nos hace difícil ver, se nos hace difícil creer. Nos parece que nos hundimos.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy. Jesús los pone en camino; han de atravesar el lago para ir a la otra orilla; el trayecto se les está haciendo muy costoso, porque los vientos los tienen en contra y el mar, el lago parece que se va a embravecer. Van solos; o al menos eso es lo que ellos piensan. Porque cuando mas dura se les está haciendo la travesía, resulta que Jesús va a su lado, pero no lo saben ver.
Les parece que es Jesús pero les parece también un fantasma; quieren pruebas; Pedro quiere caminar también sobre las aguas como Jesús, pero sigue dudando y sigue teniendo miedo; con dudas y con miedos no se puede tener seguridad, y comenzó a hundirse. Pero allí está Jesús que tiene su mano.
Cuando Jesús está a nuestro lado siempre nos está tendiendo la mano para que tengamos seguridad; siempre nos está poniendo el camino porque no nos podemos quedar siempre en la misma orilla; con Jesús aparecerán iniciativas nuevas, nuevos impulsos, nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor porque no nos podemos quedar en mediocridades, siempre tenemos que tender a más.
‘No tengáis miedo’, les dice Jesús. Y cuando tienen la seguridad de que Jesús está con ellos vuelve la calma; con la seguridad de que Jesús está con nosotros no nos faltará la paz aunque tengamos los vientos en contra, aunque nos sea dificultoso el camino o algunas veces no tengamos por donde salir.
Es la firmeza de nuestra fe. Es la confianza que el Señor despierta en nosotros. Son los nuevos impulsos que sentimos movidos por su Espíritu. Son las nuevas tareas que somos capaces de emprender. Son esas iniciativas que nos sugiere el Espíritu en la tarea de la nueva evangelización. Con Jesús no nos hundimos. Tenemos seguridad. Abramos bien los ojos de nuestra fe para vivir a Jesús que nos sale al encuentro en todo momento, en toda circunstancia, en toda ocasión. Jesús siempre tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad.

lunes, 3 de agosto de 2015

La fe no nos hace desentendernos de los problemas de la vida sino que nos compromete a afrontarlos con valor sintiendo la presencia del Señor

La fe no nos hace desentendernos de los problemas de la vida sino que nos compromete a afrontarlos con valor sintiendo la presencia del Señor

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21
Escuchaba un comentario ayer en una noticia que daban en televisión que me hizo pensar sobre la idea que se tiene de la fe y para qué nos vale tener fe. Estaban haciendo referencia a esos centenares de emigrantes que intentan cruzar de Francia a Inglaterra por el túnel ferroviario del Canal de la Mancha. Y en la noticia se reflejaba en breves segundos - como suelen ser las noticias que tengan que ver con el hecho religioso - que dichos emigrantes habían podido tener unos servicios religiosos en el domingo. Y el comentario decía que así podían olvidar por unos momentos el drama que estaban viviendo.
¿La fe nos sirve para olvidar los dramas y los malos momentos que podamos estar pasando en la vida? ¿La fe es un refugio para olvidar? Triste concepto de fe que según esta idea pretende hacernos olvidar los problemas de la vida. ¿Es para eso para lo que nos sirve nuestra fe?
Creo que es cosa de pensar y pensarlo muy bien. No acudimos a Dios para olvidar la vida que vivimos con sus problemas. Acudimos a Dios y queremos en todo momento cantar su alabanza - en las breves imágenes ofrecidas se veían es cierto los cánticos y los signos con los que querían expresar su fe aquellos emigrantes - porque sentimos el amor de Dios en todo momento cualquiera que sea la circunstancia que vivamos en la vida. Sentimos que en verdad es el Señor de nuestra vida que nos ama y siempre merece nuestra alabanza al tiempo que le invocamos para sentir su presencia y su fuerza.
La fe no nos hace desentendernos de los problemas de la vida, sino todo lo contrario. Un verdadero creyente se siente más y más comprometido en su vida no solo afrontando sus propios problemas con el valor y la fuerza de la gracia de Dios que le acompaña, sino que se siente comprometido con el sufrimiento de los demás y con la problemática de la sociedad en la que vive.
Sentimos nuestros problemas y no cerramos los ojos ante ellos; nos sentimos movidos a afrontarlos con valentía y entereza, ponemos nuestro empeño y todas nuestras capacidades e inventivas, por así decirlo, en tratar de resolverlos, pero en esa fe que tenemos en el Dios que es Padre estamos llenos de esperanza, sentimos su presencia y la fuerza de su Espíritu, queremos no huir u olvidarnos de esos problemas sino afrontarlos sintiendo que Dios no nos abandona. Y lo hacemos con esperanza movidos por esa fe que anima nuestra vida. La fe no  nos adormece sino todo lo contrario nos impulsa con fuerza a luchar, a caminar, a hacer que cada día nuestro mundo sea mejor; la fe nos despierta por dentro para encontrar soluciones, caminos de salida.
Me he hecho esta reflexión, al hilo por una parte de la noticia de televisión y su triste comentario, pero dejándome iluminar por la palabra del Señor. Contemplamos en el evangelio hoy que una multitud grande acude a Jesús; llevan tiempo con él y las provisiones se van terminando; están hambrientos. Jesús no se desentiende ni quiere que sus discípulos se desentiendan. Los discípulos vienen preocupados a decirle que los despida para que vayan a las aldeas donde puedan comprar pan, pero Jesús les dice: ‘dadles vosotros de comer’. No tienen sino cinco panes y dos peces, que por allá un muchacho ha aparecido con ellos según el relato de uno de los evangelistas. ‘Traédmelos’, les dice Jesús.
Aportan lo poco que tienen, no se lo reservan para si; no se contentan con que ya es suficiente con estar con Jesús y no habría que preocuparse de buscar comida para aquella gente hambrienta; no se encierran en si mismos. El estar con Jesús les impulsa a luchar, a buscar soluciones, a despertar en el corazón los buenos sentimientos para compartir, a poner todo lo que son para la solución de los problemas de la vida.
No se trata, pues, de olvidar por unos instantes. Estamos con el Señor y sentimos que el Señor es nuestra fuerza para nuestro caminar.

