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viernes, 5 de julio de 2019

Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida


Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida

Génesis 23,1-4.19; 24, 1-8.62-67; Sal 105; Mateo 9,9-13
‘Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme’. La gente se sintió sorprendida. ¿Era consciente Jesús de a quien estaba llamando para ser uno de los que le iban a seguir de cerca? Aquello se salía de lo comúnmente establecido. Los que tenían ese oficio no eran bien mirados, se les llamaba incluso publicanos, o sea, pecadores. ¿Cómo se mezclaba Jesús con toda clase de gentes? ¿Cómo lo agrega al número de sus amigos? Ya veremos luego la reacción de algunos porque Jesús se sentó a la mesa del publicano en la que estaban sentados también otros muchos publicanos.
Cuando leemos hoy este evangelio nos escandalizamos quizá, no de que Jesús haya escogido a un publicano para formar parte del grupo de los que más íntimamente le seguían, sino quizá de que aquella gente tuviera esas actitudes, actuara de esa forma discriminatoria con los que ejercían una profesión. Pero ¿de qué tenemos que escandalizarnos? Seguro que en el mundo, en la sociedad en la que vivimos ¿no andamos con discriminaciones semejantes?
Pensémoslo bien antes de entrar en juicios que se pueden volver contra nosotros. Diversas son las reacciones que muchos tenemos ante ciertas personas cuando nos cruzamos con ellas por la calle, o porque quizá conviven en nuestro mismo barrio o en nuestra misma calle. Nos llenamos de prejuicios ante su aspecto exterior, su manera de vestir o las cosas que les vemos hacer y ya nos sentimos como prevenidos ante su presencia; quizá el color de su piel o su apariencia externa ya nos predispone, su raza o el lugar de su procedencia los tenemos demasiado en cuenta consciente o inconscientemente.
Ahí está la frialdad con que los recibimos, la manera casi con indiferencia y distancia con que abrimos la puerta si nos llaman para vendernos algo o pedirnos una ayuda. ¿No seremos de alguna manera racistas? Muchos prejuicios llevamos en nuestro interior que no manifestamos claramente, pero ahí están.  Creo que tendría que hacernos pensar.
Hoy Jesús nos está dando una gran lección. No tiene en cuenta los prejuicios en que se movía la sociedad de entonces, de manera especial con los llamados publicanos, para llamar a alguien que va a seguirle de cerca y a quien un día hará formar parte del número de los Doce.
Como ya antes mencionábamos, por allá andan los fariseos y los escribas con su ojo escrutador viendo lo que Jesús hace y hasta manifiestan externamente con sus comentarios los prejuicios con que Vivian su vida. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’, les comentan a los discípulos de Jesús. Ya conocemos la reacción de Jesús. ‘Jesús lo oyó y dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
Es el sentido nuevo que Jesús quiere dar a nuestra vida y a nuestras mutuas relaciones. ¿Quién soy yo para hacer discriminaciones y distinciones entre las personas? El espíritu del amor que tiene que anidar en nuestro corazón nos tiene que llevar a la acogida, a la relación de amistad, a saber compartir la misma vida para caminar junto, a tender nuestras manos como puentes, no poniendo muros que nos distancien o nos alejen, a tener una nueva mirada hacia los demás haciéndolo pasar todo por el filtro del amor, a limpiar nuestros ojos con el colirio del amor y de la ternura.
Jesús nos sale al encuentro, no importa que seamos pecadores o hayamos llenado el corazón de maldad, porque es el médico que nos sana y que nos llena de vida, que perdona nuestra obstinación y nos pone un nuevo corazón.

jueves, 4 de julio de 2019

Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere


Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
‘Le presentaron un paralítico acostado en su camilla’ cuando en aquella ocasión llegó de nuevo Jesús a Cafarnaún. Mateo nos da menos detalles de la escena que los otros evangelistas. Ya se nos relata que fue traído entre varios y en una camilla. No podía andar, necesitaba ayuda de los demás y aquel pobre hombre se dejó conducir.
Son aspectos que pudieran ser bien significativos. Su enfermedad le tenía paralizado. Luego veremos que Jesús le cura, pero no será solo de su parálisis física, sino que Jesús quiere llegar mucho más hondo. Porque hay tantas cosas que nos tienen paralizados que no son solo las enfermedades físicas. La enfermedad física paraliza nuestro cuerpo, pero muchas veces puede influir también en nuestro espíritu, porque nos sentimos derrotados, en nuestra imposibilidad nos sentimos inútiles quizá y hasta podemos pensar que somos una carga para los demás; puede surgir también en nuestro interior unos sentimientos que nos pueden hacernos sentir culpables y surgen los interrogantes, ¿por qué a mi? ¿Qué he hecho para merecer esto? Y nos hundimos no solo por la enfermedad sino por todos esos sentimientos negativos que pueden aparecer en nuestro interior y que oscurecen nuestra vida.
Pero no siempre nos sentimos paralizados a causa de una enfermedad física, o una limitación corporal. Nos creamos muchas veces nuestras propias limitaciones con nuestros complejos o con nuestros miedos, con la negatividad con que vivimos la vida, o la ceguera de los ojos del alma para no saber descubrir cuantos gestos bonitos tienen para con nosotros los que están a nuestro lado. Nos encerramos en nosotros mismos y no nos dejamos ayudar, nos encerramos y no vemos esa mano tendida en la que apoyarnos para caminar juntos que incluso en muchas ocasiones la rehusamos. Nos encerramos en nosotros mismos pensando solo en mi mismo y no queriendo mirar a los demás. Nos encerramos en nosotros mismos en nuestro egoísmo sin ser capaces de ser solidarios con los demás y hasta nos volvemos violentos.
Cuantas cosas que nos paralizan en la vida. Con una mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, pero también las limitaciones que nos hemos creado y que a la larga nos encadenan y nos impiden ser libres de verdad.
Aquel hombre del evangelio se dejó conducir. Supo agradecer la mano amiga de quienes se preocuparon por él para poder llegar hasta Jesús. Habría quizá muchas cosas que le pesaban en el alma, como a todos nos sucede, pero se dejó conducir a quien iba a liberarle de verdad desde lo mas hondo de si mismo.
Por supuesto que hoy con el evangelio queremos mirar a Jesús que se deja encontrar por nosotros y nos ofrece la verdadera libertad cuando arranca el pecado de nuestro corazón. Pero estamos atentos también a aquel hombre que se dejó conducir hasta Jesús. Miramos su parálisis y la comparamos con nuestras parálisis, que no son solo las enfermedades del cuerpo sino las que hemos impuesto a nuestro espíritu. Hasta Jesús nosotros queremos llegar también para que tienda su mano y nos levante, nos ponga en camino, nos haga dejar atrás esas camillas en las que nos postramos, porque en Jesús vamos a encontrar vida, vamos a encontrar la salvación.
Sí, quiero, Señor, levantarme de mi postración, quiero mirarme con sinceridad y también con humildad para reconocerlo; quiero agarrarme a tu mano que me levanta, quiero escuchar tu voz que me llena de paz, quiero sentir esa salvación que me ofreces, quiero sentirme liberado de mis pecados. Quiero vivir esa vida nueva de libertad y de amor que Tú me ofreces.

