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sábado, 23 de junio de 2012


El amor providente de Dios hace que podamos vivir cada día en paz
2Crón. 24, 17-25; Sal. Sal. 88; Mt. 6, 24-34

En la vida en muchas ocasiones pretendemos, como suele decirse, nadar entre dos aguas; no tomamos partido claramente por algo y no es necesariamente porque no sepamos siempre lo que tenemos que hacer, sino por indecisión, por cobardía y podríamos decir que hasta en ocasiones por maldad, porque pretendemos aprovecharnos de un lado y de otro, arrimando el ascua a nuestra sardina según nos convenga. 
Claro que un corazón así anda dividido y hasta en el plano psicológico y de madurez humana una persona así deja mucho que desear. Pero esa inmadurez, indecisión, cobardía y maldad, se manifiesta muchas veces en nuestro ser de cristianos no siendo consecuentes con nuestra fe y los principios que de ella se derivan para nuestro vivir. Lo malo sería que hasta nos creyéramos que hacemos bien y que somos más listos o sagaces que los demás. Ya nos dice Jesús en una ocasión que los hijos de este mundo son más sagaces que los hijos de la luz. 

De entrada hoy en las palabras de Jesús está la radicalidad de lo que significa ser cristiano y seguir su camino. Esa postura de nadar entre dos aguas está bien lejana de lo que sería el espíritu del evangelio y el sentido cristiano. ‘Nadie puede estar al servicio de dos amos’, nos dice Jesús. Y apunta claramente a un tema concreto siguiendo con la postura de desprendimiento y de confianza en Dios de la que nos venía hablando. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’. Recordemos que nos había dicho que donde estuviera nuestro tesoro estaría nuestro corazón. 

Y es que si Dios es el único Señor de nuestra vida en El hemos de poner toda nuestra confianza y nuestra vida ha de estar en sus manos. No podemos pretender buscar otros apoyos y otras seguridades, porque nuestro apoyo total hemos de ponerlo en Dios. Nos está invitando Jesús a poner nuestra confianza en la providencia de Dios que es un Padre amoroso que nos ama y cuida de nosotros. 

La confianza que ponemos en Dios y en su providencia no nos exime del cumplimiento de nuestras responsabilidades, del trabajo de cada día y de la búsqueda del bien, de lo bueno, de la justicia. Poner la confianza en Dios no significa estar esperando el milagro fácil que me resuelva los problemas sin que yo haga nada. Es confiar en el Señor y confiar en la fuerza que El nos da; es confiar en el Señor para dejarme iluminar por su luz y sentir el impulso y la inspiración del Espíritu en cada momento de mi vida para saber cómo he de actuar, confiando que es el Padre bueno que no me abandona y no me dejará sin su gracia que me auxilia en todo momento. 

Decimos que confiar en Dios no es estar esperando ese milagro fácil que todo me lo resuelva, pero sí descubrir el milagro de la vida de cada día que Dios me da, que hace salir el sol para todos y nos va regalando con tantas cosas hermosas que de la naturaleza podemos recibir y aprovechar. Cuantos milagros de amor Dios va realizando continuamente en los pasos de mi vida; lo que necesito es tener esos ojos de fe para descubrir en todo eso que acontece en mi vida o alrededor la mano amorosa de Dios que ahí se nos manifiesta. 

Por eso la vida no la podemos vivir como un agobio, aunque tengamos que vivirla con seria responsabilidad. Sepamos vivir la vida de cada día con intensidad y aprovechemos cuanto de bueno en ella encontramos. Por tres veces hoy nos dice Jesús que no nos agobiemos. ‘A cada día le bastan sus disgustos’, nos termina diciendo Jesús. 

La fe que ponemos en el Señor, la confianza que tenemos en su providencia tiene que hacernos vivir en paz y serenidad cada momento de la vida, aunque algunas veces haya momentos que no sean fáciles. Pero Dios, Padre bueno, está ahí a nuestro lado. Cuida de los pájaros del cielo, de las flores del campo, ¿cómo no va a cuidar de nosotros a quienes ha querido hacernos sus hijos y a los que tanto ama?

El amor providente de Dios hará que cada día lo podamos vivir en paz.

viernes, 22 de junio de 2012


Los tesoros que no se corroen y que tienen trascendencia de vida eterna
2Reyes, 11, 1-4.9-18.20; Sal. 131; Mt. 6, 19-23

Escucharemos, más adelante, en una de las parábolas que Jesús compara al reino de los cielos con el letrado que es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo según conviene. 

Contemplar a Jesús, como lo vemos en el evangelio, sentado en medio de sus discípulos y aquella multitud que había venido de todas partes allá en el monte, enseñando y con su palabra ir repasando cada una de las situaciones de la vida donde El quiere darnos luz, es como ese letrado, como ese padre de familia que va enseñando pacientemente fijándose ahora en un aspecto, después en otro pero dejándonos como sentencias, principios de vida y de luz para las diversas situaciones de nuestra vida.

Nos ha hablado de las actitudes nuevas con que hemos de relacionarnos con los demás, hablándonos del amor del perdón; nos ha hablado de la autenticidad de la que hemos de rodear nuestra vida alejándonos de toda apariencia y vanidad; nos ha hablado de cuál ha de ser la manera de relacionarnos con el Señor, enseñándonos la mejor oración; ahora nos habla de los tesoros de nuestro corazón, pero de las ataduras y esclavitudes que hemos de evitar cuando convertirnos lo material en dios de nuestra vida.

¿Cuál es el verdadero tesoro de nuestra vida? Hablar de tesoros es hablar de cosas valiosas, pero fácilmente nos quedamos pensando en riquezas materiales porque la plata y el oro relumbran demasiado fuerte delante de nuestros ojos. Y que esto no era sólo en los tiempos de Jesús, sino que ahora seguimos teniendo las mismas tentaciones y peligros. Y esos brillos dorados hacen que fácilmente apeguemos nuestro corazón a ellos. Decimos que no, que a nosotros no nos pasa eso, pero seamos sinceros con nosotros mismos y analicemos de cuántas cosas materiales nos rodeamos de las que no queremos desprendernos, que nos parecería que si no las tuviéramos no seríamos felices de verdad.

‘Donde está tu tesoro, allí está tu corazón’, terminará diciéndonos Jesús. Por eso nos invita Jesús a mirar a lo alto, a no quedarnos en las cosas de ras de tierra; nos invita a levantar nuestros ojos para poner verdaderos ideales en nuestra vida, para que busquemos no las cosas caducas sino las que permanecerán para siempre; nos invita Jesús a guardar nuestro tesoro en el cielo donde no se pierden, ni se estropean, ni tienen el peligro de ser robadas. 

‘Amontonad tesoros en el cielo…’ nos dice. Llenemos nuestra vida de las cosas que nos hacen verdaderamente grandes; pongamos verdaderos valores por los que nos guiemos y con los que sepamos actuar en nuestra relación con los demás, en nuestra convivencia diaria, en todo lo que bueno que podamos hacer a los otros. 

Piensa por ejemplo que una cosa buena que hagas al otro, un detalle de acogida al otro, un servicio que le hayas prestado no va a ser olvidado. Y aunque humanamente seamos desagradecidos y podamos olvidar lo bueno que nos hayan hecho los otros, eso quedará ahí como un tesoro bien guardado que tendrá una trascendencia grande para tu vida, y para tu vida eterna. 

No nos va a preguntar el Señor al final de nuestra vida cuantos coches o cuantas casas teníamos, o con cuanta joyas nos adornamos, pero si nos va a preguntar, o mejor, El lo va a recordar - cuantas veces compartiste tu pan con el hambriento, cuantas veces acogiste al hermano que sufría a tu lado, o cuantas cosas buenas hiciste por el otro, cuando supiste ser compresivo y con generosidad perdonaste, - porque Jesús nos dirá que todo eso se lo hicimos a El. 

Esas obras de amor, esas cosas buenas que vamos haciendo en la vida, ese amor que vamos repartiendo, esa alegría y esa paz que vamos suscitando en los que sufren a nuestro lado serán ese tesoro bien guardado que nadie nos podrá arrebatar y nos abrirá las puertas del Reino de Dios por toda la eternidad.
Amontonemos tesoros en el cielo que enriquecerán de verdad nuestro corazón.

jueves, 21 de junio de 2012


Cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor
Eclesiástico, 48, 1-15; Sal. 96; Mt. 6, 7-15
‘Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis’. 
Así ha comenzado Jesús a hablarnos de cómo ha de ser la oración de su discípulo. Realmente en versículos anteriores ya nos habla de la interioridad de nuestra oración, alejando de nosotros actitudes de apariencia y vanagloria. Hoy va a dejarnos un modelo de oración. Un modelo de oración en el que tenemos mucho que reflexionar y meditar, porque aún a los cristianos nos sigue pasando lo que ya anteriormente nos señala Jesús que hemos de evitar, las muchas palabras, las muchas repeticiones.
San Cipriano en su tratado sobre el padrenuestro – estos días los que hacemos la liturgia de las horas tenemos sus textos en el oficio de lectura – ya nos señala en su comienzo en lo primero que hemos de tener en cuenta cuando nos disponemos a la oración. ‘Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego, nos dice. Pensemos que estamos en la presencia de Dios’. Es la primera predisposición para que cuando vamos a invocar al Señor y llamarlo Padre, seamos en verdad conscientes de su presencia que nos llena y que nos invade totalmente, que nos hace rebosar de su Espíritu en nuestro espíritu.
‘¡Cuán importantes y cuán grandes son los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en la eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones…’ Nos dice más adelante san Cipriano. Hermosura y belleza de la oración. Sabiduría que nos ayuda a conocer a Dios porque nos acerca a Dios, nos llena de Dios.
Por eso nos dice a continuación ‘cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si El no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que, pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que El se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre’.
Qué hermoso si consideráramos bien todo esto cuando nos disponemos a rezar con la oración que Jesús nos enseñó. Seguro que la interiorizaríamos mucho más y no la rezaríamos nunca de una forma superficial. Es una oración para saborear. Y cuando saboreamos una cosa no nos la comemos así a la carrera sino que nos detenemos tomándole bien su sabor, deleitándonos en la riqueza de sus sabores. Así tenemos que deleitarnos en el espíritu cuando rezamos el padrenuestro.
Mucho tendríamos que meditar y reflexionar todo esto. Rezar la oración que Jesús nos enseñó, orar a la manera como Jesús nos enseñó nos compromete muy fuertemente. Porque no es decir palabras; hay que comenzar por sentir siempre la presencia del Señor y caer bien en la cuenta de que estamos hablando con Dios, y que además a través de esas mismas palabras allá en nuestro interior nos está hablando también a nosotros. 
Por eso hemos de estar atentos a su voz, para que haya en verdad ese diálogo de amor que tiene que ser siempre nuestra oración con el Señor. No vamos simplemente a despachar con El, como quien va ante alguien poderoso al que le vamos a presentar una lista de peticiones; vamos a encontrarnos con el Dios que nos ama porque es nuestro Padre y vamos a disfrutar de su presencia, aunque muchas veces hasta nos quedemos en silencio ante El.
Muchas más cosas podríamos entresacar de las enseñanzas de san Cipriano sobre la oración del padrenuestro; ya tendremos ocasión de recoger más cosas de sus enseñanzas para que en verdad vayamos creciendo en nuestra oración, en nuestro conocimiento de Dios y en nuestra espiritualidad, que bien que lo necesitamos.

