Vistas de página en total

domingo, 20 de septiembre de 2015

Mirar la pasión y la cruz de Jesús nos hacer ver hemos de ser los últimos y servidores para acoger y servir hasta al mas pequeño

Mirar la pasión y la cruz de Jesús nos hacer ver hemos de ser los últimos y servidores para acoger y servir hasta al más pequeño

Sab. 2, 12.17-20; Sal. 53; Sant. 3, 16-4, 3; Mc. 9, 30-37
Hay ocasiones en que por más claro que nos hablen parece que no queremos entender, nos cuesta más que entender aceptar aquello que nos están diciendo; y en ocasiones así es como si nos hiciéramos oídos sordos porque ni siquiera queremos preguntar porque nos parece que si nos lo explican bien nos van a comprometer más fácilmente en aquello que en el fondo sí que entendemos. Que nos hablan de sacrificios y de renuncias, que nos hablan de algo en lo que tendríamos que comprometernos, vamos a ver cómo podemos escapar, como no nos va a suceder esas cosas que nos anuncian, o cómo tratamos de que sean lo menos fuertes y duras que podamos.
Eso nos sucede en muchas ocasiones en la vida. Esto nos puede suceder en nuestra vida cristiana o en nuestra vida de compromiso por los demás. ¿Por qué tengo que ser yo el que tenga que ser el primero que me comprometa en esas cosas? ¿Por qué tengo que ser yo el que siempre está disponible para todo? ¿Por qué tengo que aparecer yo como ‘el último bobo’ que se pone siempre al servicio del otro? Y así cuantas preguntas nos surgen o cuantas disculpas nos buscamos, o como es la forma que nos hacemos en cierto modo oídos sordos y nos despistamos para no tener que comprometerme.
Algo así les estaba pasando a los discípulos en relación a lo que Jesús les venía anunciando. Ya no era la primera vez, porque ya el domingo pasado en páginas anteriores del evangelio lo escuchamos. Jesús habla de sacrificio y de muerte; anuncia lo que le va a suceder en Jerusalén, y por carambola podría pasarle a ellos algo parecido. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto a los tres días resucitará’, les decía. Ya Pedro, escuchábamos el otro día, trataba de disuadir a Jesús para quitarle esas ideas de la cabeza. Ahora no se atreven a preguntar, y eso que Jesús venía hablando con ellos como en un aparte del resto de los discípulos, porque a ellos de manera especial quería instruirlos.
Pero es que después de estos anuncios que les hace Jesús, pareciera como queriendo olvidarlo todo, continúan pensando en su interior en ese reino que iba a instaurar el Mesías y a ver qué puesto les iba a tocar a ellos. Fueron muchas las veces en que los encontraremos en tales discusiones. Quien iba a ser el primero y principal, a la manera como un día Santiago y Juan habían estado pidiendo sentarse uno a la derecha y otro a la izquierda.
‘Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó Jesús: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quien era el más importante’. Como diríamos de una forma figurativa fueron cogidos con las manos en la masa.
Allí está Jesús que se sienta en medio de ellos. ¿Cómo va a explicarles una vez más para que terminen de entender cual es el sentido verdadero del Reino que está anunciando? Es normal que sintamos deseos en nuestro interior de vivir en dicha y felicidad; es cierto que nos gustan que nos reconozcan nuestros valores y lo que podemos hacer; tenemos deseos, sí, de grandeza y de plenitud en nuestro interior.
Pero ¿cómo en verdad podremos sentirnos verdaderamente dichosos, realizados, en plenitud de nuestro ser? No será en la apetencia de cosas grandes, de lugares importantes o de reconocimientos que los demás puedan hacernos de nuestro valer o de nuestra autoridad. Ahí tenemos a Jesús delante de nosotros, como lo estaba entonces allí sentado en medio de ellos, es el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a servir, a hacerse el último y el servidor de todos. No nos va a pedir que Jesús algo que antes no haya hecho El. Y si nos plantea un sentido de la vida es lo que le vemos vivir a El.
‘Quien quiera ser el primero y el principal, que se haga el último de todos y el servidor de todos’. Ahí tenemos la verdadera grandeza. Es entonces cuando estaremos desarrollando nuestras verdaderas capacidades, es cuando van a resplandecer los verdaderos valores, es lo que nos hace grandes de verdad.
Y para hacer el último y el servidor de todos hay que comenzar a valorar en todo a los demás, también aquellos que nos pueden parecer menos importantes o con menos valores o que son más pequeños. Y eso cuesta, hemos de reconocerlo. Tenemos la tentación y el peligro de que broten impetuosos nuestros orgullos y el egoísmo de nuestro yo. Y como un signo bien significativo toma a un niño lo pone en medio y nos dice que hemos de saber acoger a un niño porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El y el que lo acoge a El acoge al que lo ha enviado.
El niño en aquella cultura era poco valorado y no se tenía en cuenta hasta que no llegara a la mayoría de edad. Nos puede parecer extraño, era así entonces, pero algún resabio de todo eso nos queda algunas veces. Ahí  nos queda la imagen, porque en la imagen del niño están todos los que consideramos pequeños, insignificantes, poco importantes en la vida; y pensemos cuantas discriminaciones tenemos el peligro de hacernos porque aquel vale menos, porque aquel otro es no sé de dónde, o de qué condición, o nos viene de fuera, o es de no sé que raza o religión; todavía hoy nos seguimos haciendo tantas distinciones y no a todos acogemos de la misma manera.
Pues Jesús nos está diciendo que nos hagamos los últimos y los servidores de esos que consideramos los últimos, los pequeños o los desheredados de la vida. Por ahí han de ir las verdaderas grandezas en el Reino de los cielos. Esto es lo que les costaba aceptar a los discípulos y hasta les daba miedo preguntar, pero esto es también, reconozcámoslo, lo que nos da miedo a nosotros y nos cuesta entender y aceptar.

sábado, 19 de septiembre de 2015

La parábola nos reta a plantar la semilla del Reino en esos lugares no tan lejanos a los que nunca hemos llevado la luz del Evangelio

La parábola nos reta a plantar la semilla del Reino en esos lugares no tan lejanos a los que nunca hemos llevado la luz del Evangelio

