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lunes, 15 de junio de 2015

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

Creemos en verdad un mundo más humano siendo capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
‘Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra’. Contrapone Jesús esta sentencia al dicho comúnmente aceptado por todos de ‘Ojo por ojo, diente por diente’, que hemos de reconocer que sigue siendo aun hoy norma de actuar de muchos.
Quizá esa expresión del ‘ojo por ojo y diente por diente’ habían nacido como un querer poner un cierto límite a los deseos de venganza que surgen en el corazón cuando se nos hace daño. Se limitaba para que nadie se excediera en que la venganza no podía sobrepasar el límite de la injuria recibida. Pero Jesús nos cambia los esquemas.
‘No hagáis frente al que os agravia’, no entres en la espiral de la violencia, sino más bien crea el circulo del amor. La violencia engendra fácilmente violencia; lo comprobamos todos los días en nuestras relaciones, en lo que vemos a nuestro alrededor y hasta en lo que guía las relaciones a más alto nivel, dígase de unos grupos contra otros o de unas naciones contra otras. Pensamos que con la violencia vamos a resolver las cosas, sin darnos cuenta de que quien sufre violencia, aunque nosotros digamos que es por un castigo merecido, va a hacer surgir en el corazón de quien la sufre resentimientos, rencores, odios, deseos de revancha y provocará más violencia interior y que también se va a manifestar en las cosas que hagamos.
Es el estilo nuevo de los que escuchamos a Jesús y queremos vivir en los parámetros del Reino de Dios. Qué terrible es cuando el odio se mete en el corazón y no sabemos apagar ese fuego tormentoso. ‘Dichosos los que trabajan por la paz’, nos diría Jesús en las bienaventuranzas; dichosos nosotros si somos capaces de ir sembrando semillas de paz verdadera en el corazón de los hombres, porque siempre estamos dispuestos al perdón, a la misericordia, a la compasión.
Cuanto nos cuesta comprender esto y, sobre todo, cuanto nos cuesta vivirlo. Quizá en una reflexión serena lo podemos ver claro, pero cuando llega a nosotros la violencia, cuando nos sentimos heridos u ofendidos cuánto nos cuesta hacer brotar de nuestro corazón el perdón y no perder la paz en nuestro interior.
Decíamos antes que ‘el ojo por ojo y el diente por diente’ sigue siendo norma de conducta hoy para muchos. Les cuesta comprender y aceptar con humildad ese don del perdón y de la misericordia. Quizá hasta hablamos de hacer hoy un mundo mejor, y hablamos de respeto y de libertades y de no sé cuantas cosas más, pero cuando llegamos a este punto de perdonar cuando somos injuriados, por ahí ya no pasamos y se nos viene abajo todo lo otro que habíamos dicho de esas relaciones humanas entre todos. Ya escuchamos muchas veces casi como chance o como burla el que nos repitan esas palabras de Jesús de poner la otra mejilla. Nos quedamos en la anécdota, por así decirlo, pero no somos capaces de entrar en la orbita del perdón.
Creemos en verdad un mundo más humano, y sabiendo como sabemos que todos somos débiles y cometemos errores tengamos como un valor importante el que seamos capaces de ser comprensivos los unos con los otros y capaces de perdonarnos. 

domingo, 14 de junio de 2015

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Plantemos cada día esa buena semilla que transforme nuestro corazón inicio del Reino de Dios en nosotros y nuestro mundo

Ezequiel 17, 22-24; Sal 91; 2Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34
Nos habla la Palabra de Dios de este domingo de un retoño, de un cogollo tierno de un cedro que se plantará en una montaña alta para que eche brotes y frutos y se haga un cedro noble donde aniden toda clase de aves; y nos habla por su parte el evangelio de la semilla echada a la tierra y que germinará y brotará hasta dar fruto o hasta convertirse en arbusto grande capaz de cobijar bajo sus ramos también a los pajarillos del cielo.
En uno y en otro caso algo pequeño e insignificante como un tierno cogollo o una pequeña semilla capaz de hacer que broten cosas grandes. ¿Dónde está su fuerza y su vitalidad? El agricultor ha puesto su esfuerzo y su trabajo pero ahora espera la cosecha; no ha sido una espera pasiva, puesto que él ha puesto su esfuerzo, pero ahora no dependerá simplemente de él conseguir el fruto que viene dado por algo que no comprende y que le trasciende.
Claro que Jesús y toda la Palabra de Dios que hemos escuchado nos está hablando de la fuerza del Espíritu del Señor que hará germinar en los corazones de los hombres esa buena semilla que ha sido plantada en nosotros cuando nos dejamos conducir. Nos está hablando de las maravillas del Señor que se manifiestan en lo pequeño y en lo que nos pueda parecer insignificante porque no es la fuerza de las cosas o las personas en sí mismas, sino que tenemos que saber descubrir la fuerza de la gracia del Señor que actúa en nosotros. Como cantaba María la que se llamaba a si misma la humilde esclava el Señor había hecho en ella cosas grandes.
Mucho nos enseñan estas parábolas que hoy escuchamos y muchas aplicaciones prácticas podemos sacar para nuestra vida de cada día en sus muchos aspectos. Y a todo esto nos está diciendo Jesús que el Reino de Dios es así, es semejante a lo que nos dice con estas parábolas. Ese Reino de Dios que ha de transformar nuestro mundo, presente ya entre nosotros aunque algunas veces no lo veamos, pero que va realizando su acción allá en lo más hondo del corazón del hombre, cuando dejamos actuar al Espíritu del Señor. Hablaba la parábola de la semilla que se entierra y que nadie ve como germina, y que hasta puede parecer un misterio todo lo que le sucede, pero de la que ha de brotar esa planta nueva que al final dará su fruto.
Creo que nos viene bien reflexionar sobre todo esto, y ya decía para los diversos aspectos de la vida. Todos queremos hacer que nuestro mundo sea mejor; todos queremos luchar por la justicia, por el bien de nuestra sociedad y muchas veces sentimos en nuestro interior la urgencia de que las cosas sucedan ya, se realice esa sociedad nueva y ese mundo nuevo, nos queremos sentir revolucionarios para obtenerlo. Esto en el ámbito de nuestra sociedad, y esto pensamos también como creyentes en el mismo seno de la Iglesia como cristianos.
Sentimos la tentación de hacernos revolucionarios, dar un golpe revolucionario de timón donde todo cambie de la noche a la mañana, algunas veces hasta parece que quisiéramos imponerlo. Pero, ¿cuáles serían los caminos de esa transformación? No será por el camino de la imposición. Ese camino aunque quizá nos pudiera parecer que es el más rápido y urgente para realizar las cosas seguro que nos llevaría al fracaso. No es imponiendo, sino transformando desde dentro, desde el corazón donde podemos hacer la verdadera transformación, el verdadero cambio para mejorar.
No porque impongamos las cosas por ley vamos a lograr cambiar a la fuerza las cosas. Lo vemos en el ámbito de la sociedad, cuantos nuevos mesías políticos van surgiendo continuamente pero que al final no llevan a nada, y al final ellos mismos son engullidos por la misma rutina de la sociedad. Esto nos llevaría a más amplias reflexiones sobre lo que sucede hoy en nuestra sociedad.
Y nos sucede en el ámbito de la Iglesia; quisiéramos en ocasiones arrasar con tantas cosas que nos parecen superfluas, superficiales, sin sentido, cargadas de rutina, de una religiosidad muy pobre. Pero, ¿por qué no tratamos de alimentar esa pequeñita llama, ese rescoldo que aún queda, esa pequeña ramita de algo bueno que todavía hay en muchos corazones y hacer que la acción de la gracia, de la fuerza del Espíritu vaya actuando en el interior de cada corazón? Como el retoño plantado de Ezequiel o la pequeña semilla de las parábolas.
Sí, todos los cristianos tenemos que vivir y anunciar el evangelio con toda radicalidad, pero no olvidemos que es el Espíritu del Señor el que actúa en nuestro interior. Algunas veces quizás nos hacemos oídos sordos a esa acción del Espíritu y por eso no se llega a realizar esa transformación que el Reino de Dios haría en nosotros y en nuestra sociedad. Seamos dóciles y no dejemos de vivir y de anunciar ese Reino que ha de transformar nuestros corazones. Vayamos plantando esa semilla de cada día. Los que seguís mi blogs veis que ese es el título que le doy, porque humildemente quiero poner cada día esa semilla. El Señor en su providencia algún día la hará fructificar.

