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viernes, 28 de junio de 2019

Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos



Celebrar al Corazón de Jesús es querer sintonizar con el latido del amor de Dios para aprender a sintonizar con el corazón de los hombres nuestros hermanos

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7
‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones’.
Bella imagen la que nos ofrece el profeta y que recoge la liturgia en la celebración de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús que hoy estamos celebrando. La imagen del pastor es la imagen de su amor por las ovejas, que las cuida, las libra de peligros, las alimenta, camina con ellas buscando los mejores pastos, las reúne cuando se dispersan. Así el Señor en nuestra vida. La Imagen del Corazón eso quiere expresarnos.
No nos quedamos en un órgano del cuerpo sino lo que con él queremos expresar sobre todo en nuestra cultura. Es toda la ternura de la vida la que queremos expresar con el corazón; son los más nobles sentimientos, es la cercanía de quien se quiere tener en las entrañas más intimas de nuestra vida, es el mismo latir y sentir como la criatura que está en el seno de la madre y late al mismo ritmo de su corazón.
Es el latido del amor de Dios; es el latido con el que nosotros tenemos que sintonizar para caminar, para vivir en el mismo ritmo del amor de Dios. Somos discípulos porque queremos seguir sus huellas, somos sus hijos porque queremos tener el mismo latido de amor. Así con El queremos hacernos uno, así El quiere habitar en nosotros poniendo su morada en nuestro corazón.
Es lo que hoy queremos celebra, porque es lo que como cristianos queremos vivir. ‘Que sean uno como tu Padre y yo somos uno’, pedía Jesús en la oración sacerdotal de la ultima cena. Y es que cuando nosotros hoy queremos sentir el latido del amor del Corazón de Cristo porque queremos hacer sintonizar nuestro corazón y nuestra vida con el latido de Dios, con el amor de Dios, es que eso necesariamente nos tiene que llevar a algo más.
No podremos decir que hemos sintonizado con el latido de Dios cuando no hemos aprendido a sintonizar con el latido del corazón de nuestros hermanos. Desgraciadamente se produce demasiada arritmia en ese latido conjunto que tendríamos que tener con nuestros hermanos. Es lo que tenemos que curar.
Es como tenemos que sentir que el Buen Pastor viene para curar nuestras heridas, esa arritmia de nuestro corazón en nuestra relación con los demás. Dejémonos sanar por ese Buen Pastor que cura las enfermedades de nuestra alma, de nuestro espíritu. Reconozcamos esas arritmias porque somos débiles o porque somos tantas veces orgullosos e insolidarios.
No podemos celebrar con sentido esta fiesta del Corazón de Jesús mientras no nos dejemos curar, mientras no arrojemos lejos de nosotros esas arritmias de nuestros orgullos e insolidaridades, mientras no nos dejemos inundar por esa medicina divina que es el amor que Dios nos tiene.
Nos costará en ocasiones porque es fuerte nuestro orgullo y desamor, tenemos que dejar que ponga en nuestros ojos esos colirios divinos para que veamos con una mirada más limpia y más lúcida a los hombres nuestros hermanos que caminan a nuestro lado. Con esa mirada nueva se caerán esas escamas que perturban nuestra visión y nuestro corazón.
Dejemos que el Buen Pastor nos busque, dejémonos encontrar y dejémonos sanar para que así podamos entrar en esa nueva y hermosa sintonía del amor según el latido del Corazón de Dios.

jueves, 27 de junio de 2019

Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos fundamentados en lo que es la voluntad de Dios


Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos fundamentados en lo que es la voluntad de Dios

Génesis 16, 1-12. 15-16; Sal 105; Mateo 7,21-29
‘Eso ya lo sé, pero…’ habremos escuchado más de una vez que nos responden cuando le decimos o comentamos algo sobre lo que debe hacer o cual es el sentido de lo que hacemos o tenemos que hacer. Ya lo saben, ya lo sabemos, nos decimos nosotros también en tantas ocasiones, pero luego no actuamos conforme a eso que decimos que sabemos sino que ponemos ‘peros’, decimos que las circunstancias, que no siempre se pueden hacer las cosas, que la gente hace o quiere otra cosa… y al final nuestro actuar está bien distante de aquello que sabemos que deberíamos hacer.
Incongruencias de la vida, en las que todos podemos caer, porque quizá estamos más pendientes de qué dirán, o aparecen nuestros intereses muy personales o muy egoístas como queramos llamarlos, pero quizá olvidamos la rectitud en nuestro actuar, de unos principios o valores que tendrían que motivar nuestra vida, y así vamos con el pensamiento por un lado y la vida en su actuar por otro.
Nos falta firmeza quizá en nuestras convicciones, nos falta una profundidad en la vida porque nos es más fácil dejarnos arrastrar por cosas superficiales que no llegan a comprometernos, nos falta un compromiso serio en la vida. Y hablamos de muchos aspectos humanos de la vida, en el trabajo, en el familia, en las relaciones sociales, o de lo más intimo de nuestro yo, como podemos hablar de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús que muchas veces es muy frió y poco comprometido.
Nos habla Jesús de la necesaria profundidad que tenemos que darle a nuestra vida poniéndole verdaderos cimientos. La casa edificada sobre roca o sobre arena, como hoy nos dice. ¿En qué verdaderamente fundamentamos nuestra vida? ¿Cuáles son sus verdaderos cimientos? Por esa superficialidad con que actuamos, vamos y venimos como una veleta llevada por el viento. Y cuando hay superficialidad pronto nos cansaremos de todo y terminaremos abandonando. Cómo tendríamos que cuidar esa espiritualidad de nuestra vida que le dé verdadera hondura.
Tenemos que pararnos mucho a pensar, a rumiar dentro de nosotros lo que vamos viendo y lo que nos va sucediendo. Será así cómo aprendamos, como le sacaremos verdaderas lecciones a la vida, pero con unos criterios bien formados. Y para un cristiano el criterio de nuestro actuar está en el evangelio. No siempre lo conocemos lo suficiente, no siempre lo hemos rumiado en nuestro corazón, no siempre sabemos pasar la vida o lo que nos sucede por ese tamiz del evangelio para confrontar así lo que hacemos con los valores que nos enseña Jesús. Por eso parece que andamos muchas veces como cojos o como ciegos, porque por falta de profundidad para que no tenemos donde apoyarnos de verdad y en todo tropezamos.
Por eso hoy nos dice Jesús que no nos basta que digamos ‘¡Señor, Señor!’. Es necesario algo más. Nuestro reconocimiento de que Jesús es el Señor de nuestra vida no se puede quedar en palabras, tendrá que traducirse en los hechos de nuestra vida; y la norma y el criterio que tenemos que seguir son los mandamientos del Señor. Cumplir los mandamientos, porque de lo contrario nuestra vida estaría vacía de contenido.
Somos muy dados a mantenernos solamente en una religiosidad natural, que podríamos llamar así. ‘Yo soy muy religioso’ decimos tantas veces porque visitamos un santuario de la Virgen, le llevamos unas flores o encendemos unas luces, no nos perdemos quizá una procesión o rezamos todas las noches a nuestros muertos.
Pero luego seguimos con nuestra vida de siempre y nuestros criterios están bien lejos del sentir del evangelio, nuestra manera de actuar está bien lejana de lo que es el cumplimiento de los mandamientos. No traducimos en nuestra vida concreta y de cada día esa religiosidad que manifestamos en algunos actos de nuestra vida. Es lo que tenemos que plantearnos seriamente y es a lo que Jesús hoy nos está invitando en el evangelio.