1Timoteo 6,13-16; Sal 99; Lucas 8, 4-15
¿Qué hacemos con la semilla? ¿Habremos sido capaces de ir a sembrarla a todos los sitios aunque nos pareciera difícil? Para empezar puede ser un interrogante que nos plantee la parábola que Jesús nos propone hoy.
Jesús iba de camino anunciando el reino de Dios y mucha gente le seguía, quería escucharle. Como dice hoy el evangelio  ‘se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’. Y es entonces cuando les propone la parábola del sembrador. Bien significativo, porque es a muchos a los que llega el anuncio de la Buena Nueva del Reino, en cualquier situación y lugar. Es como vemos a Jesús caminando, de un lugar para otro, encontrándose con todos, no solo los que van a la sinagoga, sino en los cruces de los caminos, en la orilla del lago, en medio de los campos.
Normalmente cuando reflexionamos sobre esta parábola nos fijamos en esos diferentes tipos de tierra que reciben la semilla, pero lo hacemos sobre todo para analizarnos nosotros en nuestras actitudes ante la Palabra y cómo la recibimos y la plantamos en nuestra vida para hacer que llegue a dar fruto.
Hoy quisiera fijarme en otro aspecto. El sembrador salió a sembrar la semilla, pero no se paró en pensar donde estaría la tierra buena que pudiera hacer que aquella semilla germinara y llegara a dar fruto. Nos parece que eso hubiera sido lo lógico. Sin embargo sembrando a voleo dejó que la semilla llegara a toda clase de tierras, ya fueran endurecidas por las pisadas de los caminantes, ya estuvieran llenas de piedras o de abrojos o fuera la tierra buena. Es en lo que quiero fijarme.
¿Esa semilla de la Palabra, del anuncio del Reino solo tenemos que hacerla llegar a aquellos que ya están predispuestos para recibirla? ¿A los demás no tendríamos también que hacerles ese mismo anuncio, aunque sepamos que su corazón pueda estar endurecido por muchas cosas o se tengan demasiados apegos que nos pudieran parecer un obstáculo? Cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio les dice que vayan por todo el mundo. No han de escoger entre un mundo bueno y bien predispuesto y un mundo malo que nos parezca imposible. El anuncio de la salvación tiene que ser universal.
Quizá demasiado nos hemos quedado al resguardo de nuestros templos y de la gente de siempre, los que siempre han estado cerca, pero nos haya faltado ese ímpetu misionero para ir también a lugares difíciles, a aquellos que nos parecía que fueran más reticentes para recibir esa semilla de la Palabra de Dios. Me podréis decir, bueno, los misioneros llegan a los países lejanos, a lugares donde nunca se ha anunciado el evangelio.
s cierto, pero también tendríamos que pensar que a los que quedamos aquí también se nos hace ese mismo encargo misionero y sin ir a lugares lejanos, podemos tener muy al lado nuestro lugares lejanos, personas alejadas, personas que por la situación que fuera no han recibido ese anuncio. También en esos corazones puede brotar esa semilla, haber una respuesta, puede encenderse de nuevo la luz de la fe que porque han tenido el corazón endurecido, porque haya muchos apegos en su corazón, porque vivan una vida sin ninguna profundidad, o porque quizá nosotros no lo hemos trabajado, hasta ahora no han dado respuesta, pero pueden darla.
Creo que es un reto que nos plantea hoy el evangelio. ¿Qué estamos haciendo con la semilla? ¿La estamos guardando para los de siempre o nos preocupamos de que llegue a esos, quizá demasiado cercanos a nosotros, en los que nunca nos hemos preocupado de sembrarla?

viernes, 18 de septiembre de 2015

El discípulo no es el que se queda a la vera del camino como espectador, sino el que se pone a hacer camino con Jesús

El discípulo no es el que se queda a la vera del camino como espectador,  sino el que se pone a hacer camino con Jesús

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
Caminando con Jesús, eso es parte fundamental de nuestra vida cristiana. Hacer camino no es ponernos en la orilla como un espectador más. Hacer camino es ponerse a caminar. Pero hacer el camino de la vida cristiana es seguir los pasos de Jesús. No son unos sentimientos momentos; no es la admiración que podamos sentir al contemplar cosas maravillosas si nos deja impasibles y quietos.
Aunque ponerse en camino sabemos que significa salir de donde estamos; y eso cuesta y nos exige; si nos queremos quedar donde estamos, si queremos que la vida siga igual sin ninguna variación, no nos pondríamos en camino, entonces no podemos decir que somos discípulos de Jesús, que seguimos a Jesús, que nos llamamos cristianos. Ponerse en camino es algo serio. Ponerse en camino para seguir a Jesús implica toda nuestra vida.
Hay muchos que quieren llamarse cristianos pero que se quieren quedar en la orilla viendo pasar a otros; hay quienes quieren llamarse cristianos pero les da pereza el ponerse a caminar; hay quienes quieren llamarse cristianos pero quieren quedarse donde han estado siempre. No están siguiendo un camino, no están siguiendo a Jesús, no tienen el arrojo y la valentía necesaria para decidirse a caminar, a cambiar, a hacer algo distinto, a buscar de verdad lo que es el sentido de Jesús.
Cristianos solo de nombre, pero no van a reflejar en su vida ningún compromiso por los valores nuevos del Evangelio, no se va a manifestar en un compromiso serio en la vida. Somos muchos los que estamos así tentados por la comodidad, por la rutina, anclados en nuestras oscuridades, cegados por el siempre se ha hecho así, porque no hemos descubierto de verdad la novedad del evangelio, no hemos sabido saborear el sentido nuevo de la luz del evangelio.
Hoy nos decía el evangelista que ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios’. Pero ya Jesús no iba solo; con él estaban haciendo camino aquellos a los que había llamado de una manera especial y formaban parte del grupo de los discípulos y en concreto del grupo de los doce apóstoles; ‘lo acompañaban los Doce’, nos dice. Pero al grupo se iban uniendo muchos más. Hoy nos habla en concreto de un grupo de mujeres, que se habían visto beneficiadas por los signos de Jesús y ahora estaban con Jesús compartiéndolo todo con El. ‘Y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes’.
Su vida era ya otra desde que se habían encontrado con Jesús. Se habían puesto en camino con Jesús.  Por una parte aquel grupo de los doce cuando Jesús los había llamado lo habían dejado todo por seguirle, y este grupo de mujeres lo iban compartiendo todo con Jesús y con el grupo. Comenzaba una nueva comunidad, un nuevo sentido de comunión. Es lo que vamos aprendiendo cuando caminamos con Jesús.


jueves, 17 de septiembre de 2015

A pesar de nuestras miserias entremos en sintonía con la misericordia divina porque pongamos mucho amor en nuestra vida

A pesar de nuestras miserias entremos en sintonía con la misericordia divina porque pongamos mucho amor en nuestra vida

Timoteo 4, 12-16; Sal 110; Lucas 7, 36-50

La misericordia divina frente a nuestras miserias. Me atrevo a describir así esta escena del evangelio. Jesús en casa de un fariseo que tiene mucho interés en que Jesús vaya a su casa. Veremos a ver en qué se queda ese interés.
Una mujer que se introduce sin ser llamada hasta la sala del banquete. Pronto surge la intolerancia, el descrédito, la desconfianza y en el fondo hasta la condena por parte de los comensales e incluso de quien ha invitado a Jesús. Pero entre aquella mujer y Jesús está el encuentro del amor que no había existido antes entre el resto de comensales. Conocemos los gestos de amor que ahora hay en aquella mujer como conocemos cual es la situación de miseria que había habido en su vida. Pero enfrente está el amor misericordioso de Dios.
Sí, es la miseria de aquella mujer pecadora que ahora llora sus muchos pecados. Unge los pies de Jesús, los colma de besos, los lava con sus lágrimas, hay mucho amor. Mucho amor que reconoce sus miserias; pero mucho amor que se confía al amor  más infinito de Dios que se le manifiesta en Jesús. Aquella mujer saldrá de aquel lugar con su alma justificada, llena de la gracia misericordiosa de Dios porque para ella está el perdón. A pesar de sus miserias fue capaz de sintonizar con el amor de Dios y de esa sintonía nació el perdón.
Pero hay más miserias enfrente de Jesús en aquel momento y en aquel lugar. El fariseo que había abierto las puertas de su casa a Jesús insistiéndole que viniera a comer sin embargo no le había abierto su corazón, que Jesús bien conocía. Allá en su interior al surgir aquella situación inesperada de la presencia de aquella mujer pecadora en la sala del banquete está pensando en su interior, está sospechando en su interior, está juzgando y condenando en su interior.
‘Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. No abría el las puertas de su corazón a la comprensión de la misericordia divina y no entraría en su sintonía aunque Jesús tuviera para él explicaciones muy especiales con la pequeña parábola que le propone. Cuando no ponemos amor en el corazón es difícil sintonizar con el amor.
Pero estaban también los otros comensales. Eran también fariseos y escribas, amigos del que había invitado y con sus mismos sentimientos de condena en el corazón. Cuando Jesús ofrece generoso el perdón para aquella mujer que había mostrado tanto amor, no comprenden. ‘Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?’
Cuántas veces nos sucede a nosotros también. Están más pronto la sospecha y la desconfianza, el juicio y la condena que la comprensión y el perdón. Tantas veces que no queremos mezclarnos con cualquier tipo de personas; tantas veces que vamos haciendo discriminación en la vida y nos apartamos de aquellos que no nos agradan aunque solo fuera por su apariencia externa; tantas veces que nos hacemos nuestros juicios ante el actuar de los demás sin preguntarnos por qué lo hacen o por qué han llegado a esa situación a la que quizá nosotros por nuestras posturas hemos contribuido; tantas veces que no queremos entender el cambio a mejor que pueden dar las personas y pensamos que pronto volverán a las andadas; tantas veces que no sabemos ver con buenos ojos lo bueno que hacen los demás y buscamos dobles intenciones y nos dejamos llevar por nuestros prejuicios. Son tantas las cosas concretas que tendríamos que analizar en las posturas de nuestra vida.
Pongámonos con nuestras miserias ante la misericordia divina, pero hagámoslo reconociendo de verdad nuestras miserias, dejándonos curar por el Señor porque seamos capaces de poner verdadero amor en nuestra vida para sintonizar con el amor de Dios. Podremos escuchar también las palabras de Jesús: ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

