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martes, 30 de junio de 2015

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Nos preguntamos también quién es Jesús porque necesitamos conocerle más y profundizar en la formación de nuestra fe

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27
‘Ellos se preguntaban admirados: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’ Aún siguen preguntándose quién es Jesús, qué hay en Jesús a pesar de todo lo que hasta entonces habían visto, de todo lo que le habían escuchado. No terminaban de conocer a Jesús.
No los juzguemos a ellos sino más bien mirémonos a nosotros. ¿Terminamos de conocer a Jesús? Nos pudiera extrañar que en aquella situación en la que se encontraban de cierto peligro porque al atravesar el lago se había levantado una fuerte tormenta y parecía que la barca desapareciera bajo las olas aun siguieran desconfiando de lo que tendría que significar la presencia de Jesús allí con ellos. Habían visto tantas cosas maravillosas que Jesús había hecho y aun seguían llenos de dudas.
Pero pensemos que a nosotros nos sucede también. Nos decimos creyentes, nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, rezamos y queremos darle culto al Señor, pero cuando viene el peligro y la tentación ¿qué nos sucede? ¿Nos mantenemos firmes para superar aquel mal momento o nos llenamos de dudas, de inseguridades y muchas veces incluso caemos en la tentación y en el pecado?
Sabemos que somos débiles, pero no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor. Conocemos el evangelio y el sentido de vida que Jesús quiere trasmitirnos, pero no somos lo suficientemente fuertes para arrancarnos de viejas costumbres y rutinas, para arrancar de nosotros ese mal que tantas veces dejamos meter en nuestro corazón. Ante nosotros están esos altos valores que nos propone el evangelio, pero seguimos arrastrándonos en nuestros materialismos y sensualidades, seguimos sin terminar de comprometernos por hacer que nuestro mundo sea mejor sembrándolo de las buenas semillas de los valores del evangelio.
Y seguimos con nuestras dudas, sin terminar de ahondar lo suficiente en el evangelio y en el conocimiento de Jesús. Ante cualquier cosa que nos argumenten en contra de nuestra fe muchas veces nos quedamos callados sin saber que responder. Y es que muchas veces nos sucede que no terminamos de tener una sólida formación de nuestra fe. Nos contentamos con saber lo de siempre, no nos preocupamos de buscar cauces para profundizar en nuestra fe.
Ante las ofertas que recibimos de la iglesia, de nuestras parroquias y comunidades para tener encuentros donde profundicemos en nuestra fe los rehuimos porque decimos que no tenemos tiempo, pero que quizás lo que realmente nos falta es ese deseo de formación, de crecer en nuestra fe, de alimentarla y pulirla para que en verdad pueda aparecer resplandeciente ante los que nos rodean. Y luego, claro, nos vienen nuestros miedos, nuestras cobardías, nuestra echarnos para atrás a la hora de compromiso, o el no saber dar respuesta a los planteamientos que nos hagan.
‘¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el agua le obedecen!’, se preguntaban los que iban en la barca con Jesús en aquella ocasión. Pero quizá sea la pregunta que tengamos que hacernos nosotros, pero porque deseemos de verdad conocer cada vez más a Jesús y fundamentar debidamente nuestra fe.

lunes, 29 de junio de 2015

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

A la manera de Pedro se amase fuerte nuestro amor y nuestra fe en Jesús que sabemos que siempre nos ama y confía en nosotros

Hechos  12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
‘El día de hoy es sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella’.
Así comienza san Agustín uno de sus sermones en esta fiesta de san Pedro y san Pablo que hoy celebramos. Con el mismo gozo nosotros hoy también los celebramos y recogemos el testimonio de su vida y de su predicación para alimentar y fortalecer nuestra fe. Es la misión que Jesús le confiara a Pedro, confirmar en la fe a los hermanos.
Pedro el primero que proclamaría ante todos los judíos el día de Pentecostés que Jesús, a quien habían crucificado, Dios lo había constituido Señor y Mesías. El camino había sido largo desde aquel día que su hermano Andrés le anunció que habían encontrado al Mesías allá en la orilla del Jordán porque el Bautista lo había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se había ido tras Jesús para conocerlo, para saber dónde, cómo era su vida. Y Pedro aquel día se había dejado conducir por su hermano y se encontró con la sorpresa que ya Jesús pensaba en él.
En las orillas del lago, entre pesca y pesca, había escuchado al profeta de Nazaret que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a creer en su Buena Noticia. Y allí estando repasando las redes un día había recibido la invitación explicita del Maestro. ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Más tarde, en aquel mismo lago, cuando le había dejado predicar desde su barca y luego había remado mar adentro para echar de nuevo las redes aunque sabían que no habían pesca porque habían estado toda la noche y no habían cogido nada, porque se había confiado de su palabra, quizá sin saber bien por qué, habían cogido una redada tan grande que reventaban las redes. Pero había sido Pedro el que, por así decirlo, había caído en aquella redada, porque ahora de nuevo escuchaba su invitación cuando asombrado no sabía ni que decir ni que hacer ante las maravillas que hacia Jesús. ‘Apártate de mi, le había dicho, que soy un hombre pecador’, pero Jesús le había contestado que de ahora en adelante no iba a ser pescador de aquellos lagos sino de otros mares, porque iba a ser pescador de hombres.
Así poco a poco se había ido amasando su amor por Jesús. Su fe en Jesús iba ya siendo absoluta, aunque mas tarde vinieran momentos de debilidad. Pero ante la pregunta de Jesús si lo conocían bien, él había confesado que era el Mesías el Hijo de Dios. Es cierto que no terminaba de comprender en que consistía su mesianismo porque Jesús hablaba de pasión y de muerte y él más bien quería quitarle esas ideas de la cabeza; otras ideas seguían ronroneando aun en su cabeza. Pero poco a poco comprendería que la grandeza no estaba en mandar sino en servir, y si Jesús la había dicho que sería Piedra de su Iglesia, su misión sería siempre la de ser el ultimo y el servidor de todos.
Pero por Jesús estaba dispuesto hasta a dar su vida, aunque cuando llegara la tentación, porque aunque podemos decir que somos fuertes sin embargo somos débiles, había claudicado negando conocer a Jesús. Había llorado amargamente aquella debilidad de la negación pero con la misma intensidad con que siempre quería actuar se había lanzado al agua para ir al encuentro con Jesús y porfiarle una y otra vez su amor. ‘Tú lo sabes todos, tú sabes bien que te amo’, le había respondido a la triple pregunta de Jesús.
Muchas mas consideraciones podríamos hacernos contemplando el testimonio de Pedro; testimonio que se vería rubricado con su sangre en su martirio. Dispuesto estaba a ir con Cristo y dar su vida por El y así se entregó a la misión que Jesús le había confiado. Cristo que lo había elegido seguía confiando en El. ‘Pastorea mis corderos, pastorea mis ovejas’ le había dicho.
Queremos aprender de Pedro a seguir a Cristo, queremos conocerle y queremos vivirle. Caminamos tras Jesús también con nuestras dudas y con nuestras debilidades. Queremos hacer una confesión de fe en Jesús como la hizo Pedro con sus palabras y con su vida, a pesar de nuestras flaquezas y debilidades, porque Cristo sigue amándonos, Cristo sigue confiando en nosotros. Qué distinto es el amor de Cristo siempre fiel a pesar de que nosotros seamos infieles. No es como el amor de los hombres que nos llenamos tan pronto de desconfianzas.
Queremos seguir a Cristo en esa Iglesia que Jesús confió al cuidado y al pastoreo de Pedro, aunque quizá podamos ver en ocasiones cosas en esa Iglesia que no nos gusten, pero pensamos que detrás de todo está la fuerza del Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia a pesar de los errores de los hombres. Y Cristo sigue confiando en nosotros, porque Cristo sigue amándonos. Que nosotros seamos capaces de proclamar, gritar nuestro amor a Cristo aunque los que nos rodean no nos crean, porque sabemos bien de quien nos confiamos, como lo hizo Pedro.

