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martes, 13 de septiembre de 2011

El Señor sigue viniendo a nuestro encuentro con su gracia de vida


1Tim. 3, 1-13;

Sal. 100;

Lc. 7, 11-17

‘Todos sobrecogidos daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros’. Es la admiración ante lo sucedido. Es el reconocimiento de la fe. ‘Daban gracias a Dios’. Es el reconocer el misterio de Dios que se les manifiesta: ‘un gran profeta ha aparecido entre nosotros’.

Pero ¿qué es lo que estamos viendo? Dios que viene al encuentro del hombre. El rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús. En otras ocasiones será el enfermo o el que sufre, el que tiene el mal dentro de sí o el que se siente pecador el que acude a Jesús buscando la salvación, buscando la salud, buscando la vida. Claro que siempre hemos de saber ver una moción del Espíritu en el interior del hombre para buscar esa salvación, aunque no sepa bien cómo lo hace.

Pero en esta ocasión es Jesús el que viene al encuentro del hombre. Llega a la ciudad y se encuentra con el gentío de los que salen a enterrar al joven difunto, hijo único de una madre que era viuda. Y es Jesús el que se acerca, detiene la comitiva, se acerca hasta el féretro, levanta de la muerte al muchacho devolviéndoselo vivo a su madre. Se le movieron las entrañas a Jesús; allí estaba su corazón misericordioso. ‘Al verla – a la madre llena de dolor por la muerte de su hijo – le dio lástima, se acercó al ataúd, lo tocó – para que se detuvieran los que lo llevaban – y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!’.

Jesús sigue acercándose a nosotros, en nuestro sufrimiento, en nuestro dolor, en lo que es nuestra vida tan llena de muerte en ocasiones. Quiere levantarnos; quiere devolvernos la vida, quiere resucitarnos porque quiere darnos la vida verdadera. Toca nuestra vida, nos llama la atención, nos habla a través de signos y de acontecimientos, nos grita su palabra, pero algunas veces no nos detenemos, seguimos en nuestro camino de muerte, no reconocemos a Jesús, no aceptamos y recibimos su salvación.

La misma muerte de nuestro pecado que nos envuelve nos hace insensibles, sordos a la llamada de Jesús. Vemos las maravillas de Dios y no somos capaces de reconocerlas. Seguimos en nuestra rutina, en nuestra frialdad, en nuestra indiferencia, en nuestras sorderas y cegueras. Tenemos que escuchar muchas veces evangelios como éste que hoy se nos está proclamando para que vayamos despertándonos a esa acción de Dios. Tenemos que dejar que el Señor llegue a nuestra vida y escuchar su voz.

Todos esos milagros de Jesús que contemplamos en el evangelio están hechos para nosotros. Sí, no pensemos que eso es sólo cosa de otro tiempo, de los tiempos de Jesús en Palestina. Ya sabemos que la Palabra de Dios que escuchamos no es simplemente el relato de historias antiguas, de otro tiempo, o de las cosas que les sucedieron a otros. La Palabra de Dios que se nos proclama, se nos proclama para nosotros y en nosotros quiere realizar esa obra de salvación, en nosotros se han de hacer también esas maravillas de Dios.

Ahora que la estamos escuchando y nos está haciendo pensar, pidámosle al Señor que venga a nosotros y toque nuestros oídos, quite las escamas de nuestros ojos, toque nuestra vida y limpie la lepra de nuestros pecados, nos tienda la mano y nos levante de nuestra invalidez, de nuestra muerte; que no nos deje llegar al sepulcro sino que nos resucite; que su gracia transforme de verdad nuestra vida.

Y también sepamos reconocer y admirarnos por las maravillas que vemos que el Señor sigue haciendo en nosotros y en los que están a nuestro lado. Y sepamos darle gracias, cantar la alabanza, dar a conocer también a los demás las maravillas del Señor. El sigue viniendo a nuestra vida y saliéndonos a nuestro encuentro con su gracia.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La mirada del Cristo que nos impresiona y llena de paz

homilia con motivo de la celebración
de los 350 años de la llegaada
del Cristo de Dolores a Tacoronte

Algo que ha cautivado siempre a cuantos nos acercamos a la Imagen bendita de Nuestro Cristo de Tacoronte ha sido su mirada. Ya nos postremos aquí al pie del altar, o nos quedemos en cualquier rincón de nuestra Iglesia su mirada nos llega al alma, penetra hondo en nosotros. Sus ojos, su mirada siempre se clavarán en nuestro corazón.

Cuántas cosas hemos oído contar - o nosotros mismos lo hemos sentido también - de peregrinos que se acercaban a este Santuario con sus penas, sus dolores, sus problemas o sus motivos de acción de gracias y que sentían cómo la mirada del Cristo llegaba a lo más dentro de ellos mismos hablándoles a su corazón apenado, sintiéndose confortados y aliviados en sus sufrimientos, que hacían brotar las lágrimas no sólo de sus ojos sino de lo más hondo de su alma en una oración musitada de petición insistente y confiada, de súplica llena de esperanza o de acción de gracias por tantas cosas en las que se habían visto beneficiados. Para mi sigue siendo impresionante y sumamente hermosa y significativa la mirada del Cristo cuando atraviesa nuestra plaza o nuestras calles, en especial en la procesión de la noche, con el silencio frío y al mismo tiempo ardiente en el corazón que siempre se produce a su paso en cuantos le contemplan o se sienten interpelados por esa mirada.

Una mirada llena de serenidad y dulzura, una mirada reconfortante y te llena de paz, una mirada que nos manifiesta un amor profundo en ese supremo instante de su entrega en su dolor o como victorioso de la muerte como quiere reflejarnos su imagen.

Una mirada de su rostro severo y a su vez sereno bellamente plasmada por el artista en la Imagen de nuestro Cristo de los Dolores y que yo diría recoge esas miradas que en el evangelio vemos en Jesús para con los enfermos o con los pecadores, para los que se sienten atribulados o incluso para aquellos que de alguna manera le han negado, se han puesto en su contra o hasta le abandonan porque no son capaces de seguirle en todo lo que El les pide. No es, sin embargo, nunca una mirada airada o de reproche sino siempre una mirada de amor y de paz; una mirada que es invitación y que es señal de El también está en camino siempre a nuestro lado.

La mirada de llamada a los discípulos junto al lago invitándoles a seguirle, o la mirada compasivo y siempre misericordiosa a los pecadores; la mirada que levantaba a los enfermos de su postración, enfermedad o invalidez como a la suegra de Pedro o al paralítico tanto al que descolgaron por techo o el que estaba postrado junto a la piscina probática; la mirada al joven que había invitado a seguirle pero que se marchaba pesaroso incapaz de dar el paso, o la que invitaba a Zaqueo a bajarse de la higuera porque quería ir a hospedarse a su casa; la mirada penetrante pero llena de misericordia y compasión a la multitud que andaba como ovejas sin pastor y a los que alimenta con su palabra enseñándoles y con el pan milagrosamente multiplicado allá en el descampado; la mirada a Judas en el momento de la entrega en que sigue llamándole amigo, o la que dirige a Pedro tras la negación que le movería a lágrimas de arrepentimiento.

