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sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

 


Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás y los trataremos con respeto

Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42

Aunque con facilidad decimos que la vida es un camino que tenemos que saber hacer juntos, y hasta nos queda bonito el decirlo porque damos la impresión que tenemos la cabeza muy bien amueblada como se dice ahora, sin embargo en la verdad de la vida ¿en qué queda todo esto tan bonito que decimos?

No sé si habremos tenido la experiencia de hacer un camino juntos, bueno no se trata de ir a la esquina de al lado, sino proponernos hacer un trayecto, un recorrido, llegar a una meta, subir una montaña, algo que nos exija mayor intensidad y dedicación. Fácilmente vemos los que van corriendo siempre adelantándose y poco menos que arrastrando con sus quejas a los que no son capaces de ir tan rápidos, como nos encontramos los cómodos que no se esfuerzan y que a cada paso que dan ya están pidiendo ayuda o detenerse porque aquello les parece poco menos que imposible; claro están los que necesitan mayor esfuerzo porque quizá no están preparados para el camino y necesitarán el acompañamiento y la ayuda de los que se sienten más capaces; el verdadero camino juntos es cuando en verdad sabemos acompasar los pasos de los unos a los otros, cuando nos tendemos una mano o sabemos esperarnos, cuando ponemos de nuestra parte todo el esfuerzo también para hacer agradable el camino de los demás.

Es el camino de la vida y ya no nos referimos a ese trayecto que por alguna razón nos habíamos programado, sino lo que cada día tenemos que caminar conscientes de que estamos haciendo ese camino junto con los que están a nuestro lado. Y ahí nos tendemos la mano, nos ayudamos a levantarnos y nos proponemos juntos metas por alcanzar; es ahí donde sabemos contar también con nuestra debilidad como la debilidad de los demás y también aprendemos a dejarnos conducir por quien puede ser en verdad ese guía de nuestra vida.

Y estamos hablando de nuestra vida cristiana, del camino de nuestro seguimiento de Jesús, del camino en el que tenemos como meta el vivir el evangelio de Jesús en la mayor intensidad posible, y es el camino también que como iglesia estamos haciendo. Es el camino de los que se sienten hermanos porque se aman y entonces tratamos de ser estímulo los unos para los otros. Es el camino en el que nunca queremos pisar a nadie, de ahí la delicadeza con que nos tratamos y nos acercamos los unos a los otros. Es el camino que con humildad vamos realizando queriendo darnos cuenta de esas cosas que se nos atraviesan en la vida y tantas veces nos ciegan y que podrían ponernos en situación de poder tener una mirada turbia para con los demás.

Hoy nos habla Jesús del peligro y tentación en que podemos caer, porque tengamos turbia la visión y de alguna manera nos ceguemos a nosotros mismos en nuestro orgullo para no saber reconocer las debilidades que podamos tener en nuestra vida. Nos habla de la pajuela que intentamos muchas veces quitar del ojo del hermano, sin darnos cuenta de la viga que está atravesada en el nuestro que nos ciega de verdad. Nos está hablando del espíritu de humildad con que hemos de caminar en la vida, porque bien sabemos que nuestro orgullo y autosuficiencia hace mucho daño no solo a nosotros mismos sino también a los demás.

Cuando somos verdaderamente humildes delante de Dios nuestra vida se vuelve más amable en relación con los demás. Porque el que es humildad porque reconoce con sinceridad sus debilidades tiene ya de antemano una capacidad de comprensión en su corazón para mirar las posibles debilidades de los demás. Quien ha experimentado en su vida la misericordia y ha sido capaz de reconocerlo, ha aprendido a ser también misericordioso y compasivo con los otros. Sabrá hacer camino con los demás para juntos alcanzar la meta, como decíamos antes.

jueves, 9 de septiembre de 2021

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 


La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas  sino que siempre habrá un paso más allá que podamos dar

 Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas 6,27-38

Yo soy bueno con los demás, decimos con facilidad; los que son buenos conmigo no tienen por qué quejarse, porque yo soy agradecido y soy también bueno con ellos. Hemos escuchado muchas veces, hemos pensado también quizás, y es la forma de bondad natural que tenemos con los demás de forma habitual. Claro que así pronto cerramos el círculo y vivimos atentos solo a los que están más cercanos a nosotros y con los que nos llevamos bien, pero el campo de la humanidad tendríamos que pensar que es mucho más amplio. ¿Nos podemos quedar reducidos solo a esto?

Jesús nos viene a decir hoy en el evangelio que eso lo hace cualquiera, pero que quienes le seguimos a El no podemos actuar como cualquiera, sino que en algo que tenemos diferenciarnos; no porque nos vayamos a poner en un estadio superior, sino porque los que optamos por el Reino de Dios en algo se ha de notar que queremos vivir ese Reino de Dios. Un Reino de Dios que es para todos, al que todos estamos invitados, el que hemos de ir construyendo haciendo que de él todos participemos. Y cuando entramos en esa tesitura nos damos cuenta que otras son las medidas, que otro es el estilo de ese amor.

Es lo que nos enseña hoy Jesús en el evangelio. Nos da otras medidas para el amor. Porque ya no tenemos solo que amar a los que nos aman y hacen bien, porque como dice Jesús, eso lo hacen también los gentiles. Si saludas solo al que te saluda, no haces nada extraordinario, nos viene a decir. ‘Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Por eso Jesús nos hablará de amor también a los que no nos aman, de amor incluso a los que nos odian, de amor a los enemigos, de perdón generoso para todos, porque nosotros nos impregnamos del amor generoso de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y con esa misma compasión y misericordia tenemos nosotros que amar a los demás. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos’.

La medida de nuestro amor es el amor de Dios. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

 Cada vez que escucho este texto del evangelio en eso de que ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’, y lo he comentado muchas veces recuerdo un gesto de mi padre cuando quería dar un cesto de papas a algún vecino después de la cosecha, no se contentaba con llenar más o menos el cesto sino que lo removía, lo remecía, para que pudieran ponerse aun encima un puñado más de papas. 

La generosidad de nuestro amor no puede tener límites ni medidas, como nos enseña Jesús, siempre habrá un paso más allá en nuestro amor que podamos dar. No solo al que ya es bueno conmigo sino también al que no me puede tragar. Cuando copiamos el amor de Dios en algo tiene que notarse la diferencia.

Qué hermoso lo que nos decía san Pablo en la carta a los cristianos de Colosas. ‘Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo’. Así el amor será el ceñidor que envuelva nuestra vida, así resplandecerá para siempre la paz.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 


María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Cuando llega el cumpleaños de una persona a la que amamos y apreciamos todos nos afanamos por desearle las mejores cosas, los días de mayor felicidad y quienes hayamos tenido una mayor cercanía en la vida recordamos acontecimientos vividos juntos, o momentos que fueron muy importantes en la vida de esa persona. Todos son felicitaciones, deseos de alegría y de felicidad y nos gustaría estar junto a esa persona en tal celebración para participar de esa fiesta. Más cuando es un ser querido como pueda ser una madre donde ya procuraremos ofrecerle las mejores muestras de nuestro amor.