miércoles, 20 de junio de 2012


Tu Padre que ve en lo escondido te recompensará
2Reyes, 2, 1.6-14; Sal. 30; Mt. 6, 1-6.16-18
‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres… tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará… tu Padre, que está en lo escondido… que ve en lo escondido, te recompensará’. 
¿Qué buscamos? ¿nuestra gloria o la gloria de Dios? Mira cómo somos los hombres que nos dejamos consentir por la vanidad; halagos, reconocimientos, alabanzas humanas, orlas y títulos… cuánto nos halagan, cómo hacen resurgir la vanidad en el corazón, cómo se nos cae la baba, por decirlo de una forma vulgar. 
Es cierto que necesitamos estímulos humanos y una palabra dicha a tiempo quizá nos estimule en nuestro esfuerzo por el crecimiento personal y para el desarrollo de todas nuestras cualidades y valores. Pero no puede ser lo única, la única razón por la que hagamos el bien o desarrollemos todas nuestras capacidades en bien de los demás, en bien de esa sociedad en la que vivimos y a la que todos hemos de contribuir para mejorar cada día más, en bien de esa comunidad de la que participamos y que entre todos hemos de hacer crecer. Pero no son las glorias humanas las que hemos de buscar. 
Jesús nos habla en el evangelio hoy haciendo referencia a un conjunto de acciones en el orden de la religión y de nuestra relación con Dios como puede ser la oración, el ayuno y la limosna. Quiere salir Jesús al paso de unas actitudes que se ven habitualmente en algunos sectores de la sociedad judía, como podía ser el grupo de los fariseos que eran cumplidores estrictos de lo que mandaba la ley de Moisés, pero que hacían alarde delante de los demás de sus cumplimientos, desvalorizando todo lo bueno que podrían realizar.
La tentación entonces como la tentación hoy de la ostentación, de la vanagloria y de la vanidad. Oraban delante de todos para que todos los vieran, hacían ruidos con sus monedas cuando las echaban al cepillo de tal manera que sonaban como campanillas que llamaba a la gente, para que vieran que eran generosos; ponían cara de circunstancias cuando ayunaban para que dijeran de ellos lo bueno que eran y la gente se deshiciera en alabanzas hacia ellos. Pero no son las actitudes buenas. 
De ahí las recomendaciones del Señor. De nada nos vale la ostentación externa, si en el interior no llevamos nada, porque hacemos las cosas solo por aparentar. Hazlo en lo escondido, en lo secreto sin que nadie se entere, porque lo importante es el culto y la gloria que des al Señor, lo que seas capaz de compartir generosamente con los demás o el sacrificio que puedas ofrecer a Dios siempre para su gloria.
En otro momento del evangelio Jesús nos dirá que las gentes vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo; pero lo importante es que el ejemplo que nosotros podamos dar no es buscando nuestra gloria sino que todos lleguen a dar de verdad gloria a nuestro Padre celestial. Porque tenemos que iluminar no para nuestra gloria sino para la gloria de Dios; mostramos las cosas buenas que hagamos para que los demás se sientan estimulados a realizar esas buenas obras dando gloria al Señor. 
Y damos gracias a Dios porque el Señor nos haya dado un corazón grande capaz de hacer muchas obras buenas. Reconocemos así la acción de Dios en nosotros, como hijo María cuando el ángel vino a ella y cuando entonó el cántico del Magnificat. ‘El Señor ha hecho en mí obras grandes…’ el Señor a través de mi vida, pobre, pequeña, sencilla, humilde quiere seguir haciendo obras grandes para su gloria, y para que todos reconozcan las maravillas que hace el Señor y que se vale de nuestra pequeñez. Pero sepamos también nosotros reconocer las maravillas que el Señor hace en los demás y a través de los demás, reconociendo sus obras buenas y estimulando con nuestras palabras y nuestras buenas actitudes que todos sean capaces de poner en servicio todos sus valores y cualidades.
¡Bendito sea el nombre del Señor! Sabemos que el premio lo tenemos en el Señor. Pero nosotros lo hacemos por el amor del Señor, para la gloria del Señor. 

martes, 19 de junio de 2012


Una motivación grande para nuestro amor a todos, somos hijos del Padre del cielo
1Reyes, 21, 17-29; Sal. 50; Mt. 5, 43-48
‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo… por tanto sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…’
Es necesario tener motivaciones profundas para poder vivir con intensidad. No se trata simplemente de cumplir porque haya que cumplir o porque esté mandado, sino encontrar esa razón profunda que vamos a descubrir en el amor que el Señor nos tiene. Sentirnos hijos amados de Dios puede ser, tiene que ser esa motivación profunda para vivir nosotros en el amor; amor no solo con el que respondemos a Dios amándole sobre todas las cosas, sino amor que hemos de tener a todos tal como nos pide Jesús.
Hoy nos habla Jesús del amor que hemos de tener incluso a aquellos que podríamos considerar nuestros enemigos; amor que nos llevaría a hacerles el bien y hasta a rezar por ellos. ¿Cómo no lo vamos a hacer si nosotros nos sentimos amados profundamente por Dios del que nos consideramos sus hijos? Y es que nos dice Jesús que cuando lleguemos a amar a los que nos hayan hecho mal, haciéndoles el bien y rezando por ellos, estaremos comportándonos como verdaderos hijos de Dios., ‘Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo’. 
Nosotros nos hacemos nuestras distinciones y decimos unos son buenos, otros son malos; nos parece que con los buenos sería justo que nosotros fuéramos buenos. Pero nos dice Jesús, es que ‘Dios Padre hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’. Es que Dios nos ama a todos a pesar de que seamos malos e injustos; y nos protege, y nos ayuda, y nos da continuamente su gracia. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana a Dios?
Y además nos dice que si amamos sólo a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Y, como hemos repetido mucho estos días, en algo tenemos que diferenciarnos nosotros. Y el amor es nuestro distintivo; un amor a todos, que es capaz de perdonar, de hacer el bien a quien te haya hecho mal y hasta de rezar por aquellos que nos hayan hecho mal.
Muchas veces lo hemos reflexionado. Es algo que cuesta mucho esto que nos está pidiendo Jesús, perdonar, hacer el bien a quien te haya hecho mal. Y además nos dice: ‘rezad por los que os persiguen y calumnian’. Cuando seamos capaces de rezar por esas personas estarás dando un paso muy importante para amar a esas personas. Eso mostrará la generosidad de tu corazón, la verdadera grandeza que hay dentro de ti. Rezo por el otro simplemente poniéndolo en las manos del Señor, sintiendo esa generosidad del amor en mi corazón y yo me sentiré más en paz conmigo mismo.
Y es como recordábamos al principio, la meta que Jesús nos propone es bien alta, bien grande, porque se trata de querer parecernos a Dios. Es con el amor de Dios con el que queremos amar. Es mirando hacia arriba porque queremos levantarnos de nuestros raquitismos y miserias como queremos superarnos, crecer espiritualmente. Por eso nos dice Jesús: ‘por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. ¿Una meta imposible de alcanzar? Es el camino de santidad que un cristiano quiere recorrer. 
Lo podremos realizar porque contamos con la gracia del Señor, con su ayuda, con su presencia. A sentir su presencia y a llenarnos de su gracia venimos cada día a la Eucaristía; a dejarnos iluminar por su Palabra que es la que nos va trazando metas, nos va descubriendo todo el misterio de Dios, nos va haciendo conocer sus caminos. Por eso oramos con insistencia, con humildad y con confianza, comemos a Cristo en la Eucaristía para así llenarnos de su vida y de su gracia. Quien come a Cristo en la Eucaristía no puede menos que aspirar a esa santidad que Jesús nos propone como meta; quien come a Cristo en la Eucaristía está llenándose de su amor para amar con ese amor a los demás.  