Pero sería la mirada que llenaba de alegría, de paz y de gozo inmenso cuando resucitado se aparecía a las mujeres que iban a buscarlo al sepulcro, o a los discípulos desesperanzados en camino a Emaús o reunidos llenos de miedo y temor en el Cenáculo, o allá junto al lago cuando se habían vuelto de nuevo a la pesca. Siemre un saludo de paz y de alegría con sus palabras y con su presencia y su mirada llena de amor. Son muchas las miradas – no podemos ahora recorrerlas todas - que contemplamos en Jesús a lo largo del evangelio y que en cualquiera que sea nuestra situación con mirada así nos sentimos nosotros cuando nos postramos ante nuestro Cristo de los Dolores.

Dejémonos penetrar por esa mirada de Jesús que inunda nuestro corazón de paz y de amor como a tantos peregrinos que a lo largo de los siglos se han acercado a este Santuario. Siempre que aquí acudimos algo hondo vamos a sentir en nuestro corazón. Desde niños aquí hemos venido y hemos aprendido a abrir nuestro corazón al Señor desde nuestras penas, nuestras necesidades, nuestros sufrimientos. Sus puertas están siempre abiertas porque la casa del Cristo es siempre nuestra casa a la que venimos con gusto, con deseos de Dios y aquí siempre nos sentiremos transportados a algo grande y hermoso, a la trascendencia que da un sentido a nuestra vida.

Cuando escuchaba el pasado viernes al historiador hablarnos de la llegada de esta Bendita Imagen a nuestro pueblo y como poco a poco se fueron estableciendo costumbres y tradiciones me hacía rememorar lo que yo mismo he vivido desde mi niñez y juventud aquí junto al Cristo, y más tarde como sacerdote en los años que estuve más cerca si cabe de este Santuario por mi trabajo pastoral en Tacoronte.

Decir que mis primeros encuentros con el Cristo de Tacoronte fueron pasados los diez años de edad, pues bien sabéis que no nací en este pueblo sino que a esa edad vine a vivir aquí. Ya desde mi llegada, y que fue casi en las vísperas de las fiestas de setiembre, al primer domingo de residir aquí ya mi madre me trajo a Misa como había sido siempre nuestra costumbre, porque doy gracias a Dios por haber nacido y crecido en una familia profundamente cristiana a la que nunca podía faltar la misa dominical. Sería entonces y asi mi primer encuentro con esta imagen aunque en ese sentido no tengo recuerdos especiales ni emotivos. Sí me recuerdo mucho una figura sacerdotal, que no puedo dejar de mencionar, a don José Pérez Reyes celebrando, confesando en el confesonario que estaba cercano a la puerta que da a los claustros del convento, explicándonos el evangelio mientras otro sacerdote oficiaba la misa.

Y ya recuerdo de entonces escuchar hablar a los vecinos de mi barrio del día del Señor, que para los tacoronteros fue siempre el viernes, sin quitar por supuesto importancia al domingo. El día del Señor, el viernes, era algo que no se podía dejar de lado en las familias tacoronteras. Muchas promesas se hacían entonces de venir un número determinado de viernes, el viernes del Señor, a Misa a este Santuario. Era la ofrenda, la promesa o la acción de gracias, como un rendimiento de pleitesía al Señor de Tacoronte.

Pero no eran sólo los tacoronteros, lo recuerdo muy bien, sino que esa misa de la mañana bien temprano se encontraban personas venidas también de otros lugares. Siempre se habla de cómo en la octava de la fiesta vienen muchas personas del sur, de Güimar y de Arafo, pero no sólo de ahí, sino eran también muchas las personas que venían de Santa Cruz o venían del Norte. Pero no solo en la fiesta sino en esos viernes del Señor como decía. Ya en épocas en las que era mayor recuerdo encontrar gentes que no faltaban nunca de Los Realejos, de La Cruz Santa, de la Orotava. Por lugares más lejanos del sur, Arona o Granadilla, me encontré en alguna casa una lámina de nuestro Cristo de Tacoronte, señal de la devoción que les hacía venir de sitios tan lejos hasta nuestro Santuario.

Era un lugar también donde venían muchas personas a confesarse aprovechando la visita al Cristo. ¿Quién no recuerda – al menos nosotros los mayores – al P. Pascual o a don Sixto en el confesonario antes de misa los viernes ya fuera en la mañana o cuando ya se hacia en la tarde? Y eso hasta no hace muchos años, porque en mis tareas parroquiales en otras parroquias siempre me encontré con personas que te hablaban de su venida al Cristo y de cómo acudían aquí a confesarse los viernes.

En ese sentido recuerdo lo que mi madre me contaba de su primera venida a la fiesta del Cristo traída por su padre, mi abuelo, probablemente aún no se había casado, luego estoy hablando de la década de los años veinte, en una carreta o carro tirado por caballos. Cómo serían esos viajes por aquellos caminos para venir a ver al Señor de Tacoronte. Me hablaba de la procesión y de cómo la gente tendía sus manteles en las huertas que rodeaban entonces la plaza para comer allí.

Pero hablando de los viernes del Señor había otra cosa que era el manifiesto o la exposición del Santisimo que en la tarde, - en aquella época la misa era siempre en la mañana - sobre todo los primeros viernes se hacía y a la que acudían muchas personas devotas. Y no podemos olvidar tampoco los sermones del Cristo que en la ultima semana antes de semana santa, entonces llamada semana de pasión, se tenían ya en la noche a los que acudían gentes de todo tacoronte, llenándose el santuario.

Recuerdos, que nos tendrian que hacer pensar mucho. Porque pienso que nuestra Imagen del Cristo de los Dolores y su Santuario fue de alguna manera una fuente de espiritualidad no sólo para Tacoronte, sino para cuantos acudían a la visita al Señor de los Dolores. Y confieso que ha sido para mi siempre un sueño. Cómo tendríamos que saber aprovechar pastoralmente este Santuario como un punto importante de renovación espiritual de nuestro pueblo. En la tarea de nueva evangelización en la que estamos empeñados habría que saber aprovechar todo el tema de las devociones populares, porque además santuarios como éste tan visitados tendrían que convertirse en focos y fuentes de espiritualidad.

No se puede quedar la devoción al Cristo en una fiesta que hacemos en setiembre o que la vida parroquial ordinaria en la misa de semana y domingos prácticamente se haya trasladado a este Santuario. Recuperar la parroquia de Santa Catalina, sí, pero hacer de este Santuario un lugar de encuentro espiritual para muchos que aquí acuden. No sé cómo habría que hacerlo, pero sí pienso que es algo que se puede aprovechar en nuestras tareas evangelizadoras con la atracción que la imagen de nuestro Cristo de los Dolores si teniendo para tantos no sólo de nuestro pueblo sino también de fuera.

Dada la advocación de nuestro Cristo, de los Dolores en otro tiempo llamado también de la Agonía como nos decía el historiador, para todo ese mundo del dolor, de la enfermedad y del sufrimiento podría ser una buena fuente de espiritualidad. Contemplando a Cristo en su dolor, pero también en su victoria sobre el dolor, el mal y la muerte como nos refleja su imagen, cuánto podríamos aprender para descubrir el valor y significado del sufrimiento, de cómo no sólo en Cristo encontrar esa fuerza y esa gracia para enfrentarnos a esas situaciones dolorosas de nuestra vida sino para encontrar su sentido y su sentido redentor cuando desde nuestro dolor y sufrimiento nos unimos a Cristo en la Cruz.

Mucho habría que hablar en este sentido, pero son pensamientos y sugerencias que me surgen con motivo de estas celebraciones que estamos viviendo del 350 aniversario de la venida de esta bendita Imagen del Cristo de los Dolores a Tacoronte. Que esta programación especial de estos dias sea un ensayo y un aprendizaje para muchas cosas mas que se podrían tener para empaparnos de la espiritualidad de nuestro Cristo de Tacoronte.

