Vistas de página en total

viernes, 24 de abril de 2020

Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes



Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubiera realizado el milagro de la multiplicación de los panes

 Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Sal 26; Juan 6, 1-15
¿Dónde estaba la intendencia que supuestamente tenia que preocuparse de que a aquella aglomeración de gente que se había reunido en torno a Jesús tuviera lo suficiente para su subsistencia y para atender las necesidades o accidentes que se pudiera producir ante tanta gente reunida? Si fuera hubiera sido hoy el  hecho que nos narra el evangelio ya estaríamos pidiendo responsabilidades de todo tipo, exigiendo o buscando culpables de la no atención a esas contingencias que podrían surgir.
Hoy lo queremos tener todo preparado y previsto, y está bien que tengamos responsables previsiones, pero quizá habría que mirar también por otro lado en la responsabilidad de cada uno y también hacer surgir los movimientos solidarios que ayuden a la buena convivencia y a la paz que entre todos hemos de vivir, pero antes hemos de construir.
No pretendo hacer comparaciones entre unas situaciones y otras pero si es bueno reflexionar quizá en lo que cada uno puede aportar, debe aportar para el bien común en todo momento. El que confiemos unas responsabilidades a unos dirigentes no nos hace desentendernos por nuestra parte y no solo es la crítica y condena de lo que tenemos que preocuparnos sino también de todo lo que nosotros podemos aportar.
Pudiera parecer que nos estamos alejando del evangelio que hoy se nos propone, pero ni mucho menos. La gente con fe había acudido a Jesús. Le llevaban sus enfermos, acudían todos los que sentían algún tipo de sufrimiento porque ya había corrido la noticia de que en Jesús encontraban no solo cura para sus enfermedades, sino también la paz de los espíritus que tanto necesitaban. ¿Esos poseídos de espíritus inmundos de los que nos habla el evangelio no nos estarán queriendo hacer referencia a todo ese sufrimiento en el espíritu que de una manera u otra tantas veces padecemos?
Venían y querían escuchar a Jesús, estar con Jesús, seguir sus pasos porque sus vidas se llenaban de una esperanza nueva cuando estaban con El. No se terminaban de aclarar quien era en verdad Jesús y hasta querrán hacerle rey, buscando quizá un solucionador de problemas, pero podíamos decir que ciegamente seguían a Jesús y hasta se olvidaban de sus necesidades más perentorias.
Ahora están allí en lugares poco menos que desérticos, lejos de cualquier población y la intendencia se ha acabado, lo que provisoriamente algunos quizás habían llevado ya lo tenían agotado. Es Jesús el que pregunta, ¿dónde podremos comprar pan dar de comer a tantos? Ni con doscientos denarios de pan, si hubiera donde comprarlo, bastaría para dar de comer a tanta gente.
Hay algo que comienza a surgir, la inquietud de los más cercanos a Jesús que seguramente se fue contagiando a unos y otros, para tomar conciencia de la situación, para encontrar solución a los problemas que se presentan, para hacer surgir buenos sentimientos en aquellos que quizá en su despreocupación no habían pensado en los problemas que se planteaban. Y es cuando aparece Andrés diciendo que por allí hay un muchachos con unos cuantos panes y peces, pero, ¿qué es eso para tantos como están allí reunidos?
No podemos resolver los problemas  y nos cuesta encontrar vías de solución. Nos quejamos quizás que somos muchos, pero que no tenemos a mano lo suficiente para llegar a todos, y decimos que no somos capaces o nuestro mundo ya no está en condiciones para poder abarcar a las necesidades de todos, y como siempre tenemos la tentación de las culpas porque cuando culpamos a los otros nos las quitamos de encima como si no tuviéramos ninguna responsabilidad; siempre miramos para atrás o miramos para otro lado, pero nos cuesta tanto valorar lo poquito que otros han podido hacer o han podido ofrecer, pero nosotros tampoco es que pongamos gran cosa. Que son cosas que nos están sucediendo todos los días, que son cosas, actitudes, posturas que estamos viendo ahora mismo con los problemas que tenemos.
Si en aquella ocasión no se hubiera valorado el gesto de aquel chiquillo que ofreció lo poco que tenía no se hubieran alimentado tantos ni hubiera sobrado tanto pan que podía remediar situaciones semejantes en otra ocasión. Jesús quería que no se desperdiciara nada. Y cuantos desperdicios producimos cada día en nuestra sociedad.
Ahí está el hecho del evangelio con tantas lecciones para lo que hoy nos sucede. Pero no olvidemos que en medio de todo esto está Jesús. Habremos cerrado ahora las iglesias por los peligros de contagios, pero Jesús sigue estando ahí, el poder y la gloria del Señor se manifestarán. No olvidemos la intendencia que Jesús nos tiene preparada. Tengamos fe y tengamos esperanza.

jueves, 23 de abril de 2020

Escuchemos a quien viene del Padre y nos habla las palabras del Padre y creyendo en Jesús en El tendremos vida eterna


Escuchemos a quien viene del Padre y nos habla las palabras del Padre y creyendo en Jesús en El tendremos vida eterna

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36
Cuando hablamos largamente con otras personas pronto nos daremos cuenta de cuáles son sus intereses y los valores de su vida. Las palabras expresan nuestro pensamiento, nuestro yo más profundo aunque quizá incluso tratemos de disimular; pero aquello que son nuestros valores, nuestros principios, las cosas que para nosotros son importantes pronto se van a ver reflejados en nuestras palabras y en nuestra conversación.
Por supuesto que en la vida hablamos de todo y es variada nuestra conversación porque saldrán temas de actualidad, cosas de interés común, lo que son las preocupaciones de la gente, pero en la manera de enfocarlo estamos dejando entrever lo que verdaderamente llevamos por dentro. Algunas veces uno se siente insatisfecho en la conversación de la gente porque parece que no tienen tema de conversación o sus intereses son realmente superficiales. Como solemos decir muchas veces hay gente que no saber hablar sino de fútbol y, por qué no lo vamos a decir así también, de sexo. Es una lástima el vacío que muchas veces llevamos por dentro que manifiesta nuestra poca hondura, la superficialidad con que nos tomamos la vida.
Me hago esta reflexión en principio que creo que nos viene bien porque necesitamos darle hondura a nuestra vida, y lo  hago a partir de lo que hoy nos dice el evangelio. El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio…’ Algunos es cierto que no sabemos hablar sino de las cosas de la tierra. Pero nos está señalando de qué nos habla Jesús, cual es su testimonio. ‘Viene del cielo y está por encima de todo’, nos dice. Viene de Dios y nos habla las cosas de Dios.
Ya nos lo expresa Jesús en otros momentos del evangelio cuando nos habla de que El es el enviado del Padre y lo que hace es hacer su voluntad, manifestar lo que es la voluntad de Dios. Viene de Dios y nos habla de Dios. ¿Quién puede hacerlo mejor? ‘De lo que ha visto y oído da testimonio…’ nos dice. ‘El que envió Dios, habla palabras de Dios…’ nos dice. Por eso su gran revelación es hablarnos del amor de Dios, decirnos que Dios es nuestro Padre y nuestro Padre providente que cuida de nosotros, tanto que nos ha entregado a su propio Hijo, y así nos enseña a llamar Padre a Dios. Cuando nos enseña a orar nos dirá, ‘Vosotros decid así: Padre nuestro que está en el cielo…’
¿Qué nos queda a nosotros? Poner nuestra fe en Jesús. Porque ‘el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Es el que se entregó por nosotros para que nosotros tuviéramos vida. Es la manifestación del amor de Dios cuya prueba palpable es Jesús. El que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia.
A lo largo de todo el evangelio se nos irá repitiendo esa invitación a poner toda nuestra fe en Jesús, porque escuchando sus palabras y cumpliendo sus mandamientos tenemos vida eterna. Porque comiéndole a El nos resucitará en el último día. Porque quien cree en Jesús no morirá para siempre, porque Jesús es Resurrección y Vida. Porque El es la luz verdadera que viene a iluminarnos para que tengamos la luz de la vida. Así podríamos recordar muchos otros momentos del evangelio.
Escuchemos a Jesús y conoceremos a Dios; escuchemos a Jesús y nos llenaremos de vida eterna. Escuchemos a Jesús y en El vamos a tener la salvación eterna porque El nos resucitará en el último día.

