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lunes, 22 de febrero de 2016

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Nos hacemos a imagen y semejanza de Dios cuando llenamos nuestro corazón de amor, de compasión y de misericordia

Daniel, 9, 4-10; Sal. 78; Lc. 6, 36-38
Recordamos que en las primeras páginas de la Biblia, en un lenguaje metafórico si queremos llamarlo así y lleno de imágenes, al hablarnos de la creación y en concreto de la creación del hombre dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’. Nos habla de la grandeza del ser humano, de su dignidad, de esos dones especiales en nuestra inteligencia y en nuestra capacidad de decidir con que hemos sido adornados.
Podríamos quizá preguntarnos ¿y en qué nos parecemos a Dios? ¿en qué estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? Ya lo hemos expresado al hablar de la dignidad del hombre, pero también podemos responder diciendo que nuestra semejanza está en la capacidad del amor. Somos capaces de amar; somos capaces de llenar, y no solo por instinto, nuestro corazón de compasión y de misericordia.
Podríamos decir que es lo que con otras palabras nos viene a decir hoy Jesús en el Evangelio. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’. Parezcámonos a Dios con ese amor, con esa ternura, con esa compasión y misericordia con que llenamos nuestro corazón. Es hermoso. Cuando nos encerramos en nosotros mismos con nuestro egoísmo, cuando apartamos de nuestro corazón la capacidad de hacernos solidarios con los demás, cuando miramos solo por nosotros mismos creyéndonos dioses, nos pasa como a Adán en el paraíso, nos escondemos de Dios, nos alejamos de Dios, desterramos a Dios de nuestro corazón.
Vayamos repartiendo amor, generosamente, en abundancia, sin pensar en limites, dispuestos a desprendernos de nosotros mismos, abiertos siempre a la comprensión y al perdón, nunca condenando y siempre disculpando, mirando nuestras propias limitaciones y debilidades antes de juzgar a los demás. Nos cuesta a veces; nos cuesta muchas veces porque el diablillo del orgullo mete su rabo en los resquicios de nuestra mente y quiere alejarnos de esas actitudes positivas; seamos capaces de superar, de vencer esas tentaciones de orgullo y de amor propio que nos aparecen como espejismos que nos atraen para hacernos creer que somos los mejores, que nos lo merecemos todos, que no es necesario ser tan bueno y tantas cosas más con las que nos sentimos tentados.
Leamos y meditemos muchas veces las palabras del evangelio que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Qué felices seriamos todos si tuviéramos esas buenas actitudes en nuestro corazón en la vida de cada día, en nuestras relaciones con los demás, en nuestra convivencia con los que están cerca y en la relación con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en la vida.
No olvidemos que en el amor nos parecemos a Dios, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados.

domingo, 21 de febrero de 2016

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Subamos a la montaña con lo que signifique de esfuerzo, de superación, de desprendimiento para contemplar el rostro misericordioso de Dios y ser signos de misericordia

Génesis 15, 5-12. 17-18; Sal 26; Filipenses 3, 17-4, 1; Lucas 9, 28b-36
‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar…’ Así escuchamos hoy al principio del Evangelio. Los había invitado un día a seguirle y ellos lo habían dejado todo. Van haciendo camino con Jesús. No es solo que recorran los pueblos y las aldeas de Galilea o se acerquen a otros lugares, atravesando el lago, yendo más allá de lo que era la tierra de los judíos o marchasen a Jerusalén como pronto les vamos a ver hacer. El camino era algo más eso. Y en ese camino que van haciendo ahora les invita a subir a la montaña alta que allí se yergue en medio de las llanuras y valles de Galilea.
Subir a la montaña es una etapa más del camino de seguir a Jesús. Bíblicamente es una imagen que se repite. Al monte Moria sube Abrahán a sacrificar a su hijo porque Dios se lo pide. En la montaña primero en medio de una zarza ardiendo en el Horeb y más tarde en el Sinaí Dios se le manifiesta a Moisés confiándole una misión de liberar a su pueblo y estableciendo las cláusulas de la Alianza en un segundo momento. Elías igual que Abrahán en la montaña buscará ver el rostro de Dios y sentirá lleno de su fuerza para continuar su misión profética.
Ahora suben con Jesús a la montaña, porque Jesús va allí a orar. Aceptan la invitación con sus dificultades y sus exigencias, aunque aun no saben cuánto en lo alto de la montaña va a suceder. Pero como toda subida a una montaña exige esfuerzo y superación, constancia para llegar a lo alto a pesar de la dificultad y desprendimiento para dejar a un lado lo que sea una rémora que estorbe en la ascensión.
Es todo muy significativo para el camino de cada día de nuestra vida donde tantas veces parece que nos vemos superados por el cansancio o tenemos el peligro de que nos pueda la comodidad. Solo cuando nos esforzamos y luchamos teniendo claras cuales son nuestras metas seremos capaces de vencer las dificultades y lograr aquello que anhelamos y ponemos como objetivos de nuestra vida. Si nos sentimos derrotados a la primera dificultad nunca conseguiremos algo que merezca la pena y nuestra vida se convierte en insulsa y sin valor.
Van con Jesús a subir a la montaña porque va allí Jesús a orar, como tantas veces se retiraba a lugares apartados para vivir la intimidad del encuentro con el Padre. Ellos también van invitados a lo mismo y ya fuera por el cansancio del esfuerzo o por las modorras que se nos meten en la vida, se caían de sueño nos dice el evangelista. Qué curioso cómo nos entra sueño cuando nos ponemos a rezar, pero quizá no estamos viviendo la intensidad del encuentro de amor que tendría que ser siempre nuestra oración. Algunos rezan para dormirse cuando en la noche no les entra sueño.
Pero ya hemos escuchado el relato del evangelio y en lo alto de la montaña suceden cosas extraordinarias porque Jesús se transfiguró en su presencia. Se manifestaba la gloria del Señor en los resplandores del rostro de Jesús y en la blancura tan especial de sus vestiduras. Allá aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús de la muerte cercana que iba a sufrir en su subida a Jerusalén – aparece de nuevo la subida que culminará en lo alto del Calvario -.
‘¡Qué bien se está aquí!’ Esto es un éxtasis contemplando la gloria de Dios. Será el que se adelanta con sus proyectos de levantar tres tiendas para quedarse en ese éxtasis para siempre. Pero se ven envueltos en una nube, signo de la presencia misteriosa de Dios, y la voz del Padre va a señalarnos quien es Jesús y lo que tenemos que hacer. ‘Una voz desde la nube decía: –Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Luego ya estará Jesús solo y aunque no terminaban de comprender bajaron en silencio de la montaña. El camino había de continuar pero ellos habían vislumbrado la gloria del Señor que verían más claramente en Jesús para reconocerle como el Señor después de la resurrección. Habían oído hablar una vez más de muerte, de la muerte que había de pasar Jesús, pero habían escuchado la voz del cielo que les aclaraba suficientemente quien era Jesús. Era un anticipo de la Pascua que habían de vivir.
Como nosotros, en este camino de la vida, en este camino de Cuaresma que vamos haciendo estamos pregustando las mieles de la Pascua. Sabemos que tenemos que seguir haciendo el camino, subiendo a la montaña, superándonos cada día más para ser más fieles, desprendiéndonos de todos esos apegos que nos tientan y nos impiden hacer el verdadero camino; y sabemos que tenemos que subir al monte de la oración, del encuentro vivo con el Señor, porque allí le encontraremos con todo su amor, allí encontraremos esa fuerza y esa gracia para seguir haciendo el camino, allí nos llenaremos de la gracia de la presencia del Señor y podremos entonces vivir la Pascua que nos transforma, que nos llena de luz y de vida, que nos hace gustar el ser y vivir como hijos de Dios.
Vamos pues a buscar ese rostro de Dios misericordioso. Lo tenemos en Jesús. Lo encontramos en Jesús, que ya nos dice que quien le ve a El, ve al Padre. Así además nos lo ha señalado el Padre. Es mi Hijo, es mi amor, es mi amado y es en quien os amo, es la prueba infinita del amor porque nadie ama más que quien da la vida por el amado, es la manifestación de mi amor. Escuchadle, contempladle, abrid vuestros ojos y vuestros oídos, abrid vuestro corazón, abrid vuestra vida a su presencia a su amor; El lleva la misericordia de Dios para con los hombres, por se va a entregar, porque lleva el perdón, porque lleva la paz, porque se manifiesta así la ternura de Dios, el corazón compasivo de Dios.
Pero nos confía una misión como siempre tras toda manifestación de Dios, la de ser en medio del mundo signos de la misericordia de Dios con nuestra vida de amor.