sábado, 13 de junio de 2015

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Lucas 2,41-51
‘María, su madre, conservaba todo esto en su corazón’. Nos lo repite el evangelio. Cómo tenemos que aprender de María a guardar en el corazón, a mirar con el corazón, a pasarlo todo por el filtro del amor, a tener la mirada de Dios.
Es lo que hacía María. Es lo que haciéndose pequeña la hacía grande. Cuando el ángel se le manifiesta en Nazaret ante su saludo se quedó María rumiando en su corazón aquellas palabras del ángel. Y el ángel le decía que estaba llena de Dios, que la gracia de Dios la inundaba. Es que María rumiaba en su interior cuanto le sucedía para descubrir la acción de Dios en su vida. Llegará a reconocer que el Señor ha hecho obras grandes en ella y por eso bendice y alaba al Señor con toda su alma, con todo su ser.
¿Por qué María podía llegar a decir que era la esclava del Señor y que estaba dispuesta, su corazón y su vida estaban abiertos para que Dios realizara en ella lo que era su voluntad? Porque María era una mujer abierta a Dios. En silencio, rumiando en su interior, meditando, reflexionando, orando, queriendo escuchar a Dios, buscando siempre su voluntad, alabando y bendiciendo a Dios María crecía en su interior; era la mujer llena del Espíritu divino de tal manera que de ella había de nacer el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Es la espiritualidad en que nos enseña a crecer María.
Miramos y celebramos hoy ese Corazón de María - celebramos hoy la fiesta del Corazón de María -, aprendiendo de él, queriendo parecernos a María, queriendo copiar en nosotros esa actitud de su corazón, aprendiendo como María a guardar en nuestro corazón para así aprender a descubrir siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor.
Algunas veces los caminos pudiera parecernos que se nos vuelven turbios y nos cuesta entender lo que nos sucede y por qué nos sucede. Rumiemos como María en nuestro interior cuanto nos sucede abriéndonos a Dios para descubrir sus designios y aunque nos cueste decirlo que también nos pongamos en las manos de Dios, que también nos sintamos esos humildes siervos del Señor dispuestos a aceptar y hacer lo que el Señor nos pide; que lleguemos a descubrir lo que es la voluntad del Señor y así lo asumamos en nuestra vida, que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios, aunque nos llegue a sangrar el corazón.
Y finalmente un deseo, quisiera estar en el corazón de María; como ella guardaba todo en su corazón, que nos guarde a nosotros, que nos deje introducirnos en su corazón porque así siempre nos sentiremos protegidos en su corazón de madre, así siempre podremos sentir mejor lo que ese corazón de madre querrá decirnos, y es que siempre busquemos a Jesús y hagamos cuánto El nos diga.

viernes, 12 de junio de 2015

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Decimos corazón y mirando el Corazón de Cristo pensamos en ternura y amor y encontramos fuerza para transformar nuestro mundo por el amor

Oseas 11, 1b. 3-4. 8c-9; Sal: Is 12; Efesios 3, 8-12. 14-19; Juan 19, 31-37
Decimos corazón y pensamos en ternura y amor; decimos corazón y pensamos en los mejores sentimientos que llevamos dentro; decimos corazón y pensamos en amistad, en generosidad, en horizontes que se abren a lo nuevo y a lo bello; decimos corazón y pensamos en compasión y en misericordia; decimos corazón y pensamos y deseamos tener nosotros y encontrarnos en el camino de la vida con corazones sencillos y humildes que nos acojan y nos llenen de su ternura; decimos corazón y no queremos que en él se metan las malas ideas ni los malos deseos, aunque sabemos que a eso también nos sentimos tentados. Pero pensemos en lo bueno y en lo hermoso que el corazón nos sugiere.
Iniciamos nuestra reflexión con estos pensamientos porque hoy queremos mirar al corazón más hermoso y del que manan para nosotros toda clase de bienes. Hoy celebramos a Cristo Jesús queriendo mirar y contemplar su corazón del que se derrama su amor como un rió impetuoso que todo lo inunda y lo transforma llenándolo de nueva vida.
Venid y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, nos dice en una ocasión; pero es que contemplando a Cristo estaremos contemplando para siempre su amor, la ternura de Dios para con nosotros que se hace misericordia y se hace compasión, que nos regala con su amor dándonos su perdón por tantas veces que vivimos encerrados en nosotros mismos y en nuestro egoísmo y desamor.
Hoy tendríamos que ir de nuevo repasando la vida de Cristo para no solo escuchar sus palabras que tanto necesitamos oírlas, sino para ir contemplando su cercanía a los pobres y los humildes, a los enfermos y a los que sufren, a los pecadores o a los que eran marginados en aquella sociedad, a los niños y a los pequeños, a los que tenían un corazón inquieto para alentarle a cosas grandes, como a los que dudaban para hacerles comprender el camino de la verdad, también a los que lo rechazaban y tramaban contra él a los que siempre llamaría amigos mirándoles al corazón y esperando la mirada de respuesta de amor y de generosidad.
Pero no queremos mirar Cristo desde fuera, como si fuéramos meros espectadores de su hacer y su actuar, sino que queremos meternos en su corazón para dejarnos inundar por sus sentimientos y por su amor; que su Espíritu inunde también nuestro corazón para llenarnos de su paz, para encontrar la verdad de nuestra vida, para alcanzar esa alta sabiduría de su corazón, que es la sabiduría del amor.
Cuando contemplamos toda la maravilla que podemos encontrar nuestro corazón lleno de amor decíamos también que nos podemos sentir tentados y dejar que en él se nos metan los malos sentimientos que nos dañen y puedan dañar también a los demás. Por eso hoy queremos que sea el Espíritu del Señor el que nos transforme por dentro para hacer nuestro corazón semejante al de Cristo; que El nos llene de su fuerza y de su vida para que siempre Cristo sea el centro de nuestro corazón, pero también para hacer nuestro corazón tan grande porque así lo expanda el amor para que en él quepan todos nuestros hermanos.
Que siempre haya un lugar en nuestro corazón para el pobre y el que sufre; que siempre el que está triste pueda encontrar consuelo, alegría y paz en nuestro corazón; que los que andan desesperanzados por la vida y sin ilusión puedan encontrar en el testimonio de nuestra vida llena de amor razones para la esperanza y anhelos de superación; que tengamos un corazón fuerte para que no nos desalentemos por los contratiempos o las tristezas y negruras que nos puedan ir apareciendo en la vida y siempre nos empeñemos en encontrar caminos de luz, en descubrir lo bueno que hay en los demás y en tantas razones que podemos encontrar para despertar nuestra esperanza y la de los demás.
¿Cómo podremos realizarlo? Asemejando nuestro corazón al de Cristo; meciéndonos en El y dejando que El se meta en nosotros y nos transforme llenándonos de nueva vida. 

