Vistas de página en total

lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta, modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón

Hebreos, 13, 1-3; 14-16; Sal. 33; Lc. 10, 38-42
Estamos celebrando hoy a santa Marta, que como bien sabemos la comunidad de las Hermanitas la tiene como especial protectora, pero también como hermoso y valioso ejemplo de servicialidad y acogida en su trabajo con los ancianos. Un hermoso ejemplo también para todos porque nos hace descubrir valores muy importantes en nuestras relaciones humanas de cada día en las que dejándonos iluminar por la gracia de Dios nos ayudan a vivir esa caridad intensa que como cristianos tiene que brillar siempre en nuestra vida
La Palabra de Dios hoy, pues, nos está hablando de la hospitalidad, tanto en el texto de la primera lectura como en el Evangelio. Una virtud muy humana, un valor muy importante que tenemos que cultivar pero diríamos también una virtud muy gloriosa que nos acerca a Dios y nos acerca a los hermanos que caminan a nuestro lado, donde hemos de aprender a descubrir siempre el rostro y la presencia de Dios.
Una virtud muy característica del pueblo judío, y en general de todos los pueblos semitas, que manifiesta unos valores muy profundos y muy enriquecedores de las personas y de los pueblos. Un pueblo hospitalario, hemos de reconocer, es un pueblo rico en valores que por otra parte facilitan la convivencia entre todos y donde todos los que se acercan a él se sentirán a gusto en esa acogida y hospitalidad. Hay pueblos en los que brilla de manera especial esta virtud de acogida y de apertura del corazón ante el que llega, ante el forastero y para quienes nadie se considera extraño, pero también nos encontramos con pueblos muy encerrados en sí mismos en los que habitualmente se ven cerradas no solo las puertas de los hogares ante el extraño sino lo que es peor las puertas de los corazones en una cerrazón llena de desconfianza y de temor.
La persona o el pueblo hospitalario es de corazón a abierto y con esa persona o en ese pueblo siempre nos sentiremos a gusto y motivados para abrir también nuestro corazón. Yo diría más, la virtud de la hospitalidad que abre nuestro corazón al que está a nuestro lado en cierto modo nos está ayudando a abrir nuestro corazón a Dios.
Hay un texto de la Palabra de Dios, del Antiguo Testamento, que hemos escuchado en domingos anteriores, que nos habla de la acogida y hospitalidad de Abrahán ante aquellos tres caminantes que llegan a su tienda, que serán para Abrahán un signo de la presencia de Dios en su vida y de la acogida de su corazón a los designios de Dios. Le vemos allí cumplir con todas las leyes de la hospitalidad en su acogida y en el ofrecimiento de lo que tiene para que descansen del calor del camino y repongan fuerzas con el alimento. Abrahán se está encontrando con Dios.
De ello nos está hablando el hermoso cuadro del hogar de Betania, que nos ha descrito hoy el Evangelio, en aquella familia que acoge a Jesús y a sus discípulos no solo a su paso por el camino, sino también en muchas ocasiones en que Jesús llegará hasta aquellos que serán para siempre sus amigos. Recordemos cómo Marta enviará recado a Jesús cuando Lázaro está enfermo, diciéndole, ‘tu amigo, el que amas, está enfermo’; recordemos, como siempre hemos comentado, que Betania está al borde del camino que sube de Jericó a Jerusalén y era paso obligado de los peregrinos que se dirigían a la ciudad santa desde el valle del Jordán o provenientes de la lejana Galilea. Un lugar muy propicio para hacer un último descanso después de la larga subida desde el Jordán y el cansado camino desde Galilea para reponer fuerzas para tras cruzar el monte de los olivos entrar en la ciudad santa de Jerusalén.
Pero, bien, ¿qué nos puede estar diciendo hoy la Palabra del Señor? ¿Qué nos enseñará para nuestra vida este texto del Evangelio completado con el texto y reflexiones que en el mismo sentido nos ofrecía la primera lectura?
En el texto al que hacíamos mención y escuchado hace varios días, Abrahán acoge a Dios en aquellos tres caminantes y ahora vemos cómo Marta y María acogen a Jesús en el hogar de Betania. ¿Cómo se sentía Abrahán cuando sabía que estaba acogiendo a Dios en su tienda? ¿Cómo se sentían Marta y María cuando tenían el gozo de tener a Jesús con ellas en su hogar?
Hermoso ejemplo nos ofrecen para nuestra vida. Mucho tendríamos que aprender para ofrecerle nuestro amor al Señor con lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y esta manera de acoger tanto de Marta como María. En las dos encontramos la lección para acoger a Jesús que llega a nuestra vida, como para acoger a cuantos nos encontramos a nuestro paso en el camino de la vida. A los pies de Jesús hemos de saber ponernos abriendo nuestro corazón, dando lo mejor de nosotros mismos, para llenarnos de Dios, para aprender también desde la acogida de Dios a acoger a los demás y al tiempo llevar a Dios a los demás. Estamos recibiendo a Dios en aquel que llega hasta nosotros y por nuestra manera de acoger y recibir, de escuchar y atender estamos también llevándoles a Dios a sus vidas.
Quizá podríamos preguntarnos ¿somos nosotros los que ofrecemos hospitalidad a Dios o es Dios el que nos ofrece hospitalidad? Es cierto que Dios quiere venir a nosotros, quiere habitar en nuestros corazones; como nos dirá Jesús si guardamos su palabra, si cumplimientos sus mandamientos el Padre nos amará y también nos amará Jesús y el Padre y El vendrán a nosotros para habitar en nosotros. Es la acogida que hemos de hacer al Señor que viene a nuestra vida guardando su palabra, viviendo en el amor y así nos llenaremos de Dios.  
Es el ejemplo que nos ofrece María sentada a los pies de Jesús bebiéndose sus palabras, queriendo escucharle y gozarse de su presencia; pero es el ejemplo también de Marta que da lo mejor de si misma para servir, para hacer todo lo posible para que Jesús se sintiera a gusto en la casa. Por eso andaba tan ajetreada preparando todo y de ahí sus quejas porque quizá María no le ayudaba como ella quería, pero que en el fondo estaba cumpliendo también en su acogida con la ley de la hospitalidad.
Pero nos preguntábamos si no es Dios el que nos acoge a nosotros. ¿Qué es lo que quiere Dios sino que vivamos en El? Nos hace partícipes de su vida que es meternos en su corazón. ¿No nos dice Jesús en la última cena que se va junto al Padre, pero va para prepararnos sitio y que vendrá y nos llevará con El? ¿Qué otra cosa es el amor que Dios nos tiene sino meternos en su corazón?
Es por donde tenemos que aprender hoy el mensaje que nos trae la Palabra del Señor. Cuando aprendemos a acoger a Dios en nuestra vida, estamos aprendiendo a acoger a los demás en nuestro corazón, aprendiendo a meter a los demás en nuestro corazón. Esa es la verdadera acogida, la verdadera hospitalidad. No se reduce a ofrecer cosas - lo que también será necesario y en el  nombre del amor no hemos de dejar de hacer- sino que es ofrecer mi corazón, abrir mi corazón para que el otro tenga cabida en él.
Y cuando somos nosotros capaces de ofrecer la hospitalidad de nuestro corazón a los demás estamos abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. No olvidemos lo que nos enseña Jesús que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo. Pero quizá tendríamos que decir que esta virtud de la hospitalidad interactúa en nosotros en nuestra manera de acoger a Dios y en nuestra manera de acoger a los demás, de manera que no hay una sin la otra.
La hospitalidad en su sentido más elemental y natural es abrir las puertas para acoger al que llega dejando que ocupe un lugar en nuestra casa, en nuestro hogar. Ya no se trata sola y llanamente del hogar o cosa material sino que se trata de nuestro corazón que ha de ser un hogar para los demás y para Dios. Abrimos las puertas para que los otros ocupen un lugar en nuestro corazón.
Amarlos no es solo decir que los queremos mucho si luego los tenemos apartados de nuestro corazón por nuestras desconfianzas o todos esos 'peros' que solemos poner en nuestra relación con los otros. Amarlos, como decíamos, es dejar que ocupen un lugar en nuestro corazón, es permitir que se adueñen de nuestro corazón. Es la generosidad del amor que ya nos hará que no seamos dueños de nosotros mismos, sino que al otro lo pongamos siempre en el centro de nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando a santa Marta junto a una comunidad, en un hogar, con esa característica tan fundamental, la acogida, la hospitalidad, el amor. Es lo que las hermanitas nos ofrecen; no es solo un edificio donde podamos encontrar un techo, un plato de comida, o un sitio para descansar; es un hogar, un hogar abierto y lleno de amor; un hogar donde podemos aposentarnos con seguridad y con confianza, porque siempre vamos a encontrar amor; un hogar que entre todos hemos de saber construir cada día porque cada uno de los que aquí habitemos tengamos también ese corazón abierto para los demás, sabiendo aceptarnos, comprender, ofrecernos verdadera amistad.
Celebramos a santa Marta que así lo vivió en aquel hogar de Betania, pero al celebrarla a ella en esta fiesta estamos celebrando lo que queremos ser. Que el ejemplo de santa Marta nos estimule, que su intercesión nos alcance esta gracia del Señor; que el ejemplo de quienes a nuestro lado nos sirven y nos acogen sea también para nosotros ese estímulo para vivir con un corazón así. Y si lo vamos haciendo cada día, no olvidemos, estaremos abriendo más y más nuestro corazón a Dios.
Santa Marta es modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón.