miércoles, 22 de abril de 2020

Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús


Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Esto no hay quien lo arregle, esto no tiene solución,  decimos con cierta amargura en el alma pero también con una fuerte carga de pesimismo en muchas ocasiones cuando los problemas se nos acumulan, el agobio en la búsqueda de soluciones nos ciega, o nos vemos desbordados por la situación que no sabemos encarrilar. Es una reacción como muy humana que nos brota, pero tendría que ser algo para un creyente que le tendría que hacer pensar con un poco de más detenimiento.
La misma situación social con todas sus ramificaciones que ahora estamos viviendo en nuestra sociedad nos puede llevar también por esos derroteros. Pero ¿es que no podemos encontrar esperanza? ¿Pensamos acaso que todo es como un caos donde no llegamos a encontrar el hilo del que tirar para que todo pueda volver a su orden? ¿O es acaso que lo que queremos es volver a lo mismo, que se soluciones las cosas más urgentes, para que podamos volver a vivir como vivíamos antes? ¿No encontraremos una luz que nos ayude a descubrir un sentido nuevo a las cosas, a la vida, a los problemas, a nuestro mundo con sus problemas?
Pero los que creemos en Jesús no tendríamos que caminar por esos caminos de pesimismo y de amargura. La fe en Jesús tendría que sembrar en nosotros esperanza y desde esa esperanza con la fuerza del Espíritu del Señor encontrar esos caminos de salida, esos caminos de salvación que nos hagan pensar en esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros.
Creo que lo que nos dice hoy el evangelio tendría que hacernos dar un parón, un detenernos en seco para descubrir todo el sentido de vida nueva que tiene que tener nuestra fe en Jesús. La frase que escuchamos en el evangelio es mucho más que una frase lapidaria, una frase para grabar en una piedra y nadie la olvide. Es mucho más porque es algo que da sentido a nuestra vida, y donde en verdad tenemos que grabarla es en nuestro corazón.
‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. O sea, que el amor de Dios nos está entregando a Jesús para que en El encontremos la salvación. Así de sencillo, pero también de hermoso. Así con esa hondura y con esa alegría también en el alma. No quiere Dios que perezcamos, no quiere Dios la muerte ni la condena. Dios quiere y nos ofrece la vida, nos ofrece a Jesús. Y es claro pensamos en la entrega de Jesús en su cruz, en su pasión y en su muerte. ¿Por qué no pensamos en Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros, el que se encarnó y tomó nuestra condición humana para viviendo nuestra misma vida estar a nuestro lado y enseñarnos cómo si es posible la salvación?
La cruz fue su entrega suprema, la mayor ofrenda de amor, el amor de quien nos ama y entrega su vida por nosotros. pero es toda la vida de Jesús, caminando a nuestro lado, viviendo también nuestras penurias y nuestros sufrimientos, al lago de nuestras penas y de nuestras angustias El nos va dando el sentido nuevo de nuestra vida, El nos va poniendo en el camino que no libera de nuestro mal y de nuestro sufrimiento, El haciéndose solidario en todo con nosotros nos está diciendo cómo nosotros tenemos que vivir, el amor que hemos de poner en la vida, la solidaridad con la que hemos de envolver todo nuestro quehacer.
Se nos tienen que abrir los ojos para descubrir el valor auténtico de tantas cosas, se no tienen que abrir los ojos para descubrir el valor de la persona y qué es lo que la hace grande, se nos tienen que abrir los ojos para que no sigamos andando con nuestras individualidades insolidarias, para aprendamos a mirar a nuestro lado y descubrir a las personas que caminan junto a nosotros que quizá alguna vez hasta ni en la misma casa habíamos llegado a descubrir, se nos tienen que abrir los ojos para que veamos el valor de lo importante y no nos quedemos en banalidades ni en superficialidades. Y todo eso lo veremos cuando sentimos de verdad que Jesús camina a nuestro lado, que nos está señalando y ofreciendo todo el amor de Dios que se hace entrega en su vida.
Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios.


