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sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

Mt. 13, 14-30
‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde sale esa cizaña?’ Una pregunta que de alguna manera nos hacemos cuando nos vemos envueltos por la maldad de tantos, por los problemas que nos agobian, por el daño que nos hacen o vemos que hacen a tantos, por tanta injusticia y tanto mal. No quisiéramos un mundo así y cuando como creyentes leemos en la Biblia que en la creación se nos repite que todo cuanto fue Dios creando era bueno y al crear al hombre se dice que era muy bueno, surge con angustia y con rabia quizá esa pregunta en nuestro corazón.
La parábola que Jesús hoy nos propone nos habla del hombre que plantó buena semilla en su campo, pero mientras dormía vino un enemigo suyo y planto cizaña. Es cuando surge la pregunta de sus servidores. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale esa cizaña?’ Quieren arrancarla, como nosotros que queremos arrancar también el mal de nuestro mundo. Y seguramente habremos oído o hemos pensado si Dios es tan poderoso como es que permite el mal, cómo no es que arranca de la vida a esas personas llenas de maldad para que no sigan haciendo daño a los demás.
El mal se convierte en una prueba para nosotros, una prueba para nuestra fe, pero una prueba de donde tenemos que aprender a salir victoriosos porque no nos hemos de dejar cautivar por ese mal; es la tentación que continuamente nos acecha y nos pone en peligro, pero es donde tenemos que ser fuertes para no dejarnos arrastrar por esa tentación.
Pero también nos está manifestando la espera de Dios; sí, Dios sigue esperando que nuestro corazón se convierta; Dios llama a los pecadores a la conversión, como nos llama a nosotros. Cuánta ha sido la paciencia de Dios con nuestra vida; nos ha regalado su gracia, pero hemos de reconocer que no siempre hemos correspondido a la gracia del Señor; hemos de reconocer que seguimos en nuestro pecado y no terminamos de arrancarnos de él, y Dios sigue dándonos su gracia, Dios sigue llamando a las puertas de nuestro corazón para que nos volvamos a El. Podríamos recordar aquella parábola en la que el padre espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado y cómo se llena de alegría a su vuelta y hace fiesta porque el hijo perdido ha sido encontrado.
El mal está ahí envolviéndonos en nuestro mundo, pero hemos de reconocer que ese mal también lo tenemos en nosotros; en pequeñas o en grandes cosas no siempre somos fieles, no siempre somos la buena semilla que da buen fruto, y no por eso Dios nos arranca de la vida, sino que espera nuestra vuelta a El. Es lo que nos está enseñando la parábola que siempre nos viene a manifestar lo que es la misericordia y el amor de Dios.
Con los demás quizá somos exigentes, pero luego no lo somos de la misma manera con nosotros mismos. Confiemos más en la gracia del Señor. Transformemos esa cizaña del mal que hemos dejado meter en nuestra vida y comencemos a dar buenos frutos.

viernes, 22 de julio de 2016

María Magdalena que sintió mucho amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

María Magdalena que sintió mucho  amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

Jeremías 3,14-17; Sal.: Jr 31; Juan 20,1.11-18

Celebramos hoy – y con la categoría litúrgica de fiesta tal como lo ha decidido el Papa Francisco recientemente – a María Magdalena; la que estuvo al pie de la cruz de Jesús con María, la Madre de Jesús y otras mujeres; la que le lloró buscándole junto al sepulcro; la que se convirtió en la primera misionera de la resurrección, porque fue la primera que llevó la Buena Noticia a los discípulos encerrados por miedo en el cenáculo.
El evangelista Marcos al darnos referencia de ella nos dice que fue la mujer de la que el Señor expulsó siete demonios. Una mujer pecadora, pero como la otra pecadora de la que se habla en el evangelio, amó mucho, se le perdonaron sus muchos pecados, y siguió amando con toda la intensidad de su corazón.
¡Qué dicha sentirse uno llamado por su nombre en los labios de Jesús! Fue lo que le despertó de nuevo el corazón para hacer que detuviera el río de sus lágrimas y se acabara para siempre la incertidumbre. Había venido al sepulcro porque quería concluir los ritos funerarios con el cuerpo de Jesús que por las prisas de la víspera del sábado en el viernes en la tarde no habían podido completar.
Pero el sepulcro de Jesús estaba vacío y su cuerpo no estaba allí; mientras las otras mujeres corren a dar la noticia de que ha desaparecido el cuerpo de Jesús ella queda llorando a la entrada del sepulcro; no le sirven las palabras de consuelo de los ángeles que ahora custodiaban lo que había sido el sepulcro de Jesús; ella insiste y pregunta a quien quiera que pase por aquel lugar y pensando que era el encargado del huerto pregunta a quien está a su lado pero no reconoce por lo nublados que están sus ojos en el dolor y con las lágrimas.
Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Con fuerzas se siente incluso en su debilidad para transportar el cuerpo de Jesús muerto. Basta una sola palabra; es su nombre pronunciado por los labios del maestro: ‘¡María!... ¡Rabonni, Maestro!’ No es necesario nada más. La luz ha aparecido de nuevo en su vida; su corazón late con la fuerza del amor; se abraza a los pies de Jesús; recibe el encargo: ‘Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro’.  Y corre misionera de resurrección a anunciar a los discípulos que ha resucitado el Señor y lo que le ha dicho.
Según hemos venido reflexionando con la figura de María Magdalena a quien hoy celebramos habremos querido ir sintiendo en nuestro corazón esa voz del Señor resucitado que a nosotros también nos llama por nuestro nombre. Miramos nuestra vida y la vemos también llena de sombras por nuestra condición pecadora de manera que se nos obnubilan los ojos de nuestro corazón para reconocer la presencia del Señor en nuestra vida. A El suplicamos en nuestras necesidades y desde nuestras sombras pero ya sabemos cuánto amor hemos de poner en nuestra vida y así aparecerá luminosa esa presencia del Señor en nosotros.
Finalmente hemos de saber reconocer su voz y su misión. También hemos de ser misioneros de resurrección y de vida, anunciadores de esa buena nueva de Jesús que es nuestra única salvación. Que nuestro amor nos convierta en signos de Cristo resucitado para el mundo que también necesita su luz.


jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

miércoles, 20 de julio de 2016

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

 Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago’. Acudió mucha gente, se subió a una barca y pasó mucho rato hablándoles en parábolas.
Ahí tenemos al sembrador. Su misión era esparcir la semilla. A voleo como hacían los sembradores para que la semilla llegara a todos aunque sabía que no siembre aquella semilla sembrada iba a producir fruto. Ya lo explica El en la parábola. Pero lo importante era sembrar. Allí estaba en la orilla del lago y ahora se había sentado en la barca para desde allí esparcir la semilla.
Era lo que hacía recorriendo los caminos de Galilea y de todo Israel. Se acercaría también a otros territorios más allá del lago, los gerasenos, más arriba de las fronteras de Israel ya en territorio fenicio, atravesaría Samaria dando la oportunidad a los samaritanos para que lo escucharan y se encontraría con la mujer junto al pozo de Jacob, por los territorios de Judea, Jericó, Betania, Jerusalén.
Se acercaba a todos para hacer llegar la semilla a todos; la gente sencilla que le escuchaba en los caminos o en las orillas del lago; los que acudían los sábados a la Sinagoga o con los que se encontraría en las explanadas del templo; serán los enfermos y los pobres, los más marginados de la sociedad de entonces, ciegos, leprosos, inválidos, ya se encontrasen al borde del camino, en las calles de Jerusalén o en la piscina probática esperando el movimiento del agua; sería a los humildes de corazón o los pecadores, los que le aceptaban y terminarían en alabanzas por sus enseñanzas o los que le rechazaban y tramaban contra él fariseos, saduceos, maestros de la ley o sumos sacerdotes del templo; igual aceptaba la invitación de un fariseo a comer en su casa como comía con publicanos y pecadores con en casa de Leví el publicano.
A todos hacia llegar la semilla. Era el sembrador que sale a sembrar cada mañana la semilla en sus campos. Era el anuncio del Reino al que a todos invitaba. Era la imagen del Padre bueno y lleno de amor que a todos amaba, a todos buscaba, a todos esperaba aunque fueran pecadores.
Bueno es que nos detengamos a contemplar al sembrador. Es cierto que tenemos que fijarnos en el terreno donde va a caer la semilla y tenemos que ser ese terreno bueno y preparado. Ya tendremos oportunidad de detenernos a reflexionar sobre ello cuando escuchemos de Jesús la explicación de la parábola. Hoy contemplamos al sembrador, contemplamos su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra, cuando nos está invitando a que la recibamos como tierra buena.
Es cierto que hemos de preocuparnos como acogemos esa semilla, pero ¿no sentiremos la urgencia de convertirnos nosotros también en sembradores? ¿No tendremos que ir también esparciendo por el mundo, aunque sabemos que es tan diverso, esa semilla del Evangelio porque es la única salvación para nuestro mundo?
Confieso que esta página del evangelio es la que me motiva a mí a sembrar cada día esa semilla de la palabra en esta página y por este medio. ‘La semilla de cada día’ que me siento urgido a sembrar aunque sé que no soy buen sembrador, pero siento que es una misión que el Señor me ha confiado y espero poder seguir haciéndolo cada día para la gloria del Señor. Doy gracias a Dios por esas personas (muchas veces alrededor de doscientas) que cada día abren esta página; espero que la semilla fructifique en sus corazones. Solo soy un humilde sembrador.

martes, 19 de julio de 2016

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 84; Mateo 12,46-50

Jesús está rodeado de gente, sus discípulos que ya le seguían de más cerca y estaban siempre con El y el resto de la gente que venía a escucharle. Está en su misión, es la Palabra de vida que llena de vida y de luz a cuantos se acercan a El. Está enseñando a la gente.
Un día el había marchado de Nazaret y atrás había quedado su familia más cercana. Se había puesto en camino para anunciar el Reino de Dios, para enseñarnos cual es la nueva familia que entre todos hemos de constituir. En Nazaret estaban los que llamaban sus hermanos, en ese lenguaje semita en que se llama hermano a todo familiar cercano. Ahora aparecen donde estaba Jesús rodeado de gente su madre y sus hermanos; allí está María y están sus parientes, su familia. Le avisan a Jesús. ‘Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’.
Pero, ¿quiénes son en verdad la familia de Jesús? Este texto del evangelio que hoy se nos presenta en la liturgia en muchos ha producido un cierto desasosiego y confusión; les pudiera parecer un desaire por parte de Jesús hacia su madre y sus familiares pero no es así cómo hemos de entenderlo.
Siempre el evangelio lo leemos y escuchamos en su conjunto y unos textos nos iluminan a otros. Cuando en el evangelio se nos ha querido dejar un mensaje claro de la familia de Nazaret nos ha hablado claramente en la brevedad y concisión del evangelio de la presencia de Jesús en aquel hogar de Nazaret donde vivía sujeto a sus padres, en obediencia con sus padres en aquel hogar donde crecía en edad sabiduría y gracia ante Dios y los hombres.
Ahora el mensaje fundamental es el Reino de Dios que Jesús anuncia y que constituyendo con todos aquellos que escuchan su Palabra y le siguen. Lo llamamos el Reino de Dios como también podríamos decir la familia de Dios, porque nos sentimos hermanos hijos de un mismo Padre, el Dios del cielo. Es lo que ahora Jesús quiere decirnos.
‘¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’.
Lo importante es descubrir lo que es la voluntad de Dios y cumplirla. Cuando somos capaces de decirle sí a Dios con toda nuestra vida entramos en una relación nueva con Dios porque no solo lo reconocemos como nuestro Dios y Señor sino que además sentimos sobre nosotros su amor de Padre. Y si experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con El, somos los hijos que queremos hacer su voluntad, somos los hijos que ahora aprendemos de verdad lo que son nuestros hermanos, quienes son nuestros hermanos, entramos en la orbita del amor.
Será nuestro distintivo, nuestra manera de ser y de actuar; desde lo más hondo de nosotros mismos somos los hijos del amor, los que nos sentimos envueltos en el amor de Dios y en ese mismo amor queremos envolver a cuantos nos rodean. Somos la familia del amor.

