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sábado, 17 de julio de 2021

No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

 


No convirtamos en campos de batalla los terrenos que entre todos tendríamos que cultivar y sepamos ofrecer siempre la mutua colaboración

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21

Vamos a decirlo así, pero en las rutinas de la vida está el que por cualquier motivo nos hagamos la guerra los unos a los otros. Bueno, es lo que vemos con facilidad en nuestro entorno y acaso nosotros podamos caer en esas espirales de violencia que nos creamos algunas veces por verdaderas minucias.

Una palabra dicha en un mal momento es suficiente para que el otro se lo tome a mal como una gran ofensa y ya comencemos con nuestras rencillas, resentimientos que poco a poco van en crecida y de lo que hacemos luego un mundo de guerras y batallas. Cuántos vecinos andan a la greña los unos con los otros por un mal entendido en un momento determinado que no se supo perdonar, sino que eso motivó que luego el ya ahora contrincante le haga algo peor.

Cuántas veces en reuniones vecinales que tendrían que llevar a la concordia y a querer trabajar juntos en una misma dirección para resolver problemas de la comunidad, como el otro opina distinto a lo que yo opino, porque se tomó en un momento determinado una dirección que no era lo que yo desde mis ideas o mis intereses quería, terminan por hacerse la guerra los unos a los otros terminando por convertir lo que tenía que ser un intercambio de ideas en un campo de batalla.

Claro que también hay gente pacífica, que busca el entendimiento, que quiere dialogar y confrontar ideas pero con el deseo de llegar a un acuerdo, gente que sabe perder en un  momento determinado para que no se pierda la paz, gente que da un paso a un lado para dejar que las ideas de los otros caminen y son capaces de poner todos sus deseos de colaboración. Es cierto. No todo es negativo. No siempre son campos de batalla.

Es el mensaje que hoy se nos quiere transmitir en el evangelio. El anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús había creado malestar en ciertos sectores de los judíos que estaban a la contra. Hoy vemos en el evangelio que ya hay grupos que estaban buscando la manera de quitar de en medio a Jesús. Pero Jesús en estos momentos no entra al trapo, como se suele decir. Da un paso a un lado y se va por otros lugares para seguir haciendo el anuncio del evangelio. Es cierto que aquellos que lo quieren quitar de en medio lo lograrán un día llevándole a la muerte de cruz, aunque bien sabemos, porque es parte de nuestra fe, que la victoria está de parte de Jesús a quien contemplaremos resucitado de entre los muertos.


Ahora el evangelista al hacernos el relato recuerdo textos de los profetas que hablaban del siervo de Yahvé. ‘Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

Es Jesús, es cierto, el elegido de Dios, el amado en quien el Padre se complace, como escucharemos en el relato de la transfiguración. Como el mismo Jesús había recordado en la sinagoga de Nazaret es aquel sobre quien está el Espíritu del Señor que le ha consagrado y enviado para anunciar la liberación y el año de gracia del Señor. Pero será el que fue anunciado en su nacimiento como el Príncipe de la paz; su misión no es gritar desde la violencia, su camino es el del servicio siendo capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Será el que viene a avivar los rescoldos de esperanza y buena voluntad que quedan en los corazones y el que sabe contar con todos aún con aquellos que son los más despreciados de los hombres.

¿Qué es lo que le vemos realizar en el evangelio? Comerá incluso con los publicanos y los pecadores, porque por encima de su posible pecado El será capaz de apreciar el más mínimo rescoldo de amor. Se le perdonan sus muchos pecados porque amó mucho, dirá cuando la mujer pecadora llore a sus pies y derrame perfumes que llenen con su fragancia toda la casa. Cuenta con todos porque aquellas mujeres pecadoras serán las que lo acompañen incluso hasta el pie de la cruz – allí estaba Magdalena – y un publicano o alguno procedente del grupo de los zelotes formarán parte del grupo de los apóstoles por El especialmente llamados.

¿Aprenderemos nosotros a no convertir en campo de batalla el campo que entre todos hemos de saber cultivar? Creo que el mensaje de Jesús está claro. Si nos dejáramos empapar por este espíritu del evangelio qué distintas serían nuestras relaciones, cuánta colaboración seríamos capaces de poner entre todos.

viernes, 16 de julio de 2021

Revestidos de María con su escapulario y dejándonos sumergir en el molde de María plasmemos en nosotros todas sus virtudes para vivir su camino de fidelidad y santidad

 


Revestidos de María con su escapulario y dejándonos sumergir en el molde de María plasmemos en nosotros todas sus virtudes para vivir su camino de fidelidad y  santidad

 

‘Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular. ¡Oh madre tierna! Estrella del mar’. Así invocamos en bella referencia también al Monte Carmelo de donde se toma el título de esta advocación mariana en esta festividad a María, la madre del Señor y nuestra madre, en la festividad del Carmen que hoy celebramos. Famosas y conocidas de todos son también las expresiones de San Bernardo: ‘En los peligros, en las angustias..., llama a María, invoca a María. María es la Estrella del mar’.

Sobreponiéndose a las extensas llanuras y valles de Galilea la cadena montañosa del Carmelo la atraviesa para asomarse al mar Mediterráneo en Haifa. Unas montañas que tuvieron un intenso significado en la historia del pueblo de Israel porque se convirtieron en refugio del profeta Elías en medio del ardor de su celo por defender el nombre santo de Dios, frente a los baales o falsos dioses que los poderosos querían imponer al pueblo de Dios. Un lugar propicio para la contemplación y para la admiración de las obras de Dios porque como viña y jardín florido (significado del nombre del Carmelo) ayudaba a la interiorización y a sentir de manera especial la presencia de Dios.

Fue allí cuando en tiempos de las cruzadas por liberar la tierra santa de las manos de los otomanos y musulmanes, donde terminaron refugiándose aquellos cruzados que no se querían arrancar de la tierra de Jesús. En aquellos eremitas desperdigados por aquellas montañas tuvo su origen la Orden del Carmelo que en medio de aquel monte entronizaron una imagen de María para que fuese su luz y su estrella en su camino por la vida cual una procerosa navegación por el mar. Flor del Carmelo y Estrella del Mar aquella bendita imagen de María en el monte Carmelo.