domingo, 28 de junio de 2015

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Hacemos camino con Jesús que va a nuestro lado para ser luz en todas las situaciones de la vida

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-25; Sal. 29; 2Corintios 8, 7-9. 13-15; Marcos 5, 21-43
Desde la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo nos invita Jesús a hacer un camino o, más bien podemos decir, que es Jesús mismo el que viene a nosotros para acompañarnos en ese camino de nuestra vida para ser luz en esas situaciones concretas que vivimos con su presencia y con su Palabra. Siempre decimos que la vida cristiana es un camino que hacemos, pero que no es ajena a las circunstancias concretas que vivimos en cada momento con sus luchas, sus alegrías, sus sufrimientos, la enfermedad que nos puede ir apareciendo o la misma muerte que un día pondrá fin a esta vida terrena. En cada una de esas situaciones hemos de sentir que Jesús camina a nuestro lado y es nuestra luz y nuestra fuerza.
Se le acerca un hombre, un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo y viene a suplicarle por su niña que está en las últimas. Situaciones de muerte, de oscuridad, como tantas que nos encontramos en la vida. ‘Ven, le suplica, pon las manos sobre ella para que se cure y viva’. Y nos dice el evangelista que ‘Jesús se fue con él’. Había mucha gente, lo apretujaban. Jesús va caminando con Jairo allí donde está la gente, allí donde está la vida de cada día son sus luchas y sus esperanzas, con sus sufrimientos y con sus trabajos.
Como camina con nosotros, allí donde es nuestra vida, también llena de muchas cosas, o quizá vacía de lo más importante; nuestra vida con sus oscuridades, con nuestros deseos y ganas de vivir, también con aquellas cosas que nos hacen sufrir y nos llenan de dudas y nos hacen tambalearnos muchas veces en el camino. Nos agarraríamos a lo que fuera. ¿No nos ha pasado? Buscamos, anhelamos, nos dejamos arrastrar por muchas cosas que pueden ser cantos de sirena, nos llenamos de dudas y nos preguntamos por el sentido de la vida y de lo que somos; unas veces nos creemos importantes y otras veces nos creemos que no valemos nada porque la vida nos puede parecer un sin sentido; en ocasiones nos parece sentirnos solos y se nos cierran los ojos para no ver esa presencia que nos llena de luz.
Una mujer por el camino que se encuentra atormentada en sus sufrimientos a los que no ve ninguna salida - se había gastado toda su fortuna buscando remedios - se acerca a Jesús porque ya es la última esperanza que le queda. Espera el milagro; si es tan poderoso con solo tocarle me quedaría curada, piensa y lo hace. ‘Se acercó por detrás y le tocó el manto’. Y sintió que se transformaba por dentro, pero aún seguían los temores. ‘¿Quién me ha tocado?’ dice Jesús. Y al principio no se atreve a dar el paso al frente. Al final se acercó asustada y temblorosa. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’.
Valora Jesús la fe de aquella mujer. ‘Tu fe te ha curado’. Pero no se ha curado solo su cuerpo. Se acabaron sus temores. Reconoció la maravilla que Dios había hecho en ella. Se llenó de paz. Llegó la salud, pero que no era ya solo la salud de su cuerpo desapareciendo aquellas hemorragias. La salud nueva que tenía la mujer era otra cosa. Se había transformado. Se había llenado de la paz.
Lo necesitamos. En las luchas y los sufrimientos de cada día. No es que se acaben las luchas o los sufrimientos. Es que no perdamos la paz. Es que llenándonos de Dios desde esa fe que tenemos en El, esas luchas o esos sufrimientos tengan otro sentido, otro valor. El cáliz tendremos que pasarlo, aunque pidamos el milagro, pero hemos de aprender a poner nuestras vidas en las manos de Dios y estando Dios con nosotros no nos ha de faltar la paz.  Qué sentido más hermoso hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos, a nuestras enfermedades.
El camino sigue y no nos faltarán sombras. Ahora le anuncian a Jairo que para qué molestar al Maestro porque la niña ha muerto. Todo parece que se derrumba y vuelven a aparecer en la vida toda clase de temores. Nos queda un apoyo que no podemos perder, la fe. ‘No temas, basta que tengas fe’. Es la Palabra de Jesús de la que hemos de fiarnos porque va a ser la única luz que nos va a guiar.
Aunque a nuestro alrededor no lo vean así tan claro y traten de persuadirnos de lo contrario o hasta se burlen de nosotros por nuestra fe. Ante el alboroto que se había formado en la casa - ya habían llegado hasta las plañideras que tenían como función llorar - Jesús les dice que El viene a traer la vida. Que la muerte es otra cosa que lo que nosotros pensamos. Que tendrían que ser otras las sombras que tendrían que preocuparnos y por las que llorar.
‘Se reían de él’, dice el evangelista. Cuántas veces nos sucede así. No entienden de nuestras esperanzas; cuesta entender ese sentido nuevo de la vida que Jesús nos ofrece; nos parece difícil darle verdadera trascendencia a nuestra vida porque nos quedamos solo en lo que podemos palpar con nuestras manos, lo más inmediato. Cuando allí donde todos ven sombras nosotros decimos que hay luz porque hay esperanza, porque hay algo nuevo que se puede hacer, porque tenemos que olvidarnos más de nosotros mismos o de nuestras cosas terrenas para pensar en los demás o para darle ideales altos y grandes a la vida, es algo que no se entiende, nos pueden llamar soñadores o decirnos que estamos locos.
Pero Jesús va caminando a nuestro lado haciéndonos ver esa verdadera luz, ese verdadero sentido; Jesús va a nuestro lado y también no está diciendo, no te quedes postrado, levántate, tienes vida y tienes que llevar vida a los demás. Y Jesús nos toma de la mano, es nuestra fuerza, nos da su Espíritu, nos resucita y nos llena de vida.
Veamos de verdad a Jesús caminando a nuestro lado y todo será luz, todo tendrá un sentido y un valor distinto, no nos faltará la paz, no nos faltará la vida. Qué distinta es la vida; cuánto podemos hacer; cuánto tenemos que hacer. ‘Basta que tengas fe’. Que Jesús alimente nuestra fe. Creemos, Señor, pero auméntanos la fe.