domingo, 28 de julio de 2013

Le pedimos que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre

Gén. 18, 20-32; Sal. 137; Col. 2, 12-14; Lc. 11, 1-13

‘Enséñanos a orar’, le piden a Jesús sus discípulos ‘una vez que estaba orando en cierto lugar’. Eran un pueblo creyente a los que acompañaba la oración en todos los momentos del día. Así estaba prescrito en la ley del Señor, ya salieran o entraran de casa, ya comenzaran un trabajo o se retiraran a descansar, ya fuera cada día en cualquier ocasión o de manera especial cuando el día del Señor se reunía en la sinagoga para el rezo de los Salmos y la escucha de la Palabra.
David les había dejado hermosos cánticos e himnos que eran utilizados en el culto - o al menos se le atribuían a David que había reglamentado el culto del templo - pero los profetas que iban apareciendo en medio del pueblo les enseñaban a orar como lo hacía ahora Juan con sus discípulos allá en el desierto junto al Jordán. De su época era el grupo de los esenios que en las orillas del mar muerto llevaban una vida dedicada por entero a la oración.
Veían a Jesús orar en toda ocasión, y ya no era solamente cuando estaba reglamentado por el culto o la ley, sino que contemplaban como se retiraba a solas en muchas ocasiones a orar, ya fuera en el descampado o subiera a las montañas altas, como sucedió en el Tabor. Ahora le piden que les enseñe. ¿Cómo ha de ser la oración que han de hacer a Dios? ¿Se reducirán a repetir los salmos que ya traía el libro sagrado o habría otra manera?
Y Jesús les deja un modelo de oración; un modelo no significa simplemente una fórmula a aprender de memoria y repetir, sino un estilo y un sentido de lo que ha de ser la verdadera oración del discípulo. Y aunque muchas veces nos entretengamos en dar muchas explicaciones y buscar razonamientos para analizar lo que Jesús les enseñó, realmente era algo muy sencillo que estaba al alcance de todo creyente.
Sencillo porque simplemente Jesús nos enseñaba cómo ponernos delante de Dios, con qué actitud profunda del corazón y con qué espíritu. Es simplemente eso, ponernos ante Dios reconociendo en su presencia su amor. Por eso la primera palabra es Padre y ahí va todo encerrado. Decir Padre es decir tú, mi Dios me amas; a ti quiero yo amarte respondiendo a tu amor.
Cuando decimos Padre, cuántas cosas estamos reconociendo. Si decimos Padre es porque nos sentimos amados y porque queremos amar. Y cuando queremos amar queremos todo lo bueno para aquel a quien amamos y de quien nos sentimos amados. Cuando decimos Padre es que queremos portarnos como hijos; cuando decimos Padre estamos mirando con unos nuevos ojos no solo al Dios que nos creó y que nos ama, sino que estaremos mirando con una mirada distinta cuanto nos rodea, cuantos nos rodean.
Cuando le decimos Padre a Dios, queremos su gloria, la gloria del nombre del Señor; nos estamos regocijando sabiendo que ese Dios nos ama y nos quiere como hijos y su nombre para siempre será bendito, será lo más dulce que pongamos en nuestros labios y ya para siempre su voluntad será para siempre nuestra norma y nuestro estilo de actuar.
Una cosa muy sencilla nos está enseñando Jesús, porque nos está enseñando a pronunciar con un nuevo sabor una palabra, padre. Y en ese padre descargamos nuestro corazón, todo cuando llevamos dentro de nosotros. Por eso al decir Padre nos damos cuenta de nuestras necesidades, pero también nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos que están a nuestro lado. Por eso tras esa palabra irán surgiendo esas peticiones para el pan de cada día, para el sentido nuevo de cada día en que hemos de vivir, para sentir toda la fuerza divina en nosotros para vernos libres de todo mal y de toda tentación.
Le pedimos al Señor que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre. Y ahí está todo lo que tenemos que decirle a Dios. Ahí está toda la alegría y el gozo grande del alma al sentirnos amados de ese Dios que es nuestro Padre.
Luego nos explicará Jesús que podemos tener la confianza y la certeza absoluta de que en nuestra oración Dios siempre nos escucha. Es el Padre que escucha a sus hijos y le dará lo mejor. Pero es también el amigo a quien no nos importe importunar, porque siempre al final terminará cediendo para darnos lo que necesitamos. Por eso no nos podemos cansar de nuestra oración primero porque estamos gozándonos en ese encuentro con el Padre bueno que nos ama, pero además porque nos da la confianza para que acudamos a El en toda ocasión.

Por eso nos dice: ‘Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. No podemos acercarnos al Señor con desconfianza. Eso es lo que hará que no se nos conceda lo que pedimos, porque es que no lo hacemos con fe, con la confianza total que nos enseña Jesús a tener con el Padre.

sábado, 27 de julio de 2013

¿trigo o cizana?

