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viernes, 22 de marzo de 2019

El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros


El camino cuaresmal que estamos haciendo un momento para la reflexión y revisión sintiendo cómo llega de manera viva y actual la Palabra de Dios a nosotros

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
Lo entendieron bien pero se hacían oídos sordos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Ya el evangelista al narrarnos el episodio apunta que aquella parábola la dijo ‘Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’.
Y habla Jesús de la viña que aquel propietario había preparado con todo detalle y que confió a unos arrendadores. Pero los arrendadores no cumplieron, no rindieron sus frutos, es más respondieron con violencia a las exigencias lógicas del propietario. Al final en la conclusión de la parábola Jesús se pregunta si el propietario no quitará la viña a quienes no habían respondido debidamente y se la confiará a otros.
Es cierto que la parábola es un retrato de lo que ha sido la historia del pueblo de Israel. Ellos confesaban en su fe toda la historia de salvación que Dios había realizado con ellos. Pero se quedaba en eso, en una confesión de palabra, pero no en un reconocimiento vital, porque no daban respuesta a cuanto Dios había hecho por ellos.
Pero cuando nosotros escuchamos hoy la parábola no nos quedamos en constatar hecho antiguos o que sucedieran en otro momento, sino que siempre la Palabra es una palabra viva que llega a nuestra vida concreta. ¿No tendremos igualmente nosotros que darnos por aludidos cuando se nos presenta este hecho del evangelio? Es la forma como tenemos que escuchar nosotros de una forma viva la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida concreta. Para que nuestra fe no se quede en palabras sino que sea algo vivo que implica toda nuestra vida.
En este camino cuaresmal que estamos haciendo es momento para la reflexión, para la escucha atenta de la Palabra de Dios, para la revisión de nuestra vida, de nuestras actitudes y de nuestros comportamientos. Es momento para reconocer esa historia de salvación que Dios ha ido desarrollando en nuestra vida; cuantas maravillas ha ido Dios haciendo en nosotros; de cuantos dones nos adornado en su maravilloso amor; cuanta ha sido la gracia que ha derrochado en nosotros. ¿Y cuál ha sido nuestra respuesta?
No siempre hemos dado respuesta de amor; cuantas veces también nos hemos hecho oídos sordos a tantos signos de su amor que Dios ha puesto a nuestro lado; cuantas personas buenas, cual profetas, han llegado hasta nosotros y han tenido una palabra buena, una invitación al amor y la generosidad y no hemos sabido ni verlos ni escucharlos; cuantas llamadas habremos escuchado cada vez que se nos ha proclamado la Palabra del Señor o hemos participado en celebraciones litúrgicas.
Sintamos en verdad que esta Palabra hoy quiere llegar a nuestra vida y nos está pidiendo frutos, de penitencia y de conversión, de amor y de generosidad, de empeño por vivir esa vida nueva que el Señor nos ofrece. No cerremos nuestros oídos ni nuestro corazón. Respondamos a su amor con nuestro amor aunque quizá en principio sea pobre, pero que con la llama de amor a nuestro lado crecerá y crecerá hasta dar fruto.

jueves, 21 de marzo de 2019

No vivamos pensando solo en nuestra felicidad sino abramos los ojos y el corazón hacia quienes caminan a nuestro lado dándole trascendencia a lo que vivimos


No vivamos pensando solo en nuestra felicidad sino abramos los ojos y el corazón hacia quienes caminan a nuestro lado dándole trascendencia a lo que vivimos

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’. Es la sentencia final de la parábola que hoy nos ofrece el evangelio.
Más de una vez habremos escuchado que nadie ha venido desde el más allá para decirnos qué es lo que hay, o también aquello de que disfrutemos de los placeres que nos da la vida que no sabemos lo que hay más allá. Es un poco el planteamiento hedonista que se tiene de la vida; todo es cuestión de disfrutar del momento presente que lo que tiene que venir ya vendrá. Se trasluce en consideraciones así ese hedonismo para disfrutar de todo, pero en el fondo también la marca de un destino que no sabemos lo que nos tiene destinado y ese sí que es implacable.
No digo que no busquemos ser felices, ni mucho menos. Claro que tenemos que buscar la felicidad pero al mismo tiempo hemos de saber darle un sentido de trascendencia a lo que vivimos que por una parte lo que ahora tenemos no lo podemos disfrutar aquí en plenitud porque somos limitados y porque también tenemos muchas cosas en nuestro entorno que hemos de tener en cuenta, porque no vivimos solos ni solo para nosotros mismos. Y cuanto hacemos hemos de darle esa trascendencia que nos lleva más allá del momento presente donde sí podremos vivir en plenitud lo mejor de todo.
Cuando solo vivimos pensando en nosotros mismos para buscar solo nuestra propia felicidad tenemos la tendencia a ir muy a nuestro aire, con los ojos cerrados a cuanto hay o sucede a nuestro alrededor, y aunque nos rodeemos de muchas cosas que pensamos nos darán mucho placer y felicidad sin embargo quizás vivimos una soledad profunda; a los demás solo los utilizamos en bien de nosotros mismos y del placer que nos puedan dar. En esas soledades por muchos sucedáneos que nos busquemos nunca nos sentiremos satisfechos de verdad; quien entra en esa carrera es como si entrara en una espiral que nos hace buscar más y más, o una pendiente de la que parece que no podemos escapar.
Otro tiene que ser en verdad el sentido de nuestra vida y hemos de saber buscarlo, porque si con sinceridad lo buscamos podemos encontrarlo. El mensaje del evangelio nos ayuda a ello. El texto de la parábola que hoy se nos ofrece es un reflejo de todo esto. Allí estaba aquel hombre rico que solo pensaba en pasárselo bien y no era capaz de darse cuenta de quien a su puerta pasaba necesidad.  Viene el momento irremediable del final de la vida y es cuando se quiere arreglar todo, pero para aquel  hombre ya fue muy tarde. Quien banqueteaba espléndidamente y no le faltaba nada en la vida, ahora no tenia quien le refrescara sus labios en medio del tormento en que había caído.
Y ahí hemos escuchado ese diálogo entre aquel hombre y Abraham. No encontraba remedio para su tormento porque había caído en el abismo, pero, aunque tarde, ahora se acordaba de sus hermanos que aun estaban en vida y a quienes quería avisar para que no siguieran sus mismos pasos. Por eso pide milagros, que Lázaro vaya a avisarle, y de ahí la sentencia final de la parábola con la que comenzábamos nuestra reflexión. ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán’.
Tenemos a nuestra mano la luz que nos puede iluminar. Algo más que Moisés y los Profetas porque tenemos el evangelio de Jesús. Esa Buena Nueva de Jesús que sí viene a iluminar nuestra vida; esa Buena Nueva que nos anuncia el Reino de Dios; esa Buena Nueva que es el sentido profundo para nuestra vida, para nuestra existencia. Dejémonos iluminar; dejemos que cale en nosotros la Palabra de Jesús; convirtamos nuestro corazón a Dios, volvamos nuestro corazón y nuestra vida a Dios y a su Palabra y comencemos a poner toda nuestra fe en El.
Ahí está nuestra salvación, es la luz de nuestra vida, es el sentido profundo de nuestro ser. Es la Palabra que nos abre a Dios para que en El encontremos la verdadera felicidad, y es lo que nos hace volvernos también hacia los demás, porque en la vida no podemos seguir caminando solos ni desentendiéndonos de los otros.
Comencemos a caminar los caminos del evangelio.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Estamos en camino de subida y sabemos que nos vamos a encontrar la pasión y la Pascua pero con Jesús no nos faltará la paz



