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miércoles, 12 de octubre de 2016

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Hoy celebramos el día de la Virgen del Pilar. Una fiesta muy entrañable para todos los españoles y para toda la hispanidad. Una fiesta que es un eco de aquel grito de la mujer anónima que bendecía a la madre de Jesús, cumplimiento de las palabras proféticas de María que en el Magnifica anunciaba que la felicitarían todas las generaciones, pero que se convierte en un reto para nosotros que seremos bendecidos si, como María, escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón, como nos ha dicho Jesús en el evangelio.
La tradición, entre las penumbras de la leyenda, nos habla de la presencia de María haciéndose cercana al apóstol Santiago mientras anunciaba el Evangelio en nuestras tierras hispanas. Como un hito, como un signo grande allí quedó el Pilar sobre el que descansan los pies de la Virgen y a donde acuden millares y millares de devotos para sentir el amor y la protección de María que siempre nos conduce hasta Jesús.
Es la madre que se hizo presente junto al apóstol en momentos duros y difíciles de la predicación del Evangelio y que con su aliento llenó de esperanza aquel corazón en su entrega por la causa del evangelio. Es la madre que sigue haciéndose presente en la vida de sus hijos como consuelo y como esperanza, como fortaleza para su fe para que nunca se sienta debilitada por los avatares de la vida, como ánimo para la constancia en el amor de la entrega y de la búsqueda del encuentro con los demás, y como refugio maternal para los pecadores y consuelo de los afligidos que así sienten siempre la presencia de María.
Ese pilar sobre el que descansa la imagen bendita de María y que da nombre a esta advocación de todo esto nos habla. Que sintamos de verdad ese pilar de María en nuestro corazón, en nuestra vida para así sentirnos fortalecidos en nuestra fe y en nuestro amor con la gracia del Señor.
El Beato Pablo VI en la exhortación apostólica ‘Marialis Cultus’ entre otra cosas bellas nos dice: ‘La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas…’  
Así queremos sentir la protección de María del Pilar cuando celebramos su fiesta y sentimos siempre a nuestro lado la presencia de la madre, la presencia de María. Quiero completar esta breve reflexión con el himno que nos ofrece la liturgia para la oración de Laudes de esta fiesta:
Santa María del Pilar, escucha
nuestra plegaria, al celebrar tu fiesta,
Madre de Dios y Madre de los hombres,
Reina y Señora.

Tú, la alegría y el honor del pueblo,
eres dulzura y esperanza nuestra;
desde tu trono, miras, guardas, velas,
Madre de España.

Árbol de vida, que nos diste a Cristo,
fruto bendito de tu seno virgen,
ven con nosotros hasta que lleguemos
contigo al puerto…

martes, 11 de octubre de 2016

Lo que vivimos hay que hacerlo con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos para acercarnos a los demás

Lo que vivimos hay que hacerlo con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos para acercarnos a los demás

Gálatas 5,1-6; Sal 118; Lucas 11,37-41

Las buenas costumbres nacen en la persona y en la colectividad de esos hábitos repetitivos que hemos ido adquiriendo desde una educación que hemos recibido donde se nos ha tratado de enseñar unos buenos principios y unos valores que serán los que irán marcando nuestra vida. Esas buenas costumbres tratarán de reflejar esos principios de nuestra vida, esas normas de conducta. Nunca tendrían que convertirse en actos rutinarios que hiciéramos sin sentido y sin conexión con esos verdaderos valores de nuestra vida. Cuando convertimos nuestras costumbres en un absoluto que podría parecer que están por encima de todo en la vida y nos convertimos en esclavos de las cosas que hemos puesto como normas que nos tendrían que ayudar, todo perdería su verdadero sentido y valor.
Es lo que Jesús denunciaba en los fariseos de su tiempo. Los llama hipócritas por doble cara que manifiestan sus apariencias. Aparentemente buenas costumbres, muchas normas que reglamentan la vida, pero sus corazones están llenos de falsedad y de mentira. No hay en ellos unos corazones acogedores y que nos trasmitan paz.
Hoy contemplamos a Jesús en casa de un fariseo donde lo han invitado a comer. Y Jesús, como siempre, va rompiendo moldes. Busca lo que realmente es importante. Allí estaba esa buena costumbre higiénica en si misma de lavarse las manos antes de comer, pero que habían convertido poco menos que en un rito religioso. En cuanto podía convertirse en un signo de hospitalidad por parte de quien recibía a su huésped en su casa estaba bien, pero si lo sacábamos de su verdadero sentido perdería su valor.
Jesús busca el corazón y quienes unos corazones limpios de maldades y verdaderamente puros, mientras otros se preocupaban vanamente más de la limpieza exterior. De ahí la respuesta de Jesús a la reacción que estaban mostrando ante los gestos de Jesús. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Lo que verdaderamente tenéis que ofrecer es lo bueno que llevéis dentro de vuestro corazón, viene a decirles Jesús.  
Preocuparnos solo de la apariencia, de lo exterior es vanidad. Y la vanidad nos hace falsos, increíbles, porque no estamos mostrando lo que verdaderamente llevamos en el corazón. Por eso tenemos que preocuparnos de esa pureza interior quitando esas vanidades, como alejando de nosotros toda clase orgullo, purificándonos de las malicias que nos hacen mirar con malos ojos a los que están a nuestro lado.
Sin con vanidad, con falsas apariencias, con orgullo nos acercamos al otro poco podemos ofrecerle en lo que se sienta acogido de forma agradable. Ese gesto de ofrecer agua al huésped que llegaba a tu puerta era un signo de acogida, de apertura no solo de las puertas de nuestra casa sino verdaderamente de nuestro corazón. Pero si vamos desde nuestra autosuficiencia, desde la altura de los pedestales de nuestros orgullos poco acogido podrá sentirse el que llega hasta nosotros. Por eso las cosas hay que hacerlas con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos por acercarnos a los demás.
El que acoge no espera a que el otro llegue hasta ti, sino que sabrá adelantarse para llegar pronto a tu encuentro y si estamos subidos en nuestro pedestal pocos pasos podremos dar para llegar hasta el otro. Acogida es abajarnos en el amor, es cercanía con nuestra buena actitud, es ponernos a su lado para hacer que se sienta a gusto, contagiarle de nuestra felicidad ofreciéndole nuestra sonrisa, y recibir con alegría y humildad cuanto de bueno pueda ofrecernos el que llega que siempre será para nosotros como un hermano.