sábado, 20 de febrero de 2016

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Que nos sintamos orgullosos de ser buenos hijos del Padre del cielo porque amamos a todos, incluso a los enemigos, con un amor como el suyo

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48

Qué orgullosa se siente una madre, y lo mismo podemos decir de un padre, al que le dicen que si hijo se parece a él; y no solo por los parecidos físicos, que si la nariz, que si el corte de cara o cosas por el estilo en que siempre estamos sacando los parecidos, sino por la forma de actuar, por la forma de pensar, por la forma de hacer las cosas o de enfrentarse a la vida. Y lo mismo podemos decir del hijo al que le dicen ‘eres igualito que tu padre’ porque reflejamos en nuestro actuar lo que de los padres hemos aprendido.
Pues eso es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Nuestro ideal y nuestra meta la tenemos en Dios. Como nos dice textualmente hoy ‘así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’, o como a continuación terminará diciéndonos ‘por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.
¿Y qué nos ha dicho que hemos de hacer para expresarnos y manifestarnos verdaderamente como hijos de nuestro Padre del cielo? ¿En qué ha de consistir esa perfección en la que hemos de imitar a Dios? En una palabra lo resumimos, en el amor.
Pero no es un amor cualquiera, no es un amor a medias, no puede ser un amor raquítico, no nos podemos quedar en amar a los que nos aman. Tenemos la tendencia a la ley del mínimo esfuerzo; somos tan rutinarios que nos contentamos con poco; hacemos muchas veces las cosas a medias porque lo poquito que nos sale como espontáneo ya nos parece suficiente; porque eso de esforzarnos para vencer nuestro amor propio y nuestro orgullo pareciera que no está muchas veces en nuestros planes; porque nos dejamos caer por esa pendiente cómoda de que ya es suficiente lo que hacemos comparando con lo que recibimos. Así nos ponemos tantas disculpas.
Hoy Jesús nos traza las metas del amor, nos señala los limites que nunca podemos poner. Nos habla del amor a los enemigos, a los que nos hayan podido hacer mal. ¿En qué nos vamos a diferenciar en nuestro amor? Seremos hijos de nuestro Padre del cielo si intentamos amar con un amor semejante al que El nos tiene. ‘Siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros’ nos recordará más tarde san Pablo en sus cartas. Y, como nos dice hoy Jesús, ‘si amamos solo a los que nos aman, ¿qué merito tenemos?’ Eso lo hace cualquiera.
Porque sabemos que es difícil porque pesan demasiado en nuestro corazón los orgullos y nuestro amor propio Jesús nos dice que recemos por aquellos que no nos aman, por aquellos que incluso nos han hecho mal. ‘Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Estoy seguro que si llegamos a ser capaces de hacer esto que nos dice Jesús, comenzaremos a amar también nuestros enemigos. Esa oración nos va a ayudar a ir realizando ese cambio profundo en nuestra actitud, en nuestra manera de ver al otro, en esa comunión nueva que se va creando, precisamente desde esa oración. ¿No pedía Jesús en la cruz por aquellos que le estaban crucificando al pedirle al Padre que los perdonara, incluso disculpándonos?
No lo olvidemos, seamos hijos de nuestro Padre del cielo por esa nueva forma de amar que plantamos en nuestro corazón; imitemos esa perfección del Padre del cielo en el amor, porque no olvidemos aquello que nos dirá san Juan ‘Dios es amor’.

viernes, 19 de febrero de 2016

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al que está a nuestro lado

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al que está a nuestro lado

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26

No podemos decir en verdad Padre a Dios, si no somos capaces de decir hermano al prójimo que está a nuestro lado. Es algo muy serio, muy grande, muy comprometido poder llamar Padre a Dios. Es un regalo que Dios nos hace, amarnos como un Padre, llamarnos hijos, que en verdad lo somos, pero por nuestra parte ha de tener una correspondencia, que es llamarle Padre pero con todo sentido. Y lo podremos hacer cuando llamemos de verdad hermanos a todos los que están a nuestro lado. Cosa que no podemos hacer de cualquier manera.
Creo que este pensamiento nos tendría que dar para reflexionar muchas cosas, para que comprendamos de verdad el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Nuestra vida ha de ser siempre una relación de amor. Nos sentimos amados y amamos; nos sentimos amados de Dios y no solo le amamos a El sino que amamos a todos los que El ama, porque son también sus hijos; le amamos a El y necesariamente tenemos que sentirnos hermanos y amarlos a todos con un amor como el que Dios nos tiene.
Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el Evangelio.  ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. No podemos ir a decirle a Dios que le amamos y le hacemos nuestras ofrendas si está resentido nuestro amor a los hermanos. Por eso nos pide la reconciliación, el encuentro con los hermanos. Además nunca la ofrenda de amor que le hacemos a Dios se la hacemos en solitario, sino que su sentido pleno lo tiene cuando lo hacemos en una verdadera comunión con los hermanos.
No olvidemos que cuando nos ha enseñado a orar nos ha enseñado a llamar Padre a Dios, pero no es solo un ‘Padre mío’, sino que es siempre un ‘Padre nuestro’. Así comienza la oración que nos enseñó y que tantas veces rezamos, pero que tendríamos que detenernos al comenzar a rezarla a ver si en verdad podemos hacerlo, porque nos sentimos verdaderamente hermanos con los demás. Y ya sabemos que ser verdaderamente hermano entraña solidaridad, reconciliación, comunión, cercanía, comprensión, perdón… fijémonos que cuando le vamos a pedir que nos perdone, le estamos diciendo que nosotros ya hemos perdonado a los que nos hayan podido ofender. Tenemos que pensarnos muy bien lo que decimos en nuestra oración.
El sentido del amor que nos enseña Jesús tiene sus características propias. No es un amor cualquiera. No es solo no hacer daño al otro. El amor ha de tener siempre algo de positivo. El que ama busca el bien del amado; el que ama no solo no daña, sino que busca lo bueno; el que ama llena sus entrañas de compasión y misericordia; el que ama se hace solidario de verdad compartiendo con el que no tiene; el que ama busca la justicia y la paz, la armonía y la fraternidad; el que ama va creando siempre comunión con los hermanos. Fijémonos bien en lo que nos ha dicho hoy en el evangelio.