martes, 21 de abril de 2020

Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida


Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo y así queremos nacer de nuevo poniendo amor en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15
‘Tenéis que nacer de nuevo’, nos insiste hoy Jesús en el evangelio. No es tarea fácil. Como hemos comentado muchas veces el seguimiento de Jesús no es cuestión de arreglitos sino de radicalidad, de vida nueva.
Ya sabemos que cuando andamos con componendas porque queremos quedar bien con todos, al final no quedamos bien con ninguno. Así como en la vida tenemos que mostrarnos con sinceridad, con veracidad, con autenticidad, manifestando como somos, lo que son nuestros planteamientos y nuestros ideales, no buscando agradar a este o al otro para que todos queden contentos. El que no se manifiesta auténticamente como es pretende engañar, está llenando de mentira su vida, quien no es totalmente congruente en lo que realiza al final será rechazado porque se descubrirá su engaño, su falsedad y eso es algo que es rechazable.
El cristiano que sigue a Jesús es que en El ha descubierto la verdad de su vida. El evangelio de Jesús se convierte en su meta y en su ideal, aunque se sabe débil y pecador, pero estará siempre en un estado de crecimiento, de superación, de maduración espiritual en su vida. Claro que no es una cosa que logremos de la noche a la mañana, sino que es un proceso que vamos realizando día a día. Igual que toda persona madura es una persona reflexiva, una persona que se examina a sí mismo, que se traza metas por las que lucha, así tenemos que ser maduros en nuestro seguimiento de Jesús.
Reconocemos que no es fácil, que nos cuesta, que exige un esfuerzo, una ascesis día a día, pero su meta es vivir la vida de Cristo. Ya llegaría a decir san Pablo que no vivía él, sino que era Cristo quien vivía en él. Así se sentía identificado, así se había transformado, así había nacido de nuevo, como nos dice hoy el evangelio. Es arrancar todo lo que hay de muerte en nosotros para llenarlo de la vida de Cristo. Lo que nos exige darle hondura a la vida, hacernos reflexivos como decíamos antes, porque tenemos que ir confrontando cada día nuestra vida con el sentido del evangelio. Nos hace escuchar allá en lo  hondo del corazón, nos hace abrirnos a la Palabra de Dios.
Y todo porque nos sentimos cautivados por Cristo. Somos unos enamorados que queremos vivir el amor de Cristo, queremos vivir en el amor de Cristo. Y así queremos poner amor en nuestro corazón, en nuestra vida, en lo que hacemos, en esa nueva manera de relacionarnos con los demás, en esa exigencia que tenemos dentro de nosotros mismos para no dejarnos nunca arrastrar por la desgana, para no dejar enfriar ese amor contagiándonos de la insolidaridad de tantos, en esos pasos que día a día damos para purificarnos por dentro para no caer en la fatuidad del materialismo de nuestro mundo, en esa forma intensa de vivir la vida.
Lejos de nosotros toda superficialidad, lejos de nosotros los paños calientes como se suele decir. Y lo podremos realizar porque Jesús nos ha dado su Espíritu, que es nuestra fuerza y nuestra luz, que es la fuente de nuestro amor y el motor de nuestro vivir. El testimonio lo tenemos claro en lo que querían vivir aquellas primeras comunidades cristianas como nos hablan hoy los Hechos de los Apóstoles.
Nosotros queremos mirar al que ha sido elevado a lo alto porque desde lo alto nos enseña lo que es la verdadera entrega y el amor más auténtico. Hoy termina diciéndonos el evangelio que ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’.
Lo acabamos de contemplar en la celebración del misterio pascual de Cristo. En nuestra mente y en nuestro corazón está muy presente al que fue clavado en lo alto del madero y hacia El miramos porque sabemos que de ahí nos viene la salvación. Pero a ese crucificado lo contemplamos resucitado, porque es el Señor vencedor del pecado y de la muerte que a nosotros nos llena de vida, a nosotros nos quiere hacer vivir su misma vida. Y para eso, como comenzamos diciendo, tenemos que saber nacer de nuevo.

lunes, 20 de abril de 2020

No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea


No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8
Pero, mira qué cambiado está, decimos para referirnos a alguien que le ha dado la vuelta a su vida, que ha cambiado algunas de sus costumbres, que ha sabido asumir responsabilidades y que le vemos que toma las cosas en serio. Nos admiramos de su cambio, nos alegramos con las nuevas actitudes y posturas que ahora sabe tomar, y nos sentimos gozosos de que quien parecía una bala perdida ha sabido corregir cosas, reformar costumbres, actuar ahora de una forma nueva y con mayor responsabilidad. Son cambios que afectan, es cierto, a la persona, que mejoran su vida.
De algo así, pero con una mayor profundidad y radicalidad es lo que Jesús la habla a Nicodemo. Era un magistrado judío, perteneciente incluso al sanedrín de los ancianos, del grupo de los fariseos, pero un hombre que con sinceridad quería buscar a Dios. Habría oído hablar de Jesús, habría observado las cosas que Jesús hacía y sentía que Jesús no era un maestro cualquiera, era un hombre de Dios, y sentía que Dios tenía que estar con El por las cosas que hacía. Así se lo manifiesta incluso a Jesús mismo cuando aquella noche fue a ver a Jesús.
Un hombre que buscaba a Dios pero que aun andaba envuelto en tinieblas; es significativo que fuera de noche a ver a Jesús. Lo justificamos con explicaciones de que quizá por su posición en medio de los judíos no quería que supiesen que había ido a ver a Jesús. Pero es también el síntoma de quien busca, pero aun no ha encontrado la luz. Como andamos también en ocasiones nosotros con nuestras dudas y con nuestros miedos, con nuestras cobardías para dar la cara por nuestra fe, y por tantos disimulos como andamos tantas veces en la vida. Necesitamos encontrar la luz, necesitamos que se realice de verdad en nosotros lo que vemos hoy que nos plantea Jesús.
‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’, le dice directamente Jesús. Habla de la radicalidad de nacer de nuevo. No son arreglos, no son remiendos como en otro momento nos dirá hablándonos en esa otra ocasión del paño nuevo, del odre nuevo. Ya nos ha hablado desde el principio del evangelio de conversión; nos hemos acostumbrado a esa palabra y la hemos devaluado. Conversión es cambio radical, es dar la vuelta totalmente para coger el  norte de Cristo, para coger la dirección del Evangelio de Jesús.
Hoy nos habla de nacer, nacer de nuevo. Palabras que Nicodemo se las toma demasiado al pie de la letra y de ahí su reacción. ‘¿Cómo puede un hombre siendo viejo volver al seno de su madre para nacer de nuevo?’ Sí entiende Nicodemo que lo que Jesús está pidiendo es algo radical, pero no sabe cómo se puede realizar.
Y habla Jesús de nacer del agua y del Espíritu. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios’, dice claramente Jesús. Es el Espíritu el que nos transforma, es quien nos hace ese hombre nuevo. Es el Espíritu de Dios que no vemos pero que sopla donde quiere, como nos dice Jesús, para expresarnos como puede actuar en nosotros. Y somos nosotros los que nos tenemos que dejar llevar por esa acción del Espíritu, aunque tantas veces no lo escuchamos, nos hacemos sordos a su inspiración. Pero también hemos de reconocer que se manifiesta en tantas cosas buenas en nosotros pero que hemos de saber contemplar también en ese mundo que nos rodea.
Finalmente dos lecciones podemos sacar hoy de este evangelio que se nos ofrece. Recordar por una parte que nuestro bautismo eso tuvo que significar en nuestra vida, ese nacer de nuevo del que  nos habla Jesús hoy. Tenemos que ser ese hombre nuevo que nos hemos dejado transformar por el Espíritu Santo. De ello tenemos que dar señales. Esta pascua que estamos viviendo a eso tiene que llevarnos. Y necesitamos ser signos de esa vida nueva en medio de nuestro mundo, que necesita de esas señales.
Por otra parte, y es la segunda lección que podemos deducir, sepamos ver las señales de la acción del Espíritu en los demás, en nuestro mundo, en lo que nos sucede. Será como ver esas ráfagas de luz que tanta esperanza tienen que despertar en nosotros. Muchas obras del Espíritu se están haciendo presentes hoy en la vida de los hombres. Tengamos los ojos atentos para descubrirlas y valorarlas.

domingo, 19 de abril de 2020

La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre


La presencia pascual del resucitado nos renueva en la fe y en la esperanza, para encontrar la paz en el corazón y ser mensajeros de misericordia y de paz para el mundo que sufre

