Vistas de página en total

sábado, 15 de octubre de 2011

En Santa Teresa nos muestra el Señor el camino de la perfección que hemos de recorrer



Ecls. 15, 1-6;

Sal. 88;

Mt. 11, 25-30

‘Tú has suscitado Santa Teresa, por inspiración del Espíritu Santo, para mostrar a tu Iglesia el camino de la perfección… enciende en nosotros el deseo de la verdadera santidad…’ Es lo que la Iglesia hoy nos propone que oremos al Señor en la festividad de Santa Teresa de Jesús que estamos celebrando.

Nos expresa muy bien lo que quiere hacer la Iglesia cuando nos presenta la figura de los santos y nos invita a celebrar su fiesta: mostrarnos el camino de la perfección, el camino de la santidad que hemos de seguir. Porque es además a lo que todo cristiano ha de aspirar y en los santos vemos el ejemplo y el estímulo para ese camino que hemos de seguir.

Muchas veces los cristianos cuando pensamos en los santos, hablamos de ello o le tenemos devoción los queremos mirar casi exclusivamente en lo milagrosos que puedan ser para nosotros al concedernos lo que le pidamos. Es cierto que interceden por nosotros ante el Señor, pero fundamentalmente la gracia que nos quieren alcanzar del Señor es que nosotros también recorramos ese camino de santidad, ese camino de seguimiento de Jesús en total fidelidad, ese camino de perfección.

Miramos la figura de santa Teresa de Jesús y nos sentimos encandilados por su santidad, por su entrega, por su mística, por la obra maravillosa que realizó en la reforma del Carmelo y todo lo que significó para restauración de la vida de la Iglesia en aquellos tiempos nada fáciles en que ella vivió pero que sigue significando hoy también en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

Yo quisiera mirar a Santa Teresa de Jesús hoy precisamente en ese camino de perfección que ella realizó en su vida y que nos puede servir a nosotros de hermoso estímulo. Camino de perfección, las moradas o castillo interior fueron etapas del camino de su vida y que nos dejó hermosamente reflejados en sus escritos místicos con estos mismos nombres y que son también obra cumbre de la literatura española en el siglo de Oro.

Fue camino y camino costoso y largo el que ella realizó. Entro de 20 años más o menos en el Carmelo de la Encarnación en Avila y allí pasaría muchos años de luchas, de ascesis, de sequedades espirituales, de dudas, de sufrimiento físico y espiritual, de momentos de fervor místico, de purificación interior, hasta que llegó el momento de su alma convertirse totalmente al Señor, de sentirse totalmente tomada por el Señor en místico desposorio.

Luego vendría la obra de la reforma del Carmelo que no le fue fácil porque también encontró dificultades y oposición, pero ella se dejaba conducir por el Señor. Vendrán las fundaciones, primero san José como inicio de la reforma, y luego recorriendo a lo largo y a lo ancho toda Castilla y casi toda la Peninsula entre dolores y sufrimientos, físicos en sus enfermedades y espirituales de todo tipo. Fue así como realizó su camino de perfección, el camino que la llevó a la mística y a la santidad.

Ahí está el testimonio y el ejemplo para nuestra vida; vida también de superación, de lucha interior, de purificación, de crecimiento espiritual que nosotros también hemos de realizar cuando queremos vivir a tope nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. No siempre nos será fácil porque aparecerá en nuestra vida la tentación y también muchas veces el sufrimiento, que no sólo es lo físico de nuestras limitaciones corporales, sino muchas veces en nuestro interior producido por muchas cosas.

En silencio y en soledad, aunque nunca nos sentiremos solos porque siempre está la presencia y la fuerza del Señor día a día tenemos que ir realizando ese crecimiento de nuestro espíritu, de nuestra santidad. Es el camino de perfección que cada uno hemos de recorrer y en el que no nos faltará la fuerza y la asistencia del Espíritu Santo. Dios irá poniendo también a nuestro lado personas que nos ayuden, que puedan ser también una guía espiritual, y que tenemos que saber descubrir.

Y todo esto que estamos reflexionando no es sólo para los místicos, por así decirlo, sino que es el camino de nuestra vida cristiana que todos, mayores o jóvenes o en cualquier estado de nuestra vida, tenemos que saber recorrer. Que en Santa Teresa a quien hoy celebramos encontremos ejemplo y estímulo y que ella interceda por nosotros para alcanzar del Señor esa gracia de la santidad para nosotros.

viernes, 14 de octubre de 2011

Como un libro abierto


Rom. 4, 1-8;

Sal. 31;

Lc. 12, 1-7

Esta persona es como un libro abierto. Seguramente habremos escuchado una expresión semejante para referirnos a una persona sincera y recta. Y cuando hablamos de sinceridad no es simplemente la de aquellos que proclaman que dicen siempre la verdad, que no tienen papas en la boca (en expresión muy canaria) y que dicen siempre lo que sienten o piensan a quien sea o como sea, sin importarles incluso el daño que puedan hacer.

Cuando hablamos de sinceridad nos referimos más bien a la sinceridad de la vida en el sentido de la congruencia que hay en esa persona entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Porque decir, se pueden decir muchas cosas; lo que es necesario es que haya autenticidad porque haya verdadera concordancia entre una cosa y otra. Por eso decimos sinceridad y rectitud; sinceridad en la vida para dejar trasparentar en lo que hace esa rectitud interior. Por eso decimos, es como un libro abierto, porque viéndola estamos viendo sus obras y su interior, la rectitud de su corazón.

Hoy le hemos escuchado decir a Jesús: ‘Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía’. Se había congregado mucha gente alrededor de Jesús. En esas expresiones hiperbólicas de los evangelistas con las que se quiere magnificar la admiración que Jesús suscita en sus oyentes, se nos habla de ‘miles y miles de personas que se agolpaban hasta pisarse unos a otros’. Es una forma de hablar. Y Jesús comienza haciendo esa recomendación que hemos escuchado a los discípulos.

Frente a la hipocresía de los fariseos, esa doblez de corazón, la sinceridad y la autenticidad. Y en esa sinceridad y autenticidad de nuestra vida seremos, tenemos que ser, como un libro abierto. Porque la verdad ha de conocerse; la verdad tiene que resplandecer; la verdad tiene que contagiar a todos para hacer un mundo nuevo, ese mundo nuevo que llamamos Reino de Dios. ‘Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse…’ Hagamos lo bueno, pensemos en lo bueno, tengamos lleno el corazón de bondad y con ellos contagiaremos de bondad y de amor a los demás. Que en ese libro abierto de nuestra vida todos sepan leer toda esa rectitud, todas esas cosas buenas de las que tenemos lleno el corazón.

Pero algo más quiere decirnos hoy el Señor. Nos habla de los miedos que pudiera haber en nuestra vida. Por muchos motivos hoy andamos muy temerosos y hasta desconfiados los unos de los otros. Un mundo de violencias y de maldad que nos rodea hace que nuestro corazón se llene de temores porque podemos sufrir las consecuencias de esa violencia o de esa maldad. Tememos el que podamos poner en peligro la vida, o las cosas que poseemos. Nos aferramos a la vida y nos aferramos a las cosas.

Pero Jesús nos habla no de esos miedos, sino de algo más profundo y qué tendríamos que temer. ‘No tengáis miedo a los que puedan matar el cuerpo, pero no pueden hacer nada más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar en el fuego’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? No es matar el cuerpo, no se refiere simplemente a la vida material o corporal.