Como una señal aquellos monjes constituidos ya en orden religiosa la tradición habla de cómo María les entregó su vestido para que de ella se vistieran significado en aquel escapulario. En su origen el escapulario es como un vestido que se sobrepone sobre las vestiduras ordinarias sobre todo cuando hay que realizar los duros trabajos del campo. Pero ese escapulario se vino a convertir en el vestido de María que aquellos que querían mantenerse en fidelidad querían apoyarse en María para hacer la travesía de su vida.

¿De quien mejor podemos vestirnos cuando queremos seguir los caminos de Jesús y vivir los valores del Evangelio? María, dejando que Dios se encarnase en sus entrañas, en su cuerpo dio cuerpo al Hijo de Dios que se hacía hombre. Podíamos decir que el cuerpo de María, la vida de María, es como el mejor molde en el que hemos de introducirnos para configurar nuestra vida a la manera de la vida de Jesús. Llevar, pues, el escapulario de María es vestirnos de María, es reflejar en nosotros las virtudes y los valores de María, es vestirnos de su propia santidad para que así mejor nos podamos parecer a Jesús, configurar plenamente con Jesús.

‘El escapulario del Carmen, según decía el papa Pío XII el 11 de febrero de 1950, es símbolo y signo de las virtudes de María: humildad, castidad, mortificación, oración, y, sobre todo, signo y recuerdo de nuestra consagración a Jesucristo y a ella, un signo eficaz de santidad y una prenda de eterna salvación’.

Recojamos todo el significado del monte Carmelo al que hemos venido haciendo referencia y coloquemos a María como Reina, Madre y Señora para que así se convierte verdaderamente en estrella del mar que nos haga caminar con seguridad en medio de las tormentas, peligros, angustias de la vida. Es un camino de fidelidad, un camino de fe, que al mismo tiempo se convierte para nosotros en escuela de oración y en senda que nos conduce a la santidad.

Revistámonos de verdad de María en esta fiesta de la Virgen del Monte Carmelo, no como un adorno o una prenda externa, sino porque desde lo más hondo de nosotros mismos queremos vivir su vida, plasmar en nuestra vida sus virtudes escuchando su invitación perenne para que hagamos siempre lo que El nos diga.

jueves, 15 de julio de 2021

Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

 


Vayamos a estar con Jesús, para quedarnos en silencio, para gozarnos de su presencia que nos inunda con su inmensidad, para sentir de nuevo la paz

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

El que está cansado busca descanso; nos vemos agobiados por los muchos trabajos y responsabilidades y ya andamos buscando un tiempo para descansar; otras veces los agobios nos vienen como consecuencia de las responsabilidades que hemos tenido que asumir, por los problemas que nos presenta la vida cada día, por la tensión que se origina quizás en nuestra convivencia con los demás y nuestras mutuas relaciones y queremos tener un tiempo de serenidad y de paz, donde un poco recapitulemos y ordenemos en nuestro interior cuanto nos sucede y volvamos a tener un espíritu fresco para seguir afrontando el día a día de nuestra vida.

Todos necesitamos de ese tiempo de descanso, de relax, de volver a recuperar nuestras fuerzas físicas, pero sobre todo volver a sentirnos con verdadera paz interior. Tenemos que saber encontrar esos momentos, ese saber detenernos en esa loca carrera con que vivimos la vida y hacer que nuestro espíritu se serene. Es la fuerza interior que necesitamos, es la verdadera hondura que hemos de saber darle a la vida, es como el motor reparado que hace que todo funcione mejor en nosotros.

A eso nos está invitando hoy Jesús con sus palabras del Evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Es lo que hace con sus discípulos más cercanos; en algún momento el evangelio nos dice que se los lleva a un lugar apartado para descansar, porque no tenían tiempo ni para comer. Pero en otros momentos lo veremos caminando casi por los limites de Galilea porque quiere estar a solas con los discípulos más cercanos para hablar más relajadamente de todo cuanto está sucediendo en el anuncio del Reino que están realizando.

‘Venid a mi…’ nos dice. ‘Encontraréis vuestro descanso…’ Cansados y agobiados y El será nuestro alivio. Y es que estando con Jesús aprendemos de El, estando con Jesús llenaremos nuestro espíritu de esa paz que mana de su presencia; estando a solas con Jesús le escucharemos mejor y El nos hablará al corazón; estando con Jesús nos iremos impregnando de su vida, de su mansedumbre, de su humildad y de su ternura.

No es solo el descanso físico que ya encontraremos formas para recuperar esas fuerzas de nuestro cuerpo; es la paz interior que necesitamos, es la serenidad de nuestro espíritu, es el irnos impregnando más y más de su amor. Tenemos que aprender a ir a Jesús para estar con El. Es cierto que queremos mantener viva nuestra fe, que hacemos nuestras oraciones de cada día, pero necesitamos algo más. Hacer nuestras oraciones algunas veces se reduce a recitar unas fórmulas de oración aprendidas o ritualmente prescritas muchas veces en la carrera de la vida y con la premura del tiempo que vivimos habitualmente. Y es otra cosa lo que necesitamos, como decíamos, estar con Jesús.

Y estar con Jesús no es medir el tiempo con los minutos de un reloj, estar con Jesús no es meramente cumplir para decir que hemos rezado, estar con Jesús no es contentarnos con hacerle una serie de peticiones con los mejores buenos deseos porque queremos pedir quizá por todos aquellos que queremos o nos han pedido una oración. Estar con Jesús, es eso, estar, quedarnos en silencio quizá, hacer silencio en nuestro interior y escuchar, gozarnos de una presencia que nos inunda con su inmensidad y que nos hará que al final podamos sentir esa nueva paz en nuestro espíritu.

miércoles, 14 de julio de 2021

No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

 


No nos acostumbremos al evangelio porque perdemos la riqueza y la sabiduría de la novedad que tiene que ser siempre el mensaje de Jesús para nuestra vida

Éxodo 3,1-6.9-12; Sal 102; Mateo 11,25-27

Todos nos hemos encontrado más de una vez en la vida con el ‘sabelotodo’, gente que va de sobrado en la vida, todo se lo saben, nada pueden aprender nunca de los demás y siempre se considerarán en un estadio superior. Habrán tenido ‘estudios’, como suele decirse, o quizás no, pero ellos se lo saben todo. Todo lo juzgan, todo lo critican, siempre están como en la distancia observando lo que hacen o lo que dicen los demás para poner sus ‘peros’, para sacar a relucir lo que ellos dicen sus sabiduría, su saber, nunca podrán reconocer que otro sabe más o puede hacer las cosas mejor.