sábado, 27 de junio de 2015

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Vayamos con humildad al Señor con nuestros problemas y necesidades y El se meterá en nuestro corazón dándonos su paz

Génesis 18,1-15; Sal 1; Mateo 8,5-17
Aquel hombre buscaba a Jesús porque quería la salud para su criado, pero Dios se le metió en su corazón. No pedía nada para sí, solo le preocupaba la salud de su criado y buscaba a Jesús. Pero lo hacía con confianza, tenía la certeza de que sería escuchado. Pero iba con humildad.  Y esto es lo que lo hizo grande. No era la importancia de su cargo o su poder; fue la humildad con que acudía a Jesús.
‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús cuando le presenta su petición. Y aparece su grandeza, porque resplandece su humildad. ‘¿Quién soy yo para que entres bajo mi techo?’ Podía manifestar con orgullo cual era su cargo y su importancia; podría sentir el orgullo de que Jesús llegara a su casa, pero sintió que no era digno, se sentía pequeño, reconocía que Jesús era más grande. Bastaba la palabra de Jesús y su criado podría sanar. Todo iba a obedecer a la voz de Jesús.
‘Y cuando lo oyó, Jesús se quedó admirado’ por la de aquel hombre. ‘Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe’. Dios estaba entrando en el corazón de aquel hombre de una manera nueva. No era solo el milagro de la curación del criado lo que iba a suceder. Estaba sucediendo algo más grande que era el despertarse a la fe del corazón de aquel hombre. Era ya una fe distinta, nueva. Y es que Jesús se estaba de verdad enseñoreando del corazón del centurión. La humildad le había abierto las puertas de su corazón a Dios y Dios que se goza en los humildes reinaba en aquel corazón.
¿Cómo acudimos nosotros al Señor? ¿De qué manera vamos a El desde nuestras necesidades? En nuestras angustias, en nuestros problemas, en los agobios de cada día acudimos también al Señor pidiendo su ayuda, pidiendo el milagro de aquellos problemas se nos solucionen, de que podamos salir pronto de aquel momento oscuro y difícil por el que estamos pasando. Y algunas veces hasta nos ponemos exigentes con el Señor en nuestras peticiones. Tienes que ayudarme, poco menos que le decimos, y quizá hasta hacemos una lista de las cosas buenas que en algún momento hayamos hecho.
Quizá nos puede faltar humildad en muchas ocasiones. Queremos que las cosas sean como nosotros queremos y cuando nosotros queremos. Nos olvidamos de los caminos de Dios. Que Dios nos ofrece algo mejor o que más nos conviene. Le pedimos que nos solucione las cosas pero quizá no le dejamos entrar en el corazón. Y El quiere reinar en nuestro corazón. Para eso necesitamos un corazón humilde. ‘Señor, no soy digno…’ pero que digamos esa palabra ‘Señor’ de forma auténtica, porque reconozcamos que El es nuestro único Señor. Necesitamos aprender a decirlo; necesitamos aprender a sentir que El es el único Señor de nuestra vida.
Vayamos con humildad al Señor, sí, con nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones, pero reconozcamos que El es el Señor. Si lo hacemos con humildad nos llenaremos de Dios, El reinará en nuestro corazón.

viernes, 26 de junio de 2015

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Jesús extendiendo la mano hasta el leproso nos está enseñando unas nuevas actitudes que destierren posturas discriminatorias

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4
‘Señor, si quieres, puedes limpiarme… Quiero, queda limpio…’ Se había atrevido a acercarse un leproso hasta Jesús. Y digo se había atrevido porque a los leprosos no se les permitía acercarse a otras personas sanas. La fe lo había llevado hasta Jesús. Estaba seguro que Jesús podía curarlo, pero con humildad se acerca hasta Jesús para suplicarle ‘si quieres, puedes limpiarme’. Y Jesús había querido. ‘Jesús extendió la mano y lo tocó’. Mucho quiere decirnos este gesto de Jesús.
Un momento del evangelio que nos llena de esperanza, de confianza, que levanta nuestra fe, que nos hace confiar en el Señor. Un momento del evangelio que también puede suscitar muchos interrogantes en nuestro interior, que nos puede mover a actitudes, posturas, una nueva manera de actuar.
Acudimos a Jesús con nuestra lepra, con nuestras limitaciones, con nuestro pecado. Fea puede ser nuestra vida, como repugnante a los ojos de los sanos podía ser la presencia de un hombre enfermo de lepra, y más en las condiciones de la época. Era, sí, la fealdad de su cuerpo destrozado; pero era la situación marginal en que vivían los leprosos. Con nuestro pecado hemos manchado nuestra vida; con nuestro pecado estamos haciendo tantas rupturas en nosotros mismos, con Dios, con los demás.
Pero podemos acudir a Jesús que siempre nos va a recibir, nos va a acoger; en El está el amor y la misericordia. Tenemos que romper ese círculo que nos aísla con nuestro pecado; tenemos que decidirnos por acercarnos a Dios para acercarnos también a los demás. Nos puede costar; encontraremos muchas trabas. Pero miramos los ojos de Jesús y sabemos que El nos acoge y nos da fuerzas.
Pero quizá este texto puede interrogarnos también por los círculos que nosotros creamos, los aislamientos que podemos crear en los demás, las discriminaciones que pueden marcar nuestra vida y nuestras relaciones con los otros. Podemos marcar, señalar a aquel que fue o que hizo; a aquel que es o que tiene esos comportamientos; a aquel en quien ya, decimos, no podemos confiar; a aquel que no nos parece digno; a aquel con quien no nos queremos mezclar y no queremos que nos vean con él. Y aislamos, discriminamos, separamos…
¿Hemos pensado cuanto sufrimiento podemos estar causando a otros con posturas así? Es duro para quien se siente discriminado. Y esto puede suceder en muchos ámbitos de la sociedad y también de la Iglesia. A ras de la vida de cada día, o también quizá desde las alturas desde donde se pueden imponer normas y reglamentos. Nos puede suceder también a nosotros que nos creemos buenos y cumplidores de siempre.
‘Jesús extendió la mano, lo tocó y lo curó’. Aprendamos a extender también la mano. Nos hacen falta unas actitudes nuevas, unos gestos renovadores. Que en verdad la Iglesia se muestre como la madre de la misericordia que nos manifiesta lo que es la misericordia del Señor. Habrá que revisar cosas, actitudes, comportamientos, leyes y reglamentos. Tenemos que ser siempre para los demás esos signos de la misericordia del Señor. Quizá no siempre lo somos.