Hay quien puede influir en nosotros para apartarnos del camino del bien e inducirnos al mal. Hay quien puede influir en nosotros para que llenemos nuestra vida de falsedad y de muerte. Hay quien nos puede alejar de la virtud, poner en duda nuestros principios y nuestra fe. Hay quien nos puede hacer resbalar por un camino de frialdad, de indiferencia, de atonía espiritual. Y muchas cosas más. ¡Cuánto daño nos pueden hacer con estas cosas! Esto es lo que tenemos que temer. Quien puede meter el pecado en nuestra vida, quien nos puede apartar de los caminos de Dios. ¡Cuidado con quien nos pueda echar en el fuego de la maldad!, nos viene a decir Jesús.

jueves, 13 de octubre de 2011

Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios


Rom. 3, 21-30;

Sal. 129;

Lc. 11, 47-54

‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, hemos rezado, proclamado, repetido una y otra vez en el salmo. ¿Quién es el que nos salva? ¿De dónde esperamos la salvación? ‘Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen…’ nos decía san Pablo.

Tenemos que ser buenos, es cierto; tenemos que cumplir lo que es la voluntad del Señor; hemos de responder con nuestro amor, con nuestras obras del amor, a tanto amor cómo Dios derrama sobre nuestra vida. Esas serán las obras con las que manifestamos que vivimos la salvación que Dios nos ofrece. Pero quien nos salva es el Señor. ‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, como rezábamos en el salmo.

Y es que la salvación es gracia, es don gratuito de Dios, es regalo del amor de Dios. No por nuestros merecimientos sino por el amor infinito que Dios nos tiene. Andamos muchas veces muy preocupados por los merecimientos y poco menos que queremos llevar una contabilidad de las cosas buenas que hacemos, como para presentarle una lista a Dios de lo buenos que somos cuando lleguemos al juicio de Dios. Ni que Dios no supiera las cosas buenas que hacemos.

Parece como que quisiéramos justificarnos ante de Dios, cuando el que nos justifica y nos salva es el Señor, que es Jesús el que ha derramado su sangre en la cruz para nuestra redención. Como nos dice el apóstol: ‘Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre’.

En consecuencia, todas esas cosas buenas que hacemos no son sino la respuesta necesaria que nosotros damos al amor que Dios nos tiene. Con todo eso bueno lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios, no nuestra gloria. ¿No es justo que cuando tanto recibimos del Señor tengamos un corazón agradecido que le mostremos nuestro amor? Y le mostraremos nuestro amor con nuestra fe, con nuestra fidelidad, con el cumplimiento de su voluntad, con nuestra responsabilidad y con todas esas cosas buenas que hacemos. ¡Cómo no vamos, entonces, a amar a aquellos a los que el Señor ama!

Qué hermosos aquellos antiguos versos hechos oración:Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiese infierno te temiera’. Nos tiene que mover el amor que Dios nos tiene, cuando lo contemplamos en la cruz crucificado por nosotros. Por eso terminaban aquellos versos:No me tienes que dar porque te quiera, porque, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Aunque bien sabemos que el Señor nunca se deja ganar en generosidad y el regalo de su amor siempre será más grande que todo el amor que nosotros podamos tenerle. Pero seamos generosos en nuestra entrega y en nuestro amor para con el Señor. Vivamos con gozo nuestra fe en El.

Pero ya sabemos cuán débiles y pecadores somos. Por eso, una y otra vez nos estamos confiando a su misericordia. ‘Mi alma espera al Señor, espera en su palabra, mi alma aguarda al Señor’, que decíamos en el salmo. Dura e insoportable sería nuestra vida si no viviéramos con esta esperanza. Si siempre vamos a tener sobre el peso de la conciencia nuestros delitos y pecados ‘¿quién podrá resistir?, pero de ti procede el perdón’, le pedíamos en el salmo.

Como el ladrón arrepentido junto a la cruz de Jesús, por eso lo llamamos ya el buen ladrón, le decimos una y otra vez ‘Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu paraíso’. Y ya sabemos cuál es la respuesta de amor generoso, de perdón y de paz que nos da el Señor. Así ponemos toda nuestra fe en El porque sabemos que sólo de El nos viene la justicia salvadora y la justificación que nos llena de gracia y de paz.

miércoles, 12 de octubre de 2011

María es verdadera columna que nos guía y nos sostiene en el camino de Jesús


1Crónicas, 15, 3-4.15-16; 16, 1-2;

Sal. 26;

Lc. 11, 27-28

‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto’. Con esta antífona inicia la liturgia la celebración de este día. Una clara referencia a aquella nube que como columna luminosa en la noche y resfrescante con su sombra en el día iba sobre el campamento del pueblo peregrino por el desierto y que era además la señal cuando se levantaba o se posaba sobre el campamento de su camino hacia la tierra prometida.

La liturgia en este día con ello nos señala a María que así nos acompaña en nuestro peregrinar de fe a lo largo de la vida como madre que nos guía y nos protege, pero clarísima referencia a lo que ha significa para el pueblo cristiano español la columna, el pilar de la Santísima Virgen María, anclado a las orillas del Ebro en Zaragoza.

Es María esa tienda de la Alianza plantada en medio del pueblo cristiano que siempre nos recordará a Jesús, nos llevará hasta Jesús para que sintamos su presencia y su gracia salvadora. La primera lectura nos ha hablado del traslado del Arca de la Alianza, símbolo de la presencia de Dios siempre con su pueblo, que el Rey David traslada con todo honor y veneración hasta la Tienda que había preparado en medio de su pueblo.

Cuando el Verbo de Dios decide plantar su tienda en medio de nosotros, como nos dice el evangelio de Lucas, escogerá a María para en sus entrañas encarnarse y hacerse hombre, por eso podemos decir que María es esa Tienda de la Nueva Alianza porque con su Sí hizo posible la encarnación de Dios, la presencia del Emmanuel, Dios con nosotros, para ser nuestra vida y salvación.

Por eso siempre nosotros recordaremos a María, miraremos a María para aprender de ella a abrir nuestro corazón para que Dios se haga presente en nuestra vida, para decir Sí en todo momento a lo que es la voluntad de Dios, sintiéndonos como María humildes ante Dios para que su voluntad se realice en nosotros, para que su Palabra se plante en nuestra vida, y como María demos frutos de vida, de gracia, de salvación. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’.

Dichosa María, todas las generaciones la felicitarán como ella misma proféticamente anunciara en el cántico del Magnificat – ‘desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí’ - y que veremos en el evangelio que será llamada dichosa por su fe por parte de su prima Isabel – ‘¡dichosa tú que has creido!’ -; dichosa por haber criado en su seno al Hijo de Dios, - ‘los pechos que te alimentaron y el vientre que te llevó’ - como la cantara la mujer anónima que escuchamos hoy en el evangelio; y dichosa porque escuchaba la Palabra de Dios y la plantaba en su vida, como diría también de ella el mismo Jesús. ‘¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’

Nosotros queremos también cantar a María y no sólo la llamamos a ella dichosa porque grande era el amor que se derramaba en su corazón porque Dios así la había llenado de gracia, sino que con ella nos sentimos nosotros dichosos por tenerla como madre que así nos la regaló Jesús desde la cruz, por tenerla a nuestro lado como esa columna que nos guía y nos sostiene noche y día alcanzándonos la gracia del Señor, por tenerla en medio de nosotros como ese pilar en quien apoyarnos para sentirnos seguros, porque con María sabemos que no erraremos el camino que nos conduce hasta Jesús, que nos hace seguir a Jesús.