lunes, 18 de junio de 2012


Qué hermosa vestidura para nuestra vida es la mansedumbre, la paciencia, la humildad
1Reyes, 21, 1-6; Sal. 5; Mt. 5, 38-42
Si hacemos como hacen todos ¿qué mérito tenemos? ¿en que nos diferenciamos entonces por ser cristianos? Creo que este pensamiento es bueno que nos lo repitamos, porque tenemos la tendencia a decir que hacemos como todos. Nos lo hemos repetido en estos últimos días en la escucha del Evangelio. Y ser cristiano no es ser como todos,  no es hacer como todos. Ser cristiano implica una aceptación de Jesús, de su mensaje, de su evangelio, de la vida nueva que Cristo quiere ofrecernos. Es bueno que  nos lo repitamos.
Lo que nos está planteando hoy el evangelio tiene sus exigencias. Y es que no podemos responder con las mismas actitudes y posturas que actúan los demás cuando nos decimos seguidores de Jesús y nos decimos que hemos optado por el camino del amor, por el estilo del amor cuando nos decimos seguidores de Jesús. 
Quien ama de verdad y se ha puesto como meta e ideal de su vida un amor como el de Jesús – así tiene que ser siempre el amor del cristiano – habrá desterrado de su vida toda violencia y todo sentimiento de venganza; la respuesta que el cristiano tiene que dar siempre es la respuesta del amor. Quien ama, comprende, acepta, perdona, ayuda generosamente, comparte sin medida, hace siempre el bien como verdadera meta e ideal de su vida.
De eso nos habla Jesús en el evangelio. Estamos estos días escuchando el llamado sermón del monte, que viene a ser en el evangelio de mateo todo un compendio de lo que es la ley del amor, el estilo y manera de vivir de quien se dice seguidor de Jesús. 
Cita Jesús la llamada ley del talión – ‘ojo por ojo y diente por diente’ – que ya en cierto modo era un avance y un poner límites a la venganza que pueda surgir en el corazón del hombre cuando le hacen mal; según la ley del talión no podrá excederse en su respuesta a lo que le hayan hecho, por eso dice ‘ojo por ojo y diente por diente’. 
Pero el planteamiento de Jesús va más allá de lo que pudiera considerarse una ley de justicia humana, porque el planteamiento de Jesús va por los caminos del amor; y en ese camino no cabe nunca la venganza. Por eso al mal que me puedan hacer siempre he de responder con el bien. Muy plásticamente nos lo dice Jesús con aquello de ‘si uno te obefetea en la mejilla, preséntale la otra’. 
Nos quedamos muchas veces en las palabras y parece que tendríamos que dejarnos pegar cuando nos hacen daño; lo que realmente nos está diciendo Jesús es que nuestra respuesta ha de ser la del amor, nunca la de la violencia. No nos podemos poner en el mismo nivel de odio y de violencia de quien nos pueda herir o hacer daño. Esa es la paradoja del cristiano que nos obliga a hacer el bien a quien nos haya podido hacer el mal.
Eso tiene una práctica muy concreta y real en el día a día de nuestra convivencia, donde nunca nos queremos quedar por debajo y pareciera que nuestro grito tiene que estar por encima del grito de los demás. ¡Qué hermosa es la mansedumbre, la paciencia, la humildad en nuestras respuestas, en nuestras actitudes, en nuestras palabras! Si supiéramos actuar así, cuánta paz sentiríamos en nuestro corazón y cuanta más reflejaríamos en la convivencia del día a día.
 Vayamos a Jesús que es manso y humilde de corazón, en El encontraremos nuestro descanso, nuestra fuerza, nuestra vida. Pidámosle al Señor que nos dé ese espíritu de humildad, que es un hermoso camino de amor. Actuando así seremos generosos en nuestro corazón, aprenderemos a compartir, seremos capaces de ayudar aunque no nos lo pidan; actuando así estaríamos sembrando hermosas semillas del Reino de los cielos. Son semillas que siempre darán hermosos frutos. Serán pequeños gestos, humildes acciones las que realizamos, pero estaremos alcanzando la grandeza del Reino de los cielos.

domingo, 17 de junio de 2012


Una pequeña semilla sembrada que germina, crece y da frutos

Retomamos los domingos del tiempo Ordinario, porque después de Pentecostés hemos celebrado el domingo de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, aunque el próximo tendremos la solemnidad de san Juan Bautista.
Vivimos en un mundo de eficacia al momento, en el que queremos de forma inmediata la solución de los problemas o el cumplimiento de nuestros deseos, y un poco nos vamos habituando a la espectacularidad de los avances de la ciencia, la rapidez de los acontecimientos o la instantaneidad de las comunicaciones con los medios modernos y los avances de la ciencia. Hemos hecho un mundo de prisas y en el fondo de carreras. 
Pudiera parecernos como un contrasentido, o nos puede resultar extraño, el mensaje que en este domingo recibimos. Nos habla de cosas pequeñas, de cosas que pudieran parecernos insignificantes y de una cierta como lentitud y humildad en lo que sucede. Nos habla de una pequeña semilla, tan pequeña como el grano de mostaza, o de cualquier otra semilla que se oculta en la tierra y a la que hay que dar tiempo para que pueda dar fruto; nos habla de una pequeña ramita cogida de un alto cedro pero que aparentemente parece que se seca y muere. Aunque todas esas pequeñas cosas darán pie luego a algo importante.
Y Jesús en el evangelio nos dice que así es el Reino de Dios, pequeño e insignificante a los ojos del mundo, pero de una fuerza de vida capaz de transformar los corazones y cambiar nuestra vida y también, ¿por qué no?, transformar nuestro mundo.
La transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros y en nuestro mundo no es fruto de una revolución violenta e instantánea. Es cierto que el Señor nos pide una transformación radical de nuestra vida pero la gracia actúa en nosotros moviendo nuestro corazón y ayudándonos a dar esos pasos de transformación de nuestra vida, siguiendo el ritmo de Dios que respeta también nuestro ritmo personal. Será así, en ese camino de Dios, camino muchas veces humilde, callado y sencillo, donde vayamos realizando también esa transformación de nuestro mundo desde los valores del evangelio.
Habla de la semilla sembrada y que germina y va creciendo poco a poco, a su paso, para llegar finalmente a dar sus frutos. Así la gracia de Dios va llegando a nuestra vida por distintos caminos, desde pequeñas cosas quizá, en la Palabra que escuchamos, en la oración que hacemos al Señor, en algo que nos hace reflexionar desde una palabra buena que nos dicen, en los acontecimientos que nos van hablando y van siendo en nuestra vida señales de Dios que nos llama y nos va manifestando su amor. Y a ello vamos dando respuesta en el día a día de nuestro caminar con nuestra fe, con nuestras obras de amor, con nuestro compromiso apostólico y social, con ese crecimiento espiritual que hemos de ir realizando. 
La acción de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo muchas veces es una acción callada, que se realiza en el silencio, pero ahí está ese actuar de Dios. Pero también está la responsabilidad de nuestra respuesta a esa gracia que el Señor nos da. Pero está también en que nosotros hemos de ser signos, señales para el mundo que nos rodea, tenemos que ser semillas que se vayan sembrando en nuestro mundo para ir haciendo esa transformación desde el sentido del Evangelio. 
Ya nos gustaría lograr de una vez esa transformación de nuestra sociedad, porque realmente tenemos en nosotros una luz, una fuerza, una vida que puede hacer que nuestro mundo sea mejor. Nos duele la lentitud en muchas ocasiones de la respuesta. De ahí la responsabilidad que tenemos. Pero hemos de tener la constancia necesaria para seguir haciendo ese anuncio, sembrar esa semilla con nuestra palabra y con nuestra vida; hemos de saber tener la paciencia y la esperanza de que esa transformación se pueda ir realizando. No es tarea que hacemos solos, sino que es acción de la gracia de Dios.
Podríamos recordar lo que se nos dice en otro lugar del evangelio con otras parábolas cuando se nos habla de la levadura en la masa. El evangelio es levadura para nuestro mundo, es levadura que tiene que transformar nuestro mundo. Y la levadura se diluye en medio de la masa de manera que incluso no se ve. Nosotros también tenemos una palabra que decir para bien de nuestra sociedad, aunque algunos no nos quieran escuchar. Pero eso no nos ha de hacer callar, ni mucho menos. 
Ahí tenemos que estar como ese pequeño grano, esa pequeña semilla que se siembra y que ha de ir dando fruto. Tengamos esperanza, tengamos confianza en la fuerza de la gracia de Dios. El Señor es el primer empeñado en que la luz del evangelio ilumine nuestro mundo y El nos dará su gracia, estará con nosotros. Somos sus manos y sus pies que hemos de ir repartiendo ese amor que transformará nuestro mundo. 
Bueno es que sepamos reconocer también la obra que calladamente hacen tantos cristianos, que está realizando la Iglesia. Y aunque nos parezca que no, o algunos no lo quieren reconocer, aunque sea una obra que no haga ruido sino en silencio, ahí está la obra de la Iglesia, como esa planta que ha crecido hasta hacerse grande como para que las aves del cielo vengan a ella a cobijarse y a poner sus nidos, como nos dice la parábola. 
Pensemos en estos momentos difíciles cuánta esperanza se siembra en nuestro a través de esa obra humanitaria y de justicia de dar de comer al hambriento como se realiza de tantas maneras a través de nuestras Cáritas parroquiales y de tantas personas que con generosidad se dan, comparten sus bienes, dedican su tiempo, se sacrifican por ayudar a los demás. 
Por mi mente está pasando el listado de tantas personas que conozco con sus nombres y que en muchos sitios, en muchas parroquias, en muchas Cáritas, en muchas instituciones están trabajando con ilusión, con ganas, con gran esfuerzo, con esperanza para hacer el bien. Es esa labor callada y silenciosa desde los pequeños detalles, como nos dice hoy el evangelio, que están haciendo presente el evangelio en nuestro mundo y que son semilla de su transformación. No serán cosas espectaculares como quizá nos gustaría, pero es la pequeña y fructuosa semilla que a su tiempo dará su fruto. El que haya personas así ya es fruto de esa semilla plantada. Son semillas de evangelio vivo.
Que seamos capaces de comprender y valorar esas cosas pequeñas que con la gracia de Dios no solo transforman nuestros corazones sino que van también transformando nuestro mundo. No perdamos la esperanza. Vivamos nuestro compromiso por el Reino de Dios.

