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viernes, 4 de junio de 2021

Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

 


Nos detenemos en las páginas del evangelio para contemplar y sentir como se desparrama toda la humanidad de Jesús en su ternura y cercanía

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto’, termina diciendo hoy el evangelio.

Escuchar a gusto.  Sentirse a gusto. ¿Con quien nos sentimos a gusto en la vida? Son variadas las experiencias que podamos tener en este sentido. Como solemos decir todo el mundo no nos cae bien, con todo el mundo no nos sentimos a gusto de la misma manera. Tiene que haber algo que nos haga sintonizar con la otra persona. Claro que comenzamos por los lazos familiares, los lazos de la sangre, en nuestro hogar, con nuestros padres, con nuestros hermanos, con los familiares más cercanos. Nos sentimos acogidos y amados y de la misma manera mostramos nuestra ternura hacia aquellos seres que nos quieren y a quienes queremos.

Pero nuestra sintonía es más amplia, y ahí están los amigos, aquellos con los que de alguna manera quizás hemos convivido desde nuestros juegos de niños o aquellos que han ido apareciendo en el camino de la vida y con los que pronto entramos en sintonía por diversos motivos o razones. Algo que nos une, que nos hace entrar en comunión, algo que haya ido creando esa cercanía y esa amistad, que crea lazos de ternura en el corazón; compartimos ilusiones y sueños, sabemos caminar juntos respetándonos nuestras personales posiciones pero sintiendo que ahí podemos encontrar siempre un punto de apoyo en nuestra vida que no nos va a fallar.

Y así ampliamos nuestro círculo en el ámbito de la comunidad humana en la que vivimos porque nos sentimos respetados y valorados pero también porque sabemos descubrir cosas hermosas en el camino de los demás que nos enriquecen humanamente y nos hacen crecer como personas. Muchas consideraciones podríamos hacernos siguiendo este camino, que nos hace sentirnos a gusto en la vida, que nos llena de ilusión, que despierta esperanzas y lo mejor que llevamos dentro de nosotros mismos.

Pero volvemos al punto de arranque de estas consideraciones que nos hemos venido haciendo cuando escuchábamos que la gente se reunía en torno a Jesús y le escuchaban con gusto. Allí estaba derramándose con profusión toda la humanidad de Jesús en esa cercanía con que se manifestaba hacia todos, esa acogida y esa escucha, pero también esa palabra sabia que encendía corazones, que despertaba ilusiones y esperanzas, que les hacía soñar como algo ya cercano en ese mundo nuevo que todos ansiaban. Podríamos detenernos a contemplar esos gestos de Jesús y su mirada.

Es lo que vemos en Jesús cercano a los pequeños, a los pobres y a los humildes; ahí vemos a Jesús con un corazón abierto a todos y que a todos valoraba, fueran hombres o fueran mujeres, fueran pequeños o fueran ancianos, fueran jóvenes con los ojos brillantes de ilusión o fueran los que eran despreciados y discriminados por los que se querían sentir grandes y poderosos. Cuántos moldes se rompían, cuántas barreras se caían, cuántas costumbres convertidas en leyes de rutina se cambiaban.

Esa ternura del corazón de Cristo hacía que todos se acercaran a Jesús porque querían escucharle, porque querían sentirle a su lado, porque ansiaban aunque solo fuera tocar la orilla de su manto. Nadie se sentía lejano de Jesús y los que eran considerados como pecadores sabían que en Jesús iban a encontrar aquel gesto lleno de compasión y misericordia que les hacía levantarse de la miseria de sus pecados.

Venían de todas partes para escuchar a Jesús, para sentir que con su presencia sus corazones se enardecían y se llenaban de un calor nuevo porque comenzaban a comprender bien lo que era el amor cuando así se sentían amados de Jesús, que a nadie rechazaba y que a todos acogía. Se sentían a gusto con Jesús. En El encontraban siempre la misericordia y la paz. Mucho tendríamos que detenernos en las páginas del evangelio.

¿Será así como nosotros nos sentimos en su presencia? ¿Será ese el ardor de nuestro corazón cuando estamos en oración? ¿Con esa ansia y ese deseo queremos escuchar su Palabra y leemos la Biblia?

jueves, 3 de junio de 2021

Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

 


Cuando el amor es la razón de ser de nuestro vivir que marca nuestra relación con los demás no estamos lejos del Reino de Dios

Tobías 6, 10-11; 7, 1. 8-17; 8, 4-9ª; Sal 127; Marcos 12,28b-34

Todos buscamos o nos preguntamos de una forma o de otra qué es lo importante en la vida; de alguna manera es preguntarse por el sentido de su existir. Se preguntarán qué es lo que nos hace más felices o nos preguntaremos qué tenemos que hacer para realizarnos de verdad como personas, nos preguntaremos qué es lo que en verdad merece la pena en la vida o nos preguntaremos por el fin de nuestra existencia; qué somos o para qué vivimos, que sentido tiene lo que hacemos o qué es lo que verdaderamente nos hace grandes; a dónde nos lleva todo lo que hacemos o qué sentido tienen nuestras luchas muchas veces llenas también de sufrimientos y de agobios. Estamos preguntándonos por la razón de nuestro ser.


Todo eso se traduce en distintas formulaciones al hacernos las preguntas y detrás de todo eso está ya en cierto modo el sentido o la orientación que le estamos dando a nuestra existencia. El hombre creyente y religioso se preguntará para qué nos ha puesto Dios en esta vida, en este mundo, o nos estaremos preguntando en el fondo cuál sería el mandamiento que tenemos que cumplir para que se realicen esos planes de Dios. En el evangelio veremos quien le pregunta a Jesús por la vida eterna y lo que ha de hacer para alcanzarla o le preguntan a Jesús cuál es el primer y principal mandamiento de Dios, como hoy mismo hemos escuchado.

Aunque la respuesta se da con una formulación que nos ofrece la misma Escritura sagrada en el fondo se nos está respondiendo a esa pregunta expresada en formulas múltiples según hemos venido reflexionando. Y la respuesta va encaminada por el propio ser de la persona pero también por nuestra relación con Dios y con los demás. Esa forma de decirnos que el principal mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser, pero que el segundo mandamiento es amar al prójimo, pero que en el fondo nos está diciendo también que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es de la misma manera cómo amaremos a los demás, nos está dando un sentido de nuestro ser, de nuestra existencia.

Dios, el prójimo, nosotros mismos. Que no es encerrarnos en nosotros prescindiendo de los demás, sino que nuestra grandeza está cuando sabemos hacer esta relación con todo sentido y con todo valor. Alguno podría pensar que amarse a sí mismo es solo buscar su propio bien porque solo buscamos lo que nos satisfaga a nosotros olvidándonos de los demás; por eso buscará poder o buscará riquezas, buscará placeres sin fin o buscará endiosarse a sí mismo, pero eso lo aislará, lo encerrará en su propio círculo y nunca alcanzará la más noble satisfacción para su vida.