lunes, 18 de julio de 2016

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

Miqueas 6,1-4.6-8; Sal 49; Mateo 12,38-42

El evangelio siempre es una llamada de amor. Es Buena Nueva que nos anuncia amor y con el amor el perdón y la paz. Es Buena Nueva anunciadora de nueva vida y se convierte en llamada a la vida, en llamada de amor. No quiero el Señor para nosotros otra cosa que la vida; por eso nos invita a ir a El, a que pongamos toda nuestra fe en su Palabra, a que convirtamos de verdad nuestro corazón.
Nosotros seguimos quizás encerrados en nosotros mismos, en nuestras dudas, en nuestros caprichos, en estar pidiendo siempre pruebas porque parece que nos cegamos y no somos capaces de descubrir la inmensidad del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús y que tantas veces se ha hecho presente en nuestra vida; parece que esas cosas las olvidamos. ‘No olvidéis las acciones de Dios’, se nos dice en alguno de los salmos. Si tuviéramos más presente en nuestra vida todas esas maravillas que el Señor ha realizado en nosotros tantas veces, seguro que convertiríamos nuestro corazón a El.
Una vez más, vemos en el evangelio, que vienen pidiéndole signos y señales a Jesús para creer en El. Parecen ciegos que no quieren ver. Tantos signos que Jesús ha ido realizando en los milagros curando enfermos, resucitando muertos, llenando de paz los corazones con el perdón. Y una vez más Jesús, aunque sus palabras nos puedan parecer duras, les recuerda cómo los ninivitas se convirtieron con la palabra del profeta, o como aquella reina del Sur había venido a ver y admirar la Sabiduría de Salomón. Ahora ellos ni veían los milagros ni eran capaces de saborear la Sabiduría de Jesús.
Es una invitación una vez más de Jesús al amor, a la vida, a la conversión. Es la llamada constante que a nosotros también cada día nos hace. Que seamos capaces de saborear la sabiduría del evangelio, que seamos capaces de reconocer las maravillas que continuamente realiza en nosotros. Y respondiendo a esa llamada y a esa invitación nosotros podamos convertirnos también en signos de la misericordia del Señor para los que nos rodean.
Es necesario, sí, que todos lleguen a reconocer y a saborear en sus vidas lo grande que es la misericordia de Dios. Aunque muchos no creen quizá en la misericordia porque su corazón se ha endurecido y ya no saben ni perdonar, sin embargo por otra parte hay ansia de encontrar paz en los corazones aunque haya muchas confusiones en sus vidas o precisamente por eso por tanta confusión como hay.
Y es la misericordia la que nos llena de paz; sentiremos esa paz cuando saboreamos en nosotros esa misericordia que nos manifiesta el amor y el perdón del Señor, pero al mismo tiempo vamos a sentir paz cuando seamos capaces de tener misericordia con el otro ofreciendo generoso perdón, llenando nuestro corazón de comprensión, alejando de nosotros resentimientos que nos harían sufrir. En la misericordia que tengamos con los demás alcanzaremos nosotros también esa paz del corazón. Y tenemos que ser signos de ello con nuestra vida para que todos alcancen a descubrir la misericordia y el amor de Dios y aprendamos a vivir en esa honda de misericordia y de paz.

domingo, 17 de julio de 2016

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42
‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa… y una hermana llamada María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Mientras Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio…’ Eran los amigos de Jesús. Su casa, en Betania al borde del camino que subiendo del valle del Jordán se dirigía a Jerusalén, estaba abierta para dar agua y descanso a los peregrinos que subían a la ciudad santa. Allí encontró Jesús hospitalidad y acogida pues ya hará referencia el evangelio que estando en Jerusalén Jesús se acercaba a Betania.
Una hermosa virtud la de la hospitalidad en la que las gentes que han habitado en lugares inhóspitos tienen unas actitudes y aptitudes especiales. Vemos en la primera lectura la hospitalidad de Abrahán que vivía casi transeúnte en una tienda para acoger a aquellos tres caminantes que hasta él llegaban. Entendemos también el significado teológico que tiene ese momento en el que es el Señor el que llega hasta Abrahán y premia su hospitalidad anunciándoles el nacimiento del hijo tan deseado.
Entra dentro del orden natural de nuestras relaciones de convivencia con aquellos que más cercanos están a nosotros que seamos acogedores y hospitalarios con nuestros amigos o nuestros convecinos; también es cierto que en las circunstancias de desconfianza en que vivimos ya nuestras puertas y ventanas permanecen cerradas de forma habitual frente a aquellos tiempos no tan lejanos en que nuestras puertas estaban siempre abiertas y los vecinos y los amigos entrábamos con toda naturalidad en las casas los unos de los otros.
En nombre de una humanidad verdaderamente solidaria, y más aún desde la fe que tenemos en Jesús y a lo que nos compromete el mandamiento del amor si solo nos preocupáramos en recibir lo que son nuestros amigos y en quienes tenemos confianza creo que nos quedaríamos cortos del verdadero sentido del mandamiento que crea nuestro distintivo cristiano. La acogida verdadera ha de ir más allá de abrir las puertas de nuestra casa a los que ya conocemos y son nuestros amigos. Como nos diría Jesús en otro lugar del evangelio si amáramos solo a los que nos aman ¿qué hacemos de extraordinario?
Primero que nada tendríamos que decir que esa hospitalidad y acogida es algo que hemos de vivir en el día a día en el encuentro, sí, de los que están mas cercanos a nosotros desterrando de nosotros desconfianzas y recelos que de una forma o de otra tantas veces manifestamos en nuestra relación con los otros. Es ir con mirada limpia, quitando prejuicios y olvidando historias pasadas con las que marcamos a las personas tantas veces; no siempre las puertas de nuestro corazón están abiertas para los demás porque vamos poniendo muchas barreras.
A las puertas de nuestra vida nos van llegando muchas personas a las que seguimos mirando como a la distancia porque nos fijamos en su procedencia, consideramos el color de su piel, sospechamos de su condición, ponemos trabas en la sinceridad porque quizá piensan distinto a nosotros, no somos capaces de dar pasos en muchas ocasiones para trabajar codo con codo con los que no conocemos o son de otra opinión por construir una sociedad mejor. Como se dicen ahora les presentamos tarjetas rojas porque con ellos no queremos trabajar, porque no somos capaces de buscar tantas cosas que nos unen, no nos disponemos a concordar tantas cosas buenas en las que podríamos trabajar juntos.
Esto nos sucede en muchos ámbitos y en muchos aspectos, en las relaciones familiares incluso, en nuestro trato con los que están cerca de nosotros, o con los que tendríamos que colaborar en la vida social de nuestras comunidades o nuestros pueblos. Creo que nos entendemos y muchos ejemplos concretos podríamos poner en este sentido.
Como cristianos tenemos que imbuirnos bien de estos valores, cultivar de forma autentica esa acogida y esa hospitalidad con todos porque en verdad tenemos que ser levadura en la masa de nuestra sociedad para crear ese mundo nuevo y mejor.
Como creyentes hemos de saber hacer una lectura creyente de la situación en la que vivimos, y como creyentes ver cual es la semilla que nosotros hemos de plantar. Pero además como creyentes nosotros hemos de saber descubrir en aquel que viene a nuestro encuentro al Señor que viene a nosotros.
Entre otras cosas podríamos recordar aquello que nos dirá el Señor cuando nos presentemos ante El ‘era forastero y peregrino y me acogisteis… porque todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños a mi me lo hicisteis…’ Por eso con nuestros ojos de creyentes seremos capaces de ver a Cristo que viene a nosotros en esas personas a las que acogemos, a las que recibimos, para quienes siempre vamos a tener abierto nuestro corazón. Cuántas cosas podríamos decir como consecuencia en este sentido.
Ahí ha de estar la disponibilidad para el servicio que brillaba de manera especial en Marta, pero ha de estar también esa acogida desde el corazón como María para desde el corazón escuchar al Señor que nos habla, y también en la escucha que hagamos a los demás sea quien sea – cuánto nos cuesta escuchar al otro y cuánto tendríamos que reflexionar también sobre esto – sabemos que estamos acogiendo al Señor. 