No seamos niños en lo tocante a nuestra fe y vida cristiana sino busquemos la forma de madurar como cristianos

1Timoteo, 3, 14-16; Sal 110; Lucas, 7,31-35

Son como niños, solemos decir cuando nos encontramos con alguien lleno de caprichos, sin saber realmente lo que quiere apeteciendo de todo, ahora esto, después la ultima novedad que aparezca, sin criterios, sin una personalidad definida. Y algunas veces vamos así por la vida y nos cuesta reconocerlo en medio de nuestras dudas y nuestras indecisiones, con nuestra falta de criterios y sin unos principios bien definidos. Somos inmaduros. Nos hace falta poner unos fundamentos serios en la vida.
Es lo que vemos hoy en el evangelio que Jesús les echa en cara a los judíos de su tiempo. Que si Juan era muy austero, que si Jesús es un comilón; que si ahora todos los aclamamos porque nos entusiasman sus milagros, pero luego le tiramos piedras porque no accede a nuestros caprichos pueblerinos; que si en un momento todos son alabanzas  porque habla muy bien, pero luego lo criticamos porque qué va a saber él y donde ha aprendido que no es más que el hijo del carpintero y al final hasta quieren tirarlo por un barranco.
Así pasaba en tiempos de Jesús. Pero así sigue pasando en nuestro tiempo. Andamos a la última novedad. Recibimos muy entusiasmados a un nuevo sacerdote que nos llega a la parroquia porque estábamos hasta el gorro con el que teníamos, pero a éste pronto se le comenzarán a poner los 'peros', porque si anda con este o se mezcla con no sé quien, que si todo lo viene cambiando o que es un novelero. Todos tenemos esas experiencias en nuestros pueblos.
Y lo decimos de eso tan cercano como  pueda ser nuestro pueblo o lo decimos del Obispo o de la Iglesia universal. Pareciera que andábamos solamente tras la novedad unas veces y otras queremos anclarnos en el pasado para que nada cambie porque ya andábamos bien como estábamos.
Nos hace falta madurez en nuestra vida cristiana, en nuestra vida personal y en nuestras comunidades en su conjunto. Y esa falta de madurez puede estar originada en que nos falta una profunda formación cristiana donde tengamos bien claro lo que son los principios del evangelio, lo que en verdad es el estilo del Reino de Dios que nos anuncia Jesús. Y para eso necesitamos leer más el evangelio; en una lectura personal que nos sirva de meditación y de oración para sentir la voz del Espíritu allá en nuestro interior, pero también en una lectura llamémosla comunitaria, porque nos pongamos a estudiar más a fondo el evangelio  y todo lo que es nuestra fe cristiana en cursos o reuniones de formación que tendrían que abundar más en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias.
Creo que es algo que todos tendríamos que plantearnos seriamente. Desde los cristianos de a pie, por llamarlos de alguna forma, que manifiesten ese deseo de formarse y de participar  con mayor seriedad y compromiso en esos grupos de formación cristiana, como desde nuestros pastores que tendrían que hacer mayores ofertas de grupos de formación en nuestras parroquias.
Muchas veces estamos muy preocupados por el culto, por nuestras celebraciones, por nuestras fiestas y cosas extraordinarias que hagamos y no se pone tanto empeño en dedicar tiempo  a esas grupos de formación, llámese catequesis de jóvenes o de adultos o como queremos llamarlos. Los pastores tendrían que sentarse más con esos grupos para dialogar, para formar, para enriquecer a fondo la fe de nuestro pueblo, aunque cueste, aunque tengan también que prepararse para encontrar los mejores medios y métodos, porque no siempre se sabe hacer.  Reconozcamos que es una carencia muy fuerte.

martes, 15 de septiembre de 2015

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

María de los Dolores es la madre que compartió como nadie el dolor y el sacrificio redentor de su Hijo Jesús en la cruz

1Tm. 3, 1-13; Sal. 100; Jn. 19, 25-27
Nadie como una madre puede compartir y vivir el dolor de un hijo. Es la sensibilidad de la madre, es la sintonía entre madre e hijo, son los lazos de las entrañas que nunca se rompen, y que harán que el hijo permanezca para siempre en las entrañas de la madre.
¿Cómo nos va a extrañar que a continuación de haber celebrado ayer la exaltación de la cruz de Cristo recordemos hoy los dolores de la Madre celebrándola como la Virgen y la Madre dolorosa? Es la festividad y celebración de este quince de septiembre, la Virgen de los Dolores, como comúnmente la llamamos.
Al pie de la cruz estaba. Así nos lo dice el que a partir de aquel momento iba a ser su nuevo hijo. ‘Ahí tienes a tu madre…, ahí tienes a tu hijo’, señala Jesús desde lo alto de la cruz. Allí al pie de la cruz estaba la que tiene estuvo al pie del Hijo como lo está siempre una madre. En Belén encontraremos al Niño siempre en brazos de la Madre; al pie de la cruz tras su muerte volveremos a ver a Jesús en los brazos de la Madre de la Piedad, como queremos invocarla también en ese trance. Al lado de Jesús veremos a María, al lado del Hijo siempre estará la Madre.
Pero es que al pie de la cruz estaba María acogiendo a Jesús pero acogiendo a todos sus nuevos hijos. Al pie de la cruz estaba María sintiendo el dolor de la entrega de su Hijo Jesús, pero coparticipando también ella con su dolor de madre en el significado y sentido de aquel dolor y sufrimiento de Jesús. Se realizaba en aquel momento de dolor que era momento de amor el acto supremo de la redención. Pero allí la madre que asumía como nadie podría hacerlo mejor todo el dolor y sufrimiento del hijo, se estaba haciendo copartícipe de ese sentido de redención, de esa ofrenda de amor del Hijo, haciendo ella también su propia ofrenda de amor. Por eso nos atrevemos a llamarla corredentora, aunque sabemos muy bien que teológicamente nuestro único redentor es Cristo, pero ella hacia suyo ese sacrificio redentor de Cristo participando de su mismo dolor.
Contemplemos hoy a María, celebremos a la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor  de todos sus hijos; María, Madre de los Dolores, en nuestro dolor, acogiendo nuestros sufrimientos y nuestras penas, acompañándonos con su presencia de Madre para enseñarnos a poner amor en nuestro dolor, esperanza en nuestra vida a pesar de las penas y sufrimientos que podamos tener.
Contemplemos y celebremos a María, la Madre que está acogiendo en su corazón el dolor de cuantos sufren, el dolor y sufrimiento de todos los hombres; miremos ese mundo de dolor y sufrimiento que nos rodea pero contemplemos a la Madre que está asumiendo el dolor de sus hijos llevándolos en sus entrañas de madre.  Miremos a María para aprender nosotros también a tener sus mismas entrañas de misericordia y compasión y compartir ese dolor de los hermanos; que nuestra presencia con el ejemplo y estimulo de María alivie tanto dolor, suscite esperanza, nos mueva al amor.
María, madre de los Dolores, a nuestro lado y al lado de todos los que sufren. María, Madre de los Dolores que nos lleva en sus entrañas amorosas de Madre, nos enseñe a tener a tener también entrañas de amor para nuestros hermanos que sufren. Ella lleva como nadie el dolor y el sufrimiento de sus hijos porque está rebosante de amor; que nos enseñe a rebosar de amor en nuestro corazón para que sepamos así con nuestro dolor y sufrimiento hacernos también coparticipes en ofrenda de amor a la cruz redentora de Jesús.