jueves, 11 de junio de 2015

Profetas y misioneros en comunidades proféticas y misioneras

Profetas y misioneros en comunidades proféticas y misioneras

Hechos,  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13
La comunidad de Antioquia era una comunidad abierta al evangelio pero con un espíritu misionero para llevar el anuncio de la Buena Nueva a los demás. Aquel primer pequeño grupo de creyentes en Jesús, que precisamente en esa comunidad comenzaron a llamarse cristianos, abrió sus puertas para que se incorporaran al camino del evangelio no solo los judíos sino también los que provenían del mundo pagano.
Allá envían desde la comunidad de Jerusalén a Bernabé - cuya fiesta hoy celebramos - que al ver ‘cómo Dios los había bendecido, se alegró mucho, animó a todos a que con corazón firme siguieran fieles al Señor… Y así mucha gente se unió al Señor’. Pero no se quedó ahí la misión de Bernabé sino que va en busca de Saulo hasta Tarso para traerlo e incorporarlo a la tarea de la evangelización.
Los primeros momentos de la predicación de Saulo después de su conversión estuvieron llenos de peligros dado su ardor, y los discípulos le recomendaron que se fuera a su ciudad de Tarso; es por lo que lo encontramos allí. Pero ahí está la visión profética de Bernabé para saber contar también con Saulo en la tarea del anuncio del Evangelio.
Pero hoy escuchamos al final del texto cómo, inspirados y con la fuerza del Espíritu, aquella comunidad se desprenderá de la presencia de Bernabé y Saulo para enviarlos a la misión del anuncio del Evangelio por otros lugares. Será el inicio del primer viaje apostólico de Saulo, que pronto comenzará a llamarse Pablo, y luego de otros muchos, siempre partiendo de aquella comunidad llevando el evangelio por toda el Asia Menor y saltando al continente europeo en Macedonia, Tesalónica y Grecia.
Es ese ardor profético y misionero de aquella comunidad y de aquellos apóstoles lo tenemos que resaltar y que tendría que ser buen ejemplo y estimulo para nuestras comunidades hoy. ¿Serán así nuestras comunidades cristianas? ¿Hay en nosotros ese empuje misionero para llevar el anuncio de Jesús y su evangelio a los demás? Hoy hemos escuchado en el evangelio el mandato de Jesús de ir por el mundo anunciando su evangelio.
Los cristianos muchas veces vivimos como adormecidos en nuestra fe y se nos enfría ese empuje apostólico. Tenemos el peligro de llenarnos de rutina haciendo siempre las mismas cosas y viviendo encerrados en nuestro círculo. Pero quien ha recibido el anuncio del Evangelio esa alegría de la fe no se la puede guardar solo para sí; tiene que contagiarla, trasmitirla, comunicarla. El mundo en que vivimos necesita de ese anuncio del evangelio que lo llene de esperanza.
De la misma manera que aquella comunidad de Antioquia supo sintonizar con el Espíritu y se dejó conducir, así necesitamos hacerlo hoy en el momento que vivimos. Escuchemos al Espíritu que mueve nuestros corazones. No nos hagamos sordos ni insensibles a sus mociones y a su llamada.


miércoles, 10 de junio de 2015

Busquemos el amor que le dará plenitud a todos los mandatos del Señor y nos los hace vivir en fidelidad

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

¿Significan estas palabras de Jesús que tenemos que ser meros cumplidores a la letra de los mandamientos? ¿Nos vamos a quedar en un cumplimiento frío y literal de los mandamientos o tendrán otro sentido las palabras de Jesús? Fijémonos bien en sus palabras que lo que quiere es que le demos hondo sentido a nuestra vida y a todo lo que hacemos. No ha venido, es cierto, a abolir la ley del Señor, sino como nos dice, a darle plenitud, a que le demos profundidad y sentido a nuestra vida.

Ya denunciaba Jesús la actitud de los fariseos que se convertían en unos meros y hasta fanáticos cumplidores de la letra de la ley, un cumplimiento muy lleno de apariencias y vanidades porque muchas veces hacían las cosas solo para que los viesen; y es eso lo que no quiere Jesús para nosotros; como tampoco quiere que nos quedemos en apariencias, sino que realicemos las cosas desde lo más hondo de nosotros mismos para que busquemos por encima de todo siempre la gloria del Señor. Los mandamientos del Señor son como ese cauce por el que hemos de circular en la vida para saber que obramos en rectitud y en la buena dirección, para que en todo lo que hagamos busquemos siempre, no nuestra gloria y vanidad sino la gloria del Señor. 

Por eso nos dice que hasta lo que nos parece menos importante, tiene su importancia porque nos estará dando la medida de nuestra fidelidad. Y el que es fiel en lo pequeño será capaz de ser fiel en lo grande, en lo que es verdaderamente importante. Bien sabemos lo que nos suele suceder que cuando comenzamos a dejamos de lado algunas cosas porque nos parecen que no tienen importancia, fácilmente vamos cayendo por la pendiente de la superficialidad, de las banalidades pero que se pueden convertir pronto en nuestra vida en un pozo hondo y lleno de negrura siendo infieles en cosas de mayor calado, por decirlo de alguna manera. De ahí esa necesaria fidelidad en las cosas pequeñas como hoy nos está diciendo Jesús.

Pero no es cumplir por cumplir, sino encontrarle el verdadero sentido y motivación a todo aquello que vamos haciendo. Y la motivación grande que Jesús nos va a dar en el Evangelio es el amor. La consideración de lo que es el amor grande que Dios nos tiene y la respuesta de amor que en consecuencia nosotros hemos de dar. Ese es el camino que nos lleva a la plenitud. Por eso Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que nos deja un solo mandamiento, el del amor. 