sábado, 16 de junio de 2012


El Corazón de María, Santuario del Espíritu Santo y fuente de espiritualidad

Si ayer contemplábamos y celebrábamos al Sagrado Corazón de Jesús, hoy la liturgia nos invita a celebrar al Corazón Inmaculado de María. Una vez más nos acercamos a María y contemplamos a la llena de gracia que tanto nos enseña para que sigamos el camino de su Hijo Jesús; contemplándola a Ella contemplamos el más hermoso reflejo de lo que ha de ser nuestra respuesta al amor que Dios nos tiene y de la santidad que por el amor ha de brillar también en nuestra vida, modelo y ejemplo de nuestra espiritualidad.
Cuando decimos de una persona que es de buen corazón, que tiene un hermoso corazón estamos hablando de su madurez humana pero también de su rectitud y generosidad, de su capacidad de amar, de la riqueza interior de esa persona y, podríamos decir, de la madurez con que afronta la vida con sus dificultades y problemas, siendo capaz incluso de desgastarse en su generosidad en bien de los demás olvidándose incluso de sí misma.
Esto y mucho más podemos contemplar en María; esto y mucho más es la lección que aprendemos de María contemplando su Inmaculado Corazón, como hoy la liturgia nos señala. María, la llena de gracia, la inundada del Espíritu de Dios que hizo rebosar su corazón en tan bellas virtudes y actitudes de amor y de generosidad. 
Mansión del Verbo de Dios y Santuario del Espíritu Santo, la llama la liturgia de la Iglesia en algunos de los textos de esta celebración. En ella moró Dios como no lo hizo en ninguna otra criatura porque llena del Espíritu Santo, fecundada por la sombra del Espíritu Santo llevó en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba y se hacía hombre. Si nosotros, en virtud de nuestro Bautismo, hemos sido hechos templos del Espíritu, qué no decir de María que así se llenó del Espíritu Santo para así concebir por su obra y gracia al Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.
Corazón inmaculado decimos en esta fiesta de María y con toda razón lo podemos decir porque en ella no hubo ninguna mancha ni pecado, porque por una parte fue preservada en virtud de los méritos de su Hijo hasta de la mancha del pecado original – Inmaculada en su Concepción, la llamamos – pero esa misma santidad vivió a lo largo de toda su vida. 
En un prefacio para esta fiesta se dice que Dios dio a la Virgen María ‘un corazón sabio y dócil, dispuesto siempre a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de tu Hijo’. Son las maravillas que en Ella Dios quiso realizar por las que ella canta agradecida al Señor en el Magnificat.
María, llena de la sabiduría de Dios, porque ella llegó a saborear y vivir, como decíamos ayer con san Pablo en la fiesta del Corazón de Jesús, lo que trasciende toda filosofía y todo saber humano, como es el amor cristiano. Ella la rebosante de amor, siempre dispuesta a servir, siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para que en él cupiesen todos los hijos que Jesús desde la cruz le confió.
María, que supo ir guardando en su corazón cuanto el Señor le decía o le pedía, para descubrir siempre la acción de Dios; así supo reconocer las maravillas que Dios obraba en ella y supo cantar a Dios con un corazón agradecido. Merecerá la alabanza de Jesús – porque fue alabanza para ella – porque supo escuchar y plantar en su corazón la Palabra de Dios para hacerla vida.
María es la mujer humilde y dócil a Dios que con fidelidad dice Sí a Dios en cuanto Dios le pide, aunque se sienta la pequeña, la humilde esclava del Señor; es el Sí de la anunciación para que se cumpliera en ella la Palabra que Dios le dirigía, pero fue el Sí que la mantuvo firme y llena de esperanza también en la pasión de su Hijo aunque una espada de dolor atravesara su corazón; es la mujer del corazón firme y siempre dispuesto a soportar con fortaleza el dolor y las pruebas duras y difíciles de entender como fuera la propia muerte de Jesús; por eso María es para nosotros modelo de fidelidad y modelo de esperanza.
Cuánta riqueza interior podemos contemplar en el corazón de María; en esa riqueza interior, en su profunda espiritualidad estaba la fuente de su entereza, de su sí, de su amor, de su entrega y santidad. Se había llenado de Dios porque en su fe sabía escuchar a Dios allá en su corazón. Con qué atención escuchaba las palabras del ángel y las meditaba intensamente para descubrir su significado, para descubrir y aceptar el mensaje divino que a ella llegaba. Rumiaba en su interior cuanto le sucedía para así aprender esa sabiduría y esa fortaleza de Dios. ‘Conservaba todas estas cosas en su corazón’, que dice repetidamente el evangelio. 
Cuanto tenemos que aprender de María para crecer por dentro, para crecer en espiritualidad. Es ese silencio interior que hemos de aprender a hacer para escuchar a Dios; es ese corazón humilde y dócil que se abre a Dios y se deja conducir por el Espíritu divino; crezcamos en humildad y docilidad y creceremos en el conocimiento de Dios porque ese es camino cierto que nos lleva a conocer a Dios, es, pues, esa oración de escucha de Dios, porque si no le sabemos escuchar con apertura de corazón y con humildad no le podremos nunca conocer.
Que sepamos guardar con fidelidad y meditar continuamente, siguiendo el ejemplo de María, la riqueza de gracia con la que Dios quiere llenar nuestro corazón. 

viernes, 15 de junio de 2012


Con correas de amor lo atraía… se me conmueven las entrañas
Oseas, 11, 1.3-4.8-9;
 Sal.: Is. 12;
 Ef. 3, 8.12.14-19;
 Jn. 19, 31-37 
A mí, el más insignificante de todos los santos, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo…’ Con cuánta humildad se presenta el apóstol Pablo para hablar de Jesús. Hay una profundidad grande en su mensaje, profundidad de quien estaba enamorado y lleno de Cristo. Sólo quien está lleno de Cristo puede hablar como él lo hace, dejándose conducir por la revelación del Espíritu. Por eso su palabra, el mensaje de sus cartas es para nosotros Palabra de Dios.
Es la humildad que con no cierto temblor nos acercamos nosotros también a Jesús para conocerle más y más, dejando que también el Espíritu del Señor nos hable en el corazón y nos haga saborear todo lo que es el amor de Dios manifestado en Jesús. 
Es hermoso lo que hoy escuchamos, la Palabra del Señor que nos ofrece la liturgia en esta fiesta, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Hermoso y lleno de ternura el texto del profeta Oseas para que nos digan que en el Antiguo Testamento no tenemos textos hermosos que nos hablan del amor de Dios, de la ternura del corazón de Dios para con su pueblo.
Expresivas las imágenes de cómo Dios nos llama, nos acompaña en el camino de la vida y poco menos que nos lleva en brazos,  nos atrae hacia El con su amor, nos alimenta con su amor y su Palabra, nos deja entrever la ternura de su corazón. ‘Con correas de amor lo atraía… se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas…’ y así más que castigarnos merecidamente por nuestro pecado nos ofrece su amor y su perdón para siempre.
Hermoso texto y hermosa reflexión que nos podemos hacer con estos maravillosos textos cuando estamos celebrando hoy al Corazón de Jesús, que es celebrar el amor que Cristo nos tiene que es manifestación de la ternura de Dios para con nosotros. ¡Cómo no sentirse uno cautivado por ese amor tan entrañable! Nuestro corazón tiene también que conmoverse y comenzar a latir al unísono del corazón amoroso del Padre. A su mismo latido, a su mismo ritmo de amor tendríamos nosotros que amar. 
Desentonamos nosotros tantas veces con la arritmia de amor que padecemos. Nos pesa y nos puede en tantas ocasiones nuestro egoísmo y nuestro orgullo. Tenemos que buscar la medicina de la gracia de Dios, de la fuerza de su Espíritu que aletee en nuestro corazón. ‘Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos orado y cantado en el salmo. Del Corazón de Cristo traspasado por la lanza del soldado en su muerte en la cruz manó sangre y agua, como un signo de esa gracia que Dios quiere derramar sobre nosotros.
Y esa medicina de gracia la encontramos en nuestra oración que cada día tendría que ser más íntima y más profunda con el Señor. Que sepamos abrir nuestro corazón, nuestro espíritu a Dios para poder llenarnos de El. Que como Pablo con humildad nos acerquemos a El porque solo templando bien las cuerdas de nuestra humildad nuestro corazón podrá ir a su ritmo de amor, podremos dejar que entre Dios en nosotros para poder amar con su amor.
‘Doblo mis rodillas ante el Padre, oraba el apóstol como nos manifiesta en la carta a los Efesios, pidiéndole que de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía, el amor cristiano’. 
Que sea también nuestra oración. Que se derrame así su gracia sobre nosotros, para sentirnos fuertes en nuestra vida y en nuestro amor. Que en verdad dejemos inhabitar a Cristo y su Espíritu en nuestro corazón. Recordemos aquello que nos decía Jesús en la última cena, que si guardábamos su palabra cumpliendo los mandamientos seríamos amados del Padre que vendría a habitar en nuestro corazón. Es el empeño que hemos de poner en nuestra vida. El Señor nos da su gracia pero hemos de dar respuesta de amor nosotros queriendo hacer la voluntad de Dios, como Cristo cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre.
Qué trascendencia más grande le damos a nuestra vida cuando la llenamos de amor. Cuando amamos de verdad nuestro corazón se ensancha más y más y nuestra vida se va llenando de plenitud. El amor nos hace grandes y cuando más amemos más creceremos en ese amor y lo que es lo mismo, más creceremos en la vida de Dios. Dejémonos inundar por el Espíritu Santo que es Espíritu de amor.

jueves, 14 de junio de 2012


Si vamos a hacer lo que todos hacen, ¿para qué es necesario llamarnos cristianos?
1Reyes, 18, 41-46; Sal. 64; Mt. 5, 20-26
‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’, les dice Jesús a sus discípulos. Se podía pensar que los fariseos y los escribas eran ejemplares, porque unos se presentaban como muy cumplidores, como estrictos cumplidores, y los otros eran maestros en la ley. Sin embargo, fijémonos en lo que les dice Jesús. 
Y les habla Jesús del sentido de los mandamientos del Señor. No se trataba de estrictos cumplimientos ajustándose a la letra del mandamiento. Es necesario algo más profundo, porque lo que pueda decir la letra del mandamiento puede por una parte quedarse en mínimos, o hacerse uno sus interpretaciones también por lo mínimo. Cuántas veces nos preguntamos nosotros hasta donde podemos llegar para no faltar al cumplimiento del mandamiento. 
Jesús insiste en el quinto mandamiento o lo que es lo mismo en cierto sentido en el mandamiento del amor. El mandamiento nos dice estrictamente ‘no matarás’, pero Jesús nos está dando una pauta muy amplia que tiene que caber en ese mandamiento. Nos habla de las necesarias buenas relaciones entre unos y otros; unas relaciones fundamentadas en el amor, el entendimiento, la mutua comunión. Y nos habla de estar peleados, o sea, no llevarse bien; y nos habla del respeto mutuo que me impedirá cualquier ofensa que pueda hacerle desde mis juicios o mis palabras.
Y nos habla de la armonía que entre todos tiene que haber siempre, de manera que no tengamos quejas los unos de los otros. Y Jesús nos habla de cosas muy concretas, como que no somos dignos de presentar una ofrenda al Señor si entre los hermanos no hay la necesaria comunión. ‘Si tu hermano tiene quejas contra te, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda’. Busca en todo momento la armonía, el entendimiento, el buen juicio y todo eso fundamentado en el verdadero amor. Es todo un estilo distinto el que nos enseña Jesús. 
Y esto nos sigue valiendo hoy en nuestras relaciones, en nuestro trato, en el amor fraterno que hemos de vivir los unos con los otros. No podemos andar con tacañerías en la cuestión del amor fraterno. Cuando se ama, se ama con generosidad, sin límites. Por eso nos dice Jesús a nosotros también ‘si no sois mejores que la mayoría de la gente…’
Y es que nosotros tantas veces decimos, es que yo hago lo que hace todo el mundo. Pero cuando queremos vivir el evangelio no se trata de eso, de hacer como hace todo el mundo, ni es cuestión solo de buena voluntad. El amor que Jesús nos pide y enseña hay que vivirlo con radicalidad si en verdad nos queremos llamar discípulos de Jesús. No es simplemente hacer lo que hace todo el mundo, sino descubrir las metas que nos propone Jesús en el evangelio. 
Y Jesús en la medida que lo seguimos y queremos ser más fieles nos va poniendo el listón más alto. Como el atleta que realiza saltos de altura que cada vez ha de superarse más para dar el salto más alto. Así tiene que ser nuestro amor. Si vamos a hacer lo de todos o lo que he hecho siempre, ¿para qué tantas alforjas? ¿Para eso hubiera hecho falta que Jesús, el Hijo de Dios, se encarnase y se hiciese hombre y estuviera dispuesto a morir por nosotros? Para hacer lo de todos no hace falta llamarse cristianos.
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios nos está hablando de un estilo de vivir distinto. Por eso tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio e irlo plantando en nuestro corazón. No nos podemos contentar con hacer lo que siempre hacíamos, sino que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor para ir descubriendo día a día los pasos que tenemos que ir dando en ese seguimiento de Jesús, que es seguir los mismos pasos de Jesús, vivir en el mismo estilo de Jesús, impregnarnos de la vida de Jesús. 
Con cuánta atención tenemos que disponernos a escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. Dejar que su Espíritu nos vaya conduciendo y su gracia vaya alimentando nuestra vida y nuestro amor.