Estamos en camino de subida y sabemos que nos vamos a encontrar la pasión y la Pascua pero con Jesús no nos faltará la paz

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28
Estamos en camino. La vida es un estar en camino, no podemos detener. Un camino de ascensión, un camino hacia lo alto, un camino hacia una meta que nos trasciende. Son los caminos de cada día donde vamos a alguna parte, pero son los caminos de cada día que son caminos de búsqueda, de crecimiento, de superación personal, de sueños de algo grande, de ambiciones que nos hacen crecer pero que en ocasiones nos entorpecen. Unos caminos que nos llevan al encuentro, que nos arrancan de soledades, que nos hacen saltar por encima de dificultades y contratiempos.
Es la lucha de cada día, es el trabajo, es la vida de familia, es la convivencia con los demás, es el cruzarnos con otros que también van haciendo camino o con los que queremos caminar juntos. Mucho podríamos decir de esos caminos, de cómo hacerlos, de lo que nos vamos encontrando o con lo que vamos tropezando; una veces con ilusión, en ocasiones medio derrotados, en momentos de zozobra y angustia, en tantas ocasiones con alegría y esperanza en el alma.
Estamos ahora en el camino de la cuaresma que nos conduce a la Pascua. También con Jesús nosotros hemos de caminar, subir al Tabor y a Jerusalén. Hoy en el evangelio se nos habla de esa subida. Primero hace anuncio Jesús de cuánto va a suceder en Jerusalén, aunque será algo difícil de comprender para los discípulos. Les gustaría que todo fuera un camino fácil. Como nos sucede a nosotros en la vida; nos gustaría caminar sin problemas, donde todo fuera grato, lejos de nosotros preocupaciones y con nuestros sueños intactos. Por eso cuando atisbamos algo que nos parece una contradicción o cerramos los ojos para no ver, o perdemos la paz y la tranquilidad del espíritu.  Pero la realidad ahí y está y tenemos que asumirla y tenemos que recorrerla de manos de Jesús, que El siempre nos llenará de paz el corazón. Cuánto lo deseamos.
Pero como decíamos a los discípulos se les hacia cuesta arriba aquel camino, no solo por lo geográfico de la subida a Jerusalén, sino porque en su corazón estaban latentes sus ambiciones y no terminaban de entender. Es lo que le paso a los hermanos Zebedeos y la desazón que luego se les metió en el corazón a los demás.
Allí están Santiago y Juan pidiendo primeros puestos en su Reino. El diálogo con Jesús es significativo de cómo se nos cierran los ojos y no terminamos de ver. Jesús les habla de cáliz que han de beber y ellos están muy dispuestos, pero siguen con sus deseos y ambiciones. Y ante la reacción que se está produciendo en los demás por las ambiciones de estos dos hermanos, Jesús viene a aclararles una vez más cual ha de ser el verdadero sentido de sus vidas.
No valen los codazos entre sus discípulos para ver quien llega primero o quien alcanza el puesto de honor y de poder. Eso lo deja Jesús para los que viven en el espíritu del mundo. Ellos han de aprender que la grandeza está en el servir, en el hacerse el último de todos, en el asumir también ese momento de cruz que puede aparecer en la vida, pero dispuestos siempre a seguir el paso de Jesús. El es el que ha venido no para ser servido sino para servir. Y ese es el camino que ahora está haciendo Jesús en su subida a Jerusalén. Han de entenderlo pero ha de ser también algo que ellos vivan, algo que nosotros también tenemos que entender y vivir.
‘El hijo del Hombre ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’. ¿Qué de todo esto tenemos nosotros que asumir en nuestra vida ahora en este camino que vivimos en este momento? Que no nos falte la paz en el corazón.

martes, 19 de marzo de 2019

Un silencio que nos habla de la espiritualidad profunda que se abre a Dios y se hace disponible para el servicio sencillo y humilde del hombre justo


Un silencio que nos habla de la espiritualidad profunda que se abre a Dios y se hace disponible para el servicio sencillo y humilde del hombre justo

