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martes, 31 de enero de 2017

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21 – 43
‘Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: - Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’
Habían regresado de nuevo a Cafarnaún después de la corta visita a la tierra de los gerasenos. Ahora la gente se arremolina una vez más en torno a Jesús. Y allí se acerca el jefe de la sinagoga. ¿Vendrá para invitar a Jesús a hablar en la sinagoga? Ya lo solía hacer habitualmente y era normal que cualquiera pudiera participar en la oración del sábado y hacer comentario sobre la Ley y los Profetas. Son otras las cosas que trae Jairo en su corazón por su hija está en las últimas. Ha sido testigo muchas veces de cómo Jesús en la misma sinagoga o en cualquier otro lugar donde se acercasen a él los enfermos mostraba siempre su amor y su misericordia.
‘Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’, es la petición que le hace a Jesús. Y allá va Jesús con él hasta su casa aunque por camino sucedan muchas cosas. Solo le está pidiendo Jesús a Jairo su fe; aunque sean duros los momentos, aunque vengan algunos diciendo que ya no hay nada que hacer, aunque se encuentra al llegar a la casa los lloros de las plañideras de turno, solo es necesaria la fe. ‘Basta que tengas fe’, le dirá Jesús.
Pero otro episodio de una grande fe se va a suceder en el camino. Una mujer con hemorragias incurables desde hace muchos años, en lo que había gastado todo lo que tenía buscando curarse se acercará también a Jesús. Aquí no mediarán palabras sino que será una fe silenciosa y que quiere pasar desapercibida. Pensaba ella que con solo tocarle la orla del manto podría curarse. Y así fue.
Pero aquella fe no puede quedarse en el anonimato. Jesús que sabe bien lo que ha ocurrido quiere hacer pública y patente aquella fe. ‘¿Quién me ha tocado?’ ¿Cómo hace tal pregunta si la gente lo apretuja por todas partes y muchos serían los empujones, las manos que se tienden para tocar a Jesús, la gente con la que se tropieza mientras va caminando? Es lo que le quieren hacer ver sus discípulos más cercanos. Pero Jesús sigue buscando con la mirada a la mujer que lo ha tocado, para quien ha llegado por su fe la salud y la salvación. ‘Hija, tu fe ha curado. Vete en paz y con salud’, le dirá finalmente Jesús cuando aquella mujer humildemente se atreva a acercase públicamente a Jesús.
Fe, vida, salud, salvación son los ejes de los distintos episodios que hoy se entrelazan en el evangelio. La fe de Jairo que pide por su hija y que ha de mantener firme frente a toda duda cuando las cosas pueden parecer que se vuelven más oscuras. Fe la de aquella mujer que calladamente acude a Jesús con la certeza de que en Jesús encontrará salud. Vida en la salud y en la vuelta a la vida de la niña que estaba en las últimas. Vida y salvación que va mucho más allá de una salud corporal que es lo que nos ofrece Jesús cuando en verdad creemos en El.
Una fe firme, con confianza, sin dudas, en el silencio y también en la proclamación publica de esa fe que anima nuestra vida. Fe de la que hemos de dar testimonio, aunque no nos entiendan, aunque se rían de nosotros como se reían de Jesús cuando decía que la niña no estaba muerta sino dormida. Fe que nos hace vivir una vida distinta de total confianza en el Señor. Fe que tenemos que contagiar a los demás para que todos puedan descubrir esa alegría que allá en lo más hondo de nosotros sentimos cuando vivimos nuestra fe. Fe que nos tiene que llevar también a la alabanza, a la acción de gracias al Señor por tantas maravillas que realiza en nosotros, por esa luz que ilumina nuestras vidas, por esa fuerza que sentimos en nuestro interior que nos salva y nos llena de vida nueva.

lunes, 30 de enero de 2017

No tengamos miedo a unas actitudes positivas en la vida que nos ayuden a crecer cada día superándonos de rutinas y de apegos de los que hemos de desprendernos

No tengamos miedo a unas actitudes positivas en la vida que nos ayuden a crecer cada día superándonos de rutinas y de apegos de los que hemos de desprendernos

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20
Hay ocasiones en que por muy claras que tengamos las cosas delante de los ojos parece que no queremos verlas, que no queremos enterarnos. Nos puede parecer mentira, pero muchas veces también nos sucede porque no queremos verlo, porque preferimos seguir con nuestra idea o nuestro pensamiento; quizá aquello nuevo que descubrimos nos incomode, nos moleste o nos haga salir de rutinas o comodidades; pudiera ser también que nos exige cambios en los que tendríamos que desprendernos de muchas cosas, muchas ideas, o de nuestra manera de actuar, en la que pensamos que ya tenemos garantizada la vida. No hay peor ciego que el que no quiere ver, solemos decir.
La vida nos exige cambios si en verdad queremos vivirla con toda intensidad y todo sentido; no podemos acomodarnos en la rutina de siempre por muy bien que nos parezca que estamos. Si queremos en verdad darle intensidad a la vida tenemos que crecer, aunque la ropa nos quede chica y por eso tenemos que aprender nuevas actitudes, nueva manera de ver las cosas, aspirar a lo más alto, a lo mejor, superarnos en una palabra. Hemos de quitar miedos y cobardías.
Siempre ha sorprendido la actitud de la gente de Gerasa que aunque se habían visto liberada de las locuras de aquel endemoniado con la presencia y la fuerza de Jesús, sin embargo le piden que se marche. Ya hemos escuchado en el evangelio, Jesús que había atravesado el lago en la barca con los discípulos llega al lado opuesto que era ya tierra de paganos. Se encuentra allí con un hombre endemoniado al que Jesús libera de su mal. El evangelista nos da con detalle las circunstancias de aquella liberación en la que los demonios se habían apoderado de aquella piara de cerdos que osaba en las cercanías que se arrojaron acantilado abajo al lago. ¿Era quizá un medio de sustento para aquellas gentes?
Podemos verlo todo como un signo de la liberación que Jesús quiere hacernos de nuestro mal, pero que sin embargo tantas veces rechazamos, porque queremos seguir con nuestras rutinas, nuestras malas costumbres, nos cuesta arrancarnos de nuestros vicios y controlar nuestras pasiones. Cuántas veces en la vida nos hacemos oídos sordos a aquello que nuestra conciencia nos condena, a la palabra que un día escuchamos y que nos abría las puertas a algo nuevo y mejor para nuestra vida. Nos cuesta arrancarnos de nuestros apegos; nos buscamos mil justificaciones con tal de ahorrarnos esfuerzos y luchas. Permitimos que el mal siga apegado a nuestro corazón.
Hoy escuchamos este evangelio como una invitación a la superación y al crecimiento espiritual y humano. Jesús llega a nuestra vida y quiere que seamos mejores. Con Jesús a nuestro lado los resentimientos y los rencores tendrían que desaparecer de nuestro corazón aunque nos cueste mucho conseguirlo; con Jesús a nuestro lado no podemos permitirnos seguir viviendo insensibles a los sufrimientos de los demás, aunque para llevarles consuelo tengamos que implicarnos en muchas cosas que nos hagan salir de nuestra comodidad. Así tendríamos que irnos fijando en tantas rutinas de nuestra vida, en tantos apegos de los que tendríamos que saber liberarnos.
Que la Palabra caiga como buena semilla en la tierra de nuestro corazón y demos frutos de una vida mejor aprendiendo a superarnos más y más en nuestra vida de cada día. ‘Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor’, nos decía el salmo.

domingo, 29 de enero de 2017

Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido serán otras las cosas que nos van a dar plenitud y felicidad

Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido serán otras las cosas que nos van a dar plenitud y felicidad

Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Sal 145; 1Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a
¿Quién no busca y desea ser dichoso, ser feliz? Es un deseo que llevamos dentro de nosotros mismos y todos buscamos la felicidad. Desearíamos que nada malo nos pasase, que estuviéramos lejos de dolores y sufrimientos, que pudiéramos tener abundantes bienes para cubrir todas nuestras necesidades e incluso contentar algunos caprichitos de cosas que nos gustaría poseer, que pudiéramos vivir en paz y en armonía con los que convivimos.
Pero quizá pronto nos damos cuenta de que no tenemos todo lo que quisiéramos, que hay cosas que nos hacen sufrir en nuestras limitaciones, dolores o carencias, que no siempre logramos que todo nos salga bien, que quizá nos vamos tropezando con personas que sufren en sus penurias o personas que por su ser nos hacen quizá sufrir, y nos preguntamos con una vida así ¿podemos ser felices? ¿Podemos alcanzar aquellos deseos de dicha y de felicidad que todos llevamos dentro? Ahí está la paradoja o quizá el problema.
Hacer que no perdamos la paz interior a pesar de los contratiempos y problemas, que no perdamos la alegría a pesar de los dolores corporales que nos puedan aparecer por nuestras limitaciones o debilidades, que seamos capaces de no perder la sonrisa a pesar de tantas cosas que nos podamos encontrar haciéndonos frente a nuestros buenos deseos, que el sufrimiento de los que nos rodean no nos haga perder un equilibrio interior que nos impulse a luchar a favor de un mundo más justo o más humano, es algo que quizá nos cuesta, ponga limitaciones a esa felicidad que deseamos. 
¿Cómo podemos ser felices? ¿Dónde encontrar una felicidad que de verdad nos llene por dentro? Ponerla solo en la posesión de cosas, la felicidad del tener es una felicidad efímera que pronto puede pasar, pero que no deja huella dentro de nosotros que plenifique nuestra vida. Estar sobrado de salud o pensar que la vida no tiene sus dificultades y limitaciones pronto nos hará caer en la cuenta que solo por ese camino no vamos a ser felices. Tenemos que buscar algo que colme nuestras mejores expectativas, nos de una plenitud a nuestra vida para tener un sentido por el que luchar y trabajar, encontrar aquello que nos enriquezca por dentro porque nos haga mejores personas y en consecuencia nos lleve a un encuentro mas pleno con los demás, con ese mundo que nos rodea.
Hoy Jesús en el evangelio nos ofrece un camino lleno de paradojas pero que realmente será el que nos conduzca por sendas de autentica felicidad. Nos habla de los pobres y de los que nada tienen, nos habla de los que sufren o de los que tienen una inquietud en su interior que parece que no les deja tranquilos, nos habla de los que quieren caminar por la vida sin malicias ni desconfianzas y de los que van a hacer frente a ese mundo de violencias con unas armas que no son precisamente armas de guerra, nos habla de los que sinceramente quieren poner el corazón en las miserias que puedan tener los demás, y de los que lloran porque quizás se ven imposibilitados para muchas cosas que no podrán conseguir a pesar de sus buenos deseos, y nos habla incluso de los que son incomprendidos por que hacen el bien y hasta habrá alguien que se lo tome a mal y hasta quiera hacerles la vida imposible.
Y a esos les dice que serán felices, que serán dichosos, que eso bueno y justo que desean desde lo más hondo de si mismos lo van a tener en plenitud, que encontraran consuelo para sus penas y llantos, que esa vida sin malicia ni maldad que viven les hará descubrir el más autentico rostro de Dios y que van a encontrar también ese corazón que se pondrá a su lado en sus propias miserias y necesidades. Para ellos les dice será la felicidad más grande, porque para ellos es el Reino de Dios.
Jesús había comenzado su predicación anunciando que llegaba el tiempo del Reino de Dios, que era necesario en verdad cambiar el corazón y poner toda la fe en Dios y en su Palabra. Y nos hablaba del Reino de Dios como la dicha más grande que podríamos alcanzar y los corazones se llenaban de esperanza cuando veían los signos que Jesús iba realizando de ese Reino de Dios. Y ahora nos dice como podemos vivir ese Reino de Dios y con El alcanzar la felicidad y la dicha más grande.
Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido, serán otras las cosas que nos van a dar plenitud, es un sentido nuevo el que le vamos a ir dando a la vida, lo importante no será las cosas que tengamos sino lo que seamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Será una vida llena de Dios y llena entonces de amor; será una vida que vivamos sin malicias y sin la búsqueda de intereses materiales porque lo que nos importa será hacer felices a los demás, a los que nos rodean, a pesar de sus penurias y necesidades, a pesar de sus lloros y sufrimientos, porque vamos a luchar por el bien, por la justicia, por todo lo bueno que pueda dar plenitud al otro y en eso encontraremos la satisfacción más grande que llena nuestro espíritu, la verdadera felicidad.
No importa que nos desprendamos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, no importa que lloremos con los que lloran porque queremos ser su consuelo, no importan las incomprensiones y hasta desprecios que encontremos porque nos sentimos comprometidos con el bien. Eso bueno que queremos hacer y con lo que queremos dar más felicidad a los demás nos hará a nosotros felices y dichosos. Son las bienaventuranzas que hoy Jesús nos propone en el Sermón del Monte.

sábado, 28 de enero de 2017

Nos invita Jesús a ir a la otra orilla a pesar de las dificultades que encontremos porque mucho podemos recibir y mucho podemos aportar de bien a los demás

Nos invita Jesús a ir a la otra orilla a pesar de las dificultades que encontremos porque mucho podemos recibir y mucho podemos aportar de bien a los demás

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Marcos 4,35-41
‘Vamos a la otra orilla’, les invita a Jesús. Puede significar mucho para nosotros esa invitación, o esa actitud que podemos adoptar en nuestra vida. En el relato del evangelio suceden muchas cosas que son bien significativas.
Vamos a la otra orilla puede significar búsqueda, pueden significar los caminos que vamos emprendiendo en la vida; puede significar la incertidumbre que surge en nosotros cuando se nos presentan cosas nuevas y no sabemos que hacer; puede estar significando esas luchas, esas tormentas que nos van apareciendo en la vida porque no siempre las cosas son fáciles; puede significar no querer quedarnos siempre en las mismas cosas porque queremos salir de la monotonía y la rutina aunque implique riesgos.
Y todo eso y más en muchos momentos de la vida, en distintas situaciones, en diferentes aspectos en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones sociales, en lo que queremos emprender para mejorar nuestra sociedad, en las actitudes profundas que tengamos ante la vida, en lo que es nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana. Vamos a la otra orilla, vamos a buscar algo nuevo; vamos a la otra orilla porque queremos encontrarnos con los demás; vamos a la otra orilla, allí donde hay gente que nos necesita, o gente que nos puede aportar también muchas cosas.
La tarea no es fácil; como decíamos antes nos podemos llenar de dudas y de incertidumbres; podemos tener miedo a lo que nos vamos a encontrar y no sabemos si podemos afrontarlo; podremos sentirnos quizá confusos porque no conocemos bien lo que nos encontramos; porque nos puede parecer que en eso nuevo que nos encontramos estamos solos  y nos parece que no tenemos fuerzas para afrontar las dificultades. Pueden surgir muchas cosas en nuestro interior.
El evangelio de hoy nos habla de que cuando emprendieron la travesía Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Ellos avezados pescadores que tantas veces habían atravesado aquellas aguas sin embargo se llenaron de miedo por la tormenta. Además se sentían solos, porque aunque estaba Jesús con ellos les parecía que a El poco le importaba porque seguía impertérrito dormido en un rincón de la barca.
Cómo refleja muchas de las cosas que nos pasan en la vida; y aquí podemos pensar en el camino de nuestra vida espiritual, en el recorrido que como cristianos vamos haciendo por nuestro mundo tantas veces adverso y tan lleno de dificultades. Pero no olvidemos que ya Jesús nos había prevenido porque muchas veces nos habló de las persecuciones incluso que íbamos a sufrir a causa de su nombre. Lo que ahora sucede en la barca en un hecho pero que se convierte también como en parábola para nuestra vida.
Pero allí está Jesús. Aquí está Jesús también a nuestro lado aunque parezca que no lo sentimos. Nunca nos abandona. Nos recrimina quizás como a aquellos discípulos. ‘¡Hombres de poca fe!’.
Creo que la lección la tenemos clara. Vayamos a la otra orilla, para todo eso que nos está pidiendo Jesús que tendríamos que hacer en nuestra vida y con nuestra vida; para eso en lo que nos sentiríamos enriquecidos nosotros, pero también para todo lo bueno que nosotros podemos y tenemos que aportar a los demás. 