Hechos de los apóstoles 2, 42-47; Sal 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31
Siempre hemos dicho que la paz es el saludo pascual de Cristo resucitado pero que además a quienes creemos en El nos convierte en mensajeros de paz. Hoy lo escuchamos repetidamente en labios de Jesús en los dos momentos en que se encuentra con los discípulos reunidos en el cenáculo. ‘Paz a vosotros’, les dice. Era la experiencia que vivían todos los que se encontraban con Jesús. Lo vemos a lo largo de todo el evangelio. Cuantas veces lo vemos llevando paz a los enfermos y a los pecadores, a cuantos tenían su corazón y su cuerpo lleno de sufrimientos, y quienes iban a escucharle. ‘Vete en paz y no peques más’.
Es la Buena Noticia que nos trae la presencia de Jesús y el evangelio que tenemos que comunicar. No temáis les dice Jesús a las mujeres en sus apariciones o era la sensación espiritual que Vivian quienes se iban encontrando con Jesús, aunque hubiera momentos en que casi no se daban cuenta de que era Jesús quien estaba con ellos.
Hoy es especialmente intensa esa vivencia de la paz con la presencia de Jesús. Ya nos dice el evangelista que los apóstoles estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Había sido dura la experiencia vivida con la pasión y la muerte de Jesús y de alguna manera temían por sus vidas pues eran sus seguidores. Aún no habían sentido la presencia del Espíritu con ellos, pues ya veremos como tras la experiencia de Pentecostés se lanzarán a la calle para hablar sin ningún temor de Jesús.
Por eso la primera palabra de Jesús resucitado en su encuentro con los discípulos es la paz. Y fue suficiente esa palabra para que se llenaran de alegría y todos aquellos temores y aquellas dudas que les habían llevado a no creer a los que les habían venido a decir que había resucitado se disipan. Pero es que además ya se sienten llenos del Espíritu de Jesús para la misericordia y para el perdón. Eran ya los enviados con el anuncio de la misericordia, con el anuncio de la paz. ‘A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados’. ¿Y puede haber una paz más intensa en el corazón que la de sentirse perdonado? Son enviados, pues, como mensajeros de paz, como portadores del perdón y de la misericordia de Dios para con todos los hombres. Será una de sus bienaventuranzas, dichosos los constructores de la paz.
Pero había alguien que no estaba con el grupo en aquel momento. Por eso cuando los demás discípulos llenos de alegría le anuncian que ha estado allí Jesús con ellos él sigue con sus dudas y su búsqueda de pruebas. Aún no había llegado la paz a su corazón. Cuando a los ocho días vuelva Jesús a encontrarse con ellos Tomás encuentra aquella paz que le faltaba y ya no será necesario meter el dedo en las llagas de sus manos ni la mano en el costado de Jesús abierto por la lanza. Bastó que él estuviera allí con la comunidad de los discípulos cuando llegara Jesús. Y saldrán de sus labios temblorosos por la emoción las palabras de una fe profunda ‘¡Señor mío y Dios mío!’.
Aquella experiencia pascual es la que nosotros tenemos  hoy que vivir. Nosotros seremos de aquellos de los que habla Jesús de que son dichosos sin haber visto. No estábamos nosotros en el Cenáculo en aquella tarde, pero creemos en la Palabra de los testigos que nos lo han trasmitido de tal manera se hace experiencia en nosotros esa presencia de Cristo resucitado. Es lo que vivimos por la fe y lo que estamos celebrando.
Y podríamos decir este año con unas circunstancias muy especiales, por cuanto no hemos podido vivir en vivo y en directo con nuestra presencia las celebraciones pascuales. Pero no nos tiene que faltar la fe, tenemos que aprender a sentir también en estos momentos y de esta manera esa presencia pascual de Cristo resucitado en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia. Y de una manera espiritual muy intensa ser capaces de sentir esa experiencia de la paz que nos trae Jesús, para nosotros y para nuestro mundo.
También nosotros tenemos que convertirnos en mensajeros de paz, en constructores de paz. Cuánto lo necesitamos y cuanto lo necesita nuestro mundo hoy. El momento que vivimos puede agobiarnos, puede hacernos perder esa serenidad espiritual que necesitamos para afrontarlo dignamente. Detrás de ese primer plano de los contagiados, de los que han fallecido, del peligro de poder nosotros contagiarnos también hay otro telón que oscurece nuestras esperanzas, nos llena de miedos, nos interroga sobre muchas cosas, sobre el futuro, sobre la salida de esta situación que tantos problemas de todo tipo ya comienzan a generarse en nuestra sociedad. Y aparecen los miedos y nos podemos encerrar cobardes incluso con posturas de insolidaridad porque pensemos solo en nosotros mismos. Hay inquietud en los corazones y podemos perder la paz y serenidad del Espíritu.
Como los discípulos encerrados en el cenáculo con sus miedos o como los que dispersos, como Tomás, querían quizá buscar otros caminos por su cuenta. La presencia del Señor resucitado en medio de los ellos los renovó, renovó fe y renovó su esperanza, les hizo encontrarse con la paz en el corazón y se convirtieron en mensajeros de misericordia y de paz con el envío de Jesús.
Es lo que sentimos que tiene que ser para nosotros la celebración de esta pascua que queremos seguir viviendo con toda intensidad. Tenemos que convertirnos en mensajeros de paz y de serenidad en medio de nuestro mundo. Con nuestro testimonio convertirnos en verdaderos constructores de esa paz, de ese mundo nuevo que tiene que surgir de las ruinas en las que se está quedando nuestro viejo mundo.
Hay lucecitas hermosas que van apareciendo en tantos gestos de responsabilidad y de solidaridad que nosotros tenemos que avivar aun más. Podemos hacer que nuestro mundo sea mejor, tenemos que hacer que nuestro mundo sea mejor del que desterremos tantas violencias e injusticias, tantos egoísmos y tantos odios, tantas vanidades y tantos orgullos que nos han llenado de vacío el corazón.
Creo que por ahí tiene que ir nuestro compromiso pascual. Es así como con la fuerza de Cristo resucitado transformaremos nuestro mundo. Es así como llegará a tener profundo sentido la pascua que hemos celebrado.

sábado, 18 de abril de 2020

Ni Magdalena se quedó con la noticia para ella sola ni los discípulos se pudieron quedar encerrados en su gozo sino que fueron a todos para llevar la noticia de la resurrección de Jesús