Mateo  13: 24 - 30

Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?" Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»

Nos preguntamos muchas veces ¿por que tanto mal, tanto egoismo, tanta hipocresia, tanta injusticia? Queremos lo bueno, pero vivimos rodeados de tanto mal. Queremos un mundo bueno y sin embargo van floreciendo tantas flores del mal alrededor nuestro, de manera que nos salpica a nosotros tambien. Luchamos por el bien, queremos sembrar buenas semillas en la vida; es, por ejemplo, la tarea de los educadores, la tarea de la familia, la tarea de los que trabajan por los demas, la tarea de toda persona buena que quiere hacer siempre el bien, la tarea que queremos realizar desde la Iglesia sembrando las semillas del Reino de Dios. Tenemos el peligro se sentirnos defraudados porque no vemos frutos o los frutos se malogran; sentimos la desilusion de que alli donde sembramos lo bueno luego vemos surgir el mal y todas sus consecuencias. 
¿Tenemos que perder la esperanza? ¿Vamos a tirar la toalla, como se suele decir? De ninguna manera. Hemos de trabajar siempre con ilusion, con esperanza, con constancia, con amor. Nos fiamos del Señor y en El encontramos toda la fuerza que necesitamos. El Señor esta a nuestro lado y nos da la fuerza de su Espiritu. Lo que nos puede parecer muerte es camino de vida, si comprendemos el sentido de la pascua. Fue el camino de Jesus y es nuestro camino.
Esa esperanza quiere suscitar en nuestro corazon la parabola que hoy nos propone la Palabra de Dios. Juntos aparecen en el campo que vamos sembrando la buena semilla y en medio la cizaña, pero no nos hemos de sentir defraudados sino esperar a la cosecha final. En contra de lo que pueda suceder en la naturaleza el corazon de los hombres puede cambiar. La gracia del Señor los puede transformar. Es nuestra esperanza. Es nuestra lucha por el Reino de Dios.

viernes, 26 de julio de 2013

dichosos vuestros ojos porque ven...

Mateo  13: 16 - 17


«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!

Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

Cuantas veces decimos que nosotros hubieramos deseado haber estado en los tiempos de Jesus para verle con nuestros ojos, estar a su lado, tocarle con nuestras manos como aquellos enfermos que llegaban hasta El, escuchar su voz con nuestros oidos. ¿Nos tendriamos que quedar con esas ganas y deseos? Pero tenemos la maravilla de la fe. Podemos estar con Jesus, podemos escucharle de manera incluso mas hondo que si solamente escucharamos con nuestros oidos, podemos escucharle en nuestro corazon. Por la fuerza de su Espiritu El esta con nosotros y nos llena y nos inunda con su vida.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Despertemos nuestra fe. No olvidemos que Jesus estara siempre con nosotros como  nos ha prometido. No olvidemos como y donde podemos verle, porque le tenemos en el projimo, y tenemos que aprender que cuando vemos al projimo tenemos que ver a jesus; cuando escuchamos al projimo tenemos que escuchar la voz de Jesus que nos llama; cuando tendemos nuestra mano de amor al projimo que esta a nuestro lado, estamos tendiendo la mano a Jesus.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Despertemos nuestra fe porque le tenemos en los sacramentos, le tenemos en la Eucaristia donde podemos comerle y llenarnos de su vida, le tenemos en el abrazo de perdon que nos da en el sacramento de la Reconciliacion.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Te damos gracias, Señor, porque siempre te podemos ver a nuestro lado derramando tu amor sobre nosotros.

jueves, 25 de julio de 2013

seguir a jesus bebiendo de su mismo cáliz


seguir a jesus bebiendo de su mismo cáliz
Mateo  20: 20 - 28

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

FIESTA DEL APOSTOL SANTIAGO, PATRON DE ESPAÑA
Dos discipulos de Jesus que quieren seguirle. Con El han estado desde el principio. Uno alla desde el Jordan habia ido preguntando 'Maestro, ¿donde vives?'; ambos estaban en la orilla del lago cuando Jesus paso y los invito a seguirle. Hubo disposicion  generosa y buena voluntad; se fueron con Jesus; alla en aquel primer encuentro fueron a ver donde vivia Jesus y se quedaron con El; mas tarde en el lago lo dejaron todo, barca, redes, familia por seguir a Jesus. Les habian invitado a ser pescadores de hombres. 
Habian estado con Jesus, habian escuchado sus enseñanzas, sabian que Jesus subia a Jerusalen y alli el Hijo del Hombre habia de ser entregado; pero habia cosas que no tenian claras. Bueno, eso era la impresion que daban cuando un dia con los otros discipulos habian discutido por primeros puestos; ahora era su madre, el corazon de las madres que quieren siempre lo mejor para sus hijos, viene pidiendo primeros puestos. 'Manda que estos dos hijos mios se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino'. 
No sabian lo que pedian. Se los recuerda Jesus. En su Reino los primeros puestos no van por los caminos de las ambiciones humanas; el primer puesto pasa por el servicio, por hacerse el ultimo y servidor de todos. Quien no sea capaz de entenderlo no ha entendido aun lo que es el Reino de Dios. Es lo que Jesus ahora quiere hacerles comprender. Y se pone como ejemplo. Es que el discipulo no es mayor que su maestro; es que el discipulo sigue el camino de su maestro.
'¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?' Una pregunta interesante; una pregunta exigente; una pregunta que abre nuevos caminos; una pregunta para hacernos trascender en la vida. ¿Podemos beber el caliz que Jesus ha de beber? Es el caliz de la pasion; es el caliz de la entrega; es el caliz del amor. Es el caliz con que seguimos los pasos de Jesus. 
Haznos Señor comprender lo que significa seguirte; lo que significa beber tu caliz. Santiago a quien hoy celebramos lo bebio. Fue el apostol que llego a nuestras tierras anunciando el evangelio; es el primero de los apostoles en derramar su sangre, en dar su vida. ¿En que vamos a beber el caliz del Señor? Muchas veces en la vida tendremos oportunidad de hacerlo. Que el Espiritu del Señor nos ilumine y nos de su fortaleza.

miércoles, 24 de julio de 2013

salio un sembrador a sembrar

Mateo  13: 1 - 9

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»

Salio el sembrador a sembrar... pero ¿seremos nosotros buena tierra? De la semilla estamos seguros, del sembrador tambien. Es el Señor, es su Palabra, pero ¿la acogemos? ¿la recibimos en nuestra vida?
Preparemos nuestra tierra, preparemos nuestro corazon. No dejemos endurecer nuestro corazon. Hay tantas cosas que nos endurecen la vida: los problemas que nos quitan la paz, las pasiones que se nos descontrolan cuando no tenemos suficiente dominio, las influencias externas que recibimos y por las que nos dejamos influenciar, la falta de profundidad que le damos a nuestros pensamientos y reflexiones...
Te quiero pedir Señor, que no se me endurezca el corazon; dame tu gracia, dame tu fuerza. Quiero abrir mi corazon a tu Palabra; quiero llenarme de tu vida. Riegame, Señor, con la fuerza de tu gracia

martes, 23 de julio de 2013

quién es mi madre y quienes son mis hermanos

Mateo  12: 46 - 50

46Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.
47Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»
48Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»
49Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
50Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

¿Quienes son la familia de Jesús? ¿Llegaremos a ser nosotros la familia de Jesús? En esto nos tiene que hacer pensar este evangelio. Alli estaba María, la madre de Jesus; allí estaban, como dice el evangelista en el lenguaje semita, sus hermanos, sus parientes. No los rechaza Jesus, en eso no podemos pensar. Pero no está enseñando que no solo es la carne o la sangre lo que nos une para ser su familia. Podemos ser una nueva familia, tenemos que ser una nueva familia.
Podemos recordar lo que ya al principio del evangelio de san Juan se nos dice que los que aceptan la luz, los que creen de verdad que Jesus es el Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu son hechos hijos de Dios. 'A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por via de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios'. 
Ahora nos dirá Jesús: 'Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre'. Es la fe para aceptar la Palabra de Dios. Es la fe que nos lleva a escucharla, pero no de cualquier manera, sino en lo más hondo del corazón; es la fe que nos da fuerza para cumplirla y para vivirla. 
Cumplamos la voluntad de Dios y somos la familia de Dios. Busquemos a Dios; escuchemos su Palabra; descubramos de verdad lo que es su voluntad; realizemos en la vida la Palabra de Dios y llevándola a la práctica y vivencia de cada día, y estaremos siendo la familia de Dios.