viernes, 27 de enero de 2017

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34
Algunas veces vemos brotar una planta y florecer una flor en un terreno en que jamás habríamos pensado que allí podría surgir tan hermosa planta y tan bella flor. Una semilla trasportada por el viento o llevada en el pico de un ave cayó en aquel lugar y encontró la tierra apropiada para surgir y la naturaleza por si misma nos regaló tan hermoso fruto. Maravillas de la naturaleza, decimos, y damos gracias a Dios que nos hace tan bellos regalos.
Hoy nos habla Jesús en parábolas. ‘Con muchas parábolas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Y una parábola nos habla de la semilla sembrada en el campo y que sin que el agricultor tenga que hacer muchas cosas, aquella semilla germina y brota para darnos hermosos tallos y buenos frutos. O nos habla también de la minúscula semilla de la mostaza, que nos dará una hermosa planta en la que hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.
Ya sabemos por otras parábolas todo lo que nos quiere decir Jesús con la semilla que se planta. En días pasados hubiéramos escuchado la parábola del sembrador, pero que muchas veces habremos meditado. Esa semilla de la Palabra de Dios, esa semilla de la gracia, esa semilla del amor de Dios que se derrama en nuestro corazón. Pero que hemos de saber plantarla muy y dejar que germine en nuestra vida. Ya sé que en la parábola del sembrador se nos hacia reflexionar sobre la buena tierra que tendríamos que ser limpiándola de abrojos y malas hierbas, preparando y abonando bien el terreno de nuestra vida para que pueda germinar la semilla y llegar a dar fruto.
Pienso que toda la potencia de esa semilla está ahí en nosotros y aunque nos parezca que a veces no da fruto tan pronto como nosotros quisiéramos ahí está plantada en nuestra tierra. Cuántas veces nos surge de pronto en nuestro interior un deseo bueno, una inspiración para un paso que tendríamos que dar, para una obra nueva que deberíamos realizar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en ese momento? No sabemos cómo nos ha venido esa inspiración, cómo nos surgió esa idea en este preciso momento, pero yo creo que tendríamos que saber reconocer esa semilla que un día se plantó en nuestro corazón que quizá nos pareció que había caído en tierra infecunda, pero ahí estaba y cuando menos lo pensamos nos surgió la llamada, la idea, el buen deseo, la realización de esa obra buena. Es la gracia de Dios que perdura en nuestro corazón.
Creo que siempre hemos de estar en disposición por una parte de que caiga en nosotros esa semilla buena que un día habremos de hacer fructificar, pero también tendrá que estar ese deseo de ir sembrando semillas buenas en la vida en los que nos rodean. Es lo que los padres han de saber hacer en la educación y formación que van dando a sus hijos; muchas veces los padres se desesperan porque les parece que sus recomendaciones caen en oídos sordos y no ven tan pronto como desean los frutos, las respuestas, pero no han de perder la esperanza, no han de cegar en su empeño de esa siembra de cada día, un día florecerá esa flor y nos dará su fruto, cuando menos lo pensamos.
Como decíamos en lo que todos hemos de ir haciendo siempre, sembrando esa buena semilla, con nuestra palabra, con nuestro ejemplo y testimonio, con nuestros gestos y compromisos; alguien a nuestro lado recogerá esa buena semilla para plantarla en su vida y un día dará fruto; no sabremos cuando ni quizá apreciemos el fruto, pero hemos de tener el gozo en el corazón que estamos contribuyendo con nuestras pequeñas semillas a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que pretendo humildemente hacer con esta semilla de cada día que quiero ir sembrando a través de las redes sociales.

jueves, 26 de enero de 2017

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Mc. 4, 21-25
La luz no se enciende para ocultarla; cuando hay oscuridad en la casa buscamos como sea una luz que encender; si vamos por un camino en una noche oscura sin luna trataremos de llevar algún tipo de luz sea un farol, sea una linterna para iluminar el camino y no tropezar con los obstáculos o dificultades que podamos encontrar.
Podéis decirme que en el mundo en el que vivimos no hay esas carencias de luz porque disponemos en todo momento de luz artificial que alumbre nuestras estancias o ilumine nuestros caminos. Pero bien sabemos que hay oscuridades en la vida, que hay luces que nos confunden o nos desorientan, que no siempre tenemos claros los caminos de la vida por donde andamos porque nos falta un norte, nos falta un faro seguro que nos oriente, porque necesitamos un sentido para lo que hacemos o una razón para lo que vivimos. Muchas cosas nos desorientan en nuestra vida.
Por eso buscamos, siempre buscamos, siempre queremos profundizar en el sentido que le hemos dado a nuestra vida, nos sentimos muchas veces insatisfechos, parece que no terminamos de encontrar porque lo que quizá en un determinado momento nos parecía muy bueno y satisfactorio pronto nos cansó y nos sentimos hastiados y vacíos.
Queremos algo espiritual que nos llene y nos eleve pero algunas veces tenemos miedo de encontrarlo o buscarlo con sinceridad porque tememos que eso nos comprometa; andamos como mariposas de flor en flor y corremos allá donde nos dicen que hay algo nuevo, alguna manera de pensar o de vivir que nos viene de lejanos sitios, pero quizá olvidamos la espiritualidad que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos y no hemos sabido apreciar. Cuantos se dejan seducir por espiritualidades que llamamos orientales o no sé como decirle venidas quizá de otras culturas, pero no han sabido descubrir el pozo profundo y rico que han tenido siempre junto a si en el evangelio.
Es una lástima que los cristianos muchas veces ocultemos y desechemos la luz que tenemos desde siempre a nuestro lado para buscar otras luces. Cuantos nos dicen que ahora han encontrado la verdad de su vida porque se fueron tras otros modos de vivir la religión y nos vienen hablando de que la Biblia nos dice esto o aquello, cuando como cristianos siempre hemos tenido al alcance de nuestras manos la Biblia y no habíamos sido capaces de abrirla y meditar lo que en ella se nos trasmite; nos dicen que en tal o cual sitio o religión nos enseñan la palabra de la verdad, y cada domingo y cada día en nuestros templos se nos ha proclamado la Palabra del Señor y se nos ha ofrecido su enseñanza y hemos rehusado escucharla.
Busquemos esa espiritualidad de nuestra vida que nos hará grandes de verdad en esa Palabra de Dios que la Iglesia continuamente nos ofrece y se enriquecerá nuestra vida. Tratemos de ahondar en esa espiritualidad que se nos ha trasmitido a lo largo de los siglos y que tantas glorias de sabiduría y de santidad ha generado en el seno de la Iglesia para bien de nuestro mundo. Tenemos la fuente a nuestro alcance, no nos vayamos a buscar otras fuentes que aquí tenemos toda la riqueza de gracia que el Señor nos ofrece.