jueves, 18 de febrero de 2016

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

¿Por qué andaremos siempre en la duda de que no vamos a ser escuchados en nuestra oración? Tendríamos que recordar aquello del salmo ‘si el afligido invoca al Señor, El lo escucha y lo libra de sus angustias’. Lo habremos rezado muchas veces, sin embargo en el fondo parece que andamos en esa desconfianza.
Pudiera ser por una parte la humildad de no sabernos merecedores, porque en el fondo estamos reconociendo nuestra indignidad y nuestro pecado. Son tantas las veces en que somos nosotros los que le hemos fallado al Señor, nos ha fallado nuestra fidelidad, somos tan pecadores. Pero hemos de tener la certeza de que el Señor nos escucha si con humildad acudimos a El.
Tener confianza en el Señor es ponernos en sus manos, dejarnos conducir por su sabiduría sabiendo que el Señor nos va a dar siempre lo mejor para nuestra vida. Nos podemos ver probados, zarandeados por mil dificultades, por muchos momentos oscuros, pero sabemos que la luz está, como suele decirse, al final del túnel; pero más aún, la luz está guiándonos aunque nos parezca que vamos a oscuras, porque si algún paso vamos damos es siempre de la mano del Señor.
En medio de este camino cuaresmal que casi aun estamos comenzando la Palabra del Señor que nos ofrece la liturgia de cada día va llenando de luz nuestra vida en esas dudas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior. Hoy una vez más nos insiste en el tema de la oración, porque el camino que vamos haciendo no es un camino que hagamos por nosotros mismos, sino que hemos de sentirnos fortalecidos en el Señor. Es necesario vivir su presencia, sentir su amor cada día en nuestra vida; es necesario que aprendamos a acudir a El desde nuestras necesidades, desde ese camino que muchas veces se nos puede hacer duro. Es necesario ese espíritu de oración, esa confianza que ponemos totalmente en el Señor. Es lo que hoy nos ofrece la Palabra.
Nos insiste Jesús en pedir, llamar, invocar al Señor con absoluta confianza. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.  Y nos da las razones, porque es el Padre bueno que siempre escucha a sus hijos. Hace un par de días escuchábamos el modelo y el estilo de oración que Jesús nos enseñaba cuando nos ofrecía el padrenuestro. Hoy está la insistencia de orar siempre y orar con confianza. Es el Padre bueno que nos escucha porque nos ama y a quien le ofrecemos nuestro amor.
La liturgia nos ha ofrecido como primera lectura el ejemplo de la oración de Esther. Era un momento trascendental y decisivo para su pueblo, ella ha de convertirse en intercesora ante el Rey pero no quiere hacerlo por si misma; por eso pide al pueblo que ayune y que ore con ella como ella misma se pone en la presencia del Señor para pedir su fuerza y su sabiduría. Muchas cosas podríamos destacar, pero fijémonos en lo que pide: ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’. Pide tener la sabiduría de Dios que sea la que la guíe en su actuar. Un buen modelo para nuestra oración.
Sí, digamos con todo sentido y agradecidos desde lo más hondo del corazón: ‘Cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

miércoles, 17 de febrero de 2016

Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida

Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida

Jonás 3,1-10: Sal 50; Lucas 11,29-32

 Cuánto nos cuesta entender las señales que vamos recibiendo en la vida. Tenemos que querer aprender, pero ya sabemos que cuando nos sucede algo, nos dicen algo que pueda hacer referencia a nuestra vida como una señal de llamada de atención, parece que somos sordos y ciegos y con qué facilidad, como se suele decir, botamos balones fuera; eso no es por nosotros ni para nosotros, eso le valdría bien a fulanito, esto lo dicen por menganito, pero no queremos vernos retratados. Por eso decía tenemos que querer aprender, querer discernir las señales, ser sinceros con nosotros mismos para ver nuestra realidad y sacar lecciones para nuestra vida.
Creo que esto puede ser una buena reflexión y que nos ayude en nuestro crecimiento personal, en la maduración de nuestra vida, en el fortalecimiento de nuestra vida interior, en la adquisición de una espiritualidad cada día más profunda.
Es la actitud con la que hemos de ponernos ante la Palabra de Dios que cada día quiere llegar a nuestra vida y a nuestro corazón. Ponernos con sinceridad ante la Palabra de Dios. Lo que hoy escuchamos en el evangelio no nos vale para quedarnos en decir  mira como era la gente en los tiempos de Jesús que viendo lo que hacía y lo que enseñaban no terminaban de poner toda su fe en El. Nos preguntamos quizá por qué aun seguían pidiendo milagros y señales si ante sus ojos estaban los enfermos curados, los ciegos que habían recobrado la vista, los leprosos que se habían visto limpios de su lepra, los inválidos que podían caminar y hasta los muertos a los que les había devuelto la vida.
Jesús les dice que vendrán los ninivitas y le echarán en cara a aquella generación el no haber creído en Jesús. Los ninivitas que tenían fama de ser un pueblo duro y lleno de pecado, sin embargo se habían convertido con la palabra y la predicación de Jonás. Y como ahora les dice Jesús allí hay alguien más grande que Jonás y sin embargo no se convierten sino que aun siguen pidiendo signos. Por eso les dice que no se les dará más signo que el de Jonás, el que tras tres días en el vientre del cetáceo había vuelto a la vida. Una referencia clara a lo que va a ser la muerte y la resurrección de Jesús.
Pero, como decíamos, no nos quedamos en considerar lo que entonces sucedía y las referencias que Jesús les daba en concreto a la gente de su generación. Esto hoy lo escuchamos como Palabra que Dios ahora quiere dirigirnos a nosotros. ¿Cuáles son las señales que nosotros damos de que en verdad escuchamos la Palabra de Dios y volvemos nuestro corazón a El cambiando nuestra vida?
Ahí tenemos a nuestra mano cada día la Palabra de Dios; ahí tenemos la gracia de los Sacramentos y cuantas veces habremos participado en la celebración de la Eucaristía; ahí tenemos cuanto habremos escuchado y reflexionado a lo largo de nuestra vida que como semilla buena ha querido irse plantando en nuestro corazón. Pero, ¿cuáles son los frutos que damos? ¿Estaremos aun esperando nuevas señales para que se convierta nuestro corazón y somos ciegos a las señales que Dios pone a nuestro lado cada día? ¿Seguiremos pensando muchas veces que eso que escuchamos bien le vendría a tal o cual persona, pero no somos capaces de aplicárnoslo a nosotros mismos?
Seamos capaces de leer las señales que como invitaciones el Señor va poniendo cada día en el camino de nuestra vida. No nos hagamos ciegos ni sordos a su invitación y a su Palabra de Salvación.

martes, 16 de febrero de 2016

No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos cuando vamos al encuentro con el Señor en la oración sino disfrutemos de su amor de Padre

No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos cuando vamos al encuentro con el Señor en la oración sino disfrutemos de su amor de Padre

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15

A veces nos encontramos a alguien – o quizá nos sucede a nosotros mismos – que están buscando las palabras o las formas con qué hablar o cómo dirigirse a alguien a quien consideran muy importante; o se quedan atascados sin palabras, sin saber qué decir, o comienzan a dar vueltas y vueltas en su conversación que se convierte en palabrería inútil e innecesaria; nos volvemos locos buscando palabras para los halagos o para hacer una ostentación de nuestros méritos quedándose todo en pura vanidad.
¿No será así en cierto modo en lo que se nos quedan nuestras oraciones? Palabrería, vanidades, rutinas, palabras repetidas sin sentido porque están dichas muchas veces sin corazón son cosas que nos suceden con frecuencia. Muchas veces decimos no sabemos rezar, no sabemos como hacerlo y nos contentamos con ese rezo mecánico de repetición de oraciones. ¿Qué es lo que nos sucede?
Tendríamos que aprender a escuchar a Jesús, ver su oración y hacerla de verdad con su sentido; El además nos ha dicho que nos dejemos llevar por el Espíritu que anida en nuestro corazón y como nos diría luego san Pablo El pone en nosotros aquellas palabras que nosotros no sabemos decir. Pero es que además Jesús nos ha enseñado a orar.
Nos ha enseñado a orar porque nos ha enseñado a disfrutar del amor de Dios, a gozarnos de su presencia llena de amor en nuestra vida. Nos ha enseñado la palabra más importante, porque nos ha enseñado a llamarle Padre. Ahí está el centro de todo, de lo que ha de ser nuestra oración verdadera, gozarnos al sentirnos amados de Dios, gozarnos al sentirnos hijos, gozarnos de poderle llamar Padre. Lo demás vendrá como una consecuencia. Cuando nos encontramos con el amor, sobran las palabras. Cuando nos sentimos amados de Dios no tenemos que hacer otra cosa que disfrutar de ese amor correspondiendo con nuestro amor aunque esté lleno de imperfecciones y limitaciones.
La oración tiene que ser siempre alegría y esperanza. Porque confiamos en su amor sabemos que aunque seamos limitados e imperfectos – bien nos conoce Dios – El sigue amándonos siempre, sigue contando con nosotros, sigue regalándonos su amor.
Y le decimos Padre, saboreando bien esa palabra, y estamos diciéndole que sí, que le amamos, y que aunque nos cuesta queremos hacer siempre su voluntad, y que queremos siempre su gloria, y que sabemos que podemos contar con El porque El nunca nos abandona, que nunca nos vamos a sentir solos y en nuestra debilidad siempre vamos a contar con su fuerza, y que igual que le pedimos perdón por todas esas veces que fallamos y no somos fieles al mismo tiempo también queremos ser generosos en nuestro amor y nuestro perdón a los que nos hayan ofendido.
No rebusquemos palabras, nos estemos haciendo listas de méritos, sepamos dar gracias por su amor y gocémonos en su amor. Digámosle con toda la fuerza de nuestro amor, ¡Padre!