miércoles, 26 de junio de 2019

El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín



El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20
Hay gente a la que todo se le va por la boca. Hablando dicen maravillas, hasta son poetas en sus palabras y teóricamente saben mucho. Pero eso, bellas palabras, teorías o doctrinas bien aprendidas, porque luego en su vida no vemos nada. Buenos maestros de teoría, pero poco ejemplarizantes en su vida; no apreciamos en ellos nada. Con apariencia de sabios son insustanciales en su vida, no tienen la profundidad de lo vivido, y demuestran una incongruencia en su vida.
La madurez que tengamos en nuestros conocimientos o en los principios que proclamamos tenemos que descubrirlos en los frutos de su vida. Lo que nos hace ver una superficialidad encubierta, disimulada con palabras hermosas, pero poco sustancial en el vivir. Una comida muy apetitosa en su apariencia y presentación, pero luego insípida, sin sabor, y hasta sin verdadero contenido alimenticio.
¿Será así  nuestra vida? ¿Seremos así los cristianos? ¿Será por eso por lo que no hacemos atrayente nuestra fe y nuestra vida? ¿Se marcharán desencantados los que nos ven o los que ven lo que es la vida de la Iglesia? Esto es algo serio y en gran parte la descristianizacion que vemos hoy de nuestra sociedad en la que no son los valores cristianos los que priman, depende en gran parte de la superficialidad de tantos de nosotros en la manera de nuestro ser y vivir como cristianos. Así no convencemos. Es la incongruencia con que tantas veces nos presentamos.
Tenemos una responsabilidad muy grande. Y es que tenemos que comenzar por crecer interiormente, profundizando en una verdadera espiritualidad cristiana. Tenemos que cuidar nuestro interior para sentirnos en verdad fortalecidos. Eso exige una maduración de nuestra vida, cuidar actitudes, cuidar gestos y detalles, cuidar nuestra verdadera unión con Dios con una oración profunda, una oración auténtica, que sea en verdad un llenarnos de Dios.
Al árbol o a la planta que queremos que de flores y frutos la cuidamos. No nos preocupamos solamente de echar la semilla a la tierra sino que realizamos todo un proceso; el verdadero agricultor lo sabe, tiene que limpiar la tierra de malas hierbas que ahoguen nuestra planta, tenemos que abonar y tenemos que podar, para fortalecer, para quedarnos con lo mejor de la planta porque las ramas que simplemente se chupan la sabia no nos valen. Es todo el cultivo de nuestra espiritualidad, de purificación, de oración, de vida sacramental, de maduración interior, de escucha de la Palabra de Dios rumiándola en nuestro interior. Solo así podremos dar buenos frutos, solo así no nos quedaremos en la apariencia sino que podremos ir al buen fruto que nos alimenta y que nos enriquece.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. De esos buenos frutos que darán cuenta de lo que llevamos en nuestro interior, que manifestarán la profundidad y la madurez de nuestra vida, que serán los que atraigan y los que convenzan a los demás de cual es el verdadero camino. Así nuestra vida se convertirá en evangelio para los demás, en buena noticia de salvación para todos.
El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos es el que en verdad embellece el jardín. Así tenemos que ser nosotros que en los frutos que demos mostremos la belleza de nuestro interior y la madurez de nuestra vida y que serán los que en verdad embellecen nuestro mundo.

martes, 25 de junio de 2019

Abajarnos para poder llegar hasta Jesús y su evangelio, para vivir en su pobreza y humildad, para entender el camino de la cruz que es camino de entrega y de amor


Abajarnos para poder llegar hasta Jesús y su evangelio, para vivir en su pobreza y humildad, para entender el camino de la cruz que es camino de entrega y de amor

