Vistas de página en total

sábado, 19 de octubre de 2019

Arranquémonos de una vida superficial llenándonos interiormente de la fortaleza del Espíritu que nos guía y acompaña para mantener nuestra fidelidad


Arranquémonos de una vida superficial llenándonos interiormente de la fortaleza del Espíritu que nos guía y acompaña para mantener nuestra fidelidad

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
Por muy seguros que nos sintamos, muy convencidos de nuestros principios y digamos que realmente sabemos lo que tenemos que hacer, hay momentos en que un poco nos sentimos desestabilizados, parece que no estamos tan seguros y nos llenamos de dudas, sin saber qué hacer o como reaccionar.
Será quizá porque nos suceden cosas imprevistas para las que no estábamos suficientemente preparados, será la influencia que recibimos de nuestro entorno, y también, ¿por qué no?, como consecuencia de nuestra propia debilidad que nos llena de incertidumbres. Negamos entonces aquello de lo que nos sentíamos tan seguros, los interrogantes que se nos plantean en nuestro interior nos hacen llenarnos de dudas incluso de cosas que son muy fundamentales, no sabemos como reaccionar, y ya quisiéramos tener a nuestro lado alguien que nos dé fortaleza y seguridad poniendo palabras en nuestros labios para saber qué decir en toda circunstancia.
Creo que tendríamos que saber buscar y encontrar esa fortaleza interior que todos podemos tener para mantenernos firmes en nuestros principios, superar nuestras dudas y también nuestros miedos. Claro que eso significa también que nos hayamos cultivado, que hayamos ido adquiriendo esa fortaleza de espíritu, porque realmente nos hayamos entrenado para ello. ¿Cómo? Siendo verdaderamente reflexivos, masticando una y otra vez aquellas cosas que nos van sucediendo, rumiando pensamientos, ideas, hechos, buscándole sentido, y sobre todo como cristianos que somos buscando esa fortaleza en el Espíritu de Dios que nos anima y acompaña. Será así cómo  nos sentiremos fuertes, encontraremos esa inspiración para lo que hemos de realizar, mantendremos a toda costa nuestra fidelidad.
Desgraciadamente vivimos demasiado en la superficialidad, a lo que salga, sin pensarnos las cosas, sin fortalecernos interiormente, dejándonos llevar por el primer viento que sople y así andamos como veletas de un lado para otro. Es una lástima que teniendo una espiritualidad cristiana tan fuerte, porque no nos faltará la fuerza del Espíritu, andemos a la caza de lo primero que aparezca en el horizonte; ¿Qué ahora están de moda las espiritualidades orientales? Allá nos vamos. ¿Qué aparece no sé quien que se cree muy espiritual y nos da unos consejitos como recetas? Allá vamos corriendo a ver esa novedad. Tenemos que reconocer que somos noveleros.
Por eso hoy Jesús nos habla de dar la cara por él, de que cuando venga la dificultad o incluso la persecución no nos faltará la fuerza de su Espíritu. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios’.
Claro que tenemos que creer seriamente que el Espíritu de Jesús nos acompaña, porque de lo contrario andaríamos perdidos. Por eso nos dice que es un pecado que no se puede perdonar. El perdón es un don del Espíritu, ¿como vamos a buscar ese perdón si no creemos de verdad en el Espíritu de Dios que nos acompaña y anima nuestra vida, llenándonos de paz, de gracia, de perdón y de vida? El es de verdad nuestra fortaleza y nuestra sabiduría. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.

viernes, 18 de octubre de 2019

El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy


El evangelio del amor y la misericordia de Dios no nos lo podemos guardar para nosotros sino que hemos de ser verdaderos evangelistas de ese mensaje para el mundo de hoy

2Timoteo 4,9-17a; Sal 144; Lucas 10,1-9
Designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él’. ¿Qué misión les confiaba Jesús? Anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba, anunciar el nombre de Jesús.
Algo que no podemos olvidar. Entonces, de entre todos aquellos que le escuchan y le comienzan a seguir Jesús escoge a setenta y dos que envía con su misma misión. Más tarde, después de la resurrección, Jesús enviará a los apóstoles (los enviados) por todo el mundo a hacer anuncio de la buena noticia, a hacer anuncio de la salvación que Jesús ofrece a todos los hombres. ‘Seréis mis testigos’, les dice, pero no solo en Jerusalén y Judea, sino hasta los confines de la tierra. Y es que todo los hombres han de conocer ese anuncio, todos los hombres han de recibir esa buena nueva, ese evangelio de Jesús nuestro salvador.
He querido comenzar recogiendo estos dos momentos en que se enmarca el evangelio de san Lucas, a quien hoy estamos celebrando, porque es crucial que recibamos ese anuncio y esa misión. El mismo Lucas al comienzo de su relato nos dirá que ha querido escribir por orden todos aquellos acontecimientos en torno a Jesús y su salvación para que a todos pueda llegar ese mensaje. Ha recogido el relato de aquellos que fueron testigos de la vida de Jesús, ha recopilado información de lo que ya algunos habían intentado hacer pues bien sabemos que bebió de otras fuentes, de otro primer evangelio escrito del que también bebió en sus fuentes Marcos para escribir su evangelio, los exegetas lo llaman Evangelio Q.
Pero no nos metamos ahora por esos vericuetos de la exégesis, sino que tengamos claro que como Lucas nosotros también bebiendo de las fuentes del Evangelio lo hemos de hacer vida en nosotros pero para ser testigos en el mundo de hoy que necesita escuchar el nombre de Jesús, escuchar esa buena nueva de salvación que también es para el hombre de hoy.
Tenemos que ser muy conscientes de esa misión que nosotros también hemos recibido. Porque quienes hemos recibido el regalo de la gracia, el regalo de poder conocer a Jesús y querer convertir el Evangelio en vida de nuestra vida, no nos podemos guardar ese regalo para nosotros sino que necesariamente nosotros también tenemos que convertirnos en testigos. Testigos del amor y de la misericordia de Dios que hemos experimentado en nuestra vida y a todos también hemos de decir qué grande es la misericordia y al amor del Señor. Recordemos que es un mensaje fundamental del evangelio de san Lucas. Ahí encontramos las más hermosas páginas, las más hermosas parábolas que nos hablan del amor y de la misericordia del Señor. Está muy patente en este evangelio esa buena noticia que es Jesús para los pobres y para los que sufren desde lo más hondo de su corazón.
El mundo necesita de ese anuncio. Aunque parezca que el sentido del pecado esté desapareciendo de las gentes de hoy sin embargo en el fondo de las conciencias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo ahí está latente ese darse cuenta de los errores que se comenten en la vida y de cómo muchas veces por ese mal que aparece en nuestras vida hacemos mucho daño a los demás. Y aunque se trate de disimular de falaces alegrías que quieran señalar una efímera felicidad en el fondo del corazón perdura la amargura y la angustia. En ese mundo en el que queremos hacer desaparecer cualquier elemento religioso que pueda responder a las inquietudes de nuestra vida, sin embargo acudimos más que nunca a sanadores del cuerpo y del espíritu en la psicología o la psiquiatría. Angustia en el corazón cuando no sabemos encontrar caminos que nos lleven a la verdadera paz que nos obtenga el perdón por lo malo que hayamos hecho.
No digo que no acudamos a estos hombres y mujeres de ciencia que puedan ayudarnos a abrir nuestros corazones a un equilibrio interior. Pero sigo diciendo que necesitamos el mensaje de Jesús y de su evangelio que nos habla de la misericordia y del amor que sí nos llena el corazón de paz cuando nos sentimos perdonados por el amor de Dios que nos hace abrirnos a mundo en el que hemos de saber poner paz porque sepamos encontrar los medios de reconciliación entre todos. Es lo que Jesús nos ofrece y que tantas veces rechazamos, de lo que el mundo no quiere oír, pero que necesita reencontrarse de nuevo con el verdadero mensaje del Evangelio.
Esta fiesta que hoy celebramos de san Lucas evangelista pienso que puede ser una buena interpelación para nosotros. Lo que Lucas conoció de Jesús no se lo guardo para él, sino que se convirtió en evangelista. ¿Nos podemos guardar para nosotros el mensaje del Evangelio sin anunciárselo a nuestro mundo que tanto lo necesita? Hemos de ser evangelista también con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con todo el compromiso de nuestra vida.