Todo esto nos está diciendo como será el amor, y el amor en su sentido más profundo de lo que es amar, lo que verdad le hará feliz, lo que en verdad le hará grande, lo que en verdad le va a hacer alcanzar la mayor plenitud para su vida. No es verdaderamente feliz el que porque se ama a sí mismo se encierra en sí mismo, necesita de la relación, necesita del otro, necesita de Dios. Por eso Jesús comienza hablándonos de ese amor a Dios sobre todas las cosas, pero de ese amor a Dios en quien amamos necesariamente a los demás a quienes ya vemos como hermanos, y todo eso porque hemos sabido también amarnos a nosotros mismos porque como nos amamos a nosotros amaremos a los demás.

Amarse a si mismo sin entrar en relación con los demás, no es verdadero amor, porque el amor siempre es donación ¿y a quien nos damos si solo nos amamos a nosotros mismos? Eso sería encerrarse en un círculo, lo que es aislarse, lo que impedirá el desarrollar todo lo más grande y hermoso que tengamos en nosotros. Cuando así nos demos es cuando verdaderamente nos vamos a sentir felices, es cuando verdaderamente nos vamos a sentir grandes. Y todo en ese amor de Dios que nos envuelve y nos hace dar lo mejor de nosotros mismos.

‘No estás lejos del Reino de Dios’, le dice Jesús al escriba que había venido con las preguntas. No estaremos lejos del Reino de Dios si nosotros vivimos un amor así, en que reconocemos por encima de todo lo que es el amor de Dios pero lo traducimos en ese amor que tenemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Quien ama así estará siempre viviendo en sintonía con los valores del Reino de Dios.

miércoles, 2 de junio de 2021

Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud, esa es nuestra esperanza y la trascendencia que le damos a nuestro vivir

 


Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud, esa es nuestra esperanza y la trascendencia que le damos a nuestro vivir

Tobías 3, 1-11a. 16-17ª; Sal 24; Sal 24

Algunas veces podemos dar la impresión que vivimos una religión de muerte y no de vida. ¿Por qué me atrevo a hacer esta afirmación? Fijémonos como una gran parte de nuestra gente los actos religiosos que viven están más relacionados con la muerte que con la vida. Voy a Misa, te dicen algunos, porque la misa hoy es por mi padre, por ejemplo, y toda la referencia que hacen de la celebración es que quieren recordar y rezar por un difunto.

Ya sabemos como mucha gente no va a la Iglesia sino a un entierro de algún familiar o alguien conocido o a la celebración de la misa cuando es por un difunto en particular con quien se haya tenido alguna relación familiar, de amistad o vecindad. Hay quien tiene la expresión incluso de decir que reza a sus difuntos. Habría incluso que analizar si ese recuerdo religioso que se tiene del difunto es pensando en la vida eterna o es solo el recuerdo lleno de tristeza y angustia que podamos tener de él.

Hoy en el evangelio se nos presenta al grupo de los saduceos que no creían en la resurrección de los muertos. Y vemos las preguntas y planteamientos que le quieren hacer a Jesús sacando a relucir aquel ley del levirato por la cual si moría un hombre sin descendencia la obligación de sus hermanos era casarse con la mujer viuda para darle una descendencia; presentan el caso extremo de la mujer que llegó a tener siete maridos porque fueron muriendo uno tras otro sin dejar descendencia y los saduceos tratando de ridiculizar a los que creían en la resurrección se preguntan de quien será esposa aquella mujer cuando llegue el día de la resurrección.

Jesús les dice claramente que la resurrección no significa volver a vivir una vida semejante a la de la hora de este mundo, sino que es otra cosa. La vida eterna no es repetir la vida que hemos vivido en este mundo temporal sino que nos habla de una plenitud que vivimos en Dios. Y para aclararles que Dios no es un Dios de muertos sino de vida, les recuerda la formula tan repetida en la Biblia del Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob que era una expresión que reflejaba la fe del pueblo de Israel y Jesús nos dice no es un Dios de muertos sino de vivos.

Cuando vivimos nuestra relación con Dios no es solo por el temor, por decirlo así, de la muerte que podamos tener. Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud. Ahora en el momento presente vivimos con nuestras limitaciones humanas y con las consecuencias del pecado, pero recordemos como Jesús en el Evangelio nos dice que quiere llevarnos con El. ‘Voy a prepararos sitio para que donde yo esté, estéis también vosotros’, les dice a los apóstoles en la despedida de la última cena.

Y para nosotros la muerte no es ese final irremediable donde todo ya se acabó para siempre, sino que tenemos la esperanza de ir a vivir en Dios, en la plenitud de Dios. Por eso ahora queremos vivir nuestro momento presente en amistad con Dios, en el amor de Dios viviendo con toda fidelidad lo que nos enseña Jesús en el evangelio, para que no haya esa ruptura con Dios y cuando nos llegue la hora de la muerte podamos vivir para siempre en esa amistad de Dios, en esa plenitud de amor de Dios. Nuestra relación con Dios no está motivada en la muerte sino en la vida, porque queremos vivir esa plenitud de la vida en Dios.

Creemos en la resurrección y esperamos la vida eterna. Son artículos de nuestra fe que profesamos cuando recitamos el Credo. Pero muchas veces por nuestra forma de vivir tan apegados a esta vida terrena parece como si hubiéramos perdido ese sentido de trascendencia y esa esperanza de vida eterna que nace de nuestra fe. Muchas veces parece como si solo nos interesara la vida del mundo presente; cuando pensamos en la muerte, con lo apegados que estamos a la vida terrena, nos llenamos de temor porque hemos perdido esa esperanza de la resurrección. Por eso esas amarguras y angustias ante la muerte, ya sea pensando en la propia que un día nos llegará o cuando tenemos que enfrentarnos al hecho de la muerte de nuestros seres queridos.

¿Pensamos de verdad que tras la muerte nuestros seres queridos se han ido a estar en la presencia de Dios para siempre? ¿Pensamos que un día cerraremos los ojos a la vida de este mundo para abrirnos a la plenitud del cielo, o sea, de la vida en Dios para siempre? ¿Nos preparamos acaso para ello?

martes, 1 de junio de 2021

Los que creemos en Jesús somos los primeros que trabajemos por la justicia, la verdad, la libertad, el bien de todos sin diferencias entre unos y otros porque nos sentimos hermanos

 


Los que creemos en Jesús somos los primeros que trabajemos por la justicia, la verdad, la libertad, el bien de todos sin diferencias entre unos y otros porque nos sentimos hermanos

Tobías 2,9-14; Sal 111; Marcos 12,13-17

Hay ocasiones en que nos encontramos en que nos encontramos en situaciones no fáciles de resolver, porque nos están pidiendo una respuesta o decisión sobre algo en que las posibles soluciones o respuestas pueden parecer razonables, pero nos encontramos enfrente gente con diversa opinión sobre el tema y aunque quisiéramos no podemos contentar a todos. Claro que en la madurez que se pide de nuestra persona y de la respuesta que demos se tiene que manifestar en una decisión libre y bien valorada que consideramos la más justa aunque sepamos que no todos van a quedar contentos. Nuestro justo actuar ha de pasar por nuestra propia responsabilidad y honradez para ofrecer lo que consideremos más justo, aunque nos cueste. Pero las situaciones se nos vuelven complicadas, y las decisiones se nos hacen difíciles.