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22;  Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Hombre justo lleno de fe, servidor fiel y prudente, sencillo y humilde de corazón son algunas cosas que de entrada podemos decir de San José a quien hoy estamos celebrando.
De Jesús dijeron sus propios convecinos allá en la sinagoga de Nazaret que era el hijo del carpintero, para resaltar su condición humilde. Ser carpintero o artesano era un oficio humilde en un pueblo pequeño como lo era Nazaret, pero no era solo la pobreza de medios sino era el espíritu humilde y sencillo de quien en su oficio estaba dispuesto a ayudar y remediar cualquier necesidad o problemas en aquellos humildes hogares.
Cuando en la vida nos encontramos con una persona de corazón sencillo y humilde, podríamos decir que nos sentimos cautivados por esa generosidad de espíritu que se deja traslucir tras unos humildes ropajes quizá, pero que nos están hablando de una riqueza espiritual que ya nosotros quisiéramos tener. Y es lo que descubrimos en los pocos retazos de su vida que nos trasmite el evangelio.
No era un hombre que viviera en la superficialidad que no se tomara en serio los problemas que la vida misma le fuera ofreciendo. Era el hombre prudente que rumiaba las cosas en su interior antes de tomar decisiones, pero además era un hombre de un profundo sentido de fe para tratar de discernir en todo cuanto le sucedía lo que era la voluntad de Dios. Momentos duros y difíciles por los que tuvo que pasar en su vida descubrimos en esos pocos momentos que nos trasmite el evangelio.
Fueron las dudas ante lo que sucedía en Maria, pero era el hombre bueno y justo que no quería nunca hacer daño. Como hombre, y más en aquella cultura, podría haber sentido profundamente herido en cuanto veía o sospechaba. Pero era un hombre abierto a lo bueno y abierto a lo que fuera la voluntad del Señor. Por eso no quería repudiar a Maria, pero se abría a la inspiración del Señor que le viene a través del ángel en el sueño.
En el sentido bíblico el sueño era una manera de expresarnos lo que se siente en el interior sin saber de donde procede, pero que se siente como la voz del Señor. Y es lo que va a ayudar a José en diferentes momentos de su vida. Será ahora con la aceptación de Maria en su casa, será en el tener que desplazarse hasta Belén desde los caprichos de un gobernador que quiere hacer un censo, como será en el momento en que el niño está en peligro y tendrá que huir a Egipto.
Solo una persona de fe profunda, de una gran religiosidad y espiritualidad llega a descubrir de esa manera lo que son los caminos del Señor. De resto, en la vida de José, silencio. Cuánto tenemos que aprender de su silencio.
No le escucharemos pronunciar palabra pero su vida silenciosa nos está hablando de lo que hay en su corazón. Nos está enseñando a rumiar las cosas con serenidad y sin dejarse llevar por los primeros impulsos como tantas veces nos sucede; nos está enseñando a tener un corazón abierto a lo trascendente, un corazón abierto a Dios siempre dispuesto a escucharle. Nos está enseñando a esa disponibilidad que tiene que haber en nuestra vida siempre para el servicio, siempre para lo bueno, para hacer el bien. Es el silencio de san José que nos está gritando hoy en el corazón.
Que aprendamos de ese silencio que nos tiene que hacer reflexivos, profundos en nuestra espiritualidad, siempre abiertos a Dios, siempre disponibles para el servicio, siempre resplandecientes por nuestra sencillez y humildad como san José.

lunes, 18 de marzo de 2019

El que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad



El que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Cada vez que escucho este evangelio que hoy nos ofrece la liturgia me viene a la memoria al que vi. Hacer de pequeño a mi padre y me fue una hermosa lección. Cuando me mandaba a dar a alguien alguna cosa, recuerdo en concreto en cesto de papas, yo llenaba lo que podía dicho cesto pero cuando llegaba él me decía que se podía poner más; a mí me parecía que el cesto ya estaba lleno pero él lo remecía, lo movía de una lado para otro y me decía, ¿ves como caben más?, y entonces ponía hasta completarlo. Era una medida remecida.
Es la medida de la que nos habla Jesús hoy en el evangelio. En el amor siempre podemos poner más; en el amor no podemos andar con medidas raquíticas y es que el que le está poniendo medidas y límites al amor no está amando del todo, no está amando de verdad.
Hoy nos propone Jesús que nuestro amor ha de parecerse al amor que Dios nos tiene que es compasivo y misericordioso. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos decía. El nos ofrece siempre su perdón, nos ofrece siempre su amor; y la generosidad de Dios es infinita. Nos acercamos a El con nuestras limitaciones y deficiencias, con nuestras debilidades y con nuestro amor imperfecto y El nos ofrece un amor infinito. ¡Cómo tenemos que sentirnos cuando somos amados con un amor así! No nos queda más remedio que reconocer nuestras mezquindad.
Por eso Jesús nos dice que en nosotros no caben los juicios y las condenas, cuando estamos tan llenos de prejuicios, cuando son tantas las sospechas que enturbian nuestro corazón, cuando tenemos una mirada tan turbia en la que solo vemos en los demás oscuridades y negruras. Nos pide Jesús una mirada limpia, porque cuando el cristal con el que miramos está lleno de manchas le estamos cargando esas manchas a lo que vemos tras el cristal.
Limpiemos los ojos de nuestro corazón de esos prejuicios y sospechas, de esas malas intenciones, de esas desconfianzas, de esos recelos o resentimientos que guardamos dentro de nosotros y tanto daño  nos están haciendo, de ese amor propio y orgullo que nos vuelve despectivos hacia los demás. ¿Nos gustaría a nosotros que los demás nos miraran así? ‘Dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’, nos dice el Señor.
Cuando queremos hacer un mundo de fraternidad, cuando queremos crear comunión entre nosotros para amarnos y para saber caminar juntos, cuando queremos que nuestro mundo sea mejor, no podemos llenarlo de falsas alegrías, no podemos andar con ocultamientos que crean desconfianzas, sino que tenemos que ir con corazón abierto, disponible para que en él quepan todos y nadie sea excluido. Por eso es necesaria esa mirada limpia, sin malicia y muy llena de amor, ofreciendo cariño, amistad, lealtad, confianza.
Caminemos en un amor generoso y haremos que nuestro mundo sea mejor; contagiemos con nuestra generosidad y con la alegría que sale de la paz que llevamos en el corazón y estaremos construyendo el Reino de Dios. Una medida remecida, donde siempre cabe más amor.

domingo, 17 de marzo de 2019

La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida


La contemplación de los resplandores del Tabor nos recuerdan que tras la Pascua y la resurrección nosotros tenemos que trasparentar una nueva luz y una nueva vida