Busquemos el amor que le dará plenitud a todos los mandatos del Señor y nos los hace vivir en fidelidad

martes, 9 de junio de 2015

No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad

No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118; Mateo 5, 13-16
‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente’. Me pregunto, y lo hago primero que nada pensando en mi mismo, ¿nos habremos convertido los cristianos en una sal sosa? Una sal sosa no tiene sentido. Porque es sal o no es sal. Por eso nos dice que si no sirve para su función será tirada y pisoteada.
Mirando el mundo que nos rodea tenemos que ver si en verdad nosotros los cristianos estamos siendo esa sal que dé sentido a nuestro mundo. ¿Dónde está el sentido y el sabor cristiano en nuestra sociedad? No es simplemente que sigamos conservando unos templos grandes en medio de nuestros pueblos y ciudades y que aun nos dejen conservar algún signo religioso en lugares públicos, que ya sabemos que hay quien quiere hacerlos desaparecer, sino que en verdad los signos de Cristo que tiene que haber en nuestro mundo somos nosotros, los cristianos. No tienen que ser solamente unas manifestaciones religiosas populares en unas fiestas, romerías o procesiones lo que tenemos que hacer, porque tenemos el peligro de que se vayan descafeinando y perdiendo su sentido porque solo se pueden quedar en una manifestación folclórica o que recuerde cosas del pasado que ya pueden considerar muchos obsoletas.
Es mucho más lo que tenemos que hacer para que podamos decir con sentido que somos sal en medio de nuestro mundo, como nos pide Jesús. ¿De qué manera influimos en nuestra sociedad? ¿de qué manera estaremos contribuyendo a la construcción de una sociedad mejor si quizá muchas veces ocultamos nuestra condición de cristianos. ¿Serán nuestros valores los que impregnen nuestra sociedad?
Es ahí en ese mundo donde tenemos que manifestarnos sin ningún temor ni cobardía, sino con mucha valentía. Impregnados nosotros profundamente de los valores del evangelio tenemos que contagiar a nuestro mundo. Hemos de saber manifestar públicamente lo que son nuestros valores, lo que son los principios del evangelio que animan nuestra vida; hemos de saber entrar en diálogo con nuestro mundo, pero sin ocultar aquello en lo que nosotros creemos, es más, no solo tenemos que decir aquello, sino decir Aquel en quien creemos, Jesús que es nuestro salvador y que estamos convencidos que es la única salvación para nuestro mundo.
Que en verdad vayamos impregnando del sabor de Cristo a nuestra sociedad, porque nosotros lo vivamos, porque sea lo que dé sentido a nuestras familias, porque sepamos trasmitirlo a los que nos rodean, porque nos manifestemos en todo momento como unos signos y unos testigos de Cristo. No podemos ser una sal sosa sino una sal que dé en verdad el sabor de Cristo a nuestra sociedad.

lunes, 8 de junio de 2015

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

El nuevo camino de la felicidad que nos traza Jesús en el evangelio, las bienaventuranzas

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12
Es algo connatural al ser humano la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, buscamos la felicidad, utilizamos todos los medios que estén a nuestro alcance con el fin de conseguirla; algunas veces nos sentimos tentados a pensar que desde los medios materiales que tengamos es cómo de la forma más rápida podamos conseguirla. Desde ahí tantas sentencias desde un sentir popular que utilizamos muchas veces engañándonos a nosotros mismos.
Queremos ser felices y queremos vivir en paz con todo el mundo, de la manera que sea; queremos ser felices y trabajamos y trabajamos por tener más cosas pensando que en eso está la felicidad; queremos ser felices y queremos alejar de nosotros todo tipo de sufrimiento y cuando nos aparece en la vida nos llenamos de amargura; queremos ser felices y muchas veces pensamos solo en nosotros mismos queriendo olvidarnos de los demás, pero queriendo poner aparte a aquellos que pudieran ocasionarnos problemas o dificultades; queremos ser felices y no asumimos nuestras limitaciones de todo tipo porque realmente no somos perfectos y siempre hay en nosotros muchos tipos de debilidades.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que llama dichosos, bienaventurados, felices, pero ¿a quienes? ¿a los que basan su felicidad en lo que hemos venido mencionando hasta aquí?
Las palabras de Jesús nos desbordan y nos descolocan, como se suele decir. Porque habla de pobres, de los que lloran, de los que sufren, de los que son perseguidos, de los que se olvidan de si mismos, y a esos les dice que son bienaventurados, felices, dichosos. Jesús quiere hacernos descubrir un sentido nuevo.  Y nos dice que en nuestra pobreza o en nuestros llantos podemos ser felices; nos dice que en esa inquietud que pueda haber en nuestro corazón por deseo de cosas mejores para todos aunque eso nos haga luchar y pasarlo mal en ocasiones, ahí seremos en verdad felices. Jesús nos dice que cuando nos olvidamos de nosotros mismos y de lo que son nuestros sufrimientos para romper ese círculo que nos encierra en nosotros mismos es cuando nos ponemos de verdad en un camino de felicidad.
Tenemos que rumiar con mucha calma y con mucha paz las palabras de Jesús  para encontrar su sentido. Quizá eso nos haga nadar a contracorriente de lo que son los caminos de muchos a nuestro alrededor y no nos van a entender, pero nosotros si comprenderemos lo que en verdad puede dar plenitud a nuestra vida. Es amando, olvidándonos de nosotros mismos para buscar el bien y la justicia para los demás, es arrancando de nosotros toda malicia para tener siempre un corazón bueno es como caminamos hacia la felicidad verdadera.
Y dirán mal de nosotros, tratarán de dañarnos o hacernos sufrir, de insultarnos o desprestigiarnos, de querer quitarnos incluso de en medio, pero nosotros queremos ser fieles a un camino, el camino del Reino de Dios que Jesús ha venido a instaurar primero que nada en nuestros corazones y que será del que contagiaremos luego a nuestro mundo. En el Señor encontramos aliento y consuelo, como nos decía san Pablo, con el que nosotros vamos a consolar y alentar a los demás. Estamos llenos de esperanza en el Señor y es la esperanza con la que queremos contagiar a nuestro mundo.
Y ¿no nos sentiremos felices de verdad si vemos una nueva ilusión y esperanza en el mundo que nos rodea y que está tan lleno de sufrimientos? La felicidad en Jesús encuentra un nuevo y más profundo sentido.

domingo, 7 de junio de 2015

Celebrar la comunión con Cristo en la Eucaristía es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos

Celebrar la comunión con Cristo en la Eucaristía es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12. 16. 22-26
Cuando era el día y la hora del sacrificio - cuando se sacrificaba en el templo el cordero pascual, dice el evangelista - los discípulos le preguntan a Jesús donde quiere que le preparen la cena de pascua. Están en Jerusalén y han de depender de la generosidad de alguien que les facilite el lugar. Jesús les da una dirección concreta; han de seguir al  hombre que lleva cántaro de agua para llegar hasta el dueño del lugar. Todo sucede como lo ha señalado Jesús y allí hacen los preparativos.
Era el día y la hora del sacrificio del cordero pascual que cada año les servia de recuerdo de una pascua; celebraban así la pascua comiendo un cordero sacrificado en el templo. Era un sacrificio lo que se realizaba pero era una comida de comunión en la que se participaba. Era ahora el momento en que había llegado la hora, como dirá Juan en su evangelio, en que se iba a realizar la verdadera y definitiva pascua. Los discípulos estaban colaborando en los preparativos sin ser del todo conscientes de lo trascendental no solo para ellos sino para toda la humanidad de lo que iba a suceder.
Recordaban los judíos la liberación de Egipto y todo había de tener aires de fiesta y sentido de comunión. Por eso se sentaban alrededor de la mesa para comer el cordero pascual. Pero ahora Jesús les va a decir tomando el pan en sus manos que aquel Pan era su cuerpo entregado y que lo habían de comer ya para siempre hasta el final de los tiempos recordando y viviendo su pascua, su paso salvador para todos los hombres.
‘Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos’. Y eso mismo tendríamos que seguirlo haciendo siempre. ‘Haced esto en memoria mía’, para siempre. Y cada vez que comiéramos de ese pan y bebiéramos de esa copa estaríamos recordando para siempre el paso salvador del Señor, su muerte redentora y salvadora que nos liberaba de los pecados. Y eso mismo tendríamos que seguirlo haciendo con ese mismo aire de fiesta y de comunión.
Ahora será ya un nuevo sacrificio el que se celebra y del que para siempre participaremos porque tiene valor y duración eterna. ‘No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna’. Es su sangre derramada, es la sangre de la Nueva Alianza, es la Sangre que si nos traerá el perdón de los pecados, es la sangre que va a derribar para siempre el muro que nos separaba con nuestros odios y desamores, es la sangre que crea una nueva alianza entre los  hombres, que crea una nueva comunión, que estrecha lazos entre los hombres para vivir para siempre en el amor. Está hablándonos Jesús del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna.
Y eso es lo que vivimos, hemos de vivir con toda intensidad en cada Eucaristía. No la convirtamos en unos ritos; hagamos de verdad de la Eucaristía ese banquete de comunión porque en verdad vivamos para siempre esa comunión nueva que Cristo ha creado entre nosotros cuando ha derramado su sangre. No podemos celebrar la Eucaristía de cualquiera manera. Siempre tiene que recordarnos la Alianza de Jesús, siempre tenemos que vivirla en la comunión y para la comunión. Y la comunión no es solo que vayamos ritualmente a comer el cuerpo de Cristo en el pan sagrado, sino que tiene que expresar algo más hondo que queremos vivir en nuestra vida.
Queremos, sí, comulgar a Cristo porque queremos entrar en comunión con Cristo, pero entrar en comunión con Cristo es entrar en comunión con ese Cristo vivo que son nuestros hermanos que están a nuestro lado. Por eso ya nos decía que si cuando íbamos a presentar la ofrenda no había esa comunión entre los hermanos fuéramos primero a restablecer esa comunión con ellos para que la comunión de la Eucaristía tuviera verdadero sentido.
Por eso cuando vemos a tantos hermanos nuestros que sufren a nuestro lado en ese mundo en el que vivimos tenemos que luchar por vivir de forma autentica esa comunión con ellos para que nuestras eucaristías tengan sentido profundo. Y si vivimos profundamente nuestras eucaristías de ahí tenemos que salir siempre con un compromiso nuevo para llegar hasta esos hermanos que sufren y compartir con ellos nuestro amor.
Esa presencia de Cristo que llega a nuestra vida en ese paso liberador y salvador es lo que en esta fiesta del Cuerpo de Cristo queremos celebrar. Vayamos a lo hondo. No nos quedemos en cosas externas. Es hermoso que hagamos ese homenaje a la Eucaristía con nuestra procesión eucarística por nuestras calles adornadas de flores, de pasillos, de todos esos signos de fiesta. Pero eso ha de significar cómo tenemos que ir al encuentro de nuestros hermanos; cómo tenemos que ir creando esos lazos de comunión con todos los que nos rodean; cómo nos compromete a hacer un mundo más justo, más fraterno, donde vayamos repartiendo auténtico amor.
Del paso la procesión de Cristo por nuestras calles ha de quedar algo más que unos restos de flores con las que hayamos adornado el paso de Cristo en su procesión; ha de quedar el suave olor del amor porque al día siguiente nos amemos más, nos sintamos más comprometidos con los hermanos que sufren, hayamos creado más comunión entre nosotros.

sábado, 6 de junio de 2015

Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… vanidades de las que tenemos que despojarnos

Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… vanidades de las que tenemos que despojarnos

Tobías 12, 1.5-15.20;Sal: Tb 13; Marcos 12,38-44
Por qué y para qué hacemos las cosas es algo que quizá muchas veces nos planteamos pero a lo que intentamos dar una respuesta rápida y que en cierto modo nos satisfaga. Nos complacemos en decir que en nosotros no hay mala voluntad, que lejos de nosotros la vanidad o que busquemos con aquello bueno que hacemos algun tipo de beneficio para nuestra vida o nuestras cosas. Digo es una respuesta fácil y rápida que queremos dar queriendo justificarnos o quizá ocultar lo que se nos puede meter por medio de vanidad o vanagloria por aquello que hacemos. Al final nos sentimos buenos y nos autojustificamos.
Sí, es algo que tenemos que plantearnos seriamente, porque en el fondo no queremos pasar desapercibos. Decimos que no buscamos la vanidad, pero bueno que nos reconozcan aquello que hacemos no nos hace daño. En el fondo sentimos un cierto orgullo dentro de nosotros cuando nos reconocen algo bueno que hemos hecho, y tenemos la tentación de presentarlo como tarjeta de visita medio camuflada ante los demás para que vean que somos buenos y se puede confiar en nosotros.
Pero digo algo más, en mi reflexión, ¿no nos puede suceder esto también ante Dios cuando desde nuestros apuros o nuestras necesidades acudimos a El pidiendo su ayuda, pero en el fondo queriendo algo asi como recordarle que nosotros hemos sido buenos y hemos hecho tantas cosas buenas? Estaría bien que ahora Dios nos escuchara y nos concediera aquello que le pedimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos quiere hacer reflexionar sobre esas actitudes que ocultamos, pero que en el fondo podemos tener. Está Jesús observando a la puerta del templo a los que van entrando en él, y como por allí cerca está el arca de las ofrendas va viendo también los que allí se acercan para poner sus limosnas.
Y Jesús que ha visto los que con toda pomposidad  han puesto sus generosas y ricas ofrendas sin embargo se fija en una pobre y humilde viuda que pone solamente dos reales en su ofrenda. Y Jesús dirá de ella que ha puesto mucho más que los que pusieron grandes cantidades, porque Jesús ha visto el corazón de aquella pobre mujer que calladamente ha querido pasar desapercibida pero ha puesto de lo poco que tenía para vivir.
‘Cuidado con aquellos a los que les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos’. Jesús les advierte, cuando ve a los que ostentosamente ahora van poniendo sus ofrendas. Reverencias, reconocimientos, lugares de honor… que nos tengan en cuenta, que vean lo que nosotros valemos, que nosotros también hacemos muchas cosas buenas… cuantas cosas se nos pasan por nuestro interior tantas  veces. ¡Cúanto nos cuesta despojarnos de esas vanidades!
Pero Jesús se fija en los pequeños, en los humildes, los que pasan desapercibidos. De aquella pobre viuda no sabemos el nombre, no sabemos como se llamaba aquella mujer adultera y pecadora que iban a apedrear, ni sabemos como se llamaba la samaritana, pero recordamos su generosidad, su humildad para sentirse pequeña y pecadora allá tirada por los suelos, o su búsqueda de Dios.
El Señor mira nuestro corazón. Valora nuestra humildad y que nos sintamos pequeños. El Señor enaltece a los humildes, mientras a los ricos y poderosos dejó sin nada, como cantaría María en el Magnificat. ¿Cuáles son las verdaderas actitudes que hay en nuestro corazón? Cuanto nos cuesta vivir las actitudes y los valores que nos enseña el Evangelio.