‘El Señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado’, hemos exclamado nosotros en alabanza a María con el responsorio del salmo. ¡Qué dicha haber tenido siempre en España esa especial presencia de María que nos ha ayudado en nuestro caminar, ha mantenido la fe de todas las generaciones, y nos ha impulsado a llevar esa misma fe por los caminos del mundo en tantos y tantos misioneros y misioneras que han surgido de nuestra tierra y que se han repartido por todas partes!

Por eso tenemos que pedirle a María, madre amorosa y buena, que siga intercediendo por nosotros, que nos sintamos cobijados bajo su manto protector, que nos alcance la gracia del Señor para mantenernos siempre firmes en nuestra fe frente a tantos embates que de una forma u otra quieren atentar contra la integridad de nuestra fe cristiana.

Necesitamos sentirnos fortalecidos frente al materialismo de la vida que nos invade, frente a la tibieza y a la frialdad qu nos llevan a una indiferencia religiosa muy preocupante en muchas generaciones hoy en día, frente a ese neopaganismo que muchas veces se nos quiere imponer cuando se nos quiere relegar al ámbito sólo de lo privado la vivencia y manifestación de nuestra fe y cuando se quieren desterrar de lo público y lo social todo lo que sea un signo religioso y cristiano.

Necesitamos ser valientes en la proclamación de nuestra fe y es gracia que le queremos pedir en este día a María, la Virgen, Madre de Dios y madre nuestra. Que nos mantengamos firmes en la fe y generosos en el amor, como pedimos en las oraciones litúrgicas porque ante tantas necesidades y problemas que se viven en nuestra sociedad y que sufren tantos hermanos nuestros como sabemos por la situación tan crítica que vivimos, nuestro amor, nuestra generosidad, nuestra solidaridad tienen que brillar de manera especial.

Fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor, son actitudes, son estilo de vivir y de manifestarnos que también pedimos en otra de las oraciones de la liturgia de esta fiesta. La columna o el pilar dan fortaleza a una edificación; que María, su presencia, su amor, la gracia que del Señor nos alcanza, nos ayude a tener y manifestar en todo momento esa fortaleza y esa vivencia comprometida de nuestro ser cristiano.

martes, 11 de octubre de 2011

Contagiemos a los que nos rodean de la alegría de la fe y del evangelio


Rom. 1, 16-25;

Sal. 18;

Lc. 11, 37-41

‘Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza der Dios para todo el que cree… porque en él se revela la justicia de Dios para los que creen en virtud de la fe…’ No me avergüenzo, todo lo contrario es mi orgullo y mi gloria. Si de algo podemos sentirnos en verdad orgullosos, llenos de gozo interior es de la justicia y salvación que Dios nos ofrece en su evangelio.

Creemos en Jesús y seguimos los caminos de su evangelio; creemos en Jesús y en su evangelio encontramos la verdadera luz de nuestro caminar; creemos en Jesús y viviendo el evangelio podemos conocer a Dios que se nos revela en plenitud; creemos en el evangelio y nos llenamos de Dios, nos llenamos de su salvación.

La fe que tenemos en Jesús y en su evangelio no puede ser algo vergonzoso y que ocultemos o disimulemos; todo lo contrario cuando hemos encontrado la perla preciosa de la fe y del evangelio nuestra vida tiene que volverse luminosa, resplandeciente y con alegría nos manifesstamos creyente delante de todo el mundo.

Son muchas las tentaciones en este sentido que sufrimos. El mundo que nos rodea no nos entiende y nos falta en muchas ocasiones valentía para manifestarnos como creyentes, aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo. Algunas veces nos toca sufrir a causa de nuestra fe porque nos vamos a encontrar los intransigentes que proclaman su libertad, pero no nos dejan manifestar con toda nuestra libertad la fe que nosotros profesamos. Unas veces de forma abierta, otras de manera más sutil, pero tenemos que saber dar la cara por el evangelio, por nuestra fe aunque nos cueste.

Es triste, como nos señala de alguna manera el apóstol, que tantos teniendo ante sus ojos la claridad y el resplandor que nos puede llevar a descubrir a Dios, prefieren permanecer en la oscuridad del error, del sin sentido; tienen la evidencia de las obras de Dios que nos están manifestando en todo momento la gloria de Dios, pero se ciegan y confunden y se crean sus propios dioses o sus propias esclavitudes.

‘Realmente no tienen defensa, nos viene a decir el apóstol, porque conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía… al contrario su mente insensata se sumergió en tinieblas… cambiando el Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en lugar de al Creador’.

Busquemos a Dios; reconozcamos las obras de Dios que nos hablan del Creador. Sigamos a Jesús, convirtamos el evangelio en la razón de ser de nuestra vida. Sintamos gozo profundo en el alma por la fe que tenemos y dejemonos iluminar por su luz. No nos acobardemos ni nos encerremos en nosotros mismos a causa de nuestros miedos y temores, sino que valientemente demos testimonio, proclamemos nuestra fe en Jesús, contagiemos a los que están a nuestro lado de la alegría de la fe.

Finalmente una palabra del evangelio hoy proclamado. El fariseo se extraña o escandaliza de que Jesús no se lavara las manos antes de sentarse a la mesa. Pero Jesús nos quiere hacer ver que lo que en verdad tiene que estar limpio es el corazón. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’.

Que de la bondad de nuestro corazón seamos capaces de repartir siempre para ser generosos en todo momento con los demás. Cuando aprendamos a ser generosos y compartir lo que llevamos dentro iremos purificando nuestro corazón de toda maldad y de todo pecado. Un corazón generoso nunca permitirá que aniden en él los malos propósitos y malos deseos.

lunes, 10 de octubre de 2011

Apóstol escogido para anunciar el evangelio de Dios


Rom. 1, 1-7;

Sal. 97;

Lc. 11, 29-32

‘Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios…’ Así comienza, como hemos escuchado, san Pablo la carta que dirige a los cristianos de Roma que comenzamos a leer en estos días de forma continuada en la primera lectura.

¿Por qué escribe Pablo a los cristianos de Roma? ¿Con qué autoridad? Podriamos decir quizá de entrada que era como su presentación porque tenía intenciones de ir a Roma cuando hasta entonces su campo de acción había sido las regiones de la zona oriental del Mediterraneo, el Asia Menor – hoy Turquía -, Grecia extendiendo sus recorridos hasta Macedonia, por donde había entrado al continente europeo. Ahora quiere llegar hasta los confines del mundo conocido, porque su intención, como manifestará en esta carta es llegar hasta España.

Pero ¿qué es lo que le motiva y, por así decirlo, le da autoridad para dirigirse a los cristianos de Roma? Podíamos decir aquello que manifestará en otra de sus cartas ‘¡ay de mí si no evangelizare, si no anuncio el evangelio!’ Son los títulos con los que se presenta, ‘siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol y escogido para anunciar el evangelio de Dios’.

No es simplemente su iniciativa, sino que la iniciativa, la llamada siempre viene de Dios. ‘Llamado a ser apóstol’. Fue el Señor el que lo llamó y lo escogió. ‘Será vaso de elección’, le había dicho el Señor en su aparición a Ananías, ‘instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes y al pueblo de Israel’. Como dice de sí mismo ‘escogido para anunciar el evangelio de Dios’.

