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viernes, 14 de diciembre de 2018

Fácil parece seguir a Jesús tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban pero es necesario descubrir el signo de algo nuevo que representan


Fácil parece seguir a Jesús tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban pero es necesario descubrir el signo de algo nuevo que representan

Isaías 48,17-19; Sal 1; Mateo 11,16-19

Nos sucede en la vida. No sabemos bien a qué quedarnos. O más bien parece que nunca estamos contentos. A todo ponemos ‘peros’ y reservas. Nos gusta, pero no nos gusta. Unas cosas o unos planteamientos nos parecen exigentes, y en otros momentos parece que lo que se nos ofrece es demasiado fácil y quisiéramos otra cosa.  Buscamos algo nuevo y parece que fuéramos exigentes, pero cuando se nos plantea lo nuevo que nos conviene ya no nos gusta tanto. En momentos de entusiasmo parece que daríamos lo que fuera por algo, pero luego quizá pronto nos cansamos y comenzamos a añorar otras cosas, otros tiempos, otras maneras de actuar como siempre había sido. No terminamos de entendernos ni a nosotros mismos.
En esas confusiones andaban los judíos entre lo que Jesús les decía y enseñaba y lo que habían escuchado no hace mucho tiempo a Juan en el desierto. La figura de Juan les parecía dura y exigente, pero ahora con Jesús que les ofrecía el cambiar de verdad por dentro sus corazones tampoco terminaba de gustarles.
Juan hablaba de conversión y penitencia, porque había que purificarse para preparar los caminos del Señor que llegaba pero  no todos los aceptaban aunque fueran muchos los que llegaron a ir al desierto a escucharle; quizá pronto al volver a sus casas y a su vida ordinaria olvidaban aquellas palabras y no terminaban de creer el anuncio que Juan les hacia. Eran necesarias aquellas palabras de Juan y era necesario seguir sus pautas para prepararse a la llegada del Mesías. Juan aun hablaba desde el Antiguo Testamento, pero ya hacia anuncio del nuevo Reino que llegaba.
Jesús también pedía conversión, era necesaria una transformación interior para poder creer de verdad en la Buena Nueva que les anunciaba. Era un mundo distinto, era una nueva vida, era un nuevo sentido y un nuevo estilo de vivir. Jesús veía anunciándoles como habían de hacer presente el amor de Dios en el mundo, y eso había de pasar por ese estilo de amor que habían de vivir. Aunque parecieran menos duras las palabras de Jesús, sin embargo también exigían esa conversión interior.
Era fácil seguirle tras el entusiasmo de los primeros momentos o de los milagros que contemplaban, pero  no terminaban de ver el signo que representaban de esa vida nueva que habían de vivir. En las actitudes de Jesús, en su manera de actuar había un nuevo estilo con su cercanía a todos, también a los pecadores o a los que eran despreciados de la sociedad, pero quedaba aun en ellos un resabio de puritanos y el acercarse a todos como Jesús lo hacia también con las prostitutas y los publicanos, no les cabía en la cabeza. Por eso también comenzaba a haber en algunos como un distanciamiento de Jesús y de la buena nueva que enseñaba.
Pero cuando nosotros hoy escuchamos la Palabra de Dios no nos quedamos en analizar lo que sucedía en los tiempos de Jesús para entender sus palabras. Somos nosotros los que tenemos que abrir nuestro corazón a Dios y a su mensaje de salvación. Lo que vemos en Jesús tiene que transformarse en vida en nosotros. Esa palabra que nos invita a que vivamos en el mismo amor, en ese estilo de cercanía con cuantos nos rodean. Sin embargo algunas veces somos también reticentes, nos cuesta, hacemos nuestras distinciones, no terminamos de saber como tendríamos que actuar.
Es ahí cuando con sincero corazón hemos de ponernos en la presencia del Señor para dejarnos conducir por su Espíritu. Quizá nos lleve por unos caminos que nos cuesta porque aun nos hacemos nuestras reservan en el corazón, pero dejémonos conducir, dejemos que la fuerza del Espíritu del Señor llene nuestro corazón para que tengamos siempre, en todo y con todos la fortaleza del amor.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona



Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Nos cuesta en ocasiones valorar a las personas, sobre todo si nos parecen pequeñas e insignificantes. Por no prestar verdadera atención a las personas quizás nos perdemos aprender de sus valores, descubrir la verdadera riqueza interior que esa persona tiene, que en su insignificancia nos parece oculta, pero que ahí en su humildad y silencio quizá se manifiesta más su grandeza. Nos encandilan los personajes que brillan, muchas veces con los fuegos fatuos de la vanidad y de la soberbia, pero de repente sin darnos cuenta nos seguimos arrastrados y tenemos el peligro de querer nosotros actuar también desde esa vanidad.
En esa persona que actúa calladamente y sin hacer muchos aspavientos quizás se nos esconden hermosos valores que por la poca importancia que le podemos dar por su pobre apariencia nos perdemos. Vivimos demasiado desde las apariencias y vanidades, nos presentamos quizá con mucha prepotencia llena de orgullo pensando que así seremos más poderosos o más respetados; pero no es lo mismo respeto que temor, porque desde esa prepotencia lo que infundimos es temor.
Muchas personas caminan a nuestro lado en la vida sin hacer ningún aspaviento, pero calladamente van haciendo muchas cosas buenas, tan calladamente que su mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda, y si fuéramos capaces de abrir bien los ojos mucho tendríamos que aprender de esas personas, que quizás no hablan, pero con una frase cuando hablan nos enseñan así como sin querer cosas maravillosas. Si abrimos bien los ojos sin prejuicios seremos capaces de verlas y de enriquecernos desde su humildad y sus valores.
En los textos del evangelio en medio de la semana en este camino que estamos haciendo del Adviento hoy nos aparece por primera vez la figura de Juan el Bautista. Es cierto que en el segundo domingo de Adviento ya nos apareció su figura como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Pero hoy nos aparece en boca de Jesús para hacer de él la mejor alabanza. Lo habían considerado, es cierto, como un profeta y muchos habían acudido a escucharle. Sin embargo las autoridades judíos, como veremos en otro momento, no le prestaron demasiada atención sino que más bien desconfiaban de él.
Ahora es Jesús el que hace la mejor alabanza, cuando quizá después de su muerte a manos de Herodes su figura su pudiera ir diluyendo. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Pequeño y humilde, vestido andrajosamente con una piel de camello y alimentándose solo de langostas del desierto y miel silvestre, ahora nos dice Jesús que no ha nacido de mujer uno mayor que él.  Ya iremos descubriendo en los diferentes textos que nos ofrecerá la liturgia en estos días su figura y su grandeza.
Pero a continuación nos señala Jesús que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Ser pequeño, en el sentido y en el estilo del Reino; ser pequeño que como  nos dirá Jesús a lo largo del evangelio significa ser el último, ser el esclavo y el servidor de todos, porque hemos de ser esclavos en el amor, ese será grande. Nos hace recordar muchas cosas del evangelio. Eso que no valoramos ni somos capaces de apreciar queriendo fijarnos en cosas relucientes, como antes decíamos, es lo que tenemos que descubrir. Para ver el valor del servicio, el valor del amor, el valor del que calladamente hace el bien.
¿Aprenderemos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir las verdaderas grandezas? 