lunes, 22 de julio de 2013

santa maria magdalena

Juan  20: 1 - 2, 11 - 18

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» -. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Estaba María Magdalena junto al sepulcro fuera llorando. Las lágrimas velaban sus ojos. El amor la hacía sufrir intensamente. Había estado junto a la Cruz, al lado de María, bebiéndose las últimas palabras, con el corazón traspasado de dolor, como María. Al amanecer del primer día de la semana, tan pronto lo permitía el descanso sabático concluido había corrido al sepulcro. Pero estaba vacío. Su dolor aumentaba. Corre a donde los discípulos para anunciar el sepulcro vacío. 'Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto...' Después que vivieran Pedro y Juan y vieran el sepulcro vacío allí quedó ella, pero sus ojos estaban velados por el dolor.
Ya hemos escuchado el diálogo entre cegueras y lágrimas hasta que se vislumbró la luz de la resurrección. Aunque sus ojos estaban cegados, los oídos del alma escucharon la voz del Maestro. La llamaba por su nombre. 'María... ¡Rabbuní (Maestro)!' Fueron las cortas palabras que se cruzaron, pero estaba todo dicho, estaba todo hecho. Allí estaba el Señor resucitado. Ahora correrá de nuevo - mañana de carreras la de aquel primer día de la semana - para anunciar a los discípulos que había visto al Señor. 
María cuenta siempre con los discípulos, con la comunidad. Primero para contar su problema, luego para anunciar la Buena Noticia y trasmitirles su alegría. María, la pecadora que un día Jesus había perdonado y echado de ella siete demonios como dice un evangelista, ahora no se puede separar de la comunidad de los discípulos. Lo había aprendido con el amor que había quedado prendado en su corazón. Lo había aprendido cuando estuvo al pie de la cruz. Ahora la lección se repite pero para ella le faltan alas a los pies para correr lo suficiente para ir y volver una y otra vez  la comunidad de los discípulos. 
Cúanto tendríamos que aprender para no andar solo por la vida. Cuando vamos solos los problemas nos aturden y los ojos se nos cierran para no ver. Vivamos la comunión de los hermanos; vivamos la comunión de la Iglesia. Ahí siempre vamos a encontrar a Jesus. Ahí siempre sentiremos que Jesus nos llama por nuestro nombre, porque siempre nos sentiremos amados de Jesus.

domingo, 21 de julio de 2013

Cuando acogemos a Dios en nuestra vida aprendemos a acoger a los demás en nuestro corazón

Gén. 18, 1-10; Sal. 14; Col. 1, 24-28; Lc. 10, 38-42
La Palabra de Dios hoy nos habla de la hospitalidad, tanto en el texto de la primera lectura como en el Evangelio. Una virtud muy humana, pero diríamos también una virtud muy gloriosa que nos acerca a Dios.
Una virtud muy característica del pueblo judío, y en general de todos los pueblos semitas, que manifiesta unos valores muy profundos y enriquecedores de las personas y de los pueblos. Hay pueblos en los que brilla de manera especial esta virtud de acogida y de apertura del corazón ante el que llega, ante el forastero y para quienes nadie se considera extraño, pero también nos encontramos con pueblos muy encerrados en sí mismos en los que habitualmente se ven cerradas no solo las puertas de los hogares ante el extraño sino lo que es peor las puertas de los corazones en una cerrazón llena de desconfianza y de temor.
De ello nos ha hablado la primera lectura en la acogida y hospitalidad de Abrahán ante aquellos tres caminantes que llegan a su tienda, que serán para Abrahán un signo de la presencia de Dios en su vida y de la acogida de su corazón a los designios de Dios. Le vemos cumplir con todas las leyes de la hospitalidad en su acogida y en el ofrecimiento de lo que tiene para que descansen del calor del camino y repongan fuerzas con el alimento.
De ello nos habla también ese hermoso cuadro del hogar de Betania en aquella familia que acoge a Jesús y a sus discípulos no solo a su paso por el camino, sino también en muchas ocasiones en que Jesús llegará hasta aquellos que serán para siempre sus amigos.
¿Qué nos puede estar diciendo hoy la Palabra del Señor? ¿Qué nos enseñará para nuestra vida este texto del Evangelio completado con el relato del Génesis?
Abrahán acoge a Dios en aquellos tres caminantes y Marta y María acogen a Jesús en el hogar de Betania. ¿Cómo se sentía Abrahán cuando sabía que estaba acogiendo a Dios en su tienda? ¿Cómo se sentían Marta y María cuando tenían el gozo de tener a Jesús con ellas en su hogar?
Hermoso ejemplo nos ofrecen para nuestra vida. Mucho tendríamos que aprender para ofrecerle nuestro amor al Señor con lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y esta manera de acoger tanto de Marta como María. A los pies de Jesús hemos de saber ponernos abriendo nuestro corazón, dando lo mejor de nosotros mismos, para llenarnos de Dios, para aprender también desde la acogida de Dios a acoger a los demás y al tiempo llevar a Dios a los demás.
Quizá podríamos preguntarnos ¿somos nosotros los que ofrecemos hospitalidad a Dios o es Dios el que nos ofrece hospitalidad? Es cierto que Dios quiere venir a nosotros, quiere habitar en nuestros corazones; como nos dirá Jesús si guardamos su palabra, si cumplimientos sus mandamientos el Padre nos amará y también nos amará Jesús y vendrán a nosotros para habitar en nosotros. Es la acogida que hemos de hacer al Señor que viene a nuestra vida guardando su palabra, viviendo en el amor y así nos llenaremos de Dios.  
Es el ejemplo que nos ofrece María sentada a los pies de Jesús bebiéndose sus palabras, queriendo escucharle y gozarse de su presencia; pero es el ejemplo también de Marta que da lo mejor de si misma para servir, para hacer todo lo posible para que Jesús se sintiera a gusto en la casa. Por eso andaba tan ajetreada preparando todo y de ahí sus quejas porque quizá María no le ayudaba como ella quería, pero que en el fondo estaba cumpliendo también en su acogida con la ley de la hospitalidad.
Pero nos preguntábamos si no es Dios el que nos acoge a nosotros. ¿Qué es lo que quiere Dios sino que vivamos en El? Nos hace partícipes de su vida que es meternos en su corazón. ¿No nos dice Jesús en la última cena que se va junto al Padre, pero va para prepararnos sitios y que vendrá y nos llevará con El? ¿Qué otra cosa es el amor que Dios nos tiene sino meternos en su corazón?
Es por donde tenemos que aprender hoy el mensaje que nos trae la Palabra del Señor. Cuando aprendemos a acoger a Dios en nuestra vida, estamos aprendiendo a acoger a los demás en nuestro corazón. Y cuando somos nosotros capaces de ofrecer la hospitalidad de nuestro corazón a los demás estamos abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. No olvidemos lo que nos enseña Jesús que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo. Pero quizá tendríamos que decir que esta virtud de la hospitalidad interactúa en nosotros en nuestra manera de acoger a Dios y en nuestra manera de acoger a los demás, de manera que no hay una sin la otra.
La hospitalidad en su sentido más elemental y natural es abrir las puertas para acoger al que llega dejando que ocupe un lugar en nuestra casa, en nuestro hogar. Ya no se trata sola y llanamente del hogar o cosa material sino que se trata de nuestro corazón que ha de ser un hogar para los demás y para Dios. Abrimos las puertas para que los otros ocupen un lugar en nuestro corazón.

