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sábado, 26 de agosto de 2017

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad que camina unida, donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, lejos de vanidades y de hipocresías

Rut 2,1-3.8-11; 4,13-17; Sal 127; Mateo 23,1-12
En la vida con demasiada frecuencia nos encontramos gente que ‘va de sobrado’, el ‘echado p´alante’ que decíamos en dicho popular, que todas se las sabe, que va diciendo a unos y a otros lo que tienen que hacer, que en su vanidad se cree en un estadio superior y por tanto padre y maestro de todos, porque a todos quiere enseñar y a todos quiere ‘compasivamente’ proteger.
Esas personas al final terminan cayéndonos mal, se nos hacen insoportables, y a ellos no hay quien les diga nada, porque ellos siempre se creen tener la razón y expresan sus argumentos, pero nunca quieren escuchar lo que tu puedas decirle. Si algo logramos decirles, o te tratan de humillar, o al final te ignoran, porque en fin de cuentas creen que somos unos ignorantes que no sabemos valorar lo que hacen por nosotros. Es difícil una convivencia así, nos costara mucho crear unos bonitos lazos de amistad y de colaboración, porque el final lo que quieren siempre es que hagamos lo que ellos dicen porque son los que saben.
Qué necesarios son unos caminos de sencillez y de humildad en que nos sintamos iguales, que vamos haciendo el mismo camino y sin alardes somos capaces de echarnos una mano para caminar mejor. Nadie tiene que sentirse padre protector del otro ni maestro infalible que siempre tenga que decir al otro lo que tiene que hacer.
Qué distinto seria si tuviéramos la humildad de aprender siempre los unos de los otros, escucharnos, acogernos, entendernos y atendernos mutuamente. Seria un verdadero sentido de familia, porque formamos parte de la gran familia que es toda la humanidad. No nos desentendemos los unos de los otros pero tampoco tenemos que ser hadas protectoras que son la varita mágica de sus saberes quieran resolver los problemas de los demás. Es otro el sentido de humanidad que tendría que haber entre todos.
Es lo que está recomendando Jesús hoy a sus discípulos, partiendo de la realidad de la vanidad e hipocresía de los fariseos y de los maestros de ley les señala Jesús a sus discípulos cuales han de ser las nuevas actitudes que se han de vivir en el reino de Dios. Quiere Jesús que tengamos un verdadero sentido de humanidad, de una humanidad que camina unida, de una humanidad donde florecen los buenos deseos de los unos para con los otros, una nueva humanidad lejos de vanidades y de hipocresías.
Es ese camino de humildad, de colaboración, de sencillez en el trato, de amor verdaderamente misericordioso y compasivo lo que nos hará verdaderamente grandes. Aprendamos el mensaje de Jesús que quiere siempre lo mejor para nosotros y que así nos está señalando como hemos de construir esa nueva humanidad.
Ojalá seamos capaces de vivirlo entre nosotros, con aquellos que están más cercanos y con los que convivimos cada día por distintas razones. Ojalá sea ese el espíritu que vivamos también dentro de nuestra comunidad eclesial; no siempre florecen estos ejemplos en este sentido, muchas veces aparece la vanidad y la soberbia en muchas posturas y actitudes; necesitamos ser esa iglesia pobre y que se manifiesta de verdad como tal por la sencillez de sus gestos, del sentido de su vida, y alejemos de la iglesia vanidades y apariencias. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos salir del yo que nos envuelve en un circulo cerrado comenzaremos a vislumbrar el verdadero camino de felicidad

Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos salir del yo que nos envuelve en un circulo cerrado comenzaremos a vislumbrar el verdadero camino de felicidad

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Fuimos creados para amar y sin amor la vida del ser humano queda vacía. Ahí encontramos nuestro sentido y nuestro valor. Ahí adquiere sentido todo lo que vivamos aunque haya momentos oscuros de la vida, pero cuando ponemos amor se iluminarán hasta los más ocultos rincones de nuestra existencia.
Leí el testimonio de alguien que murió muy joven de cáncer. Al final de sus días, de su corta carrera podríamos decir a causa de la terrible enfermedad, decía que solo se arrepentía de una cosa, de no haber amado más. Podemos imaginar todo su mundo de sufrimiento en medio de esa cruel enfermedad, podemos pensar en las personas de las que se veía rodeada y de las que se desprendía con su muerte, podemos pensar en lo que habían sido ilusiones y metas de su vida que ahora se veían truncadas, y no se nos ocurre otra cosa que pensar en la amargura que podría haber en su espíritu. Sin embargo esa persona es capaz de decir que lo único que siente es no haber amado más. Ese amor que quería darlo todo, daba sentido y fuerza a su vida, le hacia caminar con ansias de plenitud.
Y nosotros ¿qué? ¿Será ese nuestro deseo hondo? ¿Será en verdad ahí donde encontramos sentido a nuestro caminar a pesar de nuestras dudas e incertidumbres, de las oscuridades que en ocasiones nos pueden envolver? Pongamos amor y no nos sentiremos vacíos. Es lo único que puede llenar nuestra vida; es en lo que único que vamos a encontrar fuerzas para nuestro caminar, para nuestras luchas, para nuestro deseo de superación, para el crecimiento y la madurez de nuestra vida.
Cuantas veces en la vida nos encontramos personas adultas en la edad pero que siguen siendo unos niños caprichosos; no han aprendido a amar, a darse, solo piensan en si mismos, como el niño que quiere el juguete solo para él; quieren convertirse en el centro de todo; y serán siempre unas personas insatisfechas, vacías sin algo hondo en sus vidas que merezca la pena, aunque quieran hacer muchas cosas, construir muchos castillos en el aire.
Cuando aprendemos a no mirarnos solo a nosotros mismos, salir de nuestro yo que nos envuelve como circulo cerrado, entonces comenzaremos a vislumbrar lo que nos puede dar verdadera felicidad, el darnos al otro generosamente, gratuitamente. Porque esa es una de las características del amor verdadero, darnos sin esperar recompensa, porque de lo contrario estaríamos haciendo una compraventa con lo buena que podamos hacer.
Comprenderemos entonces la sabiduría del mandamiento del Señor. Sí, nuestra riqueza y nuestra sabiduría están en el amor. Alguien se acerca a Jesús queriendo tentarle, tirarle de la lengua que diríamos nosotros. Alguien que viene preguntando que es lo principal de la vida. Y la respuesta de Jesús está en el mandamiento de Dios, inscrito en el corazón del hombre y que ya quedó plasmado en la ley positiva en la ley mosaica, la ley que Dios le dio a Moisés allá en el Sinaí.
Es amar con todo el corazón, toda el alma, con todo el ser. No es amar de cualquier manera sino poniendo a juego toda nuestra vida, todo lo que son nuestros sentimientos, pero también nuestro ser más profundo. Ese amor lo centramos en Dios porque Dios es Amor, porque Dios nos ha amado desde toda la eternidad, porque Dios es el que nos ha dado esa capacidad de amor, porque Dios es en verdad el centro de nuestra vida. Pero ese amor lo tenemos que reflejar en los demás, en el prójimo, en el que está próximo pero también en el que está lejos, en el otro sea quien sea y esté donde esté.
Es lo que nos está recordando Jesús. Lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida, lo que nos va a dar verdadera plenitud y no nos va a dejar vacíos, sino que dará la mayor hondura a nuestra vida, lo que nos hará elevarnos a metas altas, y lo que dará verdadera trascendencia a nuestra vida. Sean cual sean las circunstancias que tengamos en la vida es ahí donde vamos a encontrar la verdadera luz y sentido de nuestra existencia. Amemos.


jueves, 24 de agosto de 2017

La autenticidad de la vida y la fe en Jesús que nos llena de su Espíritu es lo que nos dará fuerza para transformar el mundo con la semilla del Evangelio