Pues en este día celebramos un cumpleaños muy especial y en el que todos queremos celebrar fiesta. Hoy es el día del nacimiento de María, la Madre del Señor y nuestra Madre. Nuestros pueblos y la Iglesia toda se hacen fiesta en este día tan hermoso de la Natividad de nuestra Señora, aunque luego lo celebremos con distintas advocaciones según sea la devoción y amor que le tenemos a Maria y lo vinculada que la tengamos a la vida de nuestros pueblos. Podríamos hacer un elenco muy largo de Advocaciones de María con lo que hoy celebramos su fiesta según sean los pueblos y lugares. Pero todos estamos celebrando el cumpleaños de María, la fiesta de la Madre.

Igual que decíamos antes que en la fiesta de un cumpleaños de una persona cercana a nosotros hacemos memoria de esos distintos momentos vividos junto a esa persona, así queremos hacerlo con María recordando y celebrando esos momentos de la vida de María que tan transcendentales fueron en la historia de la salvación. Es cierto que si quisiéramos hacer una biografía de María, nos vemos cortados por tan pocos datos que nos ofrece el evangelio de la vida de María; cuando nos salimos de lo que nos dicen los evangelios y queremos rememorar otros momentos de la vida de la Virgen, muchas veces nos llenamos de imaginación o utilizaremos aquellos datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos, que son escritos antiguos, pero que nunca entraron en el canon de la Iglesia reconociéndolos como Palabra de Dios.

Desde esos evangelios apócrifos y desde diversas tradiciones se suele situar el lugar del nacimiento de María en las cercanías de donde estuvo levantado el templo de Jerusalén y donde una hermosa basílica nos recuerda el lugar del nacimiento de María, muy cercana también a la piscina probática mencionada en el evangelio. Esa cercanía del templo nos da pie para entender la profundidad de la fe de María pues en sus aledaños seguramente fue educada, aunque luego el evangelio de san Lucas nos la sitúe siendo aún muy joven en Nazaret, una pequeña aldea de Galilea, donde se realizaría el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas.

Pero creo que más que tratar de bucear en tradiciones o llenarnos de imaginación en torno a la figura de María, hoy es un momento para la acción de gracias a Dios. Ella supo reconocer que el Señor había realizado obras grandes en su pequeñez y en su humildad, por eso nosotros queremos cantar hoy las alabanzas al Señor dando gracias porque nos ha dado a María; damos gracias por María y por su fe, por la disponibilidad de su vida y por la generosidad de su amor; damos gracias por María porque ella se convierte para nosotros en un canto de esperanza, porque su nacimiento lo vislumbramos como la aurora de la salvación como dice la liturgia, y porque de Maria aprendemos nosotros a abrirnos a Dios. Y damos gracias a Dios porque así Jesús quiso regalárnosla como Madre y junto a nosotros sentimos su presencia maternal para caminar a nuestro lado enseñándonos a caminar los caminos de Jesús.

Felicidades María en tu cumpleaños; felicidades María por tu fidelidad y por tu amor; felicidades María – y queremos cantarte con todas las generaciones – porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ti; felicidades Madre y nos felicitamos nosotros por tenerte siempre a nuestro lado con tu amor y protección maternal.

martes, 7 de septiembre de 2021

Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

 


Cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento y trata de saciar el hambre de Dios que hay en el corazón del hombre, ¿daremos nosotros señales de esa cercanía del Reino de Dios?

Colosenses 2, 6-15; Sal 144; Lucas 6, 12-19

‘Bajó Jesús a la llanura y se encontró con un grupo de gente grande de discípulos y una muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén, y de la costa de Tiro y Sidón’. Muchos con los que vienen al encuentro con Jesús, llamados por las noticias que les llegan y les hablan de la Buena Nueva de Jesús, de su acogida y cómo cura de toda clase de enfermedades, ‘porque salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

Pero no todos pueden llegar hasta Jesús; muchos serán las enfermos que serán portados por sus familiares como muchos vienen por su cuenta, pero como siempre habrá tantos que se sienten desplazados y marginados porque no tienen la posibilidad de llegar hasta Jesús; como aquel paralítico de la piscina de Jerusalén que cuando por sí mismo llega al agua recién removida otros se le han adelantado. Por eso contemplaremos a Jesús siempre itinerante de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, recorriendo los caminos de Galilea y también hasta Jerusalén y Judea atravesando incluso tierra de samaritanos, o llegando más allá hasta los territorios de Fenicia, en las cercanías de Tiro y de Sidón.

Pero el evangelio de hoy nos ha ofrecido algo más. Jesús se había pasado la noche en la montaña en oración, como tantas veces le veremos hacer, y a la mañana llamó a doce entre todos sus discípulos a los que constituyó apóstoles, sus enviados. Con su misión habían ellos de llegar a todos para hacer el anuncio de la buena nueva del Evangelio. Los veremos cerca de Jesús escuchando de El de manera especial sus enseñanzas e instruyéndoles en todo lo referente al Reino. Muchas veces les veremos incluso que les costará aceptar y comprender las enseñanzas de Jesús, pero formaba parte de esa instrucción especial para la misión que un día habían de recibir.  

Hoy con el mensaje del evangelio nos quedaremos con estos dos aspectos que de alguna manera mantienen una unidad. La cercanía de Jesús allí donde hay dolor y sufrimiento, la cercanía de Jesús que trata de saciar esa hambre de Dios que lleva todo hombre en su corazón, aunque no siempre lo quiera manifestar. Se detiene en la llanura ante aquella multitud que se encuentra; se detiene y se interesa por ellos; se detiene y palpa su necesidad y sus angustias; como le veremos en otros momentos ponerse en camino, porque a otros también tiene que anunciar el Reino de Dios. Es lo importante, ese anuncio que hace con su palabra, pero también con sus gestos y con sus signos, para significar ese mundo nuevo que ha de nacer, que hay que construir.

Pero unido a ello está la elección y el envío. Donde nosotros tenemos que sentirnos mencionados. Es la llamada y la vocación especial de los Doce a quienes constituye Apóstoles, pero es también la llamada que nos está haciendo. Escuchar el anuncio de la llegada del Reino nos tiene que interpelar de tal forma que al mismo tiempo nos sentimos llamados, nos sentimos comprometidos. También hemos de dar las señales del Reino, de que el Reino de Dios ha llegado en lo que manifestamos con nuestra vida.