Amarlos no es solo decir que los queremos mucho si luego los tenemos apartados de nuestro corazón por nuestras desconfianzas o todos esos 'peros' que solemos poner en nuestra relación con los otros. Amarlos es dejar que ocupen un lugar en nuestro corazón, es permitir que se adueñen de nuestro corazón. Es la generosidad del amor que ya nos hará que no seamos dueños de nosotros mismos, sino que al otro lo pongamos siempre en el centro de nuestro corazón.

sábado, 20 de julio de 2013

la caña cascada no la quebrará

Mateo  12: 14 - 21

Pero los fariseos, en cuanto salieron, se confabularon contra él para ver cómo eliminarle. Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos. Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza.

En Cristo se cumplen las Escrituras pero para creer en El son necesarios los ojos de la fe. Son muchos los que le siguen porque creen en El. Pero hay muchos que le rechazan; hoy nos habla del evangelio de que 'se confabularon contra El para ver como eliminarle'. En Jesus se estaban cumpliendo las Escrituras, lo que habían anunciado los profetas. El propio evangelista nos cita al profeta Isaías.
Nos señala cosas importantes porque de entrada nos dirá que es el elegido y amado de Dios, lleno del Espíritu Santo. Es un texto paralelo al que nos cita san Lucas cuando va Jesús a la sinagoga de Nazaret. Allí nos decía que fue ungido y enviado para hacer el anuncio de la Buena Noticia a los pobres; nos señalaba entonces cómo se iban a dar las señales de esa liberación que nos traia el Mesias curando a los enfermos y proclamando el año de gracia del Señor. 
Aquí nos dice cómo aprovechará hasta lo más pequeño para hacer crecer la vida y la salvación. 'La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio'. Por eso Jesus será para todas las naciones esperanza. 
Es la esperanza que ponemos nosotros en la salvación que nos ofrece, sabiendo cómo el Señor quiere siempre contar con nosotros aunque nos creamos que valemos poco. Somos instrumentos de salvación para los demás, aunque nos consideremos indignos. Siempre espera el Señor de nosotros esa respuesta de amor a su gracia.

viernes, 19 de julio de 2013

misericordia quiero

Mateo  12: 1 - 8

En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado.» Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»

Muchas veces somos esclavos de la norma, de la regla y nos apegamos a la letra de aquellas cosas que tenemos que cumplir. Por supuesto que Jesús nos dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud y que ha de cumplirse hasta lo más mínimo, porque el que no sabe ser fiel en lo pequeño no lo sabrá ser en lo que es verdaderamente importante. 
Pero tenemos que saber descubrir el espíritu y el sentido de aquellas cosas que hemos de hacer para que no nos hagamos esclavos de la norma. El mandamiento es el cauce y el sentido de lo que hacemos para que vayamos por caminos de fidelidad, pero lo importante es el amor que pongamos en aquello que hacemos. 
Podríamos ser fieles a la letra pero hacer las cosas a regañadientes y sin gusto y es importante que nos sintamos libres en esa libertad que el Señor nos ha dado y desde esa libertad interior sepamos escoger ese camino de fidelidad. Podemos ser cumplidores hasta el extremo, pero luego no  somos capaces de tener misericordia, compasión, ternura para aquellos que están a nuestro lado. ¿De qué me serviría? 
Por eso jesus nos dice hoy que busquemos la misericordia, que actuemos con misericordia, que pongamos amor del verdadero en nuestra vida y en todo lo que hacemos, que llenemos de ternura nuestro corazón y el incienso que va a subir de nuestra vida al Señor será un perfume agradable que proclamará siempre la gloria del Señor.

jueves, 18 de julio de 2013

venid a mi los fatigados y sobrecargados

Mateo  11: 28-30
28«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
29Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
30Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»



Qué gozo podemos escuchar estas palabras de Jesús. Tenemos la seguridad y la certeza de que en El vamos a tener nuestro descanso. Muchas son nuestras preocupaciones; andamos mucha veces agobiados por la vida, pero El es nuestra paz.
Algunas veces nos parece que seguirle es tarea poco menos que de héroes y nos parece poco menos que imposible el seguir sus pasos. Hoy nos dice que vayamos a El, que no nos pone un yugo pesado sobre nuestra vida porque su carga es ligera, tan ligera como el amor, tan suave como la mansedumbre y la humildad.
Gracias, Señor, por el aliento que sentimos en nuestro caminar. Gracias porque eres el dulce Cireneo de nuestra vida. Contigo queremos estar siempre; tu camino queremos seguir. Señor, llénanos de tu paz.

miércoles, 17 de julio de 2013

te doy gracias Padre

Mateo  11: 25 - 27

25En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.
26Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Bendigamos al Señor que en su misterio de amor no ha querido quedarse escondido sino que ha querido revelársenos. Demos gracias porque en nuestro corazón ha puesto semillas de eternidad para que podamos llegar a El. Demos gracias que en su infinita Sabiduría se revela a los pequeños y a los sencillos. 
Vayamos con corazón humilde hasta Dios, porque sabemos que solo los humildes podrán conocer a Dios. Que nunca la soberbia de nuestro corazón empañe nuestra mirada; que no nos ciegue y nos impida ver y conocer a Dios.
Gracias, Padre, porque nos has dado a tu Hijo que nos descubre tu misterio de amor. 
Que por nuestra humildad y amor podamos ser instrumentos también para que los demás puedan llegar hasta Dios.