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14
Recuerdo que en mi peregrinación a Tierra Santa ya hace unos años hubo algo que me impresionó y me llamó la atención, aunque también hay que decir que cada paso que damos recordando los pasos de Jesús por aquella tierra nos van llenando de intensa emoción y van dejando una huella honda en nuestra alma. Pero al hecho al que quería hacer referencia fue la entrada a la Basílica de la Natividad del Señor en Belén. Desde fuera se nos presenta como un inmenso edificio que luego en su interior se manifiesta también de forma grandiosa, pero la puerta de entrada en muy pequeña de manera que hay que agacharse profundamente para poder pasar por ella.
Dejando a un lado las motivaciones estratégicas que a lo largo de los siglos hicieron que tuviera ese pequeño tamaño como defensa frente a invasiones externas en el detalle de tener que agacharnos para poder atravesarla puede haber también un hermoso sentido espiritual para el cristiano que allí peregrina. Llegamos a Jesús en el lugar de su nacimiento haciéndonos pequeños y tratando de abajarnos de muchas de esas monturas en las que en la vida queremos subirnos tantas veces. Igualmente nos encontraremos que para entrar en el habitáculo del santo sepulcro y lugar de la resurrección también tenemos que humillar nuestra cerviz agauchándonos por una puerta que también se nos vuelve angosta.
Como los guerreros que desde lo alto de sus monturas no podían conquistar aquel lugar porque el paso era angosto y estrecho así nosotros para acercarnos a Jesús y a su evangelio también tenemos que hacerlo desde caminos de humildad y también desde exigencia interior donde tenemos que desprendernos de todas aquellas cosas que nos impedirían avanzar por un lugar angosto y estrecho.
Muchas veces queremos buscar altos razonamientos filosóficos o teológicos, queremos confrontarlo todo desde una visión científica y excesivamente intelectual, vamos con nuestros orgullos y con nuestros ‘saberes’ y si no somos capaces de entrar en caminos de humildad no sentiremos cómo se nos revela el Señor que se manifiesta a los pobres y a los sencillos y que tiene el Reino reservado para los que son pobres de espíritu, como nos enseñará en las bienaventuranzas. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que es quien se nos revela en el corazón.
Hoy nos habla Jesús de puerta estrecha y de angosto camino. Alguien pudiera pensar que Jesús lo que hace es ponernos dificultades, como si no quisiera que llegáramos a la salvación. Ni mucho menos. Simplemente nos está recordando las exigencias porque aunque la gracia es un don de Dios, un regalo que en su amor nos hace, no nos salvamos por lo que nosotros hagamos, sino por pura gracia del Señor; emprender ese camino de salvación significa una transformación de nuestra vida. Y eso siempre nos cuesta, porque primero que nada tenemos que luchar con nosotros mismos y esas posturas egoístas en las que tantas veces queremos envolvernos. La respuesta al regalo de la gracia nos pide un nuevo sentido de vivir, que entonces nos exigirá despojarnos de muchas cosas que no casan con esa vida de gracia y santidad que el Señor nos ofrece.
Abajarnos para entrar hasta Jesús, para bajar hasta Belén, para introducirnos entre las estrechas paredes de aquel humilde establo para poder acercarnos a Jesús y vivir su humildad y su pobreza. Poner humildad en nuestra vida, entrar en los caminos de la solidaridad y del servicio, buscar nuestro crecimiento interior para aprender a superarnos, buscar primero que nada el reino de Dios y su justicia, olvidarnos de nosotros mismos y nuestros intereses particulares para aprender a mirar por el otro, ser capaces de perder la vida para poder ganarla, porque no hay amor mas grande que el de quien es capaz de dar su vida por el amado. Es el camino de Jesús, que fue camino de cruz porque fue camino de entrega y de amor. Así tiene que ser también nuestro camino.

lunes, 24 de junio de 2019

Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad


Fiestas de san Juan, fiestas de luz y de fuego purificador, invitación a quemar cuanto de negativo pervive en nosotros como inicio de nuevos tiempos de armonía y fraternidad

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80
‘¿Qué va a sep de este niño?’, se preguntaban las gentes del lugar. La noticia había corrido por toda la montaña. Isabel, ya anciana, la mujer de Zacarías el sacerdote había dado a luz un niño. Y allí se estaban obrando las maravillas del Señor. Sacaría había estado mudo desde la vuelta del servicio sacerdotal en el templo de Jerusalén hacía nueve meses; ahora había recobrado el habla cuando discutían cuál había de ser el nombre del niño y había prorrumpido en cánticos de alabanza al Señor. ‘La mano del Señor estaba con él’, reconocían.
Es el niño cuyo nacimiento hoy estamos celebrando. Un ángel le había anunciado su nacimiento a Zacarías allá en el templo cuando hacía la ofrenda del incienso aquella tarde. Ya le había anunciado que venía con el poder y el espíritu de Elías porque venía con misión de reconciliación y había de preparar los caminos del Señor como habían anunciado los profetas.
Profeta del Altísimo lo había llamado ahora su padre en cántico de alabanza al Señor, porque su misión era ir delante del que había de venir para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. En esa misión lo contemplaremos mas tarde en el desierto entre austeridades y penitencias invitando a la conversión porque ya en medio de ellos estaba a quien él no se consideraba digno de desatar las correas de sus sandalias. Y las gentes vendrían de Jerusalén y de Judea, de Galilea y de todas partes para escuchar su mensaje y para someterse a aquel bautismo que purificaba sus corazones en la conversión para preparar los caminos del Señor.
Hoy nosotros celebramos su nacimiento. Nos unimos a la alegría de aquellos lugares de las montañas donde las gentes se admiraban de su nacimiento y de cuantas cosas estaban sucediendo en su entorno. Nos alegramos con toda la Iglesia porque seguimos escuchando su mensaje que nos invita a la conversión, que nos invita a ser un pueblo bien dispuesto a escuchar la Buena Nueva del Evangelio que Jesús nos viene a traer.
Así lo escuchamos con toda intensidad sobre todo el tiempo del Adviento porque son sus espíritu nosotros también queremos prepararnos para la llegada del Señor en nuestra vida que celebramos en la Navidad. Pero no es solo entonces cuando hemos de escucharle y ahora cuando celebramos su nacimiento no solo hemos de llenarnos de alegría en tantas fiestas que por todas partes en su día se hacen en su honor, sino que hemos de sentir su mensaje que sigue vivo para nosotros porque siempre hemos de estar dispuestos a abrir nuestro corazón al Señor.
Se unen en este equinoccio del verano muchas fiestas que se celebran en la entrada del verano por todas partes unida a muchas tradiciones ancestrales medio con resabios de fiestas paganas que intentamos darles también un sentido cristiano. Bueno es tener buenos deseos para unos y para nosotros en este comienzo de temporada porque siempre todo lo bueno que deseemos para los demás puede ser un principio de acercamiento a los otros al tiempo que una disposición interior para hacer siempre lo bueno a favor de los demás.
Unimos en esta fiesta de luz, - en los días en nuestro hemisferio más largos en su luminosidad del año, aunque en el otro hemisferio la mayor oscuridad de los días puede hacerles desear el que pronto lleguen a ellos esos días de luz y de calor – unimos, digo, a las fiestas del fuego purificador. Es quemar, sí, cuanto de negativo haya en nuestra vida queriendo ahogar en el fuego todos los malos sentimientos que muchas veces pueden llenar nuestro corazón queriendo arrancar de nuestro corazón para arrojar en ese fuego purificador esos malos deseos de odio o de egoísmo, de violencias o de envidias y reticencias para comenzar unos nuevos tiempos de armonía y más solidaridad.
Démosle sentido a esas tradiciones ancestrales que se mantienen en la memoria de nuestros pueblos que no sean solamente una ocasión de fiestas que se puedan transformar en orgías de desenfreno destructoras de nosotros mismos arrastrados por la pasión, sino que sean promesa verdadera de un inicio de un nuevo sentido y de la vivencia de unos buenos valores que construyan nuestra vida y mejoren nuestra sociedad.