Termino. Dejémonos cautivar por esa mirada del Cristo. Que nos llegue hondo, al fondo de nuestra alma, y que sintamos cuántas cosas el Señor quiere decirnos. Que nuestra devoción a nuestro Señor de Tacoronte nos haga crecer en una espiritualidad verdaderamente cristiana y que sea renovadora no sólo de nuestras vidas sino de cuantos nos rodean, o se acercan hasta este santuario.

Y el nombre de la virgen era María, nombre cargado de divinas dulzuras



‘Y el nombre de la Virgen era María’, nos señala con detalle el evangelista cuando comienza a relatarnos el momento grandioso en el que se iban a suceder las maravillas de Dios.

Cuando el ángel saluda a María llamándola la llena de gracia, porque Dios está con ella –‘Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo’ – ante la turbación que estas palabras le producen la llama por su nombre. ‘No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor’. Y es que cuando en momentos de turbación o nos sentimos impresionados por algo el escuchar nuestro nombre nos llena de paz y nos da seguridad.

El ángel la llama por su nombre. ‘Nombre cargado de divinas dulzuras’, que diría san Alfonso María de Ligorio. Nombre que nos llena de alegría y de esperanza; nombre que nos sabe a gloria porque bien sabemos no sólo lo que el nombre de María puede significar, sino lo que realmente María venía a significar en la historia de nuestra salvación.

Los autores hacen juegos de palabras con las etimologías de este nombre y hacen comparaciones en lo que pudiera significar en las diferentes lenguas antiguas. No vamos a detenernos excesivamente en ello pero para nosotros el nombre de María es un nombre de vida. María es la nueva Eva que si aquella primera madre de los vivientes nos trajo la muerte con el pecado, en María encontramos la gracia porque su Sí a la embajada del ángel nos trajo la vida y la salvación para todos los hombres haciendo posible que Dios se encarnase en sus entrañas para ser Dios con nosotros.

No nos quedamos en el significado de belleza o señorío que pueda encerrar esta palabra que la puede convertir en princesa o en reina nuestra, sino que también en su raíz podemos contemplarla como la más amada, porque así fue amada por el Señor hasta hacerla su madre.

San Bernardo llama a María la Estrella del Mar, porque son su luz y su presencia nos va a dar siempre el norte que nos lleva hasta Jesús sin ningun temor ni pérdida. Como la estrella polar en la noche o la luz de los faros en nuestros mares nos estará señando siempre el camino para que vayamos a Jesús.

María, Reina, Madre, Faro de luz, Consuelo, camino de felicidad, arco iris que nos anuncia la paz del espíritu en medio de las tormentas, aurora de la salvación, esperanza cierta que nos anuncia la luz del día de la gracia y de la salvación. Bienaventurado el que ama vuestro nombre, oh María —exclama San Buenaventura—, porque es fuente de gracia que refresca el alma sedienta y la hace reportar frutos de justicia’.

El nombre de María siempre nos habla de pureza y de santidad, como enseñara san Pedro Crisólogo. La contemplamos inmaculada, sin pecado; la invocamos como la purísima y la siempre virgen; le pedimos que nos mantenga el alma pura porque a ella siempre queremos parecernos.

Como nos habla sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios en sus revelaciones escucha la voz del Padre celestial que habla del nombre que ha de llevar la que va a ser la madre de Dios: ‘María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna’.

Y ese nombre ‘llave del cielo’, como le dice san Efrén, es el que queremos llevar siempre bien marcado en nuestro corazón, porque es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra Madre, a la que queremos invocar en todo momento porque con su protección e intercesión nos sentiremos siempre seguros de acertar en el camino del seguimiento de Jesús.

Invoquemos a María, llamémosla con este dulce nombre, amémosla con todo nuestro corazón porque estamos seguros que siempre sentiremos sobre nosotros su protección.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Experiencia de amor y perdón que da capacidad para perdonar

Ecls. 27, 33-28, 9;

Sal. 102;

Rom. 14, 7-9;

Mt. 18, 21-25

La autenticidad y la sinceridad con que hagamos las cosas hará que lo que vamos haciendo vaya dejando huella positiva en nuestra vida y vayan teniendo repercusiones en lo que vivimos o hacemos. No nos vale hacer las cosas de una manera formal, simplemente porque hay que hacerlo como si de un rito ajeno a nuestra vida se tratara. Y creo que hay peligro que en muchas cosas, incluso importantes, que hacemos o vivimos algunas veces nos puede faltar esa autenticidad.

A esto que voy diciendo uno este pensamiento. Quien ha experimentado de una forma intensa y honda en su vida el sentirse amado y perdonado será el que luego podrá tener también buen corazón para los demás y mostrarse de la misma manera misericordioso como para saber perdonar con generosidad. Claro que podré experimentar en el fondo del alma ese amor y ese perdón cuando con sinceridad yo me he sentido pecador, he sentido la miseria del pecado en mi vida y he sabido acudir a quien me ama y puede perdonarme.

Está claro que estamos hablando del perdón, tanto el que recibimos de Dios como del que generosamente hemos de saber dar a los demás. Llegar a pedir perdón a Dios por nuestros pecados, podríamos decir, que más o menos lo hacemos, pero ya sabemos cuanto nos cuesta el perdonar a los demás, a cualquiera que nos haya podido ofender de alguna manera. Es un hueso que solemos tener atravesado en nuestra garganta, es un nudo muchas veces difícil de desatar que llevamos en el corazón.

¿No es esa la pregunta que le hace Pedro a Jesús? Y por la forma como algunas veces nosotros actuamos nos pudiera parecer que Pedro se pasa de generoso cuando le dice a Jesús si ha de perdonar hasta siete veces, porque muchas veces nosotros a la primera ya nos cerramos a otorgar el perdón. Cuántos resentimientos y resquemores guardados en el corazón; cuántas amistades rotas que ya parece que no se volverán a recomponer nunca; cuántas palabras o saludos negados para siempre por esta causa; cuántos odios que nos queman y nos hacen daño por dentro.

Pero si nos pudiera parece que Pedro es generoso llegando hasta siete en las veces que se ha de perdonar, la respuesta de Jesús para muchos les puede parecer imposible. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta sententa veces siete’. Porque eso ya lo entendemos como que tenemos que perdonar siempre.

Y Jesús nos propone la parábola que bien conocemos. El criado a quien su amo perdonó su deuda a pesar de ser inmensa, simplemente por la generosidad de su corazón; pero dicho criado que no supo perdonar a su compañero que le debía pero que era algo insulso comparado con lo que a él se le había perdonado.

Pudiera parecernos que esto se contradice con algo de lo que anteriormente hemos dicho, porque a él le habían perdonado pero no supo perdonar. Pero es en lo que precisamente se le quiere hacer recapacitar. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?’

Es en lo que nosotros tenemos que reflexionar y a lo que antes hacía mención. La experiencia de sentirnos amados y perdonados. No es la formalidad simple de que se nos perdone, sino es fundamentalmente la experiencia del amor, la experiencia de sentirnos amados. Y ese perdón que el Señor me ofrece es la consecuencia lógica de su amor. Y quien se siente amado del Señor y vive ese amor en lo profundo de sus entrañas necesariamente tendrá que sentirse impulsado al amor, impulsado en consecuencia al perdón.