viernes, 5 de junio de 2015

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Tobías 11, 5-17; Sal 145; Marcos 12, 35-37
Durante la semana en la primera lectura hemos venido escuchando la historia de Tobías a través de unas cuantas pinceladas. Aquel hombre y con un corazón compasivo y misericordioso que dejaba la comida en la mesa para ir a enterrar a los muertos en una hermosa obra de misericordia. Pero la desgracia cayó sobre él, como escuchamos estos días, quedándose ciego; la ceguera entrañaba pobreza al no poder realizar ningún trabajo pero no decayó su esperanza y la fe que había puesto en el Señor. Hoy hemos escuchado como recobra la visión al regreso de su hijo de un largo viaje acompañado por el arcángel Rafael, como un signo de la presencia del Señor que nunca les abandonaba.
Puede decirnos muchas cosas. Con ojos de fe también hemos de saber leer el devenir de nuestra vida en la que también muchas veces nos vemos envueltos en muchas oscuridades, como le sucedió a Tobías. No debe decaer nuestra fe y nuestra esperanza.
Muchas veces los errores que cometemos en nuestra vida o el mal por el que nos dejamos arrastrar nos trae consecuencias llenas de problemas y dificultades, pero otras veces, sin buscar ninguna culpa personal, la vida nos trae también esos problemas, esas nubes que nos ensombrecen; pueden ser también las limitaciones que nos aparecen en la vida, las enfermedades que afectan a nuestro cuerpo, o quizá también la convivencia que se nos pueda hacer difícil con los que nos rodean.
¿Nos dejamos hundir en nuestro mal? ¿O sabremos hacer una lectura de lo que nos sucede para descubrir quizá una llamada del Señor que de alguna manera quiere manifestarse en nuestra vida? Detrás de esos acontecimientos de la vida, muchas veces duros que el Señor permite que nos aflijan, hemos de mirar más allá y llenos de esperanza vislumbrar o esperar aquello que el Señor un día querrá darnos.
Tobías no perdió la fe ni la esperanza y un día recobrará de nuevo la visión, la luz volvió a sus ojos. La luz del Señor siempre nos ilumina, aunque algunas veces no sepamos distinguirla. Nos toca mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza. El camino puede ser duro y difícil, pero tengamos la certeza de la presencia del Señor a nuestro lado. Vendrá la salud, vendrá la solución de los problemas, vendrán caminos nuevos que se nos abren en la vida donde podamos seguir dando frutos. Mantengamos la esperanza. Siempre pondrá un ángel a nuestro lado, como el arcángel Rafael acompaño al joven Tobías indicándole en cada momento lo que tenía que hacer y aquel joven se dejó conducir.
Qué hermosa lección para nuestra vida que nos hace mantener firme esa confianza en el Señor. Algo quizá esté preparando el Señor para nosotros.

jueves, 4 de junio de 2015

Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás

Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás

Tobías,  6,10-11;7,1.9 -17;8,4-9a; Sal 127; Marcos 12,28b-34
‘Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. El que había hecho la pregunta es el que ahora hace la afirmación como corroborando lo que Jesús había respondido.
Era un maestro de la ley. Luego la pregunta no era porque no lo supiera. Jesús se limitará a citar textualmente lo que estaba en la Escritura y cada día todo buen judío repetía. Luego aquella pregunta tenía sus intenciones. Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica pero enseñaba a gente y les hablaba de Dios. Con que autoridad se habían preguntado en alguna ocasión e incluso habían venido hasta El para reclamarle. La pregunta que ahora le hace este maestro de la Ley ¿podría ser como un examen para cerciorarse de que enseñaba correctamente? Ya sabemos cómo andaban a ver cómo lo cazaban en sus palabras porque había algo nuevo en Jesús que rompía sus esquemas.
Pero quedémonos en la pregunta en sí y en la respuesta de Jesús porque podría tener hermosa enseñanza para nuestra vida que nos hiciera reflexionar. Amar y amar con todo el corazón y todo el entendimiento a Dios y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Cuántos holocaustos y sacrificios se ofrecían cada día en el templo de Jerusalén y Jesús les dirá que solo le aman con los labios, que su corazón está lejos de Dios.
Nos puede suceder también a nosotros. También cumplimos, también hacemos cosas, también hay momentos hasta en los que nos sacrificamos, hasta nos desprendemos muchas veces de lo nuestro porque queremos colaborar o respondemos a llamadas que nos hacen, pero eso no impide que nos preguntemos cómo es nuestro amor.
Sí, es cierto, que hacemos todo eso en nombre de una fe y también porque decimos que amamos a Dios, pero ¿cuál es la medida de nuestro amor? ¿Es un amor así, como se nos está diciendo hoy, con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser o,  como decimos en la formulación de los mandamientos, sobre todas las cosas? Y el amor que le tenemos al prójimo, ¿cómo es? ¿lo amamos de verdad como a nosotros mismos? Lo que queremos o no queremos para nosotros, ¿lo queremos o no lo queremos para los demás?
Eso tenemos que examinarlo de forma práctica en el día a día de nuestra vida fijándonos a la hora de nuestra relación con Dios, por ejemplo, si nos sucede que no tenemos tiempo para Dios y para su culto - la celebración de la Eucaristía del domingo - porque hay otras preferencias en nuestra vida.
Y lo mismo en nuestra relación con los demás. Examinemos de forma concreta cómo somos comprensivos con ellos como queremos que sean comprensivos con nosotros, por ejemplo; cómo sentimos las necesidades de los demás como si fueran algo que nos pasa a nosotros y somos capaces de compartir aunque nos saquemos el pan de nuestra boca para dárselo a los otros; cómo defendemos el honor de los demás en nuestras conversaciones, en juicios y criticas, como si de nuestro honor se tratara. Muchas cosas podríamos seguir preguntándonos de forma concreta.
Que nuestro amor no sea solo con los labios, mientras nuestro corazón está lejos de Dios y está lejos de los demás. 