La autenticidad de la vida y la fe en Jesús que nos llena de su Espíritu es lo que nos dará fuerza para transformar el mundo con la semilla del Evangelio

Apocalipsis 21,9b-14; Sal 144; Juan 1,45-51
Todos hemos escuchado más de una vez aquello de que ‘una imagen vale más que mil palabras’ y habremos dicho qué cierto es que una imagen nos llama más la atención que muchas cosas bonitas que podamos oír. Me voy a permitir transformar un poco la frase para decir que la autenticidad de una vida convence mucho más que todas las palabras que podamos decir. Claro que la autenticidad con que nos manifestamos es la imagen más cierta de nuestra sinceridad, de lo que en verdad es nuestra vida y llevamos en el corazón.
Nos sentimos cautivados, podríamos decir, por una persona que vemos actuar con lealtad, con rectitud y honradez, que manifiesta con sus obras la responsabilidad con que vive su vida. Ahí, en es lealtad y honradez, en esa responsabilidad y rectitud manifiesta la verdad de su vida, lo que es, lo que quiere ser no solo para si misma sino también para los demás, el sentido de su ser y de su actuar. Necesitamos personas así, autenticas, sinceras; y cuando digo sinceras no es solamente por aquello que muchas veces vamos diciendo como soy sincero digo la verdad sin importarme a quien pueda molestar.
La sinceridad no está solo en ese impulso de palabras, sino en la congruencia de nuestra vida, porque podremos ser sinceros, como decimos, para decir muchas cosas, pero luego eso  no lo vemos reflejado en nuestra vida, en nuestro actuar. La sinceridad de una vida son más que palabras. ¿Seremos hoy así auténticos en nuestra manera de vivir y en nuestra manera de actuar en todos los aspectos de nuestra vida? ahí estaría la fuerza de nuestro actuar que transformaría el mundo.
Me estoy haciendo estas consideraciones en este día en que celebramos la fiesta de un apóstol, el apóstol san Bartolomé, el Natanael del que nos habla el evangelio que nos propone la liturgia en este día. ¿Quién era Natanael, Bartolomé? Sabemos que era de Caná de Galilea, un pueblo cercano a Nazaret.
Como el resto de los apóstoles escogidos por Jesús un hombre sencillo, un hombre de campo en este caso por el lugar en que vivía, mientras sabemos que otros como Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran pescadores en el mar de Galilea. Unos hombres sencillos que un día se sintieron cautivados y llamados por Jesús. Unos hombres con sus debilidades, sus ambiciones humanas y sus dudas. Ya los vemos en sus disputas entre ellos, como suele suceder en todo grupo humano, pero también en sus miedos cuando abandonan a Jesús en Getsemaní o se encierra en el cenáculo. Y sin embargo este grupo de hombres así fueron capaces de iniciar un camino por el que el mensaje de Jesús llegaría hasta los confines del mundo.
¿Fue la fuerza de sus saberes humanos, de sus recursos y medios materiales lo que les dio esa capacidad de llevar así el anuncio del Evangelio con tal valentía que no temían enfrentarse a quienes les prohibían hablar de Jesús?
Me hago una comparación con lo que hoy nosotros vivimos, con lo que es y representa de verdad la Iglesia en medio de nuestro mundo. Podríamos decir que somos muchos los que confesamos nuestra fe en Jesús. No voy a fijarme simplemente en las estadísticas que nos pueden hablar de millones de cristianos simplemente porque están bautizados. Las estadísticas pueden ocultar falsas verdades algunas veces. Pero ¿Cómo es que siendo tantos los que nos decimos cristianos y creyentes en Jesús sin embargo no logramos transformar el mundo que nos rodea que sigue tan lleno, por ejemplo, de violencias y de odios? ¿Nuestras palabras siguen sin convencer? ¿Nuestro testimonio quizás no sea auténtico?
Quizá por ahí tendríamos que ponernos a reflexionar, por la autenticidad de nuestra vida. Fue la autenticidad de sus vidas y su fe en Jesús que les hacia llenarse de su Espíritu lo que dio fuerza a aquel anuncio que hacían aquellos sencillos hombres de Galilea en su origen para hacer que el mundo se fuera transformando por la semilla del Evangelio. No olvidemos que la alabanza que Jesús hace de Natanael que hoy escuchamos en el evangelio es precisamente la autenticidad de su vida, su lealtad.
La autenticidad de aquellas vidas, la sinceridad de la fe que transformaba sus vidas fue el motor de aquel anuncio y de que el mundo comenzara a creer. Con la fuerza del Espíritu del Señor resucitado Vivian esa autenticidad de sus vidas y eso si que convencía al mundo más que muchas palabras, como antes reflexionábamos.
¿No nos hará falta eso a nosotros hoy, que seamos más auténticos en nuestra vida, en nuestra fe, en lo que somos y en lo que luego testimoniamos también con nuestras palabras? Examinar esto, revisar por ese camino nuestra vida podría ser un buen compromiso al celebrar la fiesta del Apóstol san Bartolomé.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16

‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ La pregunta está insertada en la parábola que Jesús les propone a sus discípulos, sobre los trabajadores enviados a trabajar a su viña en las distintas horas del día que tantas veces habremos comentado y meditado.
Pero es una pregunta que nos puede llevar a diversas consideraciones. Una pregunta que se puede convertir en denuncia de la situación que viven tantos hoy en nuestra sociedad. La respuesta está ahí clara: ‘Nadie nos ha llamado a trabajar’. Es el hecho cruel y sangrante en que se ven tantos que no tienen trabajo, tantas familias sufriendo esa crisis brutal de nuestra economía que se ven sumidas en la pobreza y en la miseria. Es la realidad que hace sufrir a tantos. Es la realidad que refleja nuestro mundo injusto con tantas diferencias entre unos seres humanos y otros. Es la tristeza de tantos que tienen y que tendrían posibilidades de aportar de alguna manera sus valores – y aquí incluimos todo tipo de valores – para que todos puedan tener un trabajo digno con el que sustentar a sus familias, y vivir ellos mismos con mayor dignidad su vida.
Toda persona tiene derecho a tener su trabajo con el que dignificar su vida. el trabajo que no es solo el medio de ganar unos recursos para tener una subsistencia digna – que también lo es – sino que es también el medio con que la persona desarrolla sus posibilidades, crece en dignidad, se realiza como persona plasmando en eso que realiza lo más hondo de si mismo.
Muchas veces nos parece el trabajo una rutina y por su dureza en ocasiones nos puede parecer una maldición, pero el trabajo siempre ha de seré creador; con nuestro trabajo contribuimos al desarrollo de la misma vida, de la sociedad en la que estamos, por eso decimos que es creador. Y no se trata de pensar en los artistas o los que puedan realizar grandes obras, sino que eso pequeño que cada uno hacemos está haciendo que nosotros mismos nos realicemos, desarrollemos nuestra vida, pongamos nuestro pequeño grano de arena, por así decirlo, al bien de los demás.
Pienso en mi mismo en estos momentos y en esto que estoy haciendo, permitidlo. Pudiera parecer algo insignificante y no es gran cosa el que emborrone una cuartilla escribiendo estas reflexiones. Unos minutos, un tiempo mío personal que dedico a esta reflexión y a tratar de reflejarlo en estos renglones que quiero ofreceros a través de mi blogs. Pero con mi reflexión compartida puedo ayudar quizá a la reflexión de muchas personas, a que en su interior las personas que me leen puedan descubrir cosas que pueden realizar, pensamientos o sentimientos que afloran en si mismos y que les pueden ayudar o con los que a su vez ayudar a los demás.
Es insignificante lo que estoy haciendo, pero me mueve, no porque yo pueda hacerlo mejor que otros ni mucho menos, la ayuda que con ello pueda prestar a los demás. Y eso me ayuda a mí interiormente, eso me hace sentirme útil, con ese trabajo tan insignificante no solo me realizo a mi mismo sino que siento que puedo hacer quizás el bien a los demás.
Y finalmente de nuevo volvemos a la pregunta del principio ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ ¿Cómo es posible que haya personas que vivan en una permanente ociosidad? ¿No se sentirán vacíos en su interior cuando nada son capaces de aportar a los demás? Desgraciadamente nos encontramos gentes así, que viven como parásitos de la sociedad sin ser capaces de hacer nada. Dicen quizá que ya han trabajado bastante y que ahora en la vida toca descansar. Es cierto que es noble un merecido descanso, pero es cierto también que indica la nobleza de nuestro corazón cuando no sabemos estar ociosos y de una forma o de otra buscamos la manera de hacer algo, no solo ya por nosotros mismos que también lo necesitamos, sino para ofrecer de la riqueza de mi vida a los demás.