Normalmente esas personas resultan incómodas, salvo que quieras entrar en su círculo de adulaciones y lisonjas y entonces sí que te aceptarán pero como el pobrecito que nada sabe y se fía totalmente de él, con lo que al final logran su manipulación que les lleva a querer subirse a pedestales. Y eso es cosa de todos los tiempos y lugares, en todos los aspectos de la vida. Siempre quieren ir de maestros.

En el evangelio nos encontramos aquellos maestros de la ley que nada perdonaban a los demás, aquellos grupos que querían ser dominantes en la sociedad de su tiempo y ya andaban a la greña entre unos y otros, pero también desde todos esos grupos siempre andaban al acecho de quien consideraran ellos que se podía desviar de la ley y los profetas, pero conforme a la interpretación que ellos se hacían.

Son los fariseos y saduceos que rodeaban a Jesús no porque quisieran recibir aquel mensaje, aquella buena nueva que Jesús anunciaba, sino para estar al acecho porque el prestigio de Jesús, sus enseñanzas y luego sus seguidores podían poner en peligro el lugar preponderante que ellos querían ocupar en la sociedad de su tiempo. Eran también los maestros de la ley que venían con preguntas interesadas a Jesús porque no aceptaban que no siendo Jesús de sus escuelas rabínicas se atreviera a enseñar al pueblo.

Unos y otros estaban poniendo una barrera en sus vidas, y por mucho que ellos fueran a escuchar a Jesús nada de aquel mensaje recibían para sus vidas. Ellos eran los sabios y Jesús era aquel pobre profeta venido de la Galilea de los gentiles que poco podría enseñarles. Su prepotencia, su autocomplacencia y autosuficiencia, su orgullo era esa barrera que no dejaba entrar la semilla de la Buena Nueva del Reino de los cielos que Jesús anunciaba.

Claro que por allá andaban los que en verdad tenían hambre de Dios y venían de verdad a escuchar a Jesús. Eran los sencillos, eran los pobres, eran los que no tenían seguridades humanas, eran los que no estaban satisfechos de si mismos y siempre andaban en la búsqueda de algo mejor, los que eran capaces de sentir admiración por las cosas maravillosas que sucedían, eran los que mejor olfato de Dios tenían, porque eran humildes y reconocían su pequeñez y su nada, eran los que sabían discernir donde estaba la verdadera esperanza para sus vidas y entonces se dejaban conducir por el Espíritu, eran los que de verdad podían conocer a Dios.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien’. Así exclama Jesús en esta oración de acción de gracias al Padre. La semilla podía encontrar tierra buena para germinar en el corazón de los pequeños y los sencillos. Allí se revelaba Dios.

La conclusión de toda esta reflexión que nos venimos haciendo es preguntar cual es la actitud con que nos ponemos ante el evangelio. No queremos decir que seamos como aquellos fariseos, saduceos o maestros de la ley del tiempo de Jesús pero acaso el hecho de que seamos ‘cristianos viejos’, nos decimos que venimos de una tradición cristiana porque cristianos han sido nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados y nosotros también cristianos de toda la vida, de alguna manera pongamos también algunas de aquellas barreras de los que ya todo se lo saben, porque qué me van a enseñar a mí ahora que yo ya no sepa.

¿Tendremos la curiosidad de los inteligentes ante el mensaje del evangelio, ante el mensaje de Jesús? El que es verdaderamente inteligente sabe que siempre puede descubrir algo nuevo, de que siempre podemos sentir admiración por lo grandioso que sucede ante nosotros porque no nos acostumbramos a ello. No nos parapetemos detrás del acostumbrarnos a las cosas porque es una forma de hacernos los engreídos y orgullosos que todo lo saben. Qué malo es acostumbrarse a las cosas, perdemos la riqueza y sabiduría de la novedad, y la vida tiene que ser siempre novedad, cuánto más el evangelio.

martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

lunes, 12 de julio de 2021

Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

 


Seguir a Jesús aunque nos haga entrar en caminos que parecen de contradicción no es una carga pesada sino el mayor gozo que podamos sentir en nuestra vida

Éxodo 1,8-14.22; Sal 123; Mateo 10, 34-11,1

Seguir a Jesús significa en muchos casos entrar en un camino de contradicción frente al mundo que nos rodea. Me gusta recordar muchas veces, sobre todo cuando nos encontramos con pasajes como éste de hoy en el evangelio, la profecía del anciano Simeón cuando fue presentado Jesús en el templo. Se alegraba el anciano porque sus ojos habían podido ver finalmente al que era la luz y la gloria de su pueblo, pero recordamos también las palabras que le dirigiría a María, la madre, hablándole de una espada que le atravesaría el alma y de que Jesús estaba puesto como signo de contradicción y frente a Jesús muchos caerán y otros se levantarán.

 Cuando nos sentimos cogidos desde nuestro corazón por la persona de Jesús todo en nuestra vida cambia, será otra la mirada con que miremos las cosas, la vida, el mundo así como la relacion con los demás y unos nuevos valores tendrán que comenzar a brillar en nuestra vida. Ya nuestra vida no es igual, nos sentimos cogidos de su amor y en ese amor lo vamos a dar todo. Por eso el seguimiento de Jesús, vivir su vida lo será todo para nosotros.

Cuando hacemos esa opción nos vamos a encontrar que hay quien no nos entienda. ¿Por qué tenemos que cambiar? Nos sentimos tan bien con lo que tenemos a pesar de que quizá haya cosas que no nos gusten, pero, como solemos decir, qué vamos a hacer, es la vida y hay que seguir la corriente. Pues bien, quien opta por Jesús no se deja arrastrar por la corriente, será fiel a un nuevo vivir aunque no nos entiendan; y ese no entendernos puede venirnos desde los más cercanos a nosotros como puede ser la misma familia.