jueves, 17 de octubre de 2019

Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio



Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio

Romanos 3,21-30ª; Sal 129; Lucas 11,47-54
¿Habremos pensado alguna vez lo que nosotros podemos influir en los demás casi sin darnos cuenta?  Vivimos en un mundo de relaciones; y no es porque ahora en nuestros tiempos parezca que eso destaca más, sino que por naturaleza estamos hechos para la relación, para el encuentro, para la comunicación.
Queremos quizá alguna vez vivir encerrados en nosotros mismos pero no olvidemos que vivimos rodeados de otros seres, otras personas, ya sea nuestra familia, compañeros de trabajo, los vecinos con los que convivimos en un mismo lugar, pero de alguna manera esa interrelación llega a todo ese mundo que nos rodea, aunque quizá ni nos conozcamos ni hayamos intercambiado una palabra alguna vez. Y eso hace que lo que hacemos y lo que vivimos tenga su repercusión en los demás, podemos ser ejemplo, podemos ser estímulo, simplemente caminamos los unos junto a los otros, pero también podemos influir negativamente.
Alguna vez tú mismo te diste cuenta que estabas fijándote en una persona que se cruzó en tu camino, con la que ni siquiera intercambiaste una palabra de saludo, pero viste algo en esa persona que te llamó la atención, que te hizo quizá pensar, o que de alguna manera te interpeló interiormente. Cuántos de la misma manera se habrán fijado en nosotros y quizá hayamos podido ser también interpelación para sus vidas. Decimos que no nos importa la vida de los demás, lo que hagan o dejen de hacer, pero consciente o inconscientemente tenemos en cuenta muchas cosas que nos pueden ayudar o que nos pueden entorpecer nuestro camino.
Importante entonces es la rectitud con que nosotros vivamos; importante la congruencia de nuestras acciones, que verdaderamente tengan una relación con lo que pensamos para que haya una unidad en nuestra vida y así nos presentemos ante los demás. Malo es que siendo capaces de decir cosas hermosas, que pueden ser buenos principios de vida, sin embargo luego nuestra manera de actuar o de relacionarnos con los demás vaya por otro camino. Y en esas incongruencias podemos caer fácilmente si vivimos una vida superficial. Es una gran tentación, es un gran peligro.
Creo que en la vida estamos para estimularnos para el bien los unos a los otros. Qué daño pueden hacer nuestros oscuridades en los demás, porque con esa negatividad de nuestra vida nos convertimos en mal ejemplo, nos convertirnos en una rémora para el conjunto de la sociedad en la que vivimos.
Todos hemos de tener esa buena preocupación, por decirlo de alguna manera, pero cuanto más aquellas personas que tienen una responsabilidad especial, los padres para sus hijos, los maestros y profesores para sus alumnos  los dirigentes de la sociedad en cualquiera de sus facetas para el conjunto de la sociedad. Con el ejemplo arrastramos para bien o para mal. No basta decir yo hago lo que quiero y que cada uno sea responsable y maduro por sí mismo en sus cosas, que a esa madurez hay que llegar, pero tenemos que saber ser estímulo para los demás.
Me estoy haciendo esta reflexión que pudiera parecer que solo tiene aspectos humanos de nuestras relaciones humanas, pero me la hago desde la reacción de Jesús ante los que eran los dirigentes, o pretendían serlo, del pueblo de su época. Venimos escuchando estos días las palabras incluso duras que tiene Jesús contra los fariseos y los maestros de la ley. Le dolía en el alma la incongruencia en que vivían y como tan negativamente estaban tratando de imponerse a las gentes de su época. Les echa en cara como tratan de imponer minuciosas normas de conducta con mucha rigidez a los que les seguían mientras, como dice Jesús, ellos no movían ni un dedo.
¿Sucederá de alguna manera igual en nuestro tiempo? Nos sucederá a nosotros por la incongruencia de nuestras vidas que no terminamos de vivir en total rectitud, pero puede suceder en tantos sectores y facetas de nuestra sociedad e incluso de nuestra comunidad eclesial. Pensemos, pues, como podemos repercutir en la vida de los demás. Vivamos de forma congruente nuestra fe para que podamos dar un buen testimonio cristiano y así podamos atraer a muchos también al camino del evangelio.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Busquemos siempre caminos de encuentro, aprendamos a caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida alejando vanidades y orgullos


Busquemos siempre caminos de encuentro, aprendamos a caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida alejando vanidades y orgullos