Pero ya sabemos que en la vida muchas veces queremos nadar y guardar la ropa a la vez, queremos quedar bien, queremos contentar a todos y se pone en peligro la sinceridad y la honradez de nuestra vida. Recibimos tales influencias del entorno que se nos hace difícil la honradez de nuestra vida, la autenticidad con que hemos de actuar. Son muchos los intereses que se mueven en nuestro entorno en tantas cosas que quienes tienen responsabilidades serias en la vida se ven tentados fuertemente, y fácilmente podemos caer y entrar en esa terrible espiral de corrupción con la que se cocinan tantas cosas de nuestro mundo. Hoy hablamos muy fácilmente de transparencia en la gestión de las responsabilidades que se asumen, por ejemplo, en la vida social, pero bien vemos como siempre hay manera de ocultar y de dejarse arrastrar y manipular por todos esos intereses creados y la corrupción sigue mandando en nuestro mundo.

Me estoy haciendo esta consideración a partir de lo que hoy nos ofrece el evangelio. También querían manipular a Jesús, aunque este caso querían que se decantara en algún sentido porque de una forma o de otra podrían aprovechar para el desprestigio. Se presentan con buena cara e incluso alabanzas hacia Jesús reconociendo aunque solo fuera de boquilla su sinceridad y su honradez. Ya sabemos que detrás de las adulaciones siempre hay algún interés y alguna partida pretendemos sacar. Es el aprieto en que pretenden poner a Jesús con el tema de los impuestos y lo que eran las costumbres y leyes judías que se veían conculcadas por los romanos.

‘¿Es licito para un judío pagar el impuesto al Cesar o no?’ es la pregunta que le hacen. Ya conocemos la respuesta de Jesús, a la que también tenemos la tentación de darle nuestras interpretaciones a nuestro capricho. Esa inscripción – se refiere a lo que reflejaba la moneda del denario – es del César, pues ‘dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’.

Una primera interpretación fácil de estas palabras de Jesús es decir que no podemos mezclar las cosas del orden temporal con las de índole religiosa. Si bien es cierto que no podemos convertir la religión en política ni que las cosas de orden político influyan o traten de manipular nuestros sentimientos religiosos, no significa sin embargo que desde nuestra vivencia de fe, desde nuestro compromiso cristiano nos desentendamos de las cosas de orden temporal.

Es más, tendríamos que decir, es que nuestra vivencia de la fe y nuestro compromiso cristiano nos compromete aún más con nuestro mundo, porque siempre tenemos que desear lo mejor, trabajar seriamente por lo mejor para nuestra vida y para nuestra sociedad. Y esos valores que nosotros queremos vivir y que constituyen el Reino de Dios se tienen que traducir en nuestro compromiso por un mundo más justo, un mundo donde reine la fraternidad y busquemos siempre lo mejor para cuantos vivimos en este mundo.

Los que creemos en Jesús tenemos que ser los primeros que trabajemos por la justicia, por la verdad, por la libertad, por el bien de todos donde todos nos sintamos hermanos y no hayan esas diferencias entre unos y otros. Es que con esos valores del Reino de Dios en los que creemos es como haremos un mundo mejor y un mundo donde todos seamos más felices, sin perder nunca la trascendencia que tienen nuestros actos y sin perder de vista que Dios estará siempre en el centro de nuestro corazón y si está Dios tenemos que tener también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres y mujeres que habitamos en este mundo.

lunes, 31 de mayo de 2021

Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 


Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

El amor siempre tiene prisa pero está hecho de infinitos gestos y detalles de delicadeza. Quien ama de veras no va de pasivo por la vida; quien ama de veras no espera que otro empiece sino que buscará siempre la manera de ser el primero en servir. Pero la prisa en el amor no le hace descuidado sino delicado, buscando los mil detalles en los que puede servir.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos que ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’. No se puso a pensar en las distancias, que largo era el camino de Nazaret hasta las montañas de Judá; no se puso a pensar en si misma, en cuyo cuerpo comenzaba a gestarse el hijo de Dios que en ella se encarnaba; no se puso a pensar en las consecuencias que aquella marcha tan precipitada podía tener para sus relaciones con José con quien estaba prometida. La llamó el amor y se puso en camino de prisa. Sintió el impulso del amor y allí estaba ella para servir a su prima Isabel que también esperaba un hijo siendo ya muy mayor.

En este último día de Mayo, en un mes mariano por excelencia en la devoción del pueblo cristiano, la liturgia nos invita a contemplar la visita de María a su prima Isabel. Muchas pueden ser las cosas objeto de nuestro comentario, en los saludos de ambas mujeres, en la reacción de Juan en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, en las alabanzas de Isabel a la fe de María o en el cántico de alabanza y acción de gracias en que María prorrumpe inspirada por el Espíritu. En muchas ocasiones hemos comentado este texto del evangelio y nos hemos hecho muchas reflexiones.

Yo quería fijarme en las prisas del amor, como ya hemos comenzado comentando. ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña’, resaltamos. Nos cuesta levantarnos, nos cuesta reaccionar en tantas ocasiones. Le damos vueltas y vueltas a la respuesta que tendríamos que dar ante las situaciones que se nos presentan y pensamos primero en nosotros mismos o en nuestras cosas y sopesamos excesivamente las consecuencias que nuestros actos podrían acarrearnos. Pero el amor, si es verdadero, tiene prisa siempre por manifestarse.

La primera lectura de la carta de san Pablo nos da unas pistas concretas para que se manifieste la autenticidad de nuestro amor. Ni hacemos las cosas por vanidad ni las hacemos como un fingimiento para aparentar; será siempre algo que salga de lo más profundo del corazón, ponemos corazón en lo que hacemos, ponemos toda nuestra ternura y nuestra delicadeza; por eso el amor no humilla ni al que ama ni al que es amado, porque quien ama sabe ponerse delicadamente a la altura de aquel a quien sirve y sabrá hacerle sentir el gozo de la valoración que hacemos siempre de la persona, de toda persona.