Escuchamos y aprendemos a detenernos como Jesús en la llanura o allá al borde de los caminos por los que transitemos. Porque cuando escuchamos esa llamada que nos invita a mirar nos tenemos que dar cuenta de todo el sufrimiento que hay a nuestro alrededor, como también del hambre de Dios que hay en el corazón de los hombres aunque no siempre lo quieran reconocer. Y es entonces cuando tenemos que dar las señales, es cuando tenemos que ser signos para los demás de la llegada del Reino. Será nuestro amor y nuestra compasión, serán nuestras manos tendidas o será nuestra cercanía al corazón que sufre nuestro lado quizá calladamente pero que tenemos que saber descubrir.

Como signo y señal de la llegada del Reino Jesús los curaba a todos con esa fuerza que salía de El. ¿Y nosotros? ¿Daremos señales? ¿Saldrá de nosotros esa fuerza para curar a los demás? ¿Tendremos los ojos y el corazón abiertos para que salga de nosotros ese torrente de gracia con nuestro amor y generosidad para curar a tantos que sufren a nuestro lado?

lunes, 6 de septiembre de 2021

Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

 


Tendremos que aprender a poner en medio a tantos que antes hemos desplazado y dejado a un lado en la vida

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

Cuántas veces nos sucede que hay personas en nuestro entorno que nos pasan desapercibidas; estamos en una reunión, hay muchas personas que aportan sus ideas, participan en el diálogo y discusión de los temas que tratamos, pero quizás allá por algún rincón hay alguien callado, que quizá no se atreve a hablar apabullado por la palabrería de los que mucho hablan, y casi no nos enteramos de su presencia. Gentes quizá que se autoexcluyen de la participación, gente que se siente poca cosa y cree que poco tiene que aportar, gente que quizá anulamos y no tenemos en cuenta y de alguna manera vamos dejando a un lado.

Pero hay otro aspecto también por el que anulamos a las personas; las vemos quizás con alguna limitación o deficiencia física o discapacidad de algún tipo y siempre nos encontraremos razones para no tenerlos en cuenta; ¿lo hacemos conscientemente? Casi nos hemos acostumbrado a tener a esas personas al margen porque nos podemos creer que son una carga para nosotros, porque para que puedan hacer algo siempre tendríamos que estarle prestando nuestra ayuda y eso, pensamos, nos restaría posibilidades de todo lo que quisiéramos hacer. Es cierto que la sociedad de alguna manera se ha despertado y personas así han comenzado a creer en sí mismas y reclaman su participación más activa y viva en la sociedad, y también en la Iglesia.

Me ha dado pie para toda esta reflexión que me voy haciendo algo que nos dice el evangelio y que también casi nos puede pasar desapercibido. Cuando comentamos este pasaje del evangelio normalmente nos fijamos en algo que puede ser, es cierto, mensaje principal, que es toda la relacion con el día del sábado y de su descanso. Por ahí arranca el texto cuando los fariseos y los escribas estaban al acecho de lo que iba a hacer Jesús, puesto que era sábado cuando habían ido a la sinagoga.

El evangelista, sin embargo, nos dice que Jesús fijándose en un hombre que estaba allí en cualquier rincón y tenía una mano paralizada, lo llamó y lo puso en medio. Viene, algo así, Jesús a convertirlo en protagonista del momento, cuando aquel hombre quizá lo que quería era pasar desapercibido. Bien sabemos el concepto que se tenía entonces de que una enfermedad o cualquier limitación que hubiera en la vida era un castigo de Dios por algún pecado. Justo podría parecer que tratara de ocultarse para no verse denunciado por su pecado. Recordamos aquella pregunta que se hacían los discípulos cuando lo del ciego de las calles de Jerusalén, ‘¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?’

Pero Jesús quiso ponerlo allí en medio. Es un desafío de Jesús frente a todos aquellos que estaban al acecho. Allí estaba la pregunta de Jesús sobre qué es lo que se puede hacer el sábado. ¿Qué es lo que habría de prevalecer, la misericordia y la compasión o el estricto cumplimiento de la ley? ¿Importaba de verdad la persona o a la persona se le tenía que dejar en su sufrimiento?

Jesús lo puso allí en medio para que aprendamos a valorar a la persona, tenerla en cuenta, dejarle su protagonismo, hacer relucir y destacar sus valores que estarán siempre por encima de sus limitaciones. La curación que realizó Jesús va mucho más allá de que recobrara el movimiento de su mano, porque lo que Jesús en verdad le estaba haciendo recobrar era su dignidad.

Curar es arrancar a la persona de todo modo de vida indigna, es arrancar a la persona de la marginación y el desprecio, de ese hundimiento en el que vive cuando se cree que nada vale o que nada puede aportar; curar es hacerle creer en sí misma, hacerle descubrir sus posibilidades y sus valores, es comenzar a tenerla en cuenta y escucharle y darle su lugar que le corresponde en la sociedad en la que vivimos. Curar no es hacer nosotros las cosas en su lugar movidos por una compasión mal entendida – con nuestras prisas y carreras siempre queremos acabar pronto y preferimos hacerlo nosotros para terminar antes -, sino estimularle para que sea capaz de poner su mano, de su poner su esfuerzo, de decir su palabra, de prestar su aportación, porque eso le hace recobrar su dignidad.

Jesús lo puso allí en medio, ¿a cuántos tendremos nosotros que comenzar a poner también en medio?

domingo, 5 de septiembre de 2021

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

 


Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida pero hemos de saber dar más señales de humanidad para poder hacer una humanidad mejor

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145;  Santiago 2, 1-5;  Marcos 7, 31-37

El mundo está necesitando de gestos proféticos; no son grandes palabras, grandes discursos lo que necesitamos porque a eso nos acostumbramos y al final no las oímos; gestos que nos despierten, gestos que nos hagan ver otras posibilidades, que nos inquieten pero que también en medio de las sombras nos hagan ver la luz. Un golpe dado sobre la mesa de manera contundente nos hace prestar más atención quizás que las palabras bonitas y persuasivas que nos puedan estar diciendo por los altavoces. Algo tiene que llamarnos la atención y hacer que nos despertemos de esa vida amorfa y anodina que estamos viviendo cada día. Aunque antes dije un golpe, quizá un pequeño detalle, un gesto sencillo nos puede hacer mejor pensar y despertar.

El mundo se nos vuelve convulso con nuestras prisas y con nuestros agobios, nos suceden cosas que nos inquietan y nos hacen perder el rumbo como toda esta situación que últimamente hemos ido viviendo, pero es que tampoco el estilo de vivir que teníamos era mejor, porque parecía que cada uno solo miraba por sí mismo y se desentendía de los demás, quizás no estábamos preparados para lo que se nos vino encima y no sabemos cómo salir adelante; vamos como ciegos y sordos por los caminos de la vida buscando algo y no terminamos quizá de encontrarlo.