Por eso nos dirá Jesús que su presencia puede convertirse en división, que su presencia es como un fuego renovador, pero no todos querrán dejarse quemar por ese fuego que les purifica, y entonces nos vamos a encontrar enfrente incluso a aquellos que más queremos. Y nuestra opción es por Jesús.  Y quien no está dispuesto a poner de verdad a Jesús en el centro de su corazón, como nos dice El mismo hoy, no es digno de El. Es que quien no es capaz de esa opción es que no ha terminado de descubrir la alegría y plenitud que encuentra para su vida en el seguimiento de Jesús.

Jesús está dando instrucciones a sus discípulos cuando los ha enviado a anunciar el Reino de Dios, como hemos venido escuchando estos días, y nos habla entonces de esa radicalidad con que hemos de seguirle. Pero no es una carga pesada, es un gozo, porque en todo aquello que vamos realizando estaremos encontrándonos con El; en aquellas personas con que nos encontremos que nos acojan o a los que nosotros por nuestra parte también acojamos, se está haciendo presente El. Y si así es de grande nuestro amor por El, grande tiene que ser la alegría que vivamos toda esa experiencia de encuentro con El.

Eso significará también que hasta el mínimo detalle que nosotros podamos tener con los demás o los demás tengan con nosotros tiene un valor de gracia, como nos dice hoy Jesús no quedará sin recompensa. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, sólo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

domingo, 11 de julio de 2021

Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

 


Un bastón y unas sandalias para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro y para dejar unas huellas señalando que con el camino de Jesús es posible ese mundo mejor

Amós 7, 12-15; Sal. 84; Efesios 1, 3-14; Marcos 6, 7-13

Un bastón y unas sandalias, signos del caminante, del que sale a los caminos, del que se pone en camino, del que va a la aventura porque una aventura es ir a lo desconocido, una aventura es llevar la alforja vacía confiando solo en lo que va a encontrar, en lo que le van a ofrecer en la acogida, si la hay. Un camino hecho desde la confianza en nosotros mismos que vamos haciendo el camino, o en aquellos con los que nos encontramos que nos van a recibir y a los que le vamos a ofrecer no cosas, porque nada llevamos en la alforja, sino lo que nosotros mismos somos.

Un bastón y unas sandalias, signo de la vida misma que es camino, camino nuevo que no hemos recorrido, camino nuevo que hemos de hacer, de trazar incluso con nuestros pasos. Así es la vida, no la habíamos vivido sino que cada día nos iremos encontrando algo nuevo que es la vida misma que vivimos. Un camino del que al irlo recorriendo iremos recogiendo cosas, iremos aprendiendo a vivir, iremos dándole un sentido y un destino, pero un camino donde vamos dejando unas huellas, las huellas de nuestros pasos, las huellas de lo que hemos hecho, las huellas de nuestra vida misma.

Un bastón y unas sandalias que lo único que Jesús les permite llevar a aquellos que El envía. Las alforjas irán vacías de provisiones materiales, para que puedan ir cargadas del amor que será lo que acompañará al mensaje. No eran profetas ni hijos de profetas, como humilde y sabiamente reconocía Amós en lo que hemos escuchado en la primera lectura; él solo era un cultivador de higos que el Señor había sacado de su tierra y de su trabajo para ir a anunciar lo que el Señor le pidiere. Con las alforjas vacías, solo con las sandalias y el bastón, con la pobreza en sus manos pero con la misión que el Señor les encomendaba ellos ahora tenían que salir y ponerse en camino.

Han de salir a anunciar el Reino y lo único que llevarán será la experiencia que ellos mismos han tenido, lo que han vivido en sus vidas en el encuentro con el Señor. Para estar con Jesús se han tenido que descargar de muchas cosas, los pescadores un día habían abandonado sus barcas y sus redes y todos habían dejado atrás las ataduras humanas de sus casas y sus pertenencias o de sus familias; se habían tenido que liberar de muchas ataduras para poder estar con Jesús.

Por eso ahora irán con el poder de ayudar a liberar a los demás de sus ataduras. Les dio ‘autoridad sobre los espíritus inmundos’, dice el evangelista y luego comentará que ‘salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’.

Es la tarea ilusionante de la evangelización en la que todos también hemos de estar embarcados. Porque es lo que a nosotros Jesús también nos confía. Así, simplemente con un bastón en nuestras manos porque sabemos bien de quien nos confiamos y unas sandalias en nuestros pies porque largo es el camino que tenemos que realizar también tenemos que ir al encuentro del mundo para hacer ese anuncio del evangelio. Es un camino nuevo cada día, como cada día es nueva la vida que vivimos; es quizá con la incertidumbre de lo que nos vamos a encontrar donde no siempre puede ser que no seamos tan bien acogidos, pero con la alegría que llevamos en nuestro corazón desprendido de muchas cosas, pero apoyado totalmente en el Señor.

Y en ese camino que hacemos tenemos que ir dejando nuestras huellas, las huellas de nuestro amor y de nuestra generosidad. También nos vamos a encontrar enfermos, es más, un mundo enfermo al que tenemos que curar. Podemos hacerlo, el Señor nos ha dado autoridad para ello porque ha depositado todo su amor en nuestro corazón. No sabemos algunas veces como hacerlo pero vayamos siempre con el corazón abierto a lo que nos encontremos y el amor de nuestro corazón nos irá dictando lo que en cada momento tenemos que hacer. Son tantas las heridas que tenemos que curar, tantos los dolores que tenemos que mitigar, tantas las angustias y tristezas que tenemos que llenar de esperanza.

Sepamos hacer como Jesús estando al lado del que sufre o caminando juntos con los que van desesperanzados y desorientados por la vida, tendiendo la mano para levantar a los caídos o dejando que toquen también la orla de nuestro manto porque sientan sobre sus vidas la sonrisa de nuestro amor, dejando marcadas las huellas de nuestro amor para que haya alguien que sepa encontrarlas y llegue a entender el sentido y el valor del camino que hacemos.

