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sábado, 14 de marzo de 2020

Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina ansiando el abrazo del reencuentro



Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina ansiando el abrazo del reencuentro

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32
‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Era la reacción de escribas y fariseos ante el nuevo estilo y sentido que Jesús quería ofrecer de la vida. A nadie rechazaba, a todos escuchaba, para todos era su amor y su cercanía. No importaba su condición pecadora, eran personas amadas de Dios aunque sus corazones estuvieran llenos de la negrura del pecado. No tenía en cuenta Jesús los prejuicios de la gente, las descalificaciones muchas veces gratuitas, miraba a la persona y su corazón y hasta allí quería ir a buscarlo. Pero no todos los entendían.
Estos primeros pensamientos ya tendrían que hacernos pensar cuando en la vida tan llenos de prejuicios vamos. También hacemos nuestras distinciones, vamos discriminando por una razón o por otra a aquellos que nos encontramos en el camino; muchas veces ni razones lógicas tenemos, pero se nos atraviesan las personas y no las dejamos pasar por nuestro corazón. Y vienen las descalificaciones. Porque un día hizo, porque un día dijo, porque un día quizá tuvo un mal momento, ya es suficiente para nosotros poner una marca.
Y para que aprendamos a superar esas cosas y tantas otras que se nos van metiendo en la vida Jesús nos habla de un padre lleno de amor y de misericordia, un padre que nos espera aunque nosotros nos hayamos marchado, un padre que nos viene a buscar cuando nosotros no queremos entrar, cuando ponemos barreras por medio y ya no sabemos mirar a los demás como hermanos. Es lo que nos enseña con la parábola que hoy nos propone el evangelio.
Creo que no es necesario entretenernos en hacer muchos comentarios, sino que la leamos una y otra vez pero nosotros poniéndonos en el lugar de los distintos personajes, del hijo menor y del hijo mayor, y también en el lugar del padre para que aprendamos a tener corazón. Mucho hincapié hacemos habitualmente cuando nos enfrentamos a estas palabras de Jesús en la marcha del hijo menor y el proceso de su regreso cuando no pensaba que el padre le estaba esperando. Claro que nos refleja que tantas veces nos hemos querido marchar para hacer nuestra vida a nuestra manera y hemos caído en las mismas negruras.
Pero es conveniente ponernos también en la piel del hijo mayor, de aquel que parecía que no había roto nunca un plato porque se había quedado en la casa, pero qué distante estaba. Distante del  hermano al que ni siquiera quiere reconocerlo como tal, pero distante también del padre contra el que tiene tantas recriminaciones. Cuantos muros y barreras había en su corazón. Cuantos muros y barreras ponemos en nuestro corazón.
Pero el personaje central como bien sabemos es el padre. El Padre que ve marchar al hijo y que sufre en silencio las distancias que ha puesto también el otro hijo. El padre que sufre en silencio, pero que está gritando de amor aunque los hijos no quieren oírle. El padre que espera a la puerta la vuelta del hijo para correr a su encuentro. El padre que busca al hijo que quizá se ha escondido en los rincones más recónditos de la casa  y no quiere salir para partir de la fiesta y de la alegría; claro cuando hay resentimientos en el corazón, cuando hay desconfianzas y malas miradas hacia los otros no puede haber alegría, no se puede celebrar fiesta verdadera aunque tantas veces nosotros lo disimulamos con risas y carcajadas aparentes pero muy vacías.
Miremos el amor del padre y aprendamos de su misericordia, de su paciencia, de la esperanza que nunca se agota ni se termina y seamos los hijos que ansiamos la vuelta para el encuentro con el abrazo del padre. Ya sabemos que se nos está hablando del amor de Dios.

viernes, 13 de marzo de 2020

Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad


Cuidemos la vida y el mundo para embellecerlo en frutos de valores que nos engrandecen y evitando la destrucción a que en ocasiones le sometemos con nuestra maldad

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46
Cada día en mi paseo con mi perrito paso entre los viñedos de mi pueblo asentados en las cercanías de mi casa. A lo largo del año voy viendo todo el proceso que lleva su cultivo, preparando las tierras y liberándolas de toda maleza que pueda dañar el cultivo y desarrollo de la vida, pero contemplando también en su tiempo las podas que liberan de ramajes inútiles e innecesarios, pero también cómo en la medida que van surgiendo y creciendo los distintos brotes se sulfatan para liberarlos de dañinas plagas hasta ver brotar sus frutos en hermosos racimos cortados a su tiempo para llevar al lagar. En ocasiones son los propietarios quienes realizan su labor o en otras son personas que las han arrendado para cultivarlas, pero siempre con mimo y esmero esperando obtener los mejores frutos a su sacrificado trabajo. Pero siento la tristeza también de los terrenos abandonados, de las viñas no cuidadas y, podríamos decir, enterradas en medio de zarzales y de abrojos que las ahogan y no las dejan producir.
Confieso que me recuerda continuamente diversos momentos del evangelio como la parábola que hoy se nos ofrece. No habla también de un propietario de una vida que la preparó y la cuidó de la mejor manera posible, confiándola a unos viñadores para que continuaran el trabajo y le hicieran rendir los mejores frutos. Pero aquellos arrendadores se creyeron dueños en su ambición haciéndose oídos sordos para el rendimiento de cuentas a quien era el verdadero propietario.
Cuando escuchamos una parábola ya sabemos que no nos quedamos en la literalidad de lo que es la narración que se nos ofrece en ella, pero bien sabemos que todos los detalles que se nos ofrecen han de tener su traslación a lo que es nuestra vida concreta y a lo que es el meollo del mensaje que se nos quiere ofrecer. Así tenemos que hacerlo con esta parábola tratando de interpretar y entender muy bien lo que significa cada uno de los personas o en este caso hasta la misma propiedad de la viña.
Aquellos escribas y fariseos que escucharon de labios de Jesús la parábola bien entendieron su significado sabiendo que iba por ellos y por lo que ha sido toda la historia de Israel. Se sintieron aludidos, de manera que esto les motivaba más para tratar de eliminar a Jesús.
¿Nos sentiremos aludidos nosotros de igual modo? ¿Esa viña cuidada y preparada por aquel propietario que luego confió a aquellos viñadores no estará significando también la historia de nuestra vida? Ese regalo que Dios ha puesto en nuestras manos, como ha sido toda la creación para el servicio del hombre, de la humanidad, que Dios nos confía no solo para que la cuidemos en su primigenio estado sino que la desarrollemos y hagamos crecer llenando de vitalidad nuestro mundo, un mundo que no es solo exclusividad de algunos sino que es bien y riqueza para toda la humanidad.
¿Qué hacemos de nuestra vida?, nos preguntamos. ¿Qué estamos haciendo de nuestro mundo? Tenemos que interrogarnos nosotros y sentirnos interpelados por cuando sucede en nuestro mundo desde el mal uso, la mala administración que nosotros estamos haciendo de esa riqueza de la creación.
Con demasiado egoísmo tratamos nosotros nuestra propia vida, como toda la obra de la creación, porque nos adueñamos de ella como si fuera algo exclusivo nuestro que podemos hacer con ello lo que nos da la gana. Será el mal trato que le damos a nuestra propia vida cuando no solo no la cuidamos sino que la dañamos con tantos abusos que de ella hacemos. Podemos pensar en ese mundo de violencia en que nos vemos envueltos, como puede ser tantas cosas viciosas que dañan nuestra vida por el mal uso que hacemos de cuanto está en nuestras manos. Y pensamos, repito, en nuestra propia vida, pero tenemos que pensar en todo lo que hacemos con nuestro mundo que en lugar de embellecerlo muchas veces lo que hacemos es destruirlo.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos al hilo de esta parábola, pero valgo esto para hacernos tomar conciencia de la responsabilidad con que hemos de tratar nuestra vida y la naturaleza de ese mundo que nos rodea y en el cual vivimos. ¿Qué dejaremos o cómo lo vamos a dejar para cuantos vienen después de nosotros? ¿Será como esas viñas maltratadas o descuidadas que a veces nos encontramos en nuestro entorno?