lunes, 14 de septiembre de 2015

La exaltación de la Santa Cruz es la victoria del Amor, es la victoria de la vida y de la salvación

La exaltación de la Santa Cruz es la victoria del Amor, es la victoria de la vida y de la salvación

Números 21, 4b-9; Sal 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17
Hoy es la victoria de la Cruz, la victoria del Amor, la victoria de la Vida. Celebramos el 14 de septiembre la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Una fiesta en que a lo largo y ancho de nuestra geografía se repiten las fiestas del Cristo crucificado. En nuestra tierra canaria tenemos muchas muestras de ello en este mismo día y en los sucesivos domingos.
A alguien ajeno a lo que es nuestra verdadera fe cristiana le podría extrañar esta fiesta al desconocer el verdadero significado de la cruz; lo que nos puede suceder también a muchos que nos llamamos cristianos. No es una exaltación del dolor y del sufrimiento. No quiere Dios el sufrimiento del hombre; nos creó para ser felices, por eso la primera imagen que aparece en la Biblia es poner a su criatura preferida en medio de un jardín, del paraíso terrenal como lo llamamos.
Sin embargo el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida del hombre. ¿Consecuencia de nuestra naturaleza limitada? ¿Consecuencia de nuestro pecado y del mal que dejamos meter en el corazón? Una y otra cosa podemos decir. Aparecen nuestras limitaciones y carencias y aparece el dolor y el sufrimiento que nos puede producir nuestra cuerpo limitado e imperfecto.
Pero aparece también el dolor y el sufrimiento que nos hace daño más adentro de nosotros mismos con nuestras angustias y desesperanzas, o cuando a causa de nuestros orgullos, egoísmos e insolidaridades nos hacemos daño a nosotros mismos y nos hacemos daño los unos a los otros.  Pero también hacemos daño a la naturaleza cuando hacemos mal uso de ella y ello puede provocar reacciones que a la contra nos hagan daño a nosotros mismos.
El Dios que quiso encarnarse, hacerse hombre como nosotros, tomando nuestra naturaleza humana y corporal, asumió todo lo que era nuestro ser y nuestra existencia asumiendo así también ese mismo dolor y sufrimiento que nos afecta a todos los seres humanos. El Dios que se abajó para hacerse como nosotros pero para redimirnos del mal y de la muerte, también quiere  redimirnos de ese dolor y de ese sufrimiento diverso que a todos nos afecta. Toma nuestra naturaleza humana para redimirla, para levantarla, para llevarnos a una verdadera vida en plenitud.
En esta fiesta de la exaltación de la Cruz de Cristo le vemos ahí crucificado asumiendo nuestro dolor y nuestro sufrimiento, pasando por nuestra misma muerte, no porque quiera exaltar ese dolor, sino porque quiere redimirnos de ese dolor, levantarnos de ese sufrimiento, hacernos salir de esa muerte. Y todo eso, ¿por qué? Porque nos amaba. Su pasión en la cruz, su muerte crucificado es una ofrenda de amor.
Nos está señalando Jesús con su muerte en la cruz que el dolor y la muerte no tiene la última palabra. Porque cuando nosotros contemplamos al Crucificado realmente no estamos contemplando a quien se ha quedado en la muerte sino a quien ha vencido esa muerte porque le contemplamos resucitado. Si lo contemplamos en la cruz es para que recordemos para siempre su amor, pero con la certeza de que vive, de que su muerte ha sido una victoria del amor y de la vida. Muriendo venció nuestra muerte, y resucitando nos llenó de vida para siempre.
Hay una luz para nuestras angustias y oscuridades, hay una esperanza de vida para nuestros dolores y sufrimientos, hay un sentido para nuestro padecer y para nuestras cruces. Es la luz del amor, es la esperanza con que la victoria de Cristo sobre la muerte llena nuestra vida, es el sentido nuevo de nuestra existencia cuando tenemos esperanza, cuando ponemos amor en nuestra vida. Es la ofrenda de amor que también nosotros hemos de saber hacer con nuestra vida.
Mirando la cruz de Cristo y su soledad ante la muerte - ‘¡Dios mío, Dios mío!, gritaba, ¿por qué me has abandonado?’ - nosotros sabemos que no estamos solos en nuestro dolor y en nuestra cruz; Cristo con su cruz está junto a nuestra cruz, esa cruz que hemos de tomar con generosidad y valentía para seguirle, para vivirle, para entender de verdad lo que es el amor, para vivir una vida nueva, para hacer así nuevo nuestro mundo.  Nos invita a seguirle tomando nuestra cruz de cada día pero nos dice que El estará siempre con nosotros ayudándonos a llevar esa cruz.
Levantamos nuestra mirada hacia lo alto de la Cruz porque ahí contemplamos la vida, ahí contemplamos el amor. Levantamos la mirada a lo alto de la Cruz porque ahí contemplamos a Cristo el Crucificado pero que ha resucitado, ha vencido la muerte y el pecado. Es la victoria del amor, es la victoria de la vida, es la victoria de la salvación. 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Una pregunta que nos hace Jesús sobre nuestra fe y una pregunta que le hacemos a El para aprender a conocerle y seguirle con toda la vida

Una pregunta que nos hace Jesús sobre nuestra fe y una pregunta que le hacemos a El para aprender a conocerle y seguirle con toda la vida