miércoles, 25 de enero de 2017

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18
‘¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’. Había escuchado una voz que le llamaba, ‘¡Saulo, Saulo!’, y se preguntaba cuál era aquella voz. Era el Señor que le salía al encuentro. Camino de Damasco con cartas de los sumos sacerdotes iba Saulo buscando a los seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero alguien le salió al encuentro y fue tal el impacto espiritual que cegado cayó por los suelos.
Es lo que hoy celebra la Iglesia, el encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco que tan grandes repercusiones iba a tener en su vida. No había escuchado la invitación del Maestro por los caminos de Galilea invitando a la conversión y a vivir la vida nueva del Reino de Dios – él no había conocido en vida a Jesús – pero ahora es Jesús el que le sale al encuentro y aquella conversión se va a realizar en él. Por eso a este día lo llamamos el de la conversión de san Pablo. El encuentro con Jesús así ilumina nuestra vida para estar ya para siempre resplandecientes de su luz.
‘¿Qué debo hacer, Señor?... Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer…’ es la pregunta que también hemos de hacernos cuando nos sentimos iluminados por su luz. El encuentro con Jesús no nos deja quietos e inmovilizados sino que siempre tiene que ponernos en camino. Ponernos en camino y dejarnos conducir. San Pablo cuenta que se dejó ayudar por los que le acompañaban porque no sabía por dónde ir ni qué hacer. Y mira que Pablo era un hombre seguro de si mismo con una fuerte personalidad. Pero tuvo la humildad de preguntar, de dejarse conducir, de dejarse hacer.
Podríamos ponernos ahora a reflexionar en la grandeza del apóstol o incluso hacernos un breve recorrido por lo que fue su vida, su obra, su predicación, sus cartas. Prefiero en este momento y en la brevedad de esta reflexión detenerme aquí en estos primeros momentos porque mucho nos puede enseñar.
Una primera cosa sería que nos dejáramos encontrar; sí, porque tenemos el peligro y la tentación de la autosuficiencia, de querer sentirnos seguros por nosotros mismos, de creer que ya nos lo sabemos todo y qué nos pueden decir o enseñar. Mucho podemos aprender de los demás, mucha humildad es necesario tener en nuestro corazón para que lleguemos a ese encuentro verdadero con el Señor.
Dios va poniendo muchas señales al borde del camino de nuestra vida que tenemos que saber descubrir, va poniendo quizá también muchas personas que nos pueden ayudar, que nos pueden decir esa palabra que necesitamos para que se nos descorran muchos velos de nuestra mente, que puedan ser ese ejemplo y ese estímulo en nuestra lucha personal, en nuestra personal búsqueda de la luz. Dejarnos conducir, dejarnos llevar de la mano haciéndonos como niños que se agarran de la mano del que confían.
‘¿Quién eres?’ quizás necesitamos muchas veces preguntarle al Señor que nos sale al encuentro; necesitamos apagar nuestras luces para ver la verdadera luz, cerrar nuestros oídos a tantos ruidos para encontrarnos con la verdadera voz, acallar nuestra mente alocada con tantas cosas que la enturbian por acá o por allá para encontrarnos la verdad que da auténtico sentido a nuestra vida.
‘¿Quién eres?’ nos preguntamos y vemos que a través del hermano, del que pasa a nuestro lado en el camino, del que nos tiende la mano o vemos atenazado en su sufrimiento, está la voz que nos dice ‘Yo soy Jesús… Creamos en esa palabra, en esa voz que nos hablará allá en lo hondo de nuestro corazón.

martes, 24 de enero de 2017

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35
Esta persona es como de mi familia, o más que mi familia, quizá habremos dicho en más de una ocasión refiriéndonos a alguien que sin ser familia por la sangre sin embargo se han establecido unos lazos de amistad muy grande y cuyo afecto sentimos hondamente, porque quizá en momentos en que nos sentíamos solos o en dificultades fue la única persona que permaneció siempre a nuestro lado. Ya en los libros sapienciales del Antiguo Testamento se nos dice algo así refiriéndose a amigos que son más afectos que un hermano.
No quiero mermar ni mucho menos el cariño y el afecto que se tiene o se ha de tener a quienes nos une los lazos de sangre siendo nuestra verdadera familia; tenemos que cuidar mucho nuestras relaciones familiares, nuestros hermanos o los familiares más cercanos. Pero bien sabemos como en la vida puede haber muchas cosas que nos unen y existen esas amistades de las que nunca querríamos desprendernos y a los que queremos como si fueran nuestra verdadera familia.
Será la cercanía física, la convivencia, pero también hoy tenemos medios para sentirnos muy unidos en verdadera amistad con personas que física o geográficamente pueden estar lejos de nosotros, pero con los que nos sentimos en bonita sintonía de amistad. Acabo de ver ahora mismo en las redes sociales una bonita frase en el sentido de lo que estamos reflexionando: ‘Hay personas que están… estén donde estén’. Podríamos decir que eso es también un camino para esa autentica fraternidad que tendríamos que vivir entre todos, puesto que formamos parte de una misma humanidad.
No nos extraña entonces sino que más bien nos lo hace comprender mejor lo que hoy escuchamos en el evangelio. Vienen a decirle a Jesús que fuera están su madre y sus hermanos, sus parientes, esperándolo. Y Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ y continúa  diciéndonos que paseando la mirada en torno a los que le rodeaban dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Nos está hablando Jesús de una nueva familia, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica. La Palabra de Dios que plantamos en nuestro corazón nos enseña a entrar en una nueva relación con los demás, la relación del amor, el sentirnos hermanos, el ser una verdadera familia entre nosotros.
Es ese mundo nuevo que hemos de  construir desde la civilización del amor. Es ese mundo nuevo en que nos sentimos verdaderamente solidarios los unos de los otros desde lo más hondo de nosotros mismos. Es ese mundo nuevo donde buscamos siempre lo mejor para el otro, estamos en verdadera actitud de servicio aprendiendo de María la que siempre iba presurosa al encuentro de los demás para serviles con hizo con Isabel en la montaña, para darse, para estar dispuesta a buscar soluciones en bien del otro como hizo en las bodas de Caná.
Que aprendamos a ser de verdad la familia de Jesús. Que entre todos se creen esos lazos nuevos del amor. 