jueves, 25 de junio de 2015

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Cultivemos una verdadera espiritualidad que dé fundamento firme para mantenernos seguros en las tormentas de la vida

Génesis 16, 1-12. 15-16; Sal 105; Mateo 7,21-29
Algunas veces en la vida nos sucede que parece que todo se nos derrumba, las cosas no nos salen bien, todo lo vemos negro, o nos aparecen dificultades y problemas con los que nos vemos como abocados al fracaso. Son momentos que se nos convierten duros, momentos de inestabilidad, momentos en que todo lo vemos turbio y nos parece que no tenemos salidas. Nos sucede con los problemas de la vida ordinaria, nuestros trabajos o nuestros negocios, nos puede suceder en el ámbito de la vida familiar, o nos sucede allá en el interior de uno mismo por los problemas personales o espirituales que uno pueda tener.
Aunque sean momentos difíciles es cuando se ha de manifestar lo que es la verdadera madurez de nuestra vida, que además esos mismos problemas nos van a ayudar a encontrar el verdadero fundamento donde hemos de asentar nuestra existencia. Son momentos quizá de analizar con serenidad lo que nos pasa en una reflexión que nos hagamos sobre el rumbo que le hemos dado a nuestra vida, o quizá aquellos verdaderos fundamentos que debíamos de haber tenido pero que quizá abandonamos o le dimos la importancia que tenían, por lo que nos aparecieron esas arenas movedizas bajo nuestros pies que nos pueden hacer caer y arrastrar.
Qué importante que nos tomemos la vida en serio, que no abandonemos aquellas cosas que son fundamentales para nuestra existencia; que importante que no nos dejemos arrastrar por la corriente de la comodidad, de la rutina, de lo que todos hacen que nos lleva a debilidades y enfriamientos que nos pueden hacer terminar mal. Y esto que estamos diciendo nos vale para todos los ámbitos de nuestra existencia desde lo que pudiéramos considerar más material o a esas cosas que dan ese fundamento espiritual a nuestra vida.
Me hago esta reflexión desde lo que hoy nos dice Jesús en el Evangelio. No nos bastan bonitas palabras, sino darle un fundamento importante a nuestra vida. El nos dice hoy: ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo’. Y a continuación nos pone el ejemplo de la casa edificada sobre arena o sobre roca. Solo la que está bien fundamentada sobre roca no se irá a la ruina cuando vengan las tormentas. Hemos de edificar nuestra vida sobre roca, buscando esos principios fundamentales, esos verdaderos cimientos de nuestra existencia que nos harán mantenernos firmes.
Por eso es tan importante cultivar una verdadera espiritualidad en nuestra vida. Profundicemos en el Espíritu del Señor; que el penetre nuestros corazones e inunde nuestra vida con su gracia. Que esa Palabra de Dios que escuchamos cada día nos haga encontrar ese verdadero cimiento para nuestra existencia. Que mantengamos íntegra y firme nuestra fe, una fe que hemos de cuidar, de cultivar, de fortalecer continuamente, apoyándonos de verdad en el Señor. Que se manifiesta así nuestra verdadera madurez humana, espiritual y cristiana para mantenernos firmes y no dejarnos arrastrar por esas tormentas que nos pueden aparecer en nuestra vida.

miércoles, 24 de junio de 2015

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Alegría en el nacimiento de Juan, la voz que nos anuncia la Palabra y nos prepara para encontrar al que es Camino, Verdad y Vida

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos, 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban… corrió la noticia por la montaña de Judea y todos se llenaron de alegría bendiciendo a Dios’. Así nos describe el evangelio el gozo de la gente en el nacimiento de Juan. Imagen quizá también de la alegría que se vive en nuestros pueblos en la fiesta del Bautista, unida a muchas tradiciones ancestrales, muchas veces llenas de magia y con residuos de paganismo, pero que hemos de saber reconducir en nosotros para vivirlo con pleno sentido.
Los vecinos y parientes veían una bendición del Señor en el nacimiento de aquel niño en unos padres ya mayores. Zacarías que había escuchado al ángel y había recibido la revelación del Señor podía con mucha mayor hondura comprender el significado del nacimiento de su hijo y encontrar los verdaderos motivos para la acción de gracias al Señor. Nosotros, conocedores también de la revelación del Señor al conocer su palabra, hemos de encontrarle también el verdadero sentido de la fiesta y de la alabanza al Señor.
‘Será grande a los ojos del Señor’, le había dicho el ángel a Zacarías, porque vendría ‘con el espíritu y el poder de Elías preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Ya lo había anunciado el profeta Malaquías. ‘Enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor grande y terrible. Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres…’ Es lo que ahora le ha repetido el ángel a Zacarías en el templo.
Es la misión del bautista, preparar los caminos del Señor. ‘A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a los pueblos la salvación, el perdón de los pecados’, cantaría Zacarías cuando se le soltó la lengua y bendecía al Señor.
Así bendecimos a Dios en el nacimiento de Juan. La liturgia nos lo sitúa en este día, seis meses antes del nacimiento de Jesús para indicarnos también en nuestra celebración su misión y cómo nosotros hemos de prepararnos para el nacimiento de la salvación. Juan es la voz y nosotros esperamos la Palabra que nos anuncia; Juan es el precursor que nos señala los caminos y nosotros hemos de encontrar el verdadero camino que será encontrarnos con Jesús; Juan es el profeta que denuncia el mal y señala el camino de la verdad, para que nosotros nos purifiquemos y encontremos al que es la Verdad y la Vida y así nos llenemos de su salvación.
Celebremos al Bautista que vino a purificar los corazones, nosotros que hemos sido ya bautizados en el verdadero bautismo que nos solo nos purifica sino que nos da nueva vida. Juan fue testigo de la teofanía divina que señalaba a Jesús desde el cielo como el verdadero Hijo de Dios lleno del Espíritu Santo; nosotros podemos sentir esa teofanía en nosotros porque también el Espíritu divino se ha derramado en nuestros corazones llenándonos del amor y de la vida de Dios que a nosotros también nos hace hijos.
¿Queremos mayores motivos para la alegría y para la fiesta? Es que estamos contemplando como se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor; Juan es el anuncio de de esa entrañable misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros porque nos visita la luz que nace de lo alto y viene a iluminar nuestras tinieblas para que para siempre tengamos la luz de Dios en nosotros.