Nos alegramos en la fiesta del nacimiento de san Juan. Nuestro corazón se llena de regocijo y en medio de estas fiestas tradicionales que en su honor celebramos no perdamos de vista su mensaje que nos invita a transformar nuestro corazón quemando cuando de negativo pueda anidar en él para iniciar así purificados un nuevo sentido de vivir que en Jesús encontraremos en plenitud.

domingo, 23 de junio de 2019

Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor



Nos pide Jesús que hagamos lo mismo que El hizo viviendo su misma entrega y entrando en la misma sintonía de amor

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva…’
Es lo que san Pablo nos transmite como una Tradición que a su vez él mismo ha recibido del Señor. Es lo que se convierte en el centro de nuestra celebración y de nuestra vida. Es lo que hoy de manera especial, pero siempre queremos vivir cada vez que celebramos la Eucaristía.
Es la entrega del Señor. ‘El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo… se entregó El’. Podría parecer que son los hombres los que entregan a Jesús cuando atentan contra su vida y lo llevan ante Pilato para ser ejecutado, pero es El quien se entrega. Ya lo había expresado, ‘nadie me quita mi vida sino que yo la entrego libremente’ y así lo contemplaremos en Getsemaní que se adelanta a los que le buscan. ‘¿A quién buscáis?... Yo soy’ y da el paso adelante, se entrega.
Por eso en la noche de la cena pascual, se adelanta. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre’. Es la entrega de Jesús camino y ejemplo de nuestra entrega. ‘Haced esto en memoria mía’, les dice y nos dice. Hacemos memoria del Señor, hacemos memoria de su entrega, hacemos memoria de su vida, hacemos memoria de su amor. 
Hoy está de moda hablar de la memoria histórica, y quien no hace memoria de su historia parece que está olvidándose de sus orígenes, de sus raíces, de valor y del sentido de su vida, porque nacemos y vivimos en un momento de la historia que tiene su continuidad como tiene sus raíces, lo pasado, lo vivido que ha construido el presente. Y quien olvida su historia está olvidando algo muy importante de la razón de ser de su vida; por eso hemos de hacer buena memoria y no tergiversar tampoco la historia, como muchas veces quizá queremos hacer a nuestra conveniencia. Mal construimos así nuestra vida y la vida de nuestro pueblo.
Jesús nos pide hacer memoria suya porque en esa vida de Jesús y de su entrega de amor estamos hundiendo nuestra vida en Dios. Y no podemos desdecirnos de esa historia de amor y de entrega, sino que precisamente eso nos está pidiendo que nosotros hagamos lo mismo que Jesús. Porque Jesús nos está pidiendo que hagamos lo mismo. ‘Haced esto…’, nos dice
¿Qué hemos visto hoy en el evangelio? Jesús que cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud hambrienta y dolorida. Se detiene con ellos, les habla, les cura y finalmente los alimenta, podemos resumir el evangelio. Pero en medio hay algo que le está diciendo a los discípulos, que nos está diciendo a nosotros. ‘Dadles vosotros de comer’. Los discípulos le habían manifestado con compasión que aquella gente está hambrienta, que están lejos de poblados, que no tienen allí con qué alimentarlos y lo mejor es que regresen a sus hogares, pero Jesús les dice: ‘Dadles vosotros de comer’.
Hoy nos dice ‘haced esto en memoria mía’. ¿Qué ha hecho Jesús? Es el momento de su entrega, de la entrega de amor infinito y nos está pidiendo que nosotros vivamos también en esa entrega de amor. Es abrir entonces nuestros ojos a la compasión, es poner el corazón en sintonía de amor, es ser capaces de captar donde está la necesidad, es ponernos manos a la obra ante la tarea inmensa del mundo hambriento que nos rodea.
Nos lo está recordando hoy con su Palabra en esta fiesta grande de la Eucaristía. Litúrgicamente llevaremos en procesión el Sacramento del Cuerpo de Cristo por nuestras calles. Tiene que ser todo un signo de cómo nosotros salimos también por nuestras calles, por nuestro mundo al encuentro de nuestros hermanos, al encuentro del sufrimiento de los hombres y mujeres de hoy, al encuentro de tantas almas tristes y sin esperanza, al encuentro de ese mundo donde hay tanto sufrimiento porque falta paz, al encuentro de tantos que indiferentes pasan por la vida sin sensibilidad para tener compasión en el corazón, al encuentro de los hermanos que creen y de aquellos que han perdido toda esperanza y les parece que ya no tienen nada en qué creer, al encuentro de los que quizá confundidos en la orientación que le dan a sus vidas crean guerras y violencias allí donde están o con aquellos con los que conviven o viven solo pensando en si mismos, al encuentro de ese mundo que nos rodea que muchas veces parece que se nos vuelve hostil.
La procesión de este día es el signo de todo ese trabajo que tenemos que realizar cuando nos dice Cristo que les demos de comer, o cuando nos manda hoy que hagamos lo mismo que El hizo en memoria suya. No es una memoria de la mente, tiene que ser una memoria hecha desde el corazón porque nos tiene que llevar a un compromiso serio e importante, porque ahí a ese mundo con esos sufrimientos tenemos que alimentar, tenemos que iluminar con una nueva luz. Es el anuncio del Evangelio de Jesús que tenemos que realizar, pero un evangelio de Jesús que tenemos que presentar plasmado en nuestras vidas.
No sean solo unos adornos los que pongamos en nuestras calles con nuestras flores o con nuestro arte – que también tenemos que hacerlo, ¿por qué no? – pero que tiene que llevarnos a un compromiso más grande para hacer lo mismo que hizo Jesús, para vivir la misma entrega que vivió Jesús. No olvidemos que estamos proclamando la muerte de Jesús hasta que El vuelva.


sábado, 22 de junio de 2019

Jesús nos señala cual es la prioridad de la vida del creyente buscando el Reino de Dios y su justicia para el bien del hombre


Jesús nos señala cual es la prioridad de la vida del creyente buscando el Reino de Dios y su justicia para el bien del hombre