lunes, 23 de enero de 2017

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30
Sucede con demasiada frecuencia, nos molesta que a otras personas les vaya bien, tengan éxito en sus tareas, sean apreciados por los demás y tenemos la tentación de estar siempre buscando a ver donde podemos encontrar un fallo, algo que criticar, y si no podemos de otra manera buscaremos la manera de desprestigiar a quien pudiéramos considerar un oponente en la vida.
Que distinta sería nuestra convivencia, con que felicidad viviríamos la vida si fuéramos capaces de aceptar y valorar a los otros, alegrándonos de sus éxitos, sintiéndonos estimulados para superarnos y queriendo aprender de las cosas buenas de los demás. Pero se nos meten dentro del corazón las pasiones borrascosas de nuestros orgullos, nuestros celos y envidias y todo queremos convertirlo en tormentas con las que no solo nos hacemos daño a nosotros mismos sino que hacemos daño también a los demás.
Y pongo por delante el daño que nos hacemos a nosotros mismos porque a pesar de la gravedad que tiene el que queramos hacer daño a los demás, en el fondo seremos nosotros mismos los más perjudicados porque aunque queramos aparentar otra cosa seremos los más infelices porque a la larga nuestra conciencia no nos dejará tranquilos.
Y lo vemos en el evangelio lo que sucede con Jesús. Tanto querían desprestigiarle los que no querían aceptar el Reino nuevo que Jesús anunciaba que llegaron al sacrilegio de atribuir al poder del maligno las cosas buenas que Jesús hacia. Nos dirá que es un pecado contra el Espíritu Santo que no tiene perdón. Y es que cuando negamos la acción del Espíritu blasfemando contra El, no podremos llegar a sentir la moción del Espíritu que nos conduzca al arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay perdón. El perdón es un regalo de la misericordia de Dios que sin embargo en nuestra maldad rechazamos. Es el sentido de las palabras tan duras de Jesús.
Creo que podemos tener un mensaje muy sencillo y muy hermoso para nuestra vida. Tenemos que aprender a aceptarnos y a valorarnos; tenemos que aprender de las cosas buenas que veamos en los demás que para nosotros siempre han de ser un estimulo en nuestro crecimiento personal.
Pudiera ser que el ver lo bueno que hacen los demás nos haga reconocer nuestra debilidad que muchas veces parece que nos lleva al fracaso porque no llegamos a ser capaces de hacer eso bueno que hacen los demás; en lugar de sentirnos derrotados que nos llevaría al pesimismo y a la negrura y que entonces muchas veces hace que carguemos contra los demás tratando de quitarle sus méritos, todo lo contrario ha de servirnos de estímulo en nuestra lucha, si los otros pudieron yo también podré y entonces seguiré con todo esfuerzo en mi lucha para lograr esa superación.
Es un camino que tenemos que aprender a hacer juntos, apoyándonos los unos en los otros, aprendiendo de los demás y tendiendo yo mi mano en ocasiones para pedir esa ayuda y siempre para saber ofrecerla.

domingo, 22 de enero de 2017

Quien ha encontrado la luz no puede persistir en la tinieblas, demos el paso que nos pide Jesús para vivir el gozo de la vida nueva

Quien ha encontrado la luz no puede persistir en la tinieblas, demos el paso que nos pide Jesús para vivir el gozo de la vida nueva

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló…’ Así lo había anunciado el profeta y ahora el evangelista al narrarnos el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea lo recuerda.
Estamos comenzando la lectura continua del evangelio de san Mateo en este ciclo que iremos escuchando ordenadamente a lo largo principalmente del tiempo ordinario. Tras los breves detalles que nos da en relación al nacimiento de Jesús, el encuentro con Juan Bautista para el Bautismo con la teofanía que allí se desarrolló y el tiempo de ayuno en el desierto con las tentaciones, comienza hablándonos del inicio de su predicación en Galilea.
Los momentos son tan importantes y decisivos que el evangelista recuerda al profeta y ve ese momento como el inicio de un nuevo resplandor. ‘A los que habitaban en tierras y sombras de muerte una luz les brilló’. Así fue la presencia de Jesús en medio de aquellas gentes. Y como nos dice a continuación no se redujo a la ciudad de Cafarnaún donde se estableció sino que ‘recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’.
Era un cambio nuevo y grande lo que se anunciaba; como salir de las tinieblas a la luz. Se cumplían las antiguas promesas anunciadas una y otra vez por los profetas que habían ido manteniendo las esperanzas del pueblo. Eran momentos de oscuridad porque parecía que todo se derrumbaba; la opresión que vivían bajo el pueblo invasor, los romanos, era una señal de ello. Y el anuncio comienza precisamente ‘en la Galilea de los gentiles’ como anunciaba el profeta.
Galilea era el borde del norte del pueblo de Israel, cercano a tierras de paganos e influido por ellos. Cafarnaún era parada en la ruta de caminantes que provenían de Siria y se dirigían a Egipto y estaba estratégicamente situada en la orilla del lago de Tiberíades. Cercanas estaban las ciudades paganas de la Decápolis o la tierra de los gerasenos y más al norte la región de los fenicios y todo eso podía influir en la fidelidad al Dios de la Alianza. Y es ahí donde comienza a brillar esa nueva luz que va a despertar tantas esperanzas. La oscuridad en que vivían parecía disiparse con un nuevo resplandor, la presencia de Jesús.
El primer anuncio que Jesús hace es la invitación a la conversión; las tinieblas habrían de transformarse en luz, pero todo iba a depender del corazón de los hombres. Una Buena Nueva se anunciaba y había que comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios que ya estaba cerca. Jesús comenzará a realizar signos de esa cercanía del Reino de Dios porque no quería el sufrimiento de los hombres; proclamaba el Evangelio del Reino, la Buena Noticia del Reino de Dios que se instauraba y curaba todo tipo de enfermedades y dolencias.
Podían creer en su palabra, los signos la confirmaban, era una palabra de vida y llenaba de vida los corazones, venia a traer la salud y la salvación y curaba las enfermedades y dolencias. No más dolor, no más muerte, para siempre podríamos tener una vida nueva. Tenían que reconocer el Señorío de Dios en sus vidas, el Reinado de Dios. Algo nuevo se podía comenzar a sentir.
Enseñaba a todas las gentes; cualquier lugar era propicio para hacer el anuncio del Reino; acudía a las sinagogas o hablaba con las gentes allí donde estuvieran, ya le veremos sentado en la barca de Pedro anunciando las parábolas del Reino; acudían a la puerta de la casa, o mientras iban de camino de un lugar para otros. Para todos era el anuncio, pero comenzó a llamar de manera concreta. Hoy lo vemos al paso por la orilla del lago que invita a los pescadores a seguirle para ser pescadores de otros mares, serán pescadores de hombres. Son los primeros discípulos que  serán más cercanos para estar siempre con Jesús y a los que un día llamará a formar parte del grupo de los doce, el grupo nuclear de la nueva comunidad del Reino de Dios que en torno a Jesús se irá formando.
La invitación de Jesús siempre requiere radicalidad en la respuesta. Creer en la Buena Noticia exige un cambio profundo del corazón, la conversión; seguir la llamada de Jesús lleva consigo dejar atrás todas las cosas para que nada nos ate, sino que vivamos en la libertad nueva que Jesús nos viene a ofrecer el que viene a curar a los oprimidos por el diablo. Por eso contemplaremos a Pedro y Andrés, y a Santiago y Juan que dejarán las redes, que dejarán las barcas, que lo dejarán todo por seguir a Jesús.
Quien ha encontrado la luz no puede preferir seguir viviendo en las tinieblas. Es la llamada que Jesús nos está haciendo a nosotros también. Pasa junto al lago, pasa junto a nuestra vida, allí donde estamos y nos realizamos y nos ofrece algo nuevo; su palabra salvadora también llega a nosotros para que nos llenemos de su luz. También hay oscuridades en nuestra vida, también persisten muchas ataduras que nos impiden caminar con total libertad, hay redes que nos envuelven, también hay cosas que nos retienen.
Jesús nos invita, nos llama, nos pide ese cambio profundo para que en verdad reconozcamos el Reinado de Dios, para que vivamos sintiendo que Dios es nuestro único Señor, para que sintamos el gozo de la fe. El nos cura, nos ofrece la salvación, realiza muchos signos en nosotros; descubramos las señales de su presencia, de la vida nueva que nos ofrece, estemos atentos a su llamada, pongamos en camino para seguir los pasos de Jesús.