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Jesús tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos y encontramos la paz que necesitamos elevando nuestro espíritu.



Jesús tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos y encontramos la paz que necesitamos elevando nuestro espíritu.

 Isaías 40,25-31; Sal 102; Mateo 11,28-30

Tengo un amigo que a cada rato me dice cuando nos encontramos ‘qué cansado estoy’. No vamos a entrar en juicios de valor sobre el cansancio de mi amigo pero normalmente lo justificamos por su trabajo, el estrés en que muchas veces se vive a causa de los trabajos y un poco lo dejamos en que necesita descansar, organizarse y no tomarse la vida con agobio.
Pero en cierto modo es muy normal hoy con la forma de vivir que tenemos el que nos encontremos mucha gente que vive así con esos cansancios que no saben bien de donde provienen, y nosotros mismos también muchas veces nos sintamos en situaciones semejantes. Pero quizá ese cansancio vaya mas allá de lo que decimos o provenga de algo profundo que podamos sentir dentro de nosotros y nos haga sentirnos insatisfechos, no contentos con lo que hacemos y eso pudiera provocar hasta un cierto hastío en la vida. Los psicólogos nos podrían dar muchas explicaciones y terapias, pero no soy psicólogo.
Es cierto que muchas cosas nos agobian en la vida y nos llenan de insatisfacciones; muchas veces nos pueda faltar una orientación en la vida, no la que otros nos den, sino la que nosotros por nosotros y en nosotros mismos sepamos encontrar. Hay afanes materiales que nos van llenando el vaso y estamos muchas veces hasta rebosar. También nos agobian las soledades, no encontrar quizá en quien descansar nuestro corazón, esa persona que nos escuche, donde podamos vomitar todo lo que llevamos dentro, que esté a nuestro lado, que camine con nosotros. Con facilidad nos hacemos sordos a los problemas de los demás porque no queremos implicarnos, y así como nosotros en ocasiones actuamos con los otros, luego no vamos a encontrar quien nos escuche. Son tantos los que andan, quizás nosotros también, así en la vida.
Por otro lado esa parte espiritual de nuestra existencia muchas veces la dejamos a un lado porque nos afanamos más por lo que pronto consigamos para resolver nuestras necesidades materiales y a ese lado espiritual no le damos importancia y lo ponemos en segundo o en el último plano. Necesitamos un reposo para nuestro corazón y no lo sabemos encontrar. Nos olvidamos quizá donde está el motor de nuestra vida que no es solo el alimento material que podamos recibir o las cosas materiales por las que luchamos.
Jesús nos conoce bien. Conoce nuestros cansancios y nuestros agobios, conoce nuestra condición humana, porque hombre se hizo como nosotros. Pero es Jesús el que puede darnos esa paz que necesitamos. El es verdaderamente el norte de nuestra vida, en Él encontramos sentido y plenitud. El tiene siempre abiertas las puertas de su corazón para que en El descansemos.
‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Son las palabras de Jesús, es su invitación para que vayamos con El. Tenemos la certeza de que siempre nos escucha; tenemos la seguridad de encontrar esa paz que necesitamos en El. Escuchemos su palabra de vida en lo hondo del corazón.
Lo que es necesario por nuestra parte que cambiemos nuestras prioridades, que valoremos en verdad el sentido espiritual de nuestra existencia, que sepamos detenernos de esas locas carreras en que vivimos, que queramos en verdad darle un nuevo rumbo a nuestra vida, que deseemos encontrarnos con El, porque El siempre será nuestra luz, nuestra vida, nuestro todo. Encontraremos ese descanso y esa paz.  

martes, 11 de diciembre de 2018

Aquel pastor no se queda tranquilo junto al aprisco porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos


Aquel pastor no se queda tranquilo junto al aprisco porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

Un primer impulso de solidaridad sentimos cuando escuchamos que alguien se ha perdido, vemos un cartel de la familia que pide ayuda ofreciéndonos sus características, o cuando nos cuentan que un amigo ha perdido su mascota porque se la escapado de casa, se ha perdido en un paseo por la montaña, o algo por el estilo y no ha regresado con su dueño; sentimos pena del que se ha perdido, pensamos quizás en lo mal que lo puede estar pasando, y en un primer impulso quizás sentimos deseos de apuntarnos o de colaborar en quienes realizan la búsqueda.
Si pasa el tiempo, no obtenemos resultados seguramente la intensidad de nuestros deseos desciende, y pronto quizás dejemos esa tarea para que sean otros los que la realicen, porque tenemos nuestras cosas, nuestras actividades que no podemos abandonar, nos está produciendo muchos contratiempos, y surge quizás cierto cansancio o desgana por realizar tal tarea de búsqueda.
¿Quiénes intentan seguir hasta el final? Aquellos que se ven más afectados, o mejor aquellos que sienten en su corazón unos sentimientos de amistad o de amor hacia el que se ha perdido o los que están sufriendo las consecuencias como puedan ser sus familiares. Llegar hasta el final perdiendo quizá nuestro tiempo o poniéndonos en riesgos de peligros exige una cierta dosis de amor altruista que no siempre quizá estamos dispuestos a poner. Y es cierto que nos podemos encontrar personas así con ese altruismo generoso y solidario.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio una pequeña parábola o alegoría, hablándonos de oveja perdida y de pastor amoroso que a buscar la perdida hasta los más profundos barrancos o los lugares más peligrosos. Es tal su amor por la oveja que ha perdido que guarda en el redil a las otras noventa y nueva, porque para él es muy importante la que se la ha perdido; y ya nos habla luego de la alegría por la que se había perdido y ahora ha encontrado.
Quiere hablarnos Jesús de lo que es la misericordia divina que busca siempre al pecador, dispuesto siempre no solo como el Padre bueno con los brazos abiertos para acoger al pecador que vuelve a la casa sino como el pastor que ama a sus ovejas y no solo las cuida sino que las busca cuando se le pierden, las cura cuando están heridas y les ofrece siempre los mejores pastos. Es una llamada a nuestro corazón para el arrepentimiento viendo siempre lo que es el amor y la misericordia de Dios, pero creo que nos dice algo más.
Aquel pastor no se queda tranquilo porque ya tiene noventa y nueve que no se le han perdido, sino que siente angustia por la perdida, no se queda tranquilo junto al aprisco de las que ya están sino que va hasta donde sea necesario para buscar a la que está lejos.  Si nosotros estamos impregnados de ese amor y misericordia del Señor, significa que es así como tenemos que actuar.
Ha de ser el actuar de la Iglesia y ha de ser el actuar en su vida personal y comunitaria de todos los cristianos. No podemos quedarnos en unas actitudes meramente conservadoras de lo que ya tenemos, sino que con ese espíritu arriesgado y misionero tenemos que salir en búsqueda de los que no están.
Cuando empleamos la palabra misionero tenemos el peligro de quedarnos pensando en los lugares lejanos, los que siempre hemos llamado países de misión, y por eso confiamos esa tarea a los que se sientan con una especial vocación ‘para irse a las misiones’. Pero esa oveja perdida no hemos de ir a buscarla a lugares lejanos, sino que esa oveja perdida está ahí entre nosotros, en nuestra cercanía, con quienes cada día nos encontramos, en el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra vida social. No podemos pensar solo en los infieles, como los que no están bautizados, sino que son esos que bautizados como nosotros están lejos de la fe, por los motivos que sean.
Ese espíritu misionera nacido de la misericordia del Señor que sentimos en nuestros propios corazones nos tiene que llevar a ir en búsqueda de ese hermano, a hacer ese anuncio, primero que nada con el testimonio de nuestra vida, ahí donde vivimos, ahí donde estamos, porque son tantos los que aun bautizados siguen necesitando ese anuncio del evangelio, esa invitación a la fe.
Podemos tener miedo, pensamos que es arriesgado porque no sabemos como hacerlo, sospechamos quizá el rechazo que podemos encontrar y nos replegamos en nuestros campamentos de invierno, en nuestro conservadurismo. ¿Corremos riesgos? Pero son los riesgos nacidos del amor. Pero así, con ese conservadurismo, no podemos vivir la fe, con esos miedos nada hacemos, y el testimonio y la palabra tienen que ser claros y valientes.
Seguramente también en nuestra Iglesia habrá mucho que cambiar para vivir el amor arriesgado del buen pastor.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona


La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Decimos que cuando hay voluntad todo lo conseguimos, porque ya seremos capaces de poner todos los medios que estén a nuestro alcance y si es necesario inventarnos otros para conseguir aquello que tenemos voluntad de obtenerlo. Es bueno, es cierto, que tengamos voluntad para obtener las cosas porque eso impedirá que nos rindamos fácilmente cuando puedan aparecer las dificultades y eso significa también una valoración de nosotros mismos, una autoestima como ahora tantas veces nos repiten para creer que podemos y somos capaces y mantener nuestras lucha y nuestros afanes por conseguirlo.
Todo esto está muy bien mientras no caigamos en autosuficiencias que nos hagan creer que todo lo podemos alcanzar por nosotros mismos – los orgullos nos impulsarán a intentar conseguir lo que otros consideran imposible – pero nunca esa autosuficiencia nos puede conducir a creernos en un estadio superior y poco menos que omnipotentes. Creo que hace falta algo mas para que no lo echemos a perder, algo que nos ayude a encontrar motivaciones porque fácilmente nos vienen los cansancios en nuestras luchas y bajamos la guardia y terminamos por rendirnos o nos obcecamos de tal manera que nos puede convertir en fieras que busquemos el obtener las cosas por la violencia, o la manipulación.
Nos hace falta humildad para saber hasta donde podemos llegar y nos ceguemos, pero necesitamos además una fuerza superior que solo desde la fe podemos encontrar. Será esa fe la que nos impulse, la que nos haga mover montañas, como ya no dirá Jesús en el evangelio, y nos hará mantenernos perseverantes hasta el final. Muchas consideraciones podríamos hacernos aquí en torno a nuestra fe.
Bástenos lo que hemos dicho hasta aquí como inicio y preparación a lo que el evangelio hoy viene a enseñarnos. Jesús estaba enseñando en una casa rodeado de gente. Era tal la cantidad que cuando vienen unos hombres con un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús para que lo cure, es imposible entrar por la aglomeración de la gente en la puerta. Y es aquí donde aparece la voluntariedad de aquellos hombres que no se dejan vencer fácilmente. Pero será también la fe, como luego el mismo evangelista nos resalta que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. En la dificultad se aguza el ingenio y quitando algunas lozas del tejado por aquel hueco descuelgan a aquel hombre enfermo hasta los pies de Jesús.
Vemos ya una parte del mensaje en la voluntad y en la fe de aquellos hombres. Pero aquí viene la sorpresa de Jesús. Cuando todos pensaban que iba a curarlo lo que Jesús le ofrece es la salvación con el perdón de sus pecados. Desconcierto quizás por aquellos que lo traían y el mismo enfermo porque en su fe sencilla lo que ellos pedían era la curación de la parálisis de aquel hombre. Pero el estupor se contagia entre los demás que están allí escuchando a Jesús y siendo testigos de sus obras, porque por allá aparecen aquellos que dicen que Jesús blasfema porque solo es Dios el que puede perdonar pecados. Los escribas y fariseos están siempre al acecho.
Pero Jesús se reafirma en lo que ha hecho y en lo que ha dicho. ¿Quién puede perdonar pecados? ¿Quién puede tener poder para sanar a aquel hombre? ¿Es cosa de poderes humanos? Si tiene poder para sanar a aquel hombre – es el poder y la gloria de Dios – también en consecuencia tiene poder para perdonar los pecados. ‘A ti te lo digo, le dice al que está postrado en su camilla, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.
Todos ahora se quedaron viendo visiones, como se diría en otro lugar; todos estaban ahora asombrados como Dios da el poder del perdón de los pecados a quien ellos pensaban que eran un hombre. Pero allí está Dios con su salvación. Todos darán gloria a Dios.
El encuentro con Jesús viene a restaurar la vida del hombre. Estamos viendo todo un proceso en lo que allí ha sucedido aquel día. La fe de aquellos hombres en Jesús les hace fuertes, les hace creer en las posibilidades de todo aquello que anhelan. Está fortaleciéndose la dignidad de aquellas personas, están creciendo humana y espiritualmente desde que creen en Jesús.
Es la vida de aquellos hombres, y no solo la del paralítico la que se está transformando. Aquella voluntariedad que antes decíamos lo está expresando, como al mismo tiempo se va haciendo fuerte su fe, van creciendo humana y espiritualmente; nada los detiene, aparecen las iniciativas para vencer las dificultades, podemos decir que han crecido como personas.
Lo que en la vida de los hombres es tanta veces cobardía o son sombras ahora les hace llenarse de valentía y va haciendo que su vida se ilumine de una forma nueva y sorprendente. Es la salvación que está llegando al paralítico y a aquellos hombres. Nos quedamos muchas veces solo en la curación y el perdón que ha obtenido el paralítico, pero tenemos que darnos cuenta que la gracia de Jesús, la salvación de Jesús está afectando a todos,  porque al final todos darán gloria a Dios.
¿Nos daremos cuenta de que esos han de ser los derroteros por donde ha de girar nuestra preparación en al Adviento para la celebración del nacimiento del Salvador?

domingo, 9 de diciembre de 2018

Preparar la navidad es algo que se repite desde muy diversos presupuestos pero preparar los caminos del Señor es algo de mayor intensidad desde la llamada del profeta



Preparar la navidad es algo que se repite desde muy diversos presupuestos pero preparar los caminos del Señor es algo de mayor intensidad desde la llamada del profeta