domingo, 2 de agosto de 2015

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Buscamos a Jesús queriéndonos alimentar de la Sabiduría de Dios que nos lleva por caminos de vida eterna y plenitud

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35
Buscaban a Jesús. ‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ Al no encontrarlo allá donde en la tarde anterior había realizado aquel gran signo de la multiplicación de los panes, habían buscado modo en la mañana de llegar a Cafarnaún. Y aquí se lo encuentran. Y es entonces, la pregunta.
Buscamos a Jesús. ¿Habremos visto nosotros también signos de algo? ¿hay inquietud en nuestro corazón? ¿hay algo que nos ha llamado la atención y nos preguntamos del por qué de las cosas? ¿hay quizá ansias de trascendencia en nuestro corazón? También tenemos que preguntarnos por qué buscamos a Jesús. Ahora mismo estás leyendo esta reflexión. Has ido tantas veces a la Iglesia, o vas a misa todos los domingos o en algunas ocasiones. Hay algo quizá en tu interior que te llama, te hace buscar, te hace hacerte preguntas. ¿Buscamos a Jesús? ¿por qué lo buscamos?
Cuando aquellas gentes de Cafarnaún le están preguntando a Jesús como ha llegado hasta allí porque ellos no le habían visto marcharse, pero luego no lo encontraban, Jesús quiere hacerles pensar, hacer que se pregunten también por qué lo buscan. ¿Sólo por el milagro del que fueron beneficiarios en la tarde anterior? ¿solo porque les curaba a los enfermos? ¿o había alguna otra inquietud en su corazón?
‘Os lo aseguro, les dice, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros’. Algo mucho más hondo tenemos que buscar, aunque algunas veces no sepamos bien lo que estamos buscando. No nos podemos quedar en nuestra relación con Dios en ese milagro fácil que nos resuelva nuestros problemas materiales. Es cierto que también en eso tenemos que acudir al Señor. Pero es algo mucho más hondo lo que El quiere darnos, lo que tenemos que buscar en El.
‘Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre…’ Tenemos que buscar lo que verdaderamente es importante; tenemos que buscar lo que en verdad dé mayor plenitud a nuestra vida, lo que realmente nos haga crecer, lo que verdaderamente nos haga más humanos y más divinos a la vez. Hay valores que son importantes y que no son cosas que podamos palpar con nuestras manos, pero son cosas que nos hacen mejores, que nos hacen encontrar un sentido y un valor a lo que hacemos y a toda nuestra vida.
¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Dónde podemos encontrar todo eso?  Es lo que la gente le está preguntando a Jesús. En cierto modo aunque les cueste entender se están dando cuenta de que es algo más lo que tienen que buscar. Piensan quizá en obras, en cosas materiales, pero Jesús les irá ayudando a que den pasos. ‘¿Y qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?’, se preguntan y preguntan a Jesús.
De entrada es querer dejarnos guiar; no vamos a ser nosotros solos, por nuestra cuenta lo que vamos a encontrarlo. Es la confianza y la fe que hemos de poner en Jesús, en su palabra. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que El ha enviado’. Creer en Jesús. Aunque han visto sus milagros, como sucederá tantas veces a lo largo del evangelio, todavía siguen pidiendo más pruebas. Seguimos pidiendo pruebas, no terminamos de convencernos, no terminamos de abrir los ojos, o de abrir el corazón. Ellos les recuerdan que Moisés en quien habían confiado sus padres cuando salieron de Egipto - aunque también les costó bastante confiar en Moisés - les había dado milagrosamente el maná, el pan del cielo. Y es lo que ahora le recuerdan a Jesús.
Les está ahora descubriendo Jesús que allí hay alguien mayor que Moisés. Es cierto que Moisés en la misión que Dios le había encomendado les había sacado de Egipto y allá en el Sinaí les dio la ley del Señor. Verdadero constructor del pueblo de Dios podemos decir que fue la misión de Moisés. No solo los condujo por el desierto, los liberó de Egipto o los hizo pasar el mar Rojo sino que fue haciéndolos pueblo, haciéndolos comunidad, ayudándoles a descubrir los designios de Dios, la voluntad del Señor.
Pero ahora en medio de ellos está el que viene en nombre del Señor, el Verbo de Dios encarnado que viene a descubrirnos el más profundo rostro de Dios y el verdadero y más profundo sentido del hombre. No son solo unos milagros lo que Jesús viene a hacer; los milagros son signos de lo más profundo que Dios quiere hacer en el corazón del hombre. Jesús viene como Palabra de Dios, como revelación de Dios y en Jesús vamos a encontrar ese verdadero y más profundo sentido del hombre y de la vida.
Ese alimento que Jesús quiere darnos, en ese pan bajado del cielo, es El mismo, porque El es la Sabiduría de Dios, la Revelación de Dios, la Palabra de Dios que se ha encarnado y se ha hecho Emmanuel, se ha hecho Dios con nosotros. Con nosotros está y con nosotros camina, a nosotros nos muestra el amor de Dios y a nosotros nos enseña a amar con ese mismo amor de Dios. Y, ¿cómo podemos hacerlo? Llenándonos de la vida de Jesús, por eso hoy nos dirá -y es principio de lo que seguiremos escuchando en los próximos domingos - que El es ‘el Pan de vida; quien viene a mí no pasará hambre y el que cree en mí no pasará sed’. Ese pan es la Sabiduría de Dios, es el Verbo de Dios, es la Vida de Dios.
Busquemos a Jesús. Sigamos buscando a Jesús. Sigamos queriendo vivir a Jesús.