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34
Todos en la vida tenemos unas prioridades explícitamente expresadas o al menos en la mente o en la intención de nuestro corazón. Aquellas cosas a las que le damos más importancia, a las que dedicamos más tiempo, que se vienen como a convertir en el leitmotiv de nuestro ser o de nuestro vivir. Es importante tenerlas porque eso dará fuerza y valor a nuestro caminar; malo es caminar sin rumbo o sin saber a qué es lo que tenemos que darle verdadera importancia.
Por supuesto que tenemos que tomarnos la vida con serenidad que indicaría la madurez con que vivimos la vida haciendo esa escala de valores guía de nuestra existencia, pero también hemos de reconocer – quizá por no tener claro qué es lo verdaderamente importante en la vida – que muchas veces esas prioridades que nos hemos marcado pudieran ser causa de agobio en ese nuestro actuar.
Y los agobios son malos compañeros, los agobios no nos dejan tener paz, los agobios pueden causarnos amarguras y tensiones en nuestro interior, los agobios pueden hacer que nuestra vida o nuestro actuar pudieran convertirse hasta en una pesadilla para los que nos rodean por la forma con que reaccionamos tantas veces. Por eso decimos son malos compañeros.
Sea cual sea el sentido que le demos a nuestra vida todos hemos de tener unas prioridades en la vida; las consideraremos más o menos acertadas, pero respetamos la decisión y el camino que cada uno quiera tomar. No es bueno caminar sin rumbo en la vida, iríamos como a lo loco, dando tumbos; lo contemplamos demasiadas veces en nuestro entorno, porque así la vida carecería de valores, aunque nosotros consideremos que otros son más importantes, pero hemos de respetar la decisión de cada uno sobre el rumbo de su vida. Cada uno ha de construir su propia madurez, aunque no quita para que nosotros ofrezcamos nuestros valores desde la fe que vivimos.
Es lo que nos ofrece hoy el evangelio, para nosotros y también como luz para nuestro mundo. Y es importante que alcancemos esa paz del espíritu desde la madurez con cada uno viva su propia situación y desde el rumbo que quiere darle a su vida. Hoy Jesús nos está señalando lo que es importante para nosotros y que muchas veces también nosotros que nos decimos cristianos olvidamos y caemos en esos agobios, como decíamos antes, que nos merman la paz de nuestro espíritu.
Hoy Jesús nos señala como no podemos andar divididos en nuestra vida por no saber descubrir lo que es verdaderamente prioritario. Por eso nos dice que  no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Recordemos que en párrafos anteriores nos invitaba a buscar el verdadero tesoro y que lo guardáramos donde no nos lo pudieran robar; y cuando nos hablaba de tesoros precisamente no nos hablaba de joyas ni riquezas.
Por eso hoy nos pide que no andemos agobiados ni siquiera con esas cosas de las que también tenemos que sentirnos responsables en la vida o de las que necesitamos para vivir. Ni por la comida ni por el vestir, nos dice, sino que si sabemos actuar con responsabilidad en la vida, Dios es Padre providente que estará a nuestro lado en toda situación y no nos faltará su ayuda.No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir’. Hemos de saber confiar en la Providencia de Dios, aunque eso no significa que abandonemos nuestras responsabilidades.
Finalmente nos dirá en sentencia con verdadera sabiduría: ‘Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura’. Dios, primero, como solemos decir en tantas ocasiones. Pero que no sean solo palabras, sino que sean las actitudes profundas de nuestro espíritu.
Y es que cuando Dios es primero estamos poniendo en su verdadero valor la persona y la vida. Porque decir que Dios es primero porque es el verdadero centro de nuestra vida, significa la importancia que le damos a la persona y a todo lo que atañe a su dignidad. Dios y su justicia, decimos. Dios y el bien de la persona, el bien de toda vida, el bien también de ese mundo en el que vivimos. Es nuestra responsabilidad, es la forma con que damos gloria a Dios, es en la forma con que vivimos la dignidad con que Dios ha dotado a toda persona. No caben, entonces, ni egoísmos ni injusticias, no cabe la insolidaridad ni la envidia, no cabe ni el mal ni nada que pueda dañar a nadie.
¿Será por ahí por dónde van nuestras prioridades? ¿Sabremos alcanzar esa paz de nuestro espíritu para vivir sin agobios ni angustias?

viernes, 21 de junio de 2019

Busquemos los valores permanentes que elevan nuestro espíritu y le darán profundidad y trascendencia a nuestra vida y que nos conducen a verdadera felicidad



Busquemos los valores permanentes que elevan nuestro espíritu y le darán profundidad y trascendencia a nuestra vida y que nos conducen a verdadera felicidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23
En alguna ocasión lo hemos comentado. Cuando el emperador romano llamó al diácono Lorenzo, administrador de la Iglesia de Roma, para pedirle que le entregara los tesoros de la Iglesia, la historia nos cuenta que al día siguiente san Lorenzo se presentó ante el emperador con un grupo grande de los pobres de Roma diciéndole que aquellos eran los tesoros de la Iglesia.
Al hablar de tesoros pensamos al momento en riquezas y en joyas; de alguna manera es lo que pensamos y la manera que tenemos de enfrentarnos en la vida. Nos afanamos y luchamos en el afán de tener, de poseer cosas y riquezas; miramos nuestras cuentas bancarias y deseamos que vayan creciendo; nos rodeamos de propiedades y de cosas que presentamos como nuestras riquezas; soñamos con tener para rodearnos de lujos y poder presentarnos con vanidad ante los demás como llenos de poder por esas cosas que poseemos.
Tenemos la tentación de darle más importancia, si no en la teoría sí en la práctica, al tener sobre el ser. Nos cuesta. Pero tenemos que darnos cuenta de que la grandeza de la persona está en lo que es no en lo que tiene. Es entonces cuando tenemos que comenzar a buscar esos valores que llevamos dentro y que de verdad enriquecen nuestra vida, aunque no tengamos propiedades de las que alardear. Podemos pensar en la integridad con que vivimos nuestra vida, como podemos pensar en estas esas buenas actitudes que nos llevan a tratar bien y con dignidad a toda persona, que nos llevan a buscar lo bueno y lo justo en toda ocasión, que nos conducen a una generosidad para compartir lo que somos y también lo que tenemos sea poco o sea mucho con aquellos que nos rodean.
Son esos valores permanentes, que nos elevan de ras de tierra, que nos hacen mirar la vida con otra trascendencia, que dan profundidad a nuestra vida, que nos engrandecen en nuestro espíritu, que nos llevarán siempre al encuentro con los demás, que nos motivarán para ser humildes y cercanos a cualquiera que se acerque a nosotros, que harán posible siempre una relación amistosa y alegre con los que están a nuestro lado haciendo en verdad agradable para los otros.
Es lo que nos quiere decir hoy Jesús en el evangelio. No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’.
Busquemos los valores permanentes con sabor de eternidad. No nos dejemos confundir por oropeles de la caducidad que nunca nos conducirán por caminos de plenitud. Las vanidades de la vida son efímeras, flor y resplandor de un día que pronto se secará y nos llenará de oscuridad.
Muchas veces dejándonos arrastrar por la vanidad nos parece que somos felices apegándonos a las cosas, pero pronto nos daremos cuenta del vacío de nuestra vida. No son las cosas las que nos dan apoyo verdadero en la vida; busquemos esos valores del espíritu, empapemos nuestra vida de bondad y de ternura y seremos verdaderamente felices y haciendo felices a los demás creceremos en nuestra propia felicidad; es la satisfacción que llenará de paz verdaderamente nuestro corazón.