jueves, 12 de marzo de 2020

Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón



Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31
Todos hemos visto la imagen, o hasta nos los hemos encontrado por la calle, de aquellos que van distraídos por la vida sin saber ni por donde pisan porque quizás van entretenidos en sus cosas o como ahora esta de moda pendiente de su móvil o de su tablet. No ven por donde caminan, dispuestos a tropezar en cualquier momento, sin atención a lo que sucede a su alrededor donde pueden estar pasando muchas cosas pero nunca se enteran de nada.
Pero más allá de la anécdota del que tropieza con todo por ir solo pendiente de su celular, esto es una imagen de la postura con que muchos van por la vida. A nada atienden que no sean sus intereses, o más aún, de lo único que están pendientes es de pasarlo bien sea como sea sin ser conscientes de verdad de lo que sucede en el mundo de su entorno, porque no hay que ir muy lejos, sino al menos darnos cuenta de lo que nos rodea. Se quieren disculpar, nos queremos disculpar, en que no sabíamos nada, que nadie nos contó, que estamos muy ocupados pero es el desinterés que tenemos por la sociedad en la que vivimos y la insolidaridad que alimenta nuestras vidas encerradas en nosotros mismos.
Es la imagen que nos presenta hoy el evangelio con esta parábola de Jesús. El hombre rico que solo piensa en pasarlo bien pero  no se da cuenta del pobre que tiene en la misma puerta de su casa y que no tiene ni para comer. Un cuadro que podemos trasponer a tantas circunstancias de nuestro entorno o de nuestra propia vida cuando nos encerramos en nuestra insolidaridad.
Como continua la parábola será después de su propia muerte cuando se de cuenta aquel hombre de cómo había vivido, buscando consuelo en donde ya no puede encontrarlo porque él nunca supo dar ese consuelo a los que estaban en su entorno, queriendo incluso ahora que a su familia no le sucede lo que a él. Son las peticiones que ahora hace, pero la respuesta de Abraham es que aquellos que aun caminan por la tierra sean capaces de escuchar a los profetas, porque ni aunque un muerto se les apareciera van a cambiar ni un ápice de sus vidas.
¿Será la ceguera con que nosotros también podemos estar caminando por la vida? Ahí están palpables las necesidades y los problemas de los que están a nuestro lado, pero ya decíamos que no queríamos verlos; es más, en muchas ocasiones lo que hacemos es tratar de culpabilizarlos, pero ¿los habremos escuchado? Por nuestra cabeza quizás han pasado teóricamente muchas soluciones para esas situaciones, pero ¿hemos sido capaces de ir a ofrecerles esa solución y poner el principio de nuestra ayuda para que esas personas caminen de forma distinta?
Pero tendríamos que ser nosotros los primeros que abriéramos nuestra mente, nuestro corazón. A nuestro alcance tenemos también la Palabra que nos ilumina, pero tenemos que dejar que entre la luz para que nos pueda iluminar en nuestro interior. Y abrir la puerta a esa luz es abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios.
La semilla es necesario enterrarla en la tierra para que fructifique debidamente, eche buenas raíces y pueda surgir esa planta nueva llamada a dar bellas flores y hermosas frutas. Dejemos que esa semilla se plante en nuestro corazón; preparemos nuestro corazón para que sea tierra buena, que ya sabemos cuantos pedruscos podemos tener dentro de nosotros o raíces de malas hierbas que tendríamos que arrancar.
No es solamente un oír como quien va de paso y llegan distintos sonidos a sus oídos, sino escuchar que es prestar atención, atender y entender lo que el Señor quiere decirnos con su Palabra. Cuando así lo hacemos pronto van a aparecer esos buenos frutos en nuestra vida. Que se acabe las distracciones interesadas y comience a florecer la solidaridad.

miércoles, 11 de marzo de 2020

No podemos seguir pensando en grandezas o brillos de poder, en ambiciones y apetencias a lo humano cuando seguimos a Jesús sin escuchar sinceramente sus palabras



No podemos seguir pensando en grandezas o brillos de poder, en ambiciones y apetencias a lo humano cuando seguimos a Jesús sin escuchar sinceramente sus palabras