Seamos todo oídos para sintonizar y escuchar las llamadas y los lamentos de muchas soledades que buscan una escucha o una compañía, y tengamos los ojos atentos para encontrarnos con aquellos en los que nadie se fija y se sienten abandonados por todos en el olvidado rincón donde parece que nadie los va a encontrar.

Un bastón y unas sandalias, para salir al camino y hacer camino, para ir al encuentro de los otros llevando un mensaje y dejando unas huellas que señalen a todos que es posible otro camino, que es posible ese mundo mejor con el que todos soñamos y a donde nos va a llevar este camino que hacemos con Jesús.

 

sábado, 10 de julio de 2021

No nos dejemos envolver por los miedos y temores que nos paralizan sino con valentía y arrojo arriesguémonos por el anuncio de los valores del Reino de Dios

 


No nos dejemos envolver por los miedos y temores que nos paralizan sino con valentía y arrojo arriesguémonos por el anuncio de los valores del Reino de Dios

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Sal 104; Mateo 10,24-33

‘No tengáis miedo…’ ¿Por qué habremos de tener miedo? Hay mucha gente temerosa. Siempre están como mirando para atrás como si alguien los persiguiera. Es una forma de decir. Temerosos, indecisos, con miedo a lo nuevo, con miedo a arriesgarse, con miedo al ridículo, con miedo al que dirán, con miedo a equivocarnos, con miedo al que nos pueda echar en cara algo, o con miedo a que nos corrijan o incluso puedan castigarnos por lo que hemos hecho, con miedo a que no sepamos contentar a todos, con miedo a que conozcan lo que pensamos, con miedos… y podemos seguir haciendo una lista muy grande.

Miedos que paralizan, que nos acobardan; miedos que son lastres que no nos dejan avanzar; miedos que nos esclavizan, o a ese mismo miedo, o a quienes se aprovechan y pueden manipularnos. Miedos que no nos dejan ser libres, que coartan nuestro crecimiento humano y espiritual, que nos mantienen en una inmadurez, que nos quitan la paz. Si nos ponemos a pensar pueden seguir saliendo muchas cosas de nuestros miedos y que de alguna manera pudieran también definirnos a nosotros mismos.

Ese ‘no tengáis miedo’ con que hemos comenzado y que nos ha hecho saltar esa cascada de miedos que nos pueden inundar, son palabras de Jesús que nos repite hoy en el evangelio hasta en tres ocasiones. Pero también serán muchos otros los momentos en que nos invita a confiar y a no tener miedo, porque El quiere llenarnos de la paz verdadera.

Hoy, en el texto que se nos ofrece en el evangelio, nos habla de que no tengamos miedo ante las situaciones variadas que nos podamos encontrar cuando vamos a hacer el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. Nos hace falta coraje y valentía. Podremos tener el mundo en contra, pero tenemos la seguridad de lo que vamos a anunciar y tenemos la alegría en el corazón de que lo que anunciamos lo vivimos o lo queremos vivir. La verdad del evangelio que vamos a anunciar nos da seguridad y nos llena de alegría.

Con esa alegría, sin ningún temor, hemos de ir a hacer ese anuncio. Sería lo peor que pudiéramos hacer si vamos sin alegría y si vamos con miedo. No dará seguridad tampoco a quienes nos escuchan. La alegría con que nos manifestamos y proclamamos el evangelio es garantía de la verdad que anunciamos, porque significa que nosotros creemos en ese evangelio y que es posible vivir ese evangelio que anunciamos. De ninguna manera nos podemos manifestar con temor.

Y como nos dice también no tengáis miedo a los que puedan matar el cuerpo. La verdad de la vida permanece; nuestro sacrificio si fuera necesario es la garantía de nuestra verdad. Nuestra confianza está puesta en el Señor. Y Dios es un Padre providente. ‘Quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos’, nos dice Jesús. Por eso no hemos de tener miedo, como nos está invitando hoy Jesús.

Aquellos miedos y temores que describíamos al principio también pueden envolvernos en el camino de nuestra fe y en el testimonio que hemos de dar ante el mundo de esa fe que vivimos. A veces parece que diera la impresión que los cristianos andamos acobardados y llenos de miedo. No aparecemos ante la sociedad en la que vivimos como esos testigos y valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y temores nos paralizan y nos acobardan.

Nos sentimos apabullados por el sentido del mundo y nos acobardamos; muchas veces nos ponemos a hablar y nos quejamos de los derroteros por los que anda nuestra sociedad pero no terminamos de ser valientes para preguntarnos cuanta parte de culpa podemos tener los cristianos por la dejación que hacemos de nuestra responsabilidad y del compromiso de nuestra fe. Hacen falta cristianos valientes y arriesgados, testimonios vivos llenos de compromiso que digamos y manifestemos que otra sociedad es posible, que también hay otros valores que le darán profundo sentido y sabor nuevo al mundo en que vivimos. 

Quizá en un momento determinado nos encandilamos porque podíamos hacer grandiosas manifestaciones de religiosidad, como podían ser nuestras solemnes y hasta pomposas procesiones, y podemos pensar que tenemos que volver a esas viejas prácticas y costumbres y con eso todo está hecho. Quizá no nos hemos preocupado tanto de hacer crecer los verdaderos valores del evangelio en el corazón de los mismos cristianos, y eso nos haya conducido por caminos de frialdad y tibieza espiritual y cristiana que otros hayan aprovechado para introducir sus pensamientos o sus ideologías. ¿Dónde hemos estado los cristianos verdaderamente transformando nuestro mundo desde los valores del evangelio? Nos ha faltado valentía y arrojo, nos hemos dormido en algunos laureles y ahora estamos muy llenos de miedos.

Aquí está la Palabra de Jesús que nos invita a confiar.

viernes, 9 de julio de 2021

Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 


Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Hay un dicho o refrán popular que dice que ‘camarón que se duerme, se lo lleva la marea (se lo lleva la corriente)’. Como todos los refranes populares encierra una sabiduría popular que nos previene contra la pereza, el descuido, las irresponsabilidades con que podemos vivir la vida. Cuántas oportunidades perdemos por no saber estar atentos y vigilantes para cuando pueda aparecer esa oportunidad; pero de cuántos peligros nos libraríamos también si tuviéramos ese ojo avizor que está atento a lo que sucede a su alrededor y de las cosas que nos pudieran afectar negativamente en la vida.