lunes, 10 de octubre de 2016

Cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús

Cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1; Sal 112; Lucas 11,29-32

Nos llamamos cristianos y decimos que tenemos a gala el serlo. Más de una vez nos habremos escuchado decir a nosotros mismos, es que soy cristiano de toda la vida, eso es lo que me enseñaron mis padres, yo soy muy creyente y a mi la fe no hay quien me la quite.
Todo eso está muy bien y en verdad es algo que se refleja en nuestra vida. Pero quizá tendríamos que preguntarnos realmente nosotros ¿a quien escuchamos?, ¿a quien convertimos en maestro de nuestra vida? ¿Quién nos da la pautas de nuestro caminar, de nuestra manera de hacer las cosas, de nuestro estilo de vida? Porque quizá nos dejamos influir más por las modas que se llevan y ya no se trata solamente de las modas o marcas de ropa que podamos usar; ¿qué es lo que influye de de verdad en nosotros? ¿El que dirán de las gentes, lo que todo el mundo hace? Decimos quizá alguna vez o muchas veces que no podemos ir contra corriente, porque, claro, todo el mundo lo hace, todo el mundo actúa así.
Fijémonos como influye en nosotros el materialismo en que vive la mayoría de la gente, ese sensualismo del ambiente en el que pensamos solamente en pasarlo bien y cuando no podemos parece que el mundo se nos cae encima porque no sabemos vivir de otra manera. Pensemos en el estilo de religiosidad que vivimos muchas veces demasiado superficial contentándonos con hacer cositas, o en aquellos que solo saben vivir una religiosidad milagrera y de promesas. Así podríamos pensar en muchas cosas donde nos damos cuenta que el tinte del evangelio no es precisamente lo que marca nuestro actuar y nuestra vida.
No significa que nos alejemos de este mundo en el que vivimos porque en él estamos, pero es ahí donde, si en verdad somos cristianos, seguidores de Jesús, que hemos tomado el evangelio como pauta de nuestra vida y nos tomamos muy en serio nuestra fe, hemos de expresar lo que son nuestros valores, hemos de llenar nuestra vida de trascendencia, no nos vamos a dejar influir por el ambiente frío, indiferente a lo religioso que nos rodea, y donde vamos a expresarnos en todo nuestro compromiso cristiano.
Eso cuesta, no es fácil, porque es fuerte la atracción que podamos sentir para simplemente vivir como se vive en el ambiente que nos rodea, porque podemos caer en el espejismo de que todo nos parece bueno o no tan malo y no sabemos hacer un discernimiento de lo que realmente es valido y lo que no lo es. Es cierto que de alguna manera es más cómodo vivir una religiosidad superficial donde le ofrecemos de vez en cuando cositas a Dios como para tenerlo contento y nos ayude en nuestras necesidades o problemas.
Pero quien se dice un seguidor de Jesús no se puede quedar en eso. Tenemos que asumir de verdad la Buena Nueva del Reino que Jesús nos anuncia y disponernos a vivirlo con toda intensidad al tiempo que nos hemos de convertir en mensajeros de ese evangelio para el mundo que nos rodea aunque no nos escuche. Es el camino en que nos pone nuestra fe en Jesús. Es el camino al que Jesús nos ha enviado en medio del mundo para anunciar su evangelio de salvación. Hace falta cristianos valientes y comprometidos que nos involucremos de verdad en la vivencia y en el anuncio del evangelio de Jesús. 

domingo, 9 de octubre de 2016

El reconocimiento de cuanto recibimos nos hace agradecidos y nos llena de satisfacciones hondas

El reconocimiento de cuanto recibimos nos hace agradecidos y nos llena de satisfacciones hondas

2Reyes 5, 14-17; Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19
Quien sabe dar gracias sabe encontrar la verdadera razón de su felicidad. Podría parecer lo más natural del mundo el que seamos capaces de dar gracias cuando hemos recibido un favor. Se suele decir que es de la más elemental educación. Así lo tratamos de enseñar a los niños desde lo más pequeño. ‘¿Qué es lo que se dice, niño? Se dice, gracias’. Así lo enseñamos, pero no sé si luego en la vida eso lo hacemos también de la forma más espontánea y natural.
Dar gracias significa reconocer; reconocer que sin que nosotros lo mereciéramos recibimos algo gratuito de alguien; reconocer quizá nuestras carencias, nuestras deficiencias, nuestra pobreza; y reconocer no es solo una palabra, tendrá que ser una actitud más profunda, que quizá necesite de nuestra parte humildad. No será necesario quizá prodigarnos en alabanzas, pero si es dar constancia del buen corazón de la otra persona, de su generosidad, de su altruismo, porque quien nos ha dado con generosidad no lo hace buscando oscuras ganancias ni buscando el reconocimiento.
Es un entrar en un estilo de convivencia hermoso, porque eso nos enseñará también a nosotros ser generosos y no solamente por corresponder a aquella persona que nos haya favorecido, sino porque nos damos cuenta de cuánto bien podemos hacer también nosotros a los demás con nuestra generosidad y con nuestro altruismo. Y en una convivencia así en la que gratuitamente compartimos los unos y los otros nos sentiremos felices, estaremos en verdad haciendo un mundo mejor, un mundo más humano.
Cuando somos agradecidos ya no miramos ni el color de la piel, ni su procedencia, ni la forma de ser o de pensar de los otros porque estamos entrando un nuevo estilo y sentido de humanidad. Yo estaré aprendiendo también a mirar con ojos nuevos a aquellos con los que convivo y a los que prestaré mi solidaridad de una forma generosa.
Es una forma de romper barreras para hacer el mundo mejor, porque desgraciadamente nos creamos demasiadas barreras, ponemos muchas distancias, miramos mucho al otro con quien nos encontramos porque nos hemos hecho desconfiados; y esas barreras y desconfianzas nos encierran en nosotros mismos y el que se encierra en si mismo por mucho que diga nunca será feliz del verdad. El egoísmo y la insolidaridad no nos producen satisfacciones que alegren lo más profundo de nuestra vida.
Hoy el evangelio nos ha hablado de aquellos diez leprosos que fueron curados por Jesús mientras iba camino de Jerusalén. Quizá me haya extendido excesivamente en las consideraciones previas al comentario de este hecho que nos narra el evangelio, pero creo que pueden ayudarnos a captar bien el mensaje que se nos quiere trasmitir en el pasaje evangélico.
‘Jesus, maestro, ten compasión de nosotros’ le gritaban desde la lejanía de aquellas barreras que había impuesto la sociedad con aquellos a los que se consideraban impuros. Jesús les envía a que vayan a cumplir con lo prescrito por la ley cuando había de reconocerse que un leproso estaba curado y podía volver a reintegrarse en el seno de su familia y de la comunidad. Mientras iban de camino a presentarse a los sacerdotes uno de ellos al verse curado se da la vuelta y se atreve ya a acercarse a Jesús. ‘Se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Ha encontrado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dirá Jesús. La salvación no fue solo el sentirse curado de la lepra, era algo mucho más profundo que se había producido en el corazón de aquel hombre. Ahí está su fe, pero está su reconocimiento de donde le ha venido la salvación. Alaba a Dios y da gracias a Jesús. No se ha curado por si mismo, sino sabe que ha sido un don de Dios que se le ha manifestado en Jesús.  Y ha sido capaz de venir a reconocerlo.
No sabemos nada de los otros que cumplirían con lo prescrito por la ley y se reincorporarían a su vida normal, pero ¿no se preguntaran si algo les había faltado porque no habían acudido a quien les había curado para darle gracias? ¿No será algo que nos pasa a nosotros en las ocasiones en que no fuimos capaces explícitamente de dar las gracias a quien nos había beneficiado con algún favor?
Esta reflexión que nos hacemos sobre este pasaje evangélico en el que podríamos fijarnos aún en muchos otros detalles nos valga para analizar la actitud humilde y gozosa al mismo tiempo que tendríamos que tener con nuestro agradecimiento a cuantos nos benefician con su generosidad o simplemente haciendo algo a favor nuestro también desde su profesionalidad.
Pero también ha de valernos para interrogarnos cómo es nuestra acción de gracias a Dios cada día y cada minuto de nuestra vida donde tanto recibimos de Dios. Qué fáciles somos para pedir a Dios desde nuestras necesidades y nuestra pobreza y qué remisos somos a la hora de la acción de gracias.