martes, 16 de julio de 2013

Vestimos el escapulario de María llenándonos de su belleza y santidad

Celebramos en este día una Advocación de la Virgen María muy entrañable y arraigada en la devoción del pueblo cristiano a la Madre del Señor. El nombre de la Virgen del Monte Carmelo, que comúnmente decimos Virgen del Carmen, tiene su origen en los montes del mismo nombre que se hallan en Israel y que arrancan desde las llanuras y valles de Galilea hasta desembocar, por así decirlo, en el mar Mediterráneo. Nombre que evoca la belleza de esos montes - por ahí iría el significa de la palabra - y que nos habla de la belleza del corazón de la Madre del Señor.
En el Carmelo se había refugiado el profeta Elías, celoso del culto del Dios verdadero frente a los falsos dioses o baales de los pueblos circundantes de Israel; la Biblia nos refiere diversos episodios de este profeta en su lucha contra los falsos profetas de los baales. Y en la época de las Cruzadas por recuperar la tierra santa del Señor del poder de los sarracenos que la habían invadido, muchos cruzados una vez cumplidos sus objetivos militares se retiraron a estos montes para dedicarse a la oración en medio del silencio y debido al gusta de estar en la tierra del Señor.
Allí se levantó una capilla o templo en honor de la Virgen, que como es normal tomaría ese nombre, la Virgen del Monte Carmelo, la Virgen cuya imagen se encuentra en el Monte Carmelo. En esta gente que se retiraba al monte Carmelo, en recuerdo del profeta Elías dedicados a la oración, y reunidos en torno a este templo de la Virgen tuvo su origen la Orden de los Carmelitas. A un religioso de esta Orden se cuenta de la aparición de la Virgen para entregarle esa vestidura, ese escapulario, como signo de su consagración al Señor y a la Virgen.
El 16 de julio de 1251, la imagen de la Virgen del Carmen se le habría aparecido a San Simón Stock, superior general de la Orden, al que le entregó sus hábitos y el escapulario, principal signo del culto mariano carmelita. Según es tradición la Virgen prometió liberar del Purgatorio a todas las almas que hayan vestido el escapulario durante su vida, el sábado siguiente a la muerte de la persona y llevarlos al cielo.  La iconografía principal de la Virgen la muestra portando dicho escapulario.
Como bien sabemos un escapulario en su origen era como un delantal o una vestidura que se ponía sobre la ropa ordinaria como prevención para que los trabajos que realizasen no dañasen sus vestidos. Pronto pasó de ser la vestidura de los servidores que la utilizaban como prevención a ser un signo religioso que viene a significar esa protección que en María encontramos frente a todos los peligros que pudieran atentar contra nuestra fe o nuestra vida cristiana.
Por eso la devoción a la Virgen del Carmen está tan unida al escapulario de la Virgen que llevamos como signo de esa protección maternal de María. Se nos habla de una vestidura, un hábito o un escapulario, que vestimos con el orgullo de pertenecer a María. Pero creo que no tendríamos que quedarnos solamente en llevar de forma externa esa vestidura o ese escapulario sino más bien el revestirnos de María, el revestirnos de todas esas virtudes y de toda esa santidad de María, porque quien se está vistiendo de María se está vistiendo de Cristo.
Que sintamos gozosos esa protección de María vistiendo su hábito o llevando su escapulario. Que lo llevemos con orgullo y con dignidad no permitiendo que nada en nuestra vida manche esa vestidura de María que llevamos, manche esa vestidura de la gracia de la que hemos no solo de revestirnos sino empaparnos. Que hagamos honor por la santidad de nuestra vida de ser esos hijos de María que quieren parecerse a la Madre del Señor.

Démosle hondo sentido a nuestra devoción a la Virgen. Vistámonos de su santidad y de sus virtudes.

lunes, 15 de julio de 2013

Un mensaje aparentemente contradictorio pero que nos llena de paz

Ex. 1, 8-14.22; Sal. 123; Mt. 10, 34-11,1
Hay ocasiones en que nos cuesta entender el mensaje del evangelio; nos puede parecer incluso contradictorio sobre todo cuando nos quedamos simplemente con la letra y lo que pudiéramos interpretar a primera vista en una primera lectura. Cuando nos suceden cosas así tenemos que exprimir más el espíritu de fe e invocar con un mayor fervor al Espíritu Santo que venga en nuestra ayuda.
Hoy, sobre todo en las primeras palabras de lo que hemos escuchado, nos sucede así. El mensaje del evangelio es siempre un mensaje de paz; como tantas veces hemos reflexionado incluso fue lo primero que cantaron los ángeles en su nacimiento en Belén. Y en otros momentos Jesús nos dirá que nos da su paz porque de ella quiere llenar nuestro corazón o se convierte en el primer mensaje que quiere trasmitir a los enfermos, a los pecados y a cuantos creen en El y vienen a su encuentro.
Sin embargo, en el texto que hoy hemos escuchado, comienza diciéndosenos: ‘No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz, sino espadas…’ y continúa hablándonos de falta de entendimiento entre padres e hijos, entre hermanos y parientes porque pareciera que el enemigo lo tenemos en la propia casa. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Es aquí donde tenemos que invocar con fuerza al Espíritu Santo que nos ilumine y nos haga saborear de verdad el mensaje de Jesús.
¿Significa que Jesús no quiera la paz para nosotros? No olvidemos también que fue el primer mensaje de pascua en sus apariciones después de la resurrección. Pero sí tendríamos que recordar lo que había anunciado proféticamente Simeón cuando la presentación de Jesús niño en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Jesús iba a ser un signo de contradicción, ante el que había que decantarse, hacer opción fundamental en la vida. Y cuando hacemos opción por Jesús sabemos que la vida no nos va a ser fácil. No todos entenderán el mensaje de Jesús y muchos se van a poner en contra. Muchas veces desde los más cercanos a nosotros no comprenderán las opciones que nosotros podamos hacer por Jesús y su evangelio y nos vamos a encontrar quienes nos hagan la guerra. Es la división que va a aparecer entre los que nos rodean cuando hacemos opciones claras y radicales por Jesús y su evangelio.
Un ejemplo concreto. ¿Qué suele suceder cuando un joven que va llevando una vida normal con sus caminos de la vida siguiendo un ritmo normal y de repente porque ha sentido una llamada en el corazón siente, por ejemplo, que el Señor le llama por el sacerdocio o a una joven por la vida religiosa? Todos sabemos cuantos dramas se producen en muchas ocasiones en las familias cuando alguien ha tomado una decisión de esta naturaleza. Tratarán de quitarle la idea de la cabeza, tratarán de aconsejarlo para que deje la decisión para otro momento más adelante, le dirán que está loco cuando se decide por eso con lo feliz que podría ser en la vida y con la prosperidad que podría alcanzar en el mundo con lo preparado que está.
Así podríamos mencionar muchas más situaciones donde vemos que aparece la división, se crean momentos de inestabilidad quizá en las familias y de falta de paz, aunque bien sabemos que hay casos en que esto sea un motivo de alegría y de dar gracias a Dios. Aquí estamos contemplando como se realiza este anuncio de Jesús.
Jesús nos habla de la radicalidad con que hemos de vivir su seguimiento de manera que estemos dispuestos a abandonarlo todo por seguirle a El, porque eso será en verdad ganar la verdadera vida y salvación. ‘El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí’, nos dice Jesús claramente en el evangelio.
Nos habla luego de cómo acogiendo a sus enviados le estamos acogiendo a El y acogiéndole a El estamos acogiendo a quien le envió. Y nos hablará finalmente del valor las cosas pequeñas y de lo que nos pueda parecer más insignificante como pueda dar de beber un vaso de agua, porque esa fidelidad tendrá premio en el cielo. ‘El que de de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es discípulo mío, no perderá su paga, os lo aseguro’.

El mensaje de Jesús siempre nos llenará de paz y de vida, porque sabemos que siempre podemos contar con su presencia y con su fuerza.