¿En qué consiste ese evangelio? ¿cuál es esa Buena Noticia que tiene que anunciar? Nos hace brevemente un resumen del mensaje del evangelio en estos primeros renglones de la carta. ‘Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David, constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte’.

El Evangelio es Jesús,verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, por su encarnación, para ser nuestra salvador, Jesucristo, muerto y resucitado. Por El Pablo ha recibido este don de ser apóstol para suscitar la fe en todos los pueblos y quiere llevar, entonces, la gracia y la paz de parte de Dios a todos los hombres. Diríamos que así se constituye el saludo de esta carta, que recogemos en nuestras acciones litúrgicas.

Podríamos subrayar muchas cosas en orden a la vivencia de nuestra fe y de nuestra espiritualidad. Escuchamos la Palabra como alimento de nuestra vidda y siempre tenemos que saber descubrir ese mensaje de salvación que Dios quiere trasmitirnos en su Palabra. Podríamos comenzar subrayando lo que es el centro y el meollo de nuestra fe, que es Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Así proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación.

Que esta Palabra, pues, que estamos escuchando nos ayude a crecer en nuestra fe; una fe que sea firme; una fe de la que sepamos dar razon con toda nuestra vida; una fe que valientemente hemos también de proclamar, porque el bautismo que recibimos a eso nos compromete, a ser testigos y apóstoles en medio de nuestro mundo.

Y contemplando el arrojo y valentía del apóstol que quiere llegar hasta los confines de la tierra en ese anuncio del evangelio sintamos interiormente nosotros esa misma inquietud. Estamos en el mes de octubre que en la Iglesia es un mes especialmente misionero, porque en él celebramos la Jornada del Domund, el domingo mundial de la propagación de la fe. Que sintamos, pues, esa inquietud; que nos sintamos misioneros con el testimonio de nuestra vida, con la palabra que decimos que sea siempre un anunciar el nombre de Jesús, y por toda la colaboración que prestemos con nuestra oración y con nuestros aportes a todo lo que es la obra misionera de la Iglesia, que es también nuestra obra y nuestra misión.

domingo, 9 de octubre de 2011

Está preparado el banquete, vistamos el traje de fiesta del Reino de los cielos


Is. 25, 6-10;

Sal. 22;

Filp. 4, 12-14.19-20;

Mt. 22, 1-14

‘Tengo preparado el banquete… todo está a punto… venid a la boda… pero los convidados no hicieron caso…’ Y nosotros nos preguntamos ¿cómo es que habiendo sido invitados no quisieron ir al banquete de bodas? Cada uno se fue a sus cosas, a sus negocios, a sus ocupaciones, o al menos buscaron una disculpa para no asistir. Podría extrañarnos esa actitud pero también creo que tendría que hacernos pensar, porque quizá también nosotros podamos estar resistiéndonos a participar en ese banquete de bodas por alguna actitud negativa y de muerte que tengamos dentro de nosotros.

Tenemos que ir más allá de la materialidad de asistir o no asistir a un banquete cualquiera o una comida a la que nos hayan invitado para captar todo el sentido que tiene la parábola; una parábola que nos está señalando la invitación que nosotros recibimos también a participar en el reino de los cielos. Así comienza Jesús diciendo: ‘El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir…’

La boda, el banquete de bodas es la imagen que nos está hablando del reino de los cielos, del reino de Dios. Es la misma imagen que empleaba el profeta Isaías para hablarnos del sentido de los tiempos mesiánicos. ‘Aquel día el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos en este monte un festín de manjaeres suculentos, en festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos…’

Hermosa la mesa a la que somos invitados a sentarnos. Hermosa descripción que nos hace el profeta: una invitación a la vida, a la alegría, al gozo profundo en el alma, porque todo lo que sea muerte y tristeza ha sido eliminado; una invitación a salir de la esclavitud igual que un día quisiera sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto para llevarnos a la vida expresada en la tierra prometida; una invitación a arrancarnos de todo lo que sea egoismo y muerte porque todo ha de ser comunión y compartir generoso, como hacen los que se sientan a una misma mesa. Son las señales del Reino de Dios que hemos de manifestar en nuestra vida. ¿Respondemos o no a esa invitación?

Una vez más vemos cómo es el corazón bondadoso y misericordioso de Dios. Aunque aquellos invitados rechazan el participar en aquel banquete a pesar de las repetidas insistencias de aquel rey, sin embargo el banquete sigue en pie y se les va a ofrecer la oportunidad a otros que puedan sentarse en esa mesa del Reino de Dios.

La parábola dirigida directamente a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo les está diciendo que si ellos no quieren aceptar el Reino de Dios que Jesús está instituyendo, otros serán los que se sienten a la mesa. ‘Vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur’, como ya hemos escuchado decir a Jesús en otros momentos. Por eso el rey manda a sus criados que salgan ‘a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis invitadlos a la boda… y la sala se llenó de comensales…’

Dios que nos llama y nos busca a todos, porque la pertenencia y vivencia del Reino de Dios no es exclusividad de un pueblo o de una raza. La mesa de la salvación es para todos porque ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’. Pero, aunque todos son llamados e invitados, el participar en ese banquete del reino tiene sus exigencias. Quienes se van a sentar en la mesa del Reino lo harán porque también se van a despojar de vestiduras de muerte, han de vestirse con las vestiduras de fiesta, las vestiduras del amor y de la alegría de la gracia. Son las actitudes nuevas que hemos de tener en la vida. Son los valores y virtudes en los que tiene que resplandecer siempre el cristiano.

De la misma manera que sentarse alrededor de una mesa para comer juntos presupone amistad y comunión entre quienes están allí reunidos, porque quienes están enfrentados entre sí, quienes no se aman o quienes se hacen daño mutuamente difícil es que se sienten juntos, así entre quienes creemos en Jesús, entre los que nos decimos cristianos es necesario también esa unión, esa comunión, ese amor. Lo contrario sería un contrasentido, no estar vestido interiormente con la vestidura de esas necesarias actitudes y gestos de amor. Es lo que siempre y en todo momento hemos de procurar y en lo que hemos de distinguirnos cualquiera que sea la situación de nuestra vida.

Sentarnos a participar de la mesa de la Eucaristía tiene que ser la más honda expresión de esa vivencia del Reino de Dios. La Eucaristía es el culmen y el centro de toda la vida cristiana, de toda la vida de la Iglesia. Venir a la Eucaristia es venir a celebrar ese banquete del Reino de Dios en que Cristo mismo se nos da en comida. El manjar más suculento y el vino más generoso, empleando la expresión del profeta, es que podamos comer el Cuerpo de Cristo y beber su Sangre.

¡Qué cosa más hermosa que podamos comulgar! ¡Qué alegría más grande hemos de sentir en nuestro corazón! ¡Qué unión más íntima y profunda tenemos con el Señor cuando le comemos en la Eucaristía! Pero no olvidemos que para que sea auténtica esa unión con Cristo es porque también vivamos nuestra unión con los hermanos.