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46
¿A quién le amarga un dulce? Solemos decir con frecuencia cuando recibimos un halago, cuando alguien tiene una deferencia para con nosotros, cuando tenemos la oportunidad de un reconocimiento por algo que hemos hecho. Quizá decimos que eso nos ruboriza, tratamos de disimular o querer pasar desapercibidos, por educación quizá rehusamos esas alabanzas diciendo que no las merecemos, pero no sé realmente qué es lo que nos pasa en nuestro interior que nos sentimos gratificados, nos sale un humito de orgullo y satisfacción que no somos capaces de disimular del todo.
Son cosas que nos pasan por nuestro pensamiento, unos primeros impulsos quizá ante lo que nos dicen que seriamente no quisiéramos tener, pero ahí están. Pero una cosa es que de una forma subliminal tengamos esas reacciones, y otra cosa es que eso lo estemos buscando, que hagamos las cosas para que los demás se den cuenta de lo bueno que somos para que nos canten las alabanzas, o acaso lleguemos a tener posibilidades de influencias sobre los demás. Es una tentación que nos aparece y hay quien no lo disimula sino que quizá está buscando esos reconocimientos, esos primeros puestos y queremos ir luciéndonos de lo que hacemos delante de todo el mundo. Orgullos y vanidades de las que no siempre estamos tan lejos.
Si escuchamos el evangelio de Jesús y queremos seriamente convertirlo en plan de vida para nosotros, en criterio de nuestro actuar y nuestro vivir, esa manera de actuar no tiene que ser nuestro sentido de vida. Bien nos lo repite Jesús a lo largo del evangelio, que alejemos de nosotros esas vanidades, que nuestro interés sea el servicio y con ese espíritu humilde vayamos siempre caminando con los demás. Es el sentido nuevo de vida que Jesús quiere para nosotros, aunque como les sucedía a sus discípulos entonces tanto nos cuesta entender y llevar a la vida.
En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús recrimina a quienes han convertido la vanidad en criterio de su vida. Habla fuerte Jesús contra aquellos que buscan solo la apariencia y el figurar y sus vidas están lejos del servicio y la búsqueda del bien. Habla contra los fariseos que buscan puestos de honor en las sinagogas y por donde quiera que vayan y habla también contra los maestros de la ley que la tergiversan e imponen cargas que ellos no son capaces de llevar.
La autenticidad de la vida que ha de pasar por caminos de humildad y de sencillez para no dejarnos arrastrar por vanidades ni orgullos. Aunque pensemos algunas veces que eso nos hace más grandes, nos destruye por dentro porque de ahí van a surgir muchos malos deseos que nos pueden llevar a hacer mal a los que están a nuestro lado, destruye la convivencia, la relación con los demás, nos aleja de las personas. Hemos de buscar siempre caminos de encuentro, de dialogo, de caminar juntos que es lo que hace hermosa la vida.


martes, 15 de octubre de 2019

Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre



Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
¿Quién mejor nos puede explicar algo sino aquel que lo haya experimentado en si mismo? ¿Quién mejor nos puede decir como es un lugar determinado o lo que hay en él sino quien ha estado en dicho lugar? ¿Quién mejor nos puede presentar a una persona sino quien la conozca profundamente y haya seguido toda la trayectoria de su vida? ¿Y quién nos puede dar a conocer a Dios?
Cuando llegamos a este punto nos encontramos con algo que nos supera. ¿Quién ha visto a Dios? ¿Cómo podemos llegar a conocerle? Aunque los pensadores y filósofos tratan con la razón humana, todos los razonamientos que nos puedan hacer se nos pueden quedar en algo frío y que realmente no llegue a un convencimiento del corazón.
Tampoco yo voy ahora a ponerme a buscar esos razonamientos. Es cierto que todos tenemos como ese interrogante dentro de nosotros porque en el ser humano hay un ansia de plenitud que por si mismo no llega nunca a alcanzar; nos sentimos limitados, como con las alas cortadas que nos impiden volar a esa altura de lo infinito, y tenemos la tentación de tirar la toalla en esa búsqueda dándolo por imposible cuando solo por nosotros mismos queremos alcanzarlo. Al final tenemos que reconocer que si no aceptamos lo que Dios de sí mismo nos revela no llegaremos a ninguna parte.
Pero la revelación que Dios hace de si mismo no son lecciones magisteriales como de un doctor que quiere enseñar a los que quieren ser sus discípulos, sino que Dios se nos manifiesta en nuestra propia vida y en nuestra propia historia humana donde nos va como dejando unas huellas vitales para que sepamos descubrirle, para que podamos llegar a ese conocimiento de Dios.
Será entonces en gestos sencillos como lo es la vida misma donde nos vaya manifestando su ser y su existencia. Porque es vida lo que Dios nos quiere transmitir, es su vida que va a ser luz y sentido de nuestra propia vida. Pero a veces en el orgullo de nuestro querer saber y entender, nos cuesta mucho más leer esas sencillas y humildes huellas que nos deja de su existencia y de su vida.
Siguiendo aquello que antes decíamos que nadie nos puede revelar lo que antes él no ha vivido y experimentado, hoy escuchamos a Jesús que nos dice que nadie puede revelar al Padre sino el Hijo. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso de Jesús decimos que es la revelación de Dios, le llamamos el Verbo, la Palabra de Dios, porque es el hablar de Dios que se nos manifiesta, que no descubre todo el misterio de Dios. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí’, le responde Jesús a aquel discípulo que le pide que le muestre al Padre, que les revele al Padre.
Pero quienes veían a Jesús, ¿qué es lo que veían? No todos sabrán leer el signo de Dios que se manifestaba en Jesús. Muchas veces nos cuesta aceptar las cosas desde las actitudes que tengamos dentro de nosotros. Nos creamos barreras, ponemos rechazos en nuestro corazón y en la visión del corazón quizá desde nuestros orgullos y autosuficiencias con las que nos cuesta aceptar lo que venga de los demás o lo que venga de determinadas personas. No todos supieron descubrir el misterio de Dios que se nos revelaba en Jesús. Lo vemos a lo largo del evangelio que mientras la gente humilde y sencilla sabe descubrir las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús, otros, sin embargo, desde su autosuficiencia de que ya se creían los conocedores de Dios a Jesús lo rechazan.
Hoy le escuchamos a Jesús dar gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras para los autosuficientes y los que se creen poderosos se les ocultan. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Y todo eso es la obra de Dios. ‘Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Lo que nos está diciendo cómo es la manera como nosotros tenemos que ir a buscar a Dios, cómo Dios se revela en los que son humildes y sencillos de corazón. 
Hoy estamos celebrando a una gran mujer, Teresa de Jesús o de Ávila, que pasó por todo estos procesos en su vida hasta que llegó a penetrar profundamente en el misterio de Dios. Decimos que es una mística por eso mismo. Tuvo también momentos oscuros en su vida, en que se sentía desorientada y perdida, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios que la llevó a las grandes alturas de la Mística, de vivir en su vida todo el misterio maravilloso de Dios. De ella aprendamos su camino y su espiritualidad para así nosotros dejarnos inundar de Dios, llenarnos del misterio de Dios.