sábado, 16 de julio de 2016

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen es revestirnos del traje de María copiando en nosotros todas sus virtudes y toda su santidad

Hoy se multiplican las felicitaciones de un lado para otro porque muchos son los que llevan – llevamos – el nombre de la Virgen del Monte Carmelo; por otro lado los marineros la invocan como la Estrella del Mar que les guía en sus travesías y en las zozobras de sus trabajos, mientras muchos pueblos a lo largo de toda la geografía se engalanan para celebrar a María en esta advocación tan hermosa de la Virgen del Carmen.
Así la llamamos, la Virgen del Carmen, aunque bien sabemos que el auténtico titulo de esta advocación es la Virgen del Monte Carmelo. Las montañas del Carmelo al norte de Palestina e Israel naciendo de las llanuras de Galilea vienen como a desplomarse sobre el mar Mediterráneo formando una cadena montañosa de gran belleza; y fueron unos religiosos, nacidos quizá al calor de las cruzadas como unos eremitas en aquellas montañas para imitar en cierto modo al profeta Elías que allí había encontrado refugio, los que entronizaron en aquellas montañas un altar a la Virgen; de ahí nació el nombre de la Virgen del Monte Carmelo, la bendita imagen de María que allí en el Monte Carmelo se había entronizado.
La Biblia y los poetas cantan la belleza del monte Carmelo, cuyo nombre significa en sí mismo poesía y la belleza de un jardín, cuyo cántico nosotros queremos entonar en honor de la Madre que allí tenemos entronizada, para llevarla también en lo hondo de nuestro corazón.
Bien conocemos que la devoción a la Virgen del Carmen está unida al uso del escapulario. Escapulario que, es cierto, hemos reducido en su tamaño casi a la mínima expresión pero que en su origen eran como un traje que se ponía sobre la ropa normal como un resguardo para el trabajo. Que ese escapulario o medalla de la Virgen que nos acompaña sea, sí, ese resguardo contra los peligros del mal; que sea un recuerdo para nuestra vida de esa presencia de María junto a nosotros que quiere ayudarnos con la gracia que nos alcanza del Señor para que tengamos fuerza en las dificultades, pero para que nos veamos libres de toda tentación y de todo pecado.
Ya sabemos que la verdadera devoción a María es revestirnos de sus virtudes, imitar en nosotros la santidad de su vida, que en verdad copiemos en nosotros todo lo bueno de María y con su protección nos veamos siempre llenos de la gracia del Señor. Sí, es un revestirnos de María, ponernos no solo el traje externo de María con su escapulario sino desde lo más hondo de nosotros mismos vernos transformados a imitación de María para llenarnos así de la santidad de Dios.
Y tal como comenzábamos diciendo felicidades a todos los que llevan el nombre de María, Virgen del Monte Carmelo, Virgen del Carmen, que nos sintamos siempre protegidos con su amor.

viernes, 15 de julio de 2016

Poniendo misericordia en nuestro corazón ayudaremos en verdad a que nuestro mundo sea más feliz porque seremos capaces de amarnos y perdonarnos

Poniendo misericordia en nuestro corazón ayudaremos en verdad a que nuestro mundo sea más feliz porque seremos capaces de amarnos y perdonarnos