lunes, 15 de febrero de 2016

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Solo por el camino del amor por encima de todo encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46

Es por el camino del amor por encima de todo por donde encontraremos a Dios y nos llenaremos de Dios. Es el amor de Dios que se nos revela y es en la vivencia del amor donde podremos alcanzar el misterio de Dios.
Igual que decimos que no hay vida en plenitud si no somos capaces de amar, porque para eso estamos hechos, no podremos alcanzar la plenitud de la vida que es Dios si no es por ese camino del amor. Solo cuando somos capaces de darnos a nosotros mismos, porque trascendemos hacia los otros, porque trascendemos hacia Dios podremos llegar a conocer y vivir a Dios.
Cuando vivimos encerrados en nosotros siendo incapaces de amar, de darnos, de salir de nosotros, es a nosotros mismos a quien ponemos sobre el pedestal como centro en torno al que gravite todo, nos endiosamos. Es la tentación ya del jardín del Edén por donde el maligno tentó al hombre, ‘seréis como dioses’, y el hombre huyó de Dios, no podía vivir con Dios.
Pero cuando encontremos ese amor verdadero que nos llevará a encontrarnos con Dios es cuando más grandes seremos, cuando podremos de verdad alcanzar toda nuestra dignidad y toda nuestra plenitud, cuando podremos aprehender a Dios, conocer y poseer a Dios.
¿Qué nos ha dicho hoy Jesús en el Evangelio? ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, a poseer el Reino, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.  ¿Por qué podemos heredar el Reino, poseer el Reino o lo que es lo mismo poseer a Dios, vivir en la plenitud de Dios? Porque amamos. Es lo que nos explica Jesús con toda la alegoría del juicio final.
Es lo mismo que nos decía la primera lectura del libro del Levítico. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Ser santos como Dios es vivir la misma vida de Dios, es ese conocer a Dios poseyendo a Dios, llegando a la plenitud de Dios, a la Sabiduría de Dios. Pero ¿qué es lo que hay que hacer? Nunca hacer daño a los demás, nunca hacer el mal. El texto del Antiguo Testamento usa expresiones negativas, prohibiciones, pero que a la larga son el mandato de amar, porque quien ama de verdad nunca hará daño a los demás.
Amamos y tenemos nuestro corazón siempre abierto a los demás; amamos y compartimos y obramos con justicia con nuestro prójimo; amamos y queremos hacer felices a los demás alejándoles de todo sufrimiento; amamos y nos hacemos uno con el prójimo para sentir como nuestras sus necesidades y sus dolencias; amamos y llevamos el pan y el vestido, y el acompañamiento y el caminar juntos, y el consuelo y la esperanza.
Y en ese amor estamos llenándonos de Dios, estamos aprendiendo también a amar con un amor como el de Dios. Conocer a Dios no es solo un pensamiento de nuestra mente sino una vivencia que llevamos en el corazón. Conocer a Dios no es solo descubrirle en la inmensidad del universo, sino sentirle caminando a nuestro lado en ese hermano con el que compartimos nuestra vida. Conocer y amar a Dios no es solo dirigirle con nuestras palabras un cántico de alabanza a su inmensidad y a su poder, sino cantar la gloria del Señor cuando hacemos que el hermano que sufre a nuestro lado está recibiendo nuestro consuelo y nuestro amor.
Hagamos que en verdad podamos heredar el Reino de Dios, podamos conocer a Dios, podamos poseer en plenitud a Dios y llenarnos de Dios, podamos sentirnos en verdad inundados del amor de Dios.

domingo, 14 de febrero de 2016

Un momento para detenernos, mirar nuestra vida con sinceridad y valentía en las desviaciones que sufrimos y levantar nuestra mirada a la Palabra de Dios que es la luz que nos guía

Un momento para detenernos, mirar nuestra vida con sinceridad y valentía en las desviaciones que sufrimos y levantar nuestra mirada a la Palabra de Dios que es la luz que nos guía

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13
Hay preguntas que de una forma o de otra siempre están presentes en la vida de todo ser humano. Preguntas que nos hacemos con mucha intensidad quizá en la juventud cuando nos estábamos abriendo a la vida, pero que nos seguiremos haciendo en nuestra madurez y que nos son necesarias para que no erremos nuestros caminos, para que encontremos un verdadero sentido a nuestra existencia, para revisar y renovar continuamente nuestros propósitos si acaso estamos en peligro de olvidarlos.
Qué somos, a dónde vamos, qué buscamos, que sentido y valor tiene lo que hacemos y vivimos, cuál es la meta de la vida, qué hacemos y qué frutos podemos presentar en nuestras manos a lo largo o al final de nuestra existencia.
La vida no es un vacío, tampoco nos quedamos en la materialidad de lo que hacemos con nuestras manos, no nos quedamos en el momento presente como si fuera el objetivo alcanzado, aunque somos conscientes del valor de cada paso que damos, buscamos una trascendencia que no es solo dejar un buen recuerdo de nuestro paso,  sino que ansiamos una plenitud que va más allá, como tampoco nos quedamos en el aplauso pasajero que nos puedan dar porque sería solo vanidad.
Aunque con la madurez que vamos adquiriendo en la vida vamos encontrando respuestas a todo eso que nos preguntamos y de alguna manera podemos ir teniendo claro poco a poco ese sentido de nuestro vivir, sin embargo muchas veces podemos caer en errores, quedarnos en lo pasajero sin buscar trascendencia de verdad a lo que hacemos, o simplemente buscar la satisfacción pronta de nuestros elementales deseos perdiendo la verdadera intensidad de nuestra vida.
Son las tentaciones, llamémoslas así, que nos van apareciendo que nos pueden hacer tan materialistas que solo buscamos la ganancia del momento presente, tan sensuales que evitemos todo esfuerzo de superación y solo pensemos en disfrutar de la manera que sea del momento presente, o tan vanidosos que nos busquemos constantemente el aplauso de los que nos rodean llenándonos de vanidad y terminando por subirnos a los pedestales de nuestro orgullo o de nuestra arrogancia.
Nuestra madurez humana y cristiana no nos tendría que dejar caer por esas pendientes abismales, pero muchas veces nos cegamos o hay un mal que nos rodea y nos asfixia arrastrándonos por caminos que no hubiéramos deseado caminar. Son los errores y los tropiezos que vamos teniendo en nuestra vida tantas veces a los que tenemos que enfrentarnos con sinceridad y con valentía para superar esos malos momentos, para darle ese verdadero sentido trascendente a nuestra vida, para buscar una espiritualidad que nos haga fuertes frente a las tentaciones, para caminar ese camino que como creyentes en Jesús hemos escogido cuando hemos hecho opción por Cristo y su Evangelio del Reino de Dios.
Hemos emprendido hace pocos días el camino de la Cuaresma que nos conduce y nos prepara para celebrar la Pascua. Es un camino que nos ayuda a esa renovación que necesitamos en nuestra vida, un camino donde nos repetimos esas preguntas de siempre pero tratando de encontrar en el evangelio esa respuesta y esa fuerza que necesitamos para vivir con integridad nuestra vida cristiana. Y es la Palabra de Dios que la liturgia día a día nos va ofreciendo, y son todos los signos de la Cuaresma los que nos harán encontrar esa luz y esa gracia que necesitamos.
La cuaresma sigue su ritmo con toda sabiduría. Nos irá ayudando a adentrarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos para ver la realidad de nuestra vida, pero al mismo tiempo nos hará levantar la mirada hacia lo alto para contemplar y para escuchar a Jesús, verdadera vida de nuestra vida. Y en un primer paso en este primer domingo de la cuaresma nos presenta la liturgia el episodio de las tentaciones a las que también Jesús se vio sometido allá en el desierto antes de comenzar su vida pública.
Tentaciones expresadas en esa invitación a convertir las piedras en pan para saciar el hambre después de los cuarenta días de ayuno,  pero expresadas también en ese aplauso que recibía el que caía del pináculo del templo sin que nada le pasara porque los ángeles de Dios no dejarían que su pie tropezara con ninguna piedra, y expresada también en ese poder y dominio sobre toda la creación pero desde la adoración del maligno que lo tentaba. Materialismo, milagro fácil, manipulación de los sentimientos religiosos para conseguir sus propios fines, idolatría cuando dejamos que cosas o sentimientos ocupen el lugar de Dios en nuestra vida, son formas también de expresar lo que podían significar aquellas tentaciones. 
Pero en ellas podemos ver reflejada nuestra vida con sus preguntas y sus equivocadas respuestas, con la pérdida de un sentido o la forma como nos dejamos arrastrar muchas veces por las circunstancias, con nuestras vanidades buscadas interesadamente o con nuestros orgullos que nos levantan en pedestales haciéndonos creer que somos poco menos que dioses.
Lo importante es que ahora nos detengamos a reflexionar buceando en la Palabra de Dios esa respuesta y ese verdadero sentido de nuestra vida. Es a lo que nos está invitando el camino que la iglesia nos ofrece en esta cuaresma que estamos iniciando. Que en verdad la Palabra de Dios sea nuestro alimento, la luz que nos guíe y nuestra fortaleza.