martes, 23 de junio de 2015

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Valoremos con valentía el evangelio que queremos vivir y da sentido a nuestras vidas siendo testigos de nuestra fe

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
¿Valoraremos nosotros suficientemente el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas? ¿Valoraremos suficientemente nuestra fe?
El otro día le aconsejaba a un amigo que me preguntaba por ciertas competencias entre profesionales que le diera valor a su trabajo, que no se trataba de hacer rebajas así como así a la hora de manifestar el valor de lo que hacía, y esto también en referencia a su valor pecuniario. Era importante lo él hacia y quería hacerlo bien y con todo la mayor honradez y profesionalidad, y eso había de tenerse en cuenta.
Pudiera parecer que esto no tiene relación con las preguntas que nos hacíamos al principio de la valoración que hacemos del evangelio y de nuestra fe. Lo cuento a manera de ejemplo, porque si en la vida, en nuestra profesión, en lo que hacemos hemos de darle el valor que tiene a cada cosa, ¿por qué no hemos de valorar también nuestra fe y la vivencia que queremos hacer del Evangelio?
Me pregunto esto, porque a veces nos puede suceder que vamos como ocultando lo que es nuestra fe y lo que son nuestros valores, nos podemos sentir acobardados ante la oposición que nos encontramos enfrente, o porque los que nos rodean, la sociedad en la que vivimos lo de ser religioso, lo de ser cristiano pareciera que no es políticamente correcto, como hoy se suele decir. Efectivamente hay ocasiones en que nos parece que vamos nadando contra corriente, pero no hemos de temer, sino todo lo contrario, hemos de sentirnos con mayor valor, con mayor empuje y entusiasmo en lo que hacemos, en lo que es nuestra fe.
Quizá por eso no convencemos, porque parece que andamos con miedo a la hora de expresarnos, de manifestar lo que son nuestros principios. Tenemos que presentarnos seguros y convencidos en lo que creemos, en lo que es nuestra vida y así tenemos que presentarnos ante el mundo. Si con ese convencimiento y valentía, a pesar de nadar contracorriente, nos presentamos ante el mundo, quizá se interrogarán de nuestro convencimiento; si nos manifestamos seguros y alegres en nuestra fe, podrán preguntarse donde está esa fuerza con la que nos presentamos, o de donde sacamos esa fuerza.
Los testigos son los que convencen. Eso hemos de ser nosotros ante la sociedad que nos rodea, testigos convencidos de Cristo y de su Evangelio, porque además lo queremos llevar con orgullo plasmado en nuestras vidas. Valoremos nuestra fe, valoremos el evangelio que queremos vivir y que da sentido a nuestras vidas.

lunes, 22 de junio de 2015

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

El evangelio es vida y siempre nos trae la buena noticia del amor con el que mutuamente hemos de relacionarnos

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5
Bien sabemos que el evangelio tiene que traducirse en cosas concretas de nuestra vida de cada día, porque el evangelio no es solo un relato de historias bonitas que nos sean agradables en nuestra lectura y nos puedan entretener. El evangelio es vida y el mensaje que nos trasmite Jesús tiene que ser siempre buena noticia para nuestra vida; una buena noticia que nos trasforme, una buena noticia que nos llene de vida, una buena noticia que nos ponga en camino de actitudes nuevas y de acciones concretas de amor que hemos de vivir cada día.
La buena noticia de Jesús está transida de amor; es un mensaje de amor porque del anuncio que se nos hace del amor que Dios nos tiene pero que nos está pidiendo además una respuesta de amor; una respuesta de amor que, repito, se ha de traducir en esas cosas que cada día vivimos en nuestras responsabilidades personales y en nuestras responsabilidades que tengamos con los demás, ya desde el seno de nuestra familia, ya en el ámbito de nuestras obligaciones y trabajos, ya en nuestra vida social y en las relaciones que mantenemos con los demás.
Pero esas mutuas relaciones muchas veces se pueden ver enturbiadas porque siempre nuestro corazon no es limpio, porque podemos encontrar en los demás actitudes, posturas o acciones que no nos parezcan correctas, porque el mal muchas veces se nos va metiendo por dentro y nos hace flaquear en nuestra manera de ver a los demás, o en lo que hacemos que no siempre es correcto y podemos hacer daño a los otros.
De ahí que es necesario que en ese amor que nos tengamos mutuamente sepamos aceptarnos, pero sepamos también tendernos la mano para ayudarnos mutuamente a caminar juntos. En ese amor nos decimos humildemente las cosas, nos corregimos, nos ayudamos. Pero nunca desde la altura de nuestro orgullo o nuestro considerarnos mejores, sino siempre sabiendo reconocer que también en nosotros puede haber cosas que no son buenas. Es la actitud de humildad y de sencillez que ha de guiar nuestras relaciones.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio enseñándonos cómo tenemos que hacernos esa corrección que nunca puede estar guiada ni por el orgullo ni la superioridad, el juicio o la condena, sino siempre en la humildad, la verdad de nuestra vida y el amor. Por eso nos dice: ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

domingo, 21 de junio de 2015

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Vayamos a la otra orilla sin temores ni cobardías, aunque salgamos malheridos, pero tenemos muchas heridas que sanar