Pero ya sabemos para poder comer de la mesa de la Eucaristía, comulgar a Cristo, es necesario, hemos de estar vestidos con el traje de la gracia, vivir en la gracia y santidad de Dios. Indignamente no podemos acercarnos a la mesa de la Eucaristía. No somos dignos, es cierto, porque somos pecadores. Así lo reconocemos humildemente en distintos momentos de la celebración, ya sea en el acto penitencial del inicio de la Eucaristía donde invocamos la piedad y la misericordia del Señor, o ya sea en momentos anteriores a comulgar en que una vez más nos manifestamos que no somos dignos, pero que confiados en la misericordia del Señor tenemos la confianza y la certeza de que su palabra nos sana y nos salva haciéndonos dignos de poder comer a Cristo mismo que se nos da.

Ya sabemos, por otra parte, que cuando hay ruptura grave con el Señor porque hay pecado mortal en nuestra vida necesitamos previamente recibir la gracia de Dios, la gracia del perdón en el Sacramento de la Penitencia. Es en el Sacramento de la Penitencia donde restauramos la gracia perdida por el pecado mortal. Y humildemente hemos de acudir al Sacramento de la Penitencia para recuperar la gracia de Dios, para poder estar en gracia de Dios, para poder tener ese vestido de fiesta que nos permite participar en el banquete del Reino. Es algo que hemos de tener muy en cuenta y no podemos olvidar, porque algunos cristianos andan con mucha ligereza en este sentido. Creo que las imagénes que nos ofrece la parábola hoy nos ayudan a pensar mucho sobre todo esto.

Concluyamos nuestra reflexión con las palabras alentadoras del profeta que nos invitan a la alegría, a la fiesta, a la celebración; que nos invitan hacer una hermosa profesión de fe en la presencia salvadora del Señor y en consecuencia nos invitan a gozarnos hondamente en nuestra celebración. ‘Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación…’

Aquí hemos venido a celebrar y a gozarnos con la salvación de Dios. Aquí estamos queriendo responder a esa invitación del Señor que nos llama a participar en el banquete de su Reino. Aquí estamos en lo que es el centro de nuestra vida y de nuestra fe, celebrando el banquete de la Eucaristía. Lo hacemos con alegria, con gozo hondo, con esperanza cierta, con un compromiso grande.

Que recojamos en verdad todo lo que es nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, nuestras luchas y esfuerzos por mantenernos en todo momento en esa fidelidad de la fe y del amor, ese camino que cada día queremos hacer amándonos más, comprendiéndonos y ayudándonos, aceptándonos mutuamente y perdonándonos porque queremos vivir esa comunión de amor, también con nuestras debilidades y nuestros tropiezos.

Ante el Señor lo ponemos, al Señor le pedimos que nos bendiga con la fuerza de su Espíritu, al Señor imploramos misericordia y perdón para nuestras flaquezas y debilidades. Es el traje de fiesta que queremos vestir para participar dignamente y con toda intensidad en esta Eucaristía. Que celebremos y nos gocemos en verdad con su salvación y con su amor.

sábado, 8 de octubre de 2011

Una bienaventuranza para los que escuchan la Palabra


Joel, 3, 12-21;

Sal. 96

Lc. 11, 27-28

El entusiasmo por Jesús entre las gentes sencillas es algo que se repite en el evangelio. Son muchas las expresiones de este entusiasmo ante sus palabras, ante sus milagros, ante todo lo que va surgiendo en los corazones de los pequeños, de los sencillos, de los humildes cuando se van encontrando con Jesús. Es a ellos a quienes se manifiestan los misterios del Reino de Dios. Son los que tienen un corazón humilde y sencillo los que pueden ir descubriendo el misterio de Dios que se manifiesta en Jesús. Recordemos cómo Jesús da gracias al Padre porque revela estas cosas no a los sabios y entendidos sino a los sencillos y a los pequeños.

Se admiraban de la autoridad de su palabra, del poder de Dios se manifestaba en sus acciones y milagros. ‘Nadie ha hablado con igual autoridad’, decían. ‘Un profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaban viendo el actuar de Jesús. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, proclamaban otros corroborando así con esa fe sencilla lo que habían anunciado los profetas e incluso el anciano Zacarías había proclamado también ya desde el nacimiento de Juan. Podríamos recordar muchas páginas del evangelio.

Hoy es una mujer sencilla del pueblo, anónima porque su voz surge como un grito en medio de la multitud, la que admirándose de la autoridad y poder de Jesús se fija sin embargo en la dicha de la madre. ¡Dichosa madre que tiene un hijo así! Será una mujer, una madre quizá, la que piense en la madre, en la dicha de la madre de tal hijo. Se suele decir que detrás de un gran hombre tiene que haber siempre una gran mujer, una gran madre. Era el caso de Jesús y de María.

Es natural esa explosión de júbilo del corazón de aquella mujer. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!’ Una expresión llena de encanto, de ternura, de poesía. Es la forma de hablar de los orientales y de los semitas que utilizan muchas imágenes en su lenguaje.

Pero ya escuchamos y hemos comentado muchas veces la réplica de Jesús, que de ninguna manera pretende rebajar la posición de la madre. Es más, es una alabanza, una bienaventuranza también para María. ¿Quién ha sido capaz de acoger como lo hizo María en su corazón la Palabra de Dios en la vida? Por eso decimos que estas palabras son una bienaventuranza también para María.

María la que sabía leer con su corazón todo lo que el Señor le revelaba y daba a conocer. Guardaba en su corazón todo cuanto sucedía porque en esas cosas, aunque algunas veces no las comprendiera, ella sentía que Dios le hablaba. Se pondrá a considerar el significado de las palabras del saludo del ángel que no acababa de entender, pero también iba guardando y rumiando en su corazón todas aquellos acontecimientos soprendentes que rodearon el nacimiento y la infancia de Jesús.

‘¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’ Una nueva bienaventuranza de Jesús a añadir a las proclamadas en el sermón del monte. Ha sido una constante de Jesús el decirnos cómo tenemos que escuchar y acoger la Palabra de Dios. Como un edificio plantado sobre los cimientos de la roca firme son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Que no basta decir ¡Señor, Señor!, nos dirá en otra ocasión. Que no es sólo con palabras bonitas cómo vamos a expresar una fe que implica un seguimiento radical de Jesús, sino que tiene que ser con toda la vida.

Queremos nosotros también alabar y bendecir al Señor por tantas maravillas de amor con las que se nos manifiesta. Queremos alabar y bendecir al Señor, sí, porque nos ha dado a María y en ella tenemos el mejor ejemplo de cómo plantar en nuestro corazón la Palabra de Dios. Queremos alabar y bendecir al Señor que nos da cada día la posibilidad de escuchar su Palabra y a nosotros también nos llamará dichosos y felices porque queremos escucharla con corazón humilde y sencillo, y queremos ser esa tierra buena que haga posible que la semilla de fruto al ciento por uno. Dichosos nosotros, si somos capaces de plantar la Palabra en nuestro corazón y nuestra vida.

viernes, 7 de octubre de 2011

Con el Rosario de María se mantenga firme y madure la fe del pueblo sencillo



La fiesta de la Virgen del Rosario que celebramos en este día, 7 de octubre, tuvo su origen en el mandato del Papa San Pío V instituyendo esta fiesta como recuerdo y gratitud a la Virgen por la victoria de Lepanto. El pueblo cristiano en Europa se veía amenazado con el avance del Islam y esta victoria de los ejércitos cristianos frente al invasor se atribuyó a la intercesión de la Virgen, pues todo el pueblo cristiano la invocaba con el rezo del santo Rosario. En principio comenzó a llamarse nuestra Señora de las Victorias, para instituirse pronto como fiesta de nuestra Señor del Rosario.

