Vistas de página en total

viernes, 29 de mayo de 2020

Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada


Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada

Hechos 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando entretejemos la vida con los hilos y el tejido del amor será algo que lleguemos a vivir casi espontáneamente y prácticamente no es necesario hacer continuas declaraciones de amor y de amistad, porque será algo que fluye por si mismo. No necesita el amigo estar preguntando siempre al otro si es amigo y si siente aprecio por él porque los gestos, la cercanía y la preocupación que sienten el uno por el otro lo está diciendo todo. No sería necesario que continuamente un hijo le pregunte a su padre o a su madre si lo quiere cuando tantos son los signos del amor de unos padres por sus hijos continuamente a lo largo del día.
Sin embargo y sin querer retractarme de lo dicho hasta ahora en el mantenimiento de ese amor o de esa amistad habrá muchos momentos en que no son suficientes los signos que realicemos sino que también hemos de expresarlo con palabras. ¿Me quieres? Preguntará acaso la madre a su hijo en momentos en que se expresa ese cariño, como el amigo expresará cuanto es el aprecio que siente por su amigo y lo dichoso y feliz que se siente con su amistad. Necesitamos expresar también con palabras nuestro amor y nuestra amistad que pueden sonar a un sello fuerte con el que queremos confirmar lo que sabemos que llevamos por dentro.
¿Conocía Jesús el corazón de Pedro? No solo en su visión divina y sobrenatural podríamos decir, sino humanamente después de aquel camino de años que habían hecho juntos Pedro no podía engañar a Jesús manifestando otra cosa que lo que llevaba en su corazón. Muchas porfías de amor había hecho Pedro por Jesús al que quería seguir hasta dar la vida por El, aunque muchas fueran también sus debilidades como para quedarse dormido en Getsemaní o negar que conociera a Jesús como sucedería en el patio del pontífice. Tres veces le había negado como ya se lo anunciara Jesús.
Ahora se había lanzado al agua cuando Juan le susurrara que el que estaba en la orilla era el Maestro y allí estaba a los pies de Jesús queriendo, por así decirlo, remediar sus errores y debilidades anteriores. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ No había sido una sola vez la que preguntara Jesús sino que se había repetido hasta tres veces el interrogatorio. Ya Pedro no sabia que responder. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Pero no nos vamos a quedar en Pedro. ¿Será la pregunta que nos haga Jesús a nosotros también? Estamos finalizando la Pascua y esta pascua que este año ha tenido unas especiales circunstancias. Ha sido básicamente todo el tema de la pandemia con la crisis sanitaria y social que se ha provocado y que a todos nos ha afectado de una forma o de otra.
Pero las circunstancias especiales en que nos hemos visto obligados a vivir con este confinamiento social ha podido tener y ha tenido también sus repercusiones en la expresión religiosa de nuestra vida cristiana cuando nos hemos visto privados de nuestras celebraciones litúrgicas, contentándonos acaso en seguir por radio, televisión u otros medios de las redes sociales dichas celebraciones. Y es cuando nos preguntamos cuál ha sido nuestra reacción y nuestra respuesta, hasta donde ha llegado el nivel de nuestra fe tratando de encontrar otros cauces, otros medios para no perder la intensidad de la vivencia del misterio pascual.
Ha sido quizá como vernos desnudos cuando se ha quitado todo lo externo y esto no ha obligado a ir a lo que tiene que ser siempre el fondo, el meollo de nuestra vida cristiana. Nos podemos vestir de bonitos ropajes externos y con eso pensamos que ya está todo hecho en nuestra vida cristiana, pero cuando nos han quitado esos ropajes, ¿cómo nos hemos quedado? ¿Qué es lo que hemos vivido? ¿Ha sido igual de intensa en nuestro interior la vivencia del misterio pascual que celebramos?
Sí, nos pregunta Jesús, ‘¿me amas?’ El Señor lo sabe, le amamos, sí, pero nuestro amor no siempre es tan intenso; le amamos, pero algunas veces nos quedamos en los ropajes externos y cuando nos los quitan parece que nos quedamos sin nada; le amamos, pero le pedimos que nos haga crecer en el amor. Para eso nos da su Espíritu. Lo vamos a celebrar.

jueves, 28 de mayo de 2020

Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea y aparquemos para siempre de nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias



Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea y aparquemos para siempre de nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
Creo que todos estamos cansados de esas situaciones que vemos tantas veces de gente, por ejemplo, que con gran entusiasmo deciden formar un grupo de tipo social o cultural, de altruismo por los demás o simplemente buscando la unidad y la convivencia entre vecinos allí donde viven, pero que tras ese entusiasmo inicial en que se les veía muy unidos, se realizaban cosas hermosas desde esa unidad y buena convivencia, trabajaban generosamente por causas que quizás algunos veían perdidas pero en su entusiasmo supieron sacar adelante.
Todo parecía idílico, pero pronto observamos como la intensidad de las actividades baja, la buena relacion comienza a resquebrajarse, aparecen los intereses particulares que si no son satisfechos llevan no solo al abandono sino quizá también a campañas destructivas que tiran por la borda todo lo anteriormente conseguido. Cuantos que parecían tan amigos pronto se convirtieron no solo en contrincantes sino en enemigos que buscaban la destrucción mutua.
Los intereses egoístas destruyeron la unidad y la convivencia y aquello se alejó mucho de lo que en principio se pretendía. Cosas así observamos en muchos aspectos de la sociedad, sociales, culturales, políticos, y hasta en los grupos que nos parecían más serios con años de historia detrás vemos que la falta de unidad y concordia lo echa todo a perder. No hace falta poner nombres porque todos tenemos en la mente situaciones así.
He querido comenzar la reflexión trayendo a colación estas situaciones que son demasiado frecuentes en nuestro entorno y en nuestro mundo, por la oración que Jesús hace hoy por los que crean en El. Pide la unidad y la comunión. Si somos hijos del mismo Padre ¿cómo podemos andar divididos? Si Cristo va a derramar su sangre en la pasión y en la pascua para la reconciliación de todos los que andaban divididos ¿cómo es posible que no mantengamos esa querida unidad?
¡Qué mal ejemplo damos los cristianos! ¿Creemos en serio que estamos viviendo aquella unidad que Jesús está pidiendo en su oración sacerdotal en la cena pascual? Pide Jesús en su oración por todos los que crean en su nombre ‘para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. La razón y el modelo de nuestra unión es la unidad que hay entre Jesús y el Padre, ‘como tú Padre en mi y yo en ti’. ¿Nos amamos nosotros con un amor así?
Recordamos que era la admiración que producían los primeros cristianos entre los que los rodeaban. ‘Mira cómo se aman’, se decían entre ellos los gentiles. Y testimonio claro tenemos en las primeras páginas del libro de los Hecho de los Apóstoles en aquella unidad y amor que había entre todos los creyentes que tenían una sola alma y un solo corazón. No es precisamente lo más que reflejamos nosotros los cristianos. No es lo que se vive en nuestras comunidades cristianas.
No hablo ahora de la terrible ruptura entre las Iglesias que creyendo en el mismo Jesús llevamos apellidos distintos, porque somos de aquí o de allá, la rota unidad de los cristianos. Hablo de lo que vivimos en el día a día de nuestras iglesias, de nuestras parroquias, de nuestras comunidades, de nuestros grupos. Cuántos resentimientos, cuantas desconfianzas, cuántos orgullos, cuánta vanidad en tantas ocasiones, cuántas ganas de aparentar lo que realmente no somos, cuánto desamor y desapego entre unos y otros que vivimos ese espíritu del mundo de echarnos la zancadilla a primeras de cambio para quedar por encima, para buscar poder e influencia. En lugar de apoyarnos, de comprendernos, de ser un estímulo los unos para los otros, en lugar incluso de defendernos, nos destruimos, ante la menor sospecha caemos enseguida sobre los otros. ¿Cómo podemos hablarles de misericordia a los demás si nosotros no tenemos misericordia los unos con los otros dentro de nuestros propios grupos o comunidades?
Oremos con Jesús para que en verdad seamos uno y el mundo crea. Porque todo eso que hemos mencionado lo ve la gente, lo ve el mundo que nos rodea y no es precisamente un ejemplo atrayente para nadie. ‘Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí’. Es la oración de Jesús por su Iglesia. Y orar con Jesús es aparcar para siempre de nuestro corazón y nuestras comunidades divisiones, desconfianzas y desavenencias.

miércoles, 27 de mayo de 2020

En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo


En medio de un mundo de mentira y falsedad los cristianos somos santificados en el Espíritu de la Verdad para que demos testimonio de la verdad ante el mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19
Cuando amamos a alguien de verdad, sobre todo si es alguien que está a nuestro cuidado o sobre quien tenemos alguna responsabilidad, no solo nos preocupamos del momento presente, ayudándole a que viva lo mejor y de la mejor manera, o que desempeñe rectamente sus responsabilidades, sino que de alguna manera sentimos preocupación por su futuro; como solemos decir le deseamos lo mejor, y contribuimos en la medida de lo posible a ese futuro mejor de aquellos a quienes tanto amamos.
Si vislumbramos que las cosas no se les pueden presentar bien, que van a tener momentos difíciles o fuertes contratiempos con ellos ya sufrimos previamente y de alguna manera los prevenimos y preparamos para que sepan enfrentarse de la mejor manera posible a esos momentos difíciles del futuro. Pensemos en unos padres que vislumbran un futuro incierto para sus hijos, por ejemplo. La ternura de nuestro corazón se desborda y el amor que sentimos manifiesta también ese sufrimiento que ya llevamos con nosotros.
Es lo que estamos contemplando en la noche de la cena pascual, la ternura del corazón de Cristo por sus discípulos se desborda y se manifiesta de mil maneras. Son momentos de emoción, que quizá los discípulos palpan sin casi darse cuenta del alcance de las palabras de Jesús, pero allí se está derrochando esa ternura de Jesús por los discípulos que le han seguido y que están con El. Se manifiesta en la oración que Jesús hace al Padre en esos momentos, como decíamos de la ofrenda del ofertorio de su sacrificio, y quiere para sus discípulos lo mejor, los ha cuidado, ha estado al tanto de todo lo que les pasaba, allí estaban sus palabras, sus enseñanzas y sus gestos, pero ahora podrían los discípulos sentir el dolor de la ausencia de Jesús, pero quiere Jesús garantizar que nada las faltará y tendrán para siempre su presencia. De ahí la promesa del Espíritu Santo.
‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida’.
Vislumbra Jesús lo difícil que lo van a tener. Parecería que la mejor manera de hacer que no tuvieran que sufrir es liberarlos de ese mundo. Pero en ese mundo han de estar, aunque su sentido y su estilo van a ser bien diferentes. Por eso se van a encontrar con el odio del mundo, el rechazo, lo que ha sido la historia a través de los siglos de las fuerzas del mal en contra de la Iglesia, en contra de los discípulos de Jesús que se ha manifestado de diferentes maneras, pero que ahí ha estado siempre presente la persecución y el rechazo. Como lo tenemos hoy.
No es tarea fácil. Pero el discípulo de Jesús ha de dar testimonio de la verdad. ‘Santifícalos en la verdad’, pide Jesús al Padre. Y es que en el testimonio de la verdad han de ser santificados. No es necesario que digamos muchas cosas pero reconocemos que vivimos en un mundo de mentiras, de falsedades, de hipocresías y vanidades. Se oculta la verdad y se maneja todo a nuestros intereses. Últimamente se nos ha metido en el lenguaje esa expresión del ‘fake news’ que manifiesta muy bien esa mentira en que se quiere vivir en el mundo y se difunden cosas falsas como si fueran verdades y de manera incauta caemos en ello y nos lo creemos entrando en ese mundo de mentira que así nos manipula. Como suelen decir, ‘miente que algo queda’, que muchos tienen como lema y motor de vida.
Y ahí en medio estamos nosotros los cristianos que tenemos que dar testimonio de la verdad, que hemos de ser santificados, como dice Jesús, en la verdad. Pero en medio de ese mundo turbio y de tanta confusión sabemos que no nos sentimos solos, porque con nosotros está el Espíritu de la Verdad, el Espíritu de Jesús que El nos envía y será nuestra fuerza y nuestra sabiduría. Preparémonos con intensidad para la fiesta del Espíritu Santo que celebraremos el próximo domingo con Pentecostés.

