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sábado, 10 de marzo de 2018

Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.


Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.

Oseas 6,1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Que malo es cuando en la vida vamos de prepotentes subiéndonos a un pedestal y esperando que todos nos hagan la reverencia. Es como si  nos creyéramos dioses. Nuestra autosuficiencia nos hace creer que solo dependemos de nosotros mismos y que no necesitamos contar con nadie; el orgullo nos infla de tal manera que ya nunca cabremos al lado de los otros y siempre querremos ocupar su puesto y así vamos desplazando a tantos por la vida porque los creemos inútiles o que nada saben hacer; en su corazón no hay sino desprecio y no importa ya humillar al que sea con tal de sobresalir por encima de todos. Pero esos pedestales con pies de barro un día se desplomarán y nos veremos hundidos y quizás sin saber como reponernos de la humillación que sufrimos en nuestra caída.
Son cosas que pasan, que con demasiada facilidad vemos en los demás y juzgamos y condenamos, pero que se nos hace difícil verlo en nosotros porque muchas veces tenemos algo de todo eso en nuestras actitudes o en nuestros comportamientos. Y es que ser humildes para reconocer la realidad de nuestra propia vida y ser capaces de ver también esas cosas que nos hacen tropezar no nos es fácil. Siempre pueden aparecer esos resabios en nuestro corazón y hemos de estar atentos para no echarlo todo a perder.
Ser humildes no significa que tengamos que arrastrarnos ante los demás, sino ser capaces de reconocer la realidad de nuestra vida; y no somos perfectos porque todos tenemos siempre nuestro lado débil y nuestros tropiezos. Que tenemos cosas buenas también en nuestra vida, lo reconocemos y damos gracias a Dios por ello, pero al mismo tiempo nos damos cuenta que eso que somos no es solo para nosotros mismos sino que está también en bien de los demás, es riqueza para todos.
Hoy nos propone Jesús en el evangelio una parábola y ya nos dice el evangelista que era por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y nos habla de los dos hombres que subieron al templo a orar, un fariseo y un publicano. Fuerte es el contraste entre los hombres; se expresa en la actitud y postura de su oración.
Altivez en uno y humildad en el otros, auto justificación creyéndose ya el santo y el justo por alguna cosa que hacia pero que la envenenaba con su soberbia y con su orgullo por una parte, mientras que el publicano se sentía pecador y pedía perdón a Dios por sus pecados. ¿Quién era más pecador? El tema está en que uno lo reconoce y alcanzará el perdón, pero el otro no será capaz de reconocerlo y no podrá nunca sentirse satisfecho.
Seamos capaces de reconocer, sí, lo bueno que hay en nosotros y que sea estímulo para hacer más cosas, y al mismo tiempo seamos conscientes de nuestra debilidad y de nuestro pecado que solo en Dios podremos encontrar ese perdón y esa paz que necesitamos.
Que distinta es nuestra vida y que agradable se hace nuestra relación con los demás cuando vamos actuando en la vida con sinceridad y humildad. Un corazón humilde siempre será generoso para el amor porque siempre sabe agradecer todo el amor que recibe y así está dispuesto a repartir amor con los demás.



viernes, 9 de marzo de 2018

Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios


Nosotros nos sabemos muy bien los mandamientos, pero no es eso suficiente para que Jesús pueda también decirnos que no estamos lejos del Reino de Dios

Oseas 14,2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34

Demasiado andamos en la vida con medidas, con límites, a ver qué es lo que tengo que hacer, hasta donde tengo que llegar o donde ya puedo pararme porque es suficiente para cumplir. Somos un poco rácanos, porque las mediciones queremos siempre que sean a favor nuestro, para no tener que dar más de lo que tengamos que hacer porque no tengo por qué sobrepasarme, porque no voy a hacer más de lo que otros hacen, porque me contento con llegar mismamente al limite. Y eso es en el cumplimiento de obligaciones, en lo que tengamos que hacer a favor de los demás, o en el esfuerzo que tengamos que hacer para superarnos y al menos no quedar por debajo de los otros pero tampoco esforzarme más de la cuenta. En muchas cosas concretas de lo que hacemos en la vida podríamos fijarnos conforme a lo que estamos diciendo.
Así andamos en nuestras relaciones y comportamientos con los demás, pero así andamos en ese camino de superación que tendría que haber en nuestra vida para llegar a la meta más alta, y así andamos también en nuestros caminos de la fe y de nuestra relación con Dios y en consecuencia en el compromiso que desde esa fe tendría que tener con los demás.
Una vez vienen a preguntarle a Jesús por lo que es lo principal. Como aquel joven que preguntaba un día que es lo que había que hacer para heredar la vida eterna; o como aquel otro que vino con una pregunta semejante a la de hoy pero luego seguía preguntan quien era ese prójimo al que había que amar; o como Pedro a quien hemos escuchado cuantas son las veces que tengo que perdonar, queriendo poner también un numero, y así tantos en el evangelio.
Hoy viene un escriba, un maestro de la ley, y poco menos que quiere pasar a examen a Jesús. Claro como Jesús no había estudiado en ninguna escuela rabínica, ¿sabría Jesús cual es el mandamiento principal El que se presentaba ahora como maestro o como profeta en Israel? ¿Dónde ha estudiado todo esto? Se preguntaban también un día en su propio pueblo de Nazaret. Otras veces le preguntaran por la autoridad con que hace lo que hace o enseña lo que enseña. Siempre andaban al acecho.
‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Para que no hubiera dudas Jesús respondió citando de memoria lo que decía el Deuteronomio y lo que todo judío se sabia de memoria porque demás lo repetía casi como oración muchas veces al día, al levantase, al salir de casa, al emprender cualquier tarea.
‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.’ Pero Jesús añade: ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti’. Y el escriba querrá corroborar - ¿con su autoridad quizás? o eso pretende – que lo que Jesús ha dicho es cierto, está en consonancia con la Escritura. Pero será Jesús el que le dirá finalmente ‘no estás lejos del Reino de Dios’, como queriéndole decir si sabes esto, ponlo por obra y estarás comenzando a caminar los caminos del Reino.
Nosotros nos lo sabemos muy bien, pero ¿Jesús podrá decirnos a nosotros también que no estamos lejos del Reino de Dios? No es cuestión de sabernos las cosas. El árbol bueno será tal cuando dé frutos buenos; será un buen frutal cuando nos ofrezca sus ricos frutos. No es manzano o peral simplemente porque digamos es tal, sino por los frutos que podemos recoger, deseando siempre que sean los mejores.
¿Daremos esos mejores frutos y siempre andaremos con nuestra mezquindad, nuestra superficialidad, nuestro contentarnos con el mínimo esfuerzo, con llegar mismamente al límite del cumplimiento?


jueves, 8 de marzo de 2018

No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.