El amor llena de alegría a aquel que ama lo mismo que al que se siente amado; el amor es paciente pero sabe también encontrar el momento oportuno pero dándose prisa por servir con nuestro amor a quien se encuentra en la necesidad; el amor verdadero abre las puertas de los corazones porque primero que nada hemos sabido poner en nuestro corazón a aquel a quien vamos a servir y quien se siente amado al verse enaltecido se siente también movido a la generosidad. El amor verdadero elimina barreras y distancias porque quien ama se sabe poner al lado del amado tendiendo los puentes del amor y de la ternura. El amor se hace delicadeza porque nuestra preocupación no es de dar cosas sino que principalmente nos damos a nosotros mismos.

Hoy lo contemplamos en María en la visita que hace a la casa de su prima Isabel. Es la María que veremos en otro lugar del evangelio con los ojos atentos para descubrir donde hay una necesidad o un problema como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea. Hoy nosotros como María queremos tener también esa misma prisa del amor, sabiendo además que con nuestro amor estamos llevando como María a Dios con nosotros pero reconociendo también que en aquel a quien vamos a amar nos vamos a encontrar a Dios.

domingo, 30 de mayo de 2021

Profesión profunda de fe y adoración y acción de gracias ante el misterio de Dios que se nos revela y disfrutemos el gozo de Dios que habita en nosotros

 


Profesión profunda de fe y adoración y acción de gracias ante el misterio de Dios que se nos revela y disfrutemos el gozo de Dios que habita en nosotros

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Buscamos a Dios. Decimos que la vida del hombre es una búsqueda de Dios. De alguna manera. Desde esas ansias de plenitud y de perfección que llevamos en nuestro interior, desde ese querer transcendernos para no quedarnos solamente en lo que podamos palpar con nuestras manos o la experiencia de lo que vivimos, desde esa aspiración que tenemos a lo grande no contentándonos con solo lo que podemos alcanzar con nuestras fuerzas, desde esos deseos de eternidad que nos llevan a aspirar a una vida sin fin y sin límites… caminos, podríamos decir, de nuestra búsqueda de Dios. Desde la antigüedad hasta los más grandes filósofos nos enseñaban que desde nuestra razón, desde lo más puro de nuestro corazón, incluso podemos llegar a vislumbrar el misterio de Dios.

Pero la maravilla es que Dios es el que busca al hombre y al hombre se quiere revelar. No nos deja solos en nuestra búsqueda que incluso podríamos errar sino que El viene a nuestro encuentro y nos revela el misterio de su ser. Qué hermosa la reflexión que se hace el sabio del antiguo testamento que nos habla de esa cercanía de Dio que viene a nuestro encuentro. Merece la pena recordarlo literalmente.

Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?

Pero esta hermosa reflexión del sabio del antiguo testamento viene a encontrar plenitud de revelación en Jesús, Palabra eterna de Dios por quien se hizo cuanto se ha hecho, pero que es Verbo de Dios que planta su tienda entre nosotros. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiso revelar’, nos dirá Jesús en un momento del Evangelio. Y es que en Jesús encontramos la revelación de todo ese misterio de Dios que aún en su cercanía como quiso manifestarse en el Antiguo Testamento se nos hacía inabarcable.

Será Jesús quien nos revele ese amor infinito de Dios y nos enseña a llamarle Padre; ese amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo el amor tan grande que le tenía al hombre para que así alcanzase la salvación; ese amor infinito de Dios que nos trasmite su mismo Espíritu para que nosotros podamos tener vida nueva y hacernos hijos de Dios. Es la maravilla de la revelación de Jesús, verdadero rostro de Dios y verdadera Palabra de Dios.

Cuando hemos culminado las celebraciones pascuales con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, que celebrábamos el pasado domingo, hoy la liturgia nos invita a acercarnos al misterio profundo del Dios que se nos ha revelado. Un momento para hacer una profunda profesión de fe pero un momento también para sentirnos inmersos en ese Dios que es amor, pero ese Dios que al mismo tiempo quiere habitar en nosotros. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, nos había dicho Jesús. Y somos inhabitados por el Espíritu de Dios para vivir a Dios en nosotros.

Cuando en el bautismo hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo significa que con nuestra fe hemos abierto las puertas de nuestro corazón, de nuestra vida, para que Dios venga a habitar en nosotros. Templos del Espíritu y morada de Dios, solemos decir para expresar ese inhabitar Dios en nosotros.

Si el sabio del Antiguo Testamento nos hacía considerar dónde ha habido un Dios que habitaba en medio de su pueblo como el Dios de Israel y que haya así intervenido en la historia de su pueblo, nosotros desde la revelación de Jesús podemos dar un paso más para considerar la maravilla de un Dios que quiere habitar en el corazón del hombre. Y aquí tenemos que considerar cómo nuestra historia personal es la historia del amor de Dios en mi vida.

Miremos nuestra historia personal con sus luces y con sus sombras y sepamos descubrir cómo Dios ha estado siempre presente en nuestra vida, aunque con nuestra ceguera tantas veces no lo hemos sabido reconocer. Sepamos disfrutar del gozo de Dios que habita en nosotros y llena nuestro corazón. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que se hace presente en nuestros corazones.

Momentos para la profesión de fe y la adoración esta fiesta de la Santísima Trinidad, pero al mismo tiempo momentos para la acción de gracias en el reconocimiento de esa presencia de Dios en mi vida gozándonos de su presencia de amor. ¿No sería también momento de saber apreciar en el respeto y valorar la vida de los demás por cuanto también en ellos inhabita la presencia de Dios?

 

sábado, 29 de mayo de 2021

Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

 


Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

Eclesiástico 51, 12-20; Sal 18; Marcos 11,27-33

¡Quién se cree que es él!, decimos o escuchamos decir cuando se cuestiona el por qué determinada persona intervino en un momento determinado, tomó una decisión en la que pensábamos que se sobrepasaba, o quizás cuando vemos a alguien que toma la iniciativa en asuntos de la comunidad en los que quizá nadie hace nada, pero que en su inquietud no puede quedarse quieto. Quizá alguna vez por aquello de que siempre le llevamos la contraria a quien con buena voluntad y quizás también acierto toma iniciativas que hacen cambiar las cosas, ese cuestionamiento de su autoridad pudiera ser también una forma de querer desprestigiar o quitar autoridad. ¿Seremos acaso como el perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo? A eso nos parecemos muchas veces.


Son los cuestionamientos que le hacen a Jesús al día siguiente de haber expulsado a los vendedores del templo. Por allá viene una comisión de autoridades, sumos sacerdotes, escribas, ancianos del sanedrín a interrogar a Jesús. ¡Quien te crees que eres! ¿Con qué autoridad te has atrevido a expulsar a los vendedores del templo? Pero como hemos visto Jesús en su sabiduría les toca en una fibra en la que ellos no quieren meterse para no echarse a la gente encima. ¿De quién era el bautismo de Juan? ¿Era cosa de Dios o era cosa de un hombre que se le ocurrió ponerse a bautizar allá en el desierto? Tampoco ellos querían reconocer la autoridad del profeta como ahora tampoco han sabido entender el gesto profético de Jesús.