Hoy nos ha dicho el profeta: ‘Decid a los inquietos: Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará’. Y hablaba de unas señales, los ciegos que recobran la vista, los oídos de los sordos que se abren, la lengua del mudo que comienza a cantar y los cojos que saltan como los ciervos. ¿Cuáles son esas señales, esos signos hoy?

El Evangelio que escuchamos nos viene a dar esa señal. Jesús caminaba por tierra de gentiles, venía de Fenicia, Tiro y Sidón y va atravesando la Decápolis. Y es allí donde le presentan un sordomudo para que lo cure. Y aquí vienen los signos y los gestos de Jesús.

En esta ocasión Jesús se ha detenido junto a aquel hombre, incluso lo toma de la mano y lo lleva a un lugar más apartado; no importa que no sea judío, están en tierra de gentiles, pero allí hay un hombre que sufre porque no oye y apenas puede hablar. Y Jesús sencillamente va a poner su mano sobre él tocando sus oídos y su lengua. Ya hemos escuchado muchas veces como entre los judíos evitaban tocar todo aquello que les pudiera volver impuros, pero Jesús no teme tocar los oídos y los labios de este hombre incluso con su saliva. Y será su palabra ‘¡Effetá!’ (Ábrete) lo que liberará a aquel hombre para que pueda oír, para que pueda hablar. Todo el episodio tiene el valor de un gesto profético que nos anuncia un mundo nuevo, un nuevo sentido de vivir.

Decíamos al principio que el mundo necesita gestos y señales proféticas que nos despierten para algo nuevo y distinto. Quienes nos dejamos iluminar por la luz del evangelio tenemos una responsabilidad muy grande. Primero porque hemos de dejarnos sorprender por esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino; Jesús nos sale al paso de muchas maneras en la vida, estemos donde estemos, sea la que sea la situación que vivamos. Hemos de estar atentos a esas señales, porque podemos encontrar muchas cosas hermosas y enriquecedoras en las personas que están a nuestro lado o con las que nos cruzamos en los caminos de la vida; no siempre sabemos descubrir lo bello y lo positivo que los demás pueden ofrecernos y hemos, pues, de saber estar atentos.

Pero es que también nosotros podemos ser signos para los demás, tenemos que ser signos para los demás. No necesitamos quizá hacer grandes cosas sino sencillamente sabernos detener junto al que está al borde del camino y tender nuestra mano, como vemos que hizo Jesús en este texto del evangelio que estamos comentando.

¿Qué sabes del sufrimiento o de las alegrías de las personas que están cerca de ti? Vivimos muchas veces unos al lado de los otros, pero no nos enteramos; quizá nos extrañe una reacción determinada en algún momento, pero no sabemos cual es la situación por la que está pasando. Nos detenemos a hablar de cosas insulsas o siempre quejándonos de lo mal que anda nuestro mundo, pero no prestamos atención al que está al lado de nosotros. Ese detenerse de Jesús junto a aquel hombre e incluso llevárselo aparte para estar con él puede ser un buen signo que nosotros tengamos que aprender a realizar. Y así podíamos pensar en muchas más cosas.

Andamos con demasiados miedos y desconfianzas en la vida; ahora con la disculpa de los contagios quizás nos hemos encerrado más y hasta nos hemos vuelto más inhumanos. Pues hay que dar señales de humanidad para que podamos hacer una humanidad mejor. ‘¡Effetá!’ nos está diciendo Jesús, para abrir nuestros oídos y nuestro corazón para ayudar a que también los demás puedan escuchar esa palabra de Jesús. Y, no lo olvidemos, nosotros tenemos que ser esas señales que el mundo está necesitando.

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

 


Hacer las cosas solo por cumplimiento no tiene sentido, démosle autenticidad a cuanto hacemos para hacer crecer nuestra vida cristiana

Colosenses 1, 21-23; Sal 53; Lucas 6, 1-5

Algunas veces algunos episodios que nos presenta el evangelio son de tal naturalidad que nos parecen hechos o cosas anecdóticas que escuchamos con mayor o menos simpatía; nos llaman la atención pero podemos quedarnos en la anécdota y nada más. Como lo que hoy nos cuenta el evangelista, de cómo al ir caminando en medio de los sembrados los que iban con Jesús, sus discípulos, hacían lo más natural del mundo, coger algunas espigas, estrujarlas en las propias manos para echarse a la boca los granos.

Se puede quedar en eso en una anécdota como cualquier otra cosa de la vida corriente que sucediera entre ellos, pero allá estaban ojo avizor los fanáticos de turno para querer ver algo no bueno en aquello tan sencillo y natural; era sábado, y la ley mosaica había establecido el descanso sabático, para que el día fuera para el Señor aunque podríamos ver una consecuencia social en el obligatorio descanso para buscar el bien del hombre, el bien de la persona; todo no se podía reducir al trabajo ni a la dependencia de quien nos pudiera ofrecer un trabajo, era necesario también el descanso para la persona, todo en bien del hombre que siempre es para la gloria del Señor.

Pero los que se creían más papistas que el papa, en expresión que utilizaríamos hoy, habían convertido la ley poco menos que en un tormento, porque en lugar de ayudar a liberar a la persona, los convertía en esclavos de esas mismas leyes; junto a la ley venían las normas, los protocolos, y ya se venía a establecer con detalles esclavizantes lo que se podía hacer y lo que no se podía hacer. De ahí nació esa rigidez que vemos ahora con el descanso sabático como lo veremos en otros momentos con el lavarse las manos y todo lo que tuviera relación con la pureza de la persona.

Jesús les cuenta otra anécdota, vamos a decirlo así, con el episodio cuando David y los que lo seguían comieron de los panes sagrados del culto, cuando eso le correspondía solo a los sacerdotes. Pero ¿qué era más importante? ¿Las normas que impedían o permitían comer de aquellos panes o dar de comer a unas personas hambrientas que no encontrarían bocado por otra parte? El bien del hombre, el beneficio de la persona, lo que podemos hacer para ayudar a los demás. Recordamos otros momentos en que el encargado de la sinagoga les dice a la gente que vengan con los enfermos a Jesús otro día y no el sábado.

Reflexionando sobre todo esto tendríamos que mirarnos porque acaso nosotros sigamos hoy también con esos legalismos, con esas normas y preceptos que nos hemos impuesto, o con esas medidas en lo que hacemos a ver si llegamos con lo que hacemos o acaso nos pasamos.

Cuántas veces la gente se preguntaba si llegaba tarde a Misa si había cumplido o no cumplido según el momento en que llegara, pero poca importancia por otra parte le dábamos a la escucha de la Palabra de Dios; muchas veces nos contentábamos con estar, aunque nuestra mente anduviera por otros derroteros o acaso nos entreteníamos con el rezo del rosario o la lectura de libros piadosos.

Pensemos cuántas tragedias nos hicimos con el ayuno eucarístico para poder recibir la comunión preocupándonos más si por error nos había bebido un vaso de agua, que si acaso no nos llevábamos bien con los vecinos, pero eso no nos impedía comulgar.