miércoles, 3 de julio de 2019

Como Tomás nosotros también damos muchas vueltas en nuestra cabeza a las cosas de la fe, pero que seamos capaces también de hacer una confesión de fe como la suya


Como Tomás nosotros también damos muchas vueltas en nuestra cabeza a las cosas de la fe, pero que seamos capaces también de hacer una confesión de fe como la suya

 Efesios 2,19-22; Sal. 116; Juan 20, 24-29
¿Se había ido Tomás a dar un paseo? Todos estaban encerrados en el Cenáculo menos él. ‘Me voy a dar una vuelta’, decimos nosotros también a veces cuando quizá nos sentimos aburridos en casa y sin saber que hacer, o cuando nos sentimos abrumados por problemas o situaciones que nos lo hacen pasar mal que salimos muchas veces sin rumbo y comenzamos a matar el tiempo dando vueltas y vueltas, porque realmente a lo que estamos dando muchas vueltas en nuestra cabeza son esas cosas que nos agobian o preocupan.
¿Le sucedería a Tomás igual? Los demás se encerraron por miedo a los judíos, quizá Tomás se sentía más liberado o mas fuerte para enfrentase a los demás, pero no era capaz de enfrentarse a lo que pasaba en su interior. Se había ido a dar una vuelta. Había muchas cosas en su cabeza que daban vueltas. Ya en ocasiones le costaba entender todo lo que decía Jesús y él preguntaba y preguntaba; Jesús les hablaba de caminos y ellos no terminaban de entender. Había sido ahora un mazazo muy fuerte el que habían recibido los discípulos que habían seguido a Jesús por todas partes y hasta Jerusalén; pero su prendimiento y luego su muerte en cruz los había dejado destrozados, desorientados, sin esperanza y hasta sin fe. Como se suele decir, estaban por tierra.
Cuando llegan todos le dicen que allí ha estado Jesús, que era verdad que había resucitado, pero Tomás no se lo cree; igual que las mujeres habían venido en la mañana con sus visiones y sus sueños diciendo que el sepulcro estaba vació, que Jesús se les había aparecido, y tampoco las habían creído. Visiones de mujeres, decían. Ahora Tomás quiere pruebas, ver las señales de los clavos y poder tocar las cicatricen con sus dedos, ver la señal de la lanza en el costado y poder poner su mano allí. No lo cree.
Y ahora Jesús estaba allí porque esta ocasión Tomás no se había marchado a dar una vuelta. Y Jesús se dirige directamente a él. Trae tus dedos, trae tu mano, aquí están las señales… no seas incrédulo sino creyente, confía, dichosos los que crean sin haber visto, le dirá Jesús. Y Tomás no sabe que decir, como se dice, no sabia donde meterse, porque se venían abajo todas sus dudas y reticencias. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ es lo único que sale de sus labios.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Ahí están sus dudas y su fe, ahí están sus preguntas y su querer ver y palpar, ahí están sus caminos sin rumbo, pero ahí está el camino que nos señala Jesús que es El mismo. Contemplamos la escena, contemplamos a Tomás con lo que es su vida y su fe. Contemplamos al Apóstol que la tradición lo lleva hasta la India para predicar el evangelio de Jesús. Y nos vemos a nosotros también con nuestras dudas, nuestras preguntas, nuestras oscuridades, nuestra desorientación tantas veces, con nuestro caminar en ocasiones dando vueltas y vueltas no solo a los caminos sino a las cosas dentro de nuestra cabeza.
Pero a nuestro encuentro viene Jesús resucitado. ¿Será por nosotros por los que Jesús pronuncia la bienaventuranza de lo que creen sin haber visto? Ojalá nos hiciéramos merecedores de esa bienaventuranza, porque seamos capaces de a pesar de todo lo que pueda rondar por nuestra cabeza en tantas ocasiones, seamos capaces de poner toda nuestra fe. Que en verdad nos sintamos fuertes y seguros en esa fe que anida en nuestro corazón, esa fe que hemos recibido porque otros nos la han trasmitido, y que nosotros seamos capaces también de trasmitir a los demás.
Si Tomás después de toda la experiencia que vivió fue capaz de llegar hasta la India para predicar el Evangelio ¿hasta donde seremos capaces nosotros de llegar?

martes, 2 de julio de 2019

Duras pueden parecernos las tormentas de la vida o las tormentas que vemos también en nuestra Iglesia, pero tenemos la certeza de que el Señor está ahí y no nos falla


Duras pueden parecernos las tormentas de la vida o las tormentas que vemos también en nuestra Iglesia, pero tenemos la certeza de que el Señor está ahí y no nos falla