Isaías 50, 5-10; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35
¿Quién verdaderamente es Jesús? es la pregunta que surge casi de manera espontánea al escuchar el evangelio. La pregunta que se hacían las gentes cuando lo escuchaban admirados por sus enseñanzas o veían los signos que hacía; la pregunta casi como de rechazo que hacen los poseídos por el espíritu maligno cuando ven llegar a Jesús; la pregunta que se hacían los dirigentes del pueblo, sacerdotes, ancianos del sanedrín, escribas y maestros de la ley que le interrogan sobre su autoridad, dudan de su capacidad de enseñar o tratan de ponerlo a prueba. ¿Será la pregunta que se siguen haciendo los hombres de todos los tiempos? ¿Será acaso la pregunta que nosotros nos hacemos?
Pero en el texto del Evangelio es Jesús el que hace la pregunta a sus discípulos y a través de ellos quiere saber lo que la gente dice, lo que la gente piensa y lo que piensan ellos mismos que más cercanos a Él están. Teniendo en cuenta, sí, la pregunta que hace Jesús, que nos la hace a nosotros también, quiero ser yo el que le pregunte a El ¿quién eres tú, Jesús?
Sí, me voy a permitir tener la osadía de ser yo el que le haga esa pregunta porque aunque podría responder de manera semejante a como respondieron aquellos discípulos pudieran ser respuestas en las que solamente calque sus palabras, repita lo que ellos decían, dé respuestas aprendidas de memoria y creo que en el fondo Jesús me está pidiendo una respuesta más vital, más de mi vida.
Muchas veces somos capaces de decir cosas muy hermosas, pero luego hay el peligro que no se traduzcan de verdad en la realidad de mi vida de cada día. Podemos responder simplemente con lo que piensan todos, pero que se quede ahí, en lo que siempre se dice pero nada más. Podemos dar una respuesta certera como la de Pedro, que tal como nos narraría el mismo pasaje san Mateo merecería alabanzas de Jesús diciéndole que si fue capaz de decir aquellas cosas hermosas era porque el Padre se las había revelado en su corazón.
Sí, fue muy certera la respuesta de Pedro pero Jesús no quiso que aquello lo dijeran a nadie, porque las palabras pueden tener sus interpretaciones que realmente lo que hicieran sea alejarnos de la verdad de Jesús. ‘Tú eres el Mesías’, había respondido Pedro, pero ‘El les prohibió terminantemente decírselo a nadie’. Y es que la palabra tenía unas interpretaciones que no eran precisamente lo que Jesús venía a ser como Mesías Salvador.
Por eso cuando Jesús a continuación les habla de padecimientos, de pasión, de cruz, de muerte y de resurrección ellos no lo entenderán. Y el mismo Pedro que había hecho aquella afirmación tan rotunda que mostraba además la fe y el amor que le tenía, ahora trata de quitarle aquellas ideas de la cabeza de Jesús. Jesús le rechazará con palabras fuertes pues le llamará Satanás y tentador. No había terminado de pensar a la manera de Jesús, no había terminado de entender lo que era el misterio de Dios que en Jesús se revelaba. ‘Quítate de mi vista, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios’.
La tentación de Pedro era la de ver a Jesús como un Mesías, caudillo político lleno de poder a la manera de los poderes de este mundo. La reacción de Jesús fue semejante a la de las tentaciones allá en el desierto cuando el diablo le tienta con poderes y glorias de este mundo. Necesitamos que Jesús nos revele allá en lo más hondo quién es, como decíamos antes, porque nosotros también podemos tener una tentación semejante y ver a Jesús también como los poderosos de este mundo y querer nosotros seguirle porque quisiéramos participar también de esos poderes y glorias del mundo. No será el pensamiento de Dios sino nuestro pensamiento a la manera del mundo como nosotros nos hagamos una idea de Jesús.
Es Jesús el que va delante de nosotros con su cruz; es su entrega, es la donación de si mismo que hace desde el amor, aunque eso signifique perder la vida. Es Jesús el que va delante de nosotros dándonos las pruebas más intensas y sublimes del amor. Ya nos dirá en otro momento que no hay amor más grande que el de aquel que es capaz de dar su vida por aquel a quien ama. Pero creemos en el Jesús que no solo nos dice palabras sino que nos da el testimonio de su vida, el que va delante de nosotros. Ya conocemos su entrega hasta el final.
Por eso esa fe que hemos de tener en El no es solo decir cosas bonitas y hermosas, todas esas cosas bonitas y hermosas que El realmente significa para nosotros, todas esas cosas bonitas y hermosas que somos capaces de decir de aquel a quien amamos y seguimos; nuestra fe en Jesús ha de ser el camino de una vida. ¿Queremos ir con Jesús? ¿Decimos que tenemos fe en El? ¿Le vemos realmente como nuestro Dios y como nuestro salvador? ¿Estamos contemplando su entrega de amor, en el amor más sublime? Creer en El no ha de ser otra cosa que hacer como El, amar con un amor como el de El, caminar ese camino de cruz que es la entrega del amor.
Y eso no es para unos momentos de fervor. Eso ha de ser el camino de cada día; cada día hemos de tomar esa cruz, vivir en ese amor, realizar esa entrega por los demás, aunque nos cueste, aunque eso signifique también pasión y sufrimiento, aunque eso signifique perder la vida a la manera de lo que entendemos la vida en este mundo. Olvidarnos de nosotros mismos algunas veces puede ser bien doloroso y no todos lo entenderán y hasta puede provocar rechazo en los que nos rodean. Escuchemos de nuevo las palabras de Jesús, abriendo bien nuestro entendimiento y nuestro corazón, que así nos está diciendo quien es El y como nosotros hemos de expresar esa fe que tenemos en El.
‘El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará’.
Jesús nos está preguntando, es cierto, ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’  Pero como decíamos nosotros le preguntamos a El, nos queremos dejar enseñar por El, ¿y quién eres tú, Jesús? Ya sabemos la respuesta que nos da para que no entremos en confusiones. La respuesta de nuestra fe es un camino, es una vida que hemos de vivir siendo capaces de perder la vida por amor.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

Busquemos en el Evangelio los verdaderos cimientos de nuestra vida que nos conduzcan por caminos de plenitud

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

¿Dónde hemos puesto los cimientos de nuestra vida? Bien sabemos que no podemos edificar pensando solamente en lo que van a ser los ornamentos de nuestro edificio. Si no hay un profundo cimiento sobre algo firme sabemos que todo se nos puede venir abajo en cualquier momento o ante cualquier tempestad o tormenta de la vida.
Los cimientos hemos de tenerlos bien anclados en nuestro corazón. Hemos de saber encontrar lo que sean los verdaderos fundamentos de nuestra vida, esos principios que nos den autentico sentido y valor. No nos podemos quedar en superficialidades ni apariencias, porque el brillo exterior pasa y desaparece y solo quedará lo que es la verdadera fortaleza de nuestra vida.
Hay demasiadas vanidades en la vida; corremos y nos afanamos por cosas que son superfluas y efímeras; buscamos la felicidad en las cosas que nos atraen por esos brillos externos y cuando no tenemos una verdadera profundidad en la vida buscamos sucedáneos que nos hagan pasar un buen momento aunque luego nos quede amargor en el corazón. Tenemos el peligro incluso de utilizar esas cosas buenas de la vida como si fueran lo único que merece la pena, pero cuando no le hemos dado un buen sentido y valor a lo que hacemos, o cuando incluso no hemos sabido valorar a las personas con las que estamos sino que en el fondo con ello lo que hacemos es buscarnos a nosotros mismos de una forma egoísta, luego sentiremos un vacío interior que no sabremos en verdad cómo llenarlo de sentido.
Hemos de saber tener verdadera madurez en la vida dándole profundidad a lo que hacemos. Como decíamos, hemos de saber encontrar ese verdadero cimiento de nuestra vida que nos lleve por caminos de plenitud. El cristiano que verdaderamente se ha encontrado con Cristo y su Palabra, que ha descubierto el evangelio como la verdadera luz de su vida, sabrá ir encontrando esos caminos de profundidad. Nos ha hablado Jesús del edificio construido sobre arena o sobre roca. ‘El que se acerca a mi, escucha mis palabras y las pone por obra’, nos dice Jesús.
Lo que nos va enseñando Jesús en el Evangelio es para que encontremos esa verdadera grandeza de nuestra vida. Y si vamos llenando nuestro corazón de esos valores que nos enseña el evangelio daremos auténticos frutos de justicia, de fraternidad, de amor, de paz en nuestras relaciones con los demás creando de verdad un mundo nuevo. Como nos decía hoy Jesús en el Evangelio  ‘lo que rebosa del corazón, lo habla la boca’. Por eso nos decía Jesús que por los frutos habría de conocérsenos.
Por eso hemos de darle autenticidad a nuestra relación con el Señor. No podemos vivir una religiosidad superficial, ni vamos al encuentro con el Señor para que nos resuelva milagrosamente nuestros problemas. No podemos hacer nuestra expresión religiosa solo de apariencias. La fe que nos lleva al encuentro con el Señor la hemos de vivir desde lo más profundo de nosotros mismos y luego ha de traducirse en las obras buenas y de justicia y amor que tengamos con los demás y nos haga comprometernos con el mundo que nos rodea.
Fundamentemos bien nuestra vida en Cristo. El es la verdadera Roca de nuestra vida.  Con Cristo a nuestro lado, con Cristo en el centro de nuestro corazón, ¿a quien hemos de temer? ¿quién nos puede derrotar?