Ni Magdalena se quedó con la noticia para ella sola ni los discípulos se pudieron quedar encerrados en su gozo sino que fueron a todos para llevar la noticia de la resurrección de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15
El evangelio de Marcos que en sí mismo es el más breve de los cuatro evangelios es también el que con mayor brevedad nos relata las apariciones de Cristo resucitado a los discípulos. Lo que hoy se nos presenta es ese resumen de las apariciones de Cristo resucitado que el evangelista concreta en la aparición a María Magdalena, a los dos discípulos que se marcharon de Jerusalén coincidiendo con el relato que nos hace Lucas de los discípulos de Emaús,  y una aparición al grupo reunido en el Cenáculo.
Hay algo sin embargo que se nos quiere de alguna manera resaltar y es que a los discípulos les costó aceptar el hecho de la resurrección de Jesús hasta que por si mismos ellos no experimentaron su presencia. Viene María Magdalena podríamos decir que con mucho entusiasmo y alegría porque Jesús se le había aparecido y no la creen; vienen los discípulos de Emaús contando, como diría Lucas, todo lo que había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan, y no los creen. Ahora se les aparece Jesús y les recrimina que no creyeran a quienes le habían visto resucitado.
¿No nos sucederá de alguna manera así a nosotros también? Es cierto que nuestra fe se fundamenta en la resurrección del Señor porque como nos dirá san Pablo si Cristo  no  ha resucitado vana sería nuestra fe, pero también es cierto que por la manera en que vivimos nuestra fe damos la impresión que no somos tan entusiastas en proclamar con nuestra vida la resurrección del Señor.
En ocasiones daría la impresión que dudamos porque no vivimos ese entusiasmo y esa alegría de la fe. Muchas veces los cristianos damos la impresión que estamos siempre como los discípulos en viernes santo por la tristeza con que vivimos, por la poca esperanza que ponemos en la vida frente a las luchas y a las dificultades. Y digo estar en viernes santo porque vivimos en tristeza y parece que en angustia, con miedos y cobardías, encerrados en nuestros reductos pero no terminamos de hablar abiertamente de ese Jesús en quien creemos como nuestro Salvador y que es la única salvación del mundo.
Quizá tengamos momentos de euforia, de entusiasmo, de alegría en los momentos en que celebramos la pascua, cuando celebramos y vivimos la Vigilia pascual de la resurrección del Señor, donde cantamos una y otra vez esa alegría de la resurrección. Pero lo hacemos encerrados en nuestros templos, reunidos quizá solamente con aquellos que viven como nosotros esa noche la alegría de la pascua, pero cuando nos salimos de ahí se nos acabaron los cantos, se nos acabó la alegría y el entusiasmo, ya no somos capaces de proclamarlo claramente ante el mundo que nos rodea porque quizá decimos que no nos entienden o acaso tememos que incluso se rían de nosotros diciéndonos que estamos medios locos.
Jesús no quiso que Magdalena se quedara solo para ella con la alegría de haberlo encontrado resucitado; los discípulos de Emaús no se quedaron allá en su pueblo disfrutando de aquella cena que se quedaría a medias y comentando solo entre ellos lo que les había sucedido sino que volvieron corriendo sin temor a la noche hasta Jerusalén para contarlo a los demás. Y hoy vemos en el evangelio que Jesús después de recriminarles que no habían creído ahora les manda que tienen que ir al mundo entero para llevar aquel evangelio, aquella Buena Noticia y a todos llegara la salvación. Las puertas del cenáculo tendrían que abrirse para salir fuera, para ir al mundo, para llevar esa buena noticia, como veremos que hicieron cuando se sintieron llenos del Espíritu de Jesús en Pentecostés.
¿Y nosotros seguiremos encerrados solo con nuestros grupos y en nuestros recintos? Sería una vivencia pobre y triste de nuestra fe. La alegría de la fe en Cristo resucitado tenemos que llevarla al mundo entero. Comencemos ya por los que están cerca de nosotros sin olvidar que tenemos que ir a todos.

viernes, 17 de abril de 2020

Aquel amanecer del lago de Galilea puede ser un signo de un nuevo amanecer hoy en nuestra vida y para nuestro mundo si aprendemos a vislumbrar los rayos del sol


Aquel amanecer del lago de Galilea puede ser un signo de un nuevo amanecer hoy en nuestra vida y para nuestro mundo si aprendemos a vislumbrar los rayos del sol

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14
Todos en la vida tenemos nuestros cambios, en ocasiones bruscos, de humor. Lo digo así por decirlo de una manera suave y como en imagen de lo que nos pasa muchas veces, que es nuestra inconstancia, nuestra falta de perseverancia. Hay momentos en que desde la experiencia que hayamos vivido, desde aquello que nos impactó y nos llamó poderosamente la atención nos hicimos mil promesas de que la cosa no seguiría igual, que ahora íbamos a cambiar, que nos íbamos a tomar más en serio las cosas, pero ya sabemos como de buenas a primeras aquello parece que se nos vino abajo, vino el cansancio de las promesas hechas, y las cosas no cambiaron tanto como prometíamos en principio que íbamos a hacerlo. Volvemos quizá a tropezar en las mismas piedras – aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra – aparecen de nuevo los desalientos y nos puede de nuevo la rutina.
Yo quiero ver algo así todo el proceso que vivieron los discípulos de Jesús, los apóstoles en torno a la muerte y a la resurrección del Señor. Ya conocimos la radicalidad con que Pedro prometía dar la vida por Jesús y como pronto lo negó, pero también como se fueron en desbandada a la hora del prendimiento en el huerto, o como andaban encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos. No creen en principio las noticias que les traen las mujeres de que la tumba estaba vacía y unos ángeles les habían dicho que había resucitado, pero el entusiasmo vuelve a sus vidas cuando viven la experiencia con Cristo resucitado, como aquellos discípulos de Emaús o los apóstoles todos reunidos en el Cenáculo.
Pero hoy contemplamos en el evangelio un momento de decaimiento por parte de los discípulos. Habían marchado a Galilea, vamos a pensar desde aquellas indicaciones que Jesús les había hecho llegar por medio de las mujeres, pero allá junto al lago  no saben qué hacer. Allí están las barcas y las redes arrimadas a un lado desde hacia tiempo ya. Pero es cuando Pedro – siempre Pedro el primero que va delante – se decide ir a pescar. ‘Me voy a pescar’, y unos cuantos de los discípulos se van con él. ‘Vamos nosotros también contigo’.
Pero parece que las experiencias se repiten. O son los altibajos también de la pesca, unas veces buena pesca y otras la barca vacía. Aquella noche no habían cogido nada y ya estaba amaneciendo. Para colmo alguien desde la orilla pregunta si han tenido buena pesca. No les queda más remedio que reconocerlo, no han cogido nada. ‘Echad la red a la derecha de la barca’. ¿Quizás desde la orilla había la suficiente perspectiva como para ver un cardume entre sombras en el agua del lago?
Pero era alguien que sí sabía donde habían de pescar. Es Juan el que se da cuenta y por lo bajo se lo comenta a Simón Pedro. ‘Es el Señor’. Ni hizo falta nada más, se lanzó al agua para llegar pronto a los pies de Jesús. Los otros tendrían que seguir tirando de la red y llevando la barca hasta la orilla, pero allá estaba ya Pedro a los pies de Jesús. Fue el chispazo que le hizo renovar todo lo bueno que llevaba en su corazón para sobreponerse a todos los desalientos y a todos los miedos.
¿Necesitamos nosotros también una llamada de atención? ¿Necesitaremos algo que nos despierte? El Señor va dejando también signos y señales en nuestro camino, pero que hemos de saber descubrir. Las cosas nos salen mal en ocasiones o hay otros momentos en que todo se nos vuelve una noche oscura. Pero ahí tenemos que saber donde está la estrella, donde está la luz.
Tenemos que saber reconocer que el Señor nunca nos falla, aunque haya momentos en que la pesca vaya mal, vayan mal las cosas y problemas de nuestra vida, vaya mal la situación de nuestro mundo. Pero no todo es oscuridad. Siempre habrá una luz en el horizonte, un nuevo amanecer que nos haga ver y sentir de nuevo los rayos del sol. Aquel amanecer del lago de Galilea puede ser un signo de un nuevo amanecer hoy en nuestra vida y para nuestro mundo. Aprendamos a vislumbrar los rayos del sol.