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Eso de preparar caminos creo que es algo que todos entendemos. Pensemos cómo hablamos y con qué autoridad pretendemos hacerlo siempre cuando sale el tema de nuestras carreteras, de los atascos, de las dificultades que tenemos para llegar de un sitio a otro, de cuanto tiempo perdemos por no tener esas vías de comunicación no solo en buen estado sino las suficientes para soportar el tráfico que se genera continuamente. Bien queremos tener debidamente adecentados aquellos lugares por donde transitamos.
Pero ¿son solo esos los caminos de los que tendríamos que preocuparnos? Ya sabemos que los caminos son vías de comunicación, y quiero apuntar en este concepto porque no solo tendríamos que preocuparnos por esas vías por donde transitamos, sino de todo cuanto sirva para comunicarnos los unos con los otros. Y muchas veces esas vías están cortadas.
Sí, están cortadas porque cuantas dificultades tenemos muchas veces para comunícanos los unos y los otros, como desde nuestros orgullos, nuestras ambiciones o nuestras actitudes egoístas ponemos piedras en el camino de esa comunicación. No nos hablamos, no conocemos al que vive al lado de nuestra puerta, pasamos los unos de los otros como si nunca nos hubiésemos visto, creamos rupturas por cualquier nimiedad, o no somos capaces de encontrar el camino del reencuentro, de la reconciliación cuando hayamos tenido nuestros más y nuestros menos.
Claro que en este sentido podríamos seguir ahondando mucho mas, y llegamos a nuestras actitudes personales, a las barreras que quizás  nos ponemos a nosotros mismos, a una falta de trascendencia de nuestra vida, y a esa apertura que tendría que tener nuestro corazón a Dios. Tendría que mirarse bien cada uno a si mismo y ver cómo o por qué nosotros también podemos hacer intransitable el camino de la vida para los que están a nuestro lado.
Y creo que cuando estamos haciendo el camino del Adviento como cristianos para prepararnos al Señor que viene, cuyo misterio de su nacimiento vamos a celebrar en la Navidad, pero que tiene que hacernos pensar en esa llegada del Señor cada día a nuestra vida, tendríamos que partir de esas cosas concretas de nuestra vida en algunos de los aspectos en que hemos comenzado hoy reflexionando al hablar de caminos y de comunicaciones.
Si no lo hacemos así, fijándonos en esas cosas concretas de nuestra vida las palabras que escuchamos hoy en el evangelio, en boca del profeta o en boca de Juan Bautista se nos pueden quedar en bellas y poéticas imágenes pero que no nos impulsen de verdad a enderezar o allanar esos caminos de nuestra vida.
El evangelista ya quiere situarnos en un momento histórico muy concreta la aparición de Juan Bautista en el desierto como preludio y preparación para hablarnos del Salvador que llega con su salvación. Nos da unas coordenadas históricas del imperio romano y de la situación concreta de Palestina en aquellos tiempos. En ese momento concreto nos dice quevino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto’. Pero cuando escuchamos el evangelio no nos hemos de quedar en la erudición de saber muchas cosas de la historia sino que eso ha de provocar en nosotros a que vamos a nuestra vida y a nuestra historia concreta, porque es ahí donde hoy – repito, hoy – nos llega la Palabra y la salvación de Dios.
El evangelista al presentarnos a Juan nos recuerda lo anunciado por el profeta: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios’.
Es el momento, pues, en que pensemos en esos caminos de nuestra vida que hemos de preparar para vivir con intensidad nuestro Adviento y llegar a una vivencia viva de la Navidad. Preparar es la palabra que se repite. Es la palabra que se repite en nuestro entorno de mil maneras porque muchas son las cosas en las que nos agobiamos para preparar la Navidad y no voy a hacer relación de esos intereses de los que nos rodean y de nosotros mismos influenciados por ese ambiente. Cuanto agobio y cuanto derroche contemplamos.
Pero preparar en la palabra o el hecho que hemos de intensificar de nuestra vida de fe, desde una vivencia profundamente cristiana de la navidad y son esos caminos u otros muchos más que señalábamos anteriormente. Cada uno tiene que mirarse a si mismo, como ya antes decíamos. Cada uno tiene que mirar en su corazón, en su vida espiritual, en sus compromisos cristianos, en lo que la escucha del Evangelio provoca en su vida y dar respuesta.
Que el Espíritu del Señor ilumine nuestro corazón.

sábado, 8 de diciembre de 2018

En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación



En este camino de Adviento la figura de María Inmaculada es para nosotros un rayo de esperanza y un faro de luz que nos conduce a la salvación

 Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

‘¿Dónde estás? Él contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí’. Es la reacción del hombre, de la humanidad en el paraíso que escuchamos en el Génesis.
Miedo y  nos escondemos; miedo y huimos; miedo a lo que nos parecen sombras, porque no nos gusta la oscuridad aunque sea el camino que tantas veces escogemos; miedo porque reconocemos nuestra indignidad; miedo porque sentimos que la soledad  nos atenaza y nos aísla más y más; miedo ante el misterio y ante lo desconocido. Huimos, nos escondemos, escurrimos el bulto, nos cuesta reconocer lo que hemos hecho, queremos echarnos la culpa de encima y culpabilizamos al que sea incluso al que tenemos más cerca de nosotros en la vida, no gustaría apartarnos de la oscuridad pero sin saber cómo hacer nos hundimos más y más en ella. Nos sentimos desnudos, que no es solo físicamente el cubrir la desnudez de nuestro cuerpo, sino que hay una desnudez más profunda de nuestro ser en sombras o en soledad.
Nuestros miedo, huidas, desnudez pueden significar muchas cosas; nuestros miedo y huidas pueden representar nuestra situación que no la vemos clara pero que no sabemos cómo salir de ella; nuestros miedos y huidas pueden significar nuestra soledad porque nuestra situación nos aísla, porque rechazamos incluso a quien pueda estar a nuestro lado y nos haga reconocer lo que somos o como estamos. Y en esa oscuridad de nuestros miedos y soledades nos cuesta encontrar una luz.
Me he detenido en estas descripciones a partir de esas palabras del Génesis porque esta fiesta que hoy estamos celebrando lo hacemos en medio del camino del Adviento. Y el camino del Adviento quiere llevarnos al encuentro de una luz, la luz que brillará en Belén, la luz que nos anuncia la salvación. Salir de esos miedos, oscuridades, desnudeces, soledades, aislamientos es encontrar la salvación. Por eso son momentos de esperanza los que vivimos, es la esperanza la que tenemos que despertar en nuestro corazón.
¿Quién mejor puede despertar esa esperanza en nosotros que María de Nazaret, la que aunque tuviera temores en su corazón cuando le costaba entender las palabras del ángel sin embargo supo poner totalmente su vida en las manos de Dios? Es lo maravilloso que descubrimos hoy en el evangelio. Podríamos pensar que María aquel día en Nazaret que se sentía deslumbrada por la presencia y las palabras del ángel se sintiera tentada en sus temores y al sentir su pequeñez en echarse para atrás y encerrarse en si misma y en la soledad que pudiera estar sintiendo en aquel momento.
María preguntó, es cierto, porque no terminaba de comprender todo lo maravilloso que el ángel del Señor le estaba manifestando, pero se confió. Más tarde reconocería que el Señor hizo en ella cosas grandes, que el Señor se había fijado en su pequeñez y en su pobreza, pero sintiéndose pequeña, sintiéndose la última y la esclava del Señor supo decir Si, supo ponerse en las manos de Dios, supo dejar que Dios actuara en ella con la fuerza de su Espíritu.
Es un contraste el que estamos viendo, en el paraíso el hombre huyó y se escondió porque se sentía desnudo, ahora en Nazaret María se queda contemplando el misterio de Dios que se le revela y aunque se siente pequeña se deja encontrar por Dios, se deja llenar del Espíritu de Dios, nada menos que para que el Hijo de Dios se encarnase en sus entrañas.
María hoy nos enseña a mirar nuestra realidad, nuestra pequeñez, nuestras sombras y soledades, nuestros temores y la posibilidad de encerrarnos en nosotros mismos, pero no para que nos quedemos en el temor y en la angustia, en la incertidumbre, sino para que despertemos la esperanza, para que sepamos abrirnos al misterio de Dios aunque nos supere, para que nos pongamos en la manos de Dios dejando que El actué en nosotros y realice maravillas que luego hemos de saber reconocer cantando un cántico nuevo porque el Señor ha hecho maravillas en nosotros.
Es cierto que contemplándola a Ella toda pura y sin pecado, llena de fe y confianza en Dios, tan dispuesta siempre a darse y a ponerse en la actitud humilde de los siervos para el servicio, vemos las sombras de nuestros pecados, de nuestros miedos y de nuestras insolidaridades, de nuestras cobardías y de tantas veces como cerramos los ojos y los oídos a Dios y a los demás. Pero contemplándola a Ella, sabemos que Dios quiere seguir confiando en nosotros, que El viene con su salvación que renueva nuestra vida y nos pondrá siempre en camino de cosas nuevas, como en ella se realizó y como ella estuvo dispuesta.
Y en este camino de Adviento que estamos haciendo la figura de María, que volverá a aparecer en otros momentos de nuestro camino, es para nosotros un rayo de esperanza, un faro que nos guía a encontrar la verdadera luz y a llenarnos de la salvación de Dios que Jesús viene a ofrecernos. ‘En Cristo, sabemos que hemos sido bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales, como nos decía san Pablo, y hemos sido elegidos para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor’.
Con María caminando a nuestro lado nuestras oscuridades se volverán luz, las sombras de la desnudez de nuestro pecado se transformarán en gracia que nos revestirán de la luz de Dios, y no sentiremos el azote de los miedos de nuestras cobardías porque si María supo hacer ese camino de abrirse a Dios con generosidad y voluntad firme, es el camino que también nosotros podremos recorrer revistiéndonos de su misma generosidad y santidad.