sábado, 1 de agosto de 2015

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Como aquel hombre sabio que entiende del reino de los cielos y va aprendiendo de lo bueno y de lo malo que sucede en su entorno

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12
Es de persona sabia el ir sacando lecciones de cuanto le sucede en la vida, sea bueno o sea malo. Es un querer aprender, es un deseo de saber y de todo cuanto le va sucediendo querer ir aprendiendo. De lo bueno, para sentir el estimulo de superación de si mismo como de querer aprender de lo bueno que ve en los demás; de aquellas cosas que no son buenas o son verdaderamente negativas para aprender a apartarse de ellas, no dejar que su veneno inocule nuestra vida y nos lleve también a la muerte de lo negativo.
Algunas personas cuando ven en la Escritura santa, en la historia del pueblo de Israel hechos que no son edificantes sino que son realmente pecaminosos piensan que quizá esos textos no tendrían que estar allí; pero hemos de darnos cuenta de que están como ejemplo del mal que existe en la vida, en el mundo que nos rodea y que nos puede envenenar a nosotros mismos y de lo que hemos de aprender la lección para nosotros apartarnos de un mal así.
El evangelio de este día nos narra un hecho realmente desagradable que nos refleja esas malas pasiones que nos pueden arrastrar hacia el mal o esas cobardías en las que podemos caer tantas veces y ante las que nos hemos de prevenir. Es el martirio de Juan el Bautista. Está por supuesto el testimonio de valentía profética del Bautista para denunciar lo mal aunque eso le lleve a la prisión y a la muerte. Pero a contraluz está toda la negatividad de la vida de Herodes.
Está su forma de vivir inmoral al vivir en adulterio con la mujer de su hermano que es lo primero que le denuncia Juan el Bautista; pero está su estilo de vida materialista, sensual, sus banquetes y su forma de vivir de manera superficial; pero están sus temores interiores y sus cobardías, su miedo al que dirán y sus promesas incongruentes de quien está acostumbrado a una vida fácil y superficial que tiene lo que quiere abusando de su poder.
Aparece desde un primer momento su mala conciencia; cuando oye hablar de Jesús, se acuerda del Bautista a quien había mandado decapitar; lo que oye de Jesús despierta su conciencia que ha querido quizá adormecer en su vida insulsa y sin sentido y le vienen los miedos y los remordimientos.
Cuidado nos pasen cosas así, cuando tenemos mala conciencia por aquello que hemos hecho y que quizá queremos acallar de cualquier manera. Si hiciéramos siempre el bien y lo justo no nos aparecerían esas malas conciencias y remordimientos. Pero nosotros sabemos que podemos acudir a quien restaure nuestra vida con el perdón si con humildad nos presentamos con verdadero arrepentimiento; y el arrepentimiento no es solo ese mal momento que pasamos cuando nos damos cuenta que hemos hecho el mal, sino tiene que ser la voluntad firme y decidida de corregir nuestros errores, de cambiar nuestra conducta, de enmendar lo hecho pero también reparando el daño.
Mucho más podríamos seguir reflexionando en torno a esta figura de Herodes para no caer en sus mismos males. Creo que nos damos cuenta de toda esa cadena que como en una espiral sin fin le ha llevado incluso a la muerte del Bautista. Rompamos esa cadena y esa espiral del mal en nuestra vida, revisando, corrigiendo, enmendando, purificando, mejorando con la ayuda de la gracia del Señor. Que no nos puedan las superficialidades de la vida; que no andemos simplemente con el miedo al que dirán; que tratemos de ser siempre justos y de darle verdadera profundidad a nuestra vida.
Seamos ese hombre sabio que sabemos sacar lecciones de la vida que nos valgan para nuestro crecimiento y maduración como personas y como creyentes en Jesús.