sábado, 21 de enero de 2017

Hay cosas que nos interpelan y producen inquietud dentro de nosotros, abramos nuestro corazón al Evangelio

Hay cosas que nos interpelan y producen inquietud dentro de nosotros, abramos nuestro corazón al Evangelio

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21
‘¡Tú estás loco!’, le decimos a alguien cuando hace o dice algo que nos parece fuera de lo normal, que llama la atención o que de alguna manera rompe nuestros esquemas mentales. Claro que normalmente lo expresamos desde la confianza que nos pueda merecer esa persona, aunque también a veces viendo uno las cosas que se hacen o se dicen en medio de nuestra sociedad nos quedamos desconcertados porque no sabemos, como se suele decir, a donde vamos a parar.
También tenemos una reacción así cuando lo que oímos o lo que vemos nos interpela, porque nos hace hacernos preguntas allá en lo hondo de nosotros mismos, nos hace buscar nuevos planteamientos, nos descubre quizá mundos nuevos. Algunas veces quizá lo necesitamos para salir de nuestras rutinas, para ver la posibilidad de un mundo nuevo, para descubrir cómo tendríamos que implicarnos en cambiar muchas cosas en nosotros mismos que no nos satisfacen o cambiar en consecuencia también muchas cosas de nuestro mundo que no nos gustan. Esas interpelaciones pueden ser un buen revulsivo para nuestras vidas y para nuestra sociedad.
Si hacemos una lectura atenta del evangelio esa interpelación tendría que hacer también en nosotros. Muchas veces hacemos una lectura muy fría, demasiado quedándonos en palabras pero no captando el verdadero espíritu que está en el fondo que no es otro que el espíritu divino que quiere también interpelarnos y transformarnos.
La gente que se iba encontrando con Jesús tenia unas reacciones muchas veces así. No podía ser quedarse en un entusiasmo momentáneo porque impresionaran sus milagros, o con una mirada crítica como hacían otros buscando donde encontrar algo para acusarlo porque realmente en el fondo ellos se sentían también interpelados aunque no lo quisieran reconocer; una reacción fácil era decir que estaba loco, que eran cosas del maligno encubiertas en apariencias de bondad y a la larga buscar la forma de quitarlo de en medio porque quizá podían estar en peligro sus prebendas y su estilo de vida muy cómoda también en lo religioso y de alguna manera rutinaria. La presencia de Jesús, sus obras y sus palabras no podían dejarlos tranquilos.
Hoy nos dice el evangelio que los familiares de Jesús querían llevárselo porque pensaban que no estaba en sus cabales. Pero quizá no era solo su familia sino a tantos que les molestaba ese sentido nuevo que Jesús estaba mostrándonos. Hoy nos sucede también en muchas situaciones de la vida, de la sociedad y hasta en la misma Iglesia. Hay gente que se siente desconcertada y en lugar de plantearse hondamente qué es lo que nos pasa por dentro que quizá no está en buena consonancia con el evangelio, lo que hacemos es ponernos en contra, tratar quizá de desprestigiar, pensar que eso son como modas momentáneas que pronto pasarán y ya vendrá otro que ponga las cosas en su orden, diciendo que habría que volver a la rutina de siempre.
Pensemos que el Espíritu del Señor Jesús que recibimos no es para dejarnos en nuestras rutinas y es un tremendo revulsivo para nuestras vidas, para transformarnos hondamente. Abramos nuestro corazón al Espíritu de Dios que quiere llenarnos de vida nueva. No temamos al Evangelio de Jesús, a escuchar allá en lo más hondo del corazón su mensaje de vida y salvación.

viernes, 20 de enero de 2017

Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal transformándolo desde el amor

Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal transformándolo desde el amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19
‘Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él…’ Ayer escuchábamos que la gente se arremolinaba alrededor de Jesús y venían de todas partes a escucharle y a sentirse sanados con su salvación. Acudían a El con toda clase de males en su espíritu y enfermedades en sus cuerpos doloridos o llenos de discapacidades. Para todos Jesús tenía una palabra y un gesto de salvación.
Pero hoy escuchamos que cuando subía a la montaña llamó a los que El quiso. En el relato bíblico la subida a la montaña y lo en ella realizado tiene siempre un cierto grado de solemnidad. Era algo importante lo que Jesús estaba haciendo y así nos lo quiere significar el evangelista, como Moisés que en la montaña había recibido la misión de Dios o las tablas de la Ley. En la montaña Jesús proclamará las bienaventuranzas que es algo así como todo un programa de su evangelio. Ahora sube a la montaña y escoge entre todos los discípulos a doce. El evangelista nos dará sus nombres.
‘A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios’. Es la misión que Jesús les quiere confiar. Los llama apóstoles, sus enviados. Los envió a predicar. Habían de realizar el mismo anuncio del Reino que Jesús estaba realizando. Y lo habían de realizar haciendo los mismos signos de Jesús. Hemos venido escuchando como Jesús sana, cura, llena de vida; cura a los enfermos, da vista a los ciegos, a los inválidos los levanta para que puedan caminar, expulsa a los demonios. Es lo que sus enviados han de realizar también. Por eso nos dice que los envió a predicar con poder para expulsar demonios.
Expulsar demonios significa arrancar el mal que domina los corazones de los hombres. A los endemoniados se les llama poseídos, poseídos por el demonio, por el mal. Anunciar el Reino significa desterrar el mal, porque en el Reino de Dios no cabe el dominio del mal; precisamente si pertenecemos al Reino de Dios es porque en la salvación de Jesús nos hemos visto liberados del mal.
Decimos el pecado, decimos todo el mal que anida tantas veces en nuestro corazón. Pero decimos todo lo que sea mal, nos impida el bien, nos domine o nos esclavice. Los milagros que Jesús realiza en los que va liberando del mal de la enfermedad, la ceguera, la inmovilidad, la sordera o la incapacidad de hablar, la lepra que destruye el cuerpo, o la muerte de la que resucita, son signos de esa liberación de Jesús.
Y eso lo hemos de vivir en nosotros, pero lo hemos de anunciar a los demás, lo hemos de ir realizando en nuestro mundo. Un mundo que estamos llamados a transformar; nunca más nos domine el odio o el desamor, nunca más nos veamos arrastrados por las violencias, nunca más la injusticia haga sufrir a los hombres, nunca más vivamos envueltos en la falsedad, la mentira y la apariencia, nunca mas nadie se vea cegado por sus pasiones.
Un mundo nuevo hemos de ir realizando. Un mundo nuevo transformado por el amor. Son las semillas del amor las que tenemos que ir sembrando haciendo siempre el bien, viviendo un nuevo sentido de solidaridad, buscando siempre la justicia para que nadie se sienta esclavizado por nada ni por nadie. Son las señales que nos hemos de dar con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestro actuar.
Es el amor que abre nuestras vidas a los demás, es el amor que nos hace construir unas nuevas relaciones de verdadera amistad, es el amor que guía nuestra convivencia para que siempre reine la armonía y la paz, es el amor que nos impulsa a colaborar en todo lo bueno, es el amor que va sembrando de alegría los corazones de todos los que nos encontramos a nuestro paso.
Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal. ¿Hasta donde llega nuestra respuesta y nuestro compromiso?


jueves, 19 de enero de 2017

Buscaban esperanza y se encontraron con el tesoro escondido en Jesús, por eso querían estar siempre con El, ¿lo buscamos nosotros y deseamos estar con El?

