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domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

 


Momentos difíciles pasamos muchas veces en la hora de dar testimonio de nuestra fe, pero no estamos solos porque Jesús nos ha prometido la fuerza de su Espíritu

Apocalipsis 15,1-4; Sal 97; Lucas 21,12-19

Cuando nos vemos en situaciones complicadas, donde se nos puede pedir razón de lo que hacemos, donde quizás por los problemas que tengamos hemos de acudir a alguien pidiendo ayuda, o ante errores que hayamos cometido tenemos que dar explicaciones, pedir excusas, o hacernos un nuevo planteamiento, nos llenamos de dudas y de miedos en nuestro interior, porque no sabemos cómo vamos a reaccionar, no sabemos qué podemos decir o cómo podemos explicarnos mejor, y en cierto modo sentimos como una desazón o una angustia en nuestro interior.

Acudimos quizá a un amigo de confianza a quien podemos hablar con toda libertad pidiendo un consejo, una visión distinta de los problemas que tenemos, o como quizás desde su experiencia podemos afrontar esas situaciones; cuando se trata de problemas más fuertes pedimos la orientación o el acompañamiento de un abogado, que tiene su preparación, sabe mejor como responder a esos cuestionamientos que se nos hacen, qué es lo que podemos decir en nuestro favor, o nos puede ofrecer incluso un asesoramiento jurídico o incluso una defensa llegado el caso. La cuestión es no sentirnos solos e indefensos.

Digo esto a manera de ejemplo en referencia a lo que hoy nos está hablando Jesús en el evangelio. Nos está previniendo para los tiempos difíciles con que nos vamos a encontrar. Habla de persecuciones e incluso de muerte con lo que tenemos ocasión, como nos dice, de dar testimonio. Es en esos momentos difíciles donde se ha de manifestar claramente la firmeza de nuestra fe y como si ponemos toda nuestra confianza en el Señor no nos vamos a ver defraudados.

Bien sabemos que a la iglesia y a los cristianos no nos han faltado persecuciones en todos los tiempos. Desearíamos, es cierto, que todo fuera en paz y armonía, y que el mundo que nos rodea aceptara el testimonio que nosotros podemos ofrecer del evangelio, luz y sendero de nuestra vida. Pero el discípulo no es mayor que su maestro, nos dirá Jesús en otra ocasión, y si a Jesús le hicieron lo que le hicieron llevándolo a la cruz, es el camino de pascua que nosotros también hemos de vivir.

Es normal que nos entren los miedos y las angustias; somos humanos y somos débiles, no bastarán nuestras palabras y nuestra sabiduría para encontrar esa fuerza que necesitamos. Y es de lo que nos está hablando hoy Jesús. No hemos de temer. Hemos de mantenernos perseverantes, es el camino que de verdad nos llevará a la salvación.

Pero Jesús nos da un abogado, un defensor, quien en verdad nos va a guiar en lo más hondo del corazón en ese camino que hemos de recorrer. Ya en otro momento nos hablará de que El marcha a estar junto al Padre pero que nos enviará el Paráclito, el Defensor, ‘El os guiará hasta la verdad plena’, nos dice.

Pero hoy nos está diciendo como no hemos de temer en esos momentos difíciles en que nos podemos encontrar.  Es el momento de dar nuestro testimonio y con nosotros va a estar la fuerza de su Espíritu. En la última cena cuando les hablaba Jesús de su marcha al Padre, aunque no terminaban de entender bien lo que Jesús les estaba diciendo, sus corazones se llenaban de tristeza; les parecía que se iban a sentir solos. Nos pasa a nosotros tantas veces cuando aquellos a los que amamos parece que por un motivo o por otro se alejan de nosotros; cómo sentimos la soledad y como nos sentimos indefensos. Fue el trance amargo que ellos pasaron también durante la pasión de Jesús hasta que lo contemplaron resucitado.

Hoy les dice Jesús en referencia a esos momentos difíciles e incluso de persecución. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. La fuerza del Espíritu del Señor estará siempre con nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.

miércoles, 29 de abril de 2015

Reconocernos pecadores es el camino para encontrar la verdadera paz que nos la da el Señor manso y humilde de corazón

Reconocernos pecadores es el camino para encontrar la verdadera paz que nos la da el Señor manso y humilde de corazón

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
‘Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia… porque si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo…’ Solo con humildad y mucho amor es como tenemos que presentarnos delante del Señor. De nada nos vale decir que no somos pecadores; reconociendo nuestros pecados y acudiendo humildes ante el Señor es como alcanzamos gracia, perdón, paz para nuestro corazón.
Reconocernos pecadores no es llenarnos de amargura; es el camino para encontrar la verdadera paz; pero esa paz nos la da el Señor. Tendríamos que ser santos y no pecar si consideráramos todo lo que es el amor del Señor, todo lo que hace por nosotros; cada uno repase la historia de su propia vida para ver cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros, con nosotros. Eso tendría que bastarnos para sentirnos impulsados a ser santos. Pero ya sabemos cómo somos, nuestra debilidad y nuestra flaqueza que nos hace tropezar una y otra vez en el pecado y no terminamos de corregirnos y enmendarnos. Pero, como  nos decía san Juan, ‘tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo…’ Cristo, el Señor, intercede por nosotros.
Hoy hemos escuchado en el evangelio: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mí yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.’ Cansados, agobiados, atormentados quizá en nuestros problemas o en nuestras recaídas, sintiendo con sinceridad la miseria que es nuestra vida, la miseria y la muerte en la que nos metemos nosotros con nuestra flaqueza y debilidad, llenos quizá de muchos sufrimientos que no son solo los sufrimientos físicos de nuestros dolores o nuestras enfermedades, sino ese sufrimiento que llevamos dentro en tantas cosas que nos preocupan, hemos de saber acudir al Señor.
El nos alivia; El es nuestro descanso; El es nuestra paz. ¡Cuánto tenemos que aprender! ¡De cuánto amor tenemos que llenar nuestro corazón!
Y viendo nuestra situación seamos humildes, aprendamos a ser mansos y humildes de corazón, porque seamos comprensivos con los demás. ¿Quién soy yo para juzgar la debilidad del otro si en mí hay mayores debilidades? Aprendamos del Señor que es manso y humilde de corazón. El que pacientemente nos espera, nos ofrece una y otra vez su amor, su abrazo de perdón, quiere llenarnos de paz, a pesar de que tantas veces nos hacemos oídos sordos y le damos la espalda.
Que nos mueva al amor la mansedumbre y el amor del corazón de Cristo.