No bajemos la guardia sino que en todo momento luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

No podemos bajar la guardia. Es cosa que todos sabemos. Esta frase tiene sus connotaciones quizá militares o de estrategia de defensa porque al que se le ha confiado la guardia de un puesto o una ciudad tiene que estar vigilante y no se puede dormir; en cualquier momento aparece el ladrón o el que ataca la ciudad y si nos coge desprevenidos nos robará o nos vencerá.
Pero es la vida de cada día, las metas que nos propongamos, los negocios en que nos metamos, las responsabilidades que hemos de asumir en cualquier ámbito social. Es aquel hombre que luchó y luchó para sacar adelante un proyecto y cuando estaba comenzando a pregustar las mieles del triunfo, de la meta conseguida, bajó la guardia, perdió la intensidad de sus preocupaciones y responsabilidades y pronto las cosas comenzaron a ir para detrás y el fracaso se atisbaba en el horizonte.
Es la tarea de la construcción de la propia vida con sus esfuerzos y sus luchas, con nuestro deseo constante de superarnos, de quitar malas costumbres o no dejar que el mal se vaya adueñando de nuestro corazón, es la intensidad con que hemos de vivir nuestro amor para que no se merme ni se enfríe, son esas ganas de mantener bien altas nuestras metas y no olvidarnos de adonde queremos ir o queremos llegar.
Es el camino de santidad que como cristianos queremos emprender y en donde tenemos que estar vigilantes para no caer en la tentación que nos lleve al pecado de nuevo, pero también la tentación de la tibieza o del cansancio que nos puede acechar en cualquier momento. Experiencia quizás tenemos de momentos de gran fervor, donde nos parecía que ya aquellas pasiones las teníamos controladas o aquellas situaciones difíciles las teníamos superadas y creíamos que no volveríamos a tropezar, pero un día nos encontramos débiles y volvimos a tropezar y caer en el mismo pecado.
Es como nos dice hoy Jesús en el evangelio el enemigo está al acecha, como león que nos está rondando, y las tentaciones se pueden volver más fuertes y sutiles y quizás nos habíamos debilitado, no manteníamos la misma tensión para luchar y parecía que todo se nos venia abajo. Nos sucede también en el ámbito de la fe, que si no la cuidamos nos aparecerán las dudas, nos entrará confusión con todo lo que vemos a nuestro alrededor e influye en nosotros y tenemos el peligro de perder la fe.
La vida del hombre en todos los aspectos, la vida del cristiano en este ámbito de la fe y de la gracia ha de ser siempre una ascesis, un deseo de crecimiento pero limando asperezas, enderezando lo torcido que nos pueda ir apareciendo en la vida aunque muchas veces nos duela, pero es la certeza de poder llegar a la meta.
El cristiano sabe que no puede enfriarse en su espíritu de oración, que no puede dejar de lado los sacramentos, que necesita continuamente revisarse y renovarse, que tiene que buscar siempre ese alimento de gracia que recibe en los sacramentos. Qué importante para todo cristiano el sacramento de la Penitencia; que necesaria y fundamental la Eucaristía alimento de su alma, viático para nuestro caminar.
No bajemos la guardia. Luchemos, sí, pero busquemos la gracia de los sacramentos que alimenten y fortalezcan nuestra vida.



miércoles, 7 de marzo de 2018

Somos constructores de un mundo nuevo llevando lo mejor de nosotros mismos a la plenitud que en Jesús podemos encontrar


Somos constructores de un mundo nuevo llevando lo mejor de nosotros mismos a la plenitud que en Jesús podemos encontrar

 Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Vivimos unos tiempos en que no sé si está reapareciendo un cierto anarquismo o qué es lo que está pasando. No estamos conformes con nada, todo lo queremos cambiar, las leyes parece que no nos sirven de nada, queremos que todo se nos permita así sin más, vamos dejando a un lado todo tipo de referencia ética para lo que vivimos, lo que hacemos o lo que pensamos, porque todo nos parece igualmente bueno.
¿Serán esos caminos los que realmente nos harán más libres? ¿Pensamos que así vamos a ser realmente más felices porque hacemos lo que nos da la gana y cada uno hace de su capa un sayo sin importarle los demás o lo que verdaderamente nos va a llevar a la mejor convivencia para vivir en paz y ser más felices? Son cosas que se discuten y hay opiniones para todos los gustos.
Pero creo que eso  no solo sucede hoy sino que es algo que se repite de una forma o de otra a lo largo de todos los tiempos. ¿Será una rebeldía interior que se rebela contra todo y todo lo quiere cambiar? ¿Será que los vienen ahora son o se creen más sabios que los que vivieron antes que nosotros? Creo que esto en todos los ámbitos de la sociedad que vivimos nos tendría que hacer pensar mucho y de una manera serena.
Esto sucedía también en tiempos de Jesús. también había mucha gente que vivía esa rebeldía, digámoslo así, contra muchas de las costumbres y leyes, o de los normas y más normas que se habían ido añadiendo y acumulando y al final parecía que eran mas importantes esas normas que se iba estableciendo que lo que en si era la ley del Señor. Por allí andaban los escrupulosos y puritanos fariseos que todo lo median y todo lo tasaban pero conforme a unas medidas que ellos mismos se habían ido imponiendo y que trataban de imponer en las costumbres del pueble de Israel.
Surge un nuevo profeta, así consideraban en principio a Jesús, que les hablaba de un mundo nuevo, del Reino de Dios y que estaba pidiendo una transformación de los corazones. Por allá ya había algunos que pensaban que todo se iba a abolir porque todo había de cambiarse.
Y Jesús, allá en el Sermón del Monte que viene a ser como la presentación de lo que era el programa de una vida nueva, les dice que no viene a abolir sino a dar plenitud. Hay que ir a lo fundamental y lo fundamental ha de vivirse en plenitud. Hay que ir a lo fundamental y es cierto que hay que ir levantando más y mas el listón para poder llegar a metas superiores de plenitud pero eso no significará nunca olvidar lo que es la ley del Señor.
Por eso les dirá que es cierto, que hasta los preceptos más mínimos hay que saberle dar su importancia y valor. Eso que nos sucede tantas veces, bueno eso es una minucia, es poca cosa, porque un día faltemos en eso no tiene importancia, que nos decimos. Pero Jesús nos está enseñando que las cosas grandes se hacen a partir de las pequeñas cosas, que cada granito de arena tiene su importancia, porque el conjunto de esos granitos de arena es el que hará una hermosa playa, o será el material para hacer un hermoso edificio.
Recogiendo esta ultima imagen recordemos que tenemos que ser siempre constructores, y estamos partiendo de lo que es nuestra vida, que es cierto que no es perfecta, pero que ahí está nuestra tarea de mejorar, de crecer, de llevar a plenitud lo mejor que hay en nosotros. Pongamos verdadero amor en nuestra vida, centremos todo en el amor de Jesús que es quien nos llevará a plenitud.