viernes, 11 de septiembre de 2015

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

El camino de la vida no lo hacemos en solitario sino sintiendo la ilusión y la esperanza de los que comparten con nosotros sus sufrimientos y sus alegrías

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
El camino de la vida no es algo que hagamos en solitario. Ay de aquel que así quisiera hacerlo queriendo prescindir de todo y de todos. Es cierto que cada uno ha de realizar su propio esfuerzo, caminar sus propios pasos y hacer su propio camino, pero no vamos solos. A nuestro lado siempre hay quien está haciendo camino y en muchas cosas podemos coincidir y lo normal es que quienes van haciendo camino juntos se ayuden, se apoyen, se animen mutuamente y hasta en ocasiones seamos capaces de llevarles las cargas de los demás. Pero el camino que hacemos, la meta que ansiamos necesariamente tendría que hacernos solidarios los unos con los otros.
Esto vivido en un plano meramente humano es realmente hermoso y estimulante. En ese camino vamos construyendo juntos, porque juntos compartimos ilusiones y esperanzas y querríamos poder superar las dificultades propias de ese camino, pero también desearíamos que el camino, o el mundo en el que vivimos y por el que vamos haciendo ese camino, sea cada día mejor dejándoselo así como buena y hermosa herencia a los que vienen detrás de nosotros. Si nos encontramos una piedra o un obstáculo atravesado en el camino no solo nos vamos a preocupar de sortearlo, sino que además quisiéramos quitar ese obstáculo para que no se encuentren con él los que vienen detrás.
Cuando ese camino además lo hacemos desde un sentido distinto y superior, porque queremos seguir los caminos que nos traza el evangelio en el que nuestra meta la tenemos en Cristo y en el Reino de Dios, con mayor razón aun nos damos cuenta que ese camino no lo hacemos solos, que necesitamos sentir esos pasos de los hermanos que caminan junto a nosotros haciendo ese mismo camino, pero que la común esperanza, el mutuo amor  y la fe que nos anima harán que nos sintamos como más obligados, desde el amor, a ayudarnos y a apoyarnos los unos en los otros para hacer ese camino.
Creo que en la onda de lo que estamos reflexionando nos pueden ayudar mucho las palabras que le escuchamos a Jesús hoy en el evangelio. Es cierto que, como nos dice Jesús, un ciego no puede guiar a otro ciego, y va en el sentido de que quitemos el orgullo que nos ciega y nos impide ver la realidad del camino que hacemos. Nunca será desde el pedestal de nuestro orgullo desde el que vamos a caminar junto a los demás. Hemos de sentirnos en ese plan de igual de quienes se sienten hermanos y con humildad sabemos tendernos la mano para apoyarnos como para ofrecer una buena palabra que nos evite esos tropiezos que podamos encontrar en el camino.
Qué hermoso cuando sabemos hacerlo así; que alegría e ilusión nos da el hacer un camino así donde compartimos tanto alegrías como sufrimientos; se nos hace más llevadero el camino y es que haciéndolo así vamos a sentir la compañía y la fuerza del Espíritu del Señor que siempre llenará nuestra vida.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas, 6,27-38
Qué desgraciada hacemos nuestra vida cuando en nuestro orgullo llenamos el corazón de violencias, resentimientos, envidias, desconfianzas. En nuestro orgullo nos cegamos y creemos que porque guardemos rencor y no perdonemos a aquel que nos haya podido ofender somos nosotros los que salimos ganando, pero hemos de reconocer que en el fondo nos sentimos más infelices, más insatisfechos y como suele suceder entramos en una espiral que seguirá generando en nosotros más y más destructores sentimientos.
Es a nosotros a los primeros que nos hacemos daño cuando guardamos en nosotros esos malos sentimientos, aunque nos cueste reconocerlo y que pensemos que acaso todo eso es consecuencia de aquel mal o aquella ofensa que nos hayan hecho. Somos nosotros mismos los que nos estamos haciendo daño guardando esos resentimientos y no perdonando.
Qué hermoso es que lleguemos a sentir verdadera paz en el corazón dejando que no nos afecten esa malquerencia que podamos sufrir siendo generosos para no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer, para olvidar, pasar pagina y llegar incluso a tener la valentía de perdonar. No valoramos lo suficiente esa paz del corazón y por eso no la buscamos de verdad y no ponemos empeño en superar nuestros orgullos.
Y esto es lo que nos enseña Jesús en el sermón de la montaña. Quiere el Señor que mantengamos esa paz en el corazón para que seamos capaces de ser en verdad constructores de paz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita. Hay demasiados orgullos y violencias en el mundo que nos rodea, excesivos resentimientos y rencores, muchas e innecesarias marginaciones y divisiones que nos vamos creando y nos van separando cada vez más.
Por eso Jesús nos enseña a ir sembrando las semillas del amor y de la bondad, del perdón y del olvido de la ofensas, de la autenticidad en la vida que nos lleve a trabajar sinceramente por el bien de los demás. Muchas buenas semillas tenemos que ir sembrando en nuestro mundo que aunque aparentemente muchas veces nos parezca que no dan fruto, quizá pasen un tiempo enterradas en el corazón pero un día han de germinar y producir buenos frutos.
Alguna vez quizá nos ha sucedido que de repente brota en nosotros un buen sentimiento que pensábamos que no erramos capaces de tener, pero que ha sido una buena semilla que alguien un día enterró y ahora germina y comienza a dar fruto. Es la esperanza con la que trabajamos por lo bueno; es la esperanza con que los padres al educar a sus hijos van sembrando esas buenas semillas que quizá no ven brotar tan pronto como quisieran pero que un día han de salir a flote; es la esperanza con que todos hemos de ir siempre haciendo el bien.
Hemos escuchado que Jesús nos habla hoy del amor a los enemigos y del perdón. ‘A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?... Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Queden ahí textualmente las palabras de Jesús que hemos de escuchar en lo más hondo del corazón. Ha de ser esa buena semilla que un día germinará y fructificará.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Un mensaje desconcertante pero que si aprendemos a vivirlo llenaremos de una nueva luz nuestra vida y nuestro mundo