En muchas cosas de nuestra vida de hoy tendríamos que pensar en este sentido de lo que hoy nos plantea el evangelio y preguntarnos por la autenticidad de lo que hacemos, de lo que vivimos, de lo que celebramos.

¿Vamos a la Eucaristía el domingo, día del Señor, en el deseo del encuentro con el Señor para su alabanza y para su gloria o acaso vamos simplemente para quitarnos un peso de encima porque ya hemos cumplido? Cuántas veces escuchamos o acaso nosotros mismos pensamos cuando salimos de la Iglesia ya he cumplido, ya me puedo quedar tranquilo, pero quizá no recordamos lo que nos dijo el Señor en el Evangelio.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos quiere con el traje nuevo del hombre nuevo para hacer resplandecer los valores del Reino de Dios

 Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Hoy he estado haciendo limpieza a fondo en casa, nos dice alguien. Es que vamos acumulando tantas cosas inservibles que algunas veces no sabemos ni donde poner las cosas. Es el comentario que surge. Porque aquello a lo que le dimos uso en un momento determinado y nos prestó un hermoso servicio no lo queremos tirar, porque pensamos que nos puede valer como remedio en cualquier momento. Hay personas que son muy acumuladoras, que todo lo guardan por si acaso un día lo pudiera necesitar. No es ahorro, son apegos del corazón, porque nos cuesta desprendernos de cosas, nos pueden valer como un remedio o para un remiendo, pensamos.

Así en muchas situaciones de la vida. Y ya no son cosas solamente, pero son apegos del corazón, o quizá rutina de seguir utilizando siempre lo mismo cuando en la vida vamos descubriendo cosas nuevas que podemos hacer mejor y con mayor sentido. Es cierto que lo que somos hoy es lo que ayer construimos, que somos herederos de muchas cosas que nuestros padres o nuestros antepasados vivieron en su momento con mucha intensidad.

Pero es sabiduría de la vida ir profundizando en la vida e ir descubriendo esa actitud nueva que podemos tener a la que quizás en otro momento no le dimos tanta importancia; no es cuestión de hacer las cosas simplemente porque son una tradición sino que todo lo que recibimos lo tenemos que entroncar en el momento presente, en las situaciones distintas que vivimos ahora y que nos harán buscar quizá planteamientos nuevos, sin abandonar lo que es esencial en nuestra vida, lo que son en verdad los fundamentos. Pero no confundamos los cimientos con los adornos con que queremos embellecer la fachada.

Vienen los fariseos hablándole a Jesús de ayunos y penitencias y por qué sus discípulos no ayunan como ayunaban los discípulos de Juan o como siguen haciéndolo los discípulos de los fariseos. Habían convertido algo que es cierto que podía ser importante en cuanto nos ayudara a la conversión del corazón, en algo fundamental sin lo cual los perecía que no había ningún sentido religioso para sus vidas. Pero quizá olvidaban el encuentro profundo del corazón con el Señor y la acogida que en verdad había de tenerse a la Palabra de Dios.

Por eso Jesús les habla de actitudes y de posturas nuevas, que la acogida del Reino de Dios que Jesús anunciaba no se podía quedar en unos remiendos que tratasen de disimular los rotos que pudiera haber en el interior del corazón del hombre, y por eso era necesario un paño nuevo para un vestido nuevo, como eran necesarios odres nuevos para el vino nuevo. Jesús desde el principio había pedido conversión para creer y aceptar la buena nueva que les anunciaba, y conversión no son remiendos, sino conversión es transformación profunda del corazón.

Son muchas las cosas de las que tenemos que desprendernos, de lo que tenemos que aligerar el corazón para vivir el sentido nuevo del Reino de Dios. Y eso tenemos que vivirlo también en el hoy de nuestra vida. La buena noticia del Evangelio siempre tiene que ser novedad en nuestra vida, que nos pide unas actitudes nuevas en nuestro corazón y una nueva forma de actuar. Hay maneras de ser y de hacer que nos pudieron valer muy bien en otros momentos de nuestra historia pero el Espíritu del Señor que es el que guía e inspira a la Iglesia nos va abriendo nuevos caminos de renovación.

Fue realmente un momento profético en la vida de la Iglesia el concilio Vaticano II celebrado en el siglo pasado y fue un paso y una puerta de apertura de la Iglesia y del mensaje del evangelio al mundo de hoy. Poco a poco siguiendo aquellas directrices del Espíritu expresadas en las decisiones del concilio se ha ido realizando un profundo camino de renovación en la Iglesia. Eran necesarios unos odres nuevos, una pieza nueva para hacer ese traje del hombre nuevo renovado por el Espíritu; fueron necesarios también un arrancarnos de muchos apegos de muchas cosas que había que vivir hoy con un espíritu nuevo.

Claro que habrá quienes, como reflexionábamos al principio, quisieran seguir guardando muchas cosas que pudieron sernos buenas en otros momentos, pero que hoy ya no nos dicen nada. Algunos aun quieren seguir haciendo remiendos porque les cuesta vestirse ese traje nuevo del Espíritu. Son muchos apegos los que se mantienen en ciertos sectores de la misma iglesia de los que cuesta desprenderse. Y algunas veces incluso les duele las decisiones que tiene que tomar la Iglesia desde el magisterio y la autoridad del Papa y se crean ciertas resistencias que al final a nadie ayudan. Tenemos que aprender de una vez por todas a dejarnos conducir por la acción del Espíritu del Señor.

jueves, 2 de septiembre de 2021

No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

 


No solo se habían sorprendido y se habían quedado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo sino que sus vidas a partir de entonces iban a ser distintas

Colosenses 1, 9-14; Sal 97; Lucas 5, 1-11

Hay cosas que nos dejan sin habla. Cosas que nos sorprenden, por lo inesperado, por lo espectacular o por lo grandioso, porque el acontecimiento es de tal importancia que a todos deja sobrecogido. Un gesto inesperado de una persona que nos sorprende y nos llama poderosamente la atención; un acontecimiento que no esperábamos y que de alguna manera puede marcar nuestra vida; un regalo valioso que nos ofrecen sin que nosotros lo esperáramos ni creíamos que nada habíamos hecho para merecerlo; una palabra que nos dice alguien y nos llega al corazón porque nos hace descubrir y valorar algo de nuestra propia vida que creíamos oculto y a lo que no dábamos mayor importancia. En muchas cosas podemos pensar. Son acontecimientos, palabras, gestos, detalles que pueden marcar nuestra vida de manera que incluso nos hagan darle un rumbo nuevo y distinto.