Buscaban esperanza y se encontraron con el tesoro escondido en Jesús, por eso querían estar siempre con El, ¿lo buscamos nosotros y deseamos estar con El?

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12
Cuando encontramos alguien con quien sentimos especial sintonía porque responde a nuestras expectativas, nos comprende en nuestros problemas o necesidades, es capaz de mostrarnos afecto aun sin manifestarlo con palabras o gestos especiales, nos sentimos con confianza como para exponerle nuestras inquietudes o esas negruras que podamos llevar dentro siendo capaces de expresarle lo más intimo de nuestro ser, no nos queremos separar de esa persona, deseamos estar siempre a su lado, nos bebemos sus palabras, casi nos aprendemos de memoria sus gestos, queremos como copiarle en nuestra vida en sus actitudes y hasta en su manera de vivir.
Son las amistades hermosas que muchas veces florecen en la vida que no nacen precisamente desde unos deseos sensuales, sino desde esa sintonía espiritual que se crea entre las dos personas. Ojalá en la vida sepamos irnos encontrando así con los que nos rodean porque no solo veríamos el mundo y la vida con unos ojos más llenos de color y de vida, sino que además de enriquecernos mutuamente en realidad estamos haciendo un mundo mejor. Por eso decimos que encontrar un verdadero amigo así es encontrar un tesoro.
Un tesoro, la perla escondida y preciosa era lo que las gentes en tiempos de Jesús habían encontrado. Por algo Jesús nos dirá más adelante que el Reino de Dios es como el tesoro escondido en el campo que un hombre encuentra y que hará todo lo posible por obtenerlo; por algo nos lo comparará también con la perla preciosa que todos querrán tener.
Ya el evangelista nos hablará de la luz que resplandeció en medio de las tinieblas y aquellos pueblos de Galilea se vieron iluminados con una nueva luz con la presencia de Jesús. El evangelista hoy nos dice que todos querían ver y estar con Jesús. Nos dirá incluso que Jesús pedirá que tengan una barca preparada porque la gente parece que lo quiere estrujar.
Habían venido de todas partes; ya el evangelista se encarga de hacernos una descripción mencionando lugares del norte y del sur de palestina, no solo será Galilea en el norte, sino que vendrán de más allá porque llegarán hasta de tierra de paganos, Tiro y Sidón ya en Fenicia; pero nos hablará de los lugares del sur porque nos menciona Judea y Jerusalén, pero también de mas allá del Jordán vendrán para escuchar a Jesús.
Y todos vienen con las inquietudes de su alma, con los problemas que tienen en la vida, con las necesidades no satisfechas, con sus sufrimientos y dolores. Parece siempre que cuando vemos a la gente venir hasta Jesús fueran solo los enfermos del cuerpo o los discapacitados físicamente los que vinieran o trajeran hasta Jesús. Pero el evangelio nos habla de toda clase de sufrimientos y dolencias, y nos habla de los atormentados en su espíritu. Cuántos dolores del alma, cuantas inquietudes no satisfechas, cuantas esperanzas rotas, cuantos deseos de más y mejor que no se quedan solo en lo material, cuantos corazones atormentados tenemos que ver en los que acuden a Jesús.
Como nosotros, como tantos a nuestro lado que también necesitamos encontrar ese tesoro, esa luz, esa vida para nuestro espíritu. Porque no son solo los achaques de nuestro cuerpo los que nos hacen sufrir; también muchas veces tenemos rotas nuestras esperanzas, nuestra vida se vuelve turbulenta y parece que le falta luz, le falta un norte por el que luchar o al que dirigir los pasos de su vida. Así tenemos que vernos ante Jesús. Así tendríamos que desear estar con El y escucharle, y empaparnos de su vida, de sus valores.
¿Será así como vamos a Jesús, como buscamos a Jesús? ¿También desearemos estar con El, no separarnos de El nunca? Que no se nos convierta en una rutina nuestra fe en Jesús.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6
‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ Es el planteamiento que Jesús les hace cuando aquel sábado en la sinagoga contempla que están al acecho a ver qué es lo que Jesús hacia. Por eso nos dice el evangelista que Jesús estaba dolido por la obstinación de aquellos que no sabían o no querían ver lo bueno que Jesús hacia.
Hay gente quizá que también están pendientes de lo que nosotros podamos hacer, de lo que la Iglesia pueda hacer y como sucedía entonces siempre están con torcidas interpretaciones, con prejuicios y cegueras para no ver ni para entender lo que hacemos o lo que la Iglesia hace. Ahora hasta piden fiscalizaciones sobre lo que la iglesia hace y como administra sus dineros sin querer ver las obras de la Iglesia.
¿Quién en estos momentos de crisis está respondiendo como lo está haciendo la Iglesia en Cáritas, en tantos comedores sociales, por poner alguna ejemplos, en tantos grupos de religiosos o de cristianos de a pie por llamarlos de alguna manera están intentando resolver tantos problemas de tanta gente que está pasando necesidad, o tantos problemas sociales de la más diversa índole? Siempre querrán decirnos que a este o al otro no le ayudaron, no le dieron todo lo que pedía o necesitaba pero quizá luego no contribuimos con nuestra generosidad y nuestro altruismo a que se puedan sostener todas esas obras.
No quiero con esta reflexión que me hago con el evangelio entrar a hacer fáciles apologéticas o defensas como tampoco entrar en polémicas innecesarias, sino que es como un deseo de que tengamos mejores miradas para cuanto de bueno se realiza en nuestro entorno y seamos capaces de valorar la generosidad de tantos que hacen el bien, se hacen solidarios con los demás, comparten sus cosas, su vida, su tiempo buscando hacer el bien, remediar una necesidad o llevar una sonrisa y una palabra de consuelo y de animo a tantos que sufren.
Quizá, sí, tengamos que preguntarnos qué es lo que podemos o debemos hacer.  ¿Queremos salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir? Nuestras omisiones, nuestra pasividad, la desgana que muchas veces se nos mete dentro de nosotros, la despreocupación con que vivimos en nuestra relación con los demás queriendo despreocuparnos de todo lo que afecte a los otros, el cerrar los ojos para desentendernos o el mirar para otro lado, el pensar primero en mis cosas y solo en mis cosas o necesidades… son maneras con las que estamos dejando morir a los demás.
No lo pensamos o  no queremos pensarlo y cuando las acciones de los demás o sus palabras nos interpelan tratamos de justificarnos o lo que es peor queremos minusvalorar lo que los otros hacen poniendo por ejemplo mala o doble intención donde no la hay para desprestigiar a los que hacen el bien. Lo hacemos de manera descarada o lo hacemos de formas muy sutiles pero tenemos esa tentación pendiente sobre nosotros.
Hoy es un evangelio que nos interpela, desde la forma con que miremos las cosas buenas que hacen los demás, como les pasaba a aquellos fariseos que estaban al acecho de lo que hacia Jesús, o nos interpela el actuar de Jesús para que nos preguntemos qué es lo más que aun tendríamos que seguir haciendo de bueno por los otros.

martes, 17 de enero de 2017

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

El día de descanso hemos de saber convertirlo en un día de encuentro intenso para la convivencia familiar y el encuentro con los demás desde el encuentro que vivimos con el Señor