martes, 6 de marzo de 2018

Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma y sabremos lo que es el gozo del amor y del perdón


Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma y sabremos lo que es el gozo del amor y del perdón

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35

Los que usamos lentes o gafas ya sean de visión o para protegernos del sol sabemos bien que hemos de tener muy limpios sus cristales porque la suciedad nos dará una visión borrosa o llena de manchas que nos impiden ver con nitidez y claridad y que con el reflejo de una luz intensa del sol la visión casi se hace imposible porque poco menos que se nos convierten en un espejo.
Nos preocupamos habitualmente de tener limpias esas lentes pero quizá olvidamos otras lentes que nos pueden hacer borrosa la vida o darlos una mala imagen o visión. Es ese filtro que ponemos entre nosotros y el mundo que nos rodea, que ponemos entre nosotros y las otras personas con las que nos encontramos o con quienes convivimos y que nos producen en muchas ocasiones reacciones negativas. Y eso es lo que tendríamos que cuidar con mucho detalle y mimo.
Las gafas o lentes con que miramos la vida están muchas veces manchadas por nuestras malicias o desconfianzas, por nuestra falta de amor o por nuestra poca sensibilidad y así miramos a los demás con lo que llevamos de negativo en nuestro corazón. Por eso nos cuesta tanto amar de verdad; por eso nos cuesta tanto perdonar. Para amar y para perdonar tenemos que mirar siempre con una mirada limpia, porque de aquello que llevamos en el corazón tintamos los cristales de nuestras lentes.
Si tenemos sombras con sombras miraremos, si hay negatividad en nuestra con ese mismo sentido miramos a los demás para ver solo lo negativo, si ennegrecemos demasiado ese cristal no dejará traspasar nunca la luz y a lo mas se convertirá en un espejo donde solo veamos lo que llevamos en nosotros, pero si hay ternura y compasión en nuestro corazón nuestra mirada será bien distinta.
Tenemos que limpias esos cristales quitando desconfianzas y poniendo amor, arrojando lejos de nosotros los orgullos y poniendo mucha humildad, desterrando de nosotros los recelos o las envidias para poner confianza y búsqueda de entendimiento. Y limpiar esos cristales comienza por curarnos a nosotros mismos por dentro para sanar las heridas que con la vida se hayan ido produciendo en nosotros, porque mientras mantengamos esa herida en nuestro corazón veremos con dolor al otro y fácilmente lo llenares de la pus de la infección de maldad que tenemos en nosotros. Tengamos paz en nuestro corazón porque hayamos curado esas heridas y llenaremos de la paz del perdón y del amor a todo el que quizá un día nos haya podido dañar en algo.
Pedro le preguntaba a Jesús cuantas veces había que perdonar al que le hubiera ofendido y ponía algunas cifras significativas y bien simbólicas. Pero no decía nada del otro mundo que nosotros no hayamos pensado más de una vez. Conocemos la respuesta de Jesús y la parábola que nos propone. Aquel hombre al que le habían perdonado su deuda no soboreó el perdón que se le concedió porque no quiso curarse por dentro. Por eso con aquella misma ponzoña que llevaba dentro quiso ser poco menos que un tirano para quien le debía una minucia. No había querido aprender lo que es el amor y el amor que antes quería derramarse en el con el perdón que le habían concedido. Nos puede pasar a nosotros muchas veces.
Aprendamos a limpiar el cristal de nuestra mirada curando las heridas que llevemos en el alma. Sabemos que siempre hay un bálsamo de amor que se puede derramar sobre nosotros y que nos curará y nos llenará de paz para llevarla también a los demás.



lunes, 5 de marzo de 2018

Tratemos siempre de descubrir lo que Jesús quiere trasmitirnos que nos ayude a crecer espiritualmente y a vivir el compromiso de nuestra fe con intensidad


Tratemos siempre de descubrir lo que Jesús quiere trasmitirnos que nos ayude a crecer espiritualmente y a vivir el compromiso de nuestra fe con intensidad

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30

Orgullo de un pueblo son sus hijos; cuando se ve que alguien nacido en nuestro pueblo sobresale en la vida por las cosas que hace o por su saber todos se sienten orgullosos y todo se vuelve alabanzas hacia esa persona que todos quieren y, repito, por la que se sienten orgullosas. Todos son familia o todos son amigos de la infancia aunque quizá nunca antes habían tenido mucha relación con esa persona. Es un orgullo en cierto modo egoísta porque puestos a su lado nosotros queremos también destacar y aparecer como importantes.
Pero bien sabido es enseguida se quiere sacar partido; que esa persona que destaca haga cosas especiales por los suyos, todos se sientan beneficiados; pero bien sabemos que si no salen bien esas consecuencias de la misma manera que lo elevamos por las alturas en nuestras alabanzas, también pronto estamos dispuestos a tirarlo del pedestal y hasta en cierto modo renegar de esa persona a la que ya desde entonces queremos desconocer. Así somos variables, cambiantes en la vida.
¿Sería algo así lo que le sucedió a Jesús en su pueblo de Nazaret? Ya sabemos de la admiración que sintieron por Jesús cuando aquel sábado se levanto en la Sinagoga para hacer la lectura de la Ley y los Profetas y su comentario. Todo eran alabanzas, elogios, reconocían que había salido de su pueblo, que allí estaban sus parientes y de alguna manera parecía que en aquel pequeño pueblo todos eran parientes de Jesús.
Pero pronto comenzaron a preguntarse de donde le había salido toda aquella sabiduría porque solo era el hijo del carpintero. Y cuando esperaban que hiciera los milagros que habían oído que hacia en Cafarnaún y en otros sitios, esperaban que allí también se prodigara obrando prodigios. Y ahora Jesús comienza a hablarles con cierta dureza para hacerles comprender qué era en verdad lo que habían de buscar en él.
No eran las obras prodigiosas su principal mensaje, sino que en ellos se despertara la verdadera fe. Los signos eran solamente eso, signos, algo que quería llevarles a lo que verdaderamente era importante, pero eso ya les constaba entender. Pero ¿qué les iba a enseñar Jesús a ellos que se creían muy seguros en su manera de entender las cosas? Eso nuevo que les enseñaba Jesús que tendría que hacerles profundizar en su vida ya no les gustaba tanto. Y vemos como termina el episodio.  ‘Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
Un pasaje del evangelio que tiene que hacernos reflexionar en muchas cosas. Nunca los orgullos fueron buenos. Ni en nombre de nuestros orgullos querer manipular las cosas y las personas queriendo buscar provechos personales. Ya sabemos cuan interesados nos volvemos tantas veces.
Pero por otra parte tenemos siempre que saber ir a lo fundamental. Pero es también en el camino de nuestra fe. Siempre abiertos a un crecimiento espiritual, siempre atentos al Espíritu del Señor que nos habla al corazón, siempre con deseos de saber escuchar para crecer espiritualmente, siempre en camino de un verdadero compromiso de amor que nos lleve a aceptar a las personas, a comprender, a amar, a darnos por los demás.