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1;  Lucas 9, 28b-36
El que con ojos profanos se acerque a la escena que nos describe hoy el evangelio sentirá admiración por la belleza que se nos describe con una escenografía – y fijaos que digo con ojos de profano – de resplandores y de sombras, de apariciones espectaculares y de voces que se oyen venidas del cielo que dejan en un sopor indescriptible a los diferentes personajes difíciles de imaginar por mente humana.
Pero no es con ojos de profano con los que nosotros nos acercamos a este texto del evangelio sino que quizá desde las sombras de nuestras dudas y sin embargo desde la fe nos sentimos deslumbrados por un resplandor celestial que va a despertar en nosotros caminos de trascendencia pero al mismo tiempo caminos nuevos que de forma distinta vamos a recorrer en el hoy de nuestra vida.
Queremos situarnos nosotros ante este pasaje del evangelio en esta escena que se nos describe como personajes que allí estamos también porque como aquellos tres discípulos nosotros nos sentimos invitados también a subir a lo alto de la montaña. Vamos, sí, en nuestra fe a no dejarnos adormecer o distraer por cosas que no vienen al caso, sino que vamos a intentar situarnos junto a Jesús en esa oración en la que El se sumergió. Subieron a la montaña para orar, aunque aquellos tres discípulos, como en otra ocasión les sucediera en Getsemaní se dejaron dominar por el sopor del sueño, quizá por el cansancio de la subida y se vieron sorprendidos por cuanto allí estaba sucediendo sin saber a qué atenerse y ya inventándose tiendas de campaña para quedarse allí para siempre, aunque para ellos mismos no prepararan ninguna. ‘¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…’ que serían para Jesús, para Moisés y para Elías, sin pensar en prepararse para ellos mismos.
Contemplemos, sí, nosotros también aunque nos sintamos extasiados para maravilla de la gloria del Señor que se está manifestando. Aquel blanco deslumbrador de las vestiduras de Jesús y aquel rostro resplandeciente de quien está manifestando la gloria del Señor. Con razón Moisés había bajado de la montaña del Sinaí, de la presencia del Señor, con un rostro resplandeciente que nadie se atrevía a mirar cubriéndose con un velo. Y es que quien está en la presencia de Dios con toda conciencia ya su vida tiene que resplandecer de otra manera, porque otra será la vida que tendrá que trasparentar.
Mientras Pedro habla con estas apetencias y ambiciones una nube de sombras los envolvió. Con qué facilidad nos aparecen las sombras en nuestra vida. Sombras de dudas, sombras de egoísmos insolidarios, sombras de ambiciones y vanidades, sombras de orgullos mal disimulados, sombras que nos pueden llevar al precipicio también con toda facilidad. Nos queremos aislar, nos queremos quedar en las alturas, queremos olvidar quizá lo que es la lucha diaria de los que siguen caminando por la llanura de la vida, nos queremos encerrar en nuestras vanidades, son tantas las tentaciones que de una forma o de otra podemos sufrir.
Aquella sombra momentánea fue como una prueba pero que venia a culminar con las palabras del cielo la revelación de quien era en verdad Jesús. Consciente o inconscientemente se veían puestos a prueba muchas veces con lo que Jesús les anunciaba y a ellos les costaba entender. Había habido momentos de fervor como cuando Pedro confesó su fe en Jesús allá en Cesarea de Filipo, pero pronto el mismo Pedro se negaba a aceptar lo que Jesús anunciaba que el Hijo del Hombre subía a Jerusalén donde había de padecer pasión y muerte. ‘Quítate eso de la cabeza’, le había dicho a Jesús.
Lo que ahora estaba sucediendo en lo alto de la montaña vendría a ser como la fortaleza del Espíritu que les iba a acompañar en el camino que aún habían de hacer hasta Jerusalén y en los momentos difíciles de lo que allí había de suceder. Como la liturgia expresa con toda claridad en el prefacio de la celebración de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar que la pasión es el camino de la resurrección’.
Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’. Sí, este Jesús a quien habían seguido, estaban siguiendo por todos aquellos caminos de Galilea y de Palestina y ahora le acompañaban en su subida a Jerusalén, es el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar porque en El está nuestra vida y nuestra salvación. Este Jesús, sí, que había de padecer tal como El les había anunciado su muerte es el Hijo de Dios, la Palabra eterna de Dios que es nuestra luz y nuestra vida.
Aturdidos estaban en medio de cuanto había sucedido y había que bajar de la montaña a la llanura donde se seguirían encontrando las muchedumbres ansiosas de una palabra de esperanza, donde se seguirían encontrando con el dolor y el sufrimiento, con las mismas esclavitudes y opresiones que sufrían todos los días, con gentes desorientadas que buscaban una luz que les guiara. Habían de bajar de aquella montaña para seguir el camino y para subir a Jerusalén. Los discípulos que habían sido testigos de lo sucedido en la montaña y de lo que aun no podían hablar, terminarían de entenderlo después de la resurrección.
Nosotros en este segundo domingo de Cuaresma una vez más hemos subido al Tabor y tenemos que seguir haciendo también el camino que nos lleva a la Pascua. En nosotros tenemos una certeza que nos la da la fe, y que tras la contemplación ahora de la gloria del Tabor tendrá que hacer que nosotros busquemos resplandecer con una nueva luz, aunque tengamos que pasar por la pasión, esa pasión que tenemos que vivir en nuestra vida con tantas cosas, pero que sabemos que es camino de Pascua. Cuando llegue la luz de la resurrección no olvidemos que tenemos que trasparentar una nueva luz, una nueva vida que nace en nosotros con la Pascua de Jesús. Para eso estamos haciendo este camino de Cuaresma.

sábado, 16 de marzo de 2019

La sublimidad del amor cristiano hace que comencemos a amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera


La sublimidad del amor cristiano hace que comencemos a amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Decimos que queremos lo mejor, pero no sé si siempre estaremos llevando las cosas a lo mejor, si somos capaces de intentar de verdad superarnos para alcanzar lo que es mejor. Cuando las cosas nos parece que van bien ya nos contentamos con lo que hemos conseguido aunque sabemos que con un poco de más esfuerzo podríamos alcanzar algo mejor. Ante esos buenos deseos nos dejamos vencer por la pereza, la desgana, o simplemente el hacer lo que todos hacen. Nos dejamos arrastrar por una cierta mediocridad y como se suele no decir no llegamos a poner toda la carne en el asador.
Somos buenos, nos decimos, porque queremos a los que nos quieren, hacemos el bien a los que antes nos hayan hecho el bien a nosotros, y parece como si estuviéramos pagando lo bueno que nos hacemos, porque ni menos ni más, sino en la misma medida que tienen con nosotros. Parece como si nos faltara iniciativa en el amor. Pero con el pensamiento que Jesús nos ofrece hoy en el evangelio, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera.
Las metas que nos ofrece Jesús es que seamos capaces de ir más allá, de alcanzar lo más alto, de buscar siempre lo mejor, aunque ya hagamos lo bueno que todos hacen. ¡Plus ultra!, nos está diciendo Jesús. Por eso la amplitud del amor que Jesús nos pide es universal, en donde tienen que caber todos, no solo los que me hacen el bien, sino incluso aquel que me haya hecho daño.
Y nos propone Jesús que seamos perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto. Nuestro amor tiene que ser siempre imagen de lo que es el amor de Dios. Aunque nos cueste o nos parece en ocasiones imposible. Con Dios nada es imposible, porque El siempre derrama sobre nosotros la fuerza y presencia de su Espíritu.
‘Sed perfectos, nos dice Jesús, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Tenemos que aspirar a la perfección de Dios, tenemos que imitar el amor infinito de Dios, que nos amó primero, como nos dirá san Juan en sus cartas. Y como nos dice san Padre ‘el amor de Dios consiste en que siendo nosotros pecadores, nos amó y se entregó por nosotros’.
Tenemos que amar primero, no estar esperando a que me amen, porque eso lo hace cualquiera. No nos basta decir que somos amigos de nuestros amigos; eso tiene ya una limitación, restringe nuestro amor. ‘Si saludáis solo a los que os saludan, ¿qué hacéis de extraordinario?’ Fijémonos cómo en la vida vamos ignorándonos unos a otros; las carreras de la vida moderna hacen que pasemos el uno al lado del otro ni nos miremos, ni nos saludemos, nos ignoremos por completo; qué inhumanos nos vamos haciendo, y casi lo hacemos sin darnos cuenta sino por la inercia de lo que todos hacen.
Y Jesús se entregó por todos y cuando nos dice que amemos como su único mandato, nos señala que lo hagamos como El nos ha amado. ‘Así seremos hijos de nuestro Padre que está en el cielo’. Como nos dice el salmo ‘dichoso el que camina en la voluntad del Señor’. Y nos decía tambien el Deuteronomio; ‘El será tu Dios, tú irás por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz’.