Una fiesta y una devoción muy arraigada en el pueblo cristiano, pues numerosas son las Iglesias levantadas en honor de la Virgen en esta advocación del Rosario en todos nuestros pueblos y raro sería el templo que no tuviera un altar en honor de la Virgen del Rosario; y además entre las costumbres populares que se mantienen en muchos pueblos en estas fiestas de la Virgen del Rosario está la representación de la librea, como se le llama en muchos lugares, que no es otra cosa que la representación de la batalla de Lepanto, repetidas en numerosos lugares.

Como un dato cercanos a nosotros están los magníficos murales de la Parroquia de Santo Domingo en nuestra ciudad de La Laguna con dicha representación; y en pueblos cercanos a nosotros como en Valle de Guerra, pero también en otros muchos lugares, se hacen dichas representaciones de teatro popular y religioso en la mencionada librea.

Pero esta devoción a la Virgen del Rosario no son solo estas fiestas y representaciones, sino es la oración más extendida en honor de la Virgen que es el rezo del santo Rosario. Es la piedad y la devoción del pueblo sencillo que repite una y otra vez como un hermoso ramillete de piropos el rezo del avemaría a la Virgen. Fue santo Domingo de Guzmán el gran propagador del rezo del rosario ya desde el siglo XIII; cuando el pueblo quizá se fue alejando en cierto modo de la liturgia celebrada en una lengua que ya no entendía e incapaz de rezar con los salmos bíblicos como hermosa oración de la Iglesia, fue esta devoción sencilla la que mantuvo y sigue manteniendo la fe de nuestras gentes en su devoción y amor a María, la Madre de Dios y nuestra madre.

Hermosa oración del rosario si la hacemos con todo sentido y devoción, porque no es sólo la repetición que se puede volver cansina de las avemarías una y otra vez, sino que es la meditación de todo el misterio de Cristo que hacemos a los pies de la Virgen y siempre dejándonos conducir por ella que nos llevará hasta Jesús. Los misterios del Rosario que recordamos en cada una de las decenas no son otra cosa que los misterios de la vida de Cristo que María nos ayuda a meditar, a rumiar en nuestro corazón, como ella misma hacía cuando iba contemplando todo el misterio de Dios que en ella y ante ella se estaba realizando.

‘Haced lo que el os diga’, nos sigue repitiendo María, como a aquellos sirvientes de las Bodas de Caná. En ese rumiar el misterio de Cristo a la sombra de María es lo que ella nos va repitiendo allá en nuestro corazón. Ponemos a María junto a nosotros en nuestra devoción porque ella es la Madre; una madre siempre nos enseñará lo bueno porque ella quiere siempre lo mejor para su hijo; una madre siempre nos ayudará a levantar nuestro espíritu y nuestro corazón para que soñemos con cosas grandes.

María, madre de Jesús y madre nuestra, como la contemplamos en el cenáculo allí está pidiendo que se derrame el Espíritu sobre los Apóstoles, sobre la Iglesia. Ella sabía muy bien lo que era llenarse del Espíritu de Dios, porque desde la Encarnación de Dios en sus entrañas así se sentía ella inundada del Espíritu divino y era el que siempre la conducía por los caminos de la fe y del amor. Es lo que hoy nos está enseñando también María.

Como dicen unos versos populares incluso convertidos en himno litúrgico que cantamos en honor de María en la liturgia de las horas, ‘rezar el santo rosario / no sólo es hacer memoria / del gozo, el dolor, la gloria / de Nazaret al Calvario. / Es el fiel itinerario / de una realidad vivida, / y quedará entretejida, / siguiendo al Cristo gozoso, / crucificado y glorioso, / en el rosario, la vida’.

Que quede, sí, entretejida nuestra vida en el misterio de Cristo. Dejémonos enseñar por María y con María oremos para así cada día crezcamos más y más en nuestra fe y nuestro amor, crezcamos más y más en santidad.

jueves, 6 de octubre de 2011

Nuestro Padre nos dará el Espíritu Santo si se lo pedimos


Mal. 3, 13-18; 4, 2;

Sal. 1;

Lc. 11, 5-13

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, repetimos en el salmo. ¿En quién mejor podemos poner nuestra confianza?

Confiamos porque nos sentimos seguros; confiamos porque nos sentimos apreciados y amados; confiamos y nos dejamos guiar; confiamos y no tememos; confiamos y nos sentimos en paz. La confianza en la vida, también como un valor humano necesario en nuestras relaciones entre unos y otros, nos hace crecer y madurar y hará que nos sintamos más libres y hasta seamos capaces de desarrollar mejor todas nuestras capacidades. La confianza verdadera no nos hace dependientes ni inseguros sino todo lo contrario. Porque si una de las cosas que nos da confianza es el sentirnos apreciados y valorados, aprenderemos también a valorarnos a nosotros mismos, a ser más nosotros mismos y a desarrollar mejor todo nuestro ser.

Esto que decimos como un valor humano lo podemos vivir profundamente en nuestra relación con el Señor, con Dios. Decimos que ponemos nuestra confianza en el Señor, pero es que es el Señor el que pone también su confianza en nosotros cuando nos ama. Somos lo más hermoso que ha salido de sus manos creadores, pues como nos dice la Biblia hemos sido creados a su imagen y semejanza. Y Dios sigue confiando en nosotros a pesar de que no siempre seamos fieles, y sigue amándonos a pesar de nuestro pecado. Es esa la maravilla del amor de Dios, que nos ama y nos entrega su Hijo no porque nosotros seamos buenos, sino incluso siendo nosotros pecadores.

Con esa confianza de amor acudimos a El en nuestra oración. Es lo que nos enseña hoy en el evangelio. A orar con la confianza de los hijos. A orar porque nos sentimos amados y porque también nosotros queremos amarle. Y oramos y le pedimos desde nuestra pobreza y necesidad, y oramos y le buscamos porque El lo es todo para nosotros; y oramos y lo llamamos porque siempre queremos sentirle a nuestro lado. Que orar no es sólo pedir, sino buscarle, sentir su presencia que llena e inunda nuestra vida.

Tenemos que aprender a darle profundidad, hondura a nuestra oración. Tenemos que aprender a gustar la presencia del Señor en nosotros cuando oramos. Si la oración es ese encuentro amoroso del hijo con su Padre nunca tendríamos que cansarnos de nuestra oración ni tendría que ser aburrido para nosotros ese momento en que nos encontramos con El. Es más, tendría que ser algo que estuviéramos deseando siempre, como el sediento que busca con ahinco la fuente de aguas frescas y vivas. Sin embargo, reconocemos, que muchas veces nos cuesta la oración, porque quizá no estamos en lo que estamos.

A eso nos invita hoy Jesús; a esa confianza, a ese encuentro de amor y de vida. Y nos dice que si entre nosotros los hombres, que no somos tan buenos, sin embargo escuchamos al que nos pide algo y lo atendemos, aunque solo fuera por la importunidad e insistencia del que pide, cuánto más no hará Dios que es Padre bondadoso y lleno de amor con nosotros. Dios nos escucha no porque lo dejemos en paz, sino porque es el Padre bueno que siempre está pendiente de sus hijos para darle lo mejor.

‘Así os digo a vosotros: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre…’ Pero fijémonos en lo que nos dice, ‘si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espiritu Santo a los que se lo piden?’