Por eso hablábamos también de la autenticidad y la sinceridad con que hacemos o vivimos las cosas. Es la autenticidad y la sinceridad con que tenemos que acercarnos al Señor, la autenticidad y sinceridad con que hemos de vivir, por ejemplo, los sacramentos. No los podemos convertir nunca en un ritualismo que realizamos, en una formalidad sin más.

Vemos con autenticidad nuestra vida y la miseria de nuestro pecado y contemplando lo que es el amor que el Señor nos tiene es cómo nos acercamos verdaderamente arrepentidos a pedir perdón al Señor; verdaderamente arrepentidos y poniendo toda nuestra capacidad de amor. ‘Porque amó mucho se le perdonan sus muchos pecados’, le decía Jesús al fariseo cuando la mujer pecadora se acercó llorando a Jesús como un signo de su arrepentimiento. Es lo que nosotros hemos de hacer.

Esto que reflexionamos tendría que hacernos revisar con sinceridad – y vuelvo a emplear la palabra – cómo celebramos nosotros el sacramento de la Penitencia para que le demos autenticidad, para que haya un encuentro auténtico y vivo con el Señor y con su amor, y así experimentemos ese perdón generoso que el Señor nos concede.

Y por otra parte cuando vamos viviendo esto asi tan intensamente es cuando surgirá esa generosidad de nuestro corazón para ofrecer el perdón al hermano que me haya ofendido. Qué importante el mandamiento del amor que tiene que regir y marcar nuestra vida. Si hubiera ese amor auténtico a la manera de Jesús desde la experiencia de sentirnos nosotros amados del Señor, nuestras relaciones, nuestro trato con los que nos rodean sería distinto. Habría de verdad amor y misericordia en nuestro corazón, seríamos realmente comprensivos y sabríamos aceptarnos y acogernos mutuamente, sabríamos perdonarnos siempre porque también nosotros queremos sentirnos perdonados.

Esto es una experiencia cristiana que hemos de vivir con intensidad, porque ya sabemos que muchas veces en el mundo que nos rodea esto no es fácil de vivir. Esa experiencia del perdón y del sentirnos perdonados creo que es un aspecto muy importante en esta civilización del amor que hemos de ir sembrando a nuestro alrededor. Tenemos que vencer el odio a fuerza de amor.

Tenemos que ser instrumentos de paz, de amor, de perdón en el mundo en el que vivimos. No son cosechas fáciles de cultivar, pero desde nuestra fe en Jesús es algo que tiene que estar muy presente en nuestra vida. San Pablo les decia a los colosenses que habían de ponerse la vestidura de la compasión y misericordia, de la bondad, de la humildad, de la mansedumbre y de la paciencia y todo eso ceñido con el cinturón del amor y de la paz. Que esa sea la vestidura que resplandezca en nuestra vida y así siendo comprensivos, sabremos aceptarnos y sabremos perdonarnos siempre con generosidad de corazón.

El papa les decía a los jovenes en Cuatro Vientos: ‘Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios’.

Cuántas consecuencias se tendrían que sacar de estas palabras. ‘Personas que se saben amadas de Dios… el origen de nuestra existencia un proyecto de amor de Dios… abrir nuestro corazón a ese misterio de amor…’ Y si abrimos nuestro corazón a ese misterio de amor, comenzaremos a amar de verdad a los demás; sabremos, entonces, perdonar siempre con generosidad. Nuestra vida y nuestro mundo sería distinto. Nuestras relaciones serían más humanas porque están llenas de amor.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca


1Tim. 1, 15-17;

Sal. 112;

Lc. 6, 43-49

‘Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca…’ nos dice Jesús. Y antes nos ha dicho: ‘El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien; y el que es malo, de la maldad saca el mal…’

Nos daría para pensar. ¿Qué es lo que guardamos en el corazón? O nos lo podríamos preguntar de otra manera, ¿qué es lo que se manifiesta en nuestras obras, en nuestra vida?

Recordamos lo que Jesús les hizo reflexionar a los fariseos cuando se quejaban que los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer, por aquello de las tradiciones de los fariseos que no se sentaban a comer sin antes lavarse bien, restregando una y otra vez cuando venían de la plaza, por si acaso vinieran manchados con alguna impureza. Y Jesús les decía que lo malo o lo impuro podría salir de nuestro corazón donde están las malas intenciones y los malos deseos. Por eso, como nos dice hoy, de ‘lo que rebosa nuestro corazón, lo habla la boca.,.’

Pero Jesús hoy a lo que nos está invitando a que demos fruto en nuestra vida a partir de todo aquello que hemos recibido. Pero que nuestros frutos sean buenos. Lo que tenemos que hacer es haber plantado un árbol bueno en nuestra vida. Un árbol malo, un árbol dañado dará frutos malos.

Tenemos que ser árboles buenos que demos frutos buenos. Oportunidad tenemos porque el Señor siembra siempre en nosotros semilla buena. Lo que tenemos es que ser buena tierra que la cultivemos muy bien para que de buen fruto y fruto abundante. Y que no dejemos sembrar la cizaña en el campo de nuestra vida.

¿Cómo hacerlo? Jesús nos da la pauta, nos señala el camino. Sembrar la Palabra de Dios en nuestro corazón, acogerla con corazón limpio, llevar a la práctica de nuestra vida concreta de cada día lo que la Palabra del Señor nos va señalando. ‘El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a decir a quien se parece’.

Y nos propone la comparación del edificio edificado sobre roca firme o el edificio edificado sobre arena sin tener un buen cimiento. Vendrán las lluvias, aparecerámn las tormentas, el que está bien edificado no caerá, pero el que no tiene buena cimentación quedará destruido. Quien ha sembrado su vida sobre la Palabra de Dios poniéndola por obra será el árbol bueno que dé frutos buenos.

‘Os he elegido y os he destinado para que deis frutos y frutos abundantes’ nos dice Jesús en otro lugar del evangelio. Elegidos de Dios para ser árboles buenos que demos frutos buenos. Eso significa una predilección del Señor, ese amor especial que el Señor nos tiene y al que hemos de corresponder.

Demos los frutos que el Señor nos pide. Que se manifiesten en nuestras buenas obras y en la santidad de nuestra vida. Y pensemos además que esos frutos buenos con los que damos gloria al Señor van a servir también para la salvación de los demás.

Que rebose amor nuestro corazón, que tengamos siempre buenos deseos, que nuestros sentimientos sean siempre buenos copiando en nosotros los sentimientos de Cristo Jesús, que nunca dejemos meter la maldad en el corazón, que el Señor nos acompañe con su gracia para que pueda germinar esa buena semilla plantada en nosotros y fructificar nuestra vida. Es lo que tenemos que pedir constantemente al Señor.

viernes, 9 de septiembre de 2011

La humildad y el amor una buena base de unas relaciones fraternas


1Tim. 1, 1-2.12-14;

Sal. 15;

Lc. 6, 39-42

¡Qué necesaria es la humildad en nuestras relaciones fraternas! El orgullo y la autosuficiencia todo lo destruye y para mantener una relación de hermanos, como tiene que ser entre nosotros si en verdad nos llamamos discípulos de Jesús, es necesario apartar de nosotros todas esas actitudes dañinas. Son malos consejeros, podíamos decir, el orgullo, la autosuficiencia, el subirnos en pedestales en nuestra relación con los demás.