sábado, 13 de febrero de 2016

Aprendamos de la misericordia de Jesús a acercarnos con amor a los corazones rotos para renovarlos y llenarlos de vida

Aprendamos de la misericordia de Jesús a acercarnos con amor a los corazones rotos para renovarlos y llenarlos de vida

Isaías 58,9-14; Sal 85; Lucas 5,27-32

Misericordia es el encuentro del amor con un corazón roto para restaurarlo y renovarlo. Qué hermoso cuando uno se siente amado en esos momentos en que te encuentras roto en medio de tus miserias y te parece que nadie piensa en ti ni nadie quiere saber de ti. Sentir el calor de ese amor que te aprecia y te valora, te anima y te levanta, hace que puedas volver a creer en ti, porque estás saboreando ese amor que te llena de vida. Se siente uno renovado, rejuvenecido, lleno de nueva vida, con ganas de luchar de nuevo para levantarse y rehacer su vida.
Necesitamos experimentar ese amor en nosotros, gozarnos por sentirnos queridos, saber que siguen creyendo en ti, y todo eso te hará salir de tus soledades y de tus negruras. Seguro que quien haya tenido esa experiencia de misericordia en su vida, sabrá tener también un corazón generoso en el amor para expresar siempre esa misericordia incondicional con los demás. Así en verdad haríamos un mundo nuevo y renovado desde lo más hondo. No olvidemos esas experiencias de misericordia que hayamos tenido en nuestra vida.
Y eso los que creemos en Jesús lo habremos experimentado muchas veces. Hemos de ser conscientes de cómo se derrama en Cristo esa misericordia de Dios sobre nosotros. Cristo es el rostro de la misericordia de Dios. Cristo nos está manifestando continuamente cómo Dios nos ama por encima de esas discriminatorias miradas humanas. Sí, porque a los hombres nos cuesta expresarnos con misericordia con los demás. Nos endurecemos dentro de nosotros mismos y nuestras miradas se vuelven discriminatorias porque solo queremos amar a los que nos aman o solo a aquellos que nosotros consideramos dignos de nuestro amor. Cuántas marcas vamos poniendo en los que nos rodean, cuantas distinciones y cuantas diferencias vamos haciendo porque nos creemos justos y buenos.
Y no es así el amor que Dios nos tiene. En Dios no hay discriminación sino siempre amor incondicional que se acerca a nuestro corazón aunque esté lleno de miserias para ofrecernos su perdón y llenarnos de vida. Tenemos que revivir y reavivar esa experiencia de la misericordia de Dios en nosotros para obrar nosotros siempre con la misma misericordia con los demás. Cuánto tenemos que aprender para actuar así y de qué manera tiene que manifestarse eso en nuestra Iglesia que siempre ha de ser misericordiosa, pero no siempre lo manifiesta con todos.
Es la experiencia que contemplamos hoy en el evangelio. Jesús quiere contar con todos y a todos busca y llama. Así va llamando a sus discípulos y escogiendo a aquellos que van a formar parte del grupo de los doce. Hoy le vemos llamar a Leví el publicano. No va a ser bien visto por los puritanos de siempre, los escribas y fariseos, que les veremos criticando a Jesús porque participa en una comida en casa de Leví con otros recaudadores de impuestos amigos de Leví. Pero como les dice Jesús el médico es para los enfermos o sienten la enfermedad en su vida y quieren curarse, por eso va en busca de los pecadores para contar con ellos también. Es el estilo de su Reino. Es la misericordia divina que viene a sanar los corazones rotos y llenarlos de vida.
Damos gracias a Dios porque en su misericordia sigue contando con nosotros. Aprendamos también de la misericordia del Señor a mirar con mirada nueva a los hermanos que caminan a nuestro lado. Que siempre haya misericordia en nuestro corazón para con el hermano caído; que con nuestra mirada de amor vayamos también restaurando los corazones rotos de los que están a nuestro lado. Que nunca dejemos meter en nosotros la discriminación ni la mala mirada hacia los demás.

viernes, 12 de febrero de 2016

Que ayunar sea algo más que privarnos de unos alimentos para descubrir que hay otros ayunos que hacen una auténtica desintoxicación de nuestra vida, de esos tóxicos de nuestros males

Que ayunar sea algo más que privarnos de unos alimentos para descubrir que hay otros ayunos que hacen una auténtica desintoxicación de nuestra vida, de esos tóxicos de nuestros males