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

El mensaje de las bienaventuranzas siempre es totalmente desconcertante. Parece que no se pudieran decir unas palabras así. Son incomprensibles para nuestra manera humana de entender y nos queremos dar muchas explicaciones.
El texto de Lucas es más breve y escueto, pero podríamos decir también que más duro. Simplemente nos dice: ‘dichosos los pobres… dichosos los que tienen hambre… dichosos los que lloran…’ Parece que eso no se puede decir. ¿Qué dicha pueden tener los que nada tienen, los que lloran y sufren o los que no tienen que comer? De la misma manera que sus ‘ayes’ o lamentaciones. ‘¡Ay de vosotros, los ricos… ay de vosotros, los que ahora estáis saciados… ay de vosotros los que ahora reís…!’
Y nos dice que de los pobres es el Reino de los cielos, que los que lloran encontrarán consuelo, o los que tienen hambre quedarán saciados, de la misma manera que se lamenta de los ricos porque ya tienen todo su consuelo en las cosas que tienen, o de los que están saciados terminarán teniendo hambre, o los que ahora ríen harán duelo y llorarán.
¿Qué nos dice Jesús? ¿Qué promete? Nos está hablando del Reino de los cielos, nos está hablando de un mundo nuevo, nos está hablando de la esperanza de que un día todo esto cambiará y será distinto.
La pobreza será siempre pobreza y será dolorosa, es cierto, pero quizá podremos aprender a valorar lo que es verdaderamente importante y donde habremos de poner nuestro corazón; desde nuestro sufrimiento quizá podremos aprender a mirar con mirada nueva a los demás y entender mejor el sufrimiento de los otros y compartiendo ese dolor encontrar una esperanza que nos dé verdadero consuelo; desde nuestras necesidades aprenderemos a compartir y el pan compartido aunque sea poco será menos amargo.
Es un mundo nuevo, es un estilo nuevo que será difícil de comprender para los que se sienten ya saciados y hasta hartos en si mismos y en lo que tienen. Es un mundo nuevo en el que descubriremos nuestros vacíos cuando queremos llenar la vida simplemente de cosas y no hemos sabido valorar a las personas ni lo que es una verdadera amistad.
Es un mundo nuevo en el que la más pequeña flor hará brillar los ojos con un nuevo resplandor y el más pequeño detalle de amor que tengamos con los demás va a resplandecer con un brillo especial y podrá llenar de alegría y de dicha muchos corazones.
Cuando nos encontramos con personas a nuestro lado que saben compartir parece que nuestra vida se llena de luz, hay en nosotros un nuevo resplandor porque renace la esperanza, porque nos damos cuenta que podemos hacer un mundo mejor, porque vamos venciendo todo mal y todo egoísmo.
Es el estilo nuevo del Reino de Dios; es el estilo nuevo que ponemos en nuestra vida cuado tenemos a Dios como único centro de nuestra existencia, el único Señor de nuestra vida. Escuchemos de verdad el mensaje de Jesús y pongamos el espíritu de las bienaventuranzas en el estilo y sentido de nuestra vida. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Celebramos con devoción el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

‘Celebremos con devoción en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustra de esplendor a todas las Iglesias’. Así proclama una de las antífonas de la liturgia en este día de Natividad de la Virgen María.
Con María se derramaron todas las bendiciones de Dios para toda la humanidad. Con María nos llegó Jesús. Ella es como la aurora que anuncia la llegada de la salvación. María es bendita de Dios, la bendecida del Señor con todas las gracias. ‘Llena eres de gracia porque el Señor está contigo’, le dijo el ángel en la Anunciación. El Señor se fijó en María, la escogió y predestinó desde toda la eternidad para que fuese la Madre del Hijo de Dios hecho hombre. En sus purísimas entrañas habría de encarnarse el Hijo de Dios y así nos llegaría el Salvador, así llegaría la salvación para toda la humanidad.  
Justo es que nos alegremos en su nacimiento por todo lo que iba a significar para la humanidad. Si en la vida nuestra de cada día recordamos y celebramos el día de nuestro nacimiento y festejamos el cumpleaños de aquellos seres cercanos y queridos de nosotros, con razón nosotros tenemos que festejar el cumpleaños de María, celebrar su nacimiento como hoy lo hacemos.
Muchas son las advocaciones con que la invocamos en este día en nuestras Iglesias. Por mencionar advocaciones cercanas en mi geografía particular la llamamos Virgen de la Luz y Virgen de los Remedios, aunque también se celebran otras fiestas de la Virgen en su patronazgo sobre pueblos y regiones en nuestro entorno, como es la Virgen del Pino en nuestra diócesis hermana de Canarias. Da igual el nombre con que la invoquemos, porque quiere expresar un vínculo de especial devoción o queremos resaltar de alguna manera lo que María puede significar en el camino de nuestra vida. Lo importante es el amor que le tenemos porque es la madre, la Madre del Señor y también nuestra madre.
Y como los buenos hijos que quiere alegrar el corazón de la madre al ofrecerle las flores de nuestro amor y nuestro cariño lo queremos expresar también sintiéndola cercana a nosotros, pero queriendo acercarnos nosotros a ella no solo para manifestarle nuestras cuitas y deseos sino también para escucharla y sentirla cerca de nuestro corazón como los hijos hacen siempre con las madres.
Escuchamos a María que siempre nos está mostrando a Jesús y señalando el camino que nos lleva a Jesús. Con ella siempre encontraremos a Jesús y en El nuestra vida y nuestra salvación. Así nos lo muestra el evangelio cuando los pastores, los magos de oriente o las gentes de Belén o los ancianos del templo hasta ella se acercan; encontrarán siempre a Jesús. Pero a ella la contemplamos también siguiendo los pasos de Jesús para plantar la Palabra de Dios en su corazón igual que un día el Verbo de Dios se había encarnado en sus entrañas. Y a ella la contemplaremos también al lado de Jesús en el momento supremo de la entrega, del sacrificio; allí junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre.
¿No serán esos los caminos que María nos está señalando ya desde el día de su nacimiento? seguir esos caminos que ella nos señala será, pues, la mejor forma de presentarle nuestra felicitación en su nacimiento, hacerle la más hermosa ofrenda de amor filial. Amemos así a María, sintamos amor tan cercano, tan dentro de nuestro corazón, y escuchemos y sigamos el camino que nos señala que nos llevará siempre hasta Jesús.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