miércoles, 13 de junio de 2012


No una religión a nuestra medida sino fieles a la revelación del Señor
1Reyes, 18, 20-39; Sal. 15; Mt. 5, 17-19
La religión no es cosa que  nos inventemos los hombres. La verdadera religión, la verdadera relación con Dios no es cosa que parta de nosotros, de nuestros inventos o nuestros deseos; grande puede ser el ansia que sintamos en el alma, en el espíritu de plenitud y de trascendencia pero el poder llegar a conocer a Dios y entrar en relación con El no es cosa que dependa de nosotros, de nuestro gusto o nuestras ideas. Algunos pueden pensar que se pueden hacer o crear una religión a su manera y a su medida; por eso tantas veces nos piden que cambiemos, porque, dicen, tenemos que acomodarnos a los tiempos de hoy y qué nos van a decir esas cosas antiguas. Grave error.
Hemos de reconocer y confesar que el Dios en quien creemos es el Díos de la Revelación, el Dios que quiso manifestársenos y revelársenos, darse a conocer por el hombre. Es Dios quien se nos va dando a conocer, va poniendo en nosotros, en nuestra vida señales que nos ayuden a descubrirle, a conocerle; y el conocimiento que podamos nosotros tener de Dios parte de lo que El se nos ha revelado. 
Esa revelación de Dios que nosotros conocemos como la historia de la salvación y que está contenida para nosotros en las Sagradas Escrituras, la Biblia, donde a través de toda la historia de la salvación, de toda la historia del hombre, en una palabra, se ha ido como condensando, recogiendo, y es por lo que nosotros decimos que es Palabra de Dios. La plenitud de esa revelación nos ha llegado en Jesús, verdadera Palabra de Dios, que viene a culminar todo ese proceso que a través de la ley y los profetas en el Antiguo Testamento nos había ido dando a conocer a Dios.
En la plenitud de los tiempos con la llegada de Jesús, con la encarnación del Hijo de Dios para hacerse hombre y traernos la salvación, venimos a alcanzar esa plenitud de revelación. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo, ni nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien se la ha querido revelar’. Así nos dice Jesús en el Evangelio que viene a ser esa plenitud de revelación. 
No viene Jesús a anular toda la revelación que anteriormente Dios había ido haciendo de si mismo en todo lo que llamamos el Antiguo Testamento, por la Ley y los Profetas. Como nos dice hoy ‘No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Recordemos, por ejemplo, cómo en aquella teofanía del Tabor, revelación de la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús y que venía a alentar la fe de los discípulos en la cercanía de la pasión, junto a Jesús en aquella visión celestial de la divinidad aparecen Moisés y Elías, la ley y los profetas. 
Por eso para nosotros la Palabra de Dios no sólo está contenida en el Nuevo Testamento y los Evangelio, sino que toda la Biblia, antiguo y nuevo Testamento, son para nosotros esa Palabra de Dios que hemos de escuchar y que hemos de plantar en nuestra vida. Es todo ese proceso de revelación de Dios a través de toda la historia de la salvación con su plenitud en Jesucristo. 
En la ley y los profetas, en todo lo contenido en la historia de la salvación del Antiguo Testamento está la preparación que nos conduce a Jesús. Era la esperanza de aquel pueblo en el Mesías Salvador que había de llegar y que nosotros reconocemos en Jesús. Por eso también cuando leemos el Antiguo Testamento lo hacemos desde la perspectiva de Jesús, lo llegaremos a entender plenamente desde la revelación y la salvación que Jesús nos ofrece. Tampoco nosotros podemos hacernos una interpretación a nuestra manera y a nuestra medida con nuestras propias acomodaciones. Tenemos que ser fieles a lo que Dios nos ha revelado y a la salvación que El nos ha ofrecido.
Hoy Jesús nos enseña a ser fieles a esa revelación, a esa Palabra de Dios, a esos mandatos del Señor; hemos de saber ser fieles, como nos dice, hasta en las cosas pequeñas porque todo es camino hacia esa plenitud, todo es camino a alcanzar y vivir el Reino de Dios. ‘El que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’, nos dice Jesús hoy.

martes, 12 de junio de 2012


Felices con la sal y la luz de nuestra vida, felices con nuestra fe
1Reyes, 17, 7-16; Sal. 4; Mt. 5, 13-16
‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. Pero quizá nos preguntemos qué sal es la que nosotros podemos tener para dar sabor y qué luz para iluminar. Nos vemos en ocasiones tan desorientados, tan sin saber qué hacer ante los problemas que nos presenta la vida o ante la situación que vive nuestra sociedad, que pensamos que nada o poco podemos hacer. Nos sentimos abrumados por tantas cosas y nos parece perder el rumbo, el sabor, el sentido, la luz. Nos parece que nada podemos ofrecer a los demás. 
Pero, sí, tenemos esa sal y esa luz. Y no la podemos ocultar ni echar a perder. Esa sal y esa luz es la fe que tenemos en Dios, la confianza que desde nuestra fe hemos puesto en Dios por encima de todas las cosas. Es la fe que nos marca el rumbo de nuestra vida; es la fe que nos da un sentido y valor a lo que somos y a lo que hacemos; es la fe que no nos deja tambalearnos cuando vengan esos desconciertos, esas soledades, o esos momentos que nos pueden parecer oscuros. 
Qué distinta es la vida de quien tiene fe y la vive de una forma consciente. Podrán aparecer tormentas en la vida, porque los problemas no nos faltan, pero nos sentimos seguros porque sabemos de quien nos fiamos; podrá haber momentos en que nos parezca que todo está oscuro, pero si nos fijamos bien siempre hay una luz en nuestra vida, y no tenemos miedo porque sabemos quien está a nuestro lado siempre. Nuestro Dios no nos olvida ni nos abandona. Su amor no  nos faltará y en El encontramos el apoyo y la fuerza para nuestro camino, para nuestras luchas, para salir de esas turbulencias. 
El avión en su travesía aérea en la altura se puede encontrar con turbulencias que pareciera que lo van a echar a tierra, pero tiene un piloto que con mano firme lo conduce en medio de esas turbulencias buscando por donde mejor salir de ellas y poder llegar feliz a buen puerto. Tenemos una mano firme y poderosa que nos guía. Dios está a nuestro lado y hemos de saber fiarnos de El para seguir nuestro camino, para realizar nuestra obra, para vivir con toda la intensidad nuestra vida. ¡Qué felices hemos de sentirnos con nuestra fe!
Pero como nos dice hoy Jesús en el evangelio esa sal es para dar sabor al mundo, esa luz es para iluminar a cuentos nos rodean. Esa fe que da sentido a nuestra vida, que ilumina nuestro caminar hemos de saber llevarla, trasmitirla, contagiarla a los demás. No siempre es fácil, porque habrá muchos a nuestro  lado que no quieran saber nada de esa sal y de esa luz, no quieran saber nada de la fe que ilumina nuestra vida, pero ahí está el testimonio que nosotros hemos de dar. Somos testigos de la fe, somos testigos del amor de Dios. Y nuestras obras y toda nuestra vida han de convertirse en testimonio.
‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre del cielo’, nos dice Jesús hoy. La luz la vamos a reflejar en nuestras obras, en nuestra vida, en nuestro amor, en nuestra manera de vivir, en lo que son en verdad nuestros intereses. Quienes nos vean actuar, quienes escuchen nuestra manera de hablar, quienes contemplen el compromiso que vivimos en nuestra vida, tendrían que preguntarse del por qué de nuestro actuar, de esa manera de vivir. 
Somos testigos por el testimonio de nuestras obras llevamos luz a los demás a través de lo que hacemos. Si nadie se interroga por dentro por lo que nosotros hacemos, quizá tendríamos que preguntarnos si en verdad estamos dando un buen testimonio, si es suficiente lo que hacemos. 
Claro que tienen que estar nuestras palabras, la verdad de lo que decimos, verdaderamente convencidos de ello, pero esas palabras las rubricaremos con nuestras obras, como lo hacía Jesús. Porque no podemos callar lo que hemos visto y oído como decían los apóstoles, y lo que vivimos hemos de trasmitirlo a los demás, anunciarlo, hablar de nuestra fe, hablar de Dios, de Cristo y del evangelio.
No olvidemos lo que Jesús nos dice: ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’ Y la sal no puede perder su sabor, y la luz no la podemos ocultar.