sábado, 8 de octubre de 2016

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Gálatas 3,22-29; Sal 104;  Lucas 11,27-28

Las gentes se entusiasmaban con Jesús. Era su Palabra con un mensaje claro y lleno de vida, eran los signos que realizaba, era la vida misma de Jesús, su cercanía, sus gestos los que les hacían proclamar que nadie había hablado como El, con su autoridad, con su firmeza y valentía; la esperanza comenzaba a despertar de nuevo en sus corazones porque vislumbraban ese mundo nuevo que El anunciaba y vivir esa paz y en esa comunión entre todos, donde todos se aceptaran, donde nadie fuera mejor ni más poderoso que el que estaba a su lado era algo que en el fondo todos deseaban y con Jesús parecía que todo aquello era posible.
Por eso lo seguían aunque fuera al desierto y descampado; cuando se retiraba a solas para orar lo esperaban o lo buscaban; cuando marchaba de un lugar a otro lo seguían; así se aglomeraban multitudes en torno a El, no le dejaban ni en la casa porque se agolpaban a la puerta de manera que a veces parecía imposible llegar hasta El con los enfermos o los lisiados que le traían para que El los curara. Y El estaba dispuesto a ir a todas partes, y allí donde supiera que había alguien que sufría El estaba dispuesto a ir a estar a su lado, como al paralítico de la piscina, o a la hija de Jairo que estaba en las últimas.
No es extraño, pues, que pudiera surgir aquella voz anónima en medio de la multitud. Una mujer sencilla del pueblo que se entusiasmaba al escucharle y que se acordó de su madre. Qué dichosa tendría que sentirse la madre de Jesús, pensaba aquella mujer en sus adentros, pero no pudo más hasta que gritó para que todos la escucharan. ¡Dichosa la madre que te crió! ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Es normal cuando contemplamos la belleza del corazón de una persona, porque vemos sus gestos, vislumbramos sus actitudes, somos testigos de las cosas buenas que hace, de su entrega, de su generosidad, de su compromiso, pensamos en la familia donde fue educado, pensamos en la madre que lo crió y le enseñó tales cosas tan buenas.
Jesús no es que rechace esa alabanza que se hace a su madre. El también estaría dispuesto a decir cosas hermosas de María. Pero Jesús quiere señalarnos la fuente. Porque Jesús quiere decirnos donde tenemos que fundamentar bien nuestra vida, lo que han de ser los verdaderos cimientos de nuestra vida para que luego salga el edificio bello, donde asentar nuestras raíces para que el árbol sea frondoso y nos pueda dar buen fruto.
‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Ahí tenemos nuestro cimiento, ahí tenemos nuestra raíz, la Palabra del Señor; pero la Palabra que escuchamos y que plantamos en nuestro corazón; la Palabra que nos llena de vida y nos mueve a la vida; la Palabra que nos transforma, que convierte de verdad nuestro corazón al Señor, la Palabra que nos pone en camino nuevo, en el camino del amor, de la generosidad, de la misericordia, de la compasión y del perdón, de la entrega y del compromiso por los demás, que nos hace tener los ojos abiertos para ver el mundo con ojos nuevos.
Plantemos esa Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida. Que como María digamos también que se cumpla, que se realice en nosotros es Palabra de Dios.  

viernes, 7 de octubre de 2016

Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso



Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso

Hechos de los apóstoles 1, 12-14; Salmo Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

La espiritualidad de una persona manifiesta aquellos valores e ideales que se convierten en metas de su vida y que al mismo tiempo vienen a ser como un motor interior que nos impulsa en nuestro camino, da un sentido y valor a cuanto hacemos y nos hace sentir esa fuerza que necesitamos en la lucha de la vida de cada día. Es el espíritu de nuestra vida, de ahí la palabra espiritualidad.
Y la espiritualidad de un cristiano está toda ella centrada en Cristo, porque es en quien en verdad encontramos ese sentido, esa salvación de nuestra vida. Un cristiano está impregnado del espíritu de Cristo; un cristiano está lleno e inundado del Espíritu de Cristo. Un cristiano, pues, todo lo centra en Cristo. Todo lo que gira en torno al hecho de Cristo y su evangelio a eso nos lleva, han de ser en verdad mediaciones que nos conduzcan a Cristo. Cuanto hacemos, cuanto rezamos, los modelos o ejemplos que tengamos ante nuestros ojos siempre nos han de llevar a Cristo. No nos podemos quedar en ellos, porque entonces en verdad perdería su sentido.
Así María, la madre de Jesús que es también nuestra madre; así la devoción que le tengamos a María, el amor que como hijos a ella le tengamos; nunca María sustituirá a Cristo ni podrá ocupar el lugar de Cristo en nuestra espiritualidad, nunca nuestra devoción a María se puede contraponer con nuestra fe en Cristo. Es más, María siempre querrá llevarnos hasta Cristo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dirá a nosotros como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná.
Hoy estamos celebrando una fiesta de María que es muy entrañable en el pueblo cristiano. Celebramos a María, Virgen del Rosario. Una fiesta y una devoción a María que va profundamente unida a la oración porque de alguna manera toma su nombre de esa cadena de rosas que son las cuentas del rosario, que son las avemarías que desgranamos en nuestra oración a María.
Y es aquí donde hemos de fijarnos en algo muy importante, yo diría esencial, en esta devoción a María en consonancia con lo que venimos diciendo. El rosario no es solo encadenar esas cincuenta avemarías que como piropos dedicamos a María porque el rosario está encadenado – y válganos bien el sentido de la palabra – con todo el misterio de Cristo. Cada decena de avemarías la llamamos un misterio, porque en cada una de esas decenas mientras nuestros labios desgranan esos piropos a María nuestra mente está embebida en ese misterio de la vida de Cristo al que se hace referencia.
Rezar el santo rosario
no es solo hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.
Son unos versos hechos himno de oración en la liturgia de las horas y creo que nos definen muy bien el sentido del rosario haciéndonos marcar profundamente nuestra espiritualidad en todo el misterio de Cristo. A ello nos conduce María siempre. ‘Quedará entretejida la vida en el rosario siguiendo al Cristo gozoso, crucificado y glorioso’, que decían los versos del himno.
Que así vivamos con intensidad nuestra devoción a María, la Madre del Señor y nuestra madre. Así centremos toda nuestra vida, toda nuestra espiritualidad en el misterio de Cristo. María es esa mediación, Mediadora la llamamos, que nos ayuda a ese encontrarnos con Cristo, a ese impregnarnos de su Espíritu, como ella estuvo llena de Dios e inundada por el Espíritu divino. 