domingo, 14 de julio de 2013

trata de ver a Dios y ámale y alcanzarás la vida eterna

¿Qué es lo que tengo que hacer? Trata de ver a Dios y ámale

Deut. 30, 10-14; Sal. 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Un maestro de la ley se presentó a Jesús y le preguntó, dice el evangelista, ‘para ponerlo a prueba’. Luego seguirá haciendo más preguntas. Es curioso. Es un maestro de la ley el que hace las preguntas cuando sería él quien diera las respuestas y explicaciones. Pero ya sabemos. ¿Quería realmente saber o lo que estaba haciendo era poner a prueba al Maestro, quizá porque no había estudiado en sus escuelas rabínicas? Pero en el fondo así lo está reconociendo y llamando, Maestro.
De todas formas, aparte de las intenciones que pudiera tener, es una interesante pregunta. Dará pie para que Jesús nos dé una hermosa explicación, un mensaje bien hermoso. Pregunta el escriba por lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna que, de alguna manera, está preguntando que ha de hacer para alcanzar a Dios. Nosotros ya podemos entender lo que es la vida eterna. Todos queremos conocer a Dios; todos queremos alcanzar a Dios, en el fondo, vivir a Dios. Como nos decía el libro del Deuteronomio ‘el mandamiento del Señor está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, cúmplelo’. Tratemos de descubrirlo para que lleguemos a vivirlo.
La pregunta, respondida con otras palabras, pero con un mensaje semejante sería y me atrevo a proponerlo casi como un lema: trata de ver a Dios y ámale. Nos puede parecer simple la respuesta al tiempo que alguno podría pensar que imposible. Ver a Dios y pensamos en su inmensidad y en su grandeza, pensamos en sus perfecciones infinitas y pensamos en un misterio insondable. Imposible nos puede parecer. Pero se trata de eso, de ver a Dios para amarle. ¿Cómo vamos a amarle sin verle ni conocerle? No podemos amar lo abstracto; en el misterio nos parece imposible penetrar. Verlo con nuestros propios ojos nos parece inaccesible. Podríamos hacernos muchas elucubraciones con estas palabras que estoy diciendo y pensar que necesitaríamos todo un estudio de la teología, que es la ciencia de Dios, la ciencia que estudia a Dios. Pero pienso, sin embargo, que es algo mucho más sencillo y es lo que de alguna forma nos va repitiendo y enseñando Jesús a lo largo del evangelio.
¿Dónde y cómo podemos ver a Dios? Recorramos las páginas del evangelio. Es el misterio que Jesús nos viene a desvelar. Hoy en la respuesta de Jesús y la parábola que a continuación nos propone ante la segunda pregunta del letrado nos está hablando del prójimo. Y nos dirá al final como una conclusión: ‘Anda, haz tu lo mismo’. Y ¿qué es lo que hizo aquel buen samaritano? Amar a aquel hombre que estaba caído al borde del camino y estaba amando a Dios. En aquel hombre comenzó a ver a Dios y comenzó a amar intensamente a Dios.
Recordemos lo que nos dirá Jesús cuando nos hable del juicio final. ‘Todo lo que a uno de estos hermanos pequeños hicisteis, a mi me lo hicisteis’. Luego en el hermano, en el prójimo, en el hombre que sufre o que pasa hambre, en el que está tirado al borde del camino - ¡cuántos hay tirados al borde del camino de la vida en nuestro entorno! - hemos de ver a Jesús, allí está el rostro de Jesús. Y ahí, en el hermano, tenemos que amar a Jesús, vamos a manifestar de verdad que amamos a Dios.
Nos dirá primero que tenemos que amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos; luego en un paso más adelante nos dirá Jesús que tenemos que amarlo como El nos ha amado. Ya es una medida grande porque grande e infinito es el amor que nos tiene Jesús que ha llegado a dar su vida por nosotros. Y ahora estamos viendo como una razón grande para amar al prójimo es que ahí estamos viendo a Jesús, estamos viendo a Dios y por eso lo estaremos amando.
Así pues, ahí en el hermano tirado al borde del camino hemos de amar con un amor como el de Jesús. Como aquel samaritano que se bajó de su cabalgadura, que cargó con el hombre malherido, que lo cuidó y lo sanó, así tenemos que amar nosotros; así estaremos entonces amando a Dios; así estaremos alcanzando la vida eterna.
No es fácil, hemos de reconocer, porque quizá el deseo primero que tengamos en nuestro corazón es que queremos amar algo que sea amable y agradable; no siempre quizá ese rostro del hermano con quien nos cruzamos y al que tenemos que amar no nos sea del todo agradable desde nuestros prejuicios, desde las concepciones que tengamos del amor y de lo que hemos de amar, o porque quizá veamos demasiadas miserias humanas, o de aquello que quizá pensamos que es lo primero que tengamos que hacer. Pero ahí está la grandeza y la sublimidad del amor cristiano.
Aquel sacerdote y aquel levita que pasaron por el camino y dieron un rodeo para no toparse de frente con el hombre caído al borde del camino quizá pensaban que su amor a Dios estaba solamente en aquel culto que iban a dar en el templo de Jerusalén. Pero ya vemos cual es el culto agradable que hemos de darle a Dios, como nos está enseñando Jesús, y cómo hemos de manifestarle de la mejor manera ese amor que hemos de tenerle a Dios para que en verdad sea con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Descubramos, pues, lo que es la sublimidad del amor cristiano, del amor que le hemos de tener a Dios.
Es la pregunta que nos aparecía desde el principio. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Pero es la respuesta que como mensaje resumido, como un lema, dábamos también. Trata de ver a Dios y ámale. Tratamos de ver a Dios en el prójimo, en el hermano y lo vamos a amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser. Como tiene que ser siempre el amor a Dios. Como tiene que ser también el amor al prójimo. Porque ya nos decía Jesús que el segundo es semejante al primero y asó nos decía cómo habíamos de amar al prójimo.

Ahora tenemos que hacer el esfuerzo de volver a leer el texto del evangelio y en especial la parábola que Jesús nos propone. Vamos a comprender muchas cosas. Veamos entonces cómo tenemos que amar a Dios; veamos entonces como hemos de hacer para alcanzar la vida eterna. Miremos donde está nuestro prójimo y estaremos viendo donde está Dios. Cuando lo descubramos con toda sinceridad, amémosle sobre todas las cosas. El nos da la fuerza de su Espíritu para que podamos hacerlo.

sábado, 13 de julio de 2013

El discípulo no es mayor que su maestro, entonces hemos de vivir totalmente la pascua con Jesús