martes, 22 de agosto de 2017

Nuestra vida tiene que ser una respuesta generosa de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios

Nuestra vida tiene que ser una respuesta generosa de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30
Como en la vida nos valemos de nuestras capacidades y de nuestro trabajo para obtener un rendimiento que se traduzca en un tener lo necesario para una vida digna y alcanzar un cierto bienestar – es el fruto de nuestro trabajo que se convierte en un salario que nos dé medios para nuestro subsistir – tenemos la tentación de que a todo lo que hagamos le queramos sacar siempre un rendimiento.
Podemos perder así el sentido de la gratuidad tanto en lo que damos como en valorar también lo que recibimos, perdiendo así un valor muy hermoso por el cual trabajaríamos generosamente simplemente buscando el bien de los demás y la mejora de nuestro mundo. Llegamos a un punto en esa carrera de avaricia en que ya nos puede parecer que lo gratuito no vale, no tiene ningún valor, dejamos de valorarlo desde esas visiones tan materialistas y tan imbuidas por todo lo que es la economía de la vida con sus riquezas.
El evangelio de hoy nos habla de varios de estos aspectos. Por una parte ante la respuesta negativa de aquel joven a quien Jesús había invitado a desprenderse de todo para seguirle, porque como decía él mismo quería alcanzar la vida eterna, Jesús reflexiona en altavoz, podíamos decir, sobre lo difícil que le será a los ricos, a los que tiene su corazón apegado a lo material y a las riquezas, alcanzar el reino de los cielos.
Los discípulos tienen diversas reacciones ante las palabras de Jesús. Por una parte comentan quién entonces podrá salvarse. En medio de ese mundo tan materializado y con tantas ansias de riquezas o de poder en el corazón, les parece imposible aquello que Jesús les propone. ‘Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo’, les dice Jesús. No es tarea que hagamos solo por nosotros mismos. Con la fuerza y la gracia del Señor podemos alcanzar ese don del desprendimiento.
Pero por allá Pedro, imbuido también como todos por ese materialismo de la vida y por lo interesados que somos en las cosas que hacemos se pregunta que es lo que van a alcanzar ellos que lo han dejado todo por seguir a Jesús. No había entrado aun en la orbita de la gratuidad. Como nos pasa a nosotros tantas veces. Nos parece que si no tenemos ganancias, de las que sean, no merece la pena tanta lucha y tanto esfuerzo. Algunas veces hasta en nuestra vida espiritual vamos contabilizándolo todo, como si lleváramos una contabilidad de todo lo bueno que hacemos a ver si así alcanzamos un lugar más alto en el cielo.
Nuestra vida tiene que ser una respuesta de amor a todo lo que es el amor gratuito de Dios. Lo bueno que hacemos no lo podemos convertir en una compraventa, yo voy haciendo cosas buenas para tener cada día unas rentas mejores para alcanzar el Reino de los cielos, pensamos tantas veces.  Nos cuesta cambiar la mentalidad, pero ahí está ese camino de conversión al que nos invita Jesús cuando nos ofrece el Reino de los cielos.
En la octava de la Asunción de la Virgen al cielo en que estamos hoy miremos a María, Reina como la queremos proclamar hoy, y aprendamos de la generosidad de su corazón, de su disponibilidad total y de su espíritu de servicio para buscar siempre lo bueno para los demás. Que ella nos ayude a tener ese corazón generoso para reconocer también las maravillas del Señor. 



lunes, 21 de agosto de 2017

No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos, sino de la generosidad de desprendemos de nosotros mismos poniendo sonrisas en los corazones rotos para alegrar la vida de los demás

No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos, sino de la generosidad de desprendemos de nosotros mismos poniendo sonrisas en los corazones rotos para alegrar la vida de los demás

Jueces 2,11-19; Sal 105; Mateo 19,16-22
Aunque siempre hay dentro de nosotros una cierta rebeldía o anarquía donde no queremos que nos pongan normas o reglamentos porque nos decimos que nosotros sabemos hacer muy bien las cosas, sabemos bien lo que tenemos que hacer y no necesitamos que nos pongan leyes, sin embargo aparece por otro lado el buscar como ciertas seguridades, aquellas cosas mínimas que tendríamos que hacer para, como se suele decir, salvar la cara. Qué es lo mínimo que tendríamos que hacer y así ya hemos cumplido.
así andamos muchas veces en la vida; yo ya fui a Misa, dicen algunos; yo no molesto a nadie que no me molesten a mi, dirán otros; yo ya fui a la fiesta y estuve viendo la procesión, se contentarán algunos, cumplí mis promesas y le lleve un ramo de flores a la Virgen; yo bautice a mis hijos y logre que hicieran la primera comunión, ahora ellos que hagan lo que quieran en su vida, se sentirán satisfechos tantos; bueno yo ya le di unas monedillas a quien me pedía por la calle que tampoco se puede dar mucho porque no sabemos en que lo van a emplear, dirá otro por otro lado. Y así nos contentamos con el ya cumplimos, a mi que no me pidan más. ¿Será eso suficiente? ¿En cosas así reducimos nuestro ser de cristianos?
Un joven que parecía bueno y cumplidor se acercó un día a Jesús para preguntarle qué tendría que hacer para heredar la vida eterna. Habría oído hablar a Jesús del Reino de Dios, cómo Jesús quería que en verdad deseáramos esa vida eterna de dicha y felicidad con Dios, y ahora viene a preguntar qué es lo que tiene que hacer, porque él además había sido bueno desde siempre y muy cumplidor, guardaba los mandamientos del Señor desde pequeño como le habían enseñado.
Jesús se le quedó mirando. ¿Habría en aquel corazón deseos en verdad de cosas grandes? ¿Estaría dispuesto a poner metas grandes en su vida y aspirar seriamente a algo superior? No parecía que fuera de los que se contentaran con cumplir, porque al menos con aquella pregunta y petición parece que deseaba algo más.
Quizá necesitara aquel joven a aprender a despojarse de sí mismo, de sus apegos o de sus autosuficiencias; necesitaba un corazón libre de ataduras que le hiciera volar muy alto en la vida. No parecía que fuera de los que se contentaran con cumplir, pero ¿seria capaz de despojarse de todo, de librar su corazón de ataduras y seguridades humanas? Tendríamos que ir preguntándonos por cosas así en la sinceridad de nuestro corazón para ver qué respuesta seriamos capaces nosotros de dar también.
‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo’. Fue la propuesta de Jesús. Desprenderse, vaciarse de si mismo, de sus apegos, de sus cosas, para tener un corazón libre. Buscar los tesoros que duren para siempre, allí donde la polilla no los roe ni los ladrones se los puedan robar. Un tesoro en el cielo, cuando das, cuando compartes, cuando te desprender de lo tuyo para ayudar al otro. Serán tus riquezas, tu tiempo, tu persona, tu yo, tus cualidades y valores, lo que eres, que no son solo las cosas de las que tenemos que desprendernos. Hay una riqueza grande de ti mismo que sí puede crecer cuando saber darte por los demás. Es lo que verdaderamente tenemos que buscar.
Aquel joven dio la vuelta y se marcho pesaroso. Era rico, dice el evangelista, y Jesús se le quedo mirando porque no supo dar el paso. ¿No daremos también la vuelta nosotros muchas veces porque hay apegos en nuestro corazón?
Nuestro tiempo lo tenemos ya tasado y tenemos nuestras ocupaciones y no tenemos tiempo para escuchar al otro; lo que somos nos lo guardamos para nosotros mismos porque nos sentimos muy satisfechos, aunque al final nos daremos cuenta que estamos muy vacíos por dentro. Y así tantas cosas en la vida, donde nos falta ese desprendimiento, esa generosidad autentica, no solo de bonitas palabras sino de muchos gestos que podemos ir haciendo en la vida que no son necesariamente grandes cosas, pero que esos pequeños detalles pueden alegrarle el corazón a alguien, darle esperanza e ilusión con ganas de vivir.
Tenemos que aprender, caer en la cuenta de cuantas cosas podemos hacer por los demás, con las que podemos alegrarle la vida a alguien, despertar una sonrisa y una ilusión en un corazón roto, como tantos que nos podemos encontrar a nuestro alrededor. Necesitamos abrir bien los ojos, y abrir bien el corazón para vaciarnos por los demás. No es cuestión de mínimos ni de cumplimientos.