miércoles, 3 de junio de 2015

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

Tobías 3,1-11.24-25; Sal 24; Marcos 12,18-27
 ‘A ti, Señor, levanto mi alma. Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mi con misericordia, por tu bondad, Señor…’ Así hemos rezado hoy poniendo toda nuestra confianza y toda nuestra esperanza en el Señor. Es grande la misericordia del Señor y a ella nos acogemos.
Este salmo lo hemos rezado hoy en la Eucaristía después de escuchar la oración, la súplica llena de esperanza de Tobías en la primera lectura. Hemos venido escuchando desde el lunes la historia de Tobías. Un hombre bueno, un hombre justo, un hombre lleno de misericordia que la ejercitaba para con los demás. Se manifiesta en la obra de misericordia de enterrar a los muertos aunque su vida se viera en peligro. Pero él confiaba en el Señor.
Sin embargo su vida se ve turbada por una ceguera grande en sus ojos. En su pobreza y necesidad, ser ciego era sinónimo de ser pobre porque no podía ejercer ningún trabajo con el que ganarse la vida, sigue poniendo su esperanza en el Señor. Sentirá los reproches de su mujer, la lástima pero también los comentarios y murmuraciones de las gentes. El se mantenía firme e ‘imperturbable en el temor del Señor, dándole gracias todos los días de su vida’. Respondía a lo que le decían expresando su esperanza porque, les decía, ‘somos descendientes de un pueblo santo y esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.
Es la oración que hoy escuchamos. Se siente pecador, se siente humillado y despreciado, pero sigue confiando en Dios. ‘Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad, tú eres el juez del mundo. Tu, Señor, acuérdate de mi y mírame; no me castigues por mis pecados, mis errores…’ suplica al Señor. Desea morir pero pone su vida en las manos del Señor y el Señor lo escucha, que es lo que escucharemos en los próximos días. ‘El Dios de la gloria escuchó la oración de los dos, y envió a Rafael para curarlos’, haciendo referencia también a Sara, la que sería la esposa de su hijo Tobías.
Es la oración llena de esperanza que nosotros también hemos de hacer. Nuestra vida se ve perturbada por muchas cosas, problemas, sufrimientos, abandonos, soledades, incomprensiones, descalificaciones y desprecios que podamos sufrir de los demás, pero nuestra esperanza la hemos de tener puesta en el Señor, manteniéndonos en el camino recto, haciendo el bien, actuando con misericordia siempre para con los demás y en la esperanza de la vida eterna.
Sepamos descubrir la presencia de ese ángel del Señor que Dios nos envía y pone a nuestro lado para ayudarnos a caminar por ese camino recto de bondad y de justicia. No busquemos señales extraordinarias, sino en quienes están a nuestro lado el Señor puede dejarnos las señales de su presencia.
Recordamos siempre que la ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza.



martes, 2 de junio de 2015

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Desde nuestro compromiso de creyentes ponemos los fundamentos de una sociedad más humana y más justa

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17
¿Está reñida nuestra fe en Dios con el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas en medio de la sociedad en la que vivimos? Podría ser quizá la pregunta que nos surja en nuestro interior al escuchar los planteamientos que le hacen los herodianos a Jesús, tal como escuchamos hoy en el evangelio.
Sabido es que con la pregunta capciosa que le hacían a Jesús pretendían ver en que podían cazarlo para tener de qué acusarlo. No podemos olvidar que cuando acuden a Pilatos buscando la sentencia de muerte para Jesús lo acusan de querer hacerse rey, y en consecuencia que Jesús pretendía subvertir el orden establecido. En la época de Jesús bien sabemos la situación que vivían los judíos sometidos a Roma y cómo había movimientos como los zelotas o los herodianos que se oponían de la forma que fuera a esa situación y en cierto modo había como una guerra de guerrillas en contra de los romanos. Pretenden quizá mezclar a Jesús en esos asuntos y bien vemos cómo Jesús no se deja cazar.
Pero en el fondo para nuestra reflexión sigue estando la pregunta que nos hacíamos al principio. Hoy Jesús responde que dar al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, fijándose en la moneda al uso entonces con la inscripción de la figura del César. ¿Dónde están nuestras obligaciones cívicas y qué lugar ha de ocupar en todo ello nuestra fe, nuestra relación con Dios? o podíamos hacernos la pregunta al revés, ¿dónde está nuestra fe en Dios y que lugar han de ocupar en todo ello nuestros deberes para con la sociedad en la que vivimos?
Como creyentes con una fe auténtica y bien fundamentada sabemos que Dios ha de ser, es cierto, el centro y el sentido de toda nuestra vida. En El encontramos la razón de ser de nuestra existencia y desde su luz encontramos el sentido de todo lo que hacemos y vivimos. Y vivimos en un mundo concreto, insertos en una sociedad, porque no somos unos individuos aislados, sino que hemos de tener bien claro ese sentido social de nuestra existencia que nos hace vivir en medio de los demás y con los demás. Y juntos construimos ese mundo en el que vivimos queriendo hacerlo cada día mejor, donde todos vivamos dignamente y donde también cada día podamos ser más felices.
Ahí están, tienen que estar, nuestras luchas y nuestros compromisos. Y desde el sentido de vida que tenemos queremos poner los fundamentos de ese mundo y de esa sociedad. Y aportamos nuestros valores, y actuamos movidos desde nuestros principios que además van a dar mayor humanidad a nuestro mundo y nos ayudan a trabajar más comprometidamente por el bien y la justicia.
Y ahí tenemos que decir entonces nos encontramos con nuestra fe en el Dios que da sentido a nuestra vida y nos plantea un estilo y un sentido de vivir. Y desde ahí no solo encontramos la fuerza para esa lucha y esos compromisos sino que viene a iluminar nuestra manera de actuar. No es ajena entonces nuestra fe a nuestros deberes cívicos. Es más ahí tenemos que manifestarnos con respeto, pero también valientemente con nuestra fe que también puede iluminar a los demás. No podemos ocultar nuestra fe. No podemos ocultar lo que es el sentido profundo de nuestra vida. 

lunes, 1 de junio de 2015

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Cuántas veces en la vida rehuimos a quien sabemos nos va a decir la verdad y damos la vuelta mirando hacia otro lado