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38;  Mateo 12,1-8 

Todos conocemos personas que están excesivamente preocupadas por el orden, porque las cosas estén en su sitio, porque todo esté brillante y reluciente, de manera que se convierte en una obsesión y una manía. Un amigo mío cuando se enteró que ahora yo tenia un perrito lo primero que comentó como lamentándose es que ahora con un perrito en casa cómo iban a estar las cosas todas desordenadas y cuanto me iba a costar el mantenerlo todo limpio y en su sitio. No pretendo con esto justificar mi afición porque además no viene al caso, sino hago referencia a ello por la obsesión de mi amigo por el orden y la limpieza.
Pero esto que digo del orden se convierte en muchos en la obsesión por el cumplimiento de la ley y la observancia escrupulosa de los más pequeños detalles que al final se convierten en cosas esclavizantes. Muy cumplidores de la ley y de las consecuencias practicas que se han sacado para convertirlas en normas que establecen hasta los más mínimos detalles, pero que se convierte en algo frío y poco menos que ritual pero a lo que le falta un alma, un espíritu que anime y dé verdadero sentido a lo que hacemos. Falta humanidad, falta amor y comprensión, falta misericordia y capacidad de perdón que ayude a levantarse a los que hayan errado o cometido pecado.
Es la referencia o la respuesta que Jesús les da a aquellos quisquillosos que se estaban fijando si los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado un sábado arrancaban algunas espigas para estrujarlas en la mano y comérselas. Ese gesto ya se convirtió en un trabajo, como si fuera la siega, que no estaba permitido por la ley realizar en el sábado, día del descanso porque estaba dedicado al Señor.
Cumplidores estrictos pero sin corazón. Observantes de leyes y normas pero sin darle ternura a la vida y a las relaciones con los demás. Personas que se dicen buenas porque no faltan a ningún rito o actos religiosos, cumplidoras de ayunos y abstinencias y capaces de muchos sacrificios quizá,  allá las vemos en todas las novenas, en todas las procesiones, en todos los actos piadosos que podamos imaginar, pero luego las veremos con gesto adusto, mala cara, sin una sonrisa en los labios, sin ternura en su corazón con un trato siempre displicente hacia los demás.
‘Misericordia quiero y no sacrificios’, nos dice Jesús hoy en el evangelio. Que no nos falte nunca esa ternura en nuestro corazón; que seamos en verdad comprensivos con los demás, porque nosotros también podemos caer en los mismos fallos; dispuestos siempre al perdón y a tender la mano que levanta, que anima, que ayuda; que no nos falte nunca un corazón generoso para compartir, para amar de verdad, para sembrar ilusión y esperanza en los corazones de los demás; que la sonrisa sincera de nuestros labios despierte simpatías y alegrías para hacer que nuestra convivencia sea siempre agradable para todos y así hagamos en verdad felices a los demás.
Poniendo misericordia de verdad en nuestra vida haremos que todos seamos más felices comprendiendo, amándonos, perdonándonos y siendo siempre capaces de tener la oportunidad de comenzar de nuevo después de nuestros errores.

jueves, 14 de julio de 2016

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor

Isaías 26,7-9.12.16-19; Sal. 101; Mateo 11,28-30

‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ ¡Qué palabras más consoladoras! En la vida tenemos muchos momentos de desánimo, de desaliento, en los que los agobios de la vida nos tientan a rendirnos, nos sentimos cansados de nuestras luchas,  no vemos salida a tantos esfuerzos que nos parecen en vano. Necesitamos esa mano que se pose sobre nuestro hombro y nos diga ‘¡Ánimo! Adelante’.
Todos tenemos alguna vez esos momentos bajos y esos cansancios que no solo es lo físico, sino que son cansancios del alma porque nuestro espíritu se siente decaído. ‘El espíritu está pronto, pero la carne es débil’, les decía Jesús allá a la entrada de Getsemaní. Sí, nos parece estar prontos para todo y parece que nos queremos comer el mundo, pero cuando vienen las luchas del día a día y los problemas se acumulan, y parece que nada a nuestro alrededor nos estimula, sino que más bien vemos las cosas negras, estamos prontos, sí, pero para tirar la toalla; aparecen nuestras debilidades, nuestras flaquezas, y nos parece que no somos capaces, y no tenemos fuerzas para seguir adelante.
Vemos cómo Jesús viene a nuestro encuentro para ser ese alivio que nos haga sentir paz aunque sean muchos los agobios, esa fuerza para vencer nuestra debilidad y levantarnos de nuestras apatías, esa luz que nos ilumine y nos haga caminar con esperanza porque no todo es oscuridad y estando con El nunca nos faltará esa luz y ese sentido y valor para nuestra vida.
A Jesús, vemos en el evangelio, que acudían todo tipo de gentes con sus enfermedades, sus sufrimientos, sus dolencias; nos quedamos muchas veces aparentemente solo en las enfermedades o limitaciones físicas porque nos aparecen delante de nuestros ojos las cegueras o las invalicedes, las lepras o la carencia de alguno de los sentidos, pero cuanto se encierra en esas dolencias y sufrimientos; aislamiento y soledad, pobreza e incapacidades que angustiaban el alma, estaban detrás de esas limitaciones físicas y que hacían aumentar los sufrimientos en el interior de las personas. Estaban también las angustias y las esperanzas frustradas en tantas cosas que coartaban su libertad, que limitaban sus posibilidades desde el dominio de los poderosos o las manipulaciones de los que trataban de dominar y controlar sus aspiraciones.
A todos Jesús les dice: ‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso…’ Jesús con su presencia hace renacer las esperanzas; Jesús quiere en verdad liberar los corazones; Jesús quiere rescatar la dignidad perdida de todas las personas que merecen la mejor de las consideraciones; Jesús quiere un mundo nuevo donde nos sintamos en verdad hermanos porque todos nos queremos; Jesús viene a ser esa luz verdadera que ilumina los corazones para dar un verdadero sentido a sus vidas, a nuestras vidas.
Escuchamos en nuestro corazón también tantas veces atormentado las palabras de Jesús y que renazca nuestra esperanza. Seguir a Jesús no será para nosotros una carga pesada porque nos hace caminar por caminos de verdadera libertad que son los caminos del amor.

miércoles, 13 de julio de 2016

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Sintamos la pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y podremos sentir ese amor de Dios nos dignifica y nos engrandece