domingo, 20 de agosto de 2017

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Los pasos de Jesús por los caminos del amor nos impulsan a ser testigos de ese amor y de esa fe con la paz de nuestros corazones y la serenidad de nuestro actuar en toda ocasión

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28
Los pasos de Jesús siempre nos conducen hacia el amor. Nos ofrece amor y todo en Jesús es búsqueda del hombre, de la persona a la que quiere regalar amor, y al mismo tiempo despierta en nosotros amor para que sepamos hacer su mismo camino, seguir sus mismas huellas y demos a los demás la oportunidad de encontrarse con el amor.
Lo vemos tantas veces en el evangelio, busca al paralítico de la piscina, se hace el encontradizo con el ciego al que ha curado, se deja rodear por todos aquellos que llevan un sufrimiento en el alma; no son solo los enfermos del cuerpo, leprosos, paralíticos, ciegos o sordos con los que se va a encontrar Jesús, sino aquellos que sufren en el espíritu, se ven atormentados en su interior quizá con sentimientos de culpa, los que se sienten pecadores y quizá malditos de los demás porque todos los desprecian tendrán ese momento de encuentro con Jesús.
¿No fue eso el encuentro con Zaqueo allá junto a la higuera? ¿No fue la comida en casa se Simón el fariseo la oportunidad para que aquella mujer pecadora llegara hasta sus pies con sus lágrimas y sus perfumes, con todo su amor para sentir como Jesús llenaba de paz su corazón? ¿No fue eso el dejar que echaran a perder la terraza de la casa para descolgar al paralítico a quien iba a ofrecerle el perdón de sus culpas? ¿Por qué no podemos pensar que este episodio de la mujer cananea fue una búsqueda de Jesús, un dejarse encontrar por parte de Jesús para hacer grande la fe de aquella mujer?
Es lo que hoy estamos contemplando en el evangelio. Jesús en este caso pareciera que se hace oídos sordos a los gritos de aquella mujer, pero de alguna manera Jesús está provocando también la reacción de los discípulos que se van a convertir en intercesores. ‘Atiendela que viene gritando detrás de nosotros’, le dicen. Las palabras que se intercambian nos pueden parecer duras, pero era el lenguaje habitual entonces y la forma de relacionarse que tenían los judíos con los paganos. Tenían sus prevenciones los unos de los otros y ya en la historia del pueblo malas habían sido las influencias que habían recibido en ocasiones con el culto a los baales, los dioses de los fenicios y palestinos.
Pero Jesús dialoga con aquella mujer. Un diálogo tenso, pero donde se va a resaltar la fe de aquella mujer que era lo importante. Y allí estaba el amor. El amor que no podía hacerse sordo a aquel grito y aquella súplica nacida de un corazón lleno de dolor. Será la fe y el amor el que renacen de manera especial en aquellos momentos. Se purificará la fe de aquella mujer y se hará grande. Es curioso que cuando Jesús alaba la fe de alguien lo haga en dos ocasiones en relacion a unos gentiles, del centurión romano que viene a pedirle por su criado al que mira como un hijo, y ahora el de aquella mujer cananea. ‘No he visto en Israel una fe tan grande’ que dice del centurión. ‘¡Qué grande es tu fe!’ que proclama de aquella mujer cananea.
¿Qué nos está diciendo todo esto? ¿Cuál es la lección para nosotros? Testigos tenemos que ser de una fe así; testigos tenemos que ser de ese amor de Jesús. Meditando en pasajes del evangelio como este nos sentimos fortalecidos en nuestra fe y con deseos de una renovación grande en nuestro interior. Como aquel otro hombre del evangelio al que Jesús le preguntaba si creía y le respondía ‘yo creo, pero aumenta mi fe’, nosotros tenemos que pedir lo mismo; creemos, pero que el Señor con su gracia nos haga crecer en esa fe; que no haya nada que nos la debilite; que en los momentos de turbación por los que pasemos nos mantengamos firmes, fuertes, con la fortaleza de la fe porque ponemos toda nuestra confianza en Dios.
Pero tenemos que dar testimonio de esa fe, que los demás la puedan conocer, que en los demás se pueda despertar también esa fe. Y ahí están las obras de nuestro amor con que tenemos que manifestarnos. Nuestro amor despertará la fe de los demás; con nuestro amor hemos de saber llegar hasta el final, hasta los limites mas insospechados para dar testimonio, para hacer que todos puedan encontrarse con esa fe, para que nadie en medio de la turbación que pueda estar pasando por sus sufrimientos se sienta solo ni desamparado; hemos de ser testigos con nuestra presencia, con nuestro saber estar a su lado, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra mano tendida, o con la sonrisa de nuestro rostro de esa fe y de ese amor.
Tenemos que ser en verdad ocasión para que tantas puedan encontrarse con Jesús. Hoy Jesús quiere llegar a todos a través nuestro. Jesús se hace el encontradizo con los demás para llenarlos de amor a través de nuestro testimonio. También como los discípulos podemos convertirnos en intercesores pidiendo por los demás. Cristo nos lo confía y el mundo lo está esperando.
Hemos vivido en nuestra patria estos días unos momentos especialmente difíciles con lo acaecido en Barcelona y Cataluña. Ha habido muchos que con madurez han sabido responder a ese estallido de violencia no perdiendo la serenidad ni la paz aunque mucha sea la indignación que tengan en su interior. Pero también sabemos que hay muchos profetas de malos augurios que con sus comentarios alimentan odios, deseos de venganza y de revancha y respuestas muy negativas que se pueden convertir también en una injusta discriminación, tratando a todos por igual. No podemos colaborar con sentimientos así.
  Ahí desde nuestra fe y nuestro amor cristiano tenemos un testimonio muy importante que dar donde no perdamos la paz de nuestros corazones ni la serenidad en nuestro actuar. Que el Señor nos ilumine y nos ayude.

sábado, 19 de agosto de 2017

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón tendría que ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

La mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en el corazón ha de ser siempre nuestra mirada porque siendo como ellos mereceremos la bienaventuranza de poder ver a Dios