Algo así sucedió aquella mañana en el lago de Tiberíades. Los pescadores habían hecho sus faenas, que por cierto habían sido infructuosas, y ahora andaban en los cuidados posteriores a cualquier salida al lago a pescar; la gente al oír que Jesús andaba por allí se había arremolinado en la playa y todos querían escucharle; era difícil que estando en el mismo plano le pudieran ver y escuchar debidamente, por eso Jesús se sube a una de aquellas barcas y desde la orilla comienza a enseñar a la gente.

Hasta ahora todo en una cierta normalidad. Pero cuando Jesús termina de enseñar a la gente le pide a Pedro, de quien era la barca en la que Jesús se había subido, que reme de nuevo rumbo al lago para echar las redes de nuevo para pescar. Comienzan las sorpresas. Pero si han estado toda la noche y no han podido coger nada. Pero ante la palabra de Jesús Pedro se deja hacer, aunque replica que él sabe que no hay nada porque ha estado toda la noche bregando le dice que porque Jesús lo dice, en su nombre, echará de nuevo las redes.

Ahora sí comienza a haber algo distinto. La profusión de peces era tan grande que las redes casi reventaban y tienen que llamar a los de las otras barcas para que les ayuden en la faena. Ha sido algo asombroso. Pedro y los demás pescadores no salen de su asombro, no saben ni que decir. Humilde Pedro, que antes casi se había negado a obedecer a Jesús, ahora se postra por los suelos sintiéndose el último del mundo y sintiéndose de verdad pecador, pidiéndole a Jesús en su emoción que se aparte de él. ‘Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador’.

Pedro y los demás pescadores sentían que el mundo se les hundía bajo los pies, porque aquello no se lo esperaban. No salían de su asombro. Le pasaba a Pedro y a su hermano Andrés, le pasaba a Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, compañeros todos en aquella tarea, pero que nunca habían visto cosa igual.

Algo nuevo iba a comenzar en sus vidas. Ya seguían y escuchaban a Jesús y de alguna manera formaban parte del grupo de los discípulos que le seguían más de cerca. Pero ahora Jesús les invita a algo nuevo que va a cambiar totalmente sus vidas. Eran pescadores y estaban avezados en las tareas de aquellos lagos pero Jesús abría un mundo delante de ellos. ‘No temas; desde ahora serás pescador de hombres’, les dice Jesús. Todavía estaban en medio del lago por eso ‘entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’.

Algo había cambiado en sus vidas, algo nuevo comenzaba, aquel acontecimiento que les había sorprendido no solo los había dejado sin habla sintiéndose los mayores pecadores del mundo, sino que sus vidas a partir de aquel momento iban a ser distintas.

Ante este pasaje del evangelio no somos unos meros espectadores. Hagámonos presentes nosotros también en la escena. Subamos con Pedro y los pescadores a la barca y sintamos a nuestro lado también la presencia de Jesús. En esa barca de la vida en la que vamos haciendo nuestra travesía dejémonos sorprender también por Jesús. Para nosotros también va a tener un gesto o una palabra, también nos invitará a echar las redes aunque digamos que no sabemos o que no vamos a encontrar nada.

Como Pedro digamos también, ‘en tu nombre…’ No es necesario más, sino esa disponibilidad y veremos cómo el Señor nos sorprende. Sepamos hacer silencio en el corazón o no nos distraigamos con cosas innecesarias. Escucharemos esa palabra de Jesús que nos habla al corazón, sentiremos el calor de su presencia y también al final diremos que nos ardía el corazón, como los de Emaús. Estemos atentos a la acción de Dios en nuestra vida.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo porque a ellos también hemos de hacer el anuncio del Reino

 


La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo porque a ellos también hemos de hacer el anuncio del Reino

Colosenses 1,1-8; Sal 51; Lucas 4, 38-44

Saber retirarse a tiempo, es una frase que escuchamos y poco menos tenemos como principio sobre todo cuando las cosas no marchan bien, cuando consideramos que es necesario retirarse a un lado para dejar paso a otros que puedan realizar la labor mejor que nosotros. Esto que como principio quizás tenemos muy claro sin embargo no vemos que sea frecuente en la vida, porque nos aferramos al lugar que ocupamos, la función que nos ha confiado que aunque veamos que somos un fracaso, no damos el brazo a torcer, no nos retiramos. Pero estamos mencionando el caso quizás de cuando las cosas no funcionan, pero cuando marchan bien y tenemos éxito muchos menos vamos a pensar en dar un paso a un lado, sino que quizás en un populismo que nos agrada queremos seguir manteniéndonos en el candelero.

Pero no vemos en el evangelio que esa sea la manera de actuar de Jesús. Había sido bien aceptado en la sinagoga de Cafarnaún, al llegar a casa de Simón Pedro se encuentra a la suegra enferma y la cura, a la puerta al atardecer – tengamos en cuenta que era sábado y hasta que no llegara el atardecer poco se podía caminar – se agolpan a la puerta trayéndole multitud de gente enferma para que los cure y hasta los endemoniados curados gritan proclamando quien es Jesús.


Pero Jesús no va buscando esos populismos, Jesús no está en la búsqueda del éxito, su misión es el anuncio del Reino de Dios y aquellos milagros son los signos y señales de la llegada del Reino de Dios. Pero el Reino de Dios no son gritos ni aclamaciones en su honor; es una transformación grande que se ha de ir realizando en el corazón de las personas y Jesús tiene que llevar esa buena nueva a los demás. Por eso a la mañana siguiente muy temprano se va a un lugar apartado; allá lo buscan, vienen diciéndole que hay mucha gente que lo busca allí en Cafarnaún, pero Jesús dice que tiene que ir a otra parte, que para eso ha venido. ‘Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado’.

Siempre hemos de estar en camino. Un camino que no es la búsqueda de éxitos y aclamaciones, un camino que significa esfuerzo y superación, un camino como nos enseñará en otro momento que hemos de hacer en total disponibilidad e incluso en pobreza, un camino impulsado por el amor. Un camino que es anuncio que se ha de llevar más allá, que ha de llegar a todos, no solo a los que ya por sí mismos vienen o los tenemos a nuestra mano. Así vemos a Jesús, no se queda en Cafarnaún donde ya han visto los signos y todos ahora le buscan; es Jesús el que sale a la búsqueda, el que va al encuentro con los demás, también allí donde no le han escuchado o donde no le conocen.

Es la tarea que hoy tiene que seguir haciendo la Iglesia, es la tarea de quienes creemos en Jesús y queremos seguirle. Y esta manera de actuar de Jesús tiene que hacernos pensar cuando los cristianos nos rodeamos de tantas comodidades, cuando solo buscamos lo fácil, cuando nos quedamos donde siempre y dándole vueltas siempre a lo mismo.

Es la Iglesia que tiene que estar siempre en camino de búsqueda para ir al encuentro de los que no están, de los que no vienen, también de los que no quieren escuchar; y sin embargo nos quedamos demasiado dentro de nuestros templos y nuestros salones parroquiales, pero no vamos a esa periferia como tantas veces nos está repitiendo el papa Francisco.