Creo que dentro de la madurez humana a la que todos aspiramos está esa vigilancia y atención a cuanto sucede en nuestro entorno, para evitar peligros, para aprovechar oportunidades, pero también para saber sacar provecho de aquello que nos sucede para ese nuestro crecimiento y maduración como personas.

Esto es algo que hemos de tener muy claro en el camino de nuestra vida cristiana. En nuestra oración, en la oración que nos enseñó Jesús, pedimos no caer en la tentación y vernos libres del mal, pero de alguna manera cuando lo hacemos estamos pidiendo esa luz, esa perspicacia, esa vigilancia con que hemos de estar para no vernos invadidos por el mal, y eso contando con la gracia del Señor.

Es lo que hoy también quiere decirnos Jesús en el evangelio. El camino no siempre es fácil; la tarea del anuncio del Reino de Dios que Jesús nos confía va a encontrar mucha contradicción a nuestro alrededor; mantener nuestra fidelidad y nuestra fe algunas veces se convierte en una tarea difícil por todas las influencias que podemos recibir de nuestro entorno; el camino del evangelio no se convierte en un camino de rosas, porque muchas van a ser las zarzas y las espinas que nos encontremos en el camino; quien lleva la luz del evangelio se convierte en un signo de contradicción en medio del mundo.

¿No fue ese el camino de Jesús? ¿No lo había anunciado así el anciano Simeón a su madre María? La imagen del hijo del hombre, varón de dolores, que nos presentan los profetas nos describe bien el camino de pasión de Jesús; y el discípulo no es más ni mejor que su maestro.

‘Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, les dice Jesús a sus discípulos. Y a continuación les hablará de cómo van a ser traicionados, cómo van a ser entregados a los tribunales para ser condenados, de todo el camino de persecuciones con que se van a encontrar. El león rugiente está acechando buscando a quien devorar, nos recordará san Pedro en sus cartas. Hoy Jesús nos habla de lobos que rodean a las ovejas, aunque ya en otro momento hablará de los buenos pastores que cuidan de su rebaño y están atentos a cuando pueda venir el lobo. Pero de alguna manera ahora nos está señalando lo que va a ser el día a día de nuestra vida.

Y nos pide Jesús, sagacidad y sencillez. Sagacidad que es lo mismo que vigilancia y atención, ese cuidado con ojo avizor con que hemos de estar en nuestra vida para que nos pueda venir la tentación. Pero al mismo tiempo nos habla de sencillez porque en esa vigilancia y atención, en esa sagacidad, no poder dejar meter la malicia, la mala intención o el mal deseo.

Estar vigilantes para no caer en las redes del mal no significa que llenemos el corazón de violencia o de deseos de venganza. Es también una tentación que nos puede aparecer en nuestro corazón. Por algo en las bienaventuranzas llamará dichosos a los que son limpios de corazón que además serán los que verán a Dios; no han dejado que se enturbie el corazón y por eso tendrán los ojos claros para ver las obras de Dios, la presencia de Dios.

jueves, 8 de julio de 2021

Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

 


Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Volvemos a escuchar hoy el mandato y el envío que Jesús hace de sus discípulos. Recordamos ayer, había elegido a doce, a los que El quiso, de entre los discípulos a los que constituyó apóstoles para enviarlos a hacer el anuncio del Reino. Sobre ello ya ayer reflexionábamos.

El texto de hoy insiste en las señales de la llegada del Reino. Les ha dado autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y arrojar demonios. Las señales del amor y de la vida. No podemos permitir el mal ni quedarnos en la muerte, las señales de la libertad verdadera y de la verdadera dignidad de la persona. Cuando dejamos que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida estamos llamados a la vida y al amor, alcanzamos la verdadera liberación, vivimos en la plenitud de nuestra dignidad. Nada que pueda empañar esa vida podemos dejar que se posesione de nosotros.

Es lo que se quiere expresar con esa autoridad y con ese poder que da a sus discípulos; es la semilla que tenemos que ir sembrando por nuestro mundo; son los pasos hacia ese nuevo sentido de la vida y a esa dignidad nueva que alcanzamos cuando en verdad podemos llamarnos hijos de Dios. Es lo que expresa el vivir el Reino de Dios.

Pero si nos seguimos fijando en el texto del evangelio nos daremos cuenta de esos nuevos valores que hemos de vivir. La gratuidad, la disponibilidad y la generosidad, el abandono en las manos providentes de Dios porque nos dejaremos conducir por su Espíritu y la paz que será la flor que florecerá de esa semilla de amor que plantamos.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’. Somos conscientes de ese amor gratuito de Dios porque nuestra fe no es sino respuesta a ese amor que Dios nos tiene. Y Dios nos ama, no por nuestros merecimientos, sino por su infinita generosidad. Como nos diría san Pablo lo grande y lo maravilloso es que Dios nos ama a pesar de que seamos pecadores, esa es la prueba del amor de Dios que nos amó primero, como nos dirá san Juan también en sus cartas.

La gracia que hay en nosotros eso es gracia, el amor gratuito de Dios; empleamos tantas veces esa palabra y nos fijamos en su significado más elemental, la gratuidad del amor de Dios. Como respuesta tiene que estar entonces la gratuidad de nuestra vida, la gratuidad de lo que hacemos, la gratuidad de darnos por los demás con toda generosidad. Como consecuencia la disponibilidad generosa en ese abandono en las manos providentes de Dios.

Es lo que quiere decirnos Jesús de que ni tenemos que preocuparnos de llevar algo en la alforja ni incluso de preocuparnos donde hemos de alojarnos. Como sembradores de evangelio, como anunciadores de esa buena nueva de vida y salvación hemos nosotros también de dejarnos acoger por los demás. Dios proveerá y hará florecer la paz. Será nuestro saludo y será nuestro mensaje, como va a ser también la respuesta que vamos a encontrar.