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15
No queremos seguir siendo niños ni que nos traten como niños. Queremos crecer. Es ley de vida, podríamos decir, porque la vida es crecimiento, maduración; queremos llegar a ser adultos, porque así tenemos, o creemos tener, nuestra autonomía, nuestra propia personalidad, nuestro propio ser. No queremos que decidan por nosotros, y en la medida en que el niño va creciendo le vamos enseñando a tomar sus propias decisiones hasta que vaya alcanzando esa madurez. Lo peor que nos puede pasar es que nos traten de una forma infantil, porque aun nos consideren niños.
Forma parte todo esto de nuestro desarrollo personal, de nuestra maduración como personas. Cuando vemos a alguien que no se comporta con la debida madurez decimos que se comporta como un niño porque no sabe tomar sus propias decisiones de forma responsable, sabiendo lo que quiere.
Pero hoy Jesús nos desconcierta. La ocasión fue que las madres traían a sus niños para que Jesús les bendijera y los discípulos muy celosos de su maestro y que nada le perturbara trataban de quitarlos de en medio. Ya sabemos cómo son los niños cuando les das confianza y ellos se sienten a gusto. Poco menos que se suben encima de uno. Pero no es eso lo que Jesús quiere. Se siente a gusto con los niños, con su inocencia, con su cariño espontáneo, con la generosidad que suele haber siempre en el corazón de los niños, en ellos no aparece nunca la malicia sino la espontaneidad y lo que buscan es la relación y el encuentro.
De ahí la respuesta a la postura de los discípulos y la actitud de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y Jesús los atraía hacia él, los abrazaba y los bendecía.
Bendice a los niños. Puede tener esto un gran significado. En aquella sociedad los niños eran poco considerados y valorados. No se les tenía en cuenta. Pero Jesús quiere contar con ellos, más aun, quiere expresarnos en la actitud de los niños algo que no debe faltar nunca en nuestro corazón. No es infantilizar nuestra vida porque, como decíamos antes, tenemos que crecer y que madurar. Pero nuestro crecimiento y maduración no tiene que significar llenar de malicia nuestro corazón.
Esa mirada limpia de los niños sin ninguna malicia en su corazón tendría que ser siempre nuestra mirada. Ya sabemos lo que nos suele suceder, nos llenamos de desconfianzas, recelos que nos hacen no creer en las personas; andamos con la sospecha detrás de la oreja y queremos ver intenciones ocultas en lo que hacen los demás; nos movemos demasiado por intereses y si no sacamos nada para nuestro provecho nos parece que no merece la pena embarcarse en tareas que nos pueden comprometer u ocupar nuestro tiempo.
Y ya sabemos bien que cuando vamos así por la vida vamos llenando de amarguras nuestro corazón y terminamos porque nosotros nos manifestemos como realmente somos, fácilmente ocultamos otra cara en lo que hacemos, y no expresamos nuestra confianza en las personas. Y así no podemos vivir felices porque los recelos y las desconfianzas nos quitan la paz.
En muchas mas cosas podríamos fijarnos de esas actitudes de los niños que Jesús quiere que copiemos en nuestros corazones. Repito, no es infantilizar nuestra vida porque tenemos que madurar como personas, pero que haya esa pureza de corazón que merece la bienaventuranza del Señor. ‘Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios’. Como nos dice hoy ‘de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

viernes, 18 de agosto de 2017

Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia


Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Caminando por nuestros pueblos y ciudades muchas veces se queda uno maravillado al contemplar bellos edificios en los que a pesar quizás del paso del tiempo sin embargo los seguimos contemplando llenos de belleza y esplendor observando la fortaleza de su construcción que no se ha debilitado, como decíamos, por el paso de los años. Fueron construidos sobre sólidos cimientos y se nota el mimo y el cuidado con que fueron levantados y posteriormente conservados para mantener así esa solidez y esa belleza.
Quizá a su lado observamos edificios en estado ruinoso, no porque no fueran levantados en el lugar adecuado y con los correspondientes cimientos, sino porque quizá sus propietarios no los cuidaron con igual mimo y el paso de los años ha ido dejando en ellos huellas de deterioro y quizá casi de ruina. Una cuidada conservación es casi tan importante como la solidez inicial con que fue construido, porque de lo contrario toda aquella belleza un día se nos vendrá abajo y se destruirá.
Esto me hace pensar en ese edificio tan maravilloso que construimos en la vida y que con tanto cuidado hemos de conservar. No es solo nuestra propia vida individual que hemos de saber edificar bien en el fundamente de unos verdaderos valores y que luego hemos de hacer madurar con el paso de los años manteniendo el cultivo de esos valores que enriquecen nuestra persona.
Pero ahora quiero pensar en ese maravilloso edificio que es el matrimonio sobre el cual vamos a asentar nada menos que toda la riqueza de una familia. No podemos ir a lo loco y a ciegas en el inicio de su construcción, porque ya cada uno de los que componen la pareja que constituye ese edificio por si mismo ha de poner esos sólidos fundamentos en su vida. Pero ahí está la importancia del inicio de esa relación que nos lleva a construir y constituir esa vida en común que es la pareja, que es el matrimonio. No nos podemos cegar por apariencias que nos encandilen ni por pasiones que se nos desborden y que nos impidan poner los sólidos fundamentos de ese amor sobre el que hemos de construir nuestra relación.
Amistad que es comunicación y relación, diálogo que es descubrir los valores de cada uno que hemos de desarrollar, paciencia sin límites para saber ir haciendo las correcciones que sean necesarias para que haya esa verdadera comunicación, sinceridad para poder llegar a ese profundo conocimiento…, muchas cosas más, posturas, actitudes, valores que hemos saber ir descubriendo y cultivando con profundidad para que no nos encontremos en el futuro con la sorpresa de no haber puesto ese sólido cimiento.
Pero será construcción que hemos de mantener siempre en activo, pues aunque llegue el momento en que ya podemos habitar ese edificio porque de verdad se quiere ser pareja matrimonial, el cuidado de ese edificio no lo podemos nunca abandonar. Es grande la riqueza que se va a generar en él con la constitución de una familia y eso mismo nos obliga a mantener ese permanente cuidado para saber reparar, restaurar, mantener en su belleza ese maravilloso edificio del matrimonio y la familia. No podemos permitir que haya valores que se desgasten y se pierdan, cada día hemos de saber descubrir nuevas cosas en la vida de sus miembros que nos hagan enamorarnos de nuevo de quienes son ese amor de nuestra vida.
Me hago esta reflexión cuando hoy en el evangelio Jesús quiere recordarnos esa indisolubilidad del matrimonio y los judíos de entonces le planteaban, como se siguen planteando hoy, los problemas de las rupturas y de los divorcios porque parece que el amor se acaba y se rompe la relación entre personas que se amaban. No nos podemos dejar cautivar por la superficialidad con que se afronta muchas veces la vida olvidando los verdaderos valores que la enriquecen.
Además como creyentes y cristianos hemos de saber reconocer la fuerza de gracia que tenemos en el matrimonio que es sacramento del amor que Cristo nos tiene y que así entonces se hace presente en todas las realidades de nuestra vida, también en el matrimonio y la familia para enriquecerlos y fortalecernos con su gracia. Olvidamos muy pronto muchas veces lo que es la gracia del sacramento del matrimonio y cuando hemos de restaurar algo de ese amor que pueda perder su brillo no sabemos contar con la fuerza y la gracia de la presencia del Señor en nuestra vida.
Cuidemos ese hermoso edificio, que resplandezca siempre por su belleza, solidez y esplendor; que podamos cultivar y guardar en él esa riqueza inmensa que es la familia, célula fundamental de una sociedad mejor.