lunes, 14 de octubre de 2019

Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo



Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32
Hay personas que cuando nos encontramos con ellas parece que nos dan un toque en el corazón. Simplemente sentir o contemplar su presencia nos transporta a otras alturas, podríamos decir, porque nos transmiten paz con su sencillez y su humildad, sin palabras nos están mostrando la bondad que llevan en su corazón, y su humilde mirada nos eleva por dentro para mirar a otras dimensiones de la vida que nos llenan de trascendencia. Su sola presencia se convierte para nosotros en signos de algo nuevo y distinto de lo que de alguna manera quisiéramos contagiar nuestro espíritu.
Ojalá nos vayamos encontrando así muchas personas en el camino de la vida, pero es que quizá tendríamos que decir que somos nosotros los que tenemos que abrir los ojos, levantar nuestra vida para descubrirlas porque en su silencio pasan a nuestro lado pero nosotros vamos muy interesados en muchas cosas. Como aquel que va caminando absorto en el móvil que lleva en sus manos, no sabe ni por donde camina con el peligro de irse de bruces contra algún peligro, pero tampoco admirando las bellezas que podemos encontrar a nuestro alrededor. Esta imagen que estoy expresando podríamos decir que es un signo de muchas cosas que nos suceden en la vida, de la ceguera con que tantas veces caminamos.
Pero también esto que estamos reflexionando nos podría valer para preguntarnos en qué somos nosotros signos para los demás. Quienes nos ven, escuchan nuestras palabras, contemplan lo que hacemos qué es lo que podrán ver en nosotros que les pueda ayudar; ¿en qué somos nosotros signos para los demás? Creo que es una seria pregunta. No tenemos, es cierto, que ir haciendo alarde por la vida de lo que somos o hacemos, pero sí nuestras vida tendrían que ser signo de algo bueno que pueda estimular a los demás. ¡Cuánto nos ayudaríamos unos a otros y cuanto podríamos hacer así para que nuestro mundo sea mejor!
Como decíamos antes, muchas veces en la vida somos ciegos que no queremos ver. Son otros quizá los intereses que tengamos. Les sucedía a los judíos en tiempos de Jesús. No todos llegaban a descubrir lo que Jesús les quería manifestar, lo que era su vida misma. Por esto continuamente piden signos. Para ellos quizá los signos se quedaban en los milagros que hacia simplemente como un poder taumatúrgico y no llegaban a saber leer lo que Jesús hacía para descubrir hondamente el mensaje de Jesús. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la materialidad de las cosas, cuando nos falta un verdadero espíritu bien cultivado dentro de nosotros.
Jesús hoy les dice que no les será dado más signo que el signo de Jonás. Aquel profeta enviado de Dios que se resistía a cumplir su misión, que incluso tomó un camino contrario pero con las incidencias de la tormenta en el mar, de ser arrojada por la borda y ser devorado por un cetáceo, aunque pudiera salir vivo de aquella inusitada situación, le hizo volver a la ciudad para predicar la conversión que finalmente el pueblo escuchó para convertirse al Señor.
Es el signo de la muerte y de la vida que va a ser el signo de la pascua, de la muerte y de la resurrección del Señor. Que es el gran signo que nos descubre a Dios y nos llena de su salvación, el gran signo que hemos de ver, contemplar y vivir haciendo nuestra la Pascua de Jesús.
El gran signo pascual que hemos de realizar en nuestra vida sintiendo ese paso de Dios por nosotros que nos hace renacer a una nueva vida. El gran signo que hemos de manifestar cuando convertidos a Dios comenzamos a vivir las señales de una vida nueva. El gran signo que nosotros con esa vida nueva hemos de ser para los demás, que manifestaremos en la bondad de nuestra vida, en nuestro compromiso por el Evangelio y por el Reino, en todo lo bueno que hemos de hacer por los demás y por hacer nuestro mundo mejor.