Isaías 58,1-9; Sal 50; Mateo 9,14-15

Si nos ponemos a pensar en la palabra ‘ayuno’ a la manera de la dinámica de la lluvia de ideas seguramente nos surgirán muchos pensamientos en torno a esta palabra. Ayunar es abstenerse de alimentos es el primer y elemental pensamiento; pero podemos pensar en los que ayunan o se abstienen de alimentos porque nada tienen que comer, lo que seria un ayuno obligatorio por necesidad; pero pensamos en aquellos que ayunan porque se quieren abstener de ciertos alimentos por conservar su figura, por decirlo de alguna manera, o los que lo hacen como una medida en cierto modo higiénica para hacer una limpieza de su organismo, una desintoxicación del cuerpo; claro que podemos pensar en quienes lo hacen por alguna otra motivación ya sea de solidaridad con quienes no tienen que comer para sufrir en su carne lo que aquellos padecen, o como un entrenamiento donde aprendemos a renunciar a cosas pequeñas para ser capaces de ser libres ante cosas de mayor importancia, o los que lo hacen con un espíritu de sacrificio, en donde podemos entrar ya en un sentido religioso del ayuno al que le queremos dar otro significado más trascendente. Muchos pensamientos o motivaciones nos pueden surgir.
En el evangelio escuchamos hablar del ayuno y la Iglesia en estos días de la cuaresma es algo que también nos ofrece. Pero es aquí donde tenemos que reflexionar para darle un buen sentido y significado y no nos quedemos simplemente en el cumplimiento formal de una norma que se nos pueda imponer. Claro que tampoco nos podemos quedar en la simple literalidad del ayuno como abstención de alimentos, sino que esa ofrenda que nosotros queramos hacer con nuestro ayuno podemos convertirla en algo hermoso a través quizá de tantas cosas de las que tendríamos que ayunar.
En el evangelio hemos visto que le están planteando a Jesús los discípulos de Juan como en otros momentos se lo veremos hacer a escribas y fariseos el por qué sus discípulos no ayunan. En esto eran muy formales y estrictos los fariseos porque además rodeaban de mucha vanidad el hecho del ayunar y cumplir con esos requisitos legales.
En la mente de Jesús está quizá lo que ya había anunciado el profeta que hemos escuchado en Isaías. No quiere Jesús que hagamos las cosas como mero cumplimiento, sino que lo que hacemos tiene que ser algo que salga de verdad del corazón, pero de un corazón que queremos purificar, queremos que sea puro para que pura sea la ofrenda que hagamos a Dios.
Ya decíamos anteriormente que no podemos reducir el ayuno a la abstención de unos alimentos simplemente porque eso lo hacen también los que quieren conservar la línea. En nosotros tiene que haber algo más, una motivación más profunda, algo que implique nuestra vida, una auténtica desintoxicación de nuestra vida, pero de esos tóxicos de nuestros males, de nuestras malas costumbres, de nuestras rutinas o de nuestros caprichos, de nuestros orgullos o de nuestras vanidades.
El profeta nos decía que el ayuno que el Señor quiere ha de pasar por ‘Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’. Ahí nos da el profeta muchas pistas de por donde han de ir nuestros ayunos, porque si no hay amor en nuestro corazón de qué nos valdrían esos ayunos o esos sacrificios.
Ayuna, pues, de tus caprichos y de tus vanidades; ayuna de esas cosas que manejamos o utilizamos cada día y que se han convertido casi hasta en una esclavitud porque parece que sin ellas no te puedes pasar (cuantos aparatitos podemos poner en esta lista); ayuna de tu mal humor y de tu mal semblante para hacer más agradable tu presencia con aquellos con los que convives; ayuna de los paternalismos con que nos podemos presentar ante los demás incluso cuando queremos hacer algo bueno, y de los aires de superioridad; ayuna de esas soledades en las que te encierras y sal al encuentro con los otros de los que tanto puedes recibir y tanto también puedes aportar; ayuna de esas comodidades y sensualismos con los que rodeamos nuestra vida donde solo a lo que aspiramos es a pasarlo bien; ayuna de tus tristezas y angustias poniendo alegría en tu vida, sonrisas en tu semblante, palabras amables que trasmitan paz y serenidad a los que están a tu lado…
 ‘Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: Aquí estoy’.

jueves, 11 de febrero de 2016

Hagamos el camino de la vida que es camino de entrega y de amor, de olvido de si mismo y de darnos por los demás, que es camino que nos llena de plenitud

Hagamos el camino de la vida que es camino de entrega y de amor, de olvido de si mismo y de darnos por los demás, que es camino que nos llena de plenitud

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Queremos vivir, queremos la vida; y cuando decimos que queremos vivir, queremos decir ser felices, que las cosas nos marchen bien, que nada nos perturbe ni nos reste felicidad, que todo sea triunfo, que seamos tenidos en cuenta; poco menos que queremos estar subidos sobre pedestales y todos nos hagan reverencias. Quizá pueda parecer un poco exagerado todo esto que voy diciendo, pero, como solemos decir, ¿a quién le amarga un dulce?
Claro que razonamos y pensamos qué es realmente vivir; nos planteamos si todo ha de ser por el camino del triunfo por donde hemos caminar, porque si todos queremos ser triunfadores al final quizá terminemos enfrentándonos unos a otros porque no queremos quedarnos por debajo. Por eso quizá pensamos cuál realmente es el sentido de nuestra vida, por qué hemos de luchar y qué es lo que verdaderamente merece la pena, qué es lo más hermoso que llevamos dentro de nosotros mismos y que realizándonos nos hará verdaderamente felices.
Creo que en el fondo todos queremos ser amados y amar y por ese camino es por donde podemos llegar a una verdadera realización de nosotros mismos. Cuando amamos comenzamos a pensar menos en nosotros mismos y mas en ese amor que queremos dar a los demás, en esto que queremos compartir con los otros. Será, pues, en un camino de donación de nosotros mismos donde verdaderamente nos realicemos y hagamos caminos de plenitud que nos hagan sentir verdaderamente felices. Es por ahí por donde podremos encontrar un sentido de verdad para nuestra vida. Qué felices nos sentimos cuando vemos que estamos contribuyendo a que los demás sean un poco más felices.
No nos han de extrañar, entonces, las palabras que escuchamos hoy en el evangelio en boca de Jesús cuando nos invita a seguirle. Ese es el sentido que El quiere dar a nuestras vidas, que quiere que nosotros descubramos. Y para eso El va delante de nosotros. No se trata de lo que El pueda exigirnos, sino de lo que realmente estamos nosotros viendo en El y en lo que queremos imitarle para seguirle de verdad.
El ha venido a decirnos que ha venido para amarnos, que el sentido de su vida es el amor, porque por amor se ha hecho hombre para compartir nuestro camino. Ya nos lo recuerda el evangelio en otro lugar cuando nos habla del amor grande que nos tiene el Padre que nos entrega a su propio Hijo; es el regalo de Dios que pone en nuestras manos, su Hijo que se ha encarnado en Jesús. Es lo que Jesús ha ido haciendo a lo largo del evangelio. Y hoy nos dice que sube a Jerusalén en nombre de ese amor, y en nombre de ese amor va a ser entregado en manos de los gentiles para morir por nosotros.
Quizá nos asuste ese camino de Jesús porque sabemos bien que fue un camino de Cruz que le llevo hasta el Gólgota, hasta morir colgado de esa cruz. Pero lo que Jesús nos está diciendo que fue el camino del amor, porque no hay amor mas grande que el de que se da hasta entregarse a la muerte por el amado. Es lo que hizo Jesús.
Y ahora nos dice a nosotros que si queremos seguirle, hemos de seguir ese camino del amor, que puede ser cruz, porque la cruz no nos faltará cada día, pero que amando como El nos ha amado tenemos asegurado el camino del triunfo verdadero. Aquello que decíamos al principio que todos añoramos. Habla de negarse a si mismo, habla de olvidarse de si mismo, ama de entregar la vida, porque es en ese camino de amor donde ganaremos la vida, donde alcanzaremos la vida en plenitud.
Cuando estamos en los inicios de la Cuaresma, camino de Pascua como hemos reflexionado, sabemos que nos estamos poniendo en el camino del amor. Ese amor que nos renueva, que nos hace hombres nuevos, que nos llena de la verdadera vida. Busquemos la manera de seguir siempre ese camino de vida.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una invitación a caminar hacia la plenitud de la Pascua que nos recuerda el sentido pascual y trascendente que tiene nuestra vida desde la plenitud de Cristo

Una invitación a caminar hacia la plenitud de la Pascua que nos recuerda el sentido pascual y trascendente que tiene nuestra vida desde la plenitud de Cristo

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Corintios 5,20–6,2; Mateo 6,1-6.16-18