viernes, 31 de julio de 2015

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

El sentido de fiesta innato en el corazón del hombre ha de llevarnos al encuentro con los demás y a la alabanza al Creador

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
Podríamos comenzar afirmando que el sentido de fiesta es algo que lleva el ser humano, por así decirlo, impreso en lo más profundo de su ser. Una manifestación de alegría y de gozo compartido que viene como a expresar también sentimientos de gratitud por el bien recibido ya sea de la vida misma o del mismo compartir con los que convivimos. En el creyente este sentimiento de fiesta, de alegría se eleva sobre si mismo para trascender hasta el que es el Creador y Redentor de su vida. Por eso en la experiencia religiosa de todos los hombres siempre ha estado unida la fiesta también a esas expresiones del culto a Dios.
El Levítico prescribe esas fiestas que el pueblo judío ha de realizar a través del año. ‘Estas son las festividades del Señor, en las que convocarán a asambleas litúrgicas’, les dice Moisés. Y señala la fiesta de la Pascua, como la fiesta de las siete semanas - Pentecostés - que es la fiesta de la ley, la de los tabernáculos para recordar su peregrinar por el desierto, la de la expiación. Serán convocados en asamblea; la fiesta nunca tiene un carácter particular o individualista, sino que siempre se ha de realizar en el compartir; y en esas asambleas siempre se dará gloria al Señor en recuerdo de las maravillas que el Señor ha realizado en su pueblo.
Para nosotros cristianos ya para siempre nuestra fiesta es Cristo. Es el motivo y razón de ser de nuestra alegría más profunda en la salvación recibida en el amor de Dios que se nos manifiesta en Cristo. Por eso el centro de las fiestas cristianas es la Pascua, en la que celebramos la pasión, muerte y resurrección del Señor. Pero más aun cada semana, en el primer día de la semana, el día que resucitó el Señor, los cristianos seguimos reuniéndonos en asamblea litúrgica para celebrar la Pascua del Señor.
Qué sentido más hermoso tiene para nosotros el domingo. Es el día del encuentro, del compartir, donde la familia ha de verse reunida cuando durante la semana hemos caminando cada uno en nuestros quehaceres y ahora el descanso dominical nos facilita ese encuentro, pero es también el día del Señor, donde además nos reunimos en asamblea litúrgica para alabar al Señor que nos salva, al Señor que nos ama y que está con nosotros.
Pero también tenemos que reconocer que vamos perdiendo ese hermoso sentido del domingo, y algunas veces mas que momento de encuentro parece momento de dispersión en que cada uno sigue yéndose por su lado; es una lástima que se pierda ese sentido humano de la fiesta que ha de tener el domingo cada semana, como se pierde el sentido familiar, pero también se vaya perdiendo ese sentido religioso y ya a Dios lo hemos aparcado a un lado en el día del Señor, olvidándonos del sentido más profundo que tendría que tener el domingo.
Y algo parecido tendríamos que decir de nuestras fiestas populares, en su origen con un profundo sentido religioso, pero del que queda el recuerdo de que es la fiesta de este santo o de aquella virgen o aquel Cristo, pero que en la mayoría de los que celebran la fiesta eso se queda en un muy postrero lugar. Se sigue con la fiesta, porque el ser humano siente necesidad de expresar esa alegría y ese encuentro con los demás compartiendo sus gozos y sus esperanzas, aunque hemos de reconocer que mucho de eso en su sentido más profundo también se va perdiendo quedándose muchas veces en algo así como una orgía donde se pierde todo sentido.
Creo que los cristianos, los verdaderos creyentes tenemos mucho que hacer y que decir en ese sentido; por una parte para vivirlo nosotros mismos con intensidad, pero también que recuperemos los sentimientos más humanos en nuestras relaciones interpersonales y en la convivencia con los demás, dándole un profundo y sano sentido a nuestra alegría y a nuestra fiesta. Y claro, nosotros creyentes no podemos olvidar ese sentido religioso de alabanza y acción de gracias al Creador.

jueves, 30 de julio de 2015

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Ungidos en el Bautismo para ser templos del Espíritu nos hemos de convertir en signos de la presencia de Dios en medio del mundo