Con lo preocupados que andamos en la vida de nuestras previsiones y de nuestras provisiones. Es cierto que tenemos que valernos de todos los medios posibles que hoy incluso la técnica pone en nuestras manos con tantos medios para comunicarnos con los demás, pero cuidado le demos más valor e importancia a esos medios, a esos instrumentos que a la gracia de Dios que es la que mueve en verdad los corazones. No es nuestra palabra ni son los medios técnicos que empleamos lo que produce la conversión del corazón, sino el Espíritu del Señor que es el que produce esa fecundidad de vida en los corazones.

 

miércoles, 7 de julio de 2021

La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

 


La fuerza poderosa de la gracia se manifiesta en la debilidad como se manifestó en aquellos discípulos que escogió el Señor para que fueran sus apóstoles

Génesis 41,55-57; 42,5-7.17-24a; Sal 32; Mateo 10,1-7

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es la misión que confía a los doce apóstoles que ha elegido entre todos los que le siguen. Es lo que nos relata hoy el evangelio. Y los envía con una misión, el anuncio de la llegada del Reino. Y para ello les da poder para poder realizar las señales de que el Reino de Dios ha llegado.  ‘Y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Si Dios es en verdad el único Señor de nuestra vida, eso viene a significar la expresión del Reino de Dios, nada nos puede esclavizar. Son las señales con las que vamos a expresar que ha llegado el Reino de Dios a nosotros.

Jesús ha elegido a Doce. ¿Por qué estos y no otros? Los designios de Dios son inescrutables. Podríamos decir que la trayectoria que fueron siguiendo estos discípulos de seguimiento de Jesús no fue fácil. Al final incluso uno le traicionó. Pero es que todos se dieron a la desbandada cuando fue cogido preso en Getsemaní; le abandonaron y huyeron; los veremos escondidos en el cenáculo, aun cuando han llegado noticias de que había resucitado.

Pero antes, cuanto les costaba entender a Jesús. Andaban cada uno según sus intereses, ‘queremos los primeros puestos a tu derecha y a tu izquierda’, dirán algunos; por el camino a la espalda de Jesús iban siempre discutiendo por los primeros puestos o quien era el más importante entre ellos, desconfiaban los unos de los otros porque cuando los Zebedeos piden los primeros puestos los otros diez por detrás están recociéndose en sus humanas envidias.

Pero son los que eligió Jesús, con los que quiere contar, a los que explicará con especial detalle todo el sentido del Reino de Dios aunque no lo entiendan, a quienes les anuncia lo que va a suceder en Jerusalén aunque a ellos no les entre por la cabeza; por allá estará Pedro intentando disuadir a Jesús de que lo que está anunciando no le puede pasar.

Pareciera que estamos pintando un cuadro muy oscuro de aquellos a los que Jesús eligió, pero fue la realidad. Solamente después de la Pascua, que también mucho les costó entender, después de verle resucitado y después de la venida del don del Espíritu valientes se lanzarán a cumplir la misión de Jesús.

Pero esto nos puede servir frente a pensamientos que se nos pueden pasar por la cabeza o incluso cosas que nos pueden echar en cara de los momentos de la Iglesia, e incluso de los momentos que podemos vivir hoy. quienes hemos sido o han sido llamados para una misión dentro de la Iglesia son seres humanos como todos los hombres, con los que quiere contar el Señor; pero con qué facilidad hacemos nuestros juicios y condenas, con qué facilidad se habla de la Iglesia, de sus sacerdotes o de sus pastores siempre con un juicio critico y condenatorio.

Somos seres humanos y como tales no somos perfectos. Pero nadie está dentro del corazón de los demás para saber cuales son sus luchas interiores, sus deseos de superar defectos y debilidades, su ansia de superarse para ser mejores y actuar de la mejor forma a la manera de Cristo. ¿Quiénes somos para condenar a los demás?

Pero además en una visión de fe como creyentes y cristianos que somos tendríamos que reconocer que los pastores que tenemos son aquellos con los que ha querido contar el Señor; como con aquellos discípulos a los que escogió para ser apóstoles. Y como reconocería san Pablo la fuerza de la gracia se manifiesta a través de nuestra debilidad. Quien actúa es el Espíritu del Señor que se vale de esos vasos de barro con toda su debilidad y que incluso muchas veces se pueden romper, pero que han sido los instrumentos elegidos por el Señor para hacernos llegar su gracia.

Creo que los que de verdad amamos la Iglesia, quienes queremos vivir esa actitud y postura de creyentes han de saber, hemos de saber tener otra mirada, llenando también nuestro corazón de comprensión y misericordia para descubrir detrás de esas debilidades humanas la fuerza de la gracia del Señor.

 

martes, 6 de julio de 2021

Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

 


Jesús quiere arrancar el mal de lo más hondo de nosotros para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz

Génesis 32, 23-33; Sal 16; Mateo 9,32-38

Lo había anunciado con palabras del profeta en la sinagoga de Nazaret. Jesús ha venido para dar libertad a los oprimidos. Por eso proclamaba el año de gracia del Señor; el año de gracia era aquel en el que las deudas quedaban condonadas y los que carecían de libertad eran liberados. Los signos que va realizando Jesús son la señal, la muestra de esa liberación.

En el evangelio se habla con frecuencia de los endemoniados, o sea, de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal; el que está poseído o dominado, sea de la forma que sea, no es libre para hacer lo que desea; la posesión significa ese dominio que se ejerce sobre algo o sobre alguien; poseído por el espíritu del mal, se sentirá impelido a hacer las obras del mal, como el esclavo que no puede hacer sino lo que su amo le mande hacer. El poseído no puede ser él mismo, no podrá expresar lo que son sus verdaderos sentimientos, no podrá actuar con verdadera libertad, no podrá tener su proyecto de vida personal, no podrá dejar de hacer aquello que no quiere hacer. Y no es eso lo que Dios quiere para la persona, creados a imagen y semejanza de Dios, lo que significa con capacidad de conocimiento y de decisión.