viernes, 7 de diciembre de 2018

En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y hemos de tomar la iniciativa de lanzarnos a buscarla


En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y hemos de tomar la iniciativa de lanzarnos a buscarla

Isaías 29, 17-24; Sal. 26; Mateo 9,27-31

¿Podremos lograrlo o no podremos? Algunas veces nos acobardamos con las dificultades, dificultades que en muchas ocasiones casi nos creamos nosotros mismos en nuestra imaginación. Nos parece difícil, algo en cierto modo inalcanzable, es algo que pudiera o debiera cambiarnos la vida, la percepción de las cosas, la manera de actuar. Pero o nos da miedo o no le damos la importancia debida y las cosas suceden pero no repercuten en nosotros.
Hay desconfianza en nosotros, nos consideramos tan poco cosa que si es algo que tenemos que pedir pensamos ya de antemano que no nos van a escuchar, y ya no ponemos mucho empeño en conseguirlo. Tenemos posibilidades delante de nosotros y por nuestros miedos o desconfianzas no alcanzamos aquello que podría ser tan importante para nosotros.
Así muchas veces nuestra vida se hace ramplona, nos acostumbramos y nos damos por satisfechos quedándonos quizá en nuestras necesidades, no hacemos que en verdad vayamos creciendo con lo que cada día vivimos porque realmente no le ponemos toda la intensidad posible en aquello que hacemos o por lo que tenemos que pasar.
Muchas veces pasamos en la vida por situaciones que quizá podríamos mejorar, pero vivimos como acomplejados, nos sentimos satisfechos con lo poco que tenemos o somos, nos conformamos por no tener la valentía de dar la cara para pedir, para reclamar, para poner un plus de esfuerzo por hacer que las cosas sean mejores. Es el conformismo con que vivimos la vida, incluso necesidades, o enfermedades que padezcamos. Quizá en nuestra imaginación pensamos en cuantas cosas vamos a decir o hacer para que las cosas cambien, pero a la hora de la verdad nos encerramos en nuestro conformismo y nada hacemos, ningún paso damos.
Necesitaríamos una cierta rebeldía interior que nos saque de nuestro conformismo. Una rebeldía que  nos haga tomar iniciativas, dar pasos, reclamar si es necesario, querer salir de donde estamos y querer darle un mayor crecimiento a nuestra vida.
Hoy vemos en el evangelio que dos ciegos iban gritando detrás de Jesús y daba la impresión que Jesús no les hiciera caso. Muchos ciegos había en Israel, era una enfermedad muy común que implicaba situaciones límites de pobreza que les llevaba simplemente a pasar su vida junto a los caminos pidiendo limosna. Estos ciegos oyen que pasa Jesús, habrán oído con toda seguridad de los milagros que Jesús hacia curado a otros ciegos como ellos y se lanzan al camino para seguir a Jesús. Es al llegar a casa cuando parece que Jesús les hace caso y se interesa por ellos.
¿Qué queréis que os haga? ¿Creéis que yo pueda hacerlo? Parece que todo son dificultades pero aquellos hombres llenos de fe insisten, no se acobardan. Están seguros que Jesús puede hacerlo y por eso están ellos aquí; de ahí su insistencia sin cansarse ni rendirse, aunque les pareciera que todo estaba en contra; no solo era la negrura de su ceguera, sino las dificultades que están encontrando. Recordamos aquel otro ciego de Jericó a quien quieren acallar sus gritos las gentes mismas que acompañaban a Jesús.
La fe insistente de aquellos hombres les lleva a encontrar la salvación, a encontrar la luz para sus ojos. Pero quizá tengamos que preguntarnos, porque este texto del evangelio tiene que ser un impulso para nuestra fe y para nuestras luchas, hasta donde somos capaces de insistir, si estaremos dispuestos a poner en camino buscando en verdad que las cosas cambien, que nuestra vida cambien también. Porque algunas veces somos nosotros los ciegos, pero que no hacemos lo suficiente por salir de nuestra oscuridad y encontrar una nueva luz.
Esta Palabra del Señor que escuchamos desde el testimonio de arrojo y valentía de aquellos ciegos tendría que ser para nosotros un impulso grande para nuestra vida. No dejemos que la salvación pase a nuestro lado y no nos beneficiemos de ella. En nuestras manos, a nuestro alcance está esa nueva luz que necesitamos y quizá no somos todo los impulsivos para lanzarnos a buscarla.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Una vida sin sólido fundamento se hace superficial y está al albor de cualquier viento que nos mueva como una veleta cuando no nos fundamentamos en la Palabra de Dios


Una vida sin sólido fundamento se hace superficial y está al albor de cualquier viento que nos mueva como una veleta cuando  no nos fundamentamos en la Palabra de Dios