viernes, 15 de marzo de 2019

Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios



Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que son también actitudes y modos de comportamiento y cercanía con el hermano y con Dios

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Arrepentimiento, reconciliación, conversión, tres palabras que consideramos importantes y que son buenas actitudes a tener en cuenta siempre en nuestra vida, pero de manera especial en este camino cuaresmal que estamos haciendo.
‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’, les dice Jesús a sus discípulos, nos dice hoy a nosotros. Es un reconocimiento de que podemos ser mejores, que tenemos que ser mejores. Es un reconocimiento de que no nos podemos considerar ya santos y justificados, porque sigue habiendo muchas debilidades en nuestra vida.
Jesús hace esta consideración y comparación porque los escribas y fariseos se consideraban ya justificados por si mismos, quieren presentarse con un aura de perfección delante de los demás, pero Jesús ha denunciado ya claramente muchas veces la falsedad e hipocresía que había en sus vidas. Por eso nos recuerda que tenemos que reconocer nuestras debilidades y pecados de los que tenemos que arrepentirnos; y nos recuerda muchas actitudes y comportamientos que podemos tener con los demás que necesitan una corrección y una purificación. 
Cuidado nosotros queramos presentarnos también con ese aura de santidad, de perfectos y santos cuando tantas debilidades tenemos en nuestra vida. Y nos es bueno revisar actitudes y comportamientos, revisar esos gestos y palabras que tenemos los unos con los otros, en los que muchas veces no está brillando precisamente la bondad y el respeto. Nos habla Jesús de esas palabras hirientes que nos decimos en tantas ocasiones.
Hoy nuestro lenguaje se ha vuelto vulgar, pobre, muchas veces insultante y ofensivo; nos hemos acostumbrado a esa violencia y vulgaridad de nuestras palabras que las que nos faltamos al respeto y parece que ya nadie se inmuta, todo el mundo lo ve tan normal. Vamos perdiendo delicadeza en la vida y cuando  no hay esa delicadeza en palabras y en trato nos hacemos vulgares, pero es que vamos deshumanizando nuestras relaciones, se va creando una acritud que termina en violencia y enfrentamiento. No son los mejores caminos del amor, pieza fundamental del Reino de Dios que queremos vivir.
Ese reconocimiento de esos tropiezos que vamos teniendo en la vida tiene que llevarnos necesariamente a una vuelta al reencuentro con los demás, a la reconciliación. Y Jesús es radical en su enseñanza, lo  absolutamente necesario que es ese reencuentro, esa reconciliación. No podría haber un verdadero encuentro con el Señor, si antes no nos hemos reconciliado con el hermano. Nuestra ofrenda no sería pura y agradable a Dios. Por eso ‘deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano’, nos dice Jesús.
Será así entonces cómo podremos volvernos de verdad y radicalmente a Dios, la autentica conversión. Necesarios esos pasos, pero necesario es que nos demos cuenta de que nos estamos volviendo a Dios, para que Dios sea en verdad el centro y el motor de toda nuestra vida.
Es un camino arduo, es cierto, porque necesitamos mucha humildad, despojarnos de nuestro yo egoísta para abrirnos de verdad al nosotros del encuentro y del saber caminar juntos. Tenemos que abajarnos del pedestal de nuestros orgullos para saber caminar al paso del hermano, sin tirantez ni acritud, con sencilla y con mucho amor, con delicadeza y exquisito trato, con gestos humildes y sencillos de cercanía y muchas muestras de lo que es un amor verdadero.