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27
‘¿Quién es éste?’ se preguntan ahora tras los momentos de peligro que han pasado en la barca cuando se ha restablecido de nuevo la calma. Una pregunta repetida muchas veces en el evangelio. Se lo preguntan cuando lo escuchan hablar y enseñar y terminan reconociendo que nadie ha hablado como El; se lo preguntan cuando cura a los enfermos, arroja los demonios de los poseídos por espíritus inmundos o ha llegado a resucitar a algún muerto como el hijo de aquella pobre viuda allá por Naim.
Pero también se lo preguntan llenos de dudas porque ¿será un profeta? ¿Será el anunciado que había de venir? ¿Será que de nuevo ha aparecido entre ellos el bautista que había estado predicando allá por el desierto? Quieren ver señales de Dios en aquel profeta de Nazaret, pero su corazón al mismo tiempo está lleno de dudas. Como ahora cuando la tempestad que dormía en un rincón de la barca como si le importara poco que la barca se hundiera y con ella los que en ella iban.
Pero es la pregunta de los que no quieren aceptarle, los que le rechazan, los que incluso llegan a decir que expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios. Es la pregunta que se hacen y le piden explicaciones sobre su autoridad cuando expulsó a los vendedores del templo, o también los que en su interior se la hacen aunque no quieren manifestarlo mientras luchan contra El y hasta expulsan de la sinagoga a quien se atreva a confesar algún tipo de fe sobre Jesús. El rechazo es expresión muchas veces de lo que duele en el interior y no se quiere aceptar; destruimos aquello que quizá se nos muestre palpable y así no tenemos que dar nuestro brazo a torcer.
Se hacen ahora la pregunta los discípulos que van en la barca, pero están reconociendo su autoridad y poder porque como dicen hasta el viento y mar le obedecen. Pero ¿nos haremos nosotros de alguna manera también esa pregunta? ¿Se la hará la gente del mundo que nos rodea que da la apariencia de tan incrédulo o tan indiferente?
Nosotros queremos decir que lo tenemos claro, que sabemos bien quién es Jesús, pero hay ocasión en que nos entra la zozobra, nos vienen también las dudas, nos sentimos como angustiados porque hay cosas que no entendemos, y no es ya que no entendamos el vértigo del mundo en el que vivimos, sino que no entendemos cosas que nos suceden a nosotros o cosas que vemos en la Iglesia y que quizá nos desagradan. Quizá haya momentos en que nos llenamos de confusión porque parece que cambian las cosas o hasta que nos quieren cambiar la Iglesia o nos quieren cambiar la fe que hemos tenido desde siempre.
Momentos revueltos, porque escuchamos a unos y escuchamos a otros, los que hablan bien, pero también los que están buscándole los tres pies al gato en los asuntos de la Iglesia y nos vemos confundidos, y hasta parece en ocasiones que en el mismo seno de la Iglesia hay gente descontenta y critica todo lo que se haga, y todo nos parece mal. Y estamos dentro de la misma Iglesia y no todo lo entendemos por las cosas enfrentadas que tantas veces escuchamos.
¿Será la tormenta que se levantó en el mar de Galilea, de la que nos habla hoy el evangelio? Cuantos miedos pasaron aquellos discípulos que por otra parta eran avezados pescadores, pero que ahora en la tormenta sentían miedo y estaban confusos porque parecía que Jesús se desentendía de todo y seguía allá durmiendo. ¿No nos preguntaremos nosotros algunas veces también donde está la asistencia del Espíritu prometido por Jesús cuando hay tantas confusiones o tantas divisiones que hasta parece que todo se rompe?
Tenemos que sacar a flote toda la fortaleza de nuestra fe. Tenemos que confesar desde lo más hondo de nosotros mismos que en El tenemos puesta toda nuestra fe y toda nuestra esperanza. Tenemos que dejar que el Espíritu del Señor nos inunde, nos transforme, nos ilumine por dentro, nos haga comprender los caminos del Señor en el ahora y en el hoy de mi vida y de la historia, porque la Palabra de Jesús nunca falla y con El tenemos que sentirnos siempre seguros. Reavivemos nuestra fe y nuestra esperanza. Sabemos que El está ahí, a nuestro lado y con El nos sentimos seguros.

lunes, 1 de julio de 2019

En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias


En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias

Génesis 18,16-33; Sal 102; Mateo 8,18-22
Signos de vitalidad se dan en una comunidad cuando vemos que la gente anda inquieta, no está siempre satisfecha con lo que tiene o con lo que hace, siempre está en movimiento buscando como hacer mejor las cosas y así surgen iniciativas que se ponen en común y se ofertan para ver qué más o mejor podemos hacer, y así vemos personas que se sienten llamadas de lo más hondo de si mismas y ofrecen sus cosas o se ofrecen ellas mismas, para ver en que se puede participar, como pueden hacer crecer más y mas la comunidad.
Mientras podemos contemplar pueblos amorfos, donde nadie se mueve para tener una iniciativa, todos están como a la expectativa a ver que hacen los otros, pero no surgen esas personas con valores que cuiden de dar vida a esa comunidad; pueblos amorfos, que pareciera que están dormidos o que ya no tuvieran vida porque lo que hacen es como dejarse arrastrar por la monotonía y la rutina. No hay vida, parece que todo está muerto, todos viven en esa dejadez.
Ejemplo palpable de esto lo podemos ver en tantas comunidades, en que nadie se compromete, donde no surgen esos nuevos lideres que conduzcan por nuevos derroteros a la comunidad, donde no vemos florecer esas personas con inquietud que sean capaces de movilizar a los demás. Comunidades muertas, en su desgana, en su rutina, en su conservadurismo, que languidecen poco a poco.
En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El. En el evangelio de hoy tenemos dos ejemplos claros. Uno se ofrece estando dispuesto a todo y el otro escucha la invitación del Maestro. Pero este tiene sus cosas pendientes; le queda mucho de muerte en su alma; hay apegos en su corazón. Lo que se nos dice en el evangelio de que tenia que ir a enterrar a su padre es algo muy sintomático. Apegos del corazón, ataduras de las que no sabemos desandarnos, signos de muerte que muchas veces permanecen entre los pliegues de nuestro corazón, aunque tengamos buena voluntad y buenos deseos. Es como una rémora que nos frena, que nos impide ir más allá, no vemos otros horizontes sino que seguimos siempre en lo mismo. Cuantas cosas nos retrata ese pequeño detalle de tener que ir a enterrar a sus muertos.
El primero en su generosidad explosiva se ofrece para todo. ¿Hasta donde estará dispuesto a llegar? Si yo tuviera tiempo, decimos tantas veces, y hacemos hasta una lista de todas las cosas que haríamos, pero al final nos quedamos en nada, porque en nosotros sigue pesando que no tenemos tiempo.
Digo esto como ejemplo, de otros sueños, otras aspiraciones que podamos tener pero que sea algo fácil, que sea algo que yo pueda hacer, que no me quite mi tiempo de lo que ya son mis ocupaciones, que sea aquí cerca, y no tenga que ir por otros sitios desconocidos, y así pensamos en tantas cosas cuando queremos aparecer como muy generosos y siempre dispuestos, pero que cuando vemos la dificultad ya no nos ofrecemos tan alegremente. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nido…’ bueno que yo tenga unas mínimas cosas para poder realizar mi tarea y quizá lo que estamos es buscando facilidades para que no se nos complique mucho la vida.
‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿No recordamos que allá en Belén no había ni sitio en la posada para tener una cuna para su nacimiento? Cuando nos ponemos a seguir a Jesús no podemos estar pensando en esas cosas técnicas, o en esas cosas que nos faciliten nuestra tarea, para entonces verlo fácil eso de seguir a Jesús.  Muchas veces o miramos para atrás cuando ponemos la mano en el arado o estamos pidiendo que se nos pongan a disposición unos medios para yo poder comprometerme en esa tarea de la evangelización.
Y no es ese el estilo de Jesús. Pensemos en cuantos medios queremos tener a nuestra disposición, porque de lo contrario no sabríamos qué hacer en las tareas pastorales. No digo que no los utilicemos, sino que no los convirtamos poco menos en cosas absolutamente necesarias, absolutos, para poder realizar la tarea de la evangelización.