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28
No nos enteramos. O no queremos enterarnos y echamos balones fuera, como se suele decir.  Lo que se nos está diciendo es verdaderamente importante. Pero nosotros vamos a lo nuestro, lo que son nuestros intereses, los sueños más primarios que nos pueden surgir, o aquello que no nos complique demasiado la vida, que ya está bien, que por si mismo está bien complicada. En muchas ocasiones nos cerramos la mente así, para no enterarnos, porque aquello nos parece difícil y complicado y tal como yo me lo había planeado tenia menos complicaciones.
Quien de una forma objetiva y prescindiendo de prejuicios se enfrente al pasaje del evangelio de hoy se quedará confuso ante la reacción de los discípulos, de la madre de los Zebedeos incluso, y de las salidas de onda que se manifiesta en la continuidad del relato. Jesús hace unos anuncios que por si mismos tienen que ser impactantes para quien los escuche y más para aquellos que estaban cerca de Jesús escuchando continuamente sus enseñanzas e incluso con el sacrificio de seguirle de un lado para otro habiendo abandonado incluso sus ocupaciones.
A cualquiera tendría que dejarle callado y con la boca abierta con lo que Jesús anuncia. De alguna manera se rompen los esquemas de las ideas preconcebidas que tenían de lo que había de ser el Mesías, porque lo que Jesús dice es poco menos que un fracaso fijándonos solamente en el tema del prendimiento y de la ejecución en la cruz. Pero hete aquí que inmediatamente, como si no hubiera escuchado nada, viene la madre de Santiago y Juan a hacerle una petición a Jesús. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Pero ¿no había acabado de decir Jesús que eso del Reino como poder nada de nada porque todo aquello iba a acabar en una ejecución en la cruz? ¿Cómo es que viene pidiendo lugares de privilegio y de poder para sus hijos?
¿Queréis primeros puestos? ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz que yo he de beber? Después de escuchar a Jesús tendrían que tener claro lo que significaba beber su mismo cáliz. Porque El había hablado de pasión y muerte en manos incluso de los gentiles para que fuera de una forma más cruel. Y ellos responden, no sé si decir inocentemente, que sí pueden. Pero Jesús plancha aun más la operación para decirles que a El no le toca dar eso que lo tiene reservado el Padre del cielo.
Pero mientras los otros diez se revuelven corroídos por los resentimientos o las envidias. Por allá andan recelosos ante lo que Santiago y Juan ellos piensan que están consiguiendo del maestro. Y Jesús les llama, y Jesús de nuevo vuelve a hablarles de lo que ya tantas veces les había hablado. Cuantas veces por el camino habían estado discutiendo sobre lo mismo, sobre los primeros puestos y Jesús había querido hacerles entrar en razón.
Por eso insiste Jesús. ‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’.
Vuelve a hablarles Jesús del espíritu de servicio, de hacerse los últimos, que entre ellos no pueden andar como los que tienen el poder en los pueblos y naciones que lo que quieren es dominar y estar por encima de todo. Que es otro el sentido del Reino, que es el amor el que va a poner verdadera paz en los corazones y en las relaciones entre los hombres.
¿Habremos nosotros, cristianos del siglo XXI terminado de entender estas palabras de Jesús o andaremos también a lo nuestro? ¿Seguiremos pensando en grandezas y en brillos de poder? ¿Estaremos aun en la honda de búsqueda de primeros puestos de poder y de influencia, de luchas de los unos contra los otros porque no queremos que nadie me haga sombra, de resentimientos y de desconfianzas, con intenciones ocultas en nuestro interior incluso en aquello bueno que queremos hacer porque siempre queremos tener un beneficio, un prestigio, un brillo que nos distinga de los demás? ¿Quedará aun en nuestra iglesia ambiciones y apetencias como la de aquella madre que quizá con buena voluntad quería lo mejor para sus hijos pero que su corazón no terminaba de escuchar las palabras de Jesús con el sentido nuevo del Reino de Dios?

martes, 10 de marzo de 2020

Actitudes nuevas de humildad y de servicio hemos de tener en lo más hondo de nosotros mismos para que siempre resplandezca el amor verdadero


Actitudes nuevas de humildad y de servicio hemos de tener en lo más hondo de nosotros mismos para que siempre resplandezca el amor verdadero

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12
Todos nos hemos encontrado alguna vez en la vida con individuos que van de sobrados de sí, que todo se lo saben, que de todo quieren opinar, que nos miran por encima del hombro porque nos consideran unos ignorantes, que se tienen por maestros de todo aunque nos cuenta que todo son fantochadas y vanidad, que se creen con la solución de todos los problemas pero que todo se queda en palabras porque luego realmente poco hacen. No hay palabra que digan si no es para fantasear con su ‘sabiduría’ (y lo ponemos así entre comillas) y para estarnos diciendo en todo momento cómo tenemos que hacer las cosas. Reconozcamos que se nos hacen insoportables, aunque en principio puedan encandilar con su palabrería.
Al hacernos estas consideraciones quizá nos pasen por nuestra mente el rostro o el nombre de tantos que conocemos así, pero también con sinceridad hemos de mirarnos a nosotros mismos porque allá en el fondo también tengamos esos deseos de notoriedad, de destacar, de colgarnos medallas de merecimientos, o también acaso nos sentimos frustrados u ofendidos si no nos llevan a nosotros sobre una bandeja. Haremos mucho o poco pero nos gusta que nos lo reconozcan y en cierto modo como a nadie le amarga un dulce también nos gustaría aparecer en primera plana.
Lo que es bueno es bueno, lo que hemos hecho bien ahí está y queremos que sea beneficioso para todos, al menos, lo pensamos algunas veces. La humildad está en reconocer la verdad pero eso reconocimiento de la verdad de lo bueno o lo justo que hayamos hecho no nos tiene que llevar a buscar pedestales y las glorias de las vanidades humanas.
Es de lo que Jesús quiere prevenirnos hoy en el evangelio. Y Jesús pone en alerta a los que quieren ser sus discípulos ante las posturas y las maneras de actuar de escribas y fariseos. Ya nos dice que hagamos lo que nos dicen, pero que no hagamos como ellos que nada hacen sino buscar honores, reconocimientos, primeros puestos y vanidad. Claro que todo esto tiene que hacernos pensar, porque acaso a pesar del paso de los años y de los siglos muchas veces sigamos actuando – y también en nuestra Iglesia – a la manera de aquellos escribas y fariseos. Mucha pomposidad ha acompañado a muchos que en la iglesia tenían la misión de ser los últimos y los servidores de todos. No caigamos nosotros en las mismas redes.
No quiere Jesús que nos dejemos llamar padres ni maestros, porque como nos dice todos somos hermanos – cuánto habría que revisar en este sentido en tantos estamentos también de la Iglesia incluso hoy en pleno siglo XXI -  y aunque algunos tengan la misión de trasmitirnos la Palabra de Dios en fin de cuentas son unos hermanos, porque son también unos seguidores de Jesús que con responsabilidad, es cierto, pero con mucho humildad han de realizar su misión. Desterremos de una vez por todas la vanidad de los títulos y de los tratamientos pomposos para sentirnos unos humildes servidores  y hermanos de los que caminan a nuestro lado.
Actitudes nuevas de humildad y de servicio hemos de tener en lo más hondo de nosotros mismos para que siempre resplandezca el amor verdadero. ¿Nos ayudará esta reflexión en este camino cuaresmal que estamos haciendo para que haya una verdadera pascua en nosotros?

lunes, 9 de marzo de 2020

Cuanto más amor repartamos más será el amor que sintamos en nuestro corazón porque la medida del amor que Dios nos regala es una medida siempre rebosante


Cuanto más amor repartamos más será el amor que sintamos en nuestro corazón porque la medida del amor que Dios nos regala es una medida siempre rebosante