Pero, ¿le pediremos nosotros que nos dé su Espíritu Santo? Sí, pedir el Espíritu divino que sea nuestra fortaleza en nuestras luchas, que sea nuestra luz en las oscuridades de los caminos de la vida, que nos dé la luz de su sabiduría en todo momento para saber hacer el bien, discernir lo bueno que tenemos que hacer. No es que Dios nos resuelva milagrosamente los problemas que tenemos, sino que nos dé su luz para que sepamos discernir lo bueno, y escoger el mejor camino o la mejor solución. Y es el Espíritu divino que nos hará conocer más a Dios; el Espíritu que clama en nuestro interior para que llamemos Padre a Dios.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder

Témporas de acción de gracias y petición

Dt. 8, 7-18;

Sal.: 1Cro. 29, 10-12;

2Cor. 5, 17-21;

Mt. 7, 7-11

‘Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder’, hemos repetido en el salmo. Bien nos viene repetirlo, no olvidarlo. Porque vivimos absortos en la vida de cada día con sus luces o con sus sombras que podemos olvidar lo principal.

Podemos vivir momentos de prosperidad, de felicidad, en los que disfrutamos de cosas buenas y nos podemos olvidar en quien es el origen de todo. Nos aturdimos quizá por los problemas, las dificultades de la vida, los sufrimientos que nos van apareciendo y nos podemos encerrar de tal manera en nuestro dolor que nos hagamos rebeldes, duros de corazón, insensibles y no seamos capaces de acudir a quien es toda nuestra fuerza y nuestra luz.

Hoy la liturgia de la Iglesia nos quiere hacer vivir una feria muy especial. La llamamos témporas de acción de gracias y de petición. No celebramos ni la fiesta ni la memoria de ningún santo sino que la liturgia nos hace mirar a quien es el centro de nuestra vida, el origen y la fuerza de nuestra existencia, y la fortaleza para nuestro caminar y sentido último de toda nuestra vida y de todo lo que hacemos.

Los textos que nos propone la liturgia en sus oraciones y en la Palabra de Dios proclamada nos ayudan a encontrarle su sentido y a que lo vivamos intensamente. Podría incluso celebrarse en tres jornadas distintas pero unimos todos sus aspectos en una sola celebración al hilo de la Palabra de Dios proclamada.

Hermoso el texto del Deuteronomio a la manera de discurso de Moisés con recomendaciones para aquel pueblo que había peregrinado durante cuarenta años por el desierto desde su salida de Egipto pero que ahora van a establecerse en la tierra que el Señor les había prometido. Tierra que mana leche y miel, es la expresión que se emplea para describirlo. No es que sea un paraíso, pero para quienes habían vivido la pobreza de Egipto en su esclavitud y de un desierto duro e inhóspito en su recorrido, el que ahora puedan establecerse, tener sus casas y sus tierras, obtener el fruto de sus cosechas era algo maravilloso.

Pero ahí está la advertencia de Moisés. Cuidado no te olvides del Señor tu Dios, el que te sacó de Egipto, el que te ha hecho recorrer el desierto y ahora te ha dado esta tierra. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para crearte estas riquezas, y así mantiene la promesa que hizo a tus padres, como lo hace hoy’. No te olvides, reconoce la grandeza del Señor. Es el recuerdo agradecido. Es la proclamación de fe acompañada de la acción de gracias.

Es lo que nosotros hemos de saber hacer también. No te olvides del Señor, tu Dios. El es tu fuerza en tus luchas y en tus trabajos. Qué fácilmente olvidamos al Señor en los momentos buenos. Todavía en los momentos difíciles podemos acudir a El angustiados pidiendo su ayuda. Pero qué pronto como aquellos nueve leprosos nos vamos corriendo a disfrutar de la felicidad de lo que Dios nos ha dado y no somos capaces de volver para dar gracias. Solo uno fue capaz de volver hasta Jesús. Es el primer aspecto que tenemos en cuenta en nuestra celebración. ‘Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Pero es también día de petición. Y en esa petición van incluidas muchas cosas. Acudimos a Dios desde lo más hondo de nuestra vida, desde nuestro sentirnos pecadores primero que nada buscando el perdón y la reconciliación. Y es que cuando vemos las maravillas con las que el Señor nos regala continuamente, si hay sinceridad en nuestro corazón nos damos cuenta de nuestra miseria y nuestro pecado.

Empezando por el pecado de no reconocerle, de olvidarle, de no saber darle gracias. Pero es también el pecado de nuestro orgullo que nos endiosa porque cuando vemos en nuestras manos el fruto de nuestros trabajos ya nos creemos poco menos que dioses, porque pensamos que sólo con nuestras fuerzas lo hemos logrado. Es cierto que está nuestra inteligencia, nuestras capacidades y cualidades y está también nuestro esfuerzo. Pero, ¿quién nos ha dado todo eso? ¿lo tenemos sólo por nosotros mismos? Es el segundo aspecto de la celebración de hoy, que es tiempo de gracia y de reconciliación, de pedir humildemente perdón por nuestros pecados.

Y el otro aspecto de la petición ha de ser esa oración en la que han de tener cabida en nuestro corazón todos los hombres con todas sus necesidades. Es un momento de oración universal de manera especial. Oramos no ya por nosotros mismos que también lo hacemos, sino por los demás; y no sólo lo hacemos por aquellos que por un motivo u otro están cerca de nuestra vida y nuestro corazón, sino que ha de ser una oración por toda la humanidad, por toda la Iglesia, por todos los hombres.

Oramos con la confianza de los hijos. Oramos como nos enseñó el Señor a orar. Oramos con la insistencia y la confianza con que Jesús nos dice en el evangelio que hemos de orar siempre. Oramos con humildad porque nos sentimos pequeños, pero con mucho amor porque queremos llenarnos del Espíritu del Señor. Como decía santa Teresa del Niño Jesús somos en la Iglesia el amor, el corazón lleno de amor que ora por la Iglesia y que ora por todos los hombres.

Y mirando a la humanidad que nos rodea con tantas necesidades, problemas, crisis, situaciones difíciles, guerras, miserias cuántas cosas tenemos que pedirle al Señor. Y mirando a la Iglesia a la que tenemos el orgullo de pertenecer cuánto tenemos que orar por la Iglesia, por la extensión del Reino de Dios, por los apóstoles y los misioneros que llevan la luz del evangelio a todos los hombres, por nuestras comunidades, por nuestra diócesis.

martes, 4 de octubre de 2011

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania!


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 129;

Lc. 10, 38-42

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania! Seguro que todos desearíamos tener esa dicha, recibir a Jesús en nuestra casa, como lo hicieron aquellos tres hermanos Marta, María, Lázaro, como lo hizo aquella familia de Betania.

‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María…’ Eran las leyes sagradas de la hospitalidad que un oriental las respeta con sumo cuidado. Una hospitalidad que no solo es abrirle las puertas de la casa sino mucho más. De la hospitalidad y del conocimiento mutuo va surgiendo la hermosa planta de la amistad que tan dulces y bellas flores suele producir. Cuánto se intercambia; cuánto se recibe mutuamente; cuánta riqueza para la vida nace de una amistad verdadera. Es un aprender a caminar juntos, a compartir, a estar con todo lo que puede encerrar esta palabra.