domingo, 4 de marzo de 2018

Un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo para señalarnos cual es el verdadero culto que hemos de dar a Dios


Un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo para señalarnos cual es el verdadero culto que hemos de dar a Dios

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Hay ocasiones en la vida en que no nos sentimos bien ante cosas que vemos que suceden y por las que sentimos una querencia especial. Sentimos quizá una rebeldía interior porque lo consideramos injusto o que aquella manera de hacer las cosas no es demasiado ético; es algo que rumiamos en nuestro interior y que podría hacer saltar la chispa de nuestra ira y violencia en cualquier momento.
Parece como si estuviéramos esperando el momento oportuno o encontrar la ocasión en que de una manera valiente podamos denunciar aquello que consideramos irregular y poco ético. Pueden ser muchos los momentos en que nos encontremos así, muchas las situaciones que contemplamos en nuestra sociedad corrupta y hasta el fondo alabamos la valentía de quien se atreve a rebelarse hasta con cierta violencia contra ese mal que contemplamos. Nos gustaría que en verdad las cosas cambiasen.
¿Se sentiría así Jesús ante lo que contemplaba en el templo de Jerusalén? Ya de entrada tenemos que decir que la reacción de Jesús fue realmente un gesto profético. El templo de Jerusalén a lo menos que se podía parecer era realmente a un templo. En torno a los sacrificios que diariamente se ofrecían, las ofrendas que hacían los fieles al templo, aquello parecía más que un mercado.
En su entorno habían proliferado puestos de ventas de animales para luego ser sacrificados en el templo; como la moneda que podía ser utilizada en el templo para las ofrendas no podía ser sino la propia de los judíos porque la corriente impuesta por la dominación romana era considerada como algo impuro, allí se levantaban las mesas de los cambistas con su negocios adyacentes. Aquello seguramente crearía una baraúnda en torno al templo que poco podría ayudar a que fuera en verdad una casa de oración y encuentro con el Altísimo. Cómo nos recuerda el mercado que en torno a nuestros santuarios se ha ido levantando a través de todos los tiempos y en nuestros días.
Jesús aquello lo había contemplado desde su niñez cuando con sus padres subía a la fiesta de la Pascua, como el mismo evangelio nos relata. Era lo que ahora contemplaba en sus visitas al templo y donde también quería enseñar como lo hacían los maestros y doctores de la ley a lo largo de sus soportales. La reacción de Jesús derribando mesas de cambistas y expulsando a todos aquellos vendedores nos puede parecer esa reacción de ira que, como reflexionábamos anteriormente, nosotros también podemos sentir inconformes con aquel estado de cosas. Pero la reacción de Jesús es algo más, es un gesto profético con el que también nos quiere enseñar, no solo a los judíos de su tiempo, sino a través de los siglos a nosotros también.
Era el gran signo, la gran señal de lo que El quería enseñarnos de cuál es el verdadero culto que hemos de dar a Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad y eso lo podemos y tenemos que hacer también en cualquier lugar, como le señalaría a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Nos puede ser fácil la ofrenda de cosas externas a nosotros mimos, aunque nos cueste el sacrificio de privarnos de unas posesiones materiales, pero lo difícil es que nosotros pongamos corazón, pongamos nuestra vida en esa ofrenda al Señor.
Llegar a decir como María ‘aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mi según tu palabra’ o como fue el grito del mismo Jesús en su entrada en el mundo ‘Oh Dios, aquí estoy para hacer tu voluntad’, es algo que no es tan fácil decir si lo queremos hacer con toda nuestra vida. Fue el grito de Jesús en su entrada en el mundo como nos dice la carta a los Hebreos, pero fue el grito ultimo de Jesús en la cruz porque en las manos de Dios entregaba su espíritu, entrega su vida en la más profunda entrega de amor.
Esa ofrenda de nuestro yo que tenemos que saber hacer cuando por seguir a Jesús y ser su discípulo somos capaces de negarnos a nosotros mismos cargando con la cruz de cada día en nuestra vida. Es la ofrenda de obediencia a Dios aunque la vida se nos presente tormentosa y llena de sufrimientos, como supo hacer Jesús en Getsemaní que aunque pedía al Padre que pasara de El aquel cáliz, estaba dispuesto a que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre, ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’ que entre sudores y lagrimas proclamaba Jesús.
Reconozcamos cómo cuántas veces rezamos el padrenuestro, participamos en una celebración sagrada, queremos expresar nuestras religiosidad a través de muchos gestos o de muchos actos piadosos, pero luego seguimos con la misma frialdad en nuestro corazo en el trato y en la relación con los demás, cuando no seguimos manteniendo nuestros rencores y resentimientos, la violencias en nuestros gestos y palabras con todo el que esté a nuestro alrededor, o nos mantenemos en nuestras actitudes y posturas altivas y orgullosas con desprecio hacia los demás, seguimos actuando injustamente contra los demás o no somos capaces de vivir con toda intensidad nuestras responsabilidades personales, familiares o sociales. ¿Será ese el culto que Dios quiere?
Es un signo con mucho significado el que Jesús realiza con la expulsión de los vendedores del templo. ¿Cuáles son esos ‘vendedores’ que seguimos guardando en nuestro corazón mientras decimos que queremos darle culto al Señor, mientras venimos a nuestras celebraciones litúrgicas? Muchas más cosas podríamos reflexionar desde este gesto de Jesús. ¿Tendría que hacer algo así también en nuestra Iglesia hoy?



sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



viernes, 2 de marzo de 2018

Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión, siempre los frutos del amor



Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión,  siempre los frutos del amor

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43

Asumir la propia historia algunas veces nos puede resultar difícil o doloroso según desde la perspectiva que la miremos. Toda vida tiene sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus errores; quizá con el paso del tiempo y mirándola desde el ahora no hubiéramos querido que fuera así, pero cuando fuimos viviendo cada uno de sus momentos había sus circunstancias, teníamos nuestras luces o nuestras confusiones, habían cosas que nos impulsaban a hacer algo que luego nos dimos cuenta que fueron un error, o también conscientemente hicimos lo que hicimos por los motivos que entonces tuviéramos.
Podemos sentirnos apesadumbrados y quizás arrepentidos cuando nos damos cuenta del mal que hicimos o los errores que cometimos y nos pueda entrar una cierta tristeza o amargura por no haber sabido hacerlo mejor; pero  hay otra perspectiva desde la que tendríamos que mirarla, sobre todo si  nos sentimos creyentes y somos capaces de aceptar que Dios va interviniendo y haciéndose presente en nuestra vida aunque algunas veces tengamos tan cerrados los ojos del alma que no lo percibimos.
Tras la historia de toda vida yo creo que hay una historia de amor, la historia del amor que Dios siempre nos ha tenido y que mantenido en nosotros a pesar de nuestros errores y hasta de nuestras pecados e infidelidades. Eso nos tiene que hacer sentir de alguna manera la paz en el alma y llenarnos de esperanza, porque si ahora sabemos descubrir esa acción amorosa de Dios en nosotros sabemos que podemos cambiar, que podemos en verdad mejorar nuestra vida. Es la fe que tenemos que poner para llenarnos del amor de Dios y tratar de responder nosotros con amor.
Ahí está esa continua llamada de amor de Dios, aunque no siempre sabemos reaccionar. De muchas maneras llega esa voz de Dios a nosotros. Ojos atentos y oídos abiertos hemos de tener para ver y escuchar las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en el camino de la vida.
La parábola que hoy escuchamos en el evangelio fue esa llamada de atención que Jesús hacia a los judíos de su tiempo recordándoles su historia, pero queriendo hacerles comprender que siempre había estado presente esa solicitud de Dios por su pueblo al que enviaba continuamente profetas que les llamaban a convertir su corazón a Dios. Ahora los judíos, los sumos sacerdotes y los principales del pueblo que le están escuchando una vez más se hacen los oídos sordos para no escuchar, para no comprender aunque sabían bien que Jesús hablaba por ellos.
Cuando nosotros hoy en este camino de cuaresma, que es un camino continuo de llamamiento a la conversión de nuestro corazón hemos de saber estar atentos a esa llamada del Señor. No nos podemos hacer odios sordos. Descubramos las señales que Dios pone a nuestro lado. Cada uno tiene que abrir los ojos y estar bien atento. Porque las señales que Dios nos pone están muy personalizadas para nuestra vida concreta. Es nuestra historia, que como decíamos nos cuesta asumir, pero miremos con la perspectiva del amor de Dios y descubramos su amor, su llamada, su presencia. Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, primero que nada los frutos de nuestra conversión, y siempre los frutos del amor.



jueves, 1 de marzo de 2018

Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios


Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31

Con qué frecuencia nos sucede que nos damos cuenta de las cosas tarde. Vivimos afanados en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y no estamos atentos muchas veces a lo que pasa a nuestro alrededor. Casi no nos damos cuenta de los problemas que tienen los demás y reaccionamos tarde.
Vivimos tan en el presente de nuestros intereses que no le damos un futuro trascendente a lo que hacemos. Se nos pasa la vida enfrascados en las cosas materiales y lo espiritual lo vamos dejando a un lado restándole importancia y cuando vamos a reaccionar ya quizá pueda ser tarde. Lo material, los placeres momentáneos, las vanidades de la vida – y aquí cabrían muchas cosas que muchas veces nos esclavizan - nos envuelven y al final terminamos sin darle la profundidad a la vida que se merece, vivimos en demasiada superficialidad.
Creo que en todo esto nos quiere hacer pensar Jesús con la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Aquel hombre rico vivía tan enfrascado en sus riquezas, en su ostentación, en sus deseos de placer y de pasarlo bien que no era capaz de quien estaba tirado a la puerta viviendo en la más absoluta miseria. Muchas veces quizá lo sentía con un estorbo – porque quizá podría alterarle en su conciencia – cuando tenía que pasar por él y volvería su mirada hacia otro lado para no enterarse, como tantas veces nos pasa quizá a nosotros en la vida.
La parábola con la riqueza imaginativa de las imágenes nos habla del después, del después de la muerte y de la situación en que ambos luego se encontraban. Ahora se lamentaba aquel pobre hombre, porque al rico es al que tendríamos que llamarle así un pobre hombre, desde el abismo en que se encontraba de lo que no había hecho en su vida. Quería consuelo y no podía encontrarlo, quería alivio para su tormento pero para él no había alivio. Era el abismo de la muerte y del quedarse en la nada.
Ahora pensaba lo que podía haber sido su vida si antes lo hubiera hecho de otra manera, como nos pasa a nosotros tantas veces después de nuestros errores. Recuerda a los suyos y no quiere que a los suyos les pase igual. Quiere que Lázaro vaya a recordarles como deben comportarse. Como cuando tantas veces queremos apariciones sobrenaturales que nos digan lo que tenemos que hacer.
Y olvidamos que con nosotros tenemos siempre a nuestra mano la Palabra de Dios, y que el Espíritu del Señor va guiando nuestra vida e inspirándonos allá en nuestro corazón lo que tenemos que hacer. Pero hemos de saber estar atentos a esas mociones del Espíritu, levantar nuestro corazón a lo alto, buscar de verdad una trascendencia para nuestra vida, escuchar en nuestro interior la voz de Dios.
Cuidado, no nos hagamos sordos. Aprendamos a darle verdadero valor a lo que hacemos. Démosle trascendencia a nuestra vida, elevemos nuestro espíritu mirando a lo alto para sentir la inspiración del Espíritu, busquemos el alimento de la Palabra de Dios cada día, y de los sacramentos que nos llenan de la gracia del Señor.