lunes, 11 de junio de 2012


La palabra de Jesús siempre es buena noticia, evangelio de esperanza
1Reyes, 17, 1-6; Sal. 120; Mt. 5, 1-12
Confieso que siempre que escucho las bienaventuranzas de Jesús me pongo en el lugar de aquellas personas que allí al pie del monte las oyeron de sus labios sintiendo la sorpresa que aquellas gentes sentirían mientras Jesús las pronunciaba. 
Cuando se nos dicen palabras que nos llenan de esperanza y que nos anuncian un cambio en la situación que vivimos en nuestra vida, muchas veces llenos de dolor y sufrimiento siente uno cómo se le revuelven las entrañas y poco menos que nos llenamos de emoción. 
Es la sorpresa de la Buena Noticia, la sorpresa con que hemos de escuchar siempre el evangelio que siempre nos anuncia algo nuevo y bueno para nuestra vida. Es una actitud o postura que no podemos perder cada vez que nos acerquemos al Evangelio porque de lo contrario estaríamos que poco menos que echando en saco roto la gracia del Señor al no sentirnos interpelados y conmovidos por su Palabra. 
Como digo, es lo que pudieron sentir aquellas personas a las que se les anuncian tiempos de dicha y de felicidad a los que estamos llenos de pobreza, de sufrimiento, de amarguras y problemas. 
A los pobres, los que sufren, los que lloran, los que nada tienen, los que lo están pasando mal, a los que no les faltan los problemas y los contratiempos incluso con persecución por tratar de ser fieles en la vida se les anuncian tiempos de dicha y de felicidad. Una buena noticia de un cambio para su vida con la llegada del Señor, con el Reino de los cielos. 
Y es el Señor que nos llena de paz y nos da fortaleza, pero es el Señor que transforma los corazones y aquellos que pasan por todas esas situaciones difíciles van a encontrar también en los hermanos que les rodean actitudes nuevas, acciones nuevas que van a ayudarles y sentir cómo sus vidas se transforman. Nos vamos a sentir todos reconfortados porque descubriremos a tantos a nuestro lado que ya están dando esas señales del Reino de Dios repartiendo consuelo, amor, misericordia, paz y trabajando seriamente por hacer un mundo mejor.
Encontrarán satisfacciones profundas para sus deseos, se sentirán fuertes en los momentos en los que cuesta mantener la fidelidad y la rectitud, alcanzarán misericordia porque ellos sabrán también tener misericordia y compasión para los que sufren a su lado. Habla Jesús de consuelo para los que sufren, de pan y justicia para los que tienen hambre de pan y de bien, de recompensa para los que saben mantener la fidelidad hasta el final, de visión de Dios para los que siguen siendo rectos y puros en su corazón. 
Es un mundo nuevo el que Jesús anuncia y todos sienten llenar su corazón de esperanza. Jesús ha comenzado a dar señales de que puede hacerse ese mundo nuevo cuando ha ido repartiendo compasión y misericordia con todos los que sufren en los signos que realiza, en los milagros con que va curando a los enfermos no solo de cuerpo sino también de su espíritu; ahora lo anuncia claramente con el mensaje de las bienaventuranzas que solemos llamar la carta magna del cristianismo. 
Los que luchan por lo bueno se sienten reconfortados con las palabras de Jesús y al mismo tiempo sienten más ganas de seguir siendo buenos, haciendo el bien, o comprometiéndose por los demás. Es lo que nosotros también tendríamos que sentir. Es así cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la palabra de Jesús que es noticia buena, buena nueva, evangelio para nosotros y así también tenemos que llenarnos nosotros de esperanza pero al mismo tiempo sentirnos comprometidos por hacer ese mundo nuevo que llamamos Reino de Dios.
Dejémonos sorprender y cautivar por la Buena Nueva de Jesús y escuchemos allá en lo más hondo de nosotros mismos el mensaje esperanzador de las bienaventuranzas.

domingo, 10 de junio de 2012


Alzaré la copa de la Salvación en la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna
Ex. 24, 3-8;
 Sal. 115;
 Hebreos, 9, 11-15;
 Mc. 14, 12-16.22-26
‘Era el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual’. Se iniciaba así la fiesta de la Pascua, pero ahora iba a ser la Pascua definitiva, la Pascua nueva y eterna. Se hacía memoria de una alianza que era ya la Alianza antigua; se estaban dando los pasos de la Alianza definitiva, la que iba a sellarse no con un cordero cualquiera, como el que cada año comían los judíos en recuerdo de la primera pascua. 
En la primera lectura del libro del Éxodo hemos escuchado el relato de la realización de aquella alianza. Se habían ofrecido holocaustos y un sacrificio de comunión. Con la sangre de los animales sacrificados se había consumado la alianza derramándola sobre el altar y aspergiando con ella al pueblo que se había comprometido a hacer cuando el Señor les mandaba. ‘Haremos todo lo que nos manda el Señor y le obeceremos’. De la salida de Egipto había quedado el recuerdo y el mandato de comer cada año la pascua, el cordero pascual.
Ahora era el verdadero Cordero Pascual el que iba a subir al altar del Sacrificio; su sangre sería ya para siempre la Sangre de la Alianza nueva y eterna; ‘no era la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia’, como dice la carta a los Hebreos; de ahora en adelante se iba a celebrar un nuevo memorial, el del Sacrificio de la Cruz, el sacrificio que había sido consumado derramando la Sangre que en verdad iba a ser nuestra redención, la Sangre de la Alianza nueva y eterna. 
Cristo es el ‘Mediador de una Alianza nueva’, como nos dice la carta a los Hebreos. ‘Su Sangre, en virtud del Espíritu eterno, se había ofrecido como sacrificio sin mancha para purificarnos y llevarnos al culto del Dios vivo’, nos seguía diciendo.  Y Jesús en la cena pascual nos había dado el signo convertido en sacramento de su presencia y de su pascua redentora, y de ahora en adelante habíamos de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Celebramos ahora ya para siempre el memorial del Señor, de su pasión, muerte y resurrección.
Hoy lo estamos celebrando, cada vez que nos reunimos en Eucaristía hacemos memorial, celebramos la nueva y eterna pascua; cada vez que comemos de este pan que Jesús nos ha dado y bebemos de esta copa estaremos para siempre anunciando la muerte y la resurrección del Señor hasta que vuelva. Lo podemos hacer todos los días para que nunca nos falte su gracia, para hacernos partícipes de su Redención; lo hacemos de manera especial cada semana el día del Señor, el día en que conmemoramos su resurrección, celebrando así la Pascua del Señor. 
Hoy, sin embargo, es una fiesta especial, porque no nos queremos quedar encerrados en nuestras iglesias y templos, sino que queremos salir a la calle, salir al mundo para proclamar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía; queremos proclamar que cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio redentor de Cristo haciéndolo presente en medio de nosotros, haciéndolo presente en nuestro mundo para que todos alcancen la redención lograda por esa sangre derramada, por ese sacrificio ofrecido en el altar de la cruz.
Con emoción en el alma y con temblor en el corazón nos acercamos hoy hasta el Altar del Sacrificio, hasta el Altar de la Eucaristía. Tenemos que detenernos y dejar que se emocione el alma ante la maravilla que celebramos, ante lo grandioso que Cristo nos permite celebrar en la Eucaristía, ante el Sacrificio de nuestra Redención. 
Estamos ante la Cruz redentora donde Cristo se inmoló por nosotros. Estamos ante el supremo sacrificio de la entrega de Cristo en el amor más grande y más sublime, del que da la vida por los que ama. Es lo que significa acercarnos al altar de la Eucaristía, al altar del sacrificio. No repetimos simplemente sino hacemos presente, porque el sacrificio de Cristo fue único y de una vez para siempre. Porque cuando celebramos al Eucaristía estamos siempre celebrando el mismo sacrificio, el de la Alianza nueva y eterna para el perdón de nuestros pecados. 
Sacrificio de redención y sacrificio de comunión; por eso la Eucaristía se convierte para nosotros en banquete donde comemos a Cristo, al Cristo que se entregó en sacrificio por nosotros y al que quiso ser pan de vida para que le comiéramos, para que nos llenáramos de su vida, de su amor, de su gracia y de su salvación.
Tenemos que despertar el corazón para que no se nos duerma en rutinas y frialdades y consideremos bien lo que celebramos y hemos de vivir. Porque lo celebramos y lo vivimos; no es una fiesta externa lo que queremos hacer, sino que tiene que nacer de verdad desde lo más hondo de nuestra vida. Tenemos que detenernos a pensar muy bien el misterio grande que estamos celebrando porque Dios se hace presente en medio de nosotros para hacernos llegar su salvación, para ser nuestra vida y nuestra fuerza, para hacerse alimento de nosotros y para que podamos llegar a vivir en su mismo amor.
 Lo expresaremos también exteriormente con signos y señales. Porque la Eucaristía es el gran signo del amor que el Señor nos ha dejado, porque vamos a acompañar nuestra fiesta y nuestra vivencia también de muchas señales externas al paso de Cristo Eucaristía en medio de nosotros con nuestros adornos, nuestras flores, nuestras alfombras, nuestros cánticos, con la alegría que llevamos en el corazón pero que ha de verse reflejada en nuestros rostros y también en las nuevas actitudes que vamos a tener hacia el Sacramento y hacia los hermanos que se convierten también para nosotros en sacramento de Dios, porque en ellos tenemos que ver al Señor y amarlos con el mismo amor del Señor.
No podemos separar nuestra la celebración y la fiesta de la Eucaristía del amor. No sólo es el amor de Dios que nos inunda sino que es el amor de los hermanos que necesariamente hemos de vivir. No puede haber Eucaristía sin amor, sin amor fraterno, sin un amor como el que Jesús nos tiene y que es con el que nosotros hemos de amar a los demás. Por eso, siempre en la fiesta de la Eucaristía celebramos la fiesta del amor, la fiesta de la caridad. 
La Eucaristía es sacrificio de comunión, pero esa comunión con Dios hemos de expresarla y vivirla en nuestra comunión con los hermanos. De lo contrario seríamos unos mentirosos porque no sería auténtica nuestra comunión con Dios si no vivimos esa comunión con los hermanos que tenemos a nuestro lado. Nos lo enseña el apóstol. 
Es el compromiso serio al que nos lleva siempre la Eucaristía. Después de cada Eucaristía tenemos que amarnos más y con mayor sinceridad y autenticidad. Porque no es un amor solo de palabras bonitas sino que tiene que ser efectivo, real, comprometido, auténtico. Y de tantas formas podemos expresar ese amor a los demás, esa caridad de Dios que tiene que llenar e inundar nuestro corazón para que se desparrame sobre los demás.
En ese sacrificio de Cristo que estamos celebrando tenemos que poner nuestro amor tal como lo vivimos y expresamos en nuestra vida, con sus logros, con esos momentos de auténtico cariño hacia los demás, con nuestros compromisos, pero también con sus dificultades, con los momentos en que nos cuesta amar a los demás y nos ponemos reticentes, con esos momentos que se nos atraviesan en el alma porque nos cuesta amar, o perdonar, o compartir, o poner buena cara a los que están a nuestro lado. Forman parte del sacrifico que nosotros, unidos al sacrificio de Cristo, también desde nuestra debilidad, queremos ofrecer al Señor para que el Señor nos lo devuelva convertido en gracia, en fuerza, en vida, en nuevo amor.
Estamos ahora celebrando el Sacrificio de Cristo, la fiesta de la Nueva Alianza en la Sangre derramada de Cristo, la fiesta grande de la Eucaristía. Pongamos toda nuestra fe, pongamos todo nuestro amor; llenemos nuestra vida de esperanza; pongamos toda nuestra vida junto al Sacrificio de Cristo. Sintamos su Sangre redentora que nos llena de vida. Dejémonos inundar por la alegría del Señor. Es fiesta. Es la fiesta de la Eucarisstía y del amor.