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28
En la cultura que hoy vivimos, con las nuevas costumbres que se van introduciendo, teniendo en cuenta también los ritmos de trabajo que hoy se tienen, nos parece como muy fuera de lugar y nos cuesta entender los planteamientos que hoy en el evangelio vemos que le hacen a Jesús en relación al descanso sabático.
Hoy las exigencias y derechos al descanso por nuestro trabajo tienen otras regulaciones y normalmente tampoco van unidas al hecho religioso, aun cuando permanece como habitual, salvo que sean otras las exigencias del trabajo, que el descanso sea asociado al fin de semana. El ritmo de la semana desde antiguo y es herencia de la cultura antigua tiene su eje en el domingo, que si es cierto que para nosotros los cristianos tienen un hondo sentido religioso, en la cultura laica que se vive se desliga de ese sentido religioso.
Para el pueblo judío y eso en cierto modo lo heredamos los cristianos aunque lo hayamos trasladado al domingo, el descanso sabático que fue una buena norma antigua que obligaba al necesario descanso sin embargo tenia un fuerte sentido religioso. Era el día del descanso del Señor, el séptimo día como nos venia enseñado en los relatos de la creación, tenia la motivación profunda de ser el día del culto a Dios, de la alabanza y la acción de gracias por la vida recibida y por los frutos obtenidos por el trabajo del hombre.
Jesús quiere enseñarnos como hemos de vivir con autentica libertad espíritu. No nos podemos sujetar a unas normas sin mas, como si nos sintiéramos atados a ellas viviendo en una cierta como esclavitud. Es cierto que necesitamos del descanso semanal, y hemos de saberle dar su autentico sentido, nunca como una atadura. Necesita el hombre de ese descanso y podríamos decir que con esa norma heredada de la Biblia somos los creyentes como pioneros de esa defensa de esos derechos, que ahora viviremos con otros ritmos y quizás en otros tiempos.
Es algo que tenemos que saber seguir cuidando, es cierto. Aunque descanso no significa quedarnos sin hacer nada; es una buena oportunidad para el desarrollo de nuestro espíritu, la profundización en nuestra cultura, pueden ser momentos para una especial solidaridad y aprender a pensar también en los demás dedicando parte de nuestro tiempo al bien que de una forma u otra podamos hacer a los demás.
Y en nuestro sentido creyente ese día en que rompemos el ritmo de nuestras actividades es la oportunidad para ese especial culto al Señor. Es cierto que el autentico creyente cada día y en cada momento se siente en la presencia del Señor, y cada día hemos de saber dedicar parte de nuestro tiempo para ir al encuentro del Señor en la oración, la alabanza y la acción de gracias, queriendo también escuchar a Dios en nuestro corazón abriéndonos a su Palabra salvadora.
Pero en ese día del Señor nosotros los cristianos tenemos un especial recuerdo, una memoria de lo que es nuestra salvación. Por eso en ese día de manera especial hacemos y celebramos el memorial del Señor, muerto y resucitado para nuestra vida y salvación. Es el día en que participamos en la celebración de la Eucaristía, uniéndonos a la alabanza y la acción de gracias de toda la Iglesia y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que se nos proclama alimentamos nuestra vida en Cristo con la comunión eucarística.
No es el rito que tenemos que realizar, ni la obligación que tenemos que cumplir; es la necesidad de nuestro espíritu, es el deseo de llenarnos de Dios, es el hambre de su palabra, su presencia y su gracia para vivir de forma comprometida nuestra fe. Por eso seremos capaces de dejarlo todo para ir al encuentro con el Señor y de ese encuentro del Señor saldremos con nuestro espíritu rebosante de gracia para ir también al encuentro con los demás. Ese día de descanso se convierte así en un día de encuentro intenso en que vamos a vivir de forma muy especial en la unidad familiar, pero vamos también a aprender a convivir mejor con los amigos, con los compañeros, con los que nos rodean.
Qué hermoso sentido le daríamos a nuestro descanso; qué hermoso sentido le daríamos así al día del Señor.

lunes, 16 de enero de 2017

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22
Aunque quizá algunas veces queramos dar la impresión de que somos un tanto anárquicos que nos molestan las normas, los reglamentos, las leyes y todo lo que nos quiera imponer una conducta determinada, sin embargo en el fondo, aunque nos cueste confesarlo, sí estamos buscando en cierto modo la regla que nos diga hasta donde podemos llegar y desde donde no debamos de pasarnos, o qué es lo mínimo con lo que podemos contentarnos para ya sentirnos satisfechos porque ya hemos cumplido.
Tenemos nuestros ritos en la vida, y no es solo en el ámbito de lo religioso que también, con los que cuando los realizamos ya decimos que hemos cumplido, que hemos hecho lo bueno que tendríamos que hacer. Claro que en el ámbito de lo religioso esto se manifiesta muchas veces de forma más acusada. Nos dicen, o queremos que nos digan, cuales son las cosas básicas que tenemos que hacer, tratamos de cumplirlas y ya nos damos por satisfechos de que somos unas personas muy religiosas y no tenemos ni queremos complicarlo la vida más.
¿No es en cierto modo lo que hacemos cuando decimos que cumplimos porque vamos a misa en algunas ocasiones por determinadas circunstancias, pero luego ya no hacemos nada más? ¿No se nos convertirá en un rito que hacemos porque sí, porque hay que cumplirlo, pero sin que eso tenga una repercusión en nuestra vida, en nuestro comportamiento o en nuestros compromisos? ¿No es en cierto modo también lo que hacemos cuando decimos que ya cumplimos porque no comemos carne los viernes, pero quizá nos regalamos otros manjares más suculentos y lujuriosos? ¿No será algo así lo de nuestros rezos repetitivos y rutinarios en los mientras nuestros labios van recitando rezos y rezos aprendidos de memoria, nuestra mente y nuestro corazón están muy lejos porque andamos en otras preocupaciones? Así podríamos fijarnos en muchas cosas en las que simplemente nos contentamos con cumplir pero nada más. Cuantos reglamentos, normas, protocolos como se les llama hoy nos encontramos en muchas instituciones, organizaciones, grupos eclesiales. Disfraces muchas veces que ponemos en la vida.
Es lo que le estaban planteando hoy a Jesús aquellos que vinieron a decirle a Jesús que por qué sus discípulos no ayunaban si ahora lo estaban haciendo los discípulos de Juan o los fariseos. Pero Jesús viene a señalarles que las cosas hay que entenderla de otra manera. El estilo del Reino de Dios, el estilo y el sentido de sus seguidores tienen que ser bien distinto. No es el cumplimiento por el cumplimiento. Algo más hondo tiene que haber en la vida cuando decimos que optamos por el Evangelio, por el Reino de Dios.
Recordamos la palabra que Jesús empleaba desde el principio de su predicación, conversión. Y conversión era una vuelta total a la vida para creer y para poder aceptar esa buena nueva del Evangelio, esa buena nueva del Reino de Dios que Jesús nos estaba proclamando. Nuestra relación con Dios debe ser de otra manera, no la podemos basar en cumplimientos rituales. Algo nuevo hemos de sentir en nuestro corazón que se manifieste en nuestras acciones, en nuestras actitudes, en una nueva relación con Dios, en una nueva y distinta relación con los demás que para siempre serán mis hermanos.
Por eso hoy nos habla de que no podemos basar la vida del discípulo en puros remiendo, sino que tiene que ser una vestidura nueva, un odre nuevo para que el vino nuevo del Evangelio no se desparrame y pierda. Una alegría nueva hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos llenos de Dios porque en verdad es el Señor de nuestra vida. Una nueva felicidad vamos a sentir en nuestro corazón cuando aprendamos a tener hambre de justicia, sed de amor, deseos de paz, pureza de corazón, desprendimiento generoso para no dejar que se nos apeguen las cosas en el corazón.