miércoles, 28 de febrero de 2018

Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El


Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28

Cuántas veces tenemos una idea metida en la cabeza que por mucho que nos digan lo contrario no llegamos a entender. Nos encerramos con nuestras ideas y pensamientos, con nuestra particular manera de ver las cosas que por muy claras que nos las pongan no lo acabamos de ver.
Es lo que les estaba pasando a los discípulos de Jesús, incluso a aquellos que le eran más cercanos y mejor tendrían que comprenderle porque con El habían estado desde el principio. Pero precisamente por el amor tan grande que le tenían no les podía pasar por la cabeza que se cumpliera todo aquello que les estaba anunciando Jesús. Les habla de que están subiendo a Jerusalén y aquella subida tenia un significado especial; les anuncia que va a ser entregado en manos de los gentiles que se burlarán de él, lo azotarán y habrá de morir. Pero ellos son incapaces de entender. Aunque les habla de vida y de resurrección esas palabras parece que no caben en sus cabezas.
La prueba está en lo que sucede a continuación. Dos de sus discípulos, y de los más cercanos e íntimos de Jesús valiéndose de su madre vienen a pedirle primeros puestos y de honor en su nuevo Reino. ‘Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella contestó: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’.
Podríamos decir que son los sueños y las ambiciones llenas de amor de una madre; pero si ellos hubiesen estado bien convencidos de las palabras de Jesús no hubieran dejado que la madre hiciera esta petición. Además ellos luego van a responder inocentemente a las preguntas y requerimientos de Jesús. Claro que no saben lo que piden y además en su entusiasmo casi no saben lo que responden a las preguntas de Jesús. ‘¿Podeis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y allá responden con todo entusiasmo ‘podemos’. Era lo que tenían metido en la cabeza como todos los judíos que en eso basaban su esperanza de lo que significaba la venida del Mesías.
Pero el Hijo del Hombre tiene que padecer. Y el que quiere seguirle y ser importante en su reino no ha de buscar puestos para mandar sino lugares para el servicio siendo capaces de hacerse los últimos y los servidores de todos. Es lo que les aclara Jesús, porque ya los otros discípulos también andan revolviéndose por la petición de los Zebedeos; temían que pudieran adelantárseles y todos andaban buscando primeros puestos.
¿Llegaremos a entender nosotros de verdad el mensaje de Jesús? porque también andamos con nuestros ideas y aunque bien sabemos todo eso que nos dice Jesús de amar y de ser servidores de los demás, andamos siempre con nuestras rebajas, con nuestras limitaciones, con aquello de que bueno lo intentamos pero todo no se puede hacer con radicalidad y cosas por el estilo porque seguimos pensando más en nosotros mismos y en nuestros intereses que en el bien de los demás.
Bien nos viene que en este camino hacia la Pascua que estamos haciendo una y otra vez nos lo planteemos, nos revisemos nos actitudes y nuestras posturas y en verdad queramos hacer nuestra la pascua de Jesús viviéndola con la misma entrega y con el mismo amor. Necesitamos vaciar nuestra mente de nuestras ideas y de nuestros intereses, abrir de verdad nuestro corazón al Señor para dejarnos transformar por El; si haremos verdaderamente pascua porque sentiremos ese paso salvador de Dios por nuestras vidas.

martes, 27 de febrero de 2018

Caminamos caminos de amor y de humildad porque la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás

Caminamos caminos de amor y de humildad porque la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12

Cómo nos gusta estar apareciendo siempre como maestros. Alguno me dirá que eso no es cierto así; vale, de acuerdo, pero entendamos lo que quiero decir. Siempre tenemos una palabra que decir, una opinión que dar, querer estar diciendo como se hacen las cosas porque nosotros tenemos la razón o el secreto para hacerlas siempre bien, ya sea en aspectos que afectan a la vida de la sociedad, ya sea en cuestiones personales de los demás en donde queremos exponer lo que nos parece que deben hacer; y corregimos, y llamamos la atención, y decimos a la gente lo que tiene que hacer y nos estamos poniendo siempre por encima. ¿No es en cierto modo estar queriendo convertirnos en maestros de todo el mundo? Es una tentación fácil en la que podemos caer. Hay gente que parece que en eso son especialistas.
Es cierto que nos tenemos que sentir responsables de la marcha de nuestra sociedad y queremos siempre lo mejor en beneficio de todos;  no podemos rehuir esa responsabilidad social que todos tenemos; pero es ahí donde debería entrar un diálogo social con serenidad para exponer nuestros puntos de vista y llegar a una confluencia para hacer lo mejor aceptando que los demás pueden tener mejores razones que nosotros.
Es cierto también que mutuamente tenemos que ayudarnos en el camino de la vida y hay algo que se llama la corrección fraterna; pero será algo que tenemos que hacer con toda delicadeza y respeto hacia la persona, hacia toda persona, pero que nada nos da derecho a que impongamos nuestros puntos de vista. La corrección fraterna exige un trato delicado y exquisito para no violentar, para no herir, para no producir más daño que el mal que vemos que quizá haya que corregir. Nos cuesta hacerlo bien, no siempre sabemos hacerlo, porque pueden aparecer nuestros propios orgullos y vanidades con lo que lo echaríamos todo a perder.
Son aspectos humanos en nuestras relaciones con los demás y en las responsabilidades sociales que tenemos que son muy importantes. De una forma o de otra pueden ir apareciendo en nuestro trato y convivencia con los demás momentos en que pueden producirse roces, malos entendidos, tensiones entre unos y otros que tenemos que cuidar para no perder esa buena armonía que tendría que haber entre unos y otros.
Jesús nos previene, para que no dejemos meter falsos orgullos y vanidades en nuestra vida que tanto daño nos hacen a nosotros mismos como también a nuestra relación con aquellos con los que convivimos. No tienen que aparecer esas vanidades en nuestra vida, nadie tiene que subirse en un pedestal para tratar de estar por encima del otro, somos unos hermanos que caminamos juntos y que somos capaces de darnos la mano, como también aceptar la mano que se nos ofrece, para ayudarnos mutuamente en nuestro camino. Por eso lejos de nosotros lo que nos pueda distanciarnos, hacernos o sentirnos extraños los unos a los otros, o romper la armonía de nuestra convivencia.
A Jesús le vemos hoy previniendo a sus discípulos de aquellos falsos doctores que podían surgir en medio de la comunidad, partiendo de la situación creada por los doctores de la ley y los fariseos en su entorno. Cuando hacemos el bien, cuando ayudamos a alguien, no lo hacemos buscando reconocimientos y reverencias, como sucedía frecuentemente con los fariseos, buscadores de primeros puestos, de asientos de honor o de reverencias de la gente.
Nuestro estilo, el estilo de los que seguimos a Jesús tiene que ser otro. Caminamos caminos de amor y de humildad; la sencillez con que nos manifestamos realmente abre las puertas del corazón de los demás. Es el camino que recorrió Jesús y es el camino que nosotros hemos de recorrer.