jueves, 20 de junio de 2019

No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración sino en el silencio descubrir la presencia de Dios para resplandecer con la gloria del Señor


No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración sino en el silencio descubrir la presencia de Dios para resplandecer con la gloria del Señor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis...’ nos enseña Jesús.
Yo no sé rezar, dicen algunos, decimos nosotros tantas veces. Mientras otros dicen que rezan mucho porque repiten y repiten una y otra vez oraciones aprendidas de memoria, formularios de novenas y oraciones que otros han escrito. ¿Sabemos rezar? ¿Sabemos orar? La pregunta es seria y comprometida. Yo me decanto por hacerme la segunda pregunta, si sabré orar. Porque por rezar entendemos muchas veces eso que decíamos de repetir una y mil veces oraciones y rezos. Al final algunos se cansan de esas repeticiones y quizá puedan terminar no haciendo nada y surja la afirmación que antes hacíamos que no sabemos rezar, o tendríamos que decir, no sabemos orar.
Queremos suponer que quien reza o repite oraciones al menos se sentirá en la presencia del Señor, y probablemente mientras va repitiendo esas oraciones allá en su corazón puedan ir surgiendo otras plegarias, porque recordamos a los seres queridos, pensamos en nuestras necesidades o problemas, o nos vamos haciendo muchas consideraciones sobre nuestra vida o sobre los problemas que vemos a nuestro alrededor.
Así podríamos decir que sí, que en el fondo estamos orando porque realmente vamos presentando al Señor nuestras necesidades o lo que deseamos y queremos para nosotros, los nuestros o nuestro mundo. Por eso quizá iríamos más allá del rezo repetitivo si llegamos a sentirnos de verdad en la presencia del Señor. De lo contrario seria una rutina quizás y en el fondo no seria una oración que transformara nuestra vida.
Hoy Jesús en el evangelio nos propone una forma de orar, pero no es que Jesús cuando nos propone ese estilo de oración no es para que lo convirtamos en una formula más que simplemente repitamos, sino que nos está ofreciendo un modelo y un sentido de oración. Porque lo importante es que nos sintamos inundados de Dios, de su presencia y de su amor. Reconocer su presencia, querer que nuestra vida sea siempre una alabanza al Señor, que en su presencia descubramos y sintamos lo que en verdad tiene que ser el sentido de nuestra vida, que haya una verdadera transformación en nosotros para que en todo busquemos siempre su gloria buscando y comprometiéndonos a hacer su voluntad.
En nuestra oración tenemos sentirnos inundados y envueltos por la gloria de Dios. Como Moisés cuando bajó de la montaña de la presencia de Dios tendríamos que salir con el rostro resplandeciente, con nuestra vida transformada e iluminada por la gloria de Dios. En la presencia de Dios tenemos que ver el libro de la historia de nuestra vida con la luz de Dios para iluminar cada recoveco de nuestra vida descubriendo el valor de lo que somos, pero también el sentido de cuanto hacemos queriendo siempre enderezar nuestros pasos por los caminos de Dios. Mal hemos hecho nuestra oración si no salimos así transformados de la presencia de Dios.
Busquemos ese momento de paz, de silencio interior para escuchar a Dios, para sentir a Dios. No son las muchas palabras las que hacen nuestra oración. Es en ese silencio donde hemos de descubrir su presencia y entonces nuestro corazón hablará y también escuchará. No vamos a la oración solo a decir cosas a Dios porque seria un monologo, sino busquemos ese diálogo de amor sabiendo escuchar a Dios y en verdad entonces nos sentiremos reconfortados. Nos llenaremos así de la gloria del Señor que hará resplandecer nuestra vida para en verdad estaremos cantando la gloria del Señor.

miércoles, 19 de junio de 2019

Jesús nos abre a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios desde la humildad y la comunión


Jesús nos abre a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios desde la humildad y la comunión

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
Hay gente a la que le gusta ir por la vida alardeando de lo que hacen; sus historias son las mejores, nadie hace lo que él ha hecho, y enseguida buscamos alabanzas y reconocimientos. Fanfarrones, decíamos nosotros en lenguaje quizás de otra época a los que alardeaban de cuanto hacían y como no tenían quizá abuela que dijesen cuantas cosas buenas sabían hacer sus nietitos, a todos le contaban lo que hacían y lo que no hacían rodeándose de aires de superioridad que al final terminaban cayéndonos mal y se ganaban la antipatía de la gente que los rodeaba cansada de tanta alabanza de si mismos.
También es cierto que hay muchas veces que van calladamente por la vida no queriendo hacerse notar, pero que en la humildad y sencillez con que llevan su vida sin embargo dejan traslucir la grandeza de su corazón. Son personas que sin hacer alardes sino viviendo en la sencillez y humildad sin embargo nos estimulan y aunque no nos lo digan sin embargo captamos las maravillas que llevan en su corazón y que realizan calladamente con sus vidas. Personas así nos gusta tener a nuestro lado, con personas así nos sentimos a gusto, su presencia es estimulo de cosas grandes para nosotros.
En personas así se cumple aquello que nos dirá Jesús en otro momento del evangelio para que los hombres vean nuestras buenas otras y den gloria al Padre del cielo. Personas así no buscan para ellos el reconocimiento ni la alabanza; personas así con una fe profunda quieren en verdad dar gloria a Dios con lo que hacen, que todo sea siempre para la gloria de Dios, y que quienes les rodean igualmente glorifiquen al Señor en lo bueno que puedan contemplar en los demás.
A eso nos está invitando Jesús con lo que nos señala hoy en el evangelio. Es cierto que señala varias cosas en concreto en referencia a lo que ha de ser la espiritualidad del hombre, pero que nos vale aplicar en todas las situaciones y en todo lo bueno que realicemos en la vida. Nos habla Jesús en concreto de la limosna, de la oración y del ayuno, pilares fundamentales en una autentica espiritualidad, que nunca nos encierra en nosotros mismos o en nuestra relación particular con Dios sino que nos abre a los demás en el compartir que no solo en lo material sino lo que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos.
Una oración, es cierto, que tiene que ser honda y profunda, que ha de nacer desde lo más profundo de nuestro corazón, que hemos de saber hacer en el silencio y en lo secreto de nuestro corazón, pero que al unirnos a Dios necesariamente no lleva a la comunión con los demás. Pero eso no será una oración particular en el sentido de lo individual, sino que nos lleva a esa oración comunitaria, es decir, en comunión con los otros que oran a mi lado.
Una oración en la sencillez sin alardes que nos hagan sentirnos mejores o superiores a los demás, pero una oración humilde que sabe también que necesita del apoyo de la oración de los demás. Es lo que en verdad tendría que ser nuestra oración personal, pero también el sentido profundo que hemos de darle a nuestras celebraciones donde hemos de vivir una oración de comunión.
Jesús nos está abriendo así a un sentido nuevo de nuestro vivir, de nuestra relación con los demás, de lo que ha de ser también nuestra relación con Dios. En esos caminos de humildad y de comunión aprenderemos a crecer espiritualmente y a comprender que cuanto hacemos siempre lo es para la gloria de Dios.