jueves, 14 de marzo de 2019

Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará



Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

Muchas veces nos habla Jesús en el evangelio de la oración y ahora en este tiempo de cuaresma escucharemos muchos textos en este sentido. No en vano este tiempo de cuaresma ha de ser un tiempo para la reflexión y para la oración. No solo reflexionamos desde los propios sentimientos y lo que es nuestra vida buscando unas sabidurías humanas, sino que queremos ahondar en la sabiduría de Dios, dejar que su Espíritu sea nuestra luz en el camino que nos ayude a descubrir la verdad de nuestra vida y el sentido que hemos de darle desde nuestra fe y el evangelio.
Nuestra reflexión la queremos centrar en Dios; no es simplemente una reflexión humana desde nuestro saber o la experiencia humana que tengamos en la vida, sino que ha de ser desde el filtro de la fe, desde la luz que encontramos en el evangelio, dejándonos guiar en nuestro interior por la fuerza del Espíritu. No es simplemente pensar cosas sino tratar de ahondar en el misterio de Dios, sintiendo su presencia en nosotros, que nunca nos fallará.
Hoy Jesús en el evangelio para insistirnos en la necesidad de la oración y de la confianza que hemos de tener en el Dios a quien amamos y que sentimos que nos ama emplea como tres imágenes, tres palabras en esa insistencia de la oración. Nos habla de pedir, de llamar y de buscar. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.Yo diría que no es solo inspirarnos nuestra confianza, sino que con esas tres palabras nos está hablando del sentido de nuestra oración.
Pedir, llamar, buscar… Invocamos a Dios que merece siempre toda nuestra alabanza; invocamos a Dios a quien queremos tener presente en nuestra vida, porque El es nuestra fortaleza, en El ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza. Invocamos a Dios desde la pobreza de nuestra vida, con nuestras necesidades, pero también mirando a los que nos rodean, mirando nuestro mundo.
Buscamos a Dios porque queremos conocerle más y más; buscamos a Dios porque sin El nuestra vida estará llena de oscuridad; buscamos a Dios porque en El sabemos que vamos a encontrar nuestra plenitud; buscamos a Dios porque es nuestra sabiduría, quien nos da el sentido pleno de nuestra vida.
Llamamos, como quien está a la puerta queriendo entrar; llamamos a Dios porque queremos ir a El y porque queremos que El venga a nosotros, esté en nuestro camino, aunque ya tenemos la certeza de que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, aun en aquellos momentos que casi no nos damos cuenta. Llamamos a Dios porque queremos hacerlo presente en nuestro mundo tan lleno de tinieblas, tan desorientando, tan sin rumbo tantas veces.
Cómo tenemos que gozarnos en la presencia del Señor; cómo nos sentimos en camino de plenitud cuando somos conscientes de su presencia. Con El a nuestro lado se nos acaban nuestros temores; con El a nuestro lado nos sentimos fuertes frente a la adversidad, frente a los peligros de la vida, frente a las tentaciones que nos acechan por doquier; con El a nuestro lado caminamos seguros queriendo llevar también la luz de la fe a cuantos nos rodean.
Cuando vamos saboreando todo esto, qué bien nos sentimos en nuestra oración, porque sentimos la paz de presencia, la seguridad que nos da en la vida a pesar de las tormentas, la fortaleza para esa tarea de superarnos, de querer llegar a una plenitud, de ser mejores nosotros y hacer que nuestro mundo sea mejor. Aprendamos de la hermosa oración de la reina Esther que nos ofrece la primera lectura y saboreemos el modelo de oración que nos ofrece Jesús.
Disfrutemos de la oración, disfrutemos de la presencia del Señor. El nunca nos fallará.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor



Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

Suceden cosas maravillosas delante de nuestros ojos cada día pero que en su sencillez no somos capaces de apreciarlas, y sin embargo estamos buscando cosas espectaculares que nos llamen la atención y que decimos que serian las que despertarían en nosotros buenas palpitaciones como ahora se suele decir. No vemos lo bello en lo pequeño y en lo sencillo, pero queremos lo extraordinario, que al final tampoco en ello sabremos descubrir el mensaje de vida que se nos pueda trasmitir.
La sonrisa de un niño, una amanecer o un atardecer, o el gesto de alegría de un animal de compañía cuando se encuentra con nosotros quizás ya no nos llama la atención; son tantas las cosas maravillosas que suceden a nuestro lado, pero parece que no somos sensibles para apreciarlas. También los que están a nuestro lado con sus gestos humildes y sencillos pueden ser signos que nos llamen la atención y nos ayuden a descubrir la bondad que aun hay en el mundo.
Pero también tendríamos que ver nuestra historia de cada día, o recordar lo que nos haya sucedido en el pasado para saber leer muchas señales  que podrían marcar nuestra vida o ser una llamada para que en el presente aprendamos a tener otras actitudes más positivas y nos recordaran de lo que somos capaces, pero también de esa presencia del Señor que ha estado a nuestro lado en ese camino cuando quizás era oscuro y no veíamos salidas, pero que sin embargo fuimos capaces de superar. ¿No tendríamos que aprender a descubrir esa mano del Señor presente de tantas maneras en nuestra vida?
Vemos en el evangelio de hoy que la gente de forma obstinada le está pidiendo señales a Jesús. Y El les recuerda su historia, el episodio de la predicación de Jonás en Nínive y la venida de la reina de Saba a Jerusalén para consultar la sabiduría de Salomón. Y Jesús les dice que allí hay alguien más grande que Salomón y ellos no son capaces de reconocer; les anuncia también que en la hora del juicio los habitantes de Nínive se levantarán en su contra, porque ellos supieron escuchar el mensaje del profeta y se convirtieron al Señor y sin embargo ellos ahora no quieren escucharle a El.
Para nosotros estas palabras tienen que ser un toque a nuestro corazón. ¿Cómo reaccionamos ante las palabras de Jesús? Nos quedamos en admirar sus milagros, pero no somos capaces de escuchar su Palabra en nuestro corazón. Esa Palabra que nos invita a admirar las maravillas del Señor de cada día; esa Palabra que nos habla en nuestro corazón para que nos sintamos agradecidos por su amor; esa Palabra que nos invita a vivir y vivir en plenitud; esa Palabra que nos invita a ir al encuentro con los demás.
Demos gracias a Dios; respondamos a su amor con nuestro amor y con una vida nueva. Demos señales de esa vida nueva que El nos regala; seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor.
Este camino de cuaresma que estamos haciendo nos tiene que llevar a descubrir esas maravillas del Señor en los gestos humildes y sencillos pero llenos de bondad que hay en tantos que están a nuestro lado, y de la misma manera serlo nosotros para ellos para que lleguen a descubrir los caminos del Señor.

martes, 12 de marzo de 2019

La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene


La oración ha de ser un gozo hondo, una necesidad para nuestra vida, algo de lo que no podremos prescindir porque no podemos prescindir del amor que Dios Padre nos tiene