lunes, 26 de febrero de 2018

Cuántas cosas buenas recibimos de los otros casi sin darnos cuenta, vayamos de forma positiva por la vida con nuestro agradecimiento y nuestra ternura

Cuántas cosas buenas recibimos de los otros casi sin darnos cuenta, vayamos de forma positiva por la vida con nuestro agradecimiento y nuestra ternura

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38

Quienes hayan experimentado el amor en sus vidas, porque se hayan sentido amados incluso sin merecerlo, no pueden hacer otra cosa que amar de la misma manera. Yendo directa y brevemente sin mas preámbulos al mensaje que nos trata de trasmitir hoy el evangelio esa es la enseñanza de Jesús y la razón de su mandamiento del amor.
Como nos decía el profeta Daniel a nosotros nos abruma hoy la vergüenza… porque hemos pecado contra ti… aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona…’ ¿Cuál es la respuesta que nosotros tendríamos que dar?
Muchas veces en la vida nos endurecemos por dentro; juzgamos y condenamos, estamos al acecho de lo que los otros puedan hacer mal o en lo que nos puedan ofender, vamos con mala cara por la vida como si fuéramos furiosos con todo el mundo, nuestras reacciones se llenan de violencia, las palabras que salen de nuestra boca son siempre negativas con nuestros desprecios y discriminaciones, andamos siempre quejándonos de todo porque todo  nos parece mal. No podemos ir así de negativos por la vida; esa visión de amargura con la que caminamos parece que quiere contagiar de amargura y violencia a los demás; tenemos que romper ese círculo para comenzar a ver la vida con una mayor positividad.
Sepamos ser agradecidos. Siempre hay una flor que nos pueda alegrar el camino; podemos descubrir una sonrisa, tenemos que aprender a distinguir ese gesto de humildad y de generosidad que alguien puede tener con los demás, saber apreciar lo que los otros están compartiendo con nosotros que parece que no nos damos cuenta porque en la vida no vamos ni de solitarios ni de autosuficientes.
¿Cuántas personas han colaborado con su trabajo y su buen hacer para que tú puedas comerte ese trozo de pan? Y así podíamos pensar en mil cosas más. Es cierto que todo ese trabajo ha sido debidamente retribuido que se expresaré en un coste para tu poder tener ese pan, pero  no pensemos en lo económico simplemente, sino en cuanto cada persona va dejando de si para hacer eso de lo que tu ahora te estas beneficiando. ¿No tendríamos que aprender a apreciarlo? De la misma manera que tu estás poniendo tu granito de arena con tu quehacer en lo que beneficia a los demás.
Otras tienen que ser las actitudes y posturas con que hemos de andar por la vida. Sepamos descubrir las señales del amor. Y hoy Jesús nos pide que manifestemos nosotros esas señales de amor con nuestra compasión, con nuestra misericordia, con la ternura que tratemos a los demás. Y nos recuerda Jesús, como Dios que es compasivo y misericordioso. Comenzábamos recordando lo que nos decía el profeta Daniel, reconociendo nuestro pecado y nuestra indignidad sintiendo vergüenza por lo que hemos hecho, pero al mismo tiempo recordando el amor generoso de Dios.
Es lo que nos enseña y nos pide Jesús. Y esa compasión y misericordia, esa ternura con que hemos de ir por la vida se manifiesta en nuestros juicios que nunca pueden ser condenas, en nuestro perdón generoso como generoso es el amor de Dios. Como  nos dice Jesús ‘dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’.
ro es que tenemos que reconocer que es la medida que ya Dios ha usado con nosotros con toda la generosidad y ternura de su amor. Sintámonos de verdad amados y comenzaremos a amar nosotros también.

domingo, 25 de febrero de 2018

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza, por eso continuamos haciendo el camino de subida de Cuaresma para llegar a la Pascua