domingo, 30 de junio de 2019

Un camino perseverante, un camino de fidelidad, un camino vivido en alegría y libertad, un camino que será siempre un camino de amor como ha de ser siempre el seguir a Jesús



Un camino perseverante, un camino de fidelidad, un camino vivido en alegría y libertad, un camino que será siempre un camino de amor como ha de ser siempre el seguir a Jesús

1Reyes 19, 16b. 19-21; Sal 15; Gálatas 4, 31b - 5, 1. 13-18; Lucas 9, 51-62
‘Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Se puso en camino y sus discípulos con El. Es una constante del evangelio de san Lucas, ponerse en camino y la subida a Jerusalén. Mucho nos quiere decir para quienes queremos ser sus discípulos, que también hemos de ponernos en camino.
Discípulo es el que sigue los pasos del maestro. El discípulo no sigue sus pasos particulares y a su antojo, sino que ha de seguir los pasos del maestro, en este caso, los pasos de Jesús. No vamos a nuestro aire para escoger lo que nos pueda parecer más fácil o más cómodo, sino que tenemos que acogernos a las directrices del maestro, porque a la larga es un estilo de vida. Y Jesús va delante; como veremos en algún momento va delante y va deprisa porque no quiere tardar en llegar.
Aunque pudiera parecer una referencia al camino físico no es solo eso, quiere expresarnos algo más, del sentido de camino de nuestra vida y cómo tenemos que realizarlo, de nuestra vocación que es un camino especial al que nos invita Jesús, de las exigencias del camino que nunca serán caminos de violencia que queramos imponer, nos habla también de la libertad también con que hemos de emprenderlo al tiempo que también lo ofrecemos a los demás.
No es fácil muchas veces encontrar nuestro camino y seguirlo hasta el final. Nos entran dudas, aparecen los cansancios, en ocasiones incluso nos desviamos pero si queremos hacerlo necesitamos un plus de fidelidad y de perseverancia para alcanzar la meta que habíamos soñado. Nos cuesta también seguir el camino con Jesús, porque no son nuestros ritmos cansinos y a veces egoístas sino ir tras las huellas de Jesús; es El quien nos traza las metas y nos señala el camino porque va delante de nosotros. Y aquí con más razón tenemos que evitar lo que nos retarde ese seguimiento, nos distraiga o nos haga volver atrás.
Creo que de todos estos aspectos quiere hablarnos Jesús en el texto del evangelio de hoy. Envía por delante de él a unos discípulos, podíamos decir, para preparar el camino, y se van a encontrar el rechazo y el desprecio; ante la imposibilidad de cumplir su misión surgen resabios vengativos en el corazón de los enviados, pero no es esa la manera de actuar de Jesús. Regaña Jesús a aquellos impetuosos discípulos – por algo los llamaran los hijos del trueno, ‘los boanerges’ – que quieren incluso hacer bajar fuego del cielo para que se cumplan los deseos de Jesús. Pero Jesús es quien viene a anunciar la paz, a construirnos el Reino de Dios que es Reino de paz.
Por otra parte será alguno que muy voluntario él quiere seguir a Jesús a donde quiera que vaya. Jesús le replicará que no vaya buscando en el seguimiento de Jesús facilidades para su vida, comodidades o soluciones fáciles para los problemas de la vida. Las fieras salvajes tienen madrigueras y los pájaros del cielo se construyen sus nidos, pero el Hijo del Hombre vive en el desprendimiento total y en la pobreza suma, porque no tiene donde reclinar su cabeza.
Serán otros a los que llama Jesús en este camino, pero que de alguna manera quieren priorizar primero sus asuntos particulares o las cosas de los suyos. Pero el que se pone en camino tras Jesús lo que ha de priorizar es el seguimiento de Jesús, la radicalidad de su seguimiento, la búsqueda primero que nada, como nos dirá Jesús en otro momento, del Reino de Dios y su justicia, que lo demás se dará por añadidura; Dios nunca abandona y habrá quien se dedique a esos otros asuntos.
Y es que el que sigue un camino ha de mirar siempre adelante para seguir el camino; en nada podemos distraernos de lo que es lo principal, nuestra mirada no se puede quedar en las superficialidades que aparezcan en nuestro entorno ni en las cosas que dejamos atrás. Quien conduce un vehículo por una senda, no se puede mirar para detrás a ver el camino que ha quedado detrás, porque pronto además se va a salir entonces del camino. No es fácil en ocasiones porque atrás pueden quedar esos apegos que hemos arrancado del corazón o podemos seguir pensando en lo bueno que en otros momentos hayamos podido vivir. Nos cuesta aceptar la novedad del camino del Evangelio que se va abriendo en todo momento delante de nosotros por la fuerza del Espíritu.
Cosas que nos suceden en el camino de la Iglesia que siempre tiene que ir navegando hacia delante en los nuevos rumbos que el Espíritu nos va sugiriendo, nos va inspirando en aquellos que como profetas están en la Iglesia para señalar sendas y caminos.
Pero nos surge tantas veces la añoranza, el pensar que otros tiempos fueron mejores, el queremos volver a cosas que pudieron haber sido muy buenas en el pasado pero que ya no responden a los retos que tiene hoy la Iglesia en el tiempo que vivimos; añoramos ritos antiguos, añoramos ambientes de cristiandad vividos en otros momentos de la historia, tenemos miedo del presente que nos parece el momento más difícil de todos los tiempos, olvidando que siempre ha habido tiempos difíciles y siempre ha estado el Espíritu del Señor guiando a la Iglesia como lo hace también en nuestros tiempos.
Un camino que se abre delante de nosotros, un camino con unos pasos concretos siguiendo las huellas de Jesús, un camino que haremos siempre asistidos por la fuerza del Espíritu que Jesús nos prometió y nos dio. Un camino perseverante, un camino de fidelidad, un camino vivido en alegría y libertad, un camino que será siempre un camino de amor.