No sabían leer, o no querían leer los signos de Dios que se les estaban manifestando. Se quedaban obcecados con sus rutinas o con sus intereses y las señales proféticas que ante ellos se estaban sucediendo, como había sido la presencia de Juan en el desierto, como era ahora la palabra de Jesús y los gestos y signos que iba realizando.  Tendríamos que ver qué es lo que mueve nuestro corazón, cuáles sean los intereses creados que tengamos en la rutina de cada día, pero no ver las señales de lo nuevo. Por eso no llegaron a reconocer a Jesús.

Dios nos sigue hablando hoy también a través de los acontecimientos, en las mismas cosas ordinarias de cada día o en aconteceres especiales o extraordinarios en los que nos veamos envueltos en la vida. No para hacer lecturas catastrofistas sino para hacer una lectura serena de lo que sucede descubriendo a lo que nos llama el Señor, los horizontes nuevos que pone ante nuestros ojos, ese nuevo actuar que tendríamos que realizar en nuestra vida.

Lecturas catastrofistas y amenazadoras de castigos son cosas fáciles de hacer, porque quizá ante el misterio de lo que sucede ante nosotros nos llenamos de miedos y temores. Aun en aquellas cosas que nos cuesta entender tendríamos que descubrir una mirada de amor de Dios para con nosotros y al mismo tiempo una llamada de amor. En nuestro corazón inquieto, y es que un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto, hemos de sentir que no nos podemos quedar cruzados de brazos ni seguir con nuestras rutinas de siempre.

Muchas veces el que en un momento determinado tengamos que apretarnos el cinturón, como se suele decir, porque quizá nuestras comodidades hacen agua y ya no las tenemos al alcance de la mano de la misma manera, sin embargo eso nos puede hacer pensar en cuáles con las cosas verdaderamente importantes que muchas veces hemos dejado de lado; nos podemos dar cuenta de que hay otras cosas, otros valores que pudieran centrar mejor nuestra vida. Tenemos que saber sacar la lección, tenemos que aprender a mirar todo eso también desde la mirada de un creyente y podremos entonces descubrir algo que Dios estará queriéndonos decir.

Escuchemos esa voz de Dios en nuestro corazón, sepamos leer esas señales de Dios, tengamos la disponibilidad de ser capaces de ponernos en camino, no temamos implicarnos y complicarnos en cosas que mejorarán nuestra vida y harán también mejor a nuestro mundo.

viernes, 28 de mayo de 2021

Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

 


Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Hay días que nos parecen una rutina, nos parece que todo es igual, que no sucede nada extraordinario sino que es el sucederse de las horas y los minutos en que nos parece que estamos haciendo lo mismo de siempre; días que se nos pueden volver cansinos y aburridos, pero a los que toda persona madura sabe sacar provecho porque en esas cosas ordinarias que parece que se repiten sin embargo saben realizarlas con tal intensidad que parece que les dan una novedad a cada instante y a cada día. Siempre podemos encontrar una luz, un mensaje, algo positivo de aquello que hacemos que nos enriquece y que nos hace saborear la vida que estamos viviendo.

Hoy nos encontramos con un relato del evangelio que nos puede parecer como una crónica sencilla de lo que era la vida de Jesús cuando subía a Jerusalén. Es cierto que está enmarcado por algunos acontecimientos, pero todo parece un ir y venir de Jerusalén a Betania y su vuelta, porque parece como si fuera su lugar de hospedaje en sus visitas a la ciudad santa; por algo en otro momento nos aparecerá la amistad grande que Jesús tiene con aquellos hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Algo tan sencillo como sentir el incomodo de no encontrar frutos en la higuera cuando Jesús a su paso sintió hambre y quiso tomar unos higos que no encontró, porque quizá no era el tiempo propicio, pero que sin embargo dará pie para un mensaje de Jesús sobre el valor de la oración y de cómo hemos de hacerla. En medio, es cierto, está la expulsión de los vendedores del templo que motivará aún más a aquellos que quieren quitarlo de en medio aunque no se atreven porque el pueblo escucha con gusto a Jesús.

Y es que en esos actos que nos parecen sencillos y normales, como la rutina de cada día en las andanzas de Jesús para nosotros siempre es Evangelio, siempre tienen una Buena Nueva de salvación que trasmitirnos. Y es aquí donde tenemos que saber abrir nuestro corazón para encontrar una palabra de vida, una luz de salvación para nuestra vida. En cada cosa, en cada detalle hemos de saber encontrar ese mensaje.

A Jesús le da pie para dejarnos un mensaje aquel momento que en cierto modo sirvió de desconcierto para los discípulos en que Jesús maldijera la higuera porque no le daba fruto y aquella higuera se secara. ¿Seremos acaso como aquella higuera que no damos fruto porque así de seca y de árida está nuestra vida? Ya podía ser un interrogante que se nos planteara y nos hiciera recapacitar de cómo tenemos que buscar la manera de que nuestra vida no fuera tan infructuosa  y tan estéril. ¿Dónde tenemos que enraizar nuestra vida para que podamos dar fruto? No nos quedemos en la vanidad del ramaje como tantas veces llenamos nuestra vida de apariencias, pero entre cuyos ramajes no se va a encontrar ningún fruto.

Ya Jesús en otro momento nos dirá que los sarmientos tienen que estar bien injertados en la vid para que puedan dar fruto. No podemos ser solo unas ramas llenas de hojas sino que en nosotros tiene que florecer algo más que al final nos de un buen fruto. Nos habla Jesús de la necesidad de la oración y de la oración llena de confianza en el Dios que nos ama que es a quien dirigimos nuestra oración y nuestras súplicas. Una oración llena de confianza pero una oración nacida de un corazón humilde que se siente también pecador pero un corazón que habiendo experimentado la misericordia del Señor así se muestra también misericordioso con los demás.

‘Tened fe en Dios, nos dice. Os aseguro que si uno dice a este monte: Quítate de ahí y tírate al mar, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

miércoles, 26 de mayo de 2021

El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

 


El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

Eclesiástico 36, 1. 4-5a. 10-17; Sal 78; Marcos 10,32-45

En todas partes nos encontramos con quien busca protagonismos, busca por la forma que sea destacar, llamar la atención, para que se le tenga en cuenta y a la larga conseguir sus metas y ambiciones. Eso nos lo encontramos fácilmente en muchos grupos humanos y suele ser motivo de desasosiego e inquietud que va sembrando o que va produciendo reacciones que corroen la unidad de tal grupo; es un camino fácil de perdición y destrucción.