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Cómo nos admiramos cuando nos encontramos con un bello y sólido edificio en el que notamos, es cierto, la antigüedad de su construcción, pero que a pesar del paso del tiempo se mantiene firme frente a todos los temporales que habrá sufrido con el paso del tiempo y en el que no solo contemplamos su solidez, sino al mismo tiempo su belleza porque ha sido bien cuidado y conservado.
Una sólida construcción en la que admiramos también su fortaleza que parece que nada ni nadie lo pudiera derribar mientras quizá en sus cercanías pudiéramos contemplar edificaciones mas cercanas en el tiempo pero que sin embargo están deterioradas y a punto de derrumbarse. Diferencia grande en la solidez de su construcción bien cimentada, porque cuando nos falla lo que tenemos bajo los pies, fácilmente todo se nos va abajo en la vida.
Ya estamos queriendo ver el significado que damos a esta imagen. Así es la vida de las personas, nuestra vida; cuando estamos bien cimentados nuestra vida se mantendrá sólida y firme. Son importantes los cimientos de valores que vayamos dándole a nuestra vida en esos momentos de nuestro crecimiento personal con la educación que recibimos para darle solidez a nuestra vida, para que no se nos quede en una superficialidad de apariencias y vanidades.
Pasa con demasiada frecuencia. Nos damos cuenta cuando vemos el actuar de una persona si hay en ella principios, si su vida está edificada en unos sólidos valores. Cuantos vemos a nuestro lado que parece que van volando siempre sobre su superficialidad y cómo admiramos a las personas con sólidos valores.
Hoy Jesús nos está recordando esos fundamentos profundos de nuestra vida sin los cuales nuestra vida se derrumbará. Cuantas veces vamos desorientados por la vida, y lo que es peor zarandeados de una lado para otro porque cuando no estamos bien agarrados a unos cimientos fuertes cualquier viento de nuevas doctrinas, de nuevas corrientes de pensamientos nos llevarán de un lado para otro. Es la triste superficialidad con que vivimos nuestra fe y en consecuencia lo que tiene que ser nuestra vida cristiana.
Nos pone Jesús la imagen del edificio cimentado sobre roca o del edificio cimentado en las arenas movedizas que no tienen verdadero fundamento. Y nos habla de la Palabra de Dios, de la Sabiduría de Dios en la que hemos de fundamentar nuestra vida. Aunque luego tantas veces queremos edificar nuestra vida a nuestra manera, a nuestro capricho y decimos que ni Dios tiene que ser quien nos de el sentido de nuestra vida sino que nosotros nos lo buscamos a nuestra manera. Queremos vivir en la anarquía de nuestros caprichos. Son los tristes derroteros por los que andamos tantas veces.
Busquemos ese cimiento firme de la ley del Señor. Busquemos esa verdadera sabiduría que encontramos en la ley del Señor. Escuchamos su Palabra en lo hondo del corazón para saber descubrir en todo momento lo que es la voluntad de Dios. No queramos ser tan autosuficientes, tan orgullosos que queramos valernos por nosotros mismos. Dejemos que el Espíritu de Sabiduría nos guíe en nuestro interior.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo


Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

Todos tenemos sueños. Y no son ya los que tenemos mientras dormimos y la mente nos lleva por derroteros que ni no podíamos imaginar o nos vuelve a hacer revivir momentos que ya antes habíamos vivido intensamente en diversas circunstancias de la vida. Me quiero referir a esos sueños que estando despiertos y conscientes muchas veces tenemos que son deseos que llevamos en el corazón, que pueden ser aspiraciones que tengamos en la vida y que nos gustaría ver realizadas, o son reacciones a situaciones que nosotros vivimos o sufrimos o también en el dolor o el sufrimiento de tantos en nuestro entorno, porque siempre pensamos en lo que está mas cercano, pero que pueden ser aspiraciones de un sentido más universal.
¿No soñaremos un mundo sin guerras ni miserias? ¿No soñaremos con un mundo mejor donde todos podamos entendernos y vivir en armonía y respeto? ¿No soñamos que se acabe el hambre en el mundo y todo tipo de sufrimiento? ¿No soñamos quizá en nuestros intereses más particulares o individualistas en que tengamos suerte en la vida, podamos vivir mejor y así nosotros desde nuestra contribución compartir con los demás para que nadie pase necesidad?
Nos pueden parecer nuestros sueños frutos solo de una imaginación calenturienta, o utopías que nos parecen irrealizables, pero que mientras lo vamos soñando parece como que se despiertan esperanzas en nuestro corazón. Yo diría que es bueno soñar, porque puede despertar en nosotros buenos sentimientos, o hacer que surja un deseo que nos lleve al compromiso para hacer que las cosas sean de manera distinta. Sin soñadores quizá nuestro mundo no hubiera avanzado porque incluso la misma ciencia es el sueño escondido de alguien que lucha y trabaja por encontrar soluciones. Es necesario soñar con sueños que nos hagan despertar a una realidad mejor.
Parece un sueño lo que nos describe el profeta hoy. Nos habla de un mundo maravilloso, de un gran festín al que todos los pueblos están invitados y en el que nada faltará. Parece algo imposible cuando tanto nos quejamos de que la tierra no puede producir pan en abundancia para todos. Son imágenes que nos hablan de un mundo nuevo, donde todo es a la manera de un festín de esas características donde ya no habrá ni hambre, ni sufrimiento, ni duelo, ni dolor. Y el profeta nos está diciendo que esa es la imagen de los tiempos nuevos, de los tiempos mesiánicos que venga el Salvador para toda la humanidad. Por eso nos invita, ‘celebremos y gocemos con su salvación’.
Y cuando ha llegado el Mesías el evangelio nos ha hablado de una multitud llena de sufrimiento que se acerca hasta Jesús, porque su presencia ha despertado todas las esperanzas. Y con Jesús llega la salvación, porque a todos cura y sana, y para todos tiene una palabra de vida. Pero es que en Jesús vemos el cumplimiento de aquel sueño profético cuando para la multitud hambrienta Jesús parte y comparte los panes para que todos coman y todos puedan saciarse.
Nos quedamos en el milagro y decimos qué cosas maravillosas hacía Jesús, pero  no terminamos de ver el signo que tiene que significar eso para nosotros. No es una utopía lo que se nos está presentando sino un camino que se está abriendo ante nosotros. Aquello que anunciaba el profeta y significativamente veíamos en Jesús es el camino de lo que nosotros tenemos que realizar.
Es ese sueño, si queremos decirlo así, en que tenemos que ver, es cierto, ese mundo de sufrimiento que nos rodea. Pero ¿no tendríamos que hacer como aquellos que acudían a Jesús llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los echaban a sus pies, para que él los curara? Muchas veces pensamos mucho en nosotros mismos pero no somos capaces de mirar alrededor, nos preocupamos en nuestra fe y devoción en acudir a Jesús pero no somos capaces de llevar con nosotros a tantos envueltos en su sufrimiento.
Sería un primer paso constatando la realidad, siendo conscientes de ella. Un paso que nos hace seguir adelante para que luego pongamos todos de nuestra parte. Jesús quiso comprometer a los discípulos en la solución al problema que se presentaba, alguien generosamente ofrece unos pocos panes y peces, y desde ahí todos comieron, todos pudieron sentirse en un mundo feliz. ¿No sería eso lo que nosotros tenemos que hacer?
Cuando queremos preparar nuestro corazón en este camino de Adviento para recibir a Dios que viene a nuestra vida con su salvación esos han de ser nuestros caminos; abrir los ojos de nuestro corazón para ver, despertarnos de ese sueño para ver la realidad y contemplar cuanto hay de sufrimiento a nuestro alrededor y darnos cuenta que en esos hermanos que sufren está el Señor que viene a nuestra vida. Otras serían nuestras actitudes, otra sería nuestra vida.