sábado, 29 de junio de 2019

Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros



Con Pedro queremos caminar débiles como él, pero con Pedro queremos saborear el amor de Dios que solo nos pide que amemos con toda intensidad y sigue confiando en nosotros

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Tim. 4, 6-8. 17-18; Mt. 16, 13-19
‘Simón, ¿me amas?... ¿me amas más que estos?’ Así hasta tres veces. Fue allá junto al lado. Muchas cosas habían pasado desde que un día allá en Cesarea de Filipo Pedro había hecho una hermosa confesión de fe. Si ya en el primer encuentro, cuando su hermano Andrés se lo presentó a Jesús, le había cambiado el nombre, diciéndole que se llamaría Cefas, Pedro, porque iba a ser la piedra de la Iglesia, en Cesarea después de aquella confesión de fe que le había proclamado como el Hijo de Dios, Jesús le había dicho ya definitivamente que era Pedro, y que las fuerzas del abismo no podrían contra la Iglesia.
En medio momentos de fervor como para decir que no había nadie más a quien acudir por solo Jesús tenia Palabras de vida eterna; pero también le había costado aceptar los anuncios de pasión que Jesús les iba haciendo, tratando incluso de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si allí había de sucederle cuanto estaba anunciando. Siempre caminando junto a Jesús, aunque las subidas fueran costosas porque contemplaría así la gloria de Dios que en Jesús se manifestaba. Detrás de Jesús había subido a Jerusalén, aunque doloroso parecía ser aquel camino. Y estaba dispuesto a todo, como un día había dejado la barca y las redes, dispuesto incluso a dar la vida por Jesús, pero había unas sombras en el horizonte. Le costaba entender la pasión y tuvo miedo, se acobardó ante una criada y había negado a Jesús.
A pesar de su dolor, que era ya el que llevaba en el alma por su negación, había corrido hasta el sepulcro para comprobar que la piedra estaba corrida y allí no estaba el cuerpo del Señor Jesús. La Escritura nos dirá que había merecido una aparición especial de Jesús, pero finalmente se había ido a Galilea y había cogido de nuevo las riendas de la barca para pescar. Como en la otra ocasión en ese mismo lago no habían cogido nada en la noche; al amanecer alguien desde la orilla les señalaba por donde habían de echar la red y como entonces se había confiado de la palabra de Jesús ahora también había confiado y la redada había sido también grande.
Quizás el dolor que permanecía en su corazón le impedía vislumbrar quien era en verdad el que estaba a la orilla, pero ante la insinuación del discípulo amado de Jesús se había tirado al agua tal como estaba para llegar a los pies de Jesús. Y allí estaba, no había habido reproches por sus dudas y por sus miedos, por su negación y su pecado, sino que Jesús solamente le preguntaba por su amor. Tres veces le había preguntado y tres veces le decía que lo amaba, que Jesús que lo sabia todo conocía bien que él lo amaba. Y quien un día había sido prometido como piedra ahora era constituido pastor. ‘Apaciendta mis ovejas, apacienta mis corderos’, le decía Jesús.
Quiero ver una cosa que me parece bien hermosa. Un hombre débil y pecador que incluso había llegado a negar conocer a Jesús, un hombre apasionado en su amor que por encima de sus debilidades seguía prometiendo amor y prometiendo fidelidad. Y al mismo tiempo quiero ver a un Dios que confía; sí, que confía en el hombre aunque lo sabe débil; que confía en el hombre a pesar de que en su debilidad habría cometido muchos disparates y locuras, pero allí estaba prometiendo amor, porfiando amor. Es el Dios que confía en mí y en ti, que confía en nosotros a pesar de nuestras debilidades y pecados, porque a pesar de todo sabe de nuestra capacidad de amor que Dios mismo aumentará dándonos su Espíritu.
A los hombres nos cuesta entender esto. No confiamos, retiramos con facilidad nuestra confianza, ya no dejamos hacer a quien un día pudo tener un tropezón. Pero ese no es e estilo de Dios y no tendría que ser nuestro estilo. Cuanto tenemos que aprender de Dios, de su amor, de su confianza y su apuesta por nosotros; por una parte para que tengamos la fuerza de levantarnos de nuestras debilidades, porque todos somos débiles, hasta el que se cree más santo; por otra parte para que con esa misma medida de Dios, con ese mismo talante de Dios miremos nosotros a los demás y también confiemos.
No nos dejemos contagiar por ese espíritu del mundo – que algunas veces se nos quiere presentar como la mejor rectitud y justicia – pero que no confía, que condena, que aparta, que discrimina para siempre al que algún pecado haya cometido. No se debe dejar contagiar la Iglesia por ese espíritu justiciero en muchas de sus actuaciones con los pecadores, que se parece bien poco con el Dios compasivo y misericordioso a quien tenemos que imitar como nos enseña y pide Jesús; pareciera a veces que la iglesia quiere competir con el mundo en sus estilos olvidándonos del estilo y del sentido de Dios.
Con Pedro queremos caminar porque nos sentimos débiles como él, pero con Pedro queremos saborear ese amor de Dios que solo nos pide que llorando, es cierto, nuestro pecado amemos con toda su intensidad porque Dios nos pide simplemente amor para que sigamos desarrollando la misión que quiere confiarnos.