martes, 18 de junio de 2019

Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor


Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Somos buenos, decimos tantas veces, y ya parece que nos quedamos contentos como si hubiéramos alcanzado una gran meta. Somos buenos, decimos, no matamos a nadie, no levantamos grandes testimonios como se suele decir, no me gusta hablar mal de nadie, pero hay cosas que uno ve y que no le gustan y comentamos, pero levantar testimonios, nunca, nos justificamos.
Somos buenos, pero parece que no tenemos más ilusiones, nos contentamos como ya somos y no tenemos mayores aspiraciones ni ilusiones. Alguien dijo que quien ya no tiene ilusiones ya está comenzando a morir, ya está comenzando a dar olor a muerte, porque nos aspiramos a algo mejor, a una superación, y simplemente nos dejamos ir, que es como dejarse morir.
Hacemos lo que todos hacen, no tenemos iniciativa de algo mejor para la vida, ni la nuestra ni la de los demás, nos vamos arrastrando, y claro si nos molestan, reaccionamos, pero no para despertar, sino para ponernos en actitud de defensa o de ataque; y claro no me voy a quedar quieto, no me voy a quedar callado, no voy a mezclarme con quien me hizo daño, nos ponemos lejos y trazamos fronteras o respondemos con guerra.
Jesús no nos quiere ni tan amorfos, ni sin ilusiones de algo más, de algo mejor. Es más, Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas con nosotros mismos por querer algo mejor, e inconformistas con los demás aunque respetemos los ritmos de cada uno, pero para los que queremos lo mejor, y les ofreceremos lo mejor de nosotros mismos para ayudarles también a reaccionar y despertar.
Tan alta es la meta que nos propone Jesús que nos dice que tenemos que ser perfectos, como perfecto es nuestro Padre del cielo, que tenemos que ser santos como es nuestro Padre del cielo. Y esa perfección y santidad pasa por romper esos moldes a los que nos hemos acostumbrado pero que nos damos cuenta que no son buen ideal. Por eso nos invita a entrar en una relación nueva y distinta con los demás.
Nuestras relaciones no tienen que poner distancias, que hacer discriminaciones, crear diferencias, guardar resentimientos ni recelos, mantener desconfianzas. Es el camino del amor que nos va a distinguir, que nos va a hacer distintos, que nos va a hacer soñar, que nos va a comprometer con un sentido nuevo, con unos valores nuevos. Pero eso tiene que estar presente siempre el perdón, y saber buscar lo que nos lleve siempre a la reconciliación y a la paz, y crear nuevos lazos de amor y de amistad, a vivir en una nueva comunión, a sentirnos en armonía con cuantos están a nuestro lado y con toda la creación.
Será nuestro distintivo, lo que como un suave y penetrante perfume atraerá a todos a ese nuevo sentido de vivir. Es el olor del evangelio, es el buen olor de Cristo que perfuma nuestra vida y que perfumará nuestro mundo, para crear ese mundo de paz. Es nuestro compromiso y nuestra manera de hacer las cosas. Es la construcción del Reino de Dios.
Somos buenos pero podemos ser mejores. La meta ideal que nos propone Jesús es bien alta y merece la pena intentarlo, comprometernos a alcanzarla.

lunes, 17 de junio de 2019

Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús


Ya es hora de abrir bien los oídos para escuchar a Jesús y ponernos en camino de forma comprometida a hacer el mundo mejor desde los valores de Jesús