jueves, 17 de agosto de 2017

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Una buena convivencia en armonía y paz es lo que todos deseamos; saber entendernos y comprendernos, aceptarnos mutuamente sabiendo que todos tenemos limitaciones y podemos errar, procurar siempre el bien de los demás ofreciendo con generosidad nuestros servicios, nuestras buenas acciones son cosas que deseamos.
Pero bien sabemos que aunque lo intentemos con buena voluntad no siempre es fácil. Surgen las incomprensiones, aparecen en ocasiones los malos modos y exigencias, tenemos la tendencia a querer dominar y que se hagan las cosas según nuestro gusto, y llega un momento en que nos sentimos molestos y ofendidos por lo que alguien hace o dice.
Lo bueno seria que supiéramos superarnos, olvidar esos malos momentos, pero algunas veces se repiten las cosas, parece que no se termina de entender que no somos los únicos ni los reyes caprichosos del mundo, y nos vienen resentimientos por lo que el otro pudo decir, o quizá incluso pensar de nosotros y no digamos nada cuando sentimos que algo nos hiere y toca fibras sensibles de nuestro corazón y nuestra vida.
Es cuando tendría que aparecer nuestra capacidad de comprender y perdonar, pero parece que no siempre está el horno para bollos, como suele decirse, y surge en nosotros una mala reacción con la que también quizá podemos ofender, o al menos nos sentimos resentidos en el corazón y ya no somos capaces de disimular, olvidar y perdonar. y cuando las situaciones se repiten una y otra vez ya no lo queremos dejar pasar y vienen esos distanciamientos, el recelo, el resentimiento y hasta los deseos de venganza; ya se rompió aquella bonita e idealizada convivencia que tanto deseamos porque comenzamos a ponernos barreras de no aceptación porque no somos capaces de perdonar.
Es el eterno problema que no sabemos resolver y que tanto daño nos hace cuando aparecen resabios de odio dentro de nosotros hacia el que me haya podido haber ofendido en alguna ocasión.
Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. ¿Seremos capaces de perdonar? ¿Perdonaremos y olvidaremos restituyendo de nuevo aquellas buenas relaciones de amistad que se habían perdido? Pero cuando hay reincidencia en la ofensa ¿hasta donde tengo que llegar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Es la pregunta y el planteamiento que surge en los labios de Pedro, pero que refleja lo que pensamos en nuestro interior. Ya sabemos bien la respuesta de Jesús porque hasta tantas veces jugamos con sus palabras. Lo que Jesús nos está diciendo ahora no es sino una consecuencia de lo que ya nos propuso en el sermón del monte. Allí llamaba dichosos y bienaventurados a los que fueran misericordiosos en su corazón, a los que habían quitado toda maldad de su espíritu para vivir en la sencillez y en la humildad, a los que en verdad querían la paz y la buscaban no solo para si sino también para los demás.
Luego cuando nos hable del amor nos hablará del amor incluso a los enemigos, a los que no nos hacen bien, por los que además de querer perdonar tenemos también que rezar. Y nos habla Jesús del sol que sale sobre buenos y malos, de la lluvia que Dios envía a justos e injustos para decirnos como es el amor del Señor por todos a pesar de que le hayamos ofendido. Y nos dirá Jesús que tenemos que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo.
No nos extraña, entonces, que Jesús nos diga ahora que no solo tenemos que perdonar siete veces sino setenta veces siete, para decirnos cómo siempre tenemos que perdonar. Y para que lo entendamos nos propone una parábola que nos habla de ese amor infinito de Dios que nos perdona aunque grandes sean nuestras deudas, nuestros pecados, y que entonces así tenemos que saber perdonar esas pequeñas cosas que nos puedan hacer nuestros hermanos. Es que nuestra vida tenemos que envolverla en la misericordia, y así siempre tenemos que perdonar.
Qué paz podemos sentir en el corazón cuando somos capaces de perdonar. Porque cuando no perdonamos somos nosotros los que lo pasamos peor porque no somos capaces de quitar esa mala semilla del rencor y resentimiento de nuestra vida, siempre lo estaremos recordando y siempre estaremos sufriendo a causa de ello. Pero cuando sabemos perdonar, la paz vuelve a nuestro corazón. Con el perdón estamos llenando de la hermosa semilla de la generosidad nuestro corazón y nuestra vida.

miércoles, 16 de agosto de 2017

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

El camino que hacemos en la vida no es una competición para ver quien es mejor o quien llega primero, sino un camino de hermanos que se dan la mano y mutuamente se alientan en las debilidades

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18, 15-20
¿Cuál es nuestra reacción o nuestra manera de actuar cuando vemos algo que no nos gusta en alguien de los que están cercan de nosotros? Pudiera ser que en nuestra discreción nos callemos o  nos lo guardemos para nosotros, claro que siempre nos puede quedar la sospecha y la desconfianza hacia esa persona porque no nos gusta su manera de actuar. Pero hemos de reconocer que una salida fácil en la que caemos con demasiada frecuencia es el que pronto lo comentamos con el vecino, con el pariente o con aquel con quien nos decimos que tenemos mucha confianza.
Qué fáciles son las comidillas, los comentarios o los cuentitos que nos traemos los unos a los otros. No nos damos cuenta del daño que hacemos, aunque pretendamos disimularlo en decir que nosotros no levantamos ningún testimonio porque lo que contamos es bien cierto porque lo vimos con nuestros ojos.
Sembramos la desconfianza, contribuimos a quitar la buena fama o consideración que podamos tener de los demás, sin darnos cuenta quizá de que también nosotros somos débiles y tropezamos en tantas piedras en el camino de nuestra vida; bien que tratamos de disimular nuestros errores o debilidades, nos molesta que comenten de nosotros lo que hayamos hecho, y hasta tantas veces quitamos la palabra a quien sospechamos que haya podido hablar mal de nosotros.
Simplemente desde un lado humano de la vida, sintiendo que hacemos el mismo camino y todos podemos tropezar en las mismas piedras tantas veces, nuestra manera de actuar tendría que ser bien distinta. Claro que además tendríamos que considerar, pero a la inversa, aquella reacción de Caín cuando Dios le pregunta por su hermano Abel. ‘¿Es que yo soy el guardián de mi hermano?’ Digo que tendríamos que considerarlo a la inversa porque ya en el sentido que lo decía Caín lo vamos reflejando desgraciadamente tantas veces en la vida.
No nos podemos desentender de los demás, y más cuando nos tenemos que considerar hermanos. Bien que hemos de sentirnos si no guardianes sí hermanos de nuestros hermanos y lo que tendríamos es que tener preocupación por ellos queriendo que siempre caminen también por un camino recto. ¿Qué es lo que nos enseña Jesús en el evangelio?
Hoy nos habla Jesús de la corrección fraterna. Como  hermanos hemos de sabernos corregir con humildad. Nunca podemos considerar menor al hermano porque haya podido cometer errores en la vida, sino que con todo el amor del mundo, porque nos sentimos hermanos, y con toda la humildad de saber reconocer los tropiezos que nosotros también podemos tener, hemos de acercarnos al hermano para ayudarnos mutuamente.
El camino que hacemos no es una competición para ver quien llega primero o quien es mejor en la vida. Es un camino en que sabemos darnos la mano, un camino que hacemos juntos y nos estimulamos mutuamente para superar debilidades y cansancios, un camino en que sabemos alentarnos porque creemos en el hermano aunque lo podamos ver en algún momento hundido, pero sabemos estar a su lado, de la misma manera que vamos a sentir tantas veces que él también está a nuestro lado. Si supiéramos caminar así en la vida que distintas serian nuestras relaciones y nuestra convivencia, nunca nadie tendría que sentirse hundido ni verse menospreciado. Eso que quisieras para ti, trata de ofrecerlo siempre con amor a tu hermano.

martes, 15 de agosto de 2017

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Contemplar y celebrar la glorificación de María en su Asunción es sentirnos estimulados porque ella es nuestro modelo y nuestro consuelo que nos llena de esperanza