viernes, 28 de junio de 2019

Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos



Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7
‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones’.
Bella imagen la que nos ofrece el profeta y que recoge la liturgia en la celebración de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús que hoy estamos celebrando. La imagen del pastor es la imagen de su amor por las ovejas, que las cuida, las libra de peligros, las alimenta, camina con ellas buscando los mejores pastos, las reúne cuando se dispersan. Así el Señor en nuestra vida. La Imagen del Corazón eso quiere expresarnos.
No nos quedamos en un órgano del cuerpo sino lo que con él queremos expresar sobre todo en nuestra cultura. Es toda la ternura de la vida la que queremos expresar con el corazón; son los más nobles sentimientos, es la cercanía de quien se quiere tener en las entrañas más intimas de nuestra vida, es el mismo latir y sentir como la criatura que está en el seno de la madre y late al mismo ritmo de su corazón.
Es el latido del amor de Dios; es el latido con el que nosotros tenemos que sintonizar para caminar, para vivir en el mismo ritmo del amor de Dios. Somos discípulos porque queremos seguir sus huellas, somos sus hijos porque queremos tener el mismo latido de amor. Así con El queremos hacernos uno, así El quiere habitar en nosotros poniendo su morada en nuestro corazón.
Es lo que hoy queremos celebra, porque es lo que como cristianos queremos vivir. ‘Que sean uno como tu Padre y yo somos uno’, pedía Jesús en la oración sacerdotal de la ultima cena. Y es que cuando nosotros hoy queremos sentir el latido del amor del Corazón de Cristo porque queremos hacer sintonizar nuestro corazón y nuestra vida con el latido de Dios, con el amor de Dios, es que eso necesariamente nos tiene que llevar a algo más.
No podremos decir que hemos sintonizado con el latido de Dios cuando no hemos aprendido a sintonizar con el latido del corazón de nuestros hermanos. Desgraciadamente se produce demasiada arritmia en ese latido conjunto que tendríamos que tener con nuestros hermanos. Es lo que tenemos que curar.
Es como tenemos que sentir que el Buen Pastor viene para curar nuestras heridas, esa arritmia de nuestro corazón en nuestra relación con los demás. Dejémonos sanar por ese Buen Pastor que cura las enfermedades de nuestra alma, de nuestro espíritu. Reconozcamos esas arritmias porque somos débiles o porque somos tantas veces orgullosos e insolidarios.
No podemos celebrar con sentido esta fiesta del Corazón de Jesús mientras no nos dejemos curar, mientras no arrojemos lejos de nosotros esas arritmias de nuestros orgullos e insolidaridades, mientras no nos dejemos inundar por esa medicina divina que es el amor que Dios nos tiene.
Nos costará en ocasiones porque es fuerte nuestro orgullo y desamor, tenemos que dejar que ponga en nuestros ojos esos colirios divinos para que veamos con una mirada más limpia y más lúcida a los hombres nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Con esa mirada nueva se caerán esas escamas que perturban nuestra visión y nuestro corazón.
Dejemos que el Buen Pastor nos busque, dejémonos encontrar y dejémonos sanar para que así podamos entrar en esa nueva y hermosa sintonía del amor según el latido del Corazón de Dios.

jueves, 27 de junio de 2019

Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos fundamentados en lo que es la voluntad de Dios


Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos fundamentados en lo que es la voluntad de Dios

Génesis 16, 1-12. 15-16; Sal 105; Mateo 7,21-29
‘Eso ya lo sé, pero…’ habremos escuchado más de una vez que nos responden cuando le decimos o comentamos algo sobre lo que debe hacer o cual es el sentido de lo que hacemos o tenemos que hacer. Ya lo saben, ya lo sabemos, nos decimos nosotros también en tantas ocasiones, pero luego no actuamos conforme a eso que decimos que sabemos sino que ponemos ‘peros’, decimos que las circunstancias, que no siempre se pueden hacer las cosas, que la gente hace o quiere otra cosa… y al final nuestro actuar está bien distante de aquello que sabemos que deberíamos hacer.
Incongruencias de la vida, en las que todos podemos caer, porque quizá estamos más pendientes de qué dirán, o aparecen nuestros intereses muy personales o muy egoístas como queramos llamarlos, pero quizá olvidamos la rectitud en nuestro actuar, de unos principios o valores que tendrían que motivar nuestra vida, y así vamos con el pensamiento por un lado y la vida en su actuar por otro.
Nos falta firmeza quizá en nuestras convicciones, nos falta una profundidad en la vida porque nos es más fácil dejarnos arrastrar por cosas superficiales que no llegan a comprometernos, nos falta un compromiso serio en la vida. Y hablamos de muchos aspectos humanos de la vida, en el trabajo, en el familia, en las relaciones sociales, o de lo más intimo de nuestro yo, como podemos hablar de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús que muchas veces es muy frió y poco comprometido.
Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos. La casa edificada sobre roca o sobre arena, como hoy nos dice. ¿En qué verdaderamente fundamentamos nuestra vida? ¿Cuáles son sus verdaderos cimientos? Por esa superficialidad con que actuamos, vamos y venimos como una veleta llevada por el viento. Y cuando hay superficialidad pronto nos cansaremos de todo y terminaremos abandonando. Cómo tendríamos que cuidar esa espiritualidad de nuestra vida que le dé verdadera hondura.
Tenemos que pararnos mucho a pensar, a rumiar dentro de nosotros lo que vamos viendo y lo que nos va sucediendo. Será así cómo aprendamos, como le sacaremos verdaderas lecciones a la vida, pero con unos criterios bien formados. Y para un cristiano el criterio de nuestro actuar está en el evangelio. No siempre lo conocemos lo suficiente, no siempre lo hemos rumiado en nuestro corazón, no siempre sabemos pasar la vida o lo que nos sucede por ese tamiz del evangelio para confrontar así lo que hacemos con los valores que nos enseña Jesús. Por eso parece que andamos muchas veces como cojos o como ciegos, porque por falta de profundidad para que no tenemos donde apoyarnos de verdad y en todo tropezamos.
Por eso hoy nos dice Jesús que no nos basta que digamos ‘¡Señor, Señor!’. Es necesario algo más. Nuestro reconocimiento de que Jesús es el Señor de nuestra vida no se puede quedar en palabras, tendrá que traducirse en los hechos de nuestra vida; y la norma y el criterio que tenemos que seguir son los mandamientos del Señor. Cumplir los mandamientos, porque de lo contrario nuestra vida estaría vacía de contenido.
Somos muy dados a mantenernos solamente en una religiosidad natural, que podríamos llamar así. ‘Yo soy muy religioso’ decimos tantas veces porque visitamos un santuario de la Virgen, le llevamos unas flores o encendemos unas luces, no nos perdemos quizá una procesión o rezamos todas las noches a nuestros muertos.
Pero luego seguimos con nuestra vida de siempre y nuestros criterios están bien lejos del sentir del evangelio, nuestra manera de actuar está bien lejana de lo que es el cumplimiento de los mandamientos. No traducimos en nuestra vida concreta y de cada día esa religiosidad que manifestamos en algunos actos de nuestra vida. Es lo que tenemos que plantearnos seriamente y es a lo que Jesús hoy nos está invitando en el evangelio.