jueves, 6 de octubre de 2016

Busquemos el encuentro profundo con Dios en la sintonía de la oración que será siempre un gozarnos de Dios y de su amor

Busquemos el encuentro profundo con Dios en la sintonía de la oración que será siempre un gozarnos de Dios y de su amor

Gálatas 3,1-5; Sal: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 11,5-13

Los amigos cuando se aprecian de verdad casi no necesitan pedirse el uno al otro cuando tienen alguna necesidad, porque ese mismo aprecio y amistad hará que siempre estemos atentos a lo que puede necesitar el amigo y se lo ofreceremos sin que él nos lo pida. Pero no se manifestará la amistad solamente en atender necesidades sino que habrá una hermosa sintonía en la que se sentirán a gusto el uno con el otro, se harán compañía y habrá una hermosa cercanía entre ambos en cualquier circunstancia que pudieran vivir.
De alguna manera Jesús cuando nos está hablando de la oración está partiendo en cierto modo de esta experiencia de la amistad, aunque llegará a algo aun más hondo porque nos hablará de la relación entre padres e hijos. En uno o en otro caso siempre estaremos atentos el uno al otro y es lo más hermoso simplemente disfrutarán de esa cercanía, de esa confianza, de ese amor.
Así tendría que ser nuestra oración, que no es solo acudir a Dios porque nos sentimos necesitados; es ese sentirnos a gusto con Dios porque nos sentimos amados y nosotros queremos corresponder a ese amor; es ese vivir esa presencia amorosa de quien nos ama y a quien amamos; es sentir la confianza de que nunca nos sentiremos solos ni abandonados, es la seguridad que encontramos en nuestra vida porque sabemos que nunca nos fallará.
Es cierto en la vida buscamos seguridades, queremos tener un apoyo en ese camino que muchas veces pudiera ser turbulento; lo tenemos, es cierto, en la amistad y en la convivencia con los seres que apreciamos y que nos hacen soñar en cosas hermosas; buscamos ese sentirnos fuertes, útiles, con un sentido para el caminar, nos proponemos objetivos, nos trazamos planes, buscamos entrenamientos, tenemos nuestros hobbys que son como estímulos para romper rutinas y vacíos.
Humanamente nos vienen bien todas esas cosas pero muchas de ellas pueden ser efímeras que un día se desvanecerán; por eso queremos algo más que nos trascienda, nos abra a horizontes de plenitud, ponga valores trascendentes en nuestra vida, nos haga soñar con ideales nobles y altos, queremos darle una espiritualidad que sea la raíz y el cimiento de lo que hacemos y de lo que vivimos. Eso lo podemos encontrar en Dios, tenemos la certeza de que lo vamos a encontrar en Dios.
Busquemos a Dios, busquemos un encuentro profundo con Dios. Es la sintonía de la oración, que es encuentro, que es presencia, que es escucha, que será también petición, que será siempre gozarnos en el amor, que será también acción de gracias, que nos hará crecer en nuestra espiritualidad, que nos llenará del conocimiento de Dios y de Dios mismo, que nos hará unos verdaderos amantes de Dios.

miércoles, 5 de octubre de 2016

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias

En el nombre del Señor queremos realizar nuestras tareas pero también con corazón agradecido nos volvemos hacia El para darle gracias


En esta sociedad nuestra en que vivimos en que todo son derechos que reclamamos – está bien que respetemos los derechos y la dignidad de todos he de decir para que no me mal interpreten – pareciera, nos da la impresión, que nos creemos siempre merecedores de todo y que nada se nos puede negar. De ahí surge el peligro de que pierdan sentido las palabras gratitud y gratuidad. Como nos sentimos con derecho reclamamos pero lo que es peor no sabemos ser agradecidos, y bien sabemos que es de corazones nobles el ser agradecidos.
En estos días en las redes sociales ví una imagen en la que se decía que hay una serie de palabras que se han perdido en el uso, ‘por favor’, ‘permiso’, ‘gracias’… entre otras. Se nos han caído del uso, no sabemos ser agradecidos, parece como decíamos que todo nos lo merecemos. Tenemos que recuperar ese sentido de gratitud porque también quien nos presta un servicio o nos hace algo que nos agrada lo hace desde la gratuidad. Este seria otro tema, porque parece que todo hay que pagarlo y nada se hace por generosidad gratuita, sin ningún interés.
Y esto que nos sucede en nuestras relaciones humanas, en la relación que con la convivencia tenemos que otras personas, nos sucede también a nivel espiritual. Todos recordamos aquel pasaje del evangelio en que diez leprosos le pedían a Jesús que tuviera compasión de ellos. Jesús los mandó a siguieran los rituales usuales para reincorporarse de nuevo a la comunidad porque ya estaban curados, pero vimos como solo uno de aquellos diez fue capaz de volver hasta Jesús para reconocer que era Jesús el que en su compasión les había curado y para darle las gracias. ‘Los otros nueve ¿dónde están?’ preguntaba Jesús.
En nuestros agobios o en el devenir de nuestra vida día a día acudimos a Dios en nuestra oración pidiendo su ayuda, pero, hemos de preguntarnos, ¿cuántas veces luego nos detenemos a dar gracias a Dios por su presencia de gracia, por la ayuda que recibimos, por el favor que le habíamos pedido y nos ha concedido?
La liturgia de la Iglesia sitúa en el cinco de octubre lo que llama ‘Témporas de Petición y Acción de Gracias’. Témporas, un tiempo especial, situado en estos momentos en que en nuestras costumbres y civilización occidental reiniciamos todas nuestras actividades en total plenitud después del tiempo de descanso del verano. Es también el tiempo de la finalización de la recogida de las cosechas y el comienzo de la preparación de la tierra para una nueva siembra, para unos nuevos trabajos.
Un buen momento para hacer una parada en medio de nuestras actividades para no perder la trascendencia que ha de tener toda nuestra vida y así elevemos al cielo nuestros ojos y nuestro corazón para agradecer al Señor cuando de El recibimos, como para pedir su fuerza y la asistencia de su Espíritu Santo en las tareas que recomenzamos.
Hay un texto muy hermoso del libro del Deuteronomio en que Moisés advierte al pueblo de que cuando lleguen a establecerse en la tierra prometida y comience para ellos la prosperidad después de los siglos de destierro y los años de penurias al atravesar los desiertos no se olviden de Dios. Nos suele suceder, mientras caminamos entre agobios y problemas acudimos a Dios pidiendo su ayuda, cuando nos llegan momentos de prosperidad pronto nos olvidamos de Dios y no sabemos ser agradecidos.
También en nuestras tareas eclesiales estamos en el momento de recomenzar toda la actividad pastoral organizando, trazándonos planes, poniéndonos objetivos, reuniendo a la gente que quiere trabajar apostólicamente o con los que queremos trabajar; es el momento de invocar al Señor porque solo en su nombre queremos echar las redes, porque bien sabemos que cuando lo hacemos sin El todo se puede volver aridez y fracaso. Es la oración que por la Iglesia, por todas las tareas pastorales, por todos aquellos que generosamente ofrecen su tiempo y su vida para trabajar por los demás, para trabajar por el Reino de Dios queremos elevar al Señor con humildad y confianza. 