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, decimos con el salmista ansiando entrar en la presencia del Señor.
Aunque muchas veces por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos del Señor y parece que rehuimos su presencia, en el fondo del corazón humano tenemos las ansias de la plenitud de Dios. Buscamos a Dios, queremos sentir su presencia, ansiamos gozar un día de las moradas eternas.
El relato del Éxodo nos describe cómo Moisés fue construyendo el santuario de Dios ‘ajustándose en todo a lo que el Señor le había mandado’; nos lo repite como una muletilla una y otra vez según va poniendo todos los paramentos del santuario del Señor. Dios que los había liberado de Egipto y los había hecho pasar el mar Rojo, como un paso de libertad, y les había dado su ley allá en lo alto del Sinaí estableciendo con su pueblo su Alianza, quiere manifestarles que su presencia permanece para siempre entre ellos. El Santuario donde se manifiesta la gloria del Señor es un signo de esa presencia.
Nosotros también tenemos en medio de nuestro pueblo esos signos de la presencia de Dios en los templos sagrados donde nos reunimos en Asamblea para celebrar la Eucaristía, alimentar nuestra fe y sentir el gozo de la comunión de los hermanos. Con respeto santo nos acercamos a ese lugar sagrado queriendo sentir esa presencia de Dios que se hace gracia para nosotros, porque es un regalo de amor.
Pero también somos conscientes de que el verdadero templo de Dios somos nosotros que para eso fuimos ungidos y consagrados en nuestro Bautismo, para ser esa morada de Dios y ese templo del Espíritu. Dios quiere habitar en nuestros corazones y así en todo momento hemos de saber también sentir su presencia y su gracia de amor. Decíamos antes que por nuestra debilidad y nuestro pecado nos alejamos de Dios, manchamos ese templo del Espíritu que somos nosotros, pero siempre confiamos en el amor y la misericordia del Señor que nos purifica, que restaura esa gracia en nosotros, que nos santifica una y otra vez.
Y una consideración más que nos tendríamos que hacer es que si aquel santuario levantado por Moisés se convertía en un signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo como son también nuestros templos, no hemos de olvidar que por la santidad de nuestra vida también nosotros hemos de ser signos de la presencia de Dios en nuestro mundo. Nuestro amor y nuestra santidad son signos del amor y de la santidad de Dios a la que todos estamos llamados.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!’, recordábamos al principio con el salmista. No olvidemos que somos esa morada de Dios, gocémonos con su presencia.

miércoles, 29 de julio de 2015

Ir al encuentro con el Señor es encontrarnos con la vida

Ir al encuentro con el Señor es encontrarnos con la vida

Éxodo 34,29-35; Sal 33; Juan 11,19-27
Todos queremos vivir, todos buscamos la vida. Parece que algunas veces no sabemos como encontrarla. No es solamente mantener la respirar y que el corazón siga  palpitando. Sentimos que es algo más. Queremos vivir y parece que algunas veces andamos a ciegas. No terminamos de encontrarnos con la vida verdadera. Queremos vivir y buscamos placeres; queremos vivir y nos llenamos de cosas que terminan poseyéndonos a nosotros; queremos vivir y nos mostramos dominantes creyéndonos superiores a todo; queremos vivir y nos dejamos arrastrar por cualquier cosa que nos llame la atención; queremos vivir y nos convertimos en reyes de todo y de todos. ¿Serán esos los caminos que nos llevan a una vida en plenitud? ¿Serán solamente unas pasiones las que nos mantienen con vida? ¿Es cosa solo de sentimientos?
Preguntas difíciles y búsquedas costosas. No nos podemos quedar en lo superficial, solo en lo que brilla y reluce exteriormente. Tenemos que buscar allá en lo más hondo de nosotros. Buscar lo más noble que pueda haber en nuestro interior. Ansiar lo que nos de verdadera felicidad porque nos haga alcanzar una plenitud dentro de nosotros mismos que nada ni nadie nos pueda arrebatar.
Es una búsqueda de un sentido para nuestra vida. Hay cosas que nos suceden que nos llenan de sombras; hay momentos duros que nos parece que nada tiene sentido; nos aparece el dolor y el sufrimiento; los problemas y dificultades que encontramos en las relaciones con los demás nos desestabilizan y nos hacen perder el pie; cuando nos dejamos arrastrar simplemente por nuestro yo, nuestros caprichos y pasiones, al final nos sentimos vacíos porque nada nos llena.
Necesitamos una luz que nos oriente, que nos haga encontrar lo que de verdad nos llene de plenitud; necesitamos encontrar motivos para luchar, para superarnos, para seguir adelante a pesar de los contratiempos; hemos de buscas metas que nos den sentido y orientación a nuestro caminar, porque cuando caminamos sin metas vamos errantes y perdidos; hemos de saber elevar la mirada por encima de todas las sombras de muerte que nos rodean para encontrar la luz verdadera.
Nosotros los cristianos miramos a Cristo. En El vamos a encontrar esa plenitud que buscamos; su vida va a dar un sentido a nuestra vida. No le miramos lejano, sino caminando a nuestro paso; es Dios que se hizo hombre para caminar nuestros mismos caminos, para sufrir nuestros mismos sufrimientos. Por eso nos dirá que es Camino y es Verdad y es Vida.
Hoy en el evangelio vemos a una mujer, Marta, que sufre en medio de las sombras de la muerte, la muerte de su hermano Lázaro sostén de su familia, pero que en medio de sus lágrimas sabe ir al encuentro de Cristo. ‘Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro’. En El no solo va a encontrar palabras, sino que se va a encontrar de nuevo con la vida.
Escuchará que Jesús le habla de resurrección y de vida, la habla de plenitud. Ella cree y espera en la resurrección al final de los tiempos, pero sigue en su mar de dudas porque sigue en el momento presente. Es cuando Jesús le dice que El es la resurrección y la vida, que en El es donde podemos encontrar ya ahora esa vida en plenitud, a pesar de las sombras, a pesar de los sufrimientos, a pesar de los momentos malos por los que podamos pasar. Jesús es la resurrección y la vida, y lo que necesitamos es contemplarlo a El, contemplar su vida, su entrega, su amor hasta el final.
Marta se encontró con la vida no solo porque su hermano Lázaro resucitó sino porque en ella se hizo firme la fe, en ella se mantuvo la línea de su vida del servicio y del amor. Algo nuevo comenzaba a darle un sentido a su vida. Es lo que tenemos que encontrar en Cristo. Por eso como Marta vayamos al encuentro de Cristo, aunque nos cueste, aunque tengamos que salir de muchas cosas de nosotros mismos, y nos vamos a encontrar con la vida verdadera. Se nos acabaran las dudas y las incertidumbres, se apagarán las oscuridades porque se encenderá una nueva luz en nuestro corazón.