Isaías 10,5-7.13-16; Sal. 93; Mateo 11,25-27

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es la oración espontánea que surge del corazón de Cristo para dar gracias al Padre que así se está manifestando a los pequeños y a los sencillos. Solo el corazón que busca con humildad podrá encontrar a Dios. Los engreídos, los que se creen que se las saben todas, los que tienen el corazón henchido por el orgullo no podrán alcanzar el misterio de Dios.
Si estamos hablando del misterio de Dios pareciera que solo los entendidos, los que están llenos de sabiduría podrían en sus elucubraciones intelectuales podrían vislumbrar y descifrar ese misterio. Es cierto que tenemos que utilizar esa inteligencia con la que Dios nos ha creado a su semejanza y ahí entraría ese estudio que pudiéramos hacer de las cosas de Dios. Pero aun así Dios en su inmensidad nos sobrepasa y si podemos encontrarnos con ese misterio de Dios es porque Dios se nos revela, Dios se acerca a nosotros para dársenos a conocer.
Pero no intentemos buscar a Dios y tratar de comprenderlo como si fuera a imagen nuestra, porque en eso erramos tantas veces queriéndonos hacer un Dios a nuestra imagen y así nos creamos una imagen falsa de Dios, y tenemos el peligro de convertir en ídolos de nuestra vida esas mismas cosas que utilizamos aquí en la tierra. Son los que viven el politeísmo de tener muchos dioses y a cada dios, por así decirlo, le asignamos algunas de esas nuestras realidades terrenas como hacían los antiguos.
Miremos el evangelio y veamos cómo Dios se nos manifiesta en Jesús, su Hijo, pero miremos el evangelio y contemplemos quienes son los que verdaderamente abren su corazón a Dios cuando escuchan y aceptan a Jesús, cuando ponen toda su fe en El. Los que se manifiestan hambrientos de Dios en su pobreza podrán palpar ese misterio de Dios que se hace amor y viene a llenar sus vidas.
Los profetas habían anunciado que los pobres serian evangelizados, como recordaría Jesús en aquel texto proclamado en la sinagoga de Nazaret, porque a ellos, los que nada tienen, los que se sienten oprimidos y faltos de libertad, los que en su pobreza e ignorancia van como ciegos en la oscuridad de los caminos de la vida será a los que se va a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios. Para ellos será el año de gracia, en ellos se va a manifestar la misericordia de Dios que les sana y les abre sus ojos para que puedan contemplar y disfrutar de ese amor de Dios, serán que se van a llenar de la luz de Dios.
Sintamos nuestra pobreza y la oscuridad en que vivimos, dejemos a un lado nuestros orgullos y nuestros ‘saberes’, abramos nuestro corazón con humildad sintiendo quizá el peso de muchas cosas que nos llenan de amarguras y de tristezas, y podremos sentir esa presencia de Dios, ese amor de Dios que nos salva, nos dignifica y nos engrandece, nos llena de luz y de vida nueva cuando sintamos que Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida.

martes, 12 de julio de 2016

Seamos agradecidos a cuanto hemos recibido del Señor con su gracia a lo largo de nuestra vida

Seamos agradecidos a cuanto hemos recibido del Señor con su gracia a lo largo de nuestra vida

Isaías 7, 1-9; Sal. 47; Mateo 11,20-24

¿Sabremos ser agradecidos por lo que recibimos? Pudiera dar la impresión en muchas ocasiones nos creemos con derecho siempre a que los demás hagan cosas por nosotros y no sabemos valorar la gratuidad y la generosidad de los demás. Hemos de aprender a valorar lo que hacen los otros y ser agradecidos.
En la vida no solo deberíamos estar atentos a lo que recibimos de los otros y saber manifestar nuestra gratitud, sino que tendríamos que saber estar con los ojos bien abiertos para aprender de lo bueno que hacen los demás como al mismo tiempo aprovecharlo todo para nuestro enriquecimiento como personas. No podemos ser insensibles al bien y a lo bueno que hay en los demás. Sería un signo de nuestra pobreza como personas.
Descubrimos así valores en los que quizá no habíamos pensado ni caído en la cuenta, aprenderemos de la manera de actuar no para actuar miméticamente sino que nos sirva de pauta para nuestra manera de hacer las cosas. Hay tantos detalles en los que caminan a nuestro lado que podrían ser lecciones que nos abrieran los ojos en la vida. Si supiéramos aprovecharlos cuanto nos ayudarían en nuestro enriquecimiento humano, en la riqueza de valores que adornarían nuestra vida.
Esto que estamos reflexionando en un lado meramente humano que tanto nos ayudaría en nuestra convivencia podemos ahondarlo un poco mas haciendo referencia a nuestra vida espiritual en el camino de nuestra fe y de nuestra vivencia cristiana. Siendo nuestra fe una respuesta personal que cada uno damos a las maravillas del amor de Dios que se manifiesta en nuestra vida, hemos de ser conscientes que la vivencia de la fe la expresamos en medio de una comunidad y en comunión con los otros creyentes que caminan a nuestro lado.
Somos herederos de una fe que nos trasmitieron nuestros padres pero que estamos recibiendo y al mismo tiempo en el seno de la Iglesia. Ahí en Iglesia la celebramos y también la alimentamos, porque en ella celebramos los sacramentos con los que alabamos a Dios y en los que recibimos su gracia; es en la Iglesia donde recibimos el alimento de la Palabra de Dios que ilumina nuestro camino; es desde la experiencia de fe de la comunidad desde donde nos sentimos estimulados e impulsados a dar testimonio de esa fe en medio de nuestro mundo.
Y es aquí donde siguiendo la reflexión que antes nos hacíamos nos tenemos que plantear y revisar en nuestra vida cuánto hemos recibido en ese camino de nuestra vida cristiana de la Iglesia, de nuestros padres y de tantos que han sido ejemplo y estimulo para nuestro camino creyente. Ha sido una riqueza grande a lo largo de nuestra vida en la Palabra escuchada, en los sacramentos celebrados y recibidos, y en tanto que hemos compartido en el seno de nuestra comunidad cristiana.
¿Cuál ha sido nuestro aprovechamiento espiritual? ¿Cómo ha crecido nuestra espiritualidad? ¿Cuál ha sido nuestra respuesta y el fruto que hemos dado de tanta gracia recibida? Muchas preguntas tendríamos que hacernos. Hoy en el evangelio hemos escuchado la queja de Jesús por aquellas ciudades donde tanto se había prodigado con su predicación, con sus milagros, con su presencia, pero que no dan fruto, no dan respuesta. ¿Tendrá también queja de nosotros? ¿Somos agradecidos a tanta gracia que hemos recibido del Señor? Es mucho quizá lo que tendríamos que revisar.