martes, 4 de octubre de 2016

Necesitamos aprender a encontrar la paz y la serenidad que nos abra a lo bueno que podamos recibir del encuentro con los demás y que además dará trascendencia a nuestra vida

Necesitamos aprender a encontrar la paz y la serenidad que nos abra a lo bueno que podamos recibir del encuentro con los demás y que además dará trascendencia a nuestra vida

Gálatas 1,13-24; Sal 138; Lucas 10, 38-42

Una escena que nos llena de paz y serenidad la que contemplamos hoy en el evangelio. Era el hogar de Betania; allí tres hermanos, Lázaro, Marta, María. Un lugar donde Jesús encontraba descanso y sosiego, en la orilla del camino que desde Jericó subía a Jerusalén; un camino frecuentado por los peregrinos que desde Galilea, bajando por el valle del Jordán para evitar el paso por Samaria donde no eran bien acogidos, hacían para llegar a Jerusalén; un lugar cercano a la ciudad santa donde veremos volver una y otra vez a Jesús a descansar en medio de las tareas de su anuncio del Reino; un momento como el que hoy contemplamos en el evangelio.
Una escena que nos evoca, a mí al menos me sucede así, esos momentos de paz en el hogar con la familia reunida, la madre quizá atareada en las labores de costura o de limpieza, el padre descansando de las tareas del día y echando una mano para remediar alguna necesidad del hogar, los hijos por acá o por allá entretenidos en sus cosas, mientras la conversación discurre placentera comentado los sucesos del día. Y envolviéndolo todo una paz indescriptible, una sensación de hogar, un cariño que se hace palpable y se siente en las miradas, en las palabras, también en los silencios.
Quizá la descripción que he presentado nos pueda sonar a otros tiempos, pero el mensaje que en ello quiero trasmitir es algo que siempre podemos vivir; hagamos unos trabajos u otros, tengamos unos entretenimientos u otros, creo que es necesario saber volver a encontrarnos las personas y ¿qué mejor sitio para aprenderlo que el hogar?
Vivimos en medio de los ajetreos de la vida, pero hemos de saber encontrar lo que es lo mejor, siempre hemos de saber encontrar y saber mantener la paz del espíritu, la paz del encuentro con el otro, la convivencia en la que todos sabemos dar y por eso mismo todos nos vemos enriquecidos con lo de los demás.
Los agobios y los ajetreos tienen el peligro de hacernos egoístas y encerrarnos en nosotros, por eso hemos de saberle dar serenidad a la vida que es al tiempo abrirnos a los demás, como abrirnos a la trascendencia, al misterio.
Saber detenernos, saber escuchar, saber quizá estar momentos sin hacer nada pero que nos lleven a pensar, a reflexionar, a escuchar allá en nuestro interior o a eso hermoso que cualquiera nos pueda trasmitir y que en nuestras prisas y agobios nos perdemos tantas veces. Es una lástima cuantas cosas hermosas pudieran llegar a nuestra vida si viviéramos sin prisas ni agobios para saber detectar eso bueno que hay en los demás y que los demás nos pueden trasmitir.
Busquemos, sí, la mejor parte, y en este caso la que nos abra al misterio de Dios que se quiere hacer presente en nuestra vida y llenarnos de su paz. No vivamos ajetreados sino con paz en el corazón escuchemos a Dios.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Bajarnos de nuestras cabalgaduras del orgullo para ponernos a la altura del otro nos hace descubrir quien es nuestro prójimo y lo que hemos de hacer para tener vida de verdad

Gálatas 1,6-12; Sal 110; Lucas 10,25-37

‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la eterna pregunta. En el evangelio la vemos repetida en otras ocasiones y no solo porque se quisiera poner a prueba a Jesús, como sucede en ocasiones, sino también en quien con buena voluntad llega hasta Jesús querido buscar algo más para su vida.
Al joven rico Jesús le dice de entrada, cumple los mandamientos; hoy a este letrado le pregunta Jesús qué es el lo que lee en la ley del Señor. A la respuesta del letrado respondiendo con las palabras que todo judío devoto se sabía de memoria y repetía muchas veces al día, Jesús le dice ‘haz esto y tendrás la vida’.
¿Queremos heredar la vida eterna? ¿Queremos en verdad buscar en la vida lo que nos lleve a plenitud o, como se dice hoy, a una realización plena de si mismo? Ama con amor de Dios, cumple el mandamiento del Señor. ‘Haz esto y tendrás la vida’, alcanzarás la plenitud de tu existencia, te realizarás plenamente como persona, alcanzarás la vida para siempre, la vida eterna.
Pero siempre queremos justificarnos, siempre parece que estamos buscando como una disculpa, un decir es que yo no lo sabía. El letrado quiere justificarse. ¿Sabrá el quien es el prójimo? Creo que la propia palabra lo dice y no son necesarias muchas ciencias para saber quien es tu prójimo. Pero buscamos disculpas, hacemos distinciones, nos cegamos y no nos queremos mirar sino a nosotros mismos. ¿Será que queremos hacer el camino solo y sin contar con nadie? ¿Será que solo queremos la vida eterna para mi mismo y no me importan los demás? Algunas veces por la manera incluso que vivimos nuestra religiosidad pudiera dar esa impresión.
‘¿Y quién es mi prójimo?’ pregunta el letrado. Ya conocemos la respuesta de Jesús.  Es la parábola que seguramente tantas veces habremos meditado pero que necesitamos una vez más, o quizá muchas veces más, volver a rumiarla allá en el corazón. El hombre maltratado, herido, tirado al borde del camino. Los caminantes que pasan a su lado y no quieren mirar, no quieren enterarse, dan rodeos… el sacerdote que iba con sus prisas al templo, el levita que tendrá que ir también a cumplir sus obligaciones. ¿Qué es lo que estaba primero en aquel momento? ¿Qué era en verdad lo principal?
También nosotros tantas veces tenemos nuestras prisas, tenemos que hacer tantas cosas que no queremos mirar al que está a nuestro lado herido quizá también por muchas cosas y al que habremos puesto al borde del camino, al borde de la vida. Y nos creemos buenos y cumplidores, y hasta muy religiosos, pero nos faltan sentimientos en nuestro corazón, hemos perdido la capacidad de la ternura, de la misericordia, de la compasión para sentir el dolor del hermano que está a nuestro lado. Ya nosotros tenemos con lo nuestro pensamos en tantas ocasiones; ya yo hago alguna cosa buena a los demás y todo tiene su limite y su tiempo, pensamos. ¡Cuántos rodeos damos en la vida, cuantas miradas rehuimos, cuantas veces apresuramos nuestros pasos!
Fue necesario que llegara aquel buen samaritano. También iba a sus cosas, a sus negocios, a sus ocupaciones, pero se detuvo, se  bajó de su cabalgadura y se puso a la altura del que estaba tirado en el suelo. Necesitamos aprender a abajarnos para ponernos de verdad a la altura del otro hermano. Lo curó, lo montó en su cabalgadura, buscó donde pudieran hacer por aquel hombre, puso todo lo suyo a disposición así como se había puesto él. Nos cuesta hacerlo, no sabemos hacerlo, no queremos quizá aprender a hacerlo.
Podíamos seguir haciendo muchas más consideraciones. Pero preguntémonos también nosotros ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Pero más bien preguntemos si somos capaces de hacer nosotros también lo mismo.  