miércoles, 26 de junio de 2019

El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín



El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20
Hay gente a la que todo se le va por la boca. Hablando dicen maravillas, hasta son poetas en sus palabras y teóricamente saben mucho. Pero eso, bellas palabras, teorías o doctrinas bien aprendidas, porque luego en su vida no vemos nada. Buenos maestros de teoría, pero poco ejemplarizantes en su vida; no apreciamos en ellos nada. Con apariencia de sabios son insustanciales en su vida, no tienen la profundidad de lo vivido, y demuestran una incongruencia en su vida.
La madurez que tengamos en nuestros conocimientos o en los principios que proclamamos tenemos que descubrirlos en los frutos de su vida. Lo que nos hace ver una superficialidad encubierta, disimulada con palabras hermosas, pero poco sustancial en el vivir. Una comida muy apetitosa en su apariencia y presentación, pero luego insípida, sin sabor, y hasta sin verdadero contenido alimenticio.
¿Será así  nuestra vida? ¿Seremos así los cristianos? ¿Será por eso por lo que no hacemos atrayente nuestra fe y nuestra vida? ¿Se marcharán desencantados los que nos ven o los que ven lo que es la vida de la Iglesia? Esto es algo serio y en gran parte la descristianizacion que vemos hoy de nuestra sociedad en la que no son los valores cristianos los que priman, depende en gran parte de la superficialidad de tantos de nosotros en la manera de nuestro ser y vivir como cristianos. Así no convencemos. Es la incongruencia con que tantas veces nos presentamos.
Tenemos una responsabilidad muy grande. Y es que tenemos que comenzar por crecer interiormente, profundizando en una verdadera espiritualidad cristiana. Tenemos que cuidar nuestro interior para sentirnos en verdad fortalecidos. Eso exige una maduración de nuestra vida, cuidar actitudes, cuidar gestos y detalles, cuidar nuestra verdadera unión con Dios con una oración profunda, una oración auténtica, que sea en verdad un llenarnos de Dios.
Al árbol o a la planta que queremos que de flores y frutos la cuidamos. No nos preocupamos solamente de echar la semilla a la tierra sino que realizamos todo un proceso; el verdadero agricultor lo sabe, tiene que limpiar la tierra de malas hierbas que ahoguen nuestra planta, tenemos que abonar y tenemos que podar, para fortalecer, para quedarnos con lo mejor de la planta porque las ramas que simplemente se chupan la sabia no nos valen. Es todo el cultivo de nuestra espiritualidad, de purificación, de oración, de vida sacramental, de maduración interior, de escucha de la Palabra de Dios rumiándola en nuestro interior. Solo así podremos dar buenos frutos, solo así no nos quedaremos en la apariencia sino que podremos ir al buen fruto que nos alimenta y que nos enriquece.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. De esos buenos frutos que darán cuenta de lo que llevamos en nuestro interior, que manifestarán la profundidad y la madurez de nuestra vida, que serán los que atraigan y los que convenzan a los demás de cual es el verdadero camino. Así nuestra vida se convertirá en evangelio para los demás, en buena noticia de salvación para todos.
El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos es el que en verdad embellece el jardín. Así tenemos que ser nosotros que en los frutos que demos mostremos la belleza de nuestro interior y la madurez de nuestra vida y que serán los que en verdad embellecen nuestro mundo.

martes, 25 de junio de 2019

Abajarnos para poder llegar hasta Jesús y su evangelio, para vivir en su pobreza y humildad, para entender el camino de la cruz que es camino de entrega y de amor


Abajarnos para poder llegar hasta Jesús y su evangelio, para vivir en su pobreza y humildad, para entender el camino de la cruz que es camino de entrega y de amor

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
Recuerdo que en mi peregrinación a Tierra Santa ya hace unos años hubo algo que me impresionó y me llamó la atención, aunque también hay que decir que cada paso que damos recordando los pasos de Jesús por aquella tierra nos van llenando de intensa emoción y van dejando una huella honda en nuestra alma. Pero al hecho al que quería hacer referencia fue la entrada a la Basílica de la Natividad del Señor en Belén. Desde fuera se nos presenta como un inmenso edificio que luego en su interior se manifiesta también de forma grandiosa, pero la puerta de entrada en muy pequeña de manera que hay que agacharse profundamente para poder pasar por ella.
Dejando a un lado las motivaciones estratégicas que a lo largo de los siglos hicieron que tuviera ese pequeño tamaño como defensa frente a invasiones externas en el detalle de tener que agacharnos para poder atravesarla puede haber también un hermoso sentido espiritual para el cristiano que allí peregrina. Llegamos a Jesús en el lugar de su nacimiento haciéndonos pequeños y tratando de abajarnos de muchas de esas monturas en las que en la vida queremos subirnos tantas veces. Igualmente nos encontraremos que para entrar en el habitáculo del santo sepulcro y lugar de la resurrección también tenemos que humillar nuestra cerviz agauchándonos por una puerta que también se nos vuelve angosta.
Como los guerreros que desde lo alto de sus monturas no podían conquistar aquel lugar porque el paso era angosto y estrecho así nosotros para acercarnos a Jesús y a su evangelio también tenemos que hacerlo desde caminos de humildad y también desde exigencia interior donde tenemos que desprendernos de todas aquellas cosas que nos impedirían avanzar por un lugar angosto y estrecho.
Muchas veces queremos buscar altos razonamientos filosóficos o teológicos, queremos confrontarlo todo desde una visión científica y excesivamente intelectual, vamos con nuestros orgullos y con nuestros ‘saberes’ y si no somos capaces de entrar en caminos de humildad no sentiremos cómo se nos revela el Señor que se manifiesta a los pobres y a los sencillos y que tiene el Reino reservado para los que son pobres de espíritu, como nos enseñará en las bienaventuranzas. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que es quien se nos revela en el corazón.
Hoy nos habla Jesús de puerta estrecha y de angosto camino. Alguien pudiera pensar que Jesús lo que hace es ponernos dificultades, como si no quisiera que llegáramos a la salvación. Ni mucho menos. Simplemente nos está recordando las exigencias porque aunque la gracia es un don de Dios, un regalo que en su amor nos hace, no nos salvamos por lo que nosotros hagamos, sino por pura gracia del Señor; emprender ese camino de salvación significa una transformación de nuestra vida. Y eso siempre nos cuesta, porque primero que nada tenemos que luchar con nosotros mismos y esas posturas egoístas en las que tantas veces queremos envolvernos. La respuesta al regalo de la gracia nos pide un nuevo sentido de vivir, que entonces nos exigirá despojarnos de muchas cosas que no casan con esa vida de gracia y santidad que el Señor nos ofrece.
Abajarnos para entrar hasta Jesús, para bajar hasta Belén, para introducirnos entre las estrechas paredes de aquel humilde establo para poder acercarnos a Jesús y vivir su humildad y su pobreza. Poner humildad en nuestra vida, entrar en los caminos de la solidaridad y del servicio, buscar nuestro crecimiento interior para aprender a superarnos, buscar primero que nada el reino de Dios y su justicia, olvidarnos de nosotros mismos y nuestros intereses particulares para aprender a mirar por el otro, ser capaces de perder la vida para poder ganarla, porque no hay amor mas grande que el de quien es capaz de dar su vida por el amado. Es el camino de Jesús, que fue camino de cruz porque fue camino de entrega y de amor. Así tiene que ser también nuestro camino.