Gén. 49, 29-33; 50, 15-25; Sal. 104; Mt. 10, 43-33
Cuando amamos a alguien de verdad nuestro deseo es estar lo más cerca posible de aquella persona a la que queremos porque nos gusta disfrutar de su presencia y del calor de su amistad, pero no solo es el estar cerca sino sentirnos en unión con ella. Una unión que si no la podemos expresar de otra manera al menos queremos parecernos a esa persona, imitamos su manera de ser y de actuar, queremos en verdad ser gratos a esa persona a la que amamos y hacemos las cosas que son de su agrado, que no es adulación, sino algo como espontáneo que surge de nuestro corazón porque nos sentimos como identificados con ella.
Es lo que queremos expresar cuando decimos que seguimos a Jesús, que somos sus discípulos, nos llamamos cristianos en que precisamente lo vamos manifestando en esa opción que vamos haciendo en la vida de dejarnos iluminar por el mensaje del evangelio de manera que lo hacemos norma y sentido de nuestra vida. Por eso decimos siempre que seguimos a Jesús no de boca, no solo con palabras, sino desde las actitudes y comportamientos más profundos de nuestra persona. Es un optar por el camino de Jesús.
No siempre es fácil. Como hemos reflexionado muchas veces decaemos en nuestro entusiasmo y rodamos por la pendiente resbaladiza de la tibieza que tanto daño nos hace a nuestro seguimiento de Jesús. Pero, como nos ha venido diciendo Jesús en lo que venimos escuchando de sus palabras estos días, cuando queremos seguir su camino, vamos a encontrar una oposición semejante a la que se encontró El. Lo hemos venido contemplando en el Evangelio, y bien sabemos que su camino pasó al final por la pasión y por la cruz desde la envidia y el orgullo de aquellos a los que molestaba el mensaje del Reino que anunciaba Jesús.
Hoy nos dice que ‘un discípulo no es más que su maestro… si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú (en referencia a aquellos que decían que echaba los demonios con el poder del príncipe de los demonios), ¡cuánto más a los criados!’. O sea que el discípulo va a pasar también por el mismo camino de pasión y de muerte que el de Jesús. ¿No recordamos que cuando aquellos dos apóstoles le pedían primeros puestos - lo vamos a escuchar en pocos días en la fiesta de Santiago - El le preguntó si podían, si eran capaces de beber el cáliz que El había de beber?
Ayer nos hablaba de las persecuciones, de las cárceles y la comparecencia ante los tribunales por los que habríamos de pasar, pero hoy nos dice que no tengamos miedo. Nos lo repite por tres veces. ‘No tengáis miedo…’ Y entonces no podemos ocultar el mensaje que da sentido a nuestra vida aunque haya muchos a los que no les guste. Qué fácil nos es hacernos acomodaciones cuando sabemos que va a haber rechazo. Pero ese no puede ser el actuar del discípulo, como no fue así el actuar de Jesús. ‘Lo que os digo en la noche, decidlo en pleno día; lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea’, nos dice.
No hemos de temer la muerte a la que nos podrían conducir; en fin de cuentas perder esta vida terrena que es cierto que un día se ha de acabar, no es nada en comparación con perder la vida eterna. ‘Temed al que pueda destruir con el fuego alma y cuerpo’, nos dice. Y es que hemos de confiarnos en la providencia de Dios que cuida de nosotros. Cómo hemos de saber ponernos en las manos de Dios.
De ahí que hemos de dar la cara por nuestra fe, por el evangelio, por Jesús. Somos unos testigos que no podemos callar. Cuando a los apóstoles les prohibían hablar del nombre de Jesús, ellos decían que tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres. Hoy nos dice Jesús: ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo’. Qué abogado más poderoso vamos a tener. Jesús ora por nosotros, como lo escucharemos en la oración sacerdotal de la última cena, para que seamos fieles, para que mantengamos la unidad, para que no nos falte la fortaleza del Espíritu que El nos enviará para que demos ese testimonio delante de los hombres.
Queremos vivir unidos a Jesús; queremos vivir su misma vida y nos identificamos totalmente con El; con Jesús queremos vivir su pascua, en la parte que hay de pasión y muerte, con la certeza de que también vamos a llegar a la parte de la luz y de la resurrección, porque sabemos que Jesús estará de nuestra parte.


viernes, 12 de julio de 2013

El que persevere hasta el final, se salvará

Gén. 46, 1-7.28-30; Sal. 36; Mt. 10, 16-23
‘El que persevere hasta el final, se salvará’. Cuánto cuesta la perseverancia, hemos de reconocer. Nos hacemos propósitos, queremos hacer muchas cosas, decimos que no volveremos a tropezar en la misma piedra, que eso no lo volveremos a hacer y así no sé cuantas cosas, pero ya sabemos lo que nos sucede, pronto nos cansamos, pronto olvidamos nuestros buenos propósitos. Es la inconstancia que nos acecha.
Esto que nos sucede en la vida de cada día en nuestra lucha diaria, nos sucede también en nuestra vida espiritual. Momentos de especial fervor donde sacamos los mejor de nuestra religiosidad y de nuestros compromisos cristianos los tenemos con frecuencia; pero con frecuencia también caemos por la pendiente resbaladiza de la tibieza que nos conduce a abandonar muchas cosas buenas que nos habíamos propuesto hacer y esa religiosidad y espiritualidad se nos debilita y se nos enfría.
Son las tentaciones que vamos sufriendo cada día; son los contratiempos que nos van apareciendo en la vida; son los obstáculos que nos ofrece la vida misma; es la desgana y el cansancio en nuestras luchas que muchas veces se nos mete en el alma y nos lleva a esa tibieza espiritual.
Cuánto nos cuesta perseverar; con qué empeño habríamos de tomarnos todo lo que hace referencia a nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la reflexión honda que hemos de ir haciendo ante todo lo que nos sucede, el saber dejarnos aconsejar por quienes nos puedan ayudar en ese camino de nuestra vida espiritual. Parte de nosotros mismos ese debilitamiento y somos, por así decirlo, nuestros propios enemigos cuando no cuidamos debidamente nuestra fe y la respuesta que hemos de darle al Señor en ese camino de nuestra vida cristiana.
Pero hoy Jesús quiere hablarnos de algo más, de esa oposición y hasta persecución que vamos a sufrir en nuestro encuentro con el mundo. De entrada nos dice que nos manda ‘como ovejas en medio de lobos’. Y nos habla de cómo de parte de aquellos que nos rodean, en ocasiones incluso de los más cercanos a nosotros, vamos a encontrar no apoyo sino persecución. ‘No os fiéis, nos dice, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’.
Cuando el evangelista escribe el evangelio y nos trasmite estas palabras ya aquellas primeras comunidades cristianas, en aquel primer siglo del cristianismo, estaban sufriendo todas estas cosas. Pero no fue solo entonces, porque bien sabemos que ha sido la tónica a través de todos los siglos y también en nuestros tiempos. No suelen ser habitualmente noticias que salgan en los telediarios de las televisiones o en las páginas de los periódicos, pero hoy en muchos lugares del mundo los cristianos siguen sufriendo persecución y martirio.
Y bien sabemos que en nuestra tierra española en pleno siglo XX fueron muchos los cristianos, en unos años muy tristes para nuestra historia, murieron dando su vida por la causa del evangelio, por la causa de la fe. Precisamente nuestra Iglesia española se prepara para la beatificación, el próximo octubre en Tarragona, de un numerosísimo grupo de cristianos, sacerdotes, religiosos y religiosas y muchos laicos cristianos, muertos en esos años de persecución. Decíamos tristes de nuestra historia, pero gloriosos para quienes dieron su vida derramando su sangre a causa de la fe. Que la sangre de esos mártires sea semilla de cristianos en nuestra tierra y su testimonio sea un estimulo grande y un sentir una fuerza interior de la gracia de Dios en nuestros corazones para una renovación de la vida cristiana de nuestro pueblo.
Pero la Palabra de Jesús escuchada en el Evangelio que nos anuncia todo eso que nos puede suceder es también una palabra viva de esperanza que nos hace sentir la fortaleza del Señor. ‘No os preocupéis de lo que vais a decir o cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. No se podría comprender la fortaleza y perseverancia de los mártires hasta llegar a dar su vida por la causa del Evangelio, en muchas ocasiones en medio de fuertes tormentos, si no contáramos con la fuerza del Espíritu Santo en nuestros corazones. Es la promesa de Jesús. Es la seguridad y la confianza que podemos tener para dar ese testimonio, para mantener esa perseverancia hasta el final.
‘Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas’, que nos dice Jesús. Esa perseverancia en el día a día de nuestro caminar cristiano para no perder la intensidad de nuestra vida cristiana, como decíamos al principio de nuestra reflexión; esa perseverancia también en los momentos difíciles en que no somos comprendidos o incluso podamos ser rechazados a causa de nuestra fe; son cosas que estamos viviendo cada día, porque para muchos nuestra testimonio de fe y el testimonio del evangelio que pueda dar la Iglesia hoy, muchas veces molesta y de una forma o de otra se le trata de ocultar, de querer encerrarnos, como se suele decir, en las sacristías, pero hemos de saber ser testigos de Cristo en la vida de cada día, ahí en la plaza de nuestro mundo.
Que no nos falte la fortaleza del Señor y la asistencia del Espíritu Santo.