martes, 4 de diciembre de 2018

Que las palabras proféticas no se queden en bellas imágenes poéticas sino que con nuestra nueva vida a partir de la navidad sean signo del mundo nuevo que nace con Jesús


Que las palabras proféticas no se queden en bellas imágenes poéticas sino que con nuestra nueva vida a partir de la navidad sean signo del mundo nuevo que nace con Jesús

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron…’ sin embargo no lo supieron ver. A los mismos discípulos les costaba comprenderlo. Las mismas palabras que ahora Jesús les dice les causan extrañeza y no terminan de entender. Pero allí estaba el deseado de las naciones, el que tanto habían anunciado los profetas, con el que soñaban que un día había de llegar los Patriarcas. Incluso muchos los iban a rechazar. Pero ante sus ojos se estaba realizando el maravilloso misterio de Dios, el misterio de su amor que se manifestaba en Jesús.
La liturgia nos ofrece este texto de la Escritura, del Evangelio ya en este comienzo del tiempo del adviento. Vamos escuchando los anuncios de los profetas que tantas esperanzas habían suscitado en el pueblo de Israel – son las primeras lecturas que nos ofrece la liturgia cada día – pero sabemos bien que esas promesas se han cumplido. Como diría Jesús en la sinagoga de Nazaret ‘esta escritura que acabáis de oír hoy se cumple’, aunque las gentes de Nazaret no supieron entenderlo.
Diríamos que eso forma parte de nuestra fe y es lo que tendríamos que celebrar llenos de gozo y con todo sentido. Es lo que está en lo más hondo del misterio de la Navidad que vamos a celebrar. Porque los anuncios y las profecías se han cumplido. Por eso podría decirle Jesús a los discípulos que los antiguos profetas y patriarcas podrían sentir una sana envidia en sus corazones de lo que la gente del tiempo de Jesús podía contemplar.
Pero es que tendríamos que decir que es también lo que nosotros contemplamos y tenemos que vivir. ¿Sabremos nosotros entender en toda la amplitud de su sentido el misterio de la Navidad que vamos a celebrar? Ya sabemos bien como tenemos el peligro de desvirtuarlo y pongamos mucho empeño en que cosas que son también buenos incluso pero que tenemos el peligro de perder de vista la esencial. Damos algunas señales con la alegría que vivimos en esos días, y con los bonitos sentimientos de hermandad y de paz con los que queremos envolver estos días.
Son cosas buenas que tenemos que realizar también, pero cuidado que en medio de todo esto nos olvidemos del protagonista principal que es Jesús. Jesús con todo el misterio de Salvación que nos ofrece, con todo el misterio de Dios que en El se nos revela. Algunas veces parece que tenemos el peligro de infantilizar demasiado nuestra navidad. Nos fijamos en el Niño que nace en Belén y llenamos de ternura nuestros corazones pero no llegamos a vivir con intensidad la salvación que viene a ofrecernos. Por eso pasa la navidad, se apagan las luces, se olvidan a un lado los regalos, dejamos para otro momentos todos esos sentimientos bonitos que hemos vivido, y nuestra vida sigue igual, nuestro mundo sigue igual.
Celebrar la navidad tendría que producir un impacto muy profundo en nuestro mundo que hiciera que muchas cosas cambiaran, no por el cambio de unos días en que utilizamos el quita y pon, sino porque nuestros corazones se sintieran transformados, porque en verdad a partir de la navidad siguiéramos amándonos con la misma intensidad y sintiendo la preocupación por los pobres y los que sufren, y sintiéramos la angustia de tantos problemas de nuestro mundo que no terminan de resolverse, y de verdad pusiéramos empeño, hubiera un compromiso serio por hacer que las cosas fueran de distinta manera.
Dichosos nosotros que podemos celebrar la Navidad, que podemos contemplar ese misterio grande de amor de un Dios que viene a inundar nuestros corazones para que en verdad vivamos una vida nueva y hagamos un mundo mejor. Aquellos antiguos profetas ansiaban que llegara ese día y lo expresaban con muchos signos e imágenes preciosas, como las que escuchamos hoy en el profeta, de lo que sería ese mundo nuevo a partir de la venida del Salvador. Pero ¿se quedarán esas imágenes en bella poesía expresada con bonitas palabras pero que no reflejan lo que en verdad estaremos haciendo después de la Navidad?

lunes, 3 de diciembre de 2018

¿Seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo?



¿Seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo?

Isaías 2,1-5; Sal 12; Mateo 8,5-11

Algunas veces hacemos las cosas simplemente porque toca. ¿Qué quiero decir? Que hay peligro de que la rutina se nos meta en la vida y en lo que hacemos y hacemos las cosas porque sí, pero sin saber darle la verdadera motivación y en consecuencia vivir con sentido aquello que hacemos. Nos acostumbramos a unos ritmos, y eso está bien porque de alguna manera nos hace ser ordenados en la vida poniendo cada cosa en su sitio, pero ese ritmo de las cosas no nos ha de hacer perder el sentido de lo que hacemos, porque además el mundo en que vivimos tan interesado para sus cosas puede aprovecharse de esos ritmos para buscar, por así decirlo, sus ganancias y sus intereses.
Es lo que nos puede suceder con la Navidad que se acerca y lo que sucede con este tiempo de Adviento. Decimos fácilmente el Adviento es el tiempo de preparación para la Navidad, y es cierto en parte, porque en el sentido de nuestra fe hay una trascendencia que hemos de vivir y este tiempo del Adviento nos ha de hacer pensar también en el final de la vida y de la historia, recogiendo aquellas palabras de Jesús que nos prometen su vuelta al final de los tiempos.
Es algo que confesamos cuando proclamamos nuestra fe y recitamos el Credo, pero poco nos fijamos quizás en esas palabras que decimos en nuestra profesión de fe. ¿Veis? Recitamos el Credo que es una profesión de fe, por ejemplo en la misa de los domingos, pero no somos conscientes totalmente de las palabras que decimos.
Por otra parte cuando decimos que el Adviento nos prepara para la navidad, pensemos cómo nuestro mundo consumista se aprovecha de esto y nos bombardea con su publicidad donde se nos presenta todo menos la salvación que Jesús viene a ofrecernos con su presencia en medio de nosotros. Hay muchas cosas buenas que vivimos en el entorno de la navidad pero ese bosque quizá nos impida ir a lo más esencial del Misterio de Cristo que celebramos en el Nacimiento del Señor.
Hablamos de amor, de paz, de encuentros familiares, de buenos deseos para nuestros amigos y para el mundo en que vivimos porque llega diciembre, porque llegan estas fechas de la navidad – todo muy bonito, es cierto -, y claro lo hacemos porque hay que hacerlo, porque todo el mundo estos días tiene bonitas palabras y hay que estar en la honda,  pero ¿pensamos bien en lo que tiene que ser la raíz verdadera de todas esas cosas buenas y todas esas celebraciones? Lo que decíamos al principio hacemos las cosas porque toca y nada más.
Cuando pasen estas fechas ¿en qué se queda todo eso? ¿Quedará en nosotros un poso de buenos sentimientos que nos haga cambiar y hacer a partir de entonces las cosas de otra manera? ¿Acaso solamente pensamos hasta el año que viene que vuelvan estas fechas?
El Señor viene es el pensamiento fundamental que queremos vivir en el Adviento y queremos prepararnos para ello. Pensamos en su venida histórica que celebramos con alegría, es cierto, de manera especial en estas fechas, y pensamos en su segunda venida al final de los tiempos, para lo que hemos de estar siempre preparados; los textos de la Palabra en estos días a esto nos están invitando continuamente. Pero pensamos en el Señor que viene y que llega cada día a nuestra vida y para lo que entonces hemos de estar despiertos, atentos para saber descubrir esa presencia del Señor.
Con la presencia del Señor en medio nuestro, sea cada día, sea en nuestras celebraciones de la navidad algo  nuevo tiene que comenzar en nosotros. De eso nos hablan los anuncios del profeta. Sería bueno que volviéramos a leer las palabras del profeta según la cita señalada al principio.
Pero para que podamos llegar a vivirlo hemos de estas bien dispuestos, bien preparados. Pero ¿seremos dignos de esa presencia del Señor en nuestra vida? ¿Hay una intensidad de fe en nosotros para poder vivirlo? De ello nos habla el evangelio con el episodio del centurión que buscaba salvación en Jesús aunque él no se consideraba digno de que Jesús llegase a su casa.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús




Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús

 Jer. 33, 14-16; Sal. 24; 1Tes. 3,12-4,2; Lc. 21,25-28.34-36

‘Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación…’ Es la llamada, es la invitación que escuchamos hoy cuando iniciamos este nuevo ciclo litúrgico.
Es importante levantar la cabeza; si nos quedamos con la cabeza agachada solo miraremos el suelo que pisamos y los obstáculos que podamos tener a nuestra altura nos impedirán mirar más adelante. Cuando vamos caminando poco menos que atropelladamente unos con los otros nos es difícil poder ver lo que hay delante de nosotros, lo que nos pueda quedar para llegar a la meta u objetivo de nuestra marcha y además de ir poco menos que dando palos de ciego nos cuesta saber claramente a donde queremos llegar. Intentamos levantarnos un poco alzando nuestra cabeza sobre las demás cabezas, nos asomamos en la medida que podamos a un lado, pero ansiamos ver el final.
Es en los caminos de la vida, es en las tareas o responsabilidades que vamos desempeñando, es en los problemas con nos vamos encontrando a nivel personal o como miembros de una comunidad o una sociedad que quiere llegar a alguna parte, queremos tener perspectiva y nos hace falta una visión distinta, una mirada un poco si pudiéramos desde arriba para ver mejor el conjunto y la realidad. Lo hacemos profesionalmente, o lo hacemos en el ámbito de la familia; lo hacemos en cualquier sociedad o comunidad que quiera conseguir unos fines y avanzar, lo hacen juiciosamente todos los grupos sociales que quieren hacer algo bueno por el mundo en que vivimos.
La liturgia hoy con las palabras de Jesús nos invita a levantar la cabeza. Necesario en el camino de nuestra vida cristiana en que también nos vemos envueltos en tantas turbulencias. Muchas veces nos sentimos como desorientados y desestabilizados y podemos perder la serenidad del espíritu. Es en nuestra lucha personal de superación, de crecimiento espiritual y de compromiso con esa misma fe; es lo difícil que se  nos hace en un mundo adverso, que ha perdido una sensibilidad religiosa y cristiana y parece que todos vienen ya de vuelta con lo que se nos hace más difícil el anuncio; son las mismas cosas que podemos ver en nuestra misma iglesia que no nos gustan porque por nuestra debilidad aparecen muchas sombras.
Y necesitamos un reencontrarnos con nosotros mismos, una claridad y fortaleza de espíritu para nuestro difícil camino, una luz que nos de una visión nueva por encima de todas esas sombras y nos llenen de esperanza, esa esperanza que parece que a veces se nos apaga.
Es a lo que la Iglesia nos invita en este tiempo renovador de esperanzas que es el Adviento. Porque el Adviento hemos de vivirlo en esta realidad concreta que es nuestra vida, la vida de nuestra Iglesia y la vida que vivimos en este mundo concreto.
Es cierto que el Adviento es este tiempo que nos queda hasta la celebración del Misterio de la Navidad. Con mucha facilidad decimos que es el tiempo que nos prepara para la Navidad, pero en el ambiente del mundo en que vivimos podemos haber desvirtuado la Navidad y desvirtuar entonces el sentido del Adviento.
Pensemos a qué nos está invitando todo el ambiente de nuestra sociedad en estos días y a todo lo que nos lleva la publicidad que nos envuelve. ¿No hay peligro que se desvirtúe el sentido de la verdadera navidad quedándonos solo en una cena familiar – que no digo que no sea buena – y en unos regalos que nos vemos obligados a hacernos los unos a los otros? Más que liberación parece que nos llegan unas nuevas esclavitudes en todas esas cosas que tenemos que hacer porque sí pero que se nos pueden quedar en vanidad o luces de un día que se encienden y se apagan con facilidad.
Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús. Busquemos de verdad esa liberación y salvación que nos trae Jesús que quiere hacerse presente en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo y que tan necesitados estamos de ella. No solo recordamos el momento en que Jesús nació en Belén – para muchos se queda solo en un recuerdo muy bonito – sino que queremos hacer presente a Jesús con su salvación en el hoy de nuestra vida.
Sí que lo necesitamos. Es la tarea que hemos de realizar. Es la nueva luz que tiene que brillar con fuerza en nuestro mundo para hacerlo mejor. Hemos de poner sinceridad en lo que hacemos y en lo que vivimos en estos días para que no todo se quede en vanidad, o como decíamos en luz que se apaga y se enciende en un día. Ahí están los problemas de nuestro mundo, de nuestra sociedad, los nuestros y los de la gente que está a nuestro lado llena de tantos sufrimientos, de tantas dudas y desorientación, de tantas confusiones.
Tenemos un mensaje que proclamar y aprovechando quizá un cierto despertar de solidaridad que puede aparecer en estos días, señalemos bien claro el camino de Jesús para ser transformados por su amor en el verdadero amor. ‘Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos’, que nos decía san Pablo en la carta los Tesalonicenses.
Sabemos que es el amor de Dios el que nos libera de verdad y nos salva. Que nuestro testimonio de ese amor de Dios sea un anuncio de esperanza para nuestro mundo. ‘Levantemos la cabeza, se acerca nuestra liberación’, viene el Señor, no solo en un recuerdo, sino en algo vivo que ahora nosotros tenemos que aprender a sentir y vivir.