Daniel 9, 4b-10; Sal 78;  Lucas 6, 36-38
Cuando reconocemos que el Señor es grande, descubrimos que nosotros somos pequeños. Así comentaba alguien los textos que nos ofrece en este lunes de la segunda semana de cuaresma la liturgia de este día.
Por ahí hemos de empezar, reconocer que el Señor es grande. Ese acto de fe tendría que ser el primer paso que demos en nuestra oración. Es descubrir y sentir con quien nos vamos a encontrar, a quien vamos a orar. Y así ha de surgir nuestra fe y nuestra alabanza. Detenernos ante la grandeza de Dios, de su amor, de su misericordia, de su presencia que lo llena todo, de su inmensidad que nos inunda.
Muchas veces vamos a la oracion y directamente comenzamos a rezar nuestras oraciones, a despachar todas esas peticiones y anhelos que llevamos en el corazón. Pero hay que saber detenerse a la puerta de nuestra oración; como cuando vamos a entrar en un edificio inmenso y maravilloso que nos detenemos en la puerta para contemplar así, como de conjunto, toda lo inmensidad y belleza de su arquitectura, quedándonos como en la duda de si nuestros pies pueden hollar toda aquella magnificencia, así nosotros ante la presencia de Dios. No con miedo sino son el temor de Dios, el respeto al nombre de Dios, a su presencia y admirando la grandeza de su amor le alabamos, preparamos nuestro corazón para gozarnos de esa presencia y de ese amor de Dios.
Pero cuando nos sentimos así inundados de Dios sentimos nuestra pobreza, nuestra pequeñez, nuestro pecado. ‘Soy un hombre de labios impuros’, decía el profeta Isaías cuando se sintió inundado de la presencia de Dios. Pero ahí está el amor del Señor que toca nuestros labios impuros para purificarlo, nuestro corazón roto para reconstruirlo, nuestra vida vacía para llenarla.
No son necesarias muchas palabras en nuestra oracón sino disfrutar de esa presencia de Dios y de su amor. Y al sentirnos en la dicha del amor de Dios nuestro corazón se contagia de amor. Por eso nos dice Jesús hoy en el evangelio que seamos misericordiosos como Dios nuestro Padre es misericordioso. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’ que rezamos en los salmos. Nos impregnamos de su misericordia y es tal el gozo que sentimos en nuestro corazón alo disfrutar de su perdón que ya no queremos hacer otra cosa sino amar con su mismo amor, ser misericordiosos a la imagen del corazón de Dios.
Sería algo para no olvidar nunca. Pero ya sabemos cual es nuestra debilidad y nuestra condición pecadora. Qué pronto olvidamos las bondades de su amor y tenemos el peligro de cerrar nuestro corazón. Por eso necesitamos ser asiduos en nuestra oración. Y no es porque tengamos muchas necesidades materiales por las que pedir al Señor, o sean tantas las cosas o las personas que queremos recordar en su presencia para pedir por ellas – que eso está muy bien – sino para mantener caldeado de verdad nuestro corazón, para no olvidar nunca lo grande que es su misericordia y una y otra vez caldear nuestro espíritu en el amor de Dios.
‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.
Así nos dice hoy Jesús en el evangelio; comencemos a actuar en consecuencia, fuera de nosotros juicios y condenas, perdonemos con generosidad y vayamos repartiendo amor allá por donde vayamos. Cuanto más amor repartamos más será el amor que sintamos en nuestro corazón. El amor es algo que no se gasta cuando lo compartimos sino al contrario se crece porque la medida del amor que Dios nos regala es una medida rebosante.