El texto que hoy hemos escuchado podríamos decir que abunda en el mensaje que escuchábamos el pasado domingo en que Jesús nos hablaba de la corrección fraterna. Pero como todos bien sabemos es algo que cuesta hacer, como nos cuesta también aceptar. Pero si ponemos amor y humildad en el corazón sabremos tener la delicadeza que necesitamos para acercarnos al otro para ayudarle. Amor y humildad de parte y parte, porque siempre hemos de reconocer que no somos perfectos y estamos llenos de debilidades y errores.

Porque cuando vamos desde el orgullo y la autosuficiencia de creernos nosotros buenos, mejores que el otro y sabedores de todo lo que nos está sucediendo es lo que nos dice hoy Jesús con esa breve comparación. Seremos el ciego que quiere guiar a otro ciego, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Si yo me reconozco que también tengo mis debilidades y errores iré con una actitud distinta al hermano al que quiero ayudar. Porque además significará que en mi también hay una lucha por superarme en mis cosas aunque quiera o tenga que ayudar al otro con un buen consejo.

Con qué facilidad en la vida sentimos la tentación de juzgar al otro y de fijarnos primero que nada en lo negativo que pudiera haber en su vida. Incluso a veces nos sucede que destacamos cosas buenas que vemos en el otro, pero… siempre le ponemos un ‘pero’, siempre dejamos caer la coletilla, pero si no fuera así o no tuviera aquellas cosas… y ponemos desconfianza en nuestro trato manifestado en palabras, gestos, actitudes negativas; nos hacemos reservas en la amistad que luego no es tan sincera, y podemos terminar haciendo mucho daño al otro.

Somos hermanos que caminamos al lado del hermano y que mutuamente nos ayudamos y buscaremos siempre lo bueno. Por eso tenemos que aprender a valorar a los demás, tener en cuenta las cosas buenas del otro.

Claro que como nos dice Jesús tenemos antes que mirar lo que hay en nosotros para corregirlo. Esa sentencia que nos propone Jesús tendría que hacernos pensar y tenerla muy en cuenta. Hacernos pensar para mirar en positivo siempre sobre las otras personas.

‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no te fijas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga que llevas en tu ojo y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’.

Pongamos humildad y amor verdadero en nuestras relaciones. Seamos sinceros los unos con los otros pero siempre con un gran respeto porque en nombre de la sinceridad no tenemos derecho a molestar o dañar a nadie. Desterremos de nuestras relaciones todo lo que pueda provocar ruptura, desconfianza o aquello con lo que podamos dañar los demás, palabras, gestos, actitudes negativas.

Pidámosle al Señor que nos enseñe a buscar siempre lo bueno y que nos dé fortaleza para que podamos ofrecer siempre lo mejor al hermano.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La aurora de la salvación que nos anuncia la llegada de la luz verdadera


Miqueas, 5, 2-5;

Sal. 12;

Mt. 1, 18-23

En esta fiesta de la Natividad de la Virgen María toda la liturgia rebosa de alegría y de gozo. Es el nacimiento de la que iba a ser la Madre de Dios, la escogida por el Señor y desbordante de gracia para en sus purísimas entrañas encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre.

Una fiesta de la Virgen muy arraigada en la devoción popular aunque sean diversas las advocaciones con que la invocamos en muchas parroquias y pueblos de nuestras islas en este día, Virgen de la Luz, Señora de los Remedios, Virgen del Socorro, entre otras por citar algunas, además de Virgen del Pino, como se celebra en la diócesis hermana de Canarias.

Aurora de la salvación’ llama la liturgia a este día y María es para nosotros ‘esperanza y aurora de la salvación’. La aurora nos anuncia la luz del sol que llega, el nacimiento de María nos está adelantando ese momento grande en que Dios va a derrochar su amor por nosotros y querrá hacerse hombre en las entrañas de María para venir como verdadera y única luz de nuestra vida y del mundo. Con razón, pues, a María la llamamos Madre de la Luz porque va a hacer posible con Sí incondicional a Dios que llegue la luz para iluminarnos, que venga Cristo con su salvación.

Qué ricas de hondo significado tantas imágenes de María – como vemos en la imagen de la Virgen de la Luz, en la del Socorro, o en la nuestra tan querida de Candelaria - que al mismo tiempo que nos están mostrando a Jesús en sus brazos llevan también en su mano una luz como signo de que hemos de aprender a buscar la verdadera luz que es Jesús. María siempre nos estará llevando hasta Jesús y su salvación. ‘Haced lo que El os diga’, nos repite una y otra vez en nuestro corazón como le escuchamos decir a los sirvientes allá en las bodas de Caná de Galilea.

Por eso, ya desde el comienzo de la celebración la liturgia nos invitaba a que ‘celebremos con alegría el nacimiento de María, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios’. Y alabamos, bendecimos y proclamamos ‘la gloria del Señor en la Natividad de santa María, siempre virgen. Porque ella concibió a tu único Hijo por obra del Espíritu Santo, y, sin perder la gloria de su virginidad, derramó sobre el mundo la luz eterna, Jesucristo, Señor nuestro’.

Siempre en las fiestas de la Virgen nos alegramos, nos gozamos con ella y la festejamos. ¿Cómo no íbamos a hacerlo en la fiesta de la Madre? Es la Madre del Señor, porque ella nos vino el autor de la vida de la salvación, y celebrar su nacimiento es como estar celebrando las primicias de la salvación que nos llega a través de la Maternidad de la Virgen María. Por eso cuando celebramos una fiesta de María hemos de sentir más fuertemente en nuestro corazón esos deseos de llenarnos de Dios, de llenarnos de su gracia y santidad, de copiar a María para aprender a ser santos y puros de corazón.

Celebramos a María, la Madre del Señor, pero celebramos a María que es también nuestra Madre. Así nos la quiso dejar Jesús cuando el momento supremo del sacrificio y de la entrega se la confia a Juan para que la ame como la madre más amada. En Juan estábamos todos representados, por eso amamos a sí a María, nos confiamos a ella como a la madre más amada y a ella continuamente pedimos su socorro, su intercesión, que nos alcance el divino remedio de la gracia.

Como decíamos en la oración litúrgica ‘cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la Maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en esta fiesta de su nacimiento’. Aumento de paz, le pedimos. Que nos llenemos de su luz. Pero que seamos al mismo tiempo mensajeros de luz para los demás. La luz no es para que nos la quedemos nosotros sino para que nosotros también iluminemos con esa luz de Jesús al mundo que nos rodea y que tanto necesita encontrar esa luz. Nuestras vidas siempre tendrían que estar anunciando la luz, tendrían que ser auroras de salvación para los demás, como lo fue María, porque por el testimonio de nuestra vida estemos anunciando donde está la luz verdadera, estemos anunciando el Sol de justicia que nos trae la salvación. En nuestras manos, en nuestra vida siempre tendría que estar encendida esa luz de la gracia con la que no sólo nosotros nos sintamos iluminados sino que iluminemos como María también a los demás.

Que sintamos la gracia renovadora del Señor en nuestro corazón para que nos llenemos de alegría en el amor. Sí, porque cuando amemos de verdad, aprendemos de María lo que es el verdadero amor, sentiremos un gozo hondo en nuestras almas. Aunque el amor nos haga pasar por el sacrificio o la cruz, nuestras vidas siempre tienen que estar llenas de alegría, porque darse por los demás es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

Que busquemos con todo ahinco vivir la gracia del Señor que nos haga cada día más santos. A María la saludó el ángel como la llena de gracia porque el Señor derramaba sus gracias sobre ella que iba a ser su madre. Pero en virtud de los méritos de Cristo también se derrama en nuestros corazones la gracia del Señor, también tendríamos que ser los que estamos llenos de la gracia del Señor. Que lo valoremos, que no perdamos esa gracia porque dejemos penetrar el pecado en nuestros corazones. Que nuestra vida se sienta transformada por el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Vayamos con nuestra pobreza hasta Jesús y de nosotros será también el Reino de Dios


Col. 3, 1-11;

Sal. 144;

Lc. 6, 20-26

‘Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios’. Así comienza Lucas el relato del llamado sermón de las bienaventuranzas.