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

No sabemos orar, decimos quizá muchas veces, me aburro repitiendo oraciones, no sé qué decir ni qué pedir, son expresiones o pensamientos que nos vienen a la mente muchas veces. Y decimos que no rezamos porque no sabemos y nos vamos enfriando en ese espíritu de oración, porque quizá pensamos que rezar a Dios es pedir simplemente por nuestras necesidades o por los problemas que estamos pasando y no sabemos bien cómo hacerlo.
Se me ocurre pensar cuando alguien nos pide que recemos por él, ¿qué es lo que realmente nos está pidiendo? ¿o qué es lo que quiere que nosotros le pidamos al Señor por él? Quizá tiene problemas y no sabe como salir de ellos, quizá está pasando por unos momentos de necesidad, puede estar enfermo él o uno de sus seres queridos, y lo que quiere es que el Señor le ayude en esas situaciones, que su ser querido enfermo se cure, o que encuentre remedio para aquella necesidad, y quizá nosotros pensamos en esas cosas que le pueden estar pasando a nuestro amigo en la presencia de Señor, o rezamos algunas de las oraciones que nos sabemos de memoria, repitiéndola quizá muchas veces.
¿Así ha de ser nuestra oración? ¿Eso es oración? No podemos decir que no sea oración porque cada uno le habla o le pide a Dios como sepa hacerlo o de la forma que se le ocurra, pero quizás necesitamos reflexionar un poco más para encontrar un sentido más profundo a nuestra oración.
Pero puedo pensar también cuando voy a hablar con mi padre, ¿cómo lo hago? Cuando voy a hablar con mi padre no lo hago con frases aprendidas de memoria; aparte de sentirme gozoso por estar con él, tendré palabras de cariño en el saludo que le manifiesten mi amor, como él las tendrá también conmigo; nuestra charla no se queda, como se suele decir, en hablar del tiempo, sino que de forma espontánea nos iremos interesando el uno por el otro, le manifestaremos nuestras preocupaciones como al mismo tiempo le vamos escuchando lo que sabiamente nos vaya diciendo que serán siempre sabias palabras que nos ayudarán mucho en nuestra vida; saldrán a cuento nuestras necesidades o nos interesaremos por su bienestar queriendo y deseando lo mejor para él. Así irá saliendo una conversación de corazón a corazón donde flotará en el ambiente el amor que nos tenemos como padre e hijo.
Hoy escuchamos a Jesús en el evangelio que nos dice que cuando oremos al Padre no estemos con muchas palabras como los gentiles, nos dice, que por hablar mucho piensan que los escuchan más. Y nos enseña Jesús como ha de ser nuestra oración. Nos ha dejado Jesús la formula del padrenuestro, pero quizá nos pasa lo mismo que a los gentiles, que pensamos que por repetir la fórmula que nos ha dejado Jesús de memoria muchas veces repetidas, hacemos mejor oración.
Creo que un padrenuestro nos da para mucho tiempo de oración, mucho tiempo de encuentro con Dios nuestro Padre. ¿Qué le decimos a nuestro padre cuando nos encontramos con el, como antes veníamos reflexionando? ‘Hola padre, papá…’ o como queramos decirle. Y ya en ese saludo estaremos queriendo manifestar tantas cosas, que lo podemos expresar también con el gesto de un abrazo, y estaremos queriendo expresar el cariño que le tenemos. ¿Será eso lo que experimentamos cuando decimos esa primera palabra, Padre?
No voy a entrar en explicación detallada de la fórmula que Jesús nos ha propuesto pero hagamos el esfuerzo de ir compaginando todo aquello que decíamos podría ser la conversación con nuestro padre con lo que queremos expresar en nuestro encuentro con Dios en la oración a través de la palabras que nos enseñó Jesús. Veremos que no es algo para hacer de carrerilla, es algo con lo que tenemos que ir sintiendo dentro de nosotros el calor del amor, del amor que Dios nos tiene y del amor que nosotros queremos expresarle.
Será así como irá surgiendo todo lo que es nuestra vida, nuestros deseos y nuestras esperanzas, la realidad de lo que somos incluyendo también nuestras debilidades y necesidades, como aquellas cosas que si en verdad amamos a Dios tendrían que ir siendo distintas en nuestra vida. Es mucho más que pedir la salud para la enfermedad o la ayuda en una necesidad sino que irá saliendo a flote todo lo que es nuestra vida, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y posturas, lo que hacemos o lo que hemos dejado de hacer, lo que es la vida de los que nos rodean o lo que queremos para que nuestro mundo sea mejor.
No serán pues los pocos, casi segundos, o minutos que dediquemos para recitar el padrenuestro sino que será mucho más porque entonces nos iremos sintiendo llenos de amor de Dios. La oración será para nosotros un gozo hondo, la oración la sentiremos así como una necesidad para nuestra vida, la oración será algo de lo que no podremos prescindir porque nunca podremos prescindir el amor que Dios Padre nos tiene.

lunes, 11 de marzo de 2019

Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor



Si con apertura de espíritu escuchamos la Palabra será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de cómo tiene que ser nuestro amor

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
Necesitamos en la vida que se nos pongan metas altas, que se despierten en nuestro corazón nobles ideales, que haya algo en nuestro interior que nos sacuda en lo más profundo de nosotros y no nos deje adormecernos en nuestras rutinas, que sintamos que algo nuevo podemos vivir y eso nos haga superarnos y mirar con ilusión cuanto tenemos que hacer, que nos haga mirar con mirada nueva cuanto hay a nuestro alrededor para no dejarnos llevar por la modorra y al mismo tiempo nos haga descubrir a las personas que están a nuestro lado cada una con su ilusión y esperanza, pero también con sus dolores y sufrimientos. No podemos caminar por la vida con los ojos cerrados, pero ya sabemos que se nos filtran muchas cosas que nos pueden enturbiar nuestros ojos y distorsionar nuestra mirada.
El Evangelio cuando lo escuchamos con toda sinceridad y sin prejuicios y estereotipos tendría que ser ese aldabonazo que resuene en nuestra conciencia y nos despierte nuestro espíritu. Y es que hay el peligro de escuchar el evangelio con la rutina del que ya se lo sabe y termine por no ser buena nueva, buena noticia que nos anuncie y nos ayude a descubrir ese mundo nuevo que podemos y tenemos que construir entre todos cada día.
Nos sabemos de memoria los mandamientos y somos capaces de repetirlos de carrerilla y por eso no escuchamos ese primer grito que suena fuerte como portada. Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Meta alta, podríamos decir. Hemos de ser santos, porque el Señor nuestro Dios es santo. Hemos de ser santos imitando, copiando en nosotros la santidad de Dios.
Y ¿cómo ha de ser esa santidad? En el amor que le tengamos al hermano, a todo hombre, a toda persona sin distinción. En el relato del Levítico se nos manifiesta en lo que no hemos de hacer al otro. Todo lo negativo que haga sufrir al otro ha de desaparecer de nuestra vida si queremos vivir la santidad de Dios. Jesús a lo largo del evangelio y sobre todo en el sermón de la montaña nos dirá que hemos de amar incluso a los enemigos y a los que nos hacen mal, porque ¿qué mérito tenemos si hacemos como aquellos que solo aman a los que los aman?
Hoy, con otros textos del evangelio también, nos dice cómo ha de manifestarse ese amor. Porque amamos con el amor de Dios, amamos como nos ama el Señor a nosotros, amamos porque hemos de ver en el otro al mismo Jesús. Es lo que en concreto nos dice en este texto.  ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’ Y el Señor nos responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Alta es la meta que nos propone el Señor, grande tiene que ser nuestro amor. Así resplandecerá nuestra santidad. Es lo que tenemos que escuchar con gran atención. Es la Buena Noticia que nos anuncia Jesús. Seguro que si con apertura de espíritu la escuchamos, será en verdad buena noticia, porque cada vez que lo escuchemos algo nuevo descubriremos de lo que tiene que ser nuestro amor.
Nos daremos cuenta de en quien no hemos sabido ver a Jesús y no lo hemos amado; nos daremos cuenta qué nuevo podemos hacer en cada momento para renovar nuestro amor; no nos dejaremos adormecer porque algo nos está despertando por dentro. Es la fuerza del Espíritu del Señor que mueve nuestro corazón.