domingo, 2 de octubre de 2016

Con la luz de la fe en los caminos oscuros siempre seremos capaces de ver el final porque sentimos que el amor de Dios está en nosotros y con nosotros

Con la luz de la fe en los caminos oscuros siempre seremos capaces de ver el final porque sentimos que el amor de Dios está en nosotros y con nosotros

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10
¿Hasta cuando vamos a seguir así? ¿Cómo lo puedo soportar? Todo son problemas, contratiempos, la gente no te entiende, me siento agobiado por todas partes, esto no tiene salida. Algunas veces quizá nos encontramos así; todo nos parece negro, todo son dificultades, parece que todo el mundo está en contra nuestro. Son los problemas de la vida, de la convivencia de cada día con amigos, vecinos o en el propio entorno familiar, problemas que nos encontramos en la familia quizá, problemas en el trabajo, problemas en nosotros mismos que no sabemos cómo afrontar, cómo salir del atolladero.
Y nos sentimos solos; y clamamos al cielo y nos parece que está cerrado para nosotros porque decimos que Dios no nos escucha porque no se resuelven los problemas. Como decía hoy el profeta Habacuc ‘¿hasta cuando clamaré, Señor, sin que me escuches?... ¿por qué ve haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?’
Quizá en la descripción de la realidad humana de la que queremos partir en esta reflexión se entremezclen situaciones diversas, pero en unas cosas o en otras en muchas ocasiones nos habremos encontrado. En medio de los problemas nos sentimos turbados, parece que perdemos la paz, y algunas veces parece que se nos tambalea la fe.
‘El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe’, terminaba diciéndonos el profeta. Muchas veces nos aparecen los orgullos, nos creemos autosuficientes, nos sentimos demasiado llenos de nosotros mismos; como decía el profeta ‘tiene el alma hinchada’, nos creemos tan autosuficientes que pensamos que no vamos a necesitar a nadie pero al final todo se nos derrumba. Hemos de hacer aflorar con todo sentido nuestra fe.
Los discípulos de Jesús quizá también se sentían turbados. Veían la seguridad de Jesús, la fuerza con que exponía el mensaje del Reino a pesar de que tuviera mucha oposición enfrente, escuchaban todo lo que Jesús les decía de poner toda su fe y su confianza en Dios, pero ellos seguían sintiéndose inseguros, aunque vislumbraban que Jesús era el Mesías no las tenían todas consigo, querían tener fe y ser capaces de poner toda su confianza en Dios y en las palabras de Jesús, pero seguían apareciendo en su interior aquellas dudas. Por eso acuden a Jesús: ‘Auméntanos la fe’, le piden.
Y Jesús les decía que el que tuviera fe, aunque les pareciera insignificante – y lo compara con el grano de mostaza – puede realizar cosas grandes. Habla de con esa fe ser capaces de arrancar de raíz una morera para plantarla en el mar. Es un ejemplo, una imagen del poder de la fe; no se trata de ir trasplantando árboles de un lado para otro.
Pero sí les está diciendo que quien pone toda su confianza en el Señor no temerá los malos momentos, las tormentas que puedan aparecer en su vida, aquellos nubarrones de los que antes hablábamos que pareciera que nos dejaban indefensos  en medio de tantas tormentas y sin encontrar salida. Quien pone toda su confianza en el Señor nunca se sentirá solo y sin fuerzas, nunca sentirá que la oscuridad inunde su vida para dejarlo ciego en el camino. Hemos de en verdad de convertirnos al Señor, para sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida que nunca nos deja solos porque es nuestro Padre que nos ama y estará siempre a nuestro lado, y pondrá muchas señales de su presencia junto a nosotros.
‘Señor, auméntanos la fe’, también queremos pedirle nosotros. Que no nos falte, que no se nos enfrié, que se mantenga firme. Es la luz que da sentido a nuestra vida, es la fuerza que nos hace sentir la presencia del Señor, es el viático de nuestro camino.
Una fe que envuelva totalmente nuestra vida, no solo para unos momentos, no solo porque con ella queremos acudir al Señor cuando nos sentimos apurados; es la fe que nos hace gozar de la presencia del Señor; es la fe que nos hace descubrir nuestra pequeñez y nuestra grandeza; pequeños porque como María nos sentimos los siervos del Señor que buscamos siempre su voluntad, grandes porque nos descubre esa dignidad nueva que nade del amor de Dios que nos hace sus hijos porque también queremos vivir en su amor, buscar su voluntad, darle gloria con todo aquello que hagamos.
‘Reaviva el don de Dios’ le decía Pablo a Timoteo. Reavivemos ese don de Dios es nosotros que es nuestra fe que nos hace descubrir el amor para vivir en el amor. ‘Toma parte en los duros trabajos del evangelio’ seguía diciendo el apóstol a su discípulo. La fe nos compromete, la fe no nos adormece, la fe despierta lo mejor de nosotros mismos para darnos por los demás, la fe nos pone en camino, la fe nos hace misioneros porque es una luz que tenemos que trasmitir, que tenemos que contagiar, con la que tenemos que iluminar nuestro mundo.
No tememos los malos momentos, la dificultades, los momentos duros por los que tenemos que pasar porque sabemos que no nos podemos sentir solos, con nosotros está el Señor. Reavivemos la fe en nuestra vida y gocémonos del amor de Dios amando nosotros también.

sábado, 1 de octubre de 2016

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118;  Lucas 10, 17,24:

¿Mostraremos en verdad los cristianos con nuestro semblante que somos portadores de la alegría más honda y gozosa que un ser humano pueda disfrutar? Y cuando digo semblante, sí, me estoy refiriendo al semblante de nuestro rostro, pero es que el semblante de nuestro rostro no es solo la luz de una sonrisa sino que se va a expresar también en actitudes, en posturas, en maneras de acercarme a los demás, en la forma cómo afronto los problemas de la vida, etc.… Algunas veces los rostros de los cristianos no es eso lo que manifiestan, porque incluso en medio de celebraciones más hermosas pareciera que van llenos de amargura.
Y es que, como decíamos, tenemos todos los mejores motivos para ser las personas más alegres del mundo. Simplemente el hecho de sentirse amado de Dios tenía que hacer que estuviéramos dando saltos de alegría continuamente por donde vayamos. Aquellos saltos que daba la criatura en el seno de Isabel con la visita de María, que en el fondo era la visita de Dios en la presencia de María tendrían que ser los saltos de alegría que viviéramos continuamente los cristianos.
Ya es hora que desterremos esos rostros afligidos que parecen que esas personas fueran portadoras de corazones sin esperanza en tantos que incluso se dicen muy religiosos que parecieran que fueran repartiendo sequedad y amargura allá por donde van. Son cosas incompatibles con nuestra fe, una verdadera religiosidad y una profunda espiritualidad cristiana.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría. Alegría vemos en los apóstoles que regresan de su misión contentos porque habían podido realizar aquellas mismas señales y signos del Reino que Jesús realizaba mientras hacían el anuncio de la Buena Nueva. Alegría a la que les invita a Jesús sobre todo porque sus nombres van a estar inscritos en el cielo. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice Jesús.
Pero es la alegría del Espíritu que siente Jesús y por lo que da gracias al Padre. Está contemplando Jesús, y un signo está también en lo que cuentan los apóstoles a la vuelta del cumplimiento de su misión, como la Buena Nueva de la Salvación, todos los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón, y saben ponerse en las manos de Dios. ¿Será la alegría que nosotros sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro con el Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios?
Finalmente Jesús llama dichosos a sus discípulos por lo que pueden ver y contemplar, por todo ese misterio de Dios que se revela y del que ellos pueden dar testimonio. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Tienen la dicha de estar con Jesús, escucharle, palparle por así decirle, estar a su lado, ser testigo de sus signos de amor. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!’, les dice. Motivo de alegría, de dicha, de felicidad. Son testigos del amor de Dios que se manifiesta en Jesús.
Pero nosotros somos testigos también, por la fe seremos capaces de ver lo que quizá nuestros ojos de la cara no pueden contemplar, pero sí podemos sentir allá en lo hondo del corazón esa cercanía y ese amor de Dios; con las obras de nuestro amor nosotros también nos convertimos en testigos, pero además haremos posible que otros puedan llegar a conocer y contemplar a Dios. Es lo que hemos de expresar con las obras de nuestra vida, con la alegría de nuestra fe.