lunes, 11 de julio de 2016

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

Proverbios 2,1-9; Sal 33;  Mateo 19,27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta muy humana que se hace Pedro y que le plantea a Jesús aunque nos pudiera parecer  por otra parte interesada desde aquello bueno que ha hecho de seguir a Jesús. Una pregunta que en el fondo todos nos hacemos cuando quizá no vemos un fruto inmediato de aquello por lo que quizá nos estamos sacrificando tanto y con una efectividad o ganancia para nosotros. Tanto que he hecho yo por esa persona y así me paga, tenemos la tentación de decir.
De qué me vale todo esto que estoy haciendo si luego sigo en las mismas y no me trae sino sacrificios y renuncias, nos planteamos quizá en alguna ocasión. Para qué todo eso que hago si luego en lugar de agradecimiento lo que encuentro son incomprensiones, malos juicios, desconfianzas porque quizá están viendo segundas intenciones en aquello que hago gratuita y generosamente.
De aquello que hacemos queremos obtener un fruto, un resultado, algo que signifique ganancia para mi vida. Podemos decir que somos interesados pero en fin de cuentas es humano querer ver el fruto de lo que hacemos. Claro que muchas veces el fruto lo queremos ver en lo material y quizá no nos damos cuenta de la riqueza interior que vamos ganando en los valores que vamos desarrollando, en la madurez que vamos alcanzando en nuestra vida, en todo eso que nos enriquece por dentro espiritualmente cuando somos generosos, cuando cumplimos con nuestro deber, cuando hacemos algo por los demás o por mejorar ese mundo en el que vivimos.
Es, repito, la pregunta que se hacia Pedro y le estaba planteando a Jesús. Un día Jesús les había invitado a seguirle y ellos lo habían dejado todo, la barca, las redes, la pesca, lo que era su trabajo y su vida para seguir a Jesús. Con El se habían ido por aquellos caminos de Galilea y de toda Palestina siguiendo al Maestro que anunciaba un mundo nuevo, el Reino de Dios que llegaba pero ellos aun no terminaban de ver las señales de esa llegada.
Algunas veces en su interior estaban aspirando a ver qué lugar iban a ocupar en ese reino nuevo porque no habían terminado de entender el sentido de ese Reino. Discutían por los primeros puestos, Santiago y Juan valiéndose de los parentescos un día le habían pedido a Jesús ocupar  el puesto de la derecha y de la izquierda, los discípulos habían reaccionado llenos de recelos, y Jesús les explicaba que la grandeza estaba en hacerse el último y el servidor de todos, pero era algo que les costaba entender.
Sin embargo Jesús les había ido anunciando también que iban a encontrar incomprensiones y persecuciones, como a El mismo le iba a suceder; anunciaría Jesús lo que significaría su subida a Jerusalén como un camino de pascua, porque iba a ser  entregado a los gentiles, incluso, y lo condenarían a muerte; es cierto que anunciaba resurrección pero ellos seguían teniendo sus dudas. ¿Y si era cierto lo que decían los saduceos que no había resurrección?
Ahora Jesús les dirá claramente ‘Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero ¿cómo habían de entender estas palabras?
Un anuncio de vida eterna, un anuncio de plenitud, una esperanza que ha de haber en el corazón, un descubrir lo que son en verdad los auténticos valores por los que luchar y hasta sacrificarse. Si en otra ocasión diría que un vaso de agua dado en su nombre no se quedaría sin recompensa, esa entrega, ese darse, esas renuncias que habían hecho en sus vidas un día se transformarían en plenitud. No nos importe hacer el bien aunque quienes estén a nuestro lado no lo entiendan; entendamos cuál es la verdadera ganancia para nuestra vida, busquemos lo que es la plenitud de la vida eterna que el Señor nos ofrece.

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.


sábado, 9 de julio de 2016

No temamos que Jesús siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua

No temamos que Jesús siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua

Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

‘No tengáis miedo…’ repetidamente nos lo dice Jesús hoy en el texto de este sábado. En contrapartida repetidamente también el saludo de Jesús es la paz; será el saludo pascual en el cenáculo cuando están todos los apóstoles reunidos, como el de Jesús resucitado en las diversas apariciones, como también veremos despedir con la paz a los enfermos o pecadores que se han encontrado con El. Igualmente hemos escuchado estos días que será el saludo con que vayan los discípulos enviados al encuentro con las gentes para el anuncio de la Buena Noticia del Reino.
‘No tengáis miedo…’ nos dice a nosotros hoy. Sí, a nosotros que también muchas veces nos vemos turbados en nuestras dudas, cuando reconocemos nuestros pecados y nos falta paz en nuestro interior porque la conciencia nos remuerde; a nosotros que vamos con cierto temor al encuentro con los demás porque no sabemos si nos van a aceptar o nos van a entender; el encuentro con el otro en cierto modo está siempre lleno de misterio porque cada persona es un mundo, cada uno tiene su manera de ser o de pensar, porque al llegar al otro en cierto modo nos vamos a introducir en su intimidad y no sabemos si seremos aceptados, nos van a abrir el corazón o tenemos cabida en el otro.
No tengáis miedo…’ nos dice porque tememos dar el paso, dar el ‘sí’ que nos va a comprometer y no sabemos a donde nos llevará; porque amar es vaciarnos de nosotros mismos y siempre queremos tener nuestras reservas para nosotros y eso es comprometido y arriesgado; porque tememos el mañana que no sabemos lo que nos deparará; porque tememos la soledad, no nos agrada quizá el vernos en boca de los otros, porque somos desconfiados y le ponemos pegas a las personas con las que nos encontramos y no llegamos a una autentica sinceridad en nuestras vidas…
Son tantos los miedos porque cada uno tenemos nuestros secretos en ese sentido y no queremos que descubran nuestra debilidad y damos largas a esa apertura de corazón que tendríamos que hacer, o damos por callada la respuesta a preguntas que nos puedan comprometer a descubrir esa nuestra intimidad tan guardada.
Y es que con Jesús a nuestro lado no nos faltará la paz; y Jesús nos habla del amor del Padre que nos cuida y nos protege en su providencia amorosa e infinita; y Jesús nos dice de esa valentía con que hemos de ir a hacer ese anuncio del Reino porque no nos faltará nunca la fuerza y la asistencia del Espíritu; y Jesús quiere que tengamos esa apertura del corazón para ir con sinceridad a los demás, para aceptarnos mutuamente y comprendernos, para que vayamos llevando siempre ese anuncio de la paz; y Jesús inunda nuestra vida para que siempre sintamos paz en el corazón y con esa paz vayamos al encuentro con los demás sin desconfianzas, sin reservas, con generosidad, repartiendo la ternura del amor.
No nos dice que el camino sea fácil, porque andamos como ovejas entre lobos y el discípulo no es más ni mayor que su maestro, y ya sabemos cual fue su camino que le llevó a la cruz. Pero sabemos que su Pascua termina siempre en vida, en resurrección, porque el amor nos llena de vida, porque el amor tiene asegurada la victoria.
No temamos que El siempre nos llenará de su paz, que es un fruto de la pascua.