martes, 26 de mayo de 2020

Ofertorio y ofrenda de Cristo en que se manifiesta la gloria del Padre y de su Hijo Jesucristo al hacernos partícipes en el conocimiento de Dios que es la vida eterna


Ofertorio y ofrenda de Cristo en que se manifiesta la gloria del Padre y de su Hijo Jesucristo al hacernos partícipes en el conocimiento de Dios que es la vida eterna

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a
En nuestras relaciones de la vida social hay unas costumbres que casi se han impuesto como normas – hoy los llaman protocolos – que nos van marcando lo que es correcto o se debe de hacer en determinadas circunstancias. Y aunque no nos queramos dejar llevar por los protocolos sin embargo es en cierto modo normal que en un encuentro familiar o de amigos, sobre todo cuando se hace por determinados motivos, ya sea un aniversario o cumpleaños, la finalización de una etapa en un trabajo o en un programa que estemos realizando, en un encuentro en que queremos honrar a una persona simplemente porque sentimos agradecimiento hacia ella por lo que ha hecho por nosotros o algo así, alguien tome la palabra para hacer lo que llamamos habitualmente un brindis que no es otra cosa que una ofrenda de gratitud y homenaje. Unas veces con mayor solemnidad, otras veces de manera informal o más en plan compadre, no faltarán esas palabras amigas que pueden ser incluso un resumen de lo realizado y que motiva dicho encuentro.
En un lenguaje más litúrgico y en referencia a lo que son nuestras celebraciones cristianas es el momento de la ofrenda, que no es solo ni principalmente el Ofertorio sino ese momento central de una Eucaristía, momento verdadero de la ofrenda cuando en la plegaria eucarística no solo hacemos memoria del misterio de Cristo sino llegamos a la doxología final verdadera ofrenda porque todo honor y gloria queremos dar por Jesucristo a Dios Padre todopoderoso.
Pues podríamos decir que en la Eucaristía que es la misma vida de Cristo llegamos a ese momento. Va a comenzar no solo la celebración sino la realización de la verdadera Pascua, la Pascua nueva y eterna de la sangre de Cristo derramada, y Jesús, podíamos decir, hace la oración de ofrenda al Padre. Estos capítulos del evangelio de Juan que comenzamos a leer hoy del final de la cena Pascual antes de marchar a Getsemaní suelen llamar la oración sacerdotal de Cristo.
Y efectivamente así es. Son palabras de Cristo que son oración al Padre donde hace entrega de su vida; nos está recordando en lo que hoy hemos escuchado todo lo que es el meollo o el misterio de la vida de Cristo. Es el momento de la gloria, de la gloria de Dios que se está manifestando en la entrega y en el sacrificio de Cristo. Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado’.
Y nos manifiesta en qué está esa gloria de Dios, que significa esa vida eterna que nos quiere dar, que no es otra cosa que participar para siempre de su misma vida. ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Es lo que ha venido Cristo a realizar cuando nos ha hablado a lo largo de todo el evangelio del Reino de Dios.
¿Qué es el Reino de Dios sino ese conocimiento y reconocimiento de Dios? Cuando llegamos a conocer a Dios ya para siempre El será para nosotros nuestro único Señor, nuestro único Rey. Y Jesús nos está diciendo que eso es lo que El ha realizado darnos a conocer ese misterio de Dios, hacernos partícipes de esa vida de Dios que nos llena de eternidad.
Y ruega Jesús en su oración por aquellos que han creído en El, que han comenzado a hacerse participes de esa vida de Dios porque conocen a Dios. Ahora nos queda a nosotros orar con la oración de Jesús, hacer la ofrenda con la ofrenda de Jesús, buscar esa gloria de Dios como Jesús es glorificado haciéndonos nosotros partícipes de esa misma gloria. Es nuestra oración pero es nuestro camino, es la ofrenda de amor de nuestra vida y es lo que nos llena de esperanza de un día poder gozar también de esa visión de Dios.

lunes, 25 de mayo de 2020

Para llegar a la victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación porque solo así encontremos el sentido de la verdadera Sabiduría del Espíritu


Para llegar a la victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación porque solo así encontremos el sentido de la verdadera Sabiduría del Espíritu