sábado, 9 de junio de 2012


El que se vacía de sí mismo podrá llenarse de verdad de Dios
2Tim. 4, 1-8; Sal. 70; Mc. 12, 38-44
‘Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos’. Ha sido la aclamación del Aleluya antes del Evangelio recogiendo la primera de las bienaventuranzas de Jesús en el Sermón del Monte que pronto tendremos ocasión de escuchar y meditar. 
Dicho así, como lo hemos proclamado en el aleluya y tantas veces escuchado en el evangelio, nos parece algo hermoso; pero está el peligro de que se nos quede en una frase lapidaria hermosa pero que luego en los intereses nuestros de cada día estén bien lejos de nuestra vida, de nuestro actuar, de los principios que rijan nuestra vida.
En el evangelio para el que nos ha preparado para su escucha esta antífona se nos presentan de manera antitética dos posturas. Por una parte aquellos que no quieren bajarse de sus pedestales, sino que más bien siempre estarán buscando motivos para la apariencia y el lucimiento personal incluso hasta en aquello bueno que pudieran hacer. Pero enfrente tenemos a la viuda que calladamente pone sus dos cuartos –moneda bien ínfima – pero con lo que es capaz de desprenderse de todo lo que tiene incluso en su pobreza más extrema. ‘Ha echado todo lo que tenía para vivir’, y sin embargo vive y con la vida de mayor dignidad en la alabanza incluso de Jesús. 
‘¡Cuidado con los letrados!, dice Jesús. Les encantan los ropajes amplios, las reverencias en la plaza…, los lugares de honor…, los primeros puestos… hasta se aprovechan en sus largos rezos de las pobres viudas’. ¿Seguirá esto siendo una postura de muchos, incluso en el seno de la Iglesia? El orgullo y la vanidad es una tentación que no se ha acabado, tiene plena vigencia y muchos que se dejan cautivar por ello. 
¡Cuánto les costó a los discípulos de Jesús dejar de soñar en primeros puestos y lugares de honor! Era lo que estaban contemplando en el día a día en aquellos que se consideraban importantes en su sociedad y dirigentes de la misma. Por eso Jesús continuamente nos estará enseñando la lección. Lección que tenemos en su propia vida, porque ‘el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’. 
Jesús aprovecha la oportunidad de la lección de aquella pobre viuda, tan sencilla y tan  humilde que hubiera pasado desapercibida para todos. Jesús sí sabía lo que había en el corazón de aquella mujer, y conocía, además de su humildad, su generosidad y su desprendimiento y quiere darnos la lección. Nos hace fijarnos en los pequeños, los sencillos, los que pueden parecer los últimos que serán verdaderamente grandes en el Reino de los cielos. ‘Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca del templo más que ninguno. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Es que serán los pequeños y los humildes los que entenderán del reino de los cielos. Serán a los que el Padre les revele allá en su corazón los secretos del Reino de Dios. Por eso, nunca los que se consideran a sí mismos grandes e importantes, sabios y entendidos, llegarán a entender el Reino de Dios, podrán conocer los misterios del Reino de los cielos. 
Es por el camino por donde nosotros tenemos que caminar y cuando seamos humildes de verdad aprenderemos entonces a ser generosos y a compartir, a desprendernos de lo que tenemos y hasta de lo que somos porque serán otras cosas las que serán verdaderamente importantes para nosotros. Y es que el que se vacía de si mismo podrá llenarse de verdad de Dios. Es la lección de la Palabra de Dios hoy para nosotros, esa palabra, como escuchábamos ayer, que siempre es útil para enseñar, para corregir, para animar, para descubrir y llegar a conocer y vivir todo lo que es el Reino de Dios, el Reino de los Cielos.

viernes, 8 de junio de 2012


Desde niño conoces la Sagrada Escritura, permanece en lo que has aprendido
2Tim. 3, 10-17; Sal. 118; Mc. 12, 35-37
‘Pero tú permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la Sagrada Escritura’. Alaba Pablo la fe de Timoteo en la que ha fundamentado su vida. Una fe nacida y alimentada en el conocimiento de la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios con la que fue educado desde niño.
Pero Timoteo fue también testigo de la predicación de Pablo y de los sufrimientos que tuvo que padecer el apóstol a causa del evangelio. En los viajes de Pablo el joven Timoteo quiere seguir al apóstol y lo acompañará de forma muy cercana, encomendándole delicadas misiones hasta que quedó como Obispo de Éfeso. Y precisamente recuerda Pablo como en aquellos lugares cercanos al nacimiento y la vida de Timoteo tuvo que sufrir fuertes y violentas persecuciones.
‘Tú seguiste paso a paso mi doctrina y mi conducta, mis planes, fe y paciencia, mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos, como aquellos que me ocurrieron en Antioquía, Iconio y Listra’. Por una parte es hermoso lo que le recuerda el apóstol, como fue testigo de su vida, de su fe, de su predicación y ahí bebió el joven discípulo para vivir luego él también su apostolado. Siente todo apóstol también ese deseo en su corazón de que su vida pueda ser un testimonio positivo que atraiga a muchos al evangelio y al seguimiento de Jesús, e incluso despierte en otros la vocación apostólica. Es un gozo que en ocasiones nos concede el Señor.
Por otra parte, cuando leímos los Hechos de los Apóstoles en el tiempo pascual escuchamos todos esos relatos de las persecuciones sufridas; cómo fue apedreado, encarcelado entre cadenas y cepos, expulsado de aquellas ciudades, maltratado en muchas ocasiones, huyendo muchas veces de ciudad en ciudad. Pero el apóstol sabe que quiere ser fiel al evangelio va a encontrar esa oposición, como ya la tuvo Jesús que fue conducido al patíbulo.
Pero hay un aspecto importante en este texto de la carta de Pablo a Timoteo, lo que le habla de cómo había fundamentado desde niño su vida en la Sagrada Escritura. Es la Sabiduría que conduce a la salvación. Y de esa sabiduría del Evangelio, de la Palabra de Dios hemos de empaparnos. Es palabra de vida que nos conduce a la vida; es palabra que nos llena de luz y dará sentido profundo a nuestra vida, es palabra que responde a las inquietudes más hondas del corazón humano, porque nos conduce hasta Dios.
‘Toda Escritura, inspirada por Dios, es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena’, termina diciendo el apóstol.
Cuánto podemos aprender en la Sagrada Escritura; cuánto nos puede servir de inspiración para ayudarnos a encontrar lo bueno y vivir en la virtud; cuánto nos sirve también para precavernos de las cosas malas y aprendamos así a no dejarnos arrastrar por la tentación. Allí encontramos ejemplo, fuerza de vida, gracia de Dios.
La Palabra de Dios siempre nos ayudará a fortalecer nuestra vida en lo bueno, en lo justo, en lo noble, en la virtud. Con cuánto amor hemos de acudir a la Palabra del Señor para empaparnos de la vida y de la gracia de Dios. Cómo tenemos también que trasmitir esa enseñanza a los demás, despertar el amor por la Escritura Santa, anhelar con fuerza cada día ese encuentro con la Palabra de Dios de manera que no dejemos pasar un día sin haber escuchado en nuestro corazón ese mensaje de Dios.

jueves, 7 de junio de 2012


No estás lejos del Reino de Dios
2Tim. 2, 8-15; Sal. 24; Mc. 12, 28-34
‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dijo Jesús al letrado tras el diálogo de preguntas y respuestas sobre lo que era el principal mandamiento. Jesús le repite lo que está escrito en la Escritura y el letrado quiere corroborar o confirmar las palabras de Jesús. Pero la última palabra de Jesús es una palabra de ánimo y esperanza. ‘Viendo que había respondido sensatamente le dice: no estás lejos del Reino de Dios’.
Se me ocurre pensar ¿nos dirá lo mismo Jesús a nosotros, ‘no estás lejos del Reino de Dios’? Y ya sabemos no es cuestión sólo de sabernos la lección de memoria, como cuando éramos pequeños y nos aprendíamos el catecismo, preguntas y respuestas, de memoria o las lecciones que estudiábamos.
En ese mismo sentido de la afirmación de Jesús y relacionándolo con lo que hemos escuchado en la carta de san Pablo a Timoteo, ¿seríamos capaces nosotros como el apóstol de llevar cadenas a causa del evangelio? ‘Este es mi evangelio, le dice, por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor’. Lo que nos está indicando es que está en la cárcel – vísperas quizá de su martirio – cuando le escribe esta carta a su discípulo.
‘Haz memoria de Jesucristo, el Señor, le dice, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi evangelio… lo aguanto todo por los elegidos para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna’. Una proclamación de fe con un testimonio claro y valiente de vida. Una generosidad de su corazón que le hace buscar, sea como sea, aunque él tenga que sufrir incluso cadenas, con tal de lograr la salvación de alguno.
Cuántas veces queremos escurrir el bulto si el testimonio de nuestra fe nos puede acarrear dificultades, persecuciones, sufrimientos. ¿Hasta donde somos capaces de llegar en el testimonio de nuestra fe? La historia de la Iglesia de todos los tiempos está jalonada por el testimonio de tantos mártires que dieron su vida, derramaron su sangre por el nombre de Jesús. Y fue en esos tiempos duros de la vida de la Iglesia cuando más resplandecía la fe de los cristianos, cuando más crecía la Iglesia. No en vano se suele decir que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.
‘Es doctrina segura: si morimos con El, viviremos con El. Si perseveramos, reinaremos con El. Si lo negamos, El también nos negará. Si somos infieles, El permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo’. Ya Jesús nos había anunciado en el evangelio que quien diere testimonio de él ante los hombres, tendrá en el cielo ante el Padre quien dé la cara por él. ‘Me pondré de su parte’, nos dice. Viviremos con El, reinaremos con El, porque El nos llevará consigo y donde esté El estaremos nosotros también, como nos repite tantas veces en el evangelio. ‘Dichosos si sois perseguidos por mi causa, porque de vosotros será el Reino de los cielos’.
No olvidemos que no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu, que pondrá fuerza en nuestro corazón y palabras en nuestros labios cuando tengamos que dar el testimonio de nuestra fe. Ojalá escuchemos esa palabra de Jesús con lo que iniciábamos nuestra reflexión. Que por nuestro amor, un amor verdadero y auténtico a Dios y un amor profundo y vivo a nuestros hermanos en el estilo de Jesús nos haga merecer esa alabanza de Jesús porque vivamos dentro de los parámetros del Reino de Dios. Para nosotros tiene el Reino preparado si sabemos ser fieles, si sabemos amar con un amor como el suyo y no tenemos miedo de gastarnos y darnos hasta el final a causa de su nombre.