domingo, 13 de octubre de 2019

El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás



El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás

2Reyes 5, 14-17; Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19
‘Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Me causó sorpresa en estos días pasados que un sacerdote preguntaba a un grupo de niños en una homilía catequesis si sabían lo que era la lepra o lo que era un leproso; ningún niño supo responder.
No sé si por la edad de los niños, o porque algunas veces vivimos muy metidos en nuestro mundo y no sabemos o no queremos saber del problema del sufrimiento de los demás – tampoco los padres que asistían a la catequesis con sus hijos dieron muchas señales de que supieran del tema – el hecho estaba en que no sabían nada de la lepra; las lepras del mundo de hoy como son otras enfermedades como el Sida quizá nos resultaran más cercanas, aunque la reacción que tenemos ante esas enfermedades es bastante semejante de lo que sucedía con los leprosos que eran apartados de la sociedad y obligados a vivir o más bien a morir en condiciones bien inhumanas; recuerdo la reacción ante las personas con sida hace unos años en que se tomaban también unas medidas muy radicales ante el temor del contagio.
Valga esta como introducción para hacernos pensar un poco cual es la reacción que tenemos ante situaciones semejantes, y a cuantos de una forma o de otra también apartamos de la sociedad, bien por la situación social que viven, bien porque todavía andemos pasando por ciertos filtros de apariencias y buenas presencias, lo que significa esos ramalages que nos aparecen dentro de nosotros con los que hacemos nuestras distinciones y discriminaciones.
Aquellos leprosos que le salieron al paso a Jesús cuando iba a entrar en aquella población de quedaron de lejos suplicando que tuviera compasión y misericordia de ellos. Buscaban salud, buscaban su salvación, buscaban el poder encontrarse de nuevo con los suyos y volver con sus familias para una vida normal. Si alguien curaba había unos trámites de pasar por el sacerdote para que diera el visto bueno de su curación y el poder volver a estar con los suyos. Es por eso que Jesús les envía a que se presenten a los sacerdotes que certifiquen su curación y pudieran volver a sus casas. Todos corren en búsqueda del ansiado certificado; todos corren menos uno que se da la vuelta y viene a los pies de Jesús.
Alguien comenta que mientras estaba en medio de la miseria de su enfermedad habían permanecido unidos, hasta llegar a pedir a una sola voz que Jesús tuviera compasión de ellos, pero que cuando se vieron curados cada uno corrió por su cuenta porque ya no pensaba sino en si mismo. ¿Qué nos une y qué no separa en los caminos de la vida? 
Algo que tendríamos que pensar; quizá mientras luchamos contra el mal que nos esclaviza todavía somos capaces de hacer fuerza para apoyarnos los unos a los otros, pero ¿qué suele suceder cuando nos llegan momentos de prosperidad? Podemos fácilmente olvidar aquellos con los que antes estábamos unidos, pero ahora cada uno se busca su camino sin saber seguir contando con los demás. Es algo que nos puede suceder y algo que vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno.
Cuando vamos meditando y rumiando con toda sinceridad y con apertura de corazón los textos del evangelio son muchas cosas que nos van surgiendo y que de alguna manera es inspiración para nuestro corazón y descubriendo de muchas cosas, de muchos valores, de muchas actitudes o que tenemos que corregir o que tenemos que hacer brillar con luz especial en nuestra vida.
La vuelta de aquel samaritano hasta los pies de Jesús también nos puede interpelar en lo hondo de nuestro ser. Solo a él le dirá Jesús que su fe le ha salvado. Todos se sintieron curados, sanos de su enfermedad, con la posibilidad de la vuelta con sus seres queridos, pero a este se le dice que ha encontrado la salvación. Y es que éste fue el que se encontró de verdad con Jesús cuando viene a dar gracias por los beneficios recibidos. No era la fe solo en el taumaturgo que le liberaba de sus enfermedades sino era la fe en aquel en quien podría encontrar la salvación.
No diremos que aquellos otros nueve hicieron mal, puesto que hicieron lo que estaba previsto por la ley, pero les faltó algo. Podríamos decir la gratitud, que este evangelio lo utilizamos mucho para decir que tenemos que ser agradecidos, sino era algo más, era el reconocimiento de Jesús como su Salvador. ‘Por tu te fe has salvado’, le dirá Jesús al samaritano que volvió.
Podemos hacer muchas cosas buenas, ser buenos ciudadanos y fieles cumplidores de la ley, podemos sentir incluso algo más porque socialmente nos preocupamos de los demás y hacemos por una sociedad mejor, podemos implicarnos en muchas organizaciones o entidades que trabajen incluso por la justicia o por remediar tantos males del mundo. Todo eso es bueno y loable, pero el que se siente cristiano tiene que añadir algo más, porque no somos solamente una ONG, somos los que confesamos nuestra fe en Jesús como nuestra única salvación.
Y este aspecto no lo podemos descuidar porque no es secundario, aunque muchas veces no  lo resaltamos lo que deberíamos. En ocasiones podemos dar la impresión que andamos más preocupados de esos asuntos sociales que de nuestra fe y del reconocimiento que hemos de hacer de la obra de Dios y la proclamación del nombre de Jesús a cuantos nos rodean como nuestro salvador. Y la Iglesia no lo puede olvidar nunca.
Reconozcamos la obra de salvación que Jesús hace en nosotros y también a través de nosotros para con los demás. Reconocemos proclamando nuestra fe y dando gracias, pero eso tiene que llevarnos siempre a todo lo bueno que tenemos que hacer por los otros y por nuestro mundo; con nuestro compromiso también estaremos dando gloria a Dios.

sábado, 12 de octubre de 2019

A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio



A María del Pilar invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza de su fe proclamamos el Evangelio

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28
Hoy es un día de bendiciones. Un día para sentirse bendecido y para bendecir. Hoy es una fiesta de María, la Madre del Señor. Hoy es el día de la Virgen del Pilar.
Con María bendecimos a Dios. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor’, cantaba María, bendiciendo a Dios que se había fijado en la pequeñez de quien se consideraba su sierva y la había hecho su Madre. Reconoce María las maravillas del Señor que realiza obras grandes y se vale de los humildes y los pequeños a los que de manera especial quiere manifestarse. Todo en María es un canto de alabanza al Señor; ella que plantó la Palabra de Dios en su corazón, la que sentía pequeña como la humilde esclava pero que siempre dejaba actuar a Dios en su vida, ‘hágase en mí según tu palabra’ cumpliendo así en todo la Palabra de Dios.
María que se siente bendecida por el Señor. Reconoce las maravillas que el Señor en ella realiza y siente así la bendición de Dios. Por eso replicará Jesús a aquella alabanza de la mujer anónima del Evangelio que prorrumpe en alabanzas a la Madre de Jesús, que más dichosos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen práctica. Es una alabanza y una bendición para María, la que mejor plantó en su corazón la Palabra de Dios.
No es extraño que María incluso en su humildad reconozca que va a ser bendecida y alabada por todas las generaciones. Es lo que seguimos nosotros haciendo. Cada fiesta de María es esa bendición para María, esa alabanza del pueblo cristiano que sabe reconocer a la figura de la Madre, la figura de María que es la Madre de Dios pero a quien nosotros sentimos como Madre. Por eso de mil maneras nosotros queremos cantar también las alabanzas a Maria uniéndonos a todas las generaciones, a todos los pueblos que a lo largo de los tiempos han querido cantar a María. Saldrán las mejores palabras y canciones de nuestros labios, pero quiere salir lo mejor de nosotros mismos, el amor de nuestro corazón para que nuestra vida se convierta también en una alabanza a María.
Claro que la mejor alabanza no son las palabras ni las canciones, sino la mejor alabanza es nuestra vida misma que se viste de María, de ella queremos copiar su amor, de ella queremos copiar todas sus virtudes, de ella queremos aprender a plantar también en nosotros la Palabra del Señor. Nuestra vida vestida de María, nuestra vida imitando a Maria es la alabanza que queremos cantar.
Nos sentimos bendecidos en María, en su presencia de Madre que siempre junto a nosotros ha estado y quiere estar. Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta del Pilar, eso nos está recordando. En piadosa tradición se nos está hablando cómo Maria quiso estar junto a nosotros desde los albores de la cristiandad. La tradición nos habla de la presencia de María que se manifiesta al apóstol que predica el evangelio en nuestra tierra. Y en el duro trabajo del evangelio María viene a ser fortaleza, un signo de ello es el Pilar que da título a esta advocación de María, porque ella va a ser a lo largo de los tiempos ese pilar de fortaleza en la fe.
Eso quiere significar ese Pilar sobre el que asienta sus pies la imagen de María. En ella queremos apoyarnos, porque ella del Señor nos alcanza la gracia que necesitamos, para mantenernos firmes en nuestra fe a pesar de los duros embates por los que podamos pasar. No es fácil seguir dando testimonio del Evangelio, pero apoyándonos en María podremos lograrlo.
A ella invocamos, con ella caminamos, de su amor aprendemos, con su disponibilidad y generosidad envolvemos nuestro corazón, con la fortaleza del pilar de su fe queremos dar testimonio de nuestra fe y de lo que son los valores del Evangelio. Es un día de muchas bendiciones.

viernes, 11 de octubre de 2019

Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu


Derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y de perseverancia en el cultivo de nuestro espíritu