 Hechos 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33
Sí, yo lo sé, lo tengo claro… decimos cuando alguien quiere hacernos una recomendación, cuando nos quieren prevenir de algo, o simplemente dándonos consejos de la vida que siempre necesitaríamos, pues como se suele decir cuatro ojos ven más que dos y el consejo que alguien puede darnos desde su experiencia nos vendría bien. Sin embargo nos creemos autosuficientes, nos creemos que nos lo sabemos todo y no necesitamos los consejos de nadie; cuántas veces hemos pensado y reaccionado así y cuanto lo vemos en personas de nuestro entorno o incluso aquellos que están a nuestro cuidado y tenemos la obligación de prevenirles, de prepararles para la vida, y de darles un consejo.
Lo tengo claro, decimos, y pronto nos damos cuenta que estamos patinando, que no hacemos pie, que no sabemos donde asentarnos, que nos encontramos con las manos atadas ante una actuación porque ya ni recordamos aquel buen consejo que nos dieron.  Necesitamos humildad y apertura de corazón, despojarnos de autosuficiencias y orgullos que lo que hacen es ponernos murallas en derredor nuestro y al final nadie se podrá acercarnos a nosotros para prestarnos una ayuda o nosotros no sabremos o no podremos acudir a nadie que nos eche una mano, nos diga esa palabra que necesitamos, o nos de ese tan necesario impulso para el camino de la vida. Qué mal lo pasaremos entonces.
Cosas así nos van pasando a todos en la vida. Creíamos conocer una persona y nos habíamos hecho una idea equivocada de ella, creímos sabérnoslo todo y pronto nos damos cuenta de cuantas lagunas hay en nuestra vida. Lo malo es que sea tarde ese reconocimiento, lo malo es lo que hicimos mal por no tener la humildad suficiente, lo malo son los tropezones que nos vamos dando contra los demás, que no solo hacen daño a los otros, sino que a nosotros mismos también nos hacemos daño.
¿Les pasaría algo así a los discípulos de Jesús? Decir que se sentían muy seguros mientras Jesús estaba con ellos. Jesús había confiado en ellos y pacientemente les iba enseñando, les hacia participes de su misión y los había mandado a predicar en alguna ocasión con su mismo poder; ellos habían vuelto orgullosos de lo que habían hecho y hasta les parecía que tenían el mundo contestado. Por eso en aquella ocasión que los samaritanos no quieren recibirlos porque van a Jerusalén, por allá andan Santiago y Juan queriendo pedir que bajara fuego de cielo para castigar a quienes no querían recibirlos.
Necesitaban una cura de humildad. Y aquella noche en la cena pascual Jesús se las estaba dando. Primero desde el gesto de ponerse a lavarles los pies, después de todos aquellos signos que iba realizando y que les estaban abriendo los ojos, estaban también sus palabras, sus anuncios y por eso ahora se sienten contentos porque Jesús, dicen, les ha hablado claramente. Pero Jesús para su entusiasmo, les recuerda que pronto se van a enfriar en esos entusiasmos y hasta lo abandonarán, aunque ellos no quieren entenderlo. Pero allí se iban a ir sucediendo los signos de todo aquello que Jesús les anunciaba. Otras tenían que ser sus actitudes y posturas, otra la manera de entender las cosas, otra era la seguridad que habrían de sentir incluso cuando todo se volviera oscuro para ellos. Jesús les anuncia que al final vendrá el triunfo. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.
Para llegar a esa victoria con Cristo hemos de realizar antes un camino de humildad y de purificación. Solo así le encontraremos verdadero sentido, porque no serán nuestras fuerzas ni nuestros 'saberes', sino la fortaleza y la sabiduría del Espíritu del Señor que estará con nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2020

La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también


La Ascensión del Señor nos eleva pero al mismo pone en nuestras manos el testigo para ir a los confines del mundo al que tenemos que ayudar a elevarse también