jueves, 16 de abril de 2020

Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras


Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
No nos lo terminamos de creer. Nos sucede en ocasiones. Nos lo habían anunciado y nosotros lo esperábamos. Pero cuando menos pensamos llegó aquel personaje o aquel familiar que nos había anunciado su regreso, sucedió aquel hecho que esperábamos, pero que de alguna manera estábamos desencantados y ya pensábamos que no iba a suceder. Y ahora que lo tenemos, ahora que ha sucedido, ahora que ha llegado no nos lo creemos, ponemos en duda todas las circunstancias que lo rodean, nos parece mentira que al final sucediera.
Así andaban los discípulos tras los desconciertos de los últimos días. No habían terminado de comprender el por qué de todo lo sucedido, a pesar de que Jesús una y otra vez lo había anunciado. Como había anunciado que resucitaría, como las mujeres habían venido contando de que el sepulcro estaba vacío y que unos Ángeles les habían dicho, como habían comprobado Pedro y Juan que habían ido al sepulcro y allí no estaba el cuerpo de Jesús, pero sí sus vendas y sudarios bien doblados y recogidos. Aunque decían que habían creído todavía seguían en sus dudas.
Y en esas andaban escuchando el relato de los dos que se habían ido a Emaús y que habían vuelto inmediatamente, vete a ver con qué carreras, que les contaban que había ido con ellos por el camino sin reconocerlo, y que al entrar para quedarse con ellos por su insistencia, al partir el pan lo habían reconocido. Y de pronto Jesús está allí en medio de ellos sin abrirse las puertas, y claro, ellos se llenaron de estupor por la sorpresa. ‘No os alarméis, no tengáis miedo… la paz a vosotros’. Y allí estaba Jesús. Lo veían pero no se lo creían. Como nos sucede tantas como antes mencionábamos.
Y Jesús les ofrece pruebas de que realmente es El. Allí están sus llagas de la crucifixión. Pero aun más les pide de comer, y como con ellos, para que no creyeran que eran un fantasma. Un fantasma no come ni bebe. Y Jesús lo estaba haciendo en medio de ellos. Y es que todo esto es cuestión de fe. Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, porque no son nuestros razonamientos humanos. Es una sabiduría distinta, superior, que nos viene de arriba. Por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y El mismo estaba explicándolo.
Pero hay que creer en la Palabra de Jesús, hay que abrir el corazón a la Palabra de Dios. Hay que tener la humildad de saber confiar, porque solo desde la humildad y la confianza que le damos de antemano a la Palabra de Dios podrá revelársenos el misterio de Dios. Recordemos que Jesús daba gracias al Padre porque había revelado su misterio no a los que se creían sabios y entendidos, sino a los humildes y sencillos de corazón. Son los bienaventurados que podrán conocer el misterio de Dios, son los pobres para quienes es el Reino de los cielos.
Y con nuestra fe nosotros somos testigos de esto. Es lo que anunciamos. Es el testimonio que damos en la trascendencia que le damos a la vida, en la responsabilidad con que la vivimos, en el amor que ponemos en nuestro corazón, en nuestro esfuerzo y trabajo por la justicia y por la paz. Todo eso lo llevamos en el corazón porque nos sentimos inundados por la fe y todo eso queremos llevarlo a los demás. Y así nos hacemos testigos de Cristo resucitado en medio del mundo.
Serán muchos los que nieguen la resurrección como niegan todo el sentido espiritual de la vida del  hombre. Pero a ellos les hacemos ese anuncio, a ellos damos nuestro testimonio con sencillez y humildad pero con la valentía del que se siente seguro. Porque nos sentimos seguros en nuestra fe. Porque ponemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor.

miércoles, 15 de abril de 2020

Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón


Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
Hay caminos que tenemos que recorrer por nosotros mismos, porque si no lo hacemos así no tendremos la experiencia del camino  que será cómo deje huella en nosotros. De nada nos vale que nos digan que el camino de Santiago es así o de la otra manera, que vas a tener unas experiencias maravillosas y te cuenten cada uno sus experiencias, si no lo hacemos nos quedaremos viéndolo como desde la barrera, estaremos siempre a distancia y no podremos disfrutar lo que es la maravilla del camino.
Así fue aquel camino de Emaús que aquella tarde hicieron aquellos dos discípulos que se marcharon de Jerusalén. Desaliento, sensación de derrota y fracaso, frustración porque les parecía que las promesas no se cumplían, incredulidad ante lo que otros le habían contado, pero ellos hasta entonces no habían visto al Señor resucitado. Les parecían visiones de mujeres en las que podían fijarse quizá en la debilidad de unas mentes trastocadas por las duras experiencias vividas, pero nada de eso les convencía. Cuántas veces nos pasa en las cosas que otros nos cuentan de su experiencia pero que nosotros nos negamos a creer y nos situamos en la distancia. Es lo que ahora iban haciendo, poniendo tierra por medio.
A ellos se acerca un caminante que al parecer hace el mismo camino, al menos por el mismo sendero iban, pero que se interesa por ellos, por su estado de ánimo cuando los ve tristes y cabizbajos. El interés y la pregunta despertaron sus ánimos entristecidos y comienzan a contarle, admirándose además que fuera el único forastero de Jerusalén que no se había enterado de cuanto había sucedido. ¿Eres tú el único que no sabes todo lo que ha pasado estos días? Y a su manera, desde su tristeza y desánimo, con la visión ahora llena de desesperanza le cuentan lo sucedido.
Pero quien les acompañaba sabe más de lo que aparentaba, porque les iba dando explicaciones y sentido a lo que ellos le habían contado. Les hace recapacitar y recordar las Escrituras, donde todo estaba anunciado. La conversación se vuelve amena, el tiempo vuela y el camino se acaba, pero dentro de ellos estaba sucediendo algo aunque no se sabían explicar lo que les estaba pasando. Luego dirán que les ardía el corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Aquellos hombres que iban encerrados en sí mismos comenzaron a sentirse distintos y ya no solo abrían las ventanas de su alma sino que les estaban abriendo las puertas de su corazón y de sus casas. No sigas caminando, los caminos están llenos de peligros, quédate con nosotros que ya es muy tarde. Cómo hemos repetido nosotros a través de los siglos esa misma súplica y esa misma petición llena de buenos deseos.
Y entró para quedarse con ellos y se sentó a la mesa. La hospitalidad estaba pronta. El pan estaba servido en la mesa y al forastero como huésped le tocó partir el pan. Fue suficiente para que se les abrieran los ojos. Era El. El Señor resucitado estaba en medio de ellos y con ellos había hecho el camino. Ahora lo comprendieron todo. Les había abierto el entendimiento para que entendieran las Escrituras y al partir el pan lo reconocieron. Su mente se había abierto, pero también se había abierto el corazón.
Dispuestos estaban a compartir y esa era la señal de que Jesús estaba con ellos. Cómo les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras por el camino. Ellos habían realizado el camino y Jesús caminaba con ellos. El camino les había interpelado por dentro y comenzaron a ver de manera distinta. Nadie podía hacer el camino por ellos, era algo que tenían que vivir y así podrían reconocer a Cristo resucitado.
La experiencia vivida era única e irrepetible y ahora había que anunciarla. Corren ahora a Jerusalén para contar todo lo que les había sucedido y como lo habían reconocido al partir el pan. Ellos también contaban sus experiencias. Era la vida de Cristo resucitado que estaba entre ellos, donde de nuevo se dejaría sentir su presencia.
¿No tendríamos que ser nosotros también compañero de camino de tantos que tristes y desalentados caminan los caminos de la vida?