viernes, 8 de julio de 2016

La sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida que son nuestras armas porque son las armas del amor

La sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida que son nuestras armas porque son las armas del amor

Oseas 14,2-10; Sal 50; Mateo 10,16-23

Ya quisiéramos que en la vida todo fuera bueno y todos fuéramos buenos también. Sabemos que el mal está también presente porque no todo es bueno y porque no todos somos buenos. Están es cierto las dificultades que la vida misma nos ofrece y que nos exige esfuerzo y superación cada día para vencer esas dificultades, para realizar nuestros trabajos, para mantener la constancia en esos deseos que tenemos de ayudar, de colaborar, de poner nuestro granito de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor cada día.
Nos cuesta. Encontramos una cierta oposición en muchas ocasiones. Muchas veces ese mal como que se nos disfraza y quiere engañarnos y seducirnos; son las tentaciones de todo tipo y que por un lado y por otro nos acechan. Por eso es necesario poner toda nuestra atención, estar prevenidos, vigilantes; tener una cierta sagacidad para descubrir esas raíces del mal que quieren embrollarnos. Pero esa sagacidad no significa que nosotros actuemos con malicia, utilizando las mismas armas del mal. Muchas veces nos vemos confundidos.
Por eso la sencillez, la autenticidad, la humildad tienen que brillar en nuestra vida; son nuestras armas porque son las armas del amor, del que ama de verdad e incondicionalmente; el que ama de verdad no actúa con malicia; el que ama de verdad, aunque esté vigilante sabe también confiar; el que ama de verdad trata de contagiar eso bueno que lleva en su corazón; el que ama de verdad no utilizará nunca las armas de la malicia, de la mentira, ni la falsedad, ni del engaño. El ama de verdad contagia de todo lo bueno que lleva en su corazón; irradia siempre paz y trata de contagiar de esa paz tanto lo que hace como a cuantos le rodean.
Son las semillas buenas que hemos de ir sembrando en nuestro mundo, tratando de cultivar bien esa tierra que está en nuestras manos para irlo transformando desde lo más hondo; porque nos encontremos el mal no lo damos todo por perdido, sino que siempre tenemos la esperanza de la transformación de los corazones. Por eso nuestras posturas no pueden ser las de la condena, sino las de la comprensión; nunca podemos responder con violencia a la violencia que nos puedan hacer, sino que siempre irá por delante la humildad, la sencillez, la capacidad de perdón,  la ternura y el amor. Son las semillas que nosotros hemos de sembrar.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús previene a los discípulos que envía al mundo con la misión de anunciar la buena nueva del Reino de Dios, diciéndoles que los envía como ovejas en medio de lobos; nos habla de sagacidad, pero nos habla también de sencillez. Es en lo que hemos venido reflexionando.
¿Seremos capaces de contagiar a nuestro mundo de esos valores del Reino de Dios? Tenemos nosotros que empaparnos bien de ello, para que resuma de nosotros toda esa bondad que contagie a los demás. 

jueves, 7 de julio de 2016

Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor

Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor

Oseas 11,1-4.8c-9; Sal 79; Mateo 10,7-15

‘Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca’. Es el encargo que Jesús les encomienda a aquellos a los que había llamado y elegido y que ahora envía por el mundo para anunciar esa Buena Noticia. ‘El Reino de los cielos… el Reino de Dios está cerca’. ¿Qué viene a significar ese anuncio? ¿Por qué ese anuncio es Buena Noticia, Evangelio, que hemos de creer?
¿No es una buena noticia que nos anuncien y nos digan que nos aman y nos quieren? Pensemos, por ejemplo, en una persona que se siente sola y abandonada, con muchas carencias en su vida y que no es tenida en cuenta por los demás, que la gente pasa a su lado y nadie se fija o se quiere fijar en ella; pensemos en alguien que se acerca a esa persona, se preocupa por ella, la atiende en sus necesidades, busca salida a sus problemas, trata de despertar una nueva ilusión en su vida, a través de muchos gestos y acciones y también a través de su cercanía y sus palabras le está manifestando que la quiere, que la aprecia, que quiere lo mejor para ella, ¿no será una buena noticia, una alegría inmensa la que esa persona está recibiendo?
Decirnos que el Reino de Dios está cerca es anunciarnos esa cercanía de Dios, es decirnos que Dios nos ama y que nosotros somos importantes para El, es un comunicarnos de alguna manera que nuestra vida tiene un sentido y tiene un valor, y que a pesar de todas las negruras que podamos tener en la vida y envuelvan a nuestro mundo para nosotros hay una luz, para nosotros y para nuestro mundo hay una esperanza de algo nuevo y mejor. Sí, anunciarnos la cercanía del Reino de Dios, es anunciarnos la cercanía de Dios, es anunciarnos que Dios nos ama y eso se va a manifestar de muchas maneras para ser un hombre nuevo y para poder tener un mundo mejor.
 Y este anuncio para nosotros es un regalo del amor de Dios. Por eso nos dirá Jesús que lo que gratis hemos recibido, gratis hemos de darlo también. Esta hermosa noticia del amor y de la cercanía de Dios no nos la podemos guardar para nosotros. Por eso Jesús nos envía a que también la comuniquemos a los demás. Por esto tenemos que ir llevando el anuncio de la paz; por eso tenemos que ir en verdad haciendo que nuestro mundo sea mejor porque seamos capaces de mitigar todo dolor y todo sufrimiento, porque hemos de ser capaces de ir sembrando esperanza en cuantos nos rodean y se ven envueltos también en tantas negruras y tristezas; por eso tenemos que ir curando tantos corazones rotos; por eso vamos a compartir todo lo que somos para que los demás no sufran.
Es la misión que Jesús nos confía; es el anuncio que hemos de hacer. Con nuestros gestos, con nuestro amor, con nuestro corazón lleno de paz que trata de compartir con los demás estamos diciéndole a los demás que Dios nos ama, que Dios está cerca de nosotros porque esta a nuestro lado, porque quiere estar también en nuestro corazón.
Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca, que Dios está cerca de nosotros y está manifestándonos continuamente su amor. Que seamos capaces de abrir los ojos para descubrir tantas señales de ese amor de Dios.