San Mateo nos había dicho que Jesús subió al monte, se acercaron sus discípulos y comenzó a hablarles proclamando el mensaje de las bienaventuranzas. San Lucas había situado a Jesús en el monte donde había pasado la noche orando y en la mañana siguiente llamó a los discípulos, escogió a doce, a los que nombró apóstoles, como ayer escuchamos, y luego baja del monte donde se encuentra la multitud de los discípulos venidos de todas partes, como ayer escuchamos, a los que curó de diversos males. A continuación, ‘levantado los ojos hacia los discípulos’, proclama el mensaje de las bienaventuranzas que hoy hemos escuchado.

Escuchando y meditando en este pasaje me doy cuenta que lo que ahora Jesús proclama es lo que ya antes se había presentado como mensaje programático en la sinagoga de Nazaret, con el texto de Isaías, y lo que día a día veremos hacer a Jesús rodeado de toda clase de gente que acude a El. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí , porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres…’ escuchamos en la Sinagoga de Nazaret. Los pobres serán evangelizados y de los pobres es el Reino de los cielos nos dice ahora en las Bienaventuranzas.

Pero ¿a quienes el Padre va a revelar lo escondido del misterio de Dios? Jesús da gracias al Padre porque estos misterios se ocultan a los sabios y entendidos y se revelan a los humildes y a los sencillos. Dichosos, repetimos, con la bienaventuranza de Jesús porque podrán conocer los misterios de Dios, porque a ellos se les anuncia el evangelio, porque de ellos es el Reino de Dios.

Si Jesús, lleno del Espíritu de Dios, había sido enviado para la liberación de los cautivos y oprimidos, llevar la paz a los que tenían el corazón desgarrado y lleno de sufrimiento y a los ciegos se les iba a devolver la vista, ¿qué es lo que vemos hacer a Jesús en sus caminos de anuncio del evangelio? Ahora mismo al bajar Jesús del monte se había encontrado con la multitud que venía para que le curara de sus enfermedades y los atormentados por espíritus inmundos eran curados.

¿Qué es lo que dice Jesús en la Bienaventuranza? Los que tienen hambre quedarán saciados, los que lloran serán consolados, los que sufren incomprensiones y persecusiones se llenarán de gozo y saltarán de alegría porque su recompensa será grande, porque de ellos es el Reino de los cielos. Es el gozo y la alegría que todos sienten cuando se encuentran con Jesús y sus cuerpos se ven curados, pero su espíritu se llena de paz y de esperanza.

Los que se sienten ricos y poderosos, los autosuficientes y los que tienen el corazón lleno de orgullo, los que se creen entendidos y miran por encima del hombro a los demás, esos no llegarán a comprender el Reino de Dios que Jesús anuncia, a ello el Padre no les revela los secretos del Reino de los cielos y no lo podrán alcanzar. Es más, serán los que veremos siempre en oposición a Jesús y hasta el bien que Jesús hace a los demás, a los pobres y a los enfermos, en su misericordia y amor, será para ellos motivo de escándalo y por eso estarán siempre preguntándose qué es lo que tendrán que hacer con Jesús hasta que lo lleven a la cruz.

¿Mereceremos nosotros la bienaventuranza de Jesús? ¿Cuáles son las actitudes que anidan en nuestro corazón? Pongámonos desde nuestra pobreza y con nuestra pobreza, desde nuestra debilidad y con nuestros sufrimientos delante de Jesús y abramos nuestro corazón a su gracia. Si con ese espíritu humilde vamos hasta el Señor, si con un corazón contrito y arrepentido vamos hasta El, en Jesús encontraremos nuestra paz, nuestro consuelo, la vida verdadera y la salvación. Podremos entender lo que es el Reino de Dios y de nosotros será también.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cristiano es el discípulo de Cristo


Col. 2, 6-15;

Sal. 144;

Lc. 6, 12-19

¿Qué es ser cristiano? Preguntaba el catecismo a lo que se respondía: Cristiano es el discípulo de Cristo. La misma palabra, cristiano, lo está diciendo, porque hace referencia a Cristo. Y ¿qué es ser discípulo? Discípulo es el que sigue a su Maestro. Somos cristianos, porque somos discípulos de Cristo, porque seguimos a Jesús. Al principio simplemente se decía discípulos de Jesús, pero ya sabemos cómo en la Iglesia de Antioquía pronto se comenzó a llamar cristianos a los seguidores del camino de Jesús. Así nos lo dice el libro de los Hechos de los Apóstoles.

¿Somos cristianos? ¿Somos discípulos de Cristo? ¿seguimos en verdad a Cristo como nuestro único Maestro, como nuestro único Camino, como nuestra única verdad? Es en lo que tendríamos que estar empeñados siempre.

De eso nos ha hablado hoy el apóstol en el texto de la Carta a los Colosenses que venimos escuchando. ‘Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded como cristianos…’ Y nos dice más: ‘Arraigados en El, dejáos construir y afianzar en la fe que os enseñaron y rebosad agradecimiento…’ Arraigados… es el cimiento de nuestra vida, de nuestra fe, Cristo Jesús, el Señor. Le escuchamos, nos apoyamos totalmente en El, lo metemos en nuestra vida, ponemos toda nuestra fe en El, como único fundamento y razón de ser de nuestra existencia. Cristo Jesús, que es el Señor, que es el verdadero Hijo de Dios encarnado para nuestra salvación. Cómo tenemos que fortalecer nuestra fe en El.

Es lo que queremos hacer cuando venimos aquí cada día a celebrar la Eucaristía. Queremos glorificar al Señor, darle gloria, cantar la mejor alabanza y darle gracias. Pero venimos a alimentarnos de El, a alimentar nuestra fe para que se mantenga íntegra y firme, para que se manifieste luego en todo lo que hacemos en la vida. Por eso escuchamos su Palabra, esa Palabra que nos ilumina la vida, que nos instruye y nos enseña, que nos señala los caminos por donde ha de transcurrir nuestra vida. Y nos alimentamos de Cristo en la Eucaristía donde El mismo se hace alimento, nos da a comer su Carne para que tengamos vida y tengamos vida para siempre.

Qué importante cómo vivamos la Eucaristía como todos y cada uno de los sacramentos. El Apóstol nos recuerda el Bautismo ‘por el que fuimos sepultados con Cristo y resucitado con El por haber creido en la fuerza de Dios que lo resucitó’. El Bautismo nos hizo partícipes de la redención de Cristo, de su muerte y resurrección para así llenarnos de su salvación. A partir del Bautismo ya somos unos partícipes de la resurrección; podemos decir, somos unos resucitados porque ya estamos llenos de su vida nueva. Estábamos muertos por el pecado, como nos dice el apóstol, ‘pero Dios os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados’.