viernes, 30 de septiembre de 2016

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

Job 38,1.12-21; 40,3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

‘¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza’. Siempre me ha parecido un texto bastante inquietante, esta queja de Jesús contra aquellas ciudades donde tantos signos había realizado para que se convirtieran al Señor – a continuación menciona también a Cafarnaún -, y ha sido fuertemente interpelante para mi vida. Creo que es una lectura que hemos de hacer de este texto en clave de lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en mi vida y la respuesta que doy a tanto amor del Señor.
La predicación de Jesús anunciando el Reino con palabras y signos se había extendido principalmente por toda la región de Galilea; había establecido como su centro Cafarnaún y probablemente en la casa de Simón Pedro; cercanas estaban Betsaida, la patria de Simón y de Andrés y de alguno de los otros discípulos, y también Corozaín; muchos milagros había realizado en su entorno curando a los enfermos, dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos; en las cercanías, en las orillas del lago había realizado el milagro de la multiplicación de los panes, y por allí estaba aquella montaña con su llanura a sus pies donde había desgranado el sermón de las Bienaventuranzas con todo lo que era el ideal de vida a vivir en el Reino nuevo de Dios que anunciaba. Pero también se había encontrado con la indiferencia de muchos que no daban los pasos necesarios de conversión que eran necesarios. De alguna manera Jesús se siente dolido; igual que en Nazaret, su pueblo, donde no había realizado milagros porque no le habían aceptado.
Pero como decíamos ya desde el principio este mensaje del evangelio hemos de escucharlo en clave de nuestra vida. También hemos de saber reconocer cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros. Cada uno de nosotros tiene su historia, una historia que está llena de momentos enriquecidos con el amor del Señor. También nosotros hemos escuchado una y otra vez el mensaje de las bienaventuranzas, el anuncio del Reino y todo lo que es la Buena Nueva de Jesús; testigos somos, aunque nos cueste reconocerlo, de esa presencia de Dios en nuestra vida que nos ha liberado tantas veces de tantos males en nosotros.
A esto tendríamos que añadir los sacramentos que hemos celebrado y recibido. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en la vida derramándose el amor y la misericordia del Señor sobre nosotros? ¿En cuántas Eucaristías hemos participado y recibido la comunión sacramental? Y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Damos sinceros frutos de conversión en nuestra vida dejándonos transformar por la gracia del Señor?
El evangelio nos interpela, nos hace preguntas, nos plantea una renovación de nuestra vida. No lo podemos escuchar solo como una cosa bonita que nos acuna y adormece, sino que tiene que ser ese espolón que nos pincha allá donde más nos duela y nos quiere hacer despertar. No tengamos miedo a enfrentarnos con sinceridad y valentía al Evangelio dejándonos interpelar por él.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Los ángeles en el cielo cantan la gloria del Señor. Así lo expresamos en cada celebración cuando queremos unirnos a los Ángeles y a los arcángeles y a todos los coros celestiales para cantar por siempre la gloria del Señor, para bendecir con nuestro canto y con nuestra vida el santo nombre del Señor.  ‘Santificado sea tu nombre’ pedimos en la oración que el Señor nos enseñó y queremos santificarlo cantando la gloria del Señor.
Pero los ángeles se convierten para nosotros también en signos de la presencia del Señor que nos acompaña siempre con su gracia. Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento cuando en una visión decían que estaban viendo al Ángel del Señor que se les manifestaba era una expresión para decir cómo sentían esa presencia de Dios en sus vidas. Podemos recordar episodios de la vida de Abraham o de Moisés, pero también lo vemos expresado en otros momentos como fue la aparición de aquellos jueces que Dios suscitaba para conducir al pueblo de Dios en momentos difíciles.
Ya en el Nuevo Testamento veremos como Jesús nos habla de los ángeles que acompañan la vida de los niños, pero que al mismo tiempo están gozando de la visión de Dios, o como se nos manifiesta en el evangelio de esta festividad en la que Jesús le dice a Natanael que veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Signos, pues, de la presencia de Dios que nos acompañan en nuestro caminar, inspiran en nuestro corazón todo lo bueno que tendríamos que realizar al tiempo que nos preservan de los peligros que nos pueden acechar en nuestra vida con la fuerza y la gracia de Dios que nos trasmiten. Son para nosotros mensajeros divinos al tiempo que medicina y fortaleza para nuestro caminar; son medicina de Dios que nos hacen llegar la gracia divina que nos preserva de los peligros y del mal.
Es lo que vienen a significar los Arcángeles cuya festividad hoy estamos celebrando. Aunque comúnmente decimos que hoy es día de san Miguel, tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unieron en esta fiesta la celebración de los tres Arcángeles que se celebraban en días distintos. Por eso hoy es la fiesta de los santos Arcángeles San Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Esos santos Arcángeles que en la Biblia y en especial en el Evangelio se nos manifiestan con especiales misiones divinas con especial relevancia en la historia de nuestra salvación. Será el poderoso san Miguel  que al grito de su nombre ‘¿Quién como Dios?’ lucha contra Lucifer como signo de la victoria sobre el mal. Cuánto puede significar para nuestra vida de lucha contra el maligno que nos tienta.
Será el arcángel san Rafael acompañante de Tobías hijo en los caminos para inspirarle las mejores decisiones que había de tomar para su vida, como medicina de Dios según el mismo significado de su nombre para enseñarle lo que diera de nuevo luz a los ojos ciegos de su padre, y como intercesor que presentaba ante el trono de Dios las súplicas y oraciones de aquellos corazones fervorosos. Ojalá nos dejáramos acompañar y enseñar con sus inspiraciones de los ángeles de Dios que sabemos que tenemos a nuestro lado, aunque nuestros ojos ciegos no los vean, con la confianza de que ellos presentan nuestras suplicas ante el trono de Dios.
Finalmente será el mensajero divina que vino de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del precursor del Mesías, pero que se manifestará a María para darle la Buena Noticia de todos esperada de que de sus entrañas virginales nacería el que iba a ser la luz y la salvación del mundo. A Zacarías le costó creer porque solo veía las dificultades de su propia vida pero María supo ser la humilde esclava del Señor para que en ella se plantara la Palabra de Dios para en su encarnación convertirse en el Emmanuel, en el Dios con nosotros. Aunque nos sintamos débiles, instrumentos inútiles y con nuestro corazón manchado sepamos como María abrirnos al misterio divino para también llenarnos de Dios.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