domingo, 10 de marzo de 2019

Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida



Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida

 Deuteronomio 26,4-10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Queremos sentirnos seguros, buscamos seguridades, nos afanamos en nuestras luchas y trabajos valiéndonos de todos los medios para alcanzar esa situación, esa posición en la vida que nos dé seguridad y una cierta fortaleza; será la búsqueda de unos medios materiales, será una posición de privilegio, será un lugar de poder para incluso llegar a influir en los demás.
Nos queremos convertir en el centro de todo y hasta nos sentiremos tentados de eliminar todo cuanto pueda ser obstáculo para mis fines. Y eso, porque nos creemos fuertes y poderosos, autosuficientes porque incluso no queremos deberle a nadie el estado que hayamos alcanzado, queremos a la larga ser el centro de todo y que a nada ni a nadie tengamos que manifestar sometimiento.
Creo que esta descripción que vamos haciendo pueda reflejar muchas cosas de nuestra vida, muchas posturas y muchas de las maneras que tenemos de hacer las cosas. Claro que cuando cada uno va queriendo hacer la vida de esta manera surgirán enfrentamientos y violencias, porque pronto aparece el orgullo y el amor propio, nos moveremos desde recelos y desconfianzas y a la larga tendríamos que preguntarnos si estamos logrando aquellas seguridades que tanto anhelábamos. ¿Merecerá la pena una vida desde estos planteamientos? ¿Habrá un sentido para todo eso?
Son las tentaciones que en la vida continuamente nos acechan y en las que fácilmente nos podemos ver envueltos. He querido partir en mi reflexión para este primer domingo de Cuaresma, el domingo de las tentaciones, de estas situaciones humanas porque al hablar de las tentaciones de Jesús no podemos hablar en abstracto sino que hemos de querer llegar a lo que es lo concreto de nuestra vida de cada día.
Es cierto y queremos reconocerlo de entrada que Dios ha querido hacer grande al hombre y lo ha dotado desde la creación de una especial dignidad y ha puesto la vida y la creación toda en sus manos. Pero la gran tentación es precisamente en querer convertir en el centro de todo y que todo lo podemos alcanzar por nuestro poder o por nuestra sabiduría. Es el egoísmo orgulloso que nos encierra en nosotros mismos convirtiéndonos poco menos que en dioses de nosotros mismos. Fue la tentación del paraíso que sigue rondándonos a lo largo de toda nuestra vida y nuestra historia.
En el relato evangélico ¿qué es precisamente lo que el tentador le presenta a Jesús? El materialismo de la vida, las ansias de poder y la vanidad y la vanagloria de ser reconocido por todos. La autosuficiencia del que se cree que puede hacerlo todo y hacer lo que quiere, el pedestal que me eleva en el poder para tener el dominio de todo, la vanidad de ser aclamado y reconocido. No cabe el sufrimiento o la necesidad porque puedo tener a mi mano el milagro fácil; tengo el poder en mi mano porque soy poderoso y podré encandilar y manipular a todo el que en mi entorno pudiera hacerme sombra y mermar mi propia gloria; arrogante me presentaré ante todos desde el pedestal en que me he subido, aunque haya sido por malas artes, y todos han de rendirme pleitesía reconociendo mis grandezas o mis poderes.
Cuántas cosas en este estilo contemplamos cada día en la vida. Y hasta quizá nos sentimos celosos o envidiosos porque nosotros no podemos alcanzar esas grandezas de poder. No importa la vida, no importa ese mundo en el que vivo, no importan las personas con las que convivo y a las que podría prestar unos servicios que les ayuden a recuperar su dignidad, solo importo yo, mi grandeza o mi poder, el orgullo halagado por la adulación de los demás, o la manipulación que pudiera realizar haciendo que todos quizá me deban favores.
¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús y la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo? Jesús ha venido a anunciar el Reino de Dios, esa es la misión que va a emprender, porque este episodio de las tentaciones es como el portal de toda su vida pública. ¿Y qué significa ese Reino de Dios sino en el reconocimiento que Dios es el único centro y Señor de la vida? Y cuando lo lleguemos a reconocer entonces será cuando descubramos la verdadera grandeza del hombre, pero de todo hombre al que tenemos que respetar y valorar y por quien vamos a hacer que el desarrollo de la vida tenga un cariz y un sentido distinto. Ningún hombre puede ser el centro de la vida de otro hombre porque todos estamos constituidos en la misma grandeza y dignidad.
Vamos nosotros en este primer domingo de Cuaresma dejarnos conducir por el Espíritu como nos narra el evangelista que lo  hizo Jesús cuando fue conducido por el desierto. Es tarea que hemos de ir realizando a lo largo de toda la Cuaresma que estamos iniciando. Necesitamos, si, dejarnos conducir por el Espíritu al desierto, donde hagamos silencio, donde nos aislemos un poco de las carreras de cada día para mirarnos por dentro y para escuchar por dentro.
Quizá sea esa una primera resistencia que podamos poner, porque no nos gustan los silencios que nos hacen pensar, que nos hacen mirarnos en la cruda realidad de lo que somos y de lo que son también esas tentaciones que podamos sufrir; son tantas las cosas que nos pueden hacer tener un corazón revuelto y rebelde. Necesitamos hacer silencio para escuchar, para poder sentir esa presencia de Dios en nosotros que nos hace tener una mirada nueva sobre la vida, sobre las personas, sobre nuestra tarea y nuestra misión.
Un desierto y un silencio para darnos cuenta donde esta la verdadera seguridad que hemos de buscar en nuestra vida. Solo el Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Un desierto y un silencio para que lleguemos a reconocer esa acción de Dios en nuestra vida, en lo que somos y en lo que hacemos y con humildad sepamos hacer nuestro reconocimiento y nuestra ofrenda al Señor, al estilo de lo que nos ofrecía hoy el texto del Deuteronomio.