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
Hoy es un día en la liturgia de la Iglesia de una especial solemnidad; estamos culminando el tiempo pascual y cuarenta días después de la resurrección del Señor – lo hubiéramos celebrado el jueves pasado – celebramos la Ascensión del Señor al cielo. ‘Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre’, como confesamos en el Credo y como nos lo relata el evangelio. Muchos signos de alegría y de fiesta, de solemnidad y de momentos culminantes han acompañado los signos de la liturgia desde la piedad de los fieles en esta fiesta a través de los tiempos.
 No mermamos ni mucho menos esos aires de triunfo y de gloria que tiene la celebración de la Ascensión del Señor pero vamos a tratar de centrarnos bien en el sentido de esta fiesta y lo que su celebración tiene que ayudarnos en nuestra vida concreta y en las circunstancias también que vivimos. Este año la celebración de la pascua para los cristianos ha tenido un aire y un sentido distinto. Las circunstancias sociales vividas nos hacen notar una ausencia pero al mismo tiempo una presencia y un sentido muy especial de pascua.
Es cierto que el esplendor de las celebraciones nos ayuda y nos enardece espiritualmente hablando para confesar nuestra fe en medio de la alegría de nuestras celebraciones y en el encuentro festivo de los hermanos, en el encuentro festivo que vive la Iglesia. Pero también pudiera sucedernos que nos acostumbramos a esas celebraciones que un año y otro por así decirlo repetimos y hasta puedan hacernos perder esa intensidad espiritual que tenemos que vivir en lo más hondo de nosotros mismos y nos podamos quedar mucho en lo externo. Ha habido, es cierto, una ausencia pero que si no hemos perdido el sentido de la pascua nos ha hecho descubrir una presencia muy especial del paso del Señor por nuestra vida.
Ese paso de Dios, esa pascua de Jesús en su pasión y muerte la fuimos descubriendo en los hermanos que sufrían a nuestro lado y en nosotros mismos que vivíamos, hemos vivido, con gran inquietud estos momentos difíciles. Momentos difíciles fueron la pascua de Jesús que fue su pasión y su muerte, pero que fue también toda la desorientación y en cierto modo abandono de sus discípulos incluso los más cercanos que en Getsemaní a la hora del prendimiento abandonaron y huyeron, o hasta en Pedro que lo negó ante los criados del sumo pontífice. Traslademos todo eso a lo que hemos vivido y seguramente hemos llegado a ver ese paso del Señor que nos invitaba a algo nuevo y distinto.
Ese hambre de Dios que acaso hayamos vivido en la ausencia de las celebraciones bien nos pueden recordar la sed de Jesús colgado del madero en el Gólgota como todo su camino de sufrimiento y de pasión hasta llegar a morir en la cruz con aquel grito del ‘Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?’ pero que terminaría en el ‘Padre, en tus manos pongo mi espíritu’. ¿Lo habremos llegado a vivir nosotros así? ¿Habremos descubierto esa pascua, ese paso del Señor así por mi vida o por la vida de todos los que sufren en estas especiales circunstancias a nuestro lado?
Una ausencia habíamos dicho, pero también una nueva presencia, una nueva forma, que nos es tan nueva porque así nos la enseñó Jesús en el mismo evangelio, de sentir ese paso del Señor, de vivir esa presencia del Señor en lo que ha sido y es nuestra vida concreta. ¿Habremos descubierto muchos signos positivos que también se han dado cuando se ha despertado la solidaridad de tantos? ¿Habremos descubierto la llamada que nos está haciendo el Señor para que vayamos al encuentro de los hermanos que es encontrarnos con El?
La Ascensión aunque nosotros lo veamos como ese momento de triunfo y de glorificación, que ciertamente lo es, sin embargo para los discípulos significó encontrarse con una nueva ausencia. ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ era la pregunta que les hacían a los discípulos que se habían quedado extasiados viéndolo irse en su subida al cielo.  Pero ya Jesús les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que recibieran el Espíritu Santo que desde el Padre les enviaría.
Convenía que El se fuera, les había dicho en la cena pascual, para que viniera a ellos el Espíritu Santo. En su despedida como nos narra san Mateo les había dicho ‘yo estaré con vosotros hasta la consumación de los tiempos’, y claro que podían pensar ¿cómo iba a estar con ellos si ahora le veían subir al cielo? También le habían preguntado si ya había llegado la hora de la restauración de la soberanía de Israel, a lo que Jesús no les había dado respuesta. No era la hora, no, pero ellos recibirían fuerza de lo alto para ser sus testigos hasta los confines del mundo.
Y aquí estaba la misión que les confiaba con la fuerza del Espíritu Santo. Aquí está la misión que a nosotros nos confía. Tenemos que ir, sí, hasta los confines del mundo, para ser sus testigos. ¿Y donde están esos confines del mundo? No se trata, pues, de irnos a países lejanos – aunque algunos recibirán esa misión concreta – sino a ir a esos confines de esos hermanos nuestros que están cerca de nosotros también con su inquietud, con su desorientación, con sus angustias e incertidumbres ante lo que ha de suceder, con sus preocupación ante este estado de cosas que se hace nuevo en todo lo que nos sucede, con sus deseos también de hacer que el mundo sea distinto, que sea un mundo nuevo.
Ahí están los confines del mundo donde nosotros tenemos que hacernos presentes como testigos, como testigos de Cristo resucitado al que hoy contemplamos subir con gloria al cielo. Siempre hemos dicho que la ascensión del Señor a nosotros nos eleva para llevarnos con El, pues en la Ascensión del Señor nosotros tenemos que ayudar a ese mundo que nos rodea a que se eleve también, para que busque nuevos valores, para que descubra también esos valores del espíritu que muchas veces tenemos olvidados, para que vamos buscando lo que verdaderamente es esencia para la vida y no sigamos quedándonos en cosas superfluas y que nada nos dan con consistencia.
Es la Ascensión del Señor que hemos de saber vivir de un modo nuevo. Es la Ascensión del Señor que nos prepara para que seamos en verdad testigos ante el mundo de ese mundo nuevo que con Jesús se vino a constituir. Celebrémoslo con sentido, vivámoslo con hondura.


sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

viernes, 22 de mayo de 2020

La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz


La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz

Hechos 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a
Nos gusta estar con aquellas personas que amamos y de quienes nos sentimos igualmente queridos. El hijo quiere estar con sus padres, los padres con sus hijos, el esposo con su esposa, los abuelos con sus nietos, los amigos con aquellos amigos que aman y de quienes se sienten apreciados. Nos gozamos con su presencia sin que necesitemos quizá hacer nada extraordinario, pero son largas las horas que pasamos con aquellos seres que queremos y no somos capaces de medir el tiempo que pasamos con ellos; pero quizá cuando nos faltan, cuando se prolonga su ausencia, cuando tengamos que arrancarnos de su presencia lloraremos el no poder estar con ellos y estaremos añorando desesperadamente volver a encontrarnos con ellos. Qué hermosa una amistad así compartida, qué sabroso el cariño de la familia, que a gusto nos sentimos con aquellos que nos aprecian y nos valoran.
Tenía que dolerles a los discípulos aquel anuncio que Jesús les estaba haciendo. Sus corazones lloraban lágrimas de tristeza. Más aún cuando sabían que aquella separación que ahora iban a tener de Jesús era como consecuencia del odio de los que querían quitarle de en medio y llevarlo a la muerte. Cómo le dolerá a una madre el conocer de antemano que su hijo querido va a ser condenado; para ella siempre será su hijo haya hecho lo que haya hecho.
Es el dolor también que sentían los discípulos porque Jesús mismo les estaba diciendo que mientras ellos lloraban de tristeza otros se alegrarían de lo que daban por antemano del fracaso de la obra de Jesús. Para ellos esto no podía quedar así y aunque no sabían cual eran la salida, a pesar de las palabras de Jesús que anunciaban su vuelta y su triunfo pero que ellos no acababan de entender. Y es que cuando el corazón se obnubila por el dolor parece que se cierran todas las  salidas y no se encuentran soluciones.
Es lo que Jesús les está diciendo y se está constatando con el ambiente tenso que se está viviendo. Pero Jesús tiene palabras de ánimo y de esperanza. Les habla del dolor de la madre cuando da a luz, pero que se ve compensado cuando tiene al hijo de sus entrañas entre sus brazos. Y Jesús les dice que su alegría será luego grande. Anuncios de triunfo, anuncios de resurrección, anuncios de plenitud de pascua, porque es paso de Dios y el paso de Dios no se queda en el dolor, no se puede obnubilar por la tristeza, siempre tendrá que llenar de gozo el corazón. Será lo que finalmente vivirán en la mañana y la tarde de la resurrección. No cabrán de alegría entonces en sí mismos.
Pero el mensaje de Jesús no es solo para vivir aquellos momentos. La vivencia de aquellos momentos tiene que ser para nosotros modelo y estímulo para vivir también nuestras propias experiencias en el día a día de nuestra vida. Momentos de duda y de incertidumbre nos irán apareciendo continuamente en el camino de la vida; momentos en que nos parecerá que todo se nos vuelve oscuro se repetirán muchas veces pero siempre sabremos que aparecerá de nuevo la luz.
Momentos que experimentamos en la vivencia de nuestra fe y que algunas veces nos costará, pero son momentos en distintas situaciones como las que ahora podemos estar pasando. Sabemos que el Señor está ahí, que no nos falta su presencia aunque algunas veces se nos vuelva oscura, que nada podrá apartarnos de ese amor de Dios, que tenemos que seguir haciendo el camino yendo también al encuentro de los otros que necesitan esa luz que nosotros tenemos por nuestra fe y en los que tratamos siempre de sembrar esperanza. Abramos los ojos de la fe y seamos capaces de seguir disfrutando de la presencia del Señor, nunca perdamos la esperanza y gocémonos siempre en el amor del Señor.