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26
No terminamos de aprender la lección. Nos pasa en muchas facetas de la vida. Luchamos, nos esforzamos porque queremos conseguir algo, pero cuando nos parece que lo tenemos conseguimos nos aflojamos, no mantenemos la intensidad de la lucha por mantener lo conseguido y cuando menos lo pensamos todo se nos desmorona. Es en los trabajos, en las metas que nos hemos propuesto en la vida, en nuestra vida personal de superación, en tantas cosas.
Y es que, como se suele decir, hay que hacer un mantenimiento; como con un edificio, que no es solo construirlo y ponerlo a punto para habitar en él y que cumpla las finalidades propuestas sino que luego tenemos que seguir realizando un ejercicio de mantenimiento. Así, la vida, nuestras luchas personales, lo que realicemos también en nuestra sociedad, en el mantenimiento de la amistad e incluso en el amor de la familia o el amor matrimonial.
Nos pasa también en nuestra vida cristiana, en el seguimiento de Jesús y en todos nuestros compromisos como miembros de la Iglesia. A día de mucho fervor se suceden con frecuencia momentos de decaimiento, de enfriamiento espiritual, de desganas y cansancios que nos hacen perder el ritmo y todo se nos viene abajo.
Lo hemos visto en tantos a nuestro alrededor que tras un encuentro con el Señor, unos ejercicios, un cursillo, algo que les ha sucedido y les ha impactado comenzaron a vivir con un fervor extraordinario, pero con el paso del tiempo parece que todo se vino abajo y ya no están aquellos fervores y se olvidaron los compromisos. Lo vemos en nosotros mismos tantas veces con nuestros altos y bajos.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio, cuando nos habla del enemigo malo que es expulsado de alguien pero que luego vuelve con más brío a apoderarse de aquel de quien había salido. Son las tentaciones que tantas veces sufrimos después de fuertes luchas donde nos parecía que todo lo habíamos superado, pero que luego volvimos por nuestras viejas andadas. Es tan importante la vigilancia, el cuidado de nuestro espíritu, el fortalecimiento interior.
En este campo de la espiritualidad no podemos dejar entrar esos aires tibios que parece que nos dan mejor confort sino que hemos de mantenernos firmes haciendo crecer más y más nuestra espiritualidad. Tenemos que ser personas de hondura interior, con buenos cimientos espirituales, con buenas raíces para estar siempre bien enracimados con lo que tiene que ser la cepa de nuestra vida. Recordemos lo que en ese sentido nos dirá Jesús en otros momentos del evangelio. Hoy nos dirá Jesús que con El o contra El, y que quien no recoge con El desparrama.
Desparramamos o derrapamos tantas veces en la vida por nuestra falta de vigilancia, de constancia y perseverancia en lo espiritual, por nuestra falta de unión verdadera y fuerte con el Señor. Cultivemos nuestro espíritu.

jueves, 10 de octubre de 2019

Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades y presente siempre en nuestra vida


Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades y presente siempre en nuestra vida

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Sal 1; Lucas 11,5-13
¿Quién estará llamando a estas horas?  Nos preguntamos quizá de mal humor cuando sentimos llamar a nuestra puerta a horas intempestivas. Nos quejamos porque estábamos ya descansando en las horas de la noche, porque estábamos en nuestras cosas o porque simplemente estábamos entretenidos viendo una película o un programa que consideramos interesante en la TV. Pensamos más en nosotros mismos que en la necesidad o problema que pueda tener quien nos llama. Vivimos en nuestra comodidad, pensamos solo en nosotros, no somos capaces de darnos cuenta que la vida continúa a nuestro alrededor con sus problemas y sus luchas, que también con sus alegrías y buenos momentos, pero solo pensamos en nosotros mismos.
Es más a o menos una traducción al ahora de nuestra vida del ejemplo que nos propone Jesús en el Evangelio; y aunque la intención de Jesús en este caso va por otra parte cuando nos quiere hablar de la insistencia y perseverancia de nuestra oración, sin embargo el hecho nos puede valer para algo más y ayudarnos a analizar la comodidad, quizás, con que vivimos nuestra vida. Muchas veces nos aislamos, y porque tenemos nuestros problemas más o menos resueltos, ya no pensamos en los problemas por los que puedan estar pasando los demás.
A mí que me vengan con penas, como decía alguien en una ocasión, que yo ya tengo las mías y ya me las intento resolver yo solo. No es la actitud ni el camino, porque las penas llevadas en compañía son menos penas, pero además aunque poco podamos hacer porque cada uno tiene que poner su esfuerzo, el sintonizar con el otro, manifestar una cierta empatía ante la situación que está pasando se lo hace más llevadero y en la presencia del amigo o el hermano se siente más estimulado en su lucha.
Valga también esta reflexión que nunca está lejos del evangelio para el camino de nuestra vida. Pero centrémonos también en el mensaje que nos quiere ofrecer el evangelio de hoy. Ya decíamos que Jesús quería hablarnos de la perseverancia en nuestra oración. Decir que nunca Dios va a ser como nosotros que se sienta importunado por nuestras suplicas, porque para Dios nunca son a destiempo. Es el Padre bueno con el corazón siempre disponible para acogernos, con los oídos atentos siempre a nuestras necesidades.
Dios no se desentiende de nosotros. A lo largo de toda la historia de la salvación lo podemos constatar. Dios es el que está atento a los sufrimientos de su pueblo, y como vemos ya en el antiguo testamento llama a Moisés para confiarle la misión de que en su nombre vaya a liberar a su pueblo de la esclavitud. Y a pesar de la mucha infidelidad desagradecida de su pueblo siempre está atento para ofrecerle su amor y su salvación.
Es el Padre que nos envía a su Hijo por el amor que nos tiene, como nos recuerda tantas veces el evangelio. Eso tiene que motivar la confianza con hemos de acudir al Señor en todo momento cualquiera que sea la situación de nuestra vida aunque seamos pecadores. Y es que siendo nosotros pecadores y con una vida llena de infidelidad nos envió a su Hijo que murió por nosotros, no porque fuéramos buenos, sino que siendo nosotros pecadores nos amó.
Así nos dice Jesús hoy: ‘Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. El es el padre bueno que siempre sabe dar cosas buenas a sus hijos.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Sentimos que vamos a orar y no sabemos cómo hacerlo pero aprendamos a disfrutar de la presencia de Dios que es el Padre que nos ama como nos enseña Jesús



Sentimos que vamos a orar y no sabemos cómo hacerlo pero aprendamos a disfrutar de la presencia de Dios que es el Padre que nos ama como nos enseña Jesús