Lucas no nos habla de Lázaro. Será en el evangelio de san Juan el que nos hable de Lázaro cuando enferma y su muerte. Precisamente el aviso que mandará Marta a Jesús es decirle que su amigo está enfermo. Pero ya conocemos todo lo que el evangelista Juan nos cuenta de lo acontecido entonces.

Hoy vemos a mata afanada en atender al Maestro en nombre de esa hospitalidad que nace del amor del corazón. María escucha a los pies de Jesús. Es también hospitalidad. Aunque en este pasaje surja un poco la queja de Marta porque María se ha desentendido de los quehaceres de la casa para sólo escuchar a Jesús. Jesús dirá que esto es parte importante y principal. Es forma de manifestar el amor el querer beberse sus palabras. No queremos contraponer, queremos más bien conjuntar el actuar de las dos hermanas en el momento de recibir y acoger a Jesús.

Comenzábamos diciendo qué dicha la de aquel hogar que pudo acoger a Jesús y cómo nosotros desearíamos hacer lo mismo. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. ‘¿Quién puede hospedarse en tu tienda?’ Se pregunta el salmista y nos recuerda una serie de valores y de virtudes de los que hemos de llenar nuestro corazón para tener la dicha de hospedarnos en la tienda del Señor. Honradez y rectitud, espíritu de justicia y de verdad, amor y pureza de corazón, podríamos recordar algunas que nos dice el salmo.

Pero es que queremos que el Señor venga a hospedarse en nuestra tienda, venga a habitar en nosotros. ‘El que me ama y guarda mis mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dirá Jesús en otro momento del evangelio. Pero nos está diciendo lo que tenemos que hacer para que lleguemos a ser esa morada de Dios. Busquemos a Jesús y queramos escucharle de verdad; busquemos a Jesús y queramos conocerle hondamente; busquemos a Jesús y queramos en verdad ponernos en camino detrás suyo para que así no perdamos nada de su vida, de sus palabras, de todo lo que es su amor.

Si decíamos antes que en la hospitalidad abrimos el corazón al que llega a nosotros y que hará posible un conocimiento grande del que surja la planta de la amistad con todas las bellas flores del amor, eso es lo que tenemos que hacer con Jesús. Que el conocimiento más hondo que cada día tengamos de Jesús nos haga entrar en esa hermosa órbita de la amistad y del amor y así logremos que Cristo venga a habitar en nuestro corazón. Cuando le amamos y le seguimos nos sentiremos cada vez más impulsados a una vida de rectitud, de responsabilidad, de justicia, de verdad, de sinceridad, de amor, en una palabra, de santidad.

En el plan pastoral que se nos propone en nuestra diócesis en estos momentos con el objetivo de hacer una iglesia diocesana de discípulos y de misioneros precisamente a lo que se nos impulsa a que seamos verdaderos discípulos de Jesús y para ello necesitamos de ese encuentro vivo con Jesús y del seguimiento de su persona. Conocer, creer, amar y seguir a Jesús, es ser su discípulo, se nos dice. Y para conocer a Jesús es necesario caminar juntamente con El, tener sus mismos sentimientos, llegar a ese encuentro con El desde la escucha y desde la oración, que nos llevará a la práctica de hacer lo que El nos dice.

Que ese sea nuestro gran deseo. Que esa sea nuestra gran tarea de cada día para conocer, amar y vivir cada día más a Jesús.

lunes, 3 de octubre de 2011

Anda y haz tú lo mismo


Jonás, 1, 1-2, 1.11;

Sal.: Jon. 2;

Lc. 10, 25-37

Bien sabía aquel letrado lo que había que hacer. Era un letrado, un maestro de la ley cuya misión era precisamente enseñar. Sin embargo viene con preguntas elementales a Jesús. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Y es que cuando no queremos comprometernos o nos quedamos en teorías las preguntas fluyen una tras otra, pero como queriendo rehuir el problema. Primero será lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna, luego será quién es mi prójimo. Pero al final se vera comprometido seriamente con lo que le dice Jesús.

Primero porque Jesús le hace recordar simple y llanamente lo que está escrito en la ley. Y el letrado lo recitará al pie de la letra porque es algo que todo buen judío sabía bien de memoria. ‘Amarás al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Pero aún surgirá la pregunta ‘¿quién es mi prójimo?’

La parábola que nos propone Jesús, que todos bien conocemos, nos señalará de forma muy concreta quién es nuestro prójimo, dónde está nuestro prójimo. La cabeza se nos llena de teorías, de ideas, de cosas que hay que hacer, porque el mundo anda muy mal, porque aquí o allá hay hambre o hay guerras, porque la crisis no nos deja salir adelante, porque quienes tienen que resolver los problemas – siempre pensamos que es otro el que tiene que resolver el problema – no hacen nada.

Es cierto que hay problemas muy grandes que afectan a la humanidad y podemos hacer un listado grande de esas cosas terribles por las que están pasando tantos, pero pudiera ser que o gastemos todas nuestras energías en lamentarnos o hacer esos listados de problemas, o las veamos como cosas lejanas a nosotros, o nos superan por su inmensidad, o nos quedamos en verlas desde la distancia, porque pensamos que a nosotros no nos toca resolver esos problemas, que ya nosotros tenemos los nuestros.

Pero Jesús nos dice que prójimo es ese que está ahí cercano a nosotros, con el que nos tropezamos cada día, y al que algunas veces ni le ponemos rostro ni sabemos su nombre; o quizá pensamos que nosotros estamos para otras cosas mayores o de más importancia que detenernos a la vera del camino para ver a ese que está a nuestro lado y en el que quizá ni nos fijamos porque es tan poquita cosa.

Cuántas veces discriminamos y hacemos distinciones. Porque él está así porque quiere, porque si fuera otra persona ya sabría buscarle una solución a los problemas de su vida, porque… y buscamos tantas disculpas para aceptar a ese hermano en su realidad, en su pobreza concreta. No somos capaces de ver el dolor que pueda haber en el corazón de ese hermano a causa de la situación por la que está pasando.

El Sacerdote y el levita de la parábola pasaron de largo porque pensaban quizá que ellos no se podían detener allí junto a aquel pobre caido junto al camino porque ellos tenían otras cosas más importantes que hacer. ‘Al verlo, dio un rodeo y pasó de largo’. Mejor no complicarse ahora. Además, ¿quién podría ser aquel desconocido? Mejor quizá tomar otro camino para no verlo, para no enterarnos, para no tener que detenernos.

‘Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas… y lo llevó a la posada y lo cuidó…’ Iba de viaje, a sus negocios o sus ocupaciones. No era judío y por tanto el caído no era una persona conocida para él. Pero se le acercó, le vendó las heridas, lo cuidó en todo lo que hiciera falta.

Era su prójimo el que estaba allí caído. No pensó que otros podían ayudarle mejor y quizá podrían tener más obligación, sino que se detuvo y se le acercó. Cuánto necesitamos acercarnos, no dar rodeos, no quedarnos en la lejanía, palpar directamente no sólo con nuestras manos sino con nuestro corazón el dolor o la necesidad del hermano. No son teorías o palabras bonitas de lo que tenemos que hacer, sino que es la práctica concreta del bien que tenemos que hacer. Lo montó en su propia cabalgadura, o sea que lo metió en su casa, en su vida, en su corazón.

Cuánto tenemos que aprender. Escuchemos sencillamente la recomendación de Jesús a aquel letrado: ‘Vete y haz tú lo mismo’.