Job 38, 1.8-11; Sal. 106; 2 Cor. 5, 14-17; Mc. 4, 35-40
Habíamos escuchado a Jesús decirle a quienes querían que fueran sus discípulos ‘vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y luego vente conmigo’; ‘tú, sígueme’, le dijo a Felipe cuando se lo encuentra de camino; y a los pescadores que estaban con sus barcas y con sus redes les había dicho ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, y ellos dejándolo todo le siguieron. Y ya sabían que al irse con El que ‘las aves del cielo tienen sus nidos y las fieras del campo sus madrigueras, pero el Hijo del Hombre no tenía donde reclinar la cabeza’.
Pero ahora le escuchamos decir, podemos adelantar que como un anticipo de lo que sería su envío final, ‘vamos a la otra orilla’. Y dice el evangelista que ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban; y otras barcas lo acompañaban’. ¿Se lo llevaron o más bien sería El quien se los llevaba a la otra orilla atravesando el lago? Había sido El quien les había dicho ‘vamos a la otra orilla’.
Nos puede recordar cuando Dios llamó a Abrahán para que saliera de su tierra y fuera a la tierra que Dios le señalase. Podemos recordar cuando Dios se manifiesta en el monte a Moisés y lo envía a que baje de nuevo a Egipto que allí tiene una misión importante que realizar, ha de liberar al pueblo de la opresión del Faraón.
Abrahán se dejó conducir poniéndose en camino hacia lo desconocido porque no sabía bien a donde le llevaría aquel camino; Moisés impresionado por la visión que había tenido de Dios se había puesto en marcha, aunque sabía que la misión que se le encomendaba era difícil. Ahora también los discípulos se fueron con El a la otra orilla, como les había invitado.
Alguno quizá podría haber preguntado ¿y a qué nos vas a llevar a la otra orilla? Aquella es la región de los Gerasenos, podía comentar alguno, y quizá no seríamos bien recibidos, como ya sucediera en otra ocasión. ¿Has pensado bien cómo está el lago y que quizá se nos puede levantar una tormenta mientras lo atravesamos? Podría replicarle alguna que fuera entendido en las cosas de aquel lago tan propenso a repentinas tormentas. Alguno pensaría que no iban preparados para pescar y entonces para qué dar ese paseo. Nos podemos imaginar todas esas dudas que podrían surgir en el interior de los discípulos, aunque nada nos diga el evangelio porque ellos se fueron a donde El les decía o más bien como dice el evangelista ‘dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaban’. Aunque nosotros bien sabemos ya lo sucedería después.
Quiero quedarme en mi reflexión ahora en esa invitación de Jesús que puede ser también la invitación que nos está haciendo hoy. ‘Vamos a la otra orilla’. Al final del evangelio, antes de la Ascensión, los enviaría por el mundo con la misión de anunciar el evangelio a todas las gentes. Y hemos de reconocer eso es lo que han hecho los discípulos de Jesús a lo largo de los siglos repartidos por todo el mundo anunciando el evangelio. A la otra orilla, a los confines del mundo, parten los misioneros en nombre de la Iglesia, con el poder de Jesús para hacer el anuncio del Evangelio.
Pero hoy nos dice ‘vamos a la otra orilla’, que no significa quizá tener que irse a los confines del mundo, sino a la otra orilla, al otro lado de la calle, a los barrios más alejados de nuestras ciudades, a los lugares también inhóspitos que hay en nuestro entorno; y no son los lugares, son las personas, es ese ambiente que nos rodea, es ese mundo que aunque se llame cristiano quizá está tan lejos del mensaje de Jesús. Es ese mundo de increencia que nos rodea, son esos lugares difíciles o esas personas que nos pueden parecer conflictivas porque todo lo cuestionan, porque siempre están a la contra, a los que les cuesta aceptar a la Iglesia.
Quizá también nosotros podemos tener nuestros miedos y nuestras dudas en nuestro interior. Para qué lanzarnos a ese mundo incierto, pensamos quizá, vamos a tratar de mantener los que tenemos. Y son nuestras comunidades con poco espíritu misionero, que se vuelven rutinarias, cómodas, con pocas iniciativas, con poco coraje, que nos quedamos siempre en lo mismo y que nos cuesta salir de nuestras comodidades, de nuestras rutinas. No nos atrevemos, nos da miedo por lo incierto o porque lo que tememos que nos vamos a encontrar, las tempestades que puedan surgir.
El Papa nos lo está recordando continuamente que no nos podemos quedar encerrados siempre en lo mismo, que tenemos que salir, ir las periferias de la sociedad o a las periferias de la Iglesia. Es arriesgado porque nos podemos encontrar tormentas y puede que algunos salgamos machacados. Y quizá Jesús también tenga que decirnos ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis? ¿Por qué tenéis miedo?’ El nos ha prometido la fuerza y la asistencia de su Espíritu, pero no nos lo terminamos de creer y por eso seguimos con nuestros miedos, nuestras rutinas, nuestras cobardías, temiendo la tormenta que puede llegar y en la que nos pueda parecer que Jesús está dormido.
El está en medio de nosotros y no nos falla. Avivemos nuestra fe. Avivemos ese espíritu misionero; podremos salir malheridos, pero es que tenemos a tantos heridos que curar, tenemos tanto que hacer. 

sábado, 20 de junio de 2015

Humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia sintiéndonos seguros en el Señor


Humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia sintiéndonos seguros en el Señor

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34
La fábula nos habla de la hormiguita que no cejaba en su empeño de ir guardando cada día en su granero para cuando llegara el invierno mientras la cigarra no paraba de cantar cada día sin preocuparse de hacer acopio de lo necesario para cuando llegaran los tiempos difíciles y de escasez. El mensaje de la fábula pretende enseñarnos cómo hemos de preocuparnos de nuestra responsabilidad de cada momento también pensando en el futuro y cómo no podemos desentendernos de nuestros trabajos y responsabilidades.
Pero el cumplimiento de nuestras responsabilidades no se puede convertir en un agobio. Responsables, sí, porque tenemos un mundo en nuestras manos, con unos valores, con unas responsabilidades, con una tarea que realizar, comenzando, si queremos decirlo así, por el desarrollo de nuestra propia vida personal, pero también nuestra familia, pero mirando al mismo tiempo ese mundo que nos rodea, esa sociedad en la que convivimos y donde tenemos también que dejar nuestra huella.
Pero el cumplimiento de nuestras responsabilidades no nos ha de hacer perder la paz, porque es cierto que tenemos que valorarnos a nosotros mismos, confiar en nuestras capacidades, pero también sabemos que tenemos nuestra vida en las manos de Dios. Por otra parte tampoco podemos convertir esos medios materiales de los que nos valemos en el desarrollo de nuestra vida en dioses de nuestra existencia. Es lo que nos puede suceder si vivimos en ese agobio del tener, de la riqueza, de esos medios materiales como si fuera lo único importante de nuestra vida.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que ‘Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’. Y también nos dice que ‘No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir’. Por eso terminará diciéndonos que sobre todo busquemos el reino de Dios y su justicia; que lo demás se nos dará por añadidura. ‘Por tanto, nos dice, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos’.
Responsables, sí, pero sin agobios, porque busquemos primero lo que en verdad merece la pena. Precisamente mientras reflexionaba sobre todo esto me llego un mensaje que me decía que ‘la grandeza de las personas no se mide por dinero, estudios ni belleza… sino por la lealtad de su corazón y la humildad de su alma…’
Cuando humildes nos ponemos en las manos de Dios y nos confiamos en su providencia nos sentiremos seguros en el Señor; en El tenemos nuestra fuerza y nuestra vida.