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4
En nuestro trato con los demás, en las conversaciones que mantenemos con nuestros amigos o con las personas que son cercanas a nosotros hablamos de muchas cosas, los aconteceres de la vida de cada día, las noticias que van surgiendo de las cosas que suceden en nuestro entorno, o en nuestra sociedad, un poco lo que nos pasa a cada uno, en lo que ocupamos nuestro tiempo, pero entrar en nuestra interioridad para expresar lo que sentimos por dentro ya es algo de lo que nos reservamos y solo con aquellas personas con las que mantenemos una especial relación expresamos algunas cosas.
Nuestra vida interior es un secreto bien guardado que quizá personas con una mayor sensibilidad podrán apreciar ligeramente desde nuestro actuar o nuestra forma de pensar en lo que expresamos. Pero dentro de nuestra interioridad, nuestra vida espiritual es un tema del que no nos expresamos mucho como si sintiéramos un especial decoro para hablar de ello. ¿A quienes contamos nuestras luchas internas? ¿Con quién compartimos lo que sea nuestra vida espiritual? ¿A quien hablamos de nuestra oración, y de cómo es nuestra relación con Dios? Hay un cierto pudor para hablar de esas cosas cuando si fuéramos capaces de compartir más nos enriqueceríamos mutuamente y nos ayudaríamos más rezando los unos por los otros pero no solo ya pidiendo por la salud y el bienestar de cada uno.
Hoy hemos escuchado en el evangelio que los discípulos manifiestan su pobreza espiritual, pero al mismo tiempo están expresando como quieren salir de esa pobreza cuando le piden a Jesús que les enseñe a orar. Nosotros también sentimos muchas veces que no sabemos orar, que a lo más nos contentamos con rezar oraciones ya formuladas pero que no llegamos a entrar en una oración más profunda en verdadera intimidad con el Señor. También sentimos ese deseo de aprender a orar aunque quizá no sea lo que le pidamos a nadie para que nos enseñe.
¿Cómo es realmente nuestra oración? Muchas veces sentimos que vamos a orar y no sabemos cómo hacerlo; llegamos a ese momento de oración y nos quedamos como en un vacío espiritual sin saber que hacer o qué decir. Nos refugiamos quizá en las formulas de oración que recitamos, pero sentimos que algo más tendría que ser, que en ese vacío y silencio interior – en el que con demasiada frecuencia no sabemos mantener porque la imaginación nos distrae – tendríamos que sentir que estamos en la presencia del Señor. No importa quizá que en ese momento no seamos capaces de decir o sentir grandes cosas, pero pensemos al menos que allí estamos, como niños que no sabemos que decir, pero estamos ante el Señor, que el Señor nos está inundando con su presencia y ya eso es oración porque nos sentimos confiados y seguros con Aquel que sabemos que nos ama.
Disfrutar de ese momento, de silencio, de paz interior como el hijo que se sienta al lado de su padre y aunque no se dicen nada y el silencio se prolongue nos sentimos a gusto porque estamos con el padre que nos quiere y a quien queremos. Quizá cuando en nuestra oración tenemos momentos así, nos parece luego que no supimos aprovechar el tiempo, que no dijimos todo aquello que llevábamos en el corazón, pero ¿es necesario decir muchas cosas de las que llevamos en el corazón si estamos ante quien nos conoce hasta lo más profundo de nosotros?
Ese silencio es también oración y aunque la mente recorra muchos mundos que parece que nos distraen, estamos recorriendo esos mundos ante el Señor que es de alguna manera como contarle al Señor lo que llevamos en el alma y que es expresión de nuestras preocupaciones y deseos. No olvidemos que cuando le piden los discípulos a Jesús que los enseñe a orar la primera palabra que han decir en esa manera de orar que Jesús les enseña es Padre. Disfrutándola lo tenemos todo; rumiándola en nuestro interior estamos sintiendo todo su amor y expresando también lo que es nuestro amor.

martes, 8 de octubre de 2019

No nos perdamos la riqueza interior que podemos recibir de la presencia y de la palabra de esa persona que está a nuestro lado no vayamos a entrar en un vacío de deshumanidad



No nos perdamos la riqueza interior que podemos recibir de la presencia y de la palabra de esa persona que está a nuestro lado no vayamos a entrar en un vacío de deshumanidad

Jonás 3, 1-10; Sal 129;  Lucas 10, 38-42
Siempre tenemos cosas que hacer, andamos atareados. Ya sabemos que la vida hoy se ha convertido en una loca carrera, no solo porque muchos andan obsesionados por el tener y tener más cada día, o porque buscamos nuestros ascensos en esos lugares que ocupamos ya sea por nuestra profesión o por la tarea social que realicemos, sino también porque nos agobiamos con lo que tenemos que hacer y nos parece que no podemos trabajar y trabajar.
En cierto modo parece que algunas cosas cambian porque la gente también busca el descanso, pero un descanso que muchas veces es sustituir una actividad por otra actividad y no sabemos detenernos para contemplar la vida, para disfrutar del momento, para saber tener también ese punto de encuentro con los demás. Es que hay tantas cosas que hacer, nos decimos y nos justificamos.
No quiero mermar ni en lo más mínimo las responsabilidades que tenemos y que hemos de llevar a término, pero no siempre con esos agobios estamos siendo más responsables con la vida o con nosotros mismos. Hemos de saber detenernos, porque también el descanso es necesario y de alguna manera tenemos que tomárnoslo como una responsabilidad para con nosotros mismos y también por la repercusión que en positivo pueda tener para quienes nos rodean especialmente en el entorno familiar.
Como se suele decir tenemos que hacernos una escala de valores para poner cada cosa en su sitio porque quizá haya cosas que son importantes en la vida pero por los agobios con los que vivimos no le damos valor e importancia. El agobio en ocasiones nos deshumaniza, nos convierte en máquinas poco menos que automáticas. Y esa humanidad que crece en el encuentro, en la escucha, en el dialogo, en el cultivo de nuestro propio yo y nuestro espíritu es algo que hemos de tener en cuenta. Si no nos cultivamos interiormente, si no cultivamos también nuestra relación con el otro, al final nos desinflamos y hasta podemos sentirnos vacíos interiormente.
Hoy el evangelio  nos habla de un hogar donde Jesús es acogido con sus discípulos y nos habla de las dos mujeres de la casa. Mucho las hemos contrapuesto en ocasiones en nuestros comentarios y reflexiones, pero quizá no hemos terminado de resaltar los valores y virtudes que podemos encontrar tanto en Marta como en María.
Primero que nada resaltamos la virtud de la hospitalidad, y lo hacemos en ambas mujeres; las puertas de aquel hogar se abrieron para Jesús y para sus discípulos. Y si Marta andaba afanada en las tareas de la casa era en el buen deseos de ofrecer lo mejor a sus huéspedes; ¿no hemos llegado nosotros de visita a una casa y enseguida nos ofrecen que si queremos tomar algo? bien sabemos como en nuestros pueblos se ofrece enseguida el café o el vaso de vino. Era el servicio que Marta quería ofrecer, eran los preparativos que estaba realizando porque quería atender a todos y de la mejor manera. Era la queja también porque María no le ayudaba en aquellos quehaceres.
Pero María estaba ejerciendo también esa virtud de la hospitalidad. Era importante la persona y la presencia; era importante la acogida y la escucha; era importante el estar, estar allí al lado de aquel a quien recibían con generosa hospitalidad; era importante ese detalle de presencia y de escucha, el saber detenerse para hacerse presente y escuchar, para acoger y para recibir. ¿Cómo se le iba a dejar solo o volverle la espalda? Aquella atención y aquella escucha era abrir el corazón porque ya la presencia del otro lo llenaba y más aun se enriquecía con sus palabras. Tenemos que aprender a hacerlo.
Cuánto podemos recibir cuando sabemos detenernos para acoger y para escuchar; cuanto nos puede enriquecer la presencia de la otra persona a la que no podemos dejar a un lado para irnos a nuestras cosas y lo que nos pueda parecer más interesante o más urgente. Son cosas sencillas que tenemos que aprender a hacer.
No solo son las tareas de los trabajos que tengamos que realizar, sino que hoy también hay otras muchas cosas que nos entretienen y nos distraen; sí, nos distraen de ese contacto humano y presencial con el que está a nuestro lado; nos distraen y estamos más pendientes de unos medios técnicos – las llamadas redes sociales - que, es cierto, nos pueden poner en contacto con personas que están en otra parte del mundo, pero no sabemos mirar a los ojos al que está a nuestro lado, no sabemos abrir nuestros oídos para escucharle o nuestro corazón para acogerle de verdad. ¿No nos estaremos perdiendo una riqueza interior que podemos recibir de ese que está a nuestro lado?
Y nos estamos perdiendo muchas cosas importantes que podemos recibir de ese que está a nuestro lado y que al final parece que ni los conocemos. Cuántas consecuencias podríamos sacar en este sentido de tantas cosas que nos suceden o de la manera como hoy nos planteamos las cosas y las relaciones humanas.