El grupo de los que seguían a Jesús de cerca era un grupo humano como todos; se había ido constituyendo desde la inquietud que aquellos hombres sentían en su interior y que en Jesús comenzaban a tener respuestas y estaba formado especialmente por aquellos que Jesús había ido llamando para tenerlos junto a sí; un grupo diverso, pescadores algunos, alguno como Mateo procedía del campo de los publicanos y en cierto modo funcionario por la tarea que realizaba de cobrador de impuestos, otros provenían de aquellos grupos inquietos de los zelotes, probablemente gentes de aquellos campos de Galilea acostumbrados al cultivo de sus tierras, algunos parientes de Jesús.

En torno a Jesús se había ido formando el grupo y Jesús los había ido preparando. Ahora en especial a ellos les anuncia el sentido de su subida a Jerusalén. Daba la impresión de que iba con prisa, pues se les adelantaba en el camino de la subida a Jerusalén y ellos se preguntaban por qué sería aquello. Les desvela su secreto, les revela lo que va a pasar en Jerusalén, aunque ellos no parecen entender las palabras de Jesús como veremos en otras ocasiones.

Parecía el momento oportuno cuando Jesús les había reunido aparte y en una cierta intimidad haciéndoles estos anuncios, para aquellos dos hermanos expresar a Jesús lo que llevaban, quizá hacía tiempo, de inquietud en su corazón. Se valen de la presencia de la madre y le dicen que quieren hacerle una petición. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… ¿Qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís…’ Así transcurrió el diálogo ante la sorpresa y la inquietud del resto de los discípulos que veían como éstos se les adelantaban en lo que podían ser aspiraciones de todos.

‘No sabéis lo que pedís…’ les dice Jesús. Pero es Jesús el que ahora pregunta. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Lo que Jesús les plantea es algo serio. El mismo lo ha anunciado hace un momento, el sentido de su subida a Jesús; es la entrega, es el amor hasta el final, es el ser capaces de llegar a dar la vida. Les había hablado de que su subida era para la pasión y para la muerte. Era la entrega del amor, era el ser capaces de ponerse el ultimo, el ser capaces del sacrificio por los demás. ¡Qué distinto era lo que ellos pedían! Pedían honores, pedían poder, pedían participar de la gloria del triunfo sin pasar antes por la entrega de la pasión. Ellos dicen que están dispuestos aunque sin quizás pensar demasiado a lo que comprometía aquel bautismo del que Jesús hablaba.

Y los otros discípulos andan por allí revueltos. Las apetencias de algunos y la búsqueda de protagonismos, como ya antes decíamos, producen división que lleva a la destrucción. Por eso Jesús los coge de nuevo aparte a todos ellos para explicarles lo que una y otra vez les ha dicho. No pueden ellos estar andando con apetencias a la manera de los que quieren ser poderosos en este mundo. Su camino tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, por el camino del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para hacerse servidores de todos.

Pero esto tenemos que escucharlo todos los que queremos seguir a Jesús. Que también andamos muchas veces a zancadillas, a búsquedas de protagonismos, a querer aparecer para que vean lo buenos que somos y todas las cosas buenas que hacemos, también queremos diferenciarnos subiéndonos en pedestales y en las búsquedas de reconocimientos. Pero en lo único que tenemos que diferenciarnos es en el amor, en que somos capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Esos son los primeros lugares que tenemos que buscar.

martes, 25 de mayo de 2021

Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

 


Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

Todos podemos sentir esa tentación, el pensar que aquello bueno que hacemos ha de tener una recompensa que ahora podamos incluso contabilizar con nuestras manos, por así decirlo. Hacemos lo bueno, queremos vivir la responsabilidad de nuestra vida, tratamos de ser generosos y altruistas hacia los demás, pero alguna compensación hemos de tener; y nos sentimos tentados a buscar muestras de gratitud que nos ensalcen, compensaciones en el trato que esperamos recibir de los demás y si no lo encontramos quizás nos sentimos mal porque nadie valora, decimos, aquello bueno que hacemos.

Pero, ¿por qué hacemos lo bueno? ¿Estamos buscando que nos paguen por aquello bueno que con generosidad hicimos? Echamos a perder lo de la generosidad, me parece si andamos buscando medallas y reconocimientos por hacer el bien. Si decimos que somos generosos es que no lo hacemos buscando algo a cambio. Claro que a nadie le amarga un dulce cuando alguien agradecido nos lo reconoce, pero no tenemos por qué ir buscando esos dulces de los reconocimientos en aquello que hacemos. Mermaríamos la calidad de nuestro amor.

Los apóstoles que habían dejado todo por seguir a Jesús eran muy humanos y también sentían esa tentación. Era en cierto modo incierto el camino que estaban haciendo siguiendo los pasos de Jesús, porque a la larga no veían muy claro el final de todo aquello. Eran pobres y lo habían dejado todo y ahora vivían en mayor pobreza. ¿Quizá algún día si se cumplían lo que eran sus sueños en que Jesús fuera el Mesías llegarían a ocupar grandes puestos en ese nuevo Reino? Ya sabemos que en alguna ocasión, valiéndose incluso del parentesco, algunos pretendían esos primeros lugares y así se lo hicieron saber a Jesús.

Ahora que Jesús ha estado hablado de las riquezas y cómo tenemos que alejar la codicia de los corazones les surge sin embargo la pregunta. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, ¿qué nos va a tocar? Surge espontánea la pregunta porque quizás era algo que llevaba tiempo rondándoles en su corazón. A algo tenía que conducirles aquella vida que estaban siguiendo. Algún día tendría que haber algún beneficio, alguna recompensa.

La respuesta de Jesús es bien taxativa y tenemos que saber entenderla bien. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna’. Claro que cada uno querrá coger el rábano por las hojas según sean sus intereses e interpretaciones, según lo que llevemos en el corazón.

Les habla Jesús de quienes han dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, que tendrán cien veces más. más de uno me he encontrado más de una vez queriendo apoyarse en estas palabras de Jesús tratan de sacar beneficio de su posición en la Iglesia, de sus trabajos pastorales o incluso de su consagración; no son raras ‘las carreras’ que se pretenden hacer en nuestros círculos eclesiásticos. Creo que se tendría que leer mejor el evangelio. ¿Qué nos querrá decir Jesús? ¿Qué lo hemos dejado todo por alcanzar esas cien veces más? ¿Por unos intereses? Pero nos dice cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones.

¿No nos estará diciendo que si renunciamos a los nuestros de alguna manera estaremos entrando en una nueva familia donde vamos a vivir una nueva comunión de amor entre todos y así nos sentiremos ricos en lo más hondo de nosotros mismos? Pero no nos oculta una cosa, nos habla de persecuciones ¿serán quizás sin embargo las incomprensiones de un mundo que no entiende nuestra disponibilidad y nuestra generosidad? Tendremos persecuciones, dificultades, incomprensiones, pero siempre vamos a tener un hermano en esa nueva comunión que vamos a vivir. Y claro la recompensa definitiva, la recompensa que nos dará plenitud lo tendremos en la vida eterna. ‘Y en la edad futura, la vida eterna’, premiados en el Señor.