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10

Ya lo hemos comentado en otro momento. El apartarnos, irnos a un lugar solitario, meternos en la soledad del desierto, o subir a lo alto de una montaña con el esfuerzo que representa pero con la soledad y el silencio que en la altura nos encontramos son experiencias que pueden convertirse en enriquecedoras si en positivo sabemos encontrarle el sentido a ese silencio y soledad, a ese recogimiento que significa apartarnos, o a ese esfuerzo extraordinario que tengamos que hacer. A la fuerza no nos pueden imponer soledades ni silencios, pero si llegamos a saborear su sentido, como hemos dicho en otra ocasión, puede ser motivo de grandes descubrimientos.
Si en el pasado primer domingo de Cuaresma contemplábamos a Jesús llevado por el Espíritu al desierto, hoy vemos que es Jesús el que escogiendo a sus tres discípulos predilectos sube a lo alto de la montaña para en el silencio y en la soledad ponerse a orar. Es el propio camino de Jesús que ha iniciado su camino de subida a Jerusalén, pero que ahora quiere ayudar a sus discípulos a que hagan ese camino con El dándole pruebas y motivaciones para que comprendan cuanto ha de suceder en esa subida. Es también por lo que la liturgia de la Iglesia nos lo propone en este camino también de ascensión que nosotros hacemos hasta la Pascua de Jesús que tendrá que ser también nuestra Pascua.
En lo alto de la montaña van a suceder grandes y extraordinarias cosas. Jesús se transfigura en su oración en la presencia de los discípulos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo’. Aunque se habían adormilado los discípulos en la oración – como tantas veces nos sucede- ante lo que sucede se despiertan y ahora están anonadados porque además aparecen Moisés y Elías junto a Jesús. Moisés y Elías venían a representar todo lo que significaba el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas.
No creían lo que veían sus ojos y será Pedro el que, como siempre, se adelante a hablar ofreciéndose para hacer tres tiendas para quedarse extasiados en aquella gloria del Señor que se les está manifestando. Pero no todo acaba ahí porque una nube les envuelve – bien significado en el Antiguo Testamento como la gloria y la presencia del Señor – pero será una voz desde el cielo la que van a escuchar señalando a Jesús Éste es mi Hijo amado; escuchadlo’.
Se les había revelado la gloria del Señor. No terminan de comprender porque luego verán a Jesús solo que les dice que de eso no hablen con nadie hasta que haya resucitado de entre los muertos. Discutirán entre ellos mientras bajan del monte que significado tendrían aquellas palabras de Jesús.
Tendrían que haberlo comprendido porque ya Jesús les había anunciado que subían a Jerusalén donde sería entregado en manos de los gentiles y habría de morir, pero al tercer día resucitaría. Remolones se habían sentido ante esos anuncios de Jesús que incluso Pedro querrá quitarle esa idea de la cabeza de Jesús. Ahora tendrían que entenderlo pero sus mentes seguirán cerradas. Será después de la resurrección cuando todas estas palabras y todos estos hechos van a cobrar todo su sentido de manera que ya desde entonces reconocerán en verdad que Jesús es el Señor.
Habrían de subir también con Jesús a Jerusalén para la Pascua y de alguna manera ellos también tendrían que vivirla porque serían días duros para ellos. Pero el paso del Señor iba a ser en verdad efectivo sobre sus vidas cuando llegaran a contemplarle resucitado, a pesar de las dudas y de los miedos que atenazaban su alma en medio de todo cuanto sucedía. Esta subida al Tabor tendría que ser signo para ellos para comenzar a vislumbrar y comprender todo el misterio de Cristo. Así aprenderían ellos a encontrar el verdadero sentido de la Pascua.
Subieron los discípulos con Jesús al Tabor mientras también hacían su ascensión hasta Jerusalén para la Pascua. Es el camino que nosotros también vamos haciendo cada día de nuestra vida, pero que intensificamos en la cuaresma cada año para llegar a vivir mejor la plenitud de la Pascua. Nos invita Jesús también a esa subida al monte, al silencio y a la soledad, a la oración para encontrarnos con El y a escucharle como nos dice la voz del Padre. No tengamos miedo a la subida, no rehuyamos ese silencio y esa cierta soledad porque ya sabemos que en medio de los ruidos del mundo nos va a ser más difícil escuchar la voz de Dios. Hay muchas cosas que nos aturden y hasta llegan a insensibilizarnos para las cosas más hermosas. Les perdemos el sabor y al no pregustarlas ya no las deseamos sino quizá preferimos nuestros ruidos o tantos otros sustitutivos que nos buscamos en la vida.
Dejémonos sorprender por el Señor y nos manifestará el resplandor de su gloria. No tengamos prisas cuando vamos al encuentro con el Señor sino sepamos subir lentamente pero sin pausa para gustar de las mieles de la gloria del Señor. Tengamos paciencia en nuestro esfuerzo para poder llegar a tener esa hermosa experiencia de Dios.
Pero  no olvidemos que esa experiencia es para ponernos en camino. No podemos hacer tres tiendas para quedarnos allí para siempre. Habrá que bajar de nuevo de la montaña del Tabor porque el camino tenemos que seguir haciéndolo para que se realice totalmente la Pascua en nosotros. Tenemos que bajar a la llanura y al encuentro con los hombres nuestros hermanos que siguen en sus luchas y en sus ambiciones, en sus deseos de cosas buenas y también con las confusiones que pueden aparecer todos los días.
Ahora, después de esta experiencia, nosotros tenemos una esperanza cierta y así sentimos la fuerza del Espíritu de Señor que nos sigue impulsando y fortaleciendo. Tenemos que seguir con nuestra tarea, con nuestro anuncio de la Buena Nueva de Reino, con nuestro compromiso de construirlo día a día. La experiencia del Tabor, la vivencia de la Pascua será nuestra fuerza y nuestra esperanza. Continuemos haciendo ese camino de subida de la Cuaresma con todo lo que significa. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor


Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios poniéndonos el colirio del amor

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Mi padre decía… mi padre me enseñó… mi padre haría… son como muletillas que decimos cuando tenemos que enfrentarnos a una situación o un problema y recordamos aquello que recibimos en una buena educación. Nuestro padre fue sembrando unos principios en nuestra conciencia que luego nosotros asumiremos y haremos nuestros y marcarán nuestra forma de actuar. Recordamos a nuestro padre y recordamos cuantas enseñanzas recibimos de él en una buena educación que formó nuestras conciencias y nos dio principios para nuestro actuar. Unos buenos lentes para mirar la vida que no deberíamos desechar.
Podríamos decir que seguimos viendo la vida con los ojos de nuestro padre, aunque luego le vayamos haciendo matizaciones o añadiendo convencimientos que vamos adquiriendo en la vida. Es cierto también que tenemos el peligro o la tentación de tirar todo por la borda y no querer aceptar aquellos principios, aquellas normas de vida que de ellos recibimos.
Hoy Jesús en el evangelio nos enseña a mirar la vida con los ojos de Dios. Tenemos que aprender a hacerlo porque bien sabemos que cuando lo hacemos solo con nuestra propia o particular visión fácilmente se nos ponen borrosas esas lentes de nuestra mirada con nuestras ambiciones, nuestros orgullos, nuestros egoísmos, y quizá también a través de las cicatrices que hayan ido quedando marcadas en nuestra vida con aquellas cosas que nos hayan podido hacer sufrir y nos hayan podido malear el corazón.
¿Cuál es la mirada con la que Jesús nos enseña a mirar a los demás? No es otra que la mirada de Dios, y la mirada de Dios es siempre una mirada de amor. ¿Y cómo nos enseña Jesús que es el amor de Dios? Un amor universal, un amor a todos sin distinción. Hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos nos dice.
Ya sabemos que si por nosotros fuera quitaríamos de un plumazo a todos aquellos que no nos caen bien, que nos hayan podido ofender en alguna ocasión, a todos aquellos que no son de los nuestros, a todos los que pudiéramos considerar contrincantes o enemigos. Y es que tenemos la tendencia o la maldad de destruir todo aquello que nos pueda impedir lo que son nuestros deseos o ambiciones.
Pero no es esa la mirada de Dios. Por eso tajantemente nos dirá Jesús que tenemos que amar también a nuestros enemigos. Y para comenzar a amarlos rezar por ellos; y rezar por ellos significará intentar comenzarlos a ver con los ojos de Dios. Y nos dirá que si no somos capaces de hacerlo así ¿en que nos vamos a diferenciar de los que no creen en Dios?
Creer en Dios no es solo un concepto que podamos tener en nuestra cabeza. Decir que queremos creer en Dios es querer decir que queremos vivir su vida, que queremos vivir en su amor, que queremos mirar la vida con los ojos de Dios. Por eso decimos que en Dios encontramos el sentido de nuestra vida. Y es que quien nos creo es el mejor que nos puede decir para qué nos ha creado.
Cambiemos la óptica de nuestros ojos para que ya para siempre miremos con la mirada de Dios. Aquello que decíamos que habíamos aprendido de nuestro padre y que con su mirada contemplamos la vida y el mundo, desde nuestra fe hagámoslo con Dios. No nos dejemos que se  nos enturbien los ojos, pongámonos el colirio de Dios que es el colirio del amor.