lunes, 24 de junio de 2019

Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad


Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘¿Qué va a sep de este niño?’, se preguntaban las gentes del lugar. La noticia había corrido por toda la montaña. Isabel, ya anciana, la mujer de Zacarías el sacerdote había dado a luz un niño. Y allí se estaban obrando las maravillas del Señor. Sacaría había estado mudo desde la vuelta del servicio sacerdotal en el templo de Jerusalén hacía nueve meses; ahora había recobrado el habla cuando discutían cuál había de ser el nombre del niño y había prorrumpido en cánticos de alabanza al Señor. ‘La mano del Señor estaba con él’, reconocían.
Es el niño cuyo nacimiento hoy estamos celebrando. Un ángel le había anunciado su nacimiento a Zacarías allá en el templo cuando hacía la ofrenda del incienso aquella tarde. Ya le había anunciado que venía con el poder y el espíritu de Elías porque venía con misión de reconciliación y había de preparar los caminos del Señor como habían anunciado los profetas.
Profeta del Altísimo lo había llamado ahora su padre en cántico de alabanza al Señor, porque su misión era ir delante del que había de venir para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. En esa misión lo contemplaremos mas tarde en el desierto entre austeridades y penitencias invitando a la conversión porque ya en medio de ellos estaba a quien él no se consideraba digno de desatar las correas de sus sandalias. Y las gentes vendrían de Jerusalén y de Judea, de Galilea y de todas partes para escuchar su mensaje y para someterse a aquel bautismo que purificaba sus corazones en la conversión para preparar los caminos del Señor.
Hoy nosotros celebramos su nacimiento. Nos unimos a la alegría de aquellos lugares de las montañas donde las gentes se admiraban de su nacimiento y de cuantas cosas estaban sucediendo en su entorno. Nos alegramos con toda la Iglesia porque seguimos escuchando su mensaje que nos invita a la conversión, que nos invita a ser un pueblo bien dispuesto a escuchar la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos viene a traer.
Así lo escuchamos con toda intensidad sobre todo el tiempo del Adviento porque son sus espíritu nosotros también queremos prepararnos para la llegada del Señor en nuestra vida que celebramos en la Navidad. Pero no es solo entonces cuando hemos de escucharle y ahora cuando celebramos su nacimiento no solo hemos de llenarnos de alegría en tantas fiestas que por todas partes en su día se hacen en su honor, sino que hemos de sentir su mensaje que sigue vivo para nosotros porque siempre hemos de estar dispuestos a abrir nuestro corazón al Señor.
Se unen en este equinoccio del verano muchas fiestas que se celebran en la entrada del verano por todas partes unida a muchas tradiciones ancestrales medio con resabios de fiestas paganas que intentamos darles también un sentido cristiano. Bueno es tener buenos deseos para unos y para nosotros en este comienzo de temporada porque siempre todo lo bueno que deseemos para los demás puede ser un principio de acercamiento a los otros al tiempo que una disposición interior para hacer siempre lo bueno a favor de los demás.
Unimos en esta fiesta de luz, - en los días en nuestro hemisferio más largos en su luminosidad del año, aunque en el otro hemisferio la mayor oscuridad de los días puede hacerles desear el que pronto lleguen a ellos esos días de luz y de calor – unimos, digo, a las fiestas del fuego purificador. Es quemar, sí, cuanto de negativo haya en nuestra vida queriendo ahogar en el fuego todos los malos sentimientos que muchas veces pueden llenar nuestro corazón queriendo arrancar de nuestro corazón para arrojar en ese fuego purificador esos malos deseos de odio o de egoísmo, de violencias o de envidias y reticencias para comenzar unos nuevos tiempos de armonía y más solidaridad.
Démosle sentido a esas tradiciones ancestrales que se mantienen en la memoria de nuestros pueblos que no sean solamente una ocasión de fiestas que se puedan transformar en orgías de desenfreno destructoras de nosotros mismos arrastrados por la pasión, sino que sean promesa verdadera de un inicio de un nuevo sentido y de la vivencia de unos buenos valores que construyan nuestra vida y mejoren nuestra sociedad.

Nos alegramos en la fiesta del nacimiento de san Juan. Nuestro corazón se llena de regocijo y en medio de estas fiestas tradicionales que en su honor celebramos no perdamos de vista su mensaje que nos invita a transformar nuestro corazón quemando cuando de negativo pueda anidar en él para iniciar así purificados un nuevo sentido de vivir que en Jesús encontraremos en plenitud.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.