Tobías 1,3;2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12
Veían que la parábola iba por ellos, pero temieron a la gente y dejándolo allí se marcharon’. Entendieron lo que Jesús les decía, pero eso no significaba que lo iban a aceptar y recibirlo como una palabra de salvación para ellos. ‘Querían echarle mano… temieron a la gente… dejándolo se marcharon’.
Cuanto nos dice esto. Es cierto que en aquel momento Jesús pronunció aquella parábola haciendo una referencia muy concreta y específica por aquellos sumos sacerdotes, letrados y fariseos que allí estaban escuchándole. La parábola de la viña tan cuidadosamente preparada por su propietario es todo un resumen de lo que había sido la historia de la salvación para aquel pueblo, que ahora llegando el Hijo de Dios le rechazaban; fuera de Jerusalén habría de morir Jesús también, pero no le íbamos a arrebatar la herencia, sino que El quería hacernos sus coherederos.
Pero nosotros hoy tenemos que escuchar esta Palabra como dicha en concreto a nosotros. También tenemos que decir que la parábola va por nosotros. Y también nosotros en realidad muchas veces nos hacemos oídos sordos a la Palabra que el Señor nos dirige; nos damos cuenta que está diciéndola por nosotros pero miramos para otra parte; tenemos la tentación de la rebeldía ante lo que nos dice o nos pide el Señor, o también nos sentimos tentados por nuestras cobardías, porque sabiendo lo que tenemos que hacer no lo hacemos; como decíamos, miramos hacia otra parte, nos hacemos sordos, decimos que no va por nosotros sino que esto le valdría bien a los que nos rodean.
Cuantas veces en la vida rehuimos a aquel que sabemos que nos va a decir la verdad, que nos va a hablar claramente; cuando veces no queremos ponernos a tiro y buscamos disculpas para irnos por aquí o por allá, con tal de no escuchar aquello que en fondo sabemos que no nos conviene. Pero somos cobardes, no damos el paso hacia adelante en eso que tenemos que mejorar en la vida o en aquello a lo que tenemos que comprometernos.
Ahí tenemos la viña del Señor puesta en nuestras manos y ¿qué hacemos? ¿Damos frutos? Es nuestra vida con tantas cosas buenos que hemos recibido; son esos dones de Dios, esos talentos, esos valores que Dios ha sembrado en nosotros, en nuestras cualidades, en eso para lo que estamos capacitados, pero que sin embargo tantas veces enterramos el talento.
Y al final nos damos cuenta que tenemos las manos vacías, que no tenemos nada que presentarle al Señor porque hemos ido dejando pasar la vida de una forma insulsa, sin compromiso, sin desarrollar esas cualidades, sin hacer esas cosas buenas que estaba en nuestras manos poder realizarlas.
Que también nos demos cuenta que el Señor habla por nosotros, para nosotros; y el Señor se vale de muchas cosas y muchas personas a nuestro lado para hacernos llegar su mensaje de salvación. No nos hagamos oídos sordos.

domingo, 31 de mayo de 2015

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20
Cuando terminamos el ciclo de todas las grandes fiestas litúrgicas hoy la Iglesia nos invita a decir, a gritar, a proclamar con todo el ser de nuestra vida, ¡Gloria! Sí, gloria a Dios que nos ha revelado el misterio de su ser, que nos ha manifestado su amor, que nos ha inundado con su gracia, que en su amor nos ha enviado a su Hijo para ser nuestra salvación, que nos regala la fuerza de su Espíritu para que en su Hijo seamos hijos. Sí, ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!
Es lo que hemos venido celebrando desde la Navidad a la que nos preparábamos con el espíritu del Adviento; es lo que hemos celebrado en la Pascua haciendo el camino purificador de la Cuaresma; es lo que se ha ido prolongando a través de todo el tiempo pascual hasta que celebramos el don del Espíritu en el pasado domingo de Pentecostés.
Pero todo eso no ha sido sino revelarnos ese amor de comunión que hay en Dios, en sus tres divinas personas, para que vivamos en El, para que vivamos en esa misma comunión, en ese mismo amor, viviendo la misma vida de Dios.
Hoy en el final del evangelio de san Mateo hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo ‘haciendo discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’.
¿Qué significan estas palabras de Jesús, este mandato de Jesús? No es simplemente a hacer un rito para el que se nos dan unos signos y se nos señalan unas palabras que hemos de decir. Comienza diciéndonos que hagamos discípulos de todas las gentes; como lo había hecho Jesús con ellos. ¿Qué es el discípulo sino el que vive lo mismo que vive su maestro? El discípulo no es solo el que aprende algunas cosas de su maestro; discípulo es el que sigue el mismo camino, vive la misma vida.
Es lo que está pidiendo Jesús, hacer discípulos para vivir la misma vida de Jesús, que es vivir la misma vida de amor y de comunión que hay en Dios. ¿No nos había dicho Jesús que El y el Padre eran uno y quien le veía a El veía al Padre? ¿No nos había dicho Jesús que si le amábamos y cumplíamos sus mandamientos El habitaría en nosotros y nosotros en El?
Nos dice Jesús que nos hagamos discípulos para sumergirnos en Dios, para vivir en Dios en su misma vida que es vivir en su mismo amor y comunión y Dios viva en nosotros. Es lo que nos está diciendo con sus palabras, ‘bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’.
¿Qué significa eso? Bautizar no es simplemente echar agua por encima; bautizar es sumergirse en el agua - hemos simplificado demasiado el rito del agua y del bautismo haciendo que en cierto modo se diluya su sentido - . Nos bautizamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que es sumergirnos en Dios, empaparnos de Dios llenándonos e inundándonos de Dios, viviendo, repito, su misma vida y su mismo amor; viviendo en nosotros también esa comunión de amor que existe en Dios.
Llenos así e inundados de Dios y de su amor y su vida, nos sentimos amados de Dios como hijos. Aquello que nos decía san Juan ‘mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Lo que hoy nos está diciendo san Pablo, ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios. Habéis recibido… un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’.
Claro que tenemos que decir ¡Gloria! El misterio de Dios que hoy contemplamos y celebramos no lo vemos como a distancia y lejano a nosotros, sino que tenemos que estarlo sintiendo y experimentando en nuestra propia vida con todas sus consecuencias. Quienes confesamos nuestra fe en Dios, en el misterio admirable y maravilloso de Dios, ya nos tenemos que sentir de otra manera, nuestra vida tiene que ser distinta, tener otros parámetros, otra manera de vivir y de actuar.
Y es que estamos sintiendo un Dios cercano, tan cercano que llena nuestra propia vida. Si Moisés en el Deuteronomio les hacía reflexionar para que consideraran lo que era la grandeza de su fe en un Dios cercano, un Dios que estaba con ellos caminando en su misma historia y eso tendría que hacerles caminar en una fidelidad mayor, cuánto más nosotros cuando descubrimos todo este misterio de amor y de comunión que nos revela Jesús, del que nos podemos llenar en su Espíritu.
¿Por qué nos dice Jesús que su único mandamiento es el amor? Porque no tenemos que hacer otra cosa que vivir en ese mismo amor de Dios, que se hace comunión, que abre nuestro corazón y nuestra vida a los demás, que nos hace caminar juntos de una manera nueva, que nos lleva a que por nuestra comunión de hermanos revelemos al mundo la maravilla de la comunión de amor que es Dios. ‘Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, os he manifestado’, que nos decía Jesús.
Y tenemos la certeza de estará con nosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Así habita Dios en nuestros corazones inundándonos de su amor.