Creo que tenemos que entender muy bien lo que el evangelio quiere expresarnos cuando nos muestra a Jesús expulsando demonios. Con la misma autoridad con que Jesús expulsa a los demonios – aunque como vemos en el evangelio de hoy hay quienes quieren negarle esa autoridad a Jesús – le veremos por otra parte no solo curando a los enfermos sino sobre todo perdonando a los pecadores. Todo es signo de esa liberación que Cristo quiere realizar en nuestra vida. Nos quiere Jesús liberados, que nada ni nadie nos domine ni nos esclavice; por eso quiere arrancar el mal de lo más hondo de nuestro corazón para que sintamos esa libertad interior, por eso nos regala el perdón que nos hará sentir la verdadera paz.

Seamos conscientes de esa liberación que necesitamos en nuestra vida, porque bien sabemos cómo el mal nos domina tantas veces en nuestra vida. Cuántas veces nos sentimos inclinados al mal y nos parece que no podemos liberarnos de esa inclinación; cuántas veces nos cegamos en nuestro interior con las diferentes pasiones y nos parece que aunque quisiéramos no podemos superar ese momento que nos llena de maldad; cuántas veces el orgullo o el amor propio nos dominan de tal manera que ya no sabemos actuar bien con los demás sino que nos aparece la malquerencia, la envidia o el resentimiento, los deseos de venganza o la violencia, y nos convertimos ciegamente en destructores de los otros.

Cuánto tendríamos que analizar en nuestra vida para darnos cuenta de esas esclavitudes de las que dependemos. Claro que también tendríamos que pensar en esas esclavitudes que nosotros imponemos a los demás cuando no les dejamos ser ellos mismos, cuando manipulamos y tratamos de dominar de la manera que sea a nuestros semejantes. Nosotros no podemos ser signos del dominio del mal, sino signos de liberación para los que nos rodean.

Jesús llega a nosotros con su compasión y con su misericordia; parecemos muchas veces esas ovejas descarriadas que andan a la deriva en la vida sin pastor. Es lo que nos expresa hoy el evangelio cuando nos habla de aquellas multitudes que acudían a Jesús, que le llevaban a sus enfermos, pero que Jesús en su compasión sentían lástima de ellos como andaban como ovejas sin pastor. Y ya nos damos cuenta que no se refería solamente a aquellas gentes que contemplamos en esas hermosas páginas del evangelio, sino que nos está mirando hoy, a nosotros y a nuestro mundo.

‘Las mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies’, termina diciendo Jesús. Una oración que tenemos que elevar a Dios pero también una misión que hemos de asumir para ser esos signos de liberación para cuantos nos rodean.

lunes, 5 de julio de 2021

Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

 


Los silencios de nuestros gestos cargados de la tensa emoción del amor valen mucho más que mil palabras

Génesis 28, 10-22ª; Sal 90; Mateo 9,18-26

Nos narra el evangelio hoy dos episodios llenos de dramatismo y de sufrimiento. ¿Cómo reaccionamos cuando inesperadamente nos suceden hechos que nos llenan de dolor, de angustia, de mucho sufrimiento? Está, es cierto, el grito desgarrador, sobre todo cuando nos enfrentamos a la muerte de un ser querido; está la angustia que se apodera de nuestro espíritu ante la que muchas veces no sabemos ni cómo reaccionar; está el desgarro y la desesperación que de alguna manera nubla nuestros sentidos y ya no hacemos lo que queremos.

Un padre llega con angustia hasta los pies de Jesús para decirle que su hija acaba de morir. Mucha es la angustia de su corazón pero aun parece que le queda un rayo de esperanza. ‘Ven, pon tu mano sobre ella y vivirá’. Pero en el episodio, en el camino, se entremezcla también con el sufrimiento de una mujer que se siente con una enfermedad incurable y que además en la cultura propia de aquel tiempo era algo tremendamente vergonzoso; se siente quizá marginada porque aunque los demás no lo sepan ella sabe cual es su enfermedad y que prácticamente no podría mezclarse con nadie porque sería la contaminación de una impureza legal. Y aquella mujer que sufre en silencio, en silencio también se acerca a Jesús con una esperanza, solamente tocándole el manto piensa que curará.

Pero a Jesús le vemos pronunciar pocas palabras. Quizá no sean necesarias muchas palabras para estar al lado de un corazón que está lleno de angustia. Simplemente se pone en camino a la casa de aquel afligido padre. Cuando llegue no querrá gritos ni alborotos de llantos de plañideras porque la muerte no ha tenido la última palabra. Aquellos gritos y lamentos de plañideras servirán de poco consuelo, aunque ritualmente haya que hacerlo así, para una familia que se siente rota por la muerte de una hija.


Pero la presencia de Jesús alienta la esperanza, despierta la fe. Como despertó al paso del camino la fe de aquella mujer que se siente desesperada en su enfermedad. En el camino bastará la mano de la mujer que se extiende con fe y esperanza hasta la orla del manto de Jesús, como al llegar al lugar de la niña que ha muerto será la mano de Jesús la que se tienda para tomar a la niña de su mano y levantarla viva para devolvérsela a sus padres. ‘Basta que tengas fe’, le dirá a aquel padre desconsolado y ahora a la mujer que se ha sentido curado le dirá ‘tu fe la ha curado’.

¿Nos estará enseñando Jesús cuales han de ser nuestros gestos, las actitudes profundas que también nosotros tengamos ante el mundo de sufrimiento que nos rodea? aprendamos a estar en silencio, aprendamos a caminar en silencio al lado del que sufre. Algunas veces nos revolvemos en nuestro interior buscando palabras, buscando razonamientos, buscando pruebas, buscando mil recursos, que solo son muchas veces gritos y lamentos de plañideras, para consolar o para levantar el ánimo de los que están tirados al borde del camino.

Bastará quizás una mirada, un detenerse a su lado, un sentarnos en silencio, una mano amiga que se tiende o que se pone sobre el hombro, un rescoldo de amor que brote de nuestro corazón con nuestros gestos o con nuestra simplemente presencia. Algunas veces ese gesto es más difícil que pronunciar miles de palabras, pero quizá sea más eficaz si estamos mostrando todo el amor que hay en nuestro corazón. Hay silencios cargados de la emoción tensa del amor que valen mucho más que mil palabras.

domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.