jueves, 21 de mayo de 2020

Sabemos de quien nos fiamos para hacernos crecer en valores espirituales, darnos hondura espiritual con la fortaleza del Espíritu y hacernos caminar siempre con paz


Sabemos de quien nos fiamos para hacernos crecer en valores espirituales, darnos hondura espiritual con la fortaleza del Espíritu y hacernos caminar siempre con paz

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20
¿Cómo puedes estar tan tranquilo con lo que está pasando? Lo habremos dicho a alguien alguna vez o lo hemos escuchado como reacción cuando vemos a una persona quizá con grandes problemas, quizá con una enfermedad, o la muerte de un ser querido, pero la vemos con paz y serenidad afrontando la situación. Quizás nos pueda decir que no está tan tranquila como nosotros creemos, que el problema está ahí, que los agobios y las angustias se llevan dentro, pero sin embargo la vemos con serenidad, le notamos incluso en medio de sus sufrimientos con una alegría que no es una simple risa sino algo quizá más profundo.
Como ya hemos comentado en alguna ocasión en que hemos hecho referencia a situaciones así son personas de fortaleza interior, son personas con gran espíritu grande que es lo que les da esa fuerza, esa paz, esa incluso alegría en medio de las tristezas o penas de la vida. Podríamos decir que son personas profundamente espirituales que tienen una riqueza grande en su vida, una espiritualidad podríamos decir. Esa hondura de espíritu, esa fe interior es la que les hace caminar, luchar, superar dificultades y contratiempos, como se suele decir poniendo a mal tiempo buena cara. Y no es fachada exterior, es hondura del espíritu.
Aunque hemos hablado de hondura espiritual, de valores del espíritu e incluso de fe, hasta ahora no hemos hecho mención a nuestra fe cristiana, pero necesariamente tenemos que acudir a ello. Y es que los que creemos en Jesús nos tenemos que sentir siempre fuertes aunque grandes sean las dificultades que nos encontremos en la vida. No es que no suframos los problemas, que no haya preocupación dentro de nosotros, que muchas veces incluso lloremos en nuestro dolor, pero hay algo hondo en nosotros que nos lo da nuestra fe en Jesús que es lo que nos hace fuertes en esas situaciones.
Por empezar decir que Jesús nos ha asegurado su presencia, siempre, hasta la consumación de los tiempos; Jesús nos ha prometido que nos enviaría desde el Padre su Espíritu para que fuera nuestra fuerza y en El encontráramos siempre caminos de vida; y es que con Jesús siempre tendríamos que tener paz en nuestro corazón, porque no nos falta la gracia del Señor.
En la situación anímica que se encontraban los discípulos en la cena pascual muchas eran las dudas e incertidumbres que surgían en sus corazones, porque realmente ellos no tenían claro lo que iba a suceder; nosotros hoy cuando leemos estos textos del evangelio tenemos por adelantado el saber qué es lo que iba a suceder. Y Jesús trata de prepararlos para que afronten aquella situación; y no les oculta que van a ser momentos difíciles, vosotros llorareis mientras el mundo reirá, les viene a decir Jesús.
En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Así sucedería, allí estaría la alegría de los sacerdotes y los miembros del Sanedrín cuando prenden a Jesús y lo llevan ante Pilato para que sea condenado a muerte. Con aires de triunfo y de victoria celebraban la crucifixión de Jesús y ya conocemos sus gritos y sus burlas. Mientras los discípulos escondidos estaban en el cenáculo y llenos de miedo mientras sufrían todo lo que le estaba pasando a Jesús.
‘Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Ya conocemos la alegría de la mañana y de la tarde de la resurrección en la medida en que se iban encontrando con Cristo resucitado. Lo que parecía una derrota se convertía en victoria y en la mañana de Pentecostés así lo proclamaría Pedro. ‘A quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos’.
Esa victoria de Cristo es nuestra victoria; esa alegría en Cristo resucitado tiene que ser siempre nuestra alegría, aunque muchas sean las tristezas que tengamos a causa de los problemas o de las dificultades, tenemos la certeza de la victoria en Cristo Jesús, muerto y resucitado.
Pero esto tiene que valernos para todas las situaciones de la vida, en esos distintos momentos que pasemos por el dolor y el sufrimiento, los problemas nos envuelvan, las cosas pareciera que se torcieran y no salen como a nosotros nos gustaría. No podemos perder la paz, la serenidad del espíritu, la alegría espiritual que es motor de nuestro espíritu y nuestra vida. Sabemos de quien nos fiamos y quien está con nosotros. Y eso nos hará crecer en valores espirituales, nos dará hondura espiritual, tendremos esa fortaleza del espíritu, podremos caminar siempre con paz.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Nos promete Jesús el Espíritu de la Verdad que nos conduce a la Sabiduría para que vivamos la verdad de Dios en nuestra vida que nos llene de plenitud