Terminará hablándonos Jesús de hacernos los últimos para poder ser los primeros. Lo que les decía en otro momento cuando buscaban primeros puestos o cuando discutían de quien iba a ser el primero y el principal. El que se hiciera el último y el servidor de todos.

lunes, 24 de mayo de 2021

Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

 


Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Cuando celebrábamos ayer Pentecostés llegábamos a la culminación del tiempo pascual. Hoy litúrgicamente retomamos el tiempo ordinario en su octava semana, sin embargo este lunes posterior a Pentecostés tiene una especial fiesta de María como Madre de la Iglesia.

Fue el Papa Pablo VI quien la proclamó así al finalizar una de las sesiones del Concilio y en muchas partes y en algunas congregaciones religiosas dedicadas a María tenían la fiesta de María, Madre de la Iglesia en este día. Ha sido el Papa Francisco el que ha instituido litúrgicamente esta fiesta en esta Advocación de María en este día, lunes siguiente a Pentecostés.

Justo en los Hechos de los Apóstoles, cuando los vemos reunidos en el Cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar su Espíritu, vemos a los apóstoles reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús. María ha pasado en cierto modo desapercibida en el Evangelio; san Lucas en los relatos del nacimiento y de la infancia de Jesús es el que más ampliamente nos la presenta y será Juan el que de manera especial nos la hace presente, por una parte en las bodas de Caná como intercesora ante la carencia de vino para la boda y luego al pie de la cruz donde la recibirá como Madre.

El relato de la presencia de María junto a la cruz de Jesús es breve pero bien significativo. Primero se hace constancia de la firmeza de María en aquellos momentos de dolor al pie de la cruz de su Hijo, pero están también las palabras de Jesús. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús a María señalándole a Juan, ‘ahí tienes a tu madre’ le dice a Juan entregándole a su madre. ‘Y el discípulo desde aquella hora la recibió en su casa’.

Se nos está hablando de esta nueva maternidad de María; no solo es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios y por tanto la Madre de Dios, sino que desde ese momento al pie de la cruz se convierte en la madre de todos los creyentes, por eso con razón podemos decir, Madre de la Iglesia. En Juan, el discípulo amado, estábamos representados todos, porque todos somos los amados de Jesús. En Juan estamos viendo a la Iglesia que la acoge como Madre y la tendrá siempre junto a sí. Ya no podremos imaginar la presencia y el actuar evangelizador de Juan sin María a su lado; Éfeso guarda la tradición de que allí estuvo y predicó el Apóstol Juan y precisamente en sus montañas, en medio del bosque aparece la casa de María, como ese lugar donde María estaba junto a Juan; María estaba junto a la comunidad cristiana que se iba extendiendo por todas partes, junto a la Iglesia como madre.

Y así la ha tenido la Iglesia a lo largo de los tiempos; ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María; no hay un lugar donde se haya predicado el evangelio de Jesús y haya nacido la Iglesia donde no haya un templo dedicado a María, con sus distintas y variadas advocaciones según el lugar o según la devoción del pueblo cristiano, pero siempre presente María para conducirnos hasta Jesús.

María, Madre de la Iglesia; María, madre junto a nosotros en todo lo que hace una madre con sus hijos, camina a nuestro lado y es estimulo de amor y de santidad para sus hijos; camina a nuestro lado como el más amoroso paño de lágrimas porque es a la madre a la que siempre acudimos desde nuestras cuitas y nuestras penas, desde nuestros sufrimientos o nuestros problemas, desde los agobios o los cansancios de la vida porque en su regazo de madre como hijos podemos siempre reclinar nuestra cabeza y depositar en ella nuestras penas.

Es la madre que nos alienta, pero que también nos estimula en nuestra entrega, nos hace creer en nuestras posibilidades y nos hace sentir la gracia del Señor que nos fortalece para que sigamos haciendo el camino con valentía; es la madre de los que nos sentimos pobres pero con la confianza de que en ella y con ella nunca nos sentiremos abandonados; es la madre que nos pone en camino para que seamos en todo momento heraldos y testigos del evangelio despertándonos de nuestras rutinas y comodidades; es la madre que nos enseña a tener los ojos bien abiertos y con limpieza de espíritu en nuestro corazón para tengamos esa mirada nueva del amor para los hermanos que sufren en el camino a nuestro lado.

Que María como madre remueva y despierte nuestros corazones para con inquietud y valentía sepamos llegar a todos, hasta los más lejanos, para anunciar el nombre de Jesús que es nuestro único salvador.

domingo, 23 de mayo de 2021

Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

 


Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Cuando hay amor saltan todas las barreras y las diferencias y no necesitamos de ningún idioma para comunicarnos porque el lenguaje del amor está por encima de todos los lenguajes convencionales que nos hayamos dado los hombres para entendernos. Son las miradas aunque no siempre son necesarias, son los gestos aunque parezcan que pasan desapercibidos, será la expresión de nuestros ojos y nuestra mirada, y sin palabras nos escuchamos, sin recursos de lenguajes humanos nos entendemos, porque será la humanidad que en cierto modo nos hace divinos que llevamos en el corazón la que grite y se comunique.

No nos extraña que las puertas cerradas no fueran obstáculo para la llegada de Jesús con la fuerza de su Espíritu ni que se entendieran todos aquellos que estaban aquella mañana en Jerusalén con tan diversos idiomas, pero es que entonces estaba hablando el lenguaje del Espíritu que siempre es lenguaje y espíritu de amor. Estoy haciendo referencia a dos de los textos que hoy se nos proponen, por un lado el de la tarde de aquel primer día de la semana cuando Jesús resucitado se manifiesta a los discípulos reunidos y encerrados en el Cenáculo, de lo que además tenemos más cosas que aprender por una parte, y por otra al episodio de Pentecostés cuando después de haber irrumpido la fuerza y el fuego del Espíritu sobre los Apóstoles  todos comienzan a entenderles como si hablaran el mismo idioma; se habían llenado del espíritu del amor.

Es lo que hoy estamos celebrando y tenemos que esforzarnos también en vivir. No se trata solo de celebrar un recuerdo sino celebrar y vivir lo que ahora mismo tendría que estarse realizando en nosotros a quienes también se nos ha regalado del don del Espíritu Santo. Celebramos Pentecostés y lo hacemos haciéndolo en cierto modo sacramento para nosotros porque no solo recordamos lo sucedido en el Cenáculo cuando vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles allí reunidos sino que eso, como en todo sacramento, se actualiza, se hace presente también ahora en nosotros.