La Iglesia tiene que inventarse caminos nuevos para ir al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo; que ya no vivimos en tiempos de cristiandad donde parecía – y digo parecía – que todos ya estábamos convertidos y convencidos, pero vemos como ya no somos tantos, nuestros templos se nos quedan grandes y vacíos, y no nos podemos quedar pensando o añorando los suntuosidades de otros tiempos. Necesitamos solo un bastón y unas sandalias para hacer el camino y el manto que llevamos puesto, por eso de cuántas cosas tendremos que desprendernos.

Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que ir a otros lugares también a hacer el anuncio del Reino.

martes, 31 de agosto de 2021

Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

 


Dejemos que el Señor llegue a nosotros y su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde con una nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Va a saber este quien manda aquí. Lo habremos escuchado o lo habremos palpado en algunos que se creen con autoridad; una autoridad que parece en ocasiones que se guía por el capricho, por el autoritarismo, en plan de dominio y exigencia, poniéndose en un pedestal; tener autoridad para algunos es creerse superior y con el dominio de todo, hacer uso de ella en su propio beneficio, imponer sus ideas o su manera de hacer las cosas. Por supuesto esta descripción le repugnará a muchos, porque por supuesto entendemos que no todos lo viven así, pero si hemos de reconocer que es en cierto modo el estilo de la vida.

Hago esta referencia a la autoridad como una contraposición para comenzar la reflexión del evangelio, porque en él se nos dice hoy que las gentes reconocen en Jesús su autoridad. ‘Este modo de hablar es distinto’, dicen cuando le escuchan y cuando ven las obras que realiza. Y es que la palabra y la presencia de Jesús despertaban vida, despertaba esperanza; era una palabra y una presencia liberadora.

La presencia de Jesús es la del que se hace sencillo para saber hacerse el ultimo y el servidor de todos; la presencia de Jesús es cercanía para levantar y para liberar; la presencia de Jesús es paño de lágrimas, pero su consuelo no es una compasión paternalista, sino que siempre su presencia y su palabra estimula a algo nuevo, despierta esperanza, nos abre los ojos para tener una nueva visión y ver que las cosas pueden ser de otra manera.

Es cierto que todos no entenderán así la presencia de Jesús y de alguna manera es como un estorbo a su manipulación y a su dominio. Jesús viene a liberar, a despertar a la persona para otra perspectiva de vida. Vemos cuando Jesús llega hoy a la sinagoga de Cafarnaún mientras muchos le escuchan complacidos habrá también quien poseído por el espíritu del mal le rechaza. Nos habla el evangelio de endemoniados o poseídos por el maligno, pero en ello tenemos que saber ver también a quienes se aferran al mal y no quieren desprenderse de él y entonces la presencia de Jesús será un estorbo, porque Jesús quiere a la persona liberada de todo mal. Y así se manifiesta la autoridad de Jesús.

Nos habla el evangelio en este episodio de cómo Jesús liberó a aquel hombre poseído por el espíritu del maligno. El poseído por el mal opone resistencia, porque vemos cómo lo retuerce y lo tira por tierra. Fue la autoridad de la Palabra de Jesús la que le hizo llegar la salvación, una palabra que salva y que libera, una Palabra que llena de gracia y llena de vida, una palabra que nos pone en camino de una vida nueva en que ya no queramos ser nunca más esclavos del mal y del pecado.

Pero mirémonos a nosotros mismos. No nos contentamos con quedarnos contemplando ese episodio del evangelio como si con nosotros no fuera. Cuando escuchamos el evangelio nos ponemos en su lugar. También hay dentro de nosotros muchas cosas que nos atan y que nos esclavizan, muchas ambiciones que nos obnubilan y que en el deseo de alcanzar aquellas cosas a las que aspiramos muchas veces también vamos arrasando a nuestro paso a todo el que nos encontremos. Pensemos en esas actitudes de orgullo y de soberbia que tantas veces nos dominan y con las que queremos también violentamente dominar a los otros.

Cuánto nos cuesta reconocerlo, cuánto nos cuesta ser humildes, cuántas disculpas nos buscamos para justificarnos en nuestras actitudes y en nuestras posturas y hasta en el trato que tenemos con los demás. Es como si hubiera un rechazo desde nuestro interior no queriendo despojarnos de esas actitudes violentas y orgullosas. Como nos cuenta hoy el evangelio en aquel episodio de la sinagoga de Cafarnaún.

Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, que su Palabra nos transforme y nos libere, que su Espíritu nos inunde para que tengamos nueva vida resplandeciente de amor y de espíritu de servicio.

lunes, 30 de agosto de 2021

Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

 


Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

1Tesalonicenses 4, 13-18; Sal 95; Lucas 4, 16-30

Todos sabemos que el ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios en medio de la semana en el tiempo Ordinario es distinto al ritmo del Evangelio que escuchamos los domingos. En los domingos son tres ciclos dedicados enteramente a los evangelios sinópticos; este ciclo estamos escuchando en el evangelio de los domingos a san Marcos, salvos los últimos cinco domingos que se leyó el capítulo 6 del evangelio de Juan; ya ayer retomamos de nuevo a san Marcos. Sin embargo en medio de semana hasta ahora hemos venido escuchando a san Mateo y hoy tomamos el evangelio de Lucas a partir del capítulo 4 con el episodio de la sinagoga de Nazaret, que hoy se nos ha proclamado, comenzando así el camino del evangelio, repito, de Lucas que tiene unas características muy especiales.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús fue a su pueblo de Nazaret donde se había criado y el sábado según su costumbre fue a la sinagoga para la proclamación y escucha de la Ley y de los Profetas. Según su costumbre, nos dice, lo que había hecho en todos sus años de juventud hasta que había partido para el anuncio de la Buena Nueva del Reino por todos los rincones. Ahora va, y es Jesús el que hace la lectura, en este caso del profeta Isaías. Cuando termina de proclamarla y todos esperaban su comentario todo lo que viene a decir es que aquella Escritura se estaba cumpliendo ahora y allí. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

Ya escuchamos, la gente se sorprende, en principio se siente orgullosa que sea uno de su pueblo el que ahora proféticamente este anunciando el Reino de Dios por todos los rincones, pero como sucede siempre en pueblo pequeño comienzan las desconfianzas porque a El siempre lo han conocido desde pequeño y por allí andan sus parientes y no es sino el hijo del carpintero, ¿de dónde saca todo esto?

Jesús ha proclamado un texto de Isaías que anuncia un tiempo nuevo de liberación y de salvación; vendrá la libertad para los oprimidos, los que se ven con muchas limitaciones en su vida sentirán que todo cambia y es como que los ciegos recobran la vista, los leprosos son curados con todo lo que eso significaba y los inválidos podrán caminar. Es el año de gracia del Señor, es el año de la gran liberación, es el jubileo universal donde todo ha de cambiar. Y eso comienza aquí y ahora, les dice. Hoy se cumple, en El se cumple porque El es quien está lleno del Espíritu del Señor enviado a anunciar esa buena nueva a los pobres y oprimidos.