martes, 14 de abril de 2020

Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos


Escuchemos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre quizá a través de las lágrimas o de los acontecimientos que nos afectan para abrirnos nuevos caminos

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Por dos veces se repite la pregunta. ‘¿A quién buscas?’ Parecen innecesarias las preguntas. Podemos suponer la respuesta, la búsqueda de aquella mujer enamorada, llena de amor.
Quizás muchas veces pasamos de largo ante las lágrimas de los que nos encontremos en el camino. Damos quizá por supuesto cual puede ser su respuesta y de alguna manera nos inhibimos. Pero ¿es su respuesta o es nuestra respuesta? ¿La que nosotros nos imaginamos? Porque si no escuchamos, si no mostramos interés no terminamos de saber que es lo que hace sufrir a esa persona hasta derramar sus lagrimas sin ningún recato. Y como nos damos por sabida la respuesta y decimos que no tenemos soluciones tratamos de insensibilizarnos y pasar de largo.
Otras veces quizá no preguntamos porque no queremos aumentar dolor a nuestro dolor. Ya tenemos con lo nuestro para andar asumiendo las preocupaciones de los demás, nos decimos. Y claro no vamos más allá de la punta de nuestra nariz, porque solo nos miramos a nosotros mismos. Y así vamos por la vida, que cada uno se las arregle como pueda. Y nos vamos creando un mundo de insolidaridad, de insensibilidad en que solo nos preocupamos de nuestras cosas.
Quizá hasta nuestros problemas se solucionarían de distinta manera, seríamos capaces de verlos desde otra perspectiva, porque mirándolos a través del cristal de los problemas que tienen los demás quizá nos damos cuenta que nuestros problemas no son tan grandes, realmente no son problema ante lo que están sufriendo los otros. Comenzaríamos a abrir el corazón y sentiríamos que la vida es distinta. 
Son consideraciones que nos podemos hacer cuando vemos a María Magdalena llorando a la puerta del sepulcro, porque se han robado el cuerpo del Señor y no sabe donde lo han puesto. Nos conviene ver en esas lágrimas de María Magdalena las lágrimas de tantos en nuestro mundo. María Magdalena buscaba el cuerpo de Jesús, pensando que estaba muerto y quería embalsamarlo debidamente.
Quizá muchos lloren en nuestro mundo porque no tienen a quien buscar, porque su vida se ha vaciado cuando han querido llenarla de cosas insustanciales y ahora se dan cuenta que era otra cosa lo que necesitaban y no han sabido donde encontrarla. Ahora lloramos porque el mundo anda mal, porque la crisis que padecemos nos descoloca y no sabemos ni por donde andar; porque nos han confinado y eso nos ha obligado a darnos cuenta que entreteníamos la vida con muchas cosas que no eran tan importantes, porque ahora tenemos que mirar más a los que más cerca de nosotros están como es nuestra familia y hasta nos parece un tormento tener que estar todo el día con ellos, porque tantas veces en la vida hemos ido buscándonos nuestros espacios quizá alejándonos de los más cercanos y no nos hemos dado cuenta donde está el verdadero espacio de nuestra vida. Teníamos delante de los ojos aquellas cosas que de verdad podían llenar nuestra vida y no habíamos sabido descubrirlas.
María Magdalena tenía delante de sí a Aquel a quien buscaba y no sabia reconocerlo, lo confundía con el encargado del huerto. Las lágrimas la cegaban. ¿Seremos nosotros capaces de darnos cuenta del Señor resucitado que está ahí con nosotros, a nuestro lado o también andamos confundidos?
María supo escuchar la voz que la llamaba por su nombre. ‘¡María!’ Y reconoció la voz, y reconoció al Señor. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, y se postró ante el Señor. ¿Seremos capaces nosotros de escuchar su voz y reconocerla? No nos la imaginemos a nuestra manera, sino descubramos su voz y su presencia tal como El quiere presentársenos hoy. ¿Serán las lágrimas de los que están a nuestro lado? ¿Serán los acontecimientos que han desestabilizado nuestra vida? ¿Serán incluso los temores que pudiera haber en nuestro corazón ante un futuro incierto pero a través de los cuales el Señor nos habla y nos quiere hacer ver nuevos caminos?

lunes, 13 de abril de 2020

Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea


Nada puede ni debe empañar el resplandor de Cristo resucitado que nos sale al encuentro y nos pone en camino para que llevemos esperanza al mundo lleno de sombras que nos rodea