Hoy es miércoles de ceniza. Hoy iniciamos un camino, un camino que nos recuerda cual es el camino de la vida. Para muchos quizá se quede este día en un rito que tiene la Iglesia del que casi nos quedamos sin entender su sentido. Nos podemos quedar quizá en que se nos recuerde la muerte, por aquello de las cenizas en las que todos nos convertimos y así pueda quedarse todo en el recuerdo de un destino fatal en que todo se acaba y ya no hay nada más, cuando de verdad no tenemos un verdadero sentido de trascendencia en nuestra vida.
Pero celebrar este día del miércoles de ceniza es mucho más, algo mucho más profundo. Ya decíamos que iniciamos un camino. Hoy comenzamos una peregrinación que nos conduce a una celebración pascual. En consecuencia viene a recordarnos ese sentido de pascua que tenemos en nuestra vida desde nuestra fe en Jesús, muerto y resucitado. Vamos a celebrar de una manera intensa en su conmemoración anual algo que da sentido a nuestra vida y que de alguna forma vivimos o hemos de vivir cada día.
Y es que la vida del cristiano tiene que estar impregnada de ese sentido de pascua. Vivimos esa presencia del Señor en nosotros que nos llena de gracia y de salvación. Es el paso del Señor que nos salva; es el paso del Señor que nos llena de su amor. Y eso hemos de vivirlo cada día. Y ese paso del Señor con su salvación tuvo, digámoslo así, su plenitud en la muerte y en la resurrección del Señor. De ello nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo que nos hizo renacer en Cristo en virtud de su muerte y su resurrección. Desde entonces toda nuestra vida ha de estar, como decíamos, impregnada de ese sentido pascual.
Necesitamos recordarlo, revivirlo. Y a esto viene a ayudarnos el sentido cíclico de nuestras celebraciones de cada año. Por eso decíamos que hoy miércoles de ceniza emprendemos un camino, que es el camino que cada día hacemos, pero que ahora con motivo de las celebraciones de la pascua queremos vivir con mayor intensidad. Esto nos ayudará a que vivamos así en esa plenitud cada día ese sentido de nuestra vida.
Caminamos, sí, hacia la pascua en el recorrido de la Cuaresma. Nos recordará el sentido de nuestra vida y nos ayudará a vivirlo con toda plenitud. La liturgia con sus signos, con la Palabra de Dios que nos ofrece cada día, en ese recorrido que nos recuerda lo que era el catecumenado que preparaba a los catecúmenos para el bautismo, nos va ayudando así a que renovemos nuestra vida. Cuando llegue la Pascua vamos a hacer una renovación de nuestro compromiso bautismal, nuestras promesas bautismales y la profesión de nuestra fe; ahora en este peregrinaje cuaresmal nos vamos preparando.
Este rito con el que iniciamos la cuaresma en este día llamado miércoles de ceniza  por el signo que empleamos nos recuerda nuestra meta, y nos recuerda que quizá hemos tenido muchos tropiezos en el camino que vamos haciendo cada día y que tenemos que enderezar el rumbo. Por eso más que recordarnos la muerte es invitarnos a la conversión, a creer en el evangelio, a buscar ese sentido de trascendencia y de plenitud que tiene nuestra vida, a renovar cuanto en nuestra vida está torcido y empañado por el pecado. No es solo recordar la debilidad de nuestra vida, sino recordar la grandeza y trascendencia que nuestra vida tiene invitándonos a caminar hacia la plenitud que en Cristo podemos encontrar.
Escuchemos con atención esa invitación que se nos hace desde la palabra del Señor y convirtamos de verdad esta cuaresma que iniciamos en un tiempo gracia y de salvación.

martes, 9 de febrero de 2016

Jesús nos pide autenticidad en nuestra vida alejando de nosotros todo tipo de vanidad y de hipocresía para manifestarnos como verdaderos creyentes en todo lo que hagamos


Jesús nos pide autenticidad en nuestra vida alejando de nosotros todo tipo de vanidad y de hipocresía para manifestarnos como verdaderos creyentes en todo lo que hagamos

1Reyes 8,22-23.27-30; Sal 83; Marcos 7,1-13
Algo que valoramos mucho en las personas es la autenticidad. Nada hay mas desagradable que una persona falsa y vanidosa, que no sabe ser congruente en la vida, fiel a unos principios en su comportamiento y que lo que hace no es otra cosa que aparentar y querer dar una figura de lo que realmente no es ni siente. Manifestarnos con verdad, expresar realmente lo que somos, alejar de nosotros actitudes farisaicas y de hipocresía son valores muy a tener en cuenta. Las personas de dos caras  no nos gustan.
Sin embargo reconocemos que en cierto modo es una tentación por la que pasamos aunque nos cueste reconocerlo, porque en el fondo queremos ocultar algo que no  nos gusta y no queremos que nos puedan juzgar mal, queriendo mantener la imagen, por así decirlo. De alguna manera se  nos crea muchas veces un conflicto interior porque reconocemos por otra parte que somos débiles y ciertamente no somos tan buenos como queremos aparentar. Nos puede parecer contradictorio lo que estoy diciendo, pero así es muchas veces nuestra vida, si somos capaces de ser sinceros con nosotros mismos.
De esto nos habla hoy el evangelio. Jesús pide autenticidad y congruencia en la vida a sus discípulos; denuncia la actitud hipócrita con que se presentan los fariseos, los letrados o maestros de la ley y muchos en su entorno. Ahora vienen reclamándole a Jesús porque sus discípulos no guardan escrupulosamente la ley del ayuno o porque no guardan todas las prescripciones de las que habían llenado su vida sobre las impurezas legales de lavarse o  no lavarse las manos a la hora de sentarse a la mesa a la vuelta de la plaza. Jesús les habla de otra pureza interior que hay que tener en el corazón y que no nos podemos quedar en el hecho de lavarse las manos o no.
El cumplimiento de lo que es la voluntad del Señor no se puede quedar en ritos externos o en el mero cumplimiento de normas, sino que es algo que tiene que en verdad partir del corazón. Les recuerda lo anunciado por el profeta: Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
Es la autenticidad con que hemos de vivir nuestra vida. No hacemos las cosas solo por cumplir, sino nuestro corazón está muy lejos de querer hacer lo que es la voluntad del Señor. Sería una falsedad, una hipocresía. Y bien que vamos, desgraciadamente, muchas veces poniéndonos muchas caretas en la vida para guardar las apariencias, para vivir en la vanidad de lo que realmente no sentimos en nuestro interior.
Igual que estos días en estas fiestas de carnaval vemos como la gente se disfraza para divertirse, como queriendo aparecer otra cosa de lo que realmente se es, y con el disfraz parece que ya nos desinhibimos y podemos hacer lo que sea, así vamos poniéndonos caretas en la vida, disfrazándonos con muchas apariencias y vanidades para aparecer quizá como cumplidores, mientras en nuestro interior le damos poco valor a lo que el Señor nos pide. Las caretas a la larga no son solo de estos días de carnaval, sino algo que podamos llevar puesto muchos días del año. Cuántas cosas habría que revisar en este sentido.
Seamos de verdad auténticos en nuestra vida cristiana; seamos congruentes con lo que decimos que es nuestra fe, porque la fe no puede ser un vestido que nos pongamos en algunas ocasiones, mientras en otros momentos de la vida nos olvidamos de esa auténtica actitud del creyente. Somos o  no lo somos. Y como creyentes y seguidores de Jesús tenemos que manifestarnos en todo momento.