¡Qué dicha haber merecido ese perdón que nos ha ofrecido el Señor! Más que merecimiento fue gracia, regalo de Dios. Bueno es que recordemos esto con frecuencia en nuestra vida, porque realmente tenemos que estar enriquecidos con una espiritualidad bautismal. Es el primero de los sacramentos que marca nuestra vida para siempre. Ya hemos de vivir una vida nueva; ya tenemos que sentirnos en Cristo vencedores del pecado; y eso tenemos que hacerlo realidad en nuestra vida en nuestra lucha contra el pecado, en el camino del bien y de la santidad que hemos de emprender.

Démosle gracias al Señor por la gracia de ser cristianos, discípulos de Jesús y la fe que nos ha regalado y plantado en nuestro corazón. Démosle gracias a Dios una y otra vez por nuestro Bautismo. Démosle gracias al Señor por la oportunidad que tenemos cada día de escucharle y alimentarnos de El en la Eucaristía que celebramos. Pidámosle que nos dé su gracia para que podamos vivir santamente nuestra vida.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Todos lleguen a la madurez en su vida cristiana


Col. 1, 24-2, 3;

Sal. 61;

Lc. 6, 6-11

Muchas veces lo hemos reflexionado. La fe que tenemos en Jesús nos tiene que hacer las personas más felices del mundo. Conocer a Cristo es lo más grande, porque toda nuestra vida se siente transformada en El. Algunas veces no terminamos de darnos cuenta lo maravillosa que es la fe que tenemos en Jesús, porque en El encontramos todo el sentido de nuestra vida y la mayor plenitud a la que podamos aspirar. Tenemos que tomarnos en serio nuestra fe.

Hoy nos ha hablado el apóstol Pablo del misterio de Dios en quien encontramos toda sabiduría y toda gracia. Y nos decía ‘este misterio es Cristo, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer’. Por eso no nos podemos cansar de buscarle y querer conocerle cada día más, ahondar profundamente en ese misterio de amor que en Cristo se nos manifiesta. Los cristianos no podemos pensar que tenemos todo conocido lo que es el misterio de Cristo. Muchas veces vivimos con poca profundidad y poco compromiso nuestra fe y por eso mismo hasta nos cansa el que nos puedan estar diciéndonos cómo tenemos que crecer en esa fe y en consecuencial preocuparnos por formarnos más y más.

En mi experiencia parroquial tengo visto cómo costaba a la gente convencerla para que buscaran cauces de formación para su fe y su vida cristiana. Pero cuando una persona se dejaba conducir y comenzaba sus etapas de formación o una catequesis de profundización, luego daban gracias por la oportunidad que se les había dado y luego siempre estaban deseando más y ya no querían que se agotaran esos planes sino que querían seguir profundizando más y más.

Hoy, en la carta de los Colosenses que estamos comentando, el apóstol nos manifiesta lo que es su preocupación y sus deseos, no importándole incluso que esa tarea conllevara incluso sufrimientos para él. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les decía, así completo en mi carne los dolores de Cristo sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’. Además de manifestarnos lo que es su preocupación y al mismo tiempo alegría a pesar del sufrimiento, nos está enseñando cómo también nosotros en nuestros sufrimientos hemos de saber unirnos a la pasión de Jesús, que adquieren entonces un hermoso valor ante los ojos de Dios.

Se siente apóstol con la misión de anunciar el mensaje de Cristo en toda su integridad, porque lo que busca que ‘todos lleguen a la madurez en su vida cristiana’. Es un gozo el conocimiento del misterio de Cristo que se les revela y que los llena de esperanza. ‘Dios ha querido dar a conocer a los suyos las gloria y la riqueza que este misterio encierra: que Cristo es para vosotros la esperanza de su gloria’.

¿En qué se va a manifestar esa madurez en la vida cristiana? ‘Busco que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo, para conseguir la plena convicción que da el comprender y que capten el misterio de Dios’. Que tengan ánimos, les dice, porque muchas veces cuesta el camino de la vida cristiana, porque desde dentro de nosotros tenemos la tentación que nos acecha y nos quiera atraer por otros caminos y hemos de sentirnos fuertes para superar esa tentación. Que tengan ánimos porque quizá el ambiente que nos rodea no nos facilita las cosas e igualmente hemos de sentirnos fuertes para vivir nuestra fe con todas sus consecuencias.

‘Que tengan ánimos y estén compactos en el amor mutuo’, les dice. Porque todo ha de manifestarse luego en ese amor, ese comunión de hermanos en que hemos de vivir, y en todo eso bueno que siempre hemos de hacer por los demás. Y todo esto, con la fuerza y la gracia del Señor.

Que crezcamos así nosotros en nuestra fe; que lleguemos a esa madurez de nuestra vida cristiana; que tengamos deseos cada vez más de conocer todo el misterio de Cristo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El que ama no puede permitir que nadie se enfangue con el mal


Ez. 33, 7-9;

Sal. 94;

Rom. 13, 8-10;

Mt. 18, 15-20

‘A nadie debáis nada, más que amor… porque amar es cumplir la ley entera’. Así podemos resumir el fondo del mensaje de este domingo. Todo es cuestión de amor. Y el que ama busca siempre el bien, no puede permitir que nadie se enfangue con el mal; el que ama quiere la comunión y la armonía; y cuando nos amamos de verdad también cuando nos dirigimos a Dios lo hacemos en comunión con los demás; es más, cuando nos amamos de verdad estamos haciendo presente a Dios, sentimos a Cristo en medio nuestro.

Casi no habría que decir nada más. Solamente que esto lo lleváramos de verdad a nuestra vida. Lo sintiéramos como una exigencia grande para nosotros de la que no nos podemos desentender. No podemos cerrar los ojos, ni volvernos para otro lado. Ya el profeta nos advierte con palabras fuertes de nuestra responsabilidad. No podemos endurecer el corazón porque donde hay amor de verdad el corazón se derrite en ternura y misericordia.

Si como hemos escuchado en otro lugar del evangelio ‘Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva’, entonces no podemos sentirnos indiferentes ante la situación del hermano. Nos preocupamos por él, por su bien. Y de ahí surge la corrección fraterna de la que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Corrección fraterna no es hacer juicio o buscar la condena sino animar a levantarse porque sabemos donde podemos encontrar la verdadera paz y la alegría más honda. Ayudamos a ver donde puede estar el error o el fallo humano pero ayudamos a encontrar caminos de renovación que nos lleven a vida nueva y más santa.

Corrección fraterna que no podemos hacer sino siempre desde la humildad y desde el amor. Es algo muy delicado y que tenemos que saber hacer bien. Cuando nos acercamos al hermano no lo hacemos desde la prepotencia de nosotros creernos santos y mejores, sino con la humildad del que también se siente pecador y que igualmente acepta ser corregido por el hermano; nos acercamos al que ha errado en su vida para ayudarle a encontrar el buen camino.

Nunca cabe la actitud orgullosa del fariseo que quiere imponer al otro sin mover un dedo de su parte, como nos dice Jesús en otro lugar del evangelio, y del que está siempre pronto para condenar, sino siempre la actitud humilde del que se sabe también pecador y perdonado tantas veces por el Señor.

Como decíamos al comenzar nuestra reflexión, todo es cuestión de amor. Es nuestra seña de identidad, nuestro distintivo. Y el amor siempre es comprensivo. Todo nace de un corazón compasivo y misericordioso, que ya Jesús nos dice que seamos así como compasivo es nuestro Padre del cielo. ¿Cómo no nos vamos, entonces, a derretir de amor? Pero además, ¿no tendríamos que hacer como Jesús que es el buen pastor que siempre va a buscar la oveja descarriada y perdida? A Jesús tenemos que parecernos.