lunes, 7 de octubre de 2019

Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación





Como el hijo que se coge de la mano de su madre cuando rezamos el rosario nos dejamos llevar por Maria para rumiar todo el misterio de Cristo y su salvación


Zacarías 2,14-17; Sal. Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38
Aquellas cosas hermosas y bellas que queremos recordar las guardamos en el corazón porque muchas veces queremos traerlas de nuevo al recuerdo para rumiarlas y saborearlas una y otra veas porque eso anima nuestra vida frente a las oscuridades con que nos vamos encontrando. Pero también aquellos sucesos que quizás nos hicieron sufrir, que nos hicieron pasar por momentos amargos, que pudieron suponer un fracaso o una derrota también los guardamos no para mantener resentimientos y amarguras, sino para saber sacar el provecho de una enseñanza, de una lección para nuestra vida o para aprender como el amor pueden vencer lo que nos pueda parecer una derrota.
Es la riqueza maravillosa que atesoramos en nuestro corazón que vale mucho más que las riquezas materiales que se convierten para nosotros en oropeles de fantasía pero que no dan ninguna riqueza a nuestro espíritu. Mucho tendríamos que aprender a valorar y degustar toda esa riqueza espiritual que llevamos dentro de nosotros desde lo que hemos vivido y experimentado.
El evangelio nos repite en varias ocasiones que ante aquellos acontecimientos que se iban sucediendo en torno al nacimiento de Jesús y su infancia Maria guardaba todas aquellas cosas en su corazón. Era el tesoro de su amor y del amor de Dios que ella iba experimentando también en si misma. Guardaba en su corazón y rumiaba una y otra vez porque así admiraba las maravillas que el Señor iba realizando en ella y a través de ella para beneficio y salvación de toda la humanidad.
He querido recordar esto, partiendo también de esa experiencia de nuestra vida de cuantas cosas guardamos en el corazón en esta fiesta de la Virgen del Rosario. Una fiesta muy hermosa de Maria que nos habla del valor de la oración y del triunfo también que podemos obtener en nuestra vida con la oración y con la intercesión de Maria. Una fiesta que nació desde aquella victoria de Lepanto que el pueblo cristiano supo ver como un triunfo de Maria, por cuanto a ella le habían pedido tan intensamente para verse liberados del poder otomano que hubiera cambiado los rumbos de la historia de Europa.
Es el triunfo, podríamos decir, del Rosario, que daría nombre a esa Advocación de María y que nos enseña una hermosa oración que con María podemos realizar y de Maria podemos aprender.
Podríamos decir que rezar el rosario, ese desgranar de cincuenta avemarías de saludo y oración a Maria, es repetir lo que el evangelio nos dice que ella misma hizo. Guardaba todas aquellas cosas en su corazón rumiándolas una y otra vez. Eso es lo que hacemos al rezar el rosario; esos ‘misterios’ son algo más que un título a cada decena del rosario.
Es un ir rumiando en nuestro corazón al unísono con Maria ese misterio de Cristo; es una invitación a que mientras desgranamos esos piropos a Maria que es la oración del Avemaría vayamos meditando ese misterio de Cristo, vayamos rumiando en nuestro interior reviviendo incluso con nuestra imaginación ese momento de la vida de Cristo que recordamos; es un ir rumiando al unísono, repito, con Maria todo ese misterio de nuestra salvación; es un ir empapándonos de evangelio, que es empaparnos de gracia, que es empaparnos de Dios. Es la forma verdadera del rezo del rosario.
Ahí vamos poniendo nuestra vida, con lo mejor de nosotros, con las lecciones aprendidas desde todo lo que nos ha sucedido, pero lo hacemos en un verdadero espíritu de fe dejándonos inundar del misterio de Cristo; y de mano de quien mejor lo podemos hacer que de manos de María, la que estaba empapada de Dios, la llena de gracia, pero la que quería cada día más llenarse de Dios rumiando también cuanto lo había sucedido en orden al misterio de nuestra salvación.
Es una manera de leer, y hacerlo de una manera viva, el evangelio para así llenarnos del mensaje de Jesús, para así empaparnos de sus valores y poder resplandecer con todas las virtudes que han de brillar en la vida de un cristiano. Y lo hacemos de mano de Maria, dejándonos llevar como el hijo que se coge de la mano de su madre y por ella se deja conducir.