martes, 28 de julio de 2015

Somos los hijos que vamos al encuentro del Padre y Dios es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón

Somos los hijos que vamos al encuentro del Padre y Dios es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
‘El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo’. Hermosa expresión para expresarnos la familiaridad en la relación de Dios y Moisés. Una hermosa expresión de la intensidad con que hemos de vivir nuestra oración.
Nos acercamos a Dios y ¿quiénes somos nosotros pequeñas criaturas para entrar en relación con nuestro Creador? Pero Dios en su inmensidad se acerca al hombre, permite que podamos entrar en su conocimiento porque El nos ama y se nos revela. Estamos ante el Misterio y sentimos nuestra pequeñez y nuestra incapacidad. Pero grande es el amor del Dios que se nos manifiesta y se nos revela, el Dios que se hace cercano y podemos sentirlo y vivir su presencia allá en lo más hondo de nuestro corazón.
Aunque Dios se nos revela y es su Espíritu el que anida en nuestro corazón para que podamos así gozarnos de su amor y atrevernos a acercarnos a El, nos sentimos incapaces y no sabemos cómo hacer, como entrar en esa comunión con Dios, cómo mejor hablarle y cómo mejor escucharle, cuando por otra parte tantas veces nos hacemos oídos sordos a su llamada y hasta llegamos en nuestra inconsciencia a rechazar su amor.
Pero Dios se ha hecho Emmanuel, se ha hecho Dios con nosotros para hacernos sentir su presencia, para que nos gocemos de su amor. En Jesús aprendemos toda esa cercanía de Dios y queriendo escuchar su Palabra y seguirle sabemos que estamos entrando en ese camino de Dios, en ese camino que nos lleva a Dios.
Además de contemplar su presencia en Jesús que se hace cercano a todos y a todos nos manifiesta lo que es el amor de Dios, si escuchamos su Palabra iremos aprendiendo cómo Dios quiere habitar en nosotros, cómo puede ser la mejor forma de entrar en relación con Dios con nuestra oración. Jesús nos ha enseñado a orar, nos ha enseñado a llamar a Dios Padre y sentirle y vivirle como tal. Nos concede la fuerza y la presencia de su Espíritu allá en lo más hondo de nuestro corazón para que aprendamos a orar y para que podamos hacer la mejor oración. Y nos dice que si guardamos su Palabra y cumplimos sus mandamientos sentiremos un especial amor del Padre en nosotros y vendrá a habitar en nuestro corazón, en nuestra vida.
Claro que reconociendo con nuestra fe su grandeza y su inmensidad pero reconociendo también y gozándonos de su amor podemos entrar en esa relación nueva con Dios a quien podemos llamar Padre, a quien tendremos que sentir siempre como Padre. Es una relación filial, una relación de amor la que podemos establecer con el Señor en toda nuestra vida. Tendremos momentos de mayor intensidad e intimidad en la presencia de Dios con nuestra oración, pero es que allá donde estemos, allá donde vayamos sabemos que siempre estamos en su presencia y en todo momento puede y debe surgir nuestro corazón esa expresión de amor para con nuestro Dios.
Comenzábamos recogiendo el texto del Éxodo que nos expresaba esa relación de Moisés con Dios con quien hablaba cara a cara como se habla con un amigo. Así y más aún podemos y tenemos que hablar con Dios porque somos los hijos que vamos al encuentro de nuestro Padre, es el Padre lleno de amor que se goza habitando en nuestro corazón.