viernes, 19 de junio de 2015

Busquemos el verdadero tesoro que va a llenar de sentido y plenitud nuestra vida


Busquemos el verdadero tesoro que va a llenar de sentido y plenitud nuestra vida

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23
Todos en la vida tenemos nuestra propia escala de valores aunque quizá no siempre usemos esa terminología. Pero todos le damos más importancia a unas cosas que a otras. Hay cosas por las que estaríamos incluso a dar la vida o dar todo lo que tenemos por conseguirlo y hay otras cosas que aunque podamos considerar buenas no son tan importantes para nosotros y las dejamos quizá en un segundo plano.
¿Cuál es realmente nuestra escala de valores? ¿Qué es lo que consideramos más importante en la vida? Miramos en  nuestro entorno fijándonos en las cosas por las que lucha y se afana la gente y vemos que es bien diversa esa escala de valores. La familia, el hacer el bien, el preocuparnos por los demás o la sociedad en la que vivimos, el pasarlo bien sea como sea, la felicidad, el poseer cosas, el tener una buena casa, el mejor coche, el viajar, el tener amigos… podíamos hacer una lista interminable de cosas que la gente - nosotros también - consideramos importante. ¿Qué es lo que nos hace felices?
Hoy Jesús en el evangelio quiere que miremos a lo alto, que trascendamos nuestra vida, que no nos quedemos en el ras de tierra, que busquemos principios que verdaderamente merezcan la pena, que busquemos la felicidad donde en verdad podamos encontrarla. Y esto tiene que hacernos pensar. ¿Qué es lo que nos dará la verdadera felicidad?
No nos podemos quedar en cosas efímeras, en flor de un día, sino que tenemos que buscar lo que verdaderamente nos de hondura y lo que pueda ayudar a quienes nos rodean, empezando por nuestra familia y las responsabilidades que en ella tenemos, a que le den esa verdadera hondura en la vida. Son esos principios, esos valores que hemos de tener por los que luchar y que van a marcar el sentido de nuestra vida.
Jesús nos habla hoy de tesoros en el cielo, contraponiendo ese afán de poseer, esa avaricia de las riquezas o de la posesión de cosas en la que podemos caer. Por ahí está por medio, sí, el dinero y las riquezas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. ‘No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’.
Y vaya si hemos de tener cuidado con esa avaricia de la vida, o ese materialismo en el que podemos caer, o esa superficialidad que nos puede hacer ir de un lado para otro sin saber bien lo que queremos, o ese sensualismo del que empapamos nuestra vida pensando que hay que disfrutar de todo, probar de todo porque como dicen algunos la vida son dos días y hay que aprovecharlos.
Busquemos los verdaderos valores; busquemos lo que de verdadera trascendencia a nuestra vida; miremos bien lo que hacemos para que dejemos buena huella en los que nos siguen o en los que nos rodean; démosle hondura y espiritualidad a nuestra vida; miremos a lo alto poniendo nuestro pensamiento en Dios, nuestro Creador y nuestro Padre; busquemos lo que de verdad va a llenar nuestro corazón; pensemos bien donde ponemos nuestro corazón y cuales pueden ser sus apegos, porque allí donde esta nuestro tesoro está nuestro corazón. Busquemos el verdadero tesoro que puede llenar nuestra vida.

jueves, 18 de junio de 2015

‘¡Señor, enséñanos a orar!’, enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor


‘¡Señor, enséñanos a orar!’, enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15
En otro lugar del evangelio los discípulos porque ven con frecuencia orar a Jesús - ¡cómo sería aquella oración que de tal manera los impresionaba!  - le piden que les enseñe a orar. En este evangelio Mateo nos sitúa la enseñanza de Jesús sobre la oración en el marco del sermón de la montaña, porque aquí quiere recoger el evangelista lo que viene a ser lo programático del mensaje de Jesús. De ahí que en este marco nos deje la enseñanza fundamental sobre la oración.
Y Jesús comienza diciéndonos que para orar no necesitamos muchas palabras. ‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis’. Con la enseñanza de Jesús podríamos decir que una sola palabra basta, llamar a Dios ‘Padre’. Ahí está todo encerrado. Por ahí tendríamos siempre que comenzar. Es la primera expresión de fe y de amor que tendríamos que decir. Mas que decir creo que lo que tendríamos es que sentir.
Decir ‘Padre’. es sentirnos amados porque somos hijos; decir ‘Padre’ es llenarnos de confianza; decir ‘Padre’es ponernos en las manos de Dios; decir ‘Padre’ es decir que queremos amar; decir ‘Padre’ es comenzar a mirar a Dios con nuevos ojos, con los ojos de un hijo que se siente amado; decir ‘Padre’ es comenzar a mirar a los que están a nuestro lado como hermanos; decir ‘Padre’ es sentirnos humildes delante de El; decir ‘Padre’ es sentirnos perdonados porque Dios sigue confiando en nosotros; decir ‘Padre’ es ponernos en un camino nuevo, el del amor, el de buscar la paz, el de trabajar por la justicia, el de construir el Reino; decir ‘Padre’ es no sentirnos abandonados nunca porque la providencia de Dios nos cuida aunque muchos sean los problemas que tengamos; decir ‘Padre’ es sentir la paz de Dios en nuestro corazón; decir ‘Padre’ es sentir su fuerza para luchar, para hacer el bien, para apartarnos del mal, para vencer la tentación. Decir ‘Padre’ es el gozo más grande que podemos sentir en el alma.
‘¡Señor, enséñanos a orar!’, le pedimos; enséñanos a decir ‘Padre’, a sentir tu amor, a amar con tu amor. 

miércoles, 17 de junio de 2015

Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desde la humildad la gloria del Señor

Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desde la humildad la gloria del Señor