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

En la vida necesitamos puntos de referencia que de alguna manera nos marquen el camino; no solo es señalarlos la verdadera ruta sino además servirnos como de estimulo para que sigamos avanzando a pesar de que en ocasiones el camino se nos vuelva dificultoso o nos aparezcan los problemas. No son simples señales de trafico que nos dicen por donde ir correctamente, y que si las seguimos con fidelidad estamos seguros de no errar en nuestra ruta.
Eso sería como muy elemental y más que marcas materiales, o leyes y normas que nos digan lo que podemos o no podemos hacer, como decíamos, lo que necesitamos son estímulos en quienes vemos que han hecho ese camino y nos están dando esperanza porque de alguna manera nos dicen que ellos lo hicieron antes que nosotros y nosotros podemos hacerlo también. Son los ejemplos que podemos encontrar en los demás; una persona que vemos vivir en rectitud a pesar de los avatares de la vida es la mejor prédica que podamos tener para nosotros vivir también en esa misma rectitud.
Son los ejemplos que podemos admirar en nuestros padres o las personas que influyen en nuestra educación. La altura moral que podemos descubrir en nuestros educadores es el mejor testimonio que podamos recibir para cultivar en nosotros nuestra propia personalidad. No simplemente copiados sino que su testimonio es estimulo que se puede convertir en fuerza interior para nuestro crecimiento personal.
En el camino de nuestra vida espiritual y cristiana tenemos el evangelio que nos señala cual ese ideal de nuestra vida para vivir intensamente el Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Por supuesto sabemos que no nos falta la gracia del Señor que fortalece nuestras vidas para alcanzar esa plenitud de vida eterna que nos ofrece Jesús con su salvación.
Pero esa gracia de Dios llega a nosotros en el testimonio de los santos que ante nosotros se presentan como modelos de lo que es vivir ese camino del seguimiento de Jesús y al mismo tiempo son estimulo para nosotros para superar cuanto hayamos de superar y vencer para vivir plenamente el Reino de Dios. Es así siempre como hemos de ver los santos al lado de nuestra vida, no como unos talismanes que nos van a solucionar los problemas milagrosamente sin que nosotros pongamos de nuestra parte ese esfuerzo en el seguimiento de Jesús.
Eso podemos decir del conjunto de los santos que nos acompañan en nuestro caminar, sean los santos que en el transcurso de la historia nos han quedado ahí como modelos permanentes de nuestra vida cristiana, sean los santos que caminan aun a nuestro lado cuando el camino junto a nosotros pero cuyo testimonio podemos contemplar en su entrega, en su dedicación y en la santidad de sus vidas.
Pero ¿qué no podemos decir de María, la madre de Jesús y nuestra Madre? La hemos endiosado por llamarla la Madre de Dios, y lo es, y parece que algunas veces la hemos hecho supraterrena y la hemos colocado demasiando alta en sus altares, olvidando que ella fue una como nosotros, que caminó también sobre el barro de esta tierra al lado de Jesús y así es el mejor ejemplo de Madre que a nosotros nos puede acompañar en el camino de nuestro seguimiento de Jesús.
Hoy precisamente la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo y la hemos llenado demasiado de mantos y de joyas, que sí es cierto le ofrecemos en nuestro amor de hijos, pero que pudieran alejarla de nosotros y no terminemos de ver cuales son las verdadera joyas que adornan su vida y en lo que es verdadero ejemplo y estimulo de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Jesús.
‘Ella es figura y primicia de la Iglesia’, como la proclama la liturgia de este día de su glorificación. Así tenemos que verla, contemplarla. El evangelio de hoy la presenta caminante para el servicio, cuando va a casa de su prima Isabel donde sabe que la pueden necesitar.
Somos, sí, ese pueblo peregrino, ese pueblo caminante aquí en medio de nuestro mundo y también con una misión. Nuestra misión no es otra que la del servicio, la del amor. El mundo que nos rodea necesita de nuestro amor, necesita ver nuestra dedicación al servicio de los demás, necesita esa palabra y esa luz que les puede ayudar e iluminar para encontrar también un sentido nuevo y un valor nuevo de cuanto hacemos. Es el testimonio del servicio que nosotros hemos de dar, aunque muchas veces nos cueste salirnos de nosotros mismos.
Y contemplamos hoy a María, que se pone en camino, cuando quizás ella necesitaba en su incipiente maternidad ayuda de los demás, pero es capaz de olvidarse de si misma para ir al encuentro de Isabel. ¿No es eso lo que nosotros también tendríamos que hacer? Tenemos el peligro y la tentación tantas veces de reservarnos para nosotros mismos. Miremos a María, que nos estimula con su ejemplo, con su amor, con su caminar para que aprendamos y tengamos fuerzas para hacer lo mismo. ‘Consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’, que repito la proclama hoy la liturgia.
Hoy, como decíamos, la contemplamos glorificada en su Asunción al cielo. Es la gloria de la Iglesia, es la gloria que un día esperamos nosotros también alcanzar. Hacemos este camino del Reino de Dios con la esperanza de la gloria del cielo. Sabemos que podemos alcanzarla. Jesús nos decía que El iba a prepararnos sitio. Con esas metas de eternidad feliz y dichosa junto a Dios caminamos este camino de nuestro mundo sembrando esas semillas del Reino de Dios con nuestra entrega, con nuestro servicio, con la responsabilidad con que queremos vivir el momento presente de nuestra vida, sin perder nunca la alegría de la fe porque hay esperanza en nuestro corazón.
Miramos a María y nos sentimos estimulados a seguir haciendo ese camino; miramos a María y sentimos fuerza en nuestro corazón porque no nos falta la gracia del Señor que ella intercede por nosotros y para nosotros; miramos a María y pretendemos parecernos a ella para ser luz para nuestro mundo, para llevar esa luz de Cristo como ella supo y sabe seguir llevándola para iluminar nuestros caminos.
La llamamos en nuestra tierra María de Candelaria, y así la celebramos también gozosamente en este día, porque nos trajo la candela, nos trajo la luz, sigue iluminando nuestro camino con la luz de Jesús. Hoy doblemente en nuestra tierra nos sentimos llenos de gozo en esta fiesta de María, por cuanto significa su Asunción y glorificación, por cuanto la podemos llamar Madre de Candelaria para iluminarnos de su luz, que es siempre la luz de Jesús.