Nos promete Jesús el Espíritu de la Verdad que nos conduce a la Sabiduría para que vivamos la verdad de Dios en nuestra vida que nos llene de plenitud

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15
Vivimos en un mundo saturado; es tal la avalancha de noticias e informaciones que nos llegan a cada minuto, acontecimientos que se suceden no solo en nuestra cercanía sino que nos llegan noticias de ellos aunque sucedan en los lugares más lejanos del planeta, gente que vamos conociendo y que va aumentando cada día los ‘amigos’ de las redes sociales que parecen ya listas interminables, no solo informaciones sino comentarios de los más variados que se nos ofrecen por todos lados en cualquier medio de comunicación que abramos, que al final no sabemos que hacer con tantas cosas, como poner orden a esa maraña que se nos va formando en nuestro interior, y parece que el disco duro de nuestra mente ya no da para más.
¿Cómo poner orden en todo ese caos que se nos forma? ¿Quién nos dice lo que es verdaderamente importante y lo que hemos de dejar a un lado? ¿Merece la pena estar al tanto de tanta información que nos llega que al final no sabemos procesar? Es necesario hacer una parada, detenerse para ver lo que verdaderamente merece la pena, encontrar en medio de todo ese caos lo que nos ayude de verdad y nos acerque de una manera distinta a los demás.
Los apóstoles y los discípulos de Jesús también se veían saturados. Habían comenzado a seguir a Jesús porque se sentían atraídos por sus palabras y por los gestos que iba realizando; su cercanía a la gentes, la acogida que hacia de cuantos tenían el corazón lleno de dolor, las esperanzas que se iban suscitando en sus corazones, los signos que realizaba les abrían sus mentes a un mundo nuevo que todos deseaban. Por eso algunos querían estar más cerca de El, y muchos fueron los llamados de manera especial por el Maestro para seguirle.
En la medida que le iban conociendo eran muchas cosas nuevas las que descubrían en su corazón pero también Jesús comenzaba a decirles y a enseñarles nuevas cosas, nuevas actitudes para vivir, nuevos caminos que habían de recorrer. Se sentían desbordados. Ahora era lo que sentían inminente con los anuncios que había hecho y lo que ellos intuían que sucedía a su alrededor donde había algunos que querían quitarlo de en medio y esto concordaba con lo que Jesús les anunciaba. Parece que ya nada más cabía en sus cabezas.
Por eso Jesús en su despedida, porque todo lo que estaba sucediendo en aquella tarde noche en aquella cena pascual parecía que tenía ese sentido de despedida, Jesús les promete que estará con ellos para siempre aunque será de un modo nuevo, Jesús les promete la presencia del Espíritu que desde el Padre había de enviarles.
Es lo que ahora les anuncia. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir’. Son muchas las cosas que Jesús les ha enseñado y no han sabido hasta ahora digerirlas, aunque estando Jesús con ellos y explicándoles El una y otra vez. ¿Cómo será en su ausencia? ‘El os lo enseñará todo, os guiara hasta la verdad plena’.
Es el Espíritu del Señor que sigue presente en su Iglesia, el Espíritu del Señor que podemos sentir también en nosotros, en nuestro corazón. Es el Espíritu que os guía y nos conduce a la verdad plena, es el Espíritu que nos llena de la Sabiduría de Dios, es el Espíritu que inspira en nuestro corazón lo bueno que hemos de realizar, es el Espíritu que nos fortalece contra la debilidad y el mal que nos acecha, es el Espíritu que caminará siempre a nuestro lado para liberarnos del mal, es el Espíritu que pone orden en nuestro corazón, es el Espíritu que nos hace descubrir la verdad, es el Espíritu del que hemos de dejarnos conducir.