domingo, 8 de marzo de 2020

Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios


Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2imoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9
Hay momentos en que la vida parece que da un volantazo, porque nos damos cuenta que no podemos seguir por donde íbamos, que quizá todo parecía fácil y entraba en una normalidad, pero de pronto los cosas se pusieron difíciles, íbamos como por una llanura y ahora nos encontramos subiendo una pendiente. ¿Por qué? nos preguntamos. ¿Por qué ahora tenemos que tomar este otro camino? Como cuando vamos haciendo un camino para llegar a algún sitio y de pronto el camino cambió, lo que era llano y suave se hizo subida, lo que parecía que no costaba, ahora nos exige un esfuerzo distinto. Nos habíamos acostumbrado y ahora el cambio cuesta. ¿Qué es lo que hay detrás que merezca este cambio?
¿Por qué tenemos que subir ahora esta montaña? Quizá se estaban preguntando aquellos tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, a quienes Jesús se había llevado aparte y se había dispuesto a subir con ellos a aquella montaña. Iba a orar en lo alto ¿era necesario? Si Jesús oraba en cualquier sitio, en la noche solamente se apartaba un poco del resto y allí se ponía a orar. Pero ahora estaban subiendo y con no poco esfuerzo a lo alto de aquella montaña. La identificamos como el Tabor, que se alza en medios de las llanuras y valles de Galilea y es de costosa subida.
Cansados llegaron a lo alto y Jesús se dispuso para la oracion invitándoles a ellos a hacer lo mismo. Seguramente preferirían un descanso para entrar en un sopor que les hiciera recuperar las fuerzas, pero Jesús les estaba pidiendo con su propio ejemplo que se dispusieran a orar. Y comienza lo extraordinario y lo no esperado porque en la oración Jesús comienza a transfigurarse en su presencia. Su rostro resplandecía, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador, aparecía como nimbado por la gloria del Señor y allí estaban también Moisés y Elías junto a Jesús. Aquella presencia también iba a significar algo. Se quedaron ciegos de emoción y no querían que aquello se acabase.
Ya Pedro estaba disponiendo el levantar tres tiendas para que aquella visión continuase. ‘¡Qué bien se está aquí!’ fue su grito de exclamación y su deseo. La gloria de Dios los envolvía a ellos también. Una nube lo envolvía todo. La voz desde el cielo proclamaba que Jesús era el Hijo de Dios. ‘Este es mi Hijo amado. Escuchadle’, era la voz del Padre. Al escuchar la voz cayeron por tierra. ‘No temáis’, les dice Jesús y allí están solos con Jesús. ‘No habléis de esto a nadie hasta después de la resurrección de entre los muertos’, era el encargo que Jesús les hacia, pero había que bajar de nuevo de la montaña para seguir el camino. Había merecido la pena el esfuerzo y sacrificio de la subida.
Es tradición en la liturgia de la Iglesia que este segundo domingo de Cuaresma se nos presente este evangelio de la Transfiguración. Es una invitación, casi al principio de este camino cuaresmal, a que nos tomemos en serio del camino de la Pascua. Vamos subiendo con Jesús a Jerusalén. Un camino y una subida cuaresmal que no siempre es fácil, que exige su esfuerzo. Un camino que nos invita a seguir. Ni nos podemos quedar al pie de la montaña aplatanados por es fuerte el esfuerzo que se nos pide, pero tampoco nos podremos luego quedar en lo alto por muy bien que se esté allí, como se sentía Pedro.
El cristiano tiene que estar siempre en camino, caminos de superación y esfuerzo, camino de búsqueda de la presencia del Señor, caminos que se abren delante de nosotros bajando de la montaña o abriéndonos paso por los valles de la vida porque siempre tenemos que ir al encuentro del otro, al encuentro del mundo porque tenemos un anuncio que hacer. ¿Nos costará a nosotros también ese cambio que supone ponernos en camino en los caminos nuevos que se abren ante nosotros? ¿Hay algo que nos da certeza y seguridad?
A Abrahán Dios le pide, lo escuchamos en la primera lectura que se ponga en camino para ir a la tierra que el Señor le va a dar. Un camino de cierta incertidumbre porque no sabe hasta donde tiene que llegar, solo sabe que tiene que salir de su tierra y de la casa de su padre. Los apóstoles tras la visión de la gloria de Dios también han de seguir en camino, bajar de la montaña llevando con ellos un secreto que ahora no pueden revelar pero que es preanuncio para ellos de que en la pascua tras la pasión y la muerte va a haber resurrección. Luego tendrán que seguir haciendo camino porque será entonces cuando han de salir a hacer ese anuncio al mundo. ‘Id al mundo entero a proclamar esa buena noticia’, les dirá Jesús antes de la Ascensión. Serán testigos no solo en Jerusalén sino hasta los confines de la tierra.
La contemplación que hoy hacemos de la transfiguración es una invitación a ponernos en camino, a salir de nuestra casa, de la casa de nuestras comodidades y rutinas, para entrar en ese camino nuevo que se abre ante nosotros para que también hagamos el anuncio. Llevaremos con nosotros el secreto de la Pascua pero que hemos de transmitir a los demás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios y es nuestra salvación y la salvación del mundo que tenemos que anunciar.
No nos asusta la pascua porque aunque haya pasión y muerte tenemos la certeza de la vida y de la resurrección. Merece la pena el sacrificio de la pasión, como les mereció la pena el sacrificio y esfuerzo de la ascensión del Tabor para los tres discípulos que acompañaban a Jesús.
Con este pregustar la gloria del Señor en su transfiguración también nos vamos a sentir seguros cuando lleguen los momentos negros de la pasión – nos podemos sentir tentados como los discípulos en la pasión a abandonar y huir como salieron huyendo del huerto, o a encerrarse donde se sintieran seguros como estuvieron encerrados en el Cenáculo -, porque sabemos bien lo que hay detrás, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios. Así hemos escuchado hoy la voz del Padre que nos lo certifica desde el cielo. Así podremos superar la tentación de la huida o del encerrarnos llenos de miedo en lugar cómodo donde nada nos pueda pasar.
Subimos hoy al Tabor de la Transfiguración porque queremos subir también con Jesús a su Pascua; nos gozamos  hoy con la gloria del Señor transfigurado como sentiremos la alegría de la resurrección para sentirnos enviados a llevar la Buena Nueva de la salvación al mundo que nos rodea.  Queremos vivir el compromiso de la Transfiguración y de la Pascua.

sábado, 7 de marzo de 2020

Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios


Cuando ponemos en nuestra oración a aquel a quien hemos de amar cambian las perspectivas y comenzaremos a mirar con la mirada de Dios

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48
 “En el amor a Dios puede haber engaños. Puede alguien decir que ama a Dios cuando lo único que siente es un calorcillo que le gusta en su corazón. Puede alguien decir que ama a Dios y lo que ama es la tranquilidad espiritual que ese supuesto amor le da. Amar al prójimo, en cambio, no admite triquiñuelas: Se le ama o no se le ama. Se le sirve o se le utiliza. Se demuestra con obras o es sólo una palabra bonita”. Así escribía aquel gran sacerdote, escritor y periodista que fue José Luis Martín Descalzo. He querido traer aquí este testimonio citado por algún comentarista del texto del evangelio que  hoy nos ocupa, porque puede ser un buen punto de partida también para nuestra reflexión de hoy.
¿Qué buscamos en el amor de Dios? como nos dice el escritor  ¿un regustillo en el corazón que nos deja tranquilos, nos da alguna satisfacción pero no nos lleva a nada más? Cuando hablamos del amor, en este caso del amor de Dios y del amor al prójimo otros tienen que ser los andares, los sentimientos, las actitudes de nuestra vida; a otro compromiso nos llevan. Amar no pueden ser solo palabras; el amor tiene que manifestarse en algo más en lo que se tiene que implicar nuestra vida. Y hemos de reconocer que algunas veces nos cuesta amar.
Nos cuesta amar porque de alguna manera el que ama se despoja de mucho de sí mismo, porque no puede seguir en la misma comodidad de no hacer nada ni en la misma tranquilidad; amar se nos hace difícil porque tenemos que mirar de frente a aquel que hemos de amar, y mirándolo de frente algunas veces no nos gusta, no nos cae bien, vemos cosas que pudieran repugnarnos, hay cosas con las que incluso nos podemos sentir heridos.
No amamos solo al guapo de turno, ni amamos solo al que ya nos ama a nosotros y entonces de alguna manera parece que le debemos algo; no amamos como una deuda que hemos de saldar; amamos y el amor tiene que arrancar primero de nosotros aunque no encontremos reacción positiva ni respuesta; y es que hemos de amar incluso al que no nos ama o se pone en contra nuestra de alguna manera. Y eso no es fácil.
Por eso hoy Jesús nos hablará de forma clara y tajante de cómo ha de ser nuestro amor también al enemigo. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. En algo tenemos que diferenciarnos, nos dice, porque amar al que nos ama o hacer el bien al que nos hace el bien, lo hace cualquiera.
Estamos hablando de la dificultad que encontramos en nosotros mismos para amar al otro; decíamos que tenemos que mirarlo de frente aunque nos cueste, pero tenemos que mirarlo con los ojos del corazón. Los ojos del corazón cuando miran con sinceridad pueden ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando miramos con los ojos del corazón nos estamos viendo también a nosotros mismos, y veremos nuestras debilidades y cuántas cosas también hay en nosotros que no son dignas del amor, pero sabemos que aún así Dios nos ama.
Siempre me ha gustado resaltar lo que nos dice Jesús y es que para amar a aquel que se considera un enemigo o que me haya hecho daño es necesario comenzar por rezar por él. Y es que cuando lo ponemos en nuestra oración ya comenzaremos a verlo de manera distinta, ya comenzaremos a verlo con la mirada de Dios. Cómo cambian las perspectivas cuando metemos la vida en nuestra oración, y es que entonces todo se verá iluminado con la luz de Dios. ‘Amad a vuestros enemigos, nos dice, y rezad por los que os persiguen’.