Estamos contemplando cómo se manifiestan los dones y frutos del Espíritu en los Apóstoles que habían recibido el don del Espíritu Santo prometido en aquel fuego nuevo que sentían por dentro para comenzar a hablar de Jesús con total valentía y arrojo. El don del Amor de Dios se había derramado en sus corazones y comenzaba a manifestarse una nueva unidad, una nueva comunión en todos los que comenzaban a creer en Jesús; se enardecían sus corazones por la fuerza del Espíritu y se rompían las barreras y las diferencias para crear una nueva comunidad.

Comenzaban todos a creer en verdad en Jesús como su única salvación y algo nuevo los unía porque ya ni incluso necesitaban aprender idiomas para comunicarse porque era el lenguaje del amor el que los comunicaba y hacía entenderse. Nada ya podía distanciarlos porque esas deudas humanas que tantas veces nos guardamos los unos de los otros se diluían con el perdón porque para eso habían recibido el Espíritu, como les dio Jesús a los Apóstoles en la aparición pascual.

Pero celebramos Pentecostés, como decíamos, no solo en el recuerdo sino porque en nosotros también se ha derramado ese fuego del Espíritu; ese fuego del Espíritu que nos arde por dentro de nuestro corazón cuando ya podemos comenzar a sentir la presencia de Jesús en nosotros aunque nuestros ojos quizá no lo vean, como aquellos discípulos de Emaús, y podamos proclamar en verdad que Jesús es el Señor; ese fuego del Espíritu que nos hace entender con mayor claridad todo lo que ha de significar la comunión de hermanos que hemos de vivir y que nos hace sentirnos en verdad Iglesia de Jesús; ese fuego y esa luz del Espíritu que diluye las barreras que nos separan poniendo el perdón y la reconciliación como algo necesario y fundamental en nuestras vidas para lograr esa nueva humanidad en nuestras relaciones y ese encuentro de amor y de fraternidad que en cierto modo nos hace divinos.

Me pregunto si estaremos en verdad celebrando Pentecostés. Y la prueba de que estamos celebrando Pentecostés es que en nosotros se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu. El quiere actuar en nosotros y algunas veces nos mantenemos en nuestras cobardías y en nuestros miedos y no terminamos de dejar caer esas barreras y esas diferencias que ponemos entre nosotros. Parece como si quisiéramos apagar ese fuego del Espíritu. No hagamos oposición al Espíritu Santo, dejémonosle actuar, dejémosle que se manifieste en nosotros, que aparezcan esas señales nuevas porque nuestra vida y nuestros gestos, los signos y señales que damos con nuestra vida sean en verdad distintos después de vivir Pentecostés.

 

sábado, 22 de mayo de 2021

Invoquemos al Espíritu que nos dé la valentía de los apóstoles para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador

 


Invoquemos al Espíritu que nos dé la valentía de los apóstoles para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador

Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31; Sal 10; Juan 21, 20-25

‘Tú, sígueme’, es la respuesta que le da Jesús a Pedro ante sus preguntas por lo que había de suceder al discípulo amado de Jesús.

Algunas veces nos sucede que andamos más preocupados por saber lo que le puede pasar a los otros que por la respuesta que en el día a día tenemos que dar nosotros con nuestra propia vida o con el desarrollo de nuestras responsabilidades. No es que nos aislemos de los demás, pero tampoco tenemos que meternos en lo que son decisiones personales de los otros o la respuesta que han de dar a la vocación de su vida, como nosotros tenemos que responder a nuestra propia vocación, a la función nuestra personal que hemos de desarrollar en el mundo en que vivimos.

Recordamos que los momentos anteriores en el episodio del evangelio que estamos comentando fue aquella triple protesta de amor de Pedro por Jesús ante las preguntas que Jesús le hacía. Le confiaba una misión, pero de alguna manera le anunciaba lo que le iba a costar la respuesta que Pedro habría de dar. Como comenta el evangelista de alguna manera estaba haciendo referencia a la muerte con que iba a morir. Siente quizás Pedro la emoción de su amor por el Maestro, por la misión que Jesús seguía confiándole y de alguna manera su corazón podía llenarse también de incertidumbre ante lo que Jesús le anunciaba.

Algunas veces cuando se nos confía una misión que nos parece que pudiera superar nuestras capacidades, aunque contentos con la misión que se nos confía la responsabilidad pudiera hacer que afloren ciertos miedos ante si seremos capaces de cumplir con aquella misión que se nos ha encomendado. Como creyentes seremos capaces de ver la mano de Dios en aquello que nos sucede o en aquellas tareas que hemos de desempeñar y en consecuencia hemos de actuar con la confianza de que no nos veremos solos ni sin fuerzas porque el Espíritu del Señor nos acompaña y fortalece.

Nos es necesaria esa disponibilidad por nuestra parte para seguir el camino, para emprender la tarea, para poner toda nuestra confianza en el Señor. ‘Tú sígueme’, le decía Jesús a Pedro en aquella ocasión. Es lo que tenemos que sentir en el corazón, esa invitación del Señor a seguirle, a seguirle con confianza, a seguirle con responsabilidad, a seguirle poniéndonos en sus manos porque es su Espíritu quien nos va a sostener.

‘Tú sígueme’, nos dice Jesús. Como cristianos que vivimos una fe comprometida tenemos que saber descubrir esos nuevos campos que se abren ante nosotros. Comprometidos con nuestra fe y comprometidos por llevar el anuncio del evangelio hasta los últimos rincones tenemos que abrirnos a todas esas nuevas posibilidades de trabajos, de tareas que podríamos realizar. Amplio es el campo, abundante es la mies, pero los obreros son pocos por los miedos con que andamos en la vida.

Y es que nuestra tarea y nuestra misión es llegar más allá, no nos podemos quedar en lo de siempre ni en los de siempre. Tenemos que darnos cuenta de ese mundo sediento de algo que nos rodea aunque muchas veces no sepa bien lo que busca, pero ahí está nuestra misión de presentar a Jesús, de presentar el evangelio, de dar testimonio siendo verdaderos testigos, de anunciar al mundo que es posible una esperanza porque hay una salvación que puede llegar a todos. Y esa es nuestra tarea.

Recordemos las palabras de Jesús en el momento de su Ascensión al cielo que envía a sus discípulos por todo el mundo. Les ha pedido que se queden en Jerusalén hasta que reciban la promesa del Padre y llenos de su Espíritu se lancen luego por todo el mundo como testigos del evangelio. En esta víspera de Pentecostés invocamos al Espíritu de Jesús para que venga sobre nosotros y nos llenemos de la misma valentía que los apóstoles en Pentecostés para salir a la plaza pública de nuestro mundo a anunciar el nombre de Jesús como el único y verdadero salvador.