lunes, 27 de julio de 2015

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Que la levadura del Reino de Dios que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida y fermentados por El transformemos nuestro mundo

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35
Nos habla el evangelio del grano de mostaza o del puñado de levadura, y lo hace para decirnos como es el Reino de Dios, el Reino de los cielos, en expresión del evangelista Mateo. Algo pequeño e insignificante como una semilla que se hace una planta grande; algo muy sencillo aparentemente que parece que no tiene fuerza en si mismo pero que luego hace fermentar la masa.
Como decíamos nos propone Jesús estas parábolas para hacernos comparación o semejanza de cómo es el Reino de Dios; en nuestro pensamiento pudiéramos verlo como algo ajeno o fuera de nosotros; decimos que así es la Iglesia y quizá podemos pensar en algo así como un ente, al que sí pertenecemos pero que no somos nosotros. A mi me gustaría ver esas parábolas como signos de lo que se realiza en mi. El Reino de Dios no es algo ajeno o distante de mi vida, sino que en mi vida tengo que vivirlo; pero aun más podemos que el Reino de Dios es Jesús, Jesús presente en nuestra vida que nos vivifica, nos llena de vida.
Cuando nosotros hemos aceptado a Jesús nuestra vida tiene otro sentido, otro valor. Creer en Jesús no es solo un acto meramente intelectual, por así decirlo, con el que nuestra fe decimos que creemos en El porque aceptamos su existencia o reconocemos el valor y la riqueza de todo su mensaje. De ahí partimos, sí, pero aceptar a Jesús es mucho más, porque aceptar a Jesús es comenzar a vivir su misma vida; esa riqueza de su mensaje no se queda en unas palabras que guardamos en un libro; ese mensaje de Jesús lo hacemos vida en nuestra vida; desde ese mensaje de Jesús queremos vivir de una forma distinta, tal como El nos enseña; aceptando a Jesús nos dejamos transformar por El para vivir como El.
Es lo maravilloso de nuestra fe; es lo maravilloso de nuestro encuentro con El. No nos deja insensibles; una vez que nos encontramos con El ya nuestra vida no puede ser igual, porque en El nos sentimos vivificados. Es la imagen que nos está proponiendo hoy en la parábola de la levadura que fermenta la masa. Aceptamos a Cristo y nuestra vida se fermenta para ser otra vida, recogiendo la imagen. Todo va a tener otro sabor, otro sentido, otro valor. Ya no podemos vivir igual. Es toda la profundidad de transformación que se realiza en nosotros cuando nos encontramos de verdad con El.
Por eso siempre decimos que no es solo saber cosas de Jesús. Lo importante es el encuentro vivo con El. Un encuentro que es un misterio que se realiza en nosotros. De muchas maneras El nos sale al encuentro, viene a nuestra vida; no todos lo experimentamos igual, pero sí es importante que tengamos esa experiencia viva de un encuentro vivo con Jesús. ¿No es lo que vemos en el Evangelio con aquellos que iban a ser sus discípulos? ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ preguntaban Andrés y Juan y se fueron con Jesús. Estuvieron con Jesús y ya inmediatamente salieron también anunciando la buena nueva de Jesús.
Que esa levadura de Jesús que es Jesús mismo penetre profundamente en nuestra vida; grande es la tarea porque fermentados en Jesús tenemos que transformar nuestro mundo.

domingo, 26 de julio de 2015

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

Levantemos la mirada como Jesús y sepamos sentarnos con el que camina nuestro lado para aprender a sentir el ritmo del camino de su vida