Son palabras que despiertan la esperanza porque es un mundo nuevo el que va a comenzar; son palabras comprometedoras porque quienes van a creen en esas palabras han de emprender un camino nuevo, porque es una vida nueva la que se les ofrece. Pero muchas veces nos sucede que aunque andemos muy oprimidos y esclavizados parece que nos cuesta salir de esa situación, cuando significa que nosotros tenemos que ponernos en camino. Cuántas veces los israelitas peregrinos por el desierto, porque el camino de liberación que estaban recorriendo les resultaba costoso y duro, anhelaban volver a los puerros y a las cebollas de Egipto, aunque eso significase seguir viviendo bajo la opresión y la esclavitud.

¿La gente de Nazaret pensaba que todo se les iba a dar con demasiada facilidad? Como les dice Jesús, estáis pensando por qué no hago aquí los milagros que habéis escuchado que he hecho en Cafarnaún y en otros sitios. Pero dirá el evangelista que allí no hizo milagros por su falta de fe. Escuchaban las palabras de Jesús pero no terminaban de creer, escuchaban las palabras de Jesús pero les costaba ponerse en ese camino de liberación; muchas cosas oprimían sus corazones, muchas angustias inundaban sus vidas, muchas decepciones les hacían perder la esperanza, pero había que querer salir de esa opresión o de esa angustia; era necesario querer ponerse en camino. Y ese paso no lo daban, por eso lo rechazaron y hasta quisieron tirarlo por un barranco.

Esto nos tiene que hacer pensar para nuestra vida. ¿Cómo acogemos nosotros ese mensaje de liberación que se nos ofrece? ¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino para ir arrancando de nosotros todo eso que nos oprime y nos angustia, todo eso que crea dependencias en nosotros y nos llena de limitaciones? ¿Preferiremos los puerros y las cebollas de Egipto aunque eso signifique seguir en ese estado de esclavitud? Cuántas veces decimos, es que esto se ha hecho siempre así, porque no queremos hacer el esfuerzo de cambiar para vivir algo nuevo y con eso estamos rechazando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece.

domingo, 29 de agosto de 2021

Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

 


Quien busca el bien de la persona y pone corazón en lo que hace estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, la voluntad de Dios que es nuestra felicidad

Deut. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b-22. 27;  Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

‘Lo sé’, nos responde nuestro interlocutor cuando le hacemos ver una cosa. Lo sabe, pero no hace nada. Luego el saber tiene que entrañar algo más que tener conocimiento de algo; la sabiduría no es simplemente saber cosas, ser erudito en muchos temas, sino que la sabiduría está en un vivir, en un sentido de vivir; aquellos conocimientos que he adquirido, que la misma vida me ha ido dando, nos dan una nueva amplitud de la mente, pero que no se queda ahí sino que nos impregna, nos da un nuevo sabor y sentido a nuestro corazón.

Puede sucedernos también que hasta hacemos muchas cosas buenas, pero les puede faltar algo por dentro, porque se han convertido en una rutina más de nuestra vida y las hacemos porque siempre se ha hecho así, porque es una tradición, porque todo el mundo lo hace, pero no ponemos corazón en lo que hacemos, no ponemos vida, lo hacemos con frialdad, al final no sabemos por qué las hacemos. Podemos terminar siendo dependientes o esclavos del tener que hacer algo pero no le hemos encontrado su sentido profundo. Hemos de saber encontrarle el sentido a lo que hacemos para que entonces pongamos corazón. Necesitamos, pues, también ser más reflexivos en la vida.

Y creo que a esto es a lo que nos quiere ayudar el evangelio que hoy escuchamos. Vienen muy preocupados algunos fariseos y escribas a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen la tradición de sus mayores. Todo iba por aquel sentido de pureza que ellos tenían en que poco menos que se quedaba en una pureza legal; hacer las cosas porque es una tradición, hacer las cosas por un cumplimiento, o de lo contrario estamos contrayendo una impureza.

Aquí van planteando el tema de lavarse o no lavarse las manos antes de comer. No es una cosa mala, es una buena costumbre higiénica; mira cómo ahora en estos tiempos de pandemia y peligros de contagio nos lo recomiendan encarecidamente. Pero se había convertido en una ley y hasta le habían dado un sentido religioso, formaba parte para ellos ya de la ley de Moisés. Y ahora ponen el grito en el cielo porque los discípulos de Jesús no cumplen según ellos con esas costumbres. Venir con las manos manchadas de la plaza significaba que habían podido tocar algo que se considerara impuro, y así entraba la impureza en el corazón de la persona.

Jesús viene a decirles que la impureza no viene de fuera sino que sale del corazón porque es en el corazón donde tenemos los malos deseos y las malas intenciones. Y claro nuestros labios hablarán lo que llevamos en el corazón, nuestros comportamientos externos y nuestras actitudes reflejarán lo que llevamos dentro de nosotros. Si en nuestro corazón hay maldad, malicia, con esa maldad y malicia vamos a actuar contra los demás. Por eso Jesús nos está pidiendo esa pureza de nuestro corazón del que hemos de desterrar todo mal deseo.

Les recuerda Jesús lo que ya había dicho el profeta Isaías: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Es la profundidad que hemos de saberle dar a nuestra vida. Y ahí está la verdadera sabiduría que nos ayudará a descubrir lo que en verdad el Señor quiere de nosotros. Lo que hacemos y lo que vivimos ha de tener un sentido, hemos de darle una verdadera profundidad, hemos de poner en ello todo nuestro corazón. No se trata de ser cumplidores sino de darle plenitud a aquello que hacemos y que vivimos. Como decíamos antes, podemos hacer incluso cosas buenas pero no le ponemos el calor de nuestra humanidad.

Hoy se nos ha dicho en el libro del Deuteronomio que los mandamientos del Señor son nuestra Sabiduría. ‘Esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente, esta gran nación’. Porque los mandamientos del Señor no son un yugo pesado que se nos impone y del que no nos podemos liberar, sino que son como el cauce y el camino que lleva a la plenitud de su ser a toda persona.

Nunca el mandamiento del Señor nos coarta en lo más hondo de nosotros mismos sino que nos hace vivir la vida en la mayor plenitud. Es la gloria del Señor lo que buscamos, pero será siempre buscando el bien del hombre, de toda persona, y los mandamientos es eso lo que tratan de preservar. Quien busca el bien de la persona estará siempre cumpliendo lo que es la ley del Señor, lo que es la voluntad de Dios que es nuestra felicidad.

Pongamos corazón en lo que hacemos y vivimos y nos sentiremos en plenitud.