lunes, 14 de agosto de 2017

Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida

Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida

Deuteronomio 10,12-22; Sal 147; Mateo 17,22-27
Cuando presentimos que las cosas no nos van a salir bien, que aquella meta que nos habíamos propuesto, aquellos objetivos que nos habíamos trazado, o aquella tarea en la que nos habían embarcado no lo podremos realizar sentimos en nuestro interior como una sensación de fracaso, de rebeldía interior que no queremos ni pensar en lo que nos pueda suceder. Tantas veces en la vida nos sentimos hundidos y una posible reacción es huir de ello, no querer pensarlo, imaginar que son solo sueños negativos que pasarán y de los que nos vamos a despertar. Ahí tendría que aflorar nuestra entereza, nuestra valentía y madurez para afrontar los problemas, para intentar de asumir cosas o tratar de buscar caminos o soluciones. Pero quizá es nos resulta mas cómodo echarlo en el baúl del olvido.
¿Cómo se sentirían los discípulos cuando Jesús les anuncia que un día todo aquello puede terminar en un fracaso? Jesús les anuncia que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los gentiles, Jesús les anuncia incluso su muerte, y eso es un mazazo muy fuerte en sus conciencias y en sus ilusiones. Ellos creían en las palabras de Jesús, sus corazones ardían de esperanza cuando les hablaba de Reino nuevo, el Reino de Dios aunque no terminaran de entender en qué consistía, por lo que aun andaban con sus sueños y ambiciones muy humanas y muy terrenas. Pero que ahora Jesús les diga que El va a morir porque lo traicionarán y lo entregaran, es algo que no les cabe en la cabeza.
Normal fue la reacción de Pedro en otra ocasión en que Jesús les había hecho el mismo anuncio de querer quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús como cuando nos viene alguien contándonos de sus tenebrosos sueños y tratamos de ayudarle a que no piense en esas cosas. Pero Jesús había rechazado aquella buena voluntad de Pedro, por eso ahora ante este nuevo anuncio se queden en silencio, desconcertados una vez mas y sin saber qué hacer o qué decir.
Jesús está preparándonos para que sean fuertes en esos momentos difíciles. El sabe que llegará el momento en que se dispersaran como se dispersan las ovejas cuando llega el peligro, cuando aparece el lobo, en que cada una intentará escapar como pueda. Algo así les puede pasar a ellos. Pero las palabras de Jesús no son augurios oscuros solo de muerte, sino que Jesús siempre les anuncia la resurrección, que al tercer día resucitará. Pero serán palabras que tampoco entienden, les da miedo preguntar y se quedarán también en el olvido hasta que suceda.
Pero no nos hacemos esta consideración solo para analizar lo que le sucedía a los discípulos y su reacción. Escuchamos esta Palabra de Jesús que también quiere iluminar nuestra vida para cuando tengamos que enfrentarnos a situaciones similares. No siempre logramos avanzar como quisiéramos personalmente en nuestra vida cristiana y en ese camino de superación personal. Son muchas nuestras flaquezas y nuestros tropiezos pero no podemos hundirnos. Tenemos siempre la certeza de la presencia de Jesús junto a nosotros, la fuerza de su gracia que nos ayuda a superar esos momentos oscuros y a levantarnos con nueva ilusión y esperanza.
Muchas veces mirando en nuestro entorno, mirando la situación de la Iglesia en medio del mundo, contemplando la vida de los propios cristianos muchas veces tan llena de superficialidades y sin una verdadera espiritualidad, nos podemos sentir en esa dura sensación de preguntarnos qué es lo que estamos haciendo, que es lo que hace la iglesia, si realmente la vida de los cristianos es esa sal y levadura en medio del mundo, esa luz para cuantos nos rodean.
Pudiera entrarnos igualmente el desanimo, sentirnos fracasados, o desorientados sin saber qué hacer o qué camino tomar. Escuchemos siempre con mucha fe las palabras de Jesús que tratan de alentarnos y poner mucha esperanza en el corazón. Siempre el anuncio de Jesús terminar con resplandores de una anunciada resurrección. Es posible esa vida nueva, ese hombre nuevo, ese mundo nuevo, y en esa tarea tenemos que seguir empeñados porque con nosotros está el Señor.
No perdamos nunca la esperanza. Que la luz de la resurrección siempre nos ilumine para superar los momentos oscuros que nos puedan aparecer en la vida.

domingo, 13 de agosto de 2017

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33
Siempre andamos en caminos de búsqueda. De una forma o de otra, pero buscamos, queremos saber, queremos conocer algo más, algo nuevo; buscamos porque nos sentimos insatisfechos y con hambre; no contentos con lo que somos o con lo que tenemos queremos algo distinto, algo nuevo, deseamos algo más.
Buscamos porque queremos ir más allá, aunque eso entrañe riesgos; es como atravesar un mar nuevo, desconocido quizá o que nos puede propinar sorpresas; pero en el fondo es que queremos trascendernos porque lleguemos nosotros a algo distinto o porque lleguen nuestras cosas o lo que somos a los demás y puedan serle también de ayuda.
Buscamos porque no queremos quedarnos en metas mezquinas y caducas, tenemos ansia de algo más grande, más perfecto, algo que nos satisfaga por dentro. Queremos salirnos de oscuridades que nos ahogan o nos encierran, porque la luz nos da libertad, nos hace ser más nosotros mismos y nos conduce a una mayor plenitud. No nos contentamos con que nos digan lo que tenemos que hacer o cómo tenemos que ser, queremos ampliar horizontes para nuestra vida.
Pueden ser muchas las maneras cómo hagamos la búsqueda; preguntando, escuchando, abriendo los ojos y los oídos a la vida, a lo que sucede, a lo que piensan los demás; queriendo quizá saber por nosotros mismos, palpando con algo más que nuestras manos lo que vamos encontrando porque lo pasamos por el tamiz de nuestra reflexión, porque comparamos unas cosas y otras buscando sentido, razón de ser de lo que encontramos; poniéndonos en camino porque nos abrimos a nuevos horizontes, atravesando los mares de la vida; arriesgándonos a salir de lo que ya somos o tenemos, a salir de seguridades que nos atan, quitando miedos y temores.
Sin embargo a pesar de todas esas ansias de búsqueda, que son deseos de plenitud que hay en nosotros, a veces dudamos y nos confundimos, tenemos miedos y nos acobardamos, nos parece que andamos perdidos, sentimos la soledad allá en lo más hondo de nosotros mismos aunque estemos rodeados de muchos, mientras nos entran momentáneas valentías que parece que nos hacen correr luego nos vienen los tropiezos y los desánimos.
¿Cómo encontrar seguridad? ¿Dónde poner nuestros apoyos? ¿Dónde encontramos luz para ese camino?
Ha surgido en mi interior toda esta reflexión que me vengo haciendo al leer y meditar el evangelio de este domingo que nos habla también de una travesía. Después de aquellos episodios del desierto con la multitud que seguía a Jesús, que buscaba a Jesús y se vieron hambrientos en aquellos descampados sin saber donde acudir para saciar su hambre cuando Jesús hizo que se multiplicaran los panes y los peces para que todos comieran, Jesús embarcó a los discípulos para que atravesaran el lago hacia la otra orilla a pesar de que la noche ya comenzaba a caer.
Fue una travesía que se les hizo difícil. Hasta el viento lo tenían en contra y Jesús no estaba con ellos. Remaban buscando alcanzar la otra orilla pero  no lograban avanzar; las dudas y los miedos comenzaron a aparecer en sus corazones por haberse embarcado en aquella travesía y hasta les pareció ver fantasmas. Se sentían solos y perdidos a pesar de que eran unas aguas que tantas veces habían atravesado.
Como nos encontramos tantas veces en la vida. Aunque parece que todo sigue igual nos llegan también momentos de incertidumbres y de dudas, de desorientación y no saber que buscar ni entender cuanto nos sucede. Tenemos buenos deseos en nosotros pero no siempre parece que podamos realizarlos y no alcanzamos las metas que nos proponemos en la vida. Los problemas en ocasiones se nos amontonan y será en la familia, será en el trabajo, será en nuestras relaciones con los demás, será en eso bueno que quizás nos habíamos propuesto realizar y que ahora no nos sale, será en el camino de nuestra vida espiritual o nuestro compromiso cristiano, son tantas las cosas que nos hacen perder la estabilidad y la paz.
Pero Jesús no nos deja solos en esa travesía, en esa búsqueda. Nunca nos vamos a sentir solos. Nosotros, es cierto, buscamos porque hay cierta inquietud en nuestro interior, pero es El quien nos sale al encuentro. Algunas veces, como sucede en el evangelio de hoy, nos confundimos, no lo vemos claro, queremos pruebas. Decían que era un fantasma, pero cuando Jesús les dice que era El, Pedro quiere asegurarse y como prueba le pide que él también pueda ir caminando sobre el agua como hace Jesús. Y camina hacia Jesús, pero a la menor dificultad, una ola que parece levantarse, Pedro duda y se hunde. Pero allí está la mano de Jesús.
Creo que podemos ver el cierto paralelismo de aquellas búsquedas de nuestra vida, de las que antes hablábamos, con este pasaje del evangelio. Y de una cosa si hemos de estar ciertos y seguros, que Jesús no nos abandona, sale a nuestro encuentro, tiende su mano para levantarnos, nos llevará siempre a buen puerto.
Con Jesús nuestra vida se trasciende; con Jesús todo va a tener un hondo sentido; con Jesús caminaremos siempre abiertos a nuevos horizontes y a la búsqueda de metas bien altas. Con Jesús no nos sentiremos nunca solos ni en oscuridad, aunque haya momentos de dudas, de flaquezas en nuestra vida, porque Jesús quiere seguir siempre contando con nosotros. Con Jesús vamos a encontrar esa plenitud de nuestra vida, caminos de verdadera felicidad, paz para siempre en nuestro corazón.