viernes, 6 de marzo de 2020

Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor



Caminemos por los caminos de la delicadeza porque son los pasos necesarios que nos llevan al encuentro para vivir un verdadero amor

Ezequiel 18, 21-28: Sal 129; Mateo 5, 20-26
 ‘Yo no tengo pecados, yo no mato ni robo…’ lo habremos escuchado – y no sé si pensado – más de una vez. Solo nos faltaría añadir, como aquello del fariseo en el templo, no soy como esos…
Creo que cosas así tendrían que hacernos pensar. Aunque nos cueste, porque quien piensa así denota una pobreza grande de espíritu y un conformismo demasiado evidente en la vida. No queremos crecer, no queremos avanzar en la vida, no ansiamos de verdad lo mejor, nos conformamos con aquello del mínimo. Y en la cuestión del seguimiento de Jesús no podemos andar con mínimos. Aquello de a ver hasta donde puedo llegar sin pecar, porque eso de esforzarme…
Ya nos dice Jesús en el evangelio que no viene a abolir la ley ni los profetas, El quiere darnos plenitud. Y caminos de plenitud son todas las delicadezas del amor. Porque el ‘no matarás’ del quinto mandamiento no se queda reducido al hecho de quitar la vida en sí, sino que entraña todo lo que atañe al amor o a la falta de amor. Y el amor se hace delicadeza, el amor se desvive en los detalles, el amor se manifiesta en pequeños gestos y también en palabras amables, el amor compromete toda la vida, el amor nos hace tener una mirada distinta. Es lo que nos quiere enseñar Jesús hoy en el evangelio.
Por eso contrapone al no matarás todo lo que sea una falta de delicadeza en el amor para con el hermano. Y entra en el detalle tan simple, podríamos decir, de las palabras malsonantes que nos podamos decir los unos a los otros. Y si uno llama a su hermano “imbécil” tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehena” del fuego’.
Nos puede parecer una cosa baladí, sobre todo hoy cuando escuchamos hablar a las generaciones jóvenes y no tan jóvenes. Se emplea demasiado un lenguaje soez, desagradable, insultante aunque pareciera que ya a nadie le importara porque están acostumbrados a hablar así. Creo que la confianza no nos permite un lenguaje así; la confianza nace del amor y la amistad, pero precisamente por eso tendríamos que ser más delicados con los demás en nuestras palabras o en nuestros gestos y detalles. Ser delicado con los demás, también en nuestras palabras, es decirle al otro que es un ser que nos importa y que lo respetamos, que deseamos lo mejor, que es el mejor camino para la amistad, son los primeros pasos que hemos de saber dar en el camino del amor.
Por eso Jesús nos invita a la reconciliación. No puede haber entre hermanos rupturas que nos separen y nos distancien; hemos de saber tener la humildad suficiente para reconocer nuestros errores y que en un momento determinado hayamos podido hacer algo que dañe al otro, y en consecuencia disculparnos, saber pedir perdón. Después de verdaderas reconciliaciones nacen amistades profundas, porque con nuestra humildad estamos manifestando al otro también la grandeza de nuestro espíritu, porque sabemos reconocer nuestro error.
Por eso nos dice que no busquemos el agradar a Dios si no hemos sabido agradar al hermano que camina a nuestro lado y si sabemos que alguien se ha podido sentir molesto con uno, antes de acercarnos a hacer nuestra ofrenda a Dios o a hacer nuestra oración vayamos primero a reconciliarnos con el  hermano. Aquello que decimos en el padrenuestro ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos al que nos ha ofendido’.
Tenemos que buscar siempre la paz, el encuentro, la reconciliación, siendo capaces de dialogar para escuchar al otro, llenar nuestro corazón de comprensión y de empatía con el otro para saber entenderle, para saber ponernos en su lugar, para tener esa delicadeza del amor que nos hace grandes y que crea verdadera amistad.

jueves, 5 de marzo de 2020

En Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón, llenos de paz nos sentiremos verdaderamente iluminados con una luz nueva


En Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón, llenos de paz nos sentiremos verdaderamente iluminados con una luz nueva

 Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12
Claro que cuando buscamos queremos encontrar o cuando pedimos queremos tener respuesta a nuestra petición. Pedimos ayuda, pedimos compañía, pedimos una respuesta a un interrogante, pedimos desde lo que no podemos tener por nosotros mismos, pedimos desde nuestra necesidad, pedimos paz. Algunas veces podemos sentirnos frustrados porque lo que pedíamos no lo alcanzamos, no nos dieron respuesta, ¿se hicieron sordos quizá a nuestra petición?
Pero es que puede suceder al revés, nos piden y no somos capaces de prestar aquella ayuda, rehuimos el encuentro con aquellos que sabemos que desde su necesidad nos van a pedir, somos nosotros los que nos hacemos los oídos sordos, aunque no siempre es negativo, porque también hay algo bueno aún en nuestro corazón e intentamos hacer algo, aunque quizá no alcanzamos a hacer todo lo que era necesario.
Así somos humanamente, generosos en ocasiones, tacaños en otras, renuentes para no enterarnos de la necesidad, con dolor en el corazón por no poder hacer todo lo que hubiéramos querido, se entremezclan muchos sentimientos, actitudes, o gestos de nuestra vida. Ojalá supiéramos siempre dar respuesta, ojalá no se cierren nuestros oídos al clamor de los que  nos piden, ojalá tengamos suficiente luz en el corazón para dar respuestas que satisfagan y que ayuden. Dentro de nosotros quizás nos debatimos en dudas, en sufrimientos, y también en momentos de luz que nos llenan de satisfacción.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la oracion y quiere sembrar confianza en nuestro corazón, porque nos dice que ‘quien pide recibe, quien busca encuentra, y a quien llama se le abre’. Y nos lo dice con total seguridad, porque a quien acudimos en nuestro oracion es un Padre bueno, de infinito amor y que nos ama con ese amor infinito. Nos quiere invitar a la confianza porque nos dice que qué padre si su hijo le pide pan le va a dar una piedra o una serpiente. Es el amor infinitamente generoso de Dios. Y nos invita a la confianza con esa seguridad total de lo que es el amor de Dios, porque muchas veces dudamos, pedimos pero no lo hacemos con confianza, acudimos a Dios en nuestra oración pero somos demasiado interesados y muy materialistas en lo que pedimos.
Porque nuestra oración no ha de ser solo pedir, como quien lleva la lista de la compra al supermercado y allí vamos a buscar esas cosas en las que estamos interesados. Nuestra oración tiene que ser algo más porque para empezar tenemos que ser conscientes de lo que tiene que significar ese encuentro con el Señor. Y no es simplemente leer la lista de la compra, sino que tenemos que aprender a gozarnos de la presencia de Dios en nuestra vida, gozarnos en su amor. Nos sentimos a gusto con El porque nos estamos encontrando con su amor y estamos sintiendo toda su ternura de amor en nuestra vida. Por ahí tendríamos que comenzar, disfrutar de esa presencia de amor.
Y es que en Dios vamos a encontrar eso que más ansiamos desde lo hondo del corazón. Y es que en Dios nos vamos a sentir llenos de paz y nos veremos iluminados interiormente para vernos nosotros y para ver todo lo que es la realidad de la vida de una forma distinta. Y entonces nuestra oración no será interesada ni egoísta, sino que cuando nos abrimos así al amor de Dios, nos estaremos abriendo también al amor del hermano, al amor que a todos hemos de tener y se nos van a caer del alma todos esos conflictos que llevamos en nuestro interior por la relación que mantenemos con los demás. Será una mirada nueva para vernos nosotros pero para ver también cuanto nos sucede con los demás.
Que sea así enriquecedora para nuestra vida la oración, porque quienes se llenan de Dios su vida será distinta, otros serán los valores que vivirán, crecerán desde lo más hondo en su espíritu.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Seamos capaces de leer nuestra historia personal que también ha sido para nosotros una historia de salvación y nos sintamos así impulsados a dar respuesta al Señor