2Corintios 6, 1-10; Sal 97; Mateo 5, 38-42
Yo soy amigo de mis amigos, solemos decir con frecuencia, y ayudo al que me ayuda. Es una actitud muy frecuente en la vida y muchas veces hacemos gala de que somos así, como si fuera una gran cosa o estuviéramos haciendo una cosa extraordinaria. Pero si nos ponemos a pensar un poquito creo que podemos darnos cuenta de que es una amistad o una ayuda muy interesada; pareciera que estuviéramos haciendo compraventa de nuestra amistad y de nuestras ayudas. Si tu no me ayudas a mi nunca, ¿por qué tengo que ayudarte yo a ti? Pensamos y decimos y actuamos desde ese baremo.
Ya nos dirá Jesús en otra ocasión en el evangelio qué es lo que hacemos de especial si hacemos simplemente lo que hace todo el mundo. Saludar a los que te saludan nos dice Jesús eso lo hacen hasta los gentiles. Y es que Jesús viene a darnos un sentido nuevo de las cosas donde pongamos verdadera generosidad en nuestro corazón, donde seamos capaces de romper barreras para ir más allá de lo que le parece bien a todo el mundo. Ya nos pondrá El de modelo su propio amor. Y esa es la maravilla.
Y esa es la lástima que constatamos en la vida de cada día, en nuestras mutuas relaciones, en lo que es esa presencia tan diluida de los cristianos en medio del mundo. Si nos dice Jesús en otro momento que tenemos que ser sal de la tierra, significa que otro sabor tenemos que darle; cuando le ponemos sal a la comida buscamos darle otro sabor, que sepan de una manera deliciosa aquellos alimentos que estamos cocinando, que nos lo hagan apetitosos.
Pero nos sucede que hoy los cristianos en medio del mundo no contagiamos de nada nuevo, porque nada nuevo y distinto de un valor superior estamos haciendo, sino que nos contentamos con lo que todo el mundo hace. Muchas veces nos encontramos a gente que no tienen los valores de la fe que nosotros tenemos y que sin embargo son más comprometidos que nosotros, se mojan por así decirlo en aquellas cosas por las que se comprometen en su lucha por la justicia y por hacer desde su manera de pensar un mundo mejor. Mientras nosotros los cristianos andamos como descafeinados, queremos ser café, pero no llevamos ese café bueno y oloroso en la vida que lo haga apetitoso a aquellos a los que les pueda llegar el olor.
Jesús nos pide seriedad en nuestros planteamientos, compromiso en el camino del amor, implicarnos de verdad en hacer que las cosas sean distintas, y que entonces nos andemos desde nuestras concepciones mezquinas y raquíticas del amor porque no hemos terminado de escuchar lo que Jesús nos plantea. Es lo que nos viene a decir hoy en el evangelio.
Cualquiera que se siente agraviado por los demás trata de responder con la misma moneda y a la larga nos estamos poniendo a su mismo nivel. Otro tiene que ser nuestro estilo. Al que viene contra nosotros haciéndonos el mal tenemos que saber hacerle frente no haciendo el mismo mal, sino transformándolo todo y respondiendo desde el amor, respondiendo haciendo el bien.
Hemos de saber escuchar con corazón abierto y generoso las palabras de Jesús. Nos las sabemos incluso de memoria sin embargo no han hecho mella en nuestro corazón porque nosotros seguimos actuando de la misma manera. Ya es hora de que abramos bien los oídos para escuchar a Jesús y nos pongamos en camino de verdad y de una forma comprometida a hacer ese mundo mejor desde esos valores que Jesús nos está enseñando en el evangelio.

domingo, 16 de junio de 2019

Misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos y cuanto más nos inundamos de Dios más deseos y ansias tenemos de conocer a Dios para amarle y para vivirle



Misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos y cuanto más nos inundamos de Dios más deseos y ansias tenemos de conocer a Dios para amarle y para vivirle

 Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
‘Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco’. Así se expresaba san Catalina de Siena ante el misterio de Dios que hoy celebramos. Misterio insondable de la Trinidad de Dios. Ante Dios nos postramos humildes reconociendo que nada somos ante su admirable sabiduría y grandeza. Nos postramos y hacemos confesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, escuchamos que nos dice hoy Jesús en el Evangelio. El es el Verbo de Dios, la revelación de Dios, la verdad de Dios. Se nos ha ido revelando y nos ha ido dando a conocer el misterio de Dios. Misterio insondable de amor.
‘Dios es Amor’, nos dirá san Juan en sus cartas para definirnos a Dios. Por eso Jesús nos lo enseña a llamar Padre; así lo llama El y así nos enseña a llamarle e invocarle. ‘Mirad que somos hijos de Dios’, nos dirá san Juan. Y en verdad lo somos. Nacemos del agua y del Espíritu para que haya una vida nueva en nosotros, es la vida de Dios de la que quiere hacernos partícipes para hacernos sus hijos por el don del Espíritu. Y es tanta la grandeza del misterio que se nos revela y en el que nos sentimos envueltos que no terminamos de comprender. Por eso nos dirá Jesús como  hoy lo escuchamos en el evangelio que el Espíritu de la Verdad nos lo revelará todo.
Fue después de Pentecostés, con la donación del Espíritu, cuando los primeros discípulos, los apóstoles llegaron a comprender todo el misterio de Dios y todo el misterio de Dios que en El se nos revelaba. Será cuando lo reconocen como Señor y comenzarán a entender todo aquello que El les había dicho, donde expresaba como el Padre y El eran uno y El no hacia sino lo que era la voluntad del Padre. Ahí se manifiesta todo el misterio trinitario de Dios que hoy estamos celebrando. Pero desde la presencia del Espíritu en sus vidas pudieron llegar a comprenderlo.
Muchas veces cuando en nuestros razonamientos humanos queremos explicarnos todo este misterio de Dios sentimos que nos sentimos superados y, como decimos, es algo que no nos cabe en la cabeza. Efectivamente, no nos cabe en la cabeza; no entra en los parámetros de nuestros razonamientos humanos aunque con la ciencia teológico tratemos de darle mil vueltas y explicaciones para intentar hacerlo razonable.
Pero entramos en el ámbito de la fe, y no es desde razonamientos humanos y filosóficos desde donde podemos vivir ese sentido de fe. Es algo sobrenatural que es un don de Dios. Y desde la fe con humildad decimos Si; con la fe dejándonos inundar por ese misterio de amor que es Dios es como podremos sentirlo en nosotros, hacerlo vida y experiencia nuestra. La fe no son explicaciones y razonamientos que nos hagamos para convencernos, sino que es dejarse guiar por el Espíritu de Dios para llegar a sentir, para llegar a vivir.
El Espíritu de la Verdad que nos lo revelará todo, el Espíritu de la Verdad que habitará en nosotros para llenarnos de la Sabiduría divina, para poder saborear a Dios, para poder gustar a Dios, para poder experimentar en lo más hondo de nosotros mismos la presencia de Dios. El Espíritu de Dios que nos inundará del amor de Dios, como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones 
con el Espíritu Santo que se nos ha dado’
. Nuestro espíritu, nuestro corazón, nuestra voluntad ha de abrirse al Espíritu de Dios y es cuando lo escucharemos y lo saborearemos en nuestro corazón.
Aquello tan hermoso que nos decía santa Catalina de Siena con lo que hemos comenzado esta reflexión. Mar profundo en el que nos sumergimos, y cuando más nos sumerjamos iremos descubriendo más y más y su inmensidad que es inacabable, que es infinita. ‘Cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco…’ Cuánto más conocemos de Dios más queremos conocer de El; cuánto más nos sumergimos en El, más deseamos llenarnos de El; cuánto más saboreamos a Dios, más grande es el apetito, el hambre y deseo de Dios.
Y claro que tenemos que cantar con el salmo que hoy nos ofrece la liturgia; ‘¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’

sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.