En este texto del evangelio en que vemos cómo Jesús en la sinagoga cura al hombre que tenía el brazo con parálisis a pesar de ser sábado, no termina uno de entender la postura y la actitud de los escribas y fariseos que daba la impresión que no buscaban el bien de aquel hombre. Para ellos primaba más la ley y la norma que la persona, que aunque con aquel precepto se buscaba el que se diera gloria al Señor en el sábado sin embargo olvidaban que damos gloria al Señor más profundamente cuando buscamos el bien del hombre.
Pero, ¿buscaremos siempre nosotros el bien de las personas en el actuar de nuestra vida? Es cierto que vemos despertar en nuestra sociedad unos nuevos aires de solidaridad y nos sentimos afectados por el sufrimiento de nuestro mundo y vemos surgir muchos movimientos con ese sentido de solidaridad. Testigo de esto son también las redes sociales que se llenan de mensajes cuando se ve alguna situación de injusticia o cuando sale a relucir el sufrimiento de tantos inocentes y que de alguna manera nos hacen salir de nuestro letargo. Eso es bueno, lo considero como algo positivo que se ve en el resurgir de nuestra sociedad y hay que saber valorarlo.
En esas situaciones más notorias - estos días estamos viendo esos movimientos de solidaridad ante esa avalancha de emigrantes que huyendo de las guerras tocan a las puertas de Europa o los que cruzan el Mediterráneo que se ha llenado también de cadáveres provenientes de África - parece que hay un nuevo despertar, pero hemos de cuidar el día a día que vivimos con los más cercanos a nosotros y que tenemos el peligro de cerrar los ojos o no quererlos ver.
Pesan aún muchas parálisis en nuestra mente cuando de manera cercana tocan a las puertas de nuestra solidaridad. Si en el evangelio contemplamos aquellas reservas que se hacían los escribas y fariseos ante lo que Jesús pudiera hacer o no aquel sábado en la sinagoga, también en nuestra mente podemos hacernos nuestras reservas cuando se nos acerca alguien por la calle solicitándonos una ayuda o una limosna o los contemplamos a las puertas de nuestras Iglesia, por ejemplo.
Seamos sinceros con nosotros mismos y enfrentémonos con esa parálisis de nuestra mente tan llena de sospechas, de desconfianzas, o con las que quisiéramos dar lecciones de cómo hacer las cosas, pero quizá nosotros no movemos un dedo. Es la realidad que pesa en nuestro interior tan lleno de suspicacias y que tiende a que cerremos los ojos para no ver, que pasemos de largo para que no nos molesten o hieran nuestra sensibilidad, o no nos distraigan de aquellas cosas que decimos que tenemos que hacer porque ahora voy a mi trabajo, porque ahora yo voy a Misa y que no me molesten, porque ahora yo estoy ocupado en mis cosas y así tantas y tantas disculpas que nos buscamos y nos inventamos.
¿Qué es lo que realmente tenemos que hacer? Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos, transforme nuestro corazón endurecido en el orgullo por un corazón de carne lleno de misericordia. Actuaríamos de una forma distinta, tendríamos otra mirada y nuestra solidaridad sería verdaderamente eficiente.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Aún en medio de tantas negruras que nos hacen preguntarnos ¿dónde está Dios? abramos los ojos y destapemos los oídos porque viene el Señor con su salvación

Isaías 35, 4-7ª;Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
‘Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará’. Viene el Señor y viene en persona; viene el Señor y llega la salvación. Así anuncia claro y valiente el profeta. Pero ¿todos verán y sentirán esa salvación anunciada, esa venida del Señor? Por eso el profeta sigue diciendo que han de abrirse los ojos del ciego, los oídos del sordo, que lo verán como una señal cuando los desiertos se llenen de aguas y de manantiales y todo lo reseco comience a reverdecer.
Las imágenes que nos ofrece el profeta son como las de un poeta - hemos de reconocer incluso la belleza literaria de sus palabras - porque los poetas utilizando las mismas palabras que nosotros utilizamos todos los días sin embargo les dan un significado más profundo, un significado muchas veces que nos parece oculto y que hemos de saber interpretar, saber leer en su sentido. Es la manera en que ahora nos está hablando el profeta. Todo tiene su sentido y su significado. Nos invita a ser fuertes y alejar de nosotros toda cobardía y todo temor.
Y es que ante ese anuncio que nosotros también hacemos algunos quizá sigan preguntándose ¿y dónde está Dios? Hace unos días era el grito amargo de un amigo que está pasando por verdadero drama familiar y me hacia, me gritaba esa pregunta. ¿Dónde está Dios? Yo no creo en Dios, me decía, porque no lo veo ahora que lo necesito y que grito por El.
¿Dónde está Dios? quizá muchos se hayan preguntado ante estas imágenes que hemos visto estos mismos días de esas familias que huyen de la guerra y cruzan mares y países y se ven encerrados ante unas fronteras que no se les abren.
¿Dónde está Dios? más de uno se habrá preguntado cuando hemos visto esa imagen del niño muerto en la orilla de la playa cuando su familia quería atravesar los mares y naufragaban ya casi a las puertas de poder conseguirlo. Es una pregunta, un grito que quizá oímos resonar repetido en muchas gargantas y en muchos corazones en sus tormentos, en sus sufrimientos, en las injusticias humanas que sufren.
Los sufrimientos de tantos inocentes que contemplamos a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo, los tormentos y sufrimientos que quizá podamos sufrir nosotros también en nuestros cuerpos doloridos por enfermedades o en nuestro espíritu pueden cegarnos y nos pueden algo así como incapacitar para ver la luz, para encontrar respuestas, para encontrar a Dios, a quien buscamos quizá como un solucionador de problemas que con su varita mágica nos vaya sacando de esos precipicios en que nos vemos abocados.
Pero recordemos las imágenes del profeta cuando nos decía que venía Dios con su salvación. Nos hablaba de que era necesario abrir los ojos ciegos o destapar los oídos cerrados para poder ver y para poder oír. Imágenes que son las señales de la llegada del Reino, de la llegada del Mesías Salvador.
¿Dónde están esos ojos ciegos, tenemos que preguntarnos, esos oídos cerrados? Quizá vamos buscando el milagro que abra los ojos de los ciegos que haya a nuestro alrededor en el mundo, o de esas personas que no oyen ni pueden hablar por deficiencias orgánicas que puedan tener en su cuerpo. Pero ¿no tendríamos más bien que mirarnos a nosotros mismos y ver la ceguera o la sordera que pudiera haber en nuestro espíritu, en nuestro corazón?
Ese es el signo del que nos habla verdaderamente el profeta y que vemos realizar a Jesús en el evangelio. ‘Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos’. Y aquel hombre se dejó hacer. ‘El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua’. Necesitamos que nos toque el Señor - ‘metió los dedos en los oídos y la saliva le tocó la lengua -, que la mano del Señor llegue a nosotros. Pero llegará esa mano del Señor como El quiera. Porque somos muy reticentes y queremos que las cosas se hagan a nuestra manera, como a nosotros nos gustaría.
Y ahí en esas amarguras que tenemos en nuestra vida, esas cosas que nos duelen y que nos hacen gritar incluso hasta algunas veces contra Dios - no temamos reconocerlo, que tenemos dudas, que nos hacemos preguntas, que nos rebelamos interiormente - tratemos de abrir los ojos para ver al Señor, para escuchar en nuestro corazón esa palabra que nos dice que nos tengamos miedo ni nos acobardemos, que seamos valientes aunque haya muchas negruras en nuestra vida, porque ante nosotros se pueden abrir caminos nuevos. Quizá muchas veces nos cueste encontrarlos pero no desesperemos que la Palabra del Señor es veraz y es fiel y la Palabra del Señor se cumple. Tratemos de sintonizar con el Señor aunque muchos sean los ruidos que haya en las ondas amargas de la vida porque El dejará oír su voz, nos hará sentir su salvación.
Entendemos las palabras casi poéticas del profeta, pero que son verdaderos signos y señales para nuestra vida. Y la vida florecerá; no sabemos cómo porque el desierto nos parece demasiado erial, un día brotarán esos manantiales de gracia que reverdecerán el campo de nuestra vida y florecerá la gracia del Señor en nosotros para que en verdad podamos dar frutos.
Avivemos nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Effetá’, nos dice también a nosotros tocando nuestra vida con su gracia.