2Reyes 4,42-44; Sal. 144; Efesios 4, 1-6; Juan 6, 1-15
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre. Y cuando decimos el hambre del hombre nos referimos, sí, a esas necesidades materiales que sostienen nuestra vida, pero queremos ver más allá en toda la inquietud y el deseo más profundo que pueda haber en el corazón de la persona en la búsqueda de la vida en toda su plenitud. No podemos pensar en Jesús como en quien pasa junto a nosotros pero no nos escucha ni atiende esos deseos de nuestro corazón o esas necesidades de todo tipo que podamos tener latentes ahí en nuestro espíritu.
‘Jesús marchó a la otra parte del lago de Galilea o Tiberíades, nos cuenta el evangelista. Y lo seguía mucha gente porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Jesús contempla aquella multitud que lo seguía. ‘Levantó los ojos al ver que acudía mucha gente…’
Vamos a fijarnos en esos gestos de Jesús en este episodio del evangelio que estamos reflexionando. ‘Levantó los ojos…’ y contempló aquella multitud que allí se apiñaba. No era una mirada cualquiera. Jesús estaba mirando y fijándose en aquellas personas concretas que ante él estaban con sus deseos de estar con él, con sus ilusiones o sus desesperanzas, con sus problemas y sus necesidades, con el ansia de algo nuevo que había en sus corazones.
Levantó los ojos para mirar y para fijarse. Cómo tenemos que aprender a mirar. Miramos tantas veces porque los ojos están abiertos pero no miramos, no nos fijamos, no nos damos cuenta de quien está delante de nosotros. Nos habrá sucedido tantas veces que vamos por la calle ensimismados en nuestros pensamientos y quizá alguien nos para y nos dice que si no nos fijamos en los que pasan a nuestro lado. Vamos a lo nuestro; no estamos pendientes de nadie y pasamos junto a alguien que quizá esté esperando nuestra mirada; pasamos y no nos damos cuenta de las necesidades o de los sufrimientos de aquellos que están a nuestro lado; seguimos nuestro camino y no compartimos ni una sonrisa ni una palabra amable con aquellos con los que nos cruzamos. Vamos demasiado a lo nuestro en los caminos de la vida.
Jesús miró y se dio cuenta de las necesidades de aquellas personas. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’ Estaban hambrientos porque quizá llevaban ya varios días lejos de sus hogares y las provisiones se les habrían acabado. Y Jesús está atento. Quiere encontrar soluciones. Ve la realidad de aquella gente que está sin comer, y ve la realidad de lo poco que ellos tienen. Está enseñando a mirar a los discípulos. No es cuestión de ver cuanta gente hay o la necesidad que tiene, sino que se trata de despertar nuestro corazón para buscar soluciones, buscar caminos de salida a los problemas o necesidades.
Esa mirada de Jesús, esa inquietud de Jesús va a suscitar algo en los demás; que se empeñen en encontrar soluciones; que busquen allí donde pueda haber algo, aunque sea poco y pequeño pero aprendiendo también a valorarlo. Cuantas veces porque no tenemos la solución total en la mano a los problemas nos cruzamos de brazos; que se las arreglen, que otros sean los que ayuden a solucionar, pero nosotros nos desentendemos.
Pero comienzan a abrirse los corazones y comienzan a aparecer las actitudes solidarias, aunque nos parezcan pequeñas o que no dan la solución completa. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos?’ Pero Jesús les pide que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio.
Sentarse juntos que es una expresión de cercanía y una forma de compartir la vida; sentarse juntos que nos enseña a escuchar y a compartir, a mirar de una forma más cercana y a abrir el corazón, a darnos cuenta lo que valen los cinco panes y dos peces de los demás; sentarse juntos que es una forma de detener nuestras carreras y nuestras prisas para saber ir al paso de los demás; cuantas veces en nuestras carreras no sabemos medir el ritmo de la vida de los que caminan a nuestro lado. Antes quizá venía cada uno por su lado porque querían estar con Jesús, pero ahora comienzan a saber estar también con los demás. No son solo los cinco panes y dos peces lo que van a compartir, sino que puede ser una nueva forma de entender la vida, de caminar juntos por la vida, de darnos cuenta de quien con nosotros está haciendo el mismo camino de la vida. Así seremos amables, humildes, comprensivos con nuestros hermanos, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios.
Jesús bendice y da gracias a Dios tomando los panes en sus manos y dándoselos para que los repartieran. Aprender a repartir y a compartir; aunque sea poco, aunque sea pequeña la cantidad. Repartir con generosidad, sin tacañerías, lo que quisieran, lo que necesitaran. Y comieron todos.
Aprendamos a mirar, a ver la realidad de lo que somos y lo que tenemos o no tenemos, a valorar hasta lo que nos parezca lo más pequeño e insignificante, a mirar al que está a nuestro lado y en el que casi nunca nos fijamos; aprendamos a repartir y a repartir sin tacañerías, con generosidad, y también a recoger para que nada se desperdicie.
Es el milagro que nos manifiesta el poder de Jesús, pero es el gran signo que necesitamos para nuestra vida. Si aprendiéramos a mirar a los ojos de los demás y a sentarnos a su lado, a detenernos de nuestras prisas y a abrir más el corazón para escuchar a los demás, qué distinto sería el camino que fuéramos haciendo por la vida. Son inquietudes que llevábamos en el corazón pero quizá de una forma muy callada o muy velada y que ahora pueden ir apareciendo y enseñándonos a tomar nuevas actitudes y nuevas posturas ante los otros.
Jesús quiere saciar siempre toda el hambre del hombre, decíamos al principio. Pero Jesús quiere contar con nosotros. Nos enseña a mirar, a sentarnos en la hierba junto al otro, a escuchar y compartir, a repartir generosamente y a recoger la lección para aprender a caminar de una manera nueva en la vida.