‘Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos…’ Ahora subían a Jerusalén. Jesús ya había tomado esa decisión sabiendo bien lo que significaba aquella subida a Jerusalén. Pero esa imagen de Jesús y sus discípulos que iban de camino es bien significativa.
Caminaban de un lado para otro por aquellas aldeas y pueblos de Galilea anunciando el Reino. Era el camino de la construcción del Reino; era el camino del seguimiento de Jesús. Ya nos enseñaba Jesús que el discípulo sigue a su maestro, va de camino en pos de su maestro. Así los discípulos de Jesús, así nosotros vamos haciendo también camino con Jesús.
Muchos al paso de su Jesús también se ponen a caminar con El; quieren estar con Jesús, quieren escucharle, quieren disfrutar de sus signos para alabar también al Señor; caminan con Jesús porque ven un camino nuevo, un nuevo sentido, una nueva vida, una nueva esperanza que comienza a rebrotar en los corazones.
Para algunos el camino es ocasional, durante un tiempo, porque han de volver a sus tareas, a sus familias, a sus responsabilidades, pero seguramente regresarán con una nueva luz encendida en sus corazones. Otros le siguen con mayor radicalidad, porque un día dejaron en la orilla del lago sus barcas, o la banca de los negocios o sus ocupaciones  para que otros la ocuparan o siguieran en ese oficio. A esos Jesús les va enseñando pacientemente una y otra vez cuales son las exigencias, lo que significa el Reino ya en la manera de vivir en torno a Jesús desprendidos de todo, con el corazón abierto, con el pensamiento atento al mensaje que Jesús les va trasmitiendo.
Hoy en este camino que Jesús y sus discípulos van haciendo en su subida a Jerusalén tres personas más quieren unirse al grupo de los discípulos para seguir a Jesús. ‘Te seguiré adonde vayas’, le dice uno; el otro es invitado, el tercero también está dispuesto a seguirle. Quieren seguirle pero aun no han entendido bien lo significa dar ese paso. Jesús les hablará de radicalidad en el seguimiento, de pobreza y de disponibilidad total. Seguir a Jesús no es ir a buscar cosas seguras, porque Jesús no tiene ni donde reclinar la cabeza; hasta las fieras del campo tienen sus madrigueras, pero con Jesús todo es distinto. Un día les dirá que han de estar dispuestos a que les reciban o no les reciban cuando lleguen a un lugar a anunciar el Reino; ayer escuchábamos como eran rechazados en algún lugar de Samaria simplemente porque se dirigían a Jerusalén.
Los otros parecen que siguen aun con lazos de la vida antigua, ponen condiciones o piden plazos. Pero el que sigue a Jesús ha de estar dispuesto a ser un hombre nuevo, con una vida nueva en la que no cabe nada de muerte; el que sigue a Jesús ha de tener disponibilidad total para mirar siempre adelante y estar siempre en camino.
Son las exigencias del camino de Jesús, de hacer camino con Jesús. ‘El que vuelve la vista atrás no vale para el Reino’, les dirá. Lo hemos de escuchar nosotros que quizá seguimos con nuestras reservas, nuestras prevenciones, nuestros apegos de los que nos cuesta desprendernos, muchos retazos de muerte aun colgando de nuestra vida, sin poner la confianza total, la disponibilidad total. Jesús quiere contar con nosotros, ¿seremos generosos de corazón para ponernos en disponibilidad total para su seguimiento?

martes, 27 de septiembre de 2016

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

¿Cómo reaccionamos cuando nos aparecen problemas que contrarían nuestra vida, alguien nos lleva la contraria o nos dice no a nuestras aspiraciones, o se opone a nuestros deseos o proyectos?
En nuestra madurez tendríamos que saber que en la vida siempre nos aparecen problemas y habríamos de tener la serenidad suficiente para afrontarlos y no sentirnos contrariados porque las cosas no sean siempre de nuestro gusto; de la misma manera ante la reacción o respuesta negativa que podamos encontrar en los demás hemos de saber ver y respetar las diferencias de opinión o de planteamiento y antes que enfrentarnos tendríamos que saber llegar a un diálogo constructivo donde sepamos aprovechar lo bueno que haya en ambas partes.
Pero reconocemos que no siempre actuamos así, que el diálogo no se hace fácil, que el enfrentamiento nos lleva por un lado a una violencia interior que luego se puede traslucir en las actitudes que tengamos hacia los demás o en nuestras palabras y desgraciadamente muchas veces llegamos hasta la violencia física. Es lo que vemos en las confrontaciones de cada día en la vida social, en las mismas relaciones familiares, en el trato con los amigos con los que fácilmente se llega a rupturas indeseadas, y no digamos nada lo que sucede en la vida política.
Humanamente tendríamos que ser maduros ante estas situaciones diversas que nos encontramos en la sociedad y en el día a día de nuestro encuentro con las personas cercanas a nosotros. Y desde unos sentimientos cristianos hemos de saber poner el bálsamo del amor que nos lleve a la comprensión, al respeto, a la valoración de las personas, y quitar todo atisbo de violencia, de revancha, de resentimientos, de actitudes vengativas, y de todas aquellas reacciones con las que pudiéramos hacer daño a los demás. Clave importante en nuestras relaciones mutuas es la comprensión y también la capacidad del perdón.
Me surgen estas consideraciones desde el breve texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Jesús había decidido ir a Jerusalén; en esta ocasión lo hace atravesando Samaría en lugar de bajar por el valle del Jordán hasta Jericó. Se acercan a un pueblo donde desean pasar la noche y buscan alojamiento; pero como iban a Jerusalén los samaritanos no quisieron recibirlo. Surge la contrariedad.
La reacción de algunos de los apóstoles se llena de violencia al menos en su interior y se vislumbran sus deseos en sus palabras. Quieren poco menos que baje fuego del cielo sobre aquellos que no quisieron recibirlos. Pero ya vemos cual es la actitud de Jesús. El evangelio nos dice que Jesús les regañó y se fueron a otra parte. A la violencia, la serenidad y la paz. Al rechazo, la paciencia y la comprensión. Sin palabras Jesús nos está enseñando.
Es el camino de paz que cada día hemos de ir construyendo. Y no solo hemos de pensar en los grandes conflictos que afligen nuestro mundo, sino en esos pequeños conflictos que nos aparecen en la vida del día a día. Es nuestra madurez humana y nuestra madurez como cristianos; que haya un espíritu fuerte en nuestro corazón para llenarnos siempre de esa paz que tanto necesitamos.