Ya sé que media por otra parte nuestro corazón orgulloso y lleno de amor propio, autocomplaciente y que siempre buscamos o nos creemos tener razones para jsutificarnos. Costará en muchas ocasiones acercanos a los demás porque aparecen esos ramalazos de orgullo, de autosuficiencia, de justificaciones y muchas cosas más que harán que cueste aceptar el que alguien pueda decirnos algo o hacernos una corrección. Siento que es una lástima que como humanos nos comportemos con actitudes así y nos encerremos en los castillos de nuestro endiosamiento. De ahí, en consecuencia, la delicadeza, humildad y amor con que hemos de actuar siempre.

Jesús nos está señalando las actitudes fundamentales que tendría que haber entre los que se dicen sus discípulos, sus seguidores y van a formar parte de la comunidad de los creyentes. La forma de expresarnos Mateo estas palabras de Jesús pueden estar reflejándonos situaciones difíciles que ya pudieran estar dándose en aquellas primeras comunidades cristianas y con el evangelio, que era algo así como la catequesis para aquellas comunidades, trataba de corregir y enseñar con palabras de Jesús cuáles habían de ser esas actitudes fundamentales.

Es en el ámbito de nuestras comunidades cristianas donde primero hemos de poner en práctica esta enseñanza de Jesús. Se supone que en una verdadera comunidad cristiana vivimos esa comunión en el amor en el sentido y estilo de Jesús. Por eso nos señala el evangelio entre los pasos que se han de dar el contar con la comunidad que ha de buscar el bien, le arrepentimiento y la corrección de cada uno de sus miembros. Es lo que entre nosotros cristianos tenemos que aprender a hacer y a vivir, esa comunión de amor que nos ayuda a aceptarnos y a comprendernos, a amarnos y a ayudarnos mutuamente a vivir ese amor al estilo de Jesús.

Nos habla Jesús de atar y desatar. Está en nuestra manos. ‘Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo’. Una primera interpretación que hacemos siempre de estas palabras es la referencia al perdón de los pecados, poder del perdón de los pecados que Dios ha puesto en manos de la Iglesia. Estas misma palabras las dirá Jesús a Pedro cuando la confía ser esa piedra sobre la que se fundametará la Iglesia. Pero podemos hacer una referencia o interpretación a todo lo que con nuestro amor podemos hacer siempre a favor de los demás. Atemos con lazos de amor nuestras relaciones, nuestro trato; desatemos todo aquello que nos pueda esclavizar desde nuestros orgullos, nuesros egoísmos o nuestras ambiciones.

Y es que además, como nos enseña el evangelio, con nuestro amor tenemos que hacer presente a Jesús. Porque allí donde ponemos amor verdadero estamos haciendo presente a Jesús. ¡Qué hermoso lo que nos dice! ‘Porque donde dos o tres estám reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. Hagamos presente a Jesús en medio de nuestro mundo con nuestro amor, con nuestra comunión. Y es que el testimonio de amor, de comprensión, de misericordia, de compasión que nosotros demos ante los demás estará convirtiéndose en anuncio de Jesús, en anuncio de evangelio.

Y esta unión y comunión de hermanos nos sirve además para engradecer nuestra oración, para hacerla más auténtica y más viva, porque nos asegurará que cuando rezamos unidos, cuando oramos en comunión los unos con los otros tenemos la garantía de la presencia y de la intercesión de Jesús. ‘Si dos o más se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre’, nos dice Jesús. Y ya nos dice en otro lugar que ‘cualquier cosa que pidáis en mi nombre, os lo concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo’.

¡Qué importante y valiosa la oración comunitaria! ¡Qué importante que sepamos darle de verdad este sentido de comunión a nuestras celebraciones litúrgicas en las que nunca cada uno debe ir por su lado! ¡Cuántas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto para nuestras celebraciones, para nuestro sentido de iglesia y de comunidad que tendríamos que vivir con toda profundidad!

‘A nadie debáis nada, más que amor’, nos decía san Pablo. ‘El que ama a su prójimo no le hace daño – es más siempre buscará su bien – por eso amar es cumplir la ley entera’.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cimentados y estables en la fe e inamovibles en la esperanza


Col. 1, 21-23;

Sal. 53;

Lc. 6, 1-5

‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchásteis en el evangelio’, nos decía el apóstol en la carta a los Colosenses.

Qué gozo más grande se siente en el alma cuando la fe impregna y guía totalmente nuestra vida. Es desde la fe desde donde podemos vislumbrar y descubrir las maravillas del amor de Dios y cuando conocemos con hondura todo lo que es ese misterio de amor al mismo tiempo nuestra fe crecerá más y más y nos hará sentirnos cada día más dichosos. Sentirnos amados por Dios, vivir esa experiencia de su amor hace que nuestra vida sea diferente, la podamos vivir en mayor plenitud y hemos de reconocer que nos hace las personas más felices del mundo.

Aunque reconozcamos que quizá no somos tan buenos como deberíamos, o aunque muchas veces los problemas de cualquier tipo nos abrumen en nuestra fe en el Señor nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados, nos sentimos perdonados, y sentimos que no nos faltará fuerza del Señor para afrontar esos problemas o dificultades que tengamos en la vida.

‘Antes también vosotros estábais alejados de Dios y considerados como enemigos por las malas obras, pero ahora en cambio, gracias a la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo habésis sido reconciliados y Dios os tiene como un pueblo santo sin mancha y sin reproche…’

¿No es esto un motivo de gozo de lo más profundo en el alma? Nos sentimos amados, entramos a formar parte de su pueblo santo y sabemos que no nos faltará la gracia y la fortaleza del Señor. Por eso pedía el apóstol, como recordábamos al principio de esta reflexión que ‘la condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchásteis en el evangelio’.

En este sentido podemos recordar lo que el Papa les decía a los jóvenes en la pasada Jornada Mundial de la Juventud en Madrid donde les decía por ejemplo que ‘las Palabras de Jesús en cambio, han de llegar al corazón, arraigar en él y fraguar toda la vida… escuchad de verdad las palabras del Señor para que sean en vosotros «espíritu y vida» (Jn 6,63), raíces que alimentan vuestro ser, pautas de conducta que nos asemejen a la persona de Cristo, siendo pobres de espíritu, hambrientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz’.

Por eso les invitaba a aprovechar ‘estos días para conocer mejor a Cristo y cercioraros de que, enraizados en Él, vuestro entusiasmo y alegría, vuestros deseos de ir a más, de llegar a lo más alto, hasta Dios, tienen siempre futuro cierto, porque la vida en plenitud ya se ha aposentado dentro de vuestro ser… Hacedla crecer con la gracia divina, les decía, generosamente y sin mediocridad, planteándoos seriamente la meta de la santidad. Y, ante nuestras flaquezas, que a veces abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano y que nos ofrece el perdón…’

Les decía también en este mismo sentido:sed prudentes y sabios, edificad vuestras vidas sobre el cimiento firme que es Cristo. Esta sabiduría y prudencia guiará vuestros pasos, nada os hará temblar y en vuestro corazón reinará la paz. Entonces seréis bienaventurados, dichosos, y vuestra alegría contagiará a los demás’.

Creo que estas palabras del Papa que recordamos a todos nos vienen bien. Fijémonos cómo nos dice que cuando hemos fundamentado de verdad nuestra vida en Cristo desde la que tenemos en El seremos bienaventurados, dichosos y con esa alegría contagiaremos a los demás, como ya antes reflexionábamos.