martes, 19 de mayo de 2020

Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre



Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Las despedidas son siempre tristes. Es un desgarro del alma al tener que separarse del ser querido o apreciado. Por mucho que nos anuncien una pronta vuelta, por mucho que nos digan que quien marcha va hacia algo mejor, por muchas que sean las promesas de continua comunicación; aun hoy con los medios de comunicación que tenemos, con las redes sociales que nos permiten mantenerse en contacto incluso de contemplar su imagen o escuchar su misma voz. La tristeza nos embarga.
Pienso en mi niñez con la emigración familiares más allá del atlántico; pienso en tantos momentos a lo largo de mi vida en que he tenido que desprenderme de seres queridos, o yo mismo he tenido que marchar del lugar donde hacia mi vida. Por mucho que tratara uno de disimular las lágrimas se nos rompía el corazón. Hablo de esas despedidas impuestas por las circunstancias como podría mencionar las despedidas impuestas por las leyes de la vida cuando fallece un ser querido. No es necesario decir mucho porque por esas experiencias hemos pasado todos, aunque muchas más circunstancias podríamos recordar o resaltar.
Era la tristeza también que envolvía la cena pascual de Jesús con los discípulos; eran las mismas palabras de Jesús, era lo que los discípulos intuían porque no habían terminado ni de aceptar ni de comprender los anuncios que Jesús hacia, era la tensión que se vivía en aquellos momentos con tantos signos y gestos distintos que se iban sucediendo en aquella cena. La tensión y la tristeza se mordían en el aire.
Y sin embargo Jesús les dice ‘os conviene que yo me vaya’, aunque resulten palabras dolorosas. Les cuesta entender aunque las palabras de Jesús hoy nosotros las podamos ver un poco más claras. Recordemos textualmente las palabras de Jesús. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.
Nosotros hoy desde la perspectiva de lo que ya ha pasado podemos comprenderlas un poco mejor, aunque no sé si luego realmente lo llevemos a la vida. Diríamos que la misión de Jesús concluye porque llega el momento culminante de su Pascua, su muerte y su resurrección. No es un final. Es algo que tendrá luego que prolongarse y precisamente a través de quienes creemos en Jesús. Les dejará esa misión a los apóstoles y a los discípulos de entonces, como nos está confiando a nosotros también esa misma misión. El anuncio de la Buena Nueva, el anuncio del evangelio de salvación para que creyendo en Jesús se vaya realizando el Reino de Dios. Pero será una tarea que los discípulos no podrán realizar sin la fuerza del Espíritu que Jesús desde el Padre nos enviará. ‘Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito; en cambio si me voy os lo enviaré’, les dice y nos dice Jesús.
Si nosotros hoy podemos seguir celebrando a Jesús, si podemos hacer el anuncio del Evangelio, si llegamos a vivir ese compromiso de transformación de nuestro mundo según los valores nuevos del evangelio será porque tenemos el Espíritu que Jesús nos envía desde el Padre con nosotros. Es quien nos hace sentir la presencia de Jesús, es quien impulsa nuestros corazones al amor y a la comunión para sentirnos hermanos los unos de los otros, es el que mueve nuestros corazones para ponernos en camino de evangelio, caminos de evangelio en que nos sintamos evangelizados y caminos de evangelio en que llevemos ese anuncio al mundo que nos rodea.
Es despedida de Jesús pero es certeza de que estará con nosotros para siempre hasta la consumación del mundo pero que lo sentiremos y lo viviremos de forma nueva. Despedida de Jesús, que humanamente a los discípulos entonces les costaba lágrimas y angustias ante la incertidumbre de todo lo que iba a suceder, pero despedida que nosotros sabemos que podemos vivir de un modo nuevo. No son aquellas angustias de las que hablábamos al principio como experiencias que humanamente nosotros hubiéramos vivido. Es algo nuevo, es algo distinto, es la certeza de lo presencia de Jesús de un modo nuevo por la fuerza y por la acción del Espíritu.
Claro que todo lo que decíamos entonces nos tendrá que llevar quizá a unas actitudes nuevas desde el amor con la fuerza del Espíritu para quienes viven esas amargas experiencias de dolor en la separación de seres queridos; cómo nosotros allí a su lado hemos de saber estar con un mensaje de esperanza, con una presencia que conforte y consuele en el dolor, con un abrazo de amor que haga que no se sientan solos y abandonados por quienes pasan ese trance de la despedida y de la separación sea cual sea.


lunes, 18 de mayo de 2020

Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad


Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a
Un padre prepara a su  hijo para el día de mañana, porque la tarea del padre no se reduce a trabajar para ganar un dinero con el que tener el sustento de aquellos que están bajo su responsabilidad, sino que su labor como padre es educadora, porque es enseñar a vivir, aconsejar y orientar, ayudar a fortalecer los ánimos y el espíritu del  hijo para que el día de mañana sepa enfrentarse a los problemas de la vida y salir adelante.
Es como la tarea del educador, de todo educador, que no se reduce a enseñar unas materias o tener unos conocimientos podríamos decir intelectuales y unas capacidades técnicas para unos trabajos o para pasar un examen y obtener un titulo, sino que es formar y dar valores para que tengan un fundamento básico que les ayude a vivir con intensidad la vida; y eso es tarea de todo educador, de todo aquel que tiene una misión de enseñar al estar al cuidado de cualquier grupo comunitario. Una tarea ardua que ayuda a prevenir, que hace abrir los ojos a un sentido de la vida, que fortalece los espíritus, que hace crecer no solo conocimientos o técnicas sino algo más hondo que es la persona para ayudarla a llegar a una madurez.
Hoy vemos a Jesús con esa preocupación por sus discípulos; los quiere fuertes y que sepan además donde pueden encontrar esa fuerza; les recuerda que la misión que se les encomienda no es fácil porque van a encontrar oposición y persecución; les previene ante su propia debilidad que les puede llenar de miedos y hacer que se encierren en la vida olvidando el testimonio que tienen que dar.
Por dos veces se lo repite en este corto texto que hoy hemos escuchado. Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis’. Bien sabe Jesús lo mal que lo van a pasar cuando lleguen momentos de persecución. No quiere que se sientan solos y como abandonados porque su presencia física ya no esté con ellos. Y vuelve a repetirles ‘os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Y en lo que Jesús quiere insistirles es que no se van a sentir solos, que aunque ahora muchas veces no entienden bien lo que Jesús quiere decirles, van a tener quien les recuerde todo y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón para hacer ese anuncio, para dar ese testimonio. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.
Es el anuncio que repetidamente vamos a escuchar en estos días en que vamos finalizando el tiempo de la Pascua y en que ya se acerca la fiesta de Pentecostés donde celebraremos la venida del Espíritu Santo. Podríamos decir que es casi como una novena del Espíritu Santo lo que vamos haciendo en estos días por el mensaje repetido de Jesús en que nos anuncia la venida del Espíritu Santo.
Es una palabra de Jesús que necesitamos recordar en todo tiempo, es cierto, pero que en las circunstancias que estamos viviendo a nivel de nuestra sociedad bien nos viene recordar. Este aislamiento social que nos ha tocado vivir, esta situación de inestabilidad que tenemos, estos miedos que se nos van metiendo en el alma porque no sabemos ni cuanto durará esta situación ni como terminaremos por vernos afectados mucho más todavía, nos puede hacer mucho daño por dentro.
Pero tenemos que sentirnos fortalecidos e iluminados para afrontar toda esta situación. Como creyentes en Jesús bien sabemos que no nos podemos sentir solos ni tan debilitados que no sepamos como salir adelante. Con nosotros está el Espíritu de la verdad, como hoy lo llama Jesús, el Defensor y fortaleza de nuestras vidas. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios si el Espíritu del Señor está con nosotros? El Espíritu del Señor es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.