Seamos capaces de leer nuestra historia personal que también ha sido para nosotros una historia de salvación y nos sintamos así impulsados a dar respuesta al Señor

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32
En la vida no podemos ir con los ojos cerrados para no tener en cuenta la realidad de los acontecimientos que vamos viviendo o que suceden en nuestro entorno. Todo cuanto sucede el hombre de provecho intenta hacer una lectura de ello porque de ello quiere aprender, siempre hay algo nuevo que podemos descubrir, que nos abre horizontes, que nos hace comprender la vida misma que vivimos. No nos encerramos en nuestra autosuficiencia sino que con ojos atentos leemos la vida para sacar lecciones para nuestro vivir, para enriquecer nuestra vida misma. Una forma de crecer y de madurar como personas.
Pero al mismo tiempo miramos la historia, porque aunque sean acontecimientos acaecidos en otra época y en otras circunstancias, sin embargo también hay algo que tenemos que aprender de lo sucedido a otros y en otros tiempos. Leer y estudiar la historia no es simplemente recordar unos hechos, hacer memoria de unas fechas, acontecimientos o personajes, pero quedarnos en una mirada a la lejanía que pareciera que ahora nada tiene que decirnos. Ahí encontramos ejemplos y hasta podemos ver reflejados los hechos que ahora nos suceden porque en fin de cuentas el ser humano es el ser humano aunque sean distintas las circunstancias históricas que cada uno vivamos.
Si el hombre creyente sabe discernir la presencia de Dios en el ahora de nuestra historia, de la misma manera mira esa historia y trata de descubrir también ese actuar de Dios en aquellos acontecimientos que la historia nos relata. Para el creyente verdadero toda historia es de alguna manera una historia de salvación, lo fue para las personas de aquellos tiempos, como lo es ahora para el momento que vivimos, pero en la historia de la salvación siempre veremos ese actuar de Dios que ahora nos enseña también.
Es lo que vemos reflejado en la Biblia, lo que podemos y debemos leer en los antiguos acontecimientos viendo ese actuar de Dios que a través de todos los tiempos nos está manifestando su amor. Y en el actuar de aquellas personas que vivieron aquellos antiguos acontecimientos, con la respuesta que en cada momento daban podemos aprender para la respuesta que nosotros ahora hemos de dar. Qué importante es la lectura de la Biblia, entonces, para nosotros, porque ahí está contenido todo lo que ha sido la voluntad de salvación de Dios para con la humanidad expresada y vivida en cada momento de la historia.
Me hago esta reflexión viendo cómo Jesús hoy en el evangelio quiere enseñar a la gente de su tiempo a hacer esa lectura de la historia de la salvación que nos vale para nosotros también. En aquella obsesión de los judíos de estar pidiendo continuamente pruebas que les llevaran a creer y aceptar a Jesús – obsesión que podemos decir que tenemos nosotros también que de la misma manera estamos siempre el milagro que nos dé las pruebas para creer – Jesús les dice que no se les dará más signo que el de Jonás. Les hace leer de nuevo, podríamos decir, aquel acontecimiento de la historia reflejado en la vida del profeta para que descubran cual ha de ser la respuesta que ellos ahora también han de dar.
Jonás, aunque renuente al principio de ir a Nínive a predicar la conversión, cuando al final se decide a responder a la misión que Dios le ha confiado, se encuentra con un pueblo que escucha la voz del profeta y se convierte de corazón al Señor. Por eso les dice que en los tiempos finales las gentes de Nínive se volverán en contra de los judíos de la época de Jesús, porque ellos escucharon la voz del profeta y ahora tenían a alguien mayor que aquel profeta que era Jesús mismo y sin embargo no lo escuchaban.
Y nosotros, ¿qué respuesta damos hoy a la llamada que nos hace el Señor? Creo que esta Palabra de Dios que se nos está proclamando cuando apenas hemos comenzado este tiempo de Cuaresma es una fuerte advertencia para que también en estos cuarenta días – como en los tiempos de Jonás en Nínive – recapacitemos, seamos capaces de leer nuestra historia, la historia de nuestra vida, que también para nosotros es una historia de salvación y demos respuesta a la llamada del Señor.
Recordemos, sí, nuestra historia, nuestra vida, cuanto nos ha sucedido, cuántas veces en nuestros problemas y angustias invocamos al Señor y si hoy estamos aquí es porque el Señor en su amor misericordioso estuvo a nuestro lado y pudimos seguir el camino de nuestra vida. El recuerdo de esas gracias que a lo largo de la vida hemos recibido del Señor, tendrían que motivarnos ahora a una autentica conversión al Señor. Es el camino de la Cuaresma que hemos de recorrer para llegar a la Pascua.