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mateo, 28, 8-15
La noticia de la pascua es algo que no nos podemos quedar con ella; la noticia de que Jesús ha resucitado no la podemos callar, es algo que tenemos que comunicar.
Las mujeres que fueron al sepulcro temprano con la idea de embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, al encontrarse la piedra de la entrada corrida, que allí no estaba el cuerpo de Jesús y escuchar el anuncio de los Ángeles corrieron, impresionadas y llenas de alegría nos dice el evangelista para ir a anunciarlo a los discípulos. Había sido algo grande que les había impresionado. Pero más grande fue su alegría cuando Jesús mismo les sale al encuentro. ‘Alegraos… no temáis, no tengáis miedo…’ fueron las palabras de Jesús. Les bastaba. Allí estaba El. Se postraron y le abrazaron los pies, nos detalla el evangelista. Pero la misión continuaba en el anuncio que habían de hacer a los discípulos.
Indirectamente nos encontramos otro testimonio en el mismo evangelio, aunque la intención era de ocultar lo que había sucedido. Los guardianes que habían puesto los sumos sacerdotes para que no robaran el cuerpo de Jesús son también testigos. Al ver lo sucedido es lo que van a contar a quienes allí los habían puesto. Ahora tratan de hacerlos callar, los sobornan con una cantidad de dinero, pero el mismo hecho ya los convierte en testigos.
Ambos testimonios nos ayudan a nosotros que también hemos de ser testigos y que estamos viviendo con intensidad esta semana de pascua prolongando la alegría vivida en el día de la resurrección del Señor. Este año, como todos sabemos, con especiales circunstancias pero que no tienen que mermar ni la vivencia de nuestra fe ni el entusiasmo del testimonio que tenemos que dar. Pudiera parecernos que estas circunstancias nos afectan y que la alegría de la pascua se vería notablemente mermada. Es aquí donde tenemos que manifestar la firmeza y la madurez de nuestra fe. Nada nos puede hacer callar.
Y es que precisamente esa luz que brota del sepulcro vacío porque allí queda el resplandor de Cristo resucitado es lo que tenemos que llevar a nuestros sepulcros, a los sepulcros de nuestras tristezas y preocupaciones, del sufrimiento de tantos que padecen en si mismos estos malos momentos de nuestra historia, ya porque estén afectados por la enfermedad, ya sea por la incertidumbre que viven en el riesgo de poder contraerla, ya sea por el dolor de los seres queridos fallecidos con todas las circunstancias tristes que acompañan este hecho.
Cristo resucitado es nuestra señal de victoria; Cristo resucitado llena de consuelo y fortaleza nuestros corazones; Cristo resucitado nos da la esperanza de que las sombras pasarán y de nuevo brillará la luz; Cristo resucitado nos sale al encuentro para que encontremos el verdadero sentido de cuanto nos pasa; Cristo resucitado también nos está enviando a quienes tenemos puesta nuestra fe en El para que vayamos a hacer ese anuncio de vida y esperanza a los que sufren a nuestro lado. Nada puede ni debe empañar el resplandor de esa luz. Una luz que tenemos que mantener encendida y bien en alto para que se disipen tantas sombras como envuelven nuestro mundo. No perdamos la alegría ni el entusiasmo de nuestra fe. No podrán callarnos como quisieron hacerlo con los soldados de la guardia del sepulcro.

domingo, 12 de abril de 2020

Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro para iluminar nuestras sombras, para llenar de vida nuestro mundo ¡Aleluya!



Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro para iluminar nuestras sombras, para llenar de vida nuestro mundo ¡Aleluya!

Mateo 28, 1-10; Juan 20, 1-9
Es la noche y es el día de los contrastes luminosos donde todo se transforma porque nace una vida nueva. Las tinieblas de la noche se transforman en un resplandor de luz; las caminaban llorosas con cara y sentimientos de duelo, su dolor se transforma en alegría; quienes temerosas caminaban hacia el sepulcro sintiéndose impotentes para correr la piedra de la entrada se la encuentran corrida, y al crucificado que buscaban muerto y sepultado ya no lo encuentran porque ha resucitado y está vivo.
Aquel día que aún para algunos se mantenía entre la zozobra y la duda, los miedos que los encerraban o la desesperanza que les hacía poco menos que huir en desbandada para volverse a sus lugares de origen todo se transforma, en medio está Jesús sin que nadie le abriera las puertas, o camina con los apesadumbrados en el camino de Emaús para levantar sus espíritu y hacer que ardiera de nuevo su corazón. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro.
Es lo que vivimos y celebramos en este día los cristianos de todos los tiempos. Es lo que hoy nos levanta y nos hace despertar para una vida nueva, para un hombre nuevo, para hacer un mundo nuevo. El Señor ha resucitado y se acabaron todos nuestros temores y miedos; el Señor ha resucitado y nuestro corazón se llena de alegría y renace viva la esperanza de ese mundo nuevo que entre todos hemos de construir.
Aunque este año la celebración del misterio pascual ha tenido unas connotaciones especiales, que pareciera que le quitaba su brillo y esplendor sin embargo podemos seguir gritando a todos los vientos con el mismo entusiasmo y con la misma alegría los Aleluyas de la resurrección.
La situación anímica de nuestro mundo, de nuestra sociedad en estos momentos se ve reflejada en esos contrastes a los que hemos hecho alusión. Muchas sombras siguen envolviéndonos que hay el peligro que nos encierren no ya en nuestras casas solo por evitar un virus sino en la tristeza, la angustia, la desesperanza ante lo que está sucediendo y los temores al porvenir que nos espera porque no sabemos cómo vamos a encontrar una salida. Las esperas se nos hacen interminables y angustiosas, como aquellas angustias y miedos que vivían los apóstoles encerrados en el cenáculo o las dudas de aquellas mujeres que aún con valentía en su duelo caminaban hacia el sepulcro sin saber muy bien como resolver los problemas que se les presentarían, o la desolación de los caminantes a quienes se les cegaban sus ojos para no reconocer a quien caminaba con ellos.
Para aquellos discípulos, para aquellas mujeres, para aquellos apóstoles encerrados en el cenáculo todo cambió de repente cuando sintieron la presencia de Cristo resucitado que les salía al encuentro, que caminaba haciendo su mismo camino o estaba allí en medio de ellos con toda su sorpresa y alegría. Pues Cristo resucitado también nos sale al encuentro en esta situación que vivimos hoy en nuestro mundo y quiere ser para nosotros esa luz que tanto necesitamos, esa fuerza de esperanza que nos hace levantarnos para seguir caminando con renovada ilusión, esa vida que nos hace sentirnos hombres nuevos capaces también de hacer un mundo nuevo.
Tendremos que seguir caminando y luchando y aun quizá nos quedan lágrimas que derramar, pero sabemos que en ese camino no estamos solos, que El abre nuestros corazones y nuestras inteligencias para que entendamos bien el sentido de todo lo sucedido pero también el sentido del camino nuevo que tenemos que comenzar a realizar. El es nuestra fuerza y nuestro alimento. El nos da la fuerza de su espíritu para que no desfallezcamos ni en los momentos de zozobra que nos pueden quedar por vivir ni en toda esa lucha que tenemos que realizar donde tendremos que ser también fuerza y apoyo para muchos hermanos nuestros que pudieran flaquear en el camino.
Hoy, a pesar de las oscuridades que sabemos que siguen estando fuera porque nos sentimos llenos de luz nosotros queremos cantar con alegría el aleluya de la resurrección, que sea como nuestro grito de guerra, de entusiasmo, de vida que arrastre también a los que están a nuestro lado. Tenemos, es cierto, la sombra de que no lo podemos hacer en medio de una celebración unidos a los demás hermanos por las circunstancias que vivimos, pero eso no nos quita la certeza y la alegría de que Cristo ha resucitado y con nosotros está y a nosotros nos está infundiendo esa vida nueva. No se merme la alegría y el entusiasmo de nuestra fe que queremos compartir con el mundo que nos rodea.
Cristo verdaderamente ha resucitado. ¡¡Aleluya!! Y nosotros resucitaremos con El. Es la Pascua, es el paso salvador del Señor resucitado que nos sale al encuentro.