miércoles, 6 de junio de 2012


Por designio divino llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús

2Tim. 1, 1-3.6-12; Sal. 122; Mc. 12, 13-17
‘Apóstol de Jesucristo por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús…’ Hermosa definición que hace Pablo de sí mismo, de su vocación y de su misión cuando saluda al hijo querido, Timoteo, en la segunda carta que hoy nos propone la liturgia.
No es voluntad propia, sino ‘designio de Dios’. ¿Qué es lo que nos anuncia? ¿Cuál es su mensaje? ‘La promesa de vida que hay en Cristo Jesús’. Podemos recordar que no fue Saulo el que buscó a Jesús sino que fue Jesús el que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando iba con sones de persecución para los que seguían el camino de Jesús.  ‘Lo he elegido para ser instrumento que lleve mi nombre a todos los pueblos’, le dijo el Señor a Ananías. Y se convirtió en mensajero de vida, de la vida de Jesús que a todos llena de vida y de salvación.
¿No será ese el mensaje que los que creemos en Jesús tenemos que llevar siempre a los demás? Esta carta de Pablo que estamos comentando forma parte de las llamadas cartas pastorales; en ellas el apóstol da instrucciones a aquellos discípulos a los que había encomendado unas comunidades - Éfeso a Timoteo, Creta a Tito, como bien  sabemos – y en este caso estamos viendo cómo el apóstol se preocupa de que Timoteo avive la gracia de Dios que recibió con la imposición de las manos.
Pero nos vale a todos, pastores y fieles, dichas recomendaciones porque todos tenemos la misión del apostolado, en virtud de nuestra fe en Jesús y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana hemos de ser apóstoles, testigos de nuestra fe en medio del mundo. ‘Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio’. Por eso le dice, nos dice, ‘toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé’.
No terminamos de considerar lo suficiente la riqueza del mensaje del evangelio que nos manifiesta el amor que Dios nos tiene desde toda la eternidad. Nos regala su amor y nos regala su vida que se manifiesta en plenitud en Jesucristo, el Señor. Sintiéndonos así amados de Dios, si lo consideráramos lo suficiente, nos sentiríamos urgidos a la santidad, a una vida santa. ¿Cómo no responder con una vida de amor a todo el amor que Dios nos tiene?
‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación del mundo, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’. Maravilloso mensaje que tenemos que meditar pausadamente allá en lo hondo de nuestro corazón. Rumiarlo en nuestro interior, repetir una y otra vez la reflexión dejando que el Espíritu del Señor nos ilumine por dentro.
Esto para nuestra vida, pero esto también como mensaje que hemos de saber trasmitir a los demás. No conocemos a veces suficientemente todo lo que es el misterio de nuestra salvación y por eso nuestra vida en ocasiones es mediocre espiritualmente. Y si nos encontramos mucha gente a nuestro alrededor a los que no les dice nada o les dice poco la fe y el ser cristiano, hemos de reconocer porque muchas veces no se les ha hecho el debido anuncio.
¿Cómo van a creer si no se les anuncia el Evangelio? Esto nos urge con mayor intensidad el que tenemos que ser apóstoles, testigos de nuestra fe en Jesús, de la salvación que en Jesús Dios nos da para todos los  hombres. Que la gracia del Señor nos acompañe. Como dice el apóstol ‘estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio’. No nos faltará la gracia del Señor en ese testimonio que hemos de dar de Jesús y del evangelio.

martes, 5 de junio de 2012

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva…
2Pd. 3m 12-15.17-18; Sal. 89; Mc. 12, 13-17
El cristiano es el que ha puesto toda su fe y esperanza en el Señor y desde esa fe y esa esperanza siente la trascendencia de su vida y espera el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia, como nos dice hoy la carta de san Pedro. ‘Nosotros confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia’.
Esa esperanza se hace oración en el cristiano para pedir la venida del Señor. ‘Maranatha’ gritamos nosotros con el Apocalisis; ‘Ven, Señor Jesús’ pedimos repetidamente en la liturgia mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo. Así lo confesamos en el Credo también: ‘subió a los cielos, donde está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’, expresando así la esperanza de la segunda venida del Señor en gloria al final de los tiempos. 
Pero esta esperanza no nos exime del tiempo presente. Todo lo contrario, nos sentimos más obligados con el momento presente de nuestra vida y nuestra historia. Ese mundo, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos hemos de trabajarla y desarrollarla buscando siempre el bien del hombre y la gloria del Señor. 
Los talentos, nos enseña el evangelio, no se pueden enterrar. La viña de nuestra vida ha de dar fruto, el fruto que espera el Señor de nosotros como amo de la viña, como Dueño de nuestra vida y Señor de la historia.
Hoy nos dice el apóstol Pedro en su segunda carta que estamos leyendo y comentando: ‘Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. En paz con Dios que significa estar también en paz con uno mismo y con los que nos rodean. En paz con Dios y consigo mismo porque sabemos obrar con rectitud y justicia. 
Por eso nos dice ‘inmaculados e irreprochables’, sin ninguna mancha de error, de injusticia, de maldad; irreprochables, o sea, que nada se nos pueda reprochar porque lo hagamos con maldad, porque sepamos actuar con responsabilidad porque obremos con rectitud, como decíamos, buscando lo bueno y lo justo, buscando siempre el bien. 
Una tarea que  no hacemos sólo por nosotros mismos y con nuestras fuerzas sino que contamos con la ayuda y la gracia del Señor. Qué necesaria es la oración en la vida del cristiano, porque queremos siempre contar con el Señor. Es el Señor el que nos da la gracia que nos libra del mal; que nos da la gracia que nos fortalece frente a la tentación; que nos da la gracia que ilumina nuestra vida para ver lo que tenemos que hacer; que nos da la gracia que nos da fuerza para esa lucha por el bien y la justicia.  
Por eso en la liturgia le pedimos cuando expresamos esa esperanza que anima nuestra vida, la espera de la venida del Señor, que nos ‘libre de todos los males y nos conceda la paz’; que ‘ayudados por su misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación’. Me gusta recordar las oraciones que decimos en la liturgia para que profundicemos en ellas y las hagamos siempre con todo sentido. El repetirlas una y otra vez con las mismas palabras nos puede hacer caer en la rutina de manera que las digamos, sí, pero que no lleguemos a sentirlas hondamente en nosotros. 
Que llegue al Señor a nuestra vida y nos encuentre vigilantes; que no estemos nunca ociosos, que seamos conscientes de la tarea que tenemos que realizar, que vayamos creciendo más y más en nuestra fe y en nuestro conocimiento de Dios. Como nos dice el apóstol ‘creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y por siempre’. Todo siempre para la gloria del Señor.


lunes, 4 de junio de 2012


El gozo de nuestra fe nos ha de llevar a dar frutos de vida cristiana
2Pd. 1, 1-7; Sal. 90; Mc. 12, 1-12
Cuando vivimos con gozo nuestra fe cada día tendremos más deseos de crecer más y más en nuestro conocimiento de Dios y en la medida que vamos madurando en nuestras actitudes y comportamientos de creyente lo iremos manifestando en nuestra vida con los frutos de nuestro compromiso y buenas obras. 
Es lo que realmente tendríamos que vivir, sintiendo que esa fe que tenemos en Dios ilumina nuestra vida dándole un sentido y una fuerza a nuestro vivir. Es cierto que está nuestra debilidad que actúa muchas veces como una rémora que nos frena en ese crecimiento de la fe y del conocimiento de Dios y nos ataja, por así decirlo, en nuestro compromiso creyente y cristiano.
La fe, que hemos de reconocer también que es un don de Dios y un don sobrenatural porque no es una fe nacida solamente desde nuestro raciocinio, desde nuestros razonamientos humanos, es como esa viña de la que nos habla la parábola del Evangelio que Dios ha puesto en nuestras manos. De la misma manera que el dueño de la viña enviaba quien recogiera los frutos de aquel arrendamiento a los labradores a los que la había confiado, Dios espera de nosotros también esos frutos que han de resplandecer en nuestra vida. 
Pero la parábola, que describe muy bien cuál era la respuesta que el antiguo pueblo de Dios estaba dando a la Alianza que habían hecho con Dios, refleja también muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas negativas incluso de nuestra vida. ‘Jesús, dice el evangelista, se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los senadores’. Quiere plasmarles claramente el mensaje y ellos al final captaron realmente que hablaba por ellos porque dice que ‘intentaron echarle mano, porque veían que iba por ellos pero temieron a la gente y se marcharon’.
Como tantas veces hemos dicho, la parábola que es Palabra que Dios nos dice hoy a nosotros hemos de saber escucharla entendiendo bien lo que a nosotros también nos dice y nos pide el Señor. ¿Qué nos pide? Que rindamos el fruto de nuestra fe, de toda esa gracia que Dios ha derramado en nuestra vida y que ha de florecer en esos frutos de buenas obras y compromiso cristiano.
También nos cuesta como a aquellos arrendatarios escuchar y recibir a los enviados de Dios que el Señor pone a nuestro paso en el camino de la vida para seguir iluminándonos con su Palabra, para hacernos llegar la gracia de Dios. Cuántas veces hacemos oídos sordos a la Palabra del Señor que se nos proclama y nos escudamos en que los que nos trasmiten el mensaje no saben hacerlo, son unos pesados, las homilías son largas y no sé cuantas disculpas más vamos poniendo en nuestra vida. 
Con nuestra cerrazón, con nuestros oídos sordos, con nuestro pecado hacemos como aquellos arrendatarios que no escuchamos o más bien rechazamos al mensajero de Dios. Tratamos de justificarnos muchas veces porque pensamos que ya lo hacemos todo bien y que no es necesario que nos recuerden nada y seguimos mientras tanto con nuestra rutina, con nuestra frialdad y realmente no vamos creciendo como deberíamos en nuestra fe y en la respuesta que hemos de darle al Señor. 
Recojamos también el mensaje que nos ofrece hoy la carta de san Pedro. ‘Poned todo empeño en añadir a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor’. Que se manifiesten palpables los frutos de nuestra fe, esa fe que queremos vivir con gozo, con alegría, con entusiasmo y de la que hemos de contagiar también a los demás.