martes, 3 de marzo de 2020

Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios


Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15
‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’
Bella imagen la que nos propone el profeta, la lluvia que empapa la tierra, pero la tierra que encierra en sí un caudal de vida pero que necesita del agua que le haga brotar toda la fecundidad que en cierra para que germine y termine dando fruto. ¿Cuál es esa tierra a la que se refiere en profeta? Creo que casi de entrada tenemos que reconocer que es nuestra misma vida, con todas sus posibilidades, con todas las riquezas en ella encerradas.
Es nuestra vida que está ahí como un diamante en bruto; bien sabemos que el diamante no es extraído de la tierra tal como luego lo veremos pulido y engarzado en una joya; en si mismo al ser extraído de la tierra está lleno de impurezas de las que hay que limpiarlo, para luego tallarlo y pulirlo en esa belleza de ángulos y resplandores que luego en él contemplaremos y admiraremos. Así es nuestra vida.
Toda esa riqueza y esa belleza está encerrada dentro de nosotros pero hemos de saberla hacer florecer, resplandecer. Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en la vida tratando de profundizar en lo más hondo de nuestro ser, para resaltar lo bello y lo valioso, para purificarnos de cuantas cosas puedan mermar el brillo de la vida. Es la tarea que vamos realizando en la interiorización, en la reflexión y en la meditación, que vamos realizando también en la oracion.
Dejamos que llegue a nosotros, como decía el profeta, esa lluvia que haga brotar toda esa fecundidad, que haga surgir toda esa vida, que nos haga crecer por dentro como la planta que echa raíces hondas en la tierra, pero que se abre frente al cielo y al universo que la rodea que desde eso que somos podamos hacer el bien, podamos amar, podamos enriquecer con nuestros valores a cuantos nos rodean, lleguemos a enriquecer de verdad ese mundo en el que vivimos. Es desde esa meditación, desde esa oración, porque sabemos bien que no es tarea que realicemos por nosotros mismos. Por eso nos abrimos a Dios, escuchamos su palabra que fecunde nuestro ser y nos llene de verdadera vida.
Es el mensaje que nos ofrece hoy la liturgia y la Palabra de Dios. Lo que nos ha trasmitido el profeta y que ya ha dado pie a esa primera parte de nuestra reflexión y lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. Nos dice Jesús que cuando vayamos a orar no nos entretengamos con muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Y Jesús nos ofrece un modelo de oración. Muy escueto y muy concreto en que lo fundamental viene a ser que lleguemos a disfrutar de la presencia de Dios. Disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida y entonces no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios.
Creo que es algo que nos falla muchas veces a los cristianos que incluso decimos que queremos rezar con la oración de Jesús. Pero no la disfrutamos, nos quedamos reducidos a repetirla y muchas veces hasta de carrerilla. Disfrutar de una comida no es tragársela de forma glotona, sino saber saborear cada uno de esos componentes de nuestra alimentación sabiendo sentir en nuestro paladar cada uno de sus sabores. ¿Haremos así con el modo de oración que Jesús nos propone? 
Estamos muchas veces más preocupados con aquello que le queremos pedir cuando rezamos el padrenuestro que en verdad saborear esa presencia y ese amor de Dios en nuestra vida. Por eso nuestra oración no termina siendo esa lluvia que fecunda la tierra de nuestra vida como nos decía el profeta. Nuestra vida no termina de germinar, no terminan de brotar esas buenas obras, ese amor, ese compromiso por los demás, por nuestro mundo y por nuestra iglesia aunque digamos que rezamos mucho. Pero es eso, rezamos mucho, muchas palabras que repetimos, y poco amor y presencia de Dios que saboreamos.


lunes, 2 de marzo de 2020

Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales



Poniendo amor en nuestra lo que vivimos cada día y en la relación con los demás embelleceremos el jardín de la vida con resplandores celestiales

Levítico 19, 1-2. 11-18; Sal 18; Mateo 25, 31-46
San Juan de la Cruz resumiendo en bellas y sabias palabras el evangelio de hoy nos decía que ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Al escuchar este mensaje ya de entrada me pregunto para mi mismo ¿pasaré yo ese examen?
Nos hace falta delicadeza de espíritu, sensibilidad en el alma, apertura del corazón. Aunque hemos sido creados para el amor, porque somos seres siempre abiertos a la relación con los demás, pronto pueden aparecer sombras en nuestro espíritu que nos apaguen la sensibilidad y la delicadeza. Algo que no podemos perder, tenemos que cultivar, porque la más bella flor la podemos plantar en un hermoso jardín si no la cuidamos y cultivamos debidamente pronto pueden aparecer las malas hierbas que se coman su belleza, pronto puede estar llena de virus y malas plagas que la contaminen y le hagan perder su lozanía y belleza. Nos puede pasar en nuestro espíritu.
Es verdad que ante lo bello nuestra sensibilidad parece que se despierta con facilidad y allí donde vemos la belleza del amor parece que nos sentimos especialmente atraídos y surgen los cuidados y los mimos, pero la sensibilidad de nuestro espíritu tiene que llegar más allá, pues tras esos rostros demudados y aparentemente llenos de amargura y pareciera que hubieran hasta malos sentimientos, tenemos que descubrir lo que hay detrás, porque puede esconder cosas bellas que no hemos sabido resaltar, aunque podemos descubrir tantos sufrimientos y angustias que son las que le amargan el alma. ¿Y no vamos a ser sensibles ante esos sufrimientos, ante esas angustias por las que pueden estar pasando quienes caminan a nuestro lado y quizá se nos presentan con un rostro no demasiado amable?
Hoy Jesús en el evangelio cuando nos está hablando de ese amor del que seremos examinados en la tarde de la vida no quiere que solamente seamos capaces de acoger a aquellos que parecen más agradables y nos hayan podido ofrecer amor, sino que nos está enseñando como tenemos que acoger a cuantos llevan sufrimiento en el alma y también tormentos y dolores en su cuerpo. Nos habla de los hambrientos y sedientos, nos habla de los enfermos y de los que sufren, nos hablan de los que se debaten en la soledad y la amargura porque se sienten unos desconocidos o porque han perdido su libertad a causa quizá de haberla vendido en un mal momento por unos malos deseos, nos habla de los que van por la vida atormentados y con falta de paz en el corazón o de los que se sienten despreciados y marginados o incluso vituperados y perseguidos por los demás.
Esos son los que principalmente tenemos que acoger y mostrar nuestro amor. Y para que nos demos cuenta de lo sublime que es esa acogida, nos está diciendo que cuanto hagamos a esos hermanos que sufren es como si a El mismo se lo estuviéramos haciendo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis’.
Si nos faltara ese sensibilidad humana para descubrir el valor de todo ser humano que camina a nuestro lado y tratarlo con humanidad y con un corazón rebosante de solidaridad, ahora nos está diciendo Jesús que aprendamos a verle en el hermano, porque todo ser humano ha de ser para nosotros presencia del Dios vivo a quien hemos de amar.  Si alguna vez nos costara mantener esa sensibilidad de la humanidad añadámosle el toque de la gracia, de lo sobrenatural para descubrir en el hermano el rostro de Jesús.  Se embellecerá aun más el jardín de nuestra vida con resplandores celestiales.