lunes, 8 de febrero de 2016

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

1Reyes 8,1-7.9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

‘Colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos…’  Allá por donde fuera Jesús se iba encontrando con el dolor y el sufrimiento y su presencia era signo de la llegada de la liberación y de la paz. Todos ansiaban tocar a Jesús.
Queremos sanarnos; el enfermo tiene ansia de salud, porque todos deseamos la vida y tener ansias de salud es tener deseos de vida, pero de vida en plenitud, sin limitaciones, sin dolor, sin muerte. Y ya no es solo el dolor o la enfermedad física, las limitaciones que las discapacidades de nuestro cuerpo puedan producirnos.
Es algo más, porque hay otros sufrimientos, otras limitaciones, otras angustias que no solo afectan a nuestro cuerpo sino que las tenemos en lo más hondo de nosotros mismos, que nos afectan a nuestro ser, que nos restan dignidad, que nos hacen ir como perdidos sin sentido ni orientación, que nos envuelven de soledad, que nos aíslan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos distancian de todo cuanto hay en nuestro entorno, que nos hacen perder el sentido de la vida.
Buscamos la salud, la vida, el sentido, el camino, el encuentro. Es una búsqueda continua de nuestra vida porque siempre queremos crecer, porque queremos recuperar la dignidad perdida, porque queremos tener paz en nuestro corazón, porque buscamos el amor, amando y sintiéndonos amados, porque queremos ver lo bueno que los otros nos puedan ofrecer, porque queremos compartir la pequeña o grande luz que llevamos dentro, porque ansiamos encontrar ese sentido de la vida que dé plenitud a nuestra existencia.
Vamos a Jesús como aquellos enfermos, de los que nos habla el Evangelio, como toda aquella gente que se arremolinaba en torno a Jesús y querían tocarle, aunque solo fuera la orla de su manto. Vamos a Jesús y queremos que El tienda también su mano sobre nosotros, al menos llegue su sombra sobre nuestras vida, porque sabemos que en El vamos a encontrar vida, porque su mano y su sombra nos va a llenar de luz, porque sabemos que con Jesús aprenderemos a ir al encuentro con los demás y nunca nos sentiremos solos, porque en El vamos a ver restablecida nuestra dignidad, porque con El ya para siempre vamos a tener razones para vivir, para buscar la vida, pero también sobre todo para compartirla.
Jesús tendía su mano y tocaba al leproso curándole no solo de su lepra sino restableciendo su dignidad; tomaba de la mano al paralítico para levantarlo de la camilla y caminar por si mismo con dignidad; tocaba los ojos del ciego para hacerle tener una visión nueva y una mirada nueva; tocaba la lengua y los oídos del sordomudo para que aprendiera el lenguaje nuevo del amor que le hiciera encontrarse con los demás. Vemos tantos momentos así en el Evangelio y queremos también que llegue a nosotros con su vida.
Sí, vayamos hasta Jesús porque en El siempre vamos a encontrar vida.

domingo, 7 de febrero de 2016

Sepamos seguir descubriendo las maravillas de Dios y escuchando lo que nos sigue pidiendo para seguir sembrando la semilla de la Palabra

Sepamos seguir descubriendo las maravillas de Dios y escuchando lo que nos sigue pidiendo para seguir sembrando la semilla de la Palabra

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11
Hay hechos que suceden en nuestro entorno o acontecimientos que van surgiendo en la historia de la vida de las personas y en ese mundo en el que vivimos y que no nos es nada ajeno que producen un impacto en nosotros y que de alguna manera van marcando nuestra vida obligándonos incluso a tomar decisiones muy importantes. No nos podemos sustraer a esos acontecimientos y aunque algunas veces quisiéramos olvidarlos o pasar página ahí están con ese impacto que han producido en nosotros. Seguro que en hechos más o menos importantes o trascendentales todos tenemos unas ciertas experiencias de ese tipo. Son acontecimientos que si bien para algunos pudieran parecer de poca importancia se pueden convertir en trascendentales para nuestra historia y también, por qué no, para aquellos con los que convivimos.
Es lo que podemos descubrir en los hechos que se nos relatan en el evangelio de hoy y que tienen su resonancia o en cierto modo paralelismo en lo escuchado también en el profeta Isaías. Van a ser acontecimientos que van a marcar la vida de los que van a ser sus primeros discípulos en un caso o la llamada del profeta en lo referido en la primera lectura.
La gente se agolpa alrededor de Jesús porque todos quieren escucharle. Poco menos parece que casi lo tiran al agua. Allí están también aquellos pescadores que han regresado de su infructuosa tarea en aquella ocasión y mientras repasan sus redes también estarán con oído atento para escuchar al Maestro. Unos y otros ya le habrían escuchado en alguna ocasión o habrían visto lo que iba haciendo.
Ahora les pide en cierto modo prestado la barca para desde ella enseñar más fácilmente a la multitud congregada en la playa y todos le puedan escuchar. No nos dice el evangelista cual es el anuncio que hace Jesús pero está anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios que llega y en el que hay que creer y al que hay que convertirse.
Cuando parecía que todo se había acabado y podrían seguir con las labores habituales Jesús les pide volver a adentrarse en el lago y echar de nuevo las redes para pescar. Grande seria el desconcierto porque realmente estaban cansados de una noche bregando sin coger nada. Pedro lo manifiesta de alguna manera pero de alguna manera Jesús había ido tocando su corazón porque se fía de Jesús. No hemos cogido nada en toda la noche, pero porque tú lo dices, en tu nombre echaré de nuevo las redes.
Y comienzan los acontecimientos, donde antes no habían pescado nada ahora las redes están hasta reventar. Han de llamar a los compañeros de la otra barca para que les echen una mano. No salen de su asombro y es Pedro el que comienza a reconocer tal maravilla, pero comienza a reconocer también su pequeñez. Las barcas casi se hundían por la redada de peces tan grande. Pedro termina echándose a los pies de Jesús porque sabe reconocer las maravillas de Dios que está obrando en Jesús. Habían escuchado que Jesús hacía cosas maravillosas o ellos mismos habían sido testigos de algunos de aquellos milagros. Pero ahora se sienten sorprendidos en lo más hondo. ‘Apartate de mi, Señor, que soy un pecador’.
El asombro se había apoderado de él y de todos los que con él estaban. No sabían qué decir pero todo va a cambiar a partir de aquel momento. Jesús les está abriendo nuevas puertas, nuevos caminos, nuevos mares; Jesús les está pidiendo que tomen decisiones que van a ser radicales. Estaban llenos de temor, pero Jesús tiene palabras para ellos que les llenan de paz y les ponen en camino a una nueva vida. ‘No temas, desde ahora serán pescadores de hombres’.
Como Isaías que se había sentido sobrecogido con la visión que había tenido del templo de Dios. También Isaías escuchaba una voz que le invitaba a dar un paso. Una voz que le llamaba la atención y que esperaba respuesta. ‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mi?’ había escuchado y allí estaba su respuesta: ‘Aquí estoy, mándame, Señor’. En el lago ellos sacaron las barcas a tierra, pero lo dejaron todo y lo siguieron. La respuesta fue radical. El acontecimiento había cambiado sus vidas y sus preferencias.
Habían escuchado la voz que les llamaba. Podíamos recordar la actitud del niño Samuel allá en la antigüedad: ‘Aquí estoy, Señor, vengo porque me has llamado’, que luego se convertiría en un ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’. Es la disponibilidad del corazón y el dejarse conducir. Nos cuesta porque nos sabemos las cosas y creemos que sabemos siempre lo que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacerlo. Como Pedro, avezado pescador de aquellos lagos. Pero se dejó conducir. Confió en la palabra que escuchaba allá en lo hondo del corazón. Y se puso manos a la obra. ‘Puestos a la obra, hicieron una redada de peces bien grande’.
Es la disponibilidad y es la humildad, para dejarse conducir, pero también para admirar las maravillas de Dios.  Es necesario saber descubrir las maravillas de Dios. No confundirnos, no pensar que es obra de nuestras manos. Es abrirse al misterio de Dios. Es ponerse en camino en la obra de Dios. No van a ser nuestras obras; no nos llenemos de orgullo por lo que hacemos o lo que somos capaces, sino demos gloria al Señor reconociendo que es su obra y nosotros somos solo sus instrumentos, sus pescadores o sus sembradores. La fuerza y el fruto son obra del Señor.
Tenemos que seguir poniéndonos en la sintonía de Dios para lo que Dios quiera de nosotros en cada momento. La obra no está terminada de realizar; hay mucha obra por delante porque la Buena Noticia tiene que seguir anunciándose y nosotros seguimos siendo esos instrumentos en las manos de Dios para lo que Dios quiera de nosotros. Donde y cuando el Señor lo quiera. Sepamos escuchar al Señor en nuestro corazón y sepamos descubrir esas maravillas que el Señor sigue realizando y estemos atentos para ver lo que sigue queriendo de nosotros.