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
La vanidad sigue siendo una tentación de todo hombre y mujer también en nuestro tiempo. Y digo vanidad no porque nos creamos guapos - vamos a decirlo así - y utilicemos todos los medios a nuestro alcance para mostrar la belleza de nuestro cuerpo y cuando tengamos que presentarnos en algún sitio importante o hasta en nuestra convivencia de cada día con amigos o familiares o incluso en nuestro lugar de trabajo tratemos de mostrarnos por así decirlo con nuestras mejores galas; es cierto que la gente hay se arregla mucho para presentarse bien ante los demás y en cierto modo es bueno porque también hemos de manifestarnos agradables en nuestra presencia.
Cuando digo vanidad, aunque nos podemos referir a todo eso por cuanto los excesos nos pueden llevar a ella, me quiero referir a otras vanidades con que nos mostramos en la vida que llenamos de muchas apariencias rayanas incluso en la hipocresía. Es el querer aparentar lo que no somos; o el querer manifestar de una forma orgullosa también aquello bueno que hacemos buscando la alabanza o el reconocimiento. De una y otra cosa vemos mucho en nuestro entorno y podemos caer también en esa tentación.
Aparentar lo que no somos raya con la hipocresía; ya sabemos que la palabra ‘hipócrita’ hace referencia a la máscara que se utilizaba en el teatro clásico para representar a los personajes del drama o de la comedia. Es la máscara que nos ponemos tantas veces en la vida para representar lo que no somos; hipocresías y falsedades de las que está lleno desgraciadamente nuestro mundo, nuestras relaciones. Vanidad para manifestarnos con prepotencia, sintiéndonos por encima de los demás e incluso llegando a manipular todo lo que encontremos a nuestra mano para lograr nuestros fines.
Pero también decíamos manifestación orgullosa de lo que hacemos buscando esos reconocimientos o esos pedestales. Con qué facilidad echamos a perder lo bueno que hacemos cuando nos dejamos llevar por el orgullo y estamos predicando ante todo el mundo lo bueno que hacemos; terminamos haciéndonos odiosos.
Hoy en el evangelio denuncia esa manera de actuar de los fariseos que buscaban lugares predominantes, que hacían sus limosnas de manera ostentosa para que todo el mundo los viera, que incluso en sus oraciones se mostraban con esa altivez para que todo el mundo viera lo religiosos que eran. Y Jesús nos dice que ese no puede ser nuestro estilo ni nuestra manera de hacer. Que es la humildad lo que tiene que predominar en nuestra vida y nunca la vanidad tendría que velar ni obnubilar lo bueno que hacemos en el día a día de nuestra vida. Y cuidado que nos puede suceder también en el ámbito de nuestra iglesia.
Si alguien llega a reconocer lo bueno y justo que nosotros hacemos que sea siempre para la gloria del Señor. No busquemos nuestra gloria sino la gloria del Señor. Y eso en todos los ámbitos y aspectos de la vida. Ni vanidades ni hipocresías en lo que hacemos sino siempre busquemos desarrollando nuestras capacidades y valores desde la humildad la gloria del Señor


martes, 16 de junio de 2015

Si soy solo amigo de mis amigos no hago nada especial y vivir el Reino me pide otro sentido de amor

2Corintios, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Hay quien se define en su perfil como amigo de sus amigos. Hoy parece normal que lo digamos así porque de alguna manera estamos expresando cómo nos movemos habitualmente en el circulo de aquellas personas afines, más cercanas a nosotros que conocemos de siempre y a los que consideramos amigos; y si una persona se comporta conmigo como un amigo, pues yo seré también amigo y así me comportaré; soy amigo de mis amigos. Pero, ¿sería suficiente eso? ¿qué estamos haciendo de especial?
Responder a esta pregunta es lo que nos plantea Jesús en el evangelio. No hacemos nada especial si nos comportamos como amigo con aquellos que así se comportan con nosotros. Pero ¿seríamos capaces de romper ese círculo para comenzar a amar como amigo también al que no se comporta como amigo con nosotros? Es lo que nos está planteando Jesús cuando nos invita a pertenecer al Reino de Dios.
La pertenencia al Reino de Dios no se queda en un plano tan espiritual que lo elevemos por encima de lo que es nuestra vida ordinaria y no seamos capaces de integrar en su vivencia todo lo que son nuestras relaciones con los demás. Cuando decimos que entramos en la órbita del Reino de Dios o queremos entrar en ella significa que entonces tenemos que comenzar a mirar a los demás con la misma mirada de Dios. Y Dios no quiere excluir a nada de su amor, a nadie podemos excluir nosotros de nuestro amor porque esa es la señal de nuestra pertenencia al Reino.
Entramos en una órbita de amor donde todos hemos de amarnos como todos nos sentimos amados de Dios y al sentirnos todos hijos de Dios hemos de sentirnos hermanos entre nosotros. No es solo, pues, amar al que me ama; no es solo amar a quien me cae bien; no es solo amar a los que me hacen bien o son mis amigos; es amar a todos, y en ese todo entran también los que no me son simpáticos e incluso los que me hayan podido hacer mal. Aquí está lo distinto, lo que no hacen todos, lo que tendrá que diferenciarnos a nosotros los que nos decimos seguidores de Jesús y pertenecientes al Reino.
‘Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’, nos está diciendo Jesús. Por eso antes nos ha dicho que tenemos que amar también a los que se consideren nuestros enemigos y más aun rezar por ellos.
Cuando seamos capaces de rezar por aquel que nos haya hecho mal, o simplemente por aquel que no es mi amigo o no me cae bien, estás comenzando a amarlo. Y es que Dios pone su gracia en nuestro corazón y siendo capaces de superar esa repulsión natural que podamos sentir, ya estaremos poniéndolos en el lado bueno de nuestro corazón.
Es difícil, es cierto, pero si llegamos a comenzar a hacerlo, comenzaremos a sentir una nueva paz en nuestro corazón porque estaremos alejando de nosotros todo tipo de maldad, de deseos de venganza, de sentimientos de repulsa o de odio. Y qué bueno es sentir esa paz en nuestro corazón. Porque cuando deseamos el mal a alguien o no somos capaces de perdonar a quien nos estamos haciendo daño es a nosotros mismos, porque no podremos sentir paz en el corazón mientras tengamos esos malos sentimientos en nosotros.
Además Jesús nos dice: ‘Por tanto, sed perfectos, compasivos, como vuestro Padre celestial es perfecto, compasivo’. Ahí tenemos la gran razón y motivo además de la